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Acercamiento a la vida y obra de Don Alfonso Reyes

Por Alfonso Bullé Goyri

No sé por qué suerte de relaciones fantásticas de la imaginación, de un poema de Jorge


Luís Borges, titulado “El Mar”, pienso de inmediato en Alfonso Reyes. Los cuatro
primeros versos del referido soneto me llevan de inmediato a su figura. ¡Compruébenlo
si no! Dice:

Antes de que el sueño (o el terror) tejiera


mitologías y cosmogonías,
antes de que el tiempo se acuñara en días,
el mar, el siempre mar, ya estaba y era…1

Y en efecto, Reyes es como un mar, un mar ora tempestuoso ora calmo, a veces frío
como el del Norte surcado por vikingos, en ocasiones tropical al amparo de una piragua,
no siempre profundo, muchas veces grácil, con frecuencia ligero, casi siempre diáfano
como una luz matutina sin dejar de ser transparente como en la noche profunda. Alfonso
Reyes es muchas cosas, tantas y tan variadas que no alcanzaría el tiempo acuñado en
días para agotar todo lo que se puede, todo lo que se quiere decir de él, de su prosa que
recorre estepas y sabanas, de su poesía elegante como un jardín de pueblo o como los
suntuosos cañones de las serranías mexicanas; de sus diversos ensayos que aportan
noticias y nos aproximan al pensamiento más insospechado; de sus artículos
periodísticos que a pesar de los años y el paso de casi una centuria no pierden actualidad
porque emplea un verdadero lenguaje universal; de sus trabajos eruditos que nunca
abruman; de las tertulias de Madrid que nos llevan de la mano al Siglo de Oro o de sus
Estudios Helénicos donde nos relacionamos con Apolo, con Afrodita, con Ifigenia que
se convierten en nuestros pariente cercanos; en fin, de su literatura siempre tan amable,
tan ilustrativa, tan sabia.
Fue un hombre complaciente con todo lo que se le ofrecía, concentrado aún en
los temas más arduos y difíciles, atento hasta el último detalle, indagando aquí y allá,
buscando y encontrando temas de interés, abriendo el espectro de sus conocimientos y
nutriendo a la vez a las instituciones que en el camino iba fundando. Durante sus años
de formación y, quizás a lo largo de toda su vida, sigue con puntual rigor los consejos
de Pedro Henríquez Ureña, “el amigo y preceptor, (quien) había establecido las
lecturas fundamentales que debía hacer todo aspirante a hombre culto: Homero, los
trágicos, Platón, Dante, Shakespeare, Goethe”2. Asumió Alfonso Reyes la tarea con
tenacidad y así pasaron años, décadas, leyendo, releyendo, escribiendo lo que pensaba,
anotando en tarjetas citas que más tarde emplearía para nuevas indagaciones. Desarrolló
desde muy temprano y sin proponérselo un método de trabajo que le permitió acumular,
organizar y sistematizar una gran cantidad de datos que le fueron útiles para sus escritos
de madurez. Nunca dejó de pensar y como regla frecuentó las grandes obras de la
literatura universal, forjadoras de carácter y sobre todo guías en el exuberante mundo de
las ideas.
No puedo dejar de decir que desde que tengo memoria, desde que sé que hay
literatura y tengo comercio con los libros, antes de que el sueño (o el terror) tejiera
mitologías, Alfonso Reyes ya estaba y era: fue siempre alguien que me fascinó y aún
siendo niño tengo vivos recuerdos de él: Alfonso Reyes ya estaba y era para mí. Como

1
Borges, Jorge Luís; Nueva Antología Personal; Siglo XXI editores SA; Décima Edición, 1980; p. 17
2
Martínez José Luís, Introducción, Los Estudios de Reyes sobre Goethe en Obras Completas de Alfonso
Reyes, Tomo XXVI, Fondo De Cultura Económica; Primera Edición, 1993, p. 7

1
ningún otro escritor mexicano Don Alfonso en todo momento me auxilia y en mis
dispersas lecturas, cuando he querido navegar sin rumbo, el fue siempre una “Grata
Compañía”. Me abrió las puertas de un mundo fantástico sin pedir más que una atenta y
diligente atención. Lo conocí cuando él era ya tan viejo y tan sabio que no puede más
que introducir mi mano en el bolsillo de su saco y extraer de él unos caramelos de miel.
Así era. Con los mayores hablaba, educaba, descubría; a los pequeños hechizaba como
un gnomo que aparecía tras un hongo de lunas rojas y blancas como en el país de Alicia
y sus Maravillas. Así lo veía de niño y de mayor lo extraño y cuando siento que el
mundo me ahoga recurro a sus libros que en no pocas ocasiones me han consolado y me
han permitido soportar las desazones de la vida cotidiana. Su generosidad es proverbial
y se halla en cada letra que escribió. Cuando sus amigos de España lo necesitaron, hizo
las gestiones necesarias para abrirles las puertas de la Universidad de México y con
ellos fundará venerables instituciones como la Casa de España a la postre El Colegio de
México, semillero de nuestra inteligencia nacional. Era comedido con sus amigos y el
más fiel y respetuoso camarada con sus colegas literatos a los que siempre recordó con
la solemnidad aristocrática que exigía la conmemoración de su partida. Cito de
“Mallarmé entre nosotros”:
“Varios escritores encontraron sobre una mesa una hoja escrita con los primores de la
máquina Hammond: un anónimo literario. Decía así: ‘El 14 de octubre de 1923, los
miembros de la Société Mallarmé, de Paris, se reunirán en Valvins, a unos dos
kilómetros de Fontainebleau, donde murió el Maestro, para consagrarle un recuerdo.
Se propone que hagamos en Madrid una conmemoración semejante. Sin discursos. Un
acto —por decirlo así— sin acto. Lo que a Mallarmé le hubiera agradado:

CINCO MINUTOS DE SILENCIO EN RECUERDO


DE MALLARMÉ

“Sitio y hora: el domingo, día 14, a las once en punto de la mañana, en la puerta del
Botánico que da sobre la Feria de Libros.
“Se cuenta con usted. Allí encontrará usted a sus amigos.3

A esa sugestiva invitación llegaron, en efecto, los amigos: José Ortega y Gasset,
seguido por separado, de Eugenio d’Ors, Enrique Díez Canedo, José Moreno Villa. Y
los más jóvenes: José María Chacón, Antonio Marichalar, José Bergamín, Mauricio
Bacarisse. Nadie supo bien a bien quien había hecho la convocatoria, pero todos intuían
que Alfonso Reyes había sido el responsable de tan inusitado y significativo llamado.
Nadie pudo comprobar ni nadie investigó, pero todos estaban persuadidos de que el
único que podría haber sido era Alfonso Reyes. Así era Don Alfonso: un poco
misterioso y casi siempre lleno de sugestivas ocurrencias que lo hacían un amigo entre
los amigos, un amigo sin igual, un camarada de viaje y un compañero que sabe del valor
de fechas importantes de las que no se puede prescindir a riesgo de olvidar lo
importante por las urgencias del tráfago diario.

Alfonso Reyes fue un hombre verdaderamente humilde. Anhelaba que el epitafio


de su tumba dijera: “Aquí yace un hijo menor de la palabra”4. Esta afirmación de su
valor como ser humano lo distingue, lo eleva, lo coloca en la cima y lo destaca como
una luz cenital que baña el acantilado. Hay que advertirlo, Reyes no fue menor aunque
lo dijera, pues para él la palabra ante todo fue la residencia, la compacta mansión que lo
3
Reyes, Alfonso; “Mallarmé entre Nosotros”; Ediciones Tezontle, 1955; p.9
4
Reyes, Alfonso; “Parentalia, Primer Libro de Recuerdos”; Tezontle; Primera Edición, 1958; p. 14

