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Sueños equivocados

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Ricardo Rosales Álvarez

Colección

Novelas
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Dirección General: Marcelo Perazolo Diseño de cubierta: Stefanie Sancassano Diagramación de interiores: Guillermo W. Alegre

Está prohibida la reproducción total o parcial de este libro, su tratamiento informático, la transmisión de cualquier forma o de cualquier medio, ya sea electrónico, mecánico, por fotocopia, registro u otros métodos, sin el permiso previo escrito de los titulares del Copyright.

Primera edición en español en versión digital © LibrosEnRed, 2013 Una marca registrada de Amertown International S.A.

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Índice

Eugenio

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Acerca del autor

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Editorial LibrosEnRed

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eugenio

e ugenio La tarde era como cualquier otra; sin embargo, en nuestra edad temprana es común

La tarde era como cualquier otra; sin embargo, en nuestra edad temprana es común confundir- nos y no es raro pensar que ha habido muchas y diferentes tardes en nuestras vidas. La reali- dad es que solamente hay tres clases de días:

los hermosos, los tormentosos y los comunes. Exactamente como le sucede al corazón, este goza, sufre o está vacío…

Al final de cuentas, la tarde puede estar como se le antoje, pero, aquí o allá, es inevitable que algunas vidas sufran, y ni cambiando los dio- ses, los días, los años o los siglos terminará el caos del dolor. No importa cuántos intentos se realicen para hacer desaparecer el sufrimiento; este ha echado sus perennes raíces en la pobre humanidad, así que la felicidad ha cambiado de esencia; esta se ha vestido de tonalidad utópica.

Eugenio se asomó por la ventana sin saber exactamente el porqué; creo que esto ya era su costumbre. Probablemente, esperaba que algo mágico le sucediera a su pensamiento y así pudieran aclarar sus confusiones. Tenía un espíritu que luchaba por encontrar en su interior la verdad de su incon- formidad y su sensación de vacío. Después de quedarse en ese espacio de tiempo perdido, se percató de que era momento de ir a ver a su amada Sofía.

No quiero decir que Eugenio fuese un don nadie o un valemadres; no obs- tante, no hacía nada de provecho que pudiera vestirlo con más decoro y orgullo, a pesar de pertenecer a una familia jodida y numerosa. El pobre padre de Eugenio, aunque no había tenido la oportunidad de llenarse la cabeza con los conocimientos escolares elementales, hacía lo que podía para que su tumultuosa prole no pasara hambre.

Antes de huir de su pobre seno familiar, su madre pronunció, casi suplicán- dole:

—Por favor, Eugenio, no llegues tarde. Me preocupa mucho que andes por ahí con tus amigos. Por favor, no vayas a tomar…

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—No te preocupes, madre —le contestó Eugenio desde el pasillo de la vi- vienda—. Solamente voy a ver a Sofi; llego temprano.

Antes de dejar atrás la puerta de su casa, alcanzó a escuchar nuevamente la súplica de su madre, mas Eugenio se hizo el desentendido.

Lo que hacía Eugenio lo hacen los vagos de su edad, y digo de su edad porque a veces esta maña dura toda la vida. A sus 18 años, no estudiaba, no trabajaba ni estaba aprendiendo algún oficio que lo defendiera hono- rablemente en la vida. Había abandonado la preparatoria porque era un huevón irresponsable, como la mayoría de sus amigos, así que el panora- ma venidero en la vida de este personaje no representaba ningún paisaje honroso. Hedonista probablemente sea un concepto aplicable a este joven y a un gran número de su especie, sin excluir edades. Aunque no es una relevancia en todo el género humano, no es nada raro.

Entre las sombras de la noche, en una calle oscura cercana a la casa de Sofía, él luchaba por no manifestar tan punzante impulso deshonroso. Aunque pareciera un valemadres, tenía el prejuicio de la deshonra amorosa. Más bien, tenía muchos prejuicios codificados que se encargarían de confundir- lo en su camino a la redención moral.

—¿Vamos mañana al cine? —le preguntó Eugenio—. ¿Qué te parece si paso por ti a las cuatro?

—Me parece bien —contestó Sofía—, aunque no estoy segura de que me dejen ir.

—¿En qué piensas? —lo interrogó Sofi tímidamente—. Has estado muy ca- llado. ¿Qué hiciste hoy…?

