Вы находитесь на странице: 1из 177

~

Ralf Dahrendorf

SOCIEDAD

y

LmERTAD

Hacia un análisis socioLólfico de la actualidad

PROLOGO

A

LA

EDlCION

ESPAÑOLA

POR

José Jiménez Blanco

EDITORIAL TECNOS

,'~

./

.:,:

~

)

<t

,.

u 1i,; \,"

"".:"':-

\/ / ,L

. (' e 3.

«'

::;CI

en

;>r;;'

W O d

\.

.¿

,.~-~.

MADRID

Los derechos de la versión en castellano de la obra

GESELLSCHAFT UND

FREIHEIT

Zur 5Ozlologlschen Analyse der Gegenwart

~M

)o~:r5

.D>'~ 'iD

,q{b

editada

por

©

R.

PIPER

&

Co., de

Munich, en

1961,

son propiedad de EDITORIAL TECNOS, S. A.

Traducción

por

JOSE JIMENEZ

BLANCO

},&

edición,

1966

Reimpresión,

1971

© EDITORIAL TECNOS, S. A., 1971

O'Donnell,

27

- Teléf.

Depósito legal:

226 29 23

Madrid

M. '21040.-1971

(9)

Printed

in

Spain.

Impreso

en

España

por

Gráficas

Halar,

S.

L.

 

,

Andrés

de

la

Cuerda.

4.

Madrid.-I971

 

INDICE

Pág.

PRÓLOGO A LA EDICIÓN ESPAÑOLA

11'

PRÓLOGO

A LA

EDICIÓN

ALEMANA

17

SOCIOLOGÍA E IDEOLOGÍA

l.

SOCIOLOGÍA Y SOCIEDAD INDUSTRIAL

 

25

2.

CIENCIA SOCIAL Y JUICIOS DE VALOR .oo

 

3 6

 

MÁs ALLÁ

DE LA

UTOPÍA

 

3. ESTRUCTURA Y FUNCIÓN (Taleott Parsons y el desarrollo de

 
 

la

teoría sociológica)

oo.

oo.

•••

oo.

.oo

oo.

.oo

'"

oo.

oo.

57

4. MÁS

ALLÁ

DE

LA

UTOPÍA

(Para una nueva orientación del

 

análisis

sociológico)

'oo

.oo

oo.

oo.

oo.

oo.

•••

oo.

•••

oo.

87

5. LAS

FUNCIONES

DE LOS

CONFLICTOS

SOCIALES

'oo

oo

108

CONFLICTO

y

CAMBIO

6. BURGUESES Y PROLETARIOS (Las clases sociales y su destino). 127

7. DICOTOMÍA Y JERARQuíA (La imagen de la sociedad del estrato inferior) oo.

oo.

oo,

oo,

oo.

,

oo,

oo,

oo,

oo,

oo,

.oo

150

8. JUECES ALEMANES (Una contribución a la sociología del es­ trato superior)

oo.

oo,

oo,

oo,

oo,

.oo

162

9.

ELEMENTOS PARA UNA TEORÍA DEL CONFLICTO SOCIAL

.oo

180

EL

PROBLEMA

ALEMÁN

10. EL ESTADO REPRESENTATIVO Y SUS

ENEMIGOS

.lll

10

11. DEMOCRACIA Y

fNDICE

ESTRUCTURA SOCIAL EN ALEMANIA

.,.

12. LA

EVOLUCiÓN

DE

LA

SOCIEDAD

ALEMANA

DE

POSGUERRA:

RETOS y

RESPUESTAS

,

CONFORMISMO y

AUTONOMÍA

 

?ág.

229

262

13. DEMOCRACIA SIN LIBERTAD (Un ensayo sobre la política del

'4.

hombre dirigido por otros)

'"

."

EL FUTURO DE LA LIBERTAD

REFLEXIONES SOBRE LA LIBERTAD Y LA IGUALDAD

,

281

3 1 7

PROLOGO A LA EDICION ESPAÑOLA

Ralf Dahrendorf aporta a la sociología actual una versión no dialéc­

o, si se quiere, una versión

sin dialéctica "marxista". El resultado es la teoría del conflicto. A la dia­

léctica de la lucha de nomicismo"

Hay lucha -hay conflicto-, pero no es sólo ni fundamentalmente lucha de clases, ni tampoco son sólo factores económicos los que determi­ nan o condicionan esa lucha. Los conflictos siguen siendo el "motor" del cambio social, pero a diferencia de Marx, desmontando la dimensión dia­ léctica de su pensamiento sociológico, Dahrendorf no pretende parar el carro de la historia suprimiendo las causas del cambio. A la dialéctica de la sociedad "sin clases" -y, por tanto, siguiendo la lógica interna de la teoría marxista, sin cambio histórico-- se opone la sociedad "con conflic­ tos". En este sentido la teoría del conflicto, todavía escasamente formali­ zada en térmillos de sistema lógico cerrado, promete ser una pieza esen­ cial de la teoría sociológica sistemática. •

clases se le ha quitado su "clasicismo" y su "eco­

tica de la teoría sociológica de Carlos Marx;

Ahora bien, Dahrendorf pretende que la tefJría del conflicto -aplica­ ble a ciertos problemas sociológicos- es compatible con la teoría de Par­ sons del sistema social estabilizado aplicable a otros ciertos supuestos. Si la teoría del conflicto se basa en el marco de referencia de una sociedad con conflictos, la teoría de Parsons tiene como marco de referencia una socie­ dad estabilizada por unos valores comunes. Nos parece que ambas teorías no son compatibles, en el sentido de que no pueden reducirse lógicamente a elementos de una sola teoría sistemática.

En efecto, los conflictos son, para Marx y Dahrendorf, fenómenos

14 PRÓLOGO

A

LA

EDICiÓN

ESPAÑOLA

reales o, si se quiere, generalizaciones empíricas. Los conflictos se dan, de hecho, en las sociedades reales. En cambio, el modelo parsoniano del sis­ tema social estabilizado es una presunción teórica, útil en el plano de la teoría analítica, pero en modo alguno resultado de una generalización em­ pírica. POf' tanto, las sociedades reales, para Parsons, son sólo "relativa­

mente" estables.

La consecuencia principal que se desprende de estas dos teorías es que la teoría del conflicto tiene que demostrar que es "verdadera" o "fdsa" (o se dan o no se dan los conflictos y sus implicaciones en las sociedades), en -tanto que la teoría del sistema social estabilizado sólo tiene que de­ mostrar que es o no es un instrumento útil para el análisis de las socie­ dades. Como se ve, ambas teorías hacen afirmaciones de distinto valor lógico y, en consecuencia, no pueden conjugarse como elementos de una misma teoría sistemática. Dicho de otra manera, no son teOf'ías compati­ bles, que se puedan utilizar una u otra a conveniencia, sino -diríamos contagiados del vocabulario de Dahrendorf- que son teorías conflictivas.

Que Dahrendorf desprenda del pensamiento marxista la' dimensión dialéctica no significa que renuncie a toda dialéctica. Desmonta, sí, la dialéctica típicamente «marxista», pero en su lugar no aparece el vacío dialéctico. (¿Existe el vacío dialéctico?) Desde las primeras líneas de este libro, Dahrendorf ha hecho profesión de sociólogo "comprometido" o "responsabilizado" con los problemas de nuestra sociedad. Fiel a esta profesión, la dialéctica "marxista" que se ha desalojado viene a ser sus­ tituida por una dialéctica que llamaremos de la "democracia pluralista".

Para Dahrendorf los conflictos son reales, existen en toda sociedad. Es inútil ignorarlos y, lo que es más importante, intentar solucionarlos definitivamente. La sociedad que lo intenta naufraga en el reino de Utopía, al margen de la historia, policíacamente mantenido. Pero lo que puede hacerse es regularlos; es decir, admitiendo como insoslayable la presencia de conflictos en la sociedad, cabe su regulación; en otras pa~a­ bras, su institucionalización. (Entre paréntesis, ¿no es éste el punto en que Dahrendarf y Parsons están muy cerca de decir lo mismo? ¿No es éste el punto en que Dahrendorf dice explícitamente lo qué Parsons dice implícitamente y que aquél echa de menos en éste?)

Una democracia pluralista es la forma política que Dahrendorf pro-

PRÓLOGO

A LA

EDICiÓN

ALEMANA

15

pone ante los problemas inexorables de los conflictos en la sociedad. Sobre esta cuestión nada quiero adelantar a los lectores. De ella se ocupa

la

segunda mitad de este libro. Son, sin duda, las páginas más brillantes

y

esclarecedoras. Pare el lector su atención en lo mucho que hay de

aprovechable, para un español, en los análisis de los supuestos positivos

y negativos que la Alemania actual presenta para la realización de una

democracia pluralista. (Opinión personal: la democracia pluralista es la mejor forma política que' se le ha ocurrido a la humanidad.)

ha consistido

en precisar el vocabulario técnico. De momento, en España, somos tribu­

tanos de un vocabulano técnico sociológico que procede de otras lenguas. Hay ya cierto acuerdo en la versión castellana de este vocabulario. A con­ tribuir a la fijación de ese acuerdo se ha reducido nuestra labor.

Una

última palabra sobre

nuestra labor de

revisión:

JosÉ JIMÉNEZ BLANCO

Catedrático

de

Sociología

5z

O

O

CJ

;;;O

"'O

O

» » z ~

9 m n » ~

» » r

"Sociedad" y "libertad" son dos términos tan manoseados que ningún editor se los concede de buena gana a su autor. Todo el mundo habla hoy de libertad, y también la sociedad se ha puesto excesivamente de moda en el último decenio. Mas cuando los conceptos se hallan en boca de todos, presentándose además para casi todo el mundo con una faceta distinta en su significado, "ya no sirven"; y muchos emprenden la búsqueda de palabras y fórmulas nuevas y "originales". Confío en que el bondadoso lector perdonará al científico el que no haya tratado de escapar al problema de lo manoseado mediante semejante clase de origi. nalidad. Con mayor razón tiene el sociólogo algún derecho a solicitar dicha tolerancia, pues sus afanes se concentran en dar nueva vida preci. samente a aquellos conceptos evidentes y manoseados de nuestro existir social, que no siempre ve quien busca lo totalmente nuevo. El título de este libro no se ha debido, pues, al afán de encontrar una solución cual. quiera; designa más bien el aspecto que, sobre todo, importa a su autor. Sociedad y libertad son términos de diversa especie y, sin embargo, existe entre ellos una fuerte tensión. La sociedad comporta siempre la idea de estructura, de regulación efectiva de la conducta humana, de seguridad, previsibilidad, límite, imposición y fuerza. En la idea de libertad, en cambio, aletea la posibilidad de la proyección a lo abierto, de lo todavía indeterminado e informe. La noción de que la sociedad suponga siempre una renuncia a la libertad, y la libertad, por el contrario, sea siempre la desvinculación de la sociedad, puede parecer falta de sentido (por metafísica) e incluso peligrosa (por apolítica). Mas la tensión entre sociedad y libertad se nos vuelve a presentar de un modo más específico: ¿Qué hay de las libertades políticas concretas de palabra e imprenta, de propaganda y asociación en la sociedad moderna? ¿Será quiZá posible que esta misma sociedad moderna, que libertó a incontables personas de sórdidas dependencias, haya ce"ado tantas puertas como abrió? ¿Hasta qué punto existe en la sociedad moderna la decisión pri.

20

PRÓLOGO

A

LA

EDICIÓN

ALEMANA

¿Bajo qué condiciones de la

estructura social alcanza esta decisión su punto óptimo y bajo cuáles su

punto

vada y personal y, en consecuencia, libre?

infimo?

Los capitulas de

este libro no despejarán la incógnita. Confío, sin

embargo, en que coadyuven por dos vías a su solución. Su contribución será, en pnmer lugar, de tipo metódico. Me parece que la posibilidad de libertad concierne a muchas personas y debería concernirles siempre, pero es el sociólogo el más calificado para analizar sistemáticamente esta posibilidad en relación con determinadas circunstancias históricas. Claro está que es un presupuesto indispensable para ello que el sociólogo no se limite en su trabajo a considerar de una manera impersonal las expe­ riencias de los demás, sino que elija y trate sus Problemas responsabili­ zándose moralmente con ellos. Todo el que esté familiarizado con la sociología sabe que semejante exigencia se opone a la corriente principal del desarrollo de esta discipli­ na durante los últimos decenios. Por consiguiente, la defensa realizada en pro de una sociología responsabilizada, que constituye el aspecto metódico de este volumen, sólo puede mantenerse en un plan polémico. En diversos planos, y a base de distintos temas, se corrige críticamente en los cinco primeros capitulas del libro el concepto escéptico de una socio­ logía que exige como presupuesto del conocimiento científico la absten­ ción en los juicios de valor. La segunda contribución del presente volumen a la discusión sobre la posibilidad de libertad en nuestra época, es de naturaleza teórica, y con­ siste en la formulación de una cuestión de tipo general, que ocupa el punto central de muchos capítulos. Si la libertad se realiZa efectivamente en la sociedad, ello se debe a determinadas formas políticas. Las institu­ ciones políticas del Estado "representativo" no serán, tal vez, condición suficiente para que sea posible la libertad, pero sí son condición necesaria. Ahora' bien, estas instituciones -un Parlamento con dos partidos, el del Gobierno y el de la Oposición, un mínimo de división de poderes, la celebración regular de elecciones, el control efectivo del Gobierno por el Parlamento, el reconocimiento de determinados procedimientos for­ males en las discusiones- no surgen por casualidad. Así como no pueden crearse o eliminarse arbitrariamente, así tampoco pueden explicarse por unas razones de historia o de teoría política. El problema decisivo para el sociólogo preocupado por la libertad se centra más bien en los pre­ supuestos sociales de la democracia política. ¿ Cómo debe ser la sociedad -y cómo no debe Se1- para que las instituciones del Estado "represen­ tativo" sean eficaces en ella? Esta pregunta no podrá nunca plantearse bastantes veces ni considerarse lo suficiente, pues sólo en apariencia es de naturaleza abstrusa. No creo exagerar si afirmo que esta pregunta en-

PRÓLOGO

A LA

EDICIÓN

ALEMANA

21

cierra en sí todos los grandes problemas sociales y políticos del último decenio. Hay cuestiones que son demasiado importantes como para soportar un análisis directo y exhaustivo. QuiZá la relación existente entre sociedad

y libertad sea una de ellas y justifique, en este sentido, que sea abordada por medio de una serie de ensayos seleccionados. Claro que toda colección de ensayos resulta siempre una categoría literaria poco afortunada, por

satisfecho, pues

el amontonamiento de esquemas e intentos, sólo trabajosamente, puede ensamblarse en un todo del que pueda decirse que cada parte tiene en él su sitio preciso. Repeticiones y vacíos, estilos distintos, temas incone­

xos y la falta de una sola línea de argumentación, roban a la colección aquella tensión que merece cada libro y que no debe faltarle a un buen libro. Esto quiere decir, por otra parte, para el autor, que una colección de ensayos lleva el sello de su personalidad de un modo más acusado del conveniente -al menos en lo referente a publicaciones científicas-o Como falta el engarce objetivo o temático quedan unidas las distintas partes por el hilo del autor común; cada ensayo se con'tlÍerte en una ventana, por la que el lector puede contemplar el taller, pero también ­

dos razones al menos. El . lector apenas puede quedar

penetrar en el corazón del autor. Sólo el lector podrá decidir a fin de cuentas hasta qué punto se pueden suscitar estas objeciones también contra el presente volumen. Pero quizá se permita aquí al autor (que ya nada puede hacer una vez publicado el libro) presentar algunos argumentos en defensa propia. El profesor doctor Heinz Dietrich Ortlieb me animó a publicar algunos de mis trabajos en un solo volumen. Aun cuando me unen muchos años de amistosa colaboración con H. D. Ortlieb confieso que al prindpio no acepté esta sugerencia con mucho entusiasmo. Recuerdo con agrado mi época en la "Akademie für Gemeinwirtschaft". de Amburgo, tan fruc­ tífera en el aspecto personal y profesional, pero no podía disipar la duda de saber si una colección de ensayos sería el camino indicado. para hacer un resumen de todos esos años. Estas dudas fueron cediendo sólo lenta­ mente; después de que la editorial R. Piper, además de manifestar su interés en semejante publicación, hubiese tomado también parte activa en la confección del volumen por medio del doctor Reinhard Baumgart. De este modo sufrió el libro previsto, en el curso de su preparación, un proceso alternativo de crecimiento y reducción, siendo responsable por lo general el autor del primer fenómeno y el editor del último. De un total de más de tres docenas quedaron finalmente aquellos catorce trabajos a cuya publicación no estaba el autor dispuesto a renunciar. Con ello el volumen, previsto en principio como una colección de ensayos, ha recibido una mayor dosis de concatenación interna, pues los trabajos aquí reunidos

22

PRÓLOGO

A LA

EDICiÓN

ALEMANA

no sólo se encuentran ya engarzados en el indicado sentido temático, sino que testimonian de un modo particular aquello que más me importaba, tanto en el aspecto temático como en el metódico. Como a pesar de este desarrollo selectivo es difícil negar la heteroge. neidad del volumen es conveniente dar algunas indicaciones generales sobre los diversos trabajos aquí reunidos. (Las notas al fin del ¡wesente volumen informan detalladamente sobre el curso de publicación de los diversos capítulos). El ensayo más antiguo procede del año 195.4 ("Estruc. tura y función"), el más reciente data de hace sólo unos meses ("Elemen. tos de una teoría del conflicto social"). Algunos capítulos son manuscritos de conferencias apenas modificados ("Sociología y sociedad industrial", "Ciudadanos y ¡woletarios", "El Estado representativo y sus enemigos"), en un estilo más bien ligero; junto a ellos hay ensayos puramente esoté. ricos ("Estructura y función", "Reflexiones sobre la libertad y la igual. ,dad"), que seguramente no cumplirán con todas las condiciones exigibles de claridad y com¡Wensibilidad. Me he esforzado en combinar armonio. samente el colorido' del material empírico con la severidlld del análisis teórico; sin embargo, no siem¡we se pudo evitar que en unos dominase el testimonio empírico ("Dicotomía y Jerarquía", "Jueces alemanes"), en otros la argumentación abstracta ("Ciencia social y juicios de valor", "Más allá de la Utopía"). Exactamente, la mitad de los capítulos se han publicado ya en lengua alemana, aun cuando también casi todos ellos han sufrido modificaciones. Tres trabajos se han publicado hasta ahora sólo en inglés (idioma en que fueron escritos originalmente): "Más allá de la Utopía", "Dicotomía y Jerarquía", "Democracia sin libertad". Final. mente son cuatro los ensayos que se im¡wimen aquí por vez primera ("Ciencia social y juicios de valor", "Las funciones de los conflictos so· ciales~', "Ciudadanos y ¡woletarios", "Elementos para una teoría del conflicto social"). A pesar de la multiplicidad de los estilos, de los temas y del origen .de sus partes me atrevo a esperar que se pueda considerar este volumen casi como un libro. Quien se tome el trabajo de leer los ensayos aquí reunidos, enlazándolos unos con otros, obtendrá al mismo tiempo unas no· ciones de introducción a la sociología moderna y un análisis de la sociedad actual. A esto nos referimos al subtitular el ¡wesente libro "Análisis sociológico de la actualidad", con la esperanza de que alcance dicho objetivo.

