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Desarrollo y Calidad de Vida

por Carlos Sabino


El contenido del libro, que puede consultar de inmediato, es el siguiente:

Dedicatoria y Prólogo, Luis Pedro España N.

Introducción

Capítulo 1: El Proceso de Desarrollo

1.1.Concepto de desarrollo

1.2. La revolución industrial

1.3. Desarrollo y subdesarrollo

Capítulo 2: Las Críticas al Desarrollo

2.1. La oposición radical

2.2. Los catastrofistas

2.3. El marxismo

2.4. Los tercermundistas

2.5. La desazón por lo social. El desempleo

Capítulo 3: La Calidad de Vida que Proporciona el Desarrollo

3.1. Una primera imagen

3.2. Belleza y salud

3.3. Siempre en contacto

3.4. La inabarcable diversidad

3.5. Realmente, ?vivimos mejor?

Capítulo 4: Pobreza y Desigualdad

4.1. ?Qué es la pobreza?

4.2. Desigualdad y crecimiento


Capitulo 5: Desarrollo y Medio Ambiente

5.1. ¿Puede sostenerse el desarrollo?

5.2. El agotamiento de las materias primas

5.3. La contaminación del ambiente

5.4. Una nueva actitud

Capítulo 6: Recordando lo Esencial

Bibliografía
A Francisco José Croquer, Héctor Muñoz y América Vásquez

Porque gracias a lo que hicieron por mí, sin ninguna duda, logré terminar este libro.

Prólogo
Luis Pedro España N.

El contexto en el cual este trabajo se no s presenta es lo que le permite al profesor Carlos


Sabino escribir un libro que defiende los fundamentos de la modernidad y que sostiene
una visión tan optimista sobre el desarrollo y sus frutos para la humanidad, a pesar de los
riesgos y las evidentes externalidades que siempre acechan.

Tal contexto se compone, en primer lugar, del hecho de estar asistiendo a un tiempo
histórico que evidenció la caída de un modo de organización social construida sobre el
principio de la igualdad, que por muchos condicionantes o justificaciones que se
argumenten, deja en claro lo ahistórico que sería pretender insistir en una receta
semejante. Esto no quiere decir que el problema de la desigualdad, la injusticia social y la
pobreza, hayan desaparecido, muy por el contrario ellos persisten tenazmente y el reto de
su superación y mitigación, sigue en pie aún cuando las ideologías que hicieron de los
problemas sociales su patrimonio estén en decadencia.

En segundo lugar, nuestro país es quizás el único de América Latina donde el gobierno
permanentemente reivindica y hace suyas discusiones, juicios y puntos de vista que
estuvieron en boga hasta finales de los años setenta, pero que hoy propiamente sólo
círculos muy reducidos siguen profesando. Esto hace que buena parte del trabajo que aquí
se presente se dedique a desmantelar un conjunto de mitos, con el fin de responder a un
discurso que, en otro contexto, probablemente no hubiese sido requerido.

Por último, la apuesta por el desarrollo y la exaltación de los valores de la modernidad,


es un discurso legítimo y nada extraño para Venezuela, si partimos de la homogénea
aspiración de los venezolanos a disfrutar de los objetos civilizatorios propios de una
sociedad moderna.

La población venezolana no siente nostalgia de su pasado rural y pre-moderno,


tampoco cree que su felicidad le fue confiscada por la modernidad hacia la que fue
empujada; muy por el contrario, los venezolanos no quieren ser víctimas de los riesgos
que emanan de una sociedad que no domina a la naturaleza, ni quieren padecer las
incertidumbres e inseguridades de una vida pobre y efímera. Los venezolanos no quieren
ser pobres, y por ello no desean volver al pasado rural, ni encuentran ningún valor en una
propuesta de iguales empobrecidos. Por lo tanto, no hay resonancia popular con una
ideología distinta a lo que podría ser la idea del progreso y de aquello que pueda estar
encerrado en la frase: Aechar pa' lante@.
La modernidad y el desarrollo es la única arma que tenemos para enfrentar la pobreza.
Es inconcebible combatir la pobreza sin que se tenga que producir riqueza, pero
probablemente para producir riqueza es necesario crear las condiciones previas para que
los pobres puedan ser productivos. Es impensable para un país que sólo con una fracción
de la población se puede alcanzar el desarrollo, se necesita que la gran mayoría de la
población sea moderna para que el desarrollo sea viable.

Por ello es que el crecimiento no es una variable exógena a las condiciones materiales
de la sociedad y la de sus miembros. La pobreza material y sus derivaciones
socioculturales también actúan sobre el crecimiento de la riqueza de un país. Por ello se
dice que el crecimiento económico es insuficiente, aunque sea absolutamente necesario,
para alcanzar el desarrollo y superar la pobreza. También por ello, es que la pobreza y el
subdesarrollo no es un componente residual de un proceso por completar. No es un
problema de tiempo, como alguna vez se pensó, para que el desarrollo nos alcance, no
existe un destino manifiesto, ni ningún determinismo histórico que garantice nuestra
llegada al desarrollo, así como tampoco nadie está particularmente interesado en que nos
mantengamos pobres y subdesarrollados. El desarrollo y la superación de la pobreza,
como evidencia de haber alcanzado la modernidad a la que aspiramos, dependerá de lo
que nosotros hagamos para transformar nuestro orden social actual.

De allí que es absolutamente indispensable tener alguna claridad y buscar un consenso


sobre lo que debemos hacer para tratar de lograr la aspiración que tenemos como
sociedad, es decir, alcanzar el desarrollo y superar la pobreza.

Desde nuestro punto de vista, y de lo que han sido los avances de las investigaciones
hechas por el Proyecto Pobreza [El Proyecto Pobreza es una investigación
multidisciplinaria que realiza el Instituto de Investigaciones Económicas y Sociales de la
Universidad Católica Andrés Bello con el apoyo de la Asociación Civil para la
Promoción de Estudios Sociales. Sus resultados parciales pueden verse en UCAB-
ACPES, Pobreza: Un mal posible de superar, Vol.1, Caracas, 1999 y Superar la
Pobreza: el camino por recorrer, Vol.2, Caracas, 2001.], los elementos básicos de un
acuerdo para iniciar una senda de desarrollo para Venezuela, sería:

a. Un decidido apoyo al estímulo de la inversión. Lograr las metas de inversión que


requiere la economía venezolana a fin de crear la base material para superar la pobreza:
es fundamental no violentar los factores que determinan el cálculo de riesgo de los
inversionistas. Para ello es necesario que las autoridades gubernamentales se persuadan
de que no es posible resolver el problema de la pobreza y el empobrecimiento progresivo
del país, si no se recuperan los niveles de inversión abandonados en los años setenta. No
obstante, para que sean sostenibles políticamente las reglas macroeconómicas que
generan un clima favorable para los negocios, y no aparezcan tentaciones
intervencionistas, es necesario que las inversiones se traduzcan en empleo bien
remunerado y que alcancen a los diversos sectores de la población. De allí que es crucial
el diseño de políticas de fomento a la inversión en sectores intensivos en mano de obra.
Adicionalmente al aumento de la inversión privada es necesaria la inversión pública
para incrementar los niveles de competitividad y abrir oportunidades de mercado. La
inversión en infraestructura urbana y comunicaciones es fundamental para el logro de
estos fines, más aún para el caso de un Estado como el venezolano el cual dispone de
importantes recursos para sostener una fuerte inversión pública, siempre y cuando logre
reformarse y deslastrarse de sus rigideces presupuestarias, tanto de gastos como de
ingresos.

b. Empleo bien remunerado. Es imposible alcanzar un consenso si no hay esperanzas.


La posibilidad de sostener una política económica que incentive la inversión privada,
dependerá de que se multipliquen los ganadores de ésta. No basta con aumentar los
niveles de empleo, es necesario que éste tenga un nivel de remuneración suficiente para
permitir a las familias superar la pobreza. En razón de lo anterior, además de propiciar un
crecimiento global, es necesario políticas específicas para diversificar las fuentes de
empleo, el número de firmas, alentar la formación de emprendedores, cuidar las
excesivas regulaciones laborales, así como los encarecimientos de la nómina en el sector
formal, además de elevar el nivel de competitividad y remuneración del sector informal
de la economía por medio de eficaces políticas de acceso al crédito y capacitación de
mano de obra.

No debe sino reconocerse que tenemos un déficit en cuanto a la formulación políticas


sectoriales específicas para el estímulo de sectores económicos intensivos en mano de
obra. En esta área tenemos dos extremos, desde quienes piensan que cualquier
intervención o estímulo sólo significaría generar injustas e inconvenientes intervenciones
en forma de privilegios para empresas ineficientes, hasta quienes promulgan las viejas
prácticas proteccionistas de subsidios indirectos al tipo de cambio o al pago de impuestos
como única forma para reanimar al sector no petrolero.

Sin embargo, y para el caso venezolano la diversificación económica y el desarrollo


productivo en áreas intensivas en mano de obra, es fundamental, dado que los sectores
líderes de la economía corresponden a actividades intensivas en capital.

Este ha sido el dilema de la economía venezolana desde la época de la Asiembra del


petróleo@ hasta el presente, en el que estamos asistiendo a su fracaso.

c. Inversión social. La acción del Estado en el área social consiste en crear oportunidades
de acceso a servicios sociales de calidad que permitan aumentar el capital humano de los
sectores pobres. Esto es fundamental para permitir que las familias se favorezcan y
participen del desarrollo económico generando riqueza. Lograr una educación que se
convierta en fuente de oportunidad para los pobres consiste en atacar las causas del
fracaso escolar y cuidar la calidad de la educación pública y gratuita para que ésta no sea
de segunda categoría, auspiciando con ello la reproducción de la pobreza. Es necesario,
igualmente, el desarrollo de programas de entrenamiento laboral y capacitación para
elevar el nivel de especialización de la mano de obra actual, con especial énfasis en
aquellos sectores económicos cuya viabilidad futura esté comprometida, dadas las
sobreexigencias que puede imponer la competitividad en ciertas áreas frente a los
inminentes procesos de apertura.

d. Reformas institucionales. Garantizar instituciones públicas y privadas apegadas a


normas universales que permitan la igualdad de los ciudadanos, superar los sistemas de
privilegios basados en los atributos particulares de poder de sectores políticos o
económicos específicos. Desarrollar instituciones sociales que tengan autonomía para
cumplir con eficiencia los objetivos socialmente legitimados, que dispongan de sistemas
de rendición de cuentas a la sociedad, y que sean transparentes con el fin de poder ser
supervisados por cualquier agencia, sea ella pública o privada.

Las reformas institucionales de aquellas agencias que se ocupan de ejecutar la


inversión social, en favor de elevar su nivel de eficiencia, es un prerrequisito para lograr
la efectividad de las políticas de redistribución y de creación de oportunidades materiales
para los sectores en situación de pobreza.

Especial atención requieren las instituciones encargadas de impartir justicia y


proporcionar protección a los ciudadanos, con el fin de proporcionar seguridad y permitir
la superación de la situación de indefensión, frente al propio Estado y ante terceros, en
que se encuentran los sectores pobres y no pobres del país.

La reducción de los costos transaccionales y de los procedimientos burocráticos para la


obtención de permisos, licencias o cualquier trámite público, es un requisito para elevar
la eficiencia promedio de la sociedad, así como la cotidianidad de los ciudadanos y su
calidad de vida. La necesidad de recurrir continuamente a canales informales, construidos
muchas veces desde los propios atributos de poder particular de los ciudadanos, no sólo
incrementa la ineficiencia social, sino que además es una fuente de desigualdad
permanente entre los distintos grupos sociales, en especial de los más pobres.

Por último, la superación de la impunidad es un paso previo al logro del orden social
explícito y al respeto de la ley. La impunidad no sólo tiene que ver con reforzar las
instituciones encargadas de reprimir al infractor, sino también con el diseño mismo del
marco regulatorio de la vida social y económica del país. Las excesivas normas y su afán
por controlar hasta lo accesorio, inviabiliza al sistema para que efectivamente pueda
controlar lo esencial. Buena parte de las violaciones cotidianas de las normas, incluso las
más básicas de convivencia, se debe a la inconveniencia de las mismas normas. Nuestras
instituciones, especialmente las públicas, aún no han superado las advertencias, sobre los
peligros de construir Arepúblicas aéreas@, hechas por los fundadores de la República en
el siglo XIX.

e. El cambio socio-cultural. Si todo lo anterior ocurre es muy posible que comiencen a


aparecer las condiciones materiales para que tengan lugar los cambios en las creencias
que comparten buena parte de los venezolanos. En la medida que sean masivamente
tangibles las recompensas por actuar según los prerrequisitos de la modernidad, en esa
misma medida las creencias pre-modernas irán cediendo ante los estímulos que procuran
comportamientos productivos basados en el desempeño.
Muy probablemente los cambios ocurrirán conforme las instituciones sociales obliguen
a los ciudadanos a comportarse sin escapatoria en razón del imperativo de unas normas
que obliguen al respeto de los principios de la universalidad en los procedimientos y la
asignación de gratificaciones.

Conforme los venezolanos descubran que sí es Arentable@ el comportamiento


ajustado a normas que son funcionales para la convivencia, su esfuerzo productivo se
recompense de forma tangible, no sea testigo permanente de la impunidad por parte de
aquellos que tienen más poder que él y efectivamente experimente la importancia de la
igualdad en los espacios públicos de la sociedad, en ese mismo momento se dejarán de
lado los mitos y creencias que hoy tenemos sobre la riqueza, su distribución y las formas
de superar las carencias materiales.

Lógicamente el cambio debe comenzar por algún lado y es plausible sostener que éste
debe comenzar por las instituciones. Por lo tanto, los artífices del cambio que el país
necesita estarían en manos de sectores democráticos, amplios y numerosos que diseñan,
crean y dirigen las instituciones. Son ellos quienes deben propiciar el acuerdo requerido
para sostener en el tiempo el camino a recorrer para superar la pobreza y proponerle, a las
mayorías que bregan por resolver sus problemas privados en un contexto de escasas
oportunidades, un proyecto que devuelva las esperanzas y genere bases de confianza para
apostar al largo plazo, a la viabilidad del país y su desarrollo.

Montalbán, (Caracas) 29 de Agosto de 2001.

Introducción

Imaginemos, ahora que el momento es propicio porque estamos en el comienzo de un


nuevo siglo, cómo eran las condiciones de vida de la humanidad hace justo cien años.
Tratemos de evocar la forma en que la gente organizaba sus días, en que trabajaba y
consumía, las preocupaciones que la desvelaban y los sueños que se permitían.

La información histórica y literaria disponible nos recuerda que la mayoría de la


población vivía en el medio rural, dedicándose por lo general a tareas agrícolas en casi
todos los países del mundo. En las ciudades, con escasas calles pavimentadas, apenas si
se introducía el alumbrado eléctrico y la inmensa mayoría de vehículos eran de tracción
animal. Caballos de imponente alzada o desgastados por el trabajo impulsaban ele gantes
coches o desvencijados transportes de carga, de un modo casi siempre ruidoso y
antihigiénico. Las comunicaciones personales se hacían por medio de cartas o esquelas,
entre aquellas personas que tenían la fortuna de saber leer y escribir, en tanto el telégrafo
unía los principales centros urbanos y el teléfono era una curiosidad que sólo estaba
disponible para pocos, muy pocos suscriptores.

La esperanza de vida era baja, de menos de 50 años aun en los países más ricos, no
tanto porque la mayoría de las personas muriesen alrededor de esta edad sino porque una
alta proporción entre los niños que nacían vivos fallecía prematuramente. [Estos datos, y
los que siguen, han sido tomados de Simon, Julian L., The State of Humanity<D>,
Blackwell, Oxford, UK, 1995.] La mortalidad infantil variaba mucho entre áreas urbanas
y rurales así como entre países ricos y pobres, pero en todo caso era siempre mayor al
10% y en casi todas partes superior al 25%. Es difícil imaginar hoy, en todo su
dramatismo, lo que esto significaba para las jóvenes parejas que veían nacer sus hijos
hace exactamente una centuria, pero los datos están claros: los padres sabían que uno de
cada tres, o cuatro, o cinco de sus hijos morirían antes de cumplir un año de vida por
causa de diversas infecciones, parásitos o las típicas Aenfermedades infantiles@.

El trabajo, para casi todos, era repetitivo y embrutecedor. En el campo, cuando se


podía, se utilizaba la energía animal para impulsar sencillos instrumentos agrícolas y en
todas partes las labores requerían por lo general de gran fuerza física, agotando
prematuramente a los obreros. Lo mismo sucedía en las tareas domésticas: las mujeres
lavaban la ropa a mano, consumían una gran can- tidad de tiempo preparando los
alimentos y cocinando Ben cocinas de carbónB y cosían, salvo excepciones, mediante el
clásico sistema de la aguja y el dedal. La máquina de coser se había inventado ya a
mediados del siglo XIX pero su uso todavía no se había extendido demasiado, salvo en
los Estados Unidos y algunos pocos países europeos.

Las personas que, por otra parte, realizaban trabajos no manuales, como los empleados
administrativos y de la banca, se limitaban a ejecutar por lo general tareas mecánicas y
uniformes, idénticas a lo largo de toda una vida. Se trabajaba de lunes a sábado, las
vacaciones eran cosa extraña y a nadie, excepto a los más ricos, le era posible viajar por
placer. Salvo por las regiones que atravesaban los ferrocarriles de la época, los viajes eran
siempre lentos y azarosos, caros y difíciles de programar. Millones de inmigrantes
pasaban de Europa a América en barcos atestados que demoraban varias semanas en
hacer la travesía y donde existía el constante peligro de contraer enfermedades
contagiosas.

La mayoría de las personas poseía muy poca ropa, apenas la indispensable para
cambiarse, muy pocos muebles y enseres domésticos. Los artículos de tocador era apenas
un lujo de los ricos, que disfrutaban ya de adelantos tan revolucionarios como el jabón
perfumado o los dentífricos, aunque la mayoría de estos eran productos rudimentarios, de
difícil uso o aplicación, y generalmente costosos. La comida, podemos decirlo sin
exagerar, era una verdadera obsesión. A pesar de que la mayoría de la población se
dedicaba a la agricultura, los alimentos no abundaban y resultaban relativamente caros:
una buena proporción de los ingresos de los asalariados debía gastarse en comida y en las
épocas de crisis poco quedaba para dedicarlo a otros consumos. Sin radio y sin televisión,
sin cines, sin cafetería s o restaurantes que pudiesen estar al alcance de los pobres, la vida
de la mayoría de las personas era monótona, precaria, sujeta siempre a los azares de
múltiples enfermedades y accidentes.

Si extendemos nuestra mirada otros cien años hacia atrás el contraste con la vida
moderna se hace todavía más intenso: la máquina de vapor es entonces una novedad cuyo
uso se ha generalizado en pocos sitios, la esperanza de vida es algo menor, las hambrunas
y las en- fermedades están más extendidas y aparecen con más frecuencia. Si
retrocedemos un poco más y evocamos la vida cotidiana en el 1700 o en el 1600,
podremos encontrar algunas otras nuevas diferencias con las condiciones del presente,
aunque en verdad el panorama sigue siendo básicamente el mismo que el de 1800: casi
todas las grandes innovaciones tecnológicas y prácticas se han producido en el curso del
último siglo y medio, casi todos las transformaciones revolucionarias en nuestro estilo y
condiciones de vida se concentran de hecho en los últimos ciento cincuenta o doscientos
años. Antes, desde la antigüedad hasta aproximadamente la mitad del siglo XVIII, apenas
si hay pequeñas variaciones que, eso sí, van produciendo efectos acumulativos con el
transcurso del tiempo.

)Qué ha sucedido para que, después de milenios de cambios graduales y casi


imperceptibles, nuestra vida se haya modificado de un modo tan radical y tan visible?
)Cuáles son las causas que están detrás de esta fabulosa transformación, que nos hace
disponer de productos que hubieran parecido realmente mágicos a los hombres de otras
eras? )Cómo se ha dado, a través de qué proceso, y cómo nos afecta? )Será posible
continuar así, indefinidamente, o se presenta, escondida en el futuro, alguna enorme crisis
que nos llevará a una catástrofe?

Los cambios de los que estamos hablando son, esencialmente, cambios tecnológicos
que han desencadenado una ampliación increíble de la producción y del consumo, son
transformaciones económicas que han llevado a un constante incremento de los bienes
disponibles. Nada semejante ha ocurrido en las artes, o en la filosofía o en las religiones
que comparten la mayoría de las personas. Es verdad que, si miramos hacia atrás, y
especialmente si nos situamos en la última parte del siglo que ha terminado, encontramos
también una diferencia sustancial en muchas cosas que no pertenecen al ámbito de la
economía: la forma de gobierno democrático se ha extendido por todo el planeta y hoy
resulta muy difícil justificar y aceptar las tiranías; las guerras de invasión y de conquista
se han hecho totalmente infrecuentes y a nadie le parece bien que, por cualquier motivo,
haya genocidios o matanzas, se aplique la tortura o se supriman los derechos elementales
de cualquier habitante del planeta. Bien diferente era la situación hace apenas sesenta
años!

Nuestro mundo ha cambiado radicalmente y en muchos sentidos, es cierto, pero los


cambios económicos han estado en el trasfondo de muchas otras transformaciones civiles,
políticas, militares y de las relaciones internacionales. Vivimos, como ya lo dijera un gran
filósofo hace más de setenta años, en la era de las masas, en una época donde el hombre o
la mujer corrientes gozan de posibilidades que estaban tradicionalmente reservadas a la
nobleza y los poderosos, donde Anuestra vida, como repertorio de posibilidades, es
magnífica, exuberante, superior a todas las históricamente conocidas.@ [Ortega y Gasset,
José, La Rebelión de las Masas, Ed. Revista de Occidente, Madrid, 1956 [1929], pág.
91.] Como potencialidad, claro está, como horizonto abierto, lo que de ningún modo
significa que tal o cual persona concreta sea de hecho más feliz o se sienta mejor en un
momento dado.

