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Oswald Croll, Chymisch Kleinod

Francfort 1647

EL ENIGMA DE LA SEMANA PLANETARIA


JAVIER S. MASKIN

En el mundo latino existe la generalizada creencia en que los nombres de


los días de la semana corresponden (Salvo en Portugal y en el Brasil), a
las dos luminarias y a los cinco planetas conocidos desde la más remota
antigüedad:

Domingo Sol
Lunes Luna
Martes Marte
Miércoles Mercurio
Jueves Júpiter
Viernes Venus
Sábado Saturno

Pero esta creencia es sólo parcialmente correcta. El día jueves, por


ejemplo, no fue dedicado al planeta Júpiter sino al dios romano Júpiter,
del cual el planeta es un símbolo. Lo mismo ocurre con los restantes seis
días, como puede apreciarse con mayor claridad en las denominaciones
anglosajonas:

LATIN ESPAÑOL INGLES SAJON


Dies Solis Domingo Sunday Sun's Day
Dies Lunae Lunes Monday Moon´s Day
Dies Martis Martes Tuesday Tiu's Day
Dies Mercurii Miércoles Wednesday Woden's Day
Dies Jovis Jueves Thursday Thor´s Day
Dies Veneris Viernes Friday Frigg's Day
Dies Saturni Sábado Saturday Saeternes' Day

Tiu es el equivalente anglosajón del nórdico Tyr, hijo de Odín, dios de la


guerra al igual que Marte en Roma y Ares en Grecia. Woden es Odín:
Mercurio en Roma y Hermes en Grecia. Thor es el dios nórdico del
trueno: Júpiter en Roma y Zeus en Grecia. Frigg (o Freyja), esposa de
Odín, es la diosa nórdica del amor: Venus en Roma y Afrodita en Grecia.

Desde luego, Tiu, Woden, Thor y Frigg tienen sus respectivas


correspondencias astrales, así como en la tradición náhuatl Quetzalcóatl
está asociado a Venus, Xólotl a Mercurio, Tláloc a Marte, Tezcatlipoca a
Júpiter y Xiuhtécuhtli a Saturno. Pero las lenguas anglosajonas adoptaron
los nombres latinos para los planetas mientras conservaron los nombres
de sus propios dioses para los días de la semana.

Sea como fuere, está claro que los días de la semana no aluden a los
astros sólo en su carácter de entidades físicas. Considerarlos así revela
una confusión que, si bien viene de larga data, se ha consolidado
firmemente en la mentalidad moderna y contemporánea, tanto entre los
latinos como entre los anglosajones.

La confusión proviene del progresivo abandono de una sabiduría


tradicional que enseña a ver los astros como símbolos de las potencias
celestes, o sea, como entidades vivientes y participantes en nuestras
propias vidas, y no como mera masa inerte. La arbitraria y completamente
anticientífica escisión entre astronomía y astrología ha sido y es fuente de
toda clase de malentendidos.1

*
* *
Un asunto llamativo
Cuando nos referimos, pues, a la semana planetaria, estamos
considerando a los planetas en su doble carácter: físico y simbólico.
Naturalmente, no existe ni puede existir contradicción alguna entre ambos
aspectos de los astros: La entidad física es el soporte de la entidad
simbólica, así como las palabras, los versos, la métrica, la cadencia y la
rima son los soportes materiales de la poesía.

Muchas veces, empero, no resulta sencillo aprehender a primera vista la


unidad fundamental entre el universo de los símbolos y el universo
material. Es esta dificultad la que nos ha impulsado a escribir el presente
trabajo, abordando una cuestión tal vez en apariencia poco significativa
pero esencial para comprender el simbolismo que encierra la semana
planetaria.

Es tan conocida la correspondencia entre los días de la semana y los


astros, que nadie -o casi nadie- encuentra en ella algo que le llame la
atención. Siete días, siete astros (o siete dioses): ¿Qué "misterio" podría
esconderse detrás de semejante obviedad?.

A decir verdad, no hay allí ningún misterio en el sentido de algo que no


pueda ser revelado. Pero sí hay algo que, cuanto menos, debería llamar
poderosamente la atención: Cualquier niño con instrucción primaria sabe
que el orden en que aparecen los astros en la semana no guarda la menor
relación con su orden físico: Mercurio, Venus, (Luna), Tierra, Marte,
Júpiter, Saturno, etc., contando a partir del Sol. Y en un mundo como el
actual, donde el aspecto material de las cosas es tenido por único criterio
de verdad, una discordancia tan evidente tendría que ser inmediatamente
advertida por cualquier persona... si la gente practicase el sano aunque a
veces riesgoso ejercicio de interrogarse acerca del por qué de todas las
cosas.