—Nada. En la mañana, estuve un rato en la relojería con Ramón. Creo que voy a aprender el oficio. Con el tiempo, hasta puedo poner un negocio. Aunque yo no quiero eso para mí. Él no gana mucho dinero y pareciera que siempre anda de jodido.

—¿Por qué no sigues estudiando? —inquirió Sofía—. Aún puedes terminar la prepa y hasta a lo mejor estudiar una profesión…

—Pero yo no sirvo para eso —afirmó severamente, con su estúpida con- vicción—. Ya ves lo que me ha pasado: siempre me andan reprobando. Además, no solo estudiando se hace dinero. Hay gente que ni terminó la primaria y tiene mucha más lana que algunos profesionistas. No, yo no nací para eso. Además, estudiar una profesión es muy tardado. Imagínate, dos años de prepa y luego cinco de profesión. No… Es mucho tiempo. Ya voy a salir muy ruco. Yo quiero hacer dinero más rápido.

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Me gustaría saber qué pasaba en la mente de Sofi en esos momentos. ¿de qué otra manera se entiende que se mantuviera al lado del patético de Eugenio?

Después de despedirse de ella, se dirigió por la repetida ruta de algunos ayeres, ese camino que siempre lo llevaba al mismo lugar, aunque existía en él la esperanza ingenua de que algún día le sucediera algo diferen- te, algo mágico que diera un giro de 180 grados a su vida. A pesar de su insaciable deseo de que las cosas cambiaran, siempre terminaba en el mismo refugio, donde existían las interminables discusiones obtusas envueltas con delirios de grandeza y conquistas amorosas de los jóvenes alcohólicos…

No es fácil entender por qué algunos —o a lo mejor muchos— no se dan cuenta de su realidad y la enfrentan como tal. Y pregunto… ¿por qué mu- chos sí pueden hacerlo? Para estos últimos no es tan complicado vestirse normalmente con las obligaciones y responsabilidades que corresponden a su edad. Podría decirse que existen bastantes ejemplos sociales que pueden constatarlo.

—¡Ramón! —interrumpió el alegato Salvador—. Ya se quedó tirado Euge - nio en el baño. Está bien pedo y se está uacareando.

—Déjalo al cabrón, al rato se le pasa —profesó enfáticamente Ramón—. Ya sabemos que siempre se pone así; no sabe tomar el pendejo…

—Pero ¿si viene su hermano a buscarlo? —inquirió Mario—. Ya ves que siempre se preocupa por él. ¿Qué le vamos a decir?

—Pues que no está, güey —afirmó Humberto—, así no tenemos que lidiar dando explicaciones. Su hermano es un tipazo; yo no sé por qué este ca- brón salió así.

—Es buen amigo —lo defendió Ramón.

—Es puro cabrón valemadres —reafirmó Humberto—. Se salió de estudiar porque no pudo con el paquete, y ahora no hace nada; solamente se la pasa causándole problemas a su familia.

—Tampoco te hagas el digno, Humberto —reprochó Mario—, si a todos nos gusta el desmadre y el chupe.

—Sí, pero yo sigo estudiando y cumplo con lo que me toca.

—¡Pero tampoco trabajas! —le refutó Mario—, así que no me vengas con golpes de pecho. Todos sabemos el sacrificio que hace tu madre para sa- carte adelante y tú no haces nada para remediar eso; te comportas como niño bien…

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No sé si los dilemas de borrachos cambien con las épocas, pero casi podría asegurar que no. Este contexto corresponde a los setenta del siglo pasado. Bueno, no tiene importancia, ya que esto es cosa de jóvenes inmaduros de clase media baja. Y lo sitúo en esta escala social debido a que todo nece- sita un grado o un nombre; de otra forma, todo se haría más confuso. Por ejemplo, no es lo mismo los que estudian para salir de jodidos que los que estudian por otras cosas…

Bien, quisiera preguntar por qué un joven se intoxica con alcohol u otras sustancias hasta el grado de embrutecerse. Casi escucho las mil respuestas que existen en la gente normal. Pero creo que me equivoqué. Esta pregun- ta se la debería hacer a los anormales, a esos pobres diablos que no saben adónde van ni quiénes son… Al fin, como toda conducta humana tiene un porqué, la respuesta más cercana a la verdad podría venir de quien sufre la adicción. ¿O no?