Lo dicho hasta aquí, el proceso que hemos querido presentar de una manera rápida y
esquemática para que el lector cobre idea del conjunto, requiere de un análisis y de una
evaluación para que podamos adquirir una comprensión -al menos aproximada- del
mundo que nos rodea. El veloz desarrollo económico y tecnológico de la humanidad en
las últimas centurias ha sido abordado por múltiples estudiosos y escuelas de
pensamiento que, aunque disienten en muchos aspectos, concuerdan en puntos
importantes que resulta necesario conocer. Las transformaciones que en consecuencia se
han producido, aunque valiosas y enormemente positivas en muchos sentidos, son
objetadas sin embargo por una variedad de críticas que es conveniente tomar en cuenta,
discutir y poner en sus justos límites para alcanzar una madura apreciación de lo
ocurrido.

Este trabajo, a pesar de la brevedad con que lo hemos definido, intenta aproximarse a
esos dos objetivos de un modo sintético y accesible para el lector no especializado. Las
preguntas que nos formulamos más arriba nos servirán, de algún modo, como la guía que
nos permita examinar tan complejas cuestiones.

Agradecimientos

La idea de escribir este libro surgió, en principio, de mi continua preocupación por los
contenidos del capítulo cinco, de mi intento por profundizar en los temas de la
desigualdad y la pobreza. Un feliz encuentro con Mariela Núñez de Urbaneja y Joaquín
Zepeda, de Procter and Gamble, propiciado por Rocío Guijarro, de Cedice, permitió que
esta inquietud se ampliara hacia temas conexos de modo tal de diseñar un proyecto que,
si bien amplio por la variedad de los temas que abarca, pudiese ser presentado de una
forma sintética y accesible. Mi especial agradecimiento a Rocío, siempre dispuesta a
brindar su estímulo optimista y sincero, a Joaquín -colaborador amable y eficaz,
comentarista informado y constructivo- y, como siempre, a mi esposa América Vásquez,
lectora acuciosa y perspicaz, firme apoyo en mis dificultades y compañera inseparable de
mis trabajos y mis días.
Capítulo 1:

El Proceso de Desarrollo

1.1. Concepto de Desarrollo

Suele llamarse desarrollo al proceso por el cual las sociedades pasan de condiciones de
existencia caracterizadas por la baja producción y la pobreza a un nivel mucho más alto
de consumo y de calidad de vida material. Varias observaciones hay que hacer, sin
embargo, a la afirmación anterior:

• A pesar de que hoy nos llame la atención como algo bochornoso y que es
imperioso superar, puede decirse sin ninguna exageración que el estado "natural"
del ser humano es la pobreza. Los testimonios arqueológicos disponibles
muestran con toda claridad la carencia absoluta de bienes materiales de nuestros
remotos antepasados, que siempre vivieron en economía que apenas si proveían la
subsistencia, acosados por el hambre y la enfermedad, por depredadores y
catástrofes naturales. La exposición que hicimos en la introducción se ha colocado
allí también como recordatorio de un pasado que, hasta tiempos muy recientes, ha
estado signado por la carencia y la privación.

• Si bien en todas las sociedades históricamente conocidas podemos encontrar un


crecimiento económico bastante notable a lo largo de los siglos, el proceso de
desarrollo, sin embargo, es algo por completo diferente: se trata de un período
bastante breve, en términos relativos, en el que se produce una expansión rápida y
sostenida de la producción y el consumo, una verdadera explosión en lo que
respecta a la disponibilidad de bienes y de servicios.

• A pesar de que las primeras naciones que lograron desarrollarse comenzaron el


proceso a través de una etapa de industrialización muy bien conocida, el concepto
en sí de desarrollo no debe limitarse al ámbito exclusivo de lo que llamamos la
industria. Es desarrollo también el rápido crecimiento de los servicios y de otras
actividades que producen bienestar, de la agricultura moderna y de todo lo que en
general desean las personas para tener una vida más plena.

• Hemos afirmado que el desarrollo se caracteriza por un mejoramiento perceptible


en la calidad de vida material de las personas. Pero la palabra material, en este
contexto, no debe verse como si estuviera opuesta -de ningún modo- al ámbito de
lo espiritual. Nadie niega que una vacuna, por ejemplo, sea un objeto material,
pero ¿acaso no pueden considerarse "espirituales" sus resultados, cuando
previenen la muerte de un niño y calman la ansiedad de sus padres? Del mismo
modo puede decirse que hay infinidad de cosas materiales pero que son
indispensables para nuestra felicidad, nuestro bienestar mental o una armónica
convivencia: la posibilidad de comunicarnos a pesar de la distancia para mantener
una amistad o una relación familiar, la disponibilidad de alimentos baratos que
nos permite dedicar parte de nuestros ingresos a la compra de libros, discos o
medicamentos, la existencia de productos de higiene personal que nos hacen
sentir mejor y estar, a la vez, más sanos. Lo espiritual y lo material, cuando nos
situamos en este plano de análisis, no son pues conceptos opuestos e
irreconciliables sino, muy frecuentemente, apenas facetas diferentes de una
misma realidad.

1.2. La Revolución Industrial

El crecimiento económico depende de una serie de factores pero, en su esencia, tiene


directa relación con el ahorro disponible y con las posibilidades de que éste se convierta
en inversión productiva. Una sociedad que utiliza tecnologías primitivas y que, en
consecuencia, produce apenas lo suficiente como para lograr la subsistencia de sus
miembros, tendrá pocos recursos que pueda dedicar a la producción de lo que llamamos
"bienes de capital". Los bienes, en economía, "son objetos útiles, provechosos o
agradables que proporcionan a quienes los consumen un cierto valor de uso o utilidad."
Los bienes de capital, o de producción, son aquéllos cuya utilidad consiste en producir,
precisamente, otros bienes: las herramientas, las máquinas y las instalaciones que se usan
para organizar el trabajo son típicos bienes de producción, pues con ellos se pueden crear
los objetos que, en definitiva, habremos de consumir. Cuando en una sociedad hay
escasos bienes de producción el trabajo humano tiene poco rendimiento y, en
consecuencia, el ahorro y la inversión son escasos. Se invierte poco en bienes de capital
y, por lo tanto, la producción permanece estancada. Se crea así una especie de círculo
vicioso donde causas y efectos se retroalimentan sucesivamente: pocos bienes de
producción generan una producción escasa que permiten poco ahorro; con escaso ahorro
hay poca inversión, se producen entonces pocos bienes de capital y se genera una escasa
producción.

Cuando este círculo se rompe se obtienen por el contrario resultados que a primera
vista lucen sorprendentes. Una sociedad con alta tecnología permite buenas tasas de
ahorro; éste, convertido en bienes de capital, genera a su vez una mayor producción y por
lo tanto una incrementada capacidad de ahorro. La misma retroalimentación, que en el
caso anterior nos aprisionaba en una situación de estancamiento, nos lleva ahora a una
ampliación constante de la producción y del consumo, a una verdadera revolución en las
condiciones de vida. No por casualidad el primer episodio histórico en que se llegó a
alcanzar una situación semejante se denominó Revolución Industrial . Ocurrió en
Inglaterra, hacia la segunda mitad del siglo XVIII, y conviene que repasemos, aunque sea
someramente, lo que entonces aconteció.

Antes de la Revolución Industrial en Inglaterra, como en todo el mundo, la energía que


se utilizaba para la producción era casi siempre de origen biológico, proporcionada por
animales de labor o por el mismo hombre. A veces, excepcionalmente, se utilizaba la
energía proporcionada por el curso descendente de los ríos, pero era el trabajador quien,
con su fuerza y su destreza, realizaba todo el trabajo en las artesanías existentes - las
manufacturas- y los procedimientos empleados en cada rama de actividad eran los que
tradicionalmente se habían seguido de generación en generación. El cambio que se
produce a mediados del siglo XVIII consiste fundamentalmente en la incorporación de un
nuevo tipo de fuente de energía al proceso productivo a través de una invención que se va
perfeccionando con gran rapidez: la máquina de vapor, cuya fuente de energía es el
carbón.

De un modo muy veloz va surgiendo en Inglaterra, comenzando por la industria del


hilado y de los tejidos, un nuevo tipo de organización productiva: la fábrica, movida por
grandes máquinas de vapor, en la que se reúnen primero decenas y luego cientos y hasta
miles de obreros. El nuevo sistema, en el curso de pocas décadas, aumenta
prodigiosamente la productividad del trabajador, es decir, lo que éste puede producir en
una unidad de tiempo. Aquí nos encontramos, en definitiva, con el punto esencial: si una
persona tiene que trabajar todo un año sobre una parcela de tierra para obtener sus medios
de subsistencia, y tiene así una productividad muy baja, poco tiempo puede destinar a
otras actividades, como la creación de bienes de capital, por ejemplo. Si esa misma
persona, ayudada por máquinas y convenientes innovaciones, logra en cambio producir la
misma cantidad de alimentos en la mitad de tiempo, su capacidad de trabajo quedará
disponible para que -en el tiempo que ha ahorrado- fabrique los implementos y las
herramientas que se necesitan para aumentar la producción. Llevado este simple ejemplo
al conjunto de la sociedad tenemos entonces que una mayor productividad del trabajo
libera los esfuerzos que permiten incrementar la cantidad de bienes de producción
disponibles y, con eso, comenzar el círculo indetenible del desarrollo económico. Esto es,
pues, lo que sucede en Inglaterra en la época que estamos evocando, una especie de
despegue que coloca a la economía de ese país en el camino del desarrollo y de la
prosperidad.

¿Por qué allí, por qué en ese momento? Desde un punto de vista teórico y abstracto
puede decirse que el proceso, en principio, por su propia lógica interna, habrá de
comenzar siempre que el ahorro y la inversión global de una sociedad alcancen un cierto
nivel mínimo. Incrementos graduales en la productividad, acumulándose a lo largo de los
siglos y retroalimentándose de un modo continuo, podrían llevar eventualmente a un
desarrollo económico sostenido cuando las condiciones sean propicias. Pero, como lo
muestra el largo curso seguido por la humanidad hasta ese momento, diversas tentativas
anteriores no lograron el suficiente impulso como para llegar a producir una auténtica
revolución industrial. En China, en Japón, en el mundo árabe y en diversas partes de
Europa algunas sociedades se aproximaron bastante a este punto, pero fue la Inglaterra
del siglo XVIII la que primero logró consumar dicha transición, que en la realidad
histórica es sin duda un proceso muy complejo, no circunscripto puramente a los aspectos
económicos.

Muchas son, por eso, las condiciones que de un modo u otro se requirieron para que se
produjese esta primera experiencia de desarrollo económico. Entre las más importantes
cabe mencionar:
• La aparición de un conjunto de pequeñas innovaciones tecnológicas que,
sumándose, crearon la base para que se inventaran las primeras máquinas que
pudieran desplazar el trabajo humano y animal. Esto a su vez estuvo
estrechamente relacionado con los adelantos y descubrimientos científicos propios
de la época, con una actitud activa hacia la naturaleza -que trataba de analizarla y
comprenderla desapasionadamente- y que, sin desdeñar del todo la tradición, se
atrevía a poner en práctica las nuevas tecnologías y a experimentar con nuevos
métodos.

• La existencia de una economía de mercado que, si bien incipiente para los


criterios actuales, permitía y estimulaba una generalizada división del trabajo que
tanto incrementó la productividad, como ya lo señalara Adam Smith en su clásica
obra La Riqueza de las Naciones. El mercado permitía que existiese lo que los
economistas llaman "la movilidad de los factores", es decir, la libre compra y
venta de productos a través de todo el territorio nacional, la libre contratación de
trabajadores, la posibilidad de invertir y contar con el apoyo de mercados
financieros que, aunque mínimos, facilitaban el desplazamiento y la inversión del
capital. A todo esto hay que agregar una relativa prescindencia del poder político
en cuanto a su interferencia con las actividades económicas que permitía a las
personas crear empresas, comprar, vender e invertir sin que nada de ello tuviese
que sujetarse demasiado a la voluntad del gobierno o de los funcionarios públicos.

• Esto se correspondía con la presencia de un ambiente político no opresivo, tal vez


no democrático en el sentido contemporáneo del término, pero donde la
monarquía no poseía un poder arbitrario, el pueblo gozaba de ciertas formas
eficaces de representación política y existían leyes a las que todos debían
someterse. Estos logros se habían consolidado a partir de 1688, cuando se produjo
la llamada Revolución Gloriosa, y permitían a todos trabajar y producir en un
clima de paz y de estabilidad, sin estar sometidos a exacciones imprevistas por
parte del poder, sin sufrir mayores sobresaltos.

• Por último, y aunque más difícil de evaluar concretamente, cabe afirmar que la
sociedad inglesa era bastante más abierta que las otras que existían en aquellos
momentos en nuestro planeta. En ella se valoraba el éxito económico y se lo
aceptaba como recurso legítimo para lograr el ascenso social, se respetaba al
individuo y se reconocían sus derechos y había en general una actitud bastante
favorable a los cambios. Mientras en otros lugares y otras épocas se perseguía o
se hostigaba a los poseedores de capital en Inglaterra, ya desde tiempo atrás, se
reconocía el valor social del empresario y se los consideraba como personas útiles
para la sociedad.

1.3. Desarrollo y Subdesarrollo

Inglaterra consumó el gran salto que significaba la Revolución Industrial


aproximadamente entre 1750 y 1820: de allí en adelante el proceso comenzó a cobrar
impulso por sí mismo, mientras el país se convertía -en gran parte debido a su progreso
económico- en la potencia más importante del mundo. En otras naciones europeas, que en
varios sentidos vivían circunstancias más o menos semejantes a las de los ingleses, el
salto fue demorado por condiciones políticas desfavorables, la existencia de barreras que
impedían la emergencia de mercados nacionales y el excesivo control estatal sobre las
actividades económicas. El largo período de las guerras napoleónicas también demoró la
emergencia de cambios que llevaran a la industrialización. Pero luego, a partir
aproximadamente de 1815, Bélgica, Francia, Suiza, partes de lo que hoy es Alemania,
Suecia y otros países y regiones europeos, junto con los Estados Unidos y Australia fuera
de ese continente, comenzaron a seguir el mismo camino, de modo que a mediados del
siglo XIX ya existía un conjunto de países que, de un modo u otro, podían llamarse ya
industrializados.

El proceso continuó expandiéndose a algunos otros lugares, aunque más lentamente,


hasta comienzos del siglo XX, adoptando diversas formas y matices según los casos,
aunque siguiendo unas líneas maestras que en general fueron bastante semejantes: la
creación de condiciones más o menos parecidas a las que prevalecían en la Inglaterra de
1750, confiando en sistemas políticos basados en el estado de derecho y en economías de
mercado libre. A partir de la Primera Guerra Mundial, sin embargo, y con más énfasis
aún desde 1950, se comenzaron a intentar las más variadas y disímiles propuestas para
alcanzar el desarrollo: en las nuevas naciones asiáticas y africanas, los países
latinoamericanos y en muchos otros casos más, se confió en esa época en que el estado
podría asumir un papel protagónico en la promoción y planificación del desarrollo y se
intervino decisivamente en la economía para acelerar un proceso que parecía discurrir de
un modo muy lento, o muy desigual. El caso extremo fue el de los países comunistas,
donde se crearon economías totalmente estatizadas, de planificación central, bajo el
imperio de un poder político también centralizado y casi absoluto. En ese tiempo
comenzó a hablarse de un mundo dividido entre los países desarrollados, que ya habían
consumado el cambio al que nos venimos refiriendo, y los subdesarrollados o en vías de
desarrollo, que aún intentaban por diversos medios alcanzar un crecimiento económico
rápido y sostenido que los aproximase a los primeros.

Estas diversas formas de encarar el problema han mostrado una diversidad


impresionante de resultados, que van desde el colapso general sufrido por los regímenes
comunistas en 1989 y las crisis recurrentes de los países que han expandido demasiado la
institución estatal, hasta el relativo éxito de las naciones que más han confiado en la
libertad económica y política para que se produzca un proceso de desarrollo que es, en
gran medida, un fenómeno espontáneo y no políticamente guiado. A pesar de esta
diversidad, sin embargo, puede afirmarse que existe un consenso de fondo: los pueblos
desean el desarrollo y, cuando no logran salir del estancamiento, hacen fracasar
finalmente los sistemas económicos que no los aproximan a las metas que desean
alcanzar. Aún en las naciones más democráticas y en las más desarrolladas -que en gran
medida son las mismas- el electorado suele castigar a los gobiernos y los partidos que no
son efectivos en la tarea de mantener un crecimiento apreciable.

A pesar de esta casi completa unanimidad, de esta valoración positiva del desarrollo
que se puede apreciar en todas las sociedades, las críticas al proceso han sido - ya desde
su mismo comienzo- continuas y variadas. Intelectuales, dirigentes de diversas
organizaciones y, en general, toda clase de personas, han ido objetando con el tiempo
aspectos superficiales o de fondo de una transformación histórica que ha provocado
muchas veces, además de una enorme expansión de la producción y del consumo, una
dislocación de la vida social y un cambio en las costumbres y las actitudes que no
siempre ha resultado fácil de absorber. Porque al liberar a las personas de las ataduras de
la pobreza y del inmovilismo de la tradición se han roto también -en buena medida- las
certezas y las seguridades de un mundo que, con todas sus limitaciones, resultaba tal vez
por eso mucho más predecible y fácil de comprender.

Conocer estas críticas, nos parece, es importante para la evaluación que queremos
realizar. No sólo porque así tendremos una perspectiva más equilibrada y matizada sobre
el tema sino porque además, al hacerlo, estaremos en condiciones mucho mejores para
comprender la forma en que realmente se desarrollan las sociedades, las modalidades que
dicho proceso reviste en la actualidad y los peligros que, tal vez, pueden amenazarnos en
el futuro. Al análisis y revisión de las críticas al crecimiento económico dedicaremos,
pues, el próximo capítulo.

Capítulo 2:

Las Críticas al Desarrollo

Muy diversas, como decíamos, han sido las críticas que se plantearon y se siguen
formulando aún hoy al proceso de desarrollo económico. Sin pretender agotar el tema,
que podría ocupar volúmenes mucho más grandes que éste que el lector tiene en sus
manos, intentaremos realizar, en lo que sigue, una síntesis que ordene las diversas
posiciones adversas que se han asumido y que nos permita, a la vez, crear un punto de
partida para los análisis subsiguientes. No haremos, entonces, un recuento erudito que
siga el rastro de tantos y tan variados autores que han escrito sobre el tema, sino que nos
limitaremos a organizar las críticas más frecuentes de acuerdo a su contenido e intención.

2.1. La Oposición Radical

Desde el mismo siglo XVIII, desde que comenzó a crecer el número de máquinas y a
expandirse el mercado y la división del trabajo, aparecieron personas y movimientos
opuestos radicalmente a dicho proceso. Algunos, como los ludditas, llegaron incluso a la
acción directa: eran bandas de artesanos enmascarados que, por las noches, se dedicaban
a la destrucción de la maquinaria textil en Inglaterra, entre 1811 y 1813. Ellos, lo mismo
que las bandas que -aún antes- operaron en Francia, se sentían desplazados y amenazados
por los nuevos métodos productivos y pensaban que la mejor manera de poner fin al
nuevo sistema industrial era mediante el simple e ingenuo expediente de apelar a la
violencia contra las instalaciones físicas de las empresas.
Pero este movimiento fue, en todo caso, una verdadera excepción. Los críticos
radicales al desarrollo no han sido tan violentos ni, por supuesto, tan simples en sus ideas.
La principal objeción de fondo que se formula al crecimiento económico destaca un
punto esencial: la felicidad del hombre, se dice, no está garantizada, o no depende, o no
puede construirse sobre la base de sus posesiones materiales. El desarrollo, con el enorme
esfuerzo que implica y con la destrucción de tradiciones que acarrea, nos obligaría así a
pagar un precio demasiado alto para lograr algo que, en última instancia, es efímero y
hasta engañoso.

No puede negarse que la justeza o no de esta crítica depende, antes que nada, de su
exacta formulación. Si se afirma, por ejemplo, que los bienes materiales no garantizan la
felicidad o la paz espiritual, o que las posesiones que se tengan no mejoran mayormente
nuestra vida espiritual, tendrá que aceptarse que esta es una posición esencialmente justa
y muy defendible: desde el mensaje de todas las grandes religiones hasta las más actuales
encuestas coinciden en este punto. Un estudio muy amplio efectuado recientemente, que
analizó los resultados de casi 1.000 encuestas independientes realizadas en todas partes
del mundo, encontró que no existe más que una muy débil correlación entre la felicidad
que siente una persona -expresada como percepción subjetiva de satisfacción con su
propia vida- y el ingreso monetario que pueda tener, ya sea que se tomen en cuenta las
respuestas de personas de diferentes ingresos en una misma sociedad, que se comparen
sociedades más ricas y más pobres o que se observe el grado de felicidad de una misma
persona a medida que esta adquiere mayor riqueza. Todas las religiones, por otra parte,
han enfatizado que la meta del hombre no es adquirir bienes materiales, que hay valores
superiores a los del bienestar físico o la posesión de dinero y que las personas, como
criaturas transitorias que son, no deben confiar en la obtención de bienes como si estos
fueran una panacea o un recurso mágico que puede resolver todos los problemas.

