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F

obos EL FUNERARIO.
Avevo parlato dello sciamano e dell´eroe delle fiabe, della privazione sofferta
che si transforma in leggerezza e permette di volare nel regno in cui ogni
mancanza sarà magicamente risarcita.

Italo Calvino

Mancanza, sí, la ausencia. Faltaba facilidad en los nacimientos. Era

necesario empujar cada cuento y cada dibujo, o más bien hurgar, coger sin escoger

una palabra o una línea y descuajarla de uno sin miramientos, luego pegarlo todo

malamente, en papeluchos.

Era desagradable violentar así las palabras y las líneas; esas pequeñas

formas son tan sensibles a la violencia y estaban disgustadas conmigo... ¿cómo no

estarlo?

Y ya no colaboraban... y la gente... que a veces es muy sensible también, no

quería comprar palabras ni líneas violadas. Y si la gente no compraba ¿cómo iba a

vivir yo?

En un lugar más barato, claro, y un lugar barato disponible estaba al lado de

la "Soledad". "Soledad", también me pareció una palabra violada. Pero el sitio era

realmente barato porque nadie en este mundo vive al lado de una funeraria si

puede evitarlo. Llamé y en una sola mañana llevé todas mis cosas.

Era el dueño de la "Soledad" quién alquilaba el apartamento, así que era

obligatorio conocerle... yo esperaba un sujeto algo más vampírico, y les di el

toque fúnebre que me pareció oportuno a mis modales y mi aspecto.

Pero no fue necesario en absoluto, porque Fobos era una persona gorda,
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blandengue y muy poco vampírica, de mirada desproporcionadamente pequeña,

como la de los elefantes y en todo momento cálido y sudoroso en lugar de

funerario. Pero sobre todo tenía unas maneras femeninas tan acentuadas y

egocéntricas que eran igual que un perfume, siempre a su alrededor.

Su modo de relacionarse, por lo que vi, era buscar siempre el centro

de cualquier relación y expulsar de allí al resto de los relacionados para

convertirlos en sus espectadores. Enseguida me di cuenta de ese exhibicionismo y

pensé - bien -- un exhibicionista es alguien en cuyo defecto se puede confiar.

- Encantado Fobos - le di la mano sin ninguna fuerza, funerariamente,

debajo de mis guantes negros.

- ¿Fobos? ¿Es este su verdadero nombre?

- Realmente no, pero el artista tiene la inexcusable obligación de buscar

siempre un nombre adecuado, es una cuestión de "respeto a la obra"

- Por teléfono entendí que usted también se dedica al arte señor...

- Torcuato - respondí.

- Es lo que le decía señor Torcuato, definitivamente nada firmado con su

nombre llegará nunca a ser una obra de arte por más que usted se esfuerce. Y sin

embargo advierto en usted cierto buen gusto, cierta sensibilidad en los detalles...

¿me permite su capa?

- Muy amable – dije -, y dígame, ¿qué hace usted? ¿pinta? ¿escribe tal vez?

- No, no, no, no - dijo Fobos poniendo en su vocecilla prepotente un poco


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de desprecio. Me pregunté cuál sería su verdadero nombre, tenía una pánfila cara

de Paulino - hace tiempo que abandoné todas esas cosas; lo que yo busco es algo

más duradero, más definitivo, llevo quince años dedicado a lo que usted llamaría

"heterodoxia"

Y siguió hablando entre café y café en aquel cuarto de la funeraria, con su

voz afeminada y su rostro gordo y despierto... hablando de arte, de sentido, de

finalidad, de todas las cosas.

Yo también hubiera hablado pero era imposible contener aquel torrente de

monólogo; tuve que ser su oyente, al fin y al cabo, él era el casero... me refugié en

mi actitud funeral ad hoc.

Y mientras él seguía hablando yo pensaba como se podría compaginar la

creatividad, por muy heterodoxa que fuera, con aquel deprimente oficio de

preparar muertos en la "Soledad". Por una puerta entreabierta se podía ver el

comienzo de un pasillo cuyas paredes embaldosadas en blanco, antisépticas, me

hicieron suponer que era allí donde el amigo Fobos "trabajaba". Tal vez en aquel

mismo momento había un cadáver a medio vestir o desvestir, tendido en una

camilla bajo la luz eléctrica.

A aquel monólogo siguieron otros muchos, siempre en aquel cuarto entre

los cafés turcos de Fobos, negros y fuertes como la misma muerte. Él siempre

hablaba monomaníaticamente del arte: de dónde salía, qué era, para qué servía...

Para él el arte era un homenaje del artista a sí mismo, un homenaje que


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siempre perduraría y haría que el artista perdurase también. Para Fobos el arte era

esencial y el artista un aristócrata; lo que olvidó decir, aunque yo lo leí claramente

en sus ojos de putilla, era que él creía ser el príncipe de los artistas.

Mientras tanto yo seguía violando palabras y líneas y no conseguía

imaginar nada remotamente bello.

Un día Fobos me pidió que le enseñara mi trabajo. Yo le llevé una de mis

antiguas libretas de los buenos viejos tiempos, para impresionarle. Pero no le

impresioné...

- Torcuato, si me lo permites, el artista debe trabajar, debe pensar, el acto

de la creación es más largo que un simple alumbramiento. En tus dibujos veo

promesas incumplidas. Pero lo que tú haces es una violación de la posibilidad,...

una violación flagrante. Debería darte vergüenza.