Por otra parte, el orden de los astros en la semana tampoco se corresponde


con ninguna concepción geocéntrica ni con los ordenamientos simbólicos
que nos vienen desde la antigua Grecia.

En efecto, el ordenamiento propuesto por Anaxágoras y adoptado por los


pitagóricos, por Platón, Eudoxio, Aristóteles y los antiguos estoicos, fue:

Tierra-Luna-Sol-Venus-Mercurio-Marte-Júpiter-Saturno-Estrellas
Posteriormente, los estoicos retomaron las ideas de la antigua astronomía
caldea y propusieron un nuevo ordenamiento, que fue adoptado por
Hiparco y conservado hasta Copérnico:
Tierra-Luna-Mercurio-Venus-Sol-Marte-Júpiter-Saturno-Estrellas
Pero el orden de los días de la semana no es lunes, domingo, viernes,
miércoles, martes, jueves, sábado; y tampoco es lunes, miércoles, viernes,
domingo, martes, jueves, sábado.

A su vez, en el monumento conocido como Calendario Azteca o Piedra


del Calendario, los astros aparecen en el siguiente orden:

Tierra-Luna-Venus-Mercurio-Sol-Marte-Júpiter-Saturno-Estrellas
Como se aprecia, el Calendario Azteca reúne o, mejor dicho, sintetiza los
dos órdenes griegos. Por un lado, la posición de los planetas interiores
(Venus-Mercurio) es igual a la propuesta por Anaxágoras y se
corresponde con la realidad física vista desde la Tierra. Por otro lado, la
posición del Sol es la misma que la propuesta por los estoicos y se
corresponde con la realidad simbólica, toda vez que el Sol ha de ocupar,
simbólicamente, el lugar central aún cuando se considere a la Tierra como
el centro físico del Universo.

Pero nada de esto se verifica en el ordenamiento planetario de nuestra


semana: El Sol no está en el Centro y los astros aparecen completamente
mezclados.

Dos hipótesis
A primera vista, el ordenamiento planetario de nuestra semana no tiene el
menor sentido. Los astrónomos y cronólogos contemporáneos se limitan a
"explicar" la semana planetaria diciendo que es inexplicable en términos
científicos y atribuyéndola a una convención probablemente derivada de
la astrología y por lo tanto -según los criterios en boga-, enteramente
arbitraria.

Claro que no faltan (aunque tampoco sobran) quienes se atreven a dejar


de lado los prejuicios y a buscar explicaciones que realmente expliquen
algo. Pero en tal caso, se verán obligados a remontarse nada menos que
dieciocho siglos atrás, puesto que las únicas dos hipótesis coherentes
continúan siendo las formuladas por el historiador Dio Cassius (c. 155-
238) en su Historia Romana. Dos hipótesis que en absoluto se excluyen
sino que se complementan pero que, a la vez, sugieren que ya hacia
finales del siglo II de la Era no había plena certeza respecto al tema en
cuestión. El enigma, como se ve, es de muy larga data.

Afirma Cassius que "la dedicación de los días a las siete estrellas que
son llamadas planetas fue establecida por los egipcios, y su difusión
entre todos los hombres es de no mucho tiempo". Seis siglos antes,
Herodoto (484-425 a.C.) había escrito en el segundo de sus "Nueve
Libros de la Historia": "Los egipcios además de otras invenciones
enseñaron varios puntos de astrología; qué mes, qué día, por ejemplo,
sea apropiado a cada uno de los dioses".

A diferencia de los babilonios que dividían el día en 12 horas, los


egipcios lo dividieron en 24 horas, haciéndolo comenzar a la medianoche.
"Habiendo comenzado a contar las horas del día y de la noche desde la
primera hora, -dice Cassius- y esa hora siendo adjudicada a Saturno, y
la siguiente a Júpiter, y la tercera a Marte, y la cuarta al Sol, y la quinta
a Venus, y la sexta a Mercurio, y la séptima a la Luna, de acuerdo con el
orden de las órbitas, tal como los egipcios están acostumbrados a
hacerlo, y continuando así, por turno, sucesivamente, para todas las 24
horas yendo alrededor, encontraréis que la primera hora del día
siguiente corresponde al Sol. Y continuando la aplicación de este
procedimiento a lo largo de esas 24 horas, en la misma manera como
con las otras, avanzando, encontraréis que la primera hora del tercer día
a la Luna. Y si deseáis seguir de este modo a través del resto, el dios que
llega a cada día es, precisamente, el mismo que debe recibir".

