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Violencia de género que no cesa

Un nuevo caso de violencia doméstica salta a la pantalla del


televisor, a la prensa, a la radio. A partir del fatídico día se
llenarán páginas de sucesos, los telediarios emitirán
reportajes en días sucesivos, se indagará para establecer
responsabilidades, las autoridades decretarán días de luto
en sus respectivas localidades, las asociaciones convocarán
manifestaciones de repulsa contra la violencia de género.
Los presentadores de los diferentes medios van
comunicando el número de victimas actualizado en lo que
va de año. Luego se compararán con las cifras del año
anterior y se constatará una tendencia. La violencia de
género es lamentablemente mediática, pero toda la
atención de los medios no sirve para salvar vidas,
pensándolo fríamente. Así hasta la siguiente víctima.

El control de la socialización de las mujeres, de su


sexualidad y de su vida reproductiva son mecanismos a
través de los cuales los hombres perpetúan esta situación
de dominio y discriminación sobre la mujer. Las raíces de la
violencia de género las encontramos en las relaciones de
poder de la sociedad patriarcal, un fenómeno que existe
desde hace cientos de miles de años. Ahora, en pleno siglo
XXI, existe un marco legal en determinados países para
combatir esa dominación. Pero es marco legal por sí solo no
es suficiente. Si vamos hacia atrás en la cadena de factores
de todo tipo que conduce finalmente al maltrato, nos
encontramos: maltrato, antes de maltrato relación de
pareja tensa, antes de relación de pareja tensa roles y
estereotipos, antes de roles y estereotipos nos
encontramos ante la educación recibida.

Los Centros Educativos, donde se fomenta el desarrollo


integral de las personas. Sí, hace tan sólo una década se
continuaba dando en las aulas de dichos centros una
marginación “invisible” de las alumnas, asignándoles un
papel más pasivo, más centrado en lo afectivo y menos en
lo cognitivo, por parte de los profesores. Un papel que
estaba influyendo negativamente en su competencia en la
vida académica y posteriormente en la vida adulta. Ahora,
en las aulas los profesores tienen el deber de educar a
nuestros hijos e hijas en el respeto a la igualdad entre
hombres y mujeres. Es tan importante que asimilen e
interioricen profundamente estos valores porque así
establecemos las bases de un principio de prevención en el
modelo de lucha contra la violencia de género. Educando a
los alumnos de hoy estamos previniendo el maltrato a las
mujeres del mañana.

Por mi parte, puedo hablar de lo que conozco en cuanto a


violencia machista. Estoy refiriéndome a un caso real.
Conocí a un sujeto al que le gustaba beber hasta perder el
equilibrio en un local de tapas del casco histórico de una
ciudad gallega. Estaba casado con una mujer ecuatoriana.
Alguien me dijo después de tiempo sin verlo aparecer por el
local que estaba cumpliendo condena en una cárcel de los
alrededores. Una condena por maltrato. Inexorablemente,
el binomio alcohol y familia desestructurada es un caldo de
cultivo para la tensión que desemboca en violencia
machista. Y el hecho de que mujer e inmigrante en esta
categoría de familia es probablemente sinónimo de mujer
maltratada. Pienso que las autoridades competentes,
aplicando un principio de proporcionalidad respecto a las
victimas potenciales, deberían destinar más recursos a las
mujeres más vulnerables, con más riesgo de maltrato. Las
inmigrantes representaron el 30% del total de mujeres
maltratadas en el estado español el pasado año 2007.

Las mujeres inmigrantes en general presentan una serie de


rasgos comunes:

1. Escaso nivel económico: muchas viven de subempleos


dentro de la economía sumergida (venta ambulante,
clases particulares de idiomas, labores domésticas,
etc…) y las menos han conseguido hacerse autónomas
o contar con un contrato de trabajo temporal.
2. Precariedad en las viviendas: este es uno de los
mayores problemas con los que se han de enfrentar ya
que, junto a lo limitado del mercado, está la
desconfianza que suscita entre los propietarios el
alquilar pisos a extranjeros. Los inmigrantes
difícilmente pueden aportar una nómina y
frecuentemente viven en grupo.
3. Escasa integración social: el contacto con personas del
país de acogida es poco frecuente, sobre todo en el
caso de los núcleos familiares estables.

En conclusión, la evolución cultural y política tiende a


igualar –con esfuerzo, pero sobre todo con retraso- los
derechos de hombres y mujeres, respecto a la violencia y
otros abusos. Ante las reclamaciones feministas uno
asiente, comprende que la sociedad no puede convertirse
en una selva, que las mujeres maltratadas están acusando
a cada instante al hombre de animalidad, pero puede
comprobar también que de ese oscuro fondo de violencia
innata –violencia psíquica muchas veces precediendo a la
violencia física- surge una revelación, una comprobación
sobre la ambigüedad del hombre entre la bestia creadora o
destructiva y el ángel que sublima y desarma. Esa lucha
eterna. En el comienzo del siglo XXI se mantiene la
desigualdad. Permanezcan atentos a sus pantallas.