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CENICSH Centro Nacional de Investigaciones en Ciencias Sociales y Humanidades Dirección Nacional de Investigación en

CENICSH

Centro Nacional de Investigaciones en Ciencias Sociales y Humanidades

Dirección Nacional de Investigación en Ciencia, Tecnología e Innovación Viceministerio de Ciencia y Tecnología Ministerio de Educación

ESTUDIO 3

Literatura y Movimientos Sociales en El Salvador

Ricardo Roque Baldovinos

y Tecnología Ministerio de Educación ESTUDIO 3 Literatura y Movimientos Sociales en El Salvador Ricardo Roque

Personal Directivo

Profesor Salvador Sánchez Ceren Vicepresidente de la República y Ministro de Educación Ad Honoren

Dra. Erlinda Hándal Vega Viceministra de Ciencia y Tecnología

Ing. Eduardo Badia Viceministro de Educación

Dirección Nacional de Ciencia, Tecnología e Innovación (DNICTI)

Centro Nacional Investigaciones en Ciencias Sociales y Humanidades (CENICSH)

Esta Memoria de Estudios 2010 es una publicación del Centro Nacional de Investigaciones en Ciencias Sociales y Humanidades (CENICSH)

Responsable: Dr. Antonio Martínez-Uribe Coordinador del Programa Sociedad, Economía y Política

Diseño de portada y Diagramación: Baudilio Guevara Portillo Gerencia de Tecnologías Educativas

Impresión:

ISBN:

Los conceptos vertidos en esta publicación son responsabilidad de los autores. San Salvador, Agosto del año 2011.

PRESENTACIÓN

El presente estudio: “Literatura y Movimientos Sociales en El Salvador”, realizado por encargo del Centro nacional de Investigaciones en Ciencias Sociales y Humanidades (CENICSH), Ricardo Roque Valdovinos, doctor en literatura, forma parte de la memoria de estudios del año 2010 del CENICSH.

La memoria 2010 es una compilación de los trabajos académicos y constituye una aportación

al conocimiento de la realidad salvadoreña, en su complejo proceso social, cultural, económica

y política. Reune varias temáticas de trabajos académicos y profesionales, que se generan como articulos científicos, cuadernos de trabajo y estudios.

Estos productos forman parte de una iniciativa del gobierno a fin de concretar una política de investigación científica a cargo del ministerio de educación por medio del viceministerio de ciencia y tecnología. Ofrece a la comunidad académica estudios e investigaciones propias como obras de consulta para clarificar y sustentar criterios con apoyo científico.

Abordada desde la perspectiva del descubridor del saber frente al sujeto social y su entorno existencias y a los desafios del propio futuro, considera que la educación es el componente de la inspiración nacional: la liberación por medio de la cultura y la ciencia. El CENICSH, al elaborar, publicar y difundir para su examen critico estos trabajos, cumple con objetivos del ministerio de educación, promover la cultura y el saber al pueblo de el salvador, origen y fin del estado según nuestra constitución.

Este estudio de Ricardo Roque Valdovinos, es un resultado logrado y pretende ser un documento de soporte en las investigaciones sobre ciencias sociales, que ha quedado plasmado

junto con otros trabajos académicos en la memoria de estudios 2010. Se publica por separado dada

la importancia e interés del cual ha sido objeto así como para cumplir con el propósito de enfocar

una de las temáticas abordadas y prioritarias dentro de la agenda de investigación del CENICSH.

Por la cultura,

Dra. Erlinda Hándal Vega Viceministra de Ciencia y Tecnología Ministerio de Educación de El Salvador MINED

CONTENIDO

I. ARTÍCULOS CIENTÍFICOS

Artículo científico 1: La formación de recursos humanos en educación para promover una cultura política democrática. Investigador: Godofredo Aguilllon. Economista. (págs. 9-16)

Artículo Científico 2: El problema de la violencia entre estudiantes de institutos de educación pública Investigador: Ricardo Argueta Hernández. Historiador. (págs. 17-26)

II. CUADERNOS DE TRABAJO

Cuaderno 1: Cultura, Educación e integración social en El salvador. Investigador: Luis Antonio González. Filósofo. (págs. 29-51)

Cuaderno 2: Educación y formación de democracia, sociedad y gobernabilidad. Investigadora: Aida Ruth Rodríguez Macal. Socióloga. (págs. 53-100)

Cuaderno 3: Políticas públicas en Educación para la formación del estado de derecho, principales actores políticos y sociales. Investigador: Ricardo Ribera. Filósofo. (págs. 101-151)

III. ESTUDIOS

Estudio 1: Niñez Excluida sin Hogar. Investigador: Luis Sídney Castro Escobar. Experto en monitoreo y evaluación (págs.153-

219)

Estudio 2: Análisis Comparativo del Discurso Sobre Política Educativa en centro América:

alcances y limitaciones prácticas. Investigadora: Ángela Aurora. Comunicadora (págs. 221-269)

Estudio 3: LITERATURA Y MOVIMIENTOS SOCIALES EN EL SALVADOR Investigador: RICARDO ROQUE BALDOVINOS. LITERATO. (PÁGS. 271-298)

Estudio 4: El papel del Estado de Derecho en la formulación de políticas educativa de las instituciones armadas en El Salvador (págs. 299-351) Investigadores: Emilio Díaz Montenegro, Sociólogo; Patricia López Ortiz, Jurista; Julio Palacios Torres, Politólogo.

ESTUDIO 3

Literatura y Movimientos Sociales en El Salvador

ESTUDIO 3 Literatura y Movimientos Sociales en El Salvador
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de Investigaciones en Ciencias Sociales y Humanidades ESTUDIO 3 CENTRO DE INVESTIGACIÓN EN CIENCIAS SOCIALES Y

ESTUDIO 3

CENTRO DE INVESTIGACIÓN EN CIENCIAS SOCIALES Y HUMANIDADES

VICE-MINISTERIO DE CIENCIA Y TECNOLOGÍA

MINISTERIO DE EDUCACIÓN

INFORME FINAL

INVESTIGACIÓN

LITERATURA Y MOVIMIENTOS SOCIALES EN EL SALVADOR

DR. RICARDO ROQUE BALDOVINOS

21 DE DICIEMBRE 2010

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Viceministerio de Ciencia y Tecnología - Año - 2010

Literatura y movimientos sociales en El Salvador

Introducción

literatura, estética y política

La presente investigación explora la in- teracciones entre literatura y movimientos so-

ciales en El Salvador entre las décadas de 1950

y 1990. Se intenta mostrar la importancia de la

escritura literaria para establecer coordenadas de percepción de la realidad social que posibili- tan el surgimiento y acción de los movimientos sociales que redefinen el panorama político de El Salvador durante dicho período. La escritura

literaria no se limita a ser un mero juego ocioso sobre las estructuras del lenguaje cuyo fin no confenso es la distinción social. Antes bien, la escritura literaria debe considerarse una forma de acción social que opera precisamente sobre

la institución social fundamental, el lenguaje, y

a través de este esboza el espacio común sim-

bólico donde se despliegan los actores socia- les. En resumen, puede afirmarse que en ella se ensaya la construcción de nuevos sujetos de enunciación que son el punto de partida para la articulación de nuevos sujetos políticos.

Este proyecto encuentra un asidero teó- rico en las propuestas de Jacques Rancière so- bre la vinculación entre estética y política. Las ideas de este pensador francés han tenido un impacto muy importante en los últimos años en posibilitar un terreno de encuentro entre el pensamiento filosófico, las ciencias sociales y la reflexión sobre el arte, por la novedad de su concepción de la política y la sociedad, y la re- levancia que allí concede al arte.

La propuesta de Rancière deriva de la teoría francesa de las últimas décadas por la centralidad que confiere a la dimensión sen- sible. Christian Ruby señala que su aporte se enfrenta a la tradición filosófica dominante que excluye la dimensión sensible –es decir el

deseo, el cuerpo, la materia– como portadoras de una significación positiva. Desde Platón, el pensamiento filosófico occidental predominan- te ve en lo sensible un caos confuso, la mar- ca negativa de la finitud humana frente a otra dimensión suprasensible. De esta manera, se implica que el sistema de nuestros afectos re- quiere estar dominado por el logos, es decir por la razón o el rigor del concepto, como instan- cias ordenadoras y unificadoras. Lo sensible se reduce entonces al epifenómeno o como lo ex- presa elo-cuentemente Ruby: “a no ser más que otra expresión indiferente del murmullo de los colores del mundo” (16, mi traducción).

La nueva atención prestada a lo sensible que representa la teoría francesa a partir de los aportes estructurales confiere a lo sensible un aspecto positivo, que le multiplica las significa- ciones. Se vuelve posible entonces denominar sensible a “una potencia inédita que produce eternamente, y de manera contingente, la diver- sificación infinita de las cosas” (ibid), que no se dejan atrapar por el concepto. Así se permite comprender la existencia humana en nuevos ni- veles, en su vocación de una multiplicidad infi- nita e imprevisible, incontenible bajo cualquier absoluto. En consecuencia, nada aparece ce-rra- do ni sometido a una dimensión trascendente, llámesele Dios, Naturaleza o Historia. La aven- tura humana se entiende así como estrictamente abierta y contingente, producto de las fuerzas inmanentes de su accionar (Ruby 22-27).

Ruby destaca que, para Rancière, lo sen- sible no remite a los sentimientos, sino que se convierte en un término encargado de describir el mundo inmanente sobre el que se organiza la dominación social y política. Lo sensible de-

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de Investigaciones en Ciencias Sociales y Humanidades signa bajo la forma de un repar-to de partes

signa bajo la forma de un repar-to de partes y de lugares, es decir “ese sistema de evidencias sociales que deja ver al mismo tiempo la exis- tencia de un común y los cortes que definen los lugares y las par-tes respectivas” (19).

De esta manera, en el planteamiento de Rancière, estética y política aparecen íntima-

mente imbrincadas. La política no es sólo el ejer- cio o la disputa del poder, sino la confi-guración de un espacio específico, la circunscripción de una esfera particular de expe-riencia, de obje- tos planteados como comunes y que responden

a una decisión común, de sujetos capaces de

designar a esos objetos y de argumentar sobre

ellos (Sobre políticas 18). Es decir, la política implica para Rancière una dimensión estética,

o para usar sus propios términos, un reparto de

lo sensible, es decir, una distribución de lugares

y identidades, de espacios y de tiempos, de lo

visible y de lo invisible, de los sujetos ca-paces de expresar mensajes con sentido y propósito. A esta dimensión es a lo que Ran-cière denomina

la estética de la política (El reparto 9-19; Sobre

políticas 13-36; Ruby 67-72).

Paralelamente, Rancière concibe una política de la estética. Desde la mordernidad, el Arte en singular (y no ya el sistema de las Bellas Artes de la concepción clásica) se cons- tituye como esfera de experiencia especializa- da y autónoma con una función pro-piamente política, la cual no consiste, por cierto, ni en la transmisión de contenidos ide-ológicos ni en la representación de estructuras, conflictos o iden- tidades (El reparto 20-36; Politique 11-40). La política de la estética radica en establecer nue- vos tipos tiempo y de espacio, para el desplie- gue de nuevos tipos de sujetos. Lo propio del arte sería en-tonces efectuar una distribución nueva del espacio material y simbólico, una nueva for-ma de ocupar un lugar en el que se redistribuyen las relaciones entre los cuerpos, las imágenes y los tiempos (El reparto 9-19). Instituye, en resumen, una incertidumbre con

relación a las formas ordinarias de la experien- cia sensible que Rancière denomina “dis-enso” (“The paradoxes” 139).

Es evidente que la propuesta de Rancière entra en choque con mucho del pensamiento que anima los debates contemporáneos sobre las implicaciones sociales del arte. En este sen- tido, Rancière ha sostenido una encendida po- lémica con Pierre Bourdieu y sus no-ciones del arte como ocultación de lo social y como fuente de capital simbólico que asegura a los grupos dominantes naturalizar su posición de suprema- cía (Malaise 9-26). Sin negar que la actividad artística esté preñada de connotaciones ideoló- gicas y se dé en terrenos políticamente carga- dos, el planteamiento de Bourdieu resulta para Rancière demasiado reductivo y comprometido con una visión demasiado centrada en la repro- ducción que tiende a fijar las identidades socia- les y a dificultar la comprensión de la fluidez y creatividad en la acción humana y, por lo tanto, de aquellas agencias sociales que desestabili- zan las identidades y las coordenadas sensibles. Podríamos decir cuando menos que el arte es una esfera mucho más ambivalente de lo que supone Bourdieu y, por lo tanto, más que ser la esfera privilegiada de la supremacía burguesa puede conver-tirse en un espacio cuya apropia- ción puede ser objeto de disputa.