En efecto, "el dios que llega a cada día" es, sucesivamente: Saturno, Sol,
Luna, Marte, Mercurio, Júpiter y Venus, tal como se puede comprobar
confeccionando una sencilla tabla. Esto indica que los egipcios, además
de contar con una semana civil de 10 días, contaban también con una
semana astrológica de 7 días. Nuestra semana actual conserva el mismo
orden planetario, sólo que comenzando por el Sol y terminando en
Saturno.

La otra hipótesis presentada por Cassius se vincula con la concepción


armónica del mundo de los pitagóricos. El movimiento de los astros
expresa una música celestial, una armonía de las esferas que el oído
humano no puede percibir pero que los hombres pueden comprender
simbólicamente por intermedio de las escalas musicales, los Tetracordios,
los grupos de cuatro sonidos (cuartas) en que los griegos dividían a la
octava.

Cassius postula el origen armónico de los nombres planetarios de los días


de la semana: "Porque si comenzáis la armonía que es designada 'por
cuartas', en lo cual se ha sido creído que consiste el poder de la música y
sobre las estrellas, por medio del cual el cosmos de los cielos ha sido
dividido en intervalos regulares, de acuerdo con el orden en que cada
uno de ellos gira y, comenzando desde la órbita más lejana que ha sido
asignada a Saturno; entonces, saltando dos, nombrad el señor del
cuarto; y después de él, omitiendo otros dos, deberéis llegar al séptimo; y
de la misma forma, yendo hacia atrás, y señalando nuevamente a los
dioses que presiden las órbitas de los días, debéis encontrar todos los
días musicales verdaderamente armonizados con el arreglo cósmico del
cielo".

El orden de los planetas aceptado por Pitágoras era, como ya hemos


señalado, el propuesto por Anaxágoras:

Saturno, Júpiter, Marte, Mercurio, Venus, Sol, Luna.


El orden armónico sobre el cual se basa Cassius es, en cambio, el
propuesto más tarde por los estoicos y adoptado por los pitagóricos
posteriores a Filolao:
Saturno, Júpiter, Marte, Sol, Venus, Mercurio, Luna.
Es a partir de este ordenamiento que se establece la "armonía por
cuartas":
Saturno ..... 1
Júpiter 2
Marte 3
Sol ..... 4
Venus 5
Mercurio 6
Luna ..... 7
Saturno 1
Júpiter 2
Marte ..... 3
Sol 4
Venus 5
Mercurio ..... 6
Luna 7
Saturno 1
Júpiter ..... 2
Marte 3
Sol 4
Venus ..... 5
Mercurio 6
Luna 7
Saturno ..... 1

... y el ciclo vuelve a comenzar, siguiendo la misma secuencia que la de


la "tabla egipcia".

Cuestión de jerarquías
Las dos hipótesis de Dio Cassius -que, como dijimos, no se contraponen
sino se complementan- tienen el gran mérito de ser coherentes en sí
mismas. En los tiempos actuales, cuando todo el gigantesco edificio de la
ciencia tiene por basamento la idea de que, en última instancia, el motor
del Universo es el azar, la coherencia interna de una hipótesis es algo que
merece ser destacado.

Además, las hipótesis de Cassius ilustran, indirectamente, acerca de dos


cuestiones que son propias de todo pensamiento tradicional:

En primer término, la cuenta de los astros es realizada "hacia adentro": El


primero (Saturno) es el más lejano, en tanto que el último (Luna) es el
más cercano. Este es el modo de contar entre, por ejemplo, aymaras,
quechuas, mayas, mapuches, guaraníes, etc.

En segundo término, el orden de sucesión de los astros es representado en


forma "retrógrada", "antihoraria", tal como puede apreciarse en la
"estrella armónica" que resulta de la "armonía por cuartas".