Sin acordarse de cómo llegó a su cama, Eugenio se despertó con los estra- gos de la borrachera. Aunque estos no eran los momentos ideales para ha- cerse una introspección existencial, no pudo evitarlo. Entonces, no era un valemadres; tenía un fuerte sentimiento de culpa que le punzaba más que la náusea misma.

“¿Por qué diablos no puedo tomar como mis amigos?”, se preguntaba Eu- genio. “Siempre me pasa lo mismo: después de empezar no puedo dete- nerme hasta quedar completamente ebrio y perdido”.

Desde la primera vez que tuvo contacto con el alcohol se manifestó su ob- sesión. Tenía 15 años cuando se embriagó totalmente en el velorio de la madre de su amigo Salvador. Quien tiene cruda moral sabe del pequeño infierno a que se someten estos tipos anormales; más bien, estos viciosos inadaptados.

Para qué hablar de los regaños amorosos de su madre y de las miradas sen- tenciadoras de sus hermanos. ¿Qué había pasado con Eugenio? Era el único incongruente e irresponsable de la familia. Su hermano mayor era un ejem- plo en toda la extensión; se podría decir que casi era un virtuoso. Puedo decir lo mismo del resto de los hermanos; ninguno manifestaba tan negro presagio como él. Bueno, puedo decirles que, a pesar de ser una familia del medio jodido, no se permitía ningún vocabulario prosaico y vulgar; y esto no era todo: todos los miembros de la familia eran católicos y tenían el de- ber de ir a misa y de comulgar.

Ya conocemos las mañanas de los domingos de estas familias de creyentes,

y aunque Eugenio ya no asistiera a estos cultos, prefería no hacérselo saber

a su madre. Así que como ese día necesitaba nuevamente el perdón y la

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mirada compasiva de la familia, fingió salirse de la casa con la intención de

ir a misa. Pero qué maña de cabrón, había aprendido al dedillo el fraude

religioso: arrepiéntete de tus pecados y serás perdonado. Qué fácil y simple

la tienen estos…

Después de perderse quién sabe dónde ese domingo por la mañana, llegó a su casa después del mediodía y se alistó para salirse a disfrutar su placentera tarde en el cine, como si se la mereciera… ¿A lo mejor sí era un valemadres?

Aunque él no lo aceptara, como sucede con la estupidez propia, bien que sabía el sentido de la ida al cine. A esta edad, los que son como Eugenio y también los que no lo son, solo van al cine por lo que ustedes ya saben…

¿Qué de interesante puede tener una hoja al viento o una vida sin sentido si todos sabemos que terminarán arrastrándose en el suelo? No saber adón- de dirigirte ni quién eres hace de la vida un camino lleno de aburrimiento

y fracasos. Todo lo contrario puede suceder si sigues los códigos sociales:

saber que terminarás una profesión, que te casarás, que tendrás hijos y que

trabajarás con espíritu de esclavitud para conseguir el anhelado dinero y el prestigio social, esto sí es interesante y prometedor de una posible felici- dad… Sin embargo, puede suceder que se cometa una equivocación total

y no se encuentre tan feliz anhelo, y tarde o temprano aparecerá la nece-

sidad de enfrentar tal encrucijada. Ante tal acontecimiento existencial solo

quedan dos caminos: se continúa engañándose con la inexistente felicidad

y la dudosa moral, o se enfrenta la confusa verdad de lo que siempre se ha

sido… A veces, el hombre solo se encuentra con las propias miserias huma- nas y la decrépita vejez…

Como lo mencioné anteriormente, ¿qué podría tener de interesante la vida de este personaje si solo era un pobre pendejo con ensoñaciones…? Entre sus ensueños se atravesaba la ilusión de ser alguien importante, tal vez un héroe. Algo había conseguido de sus fantasías: era el borracho más reco- nocido de entre sus amigos. A cierta edad y bajo ciertas circunstancias, esta vicisitud da algo de prestigio. ¿O no?

Para tipos como Eugenio todo en la vida es aburrido y tedioso, excepto, embriagarse y ver a su amada.

—¿Qué pasó, Eugenio? ¿De dónde vienes? —lo saludó Víctor con esta pre- gunta.

Él era un amigo mayor que estudiaba la Licenciatura en Derecho y vivía en la misma calle del barrio.

—Vengo de ver a Sofi —contestí tranquilamente Eugenio—. Y tú, ¿qué haces?

