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¿Tiene en casa a un "pequeño tirano"?

La familia, donde se gestan

Lo mejor, buscar ayuda profesional

Por Claudia Bermúdez, psicoterapeuta

psicologiaclinicaespecializada@yahoo.com.mx

Los trastornos del comportamiento en los menores de edad son cada vez más frecuentes, y
dentro de ellos, uno que llama la atención por lo alarmante de las conductas que se
presentan y la frecuencia de su aparición es el Síndrome del Emperador o del Pequeño
Tirano.

Síndrome del Emperador es el término que los psicólogos utilizan para referirse al cuadro
que se presenta en algunos niños y adolescentes, que se caracteriza por una conducta
violenta, intransigente, déspota y desconsiderada hacia los padres; por la falta de
conciencia y reflexión en las acciones; por la carencia de empatía hacia los demás y
ausencia de sentimientos de culpa; así como por una egolatría e intolerancia desmesuradas.

Esa forma de ser no es de fácil extinción puesto que el impulso que dirige el
comportamiento de estos “pequeños tiranos” es el interés único por satisfacer, de manera
inmediata, todas sus necesidades, reales o ficticias, lo cual ocasiona que sus padres entren
en una dinámica familiar esclavizadora, desgastante anímicamente y extenuante
físicamente, llegando a deteriorar incluso la relación de pareja y de otros entornos
sociales.

El perfil del "pequeño tirano", de acuerdo a los expertos, suele ser el de un varón de entre
9 y 17 años de edad, hijo único y de clase media alta o la hija menor dentro de una familia
cuyos hermanos son hombres (aunque también se presenta en otro tipo de familias con
menor incidencia).

Los especialistas debaten si el Síndrome del Emperador se debe a deficiencias formativas


y a la falta de afecto desde el seno familiar o si hay factores hereditarios determinantes.
Es decir, se cuestionan si son simplemente niños caprichosos y malcriados, a los que nunca
se les ha negado nada, o existe un trasfondo emocional en el que intervienen factores
genéticos. La mayoría se inclina hacia la explicación del déficit educativo en el hogar, donde
los padres han transmitido el criterio de que no se le puede decir no a un niño para no
frustrarlo, cuando lo que realmente lo confunde y le genera ansiedad es el no saber cuáles
son sus límites, no poder discriminar lo que está bien de lo que está mal.

Los adultos tenemos que aprender a decir NO. Aunque en la educación no existen recetas
mágicas, hay determinadas reglas básicas que si se aplican de manera correcta y oportuna
suelen funcionar: las normas, que generan vínculos de confianza y respeto, deben ser
claras, concretas y coherentes; en el hogar todos tenemos derechos y obligaciones, el niño
incluido. En definitiva, la forma de ejercer una paternidad sana es exigir que se cumpla con
las obligaciones desde corta edad; marcar las fronteras de lo inadmisible y lo negociable;
promover la participación en la resolución de conflictos; sensibilizar y mostrar que hay
otras personas que sufren; dar el ejemplo correcto; desarrollar la conciencia y la culpa;
establecer límites claros y no dejar nunca de ejercer la autoridad.

Otros factores que influyen en el desarrollo de este síndrome:

