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La palabra y el vínculo

De Rep.é Kaes en esta biblioteca

«El pacto denegativo en los conjuntos

trans-subjetivos », en modalidades

Lo negativo. Figuras y

El grupo y el sujeto del grupo. Elementos para una teoría psicoanalítica del grupo

«Introducción: el sujeto de la herencia» e «Introducción al concepto de trasmisión psíquica en el pensamiento de Freud», en Trasmisión de la vida psíquica entre generaciones

«Introducción. Dispositivos psicoanalíticos y emergencias de lo generacional», en Lo generacional. Abordaje en terapia familiar psicoanalítica

Las teorías psicoanalíticas del grupo

La palabra y el vínculo. Procesos asociativos en los vínculos

René Kaes ha seleccionado para la edición en castellano nueve de los once capítulos que integran la edición original francesa (cuyo prefacio a la segunda edición reproducimos), pero buscando a la vez, con diversas modificaciones, que la obra conserve tanto la consistencia interna como la unidad temática.

La palabra y el vínculo

Procesos asociativos en los grupos

RenéKaes

Amorrortu editores

Buenos Aires • Madrid

Biblioteca de psicología y psicoanálisis Directores: Jorge Colapinto y David Maldavsky La parole et le lien. Processus associatifs dans les groupes, René Kaes © Dunod, París, 1994 Traducción, Mirta Segoviano

La reproducción total o parcial de este libro en forma idéntica o modificada por cualquier medio mecánico, electrónico o informático, incluyendo foto- copia, grabación, digitalización o cualquier sistema de almacenamiento y recuperación de información, no autorizada por los editores, viola dere- chos reservados.

©Todos los derechos de la edición en castellano reservados por Amorrortu editores S. A., Paraguay 1225, 7º pi.so (1057) Buenos Aires www.amorrortueditores.com

Amorrortu editores España SL C/San Andrés, 28 - 28004 Madrid

Queda hecho el depósito que previene la ley nº 11.723 Industria argentina. Made in Argentina

ISBN 950-518-109-4 ISBN 2-10-002070-6, París, edición original

Kaes, René La palabra y el vínculo : procesos asociativos en los grupos / René

Kaes.- 1ª ed. - Buenos Aires : Amorrortu, 2005.

368 p. ; 23x14 cm.- (Biblioteca de psicología y psicoanálisis/ dirigida por Jorge Colapinto y David Maldavsky)

Traducción de: Mirta Segoviano

ISBN 950-518-109-4

l. Psicoanálisis. I. Segoviano, Mirta, trad. II. Título CDD 150.195

Impreso en los Talleres Gráficos Color Efe, Paso 192, Avellaneda, pro- vincia de Buenos Aires, en mayo de 2005.

Tirada de esta edición: 2.000 ejemplares.

«Sólo somos hombres y nos tenemos los unos a los otros por la palabra».

Michel de Montaigne, Essais, libro primero, capítulo IX (Des Menteurs)

Indice general

11

Acerca de la traducción al castellano, Mirta

Segoviarw

15

Prefacio a la segunda edición (francesa)

29

l. Palabra e intersubjetividad en los grupos

30

La cuestión del grupo en el psicoanálisis: apuestas y obstáculos

40

El problema de la regla fundamental y de los procesos asociativos en los grupos

45

Contribuciones de la lingüística al estudio de los actos de palabra interlocutorios

67

2. El grupo como situación psicoanalítica

67

Método psicoanalítico y dispositivo de grupo

75

Elementos de la situación psicoanalítica de grupo

79

Dispositivo y encuadre del grupo

103

3. Organizadores psíquicos y emplazamientos subjetivos en el proceso asociativo grupal

103

El grupo con Solange, o el porta-palabra

103

Pre~entación del dispositivo y de la situación

106

El grupo con Solange: las cuatro primeras sesiones

119

Solange o el porta-palabra

129

Los organizadores psíquicos del grupo y el acoplamiento intersubjetivo

143

4. Repetición del traumatismo y trabajo grupal de asociación

143

Marco el porta-síntoma

143

El acontecimiento «mareante». Consecuencias

152

Transformaciones de los organizadores del proceso asociativo y de los emplazamientos subjetivos en el grupo

159

La perlaboración intersubjetiva del traumatismo en los procesos asociativos

173

5. Retorno de lo reprimido y funciones del preconsciente en el proceso asociativo grupal

173

Dimitri, o el otro de la espalda

174

Breve presentación del dispositivo grupal «de espaldas»

179

Análisis de una secuencia de cadenas asociativas

185

La formación del proceso asociativo grupal a partir de lo reprimido actual

193

Formas y modalidades del retorno de lo reprimido

199

Efectos del dispositivo sobre los procesos asociativos

217

6. Una función fórica. El porta-palabra

220

Formaciones intermediarias y funciones fóricas

232

Las funciones fóricas del porta-palabra

238

El porta-palabra en los grupos

253

7. El grupo como aparato de transformación: el trabajo intersubjetiva del preconsciente

254

El trabajo intersubjetivo de las asociaciones

256

El grupo como aparato de transformación

268

Sobre la actividad del preconsciente en los grupos

277

8. Las cadenas asociativas y los procesos que las organizan en los grupos

277

Las condiciones de posibilidad y sus obstáculos

297

Los procesos asociativos en los grupos:

reconsideración de las principales hipótesis

304

Sujeto del grupo, palabra e intersubjetividad

312

Los organizadores del proceso asociativo y la doble inscripción de las cadenas significantes

321

9. Pensar, en los grupos

324

Indicadores para determinar las condiciones intersubjetivas del pensamiento

333

Algunas condiciones necesarias para poder pensar en los grupos

341

Los obstáculos al pensamiento en el grupo: ideología y auto-alienación

344

¿Por qué el grupo?

347

Bibliografia

Acerca de la traducción al castellano

Mirla Segoviano

La traducción de esta obra de René Kaes agrega, al siem- pre estimulante placer del contacto con sus innovadoras ideas, una exigencia mayor que la habitual en la búsqueda de los términos que mejor permitirían volcarlas al castella- no con la suficiente precisión. Ya el propio título del libro, La parole et le lien, nos con- fronta con una cuestión cuya importancia adquiere un cre- ciente relieve a lo largo de la obra. Es por esto que hemos pre- ferido presentar al lector desde un principio esas dificulta- des y las elecciones realizadas en tales casos:

l. Parole. En francés, a diferencia de lo que ocurre en cas- tellano, puede denotarse distintamente cada una de dos di- versas significaciones del término palabra. En tanto parole expresa la facultad de la palabra, del habla, del discurrir, mot designa al elemento que se emplea para ejercerla, el vo-

cablo, el término. El Dictionnaire Hachette des synonymes,

de Henri Bénac, ilustra claramente la diferencia de empleo entre ambas al indicar que, cuando se usa parole por mot, «es para designar algo menos breve, lo más a menudo habla- do, y considerado subjetivamente, con relación al sujeto que habla, mientras que mot [palabra), que puede ser escrita, es objetiva y considerada con relación a su significación, a su efecto en la frase». En los últimos años, René Kaes comenzó a utilizar estos dos términos en función precisamente de su diferencia. El caso más relevante es su propuesta de la no- ción de représentation de parole, que se sumaría a los con- ceptos tradicionales en psicoanálisis de representación de cosa [représentation de chose] y representación de palabra [représentátion de mot]. Tanto las -hasta ahora pocas- referencias en su bibliografí,a precedente, como las conversa- ciones con él mantenidas al respecto, nos llevan a traducir

parole como palabra hablada cada vez que las diferencias entre mot y parole toman un valor conceptual.

2. Je. Una segunda dificultad de traducción, que se ini- cia con los trabajos de Piera Aulagnier, y que insiste al ritmo de su progresiva influencia dentro del psicoanálisis, reapa- rece en consecuencia con cada autor que, como es el caso de René Kaiis, incluye sus conceptualizaciones. Esta autora in- troduce, por motivos que, en su excelente artículo «Je, Sujet

et Identification. Eléments pour une discussion», interpreta

Yves Lebeaux (Topique, nº 37, 1986), el concepto de Je, que, dentro de su modelo teórico, podemos definir como la ins- tancia enunciante, o como lo que designa al sujeto de la enunciación. El término Je no coincide, pues, con el término Moi, cuyo uso es tradicional en psicoanálisis para designar a la instancia yoica del aparato psíquico. En castellano con- tamos con sólo un término para traducir a ambos, yo. Para distinguirlos, entonces, hemos elegido traducir Je como Yo, con mayúscula, y conservar la habitual minúscula para la instancia, moi.

Prefacio a la segunda edición (francesa)

Esta obra constituye, con El aparato psíquico grupal y El grupo y el sujeto del grupo, la tercera pieza de mi estudio psicoanalítico sobre los procesos y formaciones de la reali- dad psíquica en los grupos. En el primer libro, publicado en 1976 y revisado para una segunda edición en 2000, imaginé un aparato psíquico grupal como un modelo que diera cuenta de la construcción de la realidad psíquica de y en el grupo. Lo concebí con mi- ras a articular un triple nivel de análisis: el del grupo como conjunto, el de los vínculos de grupo en los miembros de este y el del sujeto singular en el grupo. Este triple vértex define la originalidad de este modelo en relación con los de Bion, Pichon-Riviere, Foulkes y Anzieu. El aparato psíquico grupal es un modelo destinado a comprender cómo se efectúa un trabajo psíquico particular:

producir, asociar y transformar elementos psíquicos que los miembros aportan al espacio común y que constituyen la realidad psíquica de y en el grupo. El aparato psíquico gru- pal es así irreductible al aparato psíquico individual y no una extrapolación de este. El corolario de esta proposición es que el grupo constitu- ye una estructura de convocación hacia emplazamientos psíquicos necesarios para su funcionamiento y preserva- ción. En ellos vienen a representarse objetos, imagos, ins- tancias y significantes cuyas funciones y sentido son im- puestos por la organización grupal. El grupo impone también coerciones de creencia, de re- presentación, normas perceptivas, de adhesión a los ideales y sentimientos comunes. Orienta los mecanismos de re- presión, o de desmentida, o de rechazo, garantiza dispositi- vos metadefensivos y exige una cooperación al servicio del conjunto dirigida a su autoconservación y a la realización de sus fines.

En El grupo y el sujeto del grupo (1993), retomé y elaboré algunas de estas proposiciones. Centré el análisis sobre los efectos del grupo en la formación del sujeto del inconsciente. En este sentido sostuve que el sujeto del grupo y el sujeto del inconsciente se constituyen de modo correlativo. El grupo, como conjunto, prescribe las leyes que rigen los contratos, pactos y alianzas inconscientes, preconscientes y conscientes que organizan simultáneamente, en órdenes lógicos diferentes, el espacio psíquico del grupo y el de cada sujeto. Prescribe además emplazamientos y funciones en los cuales los sujetos vienen a sujetarse entre ellos y a realizar algunos de sus deseos: por ejemplo, en las funciones del Ideal común, en las figuras del Ancestro, del Niño Rey, del Muerto, del Héroe, del jefe, de la víctima emisaria, del porta-palabra, del porta-síntoma, del porta-sueño, etc.Aquí vuelve a funcionar una doble lógica: los sujetos ocupan estos lugares por razones que les son propias y para cumplir en ellos, simultáneamente, funciones a las que el grupo, como conjunto, los asigna. Al crear estos emplazamientos, el grupo impone a sus sujetos una cantidad de coerciones psíquicas: ellas atañen a las puestas en latencia o a los renunciamientos a la realiza- ción directa de los fines pulsionales, a los abandonos parcia- les de los ideales personales o al desdibujamiento de los lí- mites del yo o de la singularidad de los pensamientos, es de- cir, de una parte de la realidad psíquica que singulariza y diferencia a cada sujeto. A cambio, el grupo se hace cargo de una cantidad de ser- vicios en beneficio de sus sujetos, servicios en los que ellos colaboran, por ejemplo, edificando mecanismos de defensa colectivos o participando en las funciones del Ideal.

Con La palabra y el vínculo (1994), sometí a la prueba de la clínica y de la argumentación teórica las hipótesis que había propuesto anteriormente para establecer un ámbi- to de investigación y práctica relativamente nuevo en el campo del psicoanálisis: un espacio que se especificaría por el estudio de las relaciones conjugadas entre las organiza- ciones intrapsíquicas y las formaciones del vínculo inter- subjetivo, precisamente en el punto de anudamiento de sus estructuras y procesos, allí donde se constituye el sujeto del inconsciente. La mayoría de los trabajos que atendieron a

esta articulación finalmente centraron sus investigaciones en uno solo de sus términos, examinando la incidencia de una variable sobre otra, pero no su correlación. Inicié las investigaciones sobre los procesos asociativos a comienzos de la década de 1980 para responder a una exi- gencia de método: ¿cómo explicar las reglas del método psi- coanalítico cuando este se aplica al grupo, requiriendo que se instale el proceso asociativo en la transferencia de tal mo- do que los efectos del inconsciente se manifiesten en ella y devengan interpretables? De la respuesta a esta pregunta dependía para mí el avance de las investigaciones clínicas y teóricas. Esta exigencia de método perdura, porque he podido reconocer mejor su objeto, sus apuestas y sus dificultades. Una vez escrita esa obra, me resultó evidente, en efecto que mis análisis sobre los puntos de anudamiento entre los pro- cesos asociativos individuales y grupales ponían al descu- bierto nuevas dificultades. Por ejemplo, una de las tareas es especificar las condiciones de posibilidad del proceso asocia- tivo en los diferentes dispositivos de grupo: así, el grupo fa- miliar, en razón de sus principios organizadores, edípicos e intergeneracionales, ejerce sobre el proceso asociativo coer- ciones de censura y fantasías incestuosas específicas que aparecen principalmente en los relatos de sueños. Otra di- ficultad es formarse en la escucha de estos discursos íntima- mente entretejidos y sometidos a lógicas diferentes. La presente obra puede contribuir a relanzar estas cuestiones, llamando la atención sobre ciertas dimensiones del problema y sobre algunas formas de tratarlas. La pala- bra y el vínculo se construyen de modo correlativo, en el cruce de varias estructuras, e implican varios centros or- ganizadores. Este es un factor de complejidad, y es también una dimensión polifónica de la palabra y del vínculo, tal como del sueño, según intenté mostrarlo recientemente en La polyplwnie du reve. La noción de polifonía, que tomo de las teorías de Bajtin-Vorochilov, se ha vuelto central en mis exploraciones. La palabra asociativa, el vínculo y el sueño hacen oír «varias voces», varios enunciados cuyas señales están destinadas a varios destinatarios, porque la palabra hablada, el vínculo y el sueño se han constituido, en el hom- bre, en la intersubjetividad. La noción de polifonía existe independientemente de cualquier búsqueda de una armo-

nía o de un unísono. La polifonía nos conduce a imaginar que, en todo vínculo intersubjetivo, el inconsciente se inscri- be y se dice varias veces, en varios registros y en varios len- guajes, en el de cada sujeto en su palabra y su sueño, y en el del vínculo mismo. No se trata de oír todo y de decir todo, sino de oírse decir,

a la escucha de una polifonía en la que tomamos parte y que nos constituye. Como en un coro.

Decir, interdecir, entredecir

1

Decir, interdecir, entredecir. La hipótesis principal que orienta el curso de las investigaciones presentadas en este libro es la siguiente: el decir propio de la actividad asociati- va sólo es posible si las interdicciones capitales pudieron ser articuladas en la palabra de otro y recibidas de él; otro cuya palabra y pensamiento han sido estructurados por el traba- jo de la represión. La interdicción, que resulta del ínter-decir, separa los lu- gares psíquicos, los constituye y los diferencia correlativa- mente como organización del adentro y como organizaciÓn del afuera. Al significar mediante la palabra el límite y la transgresión, el interdecir constituye la alteridad en el espacio interno y en los vínculos entre los sujetos, pero se- ñala al mismo tiempo el deseo de retorno hacia las confu- siones primeras y hacia las realizaciones imaginarias del cuerpo a cuerpo. La interdicción supone una represión inau- gural que, a su vez, posibilitará el decir y el entre-decir. Las transformaciones y ligazones psíquicas que efectúa la re- presión son, no cabe duda, individuales al más alto punto. Sin embargo, pienso que algunas de sus condiciones y algu- nos de sus contenidos son tributarios de las palabras dichas

o no dichas en el conjunto intersubjetivo del que procede el

sujeto. Lo mismo ocurre con lo reprimido que retorna en el decir asociativo: lo dicho entre los sujetos se vierte, entre otros más, por el entre-dicho. Si el interdecir separa y limita, el entre-decirjunta y ope- ra como pasaje. El primero hace la diferencia, el segundo la

utiliza y la articula con lo común. El entre-decir es la forma y la función del decir que circula entre diferentes lugares psíquicos: es también su consistencia, en la medida en que esos lugares son parcialmente heterogéneos unos a otros. Podemos suponer un entre-decir intrapsíquico, constituido por las relaciones entre las instancias, entre los objetos de identificación, entre las imagos, entre los personajes inter- nos actores de los libretos fantasmáticos; un entre-decir íntimo entre las voces polifónicas que nos han aportado la palabra y con las cuales proseguimos diálogos, diatribas y malentendidos. El entre-decir intersubjetivo es una de las condiciones del advenimiento de la palabra, del decir con la palabra; es también el efecto de los entre-dichos íntimos ca- paces de exportarse y de anudarse con otros decires, lo que supone ciertas zonas de pasaje entre los lugares psíquicos del adentro y del afuera, y sobre todo algunas formaciones idénticas entre los sujetos entre-dicientes. La hipótesis fuerte que organiza esta investigación es que las palabras entre-dichas que forman las cadenas aso- ciativas en las situaciones de grupo, estructuradas por la regla de la asociación libre, sacan a la luz los pensamientos interdictos por efecto de la represión y por efecto de las operaciones co-represoras de los otros, de más de un otro. Las palabras entre-dichas abren la vía al retorno de lo repri- mido, así como constituían una fuerza liberadora respecto de las censuras: de esta manera, restituyen significaciones que cada sujeto, en su medida, podrá reconocer como senti- do encontrado, reencontrado y comunicable. El hilo conductor que entrelaza el decir, el interdecir y el entre-decir, que son los tres componentes constitutivos de la actividad asociativa de la psique, los enlaza poniendo el acento en la intersubjetividad como una de sus condiciones necesarias.

2

Los procesos asociativos en los grupos. El subtítulo de es- te libro es portador de una ambigüedad intencional. Por un lado, y tal es el uso regular de este concepto en psicoanálisis, proceso asociativo designa el movimiento psí-

quico que se organiza como la serie de acontecimientos de palabra y silencio obtenidos en la situación psicoanalítica, a partir del enunciado de la regla fundamental por el psico- analista. La secuencia de representaciones, afectos y pensa- mientos que sobrevienen, sus arreglos internos, las signifi- caciones que se forman y se manifiestan bajo el triple efecto del empuje de lo reprimido, de las transformaciones im- puestas por la censura y de la transferencia, todos estos componentes del proceso asociativo deben entenderse como la vía de acceso abierta por el psicoanálisis al conocimiento del inconsciente. La situación psicoanalítica lleva esta proposición a su óptima eficiencia cuando instituye el proceso de los acon- tecimientos asociativos de la palabra en la transferencia. Lo que especifica al vínculo de transferencia es que se necesita a otro extraño y familiar para que en uno mismo se libere y sea reconocida la extrañeza radical del inconsciente. Deve- nir Yo[Je], es decir, uno mismo, requiere que el sujeto se ex- perimente en las vicisitudes de esta relación de palabra, de inconsciente y de alteridad intersubjetiva. En la cura psico- analítica, este conocimiento sólo es accesible a través de lo que dice el analizando a, para y con el analista. Por otro lado, proceso asociativo puede también describir los vínculos psíquicos que se anudan y se desanudan entre sujetos asociados entre ellos por sus investiduras recípro- cas, por sus representaciones mutuas, por los emplaza- mientos que se asignan o se conceden en sus espacios res- pectivos. Las identificaciones constituyen el mecanismo cardinal del proceso asociativo de los vínculos intersubjeti- vos; califican su componente libidinal, mientras que la pul- sión de muerte cumple aquí su trabajo antagonista múlti- ple, en su obra de desligazón-disociación, indiferenciación y destrucción. Las modalidades de este proceso asociativo intersubjeti- va pueden ser descriptas con términos validados para el análisis de las asociaciones de ideas: nos asociamos por se- mejanza, por contraste o por oposición. Sobre los otros se condensan, se desplazan y se difractan los objetos internos que rigen nuestras relaciones con otro, con más de un otro, con más de un semejante. Por mi parte, supongo ciertas analogías de estructura y funcionamiento entre la cadena asociativa del nivel del gru-

po y los vínculos intersubjetivos que se anudan en ese nivel. Aunque lenguaje y psiquismo estén organizados en órdenes distintos, la palabra asociativa en grupo es también un principio de la asociación intersubjetiva y de la organiza- ción asociativa intrapsíquica. Mi hipótesis es que, en los grupos, las palabras entre ellas y los sujetos entre ellos si- guen, particularmente en ciertas circunstancias notables, cursos asociativos homólogos. Esta hipótesis es necesaria para considerar la noción de pensamiento como movimiento intersubjetivo cuyo depositario y pensador es un sujeto sin- gular. Precisemos esta hipótesis: el grupo es una secuencia aso- ciativa de sujetos reunidos y ensamblados en sus vínculos por organizadores de la grupalidad psíquica que funcionan como representaciones-meta. El grupo es una cadena aso- ciativa formada por la asociación de las palabras y silencios de los sujetos parlantes, cuyas relaciones se organizan en un conjunto significante. El discurso en el nivel del grupo puede entonces ser considerado como un discurso de grupo, sostenido por la correlación de una doble cadena asociativa:

intersubjetiva e interdiscursiva. Estas dos dimensiones, órdenes o registros de la asocia- ción-disociación son heterogéneas, pero correlativas, co- estructuradas, ca-procesales: suponerles zonas de interes- tructuración, formaciones correlativas, correspondencias y antagonismos, no oculta el hecho de que no se superponen la una a la otra. Esta correlación no significa identidad, salvo cuando constituye la isomorfi.a (imaginaria) del sujeto, del grupo, de la palabra y de los pensamientos: es el caso límite del grupo psicótico, narcisista, ideológico. Semejante correlación de perfecta identidad entre el discurso del sujeto y la estructu- ra intersubjetiva pone en cuestión (lo que no quiere decir que anula) la singularidad de la fantasía individual.

3

El sujeto, la palabra, el grupo. Inscribo mi investigación en una formulación más amplia y general que apunta a es- tablecer cómo el sujeto psíquico, el lenguaje -más precisa-

:j

21

mente, la palabra hablada- y el grupo se fundan el uno al otro. Antes de que se constituyeran las disciplinas de la lingüística y de la semiología, antes de la sociología y el psicoanálisis, los mitos propusieron e impusieron represen- taciones correspondientes a las relaciones entre la lengua, las formaciones colectivas y el sujeto. El mito bíblico de la Torre de Babel, sobre la palabra, tiene un carácter funda- mental: propone efectivamente un fundamento a los dis- cursos que podemos sostener sobre las relaciones entre la palabra, el sujeto y el grupo. El mito dice que la diversidad de lenguas es una de las condiciones de la palabra y del pen- samiento; dice también que nosotros mismos no podemos construirnos nuestro origen: recibimos la lengua, el nombre y el origen. La transgresión de la interdicción de darse a sí mismo su nombre tiene como consecuencia el hecho de que ya no es posible entre-decir. La pasión de la lengua única fracasa en el derrumbe de la obra de autoengendramiento. Esta relación de fundación constante de la palabra y del agrupamiento está en el centro de las preocupaciones de los primeros lingüistas, y el contrato social de J.-J. Rousseau no es otra cosa que la tentativa de resolver, mediante la len- gua y mediante la palabra entre-dicha, lo que de otro modo quedaría librado al cuerpo a cuerpo. Por la palabra, cada uno puede reconocer en el otro lo que él mismo no tiene. La idea de un desvío necesario por la lengua y por la palabra introduce la noción, que Freud desarrollará más tarde en El malestar en la cultura, de una renuncia a la satisfacción di- recta de los fines pulsionales para fundar la comunidad de derecho y la posibilidad misma de la cultura. El cumpli- miento de su propio fin por parte del sujeto, en los límites que le impone su condición de sujeto del grupo, se encuentra con esta doble necesidad del desvío y de la renuncia impues- ta por la interdicción. Pero existen otras aproximaciones, las de los poetas, que articulan creación de la lengua y trabajo del agrupamiento:

es la función misma del grupo literario, de la Pléyade a los Salones románticos, del grupo surrealista al OuLiPo. Aquí nuevamente una regla genera en el mismo movimiento la interdicción, o la restricción, y el entre-dicho. La invención por los surrealistas del juego literario del Cadáver Exquisi- to es más que un procedimiento de creación poética por con-

tribución anónima de los miembros de un grupo: es la intro- ducción, mediante este procedimiento, de una determina- ción aleatorw del sentido por las asociaciones individuales de los participantes. Se trata de hacer jugar la asociación co- lectiva desconectándola de los efectos de convención de len- guaje que sostienen los procesos de grupo y, de una manera más general, el vínculo social y sus instancias normativas.

4

El trabajo intersubjetiva de las asociaciones. Las exigen- cias de una teoría psicoanalítica del lenguaje fueron for- muladas por A. Green (1984) de manera neta y concisa:

«Ninguna teoría psicoanalítica del lenguaje -escribe- puede estar fundada por fuera de la puesta en perspectiva del aparato del lenguaje en el aparato psíquico. Parte del aparato psíquico, y en cierto modo su metonimia, el aparato del lenguaje es también su metáfora reducida». Conviene entonces definir la categoría psíquica capaz de articular es- tas dos estructuras heterogéneas puestas recíprocamente en perspectiva: A. Green propone que «la categoría de la re- presentación es susceptible de crear un puente entre psique y lenguaje» (ibid.) Queda por efectuar la operación de recíproca puesta en perspectiva del lenguaje y la palabra con la intersubjeti- vidad y lo grupal, y por mostrar cómo esas estructuras sos-

tienen a la vez el acceso al lenguaje y a la palabra: a su orga- nización misma. He intentado esta exploración de puesta en perspectiva recíproca de la psique y el grupo insistiendo so- bre la exigencia de trabajo que impone a la psique su nece-

saria ligazón, de apuntalamiento,

Introducir la intersubjetividad en la articulación del len- guaje y del sujeto de la palabra, es poner a prueba las hipó- tesis que propuse y el modelo teórico que construí para ope- rar esta puesta en perspectiva. Es, por lo tanto, reclamar sobre este problema una nueva contribución del psicoaná- lisis: a él le toca definir su propia problemática, en relación

con lo grupal. 1

1 Sobre estos desarrollos, cf. R. Kae>i, El grupo y el sujeto del grupo, Bue- nos Aires: Amorrortu, 1995.

de intercambio con disciplinas como la psicolingüística, la sociolingüística o la etnolingüística, que hacen de estas ar- ticulaciones el objeto de sus investigaciones centrales. Desde hace algunas décadas contamos con un dispositi- vo metodológico que habilita un acceso hasta entonces im- practicable a la formulación parcialmente especulativa del punto de vista psicoanalítico sobre este problema: en una si- tuación intersubjetiva de grupo, a condición de que esté es- tructurada por el enunciado de la regla fundamental en la transferencia, podemos abrir un acceso pertinente al cono- cimiento de las relaciones entre el sujeto, la palabra y el grupo intersubjetivo. Estas relaciones pueden entonces ser consideradas bajo el aspecto donde el inconsciente se mani- fiesta por sus efectos específicos. Así, tenemos que examinar más particularmente dos cuestiones: la primera trata de las hipótesis a formular y po- ner a prueba para dar cuenta de los contenidos y modalida- des de las cadenas asociativas formadas a partir de dos fo- cos de determinación: intrapsíquico e intersubjetiva. ¿Cuá- les son los contenidos y modos de manifestación del incons- ciente a través de los procesos asociativos y de las cadenas asociativas en los grupos? Una de estas hipótesis forma el hilo conductor mencionado al comienzo de esta introduc- ción: se expresa a través de la noción de trabajo intersubje- tivo de las asociaciones, siendo el grupo uno de los operado- res de las transformaciones producidas por los procesos asociativos. Muchos ejemplos mostrarán cómo las cadenas asociativas que se despliegan en el grupo producen efectos diferentes, incluso opuestos: para algunos sujetos, abren las vías del retorno de lo reprimido y descubren representacio- nes hasta entonces no disponibles, y para otros, simultánea- mente, sostienen el movimiento de la represión secundaria. Estos movimientos complementarios y antagonistas son adecuados para comprender su lógica en la organización in- trapsíquica, en la del grupo y en sus conjunciones. La segunda cuestión que se debe poner a trabajar atañe a las condiciones de posibilidad de los procesos asociativos puestos en movimiento por la enunciación de la regla fun- damental en un dispositivo de grupo. Para desarrollar esta cuestión, debemos indagar en los paradigmas teóricos y me- todológicos fundamentales del psicoanálisis cuando se trata de prácticas que invocan sus hipótesis y que instituyen un

dispositivo propio, diferenciado. Es posible que nuevos datos inauguren concepciones del inconsciente, efectos de subjetividad y métodos de tratamiento de los trastornos psíquicos hasta entonces inaccesibles.

5

Hipótesis. Esta búsqueda abre un trabajo de investiga- ción. Algunas hipótesis estructuran su campo.

1º) En situación psicoanalítica de grupo, bajo el efecto de las transferencias y de la enunciación de la regla fundamen- tal, se producen acontecimientos de palabra que sostienen los procesos asociativos y que forman las cadenas asociati- vas en el grupo. Denomino cadena asociativa a la sucesión de enunciados provenientes de los sujetos reunidos por un vínculo de agru- pamiento, y a través de la cual se manifiesta un orden deter- minado de formación y de procesos inconscientes. Esta ca- dena de doble determinación se constituye en cadena signi- ficante en cada uno de los niveles donde se produce: el del sujeto singular y el de la asociación grupal.