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—Estoy esperando que salga la Madalena —contestó Víctor con una sonri- sa maliciosa.

—No me digas que es tu novia —inquirió Eugenio—. Si es una pobre criada que vive en la vecindad.

—¿Cómo crees…? Si no es mi novia; solo la quiero para el cachondeo.

—No mames —le refutó Eugenio—, es mucho más chica que tú. No te apro- veches de ella.

—Me vale madres, y en un descuido me la chingo —respondió Víctor con perverso orgullo.

—¿O qué?, ¿a poco tú no haces lo mismo? A todas les gusta el cachondeo. Si aún no lo haces, más vale que le empieces, sino otro cabrón te la va a ganar y te vas a quedar como estúpido.

—¡¿Cómo crees?! —respondió nerviosamente Eugenio—. Sofi es mi novia, no una puta.

—Bueno, ahí nos vemos, ya salió la Madalena —se despidió Víctor apresu- rado, dejando a Eugenio preocupado y pensativo…

Déjenme tratar de hacerles entender lo que pasó por la mente de Eugenio en ese momento. Podría empezar con los prejuicios de la deshonra. Creo que esto se le codificó en su mente viendo las películas de Pedro Infante y otros… Además, no era nada raro escuchar ese concepto en los progeni- tores de esa época. Las imágenes lujuriosas de sus masturbaciones jamás tocaban ni por equivocación a su amada Sofía. Claro que la manoseaba y se calentaba en el furor de los besos, pero si se pasaba de la raya tendría que responder como hombre a tal agravio. Así que la idea estaba desechada, y ni él mismo se permitía que algo así le sucediera a su inmaculada.

Pero ¿qué tal si Víctor tenía razón y alguien más astuto se interesaba en su Sofía? De pronto aparecieron las imágenes de las miradas de otros para su amada; los detalles se hicieron más nítidos. Sofía estaba madurando ante muchos ojos, y a sus 17 años era una transformación hermosa. Su caminar se había vuelto seductor y su mirada había cambiado de tono: se estaba convirtiendo en mujer… Sofía se había vuelto centro de las miradas adultas, esas miradas llenas de impulsos cargados de libido que desean el néctar de la flor que empieza a abrir su capullo. Ya sabemos que tendrían que pasar años para que Eugenio entendiera muchas cosas; por el momento, se con- formaría con su pensamiento obtuso del sexo y del amor.

Nadie sabía a ciencia cierta —como sucede a esta edad— quién de sus ami- gos ya había perdido la virginidad… Comúnmente se miente y con orgullo

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se pregona: “¡Yo ya…!”. Eugenio bien sabía que su máximo atrevimiento sexual eran sus masturbaciones. Como su inmaculada era sagrada para él, solo existía esa única alternativa.

No les contaré de dónde sacó 100 pesos ese día, mas eso fue suficiente para comprar el boleto para hacerse hombre. Tampoco les contaré lo que pasó en las vísperas de tal acontecimiento; lo único que puedo decirles es que este suceso lo puso muy nervioso.

Ese dinero fue suficiente para pagar el hotel de quinta y para lo demás. Así que imagínense la clase de servicio que se había conseguido. Puedo decirles que la imagen que podría representarlo esa significativa noche es la de un diminuto ratón acorralado, a punto de ser devorado.

—¿Cómo te llamas? —le preguntó la fulana, sin dejar de mascar chicle.

—Me llamo Eugenio —contestó tibiamente—. Y tú, ¿cómo te llamas?

—Eso no importa, mi amor; lo importante es saber si quieres estar conmigo.

—Claro que sí —respondió inciertamente Eugenio—, pero antes quiero sa- ber cuánto me va a costar.

—Mira, un rato te cuesta tanto, y toda la noche tanto…

Eugenio se quedó callado unos segundos. Su nula experiencia le evitaba dar la respuesta correcta, mas un momento después le iluminó la idea al pensar que sería de más orgullo gastarse con la fulana toda una noche completa de sexo. ¡Imagínense lo que dirían sus amigos…!