Tubinga, verano de Ig6I.

R.

D.

SOCIOLOGIA E IDEOLOGIA

SOCIOLOGIA y

1

SOCIEDAD INDUSTRIAL •

Si se quisiera concretar, un poco irrespetuosamente, el lugar his· tórico de algunas grandes disciplinas del pensamiento humano, po­ dríamos afirmar: lo que la Teología significó para la sociedad feudal medieval y la Filosofía para la época de transición a la Edad Moderna, eso mismo significa la Sociología para la sociedad indus­ trial. Las tres disciplinas fueron o son, prescindiendo de los fines que les son propios, instrumentos de autointerpretación de determi· nadas épocas históricas. Y, en este sentido, se han impuesto sobre todo por el hecho de que supieron combinar de un modo disimulado, pero no por ello menos efectivo, la faceta de la autointerpretación con la de justificantes de estructuras típicas de la época. Los teólo­ gos de la Alta Edad Media, los de la Reforma luterana y de la Contrarreforma, los filósofos del Empirismo irglés, de la Ilustración francesa y del Idealismo alemán y los sociólogos de muchos países en épocas recientes y actuales fueron o son también los ideólogos de sus sociedades: hombres que representan los hechos políticos y sociales en sus sistemas o teorías de tal manera que lo real en cada caso aparece si no como razonable, sí, al menos, como necesario. El cambio sufrido en los instrumentos de estas autojustificaciones de época testimonia, por una parte, la existencia inmutable de la necesidad de trascender ideológicamente la realidad de las socieda­ des humanas y, por otra parte, las mutaciones sufridas en la orien· tación de esa necesidad. Es punto a discutir si el paso de la Teología a la Filosofía, y de ésta a la Sociología, representa una tendencia inequívoca del desarrollo social, si se trata de un progreso o retro­ ceso; pero seguramente valdría la pena de COnsiderar el hecho de que sociedades que pudieron satisfacer sus necesidades ideológicas con el espejismo de un mundo ultraterreno, pensado o creído, hayan sido relevadas hoy por otras sociedades que esperan sólo de las ciencias la . solución a todos sus problemas.

• Redactado en 1960. Manuscrito ligeramente retocado de una conferencia

en la "Universidad por radio" de la emisora RIAS, de Berlín, publicado como

tal en la revista Politische Studien, cuaderno 128 (1960).

26

SOCIEDAD

Y

LIBERTAD

Mas semejante reflexión no entra en nuestro tema. Al indicar esta posibilidad sólo queremos hacer notar que también la sociología, como sociología de la sociedad industrial, y como disciplina cientí. fica, puede ser objeto de esa especie de desmitificación crítica que ella misma apoya. Sociología y sociedad industrial mantienen rela. ciones sumamente extrañas. Por una parte ha nacido la sociología en la sociedad industrial; apareció y adquirió importancia como secuela de la industrialización. Pero, por otra parte, la "sociedad industrial" es la niña mimada de la sociología; su propio concepto puede considerarse como un producto de la moderna ciencia social. La mutua paternidad es causa de una relación de parentesco para­ dójica y desconocida incluso entre los antropólogos. Mas precisamen­ te por ello parece aconsejable analizar algo más detenidamente las re­ laciones de la sociología y de la sociedad industrial, mitos demasiado poco discutidos. Al relatar el origen histórico de la sociología suele iniciarse la evolución de la ciencia social con la antigüedad griega, con Platón

y Aristóteles. Bien sea con el fin de proporcionar la dignidad de una

venerable tradición a una disciplina que todavía se esfuerza por por obtener el reconocimiento académico, bien sea también para enlazar la filosofía antigua con las modernas ciencias sociales, el caso es que el estudio histórico de la sociología evoca la apariencia de continuidad allí donde ésta realmente no existe. Claro está que Platón y Aristóteles, Cicerón y Tácito, San Agustín y Santo Tomás,

y muchos otros pensadores e historiadores se han ocupado de asun­

tos sociales, han pensado sobre las formas reales y posibles de la sociedad y han tratado de investigar las leyes del desarrollo social.

Mas es igualmente cierto que la tipicidad de las estructuras socia­ les todavía no se había convertido para estos pensadores en un pro­ blema de análisis científico. Todos ellos han aceptado los hechos de

la desigualdad de los hombres, cuya problemática debía dar origen

más adelante a la sociología, como "naturales", o "instituidos por Dios", o también como "obra del demonio". Para Platón, unos habían nacido con oro, otros con plata; para Aristóteles, unos eran señores por naturaleza, los otros esclavos; la sociedad, la buena so­ ci~dad, no era para ambos otra cosa que el intento de canalizar estas discrepancias naturales y establecer un orden en ello. El pen­ samit-nto cristiano de la igualdad de todos ante Dios no impidió a los teólogos y políticos medievales aferrarse al pensamiento, repro­ ducido en mil formas diferentes, de que "Dios creó a los hombres en posición alta o baja y ordenó su status social".

Sólo en el siglo XVIII se transforma repentinamente en un pro.

SOCIOLOGfA

E

IDEOLOGfA

27

blema el hecho, instituido por Dios y por la Naturaleza, de la des­ igualdad de los hombres. En el año 1754 propuso la Academia de Dijon, como tema de un concurso literario, el significativo problema:

"¿Cuál es el origen de la desigualdad humana? ¿y está ésta legiti. mada por el derecho natural?" Todavía titubeaban los sabios en aceptar soluciones demasiado radicales. Adjudicaron el premio a un teólogo y no al trabajo de Jeán-Jacques Rousseau, que buscaba el origen de la desigualdad en la propiedad privada, es decir, en un fenómeno social. Mas la pregunta quedaba hecha. Poco después es· cribía el escocés Millar su libro "Sobre el origen de las diferencias de rango"; también él veía en la propiedad privada la fuente de toda desigualdad social. No de otra manera argumentaba Schiller en sus lecciones sobre Historia Universal en la Universidad de Jena al des· cribir la "primera sociedad humana". Con estos escritos comienza una tradición de pensamiento y de investigación, que tiene su pri. mer cenit en Marx a mediados del siglo XIX. Aquí empieza al mis­ mo tiempo la historia de la sociología como desarrollo continuo del tratamiento científico de un problema propio. No siempre las circunstancias nos facilitan la labor de descubrir el trasfondo social de las corrientes ideológicas, como en el caso de la discusión del problema de la desigualdad social en el siglo XVIII. Al menos, en Francia e Inglaterra encontramos en esta época socie· dades en las que ha entrado en crisis el principio de legitimidad del sistema está1l1ental de privilegios. ¿Ha creado Dios realmente a los hombres socialmente "altos" o "bajos? ¿Son las diferencias sociales una consecuencia de derechos naturales, es decir, hereditarios? ¿Es el hombre efectivamente por nacimiento lo que es, o no es más bien aquello que posee? La revolución industrial estaba entonces todavía en sus primeros pasos, pero ya a fines de siglo XVIII se dieron cuen· ta algunos pensadores' e investigadores de que estaba en vías de aparecer una nueva sociedad en la que la desigualdad humana sería considerada desde un punto de vista distinto del criterio hasta en· tonces válido. La imposición de la noción moderna de la igualdad de los ciudadanos en el Estado, y la formación de una clase social fundada en su posición económica, fueron los estímulos fundamen· tales de aquella evolución intelectual que más tarde desembocó en la sociología científica l. Pero "las instituciones mueren a causa de sus victorias". Apenas

1 Cfr. para este problema mi exposición más detallada en la monografía Uber den Ursprung der Ungleichheit unter den Menschen (Sobre el origen de la desigualdad entre los hombres). (Tubinga, 1961.) AlU mismo otras citas y más bibliografía.

28

SOCIEDAD

Y

LIBERTAD

un siglo después de sus comienzos había nacido la sociología como

ciencia y ya comenzó a desarrollar una autolegislacion profesional en la que fueron quedando cada vez más en la penumbra los impul­ sos que animaron su origen. Las etapas más importantes de este proceso son, probablemente: la discusión de los juicios de valor y

la fundación de la Sociedad Alemana de Sociología antes de 1914, el

descubrimiento de la investigación social empírica, en el segundo de· cenio y comienzos del tercer decenio de nuestro siglo, y la sorpren­ dente floración de la sociología americana en los años 30 y 4(). La sociología nació como resultado de una situación histórica evolutiva

en

el cruce de la época designada con cierta imprecisión como feudal,

y

del periodo moderno industrial-capitalista; nació como secuela

del estupor despertado por el descubrimiento de que relaciones te­ nidas hasta entonces como naturales resultasen mutables e histó­ ricas. En el siglo XIX, la crítica social sustituyó a la pregunta mara·

villada, desde Saínt-Simon y Proudhon hasta Ruge y Marx, y de ellos a Le Play, Booth y muchos otros. En todos ellos el análisis so­ ciológico era antes un instrumento de desorientación que de orien­

taci6n. En cuanto suministraban esquemas intelectuales y filosóficos eran filósofos y no sociólogos; en cuanto sociólogos trataban de des­ cubrir los males reales y no de justificarlos. Mas luego, con la dis­ cusión de los juicios de valor en la Asociación de Política Social y

la

imposición de la tesis de Max Weber de la inhibición valorista en

la

Sociedad Alemana de Sociología, se inició el siglo científico de

esta disciplina. Se había perdido el primitivo estupor y se había des­ terrado la valoración crítica; lo que quedó fue y es el intento de captar la realidad social y la postura del hombre en ella con el único medio de conocimiento reconocido como válido en nuestro siglo,

a sáber, la cienci? de la experimentación.

Uno de los primeros resultados de este nuevo giro de la socio­ logía fue la creación de la sociedad industrial. En realidad, el con­ cepto de sociedad industrial data del siglo XIX; pero sólo en los últimos decenios alcanzó su plena floración e importancia. Los so­ ciólogos y economistas políticos del siglo XVIII aún no tenían nom­ bre apropiado para designar la transformación que se realizaba ante sus ojos. Los sociólogos del siglo XIX interpretaban la sociedad, sobre todo, de un modo polémico: como sociedad capitalista, socie­ dad de la enajenación, de la injusticia, de miseria y opresión. Con

la ciencia avalarista comenzaron también a buscarse términos asép­

ticos, y entre ellos se destacó el de sociedad industrial como el más resistente y eficaz.

Mas la sociedad industrial no era solamente una creación con-

SOCIOLOGíA

E

IDEOLOGÍA

29

ceptual. Pronto se llena de contenido, y fue este contenido el cau­ sante del mito de la sociedad industrial. El problema del origen de

la sociología, el problema de la desigualdad entre los hombres, lo

muestra can toda claridad. La época de la revolución industrial se caracteriza por la caída de aquel sistema privilegiado de desigualdad social, que designamos preferentemente como orden estamental. Pero los pensadores e in­ vestigadores sociológicos del siglo XIX y comienzos del XX se dieron perfecta cuenta de que con la caída del orden estamental no había desaparecido la desigualdad entre los hombres. Su gran tema era la desigualdad como consecuencia de la propiedad y del poder:

la lucha de clases y la sociedad que mide a cada cual según sus in­

gresos y posesiones. La sociedad igualitaria, con la que soñaban estos hombres, era un cuadro bélico frente a la realidad no iguali­ taria. Sólo en los últimos decenios descubrió la sociología científica algo completamente nuevo en el desenvolvimiento de la realidad:

la sociedad industrial. También en ella existen todavía, según el cuadro actualmente válido, estratos sociales e incluso, quizá, clases soci~les; por tanto, también se da en ella la desigualdad humana. Mas para la mayoría de los sociólogos de la sociedad industrial ha perdido esta desigualdad su aguijón, e incluso tiende a su propia

disolución en una forma de estructura social que según los gustos y facetas de cada cual se describe como "sociedad adquisitiva", "so­ ciedad de masas", "sociedad de clase media nivelada", "sociedad clasista", "sociedad de la época post-ideológica", pero siempre como "sociedad industrial". Contemplemos más de cerca algunas de las características designadas Cama típicas de la sociedad industrial de nuestro tiempo. Nos encontramos, en primer lugar, con el campo de los estratos sociales, es decir, de la desigualdad misma. La imagen dominante en la actualidad acerca de la estratificación social de la sociedad industrial está caracterizada sobre todo por tres elementos: en pri­ mer término, se habla de una tendencia a la nivelación por el acer­ camiento de los de "arriba" y los de "abajo". Se argumenta que desde la Revolución francesa gozan todos los hombres de un mismo

y común statutus fundamental: el del ciudadano. Se han eliminado en la sociedad las diferencias de principio entre los hombres. Las discrepancias accidentales que han quedado ya na son tan grandes Cama antes; la jerarquía en la estratificación social se ha reducido, tanto si se aplica el criterio de los ingresos como el del prestigio, la formación o incluso el del poder. En segundo término, nos en­ contramos con una fuerte concentración en el campo medio dentro

SOCIEDAD

Y

LIBERTAD

jerarquía reducida. Mientras que en todas las sociedades

_diuas la mayoría de los hombres se concentraban en el estrato

una inmensa mayoría ocupa ahora la posición

en un sentido "objetivo" -en cuanto a in.

gresos y prestigio social, medios y situación de formación y poder

como también en sentido "subjetivo", en

cuanto que la mayoría se consideran hoy como pertenecientes a la "clase media". Y en cuanto a las restantes diferencias, se puede afirmar, en tercer lugar, que el individuo en la sociedad industrial no se halla encadenado a su posición social; puede moverse libre­ mente, bajar y, sobre todo, subir de categoría. Si no consigue él el ascenso, pueden conseguirlo sus hijos. En cualquier caso la opor­ tunidad del libre movimiento complementa la tendencia a la com­ pensación en las diferencias de las;,posiciones sociales. Más allá del ámbito de la estratificación social queda marcado el cuadro sociológico de la sociedad industrial por un tipo de aná­ lisis que apunta en la misma dirección y que puede concretarse más acertadamente por el conocido tema de la "sociedad masiva". La sociedad industrial es una sociedad de masas, es decir (en cuanto se esconde siquiera en ese concepto un sentido determinable), en ella se convierte el individuo en un granito de arena que no puede distinguirse en nada de sus semejantes. Pierde su individualidad, bien como juguete de los demagogos, bien como término objetivo de la propaganda y de los llamados medios de comunicación ma­ siva, bien como "individuo dirigido desde fuera". Para demostrar esta tesis se aduce como prueba la conducta masiva, la moda: todo el mundo quiere pasar sus vacaciones en Italia, todos se sientan noche tras noche ante el televisor, todos quieren coche, todos se visten como todo el mundo, incluso todos piensan y sienten y hacen lo mismo en el trabajo y en el tiempo libre, en su ambiente social y político. Es lógico que, en este sentido se atribuya a la sociedad industrial una estructura que conduce a la eliminación de la desigualdad entre los hombres mediante su transformación en Llna masa genérica y gris, de uniformidad anónima. El análisis sociológico de la sociedad de masas tiene, por lo ge­ neral, un cierto sabor despectivo, tras el cual, no obstante, no se esconde apenas otra cosa que la p.etulancia snobista del intelectual que se tiene po~ diferente, es decir, por mejor, tal como lo ha de­ mostrado Hofstiitter claramente 2. Tanto más favorablemente, en cambio, se, valora por casi todos los sociólogos un tercer aspecto

.