2°) La libre asociación desarrolla la producción de una doble cadena asociativa: la que resulta de las asociaciones sucesivas de cada sujeto y la que se constituye en la suce- sión de los acontecimientos asociativos del conjunto de los miembros del grupo. Esta doble cadena es significante en cada uno de los niveles donde se forma y donde se enuncia; organiza una relación específica entre las formaciones del inconsciente del sujeto singular y las formaciones del in- consciente en el grupo en cuanto tal. El proceso asociativo y el discurso a varias voces que este genera, es el vector mediante el cual se manifiestan los efec- tos del inconsciente. En situación de grupo, se establece una relación específica entre el proceso asociativo de cada sujeto y el conjunto de las ideas que sobrevienen, asociadas en el vínculo grupal y en la sucesión de enunciados de los sujetos singulares.

3°) Considerada desde el ángulo de la realidad psíquica propia del grupo como conjunto, la cadena asociativa se or- ganiza en un discurso significante portador de los efectos del inconsciente que la estructura. Es inteligible en este nivel. La coexistencia de varias cadenas asociativas, organi- zadas a partir de organizadores psíquicos inconscientes he- terogéneos en su estructura (por ejemplo, a partir de los grupos internos, de los supuestos básicos, de las organiza- ciones neuróticas o psicóticas) suscita una tensión específi- ca en la integración de los procesos y las formaciones del in- consciente que se manifiestan, y que estimulan la función represora en lugares subjetivos distintos.

4º) Las cadenas asociativas que se despliegan en el grupo portan las condiciones de la represión y del levantamiento de la represión, producen efectos diferentes, incluso opues- tos en los miembros del grupo: para algunos sujetos, contri- buyen al levantamiento de la represión, abren las vías del retorno, en la cadena significante del grupo, de significantes y afectos no disponibles hasta entonces y en lo sucesivo en- contrados-creados por el sujeto. Para otros, simultánea- mente, sostiene el movimiento de la represión secundaria, o de la desmentida, o del rechazo. Quedan por comprender estos movimientos asociados, complementarios o antago- nistas, en la lógica de los procesos y organizaciones intrapsí- quicos, en la del grupo y de las relaciones entre estos dos es- pacios psíquicos.

5º) Anticipo aquí la noción de trabajo intersubjetiva de las asociaciones. No se trata solamente de una pluralidad de discursos producida en el grupo y en cada sujeto, sino de una interdiscursividad, constitutiva del sujeto de la palabra y del inconsciente, y que la situación de grupo pone en juego en las transferencias. Llamo interdiscursividad al entramado de los enuncia- dos desde el momento en que se producen en una red inter- subjetiva que, en parte, organiza su economía y su sentido. La interdiscursividad es condición de la palabra del sujeto. El encuadre, el dispositivo y el proceso grupal trabajan la cadena significante del sujeto singular en las correlacio- nes interdiscursivas de las asociaciones. Cuando varios sujetos reunidos en grupo son invitados a asociar libremen-

te, se crea una relación específica entre el discurso de cada sujeto singular y el discurso que se produce por surgir de la sucesión de enunciados de los sujetos agrupados. En este dispositivo se manifiesta el doble estatuto del sujeto: singular en su propia cifra inconsciente; intersubje- tiva y grupal en su entramado con otros que lo preexisten como pluralidad y como conjunto de voces parlantes.

l. Palabra e intersubjetividad en los grupos

«Las palabras que surgirán saben de nosotros lo que no- sotros ignoramos de ellas. En un momento seremos la tripu- lación de esa fiota compuesta de unidades indóciles y, en el tiempo de una borrasca, su almirante. Luego, la alta mar la recogerá, abandonándonos a nuestros torrentes cenagosos y a nuestras vallas escarchadas».

René Char, Chants de la Balandrane

Desde hace varias décadas -cerca de medio siglo-, psi- coanalistas de sensibilidades diversas, pero igualmente an- clados en sus referencias teóricas y metodológicas al psico- análisis freudiano, han utilizado un método de conocimien- to del inconsciente y un procedimiento de tratamiento psí- quico a partir de una situación derivada de la de la cura in- dividual. El grupo, casi siempre el grupo restringido de cinco a doce personas, a veces ampliado a un número mayor

de participantes, constituye el dispositivo, la situación y el encuadre de esta experiencia psíquica original. Esta innovación introdujo en el campo del conocimiento psicoanalítico nuevas formas de considerar la organización

y el funcionamiento psíquicos: tanto en el espacio propio del sujeto singular como en los conjuntos intersubjetivos de los que procede y que él contribuye a constituir. Estas nuevas concepciones hicieron emerger del texto freudiano, para quien lo acepta en su integridad y en la po- lisemia que se revela en lecturas sucesivas, alcances hasta

entonces ocultos. Más aún, se abrieron vías de investigación de las que Freud se había apartado o que se había limitado

a explorar. Una lectura que podríamos llamar «grupalista» del pensamiento freudiano devela así, como en un palimp-

sesto, huellas de otra escritura del descubrimiento del in- consciente. Y esta lectura genera nuevas preguntas.

La cuestión del grupo en el psicoanálisis:

apuestas y obstáculos

Seguramente, debe emprenderse un estudio crítico para evaluar el alcance de las proposiciones teóricas y clínicas suscitadas por esas prácticas y por esos nuevos abordajes del pensamiento freudiano: el hecho es que han permiti- do relanzar sobre bases originales las insistentes preguntas de Freud sobre las relaciones entre la psique individual y las formaciones intersubjetivas, sobre la consistencia de la «psique de masa» y sobre lo que en la psique «individual» es efecto de grupo. Pero, en cualquier caso, la contribución de estas investigaciones al conjunto del saber psicoanalítico no podría ser desconocida o aminorada, aunque sólo fuera por esta razón: hicieron posible que los postulados y las especu- laciones de Freud sobre la vida psíquica en los grupos e ins- tituciones se transformaran en verdaderas hipótesis de tra- bajo susceptibles de ser puestas a prueba en una situación metodológica apropiada. El inventor del psicoanálisis no disponía de una situación semejante, y todo indica que una cantidad de razones le hicieron considerar su desarrollo con reticencia.

Investigaciones psicoanalíticas sobre los pequeños grupos

Al adquirir así un más alto grado de probabilidad, las concepciones intuitivas o especulativas de Freud se volvie- ron aptas para iluminar con nuevas significaciones proposi- ciones establecidas por él a partir de la situación prínceps y paradigmática de ]a cura individual: sobre las condiciones intersubjetivas de la formación del aparato psíquico, sobre la transmisión psíquica de la represión, sobre ciertas es- tructuras de la psique que dan testimonio, según la expre- sión de J.-B. Pontalis, ade lo que en cada uno de nosotros es

grupalidad».

A los trabajos pioneros de W. R. Bion y de S. H. Foulkes, cada uno con una sensibilidad diferente, debemos la cons- trucción de conceptos nuevos y vigorosos para pensar el gru- po como entidad psíquica específica, sede de procesos y for- maciones originales. Pero la articulación de sus análisis con las estructuras y los funcionamientos del aparato psíquico «individual» sigue estando poco desarrollada. Las investigaciones francesas, sobre todo las que se em- prendieron a partir de 1965 en el equipo de psicoanalistas reunidos por D. Anzieu, se orientaron inicialmente hacia la cualificación del funcionamiento en los grupos de ciertas formaciones o ciertos procesos psíquicos previamente reco- nocidos y teorizados a partir de la situación de la cura indi- vidual: lo imaginario, la ilusión, las identificaciones, las transferencias, las repeticiones, el narcisismo, las represen- taciones, la fantasía, las formaciones del ideal, etcétera. Por fecundas que hayan sido, en la mayoría de los casos estas investigaciones tropezaron con el postulado según el cual los procesos y formaciones «del nivel del grupo» son pensables con los conceptos y la problemática de la metapsi- cología surgida del psicoanálisis individual. Por este hecho, las articulaciones con las estructuras y funcionamientos psíquicos propios del grupo fueron escasamente tomados en consideración. Con el modelo del aparato psíquico grupal he intentado ponerlos recíprocamente en perspectiva, despejando al- gunas hipótesis sobre sus puntos de anudamiento. He su- puesto que deberíamos distinguir y articular dos lugares de formación, de procesos y efectos del inconsciente: esos dos lugares deben comprenderse en sus relaciones y en sus organizaciones comunes o intermediarias. El primero es el del sujeto considerado en la singulari- dad de su estructura y de su historia, ante todo en el aspecto del sujeto del inconsciente como sujeto del grupo, en cuanto está sujetado, como heredero, servidor, beneficiario y esla- bón de transmisión, a un conjunto intersubjetivo del que recibe los efectos constitutivos hasta en las modalidades y los contenidos de la represión; y luego en el aspecto en que algunas formaciones y ciertos funcionamientos de su apa- rato psíquico pueden describirse y comprenderse con los conceptos de grupalidad psíquica y de grupos internos, es-

tructuras de emplazamientos correlativos de los objetos, imagos, instancias y del sujeto mismo. El segundo lugar donde se manifiesta el inconsciente y probablemente, en parte, se forma, es el conjunto intersub- jetivo constituido por el agrupamiento de los sujetos singu- lares, en el aspecto en que se efectúa un trabajo psíquico del nivel del grupo, generador de formaciones y procesos psíqui- cos específicos; los efectos del inconsciente están ahí orien- tados en las alianzas inconscientes, los pactos denegatorios, los contratos narcisistas, la comunidad del renunciamiento, la comunidad de la renegación. La articulación entre esos dos lugares psíquicos define un tercer nivel del análisis: el de las formaciones y funcio- nes intermediarias por las que se efectúan --0 no se efec- túan- el anudamiento, el pasaje y las transformaciones de un espacio al otro. Estos tres niveles del análisis corresponden a tres nive- les lógicos de la grupalidad; son articulables en un modelo teórico que he propuesto hacia el final de la década de 1960:

supuse un aparato psíquico de ligazón, transformación, or- ganización, continencia y transmisión de las formaciones y procesos psíquicos, que adquieren por ese trabajo un índice de realidadgrupal. Este aparato de la realidad psíquica del nivel del grupo se apuntala sobre los aparatos psíquicos in- dividuales, principalmente sobre las formaciones de la gru- palidad interna, y genera procesos específicos. Centrar el análisis en el proceso asociativo y en las cade- nas significantes que se producen en una situación psico- analítica de grupo, es llevar la investigación del psicoanáli- sis a los lugares teóricos, metodológicos y clínicos donde se anudan las relaciones de fundación recíproca, entre el suje- to del inconsciente, la palabra hablada y los conjuntos inter- subjetivos. El análisis del proceso asociativo en los grupos, el descubrimiento de sus determinaciones y de sus efectos múltiples conduce a poner en perspectivas recíprocas estos tres órdenes de realidad distintos, heterogéneos y articula- bles. Sin embargo, aún no hemos constituido un conjunto suficientemente organizado de hipótesis y conceptos psico- analíticos sobre los procesos de comunicación y significa- ción, que tome en cuenta el nivel específico de la intersubje- tividad y de la interdiscursividad en los grupos.

Preguntas y apuestas

Subsisten dos preguntas capitales, que no fueron sufi- cientemente desarrolladas en el primer modelo del aparato psíquico grupal (1969-1976). La primera atañe precisamente a la relación de continui- dad que mantienen dos espacios psíquicos parcialmente he- terogéneos, las modalidades de transformación de uno por el otro, la naturaleza y el estatuto del resto irreductible a toda metabolización. La teoría freudiana del apuntalamien- to, a condición de restituirle su alcance epistemológico fun- damental, puede proporcionar un marco conceptual para plantear esta pregunta. El concepto de doble límite intro- ducido por A. Green (1982) es adecuado para precisar su apuesta. Con este concepto, el campo de la realidad psíquica se organiza en el espacio interno del sujeto a partir del lími- te y de las ligazones del Pee-Ice y a partir del límite y de las ligazones intrapsíquicas e intersubjetivas. Allí se producen formaciones intermediarias tales como las formaciones del ideal o los objetos transnarcisistas que son los objetos de su- blimación y cultura. La segunda pregunta es la siguiente: en el espacio inter- subjetivo al que da acceso la situación de grupo, ¿de qué otro modo pensar el estatuto del inconsciente sino como una pu- ra y simple transposición de sus características individua- les, y una vez admitido que el grupo no es la simple suma de sus sujetos constituyentes? La instalación de una situación de grupo que suponemos corresponder a las exigencias me- todológicas de toda situación psicoanalítica, ¿en qué modifi- ca la posición teórica de la hipótesis del inconsciente y de su «pilar fundamental»: la represión? ¿Cuáles son los procesos constitutivos, los contenidos y las modalidades de manifes- tación y los efectos de subjetividad en los dos espacios psí- quicos que he definido? ¿Cómo, también aquí, pensar el pa- saje de uno al otro? Una vez admitido que ciertos fenómenos psíquicos cuyo lugar es el grupo permanecen inconscientes para sus miem- bros, ¿debemos considerar una tópica, una dinámica y una economía intersubjetivas del inconsciente y de la represión, o sea una metapsicología que tendría una parte de autono- mía propia, y más precisamente una metapsicología de los conjuntos intersubjetivos que se anudaría a la de las forma-

ciones y procesos inconscientes individuales? ¿Qué diferen- cias indicar, si se adopta esta perspectiva, con las nociones de inconsciente «Colectivo», o de inconsciente «grupal» o también «familiar», nociones que, en mi opinión, han tenido sobre todo una función de pantalla respecto de un problema cuyos términos son de dificil determinación? Si nos mante- nemos dentro de las interrogaciones suscitadas por las hi- pótesis y los postulados de Freud, ¿qué consistencia, qué contenidos y qué procesos debemos reconocer a la Massen- psyche? ¿Seguiremos a Freud en el punto en que supone que estos no difieren en nada de lo que el psicoanálisis de los neuróticos ha permitido conocer? El punto de vista a partir del cual intento comprender esta articulación, manteniéndola en el campo continuo del psicoanálisis, concibe el desarrollo y la organización psico- sexual, la formación misma del inconsciente y las modalida- des del retorno de lo reprimido, como fundados no exclusiva- mente en una evolución intra-individual, sino en los anuda- mientos y las facilitaciones de la intersubjetividad. Pensar esta articulación de lugares, economías y diná- micas que se interfieren puede dar consistencia a la hipóte- sis según la cual el conjunto grupal ejerce directamente, o por medio de sus representantes preferenciales, una fun- ción co-represora sobre algunos de sus sujetos, sin que por eso desaparezca el carácter «altamente individual» de la represión misma (Freud, 1915). Así, puede preverse una función auxiliar o de facilitación en el levantamiento de la represión, y ocurrir que un mismo enunciado produzca efectos opuestos en distintos sujetos. Si admitimos que estos datos renuevan el método del co- nocimiento y del tratamiento de la realidad psíquica, que abren la vía a concepciones del inconsciente antes inaccesi- bles, debemos proponer entonces representaciones más adecuadas para dar cuenta del funcionamiento psíquico, de sus determinaciones, formaciones y efectos de subjetiva- ción. En consecuencia, debemos contar con que se hagan necesarias construcciones que no coincidirán a priori con los conceptos teóricos, clínicos y metodológicos que permitieron pensar la experiencia psicoanalítica a partir de la situación prínceps y paradigmática de la cura individual. Además, de- bemos contar con que algunos procesos que describen cons-

tantes de la realidad psíquica no funcionen idénticamente en el espacio intrapsíquico y en el espacio interpsíquico. Por eso la pura y simple transposición de esos conceptos, si bien valida su extensión, oculta este hecho capital: cam- biamos de universo, dentro del campo del psicoanálisis, cuando pasamos del análisis del sujeto considerado en su singularidad al del sujeto sostenido en la intersubjetividad del grupo y, a fortiori, al análisis del grupo considerado co- mo entidad específica; cambiamos de dimensiones en la pro- blemática del inconsciente, de la represión y del retomo de lo reprimido, en nuestra concepción del sujeto del incons- ciente y del Yo. Hasta tanto estas investigaciones no se inscriban de una manera más central en la problemática fundamental del psicoanálisis, mantendrán algún desconocimiento de las apuestas que introducen en sus construcciones. Estas apuestas solo podrían revelarse si una hipótesis fuerte so- bre la consistencia psicoanalítica de la cuestión del grupo se sometiese a la prueba de los enunciados fundamentales del psicoanálisis: con esta condición, podría también cuestio- narlos.

Obstáculos y resistencias

En mi libro anterior, El grupo y el sujeto del grupo (1993), destaqué que probablemente un haz de obstáculos y resistencias impidió la elaboración de un problema tan cen- tral. La introducción de una nueva situación en la práctica psicoanalítica modifica necesariamente la representación de la realidad psíquica que la teoría psicoanalítica se ha construido. Entre los obstáculos epistemológicos, uno de los más po- derosos es probablemente la reducción de lo psíquico a lo in- dividual. Debemos a la psicología social estructural el haber mostrado que los fenómenos psíquicos que se producen en un grupo no son la simple suma de los fenómenos psíquicos pertenecientes a sus elementos constituyentes. El psicoaná- lisis establece aquí la misma restricción que el conjunto de los enfoques psicológicos tradicionales. Ciertamente, Freud intentó superar esa oposición al proponer la hipótesis de la psique de masa (o psique de grupo). Pero sabemos hasta qué

punto esta mantuvo su carácter especulativo: no basta, pues, formular esta hipótesis para superar la oposición, es necesario además ponerla a prueba según un método ade- cuado y con conceptos pertinentes. Debemos apreciar las dimensiones de la dificultad: no hay ningún ejemplo en la historia del psicoanálisis en que los psicoanalistas se hayan visto necesitados de reelaborar algunos de los fundamentos del método y de la teoría con motivo de una extensión tan innovadora del campo de la práctica. Ciertamente, el psicoanálisis de niños y psicóticos hizo necesarias algunas reevaluaciones cruciales, pero, en lo esencial, estas se centraron en el funcionamiento del apa- rato psíquico del sujeto singular; aun siendo justo señalar que fue precisamente el análisis de las psicosis el que per- mitió realizar aperturas decisivas hacia los funcionamien- tos psíquicos intersubjetivos. En todo caso, introducir en el campo del psicoanálisis una situación pluri-individual y tratar de dar cuenta de las formaciones psíquicas que en ella se manifiestan y producen, suscita una dificultad par- ticular puesto que, con el grupo, no nos enfrentamos a una serie independiente de espacios psíquicos homólogos sino a la acomodación de los aparatos psíquicos y de las subjetivi- dades en un espacio psíquico parcialmente heterogéneo a sus elementos constituyentes. Debemos pensar esta hetero- geneidad y esta complejidad. La dificultad aparece así en su dimensión propiamente epistemológica. Cuando en un dispositivo distinto al de la cura, inspirándose al mismo tiempo en él, se desarrollan prácticas que invocan las hipótesis del psicoanálisis, nos ve- mos efectivamente en la obligación de interrogar conjunta- mente sus paradigmas teóricos y metodológicos fundamen- tales. Podemos decirlo de otro modo: los psicoanalistas que inventaron un dispositivo de experiencia del inconsciente, de conocimiento y tratamiento de sus efectos en situación de grupo, introdujeron mucho más que una simple extensión del campo de la investigación y de la práctica psicoanalí- ticas: pusieron en movimiento un proceso de transforma- ción en los paradigmas metodológicos y teóricos del psico- análisis. Esta transformación puede adquirir un valor de regre- sión y de transgresión con respecto a la invención de la si- tuación prínceps de la cura individual: de regresión, puesto

que Freud instala esta situación contra los efectos histeró- genos de un frente a frente que el grupo no hace más que amplificar. Admitiremos, no obstante, que la invención téc- nica del dispositivo de la cura es ante todo el resultado de descubrimientos teóricos fundamentales sobre la represen- tación, la palabra y la fantasía de la histérica. Por otra par- te, estaremos atentos al hecho de que algunos de esos descu- brimientos, los relativos a las identificaciones y a las trans- ferencias, son considerados por Freud en términos que pue- den describirse con el concepto de grupalidad psíquica. El recurso al grupo sería entonces una especie de retorno a una situación que, por sus rasgos de puesta en escena del cuerpo, de seducción y captación por la mirada, sería poten- cialmente prepsicoanalítico. Regresión, pues, pero también transgresión, puesto que, en varias oportunidades, Freud, como Klein y Lacan más tarde, expresa serias reticencias a considerar una situación psicoanalítica abierta a la presencia de un tercero: el encua- dre que se habrá de preservar y desplegar es el de la cura individual. Pero se admitirá también que Freud emite sufi- cientes hipótesis especulativas o clínicas sobre los vínculos intersubjetivos y sobre la Gruppenpsyche como para que re- quieran la búsqueda de un dispositivo capaz de ponerlas a prueba. Por añadidura, en más de una ocasión, sugiere que la cura psicoanalítica es sólo una de las aplicaciones del psi- coanálisis, aun cuando sea ciertamente la primera y su pa- radigma. El hecho de que los dispositivos metodológicos de grupo referidos a ese paradigma sólo se hayan desarrollado tras la muerte de Freud, no hace más que insistir sobre esta afinidad inaugural y conflictiva de la invención del psico- análisis y de la experiencia grupal. Esta afinidad se inscribe, por otra parte, en la institu- ción misma del psicoanálisis. La Sociedad de los Miércoles tras la ruptura con W. Fliess, y luego la Sociedad Psicoana- lítica de Viena, serán el lugar de formación de los primeros psicoanalistas. Estos grupos serán el teatro de una expe- riencia original del inconsciente, diferente a la del diván, ex- periencia donde, en la transferencia sobre Freud y sobre el psicoanálisis, los conflictos interpersonales, las alianzas in- tersubjetivas inconscientes, se anudan a las divisiones y a las formaciones de compromiso intrapsíquicas. La transmi- sión del psicoanálisis, el desarrollo de la teoría y la elabora-

ción de la clínica se realizarán en este encuadre grupal. Más tarde, en ese ultra-grupo que será el Comité, cada uno esta- rá ligado al otro en la salvaguarda del ideal y de la orto- doxia. La fundación del psicoanálisis lleva la huella de todas estas dimensiones del grupo y de las intrincaciones inter- subjetivas. Dirigir el análisis a esos nudos originarios sería develar los «basamentos escabrosos» sobre los que se funda la institución: toda sociedad y toda cultura reposan sobre esas bases de las que Freud nos advirtió en 1917 que son de naturaleza sexual. La introducción de la cuestión del grupo estableciendo una situación psicoanalítica adecuada para ese develamiento, no podía sino desembocar en lo que pro- piamente conviene llamar prohibiciones de los Ancestros. Pero, en lugar de interrogar la consistencia de estas prohibiciones -o solamente de estas reticencias- y ar- ticularlas con la posición de los fundadores en sus propios grupos, en lugar de descubrir sus apuestas institucionales en la transmisión del psicoanálisis, el problema se hizo mar- ginal y vergonzante. Ciertamente, las hipótesis básicas que permitirían introducir la cuestión del grupo en el psicoaná- lisis comienzan apenas a ser suficientemente establecidas; pero las que se proponen casi no son discutidas -en Fran- cia muy especialmente- en un debate crítico, ni dentro de los círculos de los psicoanalistas embarcados en esta explo- ración, ni, a fortiori, en la comunidad psicoanalítica que, ca- si siempre, rechaza con desconfianza esas investigaciones consideradas como aplicaciones aventuradas. Todo ocurre como si, tras un período fecundo en descu- brimientos clínicos, metodológicos y teóricos, en Inglaterra tras la muerte de Freud, en Francia tras la escisión lacania- na de 1963, las transformaciones de fondo que se iniciaban hubieran generado tal culpabilidad y tan intensa inhibición de pensamiento, que terminaron ocultando la intrincación de los problemas epistemológicos introducidos por la prácti- ca grupal con los problemas de afiliación en la institución psicoanalítica. Sabemos que esos dos órdenes de problemas están desde un comienzo en constante interacción. El hecho de que esos problemas casi no hayan sido plan- teados no se explica sólo por su dificultad epistemológica y por los obstáculos institucionales que encuentran. Una difi- cultad de índole narcisista impide pensar las relaciones en-

tre el yo individual y el conjnnto del que este es un eslabón, un servidor y un beneficiario. Si su narcisismo primario se apuntala en dicho conjunto, el yo no se representa de otro modo que como la causa y el centro de un sistema que gravi- ta en torno de él. No basta que haya tenido que aceptar que el inconsciente es el organizador central y el atractor de la vida psíquica; deberá admitir además que el inconsciente podría «deslocalizarse» en espacios psíquicos de múltiples focos de los que el sujeto es un constituyente, a los que él es- tá sujetado, de los que él se forma, y de los que es heredero hasta en las modalidades más singulares del cumplimiento de su propio fin. Otra dificultad atañe a las investiduras pulsionales, las representaciones y defensas de que el grupo es objeto, en el sentido psicoanalítico del término: el análisis del grupo co- mo objeto muestra que está íntimamente inscripto en las re- presentaciones más primitivas de la envoltura y de los obje- tos corporales, del cuerpo, del autoerotismo y del cuerpo ma- terno.1 Desde este punto de vista, es notable y constante la dificultad de permitir representarse, figurarse y pensarse lo que se moviliza o se paraliza en nosotros en los grupos. Este trabajo de represión de las representaciones y de supresión de los afectos es, en parte, efecto de ese aumento de las co- excitaciones intrapsíquicas e interindividuales, potencial- mente traumáticas, que el agrupamiento suscita. Esta afi- nidad del grupo con la excitación y la función para-excitado- ra introduce al problema específico del inconsciente en los grupos. En cierto modo, todas estas dificultades debidas al man- tenimiento de un impensado, de un irrepresentado o de un incognoscible, no pueden ser disociadas de la posición con- tratransferencial del psicoanalista frente al inconsciente, frente al grupo y frente a la relación de desconocido que es- tos instauran y redoblan.

1 Mis primeras investigaciones, a partir de 1966, se centraron en las representaciones del grupo como objeto. Cf'. El aparato psíquico grupal (1976) y, más recientemente, El grupo y el sujeto del grupo (1993).

El problema de la regla fundamental y de los

procesos asociativos en los grupos

La necesidad de erigir una hipótesis fuerte aparece en ocasión de este hecho notable: tras cinco décadas de práctica de grupo referida al método psicoanalítico en situación de grupo, no disponemos de ideas directrices, ni siquiera de es- tudios empíricos, a fortíori de debates sobre la pertinencia y los efectos de la enunciación de la regla fundamental y del método asociativo en esta situación: nada sobre las condi- ciones de posibilidad del proceso asociativo, nada tampoco sobre la consistencia de las formaciones y procesos psíqui- cos que se manifiestan en las cadenas asociativas produci- das en y por el agrupamiento de varios sujetos. La torna en consideración del método asociativo en situación psicoanalí- tica de grupo fue propuesta por primera vez por S. H. Foul- kes en 1964. No parece que Foulkes mismo la haya some- tido a una elaboración profunda, y sus discípulos no han desarrollado, hasta donde sé, investigaciones en esta di- rección. Sin duda era incuestionable, para los fundadores de la práctica, operar una transposición del método de la asocia- ción libre y del enunciado de la regla fundamental a partir de la situación de la cura individual: los descubrimientos posibilitados por esta transposición justificaban probable- mente que uno se atuviese más a los resultados clínicos y al conocimiento de los contenidos psíquicos así sacados a la luz que al método utilizado para llegar a ellos. Supongamos que la segunda generación de los psicoanalistas movilizados por la práctica psicoanalítica en situación de grupo se haya vis- to llevada a cuestionar más firmemente las relaciones entre el método, la clínica y la teoría, a interrogar los modos de constitución del saber para evaluar su consistencia, sus lí- mites y sus fallas: en todo caso, la cuestión metodológica de la asociación libre y de la regla fundamental no ha llegado a articularse con la especificidad del dispositivo de grupo, o, más exactamente, y ahí surge una dificultad, con la especifi- cidad de la situaci.ón grupal a través de la diversidad de los dispositivos puestos en marcha.

Es sorprendente la dimensión de esta laguna. Ella cues- tiona los fundamentos en el psicoanálisis de toda situación, toda práctica y toda teorización que invoque sus paradig-

mas teóricos y metodológicos. Formular esta interrogación no invalida, evidentemente, las adquisiciones de esta prác-

tica; expresa la exigencia de superar el relativo empirismo en el que se mantiene, a fin de reconocer sus apuestas. Aquí, como en cualquier otro lugar donde el método del psicoaná- lisis y sus conceptos teóricos son convocados para estructu- rar una práctica que deriva de ellos, no debemos desconocer

lo que implica esta referencia a la hipótesis constitutiva del

psicoanálisis: que sólo el método que la especifica abre el ac- ceso al conocimiento y al tratamiento de esa parte de la

realidad psíquica clivada de la conciencia, que no nos sería accesible de otro modo.

La situación de grupo como dimensión problemática del método psicoanalítico

La razón de esta laguna no es dificil de hallar: radica en que las relaciones entre el método psicoanalítico y la cons- trucción de su objeto teórico son interdependientes. Al po- ner en marcha el obrador metodológico, se nos precipitan to- dos los problemas teóricos dejados en suspenso. Dos cuestio- nes principales deben ser elaboradas. La primera concierne a los objetivos a que apunta el mé- todo: el objetivo del psicoanálisis como método de trata- miento y de conocimiento del inconsciente es indisociable- mente volver disponible para el sujeto, en una situación

apropiada, el acceso a su conflicto inconsciente y a sus efec- tos, y tratar de ese modo los trastornos psíquicos que lo obs- taculizan en su capacidad de amar, trabajar y crear. Aplica- da al grupo, esta proposición encierra una ambigüedad, en

la medida en que el grupo es potencialmente a la vez el me-

dio, el agente y el objeto del método. Se admitirá empírica- mente que el método del psicoanálisis pueda movilizar las propiedades morfológicas, dinámicas y funcionales del agrupamiento de varias personas para posibilitar la expe-

riencia, es decir, el conocimiento y tratamiento de procesos

y formaciones psíquicas del inconsciente que no serían accesibles de otro modo. ¿En qué condiciones, para qué fi- nes, y según qué efectos? ¿No basta definir a qué objetivo está supeditado el método en la situación de grupo: al del análisis del sujeto singular? Pero, ¿de qué sujeto se trata?