La propuesta de Rancière permite com- prender que lo que se juega de la política en el terreno del arte es algo más que mistificacio- nes. Para Rancière, la literatura desempeña un papel protagónico en la constitución de lo que denomina el régimen estético en la moderni- dad. A diferencia de planteamientos como los de Walter Mignolo o Angel Ra-ma que ven en la escritura alfabética y la imprenta la marca del eurocentrismo y de la dominación de una élite letrada sobre la oralidad como voz genuina de los grupos subal-ternos, Rancière propone otra valoración del significado histórico de la letra impresa. La institución literaria aparece aquí

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íntimamente ligada a un proceso de difusión masiva de una palabra muda y anónima por la vía de la imprenta. Esto consigue desvincular el lenguaje del sistema de autoridades y jerarquías contenidas en la voz, del aura de pre-sencia de la palabra proferida en la escena pública por su- jetos investidos de autoridad. La desvinculación entre palabra y voz que permiten la escritura y la imprenta son vistas así como un factor de de- mocratizador, porque se da en un espacio anó- nimo donde los enunciantes se ven obligados a despojarse de la máscara de autoridad que les confiere proferir la palabra desde un lugar espe- cífico en una relación cara a cara. Por esa razón, el sujeto político democrático es un sujeto lite- rario. La literalidad o palabra muda de la im- prenta y la literatura permiten la disponibilidad del lenguaje como instrumento para la concep- ción y enunciación de un colectivo anónimo de lectores y escritores. De esta manera, Rancière sostiene que hay concomitancia entre literatura, régimen estético del arte y política democrática (El reparto, Politique, La palabra muda).

La literatura así vista, como ese espacio de enunciación nuevo, democrático, anónimo independiente de las jerarquías tradicionales de poder, pero también de las nuevas jerarquías instituidas por el saber científico moderno, se vuelve crucial para entender la reconfiguración social de las coordenadas sensibles que hace posible el surgimiento de una actividad política democrática como la de los movimientos socia- les. Precisamente, en el planteamiento de Ran- cière la política [la politique] es mucho más que la administración racional del conflicto dentro de un orden social, a la que denomina, no sin ironía, policía [la police]. La política siempre representa un exceso con respecto a todo orden social instituido, aun cuando este pretenda re- girse bajo normas racionales. La política para Rancière es radicalmente democrática por cuan- to siempre significa un reclamo de igualdad de los “sin parte”, de los dejados fuera del conteo. La política supone así una ruptura drástica con

la sensibilidad hegemónica que restringe los partícipes efectivos en la definición de la vida común a los grupos que se benefician de las re- laciones de poder instituido. La política propo- ne así nuevos sujetos sociales desde la premisa de la igualdad esencial entre todas las personas humanas.

Rancière está lejos de proponer una re- lación directa y fácil entre práctica política y práctica artística o literaria. Cada una de ellas posee su efectividad propia y sus ámbitos con- cretos de operación. Sin embargo, el arte y la li- teratura, aun cuando sean actividades minorita- rias, dada la importancia que Rancière confiere a la dimensión sensible, pueden verse como un laboratorio donde ensayan nuevas configuracio- nes desde las cuales será posible el surgimiento de nuevos sujetos políticos y sus estrategias de acción y reconocimiento.

La importancia que el espacio del arte ha tenido en el proceso político salvadoreño puede comenzarse a constatar ya a nivel puramente anecdótico, si consideramos los numerosos lí- deres y activistas de la izquierda revolucionaria que en algún momento estuvieron vinculados a grupos de vanguardia artística, especialmente poética. A parte del caso emblemático de Ro- que Dalton, podemos citar también los de José María Cuellar, Rigoberto Góngora, Eduardo Sancho o Alfonso Hernández, por mencionar algunos.

Es un hecho reconocido que en socie- dades donde las libertades políticas han estado restringidas, donde la censura y la represión han dificultado –cuando no imposibilitado– la existencia de una esfera pública, el espacio de enunciación de la literatura y, especialmente, de la poesía, han sido tolerados como uno de los pocos ámbitos de libertad plena. En esto sen- tido, el origen poético de muchos revoluciona- rios resulta bastante lógico. Sin embargo, esta investigación pretende ir más allá de compren-

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de Investigaciones en Ciencias Sociales y Humanidades der la política de la poesía como coartada o

der la política de la poesía como coartada o ca- mouflage para la política. Trataremos entonces de comprender una política de la poesía con una

misión propia, como un modo de praxis que afecta la institución social del lenguaje. La poe- sía entonces opera disensos, nuevos repartos de

lo sensible, es decir nuevas formas de identidad,

tanto personal como colectiva, nuevos cursos posibles de acción. Si lo propio de la política en su dimensión estética es la producción de nuevos “nosotros”, de nuevos sujetos colecti- vos, lo propio de la literatura será la producción de nuevas instancias de enunciación, es decir nuevos “yo”, de nuevos “aquí” y “ahora” que permiten establecer nuevas conexiones entre lo pensable, lo decible y lo visible y formular nue- vas intuiciones de un colectivo futuro, es decir de comunidades estéticas.

Por estas razones, es posible com-

prender la literatura en su interacción con la política democrática, especialmente con el movimiento social estudiantil, donde la acti- vidad artística parece tener una vitalidad no- table. No debemos olvidar que, en el proceso revolucionario salvadoreño, el movimiento estudiantil tiene un lugar central. Esto obe- dece a características muy propias de nuestra formación social aún insuficientemente es- tudiadas por la dependencia de los enfoques críticos de una comprensión dogmática y re- duccionista de la lucha de clases. Tampoco se ha estudiado lo suficiente la coincidencia del movimiento estudiantil nacional con un mo- vimiento estudiantil y juvenil a nivel mundial que tiene su punto álgido en los movimientos de 1968 en París, Estados Unidos y Méxi- co. En ese sentido, podríamos arriesgarnos

a afirmar que el movimiento revolucionario

salvadoreño de la década de 1970 tiene un componente claramente juvenil y que den- tro de este movimiento juvenil expresiones como la literatura juegan un papel destacado como operadores en la forja de nuevas sensi- bilidades y nuevas subjetividades.

Dentro de la actividad literaria, resal- ta la poesía especialmente aquella vinculada a grupos o colectivos poéticos. Debemos recordar que la precariedad de la industria editorial del país dificultó mucho la consolidación de la na- rrativa o la dramaturgia, pero permitió la exis- tencia de una sólida tradición poética, mucho más capaz de subsistir y reproducirse a contra- pelo de las lógicas sociales determinantes, que viene a ser la vertiente más activa, innovadora y prolífica de nuestra tradición literaria.

Dentro de los estudios literarios con- temporáneos, se detecta un cierto descuido de la poesía quizá por la coincidencia histórica entre el auge de los paradigmas científicos de la literatura y la eclosión de la novelística en América Latina. Los críticos hemos pecado de una imperdonable negligencia hacia la vertiente más caudalosa de nuestra producción literaria. Aparte del volumen y la calidad, la producción poética lírica tiene otra dimensión que la vuelve promisoria para comprender estos procesos de cambios. Es una dimensión, si se quiere paradó- jica, porque aun cuando la lírica es el vehículo de exploración y expresión de las dimensiones más íntimas de la subjetividad, en el período que nos interesa, su producción y difusión apa- rece con llamativa frecuencia unida a sujetos colectivos. Estos son los llamados grupos poé- ticos, que no son una creación retroactiva de la crítica, sino grupos que se autodenominan y se reconocen, a menudo, como expresión de una subjetividad que excede al creador individual. En estos grupos poéticos pueden verse entonces en operación comunidades estéticas que prefi- guran comunidades políticas.

Para comprender mejor la fragua de comunidades poéticas como anticipaciones de comunidades políticas, pretendo estudiar la re- configuración de lo sensible desde la actividad literaria en dos momentos. En primer lugar, tra- to de establecer un perfil de los sujetos poéticos. Es decir de los intelectuales productores de dis-

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curso poético. Para esto me he basado, princi- palmente en los relatos de los propios sujetos sobre su itinerario personal y artístico, si bien se presta un especial énfasis en su ingreso al mun- do poético y las modos de experiencia y acción que supuso su ingreso a dicho universo. Esos relatos los he reconstruido a partir de escritos autobiográficos o, en su mayor parte, de entre- vistas realizadas a algunos escritores partícipes de distintos movimientos poéticos con alcance político entre las décadas de 1950 y 1980.

Existe una abundante literatura científi- co social que explora las diversas determinantes de este proceso. Allí queda dibujada una socie- dad periférica con una economía depen-diente donde amplias mayorías son excluidas del be- neficio del producto social. Destaca el mono- polio del poder por grupos minoritarios que no vacilan en el empleo del terro-rismo de estado para conservar sus privilegios. Pero también se articula un movimiento popular bastante com- plejo y de una sorprendente tenacidad.

En un segundo momento, intento ca- racterizar el discurso poético que producen, sobre todo en lo relativo a delinear nuevas formas de subjetividad y comunidad, es decir en las relaciones novedosas que establecen entre lo pensable, lo decible y lo visible. Asi- mismo, presto atención a las forma maneras propias de reciclar e integrar las tradiciones poéticas con que dialogan. Este momento de la investigación ha supuesto no sólo la lec- tura de la producción poética representativa, sino también el examen de materiales que en- marcan los marcos de significación e inter- pretación de esas actividades poéticas, como es el caso de manifiestos, intervenciones crí- ticas o revistas.

El contorno socio-cultural de este proce- so de contestación social queda todavía por es- tudiar. Esto implica dar cuenta de la formación de nuevos sujetos políticos capaces de retar al poder oligárquico y dictatorial aun en condicio- nes de inhumana represión. Para este propósito, resultan insuficientes los paradigmas tradicio- nales centrados en la lucha de clases y, dentro de esta, en el protagonismo obrero-proletario. Es de notar que en el proceso revolucionario salvadoreño existen tres movimientos cuya participación es igual, sino mayor, al del sector obrero. Estos son los movimientos campesino, magiste-rial y estudiantil. La participación del sector campesino es tan visible y determinante –sobre todo en la constitución del movimiento

Primera parte

guerrillero– que ya hay bastantes estudios que le dedican atención. Sin embargo, en lo que res- pecto a los otros dos movimientos quedan aún

Los poetas

ampliar zonas por explorar.

En este primer momento de la investi- gación interesa especialmente caracterizar los sujetos productores de poesía y los contextos socioculturales en que la producen. Contrario a lo que se puede extraer de ciertas propuestas histórico-literarias predominantes no vemos a la poesía como una actividad que se eleva de la mundanidad a una morada ideal e inaccesi- ble, sino una praxis sociocultural, producida por personas de concretas inmersas en el devenir social de su tiempo.

El descuido del movimiento estudiantil se entiende además por la interferencia de otros dos conceptos heredados de la tradición marxis- ta. Me refiero a los de vanguardia políti-ca, en la tradición leninista, y de intelectual orgánico, en la tradición gramsciana. En ambos casos, los líderes revolucionarios estudiantiles son vistos como parte de la dra-maturgia de emergencia del sujeto revolucionario que inevitablemente culmina en la negación de la extracción burgue- sa o pequeño burguesa de los estudiantes poli- tizados para que se pueda dar la nueva síntesis

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de Investigaciones en Ciencias Sociales y Humanidades del proletariado. En pocas, palabras el fin de in-

del proletariado. En pocas, palabras el fin de in- telectual de vanguardias o del intelectual orgá- nico ha sido pues la de abjurar de su origen am- biguo y superarse en un “proletario científico”. Por esta razón, con frecuencia se ha desdeñado la situación del estudiantado y se ha renunciado a considerarlo como un actor social cuya iden- tidad e intereses se definen fuera de la matriz tradicional de clases.