1. El abandono de las funciones familiares, la sobreprotección y sobre-exigencia, los


hábitos familiares determinados por la escasez de tiempo, la ausencia de autoridad,
la permisividad social al considerar que la conciencia y la culpa no son importantes.
La laxitud paterna y materna para establecer normas desde pequeños, con la
consiguiente pérdida de autoridad y, sobre todo, la falta de elementos afectivos,
como la calidez en la relación con los hijos.
2. La incapacidad de estos niños para desarrollar emociones morales auténticas como
empatía, amor y compasión, desemboca en una gran dificultad para mostrar culpa y
arrepentimiento por las malas acciones.
3. Las tensiones familiares, el incremento de rupturas de familias por separaciones y
divorcios. La crianza de los hijos por una sola persona. (Dos personas generan mayor
fortaleza y constancia en la educación que una sola).
4. La tendencia a educarlos más en otros entornos sociales que en la familia. Si un niño
permanece en la guardería, con los abuelos o con otra persona que lo cuida todo el
día no tendrá respeto por sus padres.
5. La gran cantidad de horas que los padres no pasan con sus hijos, dejando en manos
de la computadora, de los videojuegos y de la televisión, la educación de sus
vástagos, medios en donde se desprestigia el sentimiento de culpa y se alienta la
gratificación inmediata y el hedonismo. Para la Psicología, el problema de los
videojuegos y salas de chat es el aislamiento, ya que cuando las personas pasan
mucho tiempo en la computadora no se integran ni se relacionan, sino que se
comparten soledades y se acrecienta el vacío existencial.
6. El consumismo desatado como nuevo “valor” donde se difunde la creencia de que “el
individuo deja de valer lo que es para valer lo que tiene”, o lo que es peor, lo que los
demás ven que tiene.
7. Pretender ser iguales a los hijos, es decir, comportarse como si se fuera “su cuate”,
su cómplice. No se puede ser su colega, porque cuando se quiera actuar como un
padre, el hijo no lo permitirá. Hay que asumir las obligaciones de padre y hacérselo
saber.

¿Cómo reconocer a un niño/adolescente tirano?

1. Poseen un sentido exagerado de lo que les corresponde y esperan que los que están
a su alrededor atiendan y gratifiquen todas sus demandas de manera inmediata ya
que creen que son el centro del mundo.
2. Presentan una baja tolerancia a la frustración, el desengaño, el aburrimiento, la
demora o la negación de lo que han pedido; normalmente la expresan con rabietas,
ataques de ira, insultos y/o violencia, ya que cuentan con escasos recursos
psicológicos para resolver problemas o afrontar experiencias negativas.
3. Culpan a los demás de lo que hacen y, al mismo tiempo, esperan que sean otros los
que les solucionen los problemas. No pueden, o no quieren, ver el modo en que sus
conductas afectan a los demás y frecuentemente carecen de empatía.
4. Piden, demandan y exigen. Una vez conseguido, muestran su insatisfacción y vuelven
a requerir de más cosas.
5. Discuten las normas y/o los castigos. Tachan a los padres de injustos, malos,
abusivos, etc. Condicionan la obediencia a cambio de alguna compensación; frente a
esta respuesta de aparente docilidad se genera en los padres sentimiento de culpa
y ceden otorgándoles más privilegios.
6. Exigen atención, no sólo de sus padres, sino de quienes los rodean, entre más se les
brinde, más la reclaman. Les cuesta adaptarse a las demandas de las situaciones
extra familiares, especialmente en la escuela, porque no responden bien a las
estructuras sociales establecidas ni a las figuras de autoridad.
7. Se sienten constantemente aburridos, enfadados, ansiosos y emocionalmente
frágiles. Son impulsivos. Tienen conductas habituales de desafío, mentiras, e
incluso actos crueles hacia los hermanos y amistades.
8. Aparte de la insensibilidad hacia los demás, son muy fríos y tienen una visión de la
vida terriblemente narcisista: empieza en ellos y termina en ellos.

¿Qué hacer?