;emquico inferior,

media. Esto vale tanto

entre dos extremos-

2 En su libro Gruppend"namik (Dinámica de grupos). (Hamburgo, 1957.)

SOCIOLOGÍA

E

IDEOLOGÍA

31

básico de In sociedad industrial, que se ha designado con otro tópico nuevo: el tópico de "sociedad adquisitiva". En la sociedad esta­ mental la posición social del hombre dependía de su nacimiento; en la sociedad industrial del siglo XIX el hombre era lo que tenía; es decir, su situación social se determinaba de acuerdo con sus in­ gresos y posesiones. La sociedad industrial, en cambio, descansa sobre una nueva base de ordenación: ahora el hombre es lo que logra. El rendimiento determina la situación social de cada cual; y las institucione~ del sistema educativo tienen la misión de calibrar la capacidad de rendimiento de cada individuo a fin de dirigir a cada cual hacia el puesto que le corresponde en la sociedad. Todos tienen idénticas oportunidades, puesto que ni el origen ni la pro­ piedad deciden ya la situación social del individuo; también la so· ciedad adquisitiva conduce a eliminar la desigualdad entre los hombres. La sociedad industrial está nivelada, masificada, fundada en el principio del rendimiento. Pero tiene todavía una cuarta caracterís­ tica, que apenas falta en los análisis sociológicos más recientes ---de cualquier lengua y origen- y que es quizá la más curiosa de todas:

en la sociedad industrial desaparece el dominio del hombre por el hombre; es decir, el instrumento más eficaz de separación entre arriba y abajo que aglutinaba y desmembraba a todas las socieda­ des antiguas. En este sentido, se habla hoy mucho de la fábrica automática, en la cual todas las relaciones de dominio se han trans­ formado en un programa de mecanismos guiados electrónicamente, en donde nadie da órdenes y nadie ha de obedecer. "Mutatis mu­ tandis" se aplica este esquema también a los sistemas políticos; aquí se habla de la "estructura amorfa del poder" o del "predominio de la ley" (en oposición al predominio humano), de la "transformación del Estado" en un mero organismo administrativo y del pluralismo de grupos, que impide la formación de núcleos de poder. De esta manera, nadie está en realidad supra o subordinado; también en el campo del poder y de la servidumbre ha eliminado la sociedad in· dustrial la desigualdad entre los hombres. Este es -a trazos gruesos y un poco quizá recargados- el cua· dro que esboza la sociología científica de la sociedad industrial. Al tratar de diseñar este cuadro no he citado nombres, aunque podría aducirse una larga lista de ellos: casi todos los sociólogos de todos los países han aportado su granito de arena para facilitar el naci­ miento del concepto de sociedad industrial. En cuanto lo hicieron como sociólogos con rango científico han otorgado a este cuadro, al mismo tiempo, un marco que desde nuestro punto de vista tiene

32

SOCIEDAD

Y

LIBERTAD

especial importancia: la sociedad industrial no es una imagen ins­ pirada o especulativa; no es por ello tampoco, cosa evidente para la sociología, ideología tendenciosa que trate de justificar el predo­ minio de determinados grupos sociales; es más bien la imagen de nuestra época, tal como ha sido obtenida mediante una investiga­ ción "objetiva" y "avalorista". Esta tesis es para la mayoría de los sociólogos un presupuesto evidente. Sólo en los últimos tiempos han emprendido algunos sociólogos la tarea -por ejemplo, Helmut Schelsky en Alemania y Daniel Bell en los Estados Unidos 3_ de fundamentar dicho presupuesto, argumentando que vivimos en una "época postideológica', en la que ya no son posibles, o al menos ya no son efectivos, los cuadros defonnadores de la realidad como instrumentos de autojustificación social. Prescindiendo de que se acepte esta tesis o -?"o, es cierto que la noción de que la sociología pueda ser tal vez un eco ideológico de su creación más estimada (la sociedad industrial), aparece cada vez menos en los análisis cada vez más numerosos de la sociedad moderna.

tesis de las presentes

reflexiones. Afirmo que la sociedad industrial, según el concepto sociológico aquí esquemáticamente presentado, es un mito y un producto de la fantasía sociológica, y que no resuelve, además, todas las preguntas básicas que hemos de formular a las sociedades de nuestra época. Hay que fundamentar esta afirmación. Al afirmar que la sociología de la sociedad industrial es una ciencia se quiere decir que ha de proceder de un modo "avalorista"; es decir, que las convicciones y prejuicios personales del investiga. dor deben permanecer alejados del análisis objetivo. Sin embargo, si contemplamos con algún detenimiento el cuadro sociológico de la sociedad industrial, veremos muy pronto, y con toda claridad, que aquí sólo se puede hablar de asepsia valorista en un solo sentido:

este cuadro no se basa -como la sociología del siglo XIX- en es­ tímulos crítico-sociales; por el contrario, los sociólogos se preocupan afanosamente en desterrar de sus análisis cualquier distanciamiento crítico de la realidad; pero con ello resulta inopinadamente que surge una imagen que valora, pero en sentido inverso, una imagen de la armonía, de la integración, del reconocimiento de lo real como ló­ gico y exacto. Claro está que queda casi siempre la condición res­ trictiva de la sociedad de masas, pero esto sólo justifica la reserva

Sin embargo, esta noción es una de las

3

Cfr. H.

SCHELSKY:

Ortsbestimmung

der deutschcn Soziologie (Deter­

minantes de la sociología alemana). (Düsseldorf-Colonia, 1959) y D. BELL:

The End 01 Ideology. (New York, 1960.)

y D. BELL: The End 01 Ideology. (New York, 1960.) SOCIOLOGfA E IDEOLOGíA 3 3 mental

SOCIOLOGfA

E

IDEOLOGíA

33

mental privada del intelectual, y no propiamente su postura crítica. En conjunto, vibra en casi todas las investigaciones sociológicas re­ cientes el sentimiento inexpresado de que todo está bien en nuestro mundo social y de que la realidad misma tiende hacia formas cada vez más justas y mejores. Este acento conservador de la sociología moderna no puede negarse y es incluso admitido por algunos so­ ciólogos. Con menos agrado se ve que en él se esconde igualmente una especie de valoración especialmente sospechosa de ser ideoló­ gica; vale la pena analizar este hecho. El concepto de sociedad industrial contiene un elemento de bené­ vola generalización. Todas las diferencias particulares entre las dis­ tintas sociedades desaparecen dentro del mismo: la sociedad inglesa, americana, alemana, francesa y pronto también la rusa, se funden en ella en un modelo genérico, que promete a todos los países idén­ tica esperanza. Pero, ¿es que dichas sociedades son, en efecto, tan semejantes? ¿No hay más bien una inexactitud intranquilizadora en este concepto de sociedad industrial? ¿No será un intento de evadir el problema de las <;Jracterísticas particulares, y quizá menos agra­ dables, de la sociedad americana o alemana o rusa? ¿No queda sin decir, es más, sin preguntar, todo lo fundamental, si nos acercamos a la realidad con esa inocente idea general de la sociedad industrial? Alemania e Inglaterra son sociedades industriales; pero Inglaterra es la madre de la democracia liberal y Alemania la madre del mo­ derno Estado· autoritario. América y Rusia son sociedades indus­ triales y, sin embargo, su enemistad imprime carácter a nuestra época. ¿No son éstos problemas sociológicos? Me parece que son incluso nuestrOs problemas fundamentales. Mas para solventarlos hemos de liberarnos inexcusablemente del mito idílico de la sociedad industrial. También, en lo que se refiere a cualesquiera sociedades deter­ minadas, resulta un mito la sociedad industrial. ¿Es que efectiva­ mente no existe ya la desigualdad entre los hombres en las socie­

dades modernas?

esta desigualdad? ¿No son también la categoría del coche, el lugar de vacaciones, el estilo de la vivienda otros tantos símbolos efectivos y que dejan huella de la estratificación social, como lo eran los pri­ vilegios eh la sociedad estamental? ¿No se puede decir que la socie­ dad de rendimiento, que en realidad es una sociedad de títulos y certificados, es tan poco "natural" o "justa". como lo era la sociedad de origen o de la propiedad? ¿Ha elÍminado efectivamente la divi­ sión del trabajo y la burocratización del poder cualquier forma de supra y subordinación entre los .hombres? ¿No existen ya en la so­

¿O quizá se han modificado sólo las formas· de

3

34

SOCIEDAD

Y

LIBERTAD

ciedad actual el "arriba" y el "abajo"? Admito que se trata de cuestiones difíciles, que no pueden contestarse de ningún modo con una sencilla afirmación o negación; pero creo poder afirmar que cada una de estas preguntas nos descubriría un aspecto de nuestra sociedad que no responde a la imagen armoniosa de la sociedad industrial. Es sobre todo su regusto armonizador el que hace aumentar la sospecha de que el concepto sociológico de la sociedad industrial es un eco ideológico. Si quisiéramos dar fe a todas las tesis mani­ fiestas y latentes de la investigación sociológica, deberíamos conve­ nir en que nuestra sociedad es la utopía hecha realidad, o, por mejor decir, hecha casi realidad, pues las obras sociológicas se distinguen por un acumulamiento sospechoso de afirmaciones de "tendencia". "Tendemos" a la sociedad de rendimiento, a la nivelación, a la ma­ sificación, etc. Estas afirmaciones de tendencia hacen creer en mo­ destia y empaque científico; en realidad no son ni lo uno ni lo otro. En realidad no son otra cosa que puras profecías, pues para esta­ blecer pronósticos objetivos todavía le falta a la teoría sociológica fundamento. ¿Por qué razón, pues, la constante tendencia a profetizar para un futuro próximo una sociedad industrial justa y armónica? ¿De qué fuentes se alimenta semejante ciencia? ¿A quién sirve? Aquí se ve claramente que la sociología moderna de la sociedad industrial no es en realidad otra cosa que la ideología de aquella capa buro­ crática y de pequeña burguesía que se designa a sí misma como "clase media" y que domina muchas sociedades modernas; capa a la que, por lo demás, pertenecen también los mismos sociólogos. Se ha hecho dificultoso en la reciente sociedad americana, inglesa y también alemana designar cualquier grupo con toda claridad como la capa superior de esa sociedad. La división del trabajo en el poder y en el status social ha aumentado el volumen de los grupos domi­ nantes reduciendo al mismo tiempo su homogeneidad. A pesar de ello, los burócratas, los "managers" y los técnicos forman una capa superior, una clase dominante, a la que debe servir una ideología armónica de la sociedad industrial, para reforzar su débil funda­ mento de legitimidad. Al menos en un punto ha continuado fiel­ mente los pasos de sus antecesores la moderna meritocracia de títulos y certificados: también necesita una ideología que justifique la desigualdad. La sociología es la encargada de suministrar dicha ideología con el mito de la sociedad industrial'.

Dicha ideología sigue también a sus antecesores en el hecho de consi-

SOCIOLOGíA

E

IDEOLOGíA

35

No es casualidad que sea precisamente la sociología la que procure dicho refuerzo ideológico a la sociedad industrial. Los bu­ rócratas, "managers" y técnicos constituyen un grupo dominante "invisible" que evita cuidadosamente aparecer como tal. Necesita por ello de una ideología lo más "neutral" posible, cuyo carácter de justificación no sea patente a simple vista, una ideología con el nimbo de la ciencia. En parte lo procuran las especulaciones pseudo­ científicas de los físicos modernos sobre "la imagen del universo de nuestra época"; pero en su mayor parte, y cada vez en mayor medida, interviene aquí la sociología. Con ello acontece inopinada­ mente que la misma sociología se transforma en un mito; a saber, en un sucedáneo para decisiones morales y convicciones metafísicas -quizá, también, religiosas-o Si la sociología fuera efectiva­ mente sólo aquello que pretende ser, es decir, una ciencia, nos podría ayudar desde luego a captar en las redes de la inteligencia humana' y dominar teóricamente otro aspecto más del mundo, pero no podría convertirse en sucedáneo de la moral ni de la reli­ gión. El mundo de la ciencia será siempre una geometría no-eucli­ diana de la existencia humana; si la ciencia suministra imágenes del mundo ha traicionado a su misión. La llamada ciencia de la Sl- ~iedad de los países comunistas es un mito, una ideología; aquí se ehcuentra su fuerza, pero también su debilidad, pues es fácil desenmascararla como tal. Desgraciadamente, la sociología de la sociedad industrial se halla también en el camino más apropiado para desempeñar un papel semejante en los países no-comunistas. De aquí que sea oportuno el consejo de buscar en su sitio propio las fuentes de nuestra comprensión del mundo y de la sociedad; es decir, de buscarlas en el campo de los valores y convicciones, más allá de la ciencia meramente instrumental. Sólo si liberamos a la sociología del peso de exigirle que sea una auto-comprensión de época y a nuestra imagen ética del universo, de la ilusión de verla consagrada por la ciencia, se atribuirá a cada una de ellas lo que le corresponde.

derar las circunstancias sociales contemporáneas, en particular sus caracterís­ ticas desigualdades, como "naturales" ----es decir, fundadas en dotes perso­

The

Rise o{ the Meritocracy. (Londres. 1958.)

nales y rendimiento--. Cfr. ad hoc la utopía polémica, de M. YOUNG:

2

2 CIENCIA SOCIAL Y JUICIOS DE VALOR * I Un capítulo dramático en la historia de

CIENCIA SOCIAL Y JUICIOS DE VALOR *

I

Un capítulo dramático en la historia de la ciencia social alemana tuvo su punto álgido el día 5 de enero de 1914 en Berlín, durante una sesión del comité ampliado de la Asociación de Política Social, creada en 1872. Las circunstancias que acompañaron a dicha sesión rueron ya bastante extrañas. Las dncuenta personas escogidas que tomaron parte en la sesión acordaron, antes de entrar en la discu­ sión del tema, una serie de medidas que ya habrían bastado por solas para garantizar a esta reunión el ingreso en la historia y en la leyenda: enviaron a casa a los taquígrafos, prohibieron cualquier protocolización, se obligaron al silencio frente a extraños y no per­ mitieron que se publicaran los trabajos redactados por eximios cientí­ ficos sobre dicha discusión. Los temores que pudieron haber dado motivo a semejante secreto quedaron justificados. La discusión ter­ minó con un apasionado choque de las opiniones y de las personas que dividió para muchos años -yen algún aspecto hasta hoy- en dos campos a la ciencia social alemana. El tema: que fue capaz de

• Redactado en 1957 como manuscrito para mi conferencia de cátedra ante la facultad de Filosofía de la Universidad del Sarre. Repasado y comple­ tado en 1960. Manuscrito no publicado hasta la fecha. La renovada actualidad del tema se deduce ya del hecho de haberse ocu­ pado de él varios sociólogos más jóvenes en los últimos años. Cfr., por ejem­ plo, F. H. TENBRUCK: Die Genesis der Methodologie Max Webers. (La gé­ nesis de la metodología de Max Weber), Kolner Zeitschrift für Soziologie 11/4 (1959) Y CH. von FERBER: (Der Westurteilssreit 1909/1959. Versuch einer wissenschaltsgeschichtlichen Interpretation). (La discusión de los illl­ cios de valor en 1909/1959. Intento de interpretación científico·histórica). Kolner Zeitschrift für Soziologie, 11/1 (1959). Quizá revele esta renovación de un problema que ya se creía enterrado el deseo de una "sociologie enga· gée", tal como se defiende aquí.

SOCIOLOGfA

E

IDBOLOGíA

37

provocar medidas tan extraordinarias y semejantes resultados fue el tema que hoy nos ocupa: ciencia social y juicios de valor. Incluso hoy no resulta fácil reconstruir en todos sus detalles los pr()leg6menos y el desarrollo de aquella memorable "disputa sobre los juicios de valor" (como ya se la llamó entonces), y es además imposible hacerlo sin inclinarse hacia uno de los dos bandos. Pres­ cindiendo de lo que pueda pensarse sobre la posibilidad y oportu­ nidad de una ciencia social avalorista, parece cierto que el tema mismo de la inhibición valorativa no puede discutirse de un modo "avalorista" o incluso desapasionado. Está demostrado que ya desde principios de siglo apareció la cuestión de los "juicios de valor prácticos" en la ciencia social cada vez con mayor frecuencia y apasionamiento en las discusiones de la Asociación de Política So­ cial. Cuando en el año 1904 asumieron Edgar Jaffé, Werner Sombart y Max Weber la dirección del "Archivo de Ciencia y .Política So­ cial", publicaron un artículo programático, que contenía la siguiente declaración: "Por consiguiente, en las columnas de esta revista apa­ recerá inevitablemente también la política social, junto a la ciencia social. Pero no pensamos en absoluto designar como "ciencia" tales discusiones y evitaremos, en cuanto podamos, mezclarlas y confun­ dirlas" '. Esta declaración era un ataque abierto e incluso una afrenta dirigida contra la Asociación de Política Social y, sobre todo, contra su dirigente, entonces aún casi indiscutible: Gustav von Schmoller. Schmoller había atribuido a la ciencia econóinica la tarea de "explicar lo particular por sus causas, enseñar a compren· der el desarrollo de la Economía y predecir el futuro en cuanto sea posible", así como de "indicarle el camino recto" y recomendar determinadas "medidas económicas" como "ideal" a imitar 2. Ya en la siguiente sesión de la Asociación, en la sesión de 1905 en Mann­ heim, tuvo lugar un choque violento en este tema entre Schmoller y Max Weber, que proporcionó a este último ---en unión de algunos otros- el calificativo de "ala izquierdista radical" y que no quedó sin consecuencias. Pocos años más tarde, en 1909, fundó aquella "izquierda radical" la Sociedad Alemana de Sociología, en cuyos estatutos de 1910 se decía con toda claridad: "La finalidad de la sociedad es el fomento del conocimiento sociológico mediante in­

, M. WEBER: "Die Objektlvitat sozialwissenschftlicher und sozialpoli­ tischer Erkenntnis". (La obietividad del conocimiento científico-social y polí­ tico-social), Gesammlte Aufsatze zur Wissenschftslehre. (Tubinga, 1951), pá­ gina 157. 2 G. SCHMOLLER: Grundiss der allgemeinen Volkwirtschftslehre. (Esque­ ma de la teoría económica general.) (Munich-Leipzig, 1920), pág. 77.

38

SOCIEDAD

Y LIBERTAD

vestigaciones de naturaleza puramente científica y la publicación

y sostenimiento de trabajos exclusivamente científicos. Rechaza el

representar cualesquiera fines de tipo práctico (ético, religioso, po­ lítico, estético, etc.) 3. Apenas hace falta señalar la expresa adver­ tencia en la memoria del consejo directivo, presentada en la segunda reunión de los sociólogos alemanes (1912), para decubrir el carácter

polémico de este párraf-O -y de la fundación de la Sociedad Ale­

mana de Sociología como tal-: "A diferencia de la Asociación de Política Social, que existe precisamente para la difusión de deter­ minados ideales, no pensamos en propaganda alguna, sino sólo en

la investigación científica"·. Efectivamente, en el escrito fundacional

de la Asociación de Política Social se había proclamado que impor­ taba "apoyar el favorable desarrollo de la industria, suscitar a tiempo la intervención bien ponderada del Estado para proteger los intereses legítimos de todos y fomentar el cumplimiento de las máximas aspiraciones de nuestra época y nuestro país" 5. Sin embar­ go, los "científicos puros" continuaron siendo miembros de la Aso­ ciación e incluso, en noviembre de 1912, suscitaron en una circular aquella "disputa de los juicios de valor" que mencionamos al prin­ cipio. A fin de preparar mejor la discusión se proponían en dicha circular los siguientes cuatro puntos: 1. La situación del juicio de valor ético en la economía científica nacional. 2. Las relaciones entre la tendencia al desarrollo y las valoraciones de tipo práctico. 3. La designación de fines económico-políticos y social-políticos. 4. Las relaciones entre los principios generales metodológicos y los fines específicos de la enseñanza universitaria 6. De acuerdo con lo propuesto se publicaron entonces "informes" de tesis por una serie de miembros de la Asociación, que fueron la base de la discusión. Entre los expertos se hallaban Euleenburg, Oncken, Schumpeter, Spann, Spranger, Max Weber y van Wiese, para citar sólo los más importantes. A propuesta de Schmoller tuvo lugar la discusión el

día 5 de enero de 1914 en el ambiente ya indicado de secreto con­ ciliábulo, para (como se dice en una relación favorable a Schmoller) "conservar en esta reunión el carácter eminentemente íntimo y,

3

Cita del § 1 de los Estatutos de la Sociedad alemana de Sociología del

año 1910. Cfr. Verhandlungen des Ersten Deutschen Soziologentages. (Acuer­ dos de la primera jornada alemana de sociología.) (Tubinga, 1911), pág. V. • Verhandlungen des Zweiten Deutschen Soziologentages. (Acuerdos de la segunda jornada alemana de sociología.) (Tubinga, 1913), pág. 78.