¿No es esto contradictorio con lo que afirmamos en nuestra introducción o, más


exactamente, con la normal conducta humana de buscar el desarrollo? De ninguna
manera: suponer que nuestra felicidad o nuestra vida espiritual dependen de los bienes
materiales o de las comodidades de nuestra vida es falso, pero no por eso hay nada de
malo en tratar de mejorar las condiciones de nuestra existencia. En primer lugar porque,
como decíamos en el capítulo anterior, no debe forzarse una oposición entre materia y
espíritu que, en los temas que estamos analizando, no existe ni tiene mayor sentido
proponer. Los bienes materiales, juiciosamente usados, enriquecen nuestra vida tanto
material como espiritual y nos permiten no sólo adquirir cultura y conocer y ayudar a
nuestros semejantes, sino también liberarnos de tareas físicas repetitivas y agotadoras, de
enfermedades agobiantes y hasta de la soledad. Nos dan más tiempo para perseguir otros
fines distintos a los de la mera subsistencia y, por eso, nos liberan para poder cultivarnos
espiritualmente y actuar con mayor altruismo.

Pretender eliminar el desarrollo, desandar el camino de los avances tecnológicos y


económicos no sería otra cosa, hoy, que condenarnos a la pobreza y a una sensación de
desposeimiento que, esa sí, es causa de profunda infelicidad. El dolor que experimentan
las personas cuando, por ejemplo, pierden de pronto todos sus objetos materiales por
causa de alguna tragedia natural o artificial -una inundación o una guerra, un terremoto o
un incendio- no puede ser, obviamente, la meta de nuestros esfuerzos. Quienes se oponen
al desarrollo desde este punto de vista, entonces, terminan negando toda posibilidad de
avance, todo cambio o transformación, mientras se apoyan en dos ideas que, no por
extendidas, dejan de ser igualmente falaces.

La primera es la confusión de los fines con los medios o, para decirlo más
exactamente, la de atribuir a ciertos medios técnicos, invenciones o herramientas, una
intencionalidad que de ninguna manera poseen. La confusión surge cuando se hace recaer
la culpa, por ejemplo, en el medio utilizado y no en la persona que lo utiliza: es verdad
que, por ejemplo, el internet puede resultar una herramienta eficaz para cometer ciertos
delitos, pero el problema está en el delincuente -en sus intenciones- no en los recursos
que emplea para lograr sus fines. Una persona con propósitos delictivos podrá recurrir al
internet, o al teléfono, o quizás simplemente a la expresión oral, de acuerdo a la situación
en que se encuentre. Culpar al medio carece por completo de sentido: si por eso fuera
habría que prohibir o controlar severamente el uso de los cuchillos de cocina, las tijeras o
los martillos; con todos ellos se pueden cometer, y se han cometido muchas veces,
horrorosos homicidios.

La segunda falacia consiste en atribuir al pasado de la humanidad unas características


idealizadas que nunca ha tenido. Está tendencia está tan arraigada entre la gente que ha
sido capaz de dar origen a dos mitos, ampliamente difundidos: el de la Edad de Oro y el
del Buen Salvaje. En el primer caso se atribuye a la humanidad un pasado glorioso, una
época mítica y dorada de la cual todos descendemos siguiendo un largo proceso de
decadencia. En el segundo se postula que las tribus y las sociedades menos tecnificadas
viven en una especie de "mundo feliz", en armonía entre sí y con el medio ambiente, en
paz y solidaridad. Se olvidan así los abrumadores testimonios de la antropología que
muestran un mundo prehistórico de privaciones y pobreza, de guerras y agresiones, de
aislamiento y enfermedad. Lo paradójico de esta actitud, nostálgica e idealista, es que la
proponen siempre intelectuales que gozan de todas las comodidades modernas y que no
soñarían en renunciar, ni por un minuto, al uso de su teléfono celular o de su
computadora portátil, no digamos ya a la electricidad o al desodorante.

Se nos podrá replicar, ciertamente, que no se trata de llegar a estos extremos. Que lo
que se busca es un cierto equilibrio, mediante la reflexión, que nos acerque a un
desarrollo más "humano", o que nos haga balancear apropiadamente los costos y los
beneficios de tal proceso. Pero, en este caso, ya no estaremos compartiendo la crítica
radical y absoluta de esta posición extrema sino, probablemente, aceptando alguna de las
posiciones que seguidamente pasamos a comentar.

2.2. Los Catastrofistas

De una naturaleza diferente es la oposición al desarrollo que presenta el variado grupo de


quienes podrían ser llamados, sin exageración, catastrofistas. Más frecuentes hoy que
hace cien o doscientos años, estos analistas no recusan al desarrollo en sí, como
crecimiento económico, sino las consecuencias que este proceso supuestamente tiene, o
podría llegar a tener si se dieran ciertas circunstancias. Los catastrofistas no constituyen
un grupo homogéneo sino que son tan variados y diferentes como las multiformes
amenazas a la vida humana que nuestro cerebro es capaz de concebir.

Los pronósticos pesimistas ciertamente abundan. Son muchas, y muy autorizadas, las
voces que no han cesado de augurarnos desgracias sin límites, desde los horrores de la
superpoblación hasta las hambrunas generalizadas, desde la contaminación irreversible
del planeta hasta el agotamiento de los recursos minerales o la ruptura del equilibrio de
los principales ecosistemas. Quien tenga un poco de memoria podrá recordar que, hacia
1970, era frecuente predecir un fin de siglo dominado por la superpoblación, donde una
humanidad integrada por 7.000 u 8.000 millones de habitantes se disputaría los pocos
alimentos disponibles, con su lógica secuela de conflictos y guerras generalizadas. Poco
después llegaron los pronósticos pesimistas sobre el agotamiento irreversible de los
recursos petroleros, que haría posiblemente colapsar nuestra civilización industrial, y
luego las advertencias sobre la deforestación, la contaminación de lo océanos y la
desaparición generalizada de especies. Hoy, como se sabe, el turno le ha tocado al
calentamiento global, la reducción de la capa de ozono o la extensión de la epidemia del
SIDA.

Es cierto que, detrás de cada una de estas vaticinadas catástrofes, había siempre algún
problema real y concreto al que prestar atención. Pero ese no es el punto: una cosa es
aceptar y comprender que la existencia y la prosperidad de la humanidad depende de
muchos factores y está sujeta a múltiples peligros; otra cosa, por entero diferente, es
predecir el colapso general a partir de algunos pocos datos, recomendar medidas heroicas
para combatir amenazas remotas o no comprobadas, pedir que cese todo desarrollo -como
hacía por ejemplo el famoso Club de Roma en los años sesenta, cuando propugnaba el
llamado "crecimiento cero" para los países más adelantados.

Si todos estos pronósticos han fracasado estrepitosamente, si nuestro mundo es hoy


más limpio, menos hambriento, más pacífico de lo que era hace treinta o cuarenta años -
como podremos ver a lo largo de este libro- es porque hay algo muy equivocado en el
método que ciertos analistas utilizan para elaborar sus pronósticos. El error básico
consiste en una simplificación, bien conocida por matemáticos y estadísticos, que hace
suponer al pronosticador que las tendencias que él percibe en el presente seguirán
actuando, de modo inmodificado, en un plazo bastante largo del porvenir. Se calcula así
la población futura, por ejemplo, adoptando la suposición de que la tasa de crecimiento
actual seguirá inalterada. Al extrapolar de ese modo los datos actuales se pierden de vista
un problema fundamental: la mayoría de los fenómenos biológicos y sociales no actúan
linealmente, reproduciéndose sin cesar en la misma dirección, sino que tienen
mecanismos de autorregulación que los contienen dentro de ciertos límites. Hay infinidad
de ejemplos que podrían ser evocados aquí: las tasas de natalidad de los pueblos tienden a
descender cuando la densidad de población llega a un cierto punto y se crean condiciones
nuevas que impulsan a las parejas a tener menos descendencia; un aumento de las presas
hace crecer el número de predadores, lo cual, a su vez, produce un posterior descenso en
el número de presas.
Así, podríamos seguir abrumando al lector con ejemplos sacados del mundo de la
biología o de las sociedades humanas que mostrarían con toda facilidad el efecto
importante que tienen los procesos autorregulados en el mundo en que vivimos. Pero no
se trata sólo de esto. Lo que los apocalípticos no toman en cuenta es que los datos que
tanto les preocupan son conocidos también por otra gente que, por cierto, no se cruza de
brazos pasivamente ante las amenazas que perciben. Si un río comienza a contaminarse,
por ejemplo, los efectos se hacen sentir pronto entre las personas que habitan cerca de sus
riberas, entre quienes lo utilizan para fines comerciales, recreativos o de transportación.
Pronto surge un clamor que llega con fuerza, especialmente si la sociedad es abierta y
democrática, hasta legisladores y alcaldes, empresarios y científicos. La gente, ante los
problemas que va sufriendo, reclama que se haga algo, que se tome algún tipo de medidas
para que se reduzca o se elimine la contaminación. Al final, después de un tiempo
variable, la solución siempre llega: quien conozca lo sucedido con el Támesis -el río que
atraviesa Londres- o en Pittsburgh -la que fuera capital del acero en los Estados Unidos-
comprenderá que la gente es capaz también de prevenir las catástrofes que se podrían
estar formando en el lejano horizonte, que las sociedades humanas, por su propia
complejidad, son capaces de respuestas mucho más apropiadas y flexibles que las simples
recomendaciones que generalmente hacen los planificadores.

2.3. El Marxismo

De muy diferente intención son las críticas al desarrollo que, en su momento, elaboraron
Carlos Marx y sus muchos seguidores. Marx, que escribió lo principal de su obra a
mediados del siglo XIX, no se oponía por principio al desarrollo ni estaba preocupado -
como hombre, al fin, de su tiempo- por problemas ecológicos o por el agotamiento de los
recursos naturales. Muy por el contrario, algunas de las páginas más favorables al
desarrollo económico han sido precisamente escritas por él, en una obra que -por cierto-
es ampliamente conocida en todos los idiomas: el Manifiesto Comunista. En este breve
trabajo, escrito en 1848 junto con Federico Engels, Marx llama a la sociedad surgida de
la revolución industrial "la moderna sociedad burguesa" y le prodiga a la burguesía, la
clase social que forman los capitalistas, elogios que muchos se asombrarán de encontrar
en sus escritos:

"La burguesía [...] ha sido la primera en demostrar lo que puede realizar la actividad
humana: ha creado maravillas muy distintas a las pirámides de Egipto, a los acueductos
romanos y a las catedrales góticas, y ha realizado campañas muy distintas a las
migraciones de los pueblos y a las Cruzadas."

"Una revolución continua en la producción, una incesante conmoción de todas las


condiciones sociales, una inquietud y un movimiento constantes distinguen la época
burguesa de todas las anteriores"

"Merced al rápido perfeccionamiento de los instrumentos de producción y al constante


progreso de los medios de comunicación, la burguesía arrastra a la corriente de la
civilización a todas las naciones, hasta a las más bárbaras."
"La burguesía, ... ha creado fuerzas productivas más abundantes y más grandiosas que
todas las generaciones pasadas juntas".

Marx, como se ve, aprecia positivamente y pinta con bastante exactitud, empleando un
inocultable tono de triunfo, el panorama que se presenta una vez que comienza el
desarrollo. A pesar de esto, su crítica no deja de ser extrema: piensa que es solamente la
burguesía la que se apropia de los frutos del proceso condenando a la mayoría de la
humanidad -a la clase de los proletarios, dirá él- a una creciente pobreza, agudizando
unas contradicciones que llevarán, con el tiempo, al colapso del sistema y a la emergencia
de un nuevo tipo de sociedad, la socialista.

Las premisas de su argumento -como surge de la exposición anterior y como


mostraremos con más detalle en páginas siguientes- son, sin duda, completamente falsas.
Ni la propiedad se ha concentrado en pocas manos en el siglo y medio que ha pasado
desde el Manifiesto, ni la humanidad es más pobre hoy de lo que era hace ciento
cincuenta años. Allí donde se ha dado el desarrollo, por el contrario, han disminuido
notablemente las diferencias de ingresos, han desaparecido las distancias sociales que
permitían hablar, en su momento, de la existencia de "clases" sociales separadas, y el
progreso ha seguido la marcha impresionante que, eso sí, describió acertadamente Marx.
Es cierto que, en las regiones aún poco desarrolladas, gran parte de la población vive
todavía en preocupantes condiciones de pobreza. Pero eso ocurre no por culpa de un
crecimiento económico que apenas si ha llegado a esas sociedades sino, precisamente al
contrario, por razón de la ausencia de un desarrollo capaz de superar el tradicional
estancamiento en que en esos lugares se vive.

Estas falsas premisas del marxismo -que eran, más exactamente hablando, previsiones
del tipo catastrofista, como las que vimos en el apartado anterior, aunque de índole
social- llevaron por supuesto a conclusiones también erradas. No hubo en ningún
momento una lucha violenta y total entre "burgueses y proletarios", ni hubo tampoco
ninguna revolución social del tipo que Marx anunciara. Las que ocurrieran en Rusia, en
1917, y luego en China, Cuba, Vietnam, Nicaragua y algunos pocos países más, fueron
más bien revoluciones campesinas, o guerras de tipo nacionalista, o golpes de estado
dados dentro de procesos revolucionarios de cambio -es cierto- pero que buscaban más la
democracia "burguesa" y el crecimiento económico capitalista que un nuevo modelo
socialista de producción. Y estas experiencias, que llevaron a un nuevo modo de
organización socioeconómica, sirvieron a la postre para mostrar las debilidades profundas
de la visión socialista del desarrollo.

El socialismo no estuvo a la altura de sus promesas, de los sueños que despertó y las
energías que suscitó. Porque, como decíamos en el capítulo anterior, los países socialistas
no pudieron superar, realmente, a sus contrapartes capitalistas. Ni lograron mayor
democracia y libertad, pues desembocaron ineluctablemente en opresivas dictaduras de
los partidos comunistas y de sus endiosados líderes, ni alcanzaron tampoco el desarrollo
económico que, se suponía, sería promovido por unas fuerzas productivas liberadas de las
restricciones de la propiedad privada. Los comunistas lograron poner satélites en órbita y
fabricar poderosas armas nucleares, sobrepasaron en producción de acero a los países
capitalistas y socializaron por completo la salud, la educación y la previsión social, pero
estas realizaciones se parecieron más a las pirámides de Egipto que al vigoroso
crecimiento que mostraban las naciones de economía libre. La Unión Soviética,
abarcando las tierras que fueran en otro tiempo "el granero del mundo" no pudo llegar
siquiera a autoabastecerse de cereales; la cartilla de racionamiento y las colas eran la
forma usual que tenían los consumidores de acceder a unos bienes de consumo que eran
toscos, escasos y tecnológicamente atrasados; la atención a la salud, si bien universal en
su alcance, era generalmente deficiente y bastante diferente según los estratos sociales; en
la educación, aunque en teoría al alcance de todos, se aplicaban filtros ideológicos que no
permitían a cualquiera llegar a los niveles superiores; hasta la igualdad social,
proclamada de modo tan altisonante, se convirtió rápidamente en un mito, en algo más
aparente y formal que efectivo y real, pues los funcionarios del partido tenían a su
disposición multitud de bienes que se negaban al ciudadano común, acceso a tiendas
especiales y un poder político que los distinguía siempre de los demás.

No extrañará entonces que el comunismo, como camino de desarrollo, haya sido


abandonado ya en casi todas partes, no como producto de guerras o invasiones externas
sino por el hastío y la falta de esperanzas de unos pueblos condenados a una vida sin
posibilidades de progreso.

2.4. Los Tercermundistas

La posición que reseñábamos en 2.1 resulta, si se la examina con un poco de atención,


profundamente conservadora y elitesca. Son los pobres los más interesados en que haya
una producción abundante y barata de bienes, quienes se benefician más directamente de
la masificación de la producción. Los ricos siempre habían tenido artesanías bien
trabajadas con las que podían satisfacer muchas de sus necesidades, perfumes elaborados
a mano, finos artículos de vestimenta, delicados calzados y coches de caballos para
trasladarse. A los pobres les tocaba ir a pie, muchas veces descalzos, utilizar burdas telas
y conformarse con lo poco que podían conseguir. Hay algo de nostálgico, pues, entre
quienes se oponen de raíz al desarrollo: no en vano el mismo Marx llamaba "socialistas
feudales" a los movimientos y personas que pretendían el regreso a un pasado que la
revolución industrial había sepultado definitivamente.

En tiempos más recientes, sin embargo, el mito del "buen salvaje" ha adquirido formas
que también se asemejan de algún modo a las de esas críticas frontales que describíamos
en la sección 2.1. Claro, ahora no se evoca ya el pasado preindustrial de las sociedades
europeas sino que el centro de la atención se coloca en otro punto: en la defensa de las
culturas supuestamente amenazadas por las formas más modernas del proceso de
desarrollo.

Ya el socialismo soviético, especialmente después de Stalin, había mostrado una


reluctancia profunda a la asimilación de productos y costumbres que sus líderes
calificaban como "imperialistas". Ni la Coca Cola ni la moda eran muy bien recibidos en
la URSS, y mucho menos en la China de Mao o en la Camboya de Pol Pot, donde se
consideraba de hecho un delito el conocer idiomas occidentales. Más que enfatizar los
valores modernos que Marx había apoyado en su crítica al feudalismo, estas revoluciones
tenían un tinte nacionalista que las llevaban a un discurso premoderno, defensor de la
tradición, opuesto a casi todos los cambios asociados a las economías de abundancia
características de Occidente.

Hoy, que vivimos en un mundo cada vez más integrado y conectado, donde ha
desaparecido el comunismo como punto de referencia ideológico, estas mismas críticas
subsisten aunque transformadas y mucho más moderadas en su forma. Son muy raras las
personas que hablen ahora de "la revolución" o el comunismo, pero abundan las críticas
cerradas al proceso de globalización y de crecimento económico. El comercio
internacional es objetado violentamente a veces -como lo muestran las manifestaciones
que se organizan cuando se reúnen ciertos foros de discusión internacionales- y no faltan
las personas que nos advierten de la destrucción de valores y de tradiciones culturales que
trae la expansión de la economía mundial. En esta misma línea de argumentación se
acusa a las trasnacionales, a la publicidad, a la difusión de productos y a los medios de
comunicación del trasladar sus valores a las poblaciones que hasta ahora habían
permanecido ajenas al proceso de globalización. Se les recomienda en consecuencia a los
países pobres que busquen modelos alternativos de desarrollo, más equilibrados y
humanos, que puedan evitar los supuestos males de las sociedades industriales.

Olvidan estos críticos que el proceso de difusión de productos, costumbres y valores


es, en lo fundamental, un proceso autónomo, libre y espontáneo. Los restaurantes de
comida rápida y los desodorantes se difunden no porque nadie los imponga sino porque
las personas muestran un apetito insaciable por estas invenciones, vivan en Szechuan o en
Boston, en Karnataka o en Amsterdam, en las selvas amazónicas o al pie de los
Himalayas. La publicidad acelera a veces este proceso de difusión, despertando deseos
que estaban latentes en las personas, pero no es capaz de alterar las inclinaciones básicas
ni las motivaciones del público al que llega. Ni la intensa propaganda comunista de otras
décadas, ni la prédica a favor de recompensas "no materiales", pudo por eso transformar a
la gente: si Mao logró que todo el mundo vistiese de la misma manera no fue a través de
la publicidad o del convencimiento gradual sino por medio de la fuerza, de la misma
fuerza estatal que -sin mesura- aplastó toda oposición en China y en otros países de
régimen político semejante.

Este tipo de crítica a la globalización, por otra parte, asume como cierta una falsa
premisa: pretende que dicho proceso lleva a una uniformidad de la producción y del
consumo. Nada más equivocado. Como lo muestran quienes se han dedicado a estudiar
seriamente este tema, la globalización no es impuesta por nadie y no desemboca en una
gris repetición de los mismos productos, sino que avanza, en gran medida, basándose en
la diferenciación de lo que se ofrece. Los mercados se segmentan para satisfacer mejor
los gustos del consumidor -para de ese modo, naturalmente, poder vender más- no sólo a
nivel mundial sino dentro de un mismo país y atendiendo a las preferencias según género,
edad, poder adquisitivo, ideas religiosas y cien otros factores más. Muchos productos,
como los automóviles o las computadoras, por ejemplo, se pueden adaptar fácilmente a
las necesidades de cada comprador mientras que otros, que se venden en los estantes de
los supermercados, se ofrecen en infinitas variadades de tamaño, gusto, color, sabor y
perfume.

Proponer que los países más pobres y menos desarrollados inventen un nuevo modo de
hacer las cosas -todavía indefinido- es una forma de impedir, aunque con argumentos
aparentemente altruistas, que sus habitantes tengan acceso a los bienes y servicios que ya
otros disfrutan y que ellos sinceramente desean. Oponerse a la integración, al comercio
internacional y al libre movimiento de bienes y capitales es, en definitiva, la mejor forma
de congelar el status quo presente y mantener en su posición actual a quienes están más
rezagados.

2.5. La Desazón por lo Social. El Desempleo

El crecimiento económico, especialmente cuando se acelera y comienza a abarcar nuevos


sectores productivos, produce inevitablemente desajustes, inquietud y hasta intensos
conflictos. Costumbres y tradiciones de todo tipo se ven afectadas, provocando la normal
resistencia al cambio que tan bien conocen los sociólogos. Algunos grupos y sectores
sociales se ven o se sienten perjudicados, emergen nuevos problemas -como los de la
contaminación o el excesivo crecimiento urbano- y una sensación de inseguridad se
expande dentro de sociedades que tienen que hacer frente a problemas desconocidos
hasta entonces.