Pensé con cierta amargura que siempre acababa en el papel del violador

reincidente. Me enfadé un poco. Y hablando de violar...

- Hablando de otra cosa... Fobos, nunca te he visto con nadie, ¿no te

relacionas con nadie........................ más?

- Si te imaginas que puedes ofenderme con tus sucias insinuaciones, te

equivocas amigo mío. Los muertos son una compañía muy grata para mí,

precisamente porque son mucho más... sensibles... que los vivos.

Me imaginé que la frase tendría algún sentido metafórico que renuncié,

inmediatamente, a comprender.
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- Ven Torcuato... Torcuato... qué nombre más horrible. Hasta que no lo

cambies el arte huirá de ti como si tuvieras la peste.

Cuando Fobos hablaba era inútil la replica. Le seguí. Pasamos por el tétrico

pasillo blanco y al fondo estaba la sala cuyo aspecto yo había imaginado tantas

veces. Amplia, fría, aséptica, con una camilla en el centro bajo un foco

fluorescente de luz blanca. Sobre la camilla el cuerpo desnudo de un joven de

unos veintitrés años, con la flaccidez de la carroña. Pensé, con un escalofrío, que

la sala era exactamente adyacente a mi dormitorio.

- Ahora te hablaré de la sensibilidad. Este joven tan bello - y lo palpaba con

algo vagamente lujurioso en sus manos y ojos - este joven tan hermoso es más

sensible que tú e incluso que yo mismo; es sensible porque no rechaza nada. Tú

quizás pienses que este joven es algo tan inerte como un mineral pero las

sensaciones, la belleza… todo es inferior al arte; el arte existe hasta en la muerte y

hasta la muerte acepta su superioridad.

Los días pasaban y pasaban también los monólogos doctrinales de Fobos...

- Diría que en este cuento tuyo se nota al escritor, Torcuato, debes ser suave

y ligero; el cuento debe ser como una ola pequeña detrás de una grande. Y tú

debes ir en la ola pero nadie debe verte.

- Es un crimen dibujar en el papel en el que tu dibujas, Torcuato, piensa que

cuando tú mueras esto quizás valdrá algo. Piensa que esto es más sagrado que tu

propia vida. Debes respetar tu obra, Torcuato, mucho más de lo que te respetas a ti
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mismo.

- Puedo ver aquí, Torcuato, el deseo tan urgente de la protagonista, ese agua

de la que hablas es sin duda el agua de su propio sexo al despertarse, un agua que

la llama, que la inunda, que la ahoga.

- Pero Fobos... la protagonista es una vieja, y lo único que ocurre es que

tiene sed...

- Torcuato, en el arte hay conexiones secretas más patentes que la

evidencia. En el arte hay hechos propios que se escapan a la percepción. En el arte

hay una vida propia, un sujeto íntimo que puede a la misma muerte.

- Torcuato, respeta los márgenes.

- Torcuato, por Dios, cámbiate de una vez el nombre, tu nombre es un

atentado, es un suicidio.

- Torcuato, que dibujos más asexuados, busca dentro de ti una definición,

trabaja. El arte tiene sexo, el arte tiene cara y tiene también voz, un lenguaje.

- Torcuato, no leas tanto. Yo nunca he leído, la lectura conduce al sacrificio

de la propia personalidad que es la base del arte... y con tu personalidad apocada

es lo único que te faltaba...

Yo seguía con mis modales fúnebres que no sé por que razón mantenía

siempre cuando estaba con él. Y Fobos seguía siempre hablándome del arte pero

sin decir nunca claramente qué era lo que él hacía...

Y las cosas seguían yendo mal en mi mente vacía, la sensación de pobreza


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se acentuaba con cada nueva violación de palabras o líneas. Yo continuaba

ignorante absolutamente de esa cosa: del arte que tan fácilmente adjetivaba Fobos

y de la que hablaba como si le fuera propia, como la mano o el pie o las canas.

Una noche descubrí que tras una abominación pictórica que colgaba en la

pared de mi dormitorio había un agujerito a través del cual se veía la sala de los

muertos. Probablemente el agujero era obra del exhibicionismo del propio Fobos,

pero no pude hacer nada más que mirar...

Y él apareció, bailando al ritmo de una música inaudible, un hipopótamo

afeminado dentro de una túnica que parecía tener todos los colores. Se puso unos

guantes en una especie de trance y sin dejar de bailar, tamborileando con sus

deditos gordos recorrió el cadáver de turno.

Y no era de este mundo el hombre que preparó el cuerpo de aquel muerto

tarareando, declamando poesía, haciendo todo tan delicada y perfectamente.

Esa era su "heterodoxia".

El hombre que puso una moneda en la boca del muchacho y después besó

sus labios y lloró. El hombre que durante toda la noche vistió y desvistió,

maquilló, escribió, cantó, besó en largos y lentos círculos de dolor e hizo tantas

bellezas. El hombre que, ante mi mirada atónita, tatuó flores en la espalda de

aquel adolescente y palabras, que no pude leer, en sus nalgas.

El hombre que, al amanecer, cuando el trabajo estaba casi terminado y sólo

un pie del muchacho permanecía desnudo, con un sentido sublime del "respeto a

la obra", firmó en el talón del cadáver con su seudónimo: Fobos.


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Como firmo yo ahora:

Fil

os.

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