5 Cfr. F. BOESE: Geschichte des Vereins (ür Sozialpolitik. (Historia de la

asociación de política social), 1872-1932 (Berlín, 1939;

ap. 111, págs. 248

y

ss.

6

F. BOESE;

op. cit .• pág.

145,

SOCIOLOGIA

E IDEOLOGIA

39

sobre todo, para evitar que puedan aprovecharse por terceras per­ sonas, contra la Asociación o contra la Ciencia, las notables dife­ rencias de opinión que sin duda han de esperarse" 7. Seguidamente chocaron las opiniones apasionadas de unos y otros: Max Weber y Sombart por una parte, Grünberg y seguramente la mayoría de los presentes por la otra, se enzarzaron en la discusión, hasta que por fin -siempre siguiendo el informe inevitablemente partidista, redactado en 1939, del que era entonces secretario de la Asociación, Franz Boese- Max Weber "se levantó para contestar con palabras fuertes, que daban a entender con excesiva dureza a los contrin­ cantes que no comprendían lo que él (Max Weber) quería decir", abandonando luego, "molesto", la sesión 8. Si hemos de creer estos informes, la discusión sobre los juicios de valor terminó con la derrota de los "sociólogos científicos puros". Siete años más tarde, tras la primera guerra mundial y el falleci­ miento de Max Weber, había de constatar Paul Honigsheim: "Sin embargo, nada de cuanto Max Weber ha hecho, dicho y escrito, se ha comentado tan tendenciosamente, entendido tan mal y zaherido como su doctrina de la inhibición valorativa en la ciencia socioló­ gica" 9. Pero la "victoria" de los "sociólogos políticos" fue efímera. La "retirada de los cuadros valaristas subjetivos a la caja de herra­ mientas" (como lo expresó hace poco el economista hamburgués Schiller) lO, es decir, el camino de la "política social" a la "ciencia social", o, por mejor decir, su separación consecuente ha avanzado desde entonces sin interrupción. El que se hayan dejado de lado, ·antes que solucionado, las cuestiones que tanto apasionaron a los asistentes a "la discusión de los juicios de valor" supone una ne­ gligencia que hoy resulta preciso remediar.

11

Sería erróneo calificar la discusión de los juicios de valor en la Asociación de Política Social como asunto de unos pocos. A pesar de ello, su desarrollo quedó marcado especialmente por la actividad

7

F. BOESE:

op. cit .• pág.

147.

8

F. BOESE: op. cit., pág. 147.

9

P. HONIGSHEIM:

"Max Weber als Soziologe". (Max Weber como soció­

logo), Kolner Vierteljahreshe(te (ür Sozialwissenschaften, 1/1 (1921), pág. 35.

10

K. SCHILLER:

"Der Okbnom und die Gesel1schaft". "El economista y

la sociedad", Hamburger Tahrbuch

für

l.er año (1956), pág, 19.

Wirtschafts-

und Gese/lschaftspolitik,

40

SOCIEDAD

Y

LIBERTAD

de un hombre, con cuyo nombre se halla hoy indisolublemente unida y para el que representaba algo más que un mero problema cien­ tífico: me refiero a Max Weber. La citada polémica en el "Archivo de Ciencia y Política Sociales", las disputas con Schmoller durante tantos años, la fundación de la Sociedad Alemana de Sociología con la pretensión de "ciencia pura" en sus estatutos, el informe de su junta de gobierno en la segunda reunión de sociología alemana, la iniciación de la discusión de los juicios de valor, todo ello es obra de Max Weber. En sus diversos trabajos, reunidos más tarde bajo el título "Ensayos reunidos sobre la teoría científica", y más aún en su famosa conferencia de Munieh, "La ciencia como profesión", viven la intensidad y el patetismo de aquella apasionada discusión para imponer una ciencia social avalorista. Es cierto que Weber era parte interesada en esta cuestión, que también a nosotros nos inte. resa; incluso lo era más que ningún otro. Pero precisamente por ello parece lógico y lleno de sentido referir las siguientes reflexio­ nes, en parte explícita y en parte implícitamente, sobre todo a Max Weber. Al intentar aquí plantear sobre nuevas bases el problema de las relaciones entre la ciencia social y los juicios de valor y fijar algunas posiciones en forma de tesis, no queremos con ello, naturalmente, despertar otra vez viejas pasiones. Lo más importante será ir sor. teando los numerosos aspectos del problema que en el calor de la discusión de hace cincuenta años se mezclaron con demasiada fre­ cuencia, borrando sus límites propios, para analizarlos luego a través de argumentaciones críticas. Habrá que distinguir aquí entre cues. tiones que permiten dar respuestas definitivas y aquellas otras a las que, a causa de la propia naturaleza del asunto, sólo puede con. testarse de un modo verosímil, quizá convincente, pero al fin y al cabo siempre personal. Max Weber tituló su informe para la discu­ sión de los juicios de valor, revisado en 1917 con motivo de su publicación: "El sentido de la inhibición valorativa en las ciencias sociológicas y económicas". Con más precisión podemos pregun­ tarnos: ¿Cuál es la posición legítima de los juicios prácticos de valor en la ciencia sociológica? ¿Dónde y cómo deben y pueden supri­ mirse los juicios prácticos de valor en los esfuerzos científicos de la sociología? ¿Dónde, de qué modo y en qué medida están auto­ rizados estos juicios de valor a ejercer su influencia sin daño para los fines y resultados de la investigación científica? ¿Dónde será posiblemente incluso necesario que abandonemos la severa posi­ ción avalorista que caracteriza la obra toda de Max Weber? Ya Weber se quejaba: "Una enorme incomprensión y sobre todo

SOCIOLOGíA

E

IDEOLOGíA

41

una disputa de términos, por consiguiente absolutamente estéril, se ha unido a la palabra "juicios de valor", que evidentemente no

la cuestión" 11. En efecto, parece

lógicamente posible presentar sin detalladas disquisiciones un con­ cepto de los juicios prácticos de valor, ya que éstos constituyen manifestaciones sobre lo que debe o no debe ser, lo que es deseable o indeseable en la esfera de las acciones humanas. Weber define con todo lógica: "Bajo "valoraciones" deberán entenderse las calificacio­ nes "prácticas" de rechazable o admisible sobre fenómenos que son suscentibles de influencia por nuestras acciones" 12. Está, además, clé. que cada uno de estos juicios de valor, cada manifestación con referencia a un deber práctico, incluye presupuestos que no pue· den verificarse o adulterarse por hechos susceptibles de ser obser­ vados experimentalmente. Para decirlo con otras palabras, los juicios de valor no pueden deducirse u obtenerse mediante reflexiones científicas. Las tesis científico-sociológicas y las tesis que represen­ tan juicios prácticos de valor representan dos especies legítimamente distintas de manifestaciones. Podemos preguntarnos dónde, en sus investigaciones científicas, se encuentra el sociólogo con juicios de valor y cómo se ha de comportar frente a ellos. Si indagamos con esta intención el desenvolvimiento del conocimiento científico-social nos encontraremos, si no me equivoco, con seis puntos de contacto entre ciencia y juicio de valor, con seis aspectos de nuestro pro­ blema cuyo estudio por separado puede quizá contribuir a llevar el problema de una sociología avalorista a un final más constructivo que el explosivo e insatisfactorio, en cuanto al problema mismo, de la discusión de los juicios de valor.

contribuye en nada a resolver

III

La actividad científica comienza, al menos en el orden cronoló­ gico, con la elección del tema. Aquí se encuentra ya el primer punto de posible contacto entre ciencia social y juicio de valor: el pro­ blema de la elección del tema. Es una comprobación trivial estable­ cer que el proceso de conocimiento se inicia con la elección de un tema; pero ya la mera pregunta de saber bajo qué puntos de vista

Der Sinn der Wertfreiheit der soziologischen und okono­

mischen Wissenschaften. (El sentido de la "libertad de valores" en las cien­

cias sociológica y económica), op. cit •• pág. 485.

11 M.

WEBER:

12 M.

WEBER:

Der Sinn

(El sentido

.), op.

cit .• pág. 475.

42

SOCIEDAD

Y

LIBERTAD

y por qué impulso elige el científico los temas de su investigación nos lleva fuera de los dominios de la trivialidad. Un sociólogo que se ocupe, por ejemplo, de la "situación del trabajador industrial en la sociedad moderna", puede hacerlo por muchas razones: quizá crea que sólo este tema es apto para que pueda rendir al máximo. Tal vez considere que es éste un punto abandonado, cuyo estudio puede cerrar algún hueco de la ciencia. Puede haber sido encargado por alguna institución o alguna empresa privada de analizar este punto. Es posible también que confíe en poder descubrir y señ<ilar, gracias a este tema, situaciones de injusticia social o incluso en poder echar nuevos fundamentos para una acción política gracias a los resultados por él obtenidos. No todos estos motivos _y se. guramente podrían encontrarse aún muchos más- contienen juicios prácticos de valor; pero por este ejemplo se ve que la elección del tema puede ser influenciada por los juicios de valor, y frecuente­ mente lo es. ¿Pueden o deben eliminarse tales juicios? ¿Qué lugar debe reservárseles en el proceso del conocimiento sociológico? La primera de estas preguntas eS relativamente fácil de contes. taro Supongamos que cinco distintos investigadores analizan por los cinco diversos motivos enumerados el mismo tema de la "situación del obrero industrial en la sociedad moderna" (debiendo especifi­ carse naturalmente el tema de tal manera que pueda hablarse de una identidad perfecta entre los términos a analizar). Puede acepo tarse como evidente que los cinco investigadores pueden llegar a las mismas conclusiones, y si se trata de análisis de solera cientí­ fica han de llegar a ellas. La elección del tema tiene lugar, en cierto sentido, en la antesala de la ciencia. Pero en dicha antesala el soció­ logo está todavía libre de las leyes de procedimiento que determi­ narán su investigación Como tal. Es probablemente imposible Cuma plir la exigencia de una asepsia valorativa en la elección del tema; además ni siquiera hace falta plantear esta cuestión, pues en prin­ cipio resulta indiferente para el estudio de un tema saber por qué motivos se le considera como digno de ser investigado. Semejante tesis ni es nueva ni excitante. Con razón rechazó Max Weber como una "falsa objeción" la afirmación de que la misma elección del tema contenía una postura valorativa. Queda, con todo, sin contestar la pregunta: ¿deberían guiar determinadas valoracio­ nes prácticas la selección de los temas de investigación sociológica? ¿No deberían tenerse en cuenta determinados valores al elegir los distintos temas como un requisito de ciencia racional? Debería quedar claro que la respuesta a estas preguntas, prescindiendo de que sea afirmativa o negativa, no modifica para nada nuestra pri-

SOCIOLOGíA

E

IDEOLOGíA

43

mera conclusión. Para continuar con la metáfora, es una pregunta sobre las leyes que imperan en la antecámara de la ciencia y que, siendo con relación a la metodología de la investigación parte del campo de la libertad, no puede vulnerar las leyes científicas ni si­ quiera en un plano hipotético. En la historia de la sociología se ha formulado una y otra vez la dem<inda de hacer depender la selección de los temas de inves­ tigación de determinadas condiciones o representaciones sobre lo que es "importante" o "no importante". Robert Lynd señala en su trabajo "Values and the Social Sciences" que es una "excelente ca­ racterística del científico bien formado" conocer los criterios de problemas "importantes" y "no importantes" -criterios que el mis­ mo Lynd designa como "guiding values", como "valores-guía" ". En realidad, debería considerarse al menos como irresponsable enten­ der la absoluta libertad que en principio existe para las razones de elegir uno u otro tema, en el sentido de que cualquier objeto puede tener la misma importancia y sentido para la investigación cientí­ fica. Así, pues, me parece urgente y digna de ser defendida la exi­ gencia, por ejemplo, de no someterse a los "tabúes" sociales sobre determinados temas "escandalosos" o la de fomentar la autocom· prensión de los hombres en una sociedad mediante investigaciones de tipo sociológico. Tal vez pueda decirse, en general, que la calidad de un trabajo científico aumenta en la medida en que la elección del tema nos revela una decisión responsabilizada de su autor. Pero importa reconocer que estas mism<is exigencias contienen juicios prácticos de valor. No forman parte de la investigación científica, e incluso son para ella, en principio, indiferentes; constituyen más bien su presupuesto y su marcO moral, por lo que no apelan ni a la evidencia científica ni a la crítica, sino a la sensación evidente y en todo caso al consenso del investigador.

IV

Considerada la cuestión de la elección temática como un pro· blema ,de posible influencia perniciosa de los juicios de valor sobre las investigaciones científico-sociales, resulta ser sólo un problema aparente. El encuentro de la ciencia con las valoraciones resulta

13

Cfr.

(Princeton,

R.

LYND:

Values

1946), pág. 191.

and

the

Social

Sciences,

Knowledge

for

What

44

SOCIEDAD

Y

LIBERTAD

aquí tan poco problemático COmo lo es en un segundo punto, que

podría describirse "omo el problema de la formación de las teorías. Los sociólogos americanos Rumney y Maier advierten a los lectores en su "Introducción a la Sociología": "No es fácil el estudio de la

A los pasos iniciales de la ciencia se mezclan con de­

masiada facilidad nuestras pasiones, nuestros deseos conscientes e inconscientes. Vemos lo que queremos ver y estamos ciegos para cosas que no queremos ver". Para eliminar este supuesto peligro recomiendan los autores al sociólogo que se "ejercite en la postura de objetividad científica" por medio del psicoanálisis y de la socio­ logía del conocimiento a. Es cierto que muchos sociólogos "ven sólo lo que quieren ver" al tratar de sus temas. Max Weber, por ejemplo, al analizar el nacimiento del capitalismo industrial en Europa sólo ve la influencia del calvinismo, pero no la de los inventos técnicos. Talcott Parsons limita su análisis de las integraciones sociales casi a un plano normativo y descuida los aspectos fáctico-institucionales del problema. El sociólogo de nuestro ejemplo -lo suponemos un

sociología

conservador- se ocupa quizá sólo de aquellos aspectos de la "po­ sición del obrero industrial en la sociedad moderna" que pueden interpretarse como un "proceso de acomodación" a las condiciones' industriales, como "satisfacción y equilibrio". Las "cosas que no quiere ver", las que, en Cuanto es ciudadano, son contrarias a sus teorías políticas y valoraciones -por ejemplo, huelgas, frecuentes cambios de puestos de trabajo- "no los ve". ¿Debemos recetarle por ello, a él a Parsons o a Weber. unas sesiones de "psicoanálisis y sociología del conocimiento"? ¿Se esconde en su preferencia por determinados aspéctos y descuidos de otros, debido a la influencia de los juicios de valor, una mezcla inadmisible de ciencia social y juicios de valor? ¿Deben eliminarse radicalmente los juicios prác­ ticos de valor al formular teorías científicas? Popper argumenta con mucha razón: "Todas las descripciones

científicas de hechos reales son selectivas en sumo grado

es imposible evitar una postura selectiva, sino que es también ab­

No sólo

solutamente indeseable hacerlo así, pues aun cuando pudiéramos hacerlo, no obtendríamos por ello una descripción "más objetiva", sino sólo el mero acumulamiento de manifestaciones completamente inconexas. No puede evitarse una postura determinada y el ingenuo intento de evitarla sólo conduce al engaño de sí mismo y el empleo

a

J.

ginas 31

RUMNEY

y

sigs.

y

J. MAIER:

Soziologíe (Sociología). (Nuremberg, 1954), pá.

SOCIOLOGÍA

E

IDEOLOGÍA

45

a-crítico de una postura inconsciente 15". "Me parece que todavía puede avanzarse más en este sentido y defender la tesis de que estos puntos de vista selectivos, aun cuando se basan en juicios prácticos de valor, no sólo resultan inevitables, sino que son también abso­ lutamente inocuos para el proceso ulterior del conocimiento cien­ tífico. Esto es evidente si recordamos la diferencia existente entre los dos aspectos del conocimiento científico, que tantas veces se han mezclado con peligro de errar, a saber: entre la "lógica y la psicología de la investigación". Una postura selectiva, por ejemplo, la de la inclinación conser­ vadora del sociólogo de nuestro ejemplo, lleva al científico a ver lo que quiere ver y ser ciego para lo restante. Esta postura, empero, sólo nos manifiesta cómo ha llegado a formular el investigador una determinada hipótesis X. No nos dice, en cambio, si la hipótesis X es falsa o verdadera, sostenible o insostenible. Ni las valoraciones ni el proceso reflexivo del científico deciden sobre la validez de sus hipótesis; en este punto, sólo decide la constatación empírica, cuyos resultados, por su parte, no pueden alterar en ningún punto los va­ lores y proceso reflexivo del investigador. No tiene ninguna impor­ tancia para la exactitud y validez de las teorías e hipótesis socioló­ gicas los valores que hayan penetrado psicológicamente en su for­ mulación. Dado que la psicología y la lógica de la investigación son dos cosas distintas, que ni están condicionadas la una por la otra ni se estorban mutuamente, también, con relación al problema de la formación de las teorías, las cienc~as sociales y los juicios de valor' forman dos esferas distintas, cuyo encuentro no tiene consecuen­ cias desagradables. La advertencia de Rumrtey y Maier de ejerci­ tarse en la objetividad tiene aquí tan poco sentido como la crítica, tantas veces oída, de que un investigador es ciego para determin¡¡­ dos aspectos del objeto de su investigación y prefiere sistemática­ mente otros aspectos. En contra de la conclusión de que también el problema de la formacién selectiva de las teorías es un problema ilusorio puede levantarse la objeción de que simplifica demasiado el asunto. Aun cuando la selección inspirada por los juicios de valor pueda ser un presupuesto inocuo de la investigación científica -así podría argu­ mentarse- consta luego con excesiva frecuencia que son precisa­ mente los sociólogos los que olvidan en el transcurso de sus aná­ lisis el carácter selectivo de sus apotegmas, dando a entender que

15

K.