2
acogió y le dio forma, la generosa residencia de sus penas y sus glorias, la espléndida
estancia donde se volcaron todas sus imaginaciones y fantasías, la fortaleza firme, como
inconmovible cantera, que recogió sus hallazgos, sus ilusiones y también sus desdichas.
Alfonso Reyes, a diferencia de lo que piensan muchos y aunque lo parezca, no se le
puede clasificar como un literato profesional. Confiesa de una manera por lo demás
sencilla algo que de suyo es complejo. Dice: “el arte de la expresión… no fue (para mí)
un oficio retórico, independientemente de la conducta, sino … un medio para realizar
plenamente el sentido humano”5. Esta afirmación es concluyente: escribe para hacer al
ser humano que fue. Esto lo hace diferente de todos los demás miembros de la corte que
presumen su vocación literaria y exalta su vanidosa profesión intelectual. Para Alfonso
Reyes el “ejercicio literario invade y orienta a todo el ser”6. Esto significa que su Ser
ahí —para decirlo con la propiedad rigurosa de la metafísica— lo hizo Verbo y el verbo
acción que surca el tiempo y lo encadena con eslabones invulnerables, uno en otro,
hasta formar la cadena del destino. Escribía sin pausa, todos los días de su vida una
cuartilla al menos; escribía sin cesar, sin neurosis, sin esa obsesión desesperada de
algunos escritores enajenados que no pueden dejar de escribir a riesgo de perder
prestigio o valor ante su público lector. No es el caso de Alfonso Reyes: “la coherencia
—nos dice—sólo se obtiene en la punta de la pluma”7. Esa es la lección que nos deja. El
testimonio de un hombre sincero que no alardeaba su posición eminente porque no lo
requería. Los registros de su voz son de campana mayor que acompaña a los modestos
acólitos que la saben accionar, pero que llama al pueblo para recibir las bendiciones del
altísimo.
Muchos de los “intelectuales” mexicanos han sido por razones comprensibles,
verdaderos combatientes, críticos mordaces y polemistas corrosivos, que destilan rencor
por las circunstancias y quizás por el peso desmedido del poder político sobre la vida de
la sociedad. En Reyes este rasgo apenas si es perceptible sin que su obra deje de poseer
ese intenso carácter crítico de pensador de altura. Es moneda corriente aquella
observación de Jorge Luís Borges donde sostiene que Don Alfonso Reyes es el prosista
más depurado de la lengua española, cosa que ya de suyo es digno de destacar. Sin
embargo, es menos sabido aquello que el poeta porteño reseña, en un pequeño texto
titulado “Cómo conocí a Alfonso Reyes”, donde recuerda que en cierta ocasión Reyes
“estaba …indignado por un juicio más o menos ligero y atolondrado de Ortega y
Gasset sobre Goethe. Goethe —sigue diciendo Borges— era uno de los dioses de la
devoción de Alfonso Reyes. Entonces él formuló varias objeciones y yo le dije que por
qué no las escribía. Y, entonces él, con genuino estupor, me dijo: ‘¡Pero cómo voy a
polemizar con Ortega y Gasset!’ Yo le dije: ‘Pero todos sabemos que usted es
infinitamente superior a Ortega y Gasset”8.
Borges no exagera ni tenía por qué exaltar virtudes donde apenas hay retazos de
luz. Para Borges, Don Alfonso Reyes era un hombre erudito que sabía usar el
conocimiento ajeno sin convertirlo en un suntuoso atavío que sólo esconde la falta de
imaginación. Muy pocas veces sucede que un intelectual sea sencillo como lo fue
Reyes. A menudo los hombres rodeados de libros pierden la cordura y con más
frecuencia de lo deseable hallamos a esos enciclopedistas de salón construyendo
discursos llenos de referencias para ocultar ideas propias. Reyes siempre tenía el dato
preciso, sabía buscar en su memoria y daba con la frase exacta que ilustraba su
5
Op cit.; p. 13
6
Ibidem
7
Ibidm
8
“La Máquina de Pensar y Otros diálogos literarios”; Alfonso Reyes y Jorge Luís Borges; Recopilación
y nota preliminar, Felipe Garrido; DR Asociación Nacional del Libro AC, Primera Edición, México 1998;
pp. 147-148

3
disertación. Era un hombre culto que sabía recoger el fruto maduro de la hojarasca. No
alardeaba jamás y, antes al contrario, contenía su saber, lo modulaba y al fin, replicaba
con una suavidad que convencía por contundente: sus argumentos hacían ver con
claridad los motivos de su pensar.
Me parece, pues, que Borges tenía razón cuando sostiene enfático que Alfonso
Reyes es un “intelectual” mucho más imaginativo y audaz que José Ortega y Gasset,
también sin discusión, el filósofo hispano más importante e influyente del siglo XX.
Hay que insistir, la afirmación de Borges es sorprendente pues éste no solía lanzar al
aire monedas tan comprometedoras. He leído por muchos años la obra de Ortega y
nunca he dejado de tener cerca a Reyes. En este comercio tan íntimo siempre Don
Alfonso me ha parecido más ingenioso, más imaginativo y mucho más sutil y elegante
que Don José Ortega. Aclaro que no es una declaración chovinista. Estoy persuadido de
que no se ha estudiado lo suficiente la obra de Alfonso Reyes para hacer un diagnóstico
certero a este respecto. Cierto es que se le reconoce como gran prosista y poeta, pero su
pensamiento es de una originalidad mucho menos advertida por los estudiosos de su
obra. Reyes no sólo examina con virtuosismo y erudición las grandes líneas del
pensamiento filosófico de los presocráticos al criticismo contemporáneo, pasando por la
escolástica, la filosofía medieval, el renacimiento italiano, la Ilustración con Kant y la
fenomenología de Hegel, el vitalismo de Shopenhauer y de Nietszche y el
existencialismo francés. Reyes sabe navegar en esas aguas con habilidad de marino
experimentado que no le teme a oleajes escabrosos. Sin alardes ni desplantes fatuos y
sin aturdir a sus lectores va componiendo sus discursos con una desenvoltura magistral,
aportando noticias del tema que trata, aderezándolo con anécdotas amenas, que nos
permiten ir hundiéndonos en un terreno que solemos esquivar por árido o complejo.
Como un Virgilio latinoamericano, Reyes nos lleva de la mano, nos conduce de un
salón al otro y de súbito estamos en el centro de una deliberación de tono mayor. Para
lograr ese sortilegio se necesita una inteligencia superior y calibrada para levantar
vuelo, un espíritu didáctico que abra puertas al lector que lo elige y una capacidad de
exposición prodigiosa, propia de los grandes pedagogos. Las herramientas que le
proporciona la poesía y la literatura, las aplica al discurso filosófico. Así su prosa es ágil
y profunda a la vez, explica asuntos insospechadamente complejos y ya rodeados de la
mayor oscuridad, como un juego que siempre hemos jugado, ofrece una luz que nos
guía en las tinieblas y todo sin dejar de tocar temas nodales. En suma, a Reyes, no le
gustaba disentir de su dialogante. Como era “infinitamente inteligente —dice de nuevo
Borges— a veces hasta inventaba razones a favor de su interlocutor y contra sus
propias convicciones”9. Era tímido y cortés y por eso sabía guardar compostura y antes
que polemizar, prefería usar la diplomacia para ensayar por otro lado sin herir las
comprensibles susceptibilidades o los deficientes conocimientos de sus oponentes a los
que siempre consideraba.

Es oportuno apuntar que Alfonso Reyes se forma en la preparatoria de Gabino


Barreda y el Ateneo de la Juventud será el ámbito propicio para su inmersión en aguas
profundas. La historia, la formación y evolución del Ateneo de la Juventud es la
atmósfera propicia para el espíritu inquisitivo de Reyes y sus cofrades. No deja de
sorprender que un reducido grupo de jóvenes ávidos por saber y explorar el mundo
hayan puesto en vilo al poderoso régimen dictatorial encabezado por Porfirio Díaz y que
los célebres científicos, los ilustrados cercanos al autócrata, quedaran abatidos por la
acción crítica de sus nietos, de los alumnos de la última generación. En los albores del
siglo XX se había empeñado esa juventud inquieta en imprimirle a la vida un carácter
9
Op cit. P. 148

4
más plural, más universal, sobre todo más humanista en el sentido del Renacimiento y
la Ilustración, abandonado la metodología cientificistas tan socorrida en el siglo XIX. El
impulso que tomaron esos muchachos nadie pudo imaginarlo. Los intolerantes sistemas
de control y la eficaz resistencia ejercida por la autoridad académica a lo largo de poco
más de cinco lustros apenas si valieron. Los jóvenes de esos años le dieron una vuelta
de tuerca a la historia, le proporcionaron un buen dolor de cabeza al anciano déspota y
de paso desmantelaron el pasado inmediato. Con sus deliberaciones en apariencia
inocuas, con sus análisis de la realidad del mundo, con su interés por volver a los
clásicos griegos y latinos, con su amor por el Siglo de Oro desarmaron el mecanismo de
relojería que sostenía las horas del régimen porfirista. Vale la pena consignar como dato
sobresaliente que estos jóvenes leían con avidez a los mayores pensadores de la
antigüedad ateniense y con ellos el diábolo dio en el blanco. Las elites porfirista ni se
imaginaron que ese reducidísimo grupo de jóvenes que leía el Banquete de Platón con
un entusiasmo desbordante, que examinaba los sinuosos versos de Luís de Góngora, que
gustaba de la obra divinamente precisas de Oscar Wilde y los autores ingleses, que se
fascinaban con el prodigioso simbolismo francés, que se apropiaban de las tendencias
del arte moderno y las nuevas manera de ver y de sentir el mundo, que hablaban de
Shopenhauer y de Nietszche, de Bergson y de la nueva filosofía sería precisamente la
fuerza desacralizadora del régimen autoritario que no dejaba espacio para la reflexión
libre y serena.
El proceso de desarrollo del movimiento que encabezaron algunos jóvenes en los
primeros años del siglo, conformaron sin duda la base ideológica y moral de la
Revolución Mexicana. El mismo Reyes hace una breve pero sustanciosa reseña que va
de 1906 al año del Centenario donde destaca algunos de los hechos significativos que
abonaron el terreno del huracán que se avecinaba.
No es ocioso detenernos un poco en este punto para darnos cuenta de la forma
que tomó esa revolución intelectual que ahora se nos revela con una luz deslumbrante y
ejemplar. Sostiene que entre algunas de las razones que irrumpieron en la vida
intelectual del porfiriato fue la fundación en 1906 de la revista Savia Moderna. En ese
mismo año, a través de esta publicación, el Dr. Atl que acababa de llegar de Europa,
anima una muestra de pintura donde por primera vez se exponen las obras de Ponce de
León, Francisco de la Torre y Diego Rivera. Advierte que a propósito de la
manifestación en memoria de Gutiérrez Nájera en 1907, hubo intentos oscuros que
pretendieron resucitar la Revista Azul, precisamente del poeta homenajeado, pero con el
objeto de atacar las libertades de la poesía que proceden justamente de Gutiérrez Nájera.
“Alzamos por la calle la bandera del arte libre—dice Reyes. Y agrega—congregamos
en la Alameda a la gente universitaria… (y así) Ridiculizamos al mentecato que quería
combatirnos”10.
Reyes señala que un poderoso factor del cambio fue la creación de la Sociedad
de Conferencias cuyo objeto era tener trato directo con el público para hablar con ellos
de los nuevos temas y los nuevos enfoques del pensamiento. El primer ciclo se realizó
en el Casino de Santa María. La Sociedad de Conferencias generó expectación, interés
entre la gente y puso en guardia a quienes dictaban las normas de la educación y el
conocimientos, sin percatarse de que ya para entonces ese saber era una vejestorio
inservible.
La afición por Grecia que manifestó esa juventud es quizás uno de los rasgos
más emocionantes y sugestivos. La Academia había olvidado a los Presocráticos, a
Sócrates y a Platón, a Aristóteles. Esa omisión fue su catástrofe. Cuando se hizo
10
Reyes, Alfonso; “Pasado Inmediato” en Obras Completas de Alfonso Reyes, t. XII; Letras Mexicanas,
Fondo de Cultura Económica, Primera Reimpresión 1983; p. 208

5
presente entre los jóvenes el mundo ateniense, las consecuencias que acarreó fueron
funestas para el porfirismo. En la Universidad se olvidó el pensamiento clásico sin darse
cuenta de que sólo por virtud de ese pensamiento los vetustos cimientos de la dictadura
se reblandecieron hasta derrumbar todo el edificio con todo y sus habitantes. Esta es la
prueba más contundente que nos brinda la historia, de que el pensamiento clásico si algo
tiene es esa poderosa fuerza revolucionaria que siempre se impone cuando las libertades
humanas han sido canceladas.
Esta interesante y muy reveladora atmósfera, combinada con el homenaje que
realizaron a Gabino Barreda en 1908, con el propósito de contrarrestar los ataques
emprendidos contra la Escuela Preparatoria por los conservadores del periódico El País,
se constituyó en un factor más que daba señales de que la tormenta entraba en su fase
crítica. Entonces esos jóvenes intelectuales se percataron de que “habían contraído ante
la opinión un serio compromiso. En el orden teórico, —dice Reyes— no es inexacto
decir que allí amanecía la Revolución”11.
Ya nada detenía los cambios, aunque aún Don Porfirio y su séquito veían a estos
jóvenes con algo de benevolencia. Pero se produjo el Segundo Ciclo de la Sociedad de
Conferencias celebrado esta vez en el Conservatorio Nacional, donde se leía poesía, se
interpretaba música y se dictaban las conferencias. En 1909, Antonio Caso da en la
Escuela Preparatoria un curso sobre la Filosofía Positivista, conferencia que acaba por
definir la actitud de la gente joven frente a las doctrinas oficiales. De este modo la
Academia, el statu quo, persuadidos de que la verdad del poder se constituía en la única
franquicia que sancionaba el saber, no pudo caer en cuenta de lo que sucedía a la vista
de todos. La algarabía de la enérgica juventud como un ventarrón penetró en los salones
donde ya se respiraba un aire más que viciado. La necesidad de esa parvada era nada
menos que la búsqueda de la verdad y someter a juicio crítico los métodos de
investigación aceptados. La actitud sin más, es prueba suficiente que dejó inerme al
sistema y demostró la inconsistencia teórica y metodológica del absolutismo
cientificista en el que había caído la Universidad de México. El “Positivismo” de
Comte, esa filosofía algo fanática trasladada con pequeña modificaciones a la realidad
mexicana desde el periodo juarista, muy funcional durante los 30 años de porfiriato,
proclamaba la jerarquización rígida del pensar y reducía al conocimiento a un catálogo
más o menos lógico, ordenado en una serie de postulados que arrojaban al saber a un
estrecho desfiladero que a la postre impedía el ascenso a la cima del conocimiento.
Toda idea sugestiva o novedosa que pretendiera desplegar nuevos horizontes, se veía
con suspicacia; pero toda nueva tesis o todo encuentro audaz con postulados
innovadores, agrietaron los muros del dogmatismo positivista. Así, los supuestos
teóricos de éste fueron poco a poco depuestos y las nuevas corrientes de pensamiento
terminaron por derrumbar el sistema de dominación.
A finales del año de 1909, se funda el Ateneo de la Juventud, “cuya vida quedó
incorporada a la historia de nuestra literatura” y acaso a la historia de la política y de
le Revolución Mexicana. Las sesiones de la nueva organización, que coronaba años de
trabajo, se realizaron en la Escuela de Derecho. En 1910, en el año del Centenario de la
Independencia, en la misma Escuela de Derecho, se abrieron una serie de conferencias,
toda sobre asuntos americanos. “Caso habla sobre el educador antillano Eugenio
María de Hostos; Vasconcelos, de Gabino Barreda; Henríquez Ureña, de Rodó;
González Peña, de Fernández de Lizardi, José Escofet sobre Sor Juana Inés de la Cruz
y Alfonso Reyes sobre Manuel José Othón”12. Ya era demasiado tarde para que los
científicos, esos vetustos maniquíes olientes a naftalina pudieran darse cuenta de lo que
11
Op. Cit.; p. 209
12
Ibidem

6
sucedía entre sus almnos. El oxígeno devastó sus pulmones. La Revolución tocó las
puertas y la historia cambió radicalmente.
Ahora nos parece evidente que en los campos de batalla, donde miles de
hombres morían, aún no se había librado una batalla con tanto éxito como la que
emprendieron aquellos jóvenes. Dieron un paso gigantesco en la historia del
pensamiento y la cultura mexicanos y pavimentaron la senda de libertad que aún
transitamos en nuestros días.
Este recuento es un vivo relato del clima que se generó por efecto de la inquietud
juvenil. No en vano las revoluciones reclaman fuerza, viveza y juventud. Reyes
demuestra en unos cuantos trazos la fuerza expansiva de la inteligencia a la hora de
hacer cambios sociales y cómo el pensamiento en su sentido amplio crea las
condiciones sociales para hacerlos posibles. Como podemos verlo ahora con cierta
nitidez, el Ateneo de la Juventud fue en cierto modo un pequeño cenáculo de animosos
hombres donde había de todo, arquitectos, pintores, filósofos, poetas, músicos. Reyes
fue el poeta del grupo, el ensayista y el pensador, el sabio en el más cabal sentido del
término, que siempre abogó por el bien a través del saber. Bien y saber se constituyen
en las dos columnas que soportan la unidad del mundo y los factores que explican la
regeneración de la vida. Con Antonio Caso el filósofo ponderado, con Alfonso Reyes el
poeta delicado y con José Vasconcelos el arrojado político se estructura una de las
configuraciones intelectuales más vigorosas en toda la historia del pensamiento
mexicano. Si Caso recelaba de la Revolución, Vasconcelos la animaba con ese espíritu
enérgico que lo caracterizaba. Alfonso Reyes fue el hálito apolíneo de esta terna
prominente. Con el patos dionisiaco de Vasconcelos, se inicia el drama mexicano del
siglo XX y con la perfección idiomática y la modulación rítmica, Reyes aportó
elementos de cohesión apolínea al río caudaloso y feraz de la historia de la Revolución
Mexicana. Caso, Vasconcelos y Reyes, en buena medida despejaron el camino para la
profunda crisis que se avecinaba: desbrozaron el camino y con ellos sobrevino la gran
gesta que hoy estamos a punto de celebrar por sus cien años.

Hemos hablado demasiado tiempo y no hemos dicho nada significativo de


Alfonso Reyes. No debo ya abusar más de su gentileza, pero se me debe conceder como
último argumento que la dificultad que explica esta deficiencia que confieso es a causa
del tiempo y el problema, la obra. La obra y el tiempo siempre son los imponderables
cuando tratamos de referirnos a Alfonso Reyes y a su obra. La extensión ingente de sus
trabajos y el reducido tiempo del que disponemos siempre para hablar de ellos son
consustanciales a una exposición lúcida que nos permita navegar en ese lago amplio y
casi nunca apacible como hemos podido constatar. La obra de Reyes es tan extensa que
se requiere de una vida para abarcarla, para estudiarla a conciencia y por consecuencia
para comprenderla. Mientras llega el erudito y el sabio que sea capaz de contenerla toda,
nosotros nos contentamos con gozar del paisaje y hundirnos en el bosque, apreciar cada
árbol y percibir la humedad de esa atmósfera cargada de sabiduría.

San Miguel de Allende


22 de septiembre de 2009