¿A qué formaciones del inconsciente, que la cura no hubiera tomado en consideración, posibilita el acceso? ¿Se trata de analizar al grupo como conjunto, supuesto lugar de una rea- lidad psíquica propia? En ese caso, ¿cuál sería su sujeto y có- mo articular allí las relaciones de los sujetos que lo constitu- yen? Las respuestas a estas dos interrogaciones son pro- puestas por algunos casos cuyos extremos son particular- mente instructivos; o bien la situación de grupo es utilizada como un medio de tratamiento estrictamente individual, y entonces excluye el análisis de los fenómenos psíquicos que se desarrollan específicamente en la situación; o bien, a la inversa, el análisis de los procesos psíquicos se efectúa sólo en el nivel del grupo, se interpreta sólo «en términos de grupo», y nunca en términos de la relación singular del suje- to con su mundo interno, en cuanto lo que de ella se mani- fiesta en y por la situación de grupo. El segundo conjunto de interrogantes concierne a los parámetros metodológicos específicamente comprometidos en el dispositivo y en la situación psicoanalítica de grupo. Debemos considerar las condiciones de posibilidad constan- tes de toda situación psicoanalítica, definir sus especificida- des grupales e interrogarlas en sus relaciones con los objeti- vos teóricos y terapéuticos. Las investigaciones deberán or- ganizarse en torno de tres ejes principales: ¿cuáles son las modalidades, los contenidos y efectos de las transferencias y de la contratransferencia (o de las formaciones, cuando va- rios psicoanalistas están asociados en la función psicoanalí- tica)? ¿Cuáles son las condiciones de posibilidad del proceso asociativo, los contenidos de las cadenas asociativas y los efectos de la asociación libre entre varios sujetos, para cada uno de ellos y en el conjunto grupal? ¿Según qué modalida- des, sobre qué contenidos, a qué destinatarios se dirigen las interpretaciones, las propuestas por el (o los) psicoanalis- ta(s), pero también las asociaciones de efecto interpretativo producidas en las cadenas asociativas? La correlación de estos tres parámetros del método exige elaborar tres hipóte- sis consistentes que actualmente no están disponibles: so- bre el trabajo de la escucha psicoanalítica en situación de grupo, sobre el trabajo de la re-significación, sobre el estatu- to de la palabra hablada, del pensamiento y del discurso sostenido a varias voces, en la polifonía de la intersubjetivi- dad y de la interdiscursividad.

Una dificultad crucial debe ser puesta en evidencia: co- rresponde a las particularidades de las transferencias en la situación de grupo. Las transferencias se difractan y conec- tan allí sobre varios objetos; además, y sobre todo, son dis- tribuidas de una manera disimétrica entre los participantes y el psicoanalista, y por este hecho son diferentemente tra- tadas por unos y otro. Toda la dificultad, y toda la apuesta del proceso emprendido en la situación psicoanalítica de grupo, está en que los otros «responden», mientras que ese «otro» que es el psicoanalista no responde, o no de la misma manera.

La cuestión de la regla fundamental

La regla fundamental sólo se llama así porque especifica el enunciado estructurante del método de la asociación libre propio del psicoanálisis en la situación de la cura. Esto quie- re decir ante todo que no se la puede disociar, en esta situa- ción, del campo tránsfero-contratransferencial que allí se despliega. Ciertamente, los objetivos asignados a esta regla han podido variar según cambiaban la representación de las metas del trabajo psicoanalítico y las concepciones de la causa de los trastornos psíquicos. Pero el propósito funda- mental de la regla fundamental sigue siendo constante: se enuncia para abrir al analizando el acceso a la realidad psí- quica y a su actividad mental inconsciente, a las especifici- dades de su conflicto fundamental y de su economía psíqui- ca, al conocimiento de su posición de sujeto deseante y de Yo pensante, a las resistencias que, desde varios lados, se opo- nen al devenir consciente. Correlativamente, la enunciación de la regla fundamen- tal y el mantenimiento de las condiciones de posibilidad de la asociación libre definen en una parte esencial la función propia del psicoanalista. En efecto, sólo la asociación libre en la transferencia funda la validez de la interpretación. Fi- nalmente, la eficiencia de la regla fundamental en la situa- ción psicoanalítica está subordinada, siguiendo a Freud, a la sumisión previa y continua del psicoanalista a la expe- riencia misma del psicoanálisis y a las formas del trabajo psicoanalítico exigidas por su función. Esta es, según S . Fe- renczi, la segunda regla fundamental.

Así, la cuestión planteada por la regla fundamental, el proceso asociativo y el despliegue de cadenas asociativas, se sitúa exactamente en la articulación de los paradigmas metodológico, teórico y praxológico del psicoanálisis. Cuando pasamos de la situación de la cura individual a la del grupo, el campo de investigación interroga necesa- riamente el estatuto de esos paradigmas y sus relaciones. Reencontramos aquí la dificultad que señalaba más arriba. ¿A quién se dirige el psicoanalista cuando propone la regla fundamental en situación de grupo: a cada uno considerado en su singularidad o a un conjunto de sujetos agrupados? Suponiendo que la formulación de la regla sea idéntica a la enunciada en la cura, las condiciones intersubjetivas en las que es propuesta y recibida modifican necesariamente los procesos asociativos y las cadenas asociativas: ¿qué objeti- vos se presuponen a la utilización de este método y cuáles son sus efectos? Si es evidente que quienes hablan asocian- do libremente en un grupo son sujetos singulares, ¿qué coacciones y qué efectos de análisis están definidos por el hecho de que la asociación «libre» se produce en una situa- ción intersubjetiva de grupo? ¿Qué es hablar libremente en la red de varias series asociativas producidas por un con- junto de sujetos? ¿Quién y qué habla en ellos o por ellos? Sólo hemos comenzado a formular una parte de las pre- guntas. Otras más surgen cuando tomarnos en considera- ción el lugar, el funcionamiento y la función del psicoana- lista en tal situación : lo que él emplaza, inviste, desplaza en el grupo con relación a la cura, las representaciones más o menos teorizadas con que cuenta acerca del funcionamiento psíquico en los grupos, todos esos elementos inciden sobre su relación con la enunciación y el enunciado de la regla fundamental. Determinan, por un lado, los contenidos, las modalidades y las condiciones subjetivas de escucha de las cadenas asociativas producidas en situación de grupo; por otro lado, modifican el análisis de las transferencias y de la contratransferencia y, finalmente, por otro lado, que está en correlación con los precedentes, organizan los contenidos y las destinaciones de la interpretación. Las dimensiones específicas del trabajo del psicoanalista en situación de grupo deben ser descubiertas y elaboradas:

las condiciones de la escucha se definen por la exigencia de la atención parejamente flotante respecto de las manifesta-

ciones del inconsciente. ¿Puede realmente esta atención dis- tribuirse a cada uno de los sujetos, a sus relaciones y al con- junto en cuanto tal, o bien se limita necesariamente a foca- lizaciones preferenciales? Por ejemplo, si la escucha y la atención recaen sobre los sujetos singulares, «individuales», ¿qué estatuto conferir al discurso que se forma en el proceso intersubjetivo grupal? La escucha ¿se centrará sobre el conjunto, sobre «el grupo»? En ese caso, ¿qué devienen en la escucha y el pensamiento del psicoanalista los sujetos consi- derados uno por uno en la singularidad de su fantasía y de su palabra, sujetos a los que se les propone devenir y ser Yo en el grupo, ahí donde era el grupo? O bien, además, ¿esta atención se cultivará preferentemente en la escucha de las formaciones intermediarias, nodales, articulares, sobre el límite y la interfaz entre el espacio psíquico intra e inter, ahí donde se mantienen también los síntomas y las formaciones de compromiso? ¿Cuáles serían entonces la clínica y la teo- ría de esas funciones que encarnan las figuras de porta-pa- labra, porta-sueño, porta-ideal, porta-síntoma, y que yo lla- mo funciones fóricas? Todas estas preguntas destacan que la escucha y la in- terpretación no pueden hacerse independientes de una teo- ría de los lugares, las economías y las dinámicas psíquicas donde se producen las significaciones, donde se crea el sen- tido. El psicoanalista se encuentra allí contratransferen- cialmente comprometido, como sujeto del inconsciente y co- mo garante de una situación de la que es instituyente, no autor.

Contribuciones de la lingüística al estudio de los actos de palabra interlocutorios

Lo impensado de los procesos asociativos en los grupos se topa con un doble obstáculo: sin resolverlo, acabo de des- cribir el primero, del lado del psicoanálisis. El segundo se ubica del lado de los aportes de la lingüística al análisis de las situaciones polilogales o interlocutorias: el balance de las investigaciones llevadas a cabo en este dominio es extre- madamente fructífero y debería coincidir con algunas de las preguntas que plantea el análisis de los procesos interaso-

ciativos en los grupos, una vez establecida la diferencia de- cisiva entre las situaciones de comunicación estudiadas por

los lingüistas y la situación irreductible a cualquier otra que constituye la situación psicoanalítica, y que se especifica por la regla fundamental. Evidentemente, esta diferencia deberá precisarse más. En su contribución lingüística a las ciencias humanas,

C. Hagege {1985, pág. 235 y sig.) afirma que, en ese último

cuarto de siglo, interesarse por el lenguaje es interesarse por el hombre en el uso que este hace de él: el hombre es, por naturaleza, dialogal (y debe entenderse diálogo en sentido amplio, incluyendo el poh1ogo), y no podemos sino integrar

en la definición de la lengua las propiedades ligadas a las instancias de interlocución. Su teoría de los tres puntos de vista, que describe las tres vertientes del estudio de las len- guas, establece lazos indisolubles entre el punto de vista morfosintáctico, el punto de vista semántico-referencial y el punto de vista enunciativo-jerárquico. Este último describe las relaciones de interacción de locutor a oyente: «El locutor elige una estrategia de presentación, introduciendo una jerarquía entre lo que enuncia y aquello acerca de lo cual enuncia» (op. cit., pág. 208). La perspectiva propuesta por

C. Hagege cimenta solidariamente estos tres puntos de

vista, al unir explícitamente las estrategias enunciativas a la sintaxis y a la semántica. Dicho de otro modo, los efectos de sentido resultan a la vez de la estructura morfosintáctica del signo lingüístico, de las coacciones semántico-referen- ciales y de las condiciones interindividuales en las que se efectúan las interlocuciones. Hagege define el marco estrictamente lingüístico de la consideración del punto de vista enunciativo-jerárquico: la noción de enunciador psicosocial, constituido por el conjun- to locutor + enunciador y por sus relaciones disimétricas, es sólo lingüística; no describe «una subjetividad hablante», sino una relación de interlocución, es decir, «toda interac- ción lingüística en situación de frente a frente, definitoria de la especie humana en profundidad» (op. cit., pág. 235). La relación de interlocución es esencialmente una conducta lingüística de naturaleza reguladora: «En cualquier caso, lo que caracteriza a la actividad de los copartícipes es la cons- trucción solidaria de un sentido» (ibid.).

Lenguaje e intersubjetividad

Los vínculos entre grupo (intersubjetividad) y lenguaje (palabra hablada) son una de las preocupaciones centra]es de los mitos, de los primeros lingüistas, de los primeros et- nólogos. Junto a los trabajos pioneros de E. Sapir, los de Leenhardt (Do kamo) siguen siendo ejemplares de esta corriente de investigación que sostiene el paralelo entre es- tructura social, estructura de la lengua y uso de la palabra. Estas investigaciones se desarrollan hoy sobre otras bases, con los trabajos de la lingüística pragmática y sus diversas ramificaciones, entre ellas, las del análisis conversacional y el análisis interlocutorio, desarrollos fecundos de las inves- tigaciones de Bajtin y del análisis dialógico surgidos de la corriente bajtiniana. Otras corrientes de investigación, más centradas en la estructura del lenguaje, sostienen que la lengua misma es diálogo, composición de preguntas y res- puestas, despliegue de aserciones, pruebas, debates contra- dictorios. Tal sería el modelo de tipo dialógico, aquí nueva- mente tributario de las investigaciones de M. Bajtin, que or- ganizaría el sentido de la frase en la relación de las frases entre sí. Todas estas investigaciones sitúan el acto de pala- bra en la mutualidad intersubjetiva a fin de concebir nue- vos fundamentos para la lingüística.

Bajtin y la polifonía del discurso

El aporte de M. Bajtin es particularmente valioso para nuestras investigaciones, no sólo a causa de su posteridad en la pragmática del discurso, sino sobre todo porque su no- ción de polifonía y de dialoguismo puede, mutatis mutandis, ilustrarse con el concepto de la grupalidad psíquica. 2 Sabemos que Bajtin introdujo primero en el análisis de la estructura literaria la idea de que la obra se elabora en el cruzamiento de otras estructuras, tal como el estatuto del

2 Hoy, apreciando la importancia de las investigaciones de M. Bajtin, de- bo reparar una especie de deuda a posteriori para con él, puesto que la no- ción de un efecto de polifonía en la organización «grupal» del inconsciente y en la interpretación en situación de grupo se me ocurrió a partir de 1967 para calificar la especificidad del discurso que allí se sostiene.

vocablo es el de un diálogo (más tarde una polifonía) de va- rias escrituras: las del escritor, de sus personajes, del des- tinatario, del contexto histórico, ético, cultural; esas escri- turas se sedimentan en ellas, y el vocablo lleva la huella de esta sobredeterminación en su ambivalencia o en su poli- valencia. Esta organización dialógica caracteriza, según Bajtin, la esfera misma del lenguaje: lo demuestra con referencia al discurso carnavalesco 3 y ante todo con los problemas del lenguaje poético en la novela dostoievskiana. 4 Extiende su principio a toda producción semiótica, intrínsecamente ambivalente, doble (una y otra): la lógica que la organiza no es la de la determinación lineal y la identidad, sino aquella, transgresora, de la lógica del Sueño o de la Revolución. Allí opera otra ley, sin ninguna duda la que hace descubrir a Ar- taud o a Pessoa «los innumerables estados del ser». Con el concepto de polifonía, Bajtin pone en cuestión en la teoría literaria la creencia en la unicidad del autor. Pero Bajtin no limita su análisis al lenguaje poético en la novela polifónica; el acto de palabra y la enunciación5 son conside- rados en su naturaleza social, en la interacción verbal. Sos- tiene la idea de un auditorio social interno y propio de cada individuo, en «cuya atmósfera se construyen sus deduccio- nes, sus motivaciones, sus apreciaciones». La palabra se orienta por dos determinaciones, contiene dos caras: «Está determinada tanto por el hecho de que procede de alguien como por el hecho de que se dirige hacia alguien. Constituye justamente el producto de la interacción del locutor y el oyente. Tuda palabra sirve de expresión a uno con relación a

, la palabra es el territorio común del locutor y del

interlocutor». Esta orientación ha proporcionado a los lingüistas, a los filósofos del lenguaje6 y a los psicolingüistas 7 la base de una

otro

3 Franr;ois Rabelriis et la culture populaire sous la Renaissance (1965). 4 Les problemes de la création chez Dostofeuski (1963). Traducido al fran- cés como Les problemes de la poétique de Dosto'ieuski (1970). 5 Cf. su ensayo de aplicación del método sociológico en lingüística: Le marxisme et la philosophie du langage (1929). 6 Principalmente F. Jacques y sus investigaciones lógicas sobre el diálogo (1979). Se consultará también con provecho el bello estudio que T. Tudorov ha consagrado a M. Bajtin y a los Ecrits du Cercle de Bakhtine (1981), en particular el capítulo 7, sobre la antropología filosófica de su autor: la idea fundamental es que el otro es necesario para realizar la

renovación de las teorías de la enunciación. 8 Falta que los psicoanalistas emprendan la reelaboración de las tesis de Bajtin en el campo del análisis del proceso asociativo, prin- cipalmente en cuanto al estatuto intrapsíquico de lo que él designa como «auditorio social». Es sorprendente que el es- tructuralismo saussuriano haya proporcionado por sí solo el terreno de la transposición metafórica (en el mejor de los ca- sos) de la lingüística en el psicoanálisis, aunque Lacan haya sido, parece, un buen conocedor de Bajtin. Recordemos cómo F. de Saussure describe lo que él llama el «estado de la lengua» a partir de dos teorías: la teoría de los sintagmas y la teoría de las asociaciones, más tarde de- nominada teoría del paradigma; el eje sintagmático de un enunciado es ese sobre el cual los términos son situados jun- tos en un orden conforme a las leyes del lenguaje (lo que se dice, lo que no se dice), y bajo el efecto de una ley de lineali- dad, anterior a todas las leyes gramaticales: esta ley pres- cribe que en el mismo emplazamiento del eje sintagmático solamente puede concurrir una sola entidad lingüística; es- ta ley preserva la distinción de los signos lingüísticos y cons- tata que «no se puede decir todo a la vez». El eje paradigmático es aquel sobre el cual se efectúa la elección de los términos de la cadena sintagmática. En cada emplazamiento distinto de esta pueden concurrir asociacio- nes en relación de equivalencia con el término sustituido. Saussure señala que los términos asociados guardan rela- ciones definidas por la memoria, pero que no hay ley para determinar un orden en las asociaciones. La heterogeneidad de estos dos ejes, destacada por Saus- sure, ha servido de base al desarrollo de la lingüística es- tructural en la corriente psicoanalítica alentada por Lacan:

el hecho de que el primer eje funcione in praesentia y el se- gundo in absentia es propio para postular una semiótica de la significancia (E. Benveniste) y para sostener que lo dicho sólo se comprende con relación a un no-dicho, pero no para

percepción de sí mismo. Las citas de textos de Bajtin ponen de relieve una excelente crítica de los componentes imaginarios del solipsismo especular (págs. 146-7). 7 Cf. A. Trognon y sus investigaciones sobre el análisis interlocutorio. 8 Cf. principalmente el semanálisis de J . Kristeva (1969) y la reconside- ración por O. Ducrot (1980, 1984) y por A. Berrendonner (1981) de la no- ción bajtiniana de polifonía.

introducir una lingüística de los actos de palabra, es decir, una semántica del discurso.

Investigaciones lingüísücas sobre el estatuto de la intersubjetividad en el lenguaje

Curiosamente, las teorías lingüísticas, en su mayoría, no han integrado la dimensión de la intersubjetividad en su estudio del lenguaje. En el intento de hacer un balance de la cuestión, N. Gelas señala su paradoja, «puesto que el len- guaje sólo existe por un sujeto que lo habla -y que lo habla a otro sujeto» (1986, pág. 137). N. Gelas considera la actitud de F. Saussure como ejemplar de esta puesta a distancia cuando escribe que la lengua es el único objeto de la lingüís- tica propiamente dicha. La lengua es considerada como in- dependiente de los individuos, no se presenta como una fun- ción de los sujetos hablantes sino como un puro sistema de reglas. También Chomsky y los teóricos de la lingüística transformacional excluyen la cuestión de la intersubjetivi- dad y el mundo de la enunciación. Para N. Gelas, la noción de intersubjetividad emerge cuando intenta constituirse una lingüística de la palabra hablada, es decir, «un estudio de la lengua en el marco del discurso» (ibid.). Cita a E. Benveniste cuando, introducien- do el problema de la subjetividad en el lenguaje, 9 propone considerar «la lengua en tanto asumida por el hombre que habla y en la condición de intersubjetividad, lo único que hace posible la comunicación lingüística» (E. Benveniste, 1966, pág. 266). El sujeto hablante se dirige siempre a otro sujeto y el yo instala obligatoriamente un frente a él. Es precisamente esta correlación de subjetividad lo que des- cribe Benveniste: 10 «La conciencia de sí sólo es posible si se experimenta por contraste: sólo empleo yo al dirigirme a al- guien que en mi alocución será un tú. Esta condición de diá-

La subjetivi-

dad de la que aquí nos ocupamos es la capacidad del locutor de erigirse co- mo sujeto» (ibid., pág. 259). 10 Se observarán los acentos bajtinianos de todo el pasaje que sigue, y que describe notablemente el principio dialógico y la referencia central a la alteridad como condición del sujeto.

9 Benveniste precisa el estatuto que da a la subjetividad:

logo es constitutiva de la persona, porque implica en reci-

procidad que yo deviene en la alocución de aquel que a su vez se designa como yo. Vemos ahí un principio cuyas conse- cuencias deben desplegarse en todas las direcciones. El len- guaje sólo es posible porque cada locutor se plantea como sujeto, remitiendo a sí mismo como yo en su discurso. Por es- te hecho, yo plantea otra persona, la que, completamente externa como es a «mÍ», deviene mi eco al que le digo y

) La polaridad de personas es la condición

fundamental en el lenguaje» (op. cit., pág. 259).

que me dice

El reconocimiento de los hechos de lenguaje que tra- ducen esta correlación de subjetividad, es decir, esta inter- subjetividad, se efectúa en dos dimensiones: la dimensión enunciativa, a partir de los marcadores de apropiación de la lengua y de la relación con el enunciado, pronombres perso-

la lista de los ín-

dices de enunciación es muy amplia; la dimensión ilocuto- ria, a partir de los enunciados en situación de comunicación, en cuanto son actos de lenguaje tomados a cargo por un su- jeto. El sentido de los intercambios está constituido por el contenido informativo de las frases y por el juego intersub- jetivo que se despliega en ellas. Con los trabajos de J. Austin, J. Searle, O. Ducrot,11 la lingüística describe los enunciados como lugares donde el emisor desarrolla respecto del destinatario un conjunto de estrategias que se inscriben en la estructura de la frase y en la organización de la lengua: sin embargo, precisa N. Gelas (op. cit., págs. 142-3), la lingüística del discurso dirige su in- terés a los fenómenos subjetivos más bien que propiamente intersubjetivos: la enunciación es descripta esencialmente desde el punto de vista del emisor del mensaje, y no en el conjunto del recorrido comunicacional propio del diálogo, hecho de enunciaciones sucesivas e intercambiadas: en defi- nitiva, en estos estudios, el sujeto hablante, aun si inscribe al otro en su discurso, es aprehendido ante todo a través de sus enunciados monologales. De este modo, la simetría del yo y del supone que emisor y destinatario «Se enfrentan

en una especie de cara a cara ideal (o narcisista) y, con el

nales, expresión del espacio y del tiempo

11 Según Ducrot, el objeto de la lingüística pragmática es describir la ac· ción humana llevada a cabo por medio del lenguaje: cómo es posible servir- se de las palabras para ejercer una influencia, y más especialmente lo que se supone, según el enunciado mismo, que la palabra hablada hace.

mismo código, se transmiten alternativamente informacio- nes según el protocolo de un intercambio libre, consciente, controlado y transparente» (op. cit., págs. 144-5). No se po- dría decir mejor que la dimensión de la subjetividad no pue- de desentenderse de la alteridad interna que contiene; N. Gelas lo percibe perfectamente al destacar, con los traba- jos de J. Milner, que los interlocutores nunca hablan com- pletamente la misma lengua pese a cierto consenso, que la comunicación es siempre parcial e imperfecta y que emiso- res y receptores son irreductibles uno al otro.

Enunciados dialogales y procesos conversacionales

La noción de intersubjetividad sólo es verdaderamente tomada en cuenta cuando la lingüística se interesa en los enunciados dialogales y en los procesos conversacionales. 12 En los trabajos de J. y J.-C. Milner, locutor y oyente son con- siderados como dos personas diferenciadas «que actúan uno sobre el otro en una operación dinámica y móvil de cons- trucción del sentido». A. Culioli insiste sobre la disimetría de los sujetos hablantes y sobre el movimiento de acomo- dación intersubjetiva que preside todo acto de lenguaje y que construye su significación. La lingüística intentará estudiar entonces cómo se construye el sentido en una rela- ción intersubjetiva, a través de la interacción de los partici- pantes de un diálogo: dirige su interés a lo que C. Hagege describe como «la construcción solidaria del sentido».

12 Aunque los trabajos de J.-J. Gumperz estén principalmente orienta- dos hacia una etnografia de la comunicación, también son una sociolin- güística de las relaciones interpersonales y, por esta razón, deben ser mencionados entre las referencias fundadoras del análisis de las conver- saciones (J.-J. Gumperz, D. Hymes, 1972; J.-J. Gumperz, 1981, 1989). Gumperz se caracteriza ante t.odo por su rechazo a someter el análisis del lenguaje a un determinismo que se ejercería a partir del solo sistema lingüístico, sin relación con la actividad lingüística de los sujetos ha- blantes: la actividad lingüística está ligada a las relaciones interpersona- les y la conversación es el terreno preferente donde se manifiestan la di- námica interpersonal, las estrategias de interacción, la actividad interpre- tativa de los locutores y las restricciones socioculturales que las singula- rizan.

La lingüística se da en consecuencia por objeto el estudio del lenguaje como actividad intersubjetiva, y por objetivo la elaboración de los modelos de estructuración de los inter- cambios verbales. El análisis conversacional será la herra- mienta con la cual intentará ordenar sus principios de orga- nización: giros verbales, secuencias de apertura y cierre, re- corte jerárquico, recaptaciones, etcétera. Detengámonos un instante en el problema de la recapta- ción por parte de un locutor del discurso de otro locutor: este problema tiene su correspondiente en el proceso asociativo grupal. Ha sido explorado por varios investigadores, y prin- cipalmente por O. Ducrot (1984), sobre la base de una apuesta teórica importante que concierne a la teoría poli- fónica de la enunciación: Ducrot refuta un postulado de la lingüística moderna (comparatismo, estructuralismo, gramática generativa), el de la unicidad del sujeto hablan- te, postulado según el cual cada enunciado poseería un autor y sólo uno. El análisis preciso del caso de la recapta- ción del enunciado muestra, según él, que esta tesis no se sostiene.

Análisis interlocutorio y proceso de grupo

El análisis del tratamiento de las negociaciones de grupo pone en evidencia el estatuto del destinatario en el diálogo y, más precisamente, en el polílogo. En el caso del diálogo, el locutor es generalmente superponible al enunciador, mien- tras que el oyente lo es al destinatario. A. Trognon y J. La- rrue (1988) destacan, recordando los trabajos de Goffman, que, cuando el diálogo se desenvuelve en presencia de un tercero, aun cuando este no intervenga, el locutor desdobla potencialmente sus destinatarios. Precisan que, cuando el número de oyentes es superior a la unidad, y todos son sus- ceptibles de intervenir en la conversación a partir del enun- ciado del locutor, el destinatario ya no es una constante, como en el diálogo en sentido estricto, sino una variable que recorre al conjunto de los oyentes: «La recaptación del dis- curso de otro participante genera, en un polílogo, una nego- ciación que se desarrolla en red». El análisis de la produc- ción de la conversación, que es el proceso mismo de la for- mación del grupo, permite despejar diversas modalidades

de recaptación del discurso: aquellas cuya función es de asentimiento o de evocación ponen en marcha procesos de co-acción entre los participantes. Estas modalidades se distinguen de aquellas otras cuya función es de negociación, que generan procesos de interacción y de confrontación de puntos de vista entre los interlocutores y, simultáneamente, en la palabra de un mismo locutor (op. cit., pág. 68). Este estudio ilustra bastante bien el marco general en el cual se inscriben los trabajos de A. Trognon y sus colabora- dores: en el cruce de la lingüística pragmática, sobre la ver- tiente del análisis de las conversaciones y de la psicosocio- logía de las interacciones, poniendo el acento en los procesos de negociación. Su análisis está centrado en las conductas y los comportamientos psico-socio-lingüísticos, en las conjun- ciones constantes entre esos tres determinantes. En un estudio publicado en 1991,A. Trognon propone que la inter- locución es la matriz del proceso asociativo del que resulta el grupo. El problema a tratar se formula así: ¿cómo unas personas reunidas se aseguran de la identidad de sus conte- nidos de pensamiento, o constituyen esta identidad y de ese mismo modo se estructuran como grupo? Aquí nuevamente el problema capital implicado en la estructuración del grupo es la interacción: la función comparativa de la interacción externaliza y objetiva los contenidos de pensamiento, tradu- ciéndolos en acción. Un grupo se constituye poniendo en marcha un sistema de acciones coordinadas. Trognon puede precisar entonces que el vínculo asociativo mediante el cual se forma el grupo reposa sobre dos procesos combinados: un proceso de cooperación en el cumplimiento de una intencio- nalidad colectiva; un proceso de fijación y de estabilización de los contenidos de pensamiento de las personas implica- das en la acción colectiva, que crea un grado de saber mutuo necesario para el proceso precedente (1991, págs. 79 y 91). La precisión metodológica y la potencia heurística de estas investigaciones no pueden dejar indiferente a quien- quiera que se interese en los procesos asociativos en las si- tuaciones intersubjetivas. Plantean problemas estimulan- tes al abordaje psicoanalítico del lenguaje, de la subjetivi- dad y de los fenómenos de grupo, pero que debemos confron- tar con esa diferencia capital que introducen el proyecto y el dispositivo de la situación psicoanalítica de grupo: que la enunciación de la regla fundamental ordena los procesos

interlocutorios en una dimensión que, por definición, el abordaje psico-socio-lingüístico no considera; que esta regla está destinada a hacer manifiestos los efectos del incons- ciente y del trabajo de la asociación en el grupo y para cada sujeto del grupo. Quedan por establecer, cada vez que se presente la posibilidad de ello, los pasajes teóricos entre los dos abordajes a partir de los análisis concretos. Los trabajos semiológicos podrían prestar importantes servicios a nuestras investigaciones, con la condición de in- terrogarlos en su nivel de pertinencia: en un dispositivo de grupo donde las asociaciones verbales son requeridas por el enunciado de la regla fundamental, las asociaciones de habla coexisten y componen, de una manera que nos es aún oscura, con los procesos asociativos que se desarrollan se- gún otros lenguajes (o «canales»), principalmente gestuales, y en estrecha correlación con escenas dramáticas, acciones de emplazamiento/desplazamiento corporales. La movi- lización de lo visual como escena e instrumento de diversas acciones psíquicas es verificada por todos quienes traba- jan con grupos, pero las investigaciones casi no han ido más allá de esa comprobación; de allí el interés de las investiga- ciones psico-etno-semiológicas (cf. los trabajos de H. Mon- tagner y J. Cosnier), y las de la corriente psicoanalítica so- bre los significantes de demarcación y sobre los significan- tes formales.