Estos son males consustanciales al cambio y al crecimiento, problemas hasta cierto


punto inevitables que constituyen el costo que hay que pagar por innovar y modificar las
antiguas formas de hacer y de pensar. Es lógico que la gente los señale, se queje de ellos
y se preocupe: esa es la mejor forma de encontrarles solución, de ir produciendo los
necesarios correctivos, personales y sociales, que favorezcan la adaptación.

Dentro de este proceso de cambios, que es indudablemente muy complejo, destacan


algunos problemas sociales que los críticos suelen señalar con particular énfasis, en parte
por la importancia que realmente tienen, en parte también, como veremos, por los mitos
que se han ido creando a su alrededor. Uno de ellos es el de la desigualdad creciente y la
extensión de la pobreza, que suele esgrimirse para descalificar, muchas veces, al propio
crecimiento en su conjunto. Por su importancia y por la complejidad que posee lo
habremos de tratar, con más detenimiento, en el capítulo 4. Otro, en cambio, el problema
del desempleo, se menciona en forma recurrente como un punto oscuro en el proceso de
cambio, como una terrible amenaza capaz de poner en tela de juicio el mismo concepto
de desarrollo. Como se basa en una percepción visiblemente equivocada de la realidad,
parecida a otras de las comentadas en este capítulo, habremos de abordarlo seguidamente,
para concluir con el análisis de los juicios errados que se repiten insistentemente sobre el
tema.

Ya hemos mencionado, páginas atrás, la resistencia violenta que opusieron los ludditas
al comienzo de la industrialización en Inglaterra. Las máquinas se destruían como si
fueran enemigas del hombre, porque eliminaban puestos de trabajo y hundían en la
miseria a cientos de obreros y artesanos. Dejemos de lado ahora el recurso a la violencia,
que tan poco útil resultó en este caso, y vayamos al fondo del problema: ¿qué razón, que
lógica había detrás del argumento que movía a la lucha? A pesar de las apariencias
diremos que, en realidad, ninguna.

No puede negarse que la introducción de una máquina, una herramienta o algún


procedimiento que reduzca el esfuerzo humano que hay que hacer para producir algo
signifique que se prescinde de uno o más puestos de trabajo. Lo que antes hacían diez
personas, por ejemplo, ahora puede hacerlo apenas una. ¿A dónde van a parar las otras
nueve? La primera impresión, si se toman las cosas de esta manera, es que un problema
grave e irreversible se produce cuando se introduce cualquier innovación tecnológica que,
por su misma razón de ser, reduce la cantidad de trabajo requerida para la producción de
determinados bienes. Pero las cosas adquieren una perspectiva diferente si no se analiza
el caso individual de los trabajadores de una empresa sino lo que ocurre en la sociedad en
su conjunto.

¿Puede suceder que, al introducir mejores formas de trabajo, la economía entera de un


país salga perdiendo porque entonces se acrecienta el desempleo? La respuesta,
obviamente, es que no, y ello por varias razones muy claras. Los cambios tecnológicos
mencionados, antes que nada, producen un aumento de la productividad. Esto significa
que la misma cantidad de personas producirá más bienes en una unidad de tiempo, con lo
que se aumentará la producción general que está a disposición de la gente. Mayor
productividad significa que habrá mejores salarios y que, por lo tanto, existirá una mayor
demanda, es decir que se solicitarán más bienes y servicios. Esta nueva demanda no
podrá satisfacerse, como es natural, simplemente con el aumento de los bienes que
produce la mejora tecnológica: será una demanda general, de todo tipo de bienes que,
entonces, llevará a la postre a un incremento en la necesidad de mano de obra que tienen
todas las demás empresas de la economía. El empleo aumentará, no por supuesto en la
rama de actividad que ha incorporado la nueva tecnología, sino en el resto de la
economía, en el conjunto de la sociedad.

Para el lector que piense que este razonamiento es algo complejo y difícil de probar,
pues no sabemos hasta que punto la nueva demanda sea capaz de compensar el
desempleo producido, la historia ofrece la más sencilla de las demostraciones: si el
desempleo creado por las primeras máquinas en Lancaster no se hubiese compensado, y
si al mismo se le hubiesen añadido más obreros desplazados por subsiguientes
innovaciones, el paro total hubiese ido creciendo con el tiempo hasta llegar a magnitudes
totalmente inmanejables. Dicho lo anterior en otros términos: si la producción total fuese
hoy del mismo volumen que la que había hace dos siglos es cierto que muy pocas
personas se necesitarían para generarla, pero lo que ocurre es que la producción actual es
cientos o miles de veces superior, por lo que se ha creado así empleo para las personas
que han sido desplazadas de las industrias que se modernizan y para la mayor población
que existe en la actualidad.

Para ver el problema en términos concretos, y concluir demostrando la falacia de esta


crítica, pensemos en lo que significa en la práctica cualquiera de los inventos modernos.
Las computadoras, por ejemplo, han hecho innecesario el trabajo de millones de
mecanógrafas, archivistas y empleados de oficina. Pero estas personas no están en la
calle: la economía ha creado, entretanto, otros millones de nuevos puestos que incluyen
vendedores de nuevos equipos, personal de reparación y mantenimiento, gente que crea
software y, sobre todo, secretarias y empleados administrativos que con menos esfuerzo
realizan muchas más tareas que sus predecesores.

Lo anterior no significa que, desde un punto de vista particular, no se produzcan a


veces graves problemas sociales como consecuencia de un cambio tecnológico,
especialmente si éste se produce bruscamente y desplaza en poco tiempo a miles de
personas que realizan la misma tarea desde hace tiempo. Los nuevos desempleados no
tienen las habilidades que se necesitan para conseguir nuevos puestos de trabajo -pues se
han especializado en el manejo de máquinas, por ejemplo, que ya no se utilizan- y quedan
por lo tanto en una situación muy delicada y preocupante. Toda sociedad, sin duda, debe
mostrar la suficiente sensibilidad como para enfrentar de modo decidido este tipo de
problemas. Pero la respuesta, que no cabe detallar aquí, no puede consistir en hacer más
lento el progreso tecnológico o en reducir el volumen total de la producción: es
justamente este progreso el único elemento capaz de crear las condiciones para que las
personas que han perdido su trabajo puedan encontrar otro que sea más apropiado a sus
aptitudes.

Capítulo 3:

La Calidad de Vida que Proporciona el


Desarrollo

En el capítulo anterior hemos pasado revista a las principales objeciones que se suelen
formular al proceso de desarrollo. Puede quedar en el lector la inquietud, sin embargo, de
que los frutos del crecimiento económico no son tal vez tan importantes como lo
sugerimos en nuestra exposición, que su impacto real en nuestra vida cotidiana resulta
dudoso o que tiene efectos colaterales ne gativos que no tomamos en cuenta con suficiente
seriedad. Esta actitud de reserva se justifica plenamente desde el punto de vista del
método científico y a ella nos proponemos responder en las páginas que siguen.

La exposición que haremos nos parece especialmente necesaria porque, ante nuevas
tecnologías, invenciones y productos, tendemos a perder de vista -por un natural efecto
de acostumbramiento- la forma en que resolvíamos nuestras necesidades en un tiempo
anterior. Damos por sentado que dispondremos, por ejemplo, de energía eléctrica en
nuestros domicilios, lo vemos como algo absolutamente natural y necesario: tonta
parecería la persona que se asombrase de que, al mover un simple interruptor, se
encendiese la luz en su habitación. Pero el proceso por el cual podemos operar esta
pequeña maravilla, que a nuestros antepasados les resultaría poco menos que milagrosa,
no tiene por supuesto nada de natural ni de simple. Para que las cosas ocurran de tal
manera se necesita de una industria eléctrica basada en centrales que pueden aplicar
tecnologías muy diversas, de un tendido de redes de miles de kilómetros, de una
cuidadosa instalación en nuestros hogares, de fábricas que producen los artefactos que
conectamos a los circuitos, de un mantenimiento continuo y de una actividad
administrativa y gerencial de la que muy poco conocemos.

Nuestra rutina diaria esta repleta de estos silenciosos prodigios que no somos capaces
de apreciar sino cuando, por circunstancias excepcionales, nos vemos privados de ellos.
Sólo cuando se produce un apagón nos damos cuenta de que nos hemos quedado de
pronto sin televisión y sin música, probablemente sin calefacción o aire acondicionado,
sin refrigerador y sin computadora, tal vez sin la posibilidad de cocinar y, si es de noche,
sin luz en nuestras habitaciones. Nos vemos obligados entonces a encender velas -
ineficaces, vacilantes y hasta peligrosas- a esperar en la penumbra que nuestra vida pueda
regresar a las comodidades y amenidades en las que nunca solemos pensar.

Por estas razones creemos que vale la pena dedicar este capítulo a revisar algunos
ejemplos de esos adelantos modernos, típicos de las sociedades industriales en que
vivimos, que de un modo tan completo rodean nuestra vida. Claro está, son tantas y tan
variadas las invenciones que utilizamos que, por fuerza, nos veremos obligados a
presentar sólo una pequeña muestra de todas las existentes. Nos detendremos por eso sólo
en algunos ejemplos que nos parecen útiles para comprender lo que en realidad significa
el desarrollo en la vida cotidiana, el modo en que algunos productos -escogidos entre la
casi infinita variedad que está a nuestro alcance- nos permiten ampliar los límites de una
existencia cada vez más sana y más plena de posibilidades.

3.1. Una Primera Imagen

Para comenzar, echemos una mirada de conjunto a nuestras condiciones actuales de vida,
complementando así la presentación que hacíamos al inicio de este libro. No hay
necesidad, no hay deseo, capricho o actividad humana, que no haya sido afectado
tremendamente en los últimos cien años por los avances de la tecnología y de la ciencia,
por los productos de centenares de miles de empresas que nos brindan la posibilidad de
vivir nuestra vida de un modo diferente al que lo hacían nuestros antecesores.

Algunos de estos cambios son tan amplios y conocidos, tan aparentes y fáciles de
percibir, que nos eximen de comentarlos en profundidad: los medios de transporte y
comunicación, los antibióticos, las vacunas y la cirugía moderna, los plásticos y la
energía eléctrica, están por todas partes y satisfacen de una manera directa algunas
necesidades básicas que tenemos todas las personas: prevenir y curar enfermedades,
comunicarnos con nuestros semejantes, desplazarnos a los lugares en que queremos estar.
¿Quién no nombrará, entre los adelantos de nuestra era, al automóvil o al avión, a los
teléfonos, las computadoras o los equipos domésticos que, como las neveras o las
lavadoras de ropa, parecen ser ya parte inseparable de nuestro entorno?

Es bueno recordar que, con respecto a todas estas innovaciones, los cambios se han ido
acumulando de una manera rápida pero generalmente imperceptible, en un proceso
continuo en que la demanda de los consumidores, la competencia entre las empresas y la
investigación tecnológica se han retroalimentado de un modo positivo y a veces hasta
imprevisto. La mayoría de las grandes invenciones que han revolucionado nuestra vida
son el producto de la acumulación de otros inventos anteriores que, combinados
adecuadamente, han resultado en productos realmente nuevos.

Ante ciertas necesidades de las personas - la demanda potencial de los consumidores-


han aparecido técnicos e inventores que, estudiando los recursos disponibles en cuanto a
tecnología, materiales y sistemas de producción, se han ocupado de encontrar formas de
combinarlos de modo de crear nuevos bienes. La computadora personal que hoy tanto
usamos, por ejemplo, es la síntesis del tubo de rayos catódicos con el teclado propio de la
máquina de escribir, del chip que integra complejos circuitos en un espacio muy
reducido, los plásticos, la tecnología del audio desarrollada previamente por la radio, la
máquina de calcular y decenas de otros inventos más.

El automóvil, si vamos a otro caso, fue originalmente la sumatoria de los eficientes


carruajes a tracción animal de fines del siglo XIX con el motor de combustión interna
desarrollado en esa misma época. Pero ni la computadora ni el automóvil -ni la máquina
de lavar, el teléfono o el desodorante- se inventaron de una sola vez y para siempre: ha
habido un incesante perfeccionamiento que va desde los primeros modelos hasta los
productos actuales, una continua modificación que trata de satisfacer los deseos de los
consumidores tal como se expresan en el mercado, responde a las investigaciones de los
ingenieros y se concreta gracias a las inversiones de los empresarios.

Los carros de hace un siglo, para volver a nuestro ejemplo, eran increíblemente menos
potentes, cómodos y seguros que los actuales. Todavía recuerdo el intenso olor a gasolina
que, al subirme a uno de ellos, me mareaba cuando yo era niño, lo que costaba que mi
pequeño automóvil -ya en los años setenta- llegara a 80 kilómetros por hora, la ausencia
casi absoluta de dispositivos de seguridad que tenían esas máquinas o el laborioso y
frecuente mantenimiento que había que hacerles. Lo mismo puede decirse, sin duda, de
los teléfonos: tal vez algún lector de suficiente edad recuerde lo fastidioso que resultaba
hacer girar el disco para marcar un número cuando éste comenzaba a aflojarse o
atascarse, los avatares y las demoras de una simple llamada de larga distancia nacional, lo
fantástico que hubiera parecido - hace apenas treinta años- la posibilidad de hacer una
llamada desde la playa o desde un estadio deportivo.

Una de las cosas verdaderamente notables de estos avances es que se han producido -
salvo escasas excepciones- de un modo básicamente espontáneo y hasta casi caótico,
podríamos decir. Es verdad que en muchos países se han impuesto normas y regulaciones
respecto a la seguridad y la higiene de los productos, pero estas prescripciones han
aparecido casi siempre a posteriori, después de que muchas industrias ya las hubiesen
introducido, y no han servido para señalar, por eso, el curso de la evolución de los
productos. No ha habido ninguna institución política, ninguna instancia central de
planificación o control que haya obligado a las empresas a cambiar el discado analógico
por el digital, ninguna presión pública para que se reemplazasen los neumáticos con
cámara por los más confiables que usamos hoy. Los consumidores, actuando
individualmente, es decir, prefiriendo en sus compras a una marca en vez de otra, a un
modelo antes que otro, han sido los verdaderos promotores de este proceso de cambios:
ellos han demandado insaciablemente algunos productos y no otros, han demostrado en
la práctica por cuales innovaciones preferían pagar algún dinero más, han señalado a las
empresas hasta dónde les parecía razonable preocuparse en materia de seguridad, higiene
y control de calidad.

Las empresas, mansamente, han tenido que seguir estas inclinaciones a veces
caprichosas de la gente: han demorado la producción de algunos artículos que la gente no
parecía apreciar suficientemente y se han concentrado, en cambio, en algunas mejoras
que el mercado demandaba con intensidad aunque a primera vista no pareciesen tan
importantes: un refrigerador que no necesitara descongelarse, por ejemplo, o unos
anteojos más livianos, un detergente que no dañase las manos o unos cuchillos que no
tuviesen que amolarse a cada rato.

Veamos entonces, siguiendo esta pista, algunos de los productos que los consumidores
han preferido insistentemente a lo largo de los años. Ellos nos permitirán conocer mejor
no sólo cómo funciona el proceso de desarrollo en los hechos sino, además, comprender
más a fondo lo que la gente piensa que son sus verdaderas necesidades, aquello por lo
que - más allá de cualquier declaración verbal- está dispuesta a hacer el obvio sacrificio de
entregar su dinero a cambio.

3.2. Belleza y Salud

Desde la invención del peine, allá en los lejanos días del neolítico, pocos artículos han
creado una revolución tan grande en nuestra higiene personal como la producción masiva
de jabón de tocador. Es verdad que el proceso básico de su elaboración se conocía desde
hace algo más de dos mil años, pero fue sólo a partir del siglo XIX que se encontraron
métodos modernos para lograr un producto relativamente barato, de aspecto y aroma
agradables, que pudiera producirse en grandes cantidades. De allí en adelante comenzó a
acelerarse un proceso de difusión que, hasta entonces, había operado con invariable
lentitud. El jabón, el simple y sencillo jabón, mostró enseguida su enorme capacidad para
revolucionar hábitos e incorporarse como parte inseparable de nuestras vidas: al aparecer
un producto económico que permitía una higiene muy superior a la acostumbrada se
redujo drásticamente la mortalidad infantil -pues las comadronas, sólo con lavarse bien
las manos, dejaron de transmitir un sinnúmero de enfermedades a los recién nacidos-
disminuyó en parte el contagio de muchas dolencias y se hizo más limpio y saludable el
procesamiento de todo tipo de alimentos. No en vano el conde Justus von Liebig, un
afamado químico, llegó a afirmar que la cantidad de jabón consumida por una nación era
la mejor medida de su riqueza y grado de civilización.

Pero, y esto es fundamental para comprender la forma en que actuamos como


consumidores, la gente no utilizó el jabón sólo por sus propiedades higiénicas y
sanitarias: las personas querían sentirse bien consigo mismas, limpias y presentables ante
los demás, y querían también que el producto que compraban fuese agradable a la vista y
al olfato, bien envuelto y diseñado. Cuando un consumidor compra una pastilla de jabón -
y lo mismo vale, para el caso, si se trata de un automóvil, un lápiz o un par de zapatos- lo
que tiene en mente no es la satisfacción de una simple necesidad material y práctica. El
ser humano quiere algo más: no sólo quiere tener un objeto que lo proteja del frío o de la
lluvia sino que busca prendas de vestir que le gusten, que sea capaz de mostrar a los
demás con cierta satisfacción, que pueda cambiar según las ocasiones o su estado de
ánimo. Pretende a veces estar a la moda o mostrarse original, quizás impresionar o pasar
desapercibido, pero en todos los casos le interesa agradar, ser tomado en cuenta, ser
aceptado a través de lo que lleva puesto, consume o usa.

Por esta misma razón el mercado para los productos higiénicos, cosméticos y de
belleza se expandió - y aún continúa en rápido crecimiento- apenas la tecnología y la
industria moderna permitieron su producción masiva y relativamente barata. Desde
tiempos inmemoriales, desde la prehistoria, para ser más exactos, los seres humanos han
buscado siempre perfumes y lociones, cremas, óleos y ungüentos, productos
desodorantes, talcos, esmaltes y tinturas, detergentes, jabones, champús y enjuages,
dentífricos y afeites de todo tipo. Ha sido, sin embargo, sólo en tiempos recientes, que
tales productos se han colocado a disposición de la gran mayoría de los consumidores:
antes fueron artículos exquisitos, de muy alto costo, a los que sólo podían tener acceso
los ricos y poderosos, en sociedades donde la desigualdad se expresaba en abismales
diferencias de posición social, bienestar y prestigio.

A medida que progresaba la investigación científica y que las empresas, más


conscientes y más en sintonía con los gustos de los consumidores, iban comprendiendo la
forma en que estos se comportaban, comenzaron a aparecer algunas innovaciones que
resultan ahora triviales pero que en su momento significaron la incursión por nuevos
derroteros. Un salto en este sentido fue, por ejemplo, la inclusión de fluoruro en las
cremas dentales, lo que ha logrado una virtual desaparición de la caries, otrora la
enfermedad bucal más difundida, entre las nuevas generaciones. Así, con aditivos
específicamente diseñados, con colores y perfumes seleccionados cuidadosamente, con
fórmulas investigadas y analizadas científicamente, se han ido logrando productos que
son más saludables y a la vez más agradables de consumir.

Dos ejemplos más, para cerrar esta sección, servirán para destacar algunas necesidades
de las que la gente poco habla pero que son de tremenda importancia para una vida
cotidiana confortable: los pañales desechables y las toallas higiénicas de uso femenino.
Llama la atención ver cómo, a pesar de su costo relativamente alto, ambas innovaciones
se han difundido a una velocidad asombrosa aún entre las personas de más escasos
recursos, al punto que pudiera decirse que, en casi todas las áreas urbanas del planeta las
personas sienten que su uso es prácticamente "obligatorio". No hace falta decir que tal
obligatoriedad es de la persona ante sí misma, o ante el grupo humano inmediato que la
rodea: parece virtualmente imposible hoy volver a los viejos métodos, engorrosos y
antihigiénicos, aunque haya que sacrificar a veces otros consumos para poder tener
acceso a las nuevas mercancías. Pero para quien haya hecho la experiencia de haber
lavado uno a uno decenas de pañales todos los días, por ejemplo, la explicación de estas
preferencias no tiene nada de misterioso ni puede atribuirse a la inducción publicitaria: el
trabajo es tedioso y desagradable, los resultados siempre imperfectos, la exigencia
continua y apremiante. Un producto desechable, higiénico y en constante mejoramiento
resulta sin duda una verdadera liberación, tal como lo han mostrado los protectores
femeninos para las mujeres que, desde poblaciones de la India hasta remotas aldeas
africanas, sienten que ahora no son excluidas de su comunidad por el simple hecho de
padecer la menstruación.

