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Ferrer, Aldo. LOS DESAFÍOS DE LA ECONOMÍA ARGENTINA. En “Pensar la nación”. Quintar, Juan y Gabetta, Carlos (Comp). Ed. Le Monde Diplomatique. Buenos Aires, mayo de 2010.

Buenas noches. Muchas gracias por estas palabras tan generosas de presentación y,

sobre todo, la invitación para estar aquí, en este ciclo, que tiene lugar en varias

universidades, para pensar al país, con motivo de este acontecimiento que vamos a

celebrar el año que viene, que es el segundo centenario de la Revolución de Mayo.

Esta tarea es fundamental porque no hemos pensado suficientemente bien al país y no

hemos logrado generar consensos que permitan desplegar el potencial argentino. La

Argentina es el octavo territorio más grande del mundo y cuenta con una excepcional

dotación de recursos naturales en toda su extensión. Después de que el país se integra a

la economía mundial en la segunda mitad del siglo XIX, se incorpora una inmigración

masiva de europeos, la segunda en importancia relativa en América, después de los

Estados Unidos. La población va adquiriendo un nivel cultural considerable, que se

traduce en una cultura de reconocimiento universal en sus diversas expresiones: en la

literatura, la música, el arte, incluso en la ciencia; Argentina es el único país de América

Latina que tiene varios premios Nobel en ciencia. En resumen, el país dispone de un

conjunto de recursos materiales y humanos como para suponer que, con esos elementos,

se puede construir un gran país.

Esto es lo que pensaban los argentinos de sí mismos hace un siglo y lo que pensaba el

resto del mundo de la Argentina. Lo cierto es que, transcurrido el segundo siglo, desde

la Revolución de Mayo, la situación ya no es la misma. Argentina todavía es un país en

construcción, un país que no ha desplegado plenamente su potencial. El país real difiere

mucho del país posible, pese a su amplia dotación de recursos. Por eso es importante

pensar por qué no hemos logrado alcanzar un alto nivel de desarrollo, para que el tercer

centenario, el que se comienza a recorrer ahora, tenga una trayectoria distinta. Para que

los historiadores de acá a cien años y las audiencias que se convoquen a las conferencias

para festejar el tercer centenario, puedan decir que, después de dos siglos complicados,

el país, en definitiva, se encontró consigo mismo. Hay indicios de que esto es posible y

que podemos vivir una historia distinta, sobre la base de la construcción política

democrática, la inserción social, la vinculación de Argentina con el mundo como un país dueño de su propio destino. Si aprendemos de la experiencia y de las frustraciones del pasado, podremos, de una buena vez, poner el país real a la altura del país posible.

Ya que vamos a pensar el país, recordemos algunos conceptos fundamentales acerca de qué es el desarrollo económico de un país, en un mundo globalizado. El desarrollo económico depende esencialmente de la capacidad de una sociedad de incorporar el conocimiento, es decir, los saberes de la ciencia y la tecnología, a su actividad económica y social. Si ustedes se preguntan qué caracteriza a un país desarrollado o a un país que está en desarrollo, es el hecho de que tiene capacidades de gestionar el conocimiento. Este transforma continuamente la actividad económica e incorpora nuevas formas de producir bienes y servicios, instrumentos, equipos, procesos, formas de organización. Esa capacidad de gestionar el conocimiento es lo que, en definitiva, determina que los países que tienen tales capacidades sean países avanzados, con un alto ingreso per cápita y niveles educativos y sociales elevados. Los países que no las tienen, forman parte de las sociedades atrasadas, incluso en niveles extremos de subdesarrollo, como se advierte, por ejemplo, en algunas sociedades africanas. El desarrollo es proceso acumulativo a lo largo del tiempo, que se manifiesta en nuevas formas de producir, nuevas tecnologías, nuevas máquinas, nuevos equipos, en la industria, en el campo, en los servicios y en la infraestructura, en todo el espacio nacional.

Pero en realidad es mucho más que eso, porque la acumulación de conocimiento se refiere no solamente a este aspecto puntual de la producción de bienes y servicios, sino que atañe también al propio comportamiento de la sociedad en todos sus planos; en las instituciones, por ejemplo, la acumulación de conocimiento en la capacidad institucional. ¿Qué es el desarrollo democrático en una sociedad? Cuando analizamos el desarrollo político en Inglaterra y otras sociedades europeas avanzadas, después del Renacimiento, advertimos que fueron acumulando capacidad de gestión, de administración, de equilibrio entre los poderes y los intereses en juego, de manera tal que la sociedad funcionara conforme a reglas que permitieran desplegar el conocimiento y la capacidad de sus habitantes. Entonces, la acumulación de conocimiento se refiere también al plano institucional, a la capacidad de construir instituciones sólidas para que la sociedad despliegue su actividad, para que el sistema político arbitre en los conflictos que son inevitables a todo proceso de cambio. Entonces hay un proceso de acumulación

institucional y de relaciones entre lo público y lo privado. Hay un proceso de acumulación de saberes, en la educación, en los diversos niveles. En resumen, el desarrollo es un proceso continuo de acumulación de conocimiento, en todos los planos que acabo de mencionar.

El desarrollo se da en un contexto externo que hoy llamamos globalización. Este Primer Orden Mundial comienza exactamente en la última década del siglo XV, cuando Colón desembarca en América en 1492 y Vasco da Gama, el navegante portugués, seis años después, en la India. Son los europeos los que en esta fenomenal epopeya del descubrimiento y la conquista forman el primer sistema planetario, a partir del cual todos los pueblos quedan comunicados; es entonces cuando comienza la globalización. También en ese momento tiene lugar un incipiente desarrollo científico y tecnológico que se va determinando paulatinamente como un proceso de acumulación de conocimiento. La globalización interactúa profundamente con este proceso de difusión de las ideas y los conocimientos.

América es el hecho más extraordinario de la globalización de todos los tiempos. En África y Asia, los navegantes europeos, y más tarde los comerciantes y los hombres de armas, se vincularon con grandes civilizaciones, con las cuales coexistieron y, en algunos casos, dominaron. Pero esas civilizaciones permanecieron en pie. Los chinos siguieron siendo chinos después de la presencia europea, y los africanos, africanos, y los árabes, árabes. Pero acá en América, cuando llegaron los europeos, las civilizaciones nativas, los pueblos originarios, que habían alcanzado un nivel considerable de avance totalmente aislados del resto del mundo, se desplomaron frente a la racionalidad instrumental superior de los conquistadores.

Los europeos, a partir del descubrimiento y la conquista del Nuevo Mundo, formaron nuevas civilizaciones. En América se produjo un proceso de exterminio descomunal. Se calcula que al momento del desembarco de Colón, la población en América era de unos 60 millones de habitantes. Un siglo después quedaba diezmada a un 10 ó 15 por ciento. La mayor parte de la gente había muerto como consecuencia, principalmente, de las epidemias. Sobre la base del remanente de los pueblos originarios, más los europeos, más después ese fenómeno extraordinario de la esclavitud de los africanos transportados

al Nuevo Mundo, se forma esta civilización americana con todas las diversidades observables de Norte a Sur. Nosotros, los argentinos, somos parte de este proceso, nos constituimos como parte de ese fenómeno, del descubrimiento, de la conquista y de la ocupación. A partir de allí empieza, entonces, esta relación entre lo interno y externo.

En resumen, la acumulación, la formación de una nacionalidad, el desarrollo no se producen aislados del mundo, se registran en estrecha relación con lo que viene de afuera. Y lo que viene de afuera plantea desafíos y oportunidades. Plantea oportunidades en el sentido de que puede abrir mercados, traer conocimientos. Pero también abre vías de subordinación y de relaciones de intereses internos con los intereses dominantes de afuera, para terminar configurando estructuras que no son permeables a la transformación y a la gestión del conocimiento. Insisto, la capacidad de una sociedad de un espacio para desplegar el conocimiento, para poner en marcha procesos de acumulación y para generar las indispensables transformaciones de estructuras, se dan en un marco de relaciones internacionales.

La estructura es importante porque para poder realmente generar el conocimiento y obrar una transformación, hay que contar con una capacidad productiva de lo que está en la frontera de la ciencia y la tecnología. Si una sociedad se limita a producir solamente productos primarios, por ejemplo, cobre, petróleo, trigo u otros productos básicos ligados a los recursos naturales, y no incorpora en su estructura productiva una diversidad de acciones y de actividades portadoras del conocimiento y de las nuevas tecnologías, configurará una estructura restringida que establecerá con el resto del mundo una relación necesariamente subordinada. Porque va a ser abastecida de las cosas complejas desde afuera y no va a tener capacidad de gestionar, desde adentro, los nuevos conocimientos. Una estructura productiva diversificada es necesaria, no para aislarse, pero sí para tener una relación simétrica con el exterior.

La forma en que una sociedad se vincula en la globalización al contexto externo es fundamental. Entonces uno se puede preguntar cuáles son las condiciones que hacen que una sociedad responda bien a estos desafíos y oportunidades de la globalización. Podemos tomar varios ejemplos de países que en algún momento, a lo largo del tiempo, estuvieron rezagados y después pasaron al frente: Estados Unidos después de su independencia, Alemania después de la unificación, bajo el gobierno de Bismarck; los

japoneses a fines del siglo XIX y, contemporáneamente, un grupo de países asiáticos, inicialmente Japón, después de la Segunda Guerra Mundial, que alcanzó un formidable desarrollo, y algunas naciones relativamente reducidas en territorio pero muy dinámicas (Corea, Taiwán), a las que se suman los dos países más poblados del mundo, China e India, que están incorporándose masivamente a la gestión del conocimiento y a la transformación.

¿Cuáles son las condiciones que hacen que los países se vuelvan exitosos, en el sentido de que terminan siendo capaces de gestionar el conocimiento para poner en marcha procesos de acumulación y relacionarse con el resto del mundo, de tal manera que esos cambios internos sean posibles, manteniendo el comando de su propio destino y no subordinándose a los intereses de afuera? En todos los casos se verifican ciertas condiciones necesarias para tener éxito. Una, que exista un grado suficiente de inclusión social, que la sociedad sea suficientemente homogénea, que la mayor parte de la gente pueda participar de los frutos del crecimiento, que no haya fracturas insalvables entre una minoría y la mayoría, bien sea porque la minoría tenga todos los recursos y la mayoría esté empobrecida, o porque hay fracturas de carácter religioso o étnico. Es decir, las sociedades que de alguna manera tienen capacidad de transformación, de formarse y de crecer, tienen un grado suficiente de cohesión social.

Otra característica de esas sociedades es que tienen líderes que acumulan poder dentro del espacio que dominan o que controlan, preservando el dominio y la movilización de los recursos disponibles dentro del espacio territorial y reteniendo el dominio de las cadenas de valor y el proceso de acumulación, abriendo así oportunidades para la comunidad en su conjunto, para que las mayorías participen de los frutos del desarrollo. Son líderes nacionales con capacidad de poner en marcha estos procesos de crecimiento y acumulación, en los que la ciencia y la tecnología constituyen la base de la transformación de una sociedad y su respaldo, en un rol protagónico.

La tercera condición presente en los países exitosos es la existencia de un marco institucional razonablemente estable, y esto puede darse bajo regímenes democráticos, republicanos o monarquías. Los japoneses llevaron adelante su gran proceso de desarrollo de fines del siglo XIX bajo un régimen monárquico muy riguroso, los alemanes concretaron la unificación bajo el liderazgo prusiano, los Estados Unidos bajo

una república democrática, los ingleses lo habían empezado antes bajo una monarquía constitucional. Es decir, distintos regímenes políticos, pero en todos los casos dentro de marcos institucionales capaces de mantener el proceso de transformación y de generar procesos de arbitraje que permitieron mantener un razonable orden en la realidad social para que el desarrollo pudiera tener lugar. Porque en el marco del desorden y la inestabilidad nada puede construirse.

Por último, la cuarta condición de los países exitosos es la capacidad de ver el mundo desde las propias perspectivas. Sucede a lo largo del tiempo -pasa en todo momento, pasa ahora- que los países que en cada momento de la historia alcanzan una posición dominante, poseen una visión de la realidad y un criterio ordenador en las relaciones internacionales que actúa en su propio beneficio. Inglaterra, que fue la primera potencia industrial de carácter global, desarrolló una gran teoría: la teoría del comercio internacional, las ventajas comparativas, el comercio libre, el libre cambio. Era una teoría funcional a sus propios intereses, ya que era la nación tecnológicamente más avanzada de la época. Entonces, difundió el paradigma librecambista, según el cual lo mejor para todos es abrir la frontera, dejar que el comercio fluya para que todo el mundo aproveche mejor los recursos y todo el mundo gane. Pero en realidad, en la medida en que una sociedad, una economía, está relativamente atrasada, si hace esto queda sometida al abastecimiento de la sociedad más avanzada y no puede llevar a cabo su proceso de transformación. Por eso es que los países que quedaban atrás del centro hegemónico hicieron exactamente lo contrario: en el siglo XIX, Estados Unidos se convirtieron en la nación más proteccionista del mundo; no aceptaron el paradigma librecambista, y no lo aceptaron los japoneses y no lo aceptaron los alemanes y tampoco, en la segunda mitad del siglo XX, China, India, Corea, Taiwán. Ninguno de estos países “compró” la visión del poder hegemónico dominante, a la cual un gran economista argentino, Raúl Prebisch, llamó el “pensamiento céntrico”; es decir, la forma en que el centro del poder ve y organiza el mundo. Entonces, una de las condiciones del desarrollo para los países atrasados es no adherir a la visión de los centros de poder, que les impide organizar su realidad conforme a intereses extranjeros y no a los propios. En todos los casos, en los países exitosos, siempre la existencia de un pensamiento propio, realista, ligado a los intereses nacionales, ha sido y es fundamental.

En resumen, este conjunto de circunstancias, me refiero a la cohesión social, los liderazgos nacionales, la estabilidad institucional, el pensamiento propio, constituyen la densidad nacional. Y los países con sólida densidad nacional tienen la capacidad de formular políticas para desplegar el potencial de crecimiento; capacidad para gestionar el conocimiento, para poner en marcha procesos de acumulación en sentido amplio, inherentes al desarrollo, y para vincularse al resto del mundo de una manera simétrica y no subordinada. La densidad nacional, la soberanía, la capacidad de un país de administrarse y de desplegar su potencial, es esencial para poder establecer con el resto del mundo una relación no supeditada a los centros de poder del orden mundial. Esta perspectiva de vincular el desarrollo a la fortaleza de la densidad nacional contribuye a dar un marco de referencia que nos permite analizar el pasado, entender lo que pasa en la actualidad y trazar algunos lineamientos a futuro.

Cuando analizamos estos elementos de la experiencia histórica, la nuestra y la ajena, se advierte que a lo largo de la historia hemos tenido, y tenemos, muchos problemas en nuestra densidad nacional. La historia se empezó a escribir tempranamente bajo un patrón de dominación y de exclusión. La conquista se fundó en el dominio y el exterminio de los pueblos originarios, a lo que luego se sumó la incorporación de esclavos y el control de los grandes recursos. Acá, en el extremo sur de América, hasta el siglo XVIII y principios del XIX, el actual territorio argentino no revestía mayor importancia. En el comercio mundial de la época lo que importaba eran los metales preciosos, los productos tropicales, el azúcar. Y acá no había nada de eso; era una pradera fértil, las vacas pastaban libremente, pero había muy poco comercio. Fue una región relativamente postergada, pero tempranamente con una fuerte concentración de los recursos en pocas manos. Después se produjeron dos acontecimientos fenomenales.

Uno fue la revolución industrial: se produjo un avance de los medios de transporte con la aparición del ferrocarril. Imagínense ustedes que antes de que este apareciera, el transporte se hacía por tracción a sangre. El desarrollo del ferrocarril produce una revolución en el espacio porque es el primer medio de transporte que permite vincular distancias muy grandes y bajar espectacularmente los fletes. Y aparecen los barcos, la navegación a vapor, aparece el telégrafo, los cables submarinos, la comunicación en tiempo real, el desarrollo de la industria en Europa, en Gran Bretaña y en otras partes, y el formidable aumento de la demanda de alimentos y materias primas. Y entonces este

territorio, que hasta mediados de siglo XIX era marginal, se convierte en un centro de gran interés, porque la pradera pampeana tiene un gran potencial de producción de alimentos, de carne, de cereales y demás. Argentina se transformó, en pocas décadas, en un importante polo de producción de estos productos para el mercado mundial.

Simultáneamente se produjo el segundo acontecimiento trascendente: al tiempo que se llevaba a cabo la revolución industrial, la frontera potencialmente productiva se había expandido y las mejores tierras de la región pampeana quedaron en manos de los viejos grupos que venían del orden colonial. Cuando llegaron los inmigrantes, a diferencia de lo que ocurrió en Estados Unidos, Canadá o Australia, donde los inmigrantes fueron expandiendo la frontera, expulsando a la población nativa y quedándose con la tierra, acá, cuando llegaron los inmigrantes, la tierra estaba ocupada. En consecuencia, se conformó tempranamente una estructura de poder muy concentrado. Esta fue una de las debilidades originales de nuestra densidad nacional, una muy temprana concentración de la propiedad del recurso que en esa época era fundamental: la tierra.

Los grupos dominantes de la época establecieron con la potencia hegemónica una relación especial. Gran Bretaña les abrió el mercado para exportar cereales y carnes, y después, de la misma fuente, vinieron los capitales para el ferrocarril y para los frigoríficos. Entonces se creó una alianza entre los grupos de poder concentrados en Argentina y la potencia hegemónica. En la cadena de valor agropecuaria, que era la fuente de riqueza en ese momento, en la chacra y la estancia, la producción la hacían argentinos. Pero toda la cadena de valor estaba en manos extranjeras: los ferrocarriles, los bancos, los intermediarios comerciales, los frigoríficos. Tempranamente, el país careció de liderazgos empresarios con vocación de retener el dominio de los recursos y crecer. En ese escenario se implantó en Argentina el libre cambio. No tuvimos capacidad de formular un pensamiento alternativo, de transformación de la estructura, quedamos atrapados en el pensamiento céntrico.

Bajo ese sistema fuimos capaces de ir acumulando capacidad institucional a partir de la Organización Nacional y la presidencia de Mitre, pero así y todo el sistema era tan endeble que se desplomó el 6 de septiembre de 1930. La debilidad de la densidad nacional argentina a lo largo de la historia fue configurando un tipo de economía limitado. Alcanzó un nivel de avance considerable porque la riqueza natural del país era

tan grande que logró un nivel del ingreso relativamente elevado, pero con una estructura muy vulnerable que dependía totalmente del capital extranjero, del comercio de las exportaciones de productos agropecuarios. El abastecimiento de casi todos los bienes manufacturados venía de afuera. Ya desde mediados del siglo XIX, los gauchos que poblaban La Pampa usaban cuchillos y ponchos fabricados en gran medida en Gran Bretaña.

Coincidentemente con el derrumbe el sistema institucional en 1930, se produce la crisis mundial. El orden global, dentro del cual Argentina había crecido como exportador de bienes primarios, se derrumbó; desaparecieron los capitales extranjeros y el país quedó fuertemente endeudado, por lo que tuvo que cambiar el rumbo. Comenzó así una nueva etapa, lamentablemente en condiciones de extrema inestabilidad institucional, provocada por el golpe de Estado. Y así fuimos en el tiempo acumulando problemas, dificultades. Cuando el poder fue transferido a un movimiento popular bajo el liderazgo del entonces coronel Perón, se inició un proceso de inclusión social y se amplió el desarrollo industrial, que ya se había iniciado en la década del 30 como consecuencia de la crisis mundial. Pero junto con los avances en algunos aspectos de la densidad nacional, como la inclusión social y una mejor distribución del ingreso, se produjeron también fracturas en el sistema político por la ausencia de normas democráticas de convivencia. Y el sistema, finalmente, estalló en otro golpe de Estado.

Luego, en medio de una serie de acontecimientos, en parte influidos por la realidad externa, como la Guerra Fría, el conflicto Este-Oeste y la Revolución cubana, se generó la ilusión en algunos grupos contestatarios de que era posible cambiar el mundo por la fuerza. Esto desató la violencia de los extremos del arco político y el terrorismo de Estado, que llevó al país a una situación límite. La acumulación de problemas que no fuimos capaces de resolver a lo largo del tiempo tuvieron un estallido dramático en la década del 70, que desembocó en nuevamente en un golpe de Estado. La ruptura de las condiciones de convivencia civilizada y el orden constitucional produjo una acelerada desorganización de la estructura productiva y la trama social. Los hechos que se sucedieron, la guerra de Malvinas y la inmediata derrota, la aplicación de una política de especulación financiera, el desmantelamiento industrial y el aumento del desempleo y la exclusión, demolieron la densidad nacional. De allí salimos a fines de 1983, cuando

el país se reencontró con la democracia bajo el liderazgo de Raúl Alfonsín. Recuperamos las instituciones, que es un aspecto fundamental de la densidad nacional.

El país llega a esa etapa con una herencia de deuda, desequilibrio, conflicto social. No se logró poner en marcha políticas que permitieran recuperar la gobernabilidad y ganar autonomía financiera para poder tener una relación no subordinada con el mundo. Vivimos mucho tiempo sometidos al tema de la deuda, que se volvió un problema decisivo porque como no alcanzaba nunca la plata para pagar los intereses, cada vez había más deuda. Finalmente, terminamos en una situación de sometimiento al FMI, a los acreedores y, ya en plena democracia, al escenario internacional, en el cual se habían acrecentado las fuerzas de la globalización, las corporaciones transnacionales y, sobre todo, la especulación financiera. En la década de 1990 se implantó el Consenso de Washington, que impulsaba la apertura de la economía dejándola librada a las fuerzas de los mercados, sacando al Estado del escenario y privatizando todo, a la espera de los capitales y los créditos que vendrían a desarrollar a la Argentina. La política consistió en transmitir señales amistosas a los mercados, ser aplicados, para colmo con un tipo de cambio sobrevaluado, el uno a uno, que provocó que el mercado interno se llenara de productos importados, con lo que se desmanteló buena parte de nuestra capacidad productiva; se fracturaron los procesos de acumulación, se destruyeron empresas, se vendió YPF y todo su acervo tecnológico, se vendieron las telecomunicaciones y cuanto había por vender del patrimonio nacional. El país se endeudó hasta el límite de la insolvencia, situación que estalló en la fenomenal crisis de 2001-2002.

La Alianza prometió cambiar el rumbo, aunque dentro de las mismas reglas del juego, lo cual era un contrasentido porque las mismas normas no podían producir otros resultados que los que habían tenido. Y finalmente se produce la crisis institucional, la renuncia del presidente, el vacío de poder. En 2002 existía una situación extremadamente difícil: un país desesperado, sin bancos, sin moneda (había 17 monedas dando vuelta por todo el país), el default, una tasa de desempleo mayor al 25%. Algunos decían que la única posibilidad era un salvataje internacional; otros propusieron que el país fuera administrado desde afuera. El escenario era realmente dramático, todos tenemos memoria. Acá hay mucha gente joven, pero no tanto como para no recordar vívidamente lo que pasó hace apenas siete años.

Por un conjunto de circunstancias, la historia que se escribió desde entonces hasta ahora fue distinta a la que nos anticipaban en aquel momento. Las instituciones de la democracia resistieron y el país eligió sus autoridades en paz. Aislado frente a la situación internacional, en default, sin crédito, comienza a recuperarse con sus propios recursos; aparece un fuerte superávit en el balance comercial, se pesifica el sistema monetario y por tanto se recupera un banco central y la posibilidad de hacer política monetaria; se va recuperando la solvencia fiscal y Argentina, que estaba en el desorden, empieza a administrarse. Paulatinamente va recobrando el comando de sus instrumentos, del crédito, del tipo de cambio, de la competitividad. Esto dio lugar a un proceso de recuperación muy notable hasta tiempos recientes, que permitió el crecimiento de la economía; hoy es un 60% mayor, en términos del producto bruto interno, de lo que era en 2002. Esta fenomenal crisis internacional que se está viviendo y ha conmovido a las mayores economías del mundo, porque se ha derrumbado el universo de la especulación financiera y arrastrado a las mayores economías, en nuestro país ha provocado efectos marginales en el sistema financiero; el sistema bancario argentino está sólido, no ha habido crisis financiera. Hay, es cierto, una situación económica complicada, en parte como consecuencia de la recesión internacional y, básicamente, por nuestros eternos problemas internos. Pero se ha demostrado en estos años que el país se puede gobernar, que es posible mantener el comando de los instrumentos de la política económica, que el país puede apoyarse en sus propios recursos; hemos salido de la crisis sin pedirle nada a nadie, por nuestros propios medios. Y hemos experimentado un crecimiento considerable.

La actualidad está sometida a una serie de tensiones que nos confronta, otra vez, con el tema de la densidad nacional y el peligro de repetir los desencuentros, los conflictos, la intolerancia, el pensamiento céntrico, para que nos vuelvan a decir de afuera qué es lo que tenemos que hacer y para que grupos influyentes de adentro se asocien a esa visión alienada porque responde a sus propios intereses. El riesgo de reeditar los errores del pasado, el conflicto político, las visiones “mesiánicas”, liderazgos con vocación de acumular poder como comisionistas de intereses transnacionales; son estos los grandes dilemas que estamos enfrentando ahora y que tenemos que resolver para fortalecer la densidad nacional. Tenemos que consolidar las instituciones, la transparencia en las instituciones, la libertad, el diálogo político. Tenemos que fortalecer los liderazgos empresarios, sindicales, culturales, políticos, que conciben la posibilidad del país

grande, potente, basado en sus recursos, abierto al mundo pero en pleno control de su propia realidad. Desde la Universidad de Buenos Aires, el llamado grupo Fénix realizó un aporte considerable, y afortunadamente no fue el único. En medio de la crisis de 2001 dijimos que esto se venía abajo porque no correspondía a la realidad de los hechos, que era necesario cambiar el rumbo y poner de pie al país con sus propios recursos. De alguna manera, hubo una mejora de la densidad nacional. En el plano de las instituciones, vuelvo a insistir, la democracia resistió, reapareció el Estado como mediador de los intereses en juego. Es cierto que lo puede hacer mejor, pero no es un agente al servicio de los intereses particulares; hoy tenemos un Estado capaz de arbitrar en la distribución del ingreso, en el debate de los contratos de las empresas privatizadas. La hegemonía del pensamiento céntrico que dominó durante mucho tiempo -y claramente en la década del 90- ha dado lugar a una realidad distinta que hoy nos permite abrir espacios de discusión como estos, en los que se exponen puntos de vista alternativos, como se está haciendo en muchas otras partes del país.

Hay una serie de elementos que configuran una nueva realidad, frente a la cual probablemente estamos en condiciones de construir una situación distinta, a partir del fortalecimiento de la densidad nacional: la cohesión social, la generación de empleo, la defensa del trabajo argentino y los espacios de rentabilidad, para que el destino más rentable y seguro de nuestros ahorros e inversiones sea la Argentina y evitar la fuga de capitales, como ha estado sucediendo en tiempos recientes. Si logramos consolidar liderazgos empresarios, sindicales, culturales y políticos con un fuerte sentido nacional, si fortalecemos nuestro pensamiento crítico y la capacidad de ver el mundo desde nuestra propia perspectiva, creo que las posibilidades son, realmente, muy grandes.

Una de las tareas pendientes, en este sentido, y otra vez en el terreno del pensamiento, es introducir una cuota de razonabilidad y de racionalidad en el debate de los temas. Parte de nuestros problemas, que son un reflejo de la debilidad subsistente de nuestra densidad nacional, es la dificultad en ponernos de acuerdo acerca de qué tipo de país es posible, y cuáles son las condiciones para que la Argentina llegue a tener una economía desarrollada. Este es un problema que viene del fondo de la historia. El hecho de que Argentina se insertara en la economía mundial como un gran productor, exportador de alimentos y materia prima, en la segunda mitad del siglo XIX, dejó en la memoria colectiva la idea de un país granero del mundo.

Ahora, en tiempos recientes, con el aumento de la demanda de alimentos, la demanda de Asia, y con los nuevos precios de la soja, de los alimentos, resurge la idea de que la Argentina como granero del mundo tiene futuro. Y la verdad es que no lo tiene. Porque el país es muy grande para especializarse en un solo sector, por importante y esencial que este sea, como es el sector agropecuario, que es una pieza fundamental de la economía argentina, pero ocupa solamente un tercio de la fuerza de trabajo. Si no logramos una estructura integrada, si no conciliamos una gran industria con un gran campo y el desarrollo regional, nos sobra la mitad de la población. Si lográramos el consenso de que necesitamos tener mucho campo y mucha industria, y convenimos en que el país dispone de una enorme dotación de recursos para la producción agropecuaria y los recursos necesarios para construir una sólida y diversificada base industrial, se pueden debatir temas como el de las retenciones con racionalidad.

Veamos un ejemplo interesante de lo que estoy diciendo, en términos de razonabilidad y racionalidad. Cuando se hizo en la Cámara de Diputados el debate sobre las retenciones, me invitaron las Comisiones de Agricultura y de Hacienda para discutir el tema de la Resolución 125*. El planteo que hice es que estábamos discutiendo mal el problema, porque estábamos discutiendo las retenciones como un problema de distribución de renta. El gobierno decía: “el campo tiene que contribuir a mejorar la situación de los que menos tienen”, y el campo decía: “por qué me la sacan a mí, si esta es mi renta”. Y las retenciones no son eso, son la diferencia entre el tipo de cambio que es necesario para ganar plata produciendo soja y el tipo de cambio que hace falta para producir textiles, tractores, productos químicos, etc. Dadas las características de la economía argentina, hacen falta tipos de cambio distintos para las actividades basadas en los recursos naturales y el resto de la economía sujeta a la competencia internacional; la diferencia son las retenciones. Después tenemos que discutir qué hacemos con ese dinero, pero la sustancia de la cuestión es que se trata de un instrumento para darle rentabilidad al conjunto de la producción argentina. Si nos ponemos de acuerdo en esto, entonces lo que tenemos que discutir no son las retenciones, es la rentabilidad y cuáles son las condiciones que hacen que la soja siga siendo rentable. Y también la producción de tractores, de maquinarias y todo lo demás.

* Se refiere a la Resolución del M.E. y P., sobre retenciones móviles a la exportación de granos, dictada el 10 de marzo de 2008 (N. del Editor).

Para resolver problemas como este, también hay que ponerse de acuerdo en el proyecto de país, en que este tiene que ser un país con una gran base agraria, una gran base industrial con desarrollo en las regiones; en que tenemos que atender a las características productivas argentinas, y en que lo podemos hacer porque tenemos los recursos. Y debemos entender que la soberanía y la capacidad de autodeterminación son fundamentales, porque el desarrollo no viene de afuera. Los países siempre se han construido desde adentro hacia fuera y no a la inversa. Y cada vez que nosotros pusimos la cosa al revés, esperando que las soluciones vinieran de afuera, nos fue muy mal. Entonces tenemos que construir un país confiado en sí mismo, con capacidad de gobernarse y de defender su interés nacional. Abriéndose al mundo, abriendo oportunidades para todos.

Todos estos son los grandes dilemas que están planteados actualmente. Es probable que estemos hoy en mejores condiciones que en otros tiempos como para poder encontrar soluciones razonables. Más allá de las polémicas siempre enredadas en los procesos electorales, sería muy importante, por ejemplo, generar espacios para este desafío de la razonabilidad y la racionalidad, para definir el proyecto de país: la creación del consejo económico y social donde se sienten en una mesa los representantes del Gobierno, los trabajadores, el campo, la industria, las regiones, la cultura; el gran debate en el Congreso sobre el proyecto de país. Imagínense qué importante sería que después del comicio el Gobierno o la oposición tomaran la iniciativa de decir:” vamos a hacer un gran debate sobre el proyecto argentino”. Y entonces debatir: ¿qué somos? el granero del mundo, ¿tenemos futuro como granero del mundo o no lo tenemos?, y si no lo tenemos y queremos hacer una gran economía con un gran campo y una gran industria y desarrollo regional ¿qué tenemos que hacer? Entonces, hay que introducir en el debate un pensamiento auténticamente nacional, ligado a nuestras realidades y a nuestras posibilidades. Es por eso que este seminario que estamos teniendo hoy acá, y los que se llevarán a cabo a lo largo del año, son una tarea muy importante. Probablemente no haya cosa más importante que hacer en el país que lo que estamos haciendo ahora, que es pensar el país, a ver si nos ponemos de acuerdo, si las mayorías nacionales coinciden en los ejes fundamentales del país posible. Las condiciones comienzan a estar dadas; y si lo logramos, es probable que estemos empezando a escribir una historia distinta. Insisto, es posible que quienes se reúnan acá o en otras partes, para festejar el tercer

centenario, puedan decir que los argentinos que actuaron en ocasión del segundo, tuvieron la capacidad suficiente para aprender de la Historia e iniciar un camino distinto. ¡Muchas gracias!