El aporte de los lingüistas de la interlocución:

balance

Los análisis propuestos por los lingüistas de la interlocu- ción tienen el gran mérito de poner el acento sobre la ca-pro- ducción de los actos de lenguaje, del sentido y del vínculo intersubjetiva mismo. ¿Debemos objetar que la subjetividad y la intersubjetivi- dad de las que hablan los lingüistas y los psicolingüistas no son las que conciben los psicoanalistas? Estos fundan sus posiciones sobre la hipótesis del inconsciente y de sus efec- tos de subjetividad específicos, efectos que traduce el con- cepto de sujeto del inconsciente. La concepción que propon- go del sujeto del grupo no es idéntica a la del sujeto social, sino que expresa una dimensión del sujeto del inconsciente.

Estos no son ni los objetos ni los objetivos de la lingüística. Ciertamente, los procesos que esta describe atañen a suje- tos comprometidos en posiciones subjetivas e intersubjeti- vas que ellos no dominan y de las que no son conscientes, pero esos procesos no por eso son inconscientes, es decir, producidos por los mecanismos de defensa que constituyen lo inconsciente como clivado de lo consciente. Así pues, como ya lo he señalado, los procesos y formacio- nes psíquicas incluidos en los modelos de la interlocución y del análisis conversacional que proponen los lingüistas es- tán lejos de carecer de interés para nuestra investigación. Por más de una razón: fueron los primeros en describir las modalidades de formación conjunta del sujeto del enuncia- do, la intersubjetividad y sus polaridades asimétricas, y del sentido. Otros trabajos, realizados por los psicosociólogos, pusieron al descubierto los efectos del dispositivo conversa- cional sobre la organización del discurso. Debemos tomar en cuenta esos datos, principalmente cuando ponen en relieve las estrategias de negociación del sentido, las apuestas del consenso y las formaciones de creencia común que implica toda empresa dialógica. F. Jacques (1979, págs. 266- 72) ha mostrado claramente el predominio de esta apuesta en la formación de la opinión común: se constituye por un mo- vimiento dialéctico y estabiliza por un tiempo una estruc- tura implícita de discusión (op. cit., pág. 271). Se trata de una propiedad constante de todo vínculo estable, claramen- te localizada en la contradicción más o menos amplia entre las exigencias de la convención y las de la infom1ación, es decir, entre ciertas exigencias del grupo y ciertas exigencias del Yo. Retomando esta contradicción en términos de signos absolutos opuestos a los signos relativos, V. Lemieux había señalado (1967) que los discursos son más convencionales, es decir, eficaces para acordar las mentes, cuando implican poca información y, en consecuencia, modifican poco las re- presentaciones. El intercambio convencional está saturado de signos absolutos necesarios para el placer del consenso, para el reconocimiento de lo semejante, para la confirma- ción de la expectativa. Así es la composición del vínculo in- terhumano fundamental, que los sociólogos han descripto con el concepto de participación, los psicosociólogos con el de comunicación y los psicoanalistas con la identificación.

El grado más alto de la convención es la insignificancia, y el mensaje apunta sólo a establecer y hacer conocer la identidad y el acuerdo de los participantes, a expresar y mantener el código y la institución. En el otro extremo, el grado más alto de información es la no-significancia, satu- ración de la imprevisibilidad de la representación (V. Le- mieux, op. cit., págs. 31-4).

Apuestas y obstáculos movilizados por el método asociativo en los grupos

Esos análisis proporcionan a minima algunos puntos de referencia para cualificar las apuestas y los obstáculos que moviliza el método asociativo en los grupos. El debate implica un grado de generalidad suplementario cuando se lo considera bajo el aspecto de lo que D. Widlücher ha deno- minado el problema de la comunicación psicoanalítica, ela- borándolo a partir de los aportes de la lingüística de la enunciación. Precisemos desde ahora lo que hace la diferen- cia entre, por una parte, una lingüística socio-operativa, para retomar la noción propuesta por C. Hagege, o una psi- co-socio-lingüística de la interlocución, tal como la propone A. Trognon, y por la otra, un abordaje psicoanalítico del len- guaje y de la palabra en las situaciones de grupo organiza- das por la enunciación de la regla fundamental. La respuesta se elabora, sin duda alguna, en varios niveles. El primero corresponde al estatuto teórico del suje- to de la palabra, en tanto es sujeto del inconsciente y sujeto del grupo: desde este punto de vista, no es la relación de interlocución ni «el enunciador psicosocial» lo que constitu- ye el campo de objetos del psicoanálisis. El segundo nivel concierne al estatuto metodológico de la regla fundamental y de la «comunicación» psicoanalítica, en cuanto es irreduc- tible a cualquier otra forma de comunicación o, a fortiori, de conversación habitualmente estudiadas por los lingüistas. En la situación psicoanalítica, lo que es propio de la con- versación ordinaria queda suspendido por el enunciado de la regla fundamental y por la posición de reserva, repliegue y escucha del psicoanalista. El (o los) «destinatario(s)» del discurso asociativo, si está(n) incluido(s) en la estructura dialógica de la enunciación del sujeto, no encuentran un

«correspondiente» directo en la escucha y el discurso del analista; esta suspensión de la respuesta y esta puesta in absentia del supuesto destinatario manifiestan y hacen revelar al destinatario inconsciente; restituyen la polifonía de la asociación y preservan el poder de despliegue de las asociaciones: con la condición de que el psicoanalista no se identifique con el objeto de la transferencia. El psicoanalis- ta no está comprometido como interlocutor que produce una interacción, sino como la condición que posibilita el descu- brimiento de las formaciones del inconsciente, a través de la escucha y la interpretación del discurso asociativo en la transferencia. De ello resulta un tipo muy particular de dis- curso y de «Comunicación». Así, en los dos niveles preceden- tes está implicado un tercero; concierne a la teoría del fun- cionamiento psíquico, especialmente de los procesos de pen- samiento movilizados en la asociación libre en situación de grupo o en cualquier situación pluripsíquica diferente a la de la cura. La situación de grupo en la que se enuncia la regla fun- damental plantea un problema particular: la presencia si- multánea e interactiva de varios participantes suscita ine- vitablemente la negociación de representaciones y de signi- ficaciones necesarias para la formación y el mantenimiento del vínculo grupal. Desde este punto de vista, las produccio- nes asociativas podrían corresponder al análisis interlocu- torio, en la medida en que se manifiestan la búsqueda del consenso, la formación de convención y de creencias, pro- ducciones todas que van en una dirección opuesta a la que sostiene la regla fundamental y en las que se podrían re- conocer fácilmente las resistencias a cualquier intento de descubrimiento de los efectos del inconsciente. Lo que obstaculiza ese despliegue natural y posibilita su reconocimiento es precisamente el valor que adquiere, en la expectativa de los sujetos que se reúnen en tal situación, la enunciación de la regla fundamental: es la conjunción de la demanda y de la oferta de un dispositivo de comunicación no convencional lo que, desde este punto de vista, posee el mismo carácter de excepción que el dispositivo de la cura, pero que genera en esta situación específica efectos específi- cos. En esas especificidades se inscribe la experiencia psi- coanalítica.

Panorama de las investigaciones psicoanalíticas correspondientes a las relaciones del sujeto, de la palabra y del grupo

La investigación de esas especificidades está aún poco desarrollada, como lo he señalado a propósito de la insufi-

ciencia de los trabajos sobre la regla fundamental, la cadena asociativa y los procesos que las organizan en los grupos. Expondré más adelante las proposiciones de S. H. Foulkes. Lo esencial de la investigación psicoanalítica se ha ce- ñido naturalmente a tratar las relaciones del sujeto y del lenguaje, y en algunos casos a tomar en consideración sus inscripciones y la formación de sus relaciones en la inter- subjetividad. Más raras aún son las investigaciones que atienden al hecho de que el lenguaje, las obras del lengua-

je y de la palabra son también los depósitos, los memoriales

extrasubjetivos del inconsciente; al de que forman las es- tructuras intersubjetivas donde se sustenta lo simbólico, las mismas que instala la comunidad en el contrato social (cf. Rousseau), para evitar que el cuerpo a cuerpo sea la salida arrasadora y mortal del pensamiento y del vínculo. Al reinstaurar la preponderancia de un modelo lingüísti- co de inteligibilidad del sujeto del inconsciente, Lacan osciló entre dos posiciones radicales: la pura determinación del inconsciente por los efectos del lenguaje, y la toma en consi-

deración, cercana en esto al sistema triádico de Peirce, del sujeto interpretante en la relación significado-significante. Dentro de esta segunda perspectiva, la palabra hablada es un acto interpretativo que corresponde en ese caso más bien

a la función del preconsciente que del inconsciente, y esta

función sólo se ejerce en y por la intersubjetividad. El dis-

curso del paciente puede tanto menos presentarse y ser des- cifrado como un texto, cuanto que es acto interpretativo y relación intersubjetiva. Según supuestos teóricos diferentes, W. R. Bion pone el acento, como J. Lacan, en la importancia de la función psí-

quica del Otro en el acceso al lenguaje, el uso de la palabra y

la formación del pensamiento; sostiene, con el concepto de la

fü.nción alfa, un vínculo psíquico de metabolización en el Otro (el aparato psíquico de la madre) de los contenidos psí-

quicos inadecuados para transformarse por sí mismos en representación de palabra. La función de acompañamiento

de la experiencia del infans por la voz y las palabras de la · madre ha sido retomada y destacada por P. Aulagnier, quien, con los conceptos de porta-palabra y de sombra ha- blada, pone vigorosamente en relieve la articulación de las funciones interpretativa y continente del acompañamiento con aquellas, estructurantes, de presentación de las prohibi- ciones capitales y de transmisión de contenidos de represen- tación marcados por la represión materna. Los trabajos de D. Anzieu se introdujeron en una direc- ción que se acerca a algunas de estas perspectivas, cuando analiza la palabra como acto psíquico que articula investi- dura pulsional (cf. l. Fonagy) y código organizado colectiva y psíquicamente. También dentro de esta perspectiva, R. Gori ha orientado sus trabajos sobre el cuerpo y el signo en el acto de palabra; en una orientación que destaca asimismo la función de envoltura o continente, R. Gori propone el análi- sis de las murallas sonoras (1975) y D. Anzieu el de la envol- tura sonora del sí mismo (1976). Finalmente -pero esta exploración sumaria no es exhaustiva-, los conceptos de significante enigmático (J. Laplanche), de significante formal CD. Anzieu) y de signifi- cante de demarcación (G. Rosolato) describen la inscripción mnémica de experiencias a menudo intensas, precozmente vividas y dotadas de una gran capacidad de impregnación psíquica; los primeros permanecen en suspenso de sentido y de significación, y concederemos a su puesta en sentido el peso determinante de su recaptación significante via el apa- rato de significar/interpretar (der Apparat zu deuten, Freud, 1913) de otro sujeto; los segundos, distintos de los significantes lingüísticos, organizan la comunicación no verbal según pares de oposición elementales (presencia/au- sencia; movimiento /reposo; emplazamiento/desplazamien-

to; toma en sí/rechazo

lidad. La cuestión de las relaciones del lenguaje y del grupo in- teresó a Bion. En sus investigaciones sobre los pequeños grupos y en algunos textos ulteriores, W. R. Bion centrará sobre el relato bíblico de la Torre de Babel algunas perspec- tivas marcadamente estimulantes sobre esta articulación, pero no desarrollará los aspectos metodológicos correspon- dientes en una proposición específica sobre los procesos aso-

ciativos y las cadenas asociativas en los grupos.

) en los que prevalece la gestua-

El estudio realizado en 1975 por M. C. Gear y E. C. Lien- do, que parte de las proposiciones semiológicas de Prieto 13 y del abordaje estructural de la comunicación familiar, aporta también algunas hipótesis, pero no trata explícitamente so- bre el estatuto de la palabra en la consideración psicoanalí- tica de la psique y de los conjuntos intersubjetivos, sin duda por falta de una hipótesis psicoanalítica lo bastante consis- tente sobre estas relaciones. Los trabajos de R. Gori sobre el objeto-palabra hablada y sobre el acto de palabra en los grupos de formación (1972, 1973) tuvieron por objetivo articular la economía pulsional

y las representaciones de la palabra hablada como acto del sujeto en los grupos. Prefiguraban una nueva zona de inves- tigación sobre las modalidades de ligazón entre afecto y re- presentación. Deberá proseguirse la investigación en la vía que nos permitiría comprender mejor cómo la situación de grupo provoca, en ciertos casos, no la ligazón, sino la diso- ciación entre el afecto y el discurso.

Evolucwn de mis propias investigaciones

Mi interés por las cadenas significantes en el grupo y por el proceso asociativo grupal se remonta a mis primeras in- vestigaciones sobre los grupos organizados por la enuncia- ción de la regla fundamental: más precisamente, a los pri- meros ensayos que D. Anzieu y yo realizamos a partir de 1965. Entonces estaba interesado en la emergencia de tres tipos de discurso en los grupos y en su relación cualitativa con el trabajo asociativo: distinguía los «momentos» mito-

poéticos, utópicos e ideológicos. Ulteriormente (1971), me ocupé en especial del discurso ideológico: me había llamado la atención la parálisis del proceso asociativo cuando el aco- plamiento grupal se anudaba en una repetición de la idea idealizada, en la representación omnipotente de la causa- lidad única. En esa época no estaba en condiciones de tratar la pregunta que me planteaba: ¿cómo se ajustan la posición

y el discurso ideológico del sujeto singular con los que pro- ducen los sujetos entre sí en situación de grupo?

l3 Cf. su ensayo de semiología psicoanalítica (1975)_

Para avanzar en este punto, debía prestar atención al proceso asociativo en el lugar donde está determinado por la función defensiva que cumple el recurso al ideal, a la idea

omnipotente y a los fetiches. Al mismo tiempo, me veía con- frontado con el análisis de las angustias y resistencias acti- vadas en el dispositivo psicoanalítico de grupo, con sus efec- tos en la contratransferencia, principalmente cuando dos o varios psicoanalistas trabajan juntos. Luego, a propósito del análisis intertransferencial, formulé la idea de que el grupo no es otra cosa que una cadena asociativa, y me interesé principalmente en el estatuto del porta-palabra, del porta- síntoma y del porta-sueño, en los mecanismos de sustitu- ción, desplazamiento y representación-delegación que se operan a través de las funciones cumplidas por estos. Algunos años más tarde (1975-1976), el desarrollo de mis investigaciones sobre los grupos internos y sobre el apuntalamiento grupal del psiquismo me condujo a tratar el grupo interno en su relación con el sueño. Hacia 1980, ini- cié trabajos más precisos sobre las formaciones intermedia- rias (Mittelbildungen) intrapsíquicas (pensamientos, in- termediarios en la formación del sueño y en la cadena aso-

ciativa, síntomas, formación del yo

diador, mensajero, representante) en el pensamiento freu- diano. Despejé, a partir del análisis de sueños de grupo, el proceso primario de difracción, distinto de la fragmentación y del despedazamiento, y situé la función de ese proceso (al lado del desplazamiento y de la condensación) en el proceso grupal. La elaboración clínica que sostuvo esos trabajos fue, por un lado, la clínica de las posiciones ideológicas, mitopoé- ticas y utópicas en el sujeto singular y en los grupos; por otro lado, la clínica del histérico en su grupalidad interna y en su relación con el grupo; finalmente, la clínica del aconte- cimiento traumático y de la elaboración intersubjetiva de las huellas y significantes individuales en el grupo. Cada una de estas exploraciones clínicas me convenció de cierta homología de estructura entre el proceso de la cadena aso- ciativa y el proceso psíquico grupal. El encuentro de estos dos procesos en el grupo plantea la cuestión del sujeto a la vez singular y plural, sujeto que habla su propia subjetivi- dad, y sujeto hablado en una red intersubjetiva en la que él es porta-palabra, porta-sueño o porta-síntoma. A partir de esas dos estructuras asociativas, intenté despejar algunas

) e interpsíquicas (me-

hipótesis sobre la especificidad de la cadena asociativa grupal.

Una hipótesis rectora

La hipótesis principal que pongo a prueba y que propon-

go para el debate es que, bajo el efecto de la regla fundamen- tal, la sucesión de las palabras y silencios que sobrevienen,

y que constituyen las cadenas asociativas en los grupos, se rige por al menos dos lugares organizadores:

el primero es el que se ubica en los límites del aparato

psíquico individual, y debemos trabajar sobre las condi-

ciones de su funcionamiento en situación de grupo es- tructurada por el enunciado de la regla fundamental y por los efectos de las transferencias;

el segundo es el que se constituye en el grupo mismo, en

tanto composición específica de las ligazones intersubje- tivas; debemos convenir en que, fuera de la noción-pan- talla de un discurso global del grupo, no sabemos gran cosa sobre esta cuestión, mejor explorada como tal por las investigaciones del análisis interlocutorio y del aná- lisis conversacional que por los trabajos de los psicoana- listas.

En cada uno de esos lugares, el inconsciente se mani-

fiesta según lógicas, contenidos y efectos específicos, según una economía y una dinámica psíquica doble y cruzada.

A partir de la hipótesis que propongo, me parece que

debería iniciarse la investigación en estas tres direcciones principales.

La primera estará centrada en el sujeto y el Yo singula- res en sus relaciones con el conjunto hablante en el que se constituyen y diferencian: ¿cómo les es dirigida la palabra, en qué condiciones pueden tomarla, qué dicen de sí mismos

y de los otros, a sí mismos y a los otros? Más precisamente:

¿cómo, a través de las palabras y discursos sostenidos en el conjunto y que sostienen a cada uno del conjunto y de cada uno, se ejerce una parte de la función represora? ¿Cómo se constituyen ciertos contenidos de lo reprimido, y cómo se predisponen las modalidades del retorno de lo reprimido?

¿Cómo se articulan en la relación de cada sujeto con la pala- bra, con la significación, con el sentido y con el saber, lo en- tre-dicho [entre-dit] y lo prohibido [interdit]? Para avanzar en esta dirección, como en las siguientes, probablemente habría que indagar en la validez y los resultados de las teo- rías lingüísticas de referencia en el campo del psicoanálisis. No está garantizado que el legado saussuriano sea aquí el más pertinente. M. Bajtin y la lingüística pragmática per- miten referencias que están más en resonancia con estas cuestiones. La segunda serie de preguntas tratará sobre las condi- ciones, modalidades e implicaciones de la hipótesis que ad- mitiría que algunas formaciones y procesos de pensamiento o de discurso tienen una consistencia en el nivel del grupo:

la noción bioniana de una «mentalidad grupal» expresa a la vez la idea de que algunas significaciones se producen en grupo y de que algunas significaciones son propias del gru- po en cuanto tal. 14 ¿Qué estatuto metapsicológico tendría la noción de un Nosotros, homóloga a la del Yo, como sujeto del pensamiento? ¿Qué posiciones psíquicas satisfacen los mitos, las ideologías, las utopías, las teorías, en la estructu- ra, la economía y la dinámica del conjunto? En sus relacio- nes con la fantasía inconsciente compartida, ¿qué funciones les están reservadas? La tercera dirección de investigación trata acerca de las articulaciones de la palabra, el pensamiento y el discurso en los puntos de anudamiento del inconsciente en el aparato psíquico individual y en el espacio grupal. Considera desde este punto de vista, en la doble lógica que los constituye, el porta-palabra, el porta-sueño, el mensajero, los mediadores, las personas y los personajes del poeta, del héroe y del historiador (el Dichter, cuyo retrato traza Freud al final de Psicología de las masas y análisis del yo). Según esta pers- pectiva, ¿cuál sería el estatuto metapsicológico y clínico de las representaciones, discursos y pensamientos comunes y compartidos? ¿Cómo concebir la conjunción de modalidades intrapsíquicas e intersubjetivas de la represión, la denega-

1 4 La intuición de que los miembros de una misma familia desarrollan «reacciones asociativas» del mismo tipo en el test de asociación verbal con- d uj o a C . G. Jung (1907) a interesarse en este problema, pero las explora- ciones resultaron excesivamente sumarias.

ción, la renegación, la alucinación, pero también de la hue- lla, la memoria y la memorización? Lo impensado capital de la regla fundamental, del proce-

so asociativo y de las cadenas asociativas en situación de

grupo arraiga en la sobredeterminación de todas estas difi- cultades. La incertidumbre que subsiste en cuanto a las ver- daderas apuestas de las modificaciones introducidas en la construcción psicoanalítica, en lugar de poner esta laguna al descubierto y de generar el debate, lo paraliza. Hasta tan- to la cuestión no se plantee, la falta de conocimiento nos im-

pide incrementar o reducir anticipadamente su alcance. Por

mi parte, supongo que el psicoanálisis aún no ha recorrido

ni reconocido todo el espacio de su dominio teórico y de su

práctica. Nuestra tarea es transformar en dinámica de in- vestigación las resistencias y los obstáculos que descubre.

2. El grupo como situación psicoanalítica

Introducir en el campo del psicoanálisis la cuestión del grupo es formular la cuestión teórica de la realidad psíquica que allí se produce y se transforma y, correlativamente, la cuestión metodológica y clínica de sus condiciones de posibi- lidad en tanto experiencia del inconsciente. Este proyecto obliga a definir un dispositivo apto para comprender el mo- do de existencia del inconsciente -y del sujeto del incons- ciente- en situación de grupo. Todas las modificaciones y todas las extensiones de la situación psicoanalítica prínceps plantean problemas conjuntos de método, clínica y teoría.

Método psicoanalítico y dispositivo de grupo

Antes de introducir el grupo como situación psicoanalí- tica, dos observaciones: cuando Freud formula la hipótesis de una psique de masa, cuando propone los conceptos nece- sarios para su investigación, no piensa en dotar a tal objeto teórico de un dispositivo psicoanalítico correspondiente. La posición negativa que adopta contra el análisis de varios su- jetos reunidos en grupo, y que precisamente se apoya en la consideración de dificultades metodológicas, clínicas y éti- cas, no por eso anticipa soluciones a esas dificultades y no paraliza, al contrario, la investigación teórica. Por otro lado, el establecimiento de una situación psico- analítica de grupo se constituye por un recorrido inverso del

que llevó a inventar la situación y el dispos_itivo prínceps de

la cura psicoanalítica. Ciertamente, esta invención se carac-

terizó por una primera inversión, y esta llevó a atender ex- clusivamente a la realidad intrapsíquica, al ser neutraliza- dos los efectos de seducción y dominación que se despliegan

a partir del núcleo histerógeno, estimulados en el frente a

frente, y concederse preeminencia a los procesos y conteni- dos de la representación y de la palabra.

El problema que queda por resolver a partir de esta se-

gunda inversión es que el dispositivo de grupo no contradi-

ga, en el fondo, los requisitos teóricos y metodológicos del psicoanálisis. El dispositivo de conducción de las curas indi- viduales en frente a frente, hoy más frecuentemente utiliza- do, si bien plantea dificultades particulares, no ha invali- dado los fundamentos del método. Al contrario, porque los principios metodológicos invariantes se han consolidado, los dispositivos pueden tolerar variaciones apropiadas a su objeto particular.

De este cambio de perspectiva podemos esperar el descu-

brimiento de formas de la realidad psíquica en parte inacce- sibles precisamente a causa de la limitación que introducen los diferentes dispositivos de la cura individual. Sólo una metodología general del psicoanálisis constituiría un sis- tema de criterios aptos para poner a prueba la calidad de los efectos de análisis y de investigación que cada dispositivo hace posibles.

Lo que selecciona toda situación psicoanalítica

La instalación de una situación psicoanalítica de grupo

que pretende satisfacer los requisitos del método psicoana-

lítico interroga el paradigma sobre el cual esta se ha cons- truido.

Mi abordaje de la cuestión ha sido particularmente ilus-

trado por la reflexión de Paul Ricreur (1986) sobre la selec- ción operada en la experiencia psíquica por las característi- cas de la situación psicoanalítica: despeja cuatro criterios principales de selección. La exigencia de decir. El primer criterio de selección planteado por el psicoanálisis es que la experiencia psíqui- ca, particularmente el deseo inconsciente, es susceptible de ser dicha. Esta restricción es propia de la técnica psicoanalí- tica de la cura y obliga a pasar por el desfiladero de las pala- bras, con exclusión de toda satisfacción sustitutiva. Esta determinación metodológica remite necesariamente a un presupuesto teórico que a la vez define lo que puede ser con- siderado como el objeto del psicoanálisis; se trata esencial-

mente del deseo inconsciente en tanto significación capaz de ser llevada al sentido, de ser descifrada, traducida e inter- pretada.

El deseo humano se dirige a otro. El segundo criterio es

que la situación psicoanalítica selecciona lo que pone al de- seo en relación con otro. Aquí, nuevamente, el criterio epis- temológico está guiado por la dimensión central de la técni- ca psicoanalítica. La dimensión de la transferencia se mani- fiesta como algo distinto de una técnica: la transferencia es considerada como una verdadera dimensión epistemológica del psicoanálisis, como lo certifican varios textos de Freud. Lo seleccionado está en condiciones de revelar la dimensión intersubjetiva y el rasgo constitutivo del deseo humano:

susceptible de ser dicho, se dirige a otro. La transferencia es la actualización de las diversas ma- neras de tomar al propio analista como otro. El otro es evi- dentemente susceptible de tomar diferentes estatutos en la cura, pero con la condición de que el psicoanalista no se con- funda con esos otros. La transferencia, lo sabemos, no es só- lo repetición del conflicto psicosexual inconsciente genera- dor de la situación neurótica, también es descubrimiento e invención de las vías por las cuales la repetición puede ser elaborada y superada. Lo que interesa destacar aquí es que la experiencia analítica obliga a la teoría a incluir la inter- subjetividad como una condición del deseo. Esta implicación ha sido poco desarrollada en la teoría psicoanalítica: subsis- te en esta lo que podemos llamar un «solipsismo del deseo» (Ricreur), una definición del deseo en términos de energía, tensión y descarga, más que en términos de orientación ha- cia otro. Si el deseo humano está dirigido a otro, este otro cons- tituido como su objeto y destinatario en el discurso proferido

en la situación psicoanalítica, participa según una modali-

dad específica en el mismo «proceso de elucidación del in- consciente», según la fórmula de M. Neyraut: por eso la transferencia y la contratransferencia están inseparable- mente unidas y deben en consecuencia ser consideradas juntas; una y otra están organizadas según un régimen y un manejo asimétricos, de modo de mantener la distancia ge- neradora del trabajo psíquico propio del analista y del ana- lizando. El trabajo psíquico del analista tiene por objetivo que el error sobre el objeto y sobre el destinatario no quede

fijado y que, en consecuencia, la actividad interpretativa se haga posible.

La consistencia de la realidad psíquica. El tercer criterio

introducido por la situación psicoanalítica corresponde a la consistencia, la resistencia y la insistencia de ciertas mani- festaciones del inconsciente. Se trata esencialmente de las fantasías y síntomas y, en consecuencia, de todas las trans- formaciones cuya estructura es homóloga a la de la fantasía y de los síntomas, el sueño, los objetos abandonados y susti- tuidos, y las configuraciones generadas por la combinatoria de las sustituciones. La historizaci6n. Por último, cuarto criterio: la situación analítica retiene de la experiencia de un sujeto lo que está en condiciones de entrar en una historia o en un relato. Este trabajo de historización es destacado por Freud desde que introduce la noción de la resignificación y de la perlabora- ción, es decir, la noción de una reestructuración recurrente de acontecimientos anteriores que en su momento no pu- dieron ser integrados a un contexto significante. La memo- ria, el trabajo de memoria, es entonces el trabajo de reelabo- ración de las estructuraciones anteriores bajo formas cada vez más complejas. El método de la asociación libre propor- ciona el acceso a él. Antes de traducir los efectos de estos criterios en la si- tuación psicoanalítica de grupo, me es preciso describir al- gunas especificidades de esta situación.

Especificidades del dispositivo de grupo

Cualesquiera sean las variaciones del dispositivo (objeti-

vos y composición del grupo, duración, soporte de los pro-

),

la especificidad del dispositivo de grupo puede ser caracteri-

cesos asociativos: psicodrama o asociación libre

zada por cuatro rasgos principales:

la presencia simultánea frente a frente de varias per- sonas; la composición de Jos vínculos intersubjetivos en un apa- rato de ligazón y de transformación de las formaciones psíquicas;

la interdiscursividad de los procesos asociativos; efectos de trabajo psíquico consecutivos a estas tres ca- racterísticas.

Estas cuatro dimensiones mantienen entre sí relaciones complejas; movilizan formaciones y procesos inconscientes, pero también otros fenómenos que no pertenecen al orden de la realidad psíquica, con los cuales transigen e interfie- ren. Esos fenómenos interferentes son lo que se trata de neutralizar. Las limitaciones internas de la situación de grupo dependen de la aptitud de esta situación para neutra- lizar los efectos propiamente psíquicos del agrupamiento con relación a los de la realidad social, sobre la cual no obs- tante se apuntalan, en el sentido preciso que toma este con- cepto en la teoría psicoanalítica. Sólo se puede responder a esta cuestión mediante la presentación y discusión de los re- sultados del trabajo psicoanalítico producido en situación de grupo.