3.3. Siempre en Contacto

Tan íntimo como un desodorante o un maquillaje, tan indispensable como el alimento o


el vestido, es para muchos el teléfono celular. La gente de todo nivel social se esfuerza
por tenerlo y muchos que viven en una situación económica precaria se privan de otros
bienes para poder mantener sus suscripciones al día. ¿Por qué esta innovación se ha
difundido a un paso tan rápido, tan asombroso? No hay duda de las ventajas prácticas
que, para los negocios, brinda un adminículo que nos permite la comunicación
instantánea con asociados, clientes y proveedores, que nos libera de la tiranía de la
localización física de la oficina y nos permite intentar el sueño de realizar varias cosas
simultáneamente. Lo mismo puede decirse de las personas que, por carecer de teléfonos
fijos debido a dificultades de instalación, apelan a este recurso para sustituir un bien al
que de otro modo no tendrían acceso. Pero hay algo más: los celulares o teléfonos
móviles son usados hoy por muchas personas que no se desenvuelven en el mundo de los
negocios o que, por diversas razones, suelen permanecer en un mismo sitio durante varias
horas, sin aparente necesidad de recurrir a este tipo de contacto con los demás.

La gente, sin embargo, adora los celulares con pasión mucho más allá de las soluciones
prácticas que aportan. Se llama por teléfono no sólo para resolver negocios sino para
saber cómo suena la voz de la persona que amamos, para preguntar si hace falta pasar por
el automercado a comprar leche, para que escuchen cómo el bebé se ríe por primera vez,
para confirmar si cerramos la ventana antes de salir, para conocer anticipadamente el
resultado de un examen, una visita médica o el monto exacto de un cheque. El hombre es
un ser social, no cabe la menor duda, y necesita el contacto frecuente con sus allegados
para reafirmar sus lazos afectivos, para sentirse parte de una relación amorosa, familiar o
amistosa, para consolidar su pertenencia a los grupos en que participa.

De este comportamiento típico de la especie han surgido, en última instancia,


innovaciones tecnológicas y sociales como el correo, el telégrafo, la radio y el teléfono.
El crecimiento económico ha ampliado enormemente estas facilidades de comunicación y
lo ha hecho en esencia porque el público -como exigente consumidor- así lo ha pedido.
No es de extrañar entonces la velocidad con que se han sucedido los adelantos en este
campo que, comparado con otras tecnologías -como las de la vivienda o las de los viajes
espaciales- ha progresado a un ritmo mucho mayor. Es por esa misma razón que las
inversiones en el área de las telecomunicaciones crecen a una velocidad vertiginosa, aun
en países que sufren recesiones económicas, y que es posible prever una sucesión de
inventos y creaciones que continuarán con esta marcha ascendente: ya el correo
electrónico, por ejemplo, ha roto las que otrora fueran insalvables barreras a la
comunicación entre seres distantes, abaratando increíblemente los contactos y
haciéndolos por lo tanto más libres, fluidos, completos y espontáneos.
Las tecnologías de la comunicación abarcan también la de los medios masivos: estos se
han ido independizando de las restricciones nacionales o regionales -en la medida,
también, en que se han eliminado muchas regulaciones y prohibiciones- con lo que se ha
producido la emergencia de radios mucho más interactivas y de una televisión más
variada y especializada, de alcance internacional, que poco a poco tiende a abaratarse.

El inseparable complemento de la comunicación, el transporte, también ha seguido el


mismo intenso curso de desarrollo, que ha resultado fundamental por dos razones: en
primer lugar porque ha llevado hasta el desplazamiento físico ese deseo de contacto
personal al que aludíamos en esta misma sección, satisfaciendo a la vez esa inherente
necesidad de movilidad que parecen tener la mayoría de los seres humanos; en segundo
lugar porque, al facilitar el comercio y reducir los fletes, ha abaratado de un manera
sorprendente una gran variedad de mercancías, que hasta entonces sólo podían ser
consumidas, masivamente, en las localidades en que se producían.

No es necesario relatar, al lector actual, los prodigios de los medios de transporte que
hoy están a su alcance. La mayoría los conoce y, muy probablemente, los ha utilizado por
lo menos alguna vez. Lo que sí vale la pena destacar es que las tecnologías de transporte
de carga sufrieron una revolución a fines de los años cincuenta cuando se comenzaron a
utilizar los llamados containers, contenedores estandarizados de metal que podían
colocarse sobre camiones y trasladarse fácilmente a los barcos mercantes. Esta
innovación, que agilizó notablemente el comercio y redujo sus costos, se dio en el marco
de un ambiente internacional que -poco a poco- fue inclinándose otra vez hacia el libre
comercio, con la reducción gradual de los aranceles y de las barreras no arancelarias.
Estos factores se conjugaron así para abaratar y difundir productos, para estimular el
crecimiento económico y -por lo tanto- el bienestar de las personas.

3.4. La Inabarcable Diversidad

Los productos del desarrollo, como los deseos humanos, son de una increíble variedad
y profusión. A pesar de una extendida imagen que se hizo común hacia finales del siglo
XIX y comienzos del XX, la producción moderna para nada es uniforme o estandarizada.
Es cierto que, durante las primeras décadas de la revolución industrial y en las fases
iniciales de introducción de nuevos productos, la mayoría de las empresas prefirió
concentrarse en muy pocos modelos para abaratarlos y poder venderlos en grandes
cantidades. En relación a este punto nos viene enseguida a la memoria una conocida
anécdota: consultado Henry Ford acerca de su modelo T, el primer automóvil que en
verdad se produjo masivamente, él dijo que los consumidores podían comprarlo del color
que quisieran "con tal de que fuese negro". La línea de montaje, la estandarización de
las piezas y, en el fondo, las llamadas economías de escala, sólo permitían muy escasas
alternativas al consumidor si que quería ofrecer un bien accesible al gran público.

Pero, a pesar de lo que ha ocurrido en circunstancias como estas, la industria


comprende -y ahora más que nunca- que el consumidor aspira a ser atendido del modo
más personalizado posible. Sólo basta ir a un automercado bien surtido para comprender
lo que de hecho significa esta afirmación: cada marca elabora decenas de variedades de
un mismo producto en diferentes colores, tamaños, aromas y sabores que se combinan de
mil modos para acercarse así a las preferencias de cada individuo. No sólo hay leche con
y sin vitaminas, descremada o entera, natural o con los sabores que prefieren los niños,
sino también jugos de todas las frutas imaginables, algunos hasta con vitaminas y
nutrientes especiales, salsan bajas en grasas o calorías, productos dietéticos y también
algunos que se adaptan de un modo deliberado a los requisitos especiales que imponen
las religiones más difundidas. Hay, ni qué decirlo, ropas de todas las formas, tamaños,
colores, texturas y precios, y es fácil ya pedir directamente a la fábrica que nos envíen el
tipo específico de computadora que necesitamos.

Toda esta dilatada diversidad se produce por una razón económica básica: la empresa
moderna, grande o pequeña, esta obligada a servir al consumidor, a adecuarse a sus
gustos, porque si no lo hace así se enfrenta a la peor sanción que se puede concebir en el
mundo de los negocios: un descenso de las ventas que, casi de inmediato, significa una
merma casi segura de las ganancias y, por consiguiente, el riesgo de dificultades
financieras que pueden llevar a la ruina. La empresa constituida, con un nombre o una
marca registrada, no puede entonces actuar sobre la base del engaño o de la ganancia
rápida, como lo haría algún vendedor ambulante de pociones milagrosas. Tiene que
vender hoy y tiene que vender mañana, necesita satisfacer y retener a sus consumidores,
evitando que se pasen a la competenc ia, tiene que innovar y presentar siempre un
producto mejorado y más eficiente, atractivo y a un costo razonable.

Esta es la lógica de los mercados libres y competitivos, donde el consumidor es


soberano. Es un sistema no gobernado desde ninguna instancia superior que produce
magníficos resultados, especialmente en cuanto a la variedad y calidad de los productos
que salen al mercado y respecto a la asignación de los recursos disponibles en la
sociedad: trabajo, tierra y capital. Las empresas, por cierto, tratan de obtener la mayor
ganancia posible, pero para ello -precisamente- deben conocer y responder a las
necesidades del consumidor, deben ofrecerle productos atractivos a un precio que éste,
todavía, esté en condiciones de pagar.

Esto las lleva a gastar importantes sumas en investigaciones de todo tipo. Las empresas
mayores, y las que tratan de mantenerse a la vanguardia, poseen normalmente avanzados
laboratorios y a veces hasta centros e institutos de investigación propios, donde un
personal de muy alta calificación -y muy bien pagado, normalmente- genera sólidos
aportes al desarrollo de productos, a la tecnología y, en ocasiones, a la propia ciencia
pura. Del mismo modo se realizan constantemente investigaciones de mercado donde -
utilizando los métodos de investigación social más avanzados- se pulsan los hábitos,
necesidades e intereses de los consumidores, se indaga acerca de sus actitudes y se
prueba su receptividad ante diversos productos antes de que estos se fabriquen en serie.

Este modo de proceder contrasta visiblemente con lo que ocurría en los países que
adoptaron un sistema económico de planificación central con propiedad estatal de todas
las empresas. Allí, como en el caso de la extinta Unión Soviética, los funcionarios del
estado a la cabeza de cada industria tenían la obligación de cumplir con ciertas cuotas de
producción para satisfacer de ese modo los objetivos del Plan. Pero, como respondían
ante otros funcionarios y no ante el público, tendían a cumplir este requisito descuidando
la calidad o la cantidad de los productos, su presentación, su variedad y los gustos del
consumidor. Se fabricaban zapatos, seguramente, pero estos se amontonaban en los
estantes sin que la gente tuviese mayor interés en comprarlos porque eran feos y de muy
pobre calidad; otros productos eran baratos pero se agotaban enseguida, se formaban
inmensas colas para adquirirlos y, en general, los avances que se lograban en las ramas de
la llamada "industria pesada" nunca llegaban a convertirse en más y mejores productos
de consumo final.

La empresa privada, en cambio, tiene que someterse inevitablemente a los gustos del
consumidor porque de otro modo no puede prosperar y mantenerse en el mercado. A
veces esto significa que se habrán de producir bienes de escaso gusto, chabacanos o hasta
nocivos para la salud. Pero "no tienen la culpa los empresarios de que a los
consumidores -a las masas, a los hombres comunes- les gusten más las bebidas
alcohólicas que la Biblia, prefiriendo las novelas policiacas a la literatura seria... [...] El
empresario no gana más vendiendo cosas "malas" que vendiendo cosas "buenas". [...]
Las gentes no ingieren bebidas tóxicas para hacer felices a los "capitalistas del alcohol";
ni van a la guerra para enriquecer a los "traficantes de la muerte". La industria de
armamentos existe porque hay mucha belicosidad; no es aquélla la causa de ésta, sino su
efecto." Los consumidores "son como jerarcas egoístas e implacables, caprichosos y
volubles, difíciles de contentar. Sólo su personal satisfacción les preocupa. No se
interesan ni por pasados méritos, ni por derechos un día adquiridos. Abandonan a los
tradicionales proveedores en cuanto alguien les ofrece cosas mejores o más baratas."

Este retrato que hace Mises, tan duro como exacto, es en realidad una descripción
descarnada de nosotros mismos, de todas las personas -sin diferencia alguna de sexo,
edad, nacionalidad o condición económica- cuando asumimos el papel de consumidores y
buscamos nuestra satisfacción comprando bienes y servicios en el mercado.

3.5. Realmente, ¿vivimos mejor?

Muy probablemente el lector escéptico, desconfiando del tono optimista de estas páginas,
tendrá todavía varias objeciones que hacernos. Algunas de ellas, las que tienen que ver
con la efectiva difusión de la s ventajas del desarrollo, serán tratadas más extensamente en
el capítulo siguiente, cuando abordemos los delicados temas de la pobreza y la
desigualdad. Pero, aparte de dichos problemas, que con tanta frecuencia se discuten hoy,
pensamos que quedan todavía algunas importantes preguntas por responder: ¿sirve para
algo, con sinceridad, toda esa infinita gama de productos que se nos ofrece o son,
simplemente, un artilugio para hacernos gastar más? ¿Se consigue una mejor calidad de
vida con tantos bienes y servicios diferentes o hay algo más, inconmensurable, a lo que el
desarrollo no nos acerca en lo más mínimo? Y, yendo al fondo de la cuestión ¿es posible
medir la calidad de una vida? ¿Cómo, en qué sentido?

A algunas de estas preguntas intentamos responder en el capítulo anterior, cuando


rebatíamos las objeciones al desarrollo. Es obvio, por ejemplo, que ningún producto
alimenticio, electrónico, cosmético o textil puede garantizarnos la felicidad: las imágenes
publicitarias que suelen asociarlos con gente bella, alegre y bien dispuesta no son más
que simples recursos para que el potencial consumidor vincule determinadas marcas con
aquellas cosas que valora y estima. Todos sabemos que no es así, que ningún automóvil
en particular nos permitirá alcanzar el amor u obtener el pasaporte hacia la felicidad, que
la alegría no depende de la marca de chocolate que se consuma o de televisor que se
utilice. Creerlo otra cosa sería caer en una inconcebible ingenuidad.

Pero, descartado esta evidente falacia, no puede negarse que los productos del
desarrollo contribuyen de un modo notable a nuestro auténtico bienestar: no en vano la
gente se afana en consumirlos y hace, a veces, significativos sacrificios para acceder a
ellos. Un automóvil en particular no nos puede abrir las puertas de la felicidad, decíamos,
pero tener un carro que funcione bien, seguro y agradable a la vista, puede
proporcionarnos sin embargo bastantes satisfacciones, puede hacernos sentir más
tranquilos y confiados, más libres para movernos y llegar a donde queremos. Los mismo
ocurre si sentimos que nuestro cabello está limpio y huele bien, si usamos un calzado
cómodo, si consumimos alimentos nutritivos y agradables al paladar, si nuestros dientes
son más blancos y si pensamos en un largo etcétera que el lector, con sólo mirar a su
alrededor, podrá completar perfectamente. Ninguno de estos productos, por sí solo, es
capaz de transportarnos a un mundo nuevo o abrirnos las puertas de la felicidad, pero el
efecto de conjunto es importante, significativo y a veces hasta abrumador. Para
entenderlo sugiero que las personas que duden de esta afirmación hagan un sencillo
experimento mental: piensen en cómo sería su vida cotidiana si no pudieran disponer de
cada uno de los artículos que utilizan a cada instante, si se vieran privadas del concurso
de los artefactos y productos que en este momento preciso las rodean.

La calidad de vida, sin duda, es un concepto esquivo y difícil de medir: ¿cómo


podemos decir que una persona tiene una vida de mejor calidad que otra por el simple
hecho de poseer un medio de vida más fácil, higiénico y rico? Pero el investigador social,
que no puede penetrar en lo más íntimo del ser de cada uno, debe aceptar sin embargo
que la profusión de bienes materiales a disposición de la gente difícilmente pueda ejercer
un efecto negativo y que, al contrario, producirá una resultante positiva -de mayor o
menor intensidad- según las personas y las circunstancias. Dicho de otra manera, mucho
más concreta: no podemos afirmar que la vida de las personas sea más plena y feliz por el
solo hecho de tener a su disposición agua potable y no contaminada, pero es fácil
entender que, sin ella, nuestra vida se empobrece, se somete a riesgos y pierde de algún
modo parte de su calidad.

Cuando pensamos no sólo en un producto o artículo determinado sino en el efecto de


agregación que se genera al utilizar cientos de ellos podemos entender, con mayor
claridad, el efecto acumulativo que crea en nuestrar vidas toda esa panoplia de recursos.
Vivir más tiempo, con menos enfermedades, sin la necesidad de realizar agotadores
trabajos generalmente repetitivos y poco atractivos, mejor comunicados y con mayor
libertad para desplazarnos, no es algo trivial o sin importancia, es un punto de partida
crucial para que -sobre tal base- podamos desarrollar una existencia más plena y más
libre. Que lo hagamos o no, por supuesto, depende enteramente de nosotros mismos.
El ser humano, en definitiva, es libre para elegir: puede o no comprar el producto que
tan atractivamente se exhibe por televisión, puede probarlo y evaluarlo para ver si le sirve
realmente para vivir mejor y, de hecho, lo hace cada día y cada hora, cada vez que se
acerca a la tienda o al supermercado y decide gastar su dinero de un modo o de otro.
Nadie nos obliga a consumir todos nuestros ingresos, nadie nos impone un modo de vida
que no nos satisface. Si a veces nos sentimos obligados a comprar algo sobre lo cual
tenemos ciertas dudas, venciendo interiores resistencias, no es porque el estado o las
empresas nos obliguen a ello sino porque la presión social nos incita a incorporarnos al
curso que siguen los demás, porque somos seres sociales que no queremos desentonar o
porque no tenemos la suficiente fuerza interior como para adoptar un camino diferente.
No son el desarrollo, ni la empresa moderna, ni siquiera la tecnología, los responsables de
este tipo de conducta. Es nuestro espíritu gregario, profundamente enraizado en la
especie, el que nos hace sentir que es más fácil y menos exigente conducirnos sin
demasiada originalidad.

Como contrapartida de esta tendencia a la adaptación social, o quizás más bien como
su complemento, el desarrollo muestra que los seres humanos poseemos también una
fuerte inclinación a actuar como individuos guiados por preferencias particulares y
personales, a tener hábitos y gustos definidamente singulares y específicos. Es por ello
que, a medida que se produce el crecimiento económico y que las personas van
disponiendo de mayores ingresos -o de productos más baratos, que es lo mismo- se
aprecian algunos cambios significativos en los patrones de consumo. Ya la gente no se
contenta con un solo teléfono o un solo televisor por grupo familiar, sino que posee más
de un aparato para que puedan satisfacerse mejor las necesidades de cada uno; aparecen
productos desechables, que se reemplazan sin mayor dificultad y nos liberan de toda
preocupación por su mantenimiento; los consumidores se acostumbran a tener, cuando
pueden, más de un ejemplar de cada producto: más de una radio, de un peine, de una
cartera, de un cereal para el desayuno. Del consumo colectivo y esporádico se pasa
primero al consumo por unidad familiar o por vivienda y luego a uno más personalizado
y adaptado a los gustos individuales, más flexible y variado.

Un último elemento debemos mencionar sobre este importante punto de la calidad de


vida: muchas veces vivimos mejor no por lo que consumimos nosotros sino por lo que
compran y utilizan los demás. Podemos pensar que viajar en avión es una tontería
peligrosa y abstenernos por completo de ello, pero el hecho de que haya aviones más
rápidos, seguros y menos contaminantes es un factor que, indirectamente, enriquece
nuestras vidas, pues nos proporciona bienes más baratos y fáciles de conseguir, nos
permite que nos visiten la s personas con las que estamos relacionados y nos hace vivir en
un mundo más pleno, con mayores intercambios de todo tipo. Ni qué decir el efecto
indirecto que producen sobre nosotros las vacunas y los medicamentos que eliminan o
permiten curar las enfermedades de los demás, las ventajas que recibimos al
relacionarnos con gente más sana, descansada e higiénica. Los economistas llaman
externalidades positivas a estos efectos indirectos, que nos enriquecen por el simple
hecho de que los demás viven mejor.
Claro está, no puede negarse que el desarrollo trae también externalidades de las
llamadas negativas, algunas muy preocupantes, que reducen nuestro efectivo bienestar.
Esta circunstancia nos ha llevado a dedicar un capítulo aparte en este libro a las críticas
que, sobre diversos tipos de contaminación, se hacen con tanta frecuencia. Pero sería
realmente injusto olvidar que, junto a esos efectos negativos, existe una inmensa cantidad
de externalidades positivas que día a día nos llevan a una existencia más rica, más plena y
con mayores opciones.

Capítulo 4:

Pobreza y Desigualdad

El proceso de desarrollo ha aportado infinidad de innovaciones a los consumidores de


todo el mundo, mejorando así su calidad de vida, pero sus frutos no han llegado a todos
por igual. Hay consumidores que disfrutan plenamente de las novedades que aparecen en
los mercados mientras que otros, tal vez tan interesados como ellos en obtenerlas, se ven
ante la imposibilidad práctica de adquirirlas. Los productos no se regalan, se ofrecen por
lo regular en un mercado donde, naturalmente, sólo pueden ser comprados entregando a
cambio una cierta cantidad de dinero. Es por demás evidente que hay personas que no
tienen los medios para hacerlo. Existen abismales diferencias de ingreso entre los
habitantes de cada país y entre los de distintos países, lo cual hace imposible que todos
podamos disfrutar por igual de los artículos que produce la industria moderna. ¿No hay
forma de repartir por igual estos beneficios, o de allanar en parte las desigualdades que
nos afectan? ¿No será que el desarrollo moderno acentúa tales desigualdades creando así
nuevas divisiones, cada vez más profundas, entre los hombres?

Para tratar de dar una respuesta racional a estas preocupaciones, que trascienda el
simple pero comprensible rechazo emocional a tales circunstancias, es preciso que, ante
todo, nos situemos en una perspectiva histórica. En las sociedades preindustriales, donde
el nivel de capitalización era muy bajo y la producción apenas si superaba la barrera de la
subsistencia, también existían ricos y pobres y profundas desigualdades sociales. Es más,
como ya en parte lo apuntábamos al comienzo de este trabajo, prácticamente todos vivían
en la pobreza más completa, disponiendo de muy pocos bienes y soportando condiciones
de vida generalmente miserables. ¿Cómo es que estas personas, contando con tan escasos
recursos, llegaron a convertirse en los consumidores de hoy, capaces de adquirir una
multitud de bienes y servicios en el mercado?

Parte de la respue sta fue avanzada hace ya alrededor de dos siglos cuando un
economista francés, Jean Baptiste Say, formuló lo que se conoce ahora como la Ley de
Say. Esta afirma, para decirlo directamente, que toda oferta crea su propia demanda.
Esto significa que toda nue va producción, o sea, toda oferta de nuevos bienes que se
lanza al mercado, crea las condiciones para que en ese mismo mercado haya personas
capaces de adquirirla. Esto ocurre porque el empresario, para poder ofrecer los bienes que
trata de vender, tiene antes que comprar las materias primas y pagar los salarios de
quienes producirán esos nuevos bienes. Este dinero llega así a un conjunto de personas
que, con más ingresos, incrementarán su poder de compra en una proporción equivalente
al valor de los nuevos productos que se lancen al mercado. El empresario, al obtener
también una ganancia con sus ventas, aumentará igualmente su capacidad de ahorro y de
consumo, con lo que la ecuación podrá cerrarse del modo en que se establece en la Ley
de Say. Esto no quiere decir, por supuesto, que los obreros que trabajan en una empresa
gastarán sus salarios en los productos que ésta fabrica, sino que sus ingresos se
distribuirán en toda la gama de productos que está a su disposición, creando un aumento
de la demanda global de bienes. Se generará así un proceso que, retroalimentándose a lo
largo de mucho tiempo, podrá permitir el paso de sociedades pobres y atrasadas a
economías mucho más ricas y productivas.

Al producirse el desarrollo las personas irán aumentando sus ingresos y, con ello, la
cantidad de bienes y servicios que están en condiciones de comprar. La generación de
riquezas irá eliminando así, poco a poco, la pobreza general en que estaban sumidos casi
todos los habitantes de la sociedad, pero el proceso, en una sociedad libre, no será
uniforme e idéntico para todos: algunos podrán aprovechar rápidamente las nuevas
condiciones que se crean en tanto que otros, menos afortunados, apenas si mejorarán sus
condiciones de vida.

La pobreza y la desigualdad han sido, sin la menor duda, los puntos de partida de este
proceso histórico de desenvolvimiento económico. Pero la pobreza y la desigualdad no
han desaparecido -de ninguna manera- de las sociedades actuales, y no faltan
observadores que afirmen que ahora son mayores que antes, que vivimos en un mundo
cada vez más pobre y desigual. Eso, nos parece, constituye una flagrante equivocación,
una falacia que quedaría rápidamente desmentida con una simple comparación histórica
entre las condiciones de vida actuales y las de hace uno o dos siglos. Pero la
demostración de este error, sin embargo, no es tan sencilla: mientras veamos abismos de
desigualdad, mientras asistamos al espectáculo contemporáneo de la pobreza en que aún
viven millones de personas siempre nos quedará la inquietud de comprender mejor cómo
ocurre esto, cómo es posible que, en medio del progreso económico y el crecimiento
generalizado, encontremos siempre personas que viven miserablemente y otras que
disfrutan de un nivel de vida muy superior.

Para poder hallar una respuesta consistente a estos legítimos interrogantes convendrá
que dediquemos entonces este capítulo a dos importantes temas: primeramente al análisis
del concepto de pobreza y luego al problema, más complejo sin duda, de las relaciones
entre crecimiento y desigualdad.

4.1. ¿Qué es la pobreza?

Se ha hecho frecuente, en los últimos años, considerar a la pobreza como una realidad
tangible y positiva: se habla del "combate a la pobreza" como si ésta fuese una
enfermedad o un ejército invasor, se contabiliza a los pobres como si se tratara de objetos
estáticos, se fijan "líneas de pobreza" como si, por tener unos billetes más o menos, una
persona pudiese pasar de pobre a rica o viceversa. Esta manera de concebir las cosas
puede resultar atractiva para algunos investigadores sociales, pues tratar la pobreza como
algo absoluto y objetivo facilita sus análisis y permite sacar rápidas conclusiones, pero en
realidad es una fuente de importantes errores, ya que lo que son simples opiniones
basadas en una metodología muy objetable pasan a tomarse como conocimientos que
tienen la apariencia rigurosa de la ciencia.

Dos métodos principales se suelen usar para "medir" la pobreza. El primero, basado en
la llamada línea de pobreza, parte por definir una "canasta" o "cesta normativa" de bienes
y servicios que, suponen los investigadores, toda persona debe poseer para no ser
considerada pobre. Se pasa seguidamente a calcular el costo que tiene, para cada caso
específico considerado, dicha canasta normativa y, finalmente, mediante encuestas o
censos -y utilizando los métodos estadísticos normales- se calcula el porcentaje de
personas que no llegan a recibir los ingresos suficientes como para adquirir dicha cesta de
productos. El segundo método busca determinar, también por medio de encuestas o
censos, qué parte de la población posee necesidades básicas insatisfechas: alimentación,
salud, vivienda, educación, etc. Es, en el fondo, sólo una extensión del sistema anterior,
que incorpora la medición de algunos importantes indicadores sociales a la simple
evaluación de los ingresos en que se basa el método de la línea de pobreza.

Esa es la "pobreza" que miden los institutos y centros de investigación, la que


"aumenta" o "disminuye" según los casos, y de la que se habla como si fuese una cosa
absoluta, material y positiva, como el volumen de una cosecha de maíz o la cantidad de
lluvia caída en un año. Se dice así, sin mayor reflexión, que la pobreza ha aumentado en
tal o cual lugar en tanto por ciento, que existe una determinada cantidad de pobreza en
cierto país, que los pobres se distribuyen de tal o cual manera.

Las limitaciones de este método saltan a la vista apenas se lo considera con algo de
atención. En primer lugar la canasta normativa es una definición más o menos arbitraria
que puede incluir lo que el investigador considere como óptimo para los demás -y en esto
siempre habrá grandes variaciones subjetivas- o lo que se suele consumir en un país y una
época determinados. Las discusiones acerca de si los cigarrillos y las bebidas alcohólicas,
que todos sabemos se consumen ampliamente, deben o no incluirse en dicha cesta,
muestran con toda claridad las debilidades que inexorablemente tiene tal definición. En
segundo lugar la mayoría de las personas, en especial las de menores recursos, tienen
ingresos que no declaran o que son muy irregulares y, además, no pagan por muchos de
los servicios que reciben, como el del alquiler, por ejemplo. En tercer lugar existen los
errores normales a toda investigación hecha por muestreo que, aunque pueden ser
reducidos, deben añadirse a los problemas metodológicos que acabamos de señalar.

Pero no son estos los principales problemas que tiene este tipo de medición. Lo
verdaderamente grave es que se fija un criterio en apariencia objetivo para decidir quien
es o quien no es pobre, convirtiendo a la pobreza en una cualidad positiva y absoluta. Al
proceder de este modo la atención se centra inevitablemente en la forma de controlarla o
combatirla, como si fuese una epidemia o una plaga, y se pasa por alto su verdadera
naturaleza. Porque la pobreza, como la oscuridad o el vacío, es un concepto
esencialmente negativo. Todas las definiciones consultadas coinciden en destacar que es
"carencia o falta" de algo, que es ausencia de ciertas cualidades o bienes, no algo que en
sí mismo se posee. Para decirlo de otro modo, no se tiene más o menos pobreza de una
cualidad u objeto determinado -dinero, inteligencia, talento- sino que se tiene esa
cualidad en mayor o menor grado. Podemos llamar pobres a los que tienen poco dinero,
dotes o lo que fuere, pero siempre lo haremos teniendo en mente un punto de referencia,
una cantidad determinada de la cualidad en la que estamos pensando.

La pobreza que nos interesa, por otra parte, es una pobreza material, económica, no
una pobreza de espíritu o de dotes artísticas, intelectuales o físicas. A ésta se alude, por
supuesto, en todas las discusiones relativas a los frutos del desarrollo y a este concepto
tendremos que remitirnos, claro está, de aquí en adelante. Hablar de pobreza, por lo tanto,
es referirse a una carencia de riqueza, a una falta de recursos económicos a disposición de
la gente que consideramos pobre. Pero la riqueza, el conjunto de bienes y servicios que
tiene alguien, no es más que una sumatoria del valor de cada uno de los bienes que posee
dicha persona o entidad. Y, como bien lo saben los economistas desde hace más de un
siglo, el valor de estos bienes no es algo absoluto, que pueda estimarse más allá o fuera
de los intercambios sociales: el valor depende siempre de una apreciación subjetiva hecha
por personas concretas que actúan en situaciones específicas. No hay por lo tanto un
valor objetivo, ahistórico y externo a todo medio social, sino un valor subjetivo, relativo a
las valorizaciones que precisamente hacen las personas en situaciones concretas de
intercambio.

Pero si la riqueza es relativa, como se deduce sin mayor esfuerzo de la teoría subjetiva
del valor que acabamos de mencionar, tendremos que aceptar entonces que su opuesto, la
pobreza, es también relativa. Y es relativa, de acuerdo a nuestro análisis, en varios
sentidos:

a) Con respecto a los otros. No se es pobre o rico en sí, como una condición absoluta,
sino con relación a otras personas, a otros miembros de un grupo social o a otros grupos
sociales tomados como un conjunto. Las personas que son consideradas pobres en un
lugar - los Estados Unidos, por ejemplo- tienen a su disposición más bienes que otras que,
en contextos diferentes, pudieran ser tomadas como ricas, o al menos como no pobres: un
38% de los pobres, según la Oficina del Censo de ese país, posee vivienda propia, un
62% posee automóvil, un 14% posee más de un automóvil, un 97% tiene televisor a color
y 49% aire acondicionado en sus viviendas. Sería interesante ver qué opina un ciudadano
de ingresos medios de Burkina Faso acerca de estos datos.

b) Con respecto al pasado. Se es más rico o más pobre que antes, en relación a cualquier
punto de referencia que pueda trazarse en el pasado. En este sentido, como lo hemos
destacado en los capítulos anteriores, la humanidad ha ido aumentando notablemente los
bienes y servicios que tiene a su disposición a lo largo del tiempo. Adam Smith anotaba,
hace ya más de dos siglos, que un trabajador moderno tiene a su alcance más riquezas
que cualquier príncipe de un pueblo primitivo, con lo que no resulta ninguna falacia
afirmar que todos somos hoy mucho más ricos que antes. Las excepciones a esta regla
general son, precisamente, las que hoy más nos llaman la atención: nos resulta
insoportable ver al extremo de pobreza al que llegan los refugiados de las guerras
africanas actuales, la miseria de las multitudes que escaparon del comunismo en Vietnam
en botes atestados de gente desesperada, las caravanas de ciudadanos balcánicos que
huyeron, estos últimos años, de la imperdonable política de "limpieza étnica" que en su
tiempo aplicaran también en gran escala los comunistas y los nazis.

c) Con respecto a las expectativas. Las personas se sienten ricas o pobres no con
respecto a la cantidad objetiva determinada de bienes que poseen sino tomando como
punto de referencia lo que ellas consideran como digno y justo para su vida, en relación a
lo que esperan -o esperaban- que pueden razonablemente alcanzar. Un graduado de una
importante escuela de negocios que, al llegar a los 35 años, se encuentre ganando unos
30.000 dólares anuales se sentirá infinitamente más pobre que un inmigrante ilegal
mejicano que, a la misma edad, obtenga unos ingresos que sean la mitad de esa cifra; un
estudiante no se siente pobre por no tener el dinero para comprarse un nuevo par de
zapatos, porque tiene la expectativa razonable de llegar a vivir confortablemente en pocos
años, pero en cambio una persona anciana, que ve cómo su pensión disminuye en
términos reales, se sentirá miserable día tras día; las mismas diferencias pueden sentir un
sacerdote que haya hecho voto de pobreza, un pescador que vive día a día en un paisaje
paradisíaco con medios que apenas si superan su subsistencia o una señora que -ganando
muy bien- se dedica a limpiar casas de incontestable opulencia.

La sensación de pobreza o riqueza es, por todo esto, extremadamente variable, cambia
de persona a persona con mucha amplitud y se modifica con rápida facilidad según las
circunstancias. Tratar de atraparla mediante algún artificio estadístico como la línea de
pobreza es tan arbitrario y tiene tan poco significado como separar a las personas en
bellas o feas, altas o bajas, alegres o tristes. No quiere decir esto que carezca por
completo de sentido hablar de riqueza o de pobreza, pero sí que es lógicamente absurdo
sostener, con pretensiones científicas, mediciones de pobreza que sólo representan, en
última instancia, las valoraciones subjetivas que realizan sobre el tema unos
investigadores sociales que - graduados siempre en alguna universidad- tratan de concebir
sin demasiada imaginación cómo perciben su vida los otros, las personas que ellos, desde
su peculiar mundo académico, tratan de juzgar, evaluar y favorecer.

Un último punto nos terminará de aclarar a qué nos referimos cuando hablamos de una
valoración subjetiva de la conocida línea de la pobreza. Muchos organismos
internacionales, para evitar los sesgos y las discrepancias que surgen cuando se trata de
definir pobreza en contextos nacionales muy diferentes, hallaron una respuesta más
simple y aparentemente menos problemática: definieron como pobres "absolutos" a
quienes recibían menos de un dólar norteamericano por día. La cifra, al ser tan baja,
parece tener la virtud de disipar cualquier duda que pudiera presentarse hasta al
investigador más acucioso: ¿tendrá alguien el valor de dudar de la pobreza de quien
recibe menos de 365 $ al año?

Pero, a pesar de esta aparente simplicidad, el problema no se resuelve tampoco así. En


primer lugar porque un dólar significa algo muy diferente en sociedades donde
predominan los intercambios de mercado, bien organizadas y con altas remuneraciones al
trabajo, que en países donde una proporción muy alta de población campesina trabaja
todavía en el ámbito de una economía de subsistencia, realiza pocas transacciones
mercantiles y se ve obligada a utilizar monedas fuertemente devaluadas. En segundo
lugar porque, en vista de algunos resultados, muchas instituciones internacionales utilizan
ahora una línea de pobreza basada en la cifra de dos dólares en lugar de uno, con lo que
toda comparación con los porcentajes anteriores resulta absolutamente inconsistente y
carente de significado. Lo mismo ocurre cuando se comparan las cifras de pobreza que
calculan diferentes centros de investigación nacionales: resulta de hecho un visible
contrasentido que países con mucho mayor ingreso per cápita tengan más pobres que
otros con menos ingresos por hogar o por persona, pero la respuesta es simple y hasta
trivial: todo dependerá de la "altura" a la que se fije la línea de pobreza en cada caso.

4.2. Desigualdad y crecimiento

Mucho más objetiva que la medición de la pobreza, que en última instancia sólo podría
lograrse adecuadamente mediante una apreciación subjetiva de la riqueza disponible, es
intentar ver los problemas sociales del desarrollo a través del concepto de desigualdad,
sin duda más complejo pero menos engañoso y más fructífero para el análisis. Estudiar la
forma en que se distribuyen los ingresos totale s de una sociedad resulta de sumo interés
para el sociólogo o el economista, pues unos mismos ingresos totales pueden distribuirse
de modo muy diferente en unas sociedades o en otras, lo cual obviamente tiene
repercusiones muy directas sobre el consumo y la calidad de vida de sus habitantes.

Desde el punto de vista técnico, sin embargo, el problema presenta no pocos desafíos,
pues es preciso contar con censos o encuestas de amplia base muy confiables, con
información sobre ingresos monetarios y no monetarios y con mediciones repetidas a lo
largo del tiempo que mantengan los mismos criterios metodológicos. Por tales razones no
es posible llevar muy hacia atrás, hacia las épocas en que se inicia el desarrollo moderno,
el análisis de los problemas de desigualdad que hoy se miden a través de los diversos
índices e indicadores de mayor aceptación.

La información histórica disponible, aunque no muy rigurosa, es sin embargo explícita


en señalar las abrumadoras diferencias que existían en todas las sociedades humanas
anteriores al siglo XVIII, que para nada se limitaban a desigualdades de ingresos o de
rentas sino que eran auténticas divisiones de rango o posición definidas básicamente por
el nacimiento: nobles y plebeyos, esclavos y hombres libres no se distinguían por cierto
sólo por sus riquezas sino por sus derechos, obligaciones y privilegios, por su rango o
posición social, por lo que eran "en sí" y no tanto por lo que hiciesen o ganasen en el
curso de su vida. Las sociedades tradicionales eran muy reacias al cambio, muy
conservadoras y estáticas, cerradas en lo fundamental y escasamente participativas,
plagadas de privilegios y, por lo general, carentes de instituciones que les permitieran
resolver pacíficamente sus conflictos interiores.

Todo esto cambió, y no sólo por razones políticas, gracias al extendido y complejo
proceso que comenzó a desenvolverse en la civilización de Occidente en los últimos
siglos: los valores de libertad política y de igualdad ante la ley, de respeto al individuo y
de responsabilidad del gobernante ante los ciudadanos fueron afirmándose y
consolidándose, sobre todo si los observamos en una perspectiva histórica de largo plazo
y no nos detenemos en los retrocesos parciales y momentáneos que hayan podido ocurrir.
No cabe en estas páginas, evidentemente, una mayor presentación de los profundos,
variados y hasta contradictorios cambios que representan lo que suele llamarse "la
modernidad" y que constituyen, por cierto, una buena parte de todo lo que investigan las
ciencias socia les contemporáneas. Pero sí es preciso, en cambio, detenernos en un punto
vital para nuestra exposición: el desarrollo económico, que de algún modo es parte de
esta general transformación de nuestras sociedades y al que ya hemos estudiado en parte
en los capítulos anteriores, ¿hasta qué punto ha influido en las desigualdades
preexistentes? ¿Las ha hecho más agudas o las ha amortiguado, las ha ampliado,
estrechado o hecho sencillamente diferentes?

La pregunta podría parecer trivial a la luz del importante crecimiento producido pero,
como ya lo hemos visto en el capítulo 2, no son pocos los analistas actuales que critican
al desarrollo económico como fuente y elemento promotor de desigualdades sociales.
Hay fórmulas de significado ambiguo pero de obvio impacto emocional que se repiten sin
cesar entre investigadores y comunicadores sociales, como aquella de que el crecimiento
económico "hace a los ricos cada vez más ricos y a los pobres cada vez más pobres".
Igualmente, ante cada nuevo avance tecnológico o productivo, frente a cada producto que
se difunde con rapidez en el mercado, surgen las voces de quienes afirman,
pomposamente, que dicha innovación va a crear nuevas divisiones en la sociedad y abrir
una brecha insalvable entre quienes puedan adquirirla y quienes queden, por el contrario,
al margen de su disfrute.

Este último argumento es en realidad una tautología o, para decirlo de un modo más
directo, una simple perogrullada, porque es obvio que, desde el invento de las más
elementales herramientas de piedra hasta la más moderna avioneta, cada nuevo objeto
que se crea produce una cierta "división social" entre quienes lo poseen y los que no lo
poseen. No es ni podría ser de otra manera: sólo la simultánea e imposible producción de
una cantidad de bienes igual al número de personas existente podría eliminar este efecto,
tan natural como -en verdad- tan conveniente y necesario. Porque no todos valoramos
igual las mismas cosas y, a través del precio que van fijando las interacciones que en
conjunto crean lo que llamamos el mercado, los productores saben a qué atenerse en
cuanto a la cantidad y el tipo de bienes que hay que producir y los consumidores van
encontrando una oferta cada vez mayor y más diversificada de bienes.

Ante la aparición de alguna no vedad, de algún producto que potencialmente interese a


la gente, se producirá sin duda una división, pero una división obvia e imposible de
eliminar: habrá quienes estén ansiosamente dispuestos a pagar el precio inicial y quienes
no estén interesados para nada en ese producto, habrá muchos que se interesarían si el
precio fuese más bajo y otros que esperarán para ver qué resultados efectivos obtiene la
gente que lo compra. El mismo proceso de división entre consumidores y no
consumidores, de ensayo y error, de disminución final del precio de venta si la
innovación es aceptada, ocurrirá se trate de un nuevo modelo de bicicletas o de patines,
de una suscripción a internet o de un nuevo medicamento contra el cáncer. Y este
resultado servirá así para afirmar esa soberanía del consumidor de la que hablamos
anteriormente (v. supra, 3.4), decidiendo las empresas de este modo qué artículos se
producirán en gran escala, en qué variedades y a qué precio de venta.

Por supuesto, habrá siempre quienes ansíen poseer algo y no puedan tenerlo. La
enorme desigualdad en los puntos de partida y las abismales diferencias de riquezas entre
la gente llevarán a que se produzcan estas carencias, esta falta de satisfacción de los
deseos de muchos. Pero, por más que nos duela esta conclusión, estamos obligados a
razonar serenamente y preguntarnos: ¿estarían mejor estas personas si no se fabricasen
los bienes que otros demandan y que ellos no pueden comprar? ¿No propiciaría esto,
acaso, un estancamiento de la economía que terminaría perjudicando finalmente -y con
más intensidad- precisamente a los más pobres? ¿No es esta la mejor manera de estimular
los inventos tecnológicos, los nuevos bienes y servicios que producen el progreso de
todas las personas? ¿Hay algún otro modo de llevar a la expansión general de la
producción y del consumo, de ir abaratando los bienes, de ir reduciendo la pobreza?

Discutida esta primera cuestión, en la que sólo insisten en realidad las mentes más
recalcitrantes, pasemos a examinar algunos datos clave que nos puedan mostrar las
relaciones sistemáticas que se establecen entre desigualdad y desarrollo. El debate actual,
como decíamos, muestra no pocos escépticos acerca de las ventajas del crecimiento
económico: algunos se empeñan en sostener que éste no llega a los más pobres, o que sus
beneficios arriban en menor medida a los que menos poseen, acentuando así las
diferencias preexistentes.

Una reciente y muy sistemática investigación, realizada con la más rigurosa


metodología, muestra con toda claridad que tales apreciaciones no son correctas. Según
los autores, que analizaron datos de las últimas cuatro décadas para 80 países diferentes,
se puede constatar que, a medida que el ingreso general de una sociedad aumenta, lo hace
también, del mismo modo, el ingreso de la quinta parte más pobre de toda la población.
No hay diferencias significativas al respecto: el aumento de bienes y servicios a
disposición del quintil más pobre, cuando se produce el crecimiento, es incluso
ligeramente más intenso que el incremento que registra el conjunto (un 6-7% mayor),
aunque tal diferencia no es estadísticamente significativa. Tampoco encuentran los
autores, al organizar la inmensa cantidad de datos a su disposición, que los más pobres
queden rezagados en las primeras etapas del proceso de desarrollo -es decir, para los
países que tienen un ingreso promedio menor- o que esta relación entre crecimiento y
disminución de la pobreza fuese diferente décadas atrás o para países que han atravesado
serios episodios de crisis. Finalmente destacan que la inflación y la inestabilidad
macroeconómica son los factores que más directamente parecen incidir en una peor, o
más desigual, distribución de la riqueza.

Si esto es así, como lo avalan además muchas investigaciones de diverso tipo, ¿de
dónde puede surgir la percepción, tan ampliamente difundida, de que el desarrollo
aumenta las distancias sociales y hace a los pobres "más pobres"? A mi juicio esta idea
tiene una difusión tan extendida por dos razones principales: la primera, que ya hemos
discutido, por una actitud en el fondo conservadora, adversa al desarrollo y a los cambios
que éste trae, y que de algún modo no puede desligarse del mito del "buen salvaje", tan
profundamente arraigado desde los tiempos de Jean Jacques Rousseau; la segunda, por
una razón diferente, de tipo matemático, que creemos conveniente analizar a
continuación mediante un simplificado ejercicio de simulación.

Supongamos que, en una sociedad determinada, viven 100 personas; su ingreso


promedio es de 100 unidades y el ingreso total que tiene el país, por lo tanto, es de 10.000
unidades (100 x 100). Este país imaginario presenta una división social de modo tal que
el 20% más pobre de la población tiene un ingreso de apenas 40 unidades mientras que el
restante 80% tiene un ingreso promedio de 115 unidades. De este modo queda marcada
una fuerte desigualdad social que resumimos en el siguiente cuadro:

Mayoría (80%) 20% más pobre Total

Número de personas 80 20 100

Ingreso per cápita promedio 115 40 100


Ingresos totales del grupo (=
número de personas multiplicado por 9.200 800 10.000
el ingreso per cápita)

En esta situación la diferencia de ingresos entre "ricos" (el 80%) y "pobres" (el 20% de
menores ingresos) es de 75 unidades (lo cual se obtiene restando 115 menos 40) y la
relación entre unos ingresos y otros es de 2,875 (115/40), es decir, para ponerlo más
claramente, los ricos ganan casi 3 veces más que los pobres en este caso.

Ahora supongamos que, en dicho país, se produce un proceso de desarrollo que


aumenta los ingresos de todos por igual: el crecimiento económico, que podemos
imaginar del 100% para simplificar nuestro ejemplo, duplica entonces los ingresos de
cada persona. La nueva situación quedará entonces como sigue:

Mayoría (80%) 20% más pobre Total

Número de personas 80 20 100

Ingreso per cápita promedio 230 80 200


Ingresos totales del grupo (=
número de personas multiplicado por 18.400 1.600 20.000
el ingreso per cápita)

Nada de misterioso tienen estas cifras, por supuesto, ya que las de la segunda y tercera
línea son una simple duplicación de las que presentamos para la situación inicial. Pero
veamos ahora qué sucede con las diferencias entre "ricos" y "pobres": la diferencia
relativa, que se obtiene dividiendo los ingresos de quienes más tienen por los del quintil
más pobre continúan siendo de la misma magnitud, ya que 230 dividido 80 nos da, como
antes, 2,875 (no podría ser de otra manera). Pero las diferencia en términos absolutos, sin
embargo, ha crecido: ya no es de 75 unidades, como en un principio, sino de 150, (porque
ahora las cantidades a restar se han duplicando, doblándose también la diferencia).

Este mismo efecto podría presentarse aún si los pobres crecieran mucho más rápido
que los ricos: si un país con un ingreso per cápita de $ 30.000 anuales aumenta su riqueza
apenas un 2% en un año habrá crecido $ 600 per cápita. Para que el mismo aumento, en
términos absolutos, ocurra en un país de $ 6.000 de ingresos promedio, serían necesario
alcanzar un crecimiento del 10% anual - una cifra verdaderamente imponente- y para una
nación de $ 500 per cápita de ingresos anuales significaría un imposible incremento de
120% en apenas un año.

¿Qué significado tiene el ejercicio que acabamos de hacer? En realidad se trata de una
manera relativamente simple de mostrar cómo funciona el proceso de crecimiento, de un
recurso para entender, sin sesgos preconcebidos, lo que ocurre cuando una nación entra
en la dinámica del desarrollo. Si el ingreso de los más pobres ha aumentado de 40 a 80
unidades ¿podemos decir, honestamente, que ha aumentado la pobreza, o que los pobres
son ahora más pobres que antes? Evidentemente no, pues ellos tienen ahora el doble de
ingresos a su disposición, lo cual los coloca en situación de franca mejoría con respecto a
la situación inicial. Su diferencia con los ingresos del resto de la población, en términos
relativos, no ha variado, por lo que aún en este sentido tampoco se los puede considerar
como más pobres. Pero, dado que sí ha crecido la "brecha" entre ambos grupos en
términos absolutos, podemos tener la impresión de que la desigualdad ha aumentado.
Veremos en esa sociedad, seguramente, cómo algunas personas con ingresos medios
pueden ahora acceder a productos o servicios que antes eran considerados de lujo y cómo
aparecen nuevas e impactantes formas de consumo. Cualquier observador podrá percibir,
sin mayor dificultad, cómo aumenta el número de automóviles caros o de salones de
belleza; no le será tan fácil, en cambio, registrar el modo en que las personas más pobres
pueden ahora tener una dieta más completa o comprar con más frecuencia zapatos para
sus hijos. Las diferencias sociales parecerán, con toda probabilidad, haber aumentado,
escondiendo los cambios profundos que pueden estar llevando a una vida más plena y
con menos restricciones para una parte importante de la población.

Para sintetizar esta parte del análisis debiéramos afirmar, entonces, que en el caso de lo
que podríamos llamar crecimiento sin redistribución, no hay ningún asidero para
proclamar que "los ricos se han vuelto más ricos y los pobres más pobres". Lo que
deberíamos expresar, para no distorsionar los hechos, es que sin duda los ricos se han
vuelto más ricos y los pobres menos pobres o, para decirlo con mayor precisión aún, que
el ingreso de todos los habitantes de la sociedad que hemos puesto como ejemplo ha
aumentado sin que se presenten variaciones importantes en su distribución.
Subrayamos esta conclusión porque, como se ha visto en la investigación que
comentamos páginas atrás, esta es la situación que prevalece en el mundo real cuando se
produce el proceso de desarrollo. Puede ser que, en la mayoría de los casos, haya una
tendencia a una distribución ligeramente menos desigual o que, en ciertas circunstancias
peculiares, se produzca un relativo distanciamiento que perjudique a los sectores de
menores ingresos. Pero, si las diferencias no son muy grandes, el conjunto de la situación
permanecerá dentro de los límites que quedan definidos por la descripción anterior.

Para estos casos, si tomáramos como referencia el método de la línea de pobreza que
comentamos en la sección precedente, tendríamos que admitir que ahora hay menos
pobres: al aumentar los ingresos reales de 40 a 80 unidades, en promedio, para el quintil
menos favorecido, muchas de las personas que considerábamos antes como pobres
habrán podido ahora atravesar la línea de pobreza y situarse así en la categoría de "no
pobres". Si esto no aparece así en la mayoría de las estadísticas es porque los
investigadores, guiados sin duda por su visión subjetiva de la pobreza, van aumentando
con el tiempo lo que consideran el mínimo indispensable para trazar el monto de bienes y
servicios de los cuales deriva la línea de pobreza. Pero esa no es una comparación válida
porque viola un requisito lógico fundamental: se está efectuando, por definición, con un
criterio que varía entre el pasado y el que se usa en el momento actual.

El crecimiento económico, como se deduce claramente de la exposición anterior, es el


requisito fundamental en cualquier estrategia de "lucha contra la pobreza". La conclusión,
si asumimos el concepto de pobreza que hemos discutido ya en 4.1, es en realidad
bastante obvia y requiere solamente de algunos pocos comentarios suplementarios. El
primero es que no tiene demasiado sentido enfocar el problema como si se tratara, ante
todo, de distribuir una riqueza ya dada y producida, sino que lo importante es concentrar
la acción pública en generar las condiciones que favorezcan el crecimiento de cada
economía nacional. La gente, sin duda, desea intensamente mejorar sus condiciones de
vida y tratará, en consecuencia, de hacer todo lo posible para evadir las dolorosas
restricciones que impone la pobreza. Respecto a cuales son las condiciones que
promueven un desarrollo sostenido, no agresivo hacia el medio ambiente y capaz de ir
reduciendo gradualmente las desigualdades existentes, es mucha la literatura que hoy
existe, pero no es un tema sobre el cual podamos extendernos en nuestro trabajo: una
mínima recapitulación sobre este punto nos obligaría a aumentar sus páginas de una
manera desproporcionada, por lo que remitimos al lector a lo que ya hemos escrito en
otras ocasiones.

El segundo y último comentario tiene por objeto responder a la inquietud, ampliamente


extendida, de quienes no se conforman con esperar el a veces lento proceso de
maduración y desarrollo que va llevando a todos hacia la prosperidad. De esta
impaciencia -justificada en buena medida ante la vista de la miseria que oprime a tanta
gente- han surgido felices iniciativas sociales pero también las peores tentativas
igualitaristas que recuerda el pasado siglo. No son pocos los analistas que no se contentan
con aceptar los frutos graduales del crecimiento y se interrogan acerca de la posibilidad
de emprender políticas fuertemente redistribucionistas, que resulten capaces de reducir la
desigualdad mientras se mantiene un elevado ritmo de crecimiento.

Las experiencias al respecto, sin embargo, han resultado en general frustrantes, cuando
no aterradoras. Es verdad que en sociedades relativamente ricas, con un alto grado de
institucionalidad -como las escandinavas, por ejemplo- se ha logrado una mejor
distribución de la renta mediante políticas impositivas extremas pero pulcramente
ejecutadas, garantizando sobre todo un mínimo de seguridad para los estratos sociales
que vivían en peores condiciones. Pero tales políticas sólo han funcionado en sociedades
que ya habían llegado a un punto bien avanzado en su crecimiento económico e, incluso,
han tenido que ser modificadas constantemente para evitar que se creen estímulos
negativos a la inversión privada o que el estado crezca de un modo desmesurado, hasta el
punto de que su acción resulte imposible de financiar o se haga políticamente peligrosa
para las libertades individuales.

Pero en países de menores ingresos tales tentativas de redistribución, emprendidas casi


siempre por políticos populistas, han terminado en fiascos de inmensa magnitud. En
primer lugar porque no es lo mismo, matemáticamente hablando, quitar una buena
proporción del ingreso de unos pocos para transferirla a un gran número de pobres que
quitar apenas algo a la gran mayoría para derivarla hacia el bienestar de un número
reducido de pobres. En el primer caso el escaso número de "ricos" y el gran número de
"pobres" hará irrelevante, cuantitativamente hablando, cualquier intento de brusca y
forzada redistribución: si se le quitara la mitad de lo que poseen a unos ricos que apenas
si constituyen un 5 ó 10% de la población y se le entregara esto a los pobres -que son 10
ó 20 veces más- el efecto sería apenas perceptible. Muy diferente será el caso si se reparte
entre unos pocos indigentes una fracción, tal vez relativamente pequeña, del ingreso de
los muchos otros miembros de la población; en este caso sí podrán apreciarse resultados
interesantes en cuanto a la redistribución de los ingresos y resolverse problemas sociales
específicos y bien delimitados.

En la primera de las situaciones mencionadas, además, estaremos frente a una


verdadera expropiación -abierta o disimulada- que, como resultado inmediato, llevará a
un aumento de los conflictos sociales y a un decrecimiento significativo de la economía.
Cuando los derechos de propiedad no se respetan o cuando se produce una revolución
nadie quiere invertir, se destruye la capacidad autorreguladora de los mercados y -por
supuesto- nadie tiene interés en crear o diseñar nuevos productos. La economía en su
conjunto retrocede, la pobreza se generaliza y se entra en un círculo muy negativo de
violencia y autoritarismo que a muy pocos finalmente beneficia.

La historia del siglo XX es explícita en cuanto a estas experiencias y a ellas nos


remitimos. La Rusia Soviética, Vietnam, Cuba o Corea del Norte muestran a las claras el
retroceso extremo que se produce cuando una elite de dirigentes asume el control de la
vida económica de una nación, justificando su acción con un supuesto igualitarismo que
al final termina también naufragando ante los privilegios que van adquiriendo los
miembros del partido gobernante

. Muchas experiencias de las llamadas populistas son también buenos ejemplos de lo que
ocurre cuando se aplican las mismas políticas, aunque sea en una escala menor y de un
modo más diluido. La impaciencia por el igualitarismo, generalmente estimulada por
líderes autoritarios o partidos revolucionarios, produce siempre resultados adversos,
deteniendo el proceso de desarrollo, empobreciendo así a la población y no por ello -
siquiera- mejorando de un modo efectivo la desigual distribución de la riqueza.

Capítulo 5:

Desarrollo y Medio Ambiente

5.1. ¿Puede sostenerse el desarrollo?

La moderna producción industrial, decisiva para nuestro bienestar, requiere sin


embargo de un inmenso volumen de materias primas y produce desechos de todo tipo -
algunos muy peligrosos- capaces de contaminar la atmósfera y alterar el equilibrio del
medio ambiente. Nuestro planeta ha cambiado, sin duda, desde la época en que los seres
humanos se dedicaban apenas a la recolección, la caza y la pesca, y es posible que nuestra
existencia esté ahora mismo amenazada por transformaciones que no alcanzamos a
comprender en todos sus detalles y mucho menos a controlar: el efecto invernadero y la
disminución de la capa de ozono son dos ejemplos de problemas que inquietan a muchos
y que podrían llevarnos a catástrofes de enorme magnitud. En estas condiciones la
pregunta que hemos usado como título de esta sección cobra especial vigencia y nos
propone un indispensable análisis. Si el desarrollo no fuera sostenible en el largo plazo, si
el crecimiento económico nos llevara a un callejón sin salida, la humanidad tendría que
modificar muchas de las ideas que acepta ahora sin discusión y emprender un viraje de
amplias consecuencias.
Pero, antes que nada, debemos tratar de comprender que el tema que acabamos de
plantear posee una enorme complejidad. Por eso las amplias generalizaciones y las
simplificaciones exageradas sólo pueden llevarnos a actitudes extremas y sin matices, que
en poco ayudan a entender y solucionar los problemas: la ingenua despreocupación de
algunos o el catastrofismo de otros, por ejemplo, que ya criticábamos en 2.2. En esa
sección aludíamos a la increíble fuerza que poseen lo s procesos autorregulados, que
actúan mediante una retroalimentación que podríamos calificar casi de automática y que
ha permitido que el crecimiento económico haya podido continuar hasta hoy. Para
explicarnos mejor veamos cómo funciona en la práctica un mercado, buen ejemplo de esa
retroalimentación que acabamos de mencionar.

5.2. El Agotamiento de las Materias Primas

Uno de los puntos fundamentales que se suele criticar al desarrollo es su avidez por el
consumo de unas materias primas que, al menos dentro de los límites de nuestro planeta,
concebimos como limitadas y finitas. Si la producción crece constantemente, si lo hace
también -aunque a menor ritmo- el número de habitantes de la Tierra ¿cómo puede
esperarse razonablemente que no se agoten las tierras fértiles, el petróleo, los minerales
de hierro... en fin, todos los recursos? Y sin embargo, como puede comprobarse de
inmediato, esto no ha sucedido: incluso si nos guiamos por los precios, indicadores
indudables de las escasez de los diversos bienes, podremos ver que en nuestra época las
materias primas valen menos que antes, que aparentemente son producidas con mayor
abundancia que en épocas pretéritas y para nada están en vías de agotarse.

La solución a esta paradoja reside en un concepto que, precisamente, acabamos de


mencionar: el de precio. Al concurrir las diversas empresas consumidoras de materias
primas al mercado para abastecerse ellas van determinando, de acuerdo a la magnitud de
su demanda, los precios a los cuales tendrán que comprar lo que necesitan. A mayor
demanda, sin duda, más altos serán los precios que tendrán que pagar. ¿Por qué,
entonces, no apreciamos una tendencia secular hacia el aumento de los precios cuando se
produce el crecimiento? Porque, sencillamente, las empresas consumidoras de materias
primas hacen todo lo posible para evitarlo y, a largo plazo, lo consiguen.

Para entender este fenómeno debemos pensar de un modo no mecánico, que nos
permita captar la forma en que decisiones inmediatas, de corto plazo, se van
transfo rmando en resultados de largo plazo a veces completamente sorprendentes.
Expliquémonos: si la industria necesita cada vez una mayor cantidad de cobre, por poner
un ejemplo, el precio de este elemento tenderá a subir. Pero ello, en muy poco tiempo,
producirá dos efectos de importancia: a) se incrementará la oferta de ese mineral en el
mercado, porque ante el atractivo precio de venta se incorporarán nuevos productores o -
lo que es lo mismo- los oferentes tratarán de producir más para realizar mayores
ganancias, y b) las empresas consumidoras tratarán de reducir su consumo, para evitar
que mayores precios en el cobre se trasladen a sus productos, reduciendo así sus ventas y
sus beneficios. Esto lo podrán hacer mediante una racionalización en el consumo de esa
materia prima que derive de nuevas tecnologías o tal vez sustituyendo el cobre por algún
otro material que puedan utilizar. Por su parte los productores del metal tratarán de
encontrar nuevos métodos de explotación de las minas, mejores técnicas de refinación y
otros cambios que les permitan producir más. Ambos efectos, en todo caso, llevarán a un
relativo aumento de la oferta y a una paralela disminución de la demanda, dos situaciones
que -complementándose- impulsarán el precio ahora hacia la baja. El mercado así se
habrá autorregulado, y el resultado será una estabilización de los precios a pesar de un
continuado aumento de la producción.

Un buen ejemplo del fenómeno que acabamos de describir puede encontrarse en el


caso de los precios del petróleo. Estos, que tendían hacia la baja durante los años sesenta,
se multiplicaron bruscamente en 1973 por efecto del embargo que aplicaron a sus ventas
los principales productores árabes. La reacción del mercado no se hizo esperar y pudo
apreciarse en poco tiempo: la oferta aumentó, ya que los tentadores precios hacían ahora
posible explorar y explotar yacimientos que antes resultaban antieconómicos; se crearon
nuevas refinerías y se avanzó en técnicas de perforación que aumentaban el número de
pozos explotables, mientras a la par se mejoraban las técnicas de refinación. Del mismo
modo reaccionaron los consumidores: empezaron a crearse automóviles con motores más
pequeños, pero de más alto rendimiento, y en todas partes se trató de ahorrar energía, ya
que esta ahora resultaba mucho más cara que antes. El resultado fue que, después de
algunos años, los precios del petróleo, en dólares constantes, terminaron siendo apenas
superiores a los de la década de los sesenta.

Estos ejemplos, creemos, sirven para explicar por qué no se agotan en nuestro mundo
las materias primas. Es verdad que estas se consumen cada vez en mayor cantidad a
medida que se progresa económicamente, pero es cierto también que este incremento, al
reflejarse en los precios, lleva a cambios tecnológicos profundos que hacen que se utilice
cada vez menos material por unidad producida. Compárese por ejemplo la cantidad de
acero que tenía un automóvil en los años sesenta con respecto a la que incorporan los
actuales, o la cantidad de cobre utilizada en cualquier aparato frente a la tecnología de los
circuitos integrados, y se verá que ahora, con menos, se hace mucho más que antes. A
este proceso de innovación hay que añadir la práctica del reciclaje, casi desconocida un
siglo atrás y apenas aplicada todavía hace tres o cuatro décadas, que reduce
sustancialmente el consumo primario de materiales, y las nuevas tecnologías que amplían
el acceso a los minerales que resulta posible ahora explotar.

Todos estos cambios -tecnológicos, económicos y en los hábitos de consumo- han


llevado a que se aprecie, más bien, una tendencia secular hacia la baja de los precios para
las principales materias primas. Así lo establecen los estudios de quienes han seguido los
valores relativos a la energía, el cobre, el plomo, el níquel, el mercurio, la plata, el
aluminio, el zinc y el tungsteno, entre otros minerales. Del mismo modo se observa que
las reservas comprobadas, de acuerdo a la tecnología actual, resultan prácticamente
ilimitadas para la mayoría de los minerales que conocemos, ya que éstas suelen aumentar
a una velocidad mayor que la de su consumo.

Algo semejante, aunque imposible de detallar aquí por razones de espacio, ha sucedido
con respecto a la agricultura y la ganadería. El rendimiento de estas actividades básicas
ha aumentado considerablemente a lo largo del tiempo de modo que hoy, gracias a lo que
algunos llaman la "revolución verde", se produce una cantidad muchísimo más grande
de productos vegetales y animales en la misma extensión de tierra. Es cierto que, se nos
replicará, ello se ha logrado, en buena medida, gracias al uso de abonos artificiales,
pesticidas y otros recursos que generan un grave riesgo para el medio ambiente. A este
problema, precisamente, dedicaremos nuestra atención de inmediato.

5.3. La Contaminación del Ambiente

El tema de la contaminación ambiental puede ser abordado eficazmente, al menos en


parte, con algunos conceptos que nos proporciona la economía. Para enfocar el problema,
entonces, debiéramos pensar ante todo en los costos y beneficios que tiene cualquier
actividad y en si estos, a su vez, pueden percibirse en el corto o en el largo plazo. Del
mismo modo debemos interrogarnos acerca de si tales costos y beneficios recaen sobre la
persona o empresa que realiza directamente la acción o sobre terceros, es decir, sobre otra
gente no involucrada directamente en lo que se está haciendo.

Cuando una industria se dedica a la producción de un bien tiene evidentes costos


derivados de la compra de materias primas y otros insumos, de pagos por salarios, por el
local que ocupa, el capital que utiliza, etc., y beneficios que le llegan a través de las
ventas que realiza. Algunos de los costos, sin embargo, son difíciles de percibir para el
observador externo: así, por ejemplo, toda empresa paga por mantener la limpieza de sus
instalaciones y, además, sus trabajadores utilizan alguna parte de su tiempo -que es
remunerado- poniendo orden en los materiales e instrumentos que emplean, evitando que
se dañen, almacenándolos de un modo apropiado y, en general, cuidando reducir los
costos asociados a pérdidas de variado tipo. Cuando estas actividades se realizan de este
modo es la empresa misma la que paga, ya sea al utilizar los servicios de contratistas que
se encargan de la limpieza o del mantenimiento, o al asumir que una parte de los sueldos
y salarios que entran en sus costos se dediquen a actividades no directamente productivas.

Pero la empresa, también, produce desechos, materiales que no puede utilizar o que
son subproductos inútiles de los procesos de transformación que realiza. Las famosas
chimeneas, que en su tiempo fueran el mejor símbolo de la revolución industrial, no
representan otra cosa que una forma de arrojar ciertos desperdicios al aire. Lo mismo se
ha hecho en los ríos, en el mar o disponiendo de diversa manera de los residuos sólidos
que se van acumulando. En este caso, a diferencia del anterior, la empresa se deshace de
materias inconvenientes, que para nada le sirven, pero sin pagar ningún precio por ello.
Se libera de lo que le molesta de un modo gratuito, o casi gratuito, pero impone sin duda
costos a quienes tienen que recibir, sin quererlo, los desechos que llegan al ambiente y
que, sin lugar a dudas, afectan también a sus propiedades. Lo mismo podríamos decir,
con las adaptaciones necesarias, si no pensamos ya en una empresa sino en un
consumidor individual, en cualquier institución o persona que se desprende de lo que le
molesta pero que -al hacerlo- sólo lo traslada en realidad a otro lugar, donde puede
afectar o hacer daño a los demás.

Cuando nos encontramos en una situación de este tipo, en una especie de intercambio
no voluntario -pues nadie de buen grado, y gratis, desea que se le contamine el medio en
que vive- se habla en economía de una externalidad negativa. Las externalidades no son
como los intercambios libres de mercado, donde ambas partes realizan sus transacciones
ante la expectativa de mejorar su situación, sino que resultan visiblemente desiguales:
una parte resuelve sus problemas mientras que la otra, sin poder negarse, tiene que pagar
los costos. Por esto los peores casos de contaminación ocurren por lo general en espacios
públicos, que no son en la práctica de nadie, ya que los problemas que afectan
directamente a propiedades privadas se pueden resolver muchas veces por acuerdos
amistosos entre las partes o acudiendo a los tribunales. Cuando las áreas afectadas son
públicas o no pertenecen a nadie, en cambio, como ocurre con los océanos, es mucho más
difícil o prácticamente imposible formular reclamos o hacer que éstos prosperen. De allí
también que tales problemas, como lo afirmábamos en el capítulo 2, hayan tenido una
amplitud verdaderamente alarmante en las sociedades que adoptaron el comunismo.

Otro aspecto a tener en cuenta es que la contaminación, por lo general, no tiene efectos
inmediatos y visibles sino acumulativos y que se manifiestan ostensiblemente sólo en el
largo plazo. Nada parece cambiar en nuestro planeta si se vierten en un río algunas miles
de toneladas de desechos: por lo general los efectos se diluyen en la amplitud del medio y
son compensados por la fuerte tendencia a la estabilidad que tienen los grandes
ecosistemas. Pero cuando tal conducta se reitera, cuando se continúa la tala de bosques, la
caza de animales o el vertido de contaminantes por un tiempo relativamente largo, los
efectos aparecen súbitamente y, por lo general, cuando ya es muy difícil volver a la
situación inicial o se requiere de enormes inversiones para conseguirlo.

Lo anterior no significa, sin embargo, que nada pueda hacerse. Hay mil modos de
superar los efectos de la contaminación mientras se va pasando a un tipo de actividad
económica más amistosa hacia el medio ambiente, más sensata y controlada, que
"internalice" por ejemplo las externalidades de las que hablábamos hace un momento y
haga posible el fuerte crecimiento económico que se necesita para ir eliminando la
pobreza mientras se preserva el ambiente que heredarán nuestros descendientes. Los
datos disponibles muestran que, desde las primeras advertencias de los ecologistas hasta
el presente, mucho es lo que se ha logrado al respecto.

Los estudios sobre el proceso de deforestación muestran que ésta continúa en las áreas
tropicales, pero que en las zonas más templadas hay, por el contrario, un avance en la
magnitud de la superficie cubierta por bosques y a la vez en la producción de madera,
especialmente por obra de un proceso controlado de siembras y de rotación de la tala.
Sobre la extinción de especies -a pesar de la actitud fuertemente pesimista que algunos
tienen- las conclusiones no son para nada desalentadoras. Analistas más equilibrados
destacan, ante todo, la ausencia de suficientes datos como para sostener las previsiones
catastrofistas que con tan poca seriedad se difunden y apuntan, más bien, hacia la
comprobación de una tasa de extinción extremadamente baja, lo cual resulta compatible
con la poca información verificable sobre el número de especies existente, los amplios
esfuerzos que se hacen en la actualidad para salvar animales en peligro y la aparición -a
medida que se conocen mejor zonas remotas o de difícil acceso- de ejemplares de algunas
especies que se creían extinguidas.
En relación con el deterioro del medio ambiente se puede afirmar que los resultados
son variados y bastante diferentes según los diversos indicadores que se tomen en cuenta.
La presente evidencia parece descartar las "predicciones de un desastre ecológico
inminente, aunque sin justificar la complacencia o la inacción" frente al problema.
También muestra que -después de alcanzar un máximo hace algún tiempo- la cantidad de
materias contaminantes en los ríos y en el aire de los países más desarrollados exhibe
ahora una interesante tendencia a reducirse, lo cual no es para nada sorprendente en vista
del amplio esfuerzo que se ha hecho y de los ingentes recursos que se han gastado para
lograr tales resultados. Para dar apenas dos ejemplos alentadores de los frutos de esta
acción mencionaremos al lector la forma efectiva en que han podido limpiarse las aguas
del Támesis y de varios ríos alemanes, así como el brusco descenso en la cantidad de
derivados del plomo que hay en el aire luego de que se adoptara -en muchos países- el
uso de gasolina que no contiene este elemento.

Hay otros problemas específicos que, por diversas razones, han llamado la atención del
público de un modo más insistente. Uno de ellos, el de la "lluvia ácida", ha sido ahora
estudiado en profundidad, encontrándose -en primer lugar- que su efecto no es tan
pernicioso como se había creído y que -en segundo lugar- pudieron hallarse soluciones
técnicas una vez que se obtuvo el suficiente conocimiento científico sobre el tema. Algo
similar podría ocurrir cuando avance la investigación sobre otros dos problemas que son
los que ahora más inquietan a aque llos que se preocupan por la conservación del medio
ambiente: el calentamiento global, producto del llamado "efecto invernadero", y la
destrucción de la capa de ozono que rodea nuestra atmósfera e impide el paso de
radiaciones ultravioletas capaces de generar cáncer. En ambos casos, creemos, existe
todavía una insuficiente información como para tomar medidas apropiadas y efectivas,
por lo que su solución concreta y en profundidad habrá de demorarse todavía un cierto
tiempo.

5.4. Una Nueva Actitud

La preocup ación por la calidad de nuestro medio ambiente y, de un modo todavía más
general, por adoptar una forma de desarrollo que pueda sostenerse en el largo plazo, es
una inquietud relativamente reciente. Hace apenas medio siglo eran completamente
excepcionales las personas que se ocupaban del problema o que, para decirlo más
exactamente, pensaba que existía algún problema del que ocuparse. La gente aún tenía
una actitud de expoliación hacia la naturaleza que para nada se preocupaba de equilibrios
ecológicos, desaparición de especies o limpieza del aire o de los ríos, como si los
recursos fuesen infinitos o el deterioro producido irrelevante. Ha sido sólo en las últimas
décadas que se ha suscitado una nueva consciencia al respecto, una manera de ver la
actividad económica humana dentro de un contexto más amplio y de largo plazo.

Es cierto que esta nueva actitud, más sensible hacia el mundo que nos rodea, ha estado
siempre matizada con ese catastrofismo al que hemos criticado en páginas anteriores.
Pero, de alguna manera, ella ha servido como contrapunto a una complacencia y a un
desinterés sin duda también muy peligrosos. El modo de llegar a un equilibrio entre estas
actitudes tan contrapuestas, pensamos, pasa de algún modo por el tipo de análisis
económico que ya esbozamos en este capítulo.

Porque, para situar el debate en un justo punto, es preciso entender que toda medida de
protección hacia el medio ambiente tiene costos que es preciso contraponer a los
beneficios que podría proporcionarnos. La moneda tie ne dos caras y, por lo tanto, es
irresponsable olvidarse de cualquiera de ellas: podemos hacer que una determinada
industria "internalice" los costos de sus emisiones de gases tóxicos, obligándola tal vez
a colocar filtros especiales para eso, y con tal medida habremos logrado un aire un poco
más puro; pero el costo de esa medida se trasladará, de un modo u otro, al precio final al
que tendremos que adquirir los productos. Podemos tratar de proteger una especie en
peligro pero ello, inevitablemente, implicará la contratación de personal especializado, la
compra de equipos y, tal vez, la expropiación de algunas tierras: los costos de todo esto lo
pagarán fundaciones y organizaciones sin fines de lucro si reciben fondos apropiados, o
los tendremos que pagar todos a través de los impuestos, si tales fondos no se consiguen
y la actividad la emprende el gobierno. No hay mejora posible del medio ambiente que
resulte gratuita o se dé por sí sola. Es irresponsable, por lo tanto, exigir profundos
cambios sin estar dispuestos a asumir los correspondientes costos.

Por supuesto que, y esta es la nota optimista, la valoración de los costos y los
beneficios que intervienen en estas situaciones es -como sucede siempre en economía-
enteramente subjetiva. Hace cincuenta años probablemente nadie hubiese estado
dispuesto a pagar -directa o indirectamente- unas pocas monedas para salvar a las
ballenas o reducir las emanaciones que contienen plomo. Hoy, en cambio, hay millones
de personas interesadas en tales problemas y dispuestas a asumir los costos implícitos en
el mejoramiento de un medio ambiente que perciben como parte importante de su calidad
de vida. No es de extrañar, sin embargo, que sean las personas de mayores ingresos las
que estén dispuestas a hacer de buen grado este sacrificio: para quienes viven al borde de
la subsistencia y no saben si podrán llegar vivos al final de una sequía -por ejemplo-
resultará del todo intrascendente la meta de reducir problemas ambientales que sólo
podrán tener consecuencias negativas en el muy largo plazo o salvar especies de las que
no se obtiene ningún provecho directo e inmediato.

La situación, sin duda alguna, es decididamente compleja: hay muchos actores


involucrados, con legítimos pero diferentes intereses, en infinidad de problemas que
requieren de acciones de muy dispar naturaleza. Los gobiernos, en los que algunos
piensan como los actores de mayor capacidad de acción, no tienen por lo general ni los
recursos ni los conocimientos para trabajar de un modo eficiente y adaptado a cada
situación. Sus acciones tienden a burocratizarse y por ello a hacerse sumamente costosas,
mientras que su intervención siempre acarrea riesgos en cuanto a interferir con un sano y
dinámico desarrollo de la economía. Esto no quiere decir que no desempeñen un papel
importante en cuanto a generar normas y desarrollar acciones favorables al ambiente,
aunque dicho papel -creemos- es por lo general más limitado y menos efectivo de lo que
generalmente se piensa.
Otros dos actores fundamentales, las empresas y los consumidores, van asumiendo con
el tiempo un papel cada vez más significativo. Las empresas, en principio, porque han ido
reconociendo que no pueden trabajar y actuar como si el futuro no existiese, imponiendo
externalidades que tendrán que pagar todos, su personal y sus clientes inclusive; los
consumidores porque han ido exigiendo y han mostrado que están dispuestos a pagar por
productos menos contaminantes y más sanos, y porque también -como trabajadores,
directivos o accionistas- no tienen en el fondo intereses opuestos a los de los productores.
La idea de hacer más con menos, de lograr un manejo eficiente de los recursos que se
utilizan en la producción, no es de ningún modo ajena, por otra parte, a los verdaderos
empresarios: sobre ella se basa, precisamente, la eficiencia productiva que les permite
ofrecer bienes mejores y más baratos, más deseables para los consumidores y, por lo
tanto, capaces de generar mayores ventas y un aumento paralelo en los beneficios.

Esta nueva actitud ha dado origen al concepto actual de "consumo sostenible",


patrocinado ya por agencias de las Naciones Unidas como una meta deseable y al alcance
de todos, que se ha definido como el consumo que "...permite obtener una mejor calidad
de vida mientras reduce al mínimo tanto el uso de recursos naturales y de sustancias
tóxicas como la emisión de desperdicios y materiales contaminantes durante su ciclo de
vida, con lo que se evitan los riesgos que se imponen sobre las generaciones futuras." Tal
concepto, que paso a paso se va adoptando por un número cada vez mayor de personas,
nos permite cerrar estas páginas con una nota esperanzadora: el desarrollo económico,
que nos abre posibilidades infinitas de realización apenas exploradas hasta ahora, es
básicamente sostenible y capaz de seguir su curso durante un largo tiempo. Sólo se
necesita que asumamos a plenitud todos los costos que éste implica y que nunca
apartemos nuestra atención de los problemas que podemos crear -con nuestra
despreocupación- a las generaciones futuras.

Capítulo 6

Recordando lo Esencial

Hemos presentando, a lo largo de los cinco capítulos anteriores, esa empresa singular de
la humanidad que solemos llamar el desarrollo: sus principales logros, las críticas que se
le han formulado, los temores y las reticencias con que se lo ha recibido. Queremos
ahora, sobre la siempre cambiante superficie del debate, recordar al lector brevemente lo
que nos parece esencial a este proceso, destacar algunos puntos decisivos que, tal vez,
pueden haber quedado insuficientemente claros en la exposición precedente.

La palabra que solemos emplear, desarrollo, a pesar de las impreciones que a veces la
rodean, nos parece sin embargo adecuada y significante: el desarrollo es
desenvolvimiento de potencialidades previamente existentes, despliegue de ideas,
energías y voluntades, creación humana que reconoce infinidad de inventores,
innovadores y empresarios -en el mejor sentido de la palabra-, pero que no obedece a la
decisión única o al plan de un gobernante, ni es el proyecto de un líder iluminado o un
grupo tecnocrático dirigente.

Y este inmenso movimiento, que recorre ya más de dos siglos y abarca prácticamente
toda la Tierra, que ha cambiado nuestras vidas haciéndolas más ricas en posibilidades y
menos sujetas a las limitaciones y las debilidades propias de la especie, se basa en
algunos pocos principios fundamentales que vale la pena destacar: el deseo de
mejoramiento y de cambio que, aunque con prudencia, manifiestan siempre las personas,
la libertad de comerciar y de producir que permite que aparezcan economías sólidas y
diversificadas, la seguridad jurídica y la estabilidad que surgen de gobiernos
representativos, responsables ante sus ciudadanos.

No es posible omitir o excluir ninguno de estos factores fundamentales. Sin el deseo


constante de las personas por salir de lo que ellas mismas califican como la pobreza sería
imposible que hoy existiesen tantos y tan variados productos que hacen más plena nuestra
vida: nos guste o no debemos aceptar que la gente quiere consumir más, que trabaja y se
esfuerza para conseguir el dinero necesario con el que podrán adquirir desde las
medicinas y la mejor educación posible para sus hijos hasta las frivolidades que -a veces-
pueden resultarnos tan chocantes. El consumidor, sin embargo, no es una máquina ciega
de comprar manejada a voluntad por la publicidad, como cierta visión de caricatura nos
ha querido hacer creer: es -como todos nosotros, que nunca dejamos de ser
consumidores- un ser que ensaya, reflexiona y va aprendiendo, cada vez más consciente
de sí y de su medio, que investiga y elige, que ya no se conforma con una información
superficial o una satisfacción efímera.

Sin un sistema económico de mercado, por otra parte, no ha podido alcanzarse hasta
ahora el desarrollo en ninguna parte. Y ello no es casual: el mercado, que es en el fondo
una forma compleja y autorregulada de cooperación social, genera los estímulos para que
se creen y se produzcan los bienes que las personas demandan, para que se hagan las
inversiones que se necesitan, para que se vaya abaratando el precio de las mercancías a
medida que estas, gracias a la competencia, se hacen más abundantes y se aproximan más
a las necesidades del consumidor. La planificación, la excesiva intervención del estado,
las tentativas de un crecimiento autárquico o los intentos de regresar a un pasado pastoral
y simple, han fracasado con estrépito en el agitado siglo que acaba de concluir. Han
producido, eso sí, estaciones espaciales y armas poderosas de destrucción masiva, pero
nunca la diversidad de productos de alta calidad que hacen más confortables nuestras
vidas cotidianas.

La historia muestra que la estabilidad política e institucional, por último, ha resultado


también decisiva. Nadie es más pobre que los pueblos devastados por las guerras, que por
su propia naturaleza son destrucción y muerte, brutalidad y desorden, disminución de la
libertad y restricción de alternativas. Pero los males de la guerra, en todo caso, no son
sino el ejemplo extremo de lo que queremos indicar: hay también convulsiones políticas
y sociales que retardan severamente el desarrollo, como las guerras civiles, los continuos
alzamientos militares, las revoluciones y los golpes de estado. Cualquier fenómeno que
politiza excesivamente a un país es contraproducente para su bienestar y su crecimiento,
porque cuando todo se supedita a la política se reducen los incentivos que favorecen la
actividad económica, se interfiere con el funcionamiento del mercado, se van
subordinando las decisiones de productores y consumidores a la voluntad del gobernante.

Si el estado, por otra parte, se ocupa directamente de la economía de un país, se arriba


por lo general a deplorables consecuencias. Cuando es el gobierno el que invierte y crea
empresas propias, cuando los gastos públicos se desbordan y llevan a un amplio
endeudamiento, cuando la actividad de las empresas está sujeta a miles de leyes, decretos
e intervenciones discrecionales de los funcionarios, se crea un clima económico adverso,
aparece generalmente la inflación y los capitales buscan puertos más serenos para
establecerse y generar crecimiento. Cuando los estados, en cambio, se concentran en sus
funciones básicas de proporcionar seguridad y respeto a la propiedad privada, cuando
además se hacen permeables a las iniciativas y el examen de los ciudadanos, se genera
entonces una situación que impulsa el desarrollo y promueve que cada quien trabaje
intensamente para su propio beneficio y para el bienestar colectivo.

Estas, nos parece, son las condiciones básicas para generar el crecimiento, lo cual no
significa que no haya factores morales y culturales de importancia, que se pueda
descuidar la educación o que -nos apresuramos a decirlo- el desarrollo económico sea la
única empresa humana digna de importancia. Muy por el contrario, debemos tener
siempre presente que el bienestar que nos proporcionan los adelantos de la vida actual no
es más que el punto de partida que nos permite trascender las satisfacciones inmediatas y
dejarnos el espíritu libre, por así decir, para pensamientos y obras de mayor
trascendencia.

Tal vez por no entender a fondo esta crucial distinción es que, muchas veces, se ha
criticado al desarrollo de una manera injusta. Nadie en su sano juicio podría postular que
es preciso tener siempre más bienes y servicios, insaciablemente, y que todo nuestro
esfuerzo se debe concentrar en ese objetivo, como si fuera la exclusiva meta de nuestros
desvelos. Pero, así como absurda y limitante sería esta pretensión, así también nos
parecen sin sent ido las diatribas contra un proceso que tantos beneficios de todo tipo nos
ha permitido alcanzar o el alarmismo de quienes piensan que a cada paso nos amenazan
catástrofes sin cuenta.

Las críticas son útiles cuando se formulan con la madurez suficient e como para sopesar
adecuadamente beneficios y costos, cuando se puede -con sus argumentos o sus datos-
formular problemas concretos que puedan encontrar adecuada solución. El desarrollo,
como toda actividad humana, tiene obviamente sus riesgos: pero ante el riesgo no
podemos quedar paralizados o tratar de construir una existencia de seguridad absoluta
porque intentarlo nos llevaría a la inmovilidad y el fracaso. Quien quiera regresar al
pasado, quien pretenda dar marcha atrás en este camino encontrará la resistencia de
millones de personas que se sienten hoy liberadas al disponer de productos que les
permiten vivir más y mejor. La historia del siglo XX muestra, junto con la desoladora
presencia de atroces guerras y estados totalitarios, una progresiva reducción de los
riesgos que surge de una humanidad cada vez más atenta a las consecuencias de sus
actos.