Estas operaciones ponen en evidencia la pesada deuda hegeliana del pensamiento mar- xista y sus dificultades para comprender los in- trincados procesos de cambio cultural que hay en la formación de las subjetividades políticas, las cuales lejos de ser emana-ciones de una con- dición de clase predeterminada implican una compleja dialéctica de identificación y desiden- tificación, donde operan demarcaciones sensi- bles que hacen posible estos flujos y virajes.

Para romper con las inercias arriba ex- puestas y comprender la especificidad del movi- miento estudiantil en la historia de nuestro país, puede resultar útil prestar atención al terreno de las operaciones de demarcación de lo sensible donde se ubican muchos de los conflictos don- de aparece. En otras palabras, el ámbito cultural puede resultar un terreno interesante de obser- vación por cuando se convierte en un escena- rio donde se evidencian las contradicciones del proceso de modernización autoritaria que vive el país hacia me-diados del siglo XX. La bús- queda de acelerar la modernización desde arriba choca a menudo con la capacidad de ejercer un control social que opere en consonancia con los intereses de los grupos de poder. Esto es espe- cialmente crítico en los procesos de edu-cación, como intento de forjar las subjetividades del estado nacional. Este es un proceso concebido desde los intereses de los grupos de poder pero que dista de ser monolítico. Todo lo contrario, aquí podemos ver precisamente la tensión en- tre policía y política de la que hablaba Rancière. Entre el intento de controlar racionalmente la

sociedad desde arriba y retos que surgen desde esos sujetos a los que el proyecto de moderni- zación dota de cierto poder pero que comienzan

a actuar con autonomía.

A lo largo del siglo XIX los distintos go- biernos conservadores y liberales, mantuvieron en descuido la educación popular fue descuida- da y se atendieron principalmente la for-mación de los cuadros dirigentes a través de la univer-

sidad. Sin embargo, entrado el siglo veinte, los gobiernos que se suceden no pueden obviar la urgencia de ampliar la educación, para poner al país a tono con la modernidad. Esto entraña grandes riesgos, puesto que aunque todavía se deja por fuera a la población campesina, con- tingentes cada vez más grandes y heterogéneos comienzan a sentirse partícipes de lo común y

a reclamar mayor participación. Luego del re-

punte del movimiento popular desde la década de 1920 y el estallido de la insurrección del 32 aplastado por la violencia, los gobiernos milita- res ensayan una especie de consenso autoritario que no sólo comprende la legitimación política de la dictadura, sino formas muchos más capi- lares de afectar la producción y reproducción de sujetos sumisos. Patricia Parkman demues- tra que en la época de Martínez se le imprimió un giro de disciplina militar al aparato estatal y al sistema educativo con el fin de garantizar el control social y prevenir la repetición de la in- surrección “comunista” del 32. La instilación de cierto espíritu de disciplina militar había tenido éxito en la incorporación de ciertos sectores campesinos al estado a través de las estructuras de milicias (Patricia Alvarenga, López Bernal), pero Martínez busca extender esta fórmula a las capas medias urbanas, que hasta entonces se ha- bían adscrito sin problemas al discurso moder- nizador.

Sin embargo, ya en la sociedad salvado- reña había una contracorriente democrática que resiste tenazmente este proceso. Esta resistencia ocurre no sólo desde la clase trabajado-ra polí-

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ticamente organizada sino, paradójicamente, en

sectores que debían servir de in-termediarios en el proyecto de modernización: el magisterio

y la universidad. Esta últi-ma institución jugó

un papel muy importante como un espacio de debate público y de ensayos de socialidades más horizontales, aun cuando su composición seguía siendo bastante elitista, por lo menos hasta la década de 1950. En este entonces, la ampliación, de la educación a nivel nacional posibilita la existencia una población universi-

taria mu-cho más heterogénea desde el punto de vista social. Esto vuelve la contradicción con el autoritarismo militar todavía más aguda. No es casualidad que sea dentro del espacio de la Uni- versidad que van a adquirir fuerza mucho movi- mientos políticos de oposición al autoritarismo, entre ellos el Partido Comunista. Sin embargo, la dictadura militar se encargó de tenerlos bajo

a raya y de someterlos recurriendo a una repre- sión más bien selectiva.

Para finales de la década de 1960 se vive un efímera paz militarizada. El dictador de turno, el General Fidel Sánchez Hernández

a la vez que ensaya una tímida apertura polí-

tica emprende un ambicioso proceso de mo- dernización educativa y cultural liderado por su Ministro de Educación, el escritor Walter Béneke. Sánchez Hernández sigue la tradi-ción de los regímenes autoritarios modernizadores de buscar el surgimiento de una in-dustria lo-

cal y de ampliar un mercado de clase media que pueda sostenerlo. Esto implica necesariamente un mayor rol de estado en el ámbito educativo

y cultural. Pero esto no sólo obedece a un cál-

culo cínico. También se participa de una cierta euforia moderniza-dora que tiende a minimizar la percepción del empoderamiento de nuevas franjas de la población como un peligro para el poder dominante 1 .

En la medida que el nuevo proyecto au- toritario se ve obligado a abrir la educación a sectores sociales hasta entonces excluidos del mundo de la “Cultura”, los espacios de contes- tación se multiplican. No sólo al interior de la Universidad Nacional sino también un peldaño más abajo, en el cada vez más numeroso sector magisterial. Ello se ve cla-ramente en la huelga de ANDES, la cual anuncia el final de estos años de euforia mo-dernizadora y relativa calma po- lítica. La ampliación del sistema educativo ha supuesto el reclutamiento de un amplio contin- gente de jóvenes en su mayoría de extracción popu-lar. Y, a través de la profesión magisterial se ha incorporado al mundo de la escritura y el saber a estos sectores sociales, los que pronto demuestran pronto que no se resignan a ser caja de resonancia del poder benefactor sino que tie- nen voz propia y pueden llegar a ser claves para articular un discurso de contestación. Como ve- remos más adelante, la literatura y, en particu- lar, la poesía jugarán un papel importante en ese el proceso de apropiación de una posición de enunciación legítima de parte de estos sujetos de extracción popular.

La literatura y la adopción de la letra como elemento estructurador de la cultura mo- derna tiene connotaciones ambiguas. Por un lado, puede verse como parte de las tecnologías de incorporación subjetiva de la modernidad y, por lo tanto, como parte de un proceso global de colonización global, de lo que Aníbal Quija- no y Inmanuel Wallerstein denominan el siste- ma mundo moderno-colonial. Por otra parte, en cuanto la literatura es el modo de implantación del régimen estético del arte, se convierte tam- bién un espacio de resistencia a este proceso. Por ello, la competencia literaria de los nuevos sujetos tiene a su vez un carácter ambiguo, por un lado, es la marca de la introyección de la dis-

1 Un testimonio interesante de este espíritu de euforia modernizante son los memorias de Waldo Chávez Velasco, Lo que no conté sobre los presidentes militares.

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de Investigaciones en Ciencias Sociales y Humanidades ciplina cultural moderna; sin embargo, por otro, implica

ciplina cultural moderna; sin embargo, por otro, implica asumir un lugar de enunciación espe- cial, desde donde el sujeto actúa sin imposicio- nes políticas o morales y desde el cual pueden, consecuentemente, vislumbrarse comunidades utópicas.

El espacio del arte pasa a convertirse un espacio de resistencia porque, adicionalmente a la universidad o al sector magisterial, se pueden hablar de vientos de cambio en un sen-tido más englobante. De algo que podemos denominar, al menos en los ambientes urba-nos, una nueva sensibilidad juvenil. Es la sensibilidad que sub- yace a la gran rebelión estudiantil de los años 60 que tuvo sus momentos más visibles en Mayo de 68, en Praga, en Tlatelolco, en el movimien- to Counter-culture de los Estados Unidos, etc…

Estos cambios de sensibilidad se hacen presentes en nuestro país con especial ímpetu y darán lugar a una convulsión con consecuencias quizá de mucho mayor alcance que los casos más estudiados. El análisis de nuestra historia reciente desde una óptica simplista de lucha de clases nos ha dificultado comprender hasta que punto el movimiento guerri-llero en nuestro país se nutre, al menos en una porción impor- tante, del movimiento es-tudiantil y de la nueva estructura de sensibilidad juvenil. Combiene detenerse entonces en estos cambios de sensi- bilidad que posibilitan que la juventud se rebele contra la dis-ciplina social transmitida por la generación anterior y llegue a reclamar el po- der de for-ma más vehemente y efectiva que sus contrapartes del mundo industrializado.

El gran movimiento estudiantil de la década de 1960 resulta de una nueva dinámica social que subvierte los sistemas de identida- des vigentes y apunta en dirección a una mayor fluidez democrática. La ampliación de la edu- cación, la apropiación de la palabra escrita y de la voz autorizada del saber por parte de nuevos sectores crea nuevos refe-rentes culturales en

los que se pueden reconocer sujetos que antes estaban circunscritos en espacios sociales más estrechos. Esto conlleva la crisis de valores tra- dicionales como la patria como sumisión incon- dicional a la autoridad o el estudio como asun- ción de una autodisciplina férrea y la vía para la superación social. En este cambio de sensibili- dad juega un papel central la nueva cultura me- diática, es decir la circulación de nuevas ideas e imágenes a través del cine, la música, la radio y la televisión que forman un tejido común de re- ferentes entre grupos socialmente heterogéneos. Ahora bien, en la transfor-mación de esta nueva sensibilidad en impulso político es donde jue- ga un papel impor-tante el espacio del arte, es- pecialmente si somos capaces de ver el arte en un sentido más amplio del sistema de las bellas artes del clasicismo y tomamos en cuenta ex- pre-siones como el cine o los nuevos lenguajes musicales asociados a la cultura juvenil. Aquí la rebeldía se traduce en nuevos valores que hacen énfasis tanto en la emancipa-ción de los sentidos y el cuerpo, como en la constitución de una comunidad política utópica.

Este proceso donde se asocia la rebeldía juvenil con un impulso político, lo podemos ver operando en un film que tuvo una acogida muy entusiasta en la década de 1960 y se convirtió en una especie de ícono del movimiento juve- nil. Me refiero a “Hermano sol, hermana luna” de Franco Zeffirelli. El film cuenta la historia de San Francisco de Assis pero la banda sonora que emplea no recrea música “del período” sino que son canciones contemporáneas con letras que refuerzan la relación que establece el film entre la figura de San Francisco y el movimien- to “hippie”. A través de la transformación de San Fran-cisco de niño bien en ícono del mo- vimiento hippie, la narrativa contada con una gran fuerza visual teje diversos contenidos que serán importantes para el movimiento juvenil:

la vacuidad de la autoridad de los viejos, el ab- surdo de la cultura consumista, el horror de la guerra, pero sobre todo el anuncio de una nueva

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comunidad juvenil, solidaria, ca-paz de incluir

a los débiles y de vivir en armonía con la natu- raleza.

Este ejemplo trae a cuenta el cambio de otra coordenada sensible que será fundamental en este período: los modos de experiencia reli- giosa, especialmente dentro de la iglesia católi- ca. Esto ha sido estudiado con respecto al mo- vimiento campesino, pero no tanto con respecto al movimiento juvenil. Es importante conside- rarlo porque una buena parte de la educación privada de la élite y las clases medias estaba todavía en manos de insti-tuciones religiosas. Si el papel de la religión luego de la larga dis- puta con el estado a lo largo del siglo XIX había quedado restringido a la esfera de la intimidad como dispen-sadora de consuelo y sentido de trascendencia a nivel personal, la doctrina so-

cial de la iglesia vuelve a dar énfasis al sentido anti-capitalista y anti-autoritario del mensaje cris-tiano, en el poder de la comunidad caris- mática del cristianismo primitivo. Eso es lo que hace posible, por ejemplo, que una narrativa como la de Zeffirelli funcione y tenga im-pacto

a audiencias a lo largo del mundo. La vocación

de servicio a la comunidad, de responsabilidad moral hacia la pobreza y, especialmente, la idea de un pecado social como pecado original, ten- drán un profundo impacto en generaciones de jóvenes que pasan por los colegios católicos y los llevará a desidentificarse con su medio so- cial y buscar la reconstrucción de la comunidad tendiendo lazos con otros grupos sociales 2 .