El frente a frente, lo visual y lo no verbal

La primera característica de la situación es la presencia simultánea frente a frente de varias personas reunidas por un psicoanalista que, en un encuadre espacio-temporal co- mún, pone en marcha los procesos asociativos al enunciar la regla fundamental. Esta particularidad produce efectos es- pecíficos de resistencia y de transferencia, determina moda- lidades propias del trabajo asociativo, moviliza preferente- mente ciertas formaciones psíquicas que se manifiestan así en configuraciones originales: la fantasía, el sueño, las iden- tificaciones y los mecanismos de defensa no son moviliza- dos, tratados y trabajados en grupo como en la cura. Actúan una tópica, una dinámica y una economía psíquicas singu- lares. La morfología del dispositivo de grupo tiene, pues, algu- nas incidencias sobre el desarrollo de la situación psicoana- lítica: el proceso asociativo verbal guarda una relación par- ticular con procesos asociativos no verbales. Quisiera dete- nerme un instante sobre las cuestiones que plantea este as- pecto del dispositivo de grupo cuando se transforma en dispositivo de trabajo psicoanalítico. El hecho de que en él la

dimensión visual esté activada, mientras que está desacti- vada, neutralizada o suspendida en la situación paradigmá- tica de la cura, define una oposición y una complementarie- dad entre lo visual (lo pictográmico, lo icónico) y la articula- ción de la palabra (lo sintáctico); la activación de lo visual sostiene varias funciones, algunas de las cuales pueden ser reclamadas para mantener efectos de captación imaginaria, mientras que la apelación a la palabra es capaz de habilitar un acceso a lo simbólico. El análisis de esta dimensión por parte de los psicolin- güistas que trabajan sobre situaciones interlocutorias pone en evidencia su papel en los encuentros de este tipo, gene- ralmente recogidos en el marco habitual de la vida cotidia- na, es decir, frente a frente y, con toda evidencia, sin enun- ciación de la regla de asociación libre. J. Cosnier (1991) ha destacado las particularidades de estos encuentros: se realizan por una combinación multicanal de elementos ver- bales, vocales y mimogestuales utilizados según reglas re- guladoras y constitutivas precisas, adaptadas al marco si- tuacional. Los intercambios se organizan según un modelo llamado «de tres tiempos» (A propone, B valida, A valida la validación de B) que funciona prácticamente siempre utili- zando, conjunta o separadamente, lo no verbal: movimien- tos de cabeza, mímicas faciales, emisiones vocales. Apoyán- dose sobre un protocolo presentado por A. Trognon, J. Cos- nier destaca que es mediante un gesto como el animador llega a administrar el tiempo de exposición de un orador y a hacerle aceptar la cesión de su turno a algún otro. Por otra parte, el grupo se confirma en su comunidad de pensa- miento:

por la distribución organizada de los turnos de exposi- ción y su corolario: la autoridad gestionaria reguladora consentida y delegada en el «animador»; por manifestaciones corporales sincrónicas, como las risas.

J . Cosnier recuerda que el cuerpo desempeña efectiva- mente un papel importante en la aprehensión de los afectos de otro: «Cada interactante no se contenta con interpretar los enunciados desde el doble punto de vista semántico y pragmático, se esfuerza también en discernir los afectos

presentes en el compañero. Ahora bien, este trabajo de atri- bución de afectos estaría basado en gran parte sobre una ac- tividad de ecoización corporal. Recientemente se ha demos-

trado que la adopción de mímicas, posturas, o la realización de ciertas actividades corporales eran susceptibles de hacer nacer afectos específicos, susceptibles ellos mismos de in-

ducir representaciones mentales específicas

ducción emocional por la reproducción de los modelos efec- tores" podría así ser puesta por ecoización al servicio del co- nocimiento de otro y contribuiría a dar una base objetiva al fenómeno de empatía. En el nivel del grupo, esta participa- ción corporal actúa sin duda alguna y es particularmente evidente en las circunstancias en que las expresiones emoti- vas o motrices se vuelven explícitas: risas, llantos, pánicos,

cantos, bailes, desfiles

frente, esos fenómenos resultan casi siempre subliminales»

(op. cit., pág. 98).

La situación psicoanalítica contrasta considerablemen- te con estas otras situaciones: «Ante todo en su proxémica misma: la multicanalidad habitual se reduce a la verbali- dad y a la vocalidad. Luego, en la actitud del analista, que refuerza la reducción precedente con la parsimonia de sus intervenciones. El segundo tiempo de la interacción (B vali- da a A) está reducido al máximo, e incluso ausente. Esta ausencia forzará al analizando, que por otra parte es inti- mado a hablar, a imaginar las reacciones del analista que está detrás de él. Dicho de otro modo, esto lo impulsa a la proyección y a la transferencia. Podemos decir que este dis- positivo proxémico especial cumple un papel muy importan- te en la estructuración del discurso analítico y en el desarro- llo del proceso. «Pero entonces, ¿qué ocurre en el psicoanálisis de grupo? Allí la situación es más compleja, el segundo tiempo se hace más notable. Los analistas no pueden sustraerse o volverse invisibles, todo lo que pueden hacer es permanecer lo más neutros posible, pero esta neutralidad es en buena medida ilusoria, y lo no verbal hace aquí una irrupción masiva, y es- to tanto de una parte como de la otra: tanto del lado de los pacientes como [del] de los terapeutas. Podemos, pues, espe- rar que muchas cosas sucedan en paralelo en los inter- cambios verbales "oficiales", y O. Avron (1991) aborda esos problemas con mucha pertinencia. Debemos alegrarnos de

) Esta "in-

Pero, en las interacciones frente a

esto, puesto que hasta ahora lo no verbal fue muy a menudo puesto entre paréntesis» (ibid.). Ciertamente. Es necesario tomar en consideración estas observaciones y sólo podremos hacerlo examinando la fun- ción de la comunicación multicanal en el proceso asociati- vo. Pero en ese caso nos arriesgamos a confundir los niveles de análisis y los objetos que se propone tratar cada aborda- je disciplinario. Debemos formular la hipótesis de que la enunciación de la regla fundamental en la situación psico- analítica transforma el estatuto de las manifestaciones de lo no verbal y tiende hacia su reinscripción, o su inscripción primera, en el registro de la palabra hablada. La postura metodológica que impone el enfoque psicoanalítico es re- conocer que los procesos de grupo son trabajados por la «combinación multicanal de elementos verbales, vocales y mimogestuales», pero asimismo tomar partido por la exi- gencia de la palabra. Ciertamente, el discurso es heterogéneo, es una mezcla de verbalidad, vocalidad y gestualidad. Y debemos retener al mismo tiempo lo que nos revelan la semántica (la com- prensión del sentido, descripto en términos de represen- taciones) y la pragmática (el contexto de los intercambios, descriptos en términos de acciones e interacciones). Pero si tratamos de retener estas dos dimensiones, es finalmente para devolverlas al objetivo del trabajo propiamente psico- analítico, del que D. Widlócher (1986) daba una exacta formulación inspirándose en los trabajos de la lingüística:

describir e interpretar el móvil de los actos de palabra por la intención de los actos de lenguaje. Tales cuestiones no pueden tratarse únicamente me- diante el debate teórico y las tomas de posición a priori: de- ben ser informadas por la clínica y por los efectos empírica- mente observables en la práctica psicoanalítica de los gru- pos. Es absolutamente probable que algunas de las dimen- siones del dispositivo de grupo sean utilizables por uno u otro sujeto para obstaculizar la constitución de un trabajo psicoanalítico, para contrarrestar la elaboración de su expe- riencia y satisfacer sus resistencias. No me refiero aquí al régimen habitual de emergencia de las resistencias reducti- bles mediante su interpretación en la transferencia, sino a una potencialidad resistencia! que correspondería a la si- tuación de grupo misma. Pero pienso que al menos una par-

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te de esas utilizaciones resistenciales corresponde al conoci- miento todavía mediocre que tenemos de los procesos psí- quicos implicados en los grupos y susceptibles de transfor- marse en proceso psicoanalítico.

Elementos de la situación psicoanalítica de grupo

Los «fenómenos psíquicos» que la situación psicoanalíti- ca selecciona y retiene específicamente se presentan en con- figuraciones singulares en la situación de grupo, pero con la condición de que esta se haya constituido según las mismas exigencias fundamentales del método. He definido el dispositivo como la composición artificial de elementos distintos destinados a producir un efecto de trabajo psíquico, y he destacado en qué el dispositivo de la cura psicoanalítica es apropiado para las condiciones de manifestación de las formaciones y procesos del inconscien- te en subjetividades singulares. Cuatro elementos representan las condiciones de una si- tuación psicoanalítica de grupo: los invariantes del encua- dre, la formación de los fenómenos de transferencias, la constitución de un discurso asociativo por efecto de la regla de asociación libre, el lugar y la función del psicoanalista en esta situación; esos cuatro elementos son en cuanto tales los componentes constitutivos de toda situación psicoanalítica. Permiten especificar la naturaleza de la realidad psíquica que se constituye en ella, cualificar las modalidades y for- mas del trabajo psíquico que allí se efectúa.

Los invariantes del encuadre

Consideraciones sobre el encuadre

El concepto de encuadre en psicoanálisis, no denomina- do y no pensado como tal por Freud, fue progresivamente construido a partir de los trabajos de J. Bleger. Existe una prehistoria de esta noción. R. Rousillon (1992) ha trazado

sus etapas y sus apuestas a partir de las investigaciones que desembocan en el abandono de la hipnosis y en la in- vención del método psicoanalítico. En su artículo de 1913, «Sobre la iniciación del tratamiento», Freud expone los

elementos invariantes de la situación: allí se describen las

características formales del dispositivo, la función del ana- lista, la organización del tiempo (duración y ritmo de las se- siones) y del espacio, la relación con el dinero, finalmente la estructura de las reglas fundamentales. El camino que va de Freud a Bleger pasa por numerosas etapas y por algunas rupturas en la concepción del psico- análisis: remito sobre este punto al trabajo de R. Roussillon, que muestra cómo cada una de las grandes modificaciones técnicas corresponde a un debate teórico y a una tentativa de re-fundar el psicoanálisis. Por ejemplo, los cambios apor- tados por J. Lacan en el dispositivo de la cura (duración de las sesiones, cantidad de sesiones) van mucho más allá de simples modificaciones técnicas. Son una crítica respecto de la fetichización y de la normalización del dispositivo regi- do por la concepción norteamericana del psicoanálisis, al mismo tiempo que una forma de situarse con relación a la herencia de Freud en ruptura dentro del movimiento psico- analítico. D. W. Winnicott contribuirá de una manera menos tu- multuosa a definir el concepto moderno de encuadre con la noción de setting: designa así el conjunto de todos los deta- lles de organización del dispositivo psicoanalítico «de trata- miento» que contribuyen a su estabilidad. Antes de la puesta a punto realizada por José Bleger (1967), el encuadre era entendido como el representante superyoico dotado de un poder legislante sobre el proceso de la cura. En su artículo «Psicoanálisis del encuadre psicoanalíti- co», Bleger propone una concepción absolutamente original pues es el primero en introducir la idea de que el encuadre condensa o recoge el continente psíquico habitualmente fundado sobre la emanación de la parte más arcaica del yo. El encuadre será el lugar donde se incrustan esos elementos arcaicos. En el origen del trabajo de Bleger hay observaciones clí- nicas: corresponden a irregularidades en los horarios, cam- bios en el espacio, ciertas dificultades relativas al pago, ten-

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tativas para prolongar la sesión más allá de los horarios o para cambiar estos, etcétera. A partir de estas consideraciones, el encuadre ya no es sólo y principalmente el conjunto de los elementos espacia- les, temporales, materiales y jurídicos que sostienen la si- tuación psicoanalítica. Lo que se vuelve «predominante» son las funciones que cumple: principalmente, la de ligar las angustias y las representaciones simbióticas. J. Bleger dice que el encuadre es la organización más pri- mitiva y menos diferenciada de la personalidad. Es «el ele- mento fusiona! yo-cuerpo-mundo de cuya inmutabilidad de- pende la formación, existencia y diferenciación del yo, del objeto, de la imagen del cuerpo, del cuerpo, de la mente, etc.» (trad. fr., págs. 255-6). El encuadre es una presencia permanente sin la cual el yo no puede constituirse ni desa- rrollarse. Es un no-proceso, es decir, una serie de invarian- tes dentro de las cuales el proceso puede tener lugar. Una de las características del encuadre es ser «mudo»:

Bleger evoca la simbiosis madre-bebé, reproducida en la re- lación analítica en forma muda, y de la que, mientras no fa- lle, no tenemos percepción consciente ni conceptualización. Así pues, donde se manifiesta es en la ruptura o en la ame- naza de ruptura. Diremos, entonces, que toda irregularidad hace aparecer la existencia del encuadre y constituye una amenaza respecto del soporte principal del yo, es decir, res- pecto de la parte simbiótica de la personalidad. El encuadre está efectivamente en posición meta con relación al conteni- do y, si el encuadre varía, el contenido varía considerable- mente. En varias ocasiones, Bleger observa que en los aná- lisis de psicóticos, si el encuadre analítico se mueve, el peli- gro de desestructuración afecta a los apoyos del yo del suje- to, es decir, a todo lo que lo constituye. El no mantenimiento del encuadre psicoanalítico por parte del analista tiene efec- tos amenazadores para la seguridad y la identidad del su- jeto. De hecho, para cada uno, el encuadre es el depositario de la parte no diferenciada y no disuelta de los vínculos simbió- ticos primitivos. En este sentido, es verdaderamente una institución y toda institución posee sus propiedades.

Algunas funciones del encuadre

La {Unción continente, para Bleger: «el encuadre mismo es receptor de la simbiosis». Cumple un papel de «continen- cia», incluso de contención de afectos, de representaciones del propio cuerpo, más generalmente de los objetos inter- nos, su forma, su valencia, las investiduras que reciben. El encuadre contiene esencialmente la «parte psicótica de la personalidad». Para Bleger, poskleiniano argentino, la parte psicótica es esencialmente un lugar tópico clivado en el interior del yo: no tiene mucho que ver con la psicosis clínica ni con la desestructuración del yo y su restitución de- lirante. «La parte más loca o narcisista del funcionamiento psíquico está así dispuesta a depositarse y a descansar so- bre el encuadre. El proceso, con sus múltiples, imprevisibles vicisitudes, podrá desarrollarse» (ibid.). La función esencial del encuadre sería alcanzar la estabilidad para que haya proceso, movilidad y creatividad. Una segunda función, limitante, garantiza la distinción entre el «yo» y el «no-yo»; permite así la constitución de una interioridad y de una exterioridad corporal y luego psíquica. El encuadre es el garante de los límites del sujeto, de su espacio psíquico. Una tercera función puede ser llamada simbolígena: el encuadre es «un no en acto. Dice en acto lo que la regla enuncia en palabras», escribe Roussillon; permite, pues, el acceso a la categoría de la negación y a todo lo que deriva de ella: la oposición, la discriminación, la diferenciación, etc. Instaura un proceso de simbolización y, en este sentido, constituye una condición del pensamiento. Una cuarta función, transicional, se deduce de la natu- raleza transicional del encuadre: frontera entre el yo y el no- yo, el encuadre participa de ese espacio que conceptualizó Winnicott, donde reinan la paradoja y la indecidibilidad:

el encuadre no es ni subjetivamente concebido, ni objetiva- mente percibido. Encontrado y creado, está en una relación a la vez de contigüidad y de continuidad con relación al suje- to. Así pues, destacaremos aquí, con Bleger, la paradoja del encuadre: cuando sostiene su función en silencio, ofrece un punto de tope al análisis, y sólo cuando está amenazado de ruptura deviene analizable. Uno de los problemas conse- cuentes es el mantenimiento de la dimensión contractual

del encuadre confrontado con el de su adecuación y su disposición. Este problema define en parte el contenido del análisis transicional.

Dispositivo y encuadre del grupo

El dispositivo de grupo, como el de la cura, contiene indi- caciones precisas sobre la regla fundamental, el lugar, el ritmo y la duración de las sesiones, sobre las modalidades de pago. Algunas de estas indicaciones son adecuadas a la especificidad de la situación del grupo: como la invitación a responsabilizarse mutuamente de la discreción en cuanto a lo que se dice o se pone en escena; la invitación a devolver en las sesiones lo que hubiera podido ocurrir o intercambiarse entre los participantes en el intervalo de estas. Estas dos proposiciones toman en cuenta dos parámetros de la situa- ción de grupo: el vínculo intersubjetivo sincrónico y la rela- ción de cada uno con el objeto-grupo. Algunas variaciones de forma y de fondo pueden afectar

a estas disposiciones en función de las modalidades y objeti-

vos de cada proyecto de trabajo: el psicodrama psicoanalíti- co de grupo, el grupo-análisis, los grupos de terapia o de for- mación psicoanalíticos, la terapia familiar psicoanalítica, los grupos psicoanalíticos de niños psicóticos, autistas o neuróticos ponen en práctica modalidades de trabajo espe- cíficas. Algunas variaciones pueden corresponder al límite o

a

la ausencia de límite temporal fijo en cuanto a la duración

y

el número de sesiones, al del proceso mismo, a las dimen-

siones del grupo (grupos restringidos de cinco a doce perso- nas, grupos amplios o vastos), a la disposición espacial de

los miembros del grupo. 1 El análisis diferencial de estos dispositivos no ha avan- zado aún lo suficiente. Progresaremos en la elaboración de

1 He realizado una investigación exploratoria sobre un dispositivo en el cual cinco o seis participantes están sentados en círculo, de espaldas, el analista ubicado también así en el grupo. El incremento de las angustias arcaicas, tal como se movilizan en grupo amplio, pero también la impor- tancia de la palabra y de la escucha aceleran considerablemente ciertas elaboraciones. Sobre el análisis de la cadena asociativa en este dispositivo, cf. en esta obra el capítulo 5.

la teoría, de la metodología y de la clínica psicoanalíticas de los grupos cuando logremos establecer, más allá de las variaciones de los objetivos y dispositivos, un cuerpo míni- mo de proposiciones sobre las invariantes de la situación psicoanalítica de grupo, sobre el espacio psicoanalítico que en ella se construye, sobre la cadena asociativa grupal, so- bre la interpretación.

La exigencia de decir y el método asociativo en situación de grupo

Para situar la perspectiva que propongo, se necesitan aquí algunos indicadores.

S. H. Foulkes y las primeras formulaciones del problema

La consideración propiamente psicoanalítica del proceso asociativo de grupo fue propuesta por primera vez por S. H. Foulkes en 1964; pero no parece que haya sido objeto de una investigación particular entre los especialistas que decla- ran una afiliación foulkesiana, ni que haya sido sometida, por Foulkes mismo, a un verdadero análisis en tanto ca- dena asociativa grupal; este concepto no aparece, por otra parte, en su pensamiento. En su intento de dotar a la teoría y la práctica del aná-

lisis de grupo de equivalentes (el término vuelve permanen- temente bajo su pluma) psicoanalíticos, S. H. Foulkes intro- duce la noción de asociación libre de grupo: «Un equivalente de importancia capital es el que corresponde a la asociación

libre en el psicoanálisis individual(

) Yo invitaba a los pa-

cientes que habían seguido un psicoanálisis anterior a "aso- ciar libremente", tal como en la situación individual. Según lo previsto, las asociaciones que los pacientes proporciona- ban eran modificadas por la situación de grupo» (pág. 116).

Foulkes llamará al resultado de este proceso «discusión li- bre y flotante»; tratará las producciones del grupo conside- rado como un todo, como el equivalente de las asociaciones libres individuales; mucho más tarde le parecerá que la con- versación de cualquier grupo puede ser considerada «en sus

aspectos inconscientes como el equivalente de la asociación

libre» (ibid.).

Foulkes desarrolla así su punto de vista: la situación analítica de grupo está concebida para alentar al máximo la liberación de la censura. Los grupos donde la conversación cambia a menudo de tema son los más cercanos a la asocia- ción libre de grupo; por el contrario, cuanto más la ocupa- ción (la razón que el grupo tiene para encontrarse) está en primer plano, menos libre es la asociación de grupo. En los grupos analíticos, el contenido manifiesto de la comunica- ción está emparentado con las ideas latentes del sueño. La matriz de grupo es «la trama hipotética de comunicación y relación en un grupo dado» (ibid., pág. 287). Por eso ese te- rreno compartido en común determina el sentido y la impor- tancia de todos los elementos, y, en consecuencia, el curso de las asociaciones. Dentro de esta red transpersonal, el individuo es conce- bido como un punto nodal, probablemente análogo al Kno- tenpunkt con que Freud designa el entrecruzamiento de los hilos asociativos de un mismo individuo. Foulkes lleva más lejos la metáfora freudiana comparando al individuo con la neurona, «punto nodal del sistema nervioso que reacciona y responde siempre como un todo (Goldstein)». El individuo, como la neurona en el sistema nervioso, está sostenido en la matriz del grupo. «Dentro de esta perspectiva, concluye Foulkes, se hace más fácil comprender nuestra afirmación según la cual el grupo asocia, responde y reacciona como un todo. El grupo se sirve de un orador u otro, pero es siempre la red transpersonal la que está sensibilizada y se expresa o responde. En este sentido, podemos postular la existencia de una "mente" de grupo, de la misma manera como pos- tulamos la existencia de una "mente individual"» (ibid.,

pág. 117).

Si algunas de mis propias concepciones pueden empa- rentarse con ciertas ideas de Foulkes, pretendo distinguir- me de ellas por la problemática y la metodología: he desta- cado la función determinante del aparato psíquico grupal sobre el curso de las asociaciones; he desarrollado una

concepción del sujeto del grupo como punto de anudamiento

en la red asociativa grupal y como sujeto del inconsciente.

Proposicwnes

Los procesos y las cadenas asociativas que se movilizan y constituyen en situación de grupo son plurales, interacti- vos, diversos en sus formas y contenidos. La noción de inter- discursividad describe ese fenómeno. He llamado interdis- cursividad a la composición de las asociaciones producidas por cada sujeto en la red de los intercambios que contribu- yen, en parte, a organizar su economía, su proceso y su sen- tido. La interdiscursividad puede describir una condición necesaria del advenimiento de la palabra del sujeto; descri- be también una condición de la formación de una cadena asociativa del nivel del grupo. Esta cadena transformacional es inteligible según cier- tas hipótesis sobre el grupo corno entidad específica, vector del inconsciente. Como lo he mencionado con anterioridad, el grupo no es solamente el lugar organizador de aconteci- mientos de palabra (y de silencio): se producen acciones no verbales y, al lado de los significantes lingüísticos, signifi~ cantes de demarcación y significantes formales contribuyen a transportar las significaciones psíquicas inconscientes. He destacado además que el grupo es el lugar de una dramatización específica: allí se constituyen y manifiestan, en acto y en representación, representaciones reprimidas o no advenidas, afectos suprimidos o no sentidos, las modali- dades de relación y de no relación que cada sujeto ha esta- blecido con sus objetos internos. Sin embargo, la regla fun- damental enuncia la exigencia de una transformación de esas representaciones y de esos afectos en representaciones de palabra y de palabra hablada, su reconocimiento me- diante la palabra.2 Vemos, pues, por qué caminos del decir se efectúa el tra- tamiento del deseo inconsciente «Como significación capaz de ser llevada al sentido, de ser descifrada, traducida e in- terpretada».

2 Esta exigencia se mantiene, evidentemente, en un dispositivo de psico- drama psicoanalítico de grupo.

El deseo humaoo se dirige a otro: las transferencias en el grupo

En el relato de la cura de Dora, Freud aborda la cuestión de la transferencia en sus dimensiones plurales: die Über- tragungen, las transferencias. Para el enfermo, no se trata solamente de reemplazar a una persona por la del médico (del psicoanalista), sino también de reemplazar sucesiva o

simultáneamente la relación entre varias personas por la

relación con el médico. Esta concepción de la transferencia en la situación de la cura define un rasgo constante de la transferencia en situación de grupo: las propiedades morfo- lógicas de esta predisponen a la manifestación de ese tipo de configuración transferencia!, en una dinámica que favo- recen los procesos de desplazamiento, condensación y di- fracción de los grupos internos. Es posible, pues, articular la demanda de los sujetos, lo transferido, las propiedades estructurales del dispositivo y la configuración de las trans- ferencias.

Sumario de las investigaciones de Béjarano

A partir de 1966 y en 1972, A. Béjarano describió la es- pecificidad de la resistencia y de la transferencia en los grupos. Articula, primero, clásicamente la resistencia y la transferencia: los mecanismos de defensa contra el recono- cimiento de los efectos del inconsciente se elaboran en re- sistencia, que se actualiza ella misma en la transferencia según las formas específicas que una y otra toman en la cu- ra. La resistencia no es, por lo tanto, sólo un obstáculo al proceso psicoanalítico, es al mismo tiempo vía de acceso al inconsciente. Resistencia y transferencia son los ejes de la función in- terpretante del psicoanalista. Lo esencial del descubrimien- to freudiano sigue siendo válido en la situación de grupo; pero la transferencia se especifica aquí en cuatro modalida- des: A. Béjarano distingue (1972, págs. 138-9) la transferen- cia central sobre el psicoanalista que funciona como imago paterna arcaica (superyó infantil o padre cruel de la horda), edípica y societal (superyó e ideal del yo, tras la rebelión contra el jefe de la horda y el pacto de los hermanos); la

transferenciagrupal sobre el grupo, en tanto objeto que fun- ciona como imago materna arcaica y edípica y como «ma- triz» societal (en el nivel arcaico: la horda; y en el nivel edípi- co-societario: el pasaje del grupo al estado de «cultura» y de asunción de su historia); las transferencias laterales sobre los otros como imagos fraternas, en el marco de la familia, de la horda primitiva y de la sociedad; la transferencia socie- tal sobre el mundo externo como poder tiránico, represen- tante de un afuera amenazador, lugar de proyección de la destructividad individual, y también de la esperanza de un mundo mejor, y además como referencia estructurante a la ley simbólica (posedípica). Según esta perspectiva, las resistencias, consideradas esencialmente como actualización de las defensas en la transferencia, se deben a la reactivación del conflicto defen- sivo frente a la situación grupal, es decir, frente a los cuatro objetos transferenciales grupales. A. Béjarano precisa que esas resistencias resultan de la regresión debida a la puesta en situación grupal y a la regla de la asociación libre y de abstinencia; el clivaje del yo, de los objetos y de la transfe- rencia son resultado de ello. Béjarano demuestra que el li- derazgo en los grupos es un fenómeno de clivaje esencial, y sobre todo que «el líder es el agente de la resistencia de transferencia, por lo tanto el agente del cambio y del des- prendimiento si esta función resistencial-transferencial es interpretada (e interpretable)». Concluye así: «Este punto

es el más central de nuestra perspectiva

.) puesto que

regirá necesariamente la técnica, es decir, la escucha (elec- ción del material), la interpretación, por lo tanto la meta de desprendimiento y, de ese mismo modo, los objetivos» (ibid.).

Proposiciones

Los desarrollos más recientes en materia de transferen- cia en los grupos no invalidan lo esencial de estas proposi- ciones, que fueron las primeras en formularse. Por el con- . trario, el análisis clínico confirma su valor; ellas abrieron la vía a ]a exploración de los contenidos transferidos de modo preferencial en la situación de grupo, o sea, según mi punto de vista, las formas arcaicas o edípicas de la grupalidad psí-

quica, la repetición de las experiencias infantiles durante las cuales se constituyeron los objetos y procesos de los grupos internos, las formas y procesos transindividuales, transgeneracionales y transubjetivos que pertenecen pro- piamente a cada sujeto sólo a través de su pertenencia a la cadena y al conjunto. La situación de grupo moviliza y tra- baja, en la resistencia y la transferencia, esos contenidos y esos procesos. La noción de una dinámica propia de la transferencia y de la perlaboración en situación de grupo se desprende del análisis de las modalidades y objetos específicos de la trans- ferencia, de los contenidos transferidos en las configuracio- nes transferenciales: con esto quiero decir que las correla- ciones entre los objetos de la transferencia determinan un proceso de trabajo psíquico distinto, en sus modalidades y resultados, del que generan la situación y el dispositivo de la cura individual. En la situación de grupo, las características de la neu- rosis infantil propia de cada uno se actualizan, repiten y transforman según modalidades que confieren a la neurosis de transferencia una configuración particular, descripta por la noción de grupo de transferencia, es decir, la transferen- cia múltiple administrada por los grupos internos y el apa- rato psíquico de grupo. Se moviliza predominantemente una determinada cons-

telación de los objetos infantiles y de los vínculos entre esos objetos. En el más alto grado, en la situación de grupo, la transferencia sobre un objeto implica (incluye) la transferen-

cia sobre el otro del objeto: en ese sentido, nos encontramos con un doble proceso de difracción y de conexión de las transferencias. He destacado el primer proceso; 3 J.-C. Rou- chy señaló la importancia del segundo; 4 escribe: «Una ca- racterística del trabajo de grupo es que se produzcan trans- ferencias simultáneamente sobre varias personas, y de manera articulada unas a otras: sea por el desplazamien- to de objetos internos sobre diferentes personas, en una descomposición de diferentes partes del yo que adquieren la apariencia de objetos independientes unos de otros y que sólo están ligados por el proceso inconsciente en el origen de

3 R. Kaes, 1980, 1985a, 1985b. 4 J.-C. Rouchy, 1980.

la difracción, de la fragmentación o de la forclusión; sea por el desplazamiento de los personajes internos reencarnados que adquieren su sentido en sus relaciones. De este modo, pueden ser transferidos en el grupo no sólo objetos parciales o personajes, sino los elementos recompuestos de las redes de interacciones familiares. Esta sustitución puede incluso afectar principalmente a esas relaciones mismas: se trans- fieren las conexiones» (ibid., págs. 55-6). Freud, en el relato del análisis de Dora, no dice nada diferente: habla de las transferencias de la histérica y de la conexión entre estas. La utilidad de los conceptos de grupalidad psíquica y de aparato psíquico grupal aparece en esta necesidad de pen- sar las transferencias en la situación de grupo. El primero describe formaciones intrapsíquicas dotadas de propieda- des distributivas y permutativas; estas formaciones son mo- vilizadas como organizadores de los procesos de ligazón, contención y transformación interpsíquicos, o sea, la for- mación del aparato psíquico grupal. Estos dos conceptos es- tán construidos para dar cuenta de la clínica psicoanalítica grupal, es decir, para representarse y tratar movimientos de la realidad psíquica en un conjunto: lo que se produce en un lugar psíquico de este conjunto ocasiona sobre otros lu- gares de este conjunto un efecto de trabajo, y determina de ese modo la economía y la dinámica psíquica interferente para cada sujeto del grupo y para el conjunto considerado como tal. La transferencia en situación de grupo se caracteriza por el reemplazo sucesivo o simultáneo de la relación entre va- rios objetos organizados en las estructuras de un grupo in- terno, por la relación actuada e imaginaria establecida en el grupo con los diferentes objetos y vínculos que lo consti- tuyen. Vemos así que el grupo es el lugar de emergencia de con- figuraciones particulares de la transferencia. El psicoana- lista, por necesidad morfológica del grupo, no es el único ob- jeto de la transferencia. La critica referida a una noción de dilución de la transferencia impide comprender que se trata más bien de una difracción de las transferencias y de sus co- nexiones entre los objetos inconscientes del deseo. Esto im- plica desconocer la estructura y la dinámica propias de la transferencia en situación de grupo, y este desconocimiento está fundado en parte sobre el sentimiento de desposesión

que experimenta o puede experimentar el psicoanalista cuando se desplaza desde el sillón hacia el grupo. Más allá de este desconocimiento, queda pendiente reconocer los ob- jetos de la transferencia y su dinámica de conexión.

