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APÉNDICE

EL ESPEJO DE ATENEA

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DE LAS FIGURAS del terror, la arcaica Medusa se destaca por su belleza y por su ambigüedad. Para acabar con ella, lo- grando más que su muerte, su metamorfosis, le fue necesario a Perseo el don revelador de Atenea, el espejo que permitía al héroe no mirar directa esa belleza que paralizaba -¿ la belleza misma acaso? De la estirpe del dios de las aguas insondables, Poseid ó n, la Medusa era la única bella entre sus hermanas, la única jo- ven de ese pueblo de las "Gerias". Mas la amenaza mayor para Atenea era la promesa de un hijo concebido por la Me- dusade su ancestro y rey en quien se cumpliría sin duda la to- tal revelación de ese linaje adversario . Y no tanto porque de por sí lo fuera, sino simplemente por serlo para el otro linaje, el del hermano de Zeus. Ella, Atenea, no podía, virgen por esencia y potencia, concebir en modo de dar un hijo que pro- siguiera en línea directa la estirpe de Zeus a través de la más suya de todos sus hijos. Criatura de elección Atenea, ¿ estaba acaso prometida a otra forma de concepción no alcanzada; quizás a la concepción intelectual? Y Atenea le entrega a Per- seo no la espada, sino el espejo para que por reflexión el héroe viese la belleza ambigua, prometedora del fruto final del Océano insondable; el espejo para que no viera a la Medusa d e inmediato y se librara de todos los sentires concomitantes con la visión. Una figura vista en el espejo carece de ese fon - do último que la mirada va a buscar más allá de la apariencia . Pues que la vista se une al oído. Cuando se mira directamen-

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te, se espera y se da lugar al escuchar. Nadie escucha a la fi- gura reflejada por un espejo. Mientras que a las aguas se va dispuesto a escuchar . Y nada hay como el elemento acuoso para desatar esta atención, ese ansia de escuchar y esta espe- ranza informulada de que las aguas -y más todavía las inson- dables y recónditas, las que no se vierten en el arroyo o en la fuente que tiene siempre su canción-lleguen a sugerir algo y, en caso extremo, en lo impensable ya , den su palabra. Su pa- labra, si es que la tienen. Y que allá en el fondo del alma se es- pera que todo lo creado o que todo lo que es natural tenga una palabra que dar , su logos recóndito o celosamente guar- dado. Sabia y astuta Atenea , pájaro y serpiente, entregó el don que permitía ver , ver a esa Medusa temible, más que por su belleza, por su promesa. La paralización, ¿ no vendría acaso de esa promesa que la belleza a solas en el terrorno ofrece, y que la fealdad a solas, suelta en la disparidad de las noches oscuras, aunque sea de día, arroja? El terror paraliz a nte en verdad no puede relacionarse con la belleza sin más, sino con el futuro y con el pasado que salen al paso del fluir temporal, ocupando el presente. Y quien esto padece se queda en sus- penso , en una especie de éxtasis negativo, privado del tiempo, mas no sobre él. Es el tiempo mismo e l que se congela y, en casos extremos, se petrifica.

y cuando la sola belleza tiene esta virtud paralizante ha d e tratarse de una belleza insólita, irreductible a cualquier es- pecie de belleza conocida. Y por ello mismo aparece privada d e esa forma perfecta que es el atributo, el ser mismo de la be- lleza. Una belleza insondable, que se ahonda y se despliega sin descanso, que no puede ser contemplada como la belleza pide. La contemplación es la ley que la belleza lleva consigo.

y en la contemplación, como se sabe, es indispensable un mí-

nimo de quietud o por lo menos de aquietamiento ; un tiempo largo, indefinido que fluye amplia y mansamente. Es el tiem- po de la contemplación que da respiro, libertad, libertad

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siempre, aun cuando el objeto contemplado subyugue. Efecto este último que puede darse en virtud de algunos aspectos concomitantes con la belleza, y no por ella misma . La belleza no pide ser sondeada. Y si se hace sentir lo in- . sondable es porque viene de otro mundo, del que parece ser signo y escudo. Un escudo era ya la Medusa del reino i nson- dable del océano. Y Atenea bien lo supo al incorporada a su escudo. Estampada en el escudode Atenea, ¿ seguiría petrifi- cando al que la miraba, o acaso podía ya ser v i sta como en el espejo dado a Perseo, para que viera por reflexión? Arranca- da de su reino en el escudo de la victoria era quizás un simple trofeo . Y un aviso, sin duda alguna, un aviso de la existencia del otro reino, del reino del terror . Del reino habitado por

criaturas a medias nacidas o de imposible nacimiento, por sub-seres dotados de vida ilim i tada, de avidez sin fin y de re- mota, enigmática finalidad.

de vi-

s i ón , un medio adecuado para la reflexión en uno de sus as- pectos. N os habla de modos de conocimiento que sólo son

posibles en un cierto medio de visibilidad . La razón racionalista, esquernatizada, y más todavía en su uso y utilización que en los textos originarios de la filosofía co r respondiente, da un solo medio de conocimiento. Un me- dio adecuado a lo que ya es o a lo que a ello se encamina con certeza ; a las "cosas" en suma, tal como aparecen y creemos que son . Mas el ser humano habría de recuperar otros medios

N os propone y ofrece el espejo de Atenea un modo

d e visibilidad que su mente y sus sentidos mismos reclaman

por haberlos poseído alguna vez poéticamente, o linirgica- mente , o metafísicamente. Asunto que aquí ahora sólo queda

i ndicado.

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