Es así como la nueva sensibilidad ju- venil rompe la distribución de lo sensible del con-senso autoritario impuesta por la disciplina social dominante y que constituía la matriz que operaba en la formación de subjetividades prin- cipalmente en los ámbitos urbanos. Acaso los

representantes más lúcidos del poder se habrían dado cuenta que este proceso era imparable e intentaron co-optarlo por medios de los nuevos espacios culturales y educativos que hemos mencionado arriba. Acaso operaban encegueci- dos por la ingenua euforia de la modernización. Es difícil determinarlo a estas alturas, el caso es que cuan-do las fuerzas más intransigentes intentaron detener los vientos de cambio, esto ya era imposible.

Los itinerarios

Tratemos de profundizar más en este proceso y sigámosle la pista a algunos casos

específicos para poder delinear este mapa de re- configuración de lo sensible. Para poder estable- cer el perfil de los sujetos poéticos hemos leído algunos escritos autobiográficos y conversado con algunos poetas sobre su trayectoria artística

y en especial sobre los cambios en las coorde-

nadas sensibles que hacen posible involucrarse en la política revolucionaria. Clave en la selec- ción de los materiales autobiográficos ha sido determi-nar la importancia que ocupan ciertos sujetos colectivos de enunciación, como los círcu-los literarios en la poesía. Para comprobar

la importancia que tienen los grupos poéticos en

la literatura salvadoreña de las últimas décadas, basta revisar algunos que intentan consignar los principales desarrollos en la vida literaria de la segunda mitad del siglo XX (Vargas, Sorto). Estas agrupaciones son un síntoma de cierta voluntad de articular un sujeto de enunciación artístico colectivo que anticipa una comunidad estética, es decir una comunidad política por venir.

Como parte de la investigación, busca- mos conversar directamente con seis autores per-tenecientes a distintos de estos grupos poéti-

2 Un caso muy emblemático de este proceso es el de la joven guerrillera Eugenia, reconstruido por Claribel Alegría y Darwin Fla-koll en No me agarran viva.

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de Investigaciones en Ciencias Sociales y Humanidades cos: Manlio Argueta, Luis Melgar Brizuela, Da- vid

cos: Manlio Argueta, Luis Melgar Brizuela, Da- vid Hernández, Joaquín Meza y Alvaro Darío Lara. Asimismo, revisamos las memo-rias de Eduardo Sancho, autor importante por cuanto reúne en su trayectoria biográfica la doble cali- dad de poeta de vanguardia y de dirigente desta- cado del movimiento políti-co-militar. También revisamos algunos textos literarios que se cons- truyen con elemen-tos autobiográficos, como es el caso de La novela El perro en la niebla de Roger Lindo, en estos casos es importante tener la precaución que se trata de reelaboraciones ficticias y no documentales.

El perfil social de estos productores de poesía es heterogéneo. Oscilan desde aquellos salidos de hogares de clase media con un nivel de cultura formal bastante alto (Sancho, Lara) hasta quienes provienen de ambientes popula- res (Argueta, Hernández). Es importante en este

sentido no caer en la tentación de establecer una relación simple y directa entre actividad poética

y origen social de los autores. Pues en la activi-

dad artística que es claramente disensual operan procesos de desidentificación. Rancière recalca esta dimensión en dos de sus trabajos, aquel de- dicado a los intelectuales del mo-vimiento obre- ro francés del XIX, La noche de los proletarios,

donde resalta los esfuer-zos de los intelectuales proletarios anteriores a la hegemonía del mar- xismo por apro-piarse no sólo del conocimiento

y la cultura burguesa, sino sobre todo, por hacer

suya la posición de enunciación del sujeto de la cultura literaria, de su vocación a la contem- pla-ción y al ocio reflexivo. En el breve ensayo Breves viajes al país del pueblo, por otra parte, narra el viaje en dirección contraria, de los in- telectuales hacia el lugar del pueblo. En ambos casos, más que reiterar coincidencias fáciles de origen y voz subraya preci-samente los proce- sos de desidentificación como un paso impor- tante para la emergencia de un sujeto de nuevo tipo. La desidentificación supone pues una serie de operaciones de reparto de las coordenadas sensibles, es decir de disenso.

Siguiendo este mapa de los autorrelatos revisados hemos podido reconstruir dos itinera- rios. En primer lugar sería, el viaje al país del pueblo, en el caso de los poetas de origen bur- gués o pequeño burgués. Esto implica al menos dos momentos, en primero de ellos es la salida del ethos del privilegio social, es decir el recha- zo a la prosa de la vida clasemediera, al filisteís- mo y miseria moral de su sentido de normalidad. Aquí el descubrimiento de la literatura juega un papel muy importante como revelación de la promesa de sentido (la aventura, la riqueza de los sentidos) frente a la degradación del sentido propio de la normalidad burguesa.

Un caso bastante claro de este proceso es el proceso de descubrimiento de su vocación poética y revolucionaria que narra Eduardo Sancho en sus memorias. El autor proviene de un típico hogar de clase media acomodada, su padre es un médico eminente. Estudia en el co- legio Externado San José, institución jesuita de prestigio al que asisten los hijos de la burguesía nacional. En las primeras páginas, reconstru- ye un ambiente social y cul-tural provinciano. Describe la educación religiosa, autoritaria, an- tes de la llegada a di-cha institución educativa de otra generación de religiosos marcados por la doctrina so-cial de la iglesia y la teología de la liberación. Narra como se siente aplastado por la férrea disciplina religiosa y el horizonte mezquino de realización personal que le ofrece su clase social.

En 1963 se da un cambio importan- te. Se forma un círculo literario en el colegio, pro-movido por el Hermano Cardenal. “[F]ue la experiencia colectiva más importante del año 63-64… El círculo literario en el Externado ser- vía para liberarse de la cultura in-existente; des- cubre que valemos pero no tenemos país y que no queremos el país porque no tenemos sentido de pertenencia” (45). La literatura se convierte en un antídoto contra el dogmatismo religioso:

“El círculo literario es vital para las confesio-

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nes sin restriccio-nes, amenazadas de peniten- cia, sentencia por el peligro de pecado, temor al castigo de Dios, al fuego divino, a la mirada del prefecto Gondra” (ibid.). Pero también en un cati-lizador que le permite descubrir nuevos horizontes, procesar el mundo del saber con la ampliación de los estímulos de experiencia del entorno de su adolescencia, sobrecarga-do de estímulos libidinales de la cultura mediática.

La experiencia de la literatura en el cír- culo literario que describe Sancho implica una conexión con la vida y la constitución de un nueva identidad que lo vincula a una nueva co- munidad de compañeros y amigos que transita de los espacios cerrados de la normali-dad bur- guesa al medio social heterogéneo circundante. Hay un pasaje clave dentro de las memorias donde se describen las excursiones del círculo a La Puerta del Diablo. Allí se manifiesta un nue- vo reparto de lo sensible para el joven poeta- activista:

“El grupo subió por la calle del parque hasta esa ladera donde se veía el mar, rayas blancas de olas, el techo de tejas de Panchimal- co, su iglesia, así sacudían las clases abu-rridas de Landarech, profesor de literatura con su libro de texto” (ibid.)

Este texto es revelador. El círculo lite- rario se convierte en una atalaya que se eleva, en un sentido a la vez literal y figurado, por en- cima del tedio y la mediocridad del filis-teísmo de la cotidianidad de clase de media. A este mundo pertence, por cierto, la litera-tura de- grada por la lógica utilitaria, transformada en saber bancario por el padre Landa-rech, autor de libros de texto sobre literatura universal y nacional en el Externado San José. La literatu- ra reencantada por el círculo literario le ofre- ce al joven poeta una atala-ya desde donde se contemplan dos paisajes: el mar, la apertura al infinito, a nuevos horizontes; pero también los techos de tejas de Panchimalco que le abren

la ventana del pasado, de las raíces indígenas, populares.

Y luego se produce el descenso, el re- greso a la ciudad, pero es ya una ciudad distinta, refigurada por el descubrimiento del mundo po- pular. Menciona el almuerzo en el res-taurante “El Migueleño” del centro histórico, donde van “a comer un bistec de 4.5 colo-nes con papas, ce- bolla, tomate, 2 cervezas pílsener bien heladas, con derecho a boquita de queso duro blandito o chicharrón”. Tenemos aquí, por una parte, el ri- tual de paso, al mundo de la libertad masculina que le permite su condición privilegiada, la po- sibilidad de deambular –flanear- por las entra- ñas de la ciudad. Pero más importante todavía es que esta estación implica un encuentro con el país del pueblo, con el centro histórico, por los barrios populares pero también de los placeres del cuerpo, de los sabores de la comida popular. Este ingreso a las entrañas de la ciudad, el des- cubrimiento del país del pueblo es el segundo momento de este primer itinerario.

En la novela de Roger Lindo, El pe- rro en la niebla, se recrea literariamente un itinera-rio más ambiguo, marcado por una ambivalente fascinación del protagonista de extrac-ción pequeño burguesa hacia las clases populares. Es una fascinación que combina una identificación dictada por cierta atracción hacia lo prohibido y exótico y un sentimiento de repulsión hacia las diferencias culturales más chocantes. La narrativa va desentra-ñan- do una inconfesa voluntad de dominio sexual y social del protagonista, un joven revoluciona- rio de clase media, y una joven obrera. Pero la perspectiva de esta novela está marcada por un proceso de duelo no resuelto con el ideal revo- lucionario y de un afán vengativo de hacer un ajuste de cuentas con el pasado. No es casua- lidad entonces que elabore un escenario don- de paradójicamente en la reconstrucción de la aventura trasngresiva termine por restablecer a los personajes a sus espacios y sus identidades

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de Investigaciones en Ciencias Sociales y Humanidades originarios, insinuando una incomunicabilidad esencial entre

originarios, insinuando una incomunicabilidad esencial entre los seres humanos.

Por su parte, Alvaro Darío Lara, quien pertenece a la última generación de poetas de la guerra narra un nuevo recorrido de descubri- miento. En primer lugar, su ruptura con el ethos burgués dominante viene ya marcado por su fa- milia. Por su padre que es un profe-sional inte- lectual, militante comunista. Su descubrimiento del centro, del país del pue-blo, por otra par- te, conlleva la distancia generacional, e invoca otro sentido, el de la memoria, es decir el de re- visitar los sitios de la bohemia de las generacio- nes anteriores de poetas y sobre esos pasos vis- lumbrar de nuevo la utopía. La bohemia es una estación importante en el proceso de disolución de la identidad previa y en el surgimiento de una nueva. El texto clásico donde se expone y enjuicia negativamente este proceso es la nove- la Pobrecito poeta que era yo de Roque Dalton. Tal vez, la ansiedad de Dalton por justificarse como militante revolucionario coherente le lle- va a condenar demasiado pronto la bohemia y a pasar por alto su importancia como proceso agónico donde se encuentran el rechazo al ethos social dominante y el vislumbre fugaz de una nueva co-munidad estético-política, convocada por la experiencia de disolución subjetiva de la intoxicación.

Obviamente la bohemia no es una esta- ción exclusiva de los poetas burgueses, sino tam- bién la experimentan muy intensamente los de extracción popular. Pero estos llegan aquí desde otro itinerario donde el deambular en la bohe- mia, sucede a otro momento más fundamental, el descubrimiento de letra y su poder emancipa- dor. Aquí el énfasis ya no es tanto la experimen- tación de una nueva socialidad en la comunidad

de lectura o escritura, sino apropiarse de un te- rreno ajeno desde las demarcaciones de clase. Quizá nadie narra este encuentra de forma tan dramática y con connotaciones casi místicas como Manlio Argueta. Argueta era hijo de una madre soltera que sostiene a su familia en con- diciones de sobrevivencia precaria 3 . Esta mujer, sin embargo, se distingue porque en algún mo- mento tuvo acceso a la literatura, especialmente en una modalidad muy cara en la sensibilidad de comienzos del siglo XX: la poesía declama- toria. Es así como a través de sus relatos orales sobre esa riqueza secreta que atesora en su me- moria abre a su hijo el apetito por la literatura, esta aparece como un mundo luminoso que se proyec-ta por encima de la privación cotidiana y abriga la promesa de redención social. Así se despliega la aventura del niño que comienza a hacer sus primeras lecturas no en una biblioteca familiar, que no existe, ni en la escuela, a la que todavía no asiste, sino en los empaques de pa- pel periódico de las comprar que su madre trae del mercado. Su encuen-tro con la letra impresa bajo estas condiciones opera una clara función de disenso, de romper con el destino al trabajo asalariado que se le ofrece su condición popu- lar. La curiosidad infantil reencanta así los des- hechos de la palabra impresa que vienen como doble subproducto de la sociedad mercantil.