Distribución armónica de los nombres de los dioses planetarios de los


siete días de la semana
(según Hammerly Dupuy)2

La cuenta "hacia adentro" y el sentido "antihorario" están íntimamente


vinculados y responden a una concepción del tiempo y del espacio
radicalmente diferente a la que tiene el hombre occidental
contemporáneo. A ello nos referiremos detenidamente en otro trabajo,
pero no queríamos dejar de mencionarlo aquí.

Ahora bien: Sin perjuicio de su coherencia interna, las hipótesis de Dio


Cassius presentan algunos inconvenientes.

Si el nombre de los días de la semana se hubiese originado en la "tabla


egipcia" de los días y las horas, resultaría entonces que los astrólogos
egipcios habrían ordenado los cielos en función, precisamente, de las
horas del día.

Asimismo, si la distribución armónica de los astros se hubiese originado


en los estudios de Pitágoras sobre la armonía por cuartas, resultaría
entonces que los pitagóricos habrían ordenado los cielos en función de
sus escalas musicales.

Estas conclusiones habrán de sonar como verdadera "música celestial" a


los oídos de quienes creen que los hombres de todas las épocas no han
hecho más que idear universos a su propia imagen y semejanza. A
nosotros, en cambio, estas conclusiones que podrían deducirse de las
hipótesis de Dio Cassius, nos suenan por demás desafinadas. Los hombres
de todas las épocas -los hombres sabios, se entiende- han procurado
experimentar primero y realizar después la armonía entre los Cielos y la
Tierra, lo cual, por cierto, es algo bien diferente de lo anterior.

Es cierto que la armonía de las octavas musicales, así como también la


armonía de los intervalos de 3ª y de 5ª, puede ser percibida por cualquier
oído entrenado cuando, por ejemplo, se hace vibrar una cuerda de violín o
de guitarra. Pero la "armonía por cuartas" no es algo que responda a la
naturaleza física de las vibraciones sonoras: Los Tetracordios no
pudieron surgir de ninguna clase de "ciencia experimental positiva" sino
de la aplicación al campo de la música de principios cosmogónicos y
cosmológicos preexistentes. Los Tetracordios son un reflejo, un símbolo
de la armonía de las esferas y no al revés como pareciera desprenderse de
la hipótesis de Dio Cassius. Los Tetracordios son un soporte por medio
del cual podemos aproximarnos a la música celestial. La música celestial
no existe por los Tetracordios sino éstos por aquélla.

El mismo criterio debe aplicarse a la "tabla egipcia". Si los astrólogos


egipcios establecieron la división del día en 24 horas es porque
descubrieron que, de ese modo, se ponía en concordancia la sucesión de
los días de la semana astrológica con el orden celeste. La semana
astrológica existe por el orden celeste y no éste por aquélla.

El conocimiento de la secuencia Saturno, Sol, Luna, Marte, Mercurio,


Júpiter, Venus, tuvo que ser, necesariamente, previo a la semana
astrológica egipcia y a los Tetracordios pitagóricos.

Esto no invalida las hipótesis de Cassius. Por el contrario, las confirma.


Sólo que las coloca en el orden jerárquico que les corresponde en el
camino del Conocimiento:

Lo profundo es razón de lo superficial y nunca a la inversa.


Consecuentemente, un símbolo está siempre en un plano exterior a la cosa
simbolizada. Así, ningún cristiano que conserve el sentido de su propia
tradición estaría dispuesto a admitir que Cristo es un símbolo del Sol: El
Sol, en cambio, bien puede ser considerado un símbolo de Cristo. Lo
mismo vale, dicho sea de paso, para los pueblos tildados de "idólatras" y
"primitivos". Jamás esos pueblos han rendido culto "a los astros" sino a
las potencias simbolizadas por éstos.

El problema del Centro


Las hipótesis de Dio Cassius muestran dos modos de expresar
simbólicamente el orden armónico de los astros -es decir, de las potencias
celestes-, pero no son suficientes para comprender el significado de ese
orden.

El movimiento de los astros, la armonía de las esferas, expresa una


música celestial sin que para ello se requiera que los astros modifiquen su
ordenamiento físico. Al contrario, la música celestial se produce
precisamente porque las esferas ocupan el lugar que ocupan, y no otro. La
música celestial es un fenómeno enteramente natural, o sea, inherente a
la naturaleza de las cosas. Pero si el orden físico de los astros es en sí
mismo un orden armónico, ¿por qué un ordenamiento planetario que se
supone armónico ha de diferir de ese orden físico?.

