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Apuntes de Cátedra N° 1 El peronismo: rupturas y transformaciones (1945-1955) José Luis Zárate Introducción

Apuntes de Cátedra N° 1

El peronismo: rupturas y transformaciones (1945-1955) José Luis Zárate

Introducción

La elección de esta temática se debió a la importancia que reviste el análisis del peronismo como movimiento político que ha generado rupturas y transformaciones significativas en la Argentina de mediados de siglo XX. En consecuencia, el presente trabajo monográfico pretende desarrollar los clivajes y las transformaciones políticas, económicas y sociales producidos por el peronismo entre 1945 y 1955. Para ello se intentará articular los diversos enfoques analíticos trabajados en la asignatura sobre dicha temática, para su correspondiente problematización. Antes de comenzar con el análisis conviene hacer algunas aclaraciones preliminares respecto del tópico a desarrollar. En primer lugar este trabajo no se propone la realización de un estudio “original” sobre el peronismo, dado que este fenómeno constituye uno de los temas más desarrollados e investigados en las distintas disciplinas de las ciencias sociales en Argentina desde mediados de siglo XX. En este sentido, conviene subrayar claramente el alcance de este trabajo: analizar los tipos de rupturas que el peronismo introdujo en la sociedad y política argentinas durante 1945 y 1955, señalando, desde diferentes marcos de referencias, su carácter ambiguo y contradictorio. Una cantidad importante de trabajos historiográficos sobre el impacto de la década peronista 1945-1955 en las diversas esferas de la sociedad (Halperín Donghi, 1994; Torre, 2002; Altamirano, 2002; James, 2005) parten de la premisa de que el peronismo constituyó una ruptura1 en diversos órdenes: político, social, económico, cultural generando clivajes

1 Conviene señalar que la “ruptura” referida en los órdenes políticos, económicos y sociales no es tanto respecto de los años 1943-1945 puesto que en el gobierno de Perón se observan muchas continuidades con el gobierno militar surgido del 4 de junio de 1943. Perón profundizará las bases de un proyecto de país industrial que ya se comenzaba a perfilar en 1943. Más bien el término refiere a un quiebre social respecto de la Argentina oligárquica y liberal. El término de “ruptura” es una categoría que utilizaremos en un sentido amplio y hasta ambiguo. La misma puede designar al mismo tiempo un momento de “corte”, interrupciones, discontinuidades o nuevos clivajes de procesos sociales, económicos y políticos, como también transformaciones, reformas y/o profundización de procesos iniciados anteriormente.

y antagonismos hasta ese momento inéditos. Para Juan Carlos Torre, un destacado

estudioso en la temática, la historia política de la Argentina en el siglo XX se divide en dos: antes y después del peronismo” (Torre, 2002:13). Para dicho autor el peronismo llevó a cabo un desplazamiento del eje de los conflictos políticos que se suscitaban en el país. Mientras que

antes del peronismo el clivaje político-social giraba en torno a la lucha por el sufragio y los derechos políticos, con el peronismo el campo político se dicotomizó de manera antagónica, constituyendo una nueva oposición, cargada de contenidos de clase, que se inscribió en un contexto más amplio de extensión de derechos sociales. Partiendo de la misma premisa se intentará problematizar sobre los tipos de rupturas que generó el peronismo en los distintos órdenes, enfatizando principalmente los alcances y límites de las principales transformaciones de la sociedad argentina desde 1945 a 1955.

Antes del peronismo: transición hacia la sociedad industrial (1930 -1943)

Para poder comprender cabalmente los alcances y efectos de la irrupción que el peronismo supuso, es importante repasar brevemente algunas características de la economía, el sistema político y la estructura social de la Argentina en la década previa. Ello nos permitirá interpretar el contexto que generó las condiciones de posibilidad histórica para el surgimiento del peronismo.

Desde la década de 1930 se pueden comenzar a determinar los cambios que se fueron operando en la economía y la política, no sólo a escala nacional, sino también internacional. La crisis del capitalismo liberal de 1929-1930 comenzó a marcar los límites del modelo económico agroexportador argentino y su posterior crisis y debacle. Esa crisis abriría una nueva etapa en materia económica a través del avance del Estado en la intervención de las actividades económicas (Cataruzza, 200!). A partir de ese momento los distintos Estados desarrollaron procesos de industrialización por sustitución de importaciones para redefinir

su rol ante la nueva economía que se perfilaba.

En nuestro país durante esos años seregistró un fuerte impulso a la intervención estatal que en pocos años abriría un proceso de transición de una sociedad tradicional hacia una sociedad industrial. Al respecto, Anahí Ballent y Adrián Gorelik (2001) plantearon que la acción estatal de los años treinta fue fundamental para explicar los cambios estructurales

que se habían iniciado a partir de dicha crisis. En su estudio destacan las medidas adoptadas en materia de obra pública que desencadenaron importantes transformaciones territoriales que explicarán los procesos de urbanización posteriores. En este sentido, la industrialización de las ciudades del interior se asociaría a estos nuevos paradigmas de modernización territorial que el Estado impulsaba. Sin embargo, como destacaron Ballent y Gorelik, esos procesos no estuvieron exentos de contradicciones y límites puesto que la misma élite oligárquica defensora del modelo agroexportador sería la encargada de impulsar

la modernización urbana y los procesos de industrialización en el país, al tiempo que

reclamaba una modernización rural a partir del desarrollo de políticas de arraigo local.

En los inicios del período la obra pública se diversificó hacia nuevos sectores o áreas. Alcanzó mayor expresión cuando se asoció a programas de acción social en la construcción de viviendas. Sin embargo, en esta década, la intervención estatal se destacó fundamentalmente por la construcción de una importante red de caminos, impulsada por la

expansión del transporte automotor que supuso el desplazamiento del ferrocarril (considerado símbolo del modelo agroexportador). Asimismo, la industria del petróleo adquirió un fuerte protagonismo en las obras de modernización que emprendió YPF en distintos puntos del territorio nacional.

No obstante, este impulso a la urbanización y modernización territorial del país no podía ocultar lo que Ballent y Gorelik denominaban el “país rural”. Justamente, la coexistencia de “dos países” (país urbano y país rural) era la expresión cabal de una sociedad que estaba experimentando un proceso de transición hacia una modernización -no homogénea- cuyos contornos marcados irrumpirían con el peronismo.

En este paisaje dualse inscribe el proceso de migración interna que cambiará la morfología de la estructura social de la Argentina que es necesaria para interpretar a los sectores sociales movilizados por el peronismo. Para Ballent y Gorelik “las cifras censales indican que el proceso de migración interna se desenvolvía de modo continuo desde mediados de la década del treinta, aumentando el peso relativo de provincianos en la población de Buenos Aires desde un 16% en 1936 al 37% diez años después (…) Asimismo, gracias al desarrollo industrial, los recién llegados se incorporaron desde los márgenes de la ciudad y la sociedad, pero a una economía en expansión que necesitaba de ellos” (Ballent y Gorelik, 2001: 182). Este proceso descripto por los autores sirve para graficar las dimensiones del crecimiento del sector industrial en dicha década.

Por su parte tanto Murmis y Portantiero (2004) como James (2005) comparten la idea de estas transformaciones territoriales operadas a partir del crecimiento del sector industrial en la Argentina preperonista. Para los autores de los Estudios sobre los orígenes del peronismo ese proceso de industrialización fue impulsado por las élites oligárquicas que mantuvieron el “control hegemónico” de la incipiente industrialización, dentro de la alianza de clases propietarias que se conformó luego de la citada crisis. Daniel James, por su parte plantea que en los años ‘30 “en la estructura social se operaron cambios que reflejaban esa evolución económica. El número de establecimientos industriales aumentó de 38.456 en 1935 a 86.440 en 1946, a la vez que el número de los trabajadores de ese sector pasaba de 435.816 a 1.056.673 en 1946” (James, 2005:21). De manera similar al planteo de Germani, James ha considerado que este incremento de la clase obrera modificó su composición interna a partir de la incorporación de nuevos integrantes provenientes de las provincias del interior, fundamentalmente de las zonas rurales que se “desplazaban” por su atracción a los centros urbano-industriales. Sin embargo, agrega James, la expansión de economía industrial emergente y las modificaciones de la estructura social en transición no se tradujeron en beneficios para la clase obrera dado que la misma permaneció excluida tanto política como económicamente. Se puede afirmar que Daniel James comparte con Murmis y Portantiero la noción de que en nuestro país se desencadenaba un proceso de crecimiento industrial sin intervencionismo social, es decir, sin distribución del ingreso.

Esta afirmación también es planteada por Juan Carlos Torre (2006) quien añade como rasgo relevante de la Argentina de los 30 el desarrollo de un proceso de modernización conservadora acompañado por una crisis de participación política de los sectores medios y populares. Según Torre en la década de 1930 “en esta escena, donde plasticidad y rigidez, dinamismo y conservadorismo se mezclan solidariamente, se hallan los puntos débiles de una sociedad que se transforma pero lo hace reforzando un orden excluyente” (Torre, 2006:222). Esa doble dimensión

que se entremezcla va a imprimirle un impulso para la organización del movimiento obrero en su búsqueda de mejores condiciones laborales.

Joel Horowitz (2001) analiza las características del movimiento obrero durante los años treinta, destacando que el mismo se transformó rápidamente en el transcurso de esa década. Planteó que al comienzo de la década de 1930 el movimiento obrero enfrentó simultáneamente dos tipos de crisis: la primera de tipo económica, fue una crisis de desempleo generada por la reciente depresión económica. La segunda, de carácter político, se relacionó con las prácticas de violencia y represión a las organizaciones sindicales dirigidas por el Estado surgido del golpe de 1930. No obstante, para algunos sindicatos, la situación cambió cuando Justo asumió la presidencia en 1932. La tendencia represiva del anterior gobierno de Uriburu lentamente fue bajando su intensidad y extensión, al punto que los sindicatos dejaron de ser percibidos como una amenaza. Incluso algunos los que tenían conexiones políticas como los socialistas- crecieron considerablemente en ese período. Horowitz plantea sin embargo que es justamente a mediados de la década de 1930 cuando se transforma sustancialmente la naturaleza del movimiento obrero, a causa de transformaciones estructurales en la economía urbana crecientemente industrializada (Ballent y Gorelik). A partir de 1934 las huelgas se incrementaron y modificando su carácter estrictamente defensivo: los sindicatos comenzaron a formular demandas más significativas y audaces contra el poder patronal. En un período de dos años la proporción entre huelgas ganadas y perdidas se modificó en favor de las conquistas de los trabajadores, quienes hacia 1936 “tenían una expectativa de victoria mucho mayor: en el 31,7 % de los conflictos ganaron, sólo perdieron el 42%” (Horowitz, 2001: 262).

En este contexto, los sindicatos de orientación comunista se constituyeron en el sector más dinámico del movimiento obrero al mismo tiempo que el más combatido-, conformado por organizaciones gremiales de alcance nacional 2 : Federación Obrera de la Industria de la Carne, Federación Obrera de la Alimentación y Federación Obrera Nacional de la Construcción. Horowitz planteó que quizás el predominio de los sindicatos de tendencia comunista de estos años se debió a la táctica del Partido Comunista de poner sus recursos a disposición de los trabajadores de las fábricas más grandes de cada barrio y armar una red de contactos para los militantes sindicales dentro de las fábricas. Por otra parte, los comunistas -a diferencias de las otras tendencias sindicales- reconocieron la importancia de la participación de las mujeres en las industrias, especialmente la textil.

Para Horowitz el movimiento obrero adquirió en esos años un mayor espíritu de solidaridad entre las distintas tendencias que lo conformaron. La Guerra Civil en España fue el factor que temporariamente logró apaciguar sus diferencias internas afianzando su unidad como clase. No obstante, a partir de los primeros años de la década de 1940 comienzan a producirse divisiones y choques en su interior, después del cambio de la táctica agresiva de adoptada por los sindicatos comunistas contra firmas de origen norteamericano y británico. Hacia mediados de ese año la disputa se extendió prácticamente hacia todo el movimiento obrero. El avance de las restricciones a la actividad sindical y el progresivo recorte de libertades civiles durante el gobierno de Castillo crearon

2 Cabe destacarse que Louise Doyon discrepa con esta idea de Horowitz. Para Doyon hacia 1943 difícilmente se podía hablar en Argentina de un sindicalismo de alcance nacional” (Doyon, 2002:370)

las condiciones para que las organizaciones sindicales tuvieran serias dificultades en su funcionamiento. La división de la CGT en 1943 fue el corolario de un proceso complejo de inestabilidad política que atravesó e incidió sobre el movimiento obrero antes de la llegada del peronismo.

En suma, para Horowitz si bien en los años cuarenta el movimiento obrero argentino había acrecentado su poder (en términos de estructuras y de presencia de sindicatos grandes con alcance nacional) respecto de la década anterior, acuerda con Murmis, Portantiero y James en que había un alto grado de frustración en sus conducciones y bases. Para el autor “los sindicatos no habían tenido éxito en la mayoría de los casos, en la tarea de auxiliar a los trabajadores a enfrentar la inflación, creciente a causa de la guerra, y mucho menos en la de mejorar la situación general” (Horowitz, 2001:280).

Cualquiera sean los enfoques que se adopte (Horowitz, 2001; Murmis y Portantiero, 2004; James, 2005; Del Campo, 2005; Torre, 2006) existe cierto acuerdo entre los investigadores del peronismo de considerar a los sectores populares y al movimiento obrero anteriores como una fuerza social que, si bien crecía considerablemente, en esa década era todavía débil políticamente y actuaba de manera fragmentaria a causa de sus divisiones. Es decir, durante la década del ´30 y principios de los ´40, la clase trabajadora permaneció excluida del orden político dominado por la elite conservadora.

A estos elementos que conformaban un sistema político y económico que excluía a los sectores populares, se debe añadir otro aspecto de suma relevancia para interpretar adecuadamente el discurso ideológico del que el peronismo halló buena parte de su sustento. En este sentido, Lvovich nos aclara que “entre 1932 y 1943 el nacionalismo conoció una etapa de gran expansión, transformándose de un pequeño grupo de intelectuales convertidos en conspiradores en un movimiento militante de protesta” (Lvovich, 2003:295). Según Lvovich los rasgos principales del nacionalismo de la década del 30, sintetizados en un pasaje del texto de Mario Amadeo, muestran que el nacionalismo argentino a la vez que constituyó una reacción frente al liberalismo político levantó banderas acerca del retorno de la religión, especialmente el catolicismo. En el plano político concentró sus críticas a las instituciones representativas de la democracia liberal (parlamento) y postuló un gobierno fuerte. En el plano cultural el nacionalismo proclamó la vuelta a las tradiciones anteriores al liberalismo, mientras que en la esfera social fue defensor del estatismo y el corporativismo. Como veremos más adelante en Altamirano (2002), muchos de estos postulados formaron parte del corpus ideológico del discurso y la doctrina peronistas.

Todos los elementos desarrollados en los párrafos anteriores dan cuenta de la emergencia de procesos de cambio en una sociedad en transición. Asimismo, permitirán comprender el impacto sociopolítico que representó el peronismo una vez que éste acabó de constituirse.

El peronismo 1945-1955: la ruptura de la comunidad política

La sociología política aporta categorías que posibilitan explicar ciertos rasgos que asumió el peronismo desde su origen. Dado que nos propusimos abordar cómo los diversos historiadores o cientistas sociales concibieron la naturaleza de la ruptura y de los clivajes introducidos por el peronismo, creemos que la caracterización desarrollada por Aboy

Carlés (2002, 2005.) sobre populismo resulta pertinente para comprender y problematizar los alcances y dimensiones de los tipos de ruptura generados por el movimiento en la política, la economía y la sociedad.

De las distintas conceptualizaciones existentes sobre el peronismo como una variante del

populismo interesa destacar la empleada por Aboy Carlés, puesto que de alguna manera intenta ser una síntesis de las teorizaciones de Emilio de Ipola, Juan Carlos Portantiero (1989) y Ernesto Laclau (1978). Aboy Carles (2002, 2005) considera que el populismo se caracteriza por ser una lógica política que expresa la gestión de una tensión irresoluble entre tendencias a la ruptura del espacio comunitario (división antagónica de la sociedad en la que el pueblo se constituye antagónicamente respecto del bloque en el poder) y contratendencias a su recomposición comunitaria. Es decir, se resalta en este enfoque la dimensión inicial de ruptura respecto del orden, a la vez que su tendencia hacia el cierre de

su propia potencialidad disruptiva. Para Aboy Carlés, el peronismo (1945-1955) fue

alternativamente un partido reformista (momento de la ruptura, lo “nacional –popular” en

de Ipola y Portantiero) y un partido del orden (momento de la recomposición comunitaria,

lo “nacional estatal”). Para ilustrar un ejemplo de esta pendulación, Aboy Carlés planteó

que “alternativamente, la solidaridad nacional es reducida, en el discurso del primer peronismo a los límites de lo popular identificando a los argentinos con los peronistas- y calificando como no argentinos a los adversarios de las políticas reformistas implementadas en materia social por el gobierno. Pero, en un movimiento contrario, la invocación a la solidaridad nacional se utiliza en un segundo sentido que no se reduce ya a connotar el campo de “lo popular” sino que abarca los límites mismos de la formación política que intenta desactivar todo tipo de diferencias sociales entre los argentinos” (Aboy Carlés, 2002:28). En esta cita extensa se puede observar la doble dimensión (ruptura-recomposición) que habría caracterizado al peronismo en sus dos primeros gobiernos. Tanto en el plano discursivo, como también en el plano concreto de las políticas sociales y económicas, se pueden plantear diferencias significativas entre la primera presidencia (1946-1952) y la segunda (1952-1955). Mientras que en la primera prevalecería el momento de la ruptura, en la segunda se intentaría alcanzar la recomposición del espacio comunitario signado por antagonismos cada vez más irreconciliables.

A continuación trataremos de analizar brevemente los distintos puntos de rupturas

introducidos por el peronismo para problematizar sobre sus alcances y limitaciones. Especialmente centraremos la atención en aspectos a) político-ideológicos y b) económico- sociales.

A) Clivajes político ideológicos:

Sobre este punto una buena parte de la literatura historiográfica y sociológica (Altamirano, 2002; James, 2005; Torre, 2006; Murmis y Portantiero, 2004, Aboy Carlés, 2001) considera que el peronismo provocó desde el punto de vista político una serie de clivajes en la historia argentina del siglo XX. En este sentido, los diferentes autores analizan, desde distintas ópticas, la conformación de una frontera antagónica en la sociedad que dividió el campo político en dos bandos opuestos: “peronistas” y “antiperonistas”. Ciertamente, como veremos más adelante esa frontera que se cristalizó en 1945 no fue de ninguna manera estable e inmóvil. Tampoco los diferentes actores sociales que intervinieron en el proceso político abierto con el ascenso de Perón al poder y las alianzas conformadas se mantuvieron intactos. La ruptura provocada en los primeros años de mandato (integración política y social de la clase trabajadora, proceso de democratización social), en un

movimiento pendular, intentó revertir su marcha hacia otro sentido: la apertura hacia los capitales extranjeros y la preocupación por la productividad en la segunda presidencia.

El momento de la ruptura política: integración y ciudadanización de las clases trabajadoras

Si bien en algún punto se observan continuidades entre el régimen militar (1943-1946) y el peronismo respecto de la intervención del Estado en la economía, el papel de las Fuerzas Armadas, el mantenimiento de un vínculo estrecho con la Iglesia Católica y el establecimiento de un proyecto de desarrollo nacional sustentado en la industrialización y soberanía nacional, es posible encontrar algunas rupturas o discontinuidades en lo referente a la profundización de ciertos procesos ya iniciados (o por comenzar) y al contenido social que adquirió el gobierno peronista desde su asunción.

Miguel Murmis y Juan Carlos Portantiero plantearon que el peronismo debía ser conceptualizado como una nueva forma de alianza policlasista que desplazó al bloque de poder previo encabezado por el sector privilegiado de la oligarquía ganadera y los propietarios industriales. La constelación de fuerzas sociales de las que el peronismo se nutría estaba conformada por un sector de las clases propietarias industriales (empresariado nacional), la burocracia militar y representantes de la clase obrera organizada. Para Murmis y Portantiero el tipo de ruptura política que motorizó el peronismo consistiría fundamentalmente en la apertura de canales de participación a las clases populares por parte de la nueva alianza gobernante, que se había traducido en la incorporación de estos sectores a las estructuras de poder que hasta ese momento fueron ocupadas por la élite conservadora y las clases propietarias dominantes. Para los autores “la participación obrera era condición necesaria para llevar a cabo el proyecto hegemónico de un sector de las clases propietarias principalmente el que agrupaba a los industriales menos poderosos- y de la burocracia militar y política que tendía a representarlos” (Murmis, M. y Portantiero, J. C. 2004:175). Para los autores esta participación garantizaba, por un lado, la ampliación del mercado interno y de la industria a través del consumo por parte de los trabajadores. Por otro lado, la movilización de las clases populares garantizaba al nacionalismo popular un barniz de legitimidad política.

Por su parte, Daniel James analiza las razones por las que el peronismo logró atraer políticamente a la clase trabajadora. A diferencia del enfoque de Murmis y Portantiero que plantean el “comportamiento racional” de las clases trabajadoras en su apoyo al peronismo, James considera que la interpretación de la filiación política entre los sectores populares y Perón requiere algo más que una actuación de carácter instrumental por parte de los primeros. Para este autor, a pesar de las similitudes programáticas encontradas entre el peronismo y otras fuerzas políticas, el primero habría tocadofacetas que otros partidos políticos no abordaron.

De modo que, la ruptura peronista concebida como “impacto herético” consistiría en su redefinición de la noción de ciudadanía. Según James el peronismo tanto en su discurso como en su acción política propuso una ampliación de la ciudadanía entendida no sólo en clave política sino, fundamentalmente, en clave social- hacia vastos sectores sociales (entre ellos los trabajadores) que habían sido excluidos históricamente del sistema político. El carácter “concreto” y “creíble” del discurso político del líder del movimiento habría sido

fundamental para sumar la adhesión de los trabajadores. James destaca que desde la posición de enunciación presidencial el discurso peronista reivindicó la conciencia, los hábitos, los estilos de vida y los valores de la clase trabajadora tales como los encontraba y afirmaba su suficiencia y validez” (James, 2005:37). El carácter “plebeyo” y “realista” del discurso político peronista (que también se remontaba al legado yrigoyenista) para James constituyó un punto de inflexión respecto de las enunciaciones discursivas de las fuerzas políticas radicales, socialistas y comunistas. El “impacto herético” que operaría como ruptura del orden político se caracterizó tanto por la presencia de factores tangibles (íntima relación entre gobierno y sindicalismo, ampliación del gremialismo e incremento de representación parlamentaria de extracción gremial) como por factores intangibles (como la recuperación del orgullo, respeto propio y la dignidad). Para James “el poder del peronismo radicó, en definitiva, en su capacidad para dar expresión pública, a lo que hasta ahora había sido internalizado, vivido como una experiencia privada” (James, 2005:47). En suma, la “herejía” política consistió según James en el trastocamiento del orden simbólico de las jerarquías sociales y políticas que fue alterado, “subvertido” por el peronismo, al integrar política y socialmente a los sectores populares.

Ambivalencias de la ruptura

De acuerdo a la conceptualización del peronismo como una experiencia política populista (Aboy Carlés, 2002), notamos sin embargo que entre 1945 y 1955 la frontera antagónica generada con la integración de la clase trabajadora a la vida política afrontó sucesivos desplazamientos político-ideológicos. Altamirano (2002); Potash (2002) y Caimari (2002) mostraron, desde diversas ópticas, como se desplazaron los partidos políticos, los sectores de las fuerzas armadas y la Iglesia Católica hacia el bando opositor al finalizar el período estudiado (1955), generando un cambio significativo en la correlación de fuerzas del espectro político, respecto de la situación inicial de 1945, alcanzando un antagonismo sin precedentes entre sectores sociales y políticos.

Así las cosas, podemos afirmar que la ruptura política observada en los primeros años del gobierno (sobre todo entre 1946 y 1949), lentamente comienza a entremezclarse con orientaciones políticas opuestas hacia la recomposición comunitaria bajo el lema de la productividad y la subordinación política de la acción sindical. Esta percepción fue reconocida por James al plantear la ambivalencia del legado peronista (tendencias y contratendencias a la autonomía heteronomía de la clase obrera organizada respecto del Estado) que marca los límites del tipo de ruptura introducida. También Louise Doyon (2002) en su trabajo sobre la formación del sindicalismo peronista advirtió sobre todo a partir de 1952 una nueva actitud del gobierno ante las luchas obreras, menos favorable que la de los años de redistribución social. Para Doyon el giro conservador del gobierno en su política sindical comenzó a insinuarse desde 1947. Para el peronismo la confrontación laboral debía dar paso a “la búsqueda armónica de la prosperidad colectiva bajo la guía del Estado” (Doyon, 2002:377). A medida que transcurría la década peronista y crecían los antagonismos se observaba en el peronismo la necesidad de reemplazar la retórica con contenidos de clase de los primeros años. El propio discurso de Perón pronunciado el 15 de julio de 1955 de algún modo manifiesta el momento de desplazamiento de la retórica de

la ruptura” hacia la de la recomposición de la comunidad política: “la revolución peronista ha

finalizado, comienza ahora una nueva etapa que es de carácter constitucional, sin revoluciones, porque el estado permanente de un país no puede ser la revolución. Yo dejo de ser el jefe de una revolución para ser el presidente de todos los argentinos, amigos o adversarios” (citado por Juan Carlos Torre, 2002:72).

La ideología peronista: continuidades con el nacionalismo popular

A continuación trataremos de determinar si el momento de ruptura observado en el plano

político tuvo su correlato en el plano ideológico. El texto de Altamirano nos permitirá analizar las implicancias del discurso ideológico de Perón y la “doctrina peronista” entre 1943 y 1955. Altamirano planteó que el peronismo constituyó en la historia Argentina del siglo XX un clivaje sustancial desde el punto de vista político y social. No obstante, en términos ideológicos la “doctrina peronista” habría introducido escasa novedad y, en efecto, no habría constituido un clivaje o ruptura.

Inicialmente, rastrea que muchos de los elementos constitutivos del discurso peronista oficial ya existían con anterioridad a la conformación del movimiento y que inclusive fueron proclamados por otras agrupaciones políticas. Tal es el caso de las “tres banderas clásicas” de la independencia económica, justicia social y soberanía política. Altamirano en su afán de demostrar argumentalmente su hipótesis intenta identificar las fuentes de pensamiento que nutren al discurso ideológico del peronismo. Es así como sostiene que Perón no extrajo sus motivos ideológicos de una sola fuente. A la manera de un bricoler los tomó de aquí y de allá del repertorio militar, de su interpretación del fascismo, del vocabulario radical- para componer una de las versiones de ese fenómeno extendido (…) el del nacionalismo popular” (Altamirano, 2002:210).

Según Altamirano como producto de la irrupción del movimiento peronista se podría plantear que se producen dos tipos de desplazamientos político-ideológicos, originados por diversas circunstancias pero que se entrelazan entre sí: a) de la “revolución nacional” a la “revolución peronista” y b) del antifascismo al antiperonismo.

En el primer tipo de desplazamiento que desarrolla Altamirano se destaca el carácter nacionalista del gobierno militar de 1943, que vislumbraba el fin del Estado oligárquico liberal y la necesidad de construir un nuevo orden en el que el Ejército tenía una misión indelegable: salvar a la nación de los peligros de desintegración. En este marco, la idea de justicia social inauguraba una nueva “era de la política social” en nuestro país. Desde el punto de vista del pensamiento nacionalista la justicia social tenía la función de garantizar la unidad nacional a través de las relaciones de cooperación entre las partes del cuerpo social que se veían amenazadas por la injusticia social imperante y el “desorden de las relaciones laborales”.

El 17 de octubre y los años posteriores evidenciarían el giro social de la “revolución peronista”. En este nuevo contexto, que distaba del de 1943, se ha plasmado la inserción e integración de los trabajadores al Estado en tanto nuevos actores políticos y se ha afianzado la adhesión de éstos a Perón. No obstante, Altamirano, al indagar sobre las causas de este desplazamiento político ideológico no hace demasiado hincapié en los factores que produjeron tal desplazamiento. No queda claro si los contenidos fundamentales de la “revolución nacional” fueron reemplazados por otros de carácter

social o si, en efecto, se reacomodaron bajo otra retórica, persistiendo a pesar del cambio de contexto.

El segundo desplazamiento político ideológico que aborda Altamirano muestra cómo el arco opositor visualizó al peronismo y cómo estructuró el campo político ideológico entre los años 1945 y 1955. Inicialmente, el gobierno peronista fue considerado por sus opositores como una “dictadura fascista” al tener una actitud disolvente de los partidos políticos, implantar la enseñanza religiosa obligatoria 3 , el neutralismo en la guerra y su antiliberalismo y anticomunismo. Estas apreciaciones fueron formuladas de manera acabada por Américo Ghioldi quien estableció, según Altamirano, una disputa con el peronismo cuestionando, entre otras, las ideas corporativistas y fascistas de la función de los sindicatos en la vida política y social del país bajo la égida de Perón.

De acuerdo a Altamirano el antiperonismo implicó un alejamiento del antifascismo inicial dado el apoyo de amplios sectores de la clase trabajadora. Tal es el caso del Partido Comunista que en su caracterización del peronismo como “nazi-peronismo” tuvo que reconsiderar su planteo. Con el paso de los años los diversos partidos políticos en su lucha contra el movimiento peronista señalaron una antinomia entre la civilizacióny la barbarie” representada ésta última por el peronismo. Este desplazamiento abordado por el autor se basa en las interpretaciones de ciertos sectores liberales y de izquierda sobre el peronismo.

La ideología del movimiento peronista alcanzó su configuración clásica durante los tres primeros años del gobierno. Reconoce que en esos años se fue institucionalizando la doctrina y que la misma llegó a cristalizarse en la Constitución de 1949. En la nueva carta magna que modificó a su antecesora liberal, se incorporaron, entre otras cuestiones 4 , una serie de derechos sociales y la propiedad estatal de los recursos energéticos.

Más allá de los distintos documentos o publicaciones oficiales (Doctrina revolucionaria, entre otros), Altamirano identifica como principios de la doctrina peronista su inspiración cristiana, su pensamiento nacionalista, la preeminencia de la Justicia social, la noción de unidad nacional y la ley de la evolución del cuerpo social entendido como cuerpo orgánico. Plantea que el propio Perón afirmaba que la doctrina debía ser elástica y actualizarse, pero señala que el líder del movimiento hasta el momento de su derrocamiento no ha considerado “anunciar ninguna actualización”. Esto refleja para el autor cómo la retórica nacionalista de Perón fijaba asimismo límites precisos a su pragmatismo. Estas tensiones quedaron claramente reflejadas en el Segundo Plan Quinquenal, cuando como veremos en el próximo apartado- se tuvo que reorientar la política económica de la primera presidencia.

El último apartado Altamirano analiza el impacto del “hecho peronista” en los partidos antiperonistas. En este sentido, plantea que la aparición del peronismo debilitó las fuerzas de estos partidos a la vez que provocó “brechas y disidencias en su interior”. El estudio y descripción de esas brechas y divisiones en los partidos conservadores, Partido Socialista, Partido Comunista y la Unión Cívica Radical no hace otra cosa que evidenciar que el peronismo además de provocar un antagonismo en la política pudo generar la lucha

3 Fue implementada en 1943.

4 Las novedades del texto constitucional del 49 incluyó el voto directo para presidente, vicepresidente y senadores y la posibilidad de reelección presidencial, entre otras.

ideológica en el interior de los partidos del arco opositor para poder determinar una postura frente al movimiento peronista.

Ciertamente éste ha sido un aspecto que Altamirano reconoce pero no lo considera como una capacidad “innovadora” del efecto discursivo de la ideología peronista en cuanto que transformó las identidades político-ideológicas de los partidos opositores. Este quizá podría ser considerado un elemento “innovador” aportado por el discurso peronista en el sentido de constituir y fomentar (interpelar) al debate ideológico en el interior de los partidos opositores al resignificar términos y banderas políticas relevantes para la lucha ideológica.

Otro aspecto que aparece en el texto de Altamirano y que refuerza lo planteado en el párrafo anterior es la consideración de que con el peronismo ha llegado La hora de las masas. Plantea que los demás partidos políticos ya no podrán articular un discurso político viable sino incorporan a su ideario el papel que tendrá la nueva realidad colectiva que ha emergido con el peronismo. Esto sin dudas tendrá una importante incidencia en la producción del discurso ideológico de los demás partidos de la oposición que deberán actualizar sus cosmovisiones integrando a las “masas trabajadoras”.

B) Clivajes y transformaciones económico- sociales

Así como se plantean nuevas rupturas en el orden político, encontramos que las mismas presentan un correlato en materia económico-social. Distintos autores se han ocupado de analizar estas rupturas y sus posteriores desplazamientos y límites (Gerchunoff y Llach, 1998; Doyon, 2002; Gerchunoff y Antúnez, 2002; Torre, 2002; Sidicaro, 2005). No obstante, conviene aclarar que la ruptura se comprenderá en este apartado respecto de los procesos gestados antes de 1943. Esto no implica, como veremos, que no haya habido rupturas con el gobierno militar de 1943 de cual Perón fue una pieza clave.

En este sentido podemos afirmar que el tipo de ruptura producida entre el gobierno de Perón (1946-1955) y su predecesor, consistió fundamentalmente en la profundización de políticas sociales y económicas ya esbozadas o a desarrollar por el gobierno anterior, que se tradujo en la conformación de una sociedad más igualitaria signada por la exacerbación de sus antagonismos. A pesar de las transformaciones que se operaron en los años anteriores (1943-1945), este tipo de sociedad igualitaria fue forjada exclusivamente por el peronismo. De ahí la importancia de destacar las rupturas y clivajes en el terreno económico - social.

La ruptura como alteración de la relaciones de poder entre capital y trabajo

Una primera aproximación al tipo de ruptura iniciada en materia económica puede ser observada en las modificaciones en la correlaciones de fuerzas entre los trabajadores y el empresariado que justamente se cristalizó a partir de 1946. Durante la primera presidencia de Perón se ha podido constatar que desde 1946 en la mayoría de las actividades de la economía urbana la tasa de sindicalización se incrementó entre un 50% y un 70% (Torre, 2002). La expansión del sector sindical registrada en el período promovió la extensión de derechos y una mejor posición de los asalariados frente a las instancias de negociaciones colectivas con el mundo del trabajo. Esto implicó una nueva redistribución de poder en las

empresas al otorgar ciertas garantías y ventajas a los trabajadores en detrimento de la autoridad patronal. Esta inversión de las correlaciones de fuerza dentro del mercado de trabajo en favor de la clase trabajadora organizada se ha expresado claramente en dichos del dirigente socialista Enrique Dickmann, quien en conversación con obreros de Capital Federal y del interior sobre el impacto del peronismo en materia económica, comentó que:

yo pregunté a un obrero su opinión y en su ingenua simplicidad me dijo esto: “para que usted comprenda el cambio producido le diré que cuando con el antiguo Departamento de Trabajo teníamos alguna cuestión que dirimir el patrón estaba sentado y yo, obrero, parado: ahora, dice, yo obrero estoy sentado y el patrón está parado” (citado de James,

2005:55).

De modo que para estos autores (Torre y James), el peronismo constituyó en el campo de las relaciones entre capital y trabajo una ruptura respecto de las políticas sociales y económicas anteriores, incluso las del período 1943-1945. Torre considera que con la consigna de justicia social- desde el vértice del gobierno se otorgó una dignidad hasta entonces desconocida a los valores y prácticas del mundo del trabajo. (…) la justicia social condujo a una mayor integración sociopolítica de los trabajadores” (Torre, 2002:49). La ruptura económica producida, al trastocar e invertir las relaciones de fuerza en el mundo laboral, se inscribió en el marco de una sociedad más igualitaria que se fue forjando a partir de 1945-46.

El apogeo y la “bonanza peronista”: Industrialización y distribución del ingreso

Para Pablo Gerchunoff y Damián Antúnez (2002) los primeros tres años de gobierno del peronismo 1946-1948, denominada como “edad dorada” o “peronismo auténtico” se caracterizó por profundizar mecanismos de la estrategia de industrialización que se habían instaurado a partir del gobierno militar surgido por el golpe del 4 de junio de 1943. La ruptura llevada a cabo consistió en la persecución en materia económica del ideal del pleno empleo, aumento de salarios reales y una importante modificación en la distribución de la renta. Estos rasgos constituían el corazón de la política peronista. Para los autores en los primeros tres años os estratos sociales más sumergidos experimentaron la multiplicación en el poder de compra de sus ingresos y las clases medias accedieron a un conjunto de nuevos bienes que implicaron un salto de calidad en su confort. Esa fue la impronta del peronismo” (Gerchunoff y Antúnez, 2002:141). El contexto de prosperidad económica del primer trienio se correspondió con una situación internacional favorable respecto de las cotizaciones internacionales de las exportaciones argentinas. Sumado a esto, el despliegue de políticas fiscales, monetarias y salariales de carácter expansivo contribuyó a la consolidación de un proyecto económico que generó mayor igualdad social.

En este sentido se puede afirmar que durante la primera presidencia de Perón se llevó a cabo el momento de ruptura en materia económica, incluso con relación a algunas de las políticas del gobierno del 4 de junio de 1943. Ahí el primer plan quinquenal iba a expresar una orientación económica centrada en modelos distribucionistas y de justicia social que todavía no se había perfilado desde 1943.

El primer Plan Quinquenal 1947-1951 y la transformación del Estado

Este plan económico se insertó en un proceso de redistribución progresiva del ingreso que, como plantearon Gerchunoff y Llach (1998), tuvo como principal característica el haber logrado aumentos salariales y de niveles de consumo en la población, una mayor cobertura de la seguridad social y el pleno empleo. En dicho plan se propició la industrialización como política de desarrollo a largo plazo. La misma fue acompañada de un sistema de control de cambios adecuados, créditos industriales (a través del Banco industrial), fomento de la Educación Técnica, entre otros. En esta primera etapa algunos investigadores (Torre, 2002, Gerchunoff y Antúnez, 2002; Sidicaro, 2005) coinciden en otorgar un papel destacado al IAPI (Instituto Argentino para la Promoción de Intercambio) como agente monopolizador de la comercialización de cereales y oleaginosas. La política agraria adversa a los intereses de la oligarquía terrateniente promovida por el primer plan quinquenal se constituyó en una herramienta fundamental para aumentar el gasto público social, transferir ingresos del campo para el desarrollo de la industria y centralizar el comercio exterior. Esto fue posible debido al avance del Estado sobre los estamentos de la sociedad. Si bien como ya hemos visto con Ballent y Gorelik (2001) desde 1930 se encontraban antecedentes de la redefinición de su rol en la economía, con el peronismo alcanzó, en esta primera etapa, niveles de regulación social inéditos a partir de una veloz transformación de sus estructuras y dimensiones. El control estatal de lo que Perón denominaba “el sistema nervioso de la economía” fue posible gracias a políticas de nacionalización (estatización) del Banco Central, pero fundamentalmente de los servicios públicos y de las fuentes de energía (ferrocarriles, telefonía, usinas eléctricas, empresas de gas, puertos y plantas sanitarias) que se traspasaron a manos del Estado, culminando en lo que Oszlak denomina nuevas cristalizaciones institucionales en el aparato del Estado: Empresa Nacional de Energía, Yacimientos Carboníferos Fiscales, Gas del Estado, Dirección Nacional de Industrias del Estado (DINIE). 5 En síntesis, podemos considerar a la nacionalización y estatización de servicios públicos e instituciones como otra forma posible de concebir la ruptura económica peronista, que asociada a las dos anteriores (modificación de las relaciones de fuerza en las relaciones capital - trabajo y en el despliegue de políticas de distribución más equitativas del ingreso) conformarían el núcleo duro de las transformaciones del primer gobierno de Perón en materia económica.

La ruptura social como “democratización del bienestar”

Las políticas económicas implementadas en el marco del primer plan quinquenal tuvieron un impacto directo sobre la sociedad argentina. Juan Carlos Torre y Elisa Pastoriza (2002) analizan las transformaciones sociales operadas durante 1945 y 1955. Los autores plantearon que los cambios en el nivel de vida de los trabajadores fueron posibles merced a las políticas desplegadas por el incipiente Estado benefactor que se estaba consolidando. En este sentido, podemos plantear una nueva especie de ruptura que arrancó en 1945 con un proceso de democratización del bienestar inédito en nuestro país que implicó el acceso a

5 La DINIE se creó a partir de la expropiación de empresas alemanas.

nuevos bienes de consumo y la mejora de las condiciones de vida de los sectores populares

y las clases medias.

Para Torre y Pastoriza “la sociedad móvil de los años del peronismo fue, pues, una sociedad con una estructura de ingresos más igualitaria. Y, con más ingresos disponibles, los argentinos pudieron consumir más y en forma más variada. La evolución de los dos rubros básicos del presupuesto de las familias los

alimentos y la vivienda- tuvo un papel central en la elevación de los niveles de vida de la población(Torre y Pastoriza, 2002:282). Los autores consideran que ese proceso de democratización del bienestar fue un proceso cuyos resultados se distribuyeron proporcionalmente a la presión

y poder ejercidos por los distintos sectores sociales. Torre y Pastoriza plantearon que la

democratización social registrada se observó fundamentalmente en el acceso a la vivienda (profundizando políticas de 1943 sobre el congelamiento de los alquileres y desarrollando planes de viviendas), la extensión de la red de protección social (medidas de protección a la vejez y consolidación del sistema previsional). Destacan la eficacia de la acción gubernamental en materia de Salud Pública a través de la labor de Ramón Carrillo. La

implantación de un sistema unificado de salud pública de carácter integral sin dudas fue un aspecto que comportó mejoras sustanciales en este rubro. La pretensión de universalizar los servicios de salud a toda la población constituyó un avance en materia social dado que fue una medida inédita hasta ese momento. Durante la década peronista bajó la mortalidad infantil y aumentó la esperanza de vida de la población. No obstante, según Torre y Pastoriza, el alcance más amplio de la “democratización del bienestar” se produjo con la expansión de la educación.

Durante el peronismo se incrementó el presupuesto asignado a la cartera educativa. Asimismo se registró un crecimiento sostenido de la matrícula de nivel primario, secundario y universitario, lo que evidencia el carácter democratizador en la ampliación de los servicios que afectó a niños y jóvenes de distintos sectores sociales. En materia universitaria, se produjo un proceso de restricciones sobre la autonomía universitaria a la vez que se triplicó la matrícula de toda la educación superior. En materia de políticas educacionales el peronismo mantuvo continuidades respecto del gobierno militar de 1943 que estableció la obligatoriedad de la enseñanza religiosa en todo el país. Esto implicó un cambió de rumbo en la educación respecto de las tradiciones educacionales imperantes en nuestro país que se inspiraban en el laicismo establecido en la Ley 1420 de educación común sancionada en 1884.

Sin embargo, en este aspecto se pueden establecer rupturas con las orientaciones educativas respecto del desarrollo de un sistema educativo paralelofuertemente vinculado con el trabajo y la productividad. En ese sistema paralelo en el que se fortaleció la educación técnica, la Comisión Nacional de Aprendizaje y Orientación Profesional (CNAOP) y la Universidad Obrera Argentina adquirieron suma relevancia. Tal como planteó Mariano Plotkin (1994) el sistema educativo fue reorganizado por el peronismo, constituyéndose en un importante aparato ideológico en la difusión del ideario justicialista. Esta reorganización fue analizada por los teóricos de la educación como un intento de segmentación del sistema educativo que excluía a los hijos de las clases trabajadoras del sistema educativo tradicional, confinándolos a procesos formativos que aseguraban su calificación como fuerza de trabajo, distanciándola de los procesos formativos que podría suponer una movilidad social ascendente. Finalmente podemos plantear, siguiendo a Plotkin, que la escuela jugó un papel

importante también en la consolidación de los rituales y liturgia peronistas que se daban en el marco de las disputas por el espacio simbólico.

El viraje económico de la década de 1950

Como reconocen la mayoría de los historiadores, la década de 1950 conoció otras facetas del peronismo. Lentamente, el apogeo alcanzado en los tres años dorados (1946-1948) comenzaría a declinar. La crisis económica del sector externo sumada a las dos sequías sucesivas- fue el desencadenante de un viraje económico importante en el peronismo. La nueva estrategia del gobierno peronista en su segunda presidencia implicó la revisión de sus prioridades: “a partir de ese momento se privilegió la estabilidad por sobre la expansión, la agricultura por sobre la industria, la iniciativa privada y el capital extranjero por sobre el crecimiento del sector industrial” (J. C. Torre, 2002:64). Según Gerchunoff y Antúnez esta revisión de la estrategia económica tuvo dos etapas. En la primera en 1952 se llevó a cabo un programa de estabilización económica que tuvo por objeto solucionar el déficit externo y detener la inflación a partir de un plan de austeridad en el gasto público. Esto supuso un ataque a la puja redistributiva. El gobierno en ese mismo año, anunció que los salarios, los precios y las tarifas públicas quedarían congeladas por dos años, dando a entender que en las futuras discusiones salariales la productividad iba a ser un elemento importante. A fines de ese año

se elaboró el Segundo plan quinquenal que se implementó a partir de 1953. Este segundo

plan quinquenal plasmó un modelo de desarrollo centrado en el aumento de la productividad, el desarrollo de una industria pesada y la atracción de capitales extranjeros especialmente en la política petrolera. Es importante destacar en este marco el cambio de orientación de la política agraria que supuso la redefinición del papel del IAPI a favor del campo.

Conclusiones provisorias

A lo largo de este trabajo hemos tratado de problematizar algunos puntos de inflexión

generados por el peronismo entre 1945-1955 especialmente en materia político-ideológica y económico-social. A partir de la bibliografía analizada pudimos llegar a la conclusión de que existió un “antes y después” del peronismo. Para explicar ese impacto herético que supuso utilicé la idea de ruptura para explicar los procesos de transformación que el peronismo

representó para la sociedad argentina en el período 1945-1955. Es importante destacar que a pesar de las importantes continuidades del peronismo con el gobierno militar de 1943 que abordamos en este trabajo- el peronismo generó clivajes en lo político, social y económico que alteró sustancialmente a la sociedad argentina, signando buena parte de los conflictos políticos de las futuras décadas, es decir, desde la denominada “resistencia peronista” hasta su retorno al poder en 1973.

La imposibilidad de concebir una ruptura “plena” en el peronismo, exenta de pendulaciones ambivalentes, más que representar un defecto de la categoría empleada, justamente es la evidencia de que todo proceso social e histórico se desenvuelve de modo contradictorio y no logra cerrar completamente su ciclo. Parafraseando a Aboy Carlés, la ambigüedad, la tensión irresoluble de tendencias opuestas (el momento de ruptura y

recomposición del espacio comunitario) ha sido consustancial con la naturaleza del peronismo. Los virajes en materia económica y política de la segunda presidencia que abordamos escuetamente en la última parte del trabajo, antes que negar la importancia del momento de la ruptura (tendencia al igualitarismo plebeyo), la afirma. Es justamente porque hubo recomposición o reformulación de políticas, es porque ha habido un proceso de ruptura durante los primeros años. Una ruptura que perduró y perdura en el imaginario de muchas generaciones.

Bibliografía consultada:

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