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Hilst. A los 30 años ya tenía cinco libros de poesía publicados.  Etiquetado como: Edición Impresa A comienzos de la compulsiva y agitada década del 60, la joven poeta brasileña Hilda Hilst lee Carta al Greco de Nikos Kazantzakis. En esa lectura reconoce una vocación transgresora que se articula sobre un deseo que hasta allí le había sido invisible: escribir el instante en que las criaturas arden. A eso dedicará en adelante sus días de ocio en su Casa del Sol, la residencia cercana a Campinas donde solía albergar a científicos, músicos, pintores y escritores como José Luís Mora Fuentes, Olga Bilenky y Caio Fernando Abreu. En esa atmósfera “experimental” y casi onírica escribió toda su obra narrativa. El sello editorial Cuenco de Plata ha puesto ahora al alcance de los lectores argentinos, en una comprometida traducción de Teresa Arijón y Bárbara Belloc, dos de sus obras más celebradas, hasta aquí inéditas en español: La obscena señora D y Cartas de un seductor . A la luz de esas ficciones se puede percibir que el interés de esta “autora de culto” por lo narrativo es estricta y absolutamente poético: al punto que las propias traductoras no dudan en reconocerlas como “derivas inesperadas de su poesía”. La obscena señora D es el monólogo alucinado, onírico y asintáctico de una búsqueda de sentido por un personaje infraleve que no tiene nada porque lo ha abandonado todo (empezando por el nombre propio) y que encadena imágenes, sensaciones y meditaciones vagas refugiada en el vano de la escalera. El relato que apenas se sostiene de un argumento ínfimo es desbordado por una trama más propensa al enrarecimiento poético y a la dilación metafísica que a la ejecución narrativa. Sola, obscena, como una “criatura sin amparo y sin subterfugio”, la escritura de Hilst se desdobla en una voz nostálgica que rememora o crea situaciones y diálogos que retornan una y otra vez, imaginariamente, a la consistencia de un elemento fálico perdido (Ehud, el Padre, Dios). Pero eso no alcanza para hacer de estos jirones de ficción una narrativa pornográfica. A " id="pdf-obj-0-2" src="pdf-obj-0-2.jpg">

Hilst. A los 30 años ya tenía cinco libros de poesía publicados.

Etiquetado como:

A comienzos de la compulsiva y agitada década del 60, la joven poeta brasileña Hilda Hilst lee Carta al Greco de Nikos Kazantzakis. En esa lectura reconoce una vocación transgresora que se articula sobre un deseo que hasta allí le había sido invisible: escribir el instante en que las criaturas arden. A eso dedicará en adelante sus días de ocio en su Casa del Sol, la residencia cercana a Campinas donde solía albergar a científicos, músicos, pintores y escritores como José Luís Mora Fuentes, Olga Bilenky y Caio Fernando Abreu.

En esa atmósfera “experimental” y casi onírica escribió toda su obra narrativa. El sello editorial Cuenco de Plata ha puesto ahora al alcance de los lectores argentinos, en una comprometida traducción de Teresa Arijón y Bárbara Belloc, dos de sus obras más celebradas, hasta aquí inéditas en español: La obscena señora D y Cartas de un seductor .

A la luz de esas ficciones se puede percibir que el interés de esta “autora de culto” por lo narrativo es estricta y absolutamente poético: al punto que las propias traductoras no dudan en reconocerlas como “derivas inesperadas de su poesía”.

La obscena señora D es el monólogo alucinado, onírico y asintáctico de una búsqueda de sentido por un personaje infraleve que no tiene nada porque lo ha abandonado todo (empezando por el nombre propio) y que encadena imágenes, sensaciones y meditaciones vagas refugiada en el vano de la escalera. El relato que apenas se sostiene de un argumento ínfimo es desbordado por una trama más propensa al enrarecimiento poético y a la dilación metafísica que a la ejecución narrativa. Sola, obscena, como una “criatura sin amparo y sin subterfugio”, la escritura de Hilst se desdobla en una voz nostálgica que rememora o crea situaciones y diálogos que retornan una y otra vez, imaginariamente, a la consistencia de un elemento fálico perdido (Ehud, el Padre, Dios). Pero eso no alcanza para hacer de estos jirones de ficción una narrativa pornográfica. A

diferencia de los pornógrafos célebres, en La obscena señora D Hilst va a la pornografía con culpa y con recelo, como va la poesía cuando no consigue ella misma articularse como transgresión. El resultado es una novela tibia que juguetea tímidamente con un lenguaje soez pero que a duras penas consigue rayar los tópicos menos interesantes del porno soft. Los mejores momentos del texto son aquellos en los que afirma, mediante una sintaxis dislocada, una puntuación experimental y una variedad notable de tonos y registros, una poética de la promiscuidad y una erótica de los lenguajes.

Escrita más de una década después, Cartas de un seductor parece ya exhibir la determinación de la autora paulista por aferrarse a una narrativa de otras pretensiones. No se trata ya de hacer literatura pornográfica (o de momentos pornográficos) sino de hacer de la pornografía misma una de las bellas artes. Las cartas de Karl (el seductor) a Cordelia, la seducida hermana amante, proliferan en el viboreo temático que va desde el relato incestuoso a la referencia erudita o la divagación mística. El collage carga de vértigo y erotismo la sintaxis y el texto decanta hacia lo inacabado, como a merced de un flujo incesante que lo convierte en una suerte de “work in progress”.

Cartas de un seductor no es pues una novela pornográfica sino un texto transgresor que hace coincidir un tema con una pulsión. Hilda Hilst desata una fuerza centrífuga que corrompe las convenciones genéricas del relato pornográfico. Alterando radicalmente sus formas, frustra las expectativas de la demanda pornográfica y pone al lector ante la extrañeza inquietante del saber, de lo sagrado, de lo inmundo, de lo intolerable y de lo reprimido.