El nuevo destino que se abre al niño inspirado por la letra desechada supone, por otra parte, ingresar y asumir la disciplina de la escuela, el vago camino de progreso social tra- zado por una sociedad autoritaria y excluyente. Pero su encuentro con la letra excede con mu- cho este itinerario y es precisamente allí donde la lectura literaria entra en juego. Esta lectura no se compone, por cierto, de los clásicos de la declamación caros a su ma-dre o de los textos

3 Este ambiente familiar regentado por figuras femeninas, asediado por apremiantes estrecheces pero imbuido de es- toicismo es recreado ficcionalmente en algunas de sus novelas como Milagro de la Paz o Siglo de O(g)ro. Sin embargo, la mayor parte de la información que utilizamos a continuación proviene de una entrevista que mantuve con el autor para realizar la presente investiga-ción.

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asignados en la escuela. Consiste más bien en la lectura ávida de no-vela popular, como las ediciones de bolsillo Doc Savage, de la primera adolescencia, para llegar luego a los novelisti- cas franceses y rusos. La letra, la lectura lite- raria plantea entonces una doble promesa que en determinado momento habrá de plantear una dis-yuntiva. La promesa del progreso social, de asumir la disciplina social para recorrer el ca- mino de la educación como forma sancionada de autopromoción, pero también la promesa de libertad, el juego de la imaginación, el asumir una nueva voz que disuene frente a la voz de la hegemonía.

La bohemia entonces se convierte en la forma de lidiar con esta disyuntiva. Porque la mayoría de escritores entrevistados viven la bo- hemia en una doble vida. Reproducen en cierta manera la lógica de los obreros desvelados que narra Rancière en su libro sobre La noche de los propietarios. Aquellos obreros que se rehusan a seguir el mandato de dormir en las noches para asegurar la reparación de sus fuerzas y conti- nuar con la re-producción del capital. Estos obreros conquistan la actividad intelectual en el desvelo, trabajando de día y estudiando, escri- biendo, debatiendo de noche.

Para los escritores entrevistados con- quistar esa posición de validación social que ofrece la palabra literaria es importante. Ar- gueta resalta cómo la posibilidad de acceso a la educación superior que conquista a base de gran esfuerzo y educación lo sienta en las mis- mas aulas de los hijos de la burguesía. Pero que su talento literario, lo pone incluso por encima de ellos. En su época de estudiante todavía la posición de “poeta” le conce-de prestigio social. Esta conquista de la palabra es la que esta gene- ración de jóvenes ocupará como arma para re- clamar no sólo ser parte de la élite, de los genui- nos detenta-dores de palabra, sino ir más allá, a replantearse precisamente la divisoria entre los que trabajan y los que piensan. Roque Dalton

así es capaz de rebatir en foros de discusión fi- losófica e intelectual a figurar consagradas por el poder académico y político. Pero pese a su origen social más complejo que lo podría vin- cular a la élite, cuando habla lo hace en nombre de la juventud, de los excluidos del poder que reclaman su derecho a participar en la defini- ción de lo común. Y este situarse fuera de las coordenadas de la ruta del progreso social per- sonal es la que se da tanto en la poesía como en la bohemia.

La bohemia, como algunos estudios lo demuestran, es una rebeldía al ethos social do-minante, pero es, por un lado, arrebatar el propio tiempo y las propias fuerzas a la re-pro- ducción de un orden social odioso y, por otro, un espacio de experimentación de nuevas iden- tidades y de nuevas socialidades (Gluck; Ran- cière La noche). Aquí es im-portante señalar la ubicación espacial de la bohemia. Porque esta no ocurre en cualquier lugar. Ocurre, y así lo señalan muchos de los entrevistados, en el país del pueblo, en los cafés y los bares del centro histórico. En ese divagar por los sitios popula- res, se encuen-tra y dialoga con diferentes tipos sociales, se absorbe el lenguaje popular y, sobre todo, se rescata de la oralidad la memoria po- pular. Pero la memoria no sólo es una apropia- ción de motivos y materiales para la creación, también, es también un activo espacio de inter- cambio intelectual, de ideas políticas y estéticas. David Hernández subraya también la bohemia como una especie de contraesfera pública, el lugar donde bajo condiciones de censura y re- presión se puede hablar libremente y se puede expresar abiertamente el rechazo a la dictadura.

Paradójicamente pues la bohemia es una práctica que saca el debate, el intercambio y la creatividad de sus sitios sacralizados y exclu- yentes: los foros políticos, la prensa censu-rada, el aula silenciada por el dogmatismo, y los lleva al país del pueblo. Este sería en-tonces el segun- do gran itinerario. Un itinerario que va desde

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de Investigaciones en Ciencias Sociales y Humanidades el encuentro redentor con la letra a ocupar el

el encuentro redentor con la letra a ocupar el espacio del ágora para devolverlo al pueblo ex- cluido.

Este retorno del ágora al pueblo se dará después simbólicamente en las marchas de pro-testa. Ello es un gesto político de enorme impacto, para Rancière sería una de las formas más fundamentales y radicales de política, don- de los excluidos se hacen sentir. Pero también son actos rituales, estéticos, donde se opera y se pone en práctica una nueva comunidad estéti- ca. La marcha o la manifestación es obviamente una forma de lucha política, pero es también un acto estético, donde se opera un disenso funda- mental, la ocupación del espacio público por aquellos que no deberían estar allí.

Pero algunos grupos poéticos se dan a la tarea de convertir también la manifestación en un acto estético. Es decir, en la disolución de las fronteras entre lo estético y lo político que es una forma de culminar la utopía estética de una comunidad futura. Joaquín Meza relata la asiduidad de su generación a las manifestacio- nes de las organizaciones popula-res cuando el conflicto social arrecia. Los poetas comprome- tidos se dan a la tarea de repartir entre la propa- ganda mimeografiada volantes con sus poemas. Es una forma de llevar el arte a la calle que se repetirá en otros lenguajes artísticos, principal- mente el teatro, la música y la pintura. Del Ta- ller Xibalbá, por cierto, existe registro de pintas de versos que se realizaban durante las marchas cuando el movimiento popular en las ca-lles se aviva en los últimos años de la guerra. La ac- titud de la dirigencia del movimiento popular frente a esta irrupción de lo estético en lo políti- co oscila entre quienes juzgan que el arte puede ser un instrumento eficaz de agitación o quienes ven esta subversión de lugares y de voces como una amenaza potencial de disolver la disciplina revolucio-naria. También el movimiento popu- lar al institucionalizar establece a su interior su po-licía.

El estallido de la la guerra modificó de manera notable el escenario donde el movimien- to poético y el movimiento social se habían en- contrado. El espacio urbano de la bo-hemia se deteriora aceleradamente. La represión y el exi- lio dispersan a sus principales protagonistas. La vida literaria en el país se fragmenta y, al menos hasta la firma de los Acuerdos de Paz, se empo- brece considerablemente.

Hasta aquí hemos trazado itinerarios que se dan en el ámbito de lo estético, más concre-

tamente dentro de lo poético. No pretendemos sacar de aquí conexiones fáciles para la política

y sobre todo pasar por alto la densa historia del

movimiento social. Pero son itinerarios que es- bozan y demarcan escenarios e identidades. Y en ese sentido, no son del todo irrelevantes para entender el cuadro más amplio del país.

Segunda parte

Poesía y revolución juvenil

En este segundo momento de la investi-

gación, trazo un mapa de los discursos poéticos

y los disensos –es decir las nuevas demarcacio-

nes de lo sensible– que operan a traves de sus diversos dispositivos. Este mapa se realizar a partir de una reflexión sobre el sentido histórico del discurso de la poesía lírica y su centralidad en la construcción de subjetividades en la mo- dernidad. Posteriormente, en el mismo discurso de la lírica se evidencian las contradicciones y aporías del sujeto individual burgués y la bús- queda de distintas formas de trascenderlo for- mas de intersubjetividad. La lírica se plantea así como el lenguaje donde se experimenta la comunidad estética del futuro. A partir de allí exploro las formas que el discurso poético asu- me en el caso salvadoreño y sobre todo, los espacios y lugares de enunciación a través de los cuales se presenta como el lenguaje de la comunidad estética del futuro. Esta exploración

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la realizo principalmente de la revisión de una serie de revistas de poesía del momento, anali- zo allí tanto los poemas que incluyen como la estructuración visual y temática de las revistas mismas.

Como hemos señalado, la lírica reviste una especial importancia en el régimen esté- tico del arte. Lo que está en juego en la lírica moderna es pues la constitución de un lugar de enunciación desde el cual el sujeto anónimo, di- sociado de una palabra identificada con la auto- ridad de un cierto rol social, pueda hablar hacia una comunidad también anónima de iguales. En otras palabras, lo que está en juego en la lírica es la fabricación de la len-gua de la comunidad futura y no, como se ha querido ver, una lengua privada en la que una comunidad selecta se re- conoce y distingue del vulgo. El aparente her- metismo de esta lírica experimental está marca- do por la búsqueda de una lengua que resiste la de-gradación del lenguaje, la reificación como resultado de la mercantilización. Se trata así de construir una lengua que pueda hablar el mundo futuro, donde las barreras y jerarqu-ías ha sido barridas. Si esto lleva a la poesía por terrenos más esotéricos, de lo que se trata es de preser- var esa vocación de verdad de lenguaje de su instrumentalización por la propaganda política y la industria de la cultura.

En la tradición poética de la literatura latinoamericana, la búsqueda de una comu- nidad futura pasa la invención de un epos, de un sujeto de enunciación colectivo, una inter- subjetividad que permite trascender la cárcel de la individualidad burguesa. Esta búsqueda se manifiesta claramente en la obra de poetas como Pablo Neruda. A lo largo de su extensa producción lírica se puede trazar el itinerario desde la angustia de la in-significancia y del vacío existencial del yo en los poemas de ins- piración surrealista de Residencia en la tierra, hasta el descubrimiento de un lugar de enuncia- ción épico donde la voz del poeta se impregna

de las fuerzas telúricas y pueda reconstruir una nueva iden-tidad colectiva que redime la mo- dernidad colonizada, como sucede en el Canto general. El yo poético se convierte aquí en el nuevo lugar de enunciación colectiva, donde la figura heroica del poeta se disuelve con la tie- rra para dar lugar al epos revolucionario. Este constituye el camino eufórico o demiúrgico ha- cia el epos, donde la figura del poe-ta adquiere esa dimensión heróica, casi megalománica en este proceso. Pero existe tam-bién otro camino hacia el epos, que tuvo más impacto en nues-

tra literatura. Me refiero al camino vallejiano, el camino del autodespojo, de la anulación del genio poético en fun-ción de la reinvención del lenguaje. Es el camino de la ruptura de la in- teligibilidad do-minante en una lengua nueva,

a veces prosaica hasta lo chocante a veces casi

ininteli-gible, enmudecida por los juegos para- tácticos a través de los cuales se quiere fabricar un nuevo lenguaje capaz de asumir el dolor del mundo y hablar por el epos, sin necesidad del recurso al poeta demiurgo. Este camino tam- bién está presente en las generaciones poéticas latinoamericanas y de nuestro país en las déca- das de los sesenta y setenta, y les permitirá dia- logar con cierta literatura anglosajona, asociada

a figuras como T.S. Eliot o la poesía beatnick.