Lo que les contó Eugenio a sus amigos fue muy diferente a la verdadera his- toria. La fulana no se acercaba en lo más mínimo a lo deseado en sus fan- tasías; más bien podría decirse que esa dama aniquilaba cualquier impulso. Era una mujer que podría determinarse como vieja para estos menesteres, no era bonita y le sobraban algunos kilos. Sin hacer más preámbulo al acon- tecimiento, se desvistieron y se metieron en la cama; todo lo demás fue caótico. Eugenio grabó en sus recuerdos el momento en que la mujer lo abrazó. En ese instante, él percibió a la susodicha desconocida como una gran masa de carne que lo asfixiaba y lo sofocaba con el olor penetrante de su perfume. Sin saber qué hacer ni de dónde agarrarse, hizo lo posible por separarse de tal agonía.

—No te preocupes, mi amor —le susurró la fulana—. Si al rato quieres, me despiertas. —Dándole la espalda, se echó a dormir.

Eugenio se sintió aliviado cuando lo soltó. Sin saber qué hacer, se prendió un cigarro, pensando así poder desaparecer el nerviosismo y la frustración. En ese momento de confusión, no se percató ni por equivocación de que

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ese instante de su vida representaba un acto común y trivial de la especie y que no tenía significado alguno. Sin embargo, él le daba la máxima impor- tancia… Su angustia tocaba más el filo de la hombría, la vanidad y el orgu- llo. Él se sentía terriblemente mal por no haber respondido como hombre. Así que no en esa instancia de su vida, pero sí muchos años después, com- prendió la incertidumbre de tal angustia… En este insignificante contexto sexual, la mujer tiene todo el poder: ellas abren las piernas cuando quieren, fingen cuando quieren y jamás tienen que probar su valía. Bueno, para no hacer de este tema una discusión de machos, solamente quiero preguntar- les si han escuchado esta frase: “No sirves como hombre”. A mí manera, y ya como un hombre viejo, creo entender por qué el falo simboliza tanta dignidad, orgullo, poder, hombría y tantas otras cosas…

Bueno, ¿qué puedo decir de esta estructura de persona que es Eugenio? No es tan difícil entenderlo, aunque a veces estas interpretaciones están totalmente equivocadas. Eso ustedes lo pueden juzgar…

Bien, pienso que estos personajes están incapacitados para ver la verdad de su realidad, y sus fantasías cobraban más poder real de lo que son, al grado de idealizarlas como hechos a futuro. Además, tienen un espíritu con gran tendencia a la frustración y al sufrimiento. Aunque parezca perverso y de poca sutileza moral, el acto masturbatorio representa idealmente lo que son las ensoñaciones de estos jóvenes; más bien de todos… En este acto se tiene imaginariamente el poder absoluto de lo que se desea, sin que exista un impedimento para su realización culminatoria. ¿O no?

Darle más valor de realización a las ensoñaciones es catastrófico en algunas vidas, ya que podría ser el punto de partida para que la realidad tenga una tonalidad gris y vacía. El sentido de vacuidad que poseen estos seres que vi- ven aquí o allá es real y desolador. Cuando este sentimiento frío con punta de diamante atraviesa el corazón, la vida pierde su sentido y toda la huma- nidad se vuelve un despojo… No sé exactamente por qué este sentimiento gris y turbio es purificado y apaciguado con las fantasías empapadas en alcohol u otras cosas; pareciera que todo recobra su sentido de importan- cia y grandeza, y la vida miserable y caótica se transforma en un torrente cálido; mejor dicho, en una melodía llena de dulces quimeras. Padecer esta incongruencia existencial te da el crédito suficiente para ser descalificado de la normalidad.

Como en tantas ocasiones, la madre de Eugenio se encontraba nuevamen- te en su encrucijada maternal, ese sentimiento confuso que se entrelaza entre un sentimiento de culpa, resentimiento y dolor. Lógico, esta clase de sentimiento solo habita en el corazón de una madre que ama a su vástago.

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—Pero, hijo —suplicaba la madre—, ¿por qué no puedes llevar una vida normal, una vida como la de tu hermano mayor? ¿Qué necesidad tienes de echarte a perder como tus amigos? —Con lágrimas en los ojos, continúo—:

Tu padre se mata trabajando para darles lo indispensable. ¿Quién sabe có - mo la esté pasando, tan lejos y solito? Dime en qué hemos fallado, qué hemos hecho para que te comportes así.

Eugenio, que se estaba recuperando de la borrachera, se encontraba exas- perado, mas las lágrimas de su madre lo conmovieron.

