Вы находитесь на странице: 1из 20

ISBN versiÛn digital: 1-4135-0478-7

Lic. JosÈ Luis Dell'Ordine

AntropologÌa Cristiana:

Formar en Cristo

3

ÕNDICE

1. Bases de la antropologÌa cristiana

5

2. El saber cristiano sobre el

9

3. Cristo, ´Camino, Verdad y Vidaª

12

4. Cristo

Maestro38

15

5. Cristo

Pedagogo

18

4

1. BASES DE LA ANTROPOLOGÕA CRISTIANA

Para el sentir cristiano, el ser humano es, antes que nada, un ser en proceso de formaciÛn; ´un ser que se haceª1, un ´ser en camino, un ser de pasoª2, un ser que busca una perfecciÛn que todavÌa no posee. Por eso, el vocabulario de la forma -formaciÛn, conformaciÛn, deformaciÛn, transformaciÛn, reforma, etc- es con- natural a la doctrina cristiana. Basta considerar los cuatro puntos en los que Èsta compendia la historia del hombre:

1) El primer hombre -Ad·n- ´formado del barro de la tierraª3, ´fue creado a imagen y semejanza de Diosª4. Esta expresiÛn no se refiere sÛlo al primer hombre sino tambiÈn a cada uno de sus des- cendientes, que es llamado a la vida mediante un acto creador de Dios asociado a la transmisiÛn de la herencia biolÛgica; recibe la "forma" de Ad·n y es constituido como una nueva imagen de Dios (cfr. Gen 5,3). 2) La tradiciÛn cristiana entiende que la semejanza con Dios, inserta en la naturaleza humana, ha sido "deformada" por el peca- do. Por eso, cada hombre recibe tambiÈn en su naturaleza, la mis- teriosa huella de un eficaz ´pecado originalª, que se manifiesta en algunas quiebras, heridas o disfunciones. Y cada uno contribuye a aumentarlas con sus incoherencias morales.

5

3) Cada persona humana es llamada libremente (muchas veces, de manera misteriosa) a beneficiarse de la obra redentora de Cristo, nuevo Ad·n, que ´renueva la imagen del Creadorª en nosotros, con los rasgos del ´hombre nuevoª5, mediante un proceso de iden- tificaciÛn por el que somos "conformados" como ´hijos de Diosª en Cristo6. 4) Al final de los tiempos, la imagen de Dios que tiene cada ser humano, ser· plenamente "transformada" a semejanza de Cristo, imagen perfecta del Padre7; pues, como dice San Juan: ´sabemos que cuando …l se manifieste seremos semejantes a …l, porque lo veremos tal cual esª8; o seg˙n San Pablo, ´nos revestiremos del hombre celestialª9 . AsÌ, la historia de cada persona es un camino de "formaciÛn", o mejor, de "transformaciÛn": desde la imagen original, recibida de Ad·n y "deformada" por el pecado, hasta adquirir la imagen del hombre nuevo, Jesucristo. La llamada a la existencia es, al mismo tiempo, la vocaciÛn a recorrer este camino12. Cada ser humano es ´querido por sÌ mismoª11 para ser sujeto de un di·logo existencial con Dios, que se desarrolla en su con- ciencia. Como fruto de ese di·logo, debido al juego de la libertad humana y la gracia divina, deben manifestarse en su vida los rasgos morales y espirituales de Cristo, adquiriendo su fisonomÌa. Y esto se realiza no sin dificultades, seg˙n la notable expresiÛn de San Pablo a los G·latas: ´Hijos mÌos por quienes sufro dolores de par- to hasta ver a Cristo formado en vosotrosª10. Gracias a este dato de la fe sabemos que el hombre, varÛn y mujer, es el ˙nico ser sobre la tierra para el que su existencia se orienta hacia una plenitud personal. En todos los seres vivos se produce una maduraciÛn, que consiste sÛlo en el desarrollo de las capacidades que ya posee, que no escapan al ciclo biolÛgico de la decadencia. El hombre, en cambio, est· llamado a alcanzar una forma perfecta que no est· en su naturaleza sino en Cristo14. Por