En El Salvador, existe una tradición lírica bastante consolidada desde el siglo XIX. Como se ha señalado en repetidas ocasiones, hubo participación activa cuando no protagónica de ciertos autores salvadoreños, en la constitución del modernismo como es el caso de Francisco Gavidia, Vicente Acosta o Arturo Ambrogi. Sin embargo, hacia el siglo XX, lo que predomina es lo que Francisco Rodríguez Cascante deno- mina una poesía aurática, es decir una concep- ción del lugar de enunciación poética como un lenguaje apartado al máximo de la cotidianidad lingüística. Esto se manifiesta en un fuerte for- malismo y en una práctica identificación de la lírica con formas muy estilizadas, especialmen- te identificado con las formas más exigentes de

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de Investigaciones en Ciencias Sociales y Humanidades la versificación clásica, llegando incluso a un implícito

la versificación clásica, llegando incluso a un

implícito retorno a la preceptiva clásica. Esto no deja de ser paradójico con respecto al impul- so renovador del modernismo, que era anular la preceptiva clásica y afirmar la posibilidad de crear formas originales, adecuadas a la nove- dad inédita de los tiempos. Pero el camino por lo difícil, por la exhuberancia verbal y rítmica de los modernistas, tiene como consecuencia la acentuación todavía mayor de la distancia entre el lenguaje poético y la cotidianidad lingüísti- ca de los hablantes y sobre todo, la tendencia

a reificar la función poética al identificar con

un determinado repertorio léxico, imaginístico

y de formas rítmicas.

Este es el vocabulario poético en el que se inicia la primera generación de poetas ligados al movimiento social, la llamada Gene- ración Comprometida. Y apropiarse de la exi- gencia formal que demanda este vocabulario poético, implica en cierta forma la legitimación de nuevas voces poéticas que no provienen de los círculos sociales tradicionales que consti-

tuían la intelectualidad nacional. Pero la poética aurática no implica únicamente una disociación entre el lenguaje poético y el lenguaje social. Hemos visto como esta diferencia, en ciertas circunstancias, puede verse como un impulso de la poesía de romper con la reificación de los lenguajes sociales, con la degradación a la que estos son sometidos cuando la fabricación de nuevos sentidos se convierte también en objeto de administración calculada en la producción de subjetividades de la modernidad, a través de la publicidad, la propaganda política, la educación

cho, a experimentar la poesía como una forma de ascesis mística que permite restituir los sen- tidos agotados por la impureza del mundo social

y la bajeza de sus motivaciones. Esta dinámica

de la experiencia lírica la podemos encontrar en

la obra de madurez de autores como Hugo Lin- do o Rafael Contreras, poetas muy depurados

y estimados por el establecimiento literario de

ese momento. Su obra va a constituir una suerte de punto de referencia frente al cual se definen negativamente las nuevas generaciones poéti- cas. La figura de Lindo, en particular, encarnará además la contradicción de la literatura bajo las condiciones del autoritarismo militar: funciona- rio de los regímenes militares en su vida públi- ca, poeta místico en su fuero privado.

El principal disenso que habrán de ope- rar las nuevas generaciones poéticas, entonces, irá dirigido contra este espacio de sublimidad encarnada en la poética aurática. Ira precisa- mente contra una poesía que, por un lado, afir- ma un lenguaje especial diferenciado del len- guaje social, y, por otro, contra esta zona de experiencia poética como separada del mundo

social, como un coto especial de experiencia plena, al que se accede por una suerte de ascesis poética. Sin embargo, las formas en que se ha- brá de operar este disenso distan de ser simples

y puramente reactivas. Veremos en lo sucesivo,

al menos como se ensayan nuevos caminos en cuatro grupos poéticos y algunas de sus publi- caciones.

La pájara pinta

y

otras formas de tecnologías de lo subjetivo.

La poesía aurática implica, en cambio,

La pájara pinta una revista literaria ads- crita a la Editorial Universitaria que publica 66

la

construcción de una esfera de experiencia del

números entre enero de 1966 y enero de 1972.

yo lírico disociada, del mundo, de la cotidiani- dad, una cierta esfera del ideal poético, donde se pueden encontrar los sentidos sublimados de manera prístina. Por eso, hay una fuerte tenden- cia hacia una poética de lo místico, o mejor di-

Podemos considerarla como un puente entre la llamada generación comprometida, especial- mente la fracción ligada al círculo universitario con las generaciones poéticas de las décadas de 1960 y 1970. Es importan-te tener en cuen-

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ta que el Círculo Universitario y la Generación Comprometida ya habían experimentado con sus propios órganos de difusión de su proyecto poético, que no ten-dremos tiempo de analizar acá. Sin embargo, es precisamente el carácter de puente in-tergeneracional de La pájara pinta lo que la vuelve interesante. Es, en cierto senti- do, la expresión más madura y reflexiva de un proyecto poético alternativo a la poética auráti- ca que esta en proceso de consolidarse.

La pájara pinta representa varias nove- dades con respecto al establecimiento literario. En primer lugar, es importante subrayar su ca- rácter semi-oficial por tratarse de una pu-blica- ción que emerge en el seno de la Editorial Uni- versitaria, en ese entonces bajo la conducción de Italo López Vallecillos, poeta de la primera promoción de la Generación Comprometida. Sin embargo, su lugar dentro de este proyecto editorial es peculiar. La revista se publica con los sobrantes de papel de los libros de la Edito- rial Universitaria y de la revista La universidad. Ello implica apropiarse de un espacio de difu- sión oficial para la literatura, literalmente desde los márgenes.

Otra novedad de la revista donde se ve su visión utópica de democracia radical es su dirección colectiva. Cada número es asignado a un escritor distinto y en más de un caso a un pin-

tor. Aquí la participación de los artistas ligados

a la generación comprometida no es exclusiva.

Algunos de los que dirigen números son parte de los nuevos colectivos literarios que gravitan en la Universidad, como Piedra y Siglo, La Ma- sacuata y la Cebo-lla Púrpura. De esta forma, la revista asume la tarea de difundir las creaciones del grupo de poetas cercanos al proyecto edito-

rial y al ambiente universitario, pero sobre todo,

y esto es más importante y novedoso, asume

la tarea de divulgar una cierta cultura litera-ria propicia para los nuevos tiempos. Una cultura literaria que se define polémicamente con una visión aurática de la literatura propia del esta-

blecimiento poético, pero también que dista de tomar posiciones panfletarias y reactivas.

Redefinir la relación de la literatura sal- vadoreña emergente con la tradición literaria universal es uno de los logros más originales de La pájara pinta. Sus páginas combinan la litera- tura comprometida del momento con la divul- gación de ideas y obras de autores consagrados internacionales y nacionales. Hay un intento, en este sentido, de dialogar con una tradición universal y apropiársela de forma irreverente, sin prestar demasiada atención a las fronteras geográficas, lingüísticas o históricas. En sus criterios de valora-ción artística es de notar un énfasis no tanto en la temática sino en el rigor constructivo. Sin embargo, este rigor no se iden- tifica ya con el siguimiento de preceptivas, sino con la adecuación fundamental de forma y con- tenido, en la búsqueda de la forma adecuada a la materia, no sólo poética, sino social e histórica. De allí deriva la especial atención se presta a poetas “modernos” como T. S. Eliot, Saint-John Perse o Dylan Thomas. Su grandeza radica no tanto en la adecuación a cierto ideal formal de belleza sino en la invención de un vocabulario poético nuevo para una época nueva. La bús- queda eclécti-ca de fuentes de inspiración bajo esta divisa es consonante con lo que atestiguan poetas de generaciones posteriores, como Da- vid Hernández, acerca de la avidez de lecturas de todas las fuentes y la amplia disponibilidad de títulos que hay en ese momento en el mundo literario de la capital salvadoreña. Los escrito- res andan tras la búsqueda de lo novedoso, de lo que hable del momento, aunque esto signifique leer autores en otros idiomas.

En su valoración y difusión de discursos poéticos destaca lo prosaico y lo conversacio- nal. Los poetas de La pájara pinta rechazan la idea prevaleciente en el medio literario nacio- nal que la poesía es un lenguaje especial que se aparta del lenguaje hablado. En esta direc- ción apuntan contribuciones de carácter más

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de Investigaciones en Ciencias Sociales y Humanidades reflexiva especialmente de aque-llos poetas que también

reflexiva especialmente de aque-llos poetas que también asumen la posición de estudiosos de literatura. Tal es el caso del ensayo de Roberto Armijo sobre T. S. Eliot que trata precisamente de fundamentar la legitimidad artística de una poesía conversacional, aparentemente prosai- ca (“T. S. Eliot”). Las contribuciones de Luis Melgar Brizuela tratan de mostrar cómo en la

más de la cotidianidad y de lo popular. Esta propuesta de desublimar lo poético está presen- te en el título mismo de la revista, “La pájara pinta”, que proviene de una canción infantil, de poesía popular. De esta forma, la experiencia estética que propone busca conectarse con los movimientos vitales y los grandes proce-sos de cambio que están ocurriendo en el país.

poesía aparentemente prosaica y antipoética de las generaciones más reciente hay función poé- tica (“Nuevas voces”). Este interés de afirmar

Piedra y siglo

un nuevo terreno de experiencia poética se evi- dencia también en las contribuciones poética de

Piedra y Siglo es un grupo literario de

la revista.

la

siguiente generación del círculo universitario

e

incluye a poetas como Uriel Valencia, Luis

Otra novedad de la revista es la rela- ción que propone con otros lenguajes artísticos, es-pecialmente con la plástica y el teatro. Hay colaboraciones de artistas que se mueven entre uno y otro lenguaje, como es el caso del pintor- poeta Carlos Gonzalo Cañas, que prepara el nú- mero 11 (noviembre de 1966) donde incluye su

En conclusión, La pajara pinta opera

Melgar, José María Cuéllar, Ricardo Castro Ri- vas, Rafael Mendoza, entre otros. De este gru- po, no hemos podido analizar una revis-ta, sino una separata de la revista La universidad donde se presentan al mundo literario salvadoreño con dos manifiestos y una selección de las creacio- nes poéticas de sus miembros.

reflexión sobre la pintura y algunos poemas de su autoría. En esto sentido, apunta la particular relación que la revis-ta establece entre lo verbal y lo visual, con la incorporación gradual del di- bujo o el co-llage a la diagramación de la revis- ta. En la revista, se presentan algunos dibujos origina-les de pintores ligados al grupo, pero es Alfonso Quijada Urías quien aporta el elemen- to del collage surrealista al incorporar íconos provenientes de la cultura gráfica decorativa decimonónica, pero que entablan una relación irónica con el contenido de la letra.

diversos disensos en su propuesta de cultu- ra lite-raria para El Salvador. En primer lugar, una revista que se propone como un ideal de cooperación no sólo entre artistas de distintas generaciones y lenguajes artísticos. En segundo lugar, una redefinición de lo poético donde sin excluirse del diálogo con la producción litera- ria universal más exigente se busca desauratizar el espacio de expe-riencia poética, trayéndolo

La separata está presentada por el direc- tor de la revista y de la Editorial Universitaria, Italo López Vallecillos quien resalta la impor- tancia de este grupo de poetas enfatizando “[la] gran responsabilidad: la de ser escritores en un país, atrasado, hostil en cierta for-ma al hombre de ideas” que es “[la] lucha por la liberación y democratización nacio-nal” (105) e “influir en el medio, transformar, cambiar las injustas es- tructuras del país” (106). En estas palabras de presentación, se afirma pues la vocación extrali- teraria de la praxis poética. La experiencia lírica entonces no está desligada de la transformación de la sociedad, la utopía poética en este caso está directamente conectada a una utopía polí- tica.

En el “Primer manifiesto” los poetas fir- mantes se ubican en un clima de angustia exis- tencial pero afirman una tarea política que es la que le confiere el nombre al grupo. Pie-dra y siglo “[s]imboliza este nombre la perenne an-

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gustia de la humanidad. La carne del poeta, su palabra, es la arcilla del tiempo, con que ha edi- ficado el mundo, su evolución, pues nadie como aquel es en primer grado, el móvil de todo avan- ce en la humanización del hombre” (107). De esta forma afirman no favorecer el arte por el arte sino “la lucha por formar hombres mejo- res, por una sociedad más humanizada. El don de la palabra será en nosotros vínculo íntimo y constructor” (ibid.). La poesía aquí no es aquí la for-ma suprema de ocio que se opone al tra- bajo alienado, sino otra forma de trabajo, la ex- presión de una tarea colectiva que tiene como finalidad la construcción de una utopía política.