Incidencias de la especificidad de la transferencia sobre el proceso asociativo en los grupos

Esta difracción de la transferencia tiene una consecuen- cia fundamental sobre el proceso asociativo: corresponde al carácter disimétrico de las transferencias y de los trata- mientos de estas en la situación psicoanalítica de grupo. Mientras que los participantes establecen una interacción de palabras y encuentran, al menos durante cierto período o en ciertos momentos, respuestas en otros participantes, or- ganizando así un proceso de polílogo con sus estrategias de validación e invalidación, con el psicoanalista sólo pueden establecer, en la mayoría de los casos, una interacción ima- ginaria. En la medida en que la regla fundamental prescribe una restricción negativa sobre las modalidades interactivas e in- formativas de la comunicación, tiende a establecer, contra los efectos de grupo habituales, las condiciones de la expe- riencia psicoanalítica, pero con una particularidad ligada al principio según el cual unos responden, el otro no. Por eso, es decir, debido a la ausencia de respuesta a la comunica- ción habitual de parte del psicoanalista, y porque sus inter- pretaciones indican la dirección del sentido y de la escucha de los discursos, los intercambios de palabra y sentido que conciernen a cada uno en su relación con los otros y con el grupo, y más particularmente con ese otro que representa el psicoanalista, pueden ser transformados en atención conce- dida a la actividad de representación y a los procesos psíqui- cos que la determinan. Esta diferencia en las trabazones de transferencia y en el tratamiento que reciben de parte de los psicoanalistas, sostiene y especifica el proceso asociativo en el grupo.

Un caso particular: las intertransferencias entre psicoanalistas en grupo

Quisiera destacar otra particularidad de la transferen- cia en situación de grupo: corresponde a la incidencia sobre el proceso psíquico, sobre las transferencias y las resisten- cias, de la presencia de dos (o de varios) psicoanalistas en posición de analistas en un grupo. En estas condiciones, ca- da analista se expone a la mirada y la escucha del otro ana- lista, lo que inevitablemente lo remite, en un momento u otro, a su propia experiencia transferencia!, tal como se anudó y desanudó en su propia cura. Una situación semejante compromete la dinámica del conjunto del campo tránsfero-contratransferencial en pro- cesos que orientan el trabajo psicoanalítico de análisis y de interpretación hacia vías absolutamente originales: hace particularmente necesario el análisis de los movimientos transferenciales y resistenciales que se desarrollan entre los psicoanalistas, a partir de la dinámica y la economía de sus vínculos, y a partir de lo que los mantiene juntos en el gru- po, y recibiendo de ellos los efectos inducidos por su presen- cia en el dispositivo. He designado como intertransferencia el movimiento y los contenidos de transferencia de uno a otro por efecto de las transferencias de los miembros del grupo sobre los psicoanalistas. Llamé análisis intertransfe- rencial a la elaboración regulada por la función psicoanalí- tica en esta modalidad del dispositivo de grupo. 5 Ella impli- ca un análisis de los emplazamientos en el grupo. Aquí

5 Cf., sobre el análisis intertransferencial, mis estudios de 1976 y 1982. He definido más preci:oiamente intertransferencia como el estado de la realidad psíquica de los psicoanalistas según es inducida por sus vínculos

en la situación de grupo, frente a uno o varios sujetos. La intertransferen-

cia no puede ser considerada y tratada independientemente de la(s) trans- ferencia(s) y de la contratransferencia. Está hecha de los mismos consti- tuyentes, de las mismas apuestas con relación al devenir consciente:

quiere decir que es, a un tiempo, repetición y creación, resistencia y vía de acceso al conocimiento de los movimientos del deseo inconsciente. La in- tertransferencia se especifica por el hecho de que los psicoanalistas trans- fieren su propia organización intrapsíquica sobre sus colegas, por el hecho mismo de lo que es inducido por ta situación grupal, por las transferencias que reciben y por sus disposiciones contratransferenciales. Esta proble- mática fue puesta a prueba en algunos trabajos, principalmente por

A Missenard e Y. Gutiérrez (1989).

también, y en este aspecto particular de la técnica, la si- tuación psicoanalítica de grupo se distingue de la cura indi- vidual.

La consistencia de la realidad psíquica en los grupos

Lo que se califica como realidad psíquica en los grupos es

el objeto decisivo de nuestro debate, y de esto he comenzado

a tratar en El grupo y el sujeto del grupo. He querido poner

en evidencia:

la heterogeneidad de los espacios psíquicos intrapsíqui- cos y grupales; no son reductibles el uno al otro, pero es nuestra tarea pensar sus articulaciones; en esta articulación, debemos reconocer una función de- cisiva a la fantasía en su dimensión estructural y distri- butiva, según la versión que de ella da Freud en el análi- sis de la lengua fundamental de las fantasías schrebe- rianas y en el de la fantasía «pegan a un niño»; el doble eje estructurante de la posición del sujeto y de la organización del grupo: el eje de la alianza horizontal con lo mismo, sostenida por las identificaciones mutuas con la imagen del semejante; el eje de la filiación y de las afiliaciones, que inscriben al sujeto singular y a los gru- pos en la sucesión de los movimientos de vida y muerte entre las generaciones, es decir, en la cuestión de la he- rencia, el superyó y los ideales; la resistencia que opone a toda reducción imaginaria la opacidad del otro y de los otros, la consistencia de la rea- lidad psíquica que mantiene a los sujetos a distancia unos de otros. Es precisamente esta distancia lo que las ligazones imaginarias de grupo apuntan a abolir. Y en ello debe recaer precisamente el análisis.

En efecto, la ligazón y composición de las formaciones

y procesos psíquicos entre los sujetos se efectúan necesa- riamente para que se mantengan o transformen los víncu- los intersubjetivos en el grupo como conjunto. Este trabajo psíquico de ligazón y disociación, este proceso de transfor- mación se cumple mediante la construcción común de un

aparato psíquico de agrupamiento (o aparato psíquico gru- pal). Recuerdo brevemente sus principios: las formaciones de la grupalidad psíquica funcionan como organizadores de este aparato. El acoplamiento implica que algunas funciones psíqui- cas se vean inhibidas o reducidas y que otras, en cambio, resulten electivamente movilizadas, manifestadas y trans- formadas; el acoplamiento se efectúa según modalidades donde prevalecen, entre cada sujeto y el conjunto, o relacio- nes isomórficas (imaginarias, metonímicas), o relaciones homomórficas (simbólicas, metafóricas).

La historización y el trabajo de la intersubjetividad

Ese cuarto criterio de selección que las características de la situación psicoanalítica operan en la experiencia psíquica tiene sentido en el dispositivo psicoanalítico de grupo. Se comprende, según mi punto de vista, mediante el concepto de trabajo de la intersubjetividad. En efecto, las características de la situación psicoanalíti- ca grupal califican un régimen de trabajo psíquico particu- lar cuyos lugares, dinámica y economía se expresan en los términos de la intersubjetividad. Llamo trabajo de la intersubjetividad al trabajo psíquico del Otro o de más-de-un-otro en la psique del sujeto del in- consciente. El corolario de esta proposición es que la cons- titución intersubjetiva del sujeto (lo que define el concepto de sujeto del grupo) impone a la psique ciertas exigencias de trabajo psíquico: imprime a la formación, a los sistemas, instancias y procesos del aparato psíquico, y en consecuen- cia al inconsciente, contenidos y modos de funcionamiento específicos. El concepto de trabajo de la intersubjetividad admite co-) mo una consecuencia del concepto de sujeto del grupo la idea de que cada sujeto está representado y busca represen-~ tarse en las relaciones de objeto, en las imagos, identifica- ciones y fantasías inconscientes de un otro y de un conjunto de otros; asimismo, cada sujeto se enlaza en formaciones psíquicas de este tipo con los representantes de otros suje-

tos, con los objetos de objetos que alberga en sí y que enlaza entre ellos. El acceso al sentido es correlativo del acceso al juego me- tafórico entre el conjunto grupal y sus elementos.

El psicoanalista en situación de grupo

Esta cuestión se enuncia en dos tiempos: el primero tra- ta sobre el recorrido que lo lleva hacia el grupo; el segundo, sobre su función en la especificidad del espacio psicoanalíti- co en situación de grupo (transferencias y discurso asociati- vo, objetos y modalidades de la interpretación). El análisis del deseo que sostiene el lugar del psicoana- lista en la situación psicoanalítica determina el ejercicio de su función. La interrogación sobre este emplazamiento fan- tasmático es indisociable de la interrogación sobre la espe- cificidad de la función del psicoanalista en un grupo. Pero hay que interrogarse más a fondo: sólo la evidencia que la historia confiere al pasado nos hace creer que el lu- gar, y función, del psicoanalista en la cura no fue inventado, buscado y encontrado, y que estaría hoy perfectamente consolidado gracias a este origen mítico. Ahora bien, el de- bate teórico, clípico e institucional de estos últimos años lle- va a pensar lo contrario; este debate nace con el nacimiento del psicoanálisis. El lugar del psicoanalista en el grupo no escapa, al igual que el del psicoanalista en la cura, a la for- zosa precariedad de todo lugar de analista, aunque más no sea porque este lugar no puede ser fijado de una vez para siempre, por al menos la razón de que se sostiene en la dis- tancia entre el emplazamiento imaginario donde lo afecta la transferencia, y ese lugar de escucha y de palabra donde se constituye la función simbólica del psicoanalista, función adquirida por su propio trabajo del psicoanálisis. Allí donde se ubica el psicoanalista, allí pone en acción su deseo de ser analista. No ocurre de por sí que un psico- analista se instale en un grupo, aun cuando en este espacio diferente al de la cura se produzcan experiencias específicas del inconsciente, se manifiesten subjetividades hasta ahora desconocidas, se constituyan efectos de sentido y de análisis inéditos. Ya he mencionado la dificultad de afiliación que pueden suscitar este lugar y esta función, con relación a la

institución psicoanalítica. Más allá del modo en que fue tra- tada por los diferentes movimientos y las diferentes cultu- ras psicoanalíticas, esta dificultad mantiene abierta una cuestión de fondo: en realidad, ¿qué viene a hacer el psico- analista en un grupo? ¿Por qué se desplaza en él, qué em- plaza en él, en qué lugares lo llevan a ubicarse las caracte- rísticas formales de la situación de grupo? El psicoanalista se mantiene en una cierta tensión entre dos lugares necesarios y correlativos. En el grupo, es a la vez iniciador del proceso y está en una posición de retrac- ción, única que le permite escuchar, comprender e in- terpretar. A. Missenard (1972) observó que en el período ini- cial de los grupos se estimulan las identificaciones inmedia- tas, se abre ampliamente el abanico de los referentes identi- ficatorios; el pequeño grupo atrae al conjunto de los partici- pantes, incluido el analista, a una situación originaria, es decir, a una situación de comienzo. Observa también que el pequeño grupo hace vínculo entre el analista y los partici- pantes, en el sentido de que es entre ellos un objeto común y tercero. Yo agregaría que debe mantenerse en esta posición para que el proceso analítico pueda funcionar. El lugar del psicoanalista en el grupo se analiza a partir de esa tensión que nace, en último análisis, de lo que él ofre- ce a la demanda de que haya un psicoanalista en un grupo. Una fantasmática organiza esta oferta y esta demanda: una emergencia es provista por los términos con que se designó a sí mismo o se dejó nombrar durante todo el tiempo en que la posición psicoanalítica sobre el grupo se desprendió de las perspectivas de la psicología social: líder, monitor-anima- dor. Esta herencia semántica no es sólo una huella de la his- toria. El psicoanalista se ve confrontado con la fantasía de fun- dar o dirigir un grupo, de ser su jefe. ¿Será esta fantasía y esta transferencia residual la que lo hace desplazarse del si- llón de la cura individual hacia el grupo: para conducirlo, enseñarle, cuidarlo? ¿Para fundarlo, refundarlo o disolver- lo? ¿Para fundar su propio grupo: hacer escuela? La práctica del análisis de las transferencias cruzadas que se movilizan cuando varios psicoanalistas en situación de grupo colaboran, devela esta fantasía: después de Freud, respaldándose en él, pero también contra él, instituir un grupo donde el psicoanálisis se haría entre todos, cada uno

alternativamente en posición de analizando y de analista, como en el origen (supuesto), como en la época de las reunio- nes de los Miércoles o del Comité, como en la época del viaje a América donde, mucho antes de que los surrealistas lo hu- bieran recomendado a las familias, Freud, Jung y Ferenczi se contaban y se interpretaban por la mañana sus sueños de la noche. No es imposible que esta ficción sostenga el empla- zamiento imaginario del psicoanalista en los grupos: ¿si- tuarse en el lugar originario donde los sueños se fundan, se forman y fusionan, en una comunidad de soñantes e intér- pretes? ¿Sería el lugar del adivino del pueblo, el del sacerdo- te-taumaturgo de los templos de Epidauro o de Pérgamo? El agrupamiento y el grupo suscitan tales ofertas de lugares. En ello se empeñan los sujetos del grupo. El psico- analista es convocado siempre a estos emplazamientos fan- tasmáticos: gracias a estas demandas entre otras, se consti- tuye la resistencia, es decir, la transferencia. El psicoana- lista no puede ocupar realmente ninguno de los lugares que le son asignados en la transferencia: en esto, falla. Sólo puede dejarse representar figurando el del Otro y de más- de-un-otro. Para que esos lugares puedan ser traducidos e interpretados, él no puede coincidir con ninguno de ellos, a fortiori los del caudillo o del jefe. Los rasgos morfológicos de la situación de grupo sobre- determinan esos emplazamientos. El grupo es un conjunto de varios sujetos reunidos simultáneamente por el psico- analista, que se encuentra así situado en la transferencia como el origen de la reunión. Esta copresencia de los «miem- bros» del grupo con el mismo psicoanalista es uno de los so- portes de las identificaciones entre los participantes, uno de los elementos fundamentales del campo transferencia! y contratransferencial en situación de grupo. Esta particula- ridad del espacio psíquico produce efectos específicos de la regresión, de las identificaciones y de los mecanismos de de- fensa. Otras particularidades dependen de la movilidad (habitual) de los emplazamientos físicos en el grupo. He destacado qué incidencias psíquicas tiene, sobre el proceso de grupo y especialmente sobre el proceso asociativo, la po- sición frontal, entre otras frontales, móvil, entre otras igual- mente móviles, del psicoanalista. ¿Al lado y frente a quién se sitúa, o se encuentra situado en el espacio del grupo?

¿Qué cumple y qué induce al desplazarse, qué deja ver de su cuerpo? Aun cuando las respuestas que podemos esperar no des- vían probablemente la concepción de las metas y de la natu- raleza del trabajo psíquico en los grupos dirigidos según el dispositivo psicoanalítico, es importante medir los efectos de tales fenómenos sobre el desarrollo del proceso (las aso- ciaciones en la transferencia). Sabemos desde hace ya una veintena de años que la pluralidad de los sujetos reunidos frente a frente en el grupo crea las condiciones de fenóme- nos con que el psicoanalista se ve confrontado: su presencia corporal frontal, el apuntalamiento visual que esta ofrece a la mirada de los otros plantea la cuestión de lo que él sostie- ne y de lo que él rechaza en los juegos de la seducción espec- tacular, en el desarrollo de las identificaciones especulares y de la «función-espejo» que el grupo parece convocar particu- larmente. 6 No debemos recusar estas dimensiones -¿cómo podríamos?- sino comprender sus efectos para tratarlos y retomarlos en el curso del análisis; debemos comprender cómo juegan, en el dispositivo de grupo, las puestas en esce- na del cuerpo y las puestas en actos de palabra en los proce- sos de puestas en representación endopsíquica. Es en esos términos como me parece plantearse la cuestión del espacio mental de que dispone el psicoanalista en grupo, para dar curso a su atención parejamente flotante y disponible a sus libres movimientos asociativos. Todas estas cuestiones, aquí en estado de esbozo, tienen una incidencia sobre la función psicoanalítica del psicoana- lista. Se han precisado, complejizándose, con la descripción de las modalidades de la transferencia y del proceso asocia- tivo en situación psicoanalítica de grupo. Las respuestas que he intentado aportarles permiten cualificar las metas de la situación psicoanalítica de grupo.

Metas de la situación psicoanalítica de grupo

La situación psicoanalítica de grupo, en cuanto tal, no tiene otra meta que posibilitar la experiencia del incons- ciente, en las formas y los procesos que allí se manifiestan

6 Cf. el trabajo

de M. Pines (1983) sobre la

función-espejo en los grupos .

para los sujetos que son parte constituyente. Implica sin embargo metas manifiestas «de tipo terapéutico» o «de tipo formativo o didáctico», y en esas condiciones, lo mismo que en la cura individual, está entonces más expuesta a efectos de norma ideológica. El propósito principal de la situación psicoanalítica de grupo no podría ser posibilitar la experiencia de un «buen» funcionamiento de grupo, proponer una experiencia de adaptación del yo a las normas de grupo o un aprendizaje del manejo de los fenómenos de grupo. Aunque es claro que uno u otro de estos propósitos está generalmente incluido en la. demanda, y que el desarrollo del proceso de grupo da ocasión para satisfacer uno u otro de esos fines, la suspen- sión metodológica de su realización mantiene la situación psicoanalítica ordenada a su objetivo principal: el análi- sis de los vínculos que se constituyeron en el espacio de la transferencia y de la contratransferencia, el desligamiento de las investiduras y representaciones, de los pactos y con- tratos concluidos en el grupo y que sostienen sus apuestas. Se trata, pues, de des-agrupar, para cada sujeto del grupo y en el grupo como tal, en las correspondencias de acopla- miento entre la grupalidad psíquica y el agrupamiento de los sujetos, lo que se apuesta en el grupo en cuanto a los efectos del inconsciente producidos en él. La función de suspensión metodológica de los propósitos no psicoanalíticos es neutralizar los efectos de los campos extra.psicoanalíticos interferentes sobre la situación: este abordaje a-social (o a-pedagógico) del grupo no significa que las dimensiones interferentes de la realidad social se desco- nozcan, que el psicoanalista las trate al modo del rechazo o de la renegación. Por el contrario, son conocidas en su apor- te de apuntalamiento a la formación de la realidad psíquica,

y en su utilización por la resistencia al conocimiento de la

realidad del inconsciente. Otro desvío descalificante de la si- tuación psicoanalítica de grupo es la reducción o la asimi- lación de esta a la situación de la cura individual. Estos dos desvíos extremos tienen como consecuencia el escamoteo o

la perversión del objeto propio de la situación psicoanalítica

de grupo.

Observaciones sobre la constitución de los protocolos clínicos y su procedimiento de análisis

Llamo clínica psicoanalítica a lo que se produce en el en- cuentro de los sujetos en el encuadre de la situación psico- analítica. ¿Cómo dar cuenta de la clínica, con qué catego- rías, con qué aparato de referencia teórica? Los conceptos nacidos de la psicopatología psicoanalítica, ¿tienen un sen- tido y una pertinencia aplicados al grupo, o aplicados a cada sujeto del grupo? Son raras las elaboraciones sobre estos in- terrogantes. 7

La elección de las situaciones de grupo

Las referencias clínicas sobre las que me apoyo en esta obra estuvieron constituidas por protocolos tomados de mi práctica psicoanalítica de grupos, del psicodrama y del tra- bajo de duración prolongada en instituciones de tratamien- to psiquiátrico. Preferí no obstante conservar cierta homo- geneidad de referencia a un solo dispositivo de grupo; esta elección permitirá decir a otros investigadores si las pro- posiciones que he despejado pueden transponerse, y dentro de qué límites, a otros dispositivos. He elegido asimismo atenerme, en la casi totalidad de los casos, a grupos estruc- turados por la regla de asociación libre verbal. El psicodra- ma psicoanalítico «individual» o «de grupo» introduce varia- bles tales que requieren un cuerpo de hipótesis específicas para dar cuenta de las correlaciones asociativas (en conti- nuidad, yuxtaposición, contraste u oposición) entre la pala- bra, el juego, la puesta en escena de los cuerpos. Esta aso- ciación de formas, acciones y palabra especifica la multitud de estructuras de grupos llamados «de mediación» no ver- bal; el análisis de los procesos asociativos apenas ha comen- zado y tropieza con la imprecisión de los enunciados que estructuran el <lispositivo de grupo. He conservado cierta homogeneidad en la elección de las

situaciones de grupo de breve duración, por dos razones.

7 Acerca de la regresión en los grupos: S. Freud, 1921; W. R. Bion, 1952; S. H. Foulkes, 1964; R. Kaes, 1973, 1993.

La primera, circunstancial, es que mi práctica psicoana- lítica grupal se ha desarrollado preferentemente, pero no exclusivamente, en este tipo de dispositivo. La segunda es más fundamental: en los grupos de breve duración, los pro- cesos de acoplamiento psíquico intersubjetivo son particu- larmente estimulados, intensa y rápidamente. Los grupos llamados «de formación», cuyo término está fijado por anti- cipado, presentan así características que podrían oponerse punto por punto a las características temporales del disposi- tivo psicoanalítico de la cura. Sin embargo, estas oposicio- nes corren el riesgo de enmascarar lo esencial: las especifici- dades formales de esos grupos son particularmente apro- piadas para activar y manifestar los procesos intra e inter- subjetivos del acoplamiento psíquico del grupo. Son metodo- lógicamente apropiadas para el desarrollo de una situación psicoanalítica original, en el marco de la cual se producen efectos de análisis de los vínculos del sujeto del grupo con la realidad psíquica grupal. Esta particularidad de la dimen- sión temporal acentúa ciertos procesos y ciertas formacio- nes psíquicas movilizadas con preferencia en los vínculos intersubjetivos: A. Missenard (1976) puso particularmente en evidencia la necesidad en que se encuentran los sujetos ubicados en esta situación de reencontrar y construir juntos referentes identificatorios, en cierta urgencia por restable- cer los límites de su yo, por constituir objetos, continentes y contenidos. El yo de los participantes es puesto a prueba por la situación incierta de un frente a frente plural, aún no su- ficientemente dispuesto en grupo para producir acomoda- mientos defensivos o creadores contra las angustias sus- citadas por este encuentro violento; esos referentes, esos límites y esos continentes de urgencia son encontrados- creados en cada uno y al mismo tiempo que se construye la situación del grupo; son producidos en el proceso intersubje- tivo y lo sostienen. La limitación de la duración interviene así como factor de una regresión tópica y formal de inten- sidad variable, de cualidad y recursos desiguales en los par- ticipantes. Pero moviliza también procesos de trabajo psí- quico de una cualidad original que corresponde al régimen específico de la temporalidad en los grupos (Kaes, 1984). La contrapartida negativa de este tipo de protocolos es que no siempre disponemos de elementos muy precisos

sobre la historia (pero no sobre la estructura) de las psiques individuales. No obstante, suele ocurrir que esos datos es- tén disponibles. En cualquier caso, se impondrá la puesta a prueba de las hipótesis que he formulado en otros dispositi- vos de grupo (grupo de duración prolongada, grupo con psi- codrama, trabajo psicoanalítico de grupo con una familia, grupo de niños, etcétera). En la mayoría de las situaciones sobre las que se apoya

mi investigación, participé en la situación psicoanalítica

con un(a) colega psicoanalista. En las investigaciones que

he

efectuado, el análisis de las intertransferencias ha sido

un

elemento decisivo de mi interés por el proceso asociativo

y de mi método para desplegar su análisis.

Constitución de los protocolos

Los protocolos en que descansa mi investigación, y de los que en esta obra presento sólo algunos, son de naturaleza y precisión variables: en el período inicial de mis investigacio- nes practiqué registros exhaustivos de los discursos acom- pañados de observaciones sobre el trabajo de los psicoana- listas, sobre datos extralingüísticos (emplazamientos es- paciales, gestualidad y mímica). En ciertos casos, y en el curso de este período experimental, se efectuaron entre- vistas y exámenes psicológicos antes y después del proceso de grupo. Procedí de otro modo después y a partir de 1970:

tan pronto relatos parciales pero suficientemente informa- dos de sesiones o de secuencias de sesiones como transcrip- ciones precisas de fragmentos de sesiones. He dado cada vez más importancia al análisis de los movimientos contra- transferenciales y, en este caso, intertransferenciales. Tuve también ocasión de trabajar, en la situación psicoanalítica de la cura individual, con analizandos que hicieron una ex- periencia en situación de grupo e, inversamente, con pa- cientes que habían hecho una cura individual antes de hacer una experiencia de trabajo psicoanalítico en gru- po. Los problemas planteados por la constitución de estos protocolos apenas están esbozados; serán objeto, ulterior- mente, de una publicación centrada en los aspectos cru- ciales de la formación y el desarrollo de la metodología,

del marco de referencia teórica y de la ética del psicoana-

lista.8

Procedimiento de análisis

El análisis del «material», para mí indisociable del análi- sis de la contratransferencia y, en este caso, de la inter- transferencia, se funda en mi experiencia de la escucha psi- coanalítica en su particularidad de ser oída de nuevo en la escucha de otro psicoanalista, ya sea en la situación misma, ya sea fuera de la situación. Sin duda, debería aportar aún algunas precisiones en cuanto a mi investidura y a mi inte- rés por la escucha de los discursos asociativos plurales, por cuanto estos estructuran mi método. Actualmente, sólo pue- do exponer sus efectos de trabajo, exponiéndome a manifes- tar sus dificultades y sus límites. En el procedimiento de análisis del material asociativo debieron respetarse tres tipos de coacciones:

las coacciones de la linealidad de los enunciados: es ne- cesario recoger con la mayor aproximación la enuncia- ción de las secuencias asociativas, su organización sin- táctica, su ciclo y su relación de orden, su recurrencia en las «series», los elementos que constituyen el indicio de un punto nodal; las coacciones de la sincronía de ciertas enunciaciones: es preciso registrar las simultaneidades de las asociacio- nes, pero sobre todo su composición en la interdiscursivi- dad, sus transformaciones y las insistencias procedentes de varios sujetos. La atención a esta coacción es la vía de acceso a los organizadores estructurales que ordenan las correspondencias de las asociaciones; las coacciones de los efectos de resignificación: las sig- nificaciones comprometidas en el proceso asociativo im- plican a las asociaciones según una temporalidad que corresponde a los movimientos del levantamiento o del reforzamiento de la represión. Las significaciones son

8 Sobre algunos problemas planteados por la constitución de los protoco- los clínicos, cf. Kaes, 1976, en R. Kaes y D. Anzieu, 1976, introducción; E. Pozzi, 1987.

transformadas en sentido, en el tiempo de la resignifi- cación.

Estas coacciones deben ser transformadas en instru- mentos de la investigación: mi memorización de ciertas se- cuencias asociativas se produjo en la resignificación de las sesiones, a veces incluso en el curso de mis asociaciones du- rante sesiones de cura individual. En ciertos casos, en su mayoría no publicados, he con- frontado mi método con el del análisis interlocutorio que propone el psicosociolingüista A. Trognon. Como ya había advertido su interés en trabajos anteriores, cuando tuve ocasión de confrontar mi método de análisis de los cuentos con el del abordaje estructural, obtuve a cambio, por lo me- nos, algunas orientaciones para poner a prueba ciertas di- recciones de la investigación.