Alquimistas como Filaletes, Bernardo Trevisano y Basilio Valentino han


mencionado la siguiente disposición de los astros:

Mercurio-Saturno-Júpiter-Luna-Venus-Marte-Sol
Esta disposición expresa la correspondencia simbólica entre los astros -las
potencias celestes- y las etapas de la obra alquímica. No viene al caso
exponer aquí el significado de la secuencia. Lo que interesa es la
ubicación final, culminante, del Sol (el oro). La obra alquímica es, ante
todo y por sobre todas las cosas, una obra interior. El camino del
alquimista es un camino hacia adentro, de modo que el punto culminante
no puede ser otro que su propio Centro.

Mediante el decreto del 7 de marzo de 321, Silvestre, obispo de Roma,


dispuso que los días de la semana fuesen designados en forma ordinal, a
excepción del primero (dies Domini) y del séptimo (Sabbatum). Siendo el
domingo el Día del Señor, este día viene a ocupar, en la tradición
cristiana, el mismo lugar que ocupa el sábado en la tradición hebrea. El
mismo lugar, insistimos, pese a que el domingo es el primer día y el
sábado el último: Puesto que se trata del día central, su ubicación al
principio o al final de una secuencia es indistinta, toda vez que el Centro
es el principio y el fin de todas las cosas.

Al referirnos a la ubicación central, tanto del día domingo en la semana


cristiana como del Sol en el simbolismo planetario de la obra alquímica,
estamos aludiendo a una determinada cualidad objetiva (la cualidad de
ser Centro), que para nada depende de su ubicación física o convencional.
Esta es la cuestión clave para comprender el significado de la semana
planetaria.

Puesto que el domingo-Sol es el Centro, el número-símbolo que le


corresponde es, obviamente, el número del Centro. En las tradiciones
griega, egipcia, hermética, romana, cristiana e hindú, el número del
Centro es el 7 (número de Brahma y número del Anahata, el Chakra del
corazón, por ejemplo). Cualquiera sea el orden en que los astros
aparezcan presentados, al Sol le corresponderá, por lo tanto, el número 7.
Y también es 7 el número del domingo cristiano, aunque se lo presente
como el primer día de la semana en vez de como el último (el sábado de
los judíos, en acuerdo con el relato bíblico del Génesis y cuyo número es,
por supuesto, 7).

De modo que los números que corresponde asignar a los días de nuestra
semana son:

Domingo Sol 7
Lunes Luna 1
Martes Marte 2
Miércoles Mercurio 3
Jueves Júpiter 4
Viernes Venus 5
Sábado Saturno 6

Pero una vez que consideramos al domingo-Sol como Centro, debemos


también considerar, consecuentemente, que los restantes días-astros están
ordenados alrededor de ese Centro. En otros términos, debemos
considerar que el ordenamiento astral de los días de la semana responde a
una imagen circular, cíclica, y no a una imagen lineal, tal como aparenta
ser.

De más está decir que ubicar los astros alrededor del Sol nada tiene que
ver con discusiones relativas a heliocentrismo o geocentrismo. Ya hemos
demostrado en nuestros estudios sobre la Piedra del Calendario que allí
el Centro es ocupado simultáneamente por la Tierra y por el Sol, como
corresponde a una concepción auténticamente tradicional.3 La discusión,
planteada en términos puramente físicos, es irrelevante.

Ahora bien: De acuerdo a todas las tradiciones, las cualidades


simbolizadas por los astros (a excepción del Sol), permiten agruparlos en
parejas de opuestos-complementarios:

Luna - Saturno
Mercurio - Júpiter
Venus - Marte

Existe abundantísima documentación referida a la significación de estas


parejas, de modo que nos abstenemos de tratar aquí el tema.

La expresión numérica de estas parejas es:

1 - 6
3 - 4
5 - 2

Estas parejas de opuestos-complementarios se presentan, en el orden de la


semana, del siguiente modo:

Naturalmente, las parejas de opuestos-complementarios sólo pueden


manifestar sus potencialidades en y por su relación con el Centro, del cual
son emanaciones. Separadas del Centro, estas parejas se tornan
completamente irreales.