Esto lo reiteran en el “Segundo manifiesto”:

“Sustentamos el principio de la creación

a través del trabajo intelectual, rompiendo así

con los viejos cánones de la creación aislada y del trabajo estríctamente individual. Esta es una época de intercomunicaciones y no un mundo de soliloquios. Así entendemos el arte de nues- tro tiempo” (108)

Para luego afirmar su credo poético ci- tando a Brecht “El mundo de hoy no puede ser descrito a los hombres de hoy, únicamente si les es presentado como transformable” (ibid.)

Los manifiestos de Piedra y Siglo vistos en la tradición iconoclasta de los manifiestos de vanguardias poéticas resulta sorprenden- temente moderado y comedido. Los poetas se arrogan una posición intermedia entre la razón

y el pasión. Enfatizan la poesía como trabajo,

que se abre la actividad colectiva y se conec- ta con la transformación social. Pero también en el hecho de que la poesía es histórica y que no obedece a preceptivas trascendentales, sino que tiene que estar a tono que el palpitar de los tiempos. Sin em-bargo, en sus creaciones poé- ticas es donde encontramos una voluntad más explícita de ruptura. Pasemos entonces a revisar las contribuciones poéticas que aparecen en la

sepa-rata como muestra de la nueva estética y de los disensos que están en juego.

En primer lugar, podemos ver que la materia prima de experiencia poética se ve afec- ta-da por la nueva sensibilidad juvenil marcada por la creciente mass-mediatización y la pre- sencia de algunos elementos como el mundo de las drogas como puerta a una am-pliación de la sensibilidad poética. Tal es el caso del poema de Ricardo Castro Rivas “Cuestiones de principio” donde vislumbra a la caída de “las dinastías” un nuevo tiem-po que se manifiesta a través de la construcción de una serie de imágenes crípticas si-guiendo la tradición surrealista:

“Llega la invasión de la niebla con profundos fantasmas en carreras de obstá- culos Quien llegue primero viajará al mítico planeta Y hará el amor con un cisne de vidrio Bajo la mirada perdida de Marilyn Monroe Y el fuego fatuo de la mariguana (113)”.

El cisne de vidrio es una clara alusión irónica a la poética modernista, pero luego su escenografía se complementa con Marilyn Monroe y la mariguana, dos elementos de la nueva sensibilidad y de la prosa del mundo a los que Castro Rivas abre lugar en el espa-cio de enunciación poética.

Esta redefinición de la experiencia poé- tica y una denuncia de los tópicos de la poéti- ca aurática se encuentra en “Mientras la noche pasa” de Ovidio Villafuerte:

“¿Qué quieren que diga? Que aquí los árboles tienen copas frondosas de luciérnagas mientras la noche pasa. Que el presidente Johnson va a pasar vacacio- nes en su rancho O que un poeta delira en coronar su verso en la asamblea. Todo esto quieren que se diga,

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de Investigaciones en Ciencias Sociales y Humanidades Mientras Viet Nam se pudre de cadáveres Y el

Mientras Viet Nam se pudre de cadáveres

Y el fruto de los árboles no llega hasta la mesa

de los pobres” (119)

Aquí se opta por una poética más pro- saica, donde se denuncian los tópicos de la poé-

tica aurática de contemplación de la naturaleza,

la imagen de los árboles con luciérnagas, como

una ocultación de las tragedias e injusticias del mundo contemporáneo. Los nue-vos tiempos demandan una nueva poética que sepa hacer materia prima de la poesía la prosa de la injusti- cia y el sufrimiento.

Mucho más sutil es el juego que hace José María Cuéllar, quizá el poeta más origi- nal de este grupo, entre el uso de tópicos ro- mánticos de contemplación de la naturaleza, el en-cadenamiento surrealista de imágenes y el

reto a la interpelación materna a aceptar la ley consenso autoritario en su “Oda al comenzar las

lluvias”:

“Madre, han llegado las lluvias. Los campos reverdecen

y las cosas se vuelven más pequeñas.

Las libélulas Ponen huevos azules en las charcas de los caminos hondos (como la soledad de las camisas rotas).

Te das cuenta, Madre mía, otra vez las lluvias!

Y tú diciendo que el invierno se alejará en tus

canas.

Que las mejillas de una niña muerta son más tibias que este invierno helado; que las ventanas permanecen ciegas,

y las llaves se abandonan como insectos agóni-

cos;

que los niños se alejan con la emoción de abandonar la primavera…

Pero la realidad es que en nuestros corazones siempre llueve. Tú lo sabes. Pero no te preocupes, madre, y goza el canto del insecto

y su huida hacia las lagunetas.

Tú me has contado que en tu infancia recogías flores blancas del camino y comías el primer fruto de los bosques. Tú me has contado. Hazlo ma- dre si quieres, porque las lluvias han llegado” (121).

Clave en este poema es el doble valor del “invierno” como estación del frío y del sufri-miento pero también como momento de fecundidad, de promesa de renovación de la naturaleza. Esto puede verse como un entre- cruce muy original entre el valor de “invier-no” en distintos vocabularios poéticos, el invierno como la gelidez y la muerte de un imaginario eurocéntrico al uso en la poética aurática y en- tre el invierno como experien-cia tropical telú- rica que auna lo destructivo con la renovación del mundo. Asimismo, la madre con quien el yo poético intercambia estas impresiones del in-

vierno tiene un doble valor. En primer lugar, es

la voz de la sensatez y la madurez que lo llama

a aceptar el mundo (“el invierno que se alejará en tus canas”) y a abandonar, en consecuencia,

la promesa de un mundo diferente, las “llaves”

que abren las puertas de otros mundos se de- ben desechar “como insectos agónicos”. Pero el

yo poético recuerda también a la ma-dre que es también la memoria de una niña que enseñó al niño a maravillarse frente a la promesa del in- vierno de redención del mundo, ese “Tú me has contado” que repite dos veces. La seducción de

la memoria oral acaba por derrotar así a la voz

de la autoridad.

Esta rebeldía frente al mandato de em- preder la ruta del asenso social a través del esfuer-zo, de asumir la subjetividad que dis- ponible por el consenso autoritario a través de sus aparatos de inclusión aparece de forma más patente en el poema “Este traje de gorrión” de Julio Iraheta Santos:

“Intrusos!

a fuerza de sermones querían que escuchara

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campanillas:

‘Buenos días, doctor’ ‘Mi coronel, ordene’ Resultó que me escapé por los tragaluces de las aulas, que me sedujo el sabio temblor de los follajes y desde entonces mi sudor fue el mundo.

Bella y cruel, dije, será esta camisa… Sobre su tráquea el ritmo de anuncios fluores- centes, pildora buscando en una lágrima el rostro de los niños, guitarras sacudiendo sus violentas caderas y el hombre oyendo atónito el tam tam que emerge de la selva con augurios funestos. Tomo mi alma y fotografío el largo metraje de esta pesadilla. Perdido en un rio de burbujas hediondas y le- tales me miro lapidado por autómatas que rugen como en un estadio, vaciado por murciélagos que acumulan en mi cuerpo sus horribles chillidos de [plástico.

Fiera ironía ser blanco de los cazadores, sin embargo estoy bien con este traje de gorrión. Soy una estatua educada que glorifica la pala- bra:

‘Buenos días, mamá. Buenas noches, papá. No importa que la indiferencia os ciegue. Bien se yo que no puedo ser el primogénito de vuestros desvelos, el buho dócil que llegue con su cartoncito a inaugurar un negoico fértil de jaquecas, intestinos o vueltegatos de juzgados’.

Todo da igual. Desde aquí observo la mala señal que responde en el alma de las puertas,

señal que yo devolveré cuando pase frente a las arcadas de los templos. Aquí estoy. Aquí me quedo escuchando y narrando Vuestras fruslerías y maquinaciones: ‘Japi verdi tu yu…’ ‘Avendia Melvin Jones… Colonia Escalón… Wall Street”. Aquí estoy con suficiente gas para mi lámpara, cantando, meditando. ‘Para América Latina que vive nuestra emoción, con la voz del corazón canta Cuba campesina…’ ‘Allí está él con su cara de cristo mirando el vue- lo de las águilas, con su barba de crissto redimido golpeando a los mercaderes de la tierra. Allí están sus manos en las miles de manos que navegan por la vieja Europa. Allí están sus manos donde el puma llena la no- che de luciérnagas. Allí está él…”

Este gorrión hurga las corolas, no enloquece. Perdóname Frufrú. Muchas arrugas tienes en el alma. Es mejor la otra cara del mundo.” (124-125).

Este poema es una declaración de rebel- día contra el mandato de asumir el camino del pequeño burgués acomodado pero sumiso al poder. La imagen clave aquí es la del go-rrión. Este pájaro alude por un lado a un esterotipo ne- gativo de la falta de carácter, de quién se niega al mandato disciplinario de asumir el mandato patriarcal de ser alguien en el mundo. Es el go- rrión que vuelva de lugar en lugar, pero no asu- me una identidad estable no la ancla en un sitio definitivo. Pero, por otra parte, es precisamente la levedad de este pajarillo la que permite a la voz poética a escaparse de la cárcel del man- dato pequeño burgués y dejarse prender por la poesía del mundo. Aquí la contemplación de la naturaleza no aparece ya como una ocultación

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de Investigaciones en Ciencias Sociales y Humanidades del mundo real, sino precisamente lo contrario, como un

del mundo real, sino precisamente lo contrario, como un estadio de un itinerario que lo lleva en última instancia hasta la ima-gen mesiánica del Che yacente. Así se conectan finalmete la rebe- lión de los sentidos, de la opresión subjetiva de la prosa del mundo burgués, a la utopía revolu- cionaria.

Como podemos ver, las formas en como los poetas de Piedra y siglo pretenden trascen- der la poética aurática son diversas. Oscilan desde una afirmación de una poesía prosai-ca, conversacional, como en el caso de Villafuerte o, en cierta medida, Iraheta Santos, hasta una poesía hermética como la que hemos visto ope- rando en el poema de Cuéllar. Pero al transfor- ma decididamente lo naturaleza de lo poético, reconectan la utopía poé-tica con la utopía poé- tica. El mundo entero se convierte en la materia donde habrá de operar la poiesis de la praxis 4 .

La Brigada La Masacuata y la Cebolla Púrpura

La producción literaria de los grupos poéticos activos en la década de 1970 resulta par-ticularmente difícil de reconstruir. En ella se ha ensañado especialmente el celo destruc- tor de los años de represión y de guerra. Mu- chos de sus documentos fueron destruidos, mu- chas veces por sus mismos propietarios, antes que despertaran el interés de estudio-sos por preservarlos. De esta forma, sus publicaciones resultan hoy en día difíciles de conseguir y lo será mientras no exista un esfuerzo sistemático por preservar el patrimo-nio impreso de nuestro país. Para fines de de esta investigación hemos podido rescatar, no sin dificultad, dos únicos números de dos de las revistas de vanguardia poética de la década de 1970: La Brigada la Masacuata y la Cebolla Púrpura.

Como sus nombres lo indican sus publi- caciones de grupos más inconclastas, que afir- mar su vocación de ruptura con mayor estriden- cia. La Brigada la Masacuata es un grupo de poetas jóvenes, notablemente algunos de ellos están radicados en San Vicente y man-tienen su vinculación con su ciudad natal, y afirmar hasta cierto punto la existencia de un mundo artístico que no está necesariamente circunscrito al esce- nario capitalino. En su nombre está por un lado el elemento popular, folklorista, de la serpien- te masacuata, pero también el componente de vanguardia militante al definirse precisamente como brigada. Esto aparece expreso en la pre- sentación de la revista que podría verse como una especie de manifiesto:

“Somos juventud y esa es la mejor manera de definirnos antes (sic) los cerebros anqui-losados. Iniciamos esta embestida cul- tural, así, porque consideramos que definir la Bri-gada, sería muy difícil, porque somos tan complicados como la vida misma y es a par- tir de ahí que decimos estar implicados en la tarea cultural que haremos sin trabas, porque nuestro dinamismo no lo pueden detener, por- que toda nuestra energía la hemos venido acu- mulando en los fracasos y triunfos de nuestras batallas.” (s/p)

Posteriormente, traducen ese impulso de ruptura a su concepción de arte:

“Para nosotros el arte tiene una función cultural porque vitaliza, porque rompe esque- mas, porque el arte no se basa en dogmas al estar impregnado de vida humana, de com-pli- caciones. Ahí reside nuestro empeño: estar en líos con la cultura oficiante. También nos he- mos encontrado con unos grupitos que ocupan el arte como una entretención. Para nosotros

4 Sobre la desublimación de la poesía relacionado con la obra literaria y el pensamiento de Roque Dalton remito al trabajo de Luis Alvarenga.