1. Restaurar el equilibrio familiar. La estructura familiar ha de ser jerárquica. El


equipo de mando son los padres, una familia no es una democracia, aunque se
permita a los niños opinar y se tomen en cuenta. Se debe ser autoridad y guía para
los hijos, puesto que es necesario para su protección y seguridad.
2. Es fundamental el común acuerdo entre los padres para no enviar mensajes
contradictorios al hijo.
3. Desarrollar su conciencia y sentimiento de culpa; conviene enseñar desde la primera
infancia que los actos positivos y la generosidad, compensan por sí mismos; hay que
darles la oportunidad de sentirse bien por haber hecho algo positivo y no premiarlos
con algún objeto.
4. No sobreprotegerlos. De las rabietas y los llantos a las exigencias, los insultos y los
ataques, así se transforma un niño mimado en un tirano, capaz de destruir la
convivencia y la paz familiar. Para evitar llegar a esta situación, conviene marcar
límites a los hijos desde que son pequeños, ser firmes y educarlos en la tolerancia,
desarrollando su conciencia y empatía. Tienen que aprender que en la vida no todas
las cosas buenas llegan de manera fácil. Cuando el niño sufre consecuencias
negativas intentará evitarlas en el futuro siendo más cuidadoso. Sin consecuencias
no hay límites.
5. Estar atento a los síntomas, establecer límites muy claros y no dejar nunca de
ejercer la autoridad.
6. La prisa o el ahorro de tiempo es otro motivo frecuente por el que los padres se
rinden ante sus hijos. Es más sencillo darle al niño lo que pide que tomarse el tiempo
necesario para discutir, con la ansiedad y el esfuerzo que ello conlleva. También es
más rápido hacer algo por un niño que esperar a que él mismo haga el trabajo. Los
pequeños se dan cuenta de esto y, como es natural, toman el camino fácil, que en
seguida se convierte en un patrón de conducta. Hacer que los padres se desesperen
se convierte en el pasatiempo de los hijos.
7. Otra causa para fomentar estas conductas es compensar los fallos de la propia
infancia. Los padres de ahora no quieren educar a sus hijos como lo fueron ellos,
quieren entenderlos y ponerse en su lugar, dándoles aquello que les hubiera gustado
tener o hacer y que no pudieron por las estrictas normas de sus progenitores.
8. Finalmente, uno de los motivos más importantes es el “rating” por el que nos
rendimos a nuestros hijos, ya que queremos gustarles, buscamos ser agradables y
populares frente a sus ojos. Si les gustamos, se portarán mejor y seremos más
generosos; el problema es que fomentamos este patrón de relación aún y cuando
sabemos que se disgustarán cuando nos pidan algo y no se los demos o si les
ordenamos hacer algo aburrido o desagradable para ellos.

¿Cómo marcar límites?

1. El procedimiento de verificación: consiste en asegurarse de que el niño ha


entendido lo que se le ha pedido hacer. Si está distraído y que no ha cumplido con la
instrucción, hay que ponerse enfrente de él y decirle: “¿Me has entendido?”. Si su
respuesta es afirmativa, es que se responsabiliza de hacer lo que se le ha indicado o
de que asume las consecuencias en caso contrario.
2. La técnica del corte: poner fin a sus quejas, llantos, intentos de negociación.
Interrumpir diciéndole que si sigue así, recibirá un castigo y cumplirlo. Hay que
mantenerse firme.
3. La tregua: aplazar la resolución del problema hasta que ambas partes estén
calmadas. Resolver conflictos bajo los efectos de la ira hace que se tomen
decisiones equivocadas, de las que luego podemos arrepentirnos. Si es el padre el
que está tenso hay que decirlo: “Estoy muy enfadado y ahora no puedo pensar.
Cuando me calme continuamos”. Si es el niño el que está alterado se puede decir:
“Te veo muy enojado, cuando estés más tranquilo, seguimos”. Así se pueden resolver
los problemas con más serenidad, llegar a una solución constructiva y enseñarle al
niño lo que es la empatía y la asertividad.
4. Los niños dictadores se incuban entre los papás que compensan su falta de tiempo o
de atención, “comprándolos” con cosas materiales.
5. Si bien para fijar límites es preciso que los progenitores sean más consistentes que
impositivos, hay que establecerlos anticipadamente, insistiendo en cuáles y cómo los
debe cumplir el hijo; además, hay que cambiar progresivamente los límites de
acuerdo a la edad; ser constantes en el cumplimiento de los mismos y no darles todo
lo que pidan.

¿Cómo recuperarlos?

Aunque no existe un patrón único para detectar un caso de niño dictador, si se observan
comportamientos agresivos ante las cuestiones de disciplina, es importante recurrir a los
profesionales para ayudarles a manejar su actuar y prevenir conductas delictivas en el
futuro.

Uno de los graves problemas que cometen los padres es esperar a que sus hijos cambien
solos, creen que es una condición pasajera “propia de la edad”. El llamado a los padres no
puede hacerse sin que se les brinden las herramientas necesarias para resarcir la situación,
por lo cual es de suma importancia contar con el apoyo profesional de los especialistas.

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