Vale decir que el Sol debe considerarse ubicado, a un mismo tiempo,


entre la Luna y Saturno, entre Marte y Venus y entre Mercurio y Júpiter:

Saturno
Mercurio Venus
Sol
Marte Júpiter
Luna

La expresión numérica de este ordenamiento, será:

6
3 5
7
2 4
1

Si trazamos ahora una línea siguiendo la secuencia en que aparecen estos


astros en la semana, obtenemos:
Vale decir:
Centro - Luna - Marte - Mercurio - (Centro) - Júpiter -Venus - Saturno -
(Centro)... y todo vuelve a comenzar.
Este camino, siendo cíclico, puede recorrerse a partir de cualquiera de sus
puntos. Si tomamos a Saturno como punto de partida, recorreremos
exactamente el mismo camino que el expresado por la "tabla egipcia" y
por la "armonía por cuartas": Saturno, Sol, Luna, Marte, Mercurio,
Júpiter, Venus, con lo cual nuevamente se confirman las hipótesis de Dio
Cassius. Sólo que ahora, además, se las puede comprender en su
verdadero significado.

El ordenamiento de la semana planetaria no está en contradicción con el


orden físico de los astros. Mientras que éste es el soporte de la música
celestial, aquél expresa los vínculos cualitativos entre las potencias
celestes. Manteniéndonos en la alegoría musical, podemos decir que el
orden físico es la orquesta mientras que la semana planetaria es la
partitura que ejecuta la orquesta.

La semana planetaria expresa un ordenamiento propiamente astrológico.


Esta es la razón que llevó al obispo Silvestre a decretar la denominación
ordinal de los días de la semana: La Iglesia Católica había puesto especial
empeño en aventar todo lo que "oliese" a astrología y pudiese ser
utilizado para la práctica de algún género de "culto astral". Por lo demás,
también los intervalos de cuarta fueron prohibidos en la música litúrgica
por considerárselos "impuros".

Pero sólo en Portugal -y luego en el Brasil-, habría de mantenerse la


denominación ordinal (Domingo, segunda feira, terça feira, etc.). En el
resto del mundo cristiano prevaleció, pese a todo, la denominación que
alude a la música de las esferas y que, por cierto, nada tiene que ver con
supuestos e inexistentes "cultos astrales" (salvo los que practican ciertos
mercaderes del "ocultismo" que, desde luego, nada tienen que ver con la
Tradición).

La "semana planetaria" y el "cuadrado mágico"


La identidad simbólica entre el orden de sucesión de los astros en la
semana planetaria y el orden de sucesión de los Trigramas de la tradición
china, es evidente:

Aquí nos encontramos con la siguiente secuencia:


(Centro) - 1 - 2 - 3 - 4 - (Centro) - 6 - 7 - 8 - 9 - (Centro)... y se reinicia el
ciclo.
Es muy llamativo el hecho de que los ocho Trigramas tienen por números
de orden: 1, 2, 3, 4, 6, 7, 8 y 9, faltando el 5, que en la tradición china es
el número del Centro. El Centro, la Unidad no manifiesta, es el origen y
el ordenador de toda manifestación. En consecuencia, no participa de las
cuentas. (Recordemos que según la tradición bíblica, la tribu de los hijos
de Leví, elegida por Yahveh para la custodia del Tabernáculo en el centro
del campamento, no fue censada por Moisés junto a las restantes 12
tribus, que debían ubicarse a su alrededor).

Pero cuando el número del Centro se pone de manifiesto, se opera un


notable reordenamiento y el círculo de los 8 Trigramas pasa a ser un
"cuadrado mágico":

4 9 2
3 5 7
8 1 6

Como corresponde a todo símbolo auténtico, el cuadrado mágico permite


tanto una lectura exterior como una lectura interior. Una lectura exterior
nos revelará que las filas, las columnas y las diagonales mayores del
cuadrado suman 15 lo cual, ciertamente, constituye una curiosidad y una
muestra de ingenio. Pero nada de "mágico" hay aquí.

A su vez, una lectura interior nos revelará, por ejemplo, que a través del
Centro las parejas de opuestos-complementarios (1-9, 2-8, 3-7 y 4-6), se
expresan en suspotencialidades diferenciadas y, a la vez, se reabsorben
-por así decirlo- en la Unidad: 10. (El número 5, al ser su propio opuesto-
complementario, 5 + 5 = 10, es simbólicamente idéntico al 10). Vale decir
que, en realidad, las filas, las columnas y las diagonales del cuadrado
mágico siempre suman 10. Y suman 10 -se reabsorben en la Unidad-
debido, precisamente, a la acción no actuante del 5, ya sea que el 5 esté
"ausente" -como en el círculo de los Trigramas- o bien esté "presente"
-como en el cuadrado-. ¡Esta es la magia del cuadrado mágico!. (Nunca
deben perderse de vista las diferencias entre una ciencia tradicional y una
ciencia "positiva").

En el caso que nos ocupa -la semana planetaria-, es el Centro (7) el que
hace posible que las parejas de opuestos complementarios (1-6, 2-5, 3-4),
desplieguen todas sus potencialidades diferenciadas y, a la vez, revelen su
origen también central: 1 + 6 = 7; 2 + 5 = 7; 3 + 4 = 7.

La inversión de los atributos


Hemos arribado a un conjunto perfectamente coherente, ordenado, tras
haber partido de un conjunto aparentemente incoherente, caótico.

Queda, no obstante, una importante cuestión a dilucidar.

Cada pareja de opuestos-complementarios está integrada por un astro de


cualidad "impar" y otro de cualidad "par":

Luna (1) ........ Saturno (6)


Mercurio (3) ........ Júpiter (4)
Venus (5) ........ Marte (2)

En todas las tradiciones, la cualidad "impar" está asociada al principio


masculino de la manifestación, en tanto la cualidad "par" está asociada al
principio femenino. Sin embargo, hemos visto que aquellos astros a los
que comúnmente se les atribuyen cualidades femeninas -Luna, Mercurio
y Venus-4 tienen asignados números impares, mientras que los astros a los
que se asignan cualidades masculinas -Marte, Júpiter, Saturno- tienen
asignados números pares. Nos encontramos, pues, ante una inversión de
los atributos.

Es sabido que, en el simbolismo constructivo, el compás es el atributo


masculino por excelencia (dada su asociación con el círculo y con las
potencias celestes), y la escuadra es el atributo femenino por excelencia
(dada su asociación con el cuadrado y con las potencias terrestres). Pero
en las representaciones chinas de las dos potencias creadoras, Fu-Hi, la
serpiente masculina, aparece siempre con una escuadra mientras Niu-Wa,
la serpiente femenina, aparece siempre con un compás, al tiempo que
ambas están entrelazadas por sus colas. El mismo simbolismo inverso
aparece en las representaciones herméticas del Rebis, el Mercurio
Andrógino, el cual sostiene una escuadra con su mano derecha (aspecto
masculino), y un compás con su mano izquierda (aspecto femenino). De
este modo, el lenguaje tradicional de los símbolos ilustra acerca de la
unidad indisoluble de los opuestos-complementarios: Se intercambian los
atributos para confirmar la unión o, mejor dicho, la no-separatividad.

En la "semana planetaria", se ha operado la misma inversión de atributos,


con idéntico significado:

La tríada femenina, ascendente, ha adoptado el atributo "impar", mientras


que la tríada masculina, descendente, ha adoptado el atributo "par". Tal
inversión es el resultado de la interpenetración armónica de ambas
tríadas y de su ordenamiento en torno su Centro.

Para terminar, una última cuestión. Si la semana planetaria expresa


simbólicamente el ordenamiento armónico de las potencias celestes
(simbolizadas, a su vez, por los astros y las luminarias), ¿adónde ha
quedado la Tierra?. A la Tierra, estimado amigo, se llega a través de
usted.

Buenos Aires
Otoño 1997

NOTAS
1
Aquí debemos ser justos y no recargar las tintas solamente sobre el
racionalismo materialista. La escisión viene de lejos (ver, por ejemplo, las
Confesiones de San Agustín), y el dogmatismo racionalista de la ciencia
moderna no fue sino una reacción simétrica al dogmatismo confesional, uno
tan alejado como el otro de la Tradición.
2
Hammerly Dupuy, Daniel: Fundamentos astronómicos de la cronología.
Colegio Unión, Departamento de Publicaciones. Lima, 1966.
3
Maskin, Javier S.: La Perfecta Armonía del Universo Azteca. Abya-Yala,
Buenos Aires, 1996.
4
Esto es así en las tradiciones abrahámicas y solares. En otras tradiciones, en
cambio, Luna es masculino. Por ejemplo, entre los sumerios la Luna estaba
identificada con Sin el dios que era padre de Shamash, el Sol. Asimismo,
muchas tradiciones consideran al Sol femenino como, por ejemplo, se
refleja hoy en las lenguas alemana, vasca, japonesa, guaraní, etc. Con toda
su importancia, este asunto excede los límites del presente trabajo.

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