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el que vive el arte de este siglo está implicado diariamente con la vida y ve con los ojos de la sensibilidad estética y la suversión (sic)”. (s/p)

En esta concepción, el arte aparece deci- didamente identificado con una labor de ruptura, de enfrentamiento al establecimiento cultural, y de transformación de la sociedad. Por eso defi- nen su labor en consonancia con una especie de guerra de guerrillas cultural:

“El papel de las BRIGADAS DE LA MASACUATA se hace necesario pornerlo al lado de la juventud inconforme, rebelde con causa, con inquietudes por lo nuevo y solo ello podrá convertir a las Brigadas en guías y orientadoras culturales. Siempre hemos estado dispuestos a darnos con las narices […]Para nosotros construiremos un nuevo horizonte, abriremos brechas, trincheras…” (s/p)

En el número que hemos rescatado, se publica una selección de poesía de Nicaragua, Cuba y El Salvador. La poesía de la Brigada la Masacuata es más “prosaica”, conversacional, de buscar el efecto estético por la vía del laco- nismo, de la ironía que la que hemos analizado en Piedra y Siglo.

Un aspecto llamativo de la revista es la presentación gráfica de la misma. Se omite deliberadamente la numeración de las pági- nas y se presentan los poemas en forma de caligramas, donde la distribución gráfica de los caracteres sobre la página se vuelve un aspecto importante del efecto poético. En este sentido, se juega con la dirección de las letras para obligar al lector a cambiar de posición de la página conforme avanza en la lectura. Se busca con esto romper con una supuesta actitud meramente contemplativa, pasiva del lector, se quiere sugerir su involu- cramiento activo en la lectura de los poemas presentados en la revista.

La Cebolla Púrpura, por su parte, es la Revista del grupo literario del mismo nombre, fundado por Jaime Suárez Quemain y David Hernández. Hay claramente en el nombre Ce- bolla púrpura una alusión a lo psicodélico. Ade- más de la revista el grupo mantuvo una página en el suplemento literario del Latino dirigido por Juan Felipe Toruño.

El editorial que presenta la revista y el grupo no es precisamente de ruptura. Se limita a enunciar que su objetivo es literario y que se dedicará a difundir obra de calidad inde-pen- dientemente de la procedencia del autor. Sin embargo, en la sección dedicada a po-esía sal- vadoreña se hacen, al igual que en la Brigada la Masacuata, juegos caligramáti-cos. Nuevamen- te por medio de los juegos de tipografía se obli- ga al lector a cambiar la orientación de la página conforme lee.

Una novedad en la muestra de poesía que ofrece esta revista es la presentación de poesía erótica y, especialmente, proponer una identificación de la experiencia erótica con la experiencia mística, como lo hace el “Poema eucarístico” de Julio Iraheta Santos, autor pro- veniente del grupo Piedra y Siglo:

“Traigamos más dioses a este mundo nuestro miedo necesita guerrileros ven súbete o me subo tu ombligo y mi ombligo son son nudos de la tierra desatemos volcanes untemos de espanto los ojos del tirano los labios del magnate y sus rancios abolengos Ya no hay sosiego en este aliento”

Aquí el acto sexual se presenta como un acto de rebeldía, como un acto de rebeldía diri-gido no sólo contra la moral dominante sino contra el sistema de poder. El sexo como comunión cósmica se presenta como la fuerza que desata las fuerzas cósmicas. El cuer-po, la

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de Investigaciones en Ciencias Sociales y Humanidades sexualidad se transforman así en un terreno de acción

sexualidad se transforman así en un terreno de acción político abierto por la poes-ía.

Esta potencia subversiva de la poesía la encontramos también en un poema en prosa sin titular de Alfonso Quijada Urías encontramos un elogio de los estados alterados de la locura como un momento de lucidez:

“La locura es el nacimiento de los senti- dos, de mis ojos viendo para siempre la ternura del fuego, mis oídos mordiendo el infinito, mi nariz en la fragancia, en las plumas de lo des- conocido, mi cuerpo en la botella donde Dios sopla su magia eterna, la locura no quiera la parte más alta (donde el reloj pone sus huevos de vejez submarina) solamente el rincón donde la salamandra toca su trombón de fuego y la hu- mildad de las constela-ciones”. (s/p)

Este poema en prosa sería recogido pos- teriormente por Quijada Urías en su libro Los estados sobrenaturales y otros poemas. Aunque el autor es cercano a la generación del Círculo Universitario, por esos años se dedica a hacer experimentos psicodélicos en la poesía. Pero es importante subrayar que lo psicodélico no tiene un carácter únicamente evasivo, es una forma de embriaguez lúcida, donde siguiendo el ejem- plo de la experien-cia surrealista lo maravilloso se anula la norma social interiorizada y puede aflorar la energía que habrá de renovar la socie- dad en una nueva comunidad utópica.

En el poema “Tu madre no lo dijo todo” de Francisco Rivera, encontramos nuevamente el conflicto generacional de rechazo al mandato al progreso social y, nuevamente, como en el caso de José María Cuéllar el objeto de la inter- pelación es la madre:

Tu madre dijo que había mucho de ángel en ti.

Que tu sangre

era la acumulación de cientos de cauces fami-

liares

y que heredaste una imaginación insuperable.

Pero no lo dijo todo:

No mencionó el aborto diario de tus ilusiones,

el cáncer en los días,

y grilletes en el alma.

No dijo del rapto de la luz

ni habló de la opaquez de la estrellas,

que el cielo tenía una inmensa tristeza, que nostalgia corría en los ríos de tu pueblo No dijo de las miles de voces perdidas en los cementerios en las cárceles

en las cámaras de gas en las sillas eléctricas. Todo eso no lo dijo sólo habló del 747 y sus vuelos París-Londres y Nueva York, Tarifa económica, con duración de 2 horas y media. Habló de todo pero no dijo de tu muerte de tu silencio de tu agonía, de la ausencia de la luz en las paredes, Sólo habló de espejismos ante mucha sombra:

Y te quedaste lo mismo: en sombras sobre sombras

Aquí se opone esta vez el entusiasmo de la promesa de modernidad, del adelanto tec- nológico, como coartada del consenso autorita- rio, frente al vacío existencial, de la tri-vialidad de la abundancia material. En consonacia con este poema resulta interesante el ensayo de Luis Rivas Cerros “Una herencia explosiva” que pre- senta un diagnóstico de la época:

“Colocados en la cúspide de nuestra ci-

vilización, se creería que por ese hecho, espera

a los jóvenes del presente una vida placentera

y feliz, facilitada por la tecnología moder-na, prácticamente sin límites para crear cuantos bienes de consumo se necesiten, así como para lograr toda clase de conquistas” … (s/p)

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Aquí se presenta la paradoja de la heren- cia de la civilización con su cuota de avances en el dominio de la naturaleza, pero frente a esto se plantea un peligro:

“Sin embargo, a la vez que recibirá una herencia incalculable en poderío, herederá asi- mismo una carga explosiva de problemas. Nun- ca en el pasado generación alguna estuvo como la presente tan acosada, asediada, amenazada por tan gran número de males de tanta gravedad, tales son: una riqueza fabulasa criminalmente destribuida [sic]; la exis-tencia de naciones gigantes y todopoderosas oprimiendo a países pequeños y pobres; los prejuicios raciales y reli- giosos no sólo existentes aún, sino recrudecidos; el creciente envenenamiento de las fuentes de la existencia; las luchas políticas, económicas en las que están empeñados los pueblos interna y externamente, con derroche extenuante de sus mejores energías” (ibid.)

Este diagnóstico, otorga un rol protagó- nico especial a la nueva generación:

“todo esto, decimos, disminuye en nada nuestra simpatía, admiración por el supremo coraje y generosidad con que la juventud ac- tual libra su lucha, la lucha de su tiempo, la de su momento histórico en un mundo fantástico, pero con las entrañas cargadas de bombas de muchos megatones: es una herencia explosiva al máximo” (ibid.).

En lo “explosivo”, de la herencia que la juventud habrá de asumir, resuena sin duda la ansiedad propia de la guerra fría y la amenaza de un inminente cataclismo nuclear.

Si bien La Cebolla Púrpura es menos iclonocasta en sus declaraciones de principios, en sus páginas da cabida a poemas que siguen en la tendencia iconoclástica y permiten la ex- ploración de nuevas zonas de experiencia. En particular, la experiencia poética psi-codélica

que está asociada a la difusión de los experimen- tos con drogas entre los grupos juveniles como parte de esa sensibilidad juvenil de ruptura de la que nuestro país co-mienza a ser parte. También se manifiesta la angustia existencial provocada por la com-binación fatal entre el vértigo de la modernización, especialmente por el impacto de la tecnología en los ámbitos privados y de la subjetividad, y la amenaza inminente de la ca- tástrofe nuclear. Pero esta angustia se transfor- ma luego en entusiasmo y hasta en eu-foria al traerse a cuento otros signos de los tiempos es- pecialmente la Revolución Cuba-na y la figura mesiánica del Che Guevara. Pronto sabrá esta generación que se encuentra en la cresta de una

ola histórica, a la vez catastrófica y promisoria,

y que se le ofrece un protagonismo prometeico.

Conclusiones

Los disensos que va a operar la poesía lírica van a ser importantes para que las nuevas generaciones reconfiguren el mundo que les ha tocado vivir y, sobre todo, para conce-birse a sí mismos como los protagonistas de su trans- formación. Un topos poético que se repite con insistencia en este momento histórico es algo que podríamos definir como una temporalidad de la inminencia. Se trata de una especie de se- cularización del milena-rismo cristiano, de la certeza que se asiste a una aceleración intensa y dramática del tiempo, una intensificación de la historia que antecede el arribo del nuevo tiem- po. Esta intuición adquiere tintes dramáticos y hasta proféticos en los últimos versos del poe- ma-rio Todos los días el hombre de Julio Iraheta Santos:

“De nada sirve que vengan y nos despedacen

ya pueden sacar sus libros y sus armas de tortura Óiganlo bien:

Somos los ganadores del juego

Y de la historia.

Por eso vamos tranquilos hacia la hecatombe” (64)

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de Investigaciones en Ciencias Sociales y Humanidades De esta manera, la juventud se lanzaba al reto

De esta manera, la juventud se lanzaba al reto de la historia, rebelándose de su rol de reproducir la senda del progreso que les asigna- ba el imaginario del consenso autoritario.

En este sentido, son perfectamente com- patibles conductas aparentemente antisociales como la bohemia y la experimentación psicodé- lica con drogas. Eran incursiones en nuevas zo- nas de experiencia hasta entonces vedadas por procesos de subjetivación que suponían dosis muy violentas de autodisciplina para aceptar la violencia inherente a una sociedad autoritaria y excluyente. Las zonas que se exploran son por igual el mundo de los sentidos, de las sensacio- nes, hasta entonces concebidas como distracto- ras del pro-greso, y también la exploración de

lo popular, de las zonas de memoria marginadas por el poder.

Estos cambios de la sensibilidad que ex- plican el surgimiento de nuevos itinerarios de acción y de nuevos sujetos colectivos políticos pueden observarse con cierto poder de antici- pación en la esfera de lo poético, aunque, por supuesto, su traducción en fuerzas históricas y sociales decisivas habrán de realizarse en otros terrenos de la realidad y la praxis social. Con estas reflexiones todavía preliminares e incom- pletas, he intentado ilustrar de qué forma prác- ticas aparentemente minoritarias y restringidas a círculos de iniciados como la poesía, en reali- dad participan de las grandes fuerzas de la his- toria y pueden iluminarnos en su comprensión.

Bibliografía

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Entrevistas

-Manlio Argueta, 19 de octubre de 2010. -Luis Melgar Brizuela, 20 de octubre de 2010. -David Hernández, 21 de octubre de 2010. -Joaquín Meza, 7 y 27 de octubre de 2010. -Alvaro Darío Lara, 14 de octubre de 2010.

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