—Tú no tienes nada que ver, madre —le manifestó suavemente—. Tú has sido un verdadero ejemplo para todos nosotros. De mi padre, puedo decir lo mismo. Lo mío no tiene nada que ver con ustedes.

—Pero, entonces, ¿por qué te comportas así? ¿Qué problema tienes? Díme- lo. Prometo ayudarte en lo que pueda.

—Creo que no lo entenderías, madre —repuso seriamente Eugenio—, por- que ni yo mismo lo entiendo. Te juro que he hecho el intento por caminar dentro del sendero normal, mas no he tenido la voluntad suficiente para mantenerme a flote; siempre me he dejado vencer fácilmente por mis de- monios.

—¡No menciones ese nombre, por Dios! —profirió enérgicamente su ma- dre—. Bien sabes que solo con la ayuda de Dios podremos salir adelante de cualquier cosa.

—¿Lo ves, madre? —respondió Eugenio con voz más grave—. Estas cosas no son fáciles de entender.

Después de decir eso, se levantó de la cama y acercándose a ella la miró fijamente a los ojos y le preguntó:

—¿Qué ves en mi mirada? ¿Acaso ves lo mismo que yo?

Ella no supo qué responder; más bien, un poco desconcertada, dio un paso hacia atrás.

—Te lo dije, madre, nada fácil es ver con claridad lo sucio del alma. Todo parece confuso dentro de mí. Cuando trato de ver mi interior me vislumbro como una especie rara. Pareciera ser la mezcla de una hiena feroz babean- do su instinto con la de un desolado cordero muriendo de desesperanza y miedo.

Sin querer seguir escuchando a su hijo, la madre salió del cuarto sollozando su angustia…

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Pobre Eugenio, no la tenía nada fácil. En su profundo espíritu atormenta- do, él quería ser normal y representar dignamente su papel ante la socie- dad. De esa forma, podría lograr levantar el orgullo propio y el familiar. No obstante sus deseos, su naturaleza no estaba dispuesta a complacerlo.

Alguien por ahí dijo: “Una pintura dice más que mil palabras”. Tratar de interpretar tal contexto podría llevar a un sinnúmero de controversias, ya que es posible argumentar desde diferentes conceptualizaciones. Así que, para no equivocarnos, la única persona que podría aclararnos su verdadero significado sería el propio autor. Aunque esta frase de la pintura pareciera estar dentro de un conocimiento filosófico profundo y lleno de sabiduría, no sabemos con exactitud su naturaleza real…

Cuando haces un recorrido por tu interior y puedes ver con claridad cada uno de tus instintos estás en condiciones de entender algo de tu propia na- turaleza, aunque es probable que solo veas lo que quieres ver; no obstante, cuando tienes la capacidad y honestidad, porque esto no se trata de valen- tía, puede ser que desnudes la miseria de tu infierno y puedas reconocer los fuegos que torturan tu alma. Ese monstruo de miedo que no queremos enfrentar, esa sangre nauseabunda de la envidia y la avaricia, la punzante lujuria, ese vacío de amor, la terrible soledad, la debilidad de tu voluntad y la miseria de tu espíritu…

Entre más pronto descubras tus demonios, más cerca estarás de ti, teniendo así la posibilidad de transparentar tu esencia y dejar de vivir la peor y más cruel de las mentiras: tu propia hipocresía…

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Acerca del autor

Ricardo Rosales Álvarez

Rosales Álvarez E-mail: richardrosales10@hotmail.com (Guanajuato, México, 1951) Es médico anestesió- logo.

(Guanajuato, México, 1951) Es médico anestesió- logo. Después de una adolescencia conflictiva, a los 18 años abandonó los estudios y emigró a los Estados Unidos de América, con la intención de forjarse un futuro. Durante su estancia en ese país, trabajó como obrero en diferentes em- presas. Para su fortuna, conoció a un maestro de inglés de origen cubano, que lo motivó a que continuara con su prepa- ración académica. Para hacerlo decidió regresar a su país.

Aún sin tener clara su identidad propia y profesional, estudió la carrera de Medicina y e hizo un posgrado en Anestesiología. De la conciencia de su problemática, le nació el gusto por las disciplinas afines al estudio de la conducta. En su búsqueda, encontró las respuestas necesarias para despe- jar sus confusiones. De estas encrucijadas existenciales, surgió el deseo de escribir su manifiesto, que no deja de ser una analogía ficticia de su narra- tiva biográfica.

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