6

eso se habla del nacimiento a una nueva vida, que viene de Cristo y que es la vida del EspÌritu (cfr. Jn 3). De este modo, la persona humana se hace ´partÌcipe de la naturaleza divinaª13, sin perder su condiciÛn, sino llev·ndola a la plenitud del hombre perfecto, Jesu- cristo. …l es el arquetipo o imagen perfecta que se corresponde con el designio de Dios para el hombre. Esto tiene una importante consecuencia para la antropologÌa, para el estudio del ser humano. Pues se da la paradoja de que el saber pleno sobre el hombre no puede deducirse simplemente del estudio de la condiciÛn humana tal como se nos presenta en su

situaciÛn real e histÛrica, sino que, seg˙n la fe cristiana, es necesa-

rio acudir a la realizaciÛn del hombre perfecto, Jesucristo15. Por

esa razÛn la ConstituciÛn Pastoral Gaudium et Spes afirma que ´Cristo revela plenamente el hombre al hombre mismoª16. SÛlo en Cristo puede conocerse plenamente el designio de Dios, el hombre plenamente realizado17. La definiciÛn plena y total del ser humano sÛlo est· en Cristo: las claves que definen la vida humana hay que leerlas en el misterio de su ser y en los misterios de su vida: en su ejemplo y en su mensaje, en su muerte y en su resurrecciÛn No extraÒar·, entonces, que la Iglesia sea tan consciente del

inmenso valor de su conocimiento acerca del hombre. AsÌ, Pablo

VI en su discurso a las Naciones Unidas, se quiso presentar como

´experto en humanidadª18 y el concilio Vaticano II se sintiÛ urgi-

do a poner ese conocimiento a disposiciÛn de todos los hom-

bres19, consciente de que era la mejor aportaciÛn que podÌa pres-

tar al mundo moderno; porque ´el misterio del hombre sÛlo se

esclarece en el misterio del Verbo encarnadoª20. Por su parte, es bien sabido que el Papa Juan Pablo II ha hecho de esa doctrina el

eje

fundamental de su mensaje. Casi al principio de su pontificado,

en

una memorable homilÌa dirigida a un grupo de universitarios, se

expresaba asÌ: ´La Iglesia no tiene preparado un proyecto de escue-

7

la universitaria, ni de sociedad, pero tiene un proyecto de hombre, de un hombre nuevo renacido por la graciaª21.

8

2. EL SABER CRISTIANO SOBRE EL HOMBRE.

A simple vista, podrÌa parecer que el patrimonio de las verda- des de fe acerca del hombre es relativamente reducido, al menos si se lo compara con el inmenso c˙mulo de conocimientos que transmiten las diversas disciplinas cientÌficas. De hecho, las cien- cias naturales, como la medicina o la paleontologÌa, la psicologÌa o la sociologÌa, entre otras muchas, proporcionan extensas redes de conocimientos ˙tiles acerca del hombre. Y en comparaciÛn a los copiosos Ìndices de los tratados de estas materias, el repertorio cristiano es pequeÒo. La cuestiÛn merece una breve consideraciÛn. Las ciencias naturales, como la medicina o la paleontologÌa, nos proporcionan hoy m˙ltiples conocimientos sobre la naturaleza fÌsica del hombre o sobre la historia de esa naturaleza. Tales cono- cimientos se ajustan -como es lÛgico- al mÈtodo positivo con que fueron obtenidos: son conocimientos concretos, experimentales e interpretados con arreglo a las leyes necesarias que se supone rigen la naturaleza material. Esto permite una considerable aportaciÛn, pero tambiÈn necesariamente la limita. SÛlo nos permiten acceder al hombre en comparaciÛn con el resto de la realidad material, utilizando el mismo lenguaje y los mismos conceptos, aunque con otro nivel de complejidad. Por eso, estas ciencias propiamente no alcanzan nada de lo que es especÌficamente humano: estudian, pre-

9

cisamente, lo que el hombre tiene en com˙n el ser humano con todo lo dem·s, es decir, precisamente lo que no es humano. Por su parte, las ciencias humanas, en la medida en que son capaces de trascender los mÈtodos exclusivamente empÌrico- positivos, penetran en lo distintivo del hombre, recurriendo mu- chas veces a mÈtodos introspectivos: es decir, prestando atenciÛn a las vivencias interiores. Esa experiencia necesita ser expresada en conceptos que son irreducibles al vocabulario de las ciencias natu- rales y se refieren a la vida intelectual, el actuar libre, las relaciones interpersonales, el lenguaje, el significado, la Ètica y el arte. Por su naturaleza y mÈtodo de obtenciÛn, esos conocimientos resultan menos ´objetivosª que los de las ciencias positivas. Pero son espe- cificamente humanos y, con toda propiedad, se les ha llamado ´humanÌsticosª, porque contribuyen a educar al hombre: le ayudan a comprenderse y a comportarse como un hombre. La cultura cris- tiana debe mucho a estos saberes, tambiÈn llamados ´humanida- desª, particularmente en la forma en que los cultivÛ la antig¸edad

cl·sica22.