R.

POPPER:

The

tomo n, págs. 260 y sigs.

Open

Society

and its Enemies.

(Londres,

1952).

46

SOCIEDAD

Y

LIBERTAD

han agotado todos los aspectos del tema estudiado con teorías par­ ciales. Así, por ejemplo, si Parsons tuvo al principio la intención de analizar sólo los aspectos normativos de la integración social, afirma luego de repente que la integración de las sociedades se realiza ex­ clusivamente en ese mismo plano normativo. En esta ampliación de las teorías de un campo específico, para el que han sido utilizadas, a otros campos ajenos, se esconde realmente un fallo, que habremos de discutir inmediatamente ComO el problema de la desfiguración ideológica. Pero no debe confundirse éste con el problema aparente, aquí tratado por separado, de la psicología de la investigación, de la selección influida por una valoración como impulso de la forma· ción científica de teorías.

v

Todavía ha de mencionarse un tercer problema aparente, que en la discusión de los juicios de valor ha desempeñado una misión sumamente enturbiadora: el problema de los valores como objetos de investigación. Al menos desde Durkheim, Pareto y Max Weber, y muy especialmente desde la gran obra de Taicott Parsons sobre la "Structure of Social Action", ocupa la investigación de los ele­ mentos normativos de la acción social un lugar destacado en la cien­ cia sociológica. Todavía queda más patente la importancia de este aspecto en la antropología social más reciente. Tanto los "valores válidos", como también los "valores divergentes" en relación con un todo social, es decir, los juicios prácticos de valor, que imprimen carácter como las normas generalizadas y obligatorias de la con­ ducta de los individuos en una sociedad, forman un objeto prefe­ rente de las investigaciones sociológicas. Evidentemente existe aquí también un punto de contacto entre la ciencia social y el juicio valorativo, siendo además un punto de contacto específico de la sociología. Sin embargo, no habrá nece­ sidad de prolija argumentación para demostrar que este contacto no puede ser considerado ni siquiera como una posible fuente de inadmisible mistificación. Ya con razón decía Weber que era "una falta de incomprensión casi imposible de creer" el que se le obje­ tase que al exigir una sociología avalorista quería sacar el conjunto temático de los valores del campo de la investigación sociológica. Con Weber podemos oponer a este malentendido lo siguiente: "si lo que es válido como norma se convierte en un objeto de investi­ gación empírica, pierde, en cuanto objeto, su carácter normativo:

SOCIOLOGíA

E

IDEOLOGíA

47

es tratado como algo "siendo", no como algo "valiendo" !SI'. En rea­ lidad, ni es preciso ni tiene sentido renunciar a investigar los ele­ mentos normativos de las estructuras sociales con los medios de la sociología empírica; y los numerosos problemas de tales análisis, que ciertamente existen, no son la resultante de una combinación inadmisible de ciencia y juicios de valor. Podrá parecer que los tres aspectos estudiados hasta aquí de las relaciones entre ciencia sociológica y juicios de valor, quedan rela­ tivamente alejados del núcleo emotivo o incluso central de la dis­ cusión sobre los juicios de valor. Pero semejante objeción sólo está justificada en parte. Incluso en Max Weber puede descubrirse cierta falta de claridad en la formulación de las cuestiones, lo que ha hecho posible el que se confundieran una y otra vez los falsos pro­ blemas de la elección de tema, de la formación de teorías y de la consideración de los valores como objetos de análisis, con los pro­ blemas verdaderos y más serios que voy a exponer a continuación. Si hubiera logrado aquí sortear y aclarar los aspectos sólo aparen­ temente problemáticos de una ciencia social avalorista, podría con­ siderarse ya como una gran ganancia. Por otra parte, este resultado, conseguido con relativa facilidad, no debe cegarnos para no ver que los problemas que vamos a atacar ahora de la deformación ideoló­ gica, de la aplicación y del papel social del científico son de mucha mayor dificultad y no permiten tampoco soluciones inapelables y definitivas del todo.

YI

Recordemos por un momento el ejemplo del sociólogo de ten­ dencia conservadora que se ocupa de la posición del obrero indus· trial en la sociedad moderna. Vamos a suponer que estudia, en pri. mer lugar, la situación del trabajador en la fábrica. Aquí comprue­ ba que uno de los factores que influyen en que el trabajador se halle a gusto es su pertenencia a grupos pequeños, "informales". Cuanto más fuertes son los lazos que unen al individuo a estos grupos in­ formales mayor es su rendimiento y también sus vivencias de satis­ facción. Es ésta una presunción bien concreta y comprobable. Pero ahora, el sociólogo de nuestro ejemplo, inducido a ello por su orien­ tación conservadora, da otro paso más: generaliza repentinamente su presupuesto, bien fundamentado por investigaciones de tipo em­

16

M.

WEBER:

Der Sinn

.

., (En sentido

),

op.

cit., pág.

517.

48

SOCIEDAD

Y

LIBERtAD

pírico, afirmando que la pertenencia a un grupo es el único elemento que influye en la satisfacción y en el rendimiento laboral. Ni el sala­ rio, ni las condiciones de trabajo, ni las relaciones entre patrono y obrero en la fábrica determinan la productividad y el clima laboral, sino sólo el perfecto funcionamiento de estos grupos informales. Esta manera de proceder -yen este caso mi ejemplo no es inven­ tado, sino inspirado en las conclusiones obtenidas por Elton Mayo

y sus colegas del llamado experimento de Hawthorne- pone de

relieve aquella mistificación de ciencia social y juicio de valor que quisiera designar como el problema de la desfiguración ideológica.

Bajo el término "desfiguración ideológica" ha de entenderse aquí

el intento de presentar como axiomas científicos los juicios prácticos

de valor, es decir, ofrecer en forma de axiomas científicos lo que probadamente no son otra cosa que declaraciones valorativas más allá de cualquier comprobación empírica. En la sociología nos encon­ tramos una y otra vez especialmente con dos clases de declaraciones ideológicamente desfiguradas. Por una parte nos encontramos, comO en el ejemplo propuesto, con la generalización y absolutización de supuestos y teorías específicas. A este grupo pertenecen todas las llamadas "teorías de un solo factor", que absolutizan elementos de raza, nacionalidad, relación de productividad, etc. También se inclu­ yen aquí otras teorías, como, por ejemplo, la que afirma que la ten­ dencia -justamente subrayada- a la equiparación de determinados símbolos de clase en la sociedad contemporánea "occidental" con­

cierte a ésta en una sociedad "a-clasista" sin conflictos de grupo de­ bidos a la estructura social. Pero, por otra parte, existe también la desfiguración ideológica allí donde se presentan como supuestos cien­ tíficos declaraciones no susceptibles por principio de ser comproba­ das empíricamente, es decir, meramente especulativas, Un ejemplo

lo tenemos en la tesis de la alienación del obrero en la producción

industrial, que podrá ser lógica desde un punto de vista filosófico, pero que no tiene lugar legitimado en la ciencia social, porque -COmo demuestran las obras de G. Friedmann- no puede ser con­ firmada ni rechazada por cualesquiera estudios de tipo empírico.

Las desfiguraciones de este tipo contienen siempre, implícita­ mente, juicios prácticos de valor. No hay, evidentemente, ninguna" duda de que no puede admitirse su confusión con supuestos cientí­ fico-sociales al presentarse como ciencia lo que probadamente se alimenta de otras fuentes. Hemos de preguntarnos, pues, de qué medios dispone el sociólogo para evitar estas desfiguraciones ideo­ lógicas, o bien para descubrir su ilegitimidad cuando se hayan pro­ ducido. Se nos ofrecen tres métodos, sobre cuya diferente fuerza

SOCIOLOGíA

E

IDEOLOGíA

Oc

49

crítica no hay opinión acorde entre los científicos; el primer método es el que Rumney y Maier designan como "ejercitarse en la obje­ tividad, con ayuda del psicoanálisis y de la sociología del conoci· miento". El sociólogo que se encuentra indisolublemente entremez­ clado con el objeto de su análisis, está expuesto, más que ningún otro científico, al peligro de mezclar sus tesis con juicios prácticos de valor. Por ello, con una constante autocrítica y observación de sí mismo, ha de revisar continuamente sus formulaciones, en este sentido del peligro de desfiguraciones ideológicas. La segunda posi­ bilidad de asegurarse consiste en la expresa declaración de los valo­ res que han dirigido al sociólogo en sus investigaciones. Se completa de esta manera la autocrítica, haciendo posible al lector u oyente referir las falsificaciones inadvertidamente deslizadas en el texto a la tabla de valores declarada inicialmente por el autor. Sin embargo, me parece más lógico y con mayores posibilidades de éxito un ter­ cer camino. La ciencia resulta siempre del trabajo concertado de muchos. El progreso científico se basa al menos tanto en la colabo­ ración de los estudiosos como en la inspiración del individuo. Pero dicha colaboración no debe agotarse en el "team work", hoy tan practicado, sino que tiene su propio sentido en la crítica mutua. Cuando la crítica científica cede su sitio a una tolerancia imprecisa y quietista queda abierta la puerta de par en par a una investiga­ ción falsificada y de mala calidad. Pues las manifestaciones ideoló­ gicamente desfiguradas han sido también siempre declaraciones cien· tíficas malas. Y me parece que la labor principal de la crítica cien­ tífica consiste en descubrir y corregir la ciencia defectuosa. Sólo este camino puede poner a salvo a la sociología -aunque no al sociólogo en particular-, a la larga del peligro de la mistificación inadmisi­ ble de ciencia y juicios de valor en la forma de desfiguraciones ideológicas.

VII

El problema de la desfiguración ideológica sólo ha desempeñado un papel secundario en la discusión de los juicios de valor. Sólo en los años 20 se constituyó en el punto central de las discusiones científico-sociales gracias a Scheler y Manheim. Con tanto más ahínco se discutió por los participantes de la reunión de Enero de 1914 la cuestión de las relaciones entre ciencia social y política social, que podemos reducir ahora al problema de la aplicación de

~

50

SOCIEDAD

Y

LIBERTAD

resultados científicos a problemas prácticos. El deseo de establecer un lazo de unión entre las teorías y los supuestos especulativos, por una parte, y la esfera práctica de la vida, por la otra, es tan antiguo como la ciencia misma. Desde los comienzos del raciocinio, proble­ mas técnicos han sido siempre motivo de conocimientos científicos. Claro está que aquí no interesa tanto la cuestión de saber hasta qué punto los problemas prácticos pueden o deben inspirar las inves­ tigaciones científicas -pues éste es sólo un aspecto del problema antes mencionado de la elección temática-, sino que más bien se trata de averiguar si los científicos pueden y están autorizados a relacionar los resultados de sus estudios con actividades de tipo práctico. Si el sociólogo de nuestro ejemplo incitado por su dtscu­ brimiento de la importancia que tiene para la satisfacción del obrero la constitución de grupos informales en la fábrica, se dedica siste­ máticamente a crear las condiciones necesarias para que surjan tales grupos, a fin de aumentar así la satisfacción de los obreros habrá de preguntarse si esta actuación forma parte, legítima o no, de su actividad científica. La aplicación de resultados científicos a fines prácticos involucra evidentemente un encuentro de la ciencia con los juicios de valor. Para hacer lo que hace el sociólogo de nuestro ejemplo ha de con­ siderarse la satisfacción del trabajador como un valor. Se juntan aquí dos cosas heterogéneas; por una parte, el conocimiento, fun­ dado en una observación empírica sistemática de aquello que es y, por otra parte, la convicción -en un sentido estricto meta-empírica­ de aquello que debe ser. Esto último, el juicio práctico de valor, no se deja deducir por ningún concepto del primero, del conocimiento científico. Es algo que se añade, algo distinto, sobre todo, algo que no cae dentro de la esfera del sociólogo científico en cuanto tal. No se puede considerar como formando parte de la actividad científico­ social la aplicación en su pleno sentido de decisión implícita, o tam­ bién explícita, sobre fines y finalidades. En este punto han de sepa­ rarse estrictamente la ciencia y los juicios de valor. ¿Hay, según esto, algo parecido a una política social científica? ¿O ha de renunciar el sociólogo por completo a intervenir como timonel en los destinos de la sociedad que estudia? Me parece que Max Weber ha dado la contestación a estas preguntas con vigencia también obligatoria en nuestra época. Si bajo "intervención directiva" (recuerda aquí uno el concepto de "ingeniero social" frecuentemente usado en los países anglosajones) se entiende una actividad que tiende a alcanzar objetivos fijados por el sociólogo mismo, se tras­ pasa su competencia científica en sentido estricto. Pero podrá legí-

SOCIOLOGÍA

E

IDEOLOGíA

51

timamente indicar, con los instrumentos científicos que tiene a su disposición, los medios y camino a seguir que prometen la realiza­ ción de objetivos que le han sido propuestos. El intento de cambiar la situación de una fábrica por propio impulso y con el implícito postulado de que la satisfacción es un valor, está más allá de los

límites de la ciencia. El informe pericial sobre la pregunta (¿bajo qué condiciones y con qué medios se puede conseguir un clima de satisfacción?) queda dentro de su campo. Para el científico -citando de nuevo a Weber- "la discusión sobre las valoraciones prácticas sólo puede tener sentido si es para hallar los axiomas valoristas últi­ mos, de trabazón lógica interna, de los cuales parten opiniones con­

tradictorias

que se seguiría de determinados axiomas valorativos fundamentales si se basara en ella, y sólo en ella, la valoración práctica de hechos fácticos reales" y, sobre todo, "constatar las consecuencias fácticas qu~ debería tener 17 la realización práctica de una determinada pos­ tura, que debe valorarse de un modo práctico frente a un problema concreto".

, deducir las "consecuencias" de la postura valorativa

VIII

El problema de la aplicación nos lleva directamente al último aspecto de las relaciones entre ciencia social y juicios de valor, al problema de la función social del sociólogo. No creo que sea equi­ vocado suponer que fue, y es todavía actualmente, el problema que se escondía como máximo motivo de preocupación tras todas· las cuestiones particulares discutidas en aquella sesión sobre los juicios de valor. La categoría de la función social no es sólo un instru­ mento de análisis sociológico de todos los no-sociólogos, sino tam­ bién del sociólogo mismo. Al igual que el médico, el mecánico, el tenedor de libros y el secretario de partido ocupa también el soció­ logo una posición social a la que van unidas determinadas expecta­ tivas que ha de satisfacer el individuo que se halla en dicha posi­ ción social. Quizá haya de contentarse a esta pregunta exclusiva­ mente en este terreno, a saber, si nuestra misión se debe agotar sólo en la investigación de lo que es, o si estamos llamados a defender también, "en cuanto" sociólogos, juicios prácticos de valor. Si Schmo­ ller creía que el sociólogo, en cuanto tal, tenía la obligación de se­

"

M.

WEBER:

Der Sinn

(El sentido

.), op.

cit.,

pág. 496.

52

• SOCIEDAD

Y

LIBERTAD

ñalar a la sociedad el camino "recto", y Weber, en cambio, reco­ mendaba la inexorable divisoria entre lo que es propio "de la cáte­ dra" y lo que es propio "de los programas políticos, despachos y parlamentos", era todo ello la discusión sobre la función del cientí­ fico, es decir, lo que está llamado a hacer en cuanto tal. Ciencia y juicio de valor son dos cosas distintas. La pregunta es la siguiente:

¿debería propagar el sociólogo ambas cosas desde la cátedra y en sus escritos o le obliga su oficio a limitarse a aquello que es cognos· cible por la ciencia? Hay evidentemente una cierta lógica interna en la postura de Max Weber, según la cual la inhibición valorativa o asepsia valo­ rista no es sólo una exigencia dirigida a la sociología, sino que es también un imperativo para el sociólogo en cuanto tal. Pero la mera coherencia lógica no garantiza por sí sola la exactitud de una teoría. En oposición a Weber, y quizá con una formulación paradójica, de­ searía por ello formular la tesis de que, si bien es deseable una so­ ciología como ciencia avalorista en el sentido indicado, debe, sin embargo, el sociólogo en cuanto tal ser siempre moralista, es decir, permanecer responsabilizado para protegerse de las consecuencias imprevistas de sus acciones. La intención de estas reflexiones era mostrar que en la sociolo­ gía avalorista hay un imperativo mucho menos dramático del que suponían los acalorados participantes de la discusión de los juicios de valor en la Asociación de Política Social. En muchos puntos el encuentro entre ciencia social y juicios de valor no supone proble­ ma alguno; y en donde existe puede actuar como correctivo el con­ cierto crítico de la ciencia. Una sociología avalorista, en este sentido, responde seguramente a la ética de la investigación científica. Sin embargo, el sociólogo ha de ser algo más que un hombre que se ocupa de sociología. Lo que hace, lo que dice y escribe influye de nn modo especial en la sociedad. Puede ser cierto que los sociólogos no sean, por lo general, ni mejores ni peores que la sociedad en que viven. Pero aun cuando la investigación sociológica contribuya sólo a vigorizar tendencias ya de por sí existentes en la realidad, no pue­ de absolverse al sociólogo de las consecuencias de su acción. El conservadurismo de gran parte de los sociólogos americanos es ya de por sí un fenómeno que da que pensar. Pero se convierte en la más clara refutación de la estricta separación de funcioóes defen­ didas por Weber por el hecho de que se trata de un conservadurismo imprevisto, en cuanto que, por ejemplo, el efecto conservador de la teoría estructural-funcional se opone exactamente a las concepciones políticas de sus autores. De ahí que alcance también al sociólogo, en

SOCIOLOGfA

E

IDEOLOGfA

53

cuanto sociólogo, la orden de protegerse de las consecuencias impre­ vistas de sus acciones, y preservar la consistencia lógica de sus con· vicciones morales y de sus acciones científicas. En un sentido estrictamente analítico tiene seguramente razón Jaspers cuando escribe interpretando a Max Weber: "La obligación científica de ver la verdad de los hechos es distinta de la obligación práctica de intervenir en favor de los propios ideales. Esto no quiere decir que el cumplimitmto de una de ellas impida el cumplimiento de la otra. Weber sólo ataca aquí la confusión de ambas; sólo su separación permite la realización nítida de las dos. No hay paren· tesco entre la objetividad científica y la ausencia de determinada manera de pensar. Pero el confundirlas lléva a destruir tanto la ob· jetividad como el programa ideológico" 18. Tampoco puede echarse en cara a Weber el haber separado concienzudamente sus propios trabajos científicos de sus convicciones morales y políticas. Pero la unión apasionada y tensa de "ciencia como profesión" y "política como profesión" en la personalidad de Max Weber es una solución tan poco frecuente y tan- individual del problema, que no puede ele­ varse a modelo de acción para todos los sociólogos. Tal vez la dife­ rencia entre la tesis aquí expuesta y la de Max Weber sólo consista en tonalidades de color, quizá sólo en la orientación del problema. Sin embargo, me parece más importante en la actualidad prevenir de la separación radical antes que de la confusión de ciencia y juicio de valor. La responsabilidad del sociólogo no acaba con el cumpli. miento de las exigencias de su disciplina científica. Como respon· sabilidad moral se inicia posiblemente en el momento mismo en que se ha concluido el proce~ del conocimiento científico con relación a un problema dado. Esta responsabilidad consiste en el examen constante de las consecuencias políticas y morales de la actividad científica. Nos obliga por ello a mantener también en nuestros es· critos y en la cátedra nUf stras concepciones valorativas.