Escribir y publicar la clínica de grupos: problemas

Las exposiciones clínicas que siguen plantean algunos problemas metodológicos, técnicos y deontológicos: ¿cómo constituir, analizar y publicar un protocolo clínico que des- cribe, comenta e interpreta una situación de grupo? No es- toy en condiciones de responder en este momento a esa pre- gunta, pero espero que podrá ser planteada con mayor pre- cisión y recibir algún principio de respuesta al término de este estudio. Efectivamente, tales protocolos plantean, com- plicándolo, el problema de toda escritura de una experiencia psíquica, 9 de una experiencia psíquica plural, compartida, necesariamente irreductible a un relato realizado desde un solo punto de vista, el del psicoanalista: ¿de quién, de qué, para quién y en nombre de quién expone lo que escribe, lo que transcribe? ¿Cómo dar cuenta de procesos y experien- cias que son los de una pluralidad de sujetos, y ante todo có- mo escuché yo aquello cuya huella transmito aquí? ¿Quién habla, cuándo, a quién, con qué efectos manifiestos u ocul- tos, inmediatos o diferidos, y cómo seguir este hilo, sus liga-

9 «¿Cómo decir?.,, se pregunta recientemente D. Anzieu (1990), buscando un estilo de relato apropiado a este objeto tan particular como es la expe- riencia psicoanalítica de la cura.

mentos, proliferaciones, nudos, blancos? ¿Cómo voy a dar cuenta de la simultaneidad de discursos y de lo que oigo en

mi escucha de lo que dicen, con lo que no dicen, con lo que

contradicen sin saberlo o sin querer saberlo, o con aquellos a quienes no oyen? Y más: ¿cómo memorizar tales secuencias y dejar jugar en las rememoraciones posteriores a la sesión

los

efectos de resignificación, el trabajo de la represión, de

mi

propia represión y de la de los otros, y precisamente ahí

donde, por ciertas alianzas, está ligada a la mía? Interroga- ciones que, evidentemente, habrá que retomar un día con

un inicio de hipótesis sobre la escucha y sobre «la escucha de

la escucha» en situación de grupo. 10 Finalmente, ¿cómo hacer público un protocolo de tal modo que se preserve el anonimato de cada uno de los suje- tos? Un protocolo clínico de grupo expone a un conjunto de sujetos ligados entre sí por una historia común: se necesitan ciertos disfraces para no develar los unos a los otros y, en principio, la experiencia y su publicación deben estar sepa- radas por un plazo de diez años.

1 0 Según la perspectiva introducida por Haydée Faimberg.

3. Organizadores psíquicos y emplazamientos subjetivos en el proceso asociativo grupal

El grupo con Solange, o el porta-palabra

«Naturalmente, un caso aislado no nos enseña todo lo que quisiéramos saber. O, más precisamente, podría enseñarnos todo si estuviéramos en condiciones de comprender todo, y si la inexperiencia de nuestra propia percepción no nos obli- gara a conformarnos con poco».

S. Freud, «El Hombre de los Lobos»

Una situación clínica relativamente simple pondrá en evidencia la disposición del proceso asociativo en los grupos y el papel que cumplen en él algunos miembros. El análisis de esta situación permitirá poner a prueba algunos de los conceptos que he expuesto en los capítulos precedentes. Se tratará de despejar la función organizadora que cumple aquí una fantasía inconsciente: la doble inscripción de esta fantasía en el espacio intrapsíquico y en el espacio intersub- jetivo revela, en relación con la función intermediaria de un porta-palabra, algunos aspectos de la posición del sujeto del grupo.

Presentación del dispositivo y de la situación

Una asociación tiene como objetivo proponer a las perso- nas que desean incluirse hacer la experiencia del incons- ciente en una situación de grupo y elaborar sus efectos en los diferentes niveles donde se producen: personales, inter- subjetivos y grupales. Se reúne una docena de personas; no tienen entre sí relaciones de intimidad, familiares o je- rárquicas; no son seleccionadas mediante una entrevista

previa. Las sesiones se suceden en tres, cuatro o seis días, a razón de cuatro sesiones de una hora y cuarto por día: dos por la mañana y dos por la tarde. Los participantes se reú- nen en la misma sala, a las horas convenidas por anticipa- do; están sentados, frente a frente, 1 en general dispuestos en un círculo (sea porque los asientos están distribuidos así, sea porque ellos mismos los disponen en esta forma). Entre las sesiones hay pausas de media hora. Las comidas no es- tán organizadas para hacerse en común. Estos grupos se proponen, por lo general, como grupos de formación; esta designación implica cierta ambigüedad cu- yos efectos deben detectarse en la situación y en el proceso que allí se desarrollan. La ambigüedad del lado de «la ofer- ta» es que el dispositivo y la situación propuestos por los psi- coanalistas son ante todo pensados y puestos en marcha por ellos en un registro que se podría calificar como el de lo Ne- gativo, en el sentido de que la experiencia no apunta a dotar a los participantes de una «forma» de saber y, a fortiori, de comportamiento que los psicoanalistas tendrían que trans- mitirles. Más bien tiene como proyecto permitirles experi- mentar y pensar ciertos efectos de de-fonnación 2 en sus re- presentaciones e identificaciones; a partir de esos efectos puede producirse un trabajo psíquico de la cualidad especí- fica que hace posible una situación psicoanalítica. Estos grupos «de formación» tampoco se proponen como grupos de finalidad terapéutica, aun cuando la demanda que parece encontrar en esta «oferta» una adecuación puede nacer de un sufrimiento patológico, y aun si en ocasión de esta expe- riencia se producen efectos terapéuticos o de tratamiento psíquico. Por último, estos grupos no se proponen como grupos de psicoanálisis, en el sentido de una cura psicoana- lítica a través del grupo, lo que no impide que, para algunos sujetos, tengan sobre su organización psíquica un efecto de análisis, ya sea antes de una cura individual, ya sea -y en ciertas condiciones- durante una cura, ya sea también des-

1 Salvo excepción, he utilizado con fines de estudio un dispositivo en el que los participantes están dispuestos en círculo, de espaldas; doy cuenta de la situación desarrollada en tal dispositivo en el capítulo 5, págs. 174-6,

200-12.

2 He propuesto analizar este proyecto como trabajo de la fantasía «(de)forman a un niño» (1975), retomado en R. Kaes y D. Anzieu, 1976, reedición de 1984.

pués de una cura. Los efectos propiamente psicoanalíticos no son, pues, despreciables. He mencionado en el capítulo anterior que la situación psicoanalítica de grupo está estructurada por el enunciado de las reglas que definen el encuadre de la experiencia y permiten poner en marcha su proceso. Estas reglas son di- chas, al comienzo de la primera sesión, por el psicoanalista o por los psicoanalistas que garantizan la función psicoanalí- tica en la situación. Para que se produzcan los efectos de trabajo psíquico, y para que esté asegurada la función psico- analítica que garantiza sus condiciones, es importante que las reglas constitutivas de la situación 3 se acompañen de la suspensión de cualquier otro objetivo que el de posibilitar a los sujetos la experiencia (en el sentido de vivenciarlo) del inconsciente, y el pensamiento de sus efectos en el grupo y para cada uno. En la situación a que voy a referirme, éramos dos psico- analistas, ambos miembros de la asociación que organiza este tipo de grupos; a fin de preservar todo lo posible el ano- nimato de los participantes, y para mantener el sentido de las equivalencias homofónicas que revelaron su importan- cia en los nombres de pila de algunos de ellos, llamaré Sophie a mi colega psicoanalista. En este grupo se habían inscripto diez participantes. Para reflejar lo mejor posible nuestra disposición interna en el momento de comenzar el grupo, debería escribir más bien que esperábamos, para un grupo de cuatro días, a diez par- ticipantes, diez desconocidos para nosotros y para ellos mis- mos. Algunos están ya ante la puerta de la sala cuando lle- gamos para abrirla; otros llegarán cuando estemos ya insta- lados en nuestros asientos, silenciosos. Nueve de ellos están presentes cuando Sophie y yo enunciamos las reglas consti- tutivas de la situación, tras recordar que los participantes demandaron inscribirse en este grupo y tras haber precisa- do los elementos constantes del dispositivo: lugar, horario de las sesiones [séances], duración de la «reunión» [session]. Los participantes son invitados a decir y sólo decir lo que les viene a la mente: lo que se les presenta, tal como les llega, sin crítica ni restricción. Correlativamente, ambos psico-

3 Las reglas constitutivas de la situación, y no del grupo, que se organi- zará según otras lógicas asociativas.

analistas sólo tendrán con los participantes relaciones de palabra y solamente durante las sesiones. Estos dos enun- ciados formulan la regla fundamental y la regla de absti- nencia. Son las dos reglas indispensables. Otras dos reglas --o más bien dos recomendaciones- se enunciaron al comienzo de esta sesión; una es llamada «de discreción»: se invita a cada uno a mantenerse discreto, fue- ra del grupo, respecto de las personas que conocen en él; la otra, llamada «de restitución», propone que lo que pudiera decirse fuera de las sesiones entre los participantes, duran- te las pausas, retorne en sesión. 4

El grupo con Solange: las cuatro primeras sesiones

Limitaré mi exposición a las cuatro primeras sesiones del primer día, centrándola en el proceso asociativo, la for- mación del aparato psíquico del grupo, la función y el lugar que toma una participante, Solange. Volveré posteriormente sobre la exposición clínica de es- ta primera jornada, cuando, en el próximo capítulo, mi aná- lisis se focalice sobre la posición de Marc y sobre el trabajo intersubjetiva de perlaboración del trauma cuyo porta-sín- toma, o porta-nombre, es este participante.

Primera sesión

Un largo silencio sigue al enunciado de las reglas. Es in- terrumpido por Jacques, quien pide que se haga «Una ronda

4 Por mi parte, renuncié después a considerar esta última proposición como una verdadera regla. El efecto de coacción que produce, refuerza inú- tilmente las interpretaciones superyoicas de la regla fundamental. Sos- tiene además la persecución asociada a la paradoja según la cual las sesio- nes tienen un límite y a la vez no lo tienen. Prefiero considerar que la si- tuación de grupo puede suscitar desplazamientos específicos, intercam- bios de palabra oactings fuera de sesión, que no debemos «inducirlos», que sus efectos deben experimentarse antes de ser interpretados, llegado el momento, en la transferencia.

de nombres para saber a quién uno se dirige, quién habla a quién»; necesita estos «puntos de referencia» para avanzar. Es común que se haga esta propuesta en la primera se- sión: a menudo se sugiere una «lista», se solicitan presenta- ciones; a veces estas se satisfacen parcialmente, pero es fre- cuente que se rechacen. Jacques emplea una expresión inu- sual al insistir sobre los nombres, que fija momentánea- mente mi atención; pero la moviliza más aún el hecho de que su proposición «saber quién habla a quién» entra en re- sonancia asociativa con la preocupación que me acompaña en esta época y que siento al venir a este grupo: cómo funcio- na, precisamente, el proceso asociativo. Sorprendido por la fórmula de Jacques, admito que él no sabe nada de mi inte- rés por esta cuestión; pero no excluyo que, cuando enuncié la regla fundamental, ciertas entonaciones hayan dejado traslucir un signo apenas perceptible, salvo para él, de mi investidura; si la hipótesis es plausible, la pregunta subsis- te: ¿por qué él? La demanda de J acques queda en suspenso durante cierto tiempo. Una joven, Sylvie, que había llegado después de que hubiéramos enunciado las reglas y mencionado las disposiciones de tiempo y lugar, dice que, al llegar a este grupo silencioso, se preguntó, escrutando los rostros y las posturas, quién es el «monitor» y quién es la «monitora». 5 Cree saber quién es el monitor, alega la edad, su apariencia física, su aspecto «vagamente despreocupado»; pero duda aún entre dos mujeres para «elegir» a la que sería la monito- ra: esta («¿Cuál es su nombre?» - «Solange») o aquella («¿Y usted?» - «Michele» - «Gracias»). Tomando el hilo, Jacques propone que se continúe la «ronda de nombres», pero no tiene eco. Los participantes es- tán más bien movilizados por la pregunta que se hizo Syl- vie; varios de ellos que no nos habían visto abrir la puerta se habían planteado la misma pregunta-adivinanza, en el si-

5 Estas denominaciones son una herencia de la práctica psicosociológi- ca de los grupos de formación. Los «monitores» eran los que sostenían el aprendizaje del diagnóstico de los fenómenos de grupo en los ciclos de «Training group• de orientación lewiniana. Los psicoanalistas que efec- tuaron la conversión psicoanalítica de las prácticas de grupo en Francia, al comienzo de la década de 1960, mantuvieron la marca de este origen, cul- tivando a la vez cierta resistencia a decirse psicoanalistas en situación de grupo.

lencio del comienzo de la sesión, antes de que habláramos. Ahora saben, puesto que nos escucharon formular las re- glas. Esos enunciados orientan mi escucha hacia el esbozo de una sucesión asociativa regida por el movimiento de la transferencia: varias personas se reconocen en la pregunta de Sylvie, pero no responden a la pregunta de Jacques. Al centrar su pregunta sobre la «monitora», Sylvie intenta, no tanto conocer lo que esta es para ella, como identificar a una desconocida, eliminar una incertidumbre. Al tomarla por otras dos, expresa su dificultad, dobla la apuesta, a menos que la divida en dos. No se trata, pues, solamente de «locali- zar» una función encarnada por una mujer, sino de recono- cer un rostro desconocido, reducir la distancia entre la in- certidumbre y la expectativa surgida de un rostro que ten- dría los rasgos de un objeto interno. Por eso nadie va a responder directamente a la pregunta que Sylvie se plantea y que interesa a todos; ella deberá per- manecer en la incertidumbre, mientras que los otros, sa- biendo que saben, mantienen por su silencio un vínculo pri- vilegiado con Sophie, cuyo nombre no será pronunciado. Más tarde, en el tercer día, Sylvie sabrá que ha sido casti- gada por su atraso y por su desenvoltura, con ese silencio ce- losamente guardado sobre un saber compartido. Sabrá previamente, por una interpretación de Sophie, que su ten- tativa de identificar a la pareja, y especialmente a la mujer desdoblada en otras tantas rivales, la hizo de entrada porta- dora de un deseo contra el cual se movilizaron las resisten- cias. Los participantes sabrán que en aquel momento fue- ron atrapados en un efecto de grupo -alianza inconsciente primera, constituyente, resistencia}, cuyo sentido se desple- gará luego, en apres-coup. En este momento de la sesión, podemos suponer que el silencio está completamente ocupado por la represión de este fugitivo y peligroso «reconocimiento» en Sylvie de un movimiento de transferencia; ese silencio será interrumpi- do por Marc: siente, dice, un vago malestar, ya no puede pensar, «hilar dos ideas seguidas», tiene «la cabeza vacía». Boris expresa el mismo «sentimiento»: ya no sabe muy bien dónde está ni quién es. Uno y otro se encuentran concordan- do sobre una fórmula de Marc: perdieron sus «puntos de referencia•>, están «fuera de sí». Recuerdo entonces que

Jacques, el primero, mencionó su necesidad de referentes para justificar su propuesta de una «ronda de nombres». Una secuencia asociativa bastante larga, a la que contri- buyen varios participantes, retoma esas palabras que insis- ten sobre la confusión, la pérdida de referentes, la desorien- tación, el «fuera de sí». La polisemia de esta expresión* deja asomar la cólera en este sentimiento de desorganización caótica que expresan en varias ocasiones Marc y Boris. Por el momento, no intervengo, no señalo este doble sentido, na- da me parece hacerlo necesario. Estoy movilizado por esta irrupción bastante intempestiva de un malestar que perdu- rará hasta el final de la sesión. La representación que tengo en ese momento es que, efectivamente, los participantes han perdido sus «referentes identificatorios» y que buscan reencontrarlos; estoy atento a la diferencia de las preguntas que plantean Jacques y Sylvie, a la violencia de la expresión del malestar en Marc y Boris, a la transferencia de Sylvie sobre nosotros, en especial sobre Sophie.

Segunda sesión

Desde el comienzo de la sesión, Solange repite su nom- bre, esta vez voluntariamente, aclara, y no por el efecto de la pregunta de Sylvie; agrega de inmediato que se sintió intri- gada, incómoda e incluso bastante angustiada cuando Syl- vie la tomó por Sophie. Se preguntó qué parte podría corres- ponderle en «esta equivocación», sI ella tiene «algo» que ver con eso. Sylvie Ieresponde-c~nperspiCacia: «Quizás hay al- go más entre ustedes dos que la primera sílaba de sus nom-

bres Silencio de Solange, que retoma su idea de «e<I!livoca- ción»: vino a este grupo con una expectativaprecisa, para iíieer un «aprendizaje del hablar-bien». Hablar bien que necesita sobre todo para ejercer su profesión; de esta no dirá nada, ni espontáneamente ni ante la pregunta de algunos que, como Michele en particular, insistirán en vano para saber más. Solange dice que, pensándolo bien, no es tanto su profesión lo que importa sino las palabras para decir lo

».

* Esta expresión, hors de soi, significa tanto furioso como presa de agita· ción, extravío o anonadámiento. (N. de la T .)

que siente: un «paquete que hay que deshacer», palabras para nombrar lo que la hace sufrir y de lo que nada puede decir, decirse a sí misma. Comienza a darse cuenta de que quizá no es sólo para «hablar bien» por lo que está aquí en este momento. Esto, hace una hora no lo sabía. Se le ocurrió cuando Marc dijo que estaba «fuera de sÍ»; entonces había traducido: al lado de sí mismo, como si tuviera un doble. Entonces la afectó, retroactivamente, haber sido objeto de una equivocación cuando Sylvie imaginó que ella podía ser Sophie. Sean- gustió por eso. Tras un breve tiempo de silencio, alguien le dice que ella no escuchó lo que le sugirió Sylvie acerca de la inicial de los nombres. Parece que no es la única que no escuchó, varios ya no lo recuerdan, y comienzan los intercambios para recu- perar lo que dijo Sylvie, quien no interviene en el debate; se prepara así en el grupo un lugar de silencio y de supuesto saber, lo que adquiere sentido en la transferencia sobre So- phie, en adelante «localizada»* por ella como la «monitora». Solange declara que esta equivocación la llevó a sentir cierta decepción respecto del grupo. De inmediato, Sylvie recoge el término en su sentido más crudo para ella: «Ah, ¿sil ¿decepción, quizá, de no ser realmente Sophie?». Solan- ge, en voz baja y con un tono defensivamente desafectado que me llama la atención, responde que a ella le hubiera en- cantado ser Sophie. Sylvie triunfa al haber dicho una ver- dad sobre Solange y al haberse evitado saber algo que le atañe a ella misma. Muy pronto, Solange se recupera de su breve doblegamiento depresivo: con voz más tónica dice que decidió quedarse en este grupo «pese a esa decepción»: es decir, no es un grupo para «hablar bien» y ocurre otra cosa, que la sorprende. Se ha sentido muy interesada por lo que ocurrió entre Marc y Boris, su modo de devolverse la pelota y decirse mutuamente lo que sentían, que habían perdido sus referentes: como ellos, ya no sabe dónde está. Solange identificó sin duda con rapidez, por un rasgo común con ellos, la relación Marc-Boris como una relación de doble: ella misma está atrapada en esta relación con res-

* En francés, «repérée,,, lo que enlaza esta expresión con la pérdida y/o búsqueda de «referentes• (reperes) que ya insistía en las asociaciones. (N. de la T.)

pecto a Michele y con respecto a Sophie. De pronto se encon- tró con que ocupaba un lugar en la fantasía de Sylvie, pQr lo tanto en su deseo, en esta relación de identificación simé- trica mutua. Podemos suponer que está angustiada por con- frontarse directamente con lo que representa para ella esta relación de doble; también podemos formular la hipótesis de que se ve atraída a la vez a sus identificaciones homosexua- les con el semejante (hermana) y con la imago materna de su deseo edípico: sentiría entonces que su identificación con la madre coloca a su objeto idealizado «fuera de sí», a una distancia que la angustia, probablemente en un reparto con rivales que la privan de él. No consigo transformar estos esbozos de pensamiento en una interpretación que quisiera al menos formularme a mí mismo: me parece necesario tomar en consideración, para articularlos, el nivel de los procesos que son propios del grupo y las posiciones en que se han ubicado o han sido ubi- cadas por otros, y por las que se han ligado entre sí, Solange, Michele y Sylvie. Pero también tengo el sentimiento de que tal interpretación, suponiendo que fuera pertinente, no se- ría quizás oportuna en este preciso momento, que su efec- to sería detener el proceso en desarrollo. Es posible que mi vacilación sea también efecto de la resistencia que siento en mí a desplegar mis pensamientos. La manera como Solange inventa un recurso para salir de su breve momento depresivo confirma que era útil espe- rar y escuchar. En efecto, Solange, en un nuevo y brusco cambio de tono y de tema, va a criticar vivamente lo que lla- ma nuestro «recibimiento»: contaba con que se hicieran las presentaciones y nosotros no respondimos nada a la deman- da de Jacques; hubiera deseado una verdadera animación y nosotros somos particularmente pasivos. Sabe perfecta- mente que lo que no obtuvo le permitió descubrir que nece- sita otra cosa, esto no le impide seguir esperando «verdade- ros animadores». Algunos participantes le piden que pre- cise, ella no puede decir nada más. La crítica de Solange tiene tanto más alcance por lo mis- mo que expresa en voz alta reproches que los otros no for- mulan; el remordimiento que le causa asumirlos sin recono- cerse o ser reconocida como porta-palabra de su malestar la vuelve súbitamente silenciosa, como el grupo entero bajo el efecto de una angustia creciente y compartida. Que Solange

haya facilitado la vía a la expresión de esos reproches le valdrá ser agredida a su vez, por la parte que se reservó al hablar tanto tiempo de sí misma. Señalo este desplaza- miento: Solange es agredida porque devela sentimientos hostiles hacia nosotros. Comprendo que yo estaba atascado en la elaboración de mis pensamientos porque me resistía contra la transferencia negativa de Solange y contra el ca- mino que ella abre a representaciones hostiles. Se nos dirigirán entonces algunos reproches, a Sophie y a mí, sobre todo a propósito de nuestro silencio: «Pese a todo lo que sabemos sobre el necesario repliegue silencioso del psicoanalista, uno espera una coordinación un poco más ac- tiva: ustedes abandonan al grupo». Ni Marc ni Sylvie ni So- lange participan en esas críticas, ni en las que atañen a la disposición de la sala (¡toda a lo largo!), al color de la alfom- bra (¡roja, agresiva, sucia!), al desordenado apilamiento de mesas y sillas «que dan a la habitación el aspecto de un campo de batalla». Michele t~esión de que no es sólo «desorden, sino que eso pulula por todos lados, que hay demasiada gente aquí y que se tendría que haber restringi- do el número de participantes», lo que provoca vivas protes- tas. Sophie señala el poder de vida y de muerte que se nos atribuye. El pasaje de la sala a «la habitación» da sentido a la fan- tasía de que hemos abandonado al grupo para hacer niños, demasiados niños. Aquí nuevamente me abstengo de in- tervenir; aumentaría la persecución al señalar el lapsus y sobrecargaría la vía interpretativa abierta por Sophie. Ade- más, estimularía probablemente las defensas contra una evocación demasiado directa de la fantasía subyacente, de- masiado reprimida aún. El trabajo prosigue, el deslizamiento de sentido de la sala a la habitación tendrá dos efectos opuestos: para unos, contribuye al sentimiento de confusión que se amplifica, lo que va en el sentido del poder de la muerte; para otros, abre la vía a unjuego con las palabras, lo que señala la investidu- ra de vida y de placer. Así, Jacques (que intenta ligar las re- presentaciones y establecer vínculos con los otros), reto- mando la fórmula de Marc (que lucha con la desorganiza- ción) acerca de la pérdida de referentes [reperes], la trans- forma en «hemos perdido también nuestras guaridas [re- paires]». Esta referencia a un espacio de protección, pero

también al escondite de los bandidos, hace volver sin duda

en la cadena asociativa la representación de estar «fuera de sí». Me parece posible hacer notar entonces que ciertas pa- labras utilizadas en la primera sesión son retomadas ahora

con significaciones

nuevas (referente, guarida [repere , re-

paire]; fuera de sí, al lado de sí); estas palabras vuelven ahora, después de que se nos dirigieran reproches más di- rectos, y se acomodan en la representación de que estaría- mos aquí como en un habitación transformada en campo de

batalla. Estos enlaces entre violencia, desorientación y có- lera, ¿estaban ahí desde el comienzo?

Mi intervención se hizo posible por el juego introducido

en las asociaciones, es decir, en el trabajo de representación abierto por la intervención de Sophie. Era importante, en ese momento, no destacar el lapsus y el juego de palabras, sino solamente escucharlos y dejar que se desplegaran sus

efectos: la cólera de estar excluido de la habitación donde se ha refugiado la pareja de los «padres», o la de verse confron- tados con el caos de su apareamiento prolífico, paradójica- mente volvió a dar un límite y un contenido al sentimiento

de estar «fuera de sí ».

La fantasía de escena originaria es movilizada aquí en

su función de organizador de los vínculos de grupo: en el es-

pacio intrapsíquico da un escenario, una acción, protagonis- tas y emplazamientos subjetivos a los participantes; aporta una forma dramatizada a la representación del objeto-gru- po para sus sujetos constituyentes: una habitación de bata-

lla, figuración de la violencia originaria fundadora en la que se supone que «Sophie» y «YO» los hemos sumido.

La desorientación, la pérdida de referentes significarían

su angustia por haber sido desalojados de su posición fan- tasmática, al habérseles revelado otras versiones subjeti- vas. Al articular lo que se dice ahora con lo que se dijo (y se transformó) desde el comienzo, destaco que la cuestión del origen está planteada mucho añtes ·de la primera sesión. Uno de los efectos de nuestras dos_intervenciones, de las que - se notará que, por su conjunción, está~ ~;--;esonancia

con la fantasía, será que varios participantes van a decir, de una manera muy elíptica o estereotipada, por qué se inscri- bieron en este grupo. Tras hacer notar que queda un cuarto de hora para el final de la sesión, Marc dirá que vino a hacer este grupo conmigo, que se inscribió «por mi nombre [nom]»,

lo que provoca sorpresas, risas y preguntas, que Marc deja en suspenso. Sylvie se limitará a dar una información: una de sus amigas hizo un grupo con Sophie. El final de la sesión será un juego sobre el significante repere, repaire, re-pere, paire [referencia, guarida, re-padre, par/pareja] (Sophie y yo). La sesión se interrumpe en el momento en que Marc hace observar que la serie de los «re» indica una repetición.

Se pregunta si ocurre lo mismo con mi nombre de pila

fprénom].'""

En la pausa, durante la comida, Sophie y yo hablamos

poco del grupo: repasamos nuestras breves intervenciones,

las que hemos esbozado en sesión, los pensamientos que se

nos ocurrieron a propósito de uno u otro participante, pero sobre todo hablamos de nuestras vacaciones, de accidentes ocurridos a personas cercanas, de la dificultad para escribir la clínica de las curas psicoanalíticas, de un filme que pla-

neamos ir a ver. Cuando hablamos de los participantes, mencionamos a Marc, Sylvie y Solange: Marc, «inscripto por

mi nombre», pero perdido entre sus «referentes»; Sylvie,

hábil para hacerse representar, en sus transferencias, por Solange; Solange, atrapada en el conflicto que suscita en

ella esta delegación que, sin que lo sepa, le hace saber algo

de

ella misma, y luchando contra el devenir consciente de

ese

saber; Solange, dividida entre hablar para sí misma, de

sí misma, y hablar para otros. Después del almuerzo, me re-

tiro para tomar notas y dejarme llevar en mis asociaciones libres, solo.