El saber cl·sico nos ha trasmitido inmensas riquezas espiritua- les y, entre ellas, tambiÈn modelos de formaciÛn humana. Se puede decir que estos modelos oscilan entre el ideal del filÛsofo o sabio, y el del hombre virtuoso o buen ciudadano; es decir, entre un ideal intelectual o sapiencial de perfecciÛn humana y un ideal polÌtico, de naturaleza m·s bien moral23. Una mente cristiana puede descu- brir que esta curiosa oscilaciÛn, y a˙n esta indecisiÛn sobre la natu- raleza de la perfecciÛn humana, se debe tanto a la ausencia de un ideal transcendente de hombre, que permita conjugar perfectamen- te lo intelectual y lo moral, lo personal y lo social, lo permanente y lo histÛrico, como a la falta de recursos morales para alcanzar cualquier ideal de manera plena. Adem·s, una reflexiÛn teolÛgica sabr· descubrir en el planteamiento de este dilema los lÌmites de la naturaleza herida por el pecado, que no ha perdido la inclinaciÛn a

10

la plenitud, pero que no puede ni proponÈrsela ni alcanzarla por sÌ sola. El estudio directo de la naturaleza humana contingente no es suficiente para descubrir la vocaciÛn ˙ltima del hombre. La natura- leza humana se deja conocer, al menos en parte, como es, pero no da razÛn de por quÈ es, ni de cu·l sea su plenitud. Muestra sus necesidades y, de manera mucho m·s vaga, sus anhelos y aspira- ciones. El hombre puede descubrirse a sÌ mismo como ser perfec- tible pero, al proponerse ideales de perfecciÛn, tropieza con la propia finitud que hace irrealizable cualquier ideal e impide una autÈntica experiencia de la perfecciÛn. SÛlo la revelaciÛn de Dios, creador y salvador, da las claves que permiten comprenderse, y las fuerzas que ayudan a orientarse, y descubre que la perfecciÛn humana se realiza en Cristo. Hay que destacarlo: la revelaciÛn cristiana sobre el hombre no es, propiamente hablando, un saber -un contenido intelectual- sino una persona24. Y esta sorprendente conclusiÛn merece ser subra- yada, precisamente por lo que tiene de insÛlito. La verdad definiti- va sobre el hombre no es un conjunto de conocimientos, ni de principios de conducta, sino la persona de Cristo, ´Camino, Ver- dad y Vidaª25.

11

3. CRISTO, ´CAMINO, VERDAD Y VIDAª

Examinemos brevemente este extraordinario testimonio que San Juan pone en boca del SeÒor: ´Yo soy el Camino, la Verdad y la Vidaª. Seg˙n una exÈgesis bastante razonable, cabrÌa entenderla en el sentido de que Cristo es Camino porque es Verdad y es Vi- da26. AsÌ, la frase tiene la virtualidad de poner de manifiesto la estrecha relaciÛn que existe entre el aspecto cognoscitivo -la ver- dad- y el aspecto existencial -la vida-; y tambiÈn, de seÒalar su ca- r·cter progresivo -el camino-. Al unir Ìntimamente verdad y vida, la verdad cristiana sobre el hombre se presenta con un acusado car·cter sapiencial27. Pero no es sÛlo eso. El mensaje cristiano es profunda y radi- calmente cristocÈntrico. Como seÒala l˙cidamente Romano Guar- dini, ´No hay ninguna doctrina, ninguna estructura fundamental de valores Èticos, ninguna actitud religiosa, ni ning˙n orden vital que pueda separarse de la persona de Cristo y del que, despuÈs, pueda decirse que es cristiano. Lo cristiano es …l mismoª28. El contenido mismo de la verdad y de la vida cristianas son Cristo, que ´ha sido hecho para nosotros sabidurÌa de Dios, justicia y santificaciÛn y redenciÛnª29. ´Cuando hablamos de sabidurÌa, es …l; cuando hablamos de paz, es …l; cuando hablamos de verdad y vida y re-