~

K.

JASPERS:

Ma:f

W~ber. (Oldenbufl,

1932), pág. 47.

3

ESTRUCTURA Y FUNCION •

TALCOTT PARSONS y

EL DESARROLLO DE LA

TEORIA SOCIOLOGICA

1

"No hay exageración alguna en afirmar que el único y principal criterio para juzgar la madurez de una ciencia es el estado de su teoría sistemática En ello se incluye el esquema conceptual genera­ lizado aplicado en ese campo, los tipos y grados de integración lógica que lo constituyen, y los métodos que efectivamente se utilizan en la investigación empírica. Se podríá afirmar, por tanto, que la so­ ciología se está transformando en este momento en una ciencia madura" 1. Ambas afirmaciones -la de que el progreso de una ciencia se mide por el progreso de su teoría sistemática y la de que la socio­ logía se halla a punto de constituirse como ciencia madura en este sentido- están igualmente llenas de significado y seguras de sí mis­ mas. Revelan el orgullo del hombre que ha enriquecido las' discu­ siones teóricas en sociología con la aportación más ambiciosa hasta el presente. Revelan además la intención de dicho ensayo, sus carac­

1954. Publicado en la Kolner Zeitschri(t (ür Soziologie

und Sozialpsychologie, 7/4 (1955). Cfr. ad hoc D. LOCKWOOD:

on "The Social System", British foumal o( Sociology VII (1955), así como

Some Remarks

• Redactado en

R. K. MERToN:

Social Theory and Social Structure (Glencoe, 1957), especial­

mente, pág. 83.

1 T. PARSONS: The Presents Posi'tion and Prospects o( Systematic Theory

Twentieth Century So­

in Sociology. G. Gurvitch y W. E. Moore (editores):

58

SOCIEDAD

Y

LIBERTAD

terísticas a los ojos de su autor. Si está justificado, y hasta qué punto, el orgullo personal por los resultados objetivos sólo podrá valorarse analizllndo la intención y el contenido de la aportación de Parsons. No es un hecho evidente que el desarrollo de una ciencia depen­ da del desarrollo de su teoría sistemática, ni se acepta esta tesis

actualmente por todos los sociólogos (o incluso filósofos). Sólo hace unos años escribía el sociólogo inglés John Madge, con alguna iro­

de que era imposible ac­

tuar con efectividad o valorar las actividades de los demás sin ha­ ber asegurado antes nuestro fundamento teórico", y que él "en sus momentos de lógica más prudentes encontraba plenamente convin­ cente el argumento que proponían". "Sin embargo -añadía- es un hecho que la ciencia ha progresado sin sus metodólogos y lógicos e incluso en contra de ellos" z. Por mucho que nos seduzca el amable escepticismo de estas ,observaciones no nos exime de la tarea de analizar las afirmaciones formuladas por Parsons. Sigue en pie la pregunta: ¿qué quiere decir la afirmación de que "el único y principal criterio para juzgar la madurez de una ciencia es el estado de su teoría sistemática"? ¿Qué concepto de la sociología hay involucrado en esta afirmación? Más aún: ¿hasta qué punto confirman los trabajos de Parsons y de otros sociólogos durante los últimos veinte años sobre teoría sociológica sistemática las posibilidades de la sociología según semejante con­ cepción? El intento de esclarecer las implicaciones contenidas en las fra­ ses introducidas de Parsons se resuelve en un principio sólo en de­ terminaciones formalistas de la teoría sociológica. Se refiere sólo a los presupuestos científico-lógicos de la sociología y no a su con­ tenido empírico-teórico. Pero sin haber articulado primero tales presupúestos no sólo serían incomprensibles las propias reflexiones de Parsons, sino también la actitud fundamental que inspira a toda una 'Serie de sociólogos, y entre ellos al autor de este trabajo, al considerar sus problemas. Esta actitud fundamental se basa en los

nía, de aquellos que "tenían la sensación

siguientes tres presupuestos que en forma de tesis podrían formu­ larse así:

1. La sociología es una ciencia experimental, es decir, la decisión

sobre la validez de teorías Sociológicas contradictorias es fundamen­ talmente posible.

2. La sociología es una ciencia sistemática, es decir, no sólo

3 J. MADGE:

The Tools o( Social Science. (Londres, 1953), pág. l.

MÁs

ALLÁ

DE LA

UTopíA

59

admite morfologías, clasificaciones Y generalizaciones empíricas, sino también teoría sistemática.

La construcción de un sistema teórico lógicamente concor­

dante no sólo es posible, sino también necesario para el progreso de la sociología como ciencia. He afirmado que estos axiomas están implicados en los párrafos introductorios de Parsons. Su aclaración se ajustará, pues, a dichas frases '. Apenas se ha discutido que la sociología sea una ciencia experi­ mental -si se emplea este término en un sentido amplio-. Empero, este consenso universal confirma sólo que el material de la inves­ tigación sociológica procede de datos que por principio son accesi­ bles a la experiencia. Sin embargo, tampoco hoy en día se admitiría como propio de la sociología un concepto más estricto de ciencia experimental que considerase el status lógico de las afirmaciones formuladas en una ciencia. O para expresarlo con palabras de la cita introductoria: puede considerarse como sumamente discutido el punto de que en la sociología no hay muchas "teorías sistemáti· cas", sino solamente una "teoría sistemática". La historia de la sociología no difiere normalmente mucho de la historia de la filosofía. Las diferentes doctrinas históricas se orde­ nan y catalogan según categorías; quedan unas junto a otras como los sistemas metafísicos, epistemológicos Y éticos de la filosofía. Expresamente observa un historiador de la sociología: "En cuanto fenómeno histórico puede presentar la sociología un número extraor­ dinario de direcciones y campos doctrinales. Se acerca con su mul­ tiplicidad conceptual a la filosofía" 4. Incluso von Wiese descubre en cierto sentido su propio concepto de la sociología cuando habla de "las principales direcciones sociológicas" Y equipara la "sociología histórica", la "sociología metafísica" (!) Y la "sociología epistemoló­ gica" a la "sociología sistemática", como "ramas" de igual categoría de la "sociología en cuanto disciplina científica" 5. Precisamente se niega implícitamente esa posibilidad de la his· toria de la sociología, la comprensión de la sociología como una dis­ ciplina análoga a la filosofía o incluso filosófica cuando se habla de "teoría sociológica sistemática" en singular. Que la sociología es

3.

raras veces y de un modo explícito estos presu­

puestos fundamentales de su programa

en el primer capítulo de la Structllre of Social Action. (Nueva York. 1937.)

Cfr. también R. K. MERTON: Social Theory and Social Structllre. Introducción.

I PARSONS ha discutido

" de un modo coherente una sola YeZ:

4

H. SCHOECK:

Soziologie (Munich, 1952), pág. 1.

1

L. V. WIESE:

Soziologie (Berlín, 1950), pág. 33.

60

SOCIEDAD Y LIBERTAD

una ciencia experimental quiere decir entonces que no puede haber en ella "direcciones" y "opiniones científicas", o que al menos sólo pueden existir éstas mientras la comprobación empírica no haya dado a conocer su dictamen sobre la validez de determinadas "opi­

niones científicas"

0 determinadas teorías. Lo que sobrevive a ese

examen se convierte en parte integrante de la teoría sistemática so­ ciológica, lo que no sobrevive se transforma en historia de la socio­ logía, un elemento más entre "aquel gran número de teorías que se desmoronaron al ser confrontadas Con los hechos empíricos" s. "Un sistema empírico.científico ha de poder fracasar al ser con. frontado con la experiencia" 7, y, por ello, los sistemas histórico. filosóficos no son sociología (de aquí el concepto de sociología "me­ tafísica" e incluso "filosófica" comporte una "contradictio in odjecto". Como en cualquier ciencia experimental, también en la sociología, "la teoría es la red que echamos para captar el mundo, para racio­ nalizarlo, explicarlo y dominarlo. Trabajamos para estrechar cada vez más las mallas de esta red" 8. Esto quiere decir que también la sociología puede tener muchas "mallas", muchas teorías específicas, pero sólo una "red", una teoría sistemática.

Habrá que analizar ahora con más detalle lo que se esconde en este pensamiento de la naturaleza sistemática de la teoría socioló­ gica. Muchas veces se habla en la ciencia de "teoría" en un sentido muy amplio. La posibilidad de poseer una teoría no distingue toda­ vía a la sociología de otras disciplinas científicas históricas o na. turales. Pero la tesis de la posibilidad de una teoría "sistemática" en la sociología postula determinadas normas que ya son comunes a todas las ciencias. No sólo exige un elevado grado de "generalidad y complejidad de las normas teóricas" y ausencia de contradicción lógica en todos los juicios de esta disciplina científica g, sino que también postula sobre todo un sistema de categorías de referencia más allá del materiéll empírico. Sólo cuando la teoría científica es sistemática se transforma verdaderamente en la "red que echamos para explicar el universo". Ahora bien, si es sistemática, trasciende también los límites de una ciencia que sólo se limita a clasificar, des­ cribir y establecer relaciones causales inconexas.

R. K. MERTON:

Social Theory and Social Structure, pág. 4.

K. R. POPPPER: Logik der Forschung. (Lógica de la investigación.) (Vi e­ Ina, 1935), pág. 13.

Logik der Forschung. (Lógica de la investigación), pá­

gina 26. K. R. POPPER:

e

I AsC, T. PARSONS y

E. A. SHILS:

(Cambridge, Mass., 1951), pág. 49.

Toward a General Theory o{ Action

MÁs

ALLÁ DE LA UTopíA

61

~on ello se clasifica la sociología como radicalmente distinta de las ciencias históricas 10. Estas, por su propia naturaleza, no pueden desarrollar una teoría sistemática, no son ciencias sistemáticas. Su punto de partida 10 constituye el dato histórico en su unicidad y en sus relaciones específicamente históricas. La sociología, en cambio, como ciencia experimental sistemática en el sentido aquí discutido, no tiene por principio respeto alguno ante la individualidad y cro­ nologicidad históricas. Ordena las fechas históricas y contemporá­ neas con ayuda de un sistema de categorías independiente, reorga­ niza con ello el tiempo histórico y trata de explicar el dato único e individual a partir de lo genérico y formular teorías generalizadoras. Es válido, en principio, que la sociología no tiene respeto alguno ante la historia. Esto quiere decir que sus categorías y conceptos se orientan por un marco de referencia distinto al de la cronología histórica. Pero no quiere decir que no revista importancia alguna para el sociólogo sober qué instituciones sociales, por ejemplo, siguen a otras. No es indiferente para el sociólogo que las sociedades in­ dustriales sigan a las feudales, o al revés. Sin embargo, sí que le es indiferente que la industrialización empiece en Inglaterra en 1800, en Alemania en 1870 y en Rusia en 1920. "Inglaterra en el siglo XIX", "la época del emperador Guillermo 1" o "la moderna Rusia" son categorías históricas. No tienen importancia para el sociólogo. "Sociedad industrial" o "sociedad industrial en la fase de industria· Iización" son categorías sistemáticas (aunque en un plano de ge· neralización relativamente limitado). Constituyen los elementos de trabajo del sociólogo, que entiende su ciencia como una ciencia ex­ ­

perimental sistemática. Una teoría sistemática en el campo de las experiencias humanas postula, como ya se ha dicho, un sistema de categorías de referencia del que puedan deducirse todas las restantes categorías analíticas. Veremos que Parsons introduce aquí el marco de referencia de la "acción (social)". Pero antes debemos hacer algunas observaciones

10 La distinción de las ciencias sociales de las históricas es en cierto sen­ tido una implicación todavía más importante del intento parsoniano que la de las Universidades alemanas, donde se encuentra muy eIlraizada la bipartición (aceptada además por amplios círculos) de la filosofía. Esta distinción, ade­ más, tropieza con la más acusada resistencia, especialmente en el campo de en ciencias de la naturaleza y del espíritu, en las ideas y en las instituciones. Aquí podría contribuir mucho a la claridad una discusión de la estructura de las Universidades alemanas, especialmente en lo referente a las disciplinas de la Economía nacional, Psicología y Sociología. "imposibles de encuadrar perfectamente".

62

SOCIEDAD

Y

LIBERTAD

sobre la tercera de las implicaciones arriba formuladas del intento de Parsons; a saber, la tesis de que es necesario montar un sistema teórico lógicamente compacto para el progreso de la sociología. La formulación de Morris Ginsberg sobre los fines de la investi· gación sociológica debe considerarse todavía como válida para mu­ chos científicos, especialmente en Europa. Según ella, "las funcio­ nes principales de la sociología" son: "1.& Construir una morfología o clasificación de tipos y formas de relaciones sociales. 2.· Determi­ nar las relaciones entre diversos elementos componentes o factores de la vida social. 3.· Desarrollar las condiciones básicas de la está· tica y dinámica sociales" 11. La primera de estas "funciones" designa, claro está, una condición previa de cualquier ciencia experimental, pero se queda en el plano de lo que Parsons y Shils han denominado "un sistema clasificatorio "ad hoc" 1\ es decir, que se agota en la construcción de categorías inconexas, sin integración teórica. Tam­ bién la segunda "función" mencionada por Ginsberg se mantiene en un nivel muy bajo de generalidad, sin revelar intención sistemática alguna. Más bien descubre, lo mismo que la ."tercera función de la sociología", una intención de tipo filosófico: a saber, la de obtener, mediante el estudio de los fenómenos sociales, nuevos puntos de vista sobre las relaciones ontológicas entre Ser y Consciencia, o entre el Hacerse y el Perecer. Pero ninguna de las "funciones prin­ cipales de la sociología" formuladas por Ginsberg se ocupa direc­ tamente de la posibilidad de la integración lógica del saber socio­ lógico en un sistema empírico-teórico. La contribución de Parsons se concreta en el postulado de esa posibilidad, y su avance decisivo sobre todos los intentos anteriores de teoría sociológica se funda­ menta en la implicación de dicho imperativo referido a las "funcio­ nes principales de la sociología" (al menos en cuanto a su posibili­ dad); pues si la teoría sistemática es posible en la sociología, enton­ ces es también necesaria para el progreso de esa misma sociología y sólo puede tener sentido en sociología aquella investigación que se oriente explícitamente hacia la elaboración de un sistema teórico lógicamente conexo· o se refiera a éste. R. K. Merton definió en cierta ocasión la "teoría sociológica sis­ temática" como "la reunión de aquellas partículas de anteriores teorías que han resistido hasta ahora el examen del análisis empí­ rico" 13. En este sentido, casi inservible por su excesiva prudencia,

11 M.

12 Cfr.

GINSIlERG:

Sociology (Londres, 1953), pág. 17.

T.

PARSONS

y

E.

A.

SHILS:

Toward a General Theory 01 Action.

páginas SO/51.

13

R.

K.

MERTON:

Social Theory and Social Structure. pág. 4.

MÁs

ALLÁ

DE

LA

UTopíA

63

no puede considerarse a la teoría sistemática como "conditio sine qua non" del progreso de la sociología. Nos lleva más adelante la

orientación de la sistematización en los planos indicados por Par· sons y Shils: partiendo del "sistema clasificatorio "ad hoc" y pasando por el "sistema de categorías" ---en el que se unen las categorías a clasificar en relaciones empíricamente verificables-, por el "sistema teórico" -que como, por ejemplo, en la mecánica clásica formula supuestos (leyes) verificables, válidos en condiciones ideales-, hasta

el "sistema empírico-teórico", que permite el dictamen de procesos

en sistemas empíricos, es decir, más allá de las condiciones experi­

mentales constitutivas de los sistemas teóricos. Sólo esto último es "a largo plazo la finalidad de la actividad científica" 14. Si la situación de la teoría sistemática nos da el índice de la madurez de una ciencia, esto quiere decir que sin el desenvolvi­ miento de una teoría sistemática resultan estériles las investigacio­ nes en esa ciencia. En este sentido el desenvolvimiento de un sistema teórico lógicamente concatenado es imprescindible para el progreso de la ciencia. Un sistema teorético lógicamente compacto es, pues, un sistema de categorías y variables unidas por hipótesis verificables, en el que "la implicación lógica de cualquier proposición dentro del sistema encuentra su expresa [y verificable, R. D.] formulación en otra proposición dentro del mismo sistema" lS. La meta ideal de la .investigación sociológica es, evidentemente, la descripción completa

y la explicación de la acción social. Presupuesto indispensable y

"rationale" para alcanzar esta meta es la construcción de un sistema

teórico lógicamente cerrado en el sentido indicado. Parsons inicia su gran obra sobre la "Estructura de la Acción Social" con una constatación y una pregunta: "Spencer ha muerto. ¿Pero quién le ha matado y cómo? He aquí el problema". 'Parsons da una parte de la solución: Pareto, Durkheim y Weber. Mas él mismo, y todo aquel que acepta las tesis presentadas en esquema en este capítulo, es también responsable de su muerte. Y no sólo de la muerte de Spencer, también de la de Comte, Marx y de la de todos aquellos cuya obra llena todavía hoy gran parte de las historias de

la sociología y de los textos sociológicos. Este es el imperativo de la

sociología como ciencia sistemática. Ahora hay que examinar con qué contenido ideológico ha contribuido Talcott Parsons a su jus­ tificación.