Tercera sesión

Tras un breve silencio, haciendo notar por cierta agita- ción su intención de hablar, pero aplazando ese momento hasta estar seguro de captar toda la atención del grupo, Marc advierte que tiene «una confesión que hacer al conjun- to del b'l"Upo, la confesión de un acontecimiento que lo ha marcu<lo mucho». Una vez retenida la atención, va a deta- llar mita «Confesión», y la palabra no es indiferente. Anun- cia en primer lugar que va a hablar de ese acontecimiento «man·1mte», porque entendió que la regla de restitución que

* R1•111f, si ocurre lo misrrl(), sería re-né, es decir, re-nacido. (N. de la T.)

enuncié al comienzo de la sesión lo obligaba a ello: en efec- to, durante la pausa ha comenzado a hablar de lo que va

a decir. Luego, precisa: «Hace aproximadamente un año, he aquí lo que ocurrió en un grupo como este y en el que me encon- traba; el grupo estaba organizado por la misma asociación, pero con otros psicoanalistas. Se produjo para mí un aconte- cimiento que me marcó intensamente y del cual me repongo con dificultad. Un cuarto de hora antes del final de la última sesión del último día, el monitor, o el animador, si se quiere, me «echó» una interpretación salvaje que para mí fue como un golpe en la cabeza, salí completamente aturdido y deso- rientado de esa sesión y de ese grupo, y les aseguro que me cuesta reponerme. Vine aquí con estos dos psicoanalistas porque espero poder salir de eso con ellos. Eso es lo que quería decirles». El silencio en el que se va a instalar Marc, y tras él los participantes anonadados, va a durar un buen cuarto de ho- ra. Marc no aclarará nada sobre el contenido, el contexto y los efectos de esa «interpretación salvaje». Repetirá su «con- fesión», insistiendo sobre «la marca», lo «mareante», lo «marcado», el «Cuarto de hora antes del final». Sophie y yo estaremos, también nosotros, bastante estupefactos, lo que era probablemente uno de los efectos buscados por Marc. Detengámonos sobre lo que Marc está diciendo, no sólo

diciendo sino haciendo con el decir, haciendo experimentar,

y experimentando repetitivamente él mismo. Al final de la

sesión anterior, al observar que queda un cuarto de hora para que termine la sesión, Marc declara que ha venido a hacer este grupo conmigo «por mi nombre [nom]», sin más precisión pese a las preguntas que se le formulan. Sabemos que, por mi nombre de pila, él descubre una repetición, la de un renacimiento, y por lo tanto una muerte atravesada o negada. Antes de hacer esta observación, habló de lo que lo llevó a volver a un grupo cuyo monitor/animador esta vez sería yo, con Sophie. El primer grupo había sido «monitoreado» por un solo psicoanalista, hombre, pero, en su relato, Marc hace pensar

que había dos psicoanalistas, como en el grupo actual. Ha- bló fuera de la sesión de lo que ocurrió para él en ese otro grupo, sabiendo que tendrá el recurso de restituir el conte- nido en sesión; se apoya en la regla enunciada por mí para

significar que él respeta «la obligación» y para destacar que ese respeto de su parte hace resaltar aún más la «falta» del psicoanalista que le infligió aquella interpretación salvaje, asestada como un golpe en la cabeza; este acontecimiento es para él a tal punto «mareante», que lo representa; en feme- nino: él lleva su «marca» y quiere testimoniarlo aquí y recla- mar reparación/reanimación. Rehúsa comunicar un conte- nido de representación más preciso: la cosa en la escena vio- lenta sólo se pone en palabras para actuar su efecto y, utili- cemos aquí este término antiguo, abreaccionarla. Este modo de utilizar la palabra tiene también por fina- lidad hacer sentir a los otros el afecto de una violencia que para Marc está en el origen de su presencia en el grupo:

Marc se vuelve activo infligiendo el golpe que le dejó la cabe- za vacía. Toma a los participantes por testigos y ubica a los psicoanalistas en posición de acusados, jueces y reparado- res. Pero no transmite, o no transfiere, más que el afecto de violencia que emana de esta escena ampliamente indeter- minada en cuanto a su contexto y a su contenido. Al escuchar a Marc en el silencio de perplejidad y ano- nadamiento que sigue a su «confesión», me pregunto de qué podría él ser culpable, sino al menos de su fantasía de vio- lencia; tengo la hipótesis de que ni antes -pero ¿cuándo?- ni ahora, Marc tiene a su disposición las representaciones de palabra que faltan a su emoción y a la simbolización de lo que pudo ponerse en juego para él en ese «acontecimiento»; el acontecimiento «mareante» sólo adquiere su peso por la fantasía que realiza, sin que él lo sepa, del destino que cum- ple fuera de él y cuyos hilos viene a desanudar y a reanudar aquí. Lo que se transmite por la vía del afecto para ser sen- tido debe facilitar primero un camino a las asociaciones en los participantes, antes de que Sophie o yo tengamos algo que decir. Un silencio bastante largo seguirá a la declaración de Marc; cuando vuelva la palabra, con Boris, será para expre- sar de nuevo el malestar de hallarse desorientado, de haber perdido los referentes. Me parece que el grupo está ligándo- se en la repetición de los afectos de cólera y de desorienta- ción, en la angustia; la dificultad de pensar es sin duda uno de los efectos inconscientemente buscados por Marc, es ex- presado por Boris y sentido por la mayoría de los participan- tes. Me parece que sería útil puntualizar mediante una in-

terpretación el enlace entre esta dificultad, la interrupción del proceso asociativo y su anclaje en la transferencia. Confío en que Sophie haga esta interpretación: me sien- to demasiado cargado por la transferencia de Marc sobre mí, y sin duda temía repetir el «golpe en la cabeza», o debía retenerme de asestárselo en un movimiento contratransfe- rencial narcisista de agresividad hacia él. Sophie no inter- viene. Ella no está urgida; yo lo estoy, y le reprocho incons- cientemente dejarme confrontado con ella sin encontrar la vía para liberarme. Reproyecto sobre Sophie lo que Marc me ha transmitido por identificación proyectiva y concluyo que no puedo dejar sin palabras, sin representación de palabra hablada, el efecto traumático de la violenta confesión de Marc. Intervengo entonces para señalar que se repite ahora, tras «la confesión» de Marc, un sentimiento ya experimen- tado de pérdida de los referentes, y que algo que ha ocurrido en otro lugar -en un grupo como este-- es traído ahora a este grupo, que ese algo provoca emociones en algunos, de- sasosiegos que les son propios y que los ligan aquí entre ellos, los pone quizá «fuera de sí» y deja abierta la cuestión de decir qué son este malestar y esta desorientación: quizás el temor de recibir interpretaciones «salvajes», como Marc dice haber recibido in extremis su golpe en la cabeza. El efecto inmediato de mi intervención es un silencio que se ex- tiende hasta el final de la sesión. En la pausa, Sophie y yo hablamos de la emoción, a decir verdad, del estupor provocado por la confesión de Marc. Co- mo si tuviéramos que defendernos contra la alegación de realidad que sugería y que nos confrontaba, a cada uno en su versión, con nuestros movimientos de violencia hacia los participantes, con la fantasía de que somos salvajes en este grupo de salvajes. Hablamos de mi expectativa de interven- ción de Sophie, de su silencio ocupado por el enigma de Marc, del alivio que mi intervención produjo en ella y quizás en el grupo.

Cuarta sesión

Aún me encuentro inmerso en las cuestiones que acaba- mos de evocar, cuando comienza la sesión: me pregunto por

lo que se repite ahí, manifiestamente, con insistencia, y por

el dominio que ejerce «la confesión» de Marc sobre todo el grupo y sobre nosotros. En realidad, sólo se trata de una fal- sa confesión, que deja planear una amenaza y asomar una desmentida del tipo «sé perfectamente que no ocurrirá tal como en el otro grupo, pero a pesar de todo podría ocurrir».

El tener efecto en espacios psíquicos ligados entre sí da a es- te enunciado una dimensión grupal. Pero con estas pregun- tas de cuya pertinencia al mismo tiempo dudo, ¿qué y a quién escuchar? Estas preguntas deprimentes son sintóni- cas con las asociaciones, o más bien con las no-asociaciones en el grupo. La sesión me parece pesada, caótica, es muy silenciosa. No alcanzo a asociar y a mantener una atención «pareja» y suficientemente flotante. Sin que yo lo sepa, se efectúa un trabajo de represión o de borramiento de lo que se dice, y So- phie también comprobará que ya no recuerda exactamente

lo que se dijo en esta sesión. Hasta que Solange declare a su

vez, un cuarto de hora antes del final, esto: se siente obliga- da a hablar ahora, ya no puede diferir mucho tiempo el «ha- cerse portavoz» (porta-palabra) de lo que le ha confiado An-

ne-Marie durante la pausa, en «secreto». La hija de Anne- Marie está hospitalizada desde hace unos días para un exa- men que debería confirmar o desestimar un diagnóstico de cáncer. Este acontecimiento las ha trastornado a ambas, la madre y la hija, y ha cuestionado, evidentemente, la partici- pación de Anne-Marie en el grupo. Tras hablar con los mé- dicos y asegurarse de que la joven enferma estaría en bue- nas manos, decidieron de común acuerdo que Anne-Marie vendría a este grupo, del que espera mucho: hace bastante tiempo que se inscribió. Pero es posible que se vea obligada

a ausentarse, si el estado de su hija llegara a agravarse. Anne-Marie, muy conmovida, agradece a Solange el haber hablado por ella, como se lo había pedido. Mientras Solange cumplía su «obligación», hablando por Anne-Marie, súbitamente le sobrevino el recuerdo de una amenaza de su propia madre hacia ella: la joven Solange se enfermaría de cáncer si seguía fumando en forma tan des- medida. La brusquedad de este movimiento de insight (de Einsú:ht) es característica de la toma de conciencia que se produce en ese momento: el trabajo de las asociaciones efec- tuado por Solange y por algunos miembros del grupo se des-

plegará sobre el trasfondo de las representaciones incons- cientes asociadas a la confesión de Marc y al secreto de An- ne-Marie. Al hablar así de ella con intensa emoción, Solange, como Anne-Marie, se dirige con la mirada a Sophie, pero ni una ni otra se hablan. Después, Anne-Marie y Solange lloran, las lágrimas asoman en los ojos de Jacques. Solange dirá que puede comprender la carga de que Anne-Marie tenía que aliviarse. Las asociaciones que anteceden al final de la se- sión se inscriben en el peso decisivo de las palabras dichas por los padres: se evocan sobre todo las palabras de madres dichas a las hijas en sus efectos devastadores, a veces salva- dores. Anne-Marie dice hasta qué punto se sentía culpable de desear venir aquí, y cuánto la disculpó su hija al consen- tir que se ausentara. Pero, ¿quién creería en esta disculpa? El final de la sesión aclara retrospectivamente el males- tar y, en parte, la ruptura en el proceso asociativo: habrán sido necesarios una nueva confesión fuera de sesión y el cumplimiento, in extremis, de la misión del porta-palabra, para que se nos revelara la dimensión de las angustias de muerte movilizadas en este grupo: la repetición significati- va de la confesión del último cuarto de hora lo prueba. Disponemos de suficientes materiales asociativos, trans- ferenciales y contratransferenciales como para proponer una primera puesta en perspectiva del proceso asociativo y del acoplamiento de los espacios psíquicos en el grupo.

Solange o el porta-palabra

Centraré mi análisis sobre la función de porta-palabra que recibe y cumple Solange en el grupo: Solange es porta- palabra manifiesto y explícito deAnnc-Marie, pero también de Marc y de más de un otro. Mi hipótesis es que, al centrar el análisis sobre Solange en su función de porta-palabra, adoptamos un punto de vista que permite comprender la ar- ticulación de las series asociativas producidas por cada su- jeto con las que se organizan a través del proceso y las for- maciones del nivel del grupo. Este punto de vista implica la puesta a prueba de mis hipótesis sobre la grupalidad psíqui-

ca, la realidad psíquica del nivel del grupo, las formaciones intermediarias y el modelo del aparato psíquico grupal.

La elección de Solange como porta-palabra

Supongo que la elección de Solange como porta-palabra de Anne-Marie, Marc y otras personas en el grupo es el re- sultado de varias series de determinaciones. Unas son pro- pias de la estructura y de la historia de Solange; las que se movilizan y actualizan en este grupo, percibidas e investi- das por Anne-Marie, son determinaciones intersubjetivas. Otras, finalmente, están definidas por la organización de los emplazamientos subjetivos, las transferencias y el pro- ceso asociativo en el grupo. Mi hipótesis es que Solange predispone los signos que van a sostener su elección como porta-palabra. Ella elige ser elegida: lo sabe con un saber preconsciente cuando se pre- gunta si ella misma no tendrá algo que ver en el hecho de que la tomaran por Sophie; esta equivocación se le revelará como decepción de no ser Sophie, y esta decepción signa su identificación con una madre idealizada en la transferencia sobre Sophie: la otra figura de la madre, persecutoria, se re- velará más tarde. Que Sophie sea, conmigo, porta-palabra de las reglas que rigen la relación de palabra, no hace más que sostenerla en ese vínculo de identificación. Solange se dice, efectivamente, portadora de una pre- gunta sobre la palabra; pero descubre que el «hablar bien» que quería adquirir puede enmascarar una expectativa mucho más seria e importante para ella, desde el momen- to en que quisiera hablar de lo que justamente no está dis- ponible a su palabra para decir «sus paquetes» en suspen- so. Estará atenta, y lo significará, a los intercambios entre Marc y Boris «que se hablan mutuamente». Al señalar esta asociación de dos personas en una palabra complementaria y común, Solange se sitúa en un modelo de relación inter- subjetiva donde otros emplazamientos correlativos son puestos en latencia: pero están disponibles y son ocupables, por incitación a la identificación con esos lugares: uno de esos lugares es precisamente el que viene a ocupar Anne- Marie.

La elección de Solange está sobredeterminada por ras- gos que dependen de su historia, de sus identificaciones, de su conflicto inconsciente, de su fantasía. Esos rasgos son percibidos e interpretados por los otros en función de su pro- pio «aparato de interpretar», es decir, a partir de sus fan- tasías y de sus predisposiciones para transferir. Por ende, constituyen otros tantos puntos de atracción para las iden- tificaciones y para los movimientos de transferencia de Sylvie y de Anne-Marie. En otro aspecto, la transferencia de Solange sobre Sophie está en cierto modo acreditada por la «equivocación» de Sylvie: Solange, en ese momento, al oír esa expresión de deseo, se sentirá amenazada de ser puesta en el lugar de una madre a la vez amenazante (la amenaza del cáncer en la adolescencia) y reparadora, la que ella mis- ma quisiera ser y que idealiza en Sophie; de ahí su decep- ción por no ser esa madre, y su dolor por tener una madre amenazante, de la que escuchaba que todo placer (aquí, bu- cal) se pagaba con una muerte anunciada.

Las series asociativas que, al anudarse, constituyen a Solange como porta-palabra del grupo

Si tomamos ahora en consideración las secuencias aso- ciativas que manifiestan las determinaciones inconscientes y preconscientes combinadas en el nivel del grupo en las transferencias, obtenemos las siguientes series:

Serie 1: la palabra

Esta serie es inaugurada por la demanda de Jacques so- bre la «ronda de nombres•>, y por su afán de saber «a quién se habla•>, demanda y afán retomados y precisados en la transferencia en cuestión sobre la identidad de los psico- analistas (Sylvie); sigue la secuencia sobre la equivocación en cuanto al objetivo del grupo: del «hablar bien» a «la pala- bra para decir» lo que está en suspenso (Solange, siempre en la transferencia, después de haber sido tomada por So- phie); luego viene la confesión de un acontecimiento trau- mático «mareante» (Marc) cuya causa relativa a una inter-

pretación (una palabra salvaje) permanece enigmática: sólo se transmite el afecto, falta la palabra sobre la palabra «mareante», amenazante, como lo es y como no lo es, en la ambivalencia hacia los objetos transferenciales, la de los psicoanalistas dotados del poder de destruir y reparar, por efecto de su palabra todopoderosa. Esta palabra no puede sino ser una palabra del cuarto de hora final: palabra decisiva, última y por lo tanto asociada a la muerte; para ser dicha frente a los que detentan su temi- ble poder, y para exorcizar la palabra que enuncia la ame- naza de la muerte, la palabra debe primero ser dicha fuera de sesión, de algún modo ensayada en ausencia de aquellos ante un grupo más pequeño, que podría ser el de los otros- semejantes, íntimos en este asunto de familia como lo son hermanos y hermanas. La palabra debe primero ser depo- sitada allí, después confiada a un porta-palabra para ser vuelta a decir luego ante un destinatario finalmente consti- tuido para escuchar. Al lado de estas representaciones de la palabra hablada asociada a la vida y a la muerte, otro hilo asociativo está sostenido por el placer del juego con las palabras y con lapa-

labra hablada (repe re, re-pere, repaire, paire

). Obser-

vemos de paso un ejemplo de contigüidad por asonancia en las figuras retóricas movilizadas en las asociaciones. Tene- mos también un excelente ejemplo de comunicación de pro- pósito interactivo cuando, con las intervenciones de Marc y de Anne-Marie, se produce la puesta en marcha de una ac- ción mediante la palabra: Marc actúa la palabra en la trans- misión y en la transferencia directa de la experiencia vio- lenta sobre el grupo en su conjunto, es decir, en la repetición traumática; Anne-Marie realiza una acción por la palabra al demandar a Solange portar su palabra, transportarla por

ella, en su lugar; el efecto de esta acción se manifiesta en el descubrimiento, sorprendente para la que porta la palabra de otra, de que esta palabra, de cierta manera, la habla a ella misma_ Y aquí ya no estamos en la interacción. Notemos que el carácter elíptico de la confesión de Marc preserva el poder de despliegue de las asociaciones en los otros miembros del grupo a partir de la estructura polifóni- ca/politópica de la fantasía inconsciente que moviliza. Es importante, por lo tanto, que los destinatarios del discurso de Marc, es decir, los psicoanalistas, no se tomen por sus

interlocutores reales, y no respondan, para poder inter- pretar. En el curso de estas cuatro sesiones, la palabra habrá si- do un motivo central del proceso asociativo: lo habrá sido para mí, en mi interrogación previa sobre el proceso asocia- tivo y en la resonancia que encuentra en mí la interrogación inicial de Jacques; lo habrá sido para Sophie y para mí en nuestras preguntas recurrentes sobre la oportunidad de proponer o no proponer, o de esperar del otro, una interpre- tación. Lo habrá sido para los participantes: palabras de anta- ño, oídas y malentendidas,* enlazadas y emergentes en pa- labras aquí supuestas, oídas, mal-entendidas y no-oídas/ entendidas, esperadas y borradas o reprimidas; palabras de amenaza o de salvación, de expectativas reparadoras o de temores devastadores. Lo que la palabra dice y no dice, or- ganiza así una segunda serie asociativa.

Serie 2: sobre el acontecimiento traumático

Esta serie comienza con la demanda de Jacques sobre «la ronda de nombres», demanda que inaugura una suce- sión de interrogantes sobre la incertidumbre en cuanto al sujeto de la palabra y a la identidad de cada uno. Marc y Bo- ris desarrollan y amplifican esta pregunta al expresar su desorientación, la pérdida de referentes, la representación de la cabeza vacía, de estar «fuera de sÍ», es decir, en la ex- trañeza y la cólera. Estos temas serán retomados por Solan- ge cuando comprenda que la palabra que quiere dominar en el «hablar bien» es una palabra para decir un paquete de términos todavía innombrables, que permanecen «al lado de ella-misma»: la «equivocación» de la que ha sido objeto, y de la que presiente que le significa algo de su deseo y de su conflicto inconscientes, ha tocado una zona de sufrimiento que ignora; de ahí su tono «desafectado» y deprimido para decir que le hubiera gustado ser Sophie, pero a continuación su voz más vivaz cuando expresa su «interés» por los inter- cambios entre Marc y Boris: seguramente se identifica con

* Juego de palabras intraducible, basado en la doble significación del verbo entrendre: «Oír» y «entender» . CN. de la T.)

ellos por ese rasgo que los tres tienen en común, la pérdida de los referentes; pero identifica en ellos otro rasgo que le interesa: «Se» hablan, en el sentido en que uno habla al otro, uno es porta-palabra del otro; encuentra en el otro la pala- bra hablada que le falta en el momento en que está sin re- presentación de palabra, librado a la amenaza de la cosa y a la angustia de ser invadido o vaciado por ella. Lo que «descubre» [«repere»] en ellos, es una función de porta-palabra que le falta en el momento de la amenaza del cáncer-sanción, amenaza lanzada por la madre contra su hija. Ciertamente, no sabemos nada aún que nos permita comprender el valor traumático adquirido por esta amena- za en la fantasía de Solange. Pero nuestra hipótesis supo- ne en Solange un doble vínculo de identificación: con Marc, en cuanto es portador de un traumatismo, con la relación Marc-Boris en cuanto esta representa un porta-palabra; probablemente es este doble modelo lo que llegará a sobre- determinar la elección de Solange de ser porta-palabra y de dejarse elegir como tal. Este doble movimiento de identificación con un doble se sigue inmediatamente de una crítica de Solange contra los «animadores», contra su recibimiento defectuoso, decepcio- nante, como si su desconcierto, sostenido por su doble iden- tificación, reclamara una causa y un objeto representables al designar un culpable. Pero Solange se detiene en ese mo- vimiento y es ella quien, habiéndose hecho porta-palabra de sus álter ego, se inhibe de proseguir en esta vía demasiado peligrosa para ella. Es notable que sean los miembros del grupo menos directamente comprometidos en la transferencia quienes, en ese momento, toman el relevo de la crítica. A su vez ellos se vuelven porta-palabra de Solange y de Marc. Es un mo- mento típicamente grupal del funcionamiento asociativo:

la representación-meta que organiza el curso de los aconte- cimientos asociativos se mantiene por otras vías, por otras voces que despliegan sus variaciones sobre el tema princi- pal. Otra cara de la representación organizadora aparece en una inversión de la persecución, se transforma en una nueva representación organizadora: son los psicoanalistas quienes impondrían a los participantes estar presentes en la habitación prolífica donde hormiguean los niños, en un caos de campo de batalla.

Esta representación del deseo de los padres, de sus re- laciones sexuales continuas, del origen de los niños, de la razón de ser de los hermanos y hermanas, lleva necesaria- mente a reactivar la violencia del encuentro originario con el objeto sexual, a movilizar una fantasía que pueda repre- sentarla hasta en la causa de su presencia en el grupo: ¿por efecto de qué deseo, y de qué sujetos deseantes, están reuni- dos aquí? El lapsus sale I salle Ichambre Ichamp [sucio/sala/habi- tación/campo] sintomatiza en una condensación notable los diferentes componentes de lo reprimido que retorna: mien- tras más próximo llega a estar del preconsciente, más per- turba las mentes y las vacía de todo pensamiento conscien- te, y sobre todo en los que no participan en la crítica, al me- nos directamente. La «confesión» de Marc viene a inscribirse entonces en esta serie y a dar una dimensión grupal a su verbalización, aunque señala con insistencia que este enigmático aconte- cimiento «mareante» es su propio nombre; esta marca lo representa para el grupo y -lo que sigue lo indicará-, para su (re)pere [(re)padre],* es decir, para mí en la trans- ferencia. El hecho de que la confesión tenga lugar primero fuera de sesión, durante la pausa, será un modelo ulteriormente utilizado, así como la repetida referencia al último cuarto de hora antes del final. Como si se necesitara significar me- diante esta «pre-palabra hablada» [auant-parole] fuera de sesión el tiempo de la pre-significación [auant-coup]** de la realización traumática; o también como si se necesitara un espacio para decir, un espacio que representaría entonces la tópica del preconsciente, lugar y función previos a la asun- ción de su historia por parte del Yo; o además como si se ne- cesitara metabolizar en la instancia de los hermanos y her- manas, y reafirmar por ella, lo que no se puede decir direc- tamente a la cara a los padres, y que les atañe: pero de qué se trata si no de una culpa, lo que prueba la denominación de confesión: en lo que ocurrió, el sujeto es parte implicada,

* (Re)pere: la división de la palabra repi!re [referente] en re-pere [re-pa- dre] permite hacer esta asociación interpretativa. (N. de la T.) ** Juego de palabras intraducible con apres-coup (a posteriori), que, además, por medio de avant (antes), enlaza aquí significativamente pa- role, temps y traumatisme. (N. de la T.)

y lo que ocurrió realiza demasiado su deseo de que esto sea así; ahí está el impacto traumático, en la «realización» de la fantasía. El argumento utilizado por Marc para transmitir la car- ga traumática desorganiza la relativa continuidad del pro- ceso asociativo. Pero sirve de modelo a Anne-Marie para in- troducir en la cadena asociativa y en la red transferencia! su propio «acontecimiento traumático»actual: este es doble- mente puesto a distancia, por su develamiento fuera de se- sión ante Solange representando a Sophie, y luego por la elección de un porta-palabra encargado de hablar por ella, en su nombre. Nuevamente aquí una carga de culpabilidad acompaña a la evocación del acontecimiento doloroso; notemos sin em- bargo que Anne-Marie no se dispensa de una «confesión» sino de un «secreto»: esta madre que abandona a su hija -aunque sea con su acuerdo- sólo puede decir su «Culpa» depositándola primero en otra, elegida por cierta intimidad con ella en este asunto, al punto de que la delegada de la madre se descubre y se reconoce en la hija amenazada de cáncer por la madre cuya historia ella relata. La palabra que ella transporta habla de un acontecimiento traumático actual (aquí, para otra) que le sucedió a ella en otro lugar, antes. Así se anuda entre el depositante y la depositaria ese vínculo de identificación analizado por J. Bleger (1967) y que considero uno de los fundamentos de las alianzas in- conscientes. La serie sobre el acontecimiento traumático contiene otras series adyacentes; una serie sobre la culpabilidad y la reparación, una serie sobre los tiempos (ahora, antes, la re- petición, el último cuarto de hora) y sobre los lugares (aquí, en otra parte, en un mismo/otro grupo; desorientación, fue-

ra de sí, habitación, campo de batalla,

vención del final de la tercera sesión puntúa esta serie y la

articula con la del traumatismo.

). Mi inter-

Serie 3: sobre el (pré)nom [nombre/ apellido]

Esta tercera serie comienza nuevamente por la deman- da de Jacques («una ronda de nombres»); Jacques es el pri- mero en hablar después de Sophie y yo mismo, es el primero

en declarar su necesidad de referentes. Después de un tiem- po de suspenso, la serie es relanzada indirectamente por Sylvie que, manifestando su vacilación sobre la identidad de la psicoanalista, pide a Solange y a Michele que digan su nombre, lo que ellas hacen de inmediato. Sin embargo, al comienzo de la segunda sesión, Solange sentirá la necesidad de decir ella misma su nombre, como para remarcar el gesto de autoridad de Sylvie, pero no lo- grará arrastrar a los otros detrás de ella; la «ronda de nom- bres» se realizará (se completará) al día siguiente. Sylvie, decididamente atenta a los nombres, hará notar a Solange que la sílaba inicial de su nombre le es común con Sophie:

por este rasgo Solange puede representar a Sophie, ser co- mo ella; pero Sylvie, implicada ella misma por la letra ini- cial de su propio nombre, no se incluirá en ese juego de iden- tificaciones; más tarde, dirá que su madre había deseado en su lugar un varón y que su nombre (aquí cambiado) es la fe- minización del que estaba destinado al hijo esperado. Cuando llegue el momento de decir lo que ha llevado a cada uno al grupo, Marc dirá que «se inscribió por mi nom- bre [nom]»; aquí nuevamente debemos hacer una doble hi- pótesis.

Marc hace «inscripción» de su nombre por el mío; posi- blemente la observación de Sylvie, al encontrar porrazo- nes que le son propias el nombre de Solange en el de So- phie, facilitó la vía a esta formulación; esta significa para Marc, muy cerca de su representación, su relación con su re-pere [referenteJre-padre] identicatorio (cf. su observa- ción acerca de mi nombre); la insistencia de Marcen representarse en el aconteci- miento mareante señala probablemente su inscripción como sujeto en ese significante nominal, del que pode- mos pensar que está sostenido en una escena referida al origen y a la filiación.

La sobredeterminación de la elección de Solange

La elección de Solange como porta-palabra está sobrede- terminada por estas tres series, que constituyen la red de las cadenas asociativas en el grupo. Estas series se entre-

cruzan y se despliegan, están sostenidas por algunos su- jetos en los que se anudan varios hilos de la asociación. En varias oportunidades he destacado que el proceso y el conte- nido de las asociaciones estaban orientados por las transfe- rencias, especialmente por las transferencias sobre los psi- coanalistas. Queda por poner de manifiesto el modo en que esas diferentes series están organizadas por una representación- meta inconsciente: supongo que un organizador preponde- rante define los emplazamientos correlativos a partir de los que se ordena la palabra de cada uno, que una estructura de grupo organiza el proceso asociativo del nivel del grupo. Solange, pero también Marc, Sylvie y Jacques, se afianzan en emplazamientos decisivos y cumplen funciones particu- lares en ese proceso: se han situado ellos mismos y han sido ubicados por los otros en el punto de anudamiento de proce- sos individuales, intersubjetivos y grupales. Son los opera- dores del aparato psíquico grupal. Mi hipótesis sobre la elección que hace Anne-Marie de Solange como porta-palabra se precisa así: se la elige en ese lugar, en esa función, por razones sobredeterminadas. Unas dependen de su historia, de sus identificaciones, de su afini- dad con cierto argumento fantasmático provisto de elemen- tos comunes con los argumentos fantasmáticos de otros su- jetos, lo que sostiene los vínculos de identificación con ella y entre ellos. Esos vínculos se actualizan a su vez en los movi- mientos transferenciales. Los otros factores determinan- tes son precisamente la organización de la red asociativa a partir de tres series principales entrecruzadas, de las que Solange representa para Anne-Marie, pero también para otros, un punto de anudamiento, es decir, un síntoma, por lo tanto un lugar del retorno de lo reprimido, incluso para ella misma: ella recuerda súbitamente, en el cruzamiento de las

series sobre la palabra, sobre el acontecimiento traumático

y sobre el nombre! apellido, estar capturada en aquello de lo que habla: en su historia.

Los organizadores psíquicos del grupo y el acoplamiento intersubjetivo

Las series asociativas que he despejado son obra del tra- bajo asociativo de los miembros del grupo: trabajo asocia- tivo de los vínculos intersubjetivos y de las ligazones entre las representaciones. Jacques inaugura en pocas palabras estas tres series; ellas determinan la elección de Solange co- mo porta-palabra del grupo; se anudan ante todo por la «confesión» de Marc: una palabra lo ha herido, de lo que su nombre es la inscripción. Hasta el momento, sólo dispone- mos de estos datos parciales y manifiestos. Para compren- der su combinación, su coherencia y sus efectos, debemos poner a prueba en el análisis los conceptos teóricos que he propuesto.

La confesión de Marc y el develamiento de una fantasía organizadora: «un padre amenaza/ repara a un hijo>>

El relato de Marc da forma y fuerza a la fantasía incons- ciente que organiza conjuntamente el proceso asociativo, los emplazamientos subjetivos e intersubjetivos, los movi- mientos de las transferencias. Una formulación de estafan- tasía, la más cercana al enunciado de Marc, podría ser: «un padre allá y entonces, pero siempre aquí presente, amena- za/repara a un hijo, que en esto encuentra su marca». Al difuminar la singularidad de las palabras pronuncia- das en la escena del acontecimiento (que ya ha sido inter- pretada por él según esta fantasía), Marc indica que el fin que persigue es actuar sobre el grupo, especialmente sobre mí. Transfiere en nuestros espacios psíquicos la carga pul- sional, y la violencia constituye el motor de la transferencia y el ligante afectivo de las identificaciones entre los partici- pantes. Esta característica confiere al enunciado de Marc un valor de modelo depurado utilizable para la representa- ción de otras escenas traumáticas. La fantasía movilizada en el grupo posee una estructura genérica que atrae, reorganiza y reactiva una serie de re- presentaciones individuales; sobre la palabra, el trauma, el

nombre; algunas versiones de esta escena dramática de en- tradas múltiples, con variaciones permutativas, serán de- clinadas en la sucesión de las asociaciones; reforzarán las identificaciones por el síntoma, en la «comunidad de la fan- tasía compartida»; contribuyen así a reforzar la coherencia de la estructura psíquica predominante: la relación padre- hijo anunciada por Jacques y por Marc, en la cual se acopla Boris, es relanzada por Solange a raíz de la pérdida de re- peres [referentes/re-padres] pero declinada en una relación homóloga madre-hija, invertida después en hija-madre; en estas variaciones de la estructura, los primeros elementos de la historia y de la prehistoria del grupo (la violencia, la equivocación, la decepción, la apuesta de la nominación) son reagrupados, reinterpretados y significados en el esce- nario de la fantasía que emerge en la confesión de Marc. Al polo de la amenaza se oponen, pues, en forma comple- mentaria el de la culpabilidad y el de la reparación. Al golpe recibido en otro lugar pasivamente, in extremis, en un ano- nadamiento desorganizador, se opone