12

denciÛn, es Elª30. Y cuando hablamos del hombre, es …l: sÛlo ´Cristo revela plenamente el hombre al mismo hombreª31. Este principio abre unas enormes y misteriosas perspectivas. Y, entre otras muchas, da lugar a que exista lo que con toda propie- dad puede llamarse, con palabras de San Clemente Romano, una ´Paideia en Cristoª; es decir, un ideal de ´formaciÛn o educaciÛn en Cristoª: un ideal cristiano de formaciÛn32. Gracias a Èl, la ´Pai- deiaª cristiana es capaz de asumir las aspiraciones y los contenidos de la ´Paideiaª cl·sica y superarla porque es capaz de aunar los ideales del sabio y del hombre virtuoso, del filÛsofo y del ciudada- no: lo intelectual y lo moral, lo personal y lo social, lo permanente y lo histÛrico (´Christus heri et hodie, Ipse et in saeculaª)33. El camino cristiano, propiamente hablando, no es el de un au- toperfeccionamiento. No se trata de un empeÒo solitario que, al final, se revela incapaz de alcanzar el ideal propuesto, sino el de una relaciÛn personal con la verdad salvadora que tiene lugar en el seno de la Iglesia. Por esto mismo, el ideal cristiano no es elitista ni aristocr·tico, como sucedÌa necesariamente en los modelos de la antig¸edad34, sino que es la Buena Nueva que ´ilumina a cada hombre que viene a este mundoª35: cada hombre puede acceder, por esa relaciÛn, a las verdades fundamentales sobre su origen y destino, y recibir las energÌas para vivir la vida de Cristo. Y esta amplitud universal es uno de sus rasgos m·s hermosos. Es un ideal capaz de realizarse en todo hombre, por m·s que su condiciÛn natural haya sido maltratada o que sus capacidades naturales no hayan podido, por la violencia de los hombres o de la misma natu- raleza, encontrar expresiÛn adecuada. En el proceso de formaciÛn o ´Paideiaª cl·sica, se distinguÌa generalmente dos figuras: el maestro (´didaskalosª) y el pedagogo o preceptor. El maestro se ocupaba de la instrucciÛn del niÒo en la escuela; y el pedagogo de su progreso en las virtudes viriles y cÌvi-

13

cas36. En la cristiana, Cristo asume, en cierto modo, ambos pape- les al ser, al mismo tiempo, "verdad y vida"37.

14

4. CRISTO MAESTRO38

Esta verdad tiene un marco verdaderamente grandioso. Pues Cristo es el Verbo de Dios hecho hombre. En la creaciÛn est· ya el Verbo, pero de un modo velado. Con la EncarnaciÛn, cuando esa Palabra se ha hecho hombre, se ha expresado y nos ha abierto el camino para penetrar en las profundidades del misterio de Dios. La verdad de Dios nos hubiera estado vedada si Dios mismo no la hubiera querido enseÒar gratuitamente en la vida humana de su Hijo: ´A Dios nadie ha visto nunca, el UnigÈnito que est· en el seno del Padre, El nos lo ha reveladoª39. Cristo est· en el centro de la verdad cristiana: …l es el cauce de la verdad y, al mismo tiempo, la verdad que nos es revelada. El misterio de Cristo es el nexo de todos los misterios cristianos: la vida Ìntima de Dios se nos manifiesta desde su posiciÛn de Hijo; la salvaciÛn del hombre y su reconciliaciÛn con Dios se expresa y realiza a travÈs de …l, especialmente en el Misterio Pascual; la santi- ficaciÛn consiste en conformarse con …l por la acciÛn de su EspÌri- tu; la Iglesia es su cuerpo mÌstico; y los sacramentos, la participa- ciÛn en los misterios de su muerte y resurrecciÛn. Cristo, ´en quien est·n ocultos todos los tesoros de la sabidurÌa y de la cienciaª40, es el n˙cleo, el compendio y el criterio de la verdad cristiana. Natu-

15

ralmente, esto trae consigo algunas consecuencias importantes tanto en cuanto a la enseÒanza como al aprendizaje de esa verdad. En cuanto a la enseÒanza cristiana, que debe ayudar al hombre

a formarse intelectualmente como cristiano, ha de ser cristocÈntri-

ca. La unidad de las verdades cristianas debe vertebrarse en Cristo. Si no se descubre la referencia a Cristo que tiene cada misterio de la fe, probablemente no se ha llegado a penetrar suficientemente en Èl. Este criterio puede ayudar a distinguir lo que es una actividad propiamente teolÛgica, de lo que son actividades marginales o pre- paratorias, que no tendrÌan sentido propio si no condujeran efecti- vamente a aquÈlla. A nadie se le oculta la importancia que ha ad- quirido para la teologÌa actual el esplÈndido desarrollo de las disci- plinas positivas de la TeologÌa, como son la historia en sus distintas

·reas (de la Iglesia, de la TeologÌa, de los dogmas, hagiografÌa, etc),

o la exÈgesis. Pero tampoco se puede dejar de advertir que, ante la

abundancia de conocimientos positivos, existe el peligro de que estas disciplinas, y con ella la TeologÌa entera, pierdan su unidad y se conviertan en una muestra de erudiciÛn. El criterio que permite tender hacia la unidad sistem·tica de las distintas disciplinas teolÛgicas es, precisamente, el misterio de Cris-

to. En este sentido, se puede destacar que la TeologÌa BÌblica (no simplemente exÈgesis), tanto del Nuevo como el Antiguo Testa- mento, deberÌa ayudar a penetrar en este misterio. Y que la historia de la Iglesia no puede cultivarse, como disciplina teolÛgica, sin la consideraciÛn, al menos implÌcita, de la Iglesia como Cuerpo de Cristo, animado por su EspÌritu hasta el fin de los tiempos41. Otro tanto cabrÌa decir, por ejemplo, a propÛsito de la historia de los dogmas, donde tiene que manifestarse la verdad de la salvaciÛn obrada por Cristo que alcanza a todas las Èpocas. Sin referencia a este n˙cleo, los conocimientos, por su propia naturaleza, tienden a producir dispersiÛn, m·s que a favorecer la sabidurÌa cristiana, que

16

es inseparable de un compromiso de vida con la verdad total, Cris-

to42.

En cuanto al modo de aprender o de acercarse a la verdad, el cristocentrismo tambiÈn tiene consecuencias. Por su condiciÛn de sabidurÌa, las verdades de la fe sÛlo pueden ser poseÌdas en la me- dida en que son experimentadas y meditadas. El mero conocimien- to formal de las fÛrmulas en que se expresan, aunque tiene un va- lor, es muy distinto de una autÈntica y personal penetraciÛn en la verdad; y de un verdadero encuentro con Cristo, presente en la Iglesia y en los sacramentos. La sabidurÌa que est· en juego no es, como hemos dicho, un simple saber, sino que se trata de una persona; por eso, no puede manejarse con la frialdad especulativa con que se pueden tratar otros temas, por ejemplo, de la esencia de la libertad o las caracte- rÌsticas del pensamiento contempor·neo43. Pensar en Cristo es, en el fondo, inseparable de un encuentro real porque el cristiano con- fiesa a Cristo resucitado y vivo, afirma la realidad de su vida, y su presencia en la Iglesia. Por eso, la reflexiÛn debe ser, al mismo tiempo, oraciÛn, con- tacto con la verdad salvadora: no sÛlo debe pensar en ella, sino comunicarse con ella. Y en la medida en que Dios quiera, puede llegar a ser contemplaciÛn44; donde, como un don, Dios llega a ser cabalmente alcanzado por la inteligencia: ´Dichoso aquel a quien la verdad enseÒa por sÌ misma y no por figuras o por palabras que pasan, sino d·ndose a conocer tal cual esª45. Esto es tomarse en serio la verdad de lo que se afirma.

17

5. CRISTO PEDAGOGO

Es sabido que Èste es el tÌtulo que Clemente de AlejandrÌa da a Jesucristo en el segundo de su grandes tratados sobre la formaciÛn cristiana. En Èl, nos presenta a Cristo en el papel de formador de la virtud; es decir, de pedagogo. La idea actual de lo que es la peda- gogÌa resulta muy alejada de la de Clemente, que en este punto est· en consonancia con los ideales cl·sicos y toma de allÌ el motivo de su comparaciÛn46. Probablemente, debido a la creciente relevancia que los logros cientÌficos han adquirido en nuestra cultura, los objetivos de la educaciÛn se han desplazado poco a poco hacia la transmisiÛn de los conocimientos positivos, especialmente de las Ciencias de la Naturaleza y de las Ciencias Exactas. Se confunde f·cil e inadverti- damente educaciÛn con instrucciÛn47. Una larga historia ha difu- minado el aspecto moral de la educaciÛn -la formaciÛn en la vir- tud- que era, sin embargo, el m·s importante en la educaciÛn cl·si- ca48. En este sentido, puede resultar difÌcil hacerse idea de la an- chura de perspectivas de la tesis de Clemente. Cristo es pedagogo porque predica una doctrina moral y ense- Òa pr·cticamente cÛmo se debe vivir. Por contraste con lo que puede suceder hoy, el mensaje cristiano fue comprendido en los primeros siglos, ante todo como una doctrina pr·ctica, un modo

18

de vivir, o, m·s exactamente, un camino49; aunque, evidentemen- te, este modo de vivir sea inseparable de un marco de verdades de gran calado especulativo, como es el caso de la confesiÛn de que Dios es creador, o de que Jesucristo es el Hijo de Dios. El mensaje cristiano no es una teorÌa, ni tampoco una lista interminable de preceptos morales, ni tampoco un conjunto de ritos sociales que dan relieve a los acontecimientos importantes de la vida. Es una forma de vida. Para Clemente, la misiÛn del pedagogo que en este caso es Cristo, consiste en introducirnos en la manera cristiana de vivir. Su mensaje no se ordena sÛlo a que nos sepamos hijos de Dios, sino, m·s bien, a que seamos capaces de vivir como tales50 Como bien sabÌa la antig¸edad cl·sica, el resorte fundamental de la educaciÛn moral es la imitaciÛn de un modelo51. De hecho, formaba parte muy importante de la enseÒanza, el relato de las acciones virtuosas de los grandes hombres del pasado o las que se podÌan extraer de la literatura. Las virtudes de los personajes de Homero, por ejemplo, han servido de modelo durante toda la Èpo- ca cl·sica. En el modelo se percibe, de manera intuitiva, la belleza del obrar recto; y esa belleza atrae y provoca la imitaciÛn. La belle- za de la acciÛn ejemplar es el mecanismo b·sico de la enseÒanza moral. El modelo cristiano es Cristo mismo. En este sentido, la vida cristiana se convierte en una imitatio Christi. La imitaciÛn de Cris- to requiere un conocimiento profundo de sus hechos y dichos, tal como nos han sido transmitidos por los Evangelios. Es necesario frecuentarlos y extraer de sus escenas consecuencias para la propia vida. Se trata de un manantial inagotable, ya que esos hechos y dichos se conocen mejor en que la medida en que existe una mayor connaturalidad con el modelo. En el conocimiento moral, la con- naturalidad juega un papel muy relevante. Pero la imitaciÛn de Cristo alude a un fenÛmeno mucho m·s profundo. Como toda la vida cristiana se ordena intrÌnsecamente

19

por la gracia a la identificaciÛn con Cristo, resulta que cada cristia- no es, en cierto modo, un reflejo de su vida; y reflejan especialmen- te a Cristo quienes han llegado a la perfecciÛn cristiana, que es la santidad. Por esta razÛn, la Iglesia propone a sus santos como mo- delos de la existencia cristiana. Y, precisamente por eso, las ´vidas de los santosª tienen un papel tan importante en la formaciÛn cris- tiana, no sÛlo de los niÒos sino tambiÈn de los adultos. Se com- prender· tambiÈn f·cilmente la importancia de que, quienes reci- ben en la Iglesia la misiÛn de formar en cualquier sentido, sean capaces de reflejar a Jesucristo en su conducta. La imitaciÛn de Cristo no es sÛlo ni principalmente el esfuerzo consciente por seguir su modelo de conducta: tiene mucho de es- pontaneidad e impulso carism·tico. La acciÛn del EspÌritu Santo, la gracia -que es un don de Dios gratuitamente repartido- produce una identificaciÛn con Cristo y esto caracteriza el obrar cristiano aunque no siempre se perciba conscientemente. La pedagogÌa divi- na no llega sÛlo a travÈs de la enseÒanza oral, ni simplemente pro- poniendo ejemplos. Desde luego, Cristo es pedagogo porque en- seÒa una doctrina moral; tambiÈn porque constituye el ejemplo que se ha de imitar; pero, sobre todo, porque obra en el interior de cada cristiano. El EspÌritu Santo es el "Maestro interior". Con res- pecto a otros modelos de educaciÛn, la ´Paideiaª cristiana debe ser consciente de esa acciÛn misteriosa de la vida de la gracia. No sÛlo propone un modelo; proporciona tambiÈn las fuerzas necesarias para alcanzarlo, que nos llegan de manera privilegiada por unos cauces sacramentales: a travÈs de los misterios de Cristo que la Iglesia celebra en su Liturgia. Todas estas consideraciones pueden ayudar a recordar la im- portancia que, en toda enseÒanza cristiana, tanto en la catequesis como en la teolÛgica, tiene la uniÛn intelectual y vital con Cristo. En la Iglesia, instruir, enseÒar, educar es siempre formar en Cristo.

20