14

Cfr. T.

PARSONS

páginas SO/51.

y

E.

A.

SHILS:

Toward a General Theory 01 Action.

ts

T.

PARSONS:

The Structure 01 Social Action, pág. 10.

64

SOCIEDAD

Y LIBERTAD

II

Quizá se considere prematuro delimitar el campo total de una ciencia antes que ésta se haya impuesto con éxito en sus aspec­ tos particulares. Merton ha hablado del "riesgo de producir equiva. lentes sociológicos del siglo XX de los grandes sistemas filosóficos de la antigüedad, con su diversa fuerza inspiradora, con todo su brillo arquitectónico y esterilidad científica" 16. Esta advertencia, en sí justificada, no puede aplicarse al intento de Parsons. Parsons deli­ mita ciertamente el contenido ideal de la sociología como ciencia experimental, pero no intenta colmarlo de una sola vez mediante un

-dice acerca de una de sus

obras principales- es un ensayo de teoría sistemática, pues cons­ tantemente se ha sostenido que en el estado actual del conocimiento no puede formularse semejante sistema" 17. Dentro del plan de con­ junto teórico de la sociología sistemática ve Parsons en dos puntos álgidos de interés científico: en el sistema de categorías de referen­ cia que se halla a la base de la sociología (el "marco de referencia de la acción social") y en el aparato conceptual del análisis socio­

lógico mismo y de su integración teórica (la "teoría estructural­ funcional"). Las observaciones siguientes representan el intento de exponer brevemente el Rrograma de Parsons y sus reflexiones, al menos en breves notas, acerca de esta cuestión. Talcott Pax:sons (nacido en 1902) estudió primero Ciencias Eco­ nómicas. Después de obtener su título de A. B. en el Amherst College (1924) permaneció dos años en Europa: primero, 1924-25, en la London School of Economics, donde escuchó las lecciones de Hobhouse, Ginsberg y Malinowski; luego en la Universidad de Heidelberg, donde Parsons tuvo el primer contacto con la obra de Max Weber. En Heidelberg se doctoró Parsons en Filosofía, en 1927, con una tesis sobre "Concepto del capitalismo en las teorías de Max Weber y Werner Sombart". Su carrera docente la inició como "Instructor" de Economía, primero en el Amherts College y luego (desde 1927) en Harvard, donde sigue hasta la fecha. En 1931 fue nombrado "Instructor" de Sociología, en 1936 "Assistant Pro­

"sistema empírico~teórico". "Este libro

16

R.

K.

MERTON:

Social Theory and Social Structure, pág. 10.

1; T. PARSONS: The Social System (Glencoe, 1951), pág. 536. "La Revista de Occidente" publicará próximamente la traducción en castellano de esta obra, con el título El sistema social, realizada por José Jiménez Blanco y José Cazorla Pérez.

MÁs

ALLÁ

DE LA

UTopíA

65

fessor", en 1939 "Associate Professor", en 1944 Catedrático de So­ ciología, y en 1946, además, director del "Departament of Social Relations" de la Universidad de Harvard. En 1953-54 estuvo Parsons otro año en Europa invitado por la Universidad de Cambridge y, ultimamente, en el Seminario Americano de Salzburgo 1S. Además de su formación de economista y de sus estudios sobre Weber hay otros dos factores que son dignos de mención por haber caracterizado también la obra de Parsons y que no se desprenden de su biografía. Una de estas dos influencias tiene su origen en el fisió­ logo de Harvard L. J. Henderson, que animó a Parsons directamente en sus estudios sobre Pareto 19, pero cuyo influjo sobre Parsons fue mucho más profundo, encontrando su expresión más clara en el concepto de sistema, capital en la obra de Parsons y que procede de Henderson, lo mismo que los conceptos parsonianos de "estructura" y "función", entendidos siempre de un modo análogo al de la fisio­ logía. Un segundo influjo, quizá más importante, procede de sus estudios sobre Freud, desde fines de los años 30, que atrajeron su atención cada vez más a las categorías de la motivación en cuanto a su importancia para la integración y función de Jos sistemas so­ ciales. . Las obras de Parsons dan testimonio de las múltiples influencias de sus voluminosos estudios. La cuestión de "status sistemático de los aspectos no-económicos de la conducta económica", considerada por B. Barber como la clave para comprender el desarrollo de Par­ estudios sobre Freud, desde fines de los años 30, que atrajeron su curso desde la "Structure of Social Action" al "Social System" y los "Working Papers in the Theory of Action". La primera y quizá la más significativa de las obras de Parsons, "Structure of Social Action", representa un intento de mostrar, mediante el análisis de determinados -y, según Parsons, comunes- presupuestos funda­ mentales de las obras de Pareto, Durkheim y Weber, el nacimiento de una teoría que Parsons denomina "la teoría voluntarista de la acción". Catorce años más tarde, en 1951, propuso Parsons el pro­ yecto sistemático de esta teoría en la parte central del symposium,

18 Cfr. para otros datos biográficos de B. BARBER el "Biographical Sketch"

en la obra de PARSONS:

(Glencoe, 1948), las notas al final del trabajo de PARSONS sobre G. GURVITCH

y W. E. MOORE:

logie (Sociología), págs. 341 y ss., págs. 416 y ss. HENDERSON mismo publicó un libro sobre la Pareto's General Sociolo.~¡¡.

Twentieth Century Sociology (op. cit.) y H. SCHOECK: Sozio­

Essays

in

Sociological

Theory

Pure

and

Applied

'"

20

B. BARBER en:

Applied, pág. 349.

T.

PARSONS:

Essays in Sociological Theory Pure and

66

SOCiEDAD

Y LIBERTAD

publicado en colaboración con E. A. Shils, "Toward a General Theory of Action", bajo el título "Valores, motivos y sistemas de acción". El mismo Parsons observó que este trabajo representaba "en lo esencial una formulación nueva y ampliada del objeto teórico de la "Structure of Social Action" 21. Mientras que estos trabajos sobre la teoría de la acción, como demostraremos, trascienden el marco de la teoría sociológica 22 y tratan de determinar el fondo común de todas las ciencias sociales, representa las repetidas veces mencionada "teoría estructural·funcional" la contribución de Par­

sons a la teoría sociológica en un sentido más estricto. El concepto de "teoría estructural.funcional", lo mismo que el de "función" en general, falta todavía en la "Structure of Social Action". Lo encono tramos por vez primera en Parsons en algunos escritos publicados desde 1945, transformándose en el tema central del capítulo sobre "el sistema social", en la contribución de Parsons y Shils a "Toward

a General Theory of Action", y especialmente en la tercera gran

obra de Parsons, "The Social System", aparecida en aquel mismo año. Desde entonces ha fijado Parsons su atención sobre todo en dds problemas que entiende estrechamente relacionados: en la ela· boración y ampliación de la teoría de la acción, sobre todo de su dimensión psicológica (cfr., los "Working Papers in the Theory of Action" y una serie de artículos de revistas) y en la aplicación de la teoría estructural·funcional a problemas específicamente sociológi­ cos 23 (cfr., por ejemplo, "Revised Analitycal Approach to the Theory

of Social Stratification"). Los estudios empíricos de grupos pequeños,

realizados a veces muy intensivamente por Parsons y su colabora­ dor y colega R. E. Bales, representan un intento de combinar las dos intenciones arriba mencionadas. Los datos biográficos son reveladores ciertamente sólo hasta cierto grado. Pero del conocimiento del desarrollo científico de Par· sons se deducen dos consecuencias. En primer lugar, nos muestra que Parsons no ha intentado colocar a la sociología en un campo más amplio partiendo de esta disciplina, sino que ha querido, por el contrario, concretar el sitio de la sociología junto a otras ciencias sociales a partir de esquemas más amplios. En segundo lugar, y

21

23

T. PARSONS:

PARSONS mismo

The Social System, pág. IX.

considera

que

la

es

un estudio sobre la teoría sociológica en sentido estricto, sino un análisis

sobre la naturaleza e implicaciones del sistema de

23 Esto último lo ha hecho PARSONS naturalmente también antes; cfr. sus Essays in Sociological Theory Pure and Applied o el capítulo X del Social system sobre el estamento profesional de los médicos.

Structure

o{ Social Action

"DO

referencia de la acción"

MÁS

ALLÁ DE LA UTopfA

67

como su consecuencia, el desenvolvimiento científico de Parsons nos da dos puntos de partida de sus reflexiones teóricas: la teoría de la acción, por una parte, y la teoría estructural·funcional, por otra, que se afirman relacionados, pero que se hallan al menos en dos dis· tintos grados de generalización. Habrán de considerarse por sepa· rado, y uno tras otro, ambos puntos de partida.

III

Si la teoría sociológica ha de ser sistemática, debe basarse en un marco de referencia que trascienda las categorías deduCibles me· diante una generalización empírica obtenida de los materiales de la sociología misma. Debe orientarse por unas cuantas categorías que -lo mismo que el espacio, el tiempo, la masa, el movimiento,etc., en la mecánica clásica-, en cuanto categorías descriptivas, propor· cionen la base de cualquier análisis de los fenómenos sociales. Esto, empero, quiere decir que dicho marco de referencia -a no ser que se defienda "la teoría enciclopédica, que considera a la sociología ·como la síntesis de todos nuestros conocimientos sobre la conducta humana en sociedad" 2'_ debe trascender los límites de la socio· logía. "De alguna manera" ha de elaborarse un "aparato teórico, que coordine nuestro propio campo [la sociología, R. D.] con los otros, los cuales forman parte igualmente de un sistema fundamen· tal más amplio" 25.­ En su "Structure of Social Action" cita Parsons cuatro distintos marcos de referencia d eesta clase, que F. Znaiecki había distinguido en su libro "The Method of Sociology": "acción social", "relaciones sociales", "grupos sociales" y "personalidad social" 26. Parsons se decide por el primero, por dos motivos: 1. Porque es el marco de referencia en el que converge la teoría sociológica tradicional; y 2. Porque "puede ser considerado como el más elemental" 27. El primero de estos argumentos es de tipo histórico y puede probar que tiene sentido elegir la acción social como la categoría básica de semejante marco de referencia. A su estudio y discusión se

21 T. PARSONS:

gical Theory, pág. 4.

25 T. PARSONS:

logical Theory, pág. 4.

"The Position of Sociological Theory", Essays in Soci%­

"The Position of Sociological Theory", Essays in Socio­

26 T. ~ARSONS: The Structure o{ Social Action, pág. 30.

27 T. PARSONS:

The Structure o{ Social Action. pág. 39.

68

SOCIEDAD

Y

LIBERTAD

dedica la mayor parte de la "Structure of Social Action", que se ocupa de explicar la tesis de la convergencia de las teorías de Pa­ reto, Durkheim y Weber. El segundo argumento es lógico. Si se puede fundamentar, debe considerarse como imperativa la elección de la "acción social" como marco de referencia. Sin seguir aquí en detalle sus distintos pasos, puede afirmarse que Parsons ha aducido dicha prueba. Como categoría fundamental del marco de referencia de la "ac­ ción", el "acto unidad" ("unid act"). Más adelante habla de una ma­ Juce Parsons en la "Structure of Social Action" la "unidad de ac­ citÍn ", el "acto unidad" ("unit act"). Más adelante habla de una ma· nera más abstracta y, al mismo tiempo, más exacta de la "acción" ("action") como elemento de la teoría de la acción. La acción es para Parsons cualquier forma de conducta humana, que puede descri­ birse y analizarse mediante categorías determinadas, que Parsons designa como implicaciones lógicas del concepto de "acción". Estas categorías representan al mismo tiempo el punto de partida de la teoría de la acción. Constan de aquel "minimum de términos des· criptibles" o hechos, que han de ser predicables de la unidad fun­ damental de un sistema, antes que pueda designarse a ésta como , tal 28. Las tres implicaciones esenciales sin las cuales no puede en­ tenderse la acción en este sentido, son para Parsons los actores ("actors"), la situación de la acción ("situation of action") y la orien· tación de los actores con referencia a la situación ("orentation of the actor too the situation") 2!l. La teoría de la acción se inicia a partir del análisis del marco de referencia de la acción, constituido por estas categorías elementales formales y descriptivas. Apenas necesita explicarse que la acción no puede ser pensada sin actores. Por actores entiende Parsons tanto a individuos como a colectividades, que se presentan bien como sujeto bien como ob· jeto de la acción. La situación de la acción comprende todos los objetos sociales y no·sociales que se encuentran ante el actor como presupuestos in­ controlables o como instrumentos controlables. Como situación se comprenden, pues, sólo aquellos elementos que tienen algún signi­ ficado para la acción de que se trate, separados del campo ilimitado en principio, que rodea al actor en su acción. Puede tratarse de un significado difuso o específico de personas o cosas como condiciones

28

29

Cfr. T. P ARSONS:

The Structure 01 Social Action. pág. 44.

Así,

en

T.

PARSONS

y

E.

A.

SHILS:

Toward

a General

Action. pág. 56.

Theory

01

MÁS

ALLÁ

DE

LA

UTopíA

69

o medios de la acción, pero en cualquier caso se trata de objetos ex· trínsecos al actor. Los presupuestos intrínsecos y las implicaciones de la acción, y con ello la categoría fundamental decisiva del marco de referencia de la acción de Parsons, están comprendidos bajo el punto de vista de "orientación del actor referida a la situación". Esta categoría, descrita como la acción en lo universal o genérico, comprende dos especies de orientación analíticamente distintas: la orientación mo· tivacional y'la de valor. Ambas tienen implicaciones importantes. Que toda la acción pueda ser analizada desde el punto de vista de la orientación motivacional quiere decir que está siempre dirigida hacia un fin, que nace de la voluntad del actor. Y, por otra parte, que toda la acción pueda ser analizada bajo el aspecto de la orien· tación de valor significa que se sujeta siempre a normas y criterios selec;tivos, internalizados por el actor, los cuales deciden sobre la elección entre dos alternativas. En la deducción de otras categorías de la teoría de la acción, a partir de este marco de referencia, el máximo interés se centra na· turalmente en el desarrollo de conceptos formal-descriptivos para la orientación 'de los actores, referida a situaciones concretas. Par­ sons propone categorías para la descripción: 1. De modos posibles de orientación motivacional. 2. De modos posibles de orientación de valor; y 3. De posibles alternativas en la interpretación de situa­ ciones de acción, en cuanto contribuyen a la orientación referida a si­ tuaciones 30. Todas estas categorías son formales en cuanto carac­ terizan determinadas maneras de actuar sólo según su forma y estructuras lógicas; son descriptivas, en cuanto que esta designación conceptual sirve, en primer lugar, sólo a su caracterización y no al análisis. El próximo paso de la teoría de la acción consiste en analizar las maneras en que pueden considerarse como integradas dentro de un sistema las acciones o unidades de acción. "Las acciones, en un plano empírico, no se hallan aisladas, sino que se presentan en cons­ telaciones, que llamamos sistemas" 3\ Distingue aquí Parsons tres sistemas, en los que se organizan, cada uno de un modo distinto, los

Aquí introduce PARSONS el llamado "pattern-variable-scheme" (q.e se

podría interpretar

que consta de cinco dicotomías. de las que cada una "ha de ser elegida por

su parte por el que actúa. antes que quede fijado

una situación" (Toward a General Theory 01 Action, pág. 77).

Toward a General Theory 01 Action, pá­

para él el significado de

311

como el esquema variable de los modos de orientación).

SI

T.

PARSONS

y

E.

A.

SHILS:

gina 54.

10

SOCIEDAD

Y

LIBERTAD

terminadas propiedades básicas, sin las cuales es imposible concebir elementos de la acción: el "sistema social", el "sistema de la perso­ nalidad" y el '~sistema cultural" 52. "Los sistemas sociales, de la per­ sonalidad y culturales constituyen el objeto crítico de la teoría de la acción. En los dos primeros casos se consideran los sistemas mismos como actores cuya acción se concibe como orientada hacia metas y hacia la satisfacción de disposiciones de necesidad, como presentán­ dose en situaciones, consumiendo energía y siendo regulados por normas. El análisis de la tercera clase de sistema es esencial para la teoría de la acción, porque los sistemas de criterios de valor (crite­ rios de selección) y de otras pautas culturales, cuando se han insti­ tucionalizado en sistemas sociales e internalizado en sistemas de la personalidad, guían al actor tanto en la orientación referida a fines como en la' regulación normativa de actividades de medios y ex­ presivas, siempre que las disposiciones de necesidad del actor per­ mitan decisiones electivas en estas cuestiones" 33. El. análisis formal de los tres sistemas (o subsistemas) de la ac­ ción conduce luego a la teoría propiamente sociológica, psicológica

y antropológica, respectivamente. Pero antes que demos este

paso, que lleva a un plano de generalización más inferior y se dis­

tinguió al comienzo del capítulo de la teoría de la acción, parece oportuno hacer dos observaciones sobre esta teoría. Para concretar el sitio reclamado por Parsons en las ciencias so­

ciales para su teoría de la acción, quizá no está fuera de lugar llamar

la atención sobre una analogía que él mismo utiliza repetidamente.

Parsons compara muchas veces el marco de referencia que sirve de

fundamento a esta teoría con el marco de referencia de la mecá­ nica clásica. A la acción corresponde aquí la partícula elemental, a las tres implicaciones de la acción los atributos de estas partículas elementales. "Este es el marco más general de categorías, dentro de

las que se hace plausible la investigación empírico-científica" 31. "Así

como las unidades de un sistema mecánico en el sentido clásico, la~ pa'rtículas, sólo pueden definirse por sus atributos de masa, yelo­

cidad, situación en el espacio, dirección de movimiento, etc., así también PQeden poseer las unidades de los sistemas de acción de­

52 "Social system", "personality system" y "cultural system". Es tal vez importante advertir que el concepto de "cultura" se interpreta aquí en el sen­ tido de la antroposociología norteamericana como el resumen de la fijación de valores de una sociedad.

Toward a General Theory of Action. pá­

ginas 55/56.

33

T.

PARSONS y E. A.

SHILS:

3.

T.

PARSONS:

The Present Position and Prospects

",

pág. 44.

MÁS ALLÁ DE LA UTopfA

71

terminadas propiedades básicas, sin las cuales es imposible concebir

dichas unidades como

Parsons puede dar lugar quizás a más de una observación crítica; nosotros nos hemos limitado a reproducirla aquí para aclarar lo dicho más arriba. La comparación con la mecánica clásica puede contribuir a la in· telección del status lógico de la teoría de la acción, pero oculta la generalidad que comporta esta teoría. La afirmación, hecha ya repe­ tidas veces, de que esta teoría rompe el marco de la teoría propia­ mente sociológica, puede formularse ahora con más exactitud y niti· dez; sólo queda justificada su pretensión si la teoría de la acción puede conceptuarse como sistema de relación para todas las disci­ plinas científico-sociales. Partiendo de esta situación teórica se ex· plica el symposium "Toward a General Theory of Action". Nueve sociólogos han contribuido a esta colección habiendo aceptado todos ellos el sistema de relación de la acción como básico para su disci­ plina científica: tres sociólogos (T. Parsons, E. A. Shils, S. A. Stouf­ fer); cuatro psicólogos (E. G. Tolman, G. W. Allport, H. A. Murray, R. R. Sears) y dos antropólogos (c. Kluckhohn, R. C. Sheldon). En distintos sitios intenta Parsons determinar el orden, no sólo de estas tres ciencias, sino también de las Ciencias Económicas, de las Polí· ticas, de la Historia, a partir de la teoría de la acción 36. Parece evi· dente que la teoría de la acción permite a Parsons fijar las relaciones entre sociología y psicología, o sociología Y antropología, con más detalle de lo que era posible hasta la fecha. Por lo contrario, dicha teoría está unida indisolublemente, a largo plazo, a la aceptabilidad de su pretensión de ser el sistema de categorías de relación para todas las ciencias sociales 37.

"existentes" 35. Esta analogía empleada por

IV

Como acabamos de ver, el sistema social es para Parsons uno de los tres sistemas lógicos equivalentes de la acción. Su estudio analí­

¡5

T. PARSONS:

The Structure of Social Action. pág. 43.

~6 Cfr. sobre todo The Structure of Social Action, pág. 757 Y sigs.:

The

Sodal Sustem. cap. XII; también Toward a General Theory of Action, pá­

ginas 28/29, Y The Present Position and Prospects, etc., pág. 66.

el

hecho de que varios de los autores del symposium Toward a General Theory of Action se hayan distanciado entretanto otra vez de esta empresa tel caso

!7

De

ahí

que

tenga

considerable

importancia,

como

se

ha

sabido,

más llamativo es el de E. C. TOLMAN).

72

SOCIEDAD

Y

LIBERTAD

tico es tarea propia de la sociología, y, en sus aspectos formales, de la teoría sociológica (sistemática). El sistema social representa una de las maneras en que pueden ser integrados los elementos del marco de referencia de la acción. Su estudio precisa, pues, tanto de la re­ ferencia a su sistema de categorías como de un esquema analítico que le es propio. La referencia al sistema de categorías de la acción se realiza, por de pronto, sin dificultades. Como todo sistema, también el sistema social posee una estructura, es decir, "un conjunto de modos refe· renciales de unidades relativamente estables". "Y como la unidad del sistema social es el actor, la estructura social es un sistema de modos sociales de relación del actor" 38. "El acto se convierte en­ tonces en una unidad dentro del sistema social, en cuanto que es parte de un proceso de interacción entre su autor y otros actores" 119. Las categorías de la teoría de la acción son, pues, aplicables a la teo­ ría sociológica, en cuanto que el sistema social es un sistema de ac­ tores que en las distintas situaciones actúa con determinadas orienta­ dones motivacionales y de valor. Pero este esquema elemental no basta -o es demasiado amo pli<r- para solventar los problemas de la teoría sociológica. "Es una característica relevante de la estructura de los sistemas de acción social el hecho de que el actor no participa en la mayoría de las re­ laciones en su totalidad, sino sólo mediante un sector diferenciado dado de su acción total. Este sector, que representa la unidad del sistema de relaciones sociales, se designa preferentemente como "rol" tOo De ahí que "para la mayoría de los fines sea el rol la unidad conceptual del sistema social" 41. Más adelante escribe too davía más explícitamente: "Para la mayor parte de los fines del análisis preferentemente macroscópico de los sistemas sociales re· sulta, sin embargo, conveniente emplear una unidad de mayor orden que el acto, a saber, el status-rol, como será denominada" 42. Para entender este punto de partida de la teoría estructural·funcional son necesarias algunas reflexiones antes de entrar en la discusión de los conceptos de "status" y "rol". El problema con que se encuentra la teoría sociológica es el del análisis teórico de procesos. Se trata aquí de un problema en doble

38

T.

PAKSONS:

The

Present Position and Prospects

pág. 61.

11I

T.

PARSONS:

The Social System. pág. 24.

 

<O

T. PARSONS:

The Present Position and Prospects

pág. 61.

'1

T.

PARSONS

y

E.

A.

SHIL:

Toward a General Theory o, Aetion. pá­

gina 190.

 

,.

T.

PARSONS:

The Social System. pág. 25.

MÁs

ALLÁ

DE

LA

UTOP'A

73

sentido. El análisis de procesos no es sólo el objeto de la teoría so­ ciológica, sino que es también un objeto con muchas dificultades, que se resiste de una manera clara a la racionalización y explicación científica. La explicación científica de procesos requiere el conoci­ miento de las leyes conforme a las cuales se desarrollan los mismos. Pero la formulación de estas leyes requiere, en primer lugar, el co· nocimiento de todas (en los sistemas empíricos-teóricos) o al menos de las esenciales (en los sistemas teóricos) variables, que son de al· guna efectividad en los procesos de referencia y luego, además, la determinación exacta de las relaciones entre dichas variables y su importancia en cada caso. Pero precisamente aquí se ofrece al so­ ciólogo un problema que de primera intención es casi insoluble: el control de variables que no son experimentalmente reproducibles. Parsons se da perfecta cuenta de este problema. Como fin propio de la teoría sociológica ve también él la explicación de procesos so­ ciales. Al mismo tiempo ve también, precisamente en este punto, la mayor dificultad de la teoría sociológica. "El ideal de la teoría científica debe ser ampliar cuanto sea posible la dimensión dinámi­ ca del análisis de sistemas complejos como un todo. La consecución de este ideal es lo que depara las mayores dificultades teóricas a la ciencia" 4 En este dilema nace la teoría estructural-funcional y tiene su ori­ gen en sociología los conceptos de "estructura" y "función". Se intro­ ducen con la intención de racionalizar, describir y fijar puntos aclara­ torios en el plano abstracto del sistema teórico hechos anterior­ mente, no explicables en un sistema simplificado. El primer paso de este intento consiste en la construcción de una estructura relativamente estable de sistemas como punto de partida de todos los procesos que involucran a dicho sistema. Se reconoce que semejantes estructuras estables no pueden presentarse nunca empíricamente. En su construcción se ha quedado parado el carácter esencialmente procesual de la realidad social. La construc­ ción de una estructura considerada como estable de sistemas so­ ciales es, vista lógicamente, una operación en la que se fijan como constantes determinadas categorías que, en realidad, son variables. La categoría de estructura implica, por tanto, una pérdida de ple­ nitud empírica, es una simplificación. Pero al mismo tiempo se pre­ senta como "un instrumento técnico auténticamente analítico"",

<3

T. PARSONS:

The Present Position and Prospeets

bién el siguiente argumento, op. cit.

u

T.

PARSONS:

The Present Position and Prospects

pág. 47. Cfr. tamo

,

pág.

47.

74

SOCIEDAD

Y

LIBERTAD

porque permite relacionar análisis procesuales con un punto de par­ tida fijo y porque obliga a tener constantemente presentes todos los componentes de esta situación. Las categorías estructurales, como es evidente, son necesaria· mente "estáticas". Describen relaciones en una estructura sacada de un contexto pocesual. Con ello adquiere importancia el problema de encontrar un modo de relacionar estas "categorías estructurales

"estáticas"

sistema. El concepto importantísimo de función proporciona esta conexión. Su misión esencial consiste en proporcionar criterios para

calibrar la "importancia" de .los factores dinámicos y los procesos dentro del sistema. Son importantes en cuanto que tienen signifi­

cación funcional para el sistema

El significado funcional, en este

contexto, es en sí mismo teleológico. Un proceso o una serie de con­

diciones "contribuye" al mantenimiento (o desarrollo) del sistema,

o es disfuncional en cuanto se opone activamente a la integración

o efectividad, etc., del sistema. De aquí que la referencia funcional de tOdas las condiciones especiales y procesos con el estado del sistema en su conjunto, como una unidad funcional, es 10 que pro­ porciona el equivalente lógico de las ecuaciones simultáneas en un sistema plenamente desarrollado de teoría analítica" u. Las categorías de "estructura" y "función" designan los puntos

de interés centrales en una teoría sociológica, que todavía no tiene

la pretensión de dar "un sistema plenamente desarrollado de teoría

analítica". En su esfuerzo por solventar los problemas del análisis dinámico se presupone en cada caso dado la estructura del sistema social, luego la función de partes especiales de este sistema, después

se investiga su contribución al funcionamiento del sistema, para poder determinar finalmente la estabilidad o inestabilidad de los sistemas sociales. Todos los demás conceptos de la teoría estruc­ tural-funcional,' también los términos "status" y "rol", se llenan de sentido respecto de esta intención y de los pasos analíticos nece­ sarios para su realización, que quedan caracterizados por las cate­ gorías de "estructura'" y "función". Recordemos que Parsons ha intrcx1ucido el complejo terminoló­

con los elementos dinámicamente variables dentro del

4

The Present Position and Prospects

presenta preferentemente como ejemplo de un sistema teórico lógicamente compacto y coherente (yen este sentido "plenamente desarrollado") la estruc­ tura lógica de un sistema con ecuaciones dadas de diversas variantes ("simul­ taneous equations"), es decir, de un sistema en el que todas las variantes están ya completamente fijadas. Cfr., por ejemplo, The Structure o{ Social Action, pág. 10.

, pág. 48. PARSONS

'5

T. PARSONS:

MÁs

ALLÁ

DE

LA

UTopíA

75

gico "satus-rol" "como unidad fundamental para el análisis de los sistemas sociales. Esta unidad fundamental no es la "acción" o el

"actor", sino sólo un sector concreto del actor en una determinada acción, precisamente su "status-rol", La pareja "status" y "rol"

y "función". El sec­

relaciones sociales,

tiene dos aspectos principales. Por un laJu está el aspecto posicio­ nal -es decir, aquel en que está "localizado" el actor en cuestión dentro del sistema social en 'relación con los otros actores. Esto es 10 que llamamos su status, que es su lugar en el sistema de rela· ciones considerado como estructura, es decir, como sistema pautado de "partes"-. Por otro lado, se encuentra el aspecto procesual, el de 10 que el actor hace en sus relaciones con los otros, visto en el con­ texto de su significación funcional para el sistema social. A esto 10 denominaremos su rol" '6•. Ambos conceptos, status y rol, evitan la regresión a la perso­ nalidad como sistema psicológico. Naturalmente pueden retrotraerse a ésta, pero dentro del marco del análisis sociológico no se retro­ traen, sino que se tratan como unidades elementales específicas de la teoría sociológica. Por consiguiente, todos los demás supuestos sociológicos no son manifestaciones acerca de personas, sino sobre "status" y "roles", designando siempre el "status" su posición y el "rol" su aspecto correspondiente en la conducta de las personas. En cuanto pueda ser considerada la personalidad individual dentro del análisis sociológico 10 será siempre como portadora de "status" y "roles". Partiendo de estas categorías básicas distingue Parsons tres cam­ pos de problemas principales dentro de la teoría estructural-funcio­ nal, que se siguen lógicamente, en cuanto que la solución de los problemas posteriores presupone la solución de los anteriores:

1. La teoría de la estructura social. 2. La teoría de los procesos de motivación dentro del sistema; y 3. La teoría del cambio. La teoría de la estructura 'social se basa en el supuesto de que "es una condición de la estabilidad de los sistemas sociales que ha de existir una integración de los criterios de valor de las unidades componentes para constituir un sistema de valores cdmunes". "La existencia de semejante sistema de pautas como punto de referencia

corresponde exactamente a la de "estructura"

tor, con el que el actor participa en las nf tuas

The Social System, pág. 25. Es interesante notar aquí que

PARSONS vuelve a comprobar -como ya lo hizo en el sistema de referencia de la acción con la teoría de la acci6n-: "El status-rol es an'logo al átomo

de la mecánica

" T. PARSONS:

" (The Social System, pág. 25).

76

SOCIED.~D y LIBERTAD

para el análisis de los fenomenos sociales --dice Parsons·- es un supuesto central que se sigue inmediatamente de la aplicación del marco de referencia de las acciones al análisis de los sistemas socia­ les" '7. Claro que es muy difícil de demostrar la relación directa del supuesto de un sistema de valores comunes, como principio de la estructura de los sistemas sociales, sobre el sistema categorial de la acción, aunque sí puede hacerse con relación al complejo concep­ tual "status-rol". La conexión es 10 bastante importante como para estudiarla más detenidamente. "El rol, como aspecto de conducta de status, proporciona el nexo de unión entre las normas ideales y las de conducta de una sociedad" '8. El que el rol sea el aspecto correspondiente al status en la conducta de las personas quiere decir, en primer lugar, que a cada status se atribuyen determinadas conductas, ya esperadas. "Así se espera de una "esposa", como obligaciones propias de su status, que tome a su cargo la responsabilidad de la economía doméstica y, en su caso, el cuidado de los hijos" '9. Estas conductas ya esperadas o "expectativas de rol" se han institucionalizado, es decir, para cada rol hay determinadas obligaciones y prohibiciones socialmente de. finidas. Hay otros que vigilan, también como formando parte de sus expectativas de rol, para que los actores cumplan con sus obliga­ ciones. "Lo que son sanciones para el ego, son expectativas de rol para el alter, y al revés" 50. "Desde este punto de vista, el aspecto esencial de la estructura social se encuentra en el sistema de expec­ tativas normativas, que definen la conducta adecuada de las perso­ nas que desempeñan determinados roles" 5\ es decir, en un si c 1:ema de valores comunes, supra·individual e institucionalizado. "El ele­ mento fundamental y estructuralmente estable de los sistemas so­ ciales, que tiene una importancia básica para su análisis teórico, es por ello su estructura de pautas institucionalizadas, que definen los roles de los actores que los constituyen" 5~. Otros análisis de la teoría de la estructura social se ocupan luego principalmente de la

T.

PARSONS:

"A

Revised

Anafytical

Approach

to

the

of So­

Class Status and

Theory

cial Stratification", en R. Bendix y S. M. Lipset (editores):

Power (Glencoe,

1953), pág. 93.

'8

T.

PARSONS:

"Toward

a

Common

Language

for

the

Area

of

Social

Science", EsscJYs in Sociological Theory. pág. 43.

'9

T. PARSO:-;S:

Theory,

pág. 43.

"Toward a Common Language

", Essays in Sociological

MÁs

ALLÁ

DE

LA

UTOPÍA

77

los sistemas

sociales 53 y de la diferenciación institucional en estos mismos sis­

temas. La teoría de los procesos de la motivación dentro del sistema se ocupa de la conexión de las determinantes igualmente objetivas, es decir, institucionales, de la estructura social $:on la motivación sub­ jetiva de los actores en esa misma estructura. Sus problemas esen· ciales son: ¿cómo se transforman los valores fijos e institucionali­ zados de una sociedad en parte de la estructura de la personalidad de los individuos en dicha sociedad? Y. ¡qué procesos en la perso­ nalidad de los ·distin tos actores llevan á acciones lesivas, que rom­ pen la adecuación con las expectativas de rol? La primera de estas cuestiones se refiere al problema, estudiado por Parsons con todo detalle, de la internalización de valores fijos sociales como condi­ ción de la estabilidad de personalidades y sistemas sociales. La se­ gunda cuestión toca el problema de la conducta patológica, que se aparta de los valores fijos institucionalizados y de los mecanismos que conocen las sociedades para controlar estas conductas patoló­ gicas (control social) ". La teoría estructural·funcional tiene la intención de formular un conjunto de categorías relacionadas con cuya ayuda: 1. Se pueda analizar todo fenómeno social parcial -categoría o grupo social, norma o institución-;- de tal manera que aparezca claro su papel dentro de determinadas estructuras y en procesos salidos de dichas estructuras. 2. Se puedan analizar sociedades enteras de modo que no sólo sean susceptibles de una racionalización científica su estruc­ tura, sino también sus "puntos neurálgicos" y las tendencias de desarrollo sugeridas por éstos. En el ~entro de estos análisis están las categorías de "estructura" y "función", a su salida las de "status­ rol" y las categorías y conceptos deducibles de éstas, en especial aquellas que se refieren a la institucionalización de normas de va­ lores y sanciones, la internalización de dichas normas y las maneras 'de desviación de ellas. Pero su coronación es el análisis dinámico del

teoría sociológica Es indudablemente el

es

existencia de las

normas

de

valor predominantes en

cambio social mismo. "La última rama de la ~a teoría dinámica del cambio institucional

punto de culminación sintético de la estructura teórica de nuestra ciencia 55.

53 Conforme al "pattern-variable-scheme". cfr. nota 30.

".

Para el problema de

la

interiorización, sobre todo el cap.

VI,

para el

de la conducta patológica el cap. VII del Social System.

50 The Social System, pág. 38.

T. PARSONS:

55

T. PARSONS: