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"Educar a los padres inmaduros, tímidos, mentirosos, ricos o pobres, ausentes, celosos Bajo el pseudónimo

"Educar a los padres inmaduros, tímidos, mentirosos, ricos o pobres, ausentes, celosos Bajo el pseudónimo de Jeanne Van den Brouck se esconde una psicoanalista parisina que vuelca en este libro su rica experiencia en ayudar a los chicos en la laboriosa tarea de enseñar a sus padres a serlo.

vuelca en este libro su rica experiencia en ayudar a los chicos en la laboriosa tarea

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L os padres recién nacidos! ¿Se han dado cuenta alguna vez,

que un adulto joven es lanzado brutalmente por el azar de un nacimiento, a una verdadera tormenta afectiva? Además, estos padres recién nacidos quedan sumergidos instantáneamente en una avalancha de angustias y perplejidades, sin hablar de los problemas prácticos que se les plantean. En esta obra, un médico psicoanalista se ocupa por primera vez de los problemas de la educación de los padres difíciles, y provee a los hijos de todas las edades de algunos elementos de información que les podrán servir en el transcurso de la larga y laboriosa tarea educativa que les espera. Si bien este manual aparenta un fuerte humor, es sin embargo totalmente serio."Es un libro de una profunda sabiduría" dice Francoise Dolto en su prefacio. "Quienes lo lean y reflexionen sobre él, extraerán un gran provecho, a la vez que disfrutarán del mismo.

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Jeanne Van den Brouck

Manual para hijos con padres difíciles

Título original: Manuel à l'usage des enfants qui ont des parents difficiles Edición original: JeanPierre Delarge, editor, París, 1979

Traducción: Horacio Vázquez EDITORIAL POMAIRE

Argentina

México

Editor asociado

JUAN GRANICA

Uruguay

Colombia

Costa Rica

Venezuela

Chile Ecuador

España

Estados Unidos

© 1979 by Ediciones Universitarias, JeanPierre Delarge

© 1980 by EDITORIAL POMAIRE, S. A.

Avda. Infanta Carlota, 114 / Barcelona29 / España ISBN: 84

Depósito Legal: B. 9.560

1980 Printed in Spain

FOTOCOMPOSICIÓN GRAFITIP Loreto, 44, int. / Barcelona29

286

0569

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Impreso por GRÁFICAS INSTAR, S. A. Constitución, 19 /

Barcelona14

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Este trabajo está dedicado a nuestro maestro el Bebé Sabio

y a su padre: Sàndor Ferenczi

Los ejemplos clínicos de este libro pertenecen a nuestra vida cotidiana, a nuestra propia historia. Si alguien se viese reflejado en ellos, y sufriera por esa causa, tenga la bondad de perdonarnos; puede estar seguro de que nadie más podrá reconocerle.

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Índice

Prefacio de Françoise Dolto

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Introducción

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ALGUNAS GENERALIDADES

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Los padres que no desean al niño

36

Los padres que quieren que su hijo haga

44

Los padres mentirosos

54

Los padres adoptados

61

Los padres delincuentes

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Los padres postizos

67

Los padres eclipsables

69

Los padres ricos (o pobres)

74

Los padres ancianos

79

ALGUNOS PROBLEMAS PARTICULARES La vida sexual de los padres

82

Algunas consideraciones acerca de la anatomía de los padres

86

Higiene y cuidados corporales de los padres

90

Costumbres alimentarias y vestimenta de los padres

93

El hábitat de los padres

95

7

La vida profesional de los padres

98

La evolución de los padres

106

Los padres vistos por ellos mismos

112

La función de los padres

116

El material pedagógico

126

Breve ojeada a la literatura

132

Conclusión

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MANUAL PARA HIJOS CON PADRES DIFÍCILES

Prefacio

Tal como su titulo lo indica, este libro está dirigido a los niños, pero lo recomiendo igualmente a adolescentes y adultos. También los padres que, como yo, quieran estar al día, podrán actualizar sus conocimientos a medida que avancen en la lectura de este libro, realmente genial. Quienes lo lean y reflexionen sobre él, extraerán un gran provecho, a la vez que disfrutarán del mismo. Una vez devorado su contenido, sus lectores habrán recuperado la capacidad de reírse como niños ante las situaciones tragicómicas de la vida familiar, magistralmente escenificadas. Y así, quizá, recobrarán la esperanza en la educación —tal vez insuficiente— de sus ancianos padres, por difícil que parezca.

Sea cual fuere la edad del lector infantil, si se divierte, no podrá dejar de agradecer a sus padres (pese a los atolladeros de la educación que hayan intentado darse mutuamente) la nueva experiencia que obtendrá y que le permitirá salir de una situación aparentemente desesperada. Lúcido, gracias al autor, el hijo comprenderá las limitaciones de la buena voluntad de sus padres

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difíciles, limitaciones que provienen de la experiencia de la infancia de éstos con sus propios padres, herederos a su vez de sus antepasados.

En cuanto a los padres, descubrirán los esfuerzos que realizan sus hijos para educarlos a través de lo que ellos llaman las preocupaciones que les dan sus hijos, y dejarán de llamar "ingratos" a estos hijos, educadores más o menos torpes.

Como yo, todos le estarán agradecidos a Jeanne Van den Brouck por su inigualable experiencia como psicoanalista y como artista, haciéndonos disfrutar delicada y generosamente de un humor poco corriente entre psicoanalistas.

No es éste un libro de recetas —como todos sabemos, éstas no existen en pedagogía—, sino un libro de profunda sabiduría y de reflexión; tal vez, de reflexión inconsciente, una vez sobrepasado el primer nivel de placer consciente. Se trata de un libro de ciencia aplicada, de esa ciencia humana que es el psicoanálisis, aplicado a imaginarios avatares, aunque en realidad a los hechos muy reales que se producen en el curso de nuestras vidas. Siempre estamos comprometidos nosotros, hechos de carne y unidos unos a otros por la cadena genética simbólica y por el lenguaje, ese lenguaje hecho tanto de palabras como de cuerpos y comportamientos.

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Queridos o no por nuestros padres, vivos o desaparecidos, a los que queremos o no, encontramos aquí la llave que nos permite desentrañar el secreto de nuestras ternuras burladas, de nuestros amores familiares tan sufridos, y que habíamos creído, en un principio, que eran enfrentamientos, reivindicaciones amargas, incluso odios familiares, tan dolorosos de vivir para muchos de nosotros.

Como iba diciendo, este libro debe llegar a todas las manos, debe leerse a todos los fetos mientras están confortablemente instalados en el vientre materno, y a todos los niños que van a la escuela y aún no saben leer, puesto que es un libro de historias. Y respecto a los mayores, a los que saben leer, bastará con dejarlo estar por la casa. Mucho más que los llamados libros de educación sexual, para tal o cual edad, este libro permitirá auténticos intercambios entre los individuos de distintas edades, sean educadores diplomados o simplemente integrantes de una misma familia. Cada uno de nosotros se reconocerá en estas páginas, aunque medie una pequeña distancia, que es la que permite la sonrisa, la compasión o la risa franca. Los adultos comprenderán las razones irrazonables de las lagunas del conocimiento concernientes a sus padres o abuelos. Estas lagunas se hallan en el origen de sus dificultades actuales

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frente a sus padres —a quienes no han sabido educar— y frente a sus hijos —a quienes no saben criar, por esto mismo—. Se sentirán burlados por estos repetidos fracasos, tan deprimentes, que ponen a dura prueba su buena voluntad. Los niños descubrirán cómo encarar a sus padres con dulzura, inteligencia y corazón, sin aferrarse —según sea el tipo de padres que deban tratar— a medios ineficaces, a veces peligrosos para quienes los emplean.

En fin, gracias a este libro oportuno, adquirirá su auténtico sentido el famoso mandamiento de "honrarás a tu padre y a tu madre", mandamiento que, en las entrañas de cada ser humano, nos exige hacernos paulatinamente responsables ante la ley, hasta el momento de acceder a la edad núbil, cuando debemos dar el adiós a nuestros padres, sin esperar ser comprendidos por ellos. (El temor a este adiós absorbe una enorme energía a muchos padres, en el fondo niños o adolescentes aunque tengan setenta años.) Comprenderán que es una ilusión esperar que sus hijos, al escaparse de su tutela, sufran aún más que ellos al enfrentar a una sociedad que les da miedo, un miedo ancestral, miedo a vivir que han heredado de sus abuelos y bisabuelos traumatizados, que no sobrepasaron la edad infantil y a los que son incapaces de infligir pena alguna. Pero la educación no puede realizarse sin apenar a veces a los educandos. Honrar a los padres no siempre es darles una alegría, contrariamente a lo que creen muchos seres humanos,

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atrapados en la dependencia infantil que dejó en ellos —niños aunque crecidos— la ilusión de que amar a los padres es la clave de la felicidad para padres e hijos. Esta trampa, por la cual se pervierte el mandamiento inscrito en nuestras entrañas desde nuestra concepción y que nos ordena alcanzar la plenitud de adultos responsables, conduce a muchas familias a las puertas del infierno —a pesar de sus buenas intenciones—, al confundir ese mandamiento con el falso mandamiento de amar a cualquier precio a quienes nos han criado, sin desobedecerles y sin asumir su propia eclosión. Este libro permite comprender cómo y por qué los padres son incapaces de conducir a sus hijos más allá de donde ellos mismos han llegado. También permite comprender cómo estos padres amantes, angustiados, pueriles, favorecen que la fuerza vital de sus hijos termine expresándose bajo todas las formas del fracaso y sufrimiento para ellos y sus descendientes, atrapados en grado diverso por el amor de padres a hijos y de hijos a padres, confundidos con los deseos incestuosos infantiles de una y otra parte.

Para los niños de 6 a 14 años, la autora y su editor deberían pensar en una publicación en forma de "tebeo" (historietas gráficas), más explícita en ese período que la lectura, ya que es muy importante para los niños no descuidar la educación de sus

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padres. Digo esto por la cantidad actual de dislexias causadas por la repugnancia que sienten a decodificar las letras muchos niños cuyos padres difíciles han vuelto incómoda la percepción visual y el sentido auditivo de los fonemas revelados por la lectura. En efecto, no sólo esa percepción visual cruzada con la auditiva ha sido confundida por la primera educación que han recibido ciertos niños. Muchas otras percepciones correctas de los niños han sido desarregladas o negadas por los padres, que sin mala intención lo embrollan todo con sus mentiras. Las palabras adecuadas a las percepciones se callan con demasiada frecuencia, y numerosos verbos se conjugan mal de manera involuntaria.

Hablo,

claro está, para los franceses. El fonema "li" presente en las tres formas del presente: je lis, tu lis, il ou elle lit (leo, lees, lee), puede convertirse en una orden (lit!, lee), cuando en realidad ese mismo fonema está prohibido por los padres difíciles que tienen la manía de proteger a sus hijos, a lo largo de toda su infancia, de la curiosidad por los juegos sexuales sobreentendidos por ese fonema (lit = cama, en francés). 1 Yo, tu madre, tu padre, nosotros, los dos juntos, tus padres, son palabras raras veces escuchadas por los niños de hoy. Papá y mamá

El verbo "leer", en particular, da mucho que pensar

1 Lis y lit se pronuncian li en francés. (N. del T.).

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hablan de sí mismos en tercera persona, como si fueran los hermanos mayores, y no un hombre y una mujer, que en cuanto

amantes dieron origen a la vida de sus hijos, y que como adultos asumen su deseo recíproco, a riesgo de afligir a sus queridos hijos.

, un "se" hace esto o aquello. Se sienten obligados a recurrir a esta forma singular impersonal, pero nunca al "nosotros", expresión de dos personas personalizadas y sexuadas, como si el hecho de ser padres los hubiera convertido en un agregado amorfo con o sin cabeza visible, cuya autoridad reposa sobre su masa gemela asociada a un extraño y desconocido compañero de irresponsabilidad. Pero sí, no es sorprendente que para los niños de 6 a 14 años los padres ("queridos padres", en las cartas llenas de faltas de ortografía que escriben a su única madre, cartas que terminan con un "te beso") sigan siendo gemelos que, a lo largo de su primera infancia, han permanecido desconocidos en su condición de seres únicos y diferentes. De los 10 a los 14 años se habla con los amigos, refiriéndose a los padres similares, de "ellos", los que no quieren que este niño, víctima feliz o infeliz, actúe libremente, como sus fuerzas vitales le dictan al oído, sino sintiéndose culpable, en cuanto su deber es correr los riesgos que supone ayudar a sus padres a reconocer que él ya no es más "su niño" sino un ciudadano, con las mismas responsabilidades que

"Ve a decirle a papá", "mamá dijo"

y cuando hablan de ellos es

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ellos en las legítimas elecciones que debe realizar y en los riesgos que debe correr.

Pero volvamos a esas dificultades de lectura, me refiero a la lectura inteligente y personalizada. En la imagen propia del lenguaje (expresado en actos o en palabras) de sus padres (y no penséis que es mejor cuando éstos dejan que sus hijos los llamen por su nombre, trampa que suprime las diferencias de edad y confunde en los niños prepúberes la conciencia del incesto que flota en la atmósfera familiar), los niños siguen siendo en gran medida seres impersonales e inconscientes de su sexo, que confunden con "pipí" o "popó". ¿Podrán aprender a leer de manera distinta a una computadora mecánica o electrónica? Por supuesto que algunos lo consiguen, ya que "Lilí vio la pipa de papá" no parece comprometedor, y leer así, como escribir, se mantiene a una prudente distancia de toda expresión personal de deseo sentido y realizado.

Hay que decir también que muchos niños son criados actualmente en guarderías porque sus madres trabajan, y porque es bueno que los bebés hagan su experiencia social. Pero en las guarderías, por desgracia, todas las mujeres tutelares, cualquiera que sea su voz, su olor, su apariencia, deben ser llamadas impersonalmente, lo cual no facilita al niño la toma de conciencia

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de su existencia personalizada, ni la de sus pequeños compañeros de edad.

Estos padres inocentes creen tener (o no) a este intrépido sujeto, que, sin embargo, ha decidido por sí mismo, con el permiso de su padre y la sumisión voluntaria o no de su madre, cobrar vida y sobrevivir en su cuerpo día y noche, pase lo que pasare. Y helo aquí, en la escuela, sentado para aprender a leer y escribir, y eso es obligatorio. Agreguemos que esa palabrita, "lit", cuando se trata de su propia cama, de la que se caía por la noche y lloraba, despertando al padre y a la madre para que lo retaran por causa de los vecinos, y que afortunadamente cedió su lugar a un somier y un colchón, se refiere al lugar solitario ligado al dormirse olvidando todo y enseguida, según decían mamá y papá. Si no, ¿ qué mal hábito se podría adquirir en la cama, por el que le gustara quedarse despierto?

Sea cual fuere la razón, de entre las que descortezan los psicoanalistas, la lectura en primera persona —aquella en la que el niño (o la niña) se permite pensar vinculando sus propias experiencias concernientes a la educación a las que sus padres quieren darle, o a la que él tiene que dar a sus padres, es decir, lo que constituye su vida cotidiana, de los seis a los catorce años—, el aprender a leer para el propio placer prohibido es muy difícil a esa

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edad, y muy árido todo libro que no contenga otra cosa que pequeños signos a decodificar. Muchos pasarán por alto la lectura de este manual que, sin embargo, está destinado a ellos por su bien y para su goce, y sobre todo para el bien de sus padres. Por esto deseo que Jeanne Van den Brouck y su editor encaren con la mayor seriedad su edición en forma de tebeo, sin la cual la franja de población que extraería el mayor beneficio corre el riesgo de no emplearlo a tiempo, dado que los padres difíciles, y sobre todo los tímidos, no solamente no se lo leerán a sus fetos y niños de corta edad, sino que hasta pueden esconderlo de quienes, habiendo aprendido a leer, pese a todo, quisieran instruirse con él. Por el contrario, si es un libro de imágenes con texto en bocadillos, escrito en mayúsculas de imprenta y colores atractivos, "se" lo comprarán con los ojos cerrados al niño, para entretenerlo en su cama, antes de dormir o al despertarse, de modo que el padre y la madre tengan paz en la suya. Al menos, esperamos que así sea.

Así pues, si leído entre los seis y los catorce años este libro brinda su fruto, la sociedad cambiará, como suele hacerlo, bajo la presión

que hasta ahora no han logrado más que protestar

inútilmente. Esta vez se hará eficazmente, con dulzura, pues estos jóvenes sabrán educar a tiempo a sus padres de carne y, por qué no, por contaminación, también a los demás grandes (de estatura), a

sus sustitutos parentales de corazón y espíritu. Si no consiguen

de los jóvenes

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educarlos, al menos los encontrarán menos extraños, con sus aires de niños gigantes que hay que arreglar y comprender a tiempo, sin recriminaciones inútiles. Pues —fuerza es admitirlo— hay entre las personas aparentemente grandes algunas realmente ineducables. En cambio, entre los niños, los ineducables —eso sostengo— son muy pocos, y habrá aún menos si este mensaje les es accesible. Pero para ello hace falta un medio, y habría que encontrar, para traducir el mensaje en imágenes, a un niño artista de entre diez y setenta años de edad.

Si espero eso del futuro, después de la aparición de este libro y de su justa recepción por la población de todas las edades, es porque conozco la inteligencia y la generosidad que vibran a un ritmo acompasado con la verdad en todo ser humano autorizado a sentirse mal, hombre o mujer en proceso, jamás detenido desde el seno y en el seno de su madre, sea buena o mala, tonta o maligna, parlante o muda, abandonada por su hombre o emparejada. Si en sus engaños y en los libros, los niños pequeños y grandes se dejan confundir por las imágenes de los padres pobres o ricos (véase pág. 82), imágenes que éstos les inculcan, engañándolos, todo mensaje veraz, favorable al derecho a su propio saber y a su propia experiencia, libera al niño de toda deuda en relación con el gusto que no ha dado a sus padres, o con la pena que les ha infligido y que lo convierte en culpable, incorporando a sus padres en su

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interior. Es la neurosis, que bloquea su desarrollo. Entonces, el adulto, en su máxima expresión, puede madurar en todo ser humano. Al adquirir un cuerpo de ser humano, todo niño y toda niña tienen el poder de realizarse, si advienen al amor y a la esperanza, más allá de las experiencias difíciles de su primera y segunda infancia.

El auténtico deseo asociado al vivir sexuado ilumina al sujeto, desde su concepción, con un saber inconsciente previo a todo conocimiento reflexivo. Para que ese saber innato inspire el crecimiento de un niño o una niña hasta su madurez, se impone la superación de esos modelos transitorios que son los padres;

superación a menudo dolorosa, cuando los padres difíciles, débiles

o seductores, falsean su papel de mediadores temporarios e

inculcan al niño, desde pequeño, un sentimiento de culpa por asumirse libremente en la medida de su desarrollo, como precio por sustraerse a una tutela indebidamente prolongada.

Educar a sus padres: he aquí la tarea que desde siempre corresponde a los niños verdaderamente vitales, pero que jamás les

ha sido explicada. Es una tarea que requiere coraje, salud moral y

confianza en sí mismo durante la vida, lo mismo que para los padres capaces de soportar el desarrollo de su niño. Esta conciencia siempre resulta más o menos falseada en la infancia,

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por todos nosotros, debido a la ilusión que tenemos (y que no podemos dejar de tener) de que nuestros padres conservan para nosotros el conocimiento de nuestra verdad; en realidad, cada uno de nosotros debe descubrirla individualmente en el curso de

nuestras experiencias, aceptando la peligrosa libertad, sus riesgos

y el sufrimiento inevitable que acarrea. El sentimiento de culpa

frente a los padres de nuestra infancia es la espina que, clavada en

el corazón, detiene la marcha de los más valientes.

Entre los padres difíciles que la autora ha enumerado en este libro, y ante los ejemplos —historias, como ella los llama— que se cuentan aquí, habrá sin duda lectores que negarán, sea por ceguera, sea por piedad, reconocer en algo a sus propios padres. Ello puede deberse también a que, sin saber nada, los han educado tan bien que no queda ninguna dificultad residual en ellos; no más

dificultades que las que se les presenten con sus niños dotados para

el estudio, sociables o sin problemas, que los han liberado de toda

preocupación. Esos lectores reconocerán, sin embargo, con placer, a unas cuantas de las personas que los rodean, y les interesará, por más desconfianza que les inspire el psicoanálisis, el encuadre que nos proporciona la autora para comprender cómo nosotros, los humanos, dotados de función simbólica que hace de nosotros seres de lenguaje actuado siempre y antes que hablado, sufrimos los unos por los otros al educarnos mal o no educarnos los unos a los

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otros (y sobre todo los adultos por los niños). Es que estamos amaestrados por nuestra antigua incapacidad para sobrevivir sin los cuidados maternales o de los adultos tutelares, por lo que siempre creemos que la educación tiene un sentido único: de adulto a niño.

El cuerpo, como lo demuestra la autora, es, en sus desórdenes o en su orden, mucho antes que la palabra verbal, una expresión de verdad en sus funcionamientos de salud o de enfermedad. Esa expresión de verdad, cuando se la reconoce, se descubre como un auxiliar del callar, del no-decir o del mentir de los padres de un niño, un niño que los entiende bien en su silencio y en sus angustias, mucho antes que ellos, si es que lo consiguen, aunque sea en parte, cosa que, por más psicoanalistas que sean, no podrán comprender jamás. La silenciosa lucidez de los cachorros de hombre es uno de los descubrimientos que facilitó el psicoanálisis; no solamente el de los adultos, que a través de los recuerdos deformados se acuerdan de su infancia, y a través de su cuerpo, del legado de angustias de sus padres, sino también y sobre todo el psicoanálisis de niños pequeños, cuyo cuerpo, carácter o espíritu en desorden inquietan a sus padres, sin que el médico pueda descubrir una causa orgánica y para lo cual se recurre hoy al psicoanálisis precoz.

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En ciertos casos los síntomas de los niños expresan el sufrimiento intolerable que les significa el ser mantenidos en la ignorancia de un hecho que les concierne, y acerca del cual los padres se niegan a hablarle, dando así —sin saberlo— al niño que quieren proteger un status de animal doméstico, situación que un ser humano no puede soportar sin que se produzca un desorden del lenguaje.

En otros casos, los síntomas de los niños expresan un sufrimiento actual o pasado de la pareja, o de uno de los padres, y no sólo uno no verbalizado, sino a menudo escondido o incluso olvidado por ellos. La entrada del niño en esas rarezas data del día en que precisamente ese recuerdo, por ciertas circunstancias, reaparece en la memoria o en el sueño del adulto, que lo había arrojado a las mazmorras de su pensamiento, pero no sin que el niño, sensible hasta la telepatía ante quienes lo rodean, haya percibido el malestar fugitivo del adulto, ayudado también por el lazo sutil de los vasos comunicantes que el niño establece con sus familiares.

Si por casualidad, entre los padres difíciles aquí descritos, se encuentran lectores que no reconocen a sus padres ni se reconocen a sí mismos si son padres ya, estarán de acuerdo conmigo en que todo padre forma parte de la categoría universal de padres de los

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que este manual no habla: quiero decir, la de los padres difíciles de olvidar, sean como fueren, vivos o desaparecidos, o incluso los que nunca conocimos. En tanto en la realidad únicamente nuestra propia existencia testimonia la de ellos, en la vida imaginaria nuestros padres y las emociones que les conciernen animan siempre, a sabiendas o no, una parte de nuestro pensamiento. ¿No lo creéis así?

Para usted, señor, la comida de su madre, ¿no era la mejor? Y en

comparación, los platos de su esposa o de su Dulcinea, por experta cocinera que llegue a ser, ¿obtienen algo más que un cumplido

hecho con reticencia, del tipo de: "está bien, está bien

madre lo hacía mejor"? Y gracias, si el verbo está en pretérito. Si está en presente, ¡pobre nuera! Para usted, señora, convertida en mujer, acaso en esposa, con algunos proyectos de liberación femenina, a menos que sea adepta a un programa completo del movimiento feminista, se trata de la comprensión con retraso de esa madre inolvidable, convertida en su pensamiento en "la pobre", o a punto de convertirse en ella, después de haberla juzgado "muy tonta" en su juventud. ¿Acaso no le había dicho que los hombres son todos iguales? ¡Su pobre madre tenía razón!

pero mi

No os doy más que estos dos ejemplos, y lo sabéis bien: los padres son difíciles de olvidar. Su recuerdo, su pensamiento, se

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adhieren a nuestro ser, sobre todo' si los callamos cuando vuelven en todas las ocasiones en que, víctimas del ser que amamos, o de los niños que piden vivir y que, mentirosos, siempre pretenden lo contrario, nosotras, las mujeres, recordamos a nuestra madre: "Los niños son ingratos, no traen más que preocupaciones", nos decía. A nosotras nos corresponde encontrar sus palabras en nuestra memoria y adherir a ellas, y si esto no os ha sucedido aún, ya llegará.

El hecho de que ningún padre se deje olvidar y que, a menudo, los recuerdos que nos vuelven, sea por nostalgia, sea por sufrimiento retroactivo, nos sustraigan la energía para enfrentar las dificultades o para gozar de los placeres de la vida, es el que hace que todos los humanos y en todas las sociedades (la unión hace la fuerza) traten de desprenderse de estos recuerdos, o mejor dicho de defenderse y deshacerse de los sentimientos de culpa que puedan estar vinculados a ellos. En relación con nuestros padres, los hombres en sociedad han inventado fiestas religiosas ya caídas en desuso. Hablo de la Fiesta de nuestros grandes Muertos Tutelares de los pueblos y parroquias de las ciudades, antaño la de los Dioses y Diosas, en las que los humanos proyectaban a los padres de su primera infancia con su omnipotencia. Su comportamiento era muy poco moral, por cierto. Más tarde fueron las fiestas de los Santos Desconocidos (mi santa madre forma

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parte de ellos), o conocidos, aquellos cuyos muertos familiares y parentales llevaban su nombre. Y después, la fiesta de todos los muertos, olvidados o no, insignificantes, indeseables o piratas. Pero ahora tenemos, bien comerciales y laicas, las fiestas del Día de la Madre y el del Padre, impuestas escolarmente a nuestros niños, tengan o no padres difíciles, estén vivos o no, unidos o separados o incluso desconocidos por ellos. Hay que festejarlos, gratificarlos, mimarlos oficialmente, el día señalado que vuelve todos los años. Y esto a la edad en que tienen más motivos para padecer la realidad que para recordarla.

No me diréis que basta con perdonar a la madre, al padre, por todo lo que nos hacen o no nos hacen, por propiciatorias que sean esas ofrendas; ya que cada uno —tal vez a causa de ese gran encéfalo que registra imágenes sonoras, olfativas, táctiles, motrices, ese gran encéfalo de mono defectuoso cuyo cráneo, el mismo que ahora ostentamos, no tuvo la prudencia de detener su desarrollo—, sufre una memoria siempre ligada a sentimientos de impotencia o culpa. Los más ateos de entre los seres humanos, siempre culpables de ser víctimas o verdugos de algo —dado que no podemos obrar de otra manera con nuestros seres más queridos—, claman al cielo: "¿Qué les he hecho para tener estos problemas?" Claro está, hablan al cielo de las nubes, si son ateos, cuando no tienen encima, perfilándose sobre ese cielo, el rostro

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irritado de los padres, personas mayores a quienes "se las hicieron ver", o desobedecieron en vida.

Entre los traviesos (en los que me incluyo), siempre un poco místicos y mágicos, hay quienes piensan (yo era uno de ellos, y eso me consolaba) que si los mayores tienen que ganar el cielo —de acuerdo con lo que dicen—, los niños se encargan, por las pruebas que les procuran, de aguijonearlos y de promoverlos más rápidamente en el orden del mérito laico, presupuestario, sanitario, doméstico y, en breve, del mérito educativo, a la espera del mérito hagiográfico postmortem.

Y luego, para domeñar la culpa de los niños que hemos sido todos, y que hemos sido frente a los padres difíciles de olvidar, hay, para esos padres atrapados con felicidad y voluntariamente en la conyugalidad parentológica y que siguieron siendo compañeros a lo largo de su vida, esas fiestas laicas y familiares del aniversario de bodas, origen temporal de sus derechos tutelares conjugados, sobre aquellos a quienes han atrapado en sus recreos sexuales. Pocos niños crecidos osarían faltar al aniversario de casamiento de sus padres. Se asiste con los mejores trajes, con la mejor sonrisa, con un pequeño regalo y una conciencia limpia de toda reivindicación por una vez en el año. Y después hay también la fiesta de bodas llamada según diversos materiales, elegidos de

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acuerdo con su grado de resistencia a la destrucción, desde el papel hasta el diamante, a medida que envejece la pareja unida de nuestros ancianos padres. Todo esto no es más que la prueba de que es muy difícil, si no imposible, olvidar a los padres. La prueba está en que en las cercanías del último sueño, las palabras que acuden a los labios de los moribundos son "mamá, papá", última llamada a los primeros mediadores de la primera sorpresa, la de abrir los ojos y respirar en un espacio insólito, rodeado de esos rostros compasivos cuya evocación emerge de los labios de quien espera la sorpresa del ingreso en lo desconocido de la muerte.

Sí, es cierto, padres que hemos amado o que creemos haber odiado: estáis a tal punto tejidos en nuestra carne, que al abandonarla es nombrándoos como se expresa la última angustia, es en el anclaje de nuestro ser en vuestro recuerdo donde, en última instancia, buscamos una seguridad que se nos escapa, un viático para el gran paso a lo invisible, a lo inaudito, al misterio intangible.

Francoise Dolto

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Introducción

Esta obra es el fruto de una larga experiencia de niño. Los autores han tomado conciencia de los problemas de esos seres desvalidos, tan a menudo incomprendidos, maltratados y descuidados que son los padres, y han sido sensibles a las angustias que pueden sentir los padres sin defensas, confrontados con unos hijos incomprensivos, brutales o simplemente torpes. Tras un largo período en el que toda la atención, todos los cuidados se centraban en el niño, en sus problemas, sus necesidades, su actividad, su desarrollo, su patología, nos hemos percatado finalmente de que si la etapa infantil podía resultar difícil de vivir, el ser padres no lo era menos.

Si logramos desprendernos de los mitos habituales del pater-familias, de la madre toda devoción o todopoderosa, etc., los padres se nos aparecen como unos seres frágiles, sensibles, precipitados brutalmente por el azar de un nacimiento en una tormenta afectiva para la cual nada los ha preparado, salvo sus ensueños previos o el modesto trastorno que un feto aplicado puede organizar en el vientre de su madre para manifestar su personalidad. En una palabra, se trata de verdaderos prematuros. En efecto, hay que darse cuenta de que un joven adulto, cándido y sin experiencia, puede convertirse en padre o en madre en el

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término de unas horas e incluso de algunos instantes: es lo que se conoce por el trauma del nacimiento. La mujer que se convertirá en madre tiene cierta ventaja en este aspecto. Algo sucede en su cuerpo, y esa aventura física sirve de mediadora para la aventura psíquica. Pero el futuro padre no posee prácticamente ningún punto de referencia: puede encontrarse con que es padre en el metro, en pleno consejo de administración, en su cuarto de baño o, en el mejor de los casos, en la clínica, de improviso, sin que ningún cambio físico le manifieste el nuevo estado de cosas. Inmediatamente después del nacimiento, la situación de desigualdad continúa siendo flagrante. El niño recién nacido no tiene ninguna responsabilidad. Al punto se encarga de él una multitud de especialistas que tienen por tarea detectar y satisfacer sus necesidades y deseos. Los padres recién nacidos, en cambio, cargan con todas las responsabilidades. Se ven súbitamente inmersos en una avalancha de sentimientos, angustias, perplejidades, sin mencionar los problemas prácticos y materiales que no son, ni con mucho, despreciables. Los niños que quieran ser razonablemente buenos para con sus padres, que deseen tratarlos convenientemente y darles una correcta educación, deberán tener siempre presente esa situación; les hará falta una gran dosis de paciencia, indulgencia, mucho tacto, y también el debido respeto a su debilidad. Pues todo depende de la manera de coger a los padres durante las primeras

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semanas. Si de entrada se los aterroriza con gritos, se desprecia su comida y se castigan sus errores menudos con diarreas y erupciones en cada ocasión, se corre el riesgo de traumatizarlos por años. Un niño prevenido estará atento desde el comienzo a los problemas que agitan el mundo interior de los padres, deberá demostrar un cierto manejo psicológico, reconocer las distintas necesidades de un padre y de una madre, evaluar los progresos que sean capaces de realizar y el ritmo previsible de los mismos, y encontrar el lenguaje que los padres puedan comprender. En esta obra nos proponemos brindar a los niños que hayan tomado conciencia de estos problemas, algunos elementos de información y puntos de referencia que puedan servirles eventualmente en el curso del trabajo educativo laborioso y prolongado que les aguarda. Pues no olvidamos que si la educación de un niño insume un promedio de entre 15 y 18 años, la educación de un padre puede requerir medio siglo y a veces más.

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Algunas generalidades

A los autores de este libro les ha impresionado la tendencia de

nuestra sociedad a sobrevalorar el papel de los padres en la concepción. Ciertamente es muy importante que un niño sea deseado o no deseado, pero no por ello hay que perder de vista que el padre no es, después de todo, más que un vehículo, papel que en

el mundo viviente desempeñan el viento, el agua, las mariposas o

los insectos. Lo esencial es que se encuentre un espermatozoide lo suficientemente emprendedor y un óvulo lo bastante maduro y receptivo para aceptar unirse e intentar juntos la aventura. Sabemos que la aplastante mayoría de las células germinales la rechaza y que sólo una ínfima minoría se arriesga a participar. Tampoco es raro que a un feto ya constituido lo invada el pánico y pierda coraje antes de llegar a su madurez. Otros saltan del tren a último momento y prefieren nacer muertos antes que comprometerse definitivamente en la carrera. El daño que pueda ejercer en el espíritu de un padre inexperto e ingenuo esta sobrevaloración de sus estados de ánimo es inconmensurable.

Si el hijo quiere ejercer correctamente su papel de educador, deberá comprender —y cuanto antes, mejor— que durante toda su vida fetal los padres viven un período de agitación intensa en el plano emocional, en el que están implicados sus deseos y las diferentes personas que cuentan para ellos de una manera u otra,

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pero en ningún caso el hijo, dado que aún no lo conocen. Sin embargo, de ello depende la idea que se forman de su futuro niño y el sitio que le preparan. El recién nacido deberá demostrar mucha prudencia y tacto a la hora de tratar de intervenir en esos ensueños íntimos de los padres, que son tan fundamentales, para ir modificándolos de a poco. El trabajo educativo de los primeros meses es capital, pero lo que le sigue también es importante y, según hemos visto, puede prolongarse durante varias décadas. Poco a poco, con la ayuda de su sensibilidad y del conocimiento que tiene de sí mismo, el niño mueve a sus padres a aceptar en primer lugar su existencia, luego su personalidad, y, por fin, su autonomía física, intelectual y afectiva. Algunos niños proceden de un modo menos flexible, mediante tensiones y rupturas : sin duda, su carácter y las circunstancias no les permiten otra opción. Pero este proceso implica mucho sufrimiento para unos y otros. Esperamos que esta obra contribuya a que tales situaciones se eviten en lo posible.

Pero aun en el mejor de los casos, el desarrollo de un progenitor no se realiza sin dolor ni desgarramientos. A cada etapa corresponde toda una patología que un niño consciente de sus responsabilidades debería esforzarse por conocer. Ésta es la condición primera de toda profilaxis.

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No es fácil proponer una clasificación válida para las diferentes categorías de padres difíciles. Podríamos imaginar una clasificación según la cronología. Es evidente que las dificultades encontradas por un feto o un recién nacido no serán las mismas que tendrá que enfrentar un niño de cinco, diez, veinticinco o cincuenta años. Del mismo modo, los medios que se empleen en cada caso variarán según la edad del niño, pero también según la edad del padre. La clasificación etiológica nos parece impracticable. Un síndrome puede tener orígenes muy diversos y para el niño suele resultar imposible reconstruir el desarrollo de la situación que encuentra al nacer. En general, el padre se confía poco al niño, y

aun en los casos en que lo hace, se expresa en un lenguaje ininteligible para un lactante o un párvulo. Por otra parte, el padre no siempre es consciente de lo que verdaderamente le ha sucedido,

y de todos modos su memoria ha retocado hasta tal punto los

acontecimientos, que sus relatos se refieren más al presente que al

pasado. En una palabra: la única posibilidad que se ofrece al niño

es la de asumir la situación tal y como se presenta en el momento

de su llegada, y desencadenar el cuestionamiento por parte de los

padres a partir de los elementos de los que disponen. Corresponderá a los padres mismos cumplir con la tarea de remontarse a los orígenes. Nos parece ya de por sí pedagógico que

el niño muestre confianza en su capacidad para realizarla.

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La clasificación más elocuente, si bien un poco superficial, es tal vez la clasificación por síntomas. Es, por tanto, la que adoptaremos.

Someteremos a vuestra reflexión una serie de categorías sintomáticas, desarrollando aquellas que estamos en condiciones de ilustrar con ejemplos clínicos. Citemos a continuación algunas de esas categorías, para dar una idea de la variedad enorme de nuestro campo de estudio:

— el Padre 2 inmaduro

— el padre mentiroso

— el padre tímido

— el padre rico (o pobre)

— el padre superdotado

— el padre ausente

— el padre cansado

— el padre celoso

— el padre delincuente

— el padre embrollón

— el padre sádico

— el padre decepcionado por la vida

— el padre mártir

2 O la madre (N. del T.)

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— el padre narcisista

— el padre inadaptado

— el padre débil

— el padre sobreprotector

— el padre de edad

— el padre adoptado

— etc

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Los padres que no desean al niño

Es éste uno de los problemas más embarazosos y a la vez más frecuentes que se presentan a un feto. Por empezar, este no-deseo es casi siempre, o quizás siempre, muy ambivalente y difícil de evaluar. A menudo, uno de los padres desea una cosa y el otro desea otra. Interviene entonces su inmensa variedad de sentimientos recíprocos y las consecuencias afectivas y prácticas que de ello se derivan, para complicar aún más la situación. La complejidad del problema es asimismo considerable en el plano del no-deseo de cada uno de los padres. Para dar una idea, citaremos algunos de los muchos factores que entran en juego: relaciones de cada uno de los padres con su propio padre y su propia madre, con sus predecesores, así como la idea de que ellos se hacen, las tradiciones familiares, las prohibiciones religiosas o político-sociales, las presiones ejercidas por esas instancias, la situación económica, la percepción que los padres tienen de su propio cuerpo y los diversos temores respecto del mismo y, naturalmente, las repercusiones internas de todos estos factores y de otros demasiado numerosos para citarse aquí. Los temores, la culpabilidad, los rencores de los padres, sus ataduras y fidelidades, todo entra en la composición de lo que el feto percibe finalmente como un no-deseo.

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Cualquiera que sea la confusión o la incertidumbre de la situación, el feto está obligado a tomar partido. Puede ser que la empresa le parezca desesperante: padres ineducables, situación bloqueada, o incluso que el feto mismo no se sienta capaz de, o dispuesto a, lanzarse a una tarea que promete más dificultades que satisfacciones. Lo mejor que puede hacer en ese caso es abandonar la partida lo antes posible y desaparecer. En su autobiografía, un feto abortado en el cuarto mes nos transmite la historia siguiente: una mujer de más de treinta años materializa su no-deseo respecto del feto que la habita, realizando largos paseos en bicicleta y transportando unos canastos excesivamente cargados. Poco a poco el feto se da cuenta de que el sitio del futuro hijo está enteramente ocupado por el marido de esta dama, que se empeña en ser el único niño de la casa, pese a la tímida tentativa que ha hecho para superarse y acceder a la paternidad. Al cabo de cuatro meses de dudas, el feto decide finalmente no forzar a ese niño de 38 años, encerrado de forma manifiesta en sus propios problemas, ni a esa mujer que parece desbordada por la perspectiva de tener un segundo niño en la casa, y se retira. Otros fetos se sienten lo bastante fuertes e independientes para instalarse incluso en una atmósfera de no-deseo masivo, confiados en su talento de futuros educadores, o en su capacidad para

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subsistir bien o mal hasta estar en condiciones de tomar distancia de sus padres inutilizables. Su optimismo a veces da resultado. Nos han referido una historia particularmente dramática que acaba de ocurrir en una urbanización en las afueras de Burdeos. En el seno de una pareja, en la que el hombre pretendía rechazar la idea misma de tener un

Durante los nueve meses que duró el

embarazo, ella negó la evidencia, explicando su estado como resultado de diversos trastornos del aparato digestivo. En cuanto al marido, "no se daba cuenta de nada". El feto estaba muy impresionado por la contradicción entre la negativa obstinada de los padres y el medio que se le ofrecía para satisfacer su nutrición y protección, y más perplejo de lo que habría estado ante un rechazo homogéneo. Por lo tanto, se decidió finalmente a intentar la aventura. Se tomó su tiempo; reunió fuerzas utilizando plenamente los nueve meses previstos clásicamente para el embarazo. Luego llegó la noche que había elegido para nacer. Cuando hubo comenzado las maniobras preliminares, la mujer se levantó en silencio, sin despertar a su marido, fue a la cocina, dio a luz sobre un trapo, cortó y enrolló cuidadosamente el cordón umbilical, y luego arrojó a la criatura por el vertedero de basuras de la segunda planta. Luego de borrar todo rastro de lo que acababa de acontecer, volvió a acostarse tranquilamente junto a su marido.

hijo, la mujer quedó encinta

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En cuanto al niño, éste aterrizó sano y salvo sobre un colchón de desperdicios y, tras un breve descanso, se puso a gritar. La espera fue larga e incómoda. Regado por poso de café y restos de ensalada, tuvo que aguardar casi cinco horas hasta que el portero del edificio lo escuchó. Pero seguía firmemente decidido a vivir. El portero acabó por rescatarlo y la Guardia Municipal lo transportó al hospital. Gracias a su excelente constitución física, el niño superó una infección pulmonar grave y esperó los acontecimientos. Unos días después vio aparecer a sus padres, a los que la policía había fácilmente identificado, y que venían a reclamarlo como si nada hubiese sucedido. La madre le preguntó tímidamente al padre: "¿Te gusta?". El padre respondió: "Sí, me gusta mucho y me parece bien tenerlo". Las enfermeras intentaron dar ánimo a la madre: "¡Puede cogerlo en brazos!" La madre, inmóvil, se dirigió al padre: "No, cógelo tú primero, así mañana podré cogerlo yo también". Por supuesto, debido al episodio del vertedero de basuras, toda una nube de médicos, psiquiatras, psicólogos, asistentes sociales, policías y jueces han invadido la escena, y la educación propiamente dicha no podrá comenzar, a menos que los padres sean por fin devueltos al niño. Pese a todo, el niño consideró que la partida podía jugarse: tras haber logrado que sus padres superaran la negativa y el rechazo, todas las esperanzas le parecían lícitas.

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Hay padres que parecen por completo ineducables. Esto no quiere decir necesariamente que sean "malos", sino que causan al niño la impresión de ser como son hoy y siempre, sin que nada pueda hacerlos cambiar jamás. En algunos casos, esta rigidez no es más que aparente. Si el niño no puede hacer cambiar a los padres, puede al menos confortarlos en lo que a él se refiere: puede mostrarles que valen más de lo que creían, y esto constituye de por sí un elemento nuevo en la situación, que no puede dejar de tener algún efecto. Pero aun así, se trata de un trabajo siempre muy largo y difícil, ya que se trata en general de traumas antiguos, y a menudo de traumas familiares que los padres han heredado de sus antecesores y no han podido resolver. Para ilustrar esta situación, les ofrecemos la historia de un niño pequeño cuyos padres se vieron severamente enfrentados a la muerte. La madre, segunda hija de una familia en la que varios niños (varones) habían muerto de pequeños, había pasado los años cruciales de su adolescencia cuidando a su padre, afectado de una enfermedad mortal. El padre del niño había quedado huérfano siendo muy joven. Se había casado en primeras nupcias con una joven gravemente enferma que murió poco después de dar a luz a un varoncito. No es de extrañar que, dadas las circunstancias, este padre haya

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experimentado cierto sentimiento de culpabilidad respecto de su mujer, que a las cargas de la enfermedad, debió agregar las fatigas del embarazo. También sentía culpa, sin duda, respecto de su hijo, huérfano de madre desde los dieciocho meses. Tras enviudar, el padre se casó con otra mujer joven, también de frágil salud. El primer hijo de esta pareja, una niña, huyó de la gestación en el sexto mes, juzgando que la situación era inextricable. Pensamos, por lo demás, que su defección la tornó aun más inextricable. Dos años más tarde se anunció un nuevo niño: un varón. Más decidido que la primera, aceptó el desafío y nació. La acogida fue dura: debido a la relativa incompetencia de la madre para el parto, tuvo que ser extraído por la fuerza. En las primeras horas de vida una religiosa-enfermera, inexperimentada, tarada o movida por pulsiones homicidas mal controladas, lo llevó al pecho de su madre, que acababa de despertar de la anestesia de cloroformo. Consecuencias inmediatas: envenenamiento y convulsiones, que estuvieron a punto de terminar prematuramente con la experiencia. Pero el niño era testarudo y tenaz, y, estimulado, más que desanimado por las dificultades, sobrevivió. Durante once años fue un varoncito enfermizo, frágil, que evidenciaba de forma ostensible que estaba dispuesto a morirse en cualquier momento, si así lo juzgaba necesario. Pero no era éste más que un recurso de auto-preservación: la situación no

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evolucionaba y los padres vivían en una angustia casi permanente. Periódicamente la familia era convocada con urgencia para asistir a los últimos momentos del niño; pero éste cambiaba de parecer una y otra vez, in extremis, convencido de que acabaría por encontrar el medio para romper la caparazón de angustia y culpa que los aprisionaba a todos ellos. Habiendo llegado mal o bien a la edad de once años, el niño tomó la decisión de encarar por sí mismo la elaboración de un proyecto terapéutico con el médico de la familia. Sin que sus padres, demasiado angustiados para aceptar o rechazar, lo supieran, dio su acuerdo al médico, que proponía crear un absceso de fijación —en aquella época los antibióticos y las sulfamidas no existían aún— para poner fin a las interminables infecciones latentes que sufría desde su nacimiento. Al cabo de seis meses, un día, en la escuela, el niño sintió de pronto paralizada una pierna. El médico lo había advertido: supo al instante que el absceso se había formado. Se hizo llevar a su casa y tranquilizó a los padres alarmados, explicándoles lo que había sucedido. Al absceso se le practicó una incisión, que también incidió en la bolsa de angustias, culpas y ambivalencias que emponzoñaba la vida de la familia. El niño sanó y se convirtió en un joven sólido, activo y saludable. Al obrar así, introdujo un elemento nuevo y extremadamente importante en el mundo interior de sus padres: les

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mostró que, contrariamente a lo que podían creer, no eran unos asesinos, y que algo bueno y viable podía salir de ellos. Pensamos que esta enseñanza capital modificó el destino de toda la descendencia y que bien merecía que el niño le consagrara tantos años de su vida.

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Los padres que quieren que su hijo haga

Es una categoría sumamente rica y multiforme. Establezcamos una breve relación:

El padre (o la madre) que quiere que su hijo haga lo mismo que él; El padre que quiere que su hijo haga todo menos lo que hace él; El padre que quiere que su hijo haga todo lo que a él mismo le habría gustado hacer; El padre que no quiere que su hijo haga lo que él mismo no pudo hacer;

El padre que quiere que su hijo haga (o no haga) tal o cual cosa determinada; etc., etc

Las variantes son infinitas. Las motivaciones, también. Pero hay un problema muy particular que el niño deberá afrontar y resolver en todos los casos: se trata del deseo imperialista de manipular su futuro, ya sea que las motivaciones sean mezquinas, ya, por el contrario, tiernas y afectuosas. Por lo general, estas situaciones desencadenan en el niño un movimiento inicial de rechazo e irritación. Es indispensable que el niño tome conciencia de ello; de lo contrario, corre el riesgo de

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cometer los peores errores pedagógicos, y de encerrar a sus padres en una actitud obcecada en lugar de ayudarles a salir de ella. Por otra parte, su irritación puede llevarlo a actuar en contra de sus propios deseos y a ocasionar así mucho sufrimiento tanto a sí mismo como a sus allegados. Pero no debe creerse que recomendemos resignación o pasividad. Esto no sería razonable ni pedagógico. Y es importante no abandonar nunca la perspectiva educativa. Como lo hemos señalado, las motivaciones son muy diversas. Tomemos el caso tan difundido del padre que ha creado un negocio, montado un taller o, eventualmente, fundado un emporio. Quiere que su hijo haga lo mismo que él, lo cual en su espíritu, equivale a compartir con él el goce de la creación. Olvida sencillamente el hecho de que es él quien ha creado, y que al hijo no le queda más que hacer andar el negocio, trabajar en el taller o dirigir el emporio, tratando de no estropear demasiado la creación del padre. Hay que lograr que el padre, paulatinamente, tome conciencia de este hecho evidente, procurando no herir sus sentimientos cariñosos ni su amor propio de creador. También aquí se requiere mucho tacto y tiempo para la tarea, que, por otra parte, no está al alcance de un lactante o un niño de corta edad. Sin mencionar al feto que, antes de su concepción, está ya consagrado a tal o cual destino. Sólo un niño relativamente desarrollado, digamos, de entre quince y cincuenta años, tiene alguna

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posibilidad de llevarla a cabo. De momento, hay que ganar tiempo. Estudiaremos luego algunos métodos probados para hacerlo. No creáis que este trabajo no conlleve riesgo alguno. Todos conocen la historia de cierto zarevitz a quien le falló la pedagogía y resultó asesinado por su padre. Es imposible prever lo que puede germinar en la cabeza de un padre obtuso, decepcionado y desesperado; todo proyecto pedagógico debe tener en cuenta la capacidad de resistencia del padre o madre al que se dirige. Veamos más en detalle el caso de los padres que quieren que su hijo haga lo que ellos mismos no han podido hacer. En la base de lo cual casi siempre hay un buen sentimiento. Los padres quieren que sus niños vivan lo que para ellos ha sido un sueño. Ello es tan enternecedor como ingenuo; frente a tal situación, el niño debe ser capaz de gobernar a la vez la sensibilidad de los padres y su propio porvenir. Citaremos el caso de una familia de educadores de corte muy clásico y habitada desde varias generaciones atrás por un virus artístico. Unos probaron la pintura, la fotografía y el teatro; otros, la poesía y la novela, sin superar nunca el nivel de aficionados. Nacen dos niños varones. Para alegría de los padres, el mayor muestra una disposición notable hacia la música, y el segundo, talento para el dibujo. Desde ese momento, ambos niños sufren un asalto tan apremiante como indiscreto por parte de los padres, incitándolos a cultivar y desarrollar sus capacidades. Cercados y

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asediados por la insistencia de los padres, los niños se ven obligados a enquistarse a fin de protegerse. El mayor presenta un cuadro parapléjico que lo ata a una silla de ruedas durante más de seis meses. Esta parálisis no tiene explicación, y al fin desaparece espontáneamente. Pero este episodio permite al niño sustraerse a todo aprendizaje musical y, tras su curación, se orienta hacia estudios puramente intelectuales. A partir de ese momento se convierte en un alumno brillante y en un hijo modelo: no da ningún trabajo a sus padres; en una palabra, los abandona a su suerte y renuncia a todo proyecto educativo. En la actualidad es un experto en finanzas agotado por el trabajo, que lo que hace es funcionar más que vivir. El único indicio de que conserva alguna vinculación con sus intereses originales es su dirección: vive en la calle Gounod El segundo hijo, pedagogo con una mayor ambición, se concede un largo retiro de corte esquizoide, matizado por fracasos y yerros sentimentales y escolares de toda clase, pero sin dejar el ámbito de las artes gráficas. Uno de los padres muere, tiempo después. Los contactos con el progenitor sobreviviente son esporádicos, amistosos y poco profundos, pero éste es capaz de resistir por sus propios medios sin tener que nutrirse del talento de su hijo.

Permítasenos hacer aquí una corta digresión acerca del término "pedagogía". Por su construcción, este término no se corresponde

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con el uso que le damos. Pero no existe en el diccionario ninguna palabra que designe con precisión la ciencia de la educación de los padres; tan ajena resulta a nuestra cultura paidocéntrica la idea misma de que los padres puedan beneficiarse con una educación concebida especialmente para ellos. Pese a que los autores de esta obra son veteranos respecto de la infancia, sus conocimientos del griego y el latín no bastan para permitirles crear un término científico apropiado, centrado en los padres, y que sea tan agradable al oído como "pedagogía". Acaso se encuentre entre nuestros lectores un grecolatinista ingenioso que nos pueda proveer de uno. De momento, seguiremos sirviéndonos del término "pedagogía".

En el ejemplo precedente, hemos hablado de enquistamiento para caracterizar el método utilizado por los dos hermanos frente a los asaltos de sus padres. Como hemos visto, se trata de un método de alto coste y cuyo control puede escapar totalmente al que lo emplea. Por otra parte, su valor educativo es muy desigual. Existe una versión del enquistamiento más atenuada, incluso más manejable y acaso más eficaz en el plano pedagógico. Es el método del disfraz. El disfraz permite ganar tiempo, mientras proyecta ante los ojos de los padres una caricatura impresionante de los efectos producidos por su actitud. La variedad de disfraces posibles es infinita. No citaremos más que unos pocos:

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El disfraz de débil mental

Este método puede ser útil a cualquier edad. Un niño —un primogénito que tardó en llegar y era intensamente deseado— no habló hasta los cuatro años: no quería manifestar su inteligencia a los padres —ambos universitarios superdotados— hasta que se hubieran habituado al goce de tener por fin un niño. En la actualidad, ese niño es ingeniero de puentes y caminos. Por otra parte, el mismo Einstein no habló hasta los tres años: ya se sabe a qué llegó más tarde. Debía saber muy bien lo que hacía al optar por callarse. De la misma manera, otro varón, frente a las ambiciones desmesuradas de uno de los padres, se esmeró en fracasar en sus estudios con singular maestría: ningún diploma, ni siquiera primario, manchó su curriculum escolar: ni certificado de estudios, ni graduación escolar, ni la sombra de un bachillerato. El padre, que lo imaginaba alumno de la Universidad Politécnica o de la Central, fue abandonando poco a poco toda ambición a ese respecto. El muchacho, un tanto impresionado por sus propios resultados, consultó a un psicólogo por su cuenta y pasó un test de inteligencia. Obtuvo un coeficiente intelectual de 146. Más tranquilo, resolvió dejar el domicilio paterno y procurarse el

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sustento por sus propios medios. Comenzó por entrar a trabajar en una pequeña imprenta; después montó su propio negocio y tuvo un éxito considerable. El padre pudo entonces reconocer el valor de su hijo, aun cuando debiera medirlo con otros criterios que los habituales; le devolvió su estima, y la atmósfera entre ambos se distendió, permitiendo a los padres consagrar desde aquel momento toda su energía a seguir las enseñanzas, mucho más duras, que les impartía su segundo hijo.

De "punk"

Citaremos aquí un ejemplo histórico. En la época en que era delfín, el futuro rey Enrique I de Inglaterra se disfrazó de "punk", para lograr que su padre revisara sus posiciones acerca de la monarquía en general y de su carácter hereditario en particular. No obtuvo progresos espectaculares por parte de su padre, es cierto, pero consiguió preservar su personalidad y, llegado el momento, se convirtió, de la noche a la mañana, en un rey por completo aceptable.

De suicida

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Un niño pequeño percibía los intensos sentimientos de muerte que su madre proyectaba sobre él. Para hacerle tomar conciencia de ello, el niño la enfrentaba sin cesar con la cuasi-realización de sus deseos latentes. A los ocho meses estuvo a punto de morir de una toxicosis. Entre los tres y los siete años se fracturó varias veces, siempre en circunstancias acrobáticas creadas con deliberación por él mismo: a los seis años se fracturó una pierna, tras escalar una pared de cinco metros, al dejarse caer del otro lado sobre un patio de cemento; varias veces se cayó de la bicicleta, una de ellas al descender montado en ella por la escalera (fractura de clavícula). Estuvo a punto de ahogarse en la piscina por saltar de un trampolín de cuatro metros sin saber nadar. La situación se resolvió en una verdadera tempestad general: la madre, exasperada, lo llevó al psicólogo; luego se convirtió en la amante de éste y dejó a su marido. El niño pudo, por fin, profundizar las relaciones con su padre, completamente excluido hasta entonces y, según las últimas noticias, recomenzar una vida normal y ocuparse de sí mismo.

De niño terrible

El principio de esta técnica consiste en tener a los padres en vilo. Llamados a enfrentarse sin cesar a situaciones imprevistas

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—por ser en efecto imprevisibles—, los padres se encuentran paulatinamente reducidos a una sola aspiración: tener paz. Abandonan así toda intención imperialista respecto del niño. Es inútil dar ejemplos, dado que esta técnica está tan divulgada que podemos confiar en la imaginación de nuestros lectores.

De crío-de-mierda

En este ejemplo, el término se ha de interpretar en su sentido literal Un varoncito saludable, inteligente y sólido, comete la imprudencia de venir al mundo en una familia que incluye ya a una madre débil, mitómana e incompetente, a un padre alcohólico inveterado en la última etapa de la cirrosis, y a una hermana mayor epiléptica y silente. A partir del momento en que se da cuenta del desastre, el niño tiene una sola idea en mente: la de escapar cuanto antes y al menor coste posible. Para conseguirlo elige un arma a su alcance: defeca en todos los rincones del piso, y luego ejecuta interesantes pinturas murales con los materiales así obtenidos. De esa manera expresa claramente a sus padres que viven en una situación de mierda. Esta actividad le procura además la posibilidad de hacer algunas escapadas al hospital del barrio y reposar allí, al tiempo que tiene ocasión de demostrar que sus

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apreciaciones desfavorables se refieren exclusivamente al hogar familiar. Poco a poco el niño consigue movilizar un número suficiente de asistentes sociales, médicos, psicólogos y otros trabajadores especializados para que terminen de comprender que, en este caso, la única solución es la ubicación del niño en otro hogar.

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Los padres mentirosos

La mentira en los padres es tan frecuente y está tan difundida que apenas si podemos considerarla como una manifestación patológica. El padre que miente lo hace instintivamente, a menudo sin darse cuenta y, en general, sin sentir culpa alguna. Miente tanto en lo que hace a cosas fútiles cuanto en las más graves. Estaríamos incluso tentados de afirmar que cada vez que se trata de una cuestión verdaderamente importante, miente casi sistemáticamente. Y esto abarca desde la simple fabulación lúdica hasta la voluntad deliberada de inducir al niño al error, sea para ocultar una falta, sea para sustraerse a una situación difícil. Los padres pueden sentirse inclinados a fabular por toda suerte de razones, a veces bastante inocentes, tales como: mejorar su posición frente a su hijo, consolarse por la pérdida de ilusiones sobre ellos mismos, y embellecer imaginariamente un mundo real cuyos encantos no alcanzan a apreciar a causa de su inmadurez, etc. Pensamos que esas mentiras no son muy graves, que el padre (o la madre) mismo en realidad no se engaña y que, en general, en esos casos es mejor evitar confundirlos o reprenderlos. Por ejemplo, consideramos un error pedagógico la actitud de dos niñitas a quienes su padre acostumbraba deslumbrar y estimular con el relato de sus éxitos escolares. Algo irritadas, a la larga las niñas emprendieron la búsqueda y un día acabaron por descubrir

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las antiguas libretas escolares del padre, bastante menos brillantes de lo que sus relatos podían hacer creer. Las niñas se abocaron entonces con maligno placer a hacer públicas las apreciaciones poco halagüeñas que algunos profesores habían escrito. Claro está que ganaron la partida; el padre, confundido, no volvió a pretender granjearse admiración por sus resultados escolares. Sin embargo, el gesto de las niñas nos parece tanto más torpe por cuanto se trataba en realidad de un padre adoptado que las adoraba tanto como la madre, y que buscaba consolidar su tambaleante autoridad por cualquier medio. Otros padres inventan pequeñas historias, a veces bastante poéticas, referidas a Papá Noel, a los Reyes Magos, a los ratones que coleccionan dientes de leche y a otros personajes imaginarios. Es encantador, no tiene malicia, y en general todos terminan disfrutándolas. En cambio, consideramos con mucho menos indulgencia a los padres que mienten porque no se atreven a defender sus opiniones y que encargan a Papá Noel u otros personajes imaginarios el recompensar o castigar a los niños en su lugar. Un niño deseoso de ofrecer una sólida estructura psíquica a sus padres no puede permitir este tipo de renuncia. Ciertas mentiras equivalen a verdaderas falsificaciones introducidas en la historia de la familia, sea para ocultar aquello que los padres consideran como una debilidad o una falta, sea para embellecer una realidad trivial. En ciertos casos se trata incluso de

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un intento desesperado de reparar una falsificación anterior, de la que los propios padres han sido víctimas, por medio de una nueva falsificación ingenuamente destinada a reparar los efectos de la primera. Estas mentiras están motivadas por la esperanza falaz de que basta con retocar el relato para conjurar sus consecuencias. Pensamos que en estos casos el niño debe mostrarse cariñoso, pero firme. En ningún caso puede permitir —si tiene medios para impedirlo— que se introduzca una ruptura en la lógica de la historia familiar. No hay que olvidar que él es responsable ante toda la descendencia. Citemos por ejemplo el caso tan frecuente del padre adoptado que querría disimular lo que vive como una tara. Si el niño no concurre en su ayuda, todas las relaciones del padre se falsearán y la trampita repercutirá incluso sobre las generaciones venideras.

Como hemos mencionado, los padres mienten con mayor gusto cuanto más importante sea la cuestión a tratar. Mienten casi siempre al hablar de dinero, política y religión, y mienten regularmente cuando se trata de sexo, o de anatomía y fisiología en general. Y cuando por azar dicen la verdad, no es en general por respeto a la verdad, sino únicamente por política. Cuando el niño juzga que es indispensable intervenir para sanear la atmósfera familiar, debe proceder, sin embargo, con

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suma delicadeza. No hay que revelarle al padre más de lo que éste esté dispuesto a escuchar, y para determinar el momento y el modo de intervenir es recomendable dejarse guiar por la curiosidad espontánea que manifieste el mismo. En lo que se refiere, por ejemplo, al apasionante tema de cómo se hacen los niños, si las teorías sexuales de los niños son a veces incompletas e imprecisas, las de los padres suelen consternar por su ingenuidad. Puede suceder, en efecto, que un niño insuficientemente documentado confunda el tracto digestivo con el genital. Pero los padres llegan a imaginar la existencia de tiendas donde pueden comprarse niños, o coles o rosas que los contienen, o incluso cigüeñas que los arrojan por la chimenea. En cuanto a los padres que saben y admiten que el niño se halla en el cuerpo de la madre, proponen para explicar el ingreso y la salida unas teorías que revelan la más aguda de las fantasías. Os presentaremos una historia casi demasiado bella para ser

¿cómo osaríamos mentir en una obra como ésta y

real. Pero

sobre todo en este capítulo? Esta historia, pues, como todas las demás citadas en este trabajo, es rigurosamente auténtica:

Un niñito de siete años fue llevado por su madre al psicoterapeuta, a causa de un problema insignificante. En el curso de la anamnesis, el terapeuta, un debutante ingenuo y concienzudo, le pregunta a la madre si el niño ya ha recibido alguna información sexual.

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—Le he explicado todo —responde categóricamente la madre. El terapeuta, un novicio, por cierto, pero ya desconfiado, insiste:

—¿Qué es todo, exactamente? —Pues bien —responde la madre—, le expliqué que el niño estaba en el corazón de la mamá. —Pero ¿cómo hace para salir de allí? —inquiere el terapeuta. —Van al hospital, el doctor abre el corazón y retira al bebé —dice la madre. —Pero ¿ cómo hace el bebé para entrar en el corazón de la mamá? —pregunta el terapeuta. —Es el niño Jesús quien lo ha puesto allí. Luego, usted sabe, los niños tienen a veces unas ideas muy cómicas; el niño me preguntó:

"Y papá, ¿no estaba enojado?". Aparentemente, esta madre no ha comprendido nada ni ha podido coger la mano monumental que le tendía su hijo para sacarla del maremágnum de mentiras en que se había encallado. Creemos, sin embargo, que este niño tuvo razón al actuar con dulzura, tacto y hasta humor; sugirió, sin presionar, que no había nacido ayer, al tiempo que se cuidaba de no superar el límite de tolerancia de su madre. Aun cuando sus palabras no fuesen comprendidas de inmediato, harían efecto con el tiempo.

Decíamos que las mentiras de los padres eran motivadas por los mejores sentimientos y una real buena voluntad. Su intención era la de embellecer la imagen del mundo que presentaban a su niño en

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función de sus propias ilusiones primitivas. En su universo de cuentos de hadas, la maduración solitaria de un bebé en una col o el peligroso viaje por los aires bajo la responsabilidad de una cigüeña escasamente preparada para esa tarea se les presenta como una imagen mucho más atractiva y tranquilizante que el encuentro físico y afectivo de un hombre y una mujer con toda la pasión, el goce, la ternura y todo lo demás que esto conlleva. Los padres no conocen el peso de la verdad. Por eso a veces se ven llevados a decir la verdad únicamente porque consideran que hacerlo es una buena política. Una niña pequeña intentó sensibilizar a sus padres acerca del fundamental respeto que se debe a la verdad, recurriendo a un medio particularmente espiritual. Sus padres, ambos psicoanalistas en posesión de una sólida formación científica, resolvieron explicar a su hija todo lo referido a la concepción, gestación y nacimiento, en la primera oportunidad que se les presentara. Cuando la niña tenía alrededor de cinco años, tuvo acceso a un curso inteligente, claro y bien construido al respecto. Esa, al menos, era la convicción de los padres. Algo preocupada por el desfase afectivo que había percibido en esas explicaciones, la niña decidió dejar todo el asunto de lado hasta obtener una información más amplia. Un día, al volver de la escuela, llamó a sus padres para reprenderlos duramente por haber juzgado conveniente contarle

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no sé qué historias acerca de semillitas y de extrañas posiciones corporales, mientras que la maestra acababa de explicarle el proceso en toda su sencillez: una col en el jardín que hay que abrir en el momento oportuno.

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Los padres adoptados

Los padres adoptados son siempre difíciles, ya que han vivido, o acaso viven aún, una situación traumática. Ciertos padres se vuelven inhabitables, o bien sus posibilidades de acogida se ven seriamente comprometidas, ya por consecuencia de un accidente o una enfermedad, ya por causa de un no-deseo tan tortuoso que ni ellos mismos son capaces de identificarlo, situación que a menudo hace padecer un doloroso sentimiento de menosprecio y abandono. Algunos reaccionan tratando de hacerse adoptar. El niño que se dispone a adoptar a un padre o a una madre debe tener bien presente que se hará cargo de un ser ansioso e inseguro, a causa de su ineptitud como progenitor, y que sospecha —a veces equivocadamente— que sus propias células germinales son timoratas, incompetentes o incluso decididamente misántropas. De hecho, más que una educación necesita un tratamiento. Hay que curarlo de su angustia y sus sentimientos de culpa, auto-negación y abandono. Presentaremos aquí el caso de un tratamiento logrado. Dos jóvenes candidatos a padres tenían buenas razones para dudar de sí mismos. El aspirante a padre era hijo de padres que presentaban una incompatibilidad sanguínea que los angustiaba en extremo. Esta angustia no se atenuó ni siquiera después del nacimiento de

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un hijo y luego de una hija, ambos en perfecto estado. Eran vistos como sobrevivientes que hubieran escapado milagrosamente de una catástrofe. El varón, nuestro futuro padre, se casó con una muchacha que había vivido un episodio de toxicomanía bastante serio y del cual temía que la hubiese afectado orgánicamente. Un elemento a subrayar: los dos jóvenes presentaban incompatibilidad sanguínea Pese a todos sus esfuerzos y a numerosos tratamientos, no tuvieron niños. Buscaron entonces hacerse adoptar. Tenían tan poca confianza en la buena calidad de su raza, que se dirigieron primero a un niño negro, siendo que ellos eran blancos, y luego trajeron de refuerzo a un segundo niño, de origen asiático. Ambos niños, que estimaban que en este caso el pronóstico era relativamente bueno, emprendieron el tratamiento, que duró cuatro años, y tuvo pleno éxito. El no-deseo de estos padres tenía por motivo esencial la angustia y la inseguridad; los niños consiguieron hacerlos ceder, demostrándoles una gran amabilidad y un evidente bienestar, y multiplicaron los contactos físicos. La madre se construyó así una imagen más agradable de su propio cuerpo que poco a poco se tornó nuevamente habitable: un feto se instaló en ella y se desarrolló en condiciones muy confortables. Nació, por fin, en el seno de una familia perfectamente preparada para acogerlo, y al parecer estos tres niños no tienen hoy más problemas con sus padres que los corrientes.

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Esta historia es particularmente reconfortante. Sin embargo, debemos saber que no siempre las cosas resultan tan bien. Ciertos padres adoptados se sienten tan culpabilizados y desvalorizados por la situación de adopción que llegan a negar la realidad. Actúan y hablan como si no supieran que son adoptados. Por supuesto, en el fondo de su alma no pueden ignorarlo. El recuerdo de todas las gestiones realizadas para hacerse adoptar no puede haber sido enteramente reprimido. Corresponde al niño inducirles progresivamente a recuperar la memoria. Puede comenzar con pequeños relatos imaginarios, luego con alusiones y observaciones al pasar. Los lapsus son también un medio muy recomendado para estimular el reencuentro con los recuerdos. En cambio hay que evitar en forma absoluta hablar de buenas a primeras de padres que se hayan tenido antes de adoptar a los actuales: sería una grosera falta de tacto y podría comprometer la relación de confianza, que es vital para un padre adoptado. A los padres originales no habrá que mencionarlos hasta el final del tratamiento, cuando el mundo interior de los padres adoptados esté enteramente reconstruido y estabilizado. Durante todo ese proceso terapéutico de estructuración conviene darles ánimos y valorizarlos, pero sin sobreprotegerlos. Los padres adoptados tienen una sensibilidad exacerbada y perciben inmediatamente toda pretensión de tratarlos de modo diferente.

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Sucede que el o los padres adoptados demuestren que pese a todos los esfuerzos terapéuticos, son irrecuperables. Manifiestan

una incapacidad tal para integrarse a la familia que se les ofrece, que en lugar de sosegarse enloquecen cada vez más, se tornan exigentes e hipercríticos frente al niño, puesto que tratan de quitarse culpas proyectando sobre éste todo lo que se reprochan a sí mismos. Cuando su no-deseo latente los domina, su hogar se vuelve paulatinamente tan inhóspito como su cuerpo. Hay quienes desarrollan un verdadero estado paranoico y le reprochan al niño

que los traiciona, que los explota, que los persigue

Llega a

suceder que se vuelven peligrosos. No hay, en esos casos, más que una solución: por su propio bien, hay que separarlo de ellos lo antes posible. Sólo resta desearles que al menos puedan ser recogidos por un gato o un perro o, peor que eso, por un canario o un pez de colores.

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Los padres delincuentes

Distinguimos a grandes trazos dos categorías de delincuencia parental: la delincuencia asocial y la socialmente admitida y hasta honrada. La primera categoría comprende, por ejemplo, a los ladrones, a los asesinos de niños, a los asesinos sin patente, a los conductores refractarios al código de carretera, etc., etc. En la otra categoría encontramos a algunos políticos, hombres de negocios, jefes de Estado o financistas, a asesinos con patentes (militares, policías, médicos, a veces jueces, verdugos, etc.), jefes religiosos, psiquiatras y muchos otros que sería largo enumerar. El niño puede solidarizarse, o no, con el padre delincuente. Su elección dependerá esencialmente de la calidad de su relación. Por nuestra parte, no pensamos que el niño deba encargarse de la educación moral de los padres, al menos no de manera directa. Estamos convencidos de que la instauración de una relación franca y amistosa con los padres tiene de por sí un valor pedagógico en el plano moral. Naturalmente, nadie le prohíbe al niño que intente actuar directamente sobre la moralidad del padre. Sin embargo, estos intentos, según nuestra experiencia, rara vez se ven coronados por el éxito y comprometen en cambio las buenas relaciones del niño con su padre, al no ser ese objetivo verdaderamente importante para él.

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Hemos creído conveniente hablar de este caso, aunque no tengamos en nuestros dossiers una historia clínica para presentar. Pero juzgamos esencial evocarla, ya que la delincuencia parental puede resultar cargada de consecuencias para el niño: puede encontrarse huérfano, abandonado, internado en un campo de concentración, como personaje envidiado, hijo de papá, o bien muerto, sin tener posibilidad alguna de influir en la situación. Nos ha parecido necesario, por tanto, que el lector esté advertido.

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Los padres postizos

Incluimos en este informe esta especie particular de padres constituida por los suegros y los padrastros. El origen de la denominación en francés es un poco oscuro, dado que podemos constatar que los padres políticos no suelen ser más bellos que los demás. 3 De hecho, los padres políticos tienen de bello que se los puede agredir alegremente y sin una peculiar culpabilidad, lo que conviene a los propios padres, los cuales se ven favorecidos por cierto arreglo y depuración de los aspectos negativos. Es ésta una forma de transacción ventajosa para todos. El niño descarga su agresividad y purifica la atmósfera entre sus padres y él; los padres se ven embellecidos y renovados sin gesto alguno, situación que estimula a veces su propia capacidad para mejorarse. Los padres (políticos) logran de una forma y otra metabolizar las agresiones que les vienen de un niño que no es de ellos y, como, personalmente suelen ser padres de otro niño, se benefician del proceso descrito en sentido inverso.

3 En francés, las palabras "suegro" y "padrastro" se traducen por "beaupère", o sea "padre bello". Lo mismo sucede con el femenino "bellemère" (N. del T.).

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Así pues, un padre postizo tiene pese a todo algo bueno y, en todo caso, es una institución considerable desde el punto de vista económico.

Existen dos variedades de padres postizos: los reservados a los niños de cierta edad, casados, que los reciben como dote de su cónyuge (suegros); y los que pueden tener los niños pequeños (padrastros), cuando uno de los padres personales reemplaza a su pareja ausente o inadecuada. De cualquier modo, las dos variedades de padres postizos presenten las mismas ventajas. Señalemos que aun los padres postizos más perfectos y queridos pueden cumplir con el oficio de pararrayos; no necesitan merecer los reproches que reciben. Está de más ilustrar este tema: la literatura y las tiras cómicas nos proveen de incontables historias de suegras insoportables o de padrastros tiránicos.

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Los padres eclipsables

Existen unos padres llamados eclipsables. Se los percibe en la casa de tiempo en tiempo, por breves temporadas, y luego vuelven a desaparecer. Todo hace pensar que siguen vivos durante los períodos de desaparición. Hay comentarios de otras personas acerca de ellos: hablan como si ellos existieran. Hay también algunos indicios materiales: a veces escriben cartas. Cuando reaparecen acostumbran a contar todo lo que les ha sucedido durante el eclipse. A menudo justifican su comportamiento —incluso a sus propios ojos— con razones profesionales o eventualmente histórico-políticas, pero estamos tentados de pensar que se debe más bien a un factor genético. Puede constatarse que cuando las circunstancias los obligan a estar mucho tiempo presentes, se marchitan poco a poco. Llega a suceder que el cuerpo de alguno de ellos se deseca y encoge; otros se cargan de una grasa malsana. Unos tratan de vivir únicamente para su familia y se disuelven en una entrega autodestructiva; otros se vuelven insoportables para quienes los rodean, al punto de que todo el mundo termina por desear que se vayan, casi tanto como ellos mismos lo desean. Los padres eclipsables suelen ser completamente inconscientes de los problemas que su funcionamiento le plantea al niño. Por comenzar, es necesario explicar el problema de su desaparición.

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Un niño de cierta edad posee los medios de investigación necesarios, pero un lactante o un niño muy pequeño pueden encontrarse en extremo desorientados por el fenómeno. Luego hay el misterio de su reaparición, tan profundo como el anterior. No siempre es posible determinar por qué reaparecen en un momento dado y no en otro. Es cierto que el niño recibe algunas informaciones al respecto, pero no siempre está en condiciones de analizarlas. En esto el lactante se ve muy desfavorecido : las comunicaciones verbales no pueden iluminar su búsqueda; se ve reducido a interpretar lo mejor posible los movimientos afectivos que percibe a su alrededor. El niño, además, trata de establecer si puede influir —o no— sobre el momento de la reaparición y, en caso afirmativo, por qué medios. Medios mágicos de toda suerte han resultado muy útiles en ciertos casos e indiscutiblemente vanos en otros. El niño dispone igualmente de toda una serie de medios más concretos, que funcionan mejor cuanto más dramático sea el carácter que se les da. Por ejemplo: cometer una gran barbaridad (pero verdaderamente muy grande) ; sufrir o provocar un

accidente serio; caer gravemente enfermo

acciones de gran envergadura pueden no surtir efecto en el caso de padres marinos, militares, presidiarios, etc.

He aquí la historia de una pequeña que intentó estabilizar a una madre eclipsable por medio de una tos ferina grave: su madre

Pero aun estas

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reapareció, en efecto, pero apenas el tiempo necesario para constatar que no había peligro, y luego volvió a desaparecer. La

niña probó entonces con una enfermedad crónica. Fue otro fracaso total. Todo lo que consiguió fue hacer vivir a su madre en un estado de inquietud permanente —¡pero lejano!— y hacerle gastar sumas considerables en comunicaciones telefónicas de larga distancia que la llevaron a casa de su abuela en cada eclipse materno, en lugar de poder gozar tranquilamente la posesión

Para coronarlo todo, los medios puestos en

marcha la superaron : le hicieron falta más de veinte años para librarse de su enfermedad, y no sin secuelas. Si insistimos en este caso, es para prevenir a quienes estén tentados de recurrir a esta técnica. Estamos, pues, obligados a declarar que en el estado actual de nuestros conocimientos no existen medios fiables para hacer resurgir a voluntad a un padre eclipsado. Por tanto, hay que aceptar la situación, lo cual plantea algunos problemas serios. Por ejemplo, una característica molesta de los padres eclipsables es la de crear en forma repetida continuas conmociones en el mundo interior y exterior del niño. En sus momentos de presencia, muestran por lo general mucha insistencia en ser reconocidos como un elemento importante de esas dos estructuras. El niño, que quiere dejarse convencer, termina por servirse de ello para apoyar en el padre eclipsable

exclusiva de su padre

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otras partes del edificio. Es entonces cuando el padre desaparece, y no le queda al niño más que precipitarse para sostener a pulso el trozo de muro que construyó imprudentemente sobre ese padre. Pero si la situación se prolonga, no puede consagrar indefinidamente toda su energía a un trabajo cuyo interés es siempre aleatorio: termina por llenar el vacío con materiales hallados al azar. Luego, cuando se ha encaminado a realizar su proyecto con modificaciones, el padre reaparece inesperadamente, se precipita al sitio que supone vacío, sin reparar en los trabajos que su defección hizo necesarios y que se están llevando a cabo. Con su brutal irrupción compromete en un instante la obra laboriosa de varios meses o años. Parecería que los padres eclipsables fuesen perfectamente inconscientes de las perturbaciones que provocan. Pero esto no hace más que complicar la situación. El niño que se da cuenta de que el padre actúa con perfecta inocencia acaba por confortarlo, en lugar de ocuparse de sus propios asuntos, que están en peligro. La madre de un niño, una actriz, desapareció cuando éste tenía seis meses. El niño, cuyo universo era algo caótico, no estaba en condiciones de esperar mucho. Aprovechó la primera persona cálida y familiar a su alcance y la situó en el lugar vacante. Todo anduvo bien durante seis o siete meses, hasta el día en que la madre se presentó de improviso e intentó instalarse sin más ni más en su antiguo sitio. El niño trató de preservar su equilibrio, o al

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menos de ganar el tiempo necesario para reorganizar su universo:

comenzó a llamar "mamá" a la reemplazante a la que hasta entonces había llamado siempre por su nombre, instando a su madre, con toda la cortesía exigible, a que esperase hasta que le preparara su plaza. Esto desembocó en un malentendido total: la madre, que se había creído esperada con impaciencia, no comprendió nada y cayó en una depresión. El niño no tenía opción: tuvo que abandonar su trabajo de reestructuración y precipitarse para socorrer a su progenitora. Algunos niños sumamente capaces consiguen inventar para este tipo de padres un lugar que pueden mantener vacante durante mucho tiempo sin peligro de implosión, y que los padres pueden reencontrar en cada reaparición como si se tratara de una vestimenta familiar. Pero esta solución no está al alcance de todos:

no es posible más que para un niño con una estructura a la vez flexible y sólida, en un contexto particularmente favorable; en cualquier caso, exige siempre una larga y minuciosa puesta a punto.

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Los padres ricos

(y una variante: los padres pobres)

Se trata de padres que transmiten lo esencial de sus sentimientos por medio del dinero que pretenden tener o no tener. En efecto, los padres pueden sentirse ricos o pobres, independientemente del estado objetivo de sus finanzas. Sus actitudes estarán, por lo tanto, determinadas por dicho sentimiento. Tales padres mantienen una ilusión de omnipotencia —o de omni-impotencia, lo cual viene a ser lo mismo— abonada en la abundancia o escasez de su cuenta bancaria. Ciertos padres ricos llegan apenas a fin de mes. Hay padres pobres que son millonarios. Este lenguaje, este modo de expresión, es a menudo muy difícil de interpretar, extremadamente molesto para el niño y muy desconcertante por las contradicciones que se manifiestan a nivel objetivo. Sin embargo, para el padre está cargado de una intensa emoción; por ese medio primitivo, un padre poco evolucionado en cuanto a la expresión de su afectividad puede al menos comunicar sus pedidos de cariño y sus deseos de darlo. Se sentirá rechazado, despreciado y desvalorizado por su hijo si éste no comprende su llamado. Esta situación, repetida, puede inducirlo a un verdadero estado de angustia, y puede bloquearlo en una actitud negativa. Los padres ricos harán llover sobre el niño regalos destinados

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únicamente a expresar su amor (y su demanda de amor) y no a provocar placer o interés por sí mismos. En lugar de ejercer un efecto estimulante, cada regalo viene a perturbar en realidad el descubrimiento y el aprovechamiento del precedente.

Los padres pobres quieren ser amados por las privaciones que sufren o que se imponen. Desean que sus hijos puedan medir el amor que tienen por ellos, por el sacrificio de dinero a su favor. Del mismo modo, los padres pobres expresan el inmenso valor que atribuyen a sus hijos mostrándoles que todo el oro del mundo sería insuficiente para mantener un objeto tan precioso. Para que pueda interpretar lo que expresan con esto, mantienen al niño al corriente de las variaciones de los precios —sobre todo de las alzas— y de las fluctuaciones de la moneda nacional. Lamentablemente, este modo de expresión parental suscita a veces en el niño un doloroso sentimiento de culpa: el niño tiene la impresión de ser un artículo de lujo que sus padres adquirieron, porque el propio niño los forzó a ello, sin estar en condiciones de hacerlo. En estos casos es muy difícil para el niño —y casi imposible para los padres— separar la realidad exterior de la interior.

Para ilustrar nuestro aserto, he aquí la historia autobiográfica que nos comunicó la hijita de padres ricos. Su padre, además de a esta categoría, pertenecía también a otras dos importantes

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categorías parentales: era un padre muy ocupado y un padre cansado. Por todas estas razones, estaba obligado a expresar su cariño mediante regalos. Su hija lo había entendido y se esforzaba por hablarle en un lenguaje que él pudiera comprender. Un día le pidió un disco que incluía una de sus canciones preferidas (de la niña). Y un tocadiscos para poder escucharlo. Ella se imaginaba acurrucada en las rodillas del padre, compartiendo con él el placer de dejarse mecer por una deliciosa melodía. Esa misma noche llegó a la casa un repartidor cargado de pesados bultos. Una caja contenía un aparato estereofónico de modelo reciente. En otra encontró los dos altavoces. En tres cajas bien acolchadas se repartían unos cincuenta discos. Canciones, música clásica,

La niña, que no dominaba aún los misterios

orquestas de danza

del lenguaje escrito, tardó varias horas hasta encontrar en esta avalancha musical los sonidos familiares de su canción favorita. En cuanto al padre, éste había telefoneado por la tarde para avisar que no iría a cenar. Por suerte para él, su hijita lo quería lo bastante para comprender que no había sido capaz de afrontar de buenas a primeras una situación en la que sentía que algo no estaba a punto.

Esta historia es, pese a todo, reconfortante. Sin embargo, hay otras que no lo son. Nos han presentado el caso de un niño pequeño que, por su parte, tenía grandes dificultades con sus padres pobres: en

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sus manos, todo se transformaba en privaciones. Colmaban a su hijo de sacrificios tan dolorosos como inútiles y de privaciones en cualquier dominio en el que aventurara un deseo. Desbordado por la tensión y desconcertado por la aparente incoherencia del comportamiento de sus padres, el niño decidió reservarse para el futuro y se disfrazó de débil mental. Cebados por la idea del sacrificio, los padres se precipitaron al psicoterapeuta. Éste consiguió establecer con bastante facilidad una relación con el niño, cuyo disfraz era relativamente reciente. Imprudentemente, tranquilizó a los padres y, un tanto impresionado por las dificultades que declaraban tener para pagar la terapia del niño, fijó una suma relativamente módica por la consulta y las futuras sesiones. El día de la cita siguiente recibió una llamada telefónica que lo dejó perplejo: el padre del niñeo le avisaba que no asistirían a la cita y que no podían encarar la terapia de momento, porque les resultaba imposible destinar la suma necesaria; tenían un modesto chalet en la Costa Azul, cuya terraza debía refaccionarse por entero, precisamente cuando lo mismo había de hacerse con el techo y las dos torres de la casa de campo de Normandía. Sus caballos también les resultaban terriblemente caros y desde hacía algunos meses no habían ganado ninguna carrera. El terapeuta no pudo más que doblegarse ante este cuadro angustiante. Pese a todos sus esfuerzos, le resultó imposible volver a ver al niño ni una sola vez. Es de temer que estos padres, si dejan pasar la

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oportunidad y no resuelven su problema antes de que su hijo no les devuelva su independencia, sigan siendo toda la vida unos padres pobres y frustrados.

Tenemos la impresión de que, en esta categoría, se trataba casi siempre de padres relativamente frágiles y rígidos. Su única suerte la constituía el hecho de que, pese a todo, sus niños los comprendían. Después de todo, estos padres hacían lo que podían. Corresponde al niño superar las decepciones y la irritación, evitando desvalorizar los regalos o las privaciones que se les ofrecen, y adaptarse a las necesidades de un ser más difícil y más frágil que él.

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Los padres ancianos

Los padres, a diferencia del niño, con los años se vuelven más frágiles, inestables, caprichosos, hipersensibles, a veces melancólicos, ansiosos, y hay que tratarlos con mucha prudencia y delicadeza. El padre de edad reclama sin cesar ternura y afecto. Tiene miedo de ser abandonado, miedo al cambio, miedo a lo nuevo, miedo al futuro y, en especial, cada vez más miedo a la muerte. Es notable, en efecto, que cuanto más joven sea un ser humano, cuanto más cerca está de la época en que todavía no existía, más familiar le resulta ese estado, y menos le teme. Un feto muere aparentemente sin problemas y a menudo con tanta discreción que no se da cuenta ni siquiera su madre. Es ésta incluso una de las soluciones más cómodas que se le ofrecen en situaciones que parecen no tener salida. Los jóvenes tienden a arriesgar la vida fácilmente por sus ideas, sus amigos, a veces por simple desafío o para divertirse. Pero los padres de edad olvidan por completo cómo era cuando no eran, y lo desconocido los aterroriza. El niño, que hace frente a lo desconocido durante toda la jornada, puede tranquilizar al anciano mostrándole que se puede recibir con interés, curiosidad o por lo menos con un poco de sangre fría lo que no se conoce. "Por qué temer, si nada nos puede suceder que no suceda de todas maneras", nos decía un niño muy

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viejo, de ochenta años, en un momento particularmente crítico de su historia. Agreguemos que cuanto más viejo se vuelve a su vez el niño, más desarmado está frente a las angustias de sus padres ancianos. Es lamentable, dado que la mayoría de las veces —aunque no siempre— padres e hijos envejecen simultáneamente.

El padre anciano tiene mucha experiencia, que lo estorba terriblemente. Cree conocer una cantidad de cosas porque ya ha vivido otras parecidas, y para amortizar esa experiencia se esfuerza por introducir coactivamente los hechos y a la gente en moldes prefabricados. Cree saber mucho sobre el niño, con el pretexto de que fue niño una vez. Sólo olvida que no fue el mismo niño. Pese a su propensión a reivindicar constantemente el respeto, la obediencia y la confianza en nombre de aquella famosa experiencia, sobre todo cuando se dedica a la investigación científica, repite a quien quiera escucharlo que hay que ver las cosas con una mirada fresca y libre de prejuicios, centrándose en lo inesperado y sorprendente más que en lo familiar y conocido. La mejor ayuda que el niño puede brindar a su viejo padre es impulsar esa actitud científica frente a la facilidad de lo conocido. Al mismo tiempo, debe mostrarle que no pierde en nada el respeto tan ansiado; al contrario

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Si el niño muestra tanta aptitud innata para comprender y educar a sus padres, es justamente porque nunca ha sido adulto, ni padre, y es capaz, por tanto, de realizar esta observación libre de todo prejuicio, lo cual constituye la única actitud científica válida. En esto también, cuanto más envejece, y cuanto más lo estorban las experiencias, los principios y las convicciones, más riesgo corre de dejar de lado lo esencial en lo que concierne a los verdaderos problemas y necesidades de sus padres. Es ésta una de las razones que explican la profunda miseria del padre anciano.

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Algunos problemas particulares

La vida sexual de los padres

Los padres son una especie bisexuada. Hay machos y hembras. A los machos se los llama padres, y a las hembras, madres. A menudo se los llama con su sobrenombre cariñoso: papá y mamá. Cuando envejecen se convierten a veces en yayo y yaya. Hay que evitar toda confusión con los tíos y las tías, que no son necesariamente parientes y que no siempre se dan por pares. Los machos y las hembras se distinguen esencialmente por su forma, pero también por toda una serie de caracteres más sutiles que no son fáciles de definir con precisión. Sin embargo, el niño es muy perspicaz al respecto, y los errores son raros.

Contrariamente a los niños de todas las edades, que tienen una vida sexual extremadamente variada y multiforme —practicada individualmente, de a dos, o en grupo, con parejas de cualquier sexo, incluso animales u objetos—, los padres tienen una vida sexual relativamente monótona: se practica obligatoriamente de a dos, necesita la participación de un hombre y una mujer que utilizan las particularidades de su anatomía, según un esquema inmutable, para hacer de tal modo que el óvulo y el

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espermatozoide puedan entrar en relación en las condiciones más favorables. Pese a esta relativa indigencia de su sexualidad, los padres parecen atribuirle una importancia desmesurada. No cesan de hablar de ella, directamente o por alusión, con música, en verso, en imágenes o toda otra forma de actividad creativa. Con sus hijos adoptan a menudo una especie de provocación lúdica, ocultándose ostensiblemente cada vez que desean entregarse a su actividad sexual. Ésta se desarrolla por lo general detrás de puertas cerradas —pero no en silencio—, o bien durante la noche, cuando se supone que el niño está durmiendo.

Consideramos necesario acordar a los padres el derecho a cierta vida privada, incluyendo la sexual. Lo necesitan para su equilibrio, y si se les infligen excesivas y frecuentes frustraciones en este aspecto, tendrán tendencia a volverse violentos e incontrolados. De modo que pensamos que, pese a que lo hacen todo para llamar la atención, es preferible no intervenir mientras no sea imprescindible. Desde luego, esto no siempre es posible. Hemos constatado, por ejemplo, que los padres hacen gala de una notable incompetencia cuando se trata de apreciar con exactitud la cantidad de niños que son. capaces de atender y cuidar correctamente. Tienen una lamentable tendencia a sobrevalorar su capacidad al respecto. El niño se ve obligado a ejercer, por lo tanto, un cierto control sobre

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los nacimientos. Son diversos los métodos anticonceptivos que se nos han presentado. Una niña pequeña, cuando notaba en ciertas noches una agitación sospechosa en el cuarto de los padres, tenía la costumbre de experimentar un terror incoercible, y se ponía a gritar hasta que sus padres la llevaban con ellos a su cama. Otra recurría a una variante de este método : atraía a su madre a su propia cama y la retenía allí toda la noche.

Una tercera había visto fracasar sus esfuerzos ante la astucia de sus padres. Habiendo escapado a su vigilancia, se habían retirado a su cuarto en plena hora de la siesta para entregarse a sus embates. La niña percibió in extremis lo que se avecinaba, irrumpió en el cuarto y ante la inminencia de la catástrofe dio muestras de una notable presencia de ánimo: sin perder la calma se agachó e hizo sus necesidades sobre la alfombra junto a la cama. Hubo, claro está, bastante alboroto y algunos lamentables excesos verbales y gestuales, pero ese día no hubo hermanito.

Sucede, sin embargo, que todos los métodos contraceptivos habituales fracasen y que un niño malhadado llegue al mundo. Ciertos niños consideran que ni aun entonces todo está perdido y que todavía puede encararse alguna acción. La misma niñita que, la primera vez, alcanzó a evitar el desenlace fatal gracias a su genial improvisación sobre la

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alfombra, se encontró un día, pese a todo, con una hermanita perfectamente superflua en los brazos. De inmediato emprendió el estudio en profundidad del funcionamiento de los cubos de basura, de sus horarios e itinerarios, para tratar de aprovechar la primera ocasión que se le presentara. De hecho, nunca llegó.

Otra niñita tampoco pudo impedir un nacimiento indeseable. Más moderada, más paciente que la del caso precedente, trataba de convencer a su madre:

—¡Mira qué bonito el hermanito! Ahora vamos a lavarlo, a cambiarlo, a ponerle talco en el culito, a vestirlo con su linda ropita calentita, a darle un rico biberón, ¡y después lo metemos en la basura! Como sucede con frecuencia, este prudente consejo no fue seguido. Los autores estiman, por su parte, que ante el hecho consumado, mejor es no insistir y dejar que las cosas sigan su curso. Después de todo, ¿por qué adelantarse al llamado de los padres y precipitarse en su ayuda antes de que ellos mismos lo indiquen? Lo mismo da dejar que el o los padres se arreglen solos con el resultado de su inconsciencia. El niño no puede estar todo el tiempo detrás de ellos, y corresponde que aprendan a controlarse por sí mismos.

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Algunas consideraciones acerca de la anatomía de los padres

Nuestros conocimientos en cuanto a la anatomía de los padres todavía no pueden considerarse del todo completos. Hay que decir que en general los padres no hacen gran cosa para facilitar las investigaciones. En la actualidad, su actitud al respecto muestra cierta tendencia a atemperarse, y esperamos que las próximas generaciones puedan aportar algunas conclusiones importantes. Como hemos dicho antes, hay padres machos y padres hembras —padres y madres— que no tienen exactamente la misma conformación, y eso es lo que sirve, precisamente, para distinguirlos. Los machos y las hembras tienen cierto número de características comunes: una cabeza, un cuello, un tronco, dos miembros superiores (que terminan en dedos) y dos miembros inferiores que terminan en los dedos de los pies. Se han observado especímenes que tienen menos miembros o segmentos de miembros, pero en general son capaces de explicar la pérdida de modo satisfactorio: ellos tenían esos segmentos faltantes, pero los perdieron o se los robaron. Sin embargo, algunos no pueden dar ninguna explicación válida de esas ausencias, lo que echa una sombra de duda sobre las características generales de la especie.

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Lo mismo sucede en el caso —más raro— de los que tienen segmentos de más. Podría tratarse de mutaciones, ya sea espontáneas, producidas por las condiciones de crianza, los cruzamientos o la domesticación. En efecto, los padres vivían antaño en estado salvaje o semisalvaje, disponían de sus niños como si se tratara de bienes, los compraban o los vendían, los tiraban cuando ya no les hacían falta; ¡hasta se los comían! Sus

religiones primitivas los llevaban a creerse maestros, invirtiendo

sencillamente el curso de la evolución

ello podríamos encontrar una explicación de las anomalías anatómicas constatadas. Veamos ahora las diferencias entre machos y hembras. En su conjunto, los padres se parecen bastante a un niño varón, pero más grande, con mucho más pelo en distintos lugares del cuerpo: sin duda, un residuo de la especie salvaje. En lo que respecta a los pelos de la cabeza y de la cara, ora los suprimen mediante instrumentos fabricados expresamente para este uso, ora los recortan artísticamente con mayor o menor fortuna, pero siempre según cierta lógica. Sin embargo, hay una parte de su cuerpo ante la que se comportan con una incoherencia total: es el fragmento que se encuentra entre la cintura y la parte superior de los muslos, y sus apéndices correspondientes. Esta región del cuerpo es a la vez objeto de orgullo y de vergüenza, de interés y de desprecio, de ruidosa sobrevaloración estética y de una repugnancia no menos

Sea como fuere, en todo

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ruidosamente proclamada. El uso que le dan es a la vez variado e intenso. El apéndice principal constituye la parte más preciosa. Le han sido inventados mil sobrenombres cariñosos, aunque otros sirvan para insultar. Es otro ejemplo de la ambivalencia que pesa sobre toda esta zona. En cuanto a las madres, su cuerpo presenta una diferencia más marcada con el de las pequeñas. Son mucho más peludas que las niñitas, pero mucho menos que los padres. Sin embargo, algunas madres también poseen barbas y bigotes, pero, salvo excepciones, no tratan nunca de aprovecharlos para su belleza, como los padres. Ignoramos las razones de esta tímida actitud. Otra diferencia: en la parte anterior de su busto, la hembra presenta dos apéndices del mayor interés, a la vez bellos y funcionales. Se los mira con placer, son muelles al tacto, y permiten fabricar, transportar y guardar a una temperatura óptima la leche necesaria para el lactante. Un ingenioso dispositivo les permite adaptarse a la boca del bebé. La parte inferior del cuerpo es tratada con la misma ambivalencia que la del padre macho. Sin embargo, persiste la duda en cuanto a la forma exacta de esta región. Los observadores que han podido examinarla personalmente son unánimes al afirmar que presenta accesos a diversas cavidades, de las que sólo una es conocida, pero sin ningún apéndice espectacular. Pero un número considerable de investigadores ha podido deducir de un conjunto

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de indicios convergentes que las madres también podían poseer tal apéndice. Algunos sostienen que sólo una parte de las madres lo posee, otros, que todas lo poseen, pero durante cierto tiempo o por períodos. Conocemos a un niño que afirma con insistencia que su madre posee dicho apéndice, y que ha podido adivinar su forma bajo la falda. Sin embargo, un temor inexplicable le ha impedido siempre proceder a una verificación más seria. El niño tiene ahora 42 años, pero nunca ha podido presentar pruebas válidas que apoyen su convicción. Para no tener que abandonarla, se ha abstenido rigurosamente, hasta ahora, de examinar a una hembra de cerca. Es otro ejemplo de la ambigüedad que rodea a esta parte del cuerpo.

Este estudio anatómico no reviste un interés primordial para el educador, si bien el elemento formal no puede serle indiferente, aunque más no sea por la posibilidad de identificación.

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Higiene y cuidados corporales de los padres

La mayor parte de los padres manifiesta una pasión inmoderada por la limpieza. Lavan su cuerpo hasta en sus mínimos recovecos, lavan su ropa, sus objetos de uso habitual, a sus niños, su coche, e incluso su casa; cepillan sus dientes, sus alfombras y sus zapatos. Nada escapa a su furor blanqueador. No hay que juzgarlos muy severamente. Pensamos que se trata de una simple manía, más que de un verdadero vicio. No contentos con lavarse, a menudo desnaturalizan su olor personal, tan agradable para el niño, regándose con diversos productos desodorantes, que no son desagradables, pero que enmascaran irremediablemente su olor familiar.

Hay sin embargo casos en los que es necesario poner límites a sus excesos: cuando se meten con los objetos favoritos de los niños. Todos saben que un osito debidamente manoseado e impregnado de sustancias atractivas, o un trapito chupado con amor durante varias semanas, pierden todo su valor después de pasar por un procedimiento de limpieza, cualquiera que sea. Por otra parte, los padres demuestran una deplorable ineptitud para determinar lo que está efectivamente limpio o sucio, y sucede que cometen a menudo gruesos errores. Así, califican de "sucias" todas las producciones corporales, incluso en estado puro. Son "sucias" también una serie de sustancias naturales perfectamente

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inocentes, como la tierra, el barro, la arena o incluso alimentos de calidad indiscutible, tan pronto como se los encuentra fuera de un plato. Reaccionan también en forma negativa ante ciertos productos oficialmente fabricados y vendidos en el comercio, como la tinta, la pintura o la plastilina. En cambio, los padres se extasían ante la "limpieza" de un embaldosado que hiede a lejía, o de un trapito desnaturalizado con almidón. No hay que esperar mucho de la educación en ese terreno. Explicándole al padre en términos claros y sencillos el sentido de lo que se le pide, se puede confiar en que limite un tanto su ardor al limpiar aquellas cosas que más nos interesan. Pero si contrariamos en forma demasiado brutal ese tipo de comportamiento irracional, corremos el riesgo de desencadenar reacciones de angustia y hacer más mal que bien. La mayor parte del tiempo hay que contentarse con reparar subrepticiamente los daños más graves, y mostrarse firme e intratable cuando se trata de los objetos frágiles que podrían ser irremediablemente destruidos por una limpieza intempestiva.

Aludiremos brevemente a las otras medidas de higiene de vida. Los padres necesitan cierto número de horas de sueño. Hay que cuidar de que las tengan, y no levantarlos por la noche salvo necesidad absoluta, para que puedan dedicarse a sus deberes de padres. Hay que respetar sus momentos de distracción y juego,

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aunque no sea más que para que respeten los vuestros. De este modo, a una niñita que pretendía que su madre le contara una historia, le respondieron: "No puedo, tengo que hacer, pero ve a jugar a tu cuarto y yo te querré de lejos". La niña se grabó la lección; y cuando su madre la llamó un momento más tarde para bañarla, ella le respondió: "Ahora no; ve a jugar un poco a tu cuarto y yo te querré de lejos".

Los padres necesitan ejercicio y aire puro. Hay que sacarlos un poco todos los días, incluso con mal tiempo; de lo contrario, se marchitan.

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Costumbres alimentarías y vestimenta de los padres

Es muy difícil impedir que los padres coman cualquier cosa, a menudo sin discernimiento y en cantidades inmoderadas. Más aún cuando el niño no puede ejercer ningún control sobre sus gastos diarios y, además, son los padres quienes tienen acceso a la farmacia. De hecho, las posibilidades de acción de que dispone el niño son bastante poco numerosas. Algunos recurren al argumento sentimental, como esa niñita que tenía crisis de llanto para impedir que su padre cardíaco fumara. Pero este medio presenta el grave inconveniente de dramatizar aún más una situación que ya es bastante tensa por sí misma. Otros sostienen —no sin razón, a nuestro parecer— que si consiguen hacer vivir al padre en una atmósfera calma y apacible y rodearlo de un cálido afecto, éste sentirá menos necesidad de envenenarse mediante diversas sustancias tóxicas o de atiborrarse de comida. La buena calidad de la pareja parental cumple también un papel importante en este aspecto. Nuestras estadísticas muestran que, contrariamente a la convicción sólidamente arraigada en una gran cantidad de niños, es mejor para todos que los padres se lleven bien. En efecto, muchos niños tienen la impresión de que si crean cizaña entre los padres podrán asegurarse la fidelidad exclusiva de

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la persona de su elección, o inclusive de ambas

tiempo, constatarán que han hecho una conquista molesta. El miembro recuperado, privado de sus semejantes, se vuelve a su vez exigente y exclusivo, y termina por obligar al niño a dedicarle demasiado tiempo y energía, sacándolo de sus ocupaciones

normales. Vale más que los padres permanezcan bien integrados a su sector de edad y que conserven en lo posible su independencia material y afectiva. Se preservará así su equilibrio psíquico y podrán prescindir de estupefacientes o de excesos de comida, sin por ello prenderse como lapa a su niño.

En lo que hace a la vestimenta, los padres eligen sus ropas según unos criterios bastante oscuros. A menudo se embozan con cosas que no son prácticas ni confortables, y cuyo valor estético hasta parece dudoso. Puesto que nos es imposible determinar con certeza con qué finalidad se visten los padres, pensamos que vale más intervenir con la máxima discreción, y esto únicamente cuando su atavío nos parezca particularmente inadecuado. Por la misma razón conviene evitar los comentarios demasiado descorteses.

Pero, con el

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El hábitat de los padres

Los padres habitan generalmente en casas —de forma muy variable— o en unas porciones de casas, llamadas pisos, pero también en tiendas, casas rodantes, grutas, toneles, árboles y otros lugares aún más inesperados. Pero lo que caracteriza el hábitat de los padres, salvo excepciones, es el desorden, la suciedad, el derroche, lo irracional. Los padres no pueden hacer nada contra ello. Se trata de un rasgo característico de la especie.

Los padres aplican sistemas de ordenamiento aberrantes, a los que se aferran con una obstinación maníaca. Por ejemplo, tienen la costumbre de concentrar todos los objetos de una misma categoría en un mismo lugar. Se aseguran así de no tener jamás a mano, allí donde se encuentren, lo que necesiten, mientras que el niño, sensato, tiende a constituir depósitos que agrupan una gama lo más vasta posible de objetos útiles o agradables, para poder servirse de ellos al instante, en cuanto lo desee; el adulto, en cambio, pierde horas, días o incluso meses de su vida en ir a buscar lejos los objetos que necesita, y luego llevarlos a su lugar de origen después de utilizados. La irracionalidad de este procedimiento aparece a las claras cuando pensamos en los problemas insuperables que este modo de organizar las cosas plantea a los lactantes o niños pequeños que se desplazan gateando o por traslación alrededor de un eje: la mayoría de los puntos de ordenamiento están fuera de su

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alcance, y se ve obligado a emplear personal sólo para ir a buscar los objetos usuales en sus depósitos inaccesibles. Conocemos, sin embargo, el caso de un padre que intentó introducir métodos más razonables en el seno de su familia:

depositaba los objetos que utilizaba en el mismo lugar en que los había utilizado por última vez, considerando que había serias posibilidades de que pudieran ser nuevamente útiles en ese mismo sitio. Pero, con excepción de su hijo, todos los miembros de la familia manifestaron hacia él la incomprensión más obtusa y se las ingeniaron, con cualquier pretexto, para trastornar su organización. El hábitat de los padres está a menudo sucio: desparraman toda clase de productos químicos con olores penetrantes con el fin declarado de contaminar o eliminar los aromas naturales. Para ellos, cuanto más cera y lejía haya en la casa, más "limpia" estará. Los padres llenan su hábitat con toda clase de objetos inútiles, sin interés, feos, no aptos para el consumo. Estos objetos son frecuentemente muy costosos y adquiridos a expensas de objetos útiles. El valor de innúmeras tabletas de chocolate es así invertido en jarrones chinos, estatuillas de bronce, imágenes pintadas, relojes y otras futilidades. Los padres no juegan prácticamente nunca con esos objetos, pero se aferran a ellos. Nos han presentado el caso de un padre que llenó una pared de su salón con una estantería de vidrio, sobrecargada de objetos frágiles, en su

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mayoría carentes de todo interés, pero que le causaban una preocupación constante. Su hijita quiso ayudarle y un día, al precio de un esfuerzo sobrehumano, consiguió inclinar la estantería con todo su contenido, pulverizando de un golpe todo ese fárrago que le impedía a su padre gozar tranquilo de su vida y divertirse libremente en el salón. Pues bien: créase o no, cuando el padre vio el trabajo tuvo una verdadera crisis de histeria. Vale más —según parece— dejar que los padres organicen su marco de vida según su propio gusto, aun cuando su organización parezca aberrante. Hay que contentarse con intervenciones menores y discretas, llevadas a cabo sin llamar la atención de los padres que, de todas maneras, no sabrían apreciarlas. A menudo debemos actuar con silencio por el bien de los padres, sin poder explicarles el porqué de las cosas, esperando que más tarde lo comprendan y muestren su reconocimiento.

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La vida profesional de los padres

Casi todos los padres trabajan para "ganarse la vida", como dicen ellos. De hecho, se trata sobre todo de ganar dinero, ya que la vida —si les creemos— parece más bien comprometida que ganada por el trabajo. Intentemos, pues, profundizar un poco más en lo que en realidad ocurre. Los padres ganan dinero dedicándose durante la mayor parte de su tiempo a una actividad llamada trabajo, profesión, empleo, faena, etc., a veces a expensas de sus tareas parentales. Afirman con tal seguridad el carácter necesario e ineluctable del trabajo que en general el niño se ve tentado de aceptarlo sin poner dificultades, incluso de respetarlo. Sin embargo, esta posición tan firmemente establecida es puesta en duda por algunos espíritus no conformistas. Éstos perciben una ambivalencia fundamental en los padres cuando evocan los problemas del trabajo y de dinero, y piensan que tampoco en esto —como pasa tan a menudo— hay que tomar las declaraciones de los padres al pie de la letra. Tomemos, por ejemplo, el problema del dinero que el padre gana —así dice— para su familia. Sucede que le da, en efecto, y a veces manifiestamente sin deseo, dinero a su cónyuge. Le da eventualmente —muy poco— dinero a su niño. Pero también se lo

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da en forma abundante a toda una serie de personas que a primera vista no hubiéramos incluido en la familia: el panadero, el

carnicero, el lechero, el garajista

mostrar que son de la familia y que tienen derecho a llevarse una parte del dinero ganado por el padre. Pero se lo da también a gente

como el médico o el dentista, que no dan absolutamente nada a cambio, al contrario: adoptan a menudo un comportamiento francamente agresivo, que llega hasta quitarle a uno los propios dientes. Y el padre no sólo distribuye entre ellos su dinero sin discutir, sino que encima les agradece. Hay que pensar que son miembros particularmente importantes de la familia. Pero la parte del león del dinero que ganan los padres es reivindicada por miembros lejanos de la familia que no se molestan ni siquiera en venir a buscarlo. Envían papeles llamados facturas, cuentas, avisos, impuestos, letras, etc., ¡y los padres pagan! Esos patanes no expresan ningún reconocimiento por lo que se les da, y llevan la impudicia hasta reclamar aún más dinero cuando se les pide que esperen un poco. Todo lleva a creer que esos desconocidos son los miembros más importantes de la familia. Los niños no-conformistas que han encarado el estudio de los problemas del trabajo parental han concluido que esta situación era intolerable. Les parecía exorbitante que los padres se alejaran durante ocho o diez horas por día, o aún más, de sus tareas de

y éstos dan algo a cambio, para

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padres, con el único objetivo de saciar el apetito de dinero de personajes que nunca se han visto y que no dan nada a cambio, salvo, en el mejor de los casos, unos papelillos apenas suficientes para hacer una pajarita de modestas dimensiones. Finalmente, estos niños han llegado a la conclusión de que valía más tener el padre a tiempo completo y no enviarlo a trabajar, sino emplearlo en el hogar para jugar con él. En consecuencia, hacen todo lo posible para desviar a sus padres de las ocupaciones estériles. A veces lo consiguen, en cierta medida, en particular aquellos que tienen varios padres. Sin duda esto les permite beneficiarse con un servicio más concienzudo, mejor distribuido en la jornada, que los niños que dejan trabajar a todos sus padres. Pero hay que reconocer que sus padres no están necesariamente más contentos por ello. Se tiene la impresión de que pese a la proclamada aversión al trabajo, los padres sacan de él algo esencial que vacilan en confesar, a menos que tampoco ellos lo sepan. Toda esta historia del dinero que hay que ganar no es más que un pretexto, lo que explicaría por qué lo distribuyen de forma tan desconsiderada una vez que lo han ganado, dándole una parte a cualquiera que lo reclame con suficiente fuerza.

Parece, pues, evidente que los objetivos secretos o ignorados superan con mucho en importancia a los declarados por los padres. La continuación de nuestra investigación nos aportó una prueba.

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Así un padre, para "ganarse la vida", organizaba espectáculos. Buscaba obras, contrataba actores, encargaba decorados y trajes. Andaba preocupado, nervioso, volvía a su casa a cualquier hora, y a veces resultaba completamente inabordable. No por eso exigía menos en el plano del rendimiento escolar, reclamando a su niño una conciencia y una seriedad que él mismo no manifestaba. Su hijo se mostró paciente durante cierto tiempo; luego, hacia los 16 o 17 años, resolvió darle una lección. Se trataba de un muchacho particularmente despierto e inteligente. Quiso mostrar a su padre que se podía ganar bien su dinero sin tanta agitación y sin comprometer el placer de vivir de quienes lo rodeaban. Decidió abandonar sus estudios y consagrar todo su tiempo a participar en los diversos concursos y juegos lanzados en los periódicos y las radios. Era un muchacho inventivo, metódico, bien documentado, de modo que poco a poco consiguió ganar casi tanto dinero como su padre. Lejos de enorgullecerse de él, el padre perdió la cabeza. Su hijo lo acompaño gustoso al médico, al psicólogo y al psicoanalista para discutir su problema. El padre tomó conciencia de que se aferraba ante todo a ese placer indefinible que le daba su "trabajo" y que era para él más estimulante que el dinero. Únicamente la culpa por experimentar tanto placer sin hacer partícipe a su familia explicaba su mal humor y su nerviosismo. Era el placer que había querido transmitirle a su hijo cuando lo empujaba a estudiar. Después de

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esta explicación, las cosas se clarificaron poco a poco en el espíritu de cada uno. El padre siguió con su actividad profesional, que ora le aportaba dinero, ora le producía gastos, sin que nadie se lo reprochara. El muchacho retornó a los estudios, superó brillantemente los exámenes de ingreso a una facultad de ciencias,

obtuvo un diploma e hizo una magnífica carrera

Era la prueba de que había asimilado perfectamente lo esencial del mensaje paterno. En cuanto al padre, éste pudo formular ese mensaje de manera inteligible una vez que su hijo le hubo enseñado que es indispensable tomar en serio y asumir lo que sentimos de verdad, en el fondo de nosotros mismos. Otros padres obtienen su beneficio no del trabajo, sino del hecho mismo de trabajar. Es el hecho de "trabajar" o de "estar en el trabajo" lo que les procura placer. Así un padre se sumergía en su trabajo relativamente fastidioso, para protegerse de una esposa

particularmente molesta. Otro recurría a la misma estratagema para escapar de todo servicio que pudiera pedírsele. Citemos también el caso de un padre inquieto y poco seguro de sí mismo, que no se sentía respetado más que como trabajador y sostén de familia; de este modo, su trabajo terminó poco a poco por invadir todos los dominios de la vida familiar. Otros padres utilizan el trabajo como pretexto para asegurarse algunos momentos de soledad, o para poder salir sin tener que dar explicaciones, o para cultivar encuentros que sus niños podrían

¡de actor!

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desaprobar. A menudo se encuentra en la base una necesidad interna de escapar de las presiones y la disciplina familiar. Pensamos que se trata de un deseo legítimo y comprensible que los padres podrían reconocer sin inhibiciones. Hemos visto cómo una mentira les parece siempre más veraz que la simple verdad. Citemos también a esos padres que se sirven de su trabajo como un bastión contra la angustia que despierta en ellos todo momento de libertad en el que algo podría sucederles, algo que proviniera del exterior o, y sobre todo, del interior. El niño puede ayudar mucho a los padres en esta situación. Puede ir a buscarlos a su fortaleza y abrirles nuevos horizontes, quedándose cerca de ellos para evitar que la angustia los ahogue. Puede también enseñarles a atreverse a aburrirse hasta que surja una idea verdaderamente válida. Claro está, al niño le hace falta coraje para ir a molestar deliberadamente a su padre en el trabajo, arriesgándose al reproche de ser un inconsciente, un ingrato, un irresponsable, un irrespetuoso, etc. Pero si la intervención triunfa, será recompensado por sus esfuerzos con el desarrollo y los progresos de sus padres. Y ¿qué hay de más regocijante para el alma de un niño cariñoso que la sonrisa feliz de un padre que "tiene tiempo"? Está también el caso de los padres verdaderamente ávidos de dinero que no pueden de ningún modo soportar que su tiempo no les de réditos a cada instante. Cada uno de esos instantes debe

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corresponder a una entrada de dinero o a un ahorro. La posesión del dinero ha ocupado para esos padres el lugar de todo lo que es bueno en la vida, y es terriblemente difícil poner en cuestión una escala de valores tan simplista y primitiva. Los mejores de entre ellos se convierten en esos padres ricos que tratan de compensar su defección con dones diversos o pagando a otra persona para que ocupe su lugar de padres. Estas situaciones son a menudo muy rígidas v están ya sólidamente estructuradas al llegar el niño. Según nuestra experiencia, sólo los niños que se atreven a intervenir con resolución y cierta brutalidad pueden obtener resultados. Un verdadero drama, o una situación hábilmente dramatizada pueden eventualmente conmover esta estructura. Conocemos el caso de un niño que intentó arruinar al padre con la finalidad de obligarlo a descubrir nuevos placeres para consolarse. Hay seguramente algo a extraer de esta idea; sin embargo, en el caso citado el padre arruinado reemplazó el consumo inmoderado de dinero por el

consumo tanto o más inmoderado del alcohol

Así pues,

prevenimos a nuestros lectores contra esos métodos violentos, cuyo control puede escapárseles. Pero no por ello hay que creer que la vida profesional sea un aspecto enteramente negativo de los padres. Obliga al niño a consentir ciertos sacrificios, pero por otro lado se ve recompensado. La profesión, el trabajo, es la vida privada de los

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padres. Es lo que les permite no ser totalmente dependientes de su niño; es lo que les permitirá reciclarse más tarde, cuando su niño no pueda ya sostenerlos de manera permanente. Por otra parte, los padres comprueban experimentalmente la necesidad de una vida privada, y están en mejores condiciones de respetar la de su niño. Podemos entonces concluir que el trabajo de los padres, si lo entienden bien y lo practican con mesura, es un factor de desarrollo de la personalidad, y un medio para asegurar la , independencia de los padres e impedir que se enmohezcan cuando el niño haya dejado de servirse de ellos todos los días.

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La evolución de los padres

El objetivo más ambicioso de todo niño deseoso de dar una buena educación a sus padres es el hacer de ellos verdaderos adultos. De hecho, son pocos los que lo consiguen. Uno de los principales obstáculos es la ambivalencia de los propios padres en cuanto a su deseo de convertirse en adultos. En efecto, el deseo más caro de muchos padres es el de volver a ser niños. Se trazan un cuadro idílico de la época infantil: el niño viviría en un universo de despreocupación e irresponsabilidad, mecido por el amor y la ternura de una familia afectuosa y devota. Sin embargo, la represión de los recuerdos no es nunca tan completa como para que los padres puedan mantener su fe intacta. Sus dudas aparecen aun en las expresiones más usuales: cuando un padre envejece sin volverse adulto, cuando se hace regañón, irascible, reivindicados egoísta, todo el mundo dice que "volvió a la infancia". Tal vez sea oportuno definir aquí algunos términos de uso corriente. Hay niños jóvenes y viejos. A partir de su pubertad, los niños pueden transformarse en padres, pero no necesariamente lo hacen. Algunos no lo hacen jamás. Con el tiempo se vuelven personas mayores. Algunas personas mayores se vuelven adultas, otras, sencillamente, viejas. Personas mayores viejas pueden tener

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niños adultos. Como se ve, la situación es muy compleja y merecería un estudio aparte. En una palabra, hay que hacer lo posible por favorecer la maduración de los padres; de lo contrario no serán más que "personas mayores", cada vez más decrépitas, pero jamás adultas. Parece que son los niños adolescentes quienes se encargan con más gusto de esta parte del trabajo educativo. Se trata en lo esencial de conmover las estructuras esclerotizadas en las que los padres tienden a encerrarse cuando no reciben más estímulos. Para que los padres puedan mantener la movilidad necesaria, el niño se convierte en una fuente de dificultades en los más diversos planos:

afectivo, moral, intelectual, material. Todas las capas son movilizadas, remodeladas. flexibilizadas. Es una tarea enorme, agotadora, que compromete toda la energía del niño. En muchos casos resulta un poco decepcionante. En efecto, los padres no se dan cuenta, por lo general, de la preocupación que se tiene por ellos, y no expresan reconocimiento alguno. Puede ocurrir que se resistan, o que reaccionen con una actitud casi paranoica. Sólo los niños que estén dispuestos a comprometer toda su persona deben encarar esta ingrata tarea. Como ejemplo clínico traeremos aquí el caso de una familia suiza, muy burguesa, muy convencional, cuyos miembros estaban encerrados en el hormigón de los moldes sociales inmutables, agravados por las tradiciones familiares, particularmente rígidas.

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A los quince años, el mayor de los varones, hasta entonces niño modelo y sin problemas, sufrió una anorexia grave y debió ser hospitalizado. Los médicos impusieron un aislamiento riguroso, incluyendo la prohibición de comunicarse con sus padres.

La enfermedad del hijo afectó en extremo a aquéllos. El padre

se encerró aún más rígidamente en sus hábitos de vida, pero la

y a soñar. Su pensamiento la llevó a

tomar conciencia de la rigidez extrema de la estructura familiar; en

efecto, todo estaba en ella rigurosamente definido: el sitio y el comportamiento de cada uno de sus miembros, los temas de conversación autorizados, los deseos lícitos e incluso el régimen alimentario (vegetariano y macrobiótico). En cuanto a los sueños, llegó a clasificarlos en dos categorías: sueños de angustia, que ponían en escena horribles catástrofes con mutilaciones de las que resultaban víctimas sus niños, en especial los varones; y sueños eróticos entremezclados, que incluían situaciones sumamente chocantes para esta dama refinada, con amantes en extremo sorprendentes. En el curso de ese año, la madre consiguió elaborar poco a poco sus descubrimientos, mientras su hijo progresaba rápidamente hacia la curación. Al año siguiente el hijo mayor, completamente curado, aprobó el examen de entrada a una Escuela Superior francesa, obtuvo un

madre se puso a pensar

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éxito brillante y fue a instalarse en París por el tiempo que duraran sus estudios. Ese mismo año el segundo varón, entonces también de quince años, comenzó a manifestar un desafecto creciente por todo tipo de actividad. Las distracciones lo fatigaban tanto como los estudios. Sufría violentas jaquecas, bronquitis en invierno y problemas digestivos en verano. Se quedaba en la cama tres días por semana, rehuía los contactos sociales y no abandonaba a sus padres en ningún momento, ni siquiera durante las vacaciones. La madre llevó a su hijo al psicoterapeuta, con el acuerdo reticente del padre, que prefería permanecer al margen de la empresa. El niño opuso al tratamiento un rechazo cortés pero firme. Lo hizo tan bien, que la madre encaró una psicoterapia por su lado, mientras la del niño se interrumpía. Algún tiempo después, el mayor de los varones volvió a la casa, y se estableció una alianza tácita entre los tres hombres de la familia para favorecer el tratamiento de la madre. Bajo ningún pretexto le permitían faltar a una sesión. Si era necesario, el hijo mayor la acompañaba en coche a la ciudad. El padre animó a la madre a conducir el coche. Pese al terror que le inspiraban los exámenes, la madre obtuvo el permiso de conducir correspondiente. Al principio se contentaba con ir a hacer la compra a la ciudad; luego se animó a ir más lejos, comenzó a gustarle, y su marido resolvió comprarle un automóvil.

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Mientras tanto, la salud del segundo hijo se había deteriorado a tal punto que ya no podía seguir el ritmo de su clase. Cuando la situación parecía estar en punto muerto, tomó una decisión extraña. Resolvió, en efecto, abandonar sus estudios y hacerse cocinero, como un tío materno lejano al que a veces visitaba durante las vacaciones. Era un hombre simple, contento de la vida, un tanto despreciado por esta familia de industriales calvinistas, comedidos y muy preocupados por su status social. Por cierto, el muchacho no se dirigió a su tío, sino que halló una plaza de aprendiz en un hotel de la región. Desde ese momento, se levantó todos los días a las cinco de la mañana, para ir al trabajo en velomotor, hiciera el tiempo que hiciera. No tuvo más jaquecas ni anginas ni problemas digestivos, y no faltó un solo día al trabajo. La madre, afectada al principio por la elección, fue serenándose; al ver que sus niños ya no tenían necesidad constante de sus cuidados, pasó a ocuparse de sí misma; gracias a la movilidad que le proporcionaba su coche pudo circular por todo el país, y anudó además una sorprendente relación con su mecánico. Éste le reveló lo que podía ser una vida sexual digna de ese nombre. Esta dama que, pese a su aventura, amaba tiernamente a su marido, deseaba beneficiarlo con sus nuevos conocimientos; pero temía escandalizar a ese puritano inveterado que siempre había hecho gala de la mayor reserva en el terreno sexual. Hizo

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algunos tímidos intentos. Él se sorprendió, pero mostró agrado. Desde entonces, continuaron su aprendizaje en común. Los dos muchachos, que sentían que sus padres ya no dependían exclusivamente de ellos, de sus estados de ánimo, de su salud, sino que parecían bien lanzados a una vida privada activa, rica e interesante, los convencieron de que hicieran un viaje solos a Italia. Los propios niños estaban contentos de quedarse solos como responsables de la casa y de sus hermanas por primera vez en la vida, y de poder experimentar su propia independencia. Los padres aceptaron pasar por ese "examen de fin de estudios", y seis semanas más tarde volvieron, felices y bronceados, con su diploma final de adultos en el bolsillo.

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Los padres vistos por ellos mismos

Comprobamos que los padres tienden a hacerse de sí mismos una imagen bastante complaciente. El padre es poderoso, protector; la madre, devota, llena de amor inagotable. Dos días al año están enteramente consagrados a esta auto-glorificación: el día de la madre y el del padre. En esos días, se espera que los niños ofrezcan a los padres regalos y atenciones diversas. Cuando éstos se muestran poco dispuestos a asumir voluntariamente dicha obligación, otras personas mayores son designadas para aconsejarlos y guiarlos. Por supuesto, son numerosos los niños que experimentan una real ternura hacia sus padres y no quieren por nada del mundo decepcionarlos en un día en que todos esperan ardientemente ser agasajados. Es así como de buena gana les ofrecen pequeños regalos y flores que los hacen felices, y los niños se alegran igualmente a la vista de esa felicidad ingenua. Claro está, un niño no siempre dispone de tiempo ni de dinero en cantidad suficiente para fabricar o adquirir un regalo apto para contentar a sus padres. A menudo debe dar muestras de previsión e imaginación. Conocimos a un niñito de cinco años que inauguró una hucha con meses de anticipación para satisfacer las expectativas maternas el Día de la Madre. Como sus entradas eran módicas en extremo, cuando llegó el día su fortuna estaba

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enteramente constituida por monedas de 1 y 2 céntimos. Como pensaba hacer las compras a la salida del parvulario, metió todo en su boina —en la moda de la época— y confió su bolsa improvisada a la maestra hasta el final de la jornada. Un poco sorprendida, ésta le preguntó qué intentaba hacer con todos esos céntimos. El niño le contó su proyecto, y le precisó que el objeto elegido para regalo debía ser una pelota de pingpong, o incluso varias, si la suma se lo permitía. Luego agregó, mostrando a la vez un sentido estético refinado y un conocimiento elevado de los mecanismos de la economía: "Son bonitas y no son caras "

Algunos niños piensan que no hay que contrariar la tendencia de los padres a la auto-glorificación. Tienen necesidad de ella, y con ella se dan ánimos para cumplir con su oficio. Hay niños que con una sola frase hábil consiguen halagar la megalomanía de los padres, al tiempo que ponen gentilmente en evidencia lo que pueda tener de exagerada. Así una pequeñita le decía a su padre en un día oscuro: "Papá, enciende el sol". A los padres les gusta dar a entender que lo saben todo, que conocen todas las respuestas a todas las preguntas. La mecánica, la historia, las leyes naturales, etc.: nada se les escapa. Llegan a convertirse ante su niño, en los intérpretes de la voluntad de Dios. Y cuando un acontecimiento desagradable o incomprensible los deja sin respuestas, prefieren declarar que los caminos del Señor

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son inescrutables, antes que confesar que son incapaces de penetrarlos. Un padre rabino, que había logrado comunicar a su niño una imagen muy honorable de Dios, quiso darle a entender, para aumentar su propio prestigio, que Dios lo tenía al corriente de las mínimas medidas que las circunstancias le obligaban a tomar. Así, las reglas morales aparecían mezcladas con recetas de cocina y otros detalles de la economía doméstica. En ciertos días estaba prohibido encender la luz o descolgar el teléfono; en otras ocasiones no había que comer pan, etc. Todas estas prohibiciones aparentemente menores venían aparejadas con amenazas desproporcionadas. Este estado de cosas le pareecía un poco incoherente al niño, que manifestaba una gran perplejidad. Tanto más cuanto que él se había hecho una imagen más favorable de Dios y tenía una gran confianza en su padre. Decidió probar a Dios. Un viernes por la noche —momento en el que el Dios supuestamente concentraba las quisquillosas exigencias— se encerró en el gabinete de junto al vestíbulo, reunió coraje y encendió la luz. Dios no se manifestó. Evidentemente, podía pensar que el niño había movido la palanca por descuido. Así que había que llevar la prueba más lejos. Descolgó el teléfono y, con el corazón agitado, marcó el número de la información horaria. No hubo truenos ni terremoto alguno, ni siquiera una avería, tan frecuente en tiempos normales. El servicio, como si nada pasara, le

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dio la hora exacta. El niño no quiso extraer ninguna conclusión apresurada, y durante varios días quedó a la expectativa, aguardando la catástrofe. La deseaba, casi, por amor a su padre. Pero poco a poco tuvo que rendirse ante la evidencia: no iba a haber una catástrofe, salvo la sufrida por la credibilidad del padre. Dios se inclinó hacia su lado: en lugar de adoptar un comportamiento insociable y quisquilloso, se mostró amistoso y comprensivo. Al niño le hicieron falta muchos años y mucho afecto para comprender qué había podido mover a su padre a atribuir a Dios actitudes tan mezquinas. Sólo entonces pudo contar a su padre toda esta historia sin herir su sensibilidad, y hacerle aceptar, de una forma u otra, su propia imagen del mundo.

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La función de los padres

Según una vieja leyenda, Dios creó a los padres para servir al niño con devoción y fidelidad. En tanto que las ideas concernientes a la función de los padres no han variado en lo esencial, las teorías sobre el origen de los padres sí han evolucionado mucho. Algunos pretenden que los padres descienden del mono. Por cierto que la semejanza es llamativa. Sin embargo, hay también un cierto parentesco con el niño. De modo que numerosos investigadores sostienen, con el apoyo de excelentes argumentos, que los padres descienden de los niños. Sobre la base de argumentos tan sólidos como ésos, otros afirman que es el niño quien desciende de los padres. Estas dos tesis contradictorias en apariencia se podrán tal vez conciliar un día con la ayuda de una mejor comprensión de las propiedades del espacio/tiempo. Sea como fuere, la controversia es actual, y no es posible pronunciarse de manera definitiva en el presente estado de cosas. Pero volvamos a la función de los padres. Poco a poco hemos debido rendirnos ante la evidencia de que la devoción, la docilidad, la fidelidad y el amor de los padres no podían ser meras funciones, ya que se trataba de cosas que no podían exigirse. Por supuesto, el niño tiene derecho a esperar que si trata a sus padres con amor y consideración, se lo retribuyan. Pero por función entendemos algo más simple y más concreto.

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Para comenzar, la función del padre consiste en lograr que el espermatozoide sea despachado en el momento oportuno y al lugar preciso; la función de la madre consiste en concertar una entrevista entre el espermatozoide y el óvulo voluntario, cuidando de que éste se desarrolle en condiciones cómodas. La siguiente función consiste en asegurar al feto alojamiento, abrigo, calefacción y transporte. El contrato debe extenderse a todo el período necesario para la maduración del feto. De acuerdo con la norma, este período dura, por lo general, nueve meses. Sin embargo, puede acordarse una derogación, si las circunstancias así lo requieren. Hasta el nacimiento, esta función es asumida en lo esencial por la madre, pero la calidad de los servicios depende en mucho de la cooperación más o menos competente y asidua del padre. Después del nacimiento es indispensable que alguien continúe cubriendo esas funciones durante cierto tiempo, pero no necesariamente los padres. Éstos disponen del derecho de la huelga, y hay un cierto número de rechazos y abandonos del puesto, voluntarios o involuntarios. Se puede estimar entonces que las funciones propiamente dichas de los padres llegan a su fin en el momento del nacimiento. Pese a esto, hemos comprobado que si los padres pueden continuar asumiendo voluntariamente sus funciones más allá de este plazo, todo el mundo se siente mejor. Pensamos que la prolongación del

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funcionamiento parental depende esencialmente de una sabia utilización de los padres por parte del niño, desde el comienzo mismo. El rodaje de los padres es muy delicado : hay que cuidar de que no les falte nada, tratarlos con miramientos, no forzarlos más allá de sus posibilidades de rendimiento y emprender de inmediato una verificación cuando algo no marcha adecuadamente. Unos padres bien conservados funcionan sin sobresaltos y resultan muy duraderos. Claro está que no se debe deducir de ello que sean eternos. Pero cuando dejen de funcionar, no será por desgaste sino por extinción. Los padres tienen también otra función, más compleja, que llamaremos función de filtro absorbente-diluyente. Esta función consiste en filtrar la patología familiar, cuyos efectos se transmiten de generación en generación, y de absorberla y disolverla en lo posible. Hay filtros de mayor o menor calidad. Los buenos filtros aseguran al niño una base de partida relativamente despejada. Los malos no retienen casi nada y dejan pasar grandes cantidades de patología: el niño parte con un hándicap serio y debe sopesar atentamente sus posibilidades antes de comprometerse a nacer. Naturalmente, no hay que esperar que una sucesión de buenos filtros pueda librar a una familia de toda especie de patología. A cada vida individual pasa una cantidad suficiente como para reconstituir un cierto stock. Un filtrado eficaz permite que cada

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generación encare la vida con buenas posibilidades de éxito, mientras que los filtros defectuosos, si se repiten, pueden contaminar el linaje hasta el punto de ahogarlo por completo. Esta función se cumple principalmente antes del nacimiento, incluso antes de la concepción. Después del nacimiento, se podría hablar más bien de reparaciones que de filtros, y pueden ser efectuadas por personas distintas de los padres. Este hecho fue percibido de modo sutil por una mujer que, tras una juventud más que tormentosa, logró al fin, después de los treinta, estabilizarse y reemplazar una larga sucesión de relaciones interesantes por un casamiento por amor. Estando encinta, fue a ver al analista que antes había frecuentado, para retomar, juntos, un cierto número de problemas e intentar elaborarlos antes del nacimiento del niño. Ella estimaba, y con razón, que era tan importante (si no más) como preparar la cuna y el cochecito.

He aquí la historia de un caso que hemos podido sufrir durante varias generaciones y que permite observar la función de filtro de los padres. De generación en generación, las mujeres de esta familia vivieron situaciones de abandono e infligieron ellas mismas abandono a sus niños. Lo esencial de la patología de esas mujeres estaba organizado en torno de la angustia por haber sido abandonadas y la incapacidad para estar verdaderamente presentes

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para sus hijos. Tenían mucho miedo de no saber ganarse el amor de los otros, y de no saber tampoco amar. La primera de esas mujeres de la que sabemos algo se llama señora P. Sabemos que enviudó muy joven, con tres hijas, hacia 1890. En aquella época era impensable que una burguesa trabajara, y la señora P. tuvo que debatirse en medio de enormes dificultades financieras. Su hija mayor se casó poco después, y luego la segunda murió de tuberculosis. La hija menor tenía entonces quince años. La señora P. no pudo imaginar más que una salida a sus problemas: casó a Gisèle con un primo acomodado, de 32 años, y por el cual la niña no sentía nada. Gisèle había sido entonces abandonada por lo menos tres veces:

por su padre, que estaba muerto; por su madre, que la había entregado a un hombre mayor que ella, a cambio del mantenimiento de ambas, y también acaso por la pareja que ella había imaginado y a la que hubiera podido amar. Su marido, por fin, la dejaba también en un cierto abandono: tenía su vida bien estructurada antes de su casamiento y no cambió mucho al casarse. Gisèle tuvo tres niños en tres años, dos niñas y un varón, y cayó gravemente enferma. Su segunda hija, Catherine, era una criatura paliducha y frágil, muy apegada a su madre.

Así que, cuando ésta tuvo que partir hacia el sanatorio, confió dos de sus hijos a su hermana mayor y llevó a Catherine consigo. Pero

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estaba en verdad muy enferma —varias veces se la desahució— y era totalmente incapaz de ocuparse de su hijita. La pequeña Catherine, de dos años y medio, pasó varios meses en el terror y el abandono, arrastrándose por los pasillos del hospital donde su madre se moría detrás de puertas cerradas, con los médicos y las enfermeras que discutían en tono grave en los rincones o se precipitaban a los pasillos con sábanas ensangrentadas y complicados aparatos en las manos. La niña, a la que su madre había querido proteger, había perdido todo: su madre, su padre, sus hermanos, su casa. Cuando la situación se tornó intolerable, los médicos enviaron a Catherine con su padre. El padre nunca había prestado mucha atención a sus hijos, y se encontró muy incómodo. Tomó una gobernanta, sin siquiera examinarla de cerca. La mala suerte quiso que la señorita B. fuese una enferma mental que tenía una hermana también enferma e internada en un hospital psiquiátrico. Mientras tanto, la joven Gisèle se había repuesto un poco. En el sanatorio conoció a un joven arquitecto. Se gustaron, se enamoraron el uno del otro, y Gisèle pidió el divorcio. Su marido experimentó un gran resentimiento y no accedió sino con la condición de quedarse con los niños y prohibiendo que su madre los viese. Fue una decisión muy difícil para Gisèle, que terminó por aceptar las condiciones de su marido, bien resuelta a no respetarlas.

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¡Los niños pasaron con su padre y con la señorita B. diez años! El padre no estaba casi nunca allí, ya que viajaba mucho, y no tenía casi contacto con los niños. Todos los domingos, la señorita B. los llevaba al hospital psiquiátrico a visitar a su hermana. Pero todos los días, Gisèle estaba delante de la escuela de los niños, en un coche cerrado, para que nadie la reconociera. Los seguía así de la escuela a su casa, hablándoles por la ventanilla. También había tomado contacto con el médico de la familia, que la tenía al tanto de todo lo que concernía a sus hijos. Vivía ahora en una bonita casa, muy contenta de su pareja. Tenía también una vida profesional rica y fecunda: cosa rara para una mujer de su época. Le fue insoportable ver a sus hijos infelices, y cuando la mayor de las niñas tuvo edad de tomar decisiones, acordó con ella, por medio del médico de la familia, la partida ilegal de los tres niños, a quienes su marido estaba muy contento de acoger.

Así, un día los niños no volvieron a su casa al salir de la escuela, sino que fueron a la casa de su madre. La señorita B. tuvo un ataque de locura y fue a amenazar con una pistola al médico de la familia, quien, para salvarse, tuvo que saltar por la ventana (de un bajo). En cuanto al padre de los niños, no hizo nada en absoluto para recuperarlos. No lo vieron nunca más. No supieron nunca cuándo ni dónde murió. Fue un abandono total y masivo.

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Desde entonces, Gisèle y su nuevo marido procuraron tener una vida muy feliz, rica y colorida para los tres niños, que se convirtieron en personajes notables en sus campos de actividad. Gisèle había, pues, hecho lo posible para filtrar una parte del problema del abandono y de la angustia que pesaba sobre la familia. Ella sobrevivió, en lugar de morir como su padre, consiguió construir un hogar cálido e integrar allí a sus niños, con quienes jamás perdió el contacto afectivo. Sin embargo, el precio pagado había sido elevado, y los tres niños quedaron marcados por lo que habían vivido, en especial Catherine. Catherine, como sus hermanos, retomó el trabajo de filtro comenzado por su madre. Después de una adolescencia temerosa y un tanto diluida, se convirtió en una joven mujer desarrollada y muy cortejada a partir de los veinte años. Encaró una vida profesional jalonada de éxitos, se casó por amor y tuvo una niña, María. A lo largo de su vida, mantuvo con su marido y su hija una relación muy particular: los amaba tiernamente durante cierta cantidad de meses; luego partía de viaje durante varios meses, lo más lejos posible, para trabajar. Estaba llena de remordimientos, aterrorizada por la idea de no ser capaz de amar de verdad, y temía que su marido ~y su hija acabaran por reprochárselo al punto de rechazarla algún día. Luego volvía, se desvivía por agradar a su familia, seducía a

y volvía a marcharse. Era un ejemplo perfecto de padre

todos

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eclipsable. Pero también fue un filtro muy eficaz. Pese a sus eclipses, supo mantener un hogar estable, afectuoso, seguro. Con su pareja mantuvo una relación lo bastante interesante y cálida para que su marido supiera estar al lado de su hija cuando ella misma no podía hacerlo. La hija de Catherine creció a su vez, se casó y tuvo una niña:

Susana. María había sufrido los eclipses de su madre, pero ésta le había dado la seguridad suficiente para que poco a poco la cólera reemplazara, en cierta medida, la angustia. No por entero, sin embargo: la niña fue mucho tiempo dependiente de sus padres e incapaz de alejarse del hogar. Cuando se casó, transportó su dependencia afectiva de los padres a su marido: no podía alejarse de él en absoluto. Cuando nació Susana, se produjo una curiosa evolución: unos dos años después, María, que siempre había trabajado con su marido, tomó un trabajo independiente que la obligaba a dejar su

hogar durante dos días a la semana

Susana se quedaba con su

padre y con varias jóvenes más o menos dulces y capaces. Esta organización estuvo en vigor durante más de diez años, arrastrando su cortejo de culpas y malestares. Susana no escapó a la angustia, pero consiguió expresar su descontento con una fuerza y una

claridad crecientes. La situación tuvo fin un día en que María contó a uno de sus tíos su intención de cambiar su empleo en la provincia por uno en otra

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provincia. El tío exclamó con aire preocupado: "¿No puedes quedarte un poco tranquila con tu hija? ¿Es absolutamente necesario que repitas con ella lo que tu madre hizo contigo?" María sintió el choque y dejó de viajar. Sin embargo, también ella había cumplido en parte el trabajo de filtrado. Susana todavía no tiene niños; pero lo que queda del problema de la joven viuda de 1890 está ahora en sus manos.

En esta historia hemos descuidado el aspecto pedagógico para poner mejor en evidencia el mecanismo del filtro. Sin embargo, cada una de las niñas de esta familia intentó actuar sobre su madre con los médicos de los que disponía, llevando progresivamente a una madre tras otra a tomar conciencia de lo que necesita un ser humano para tener ganas de vivir y sacar placer de la vida. Ninguna abandonó su puesto, ni siquiera Gisèle, que estuvo sin embargo a punto de hacerlo cuando le faltó poco para morir a los veinte años.

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El material pedagógico

Todo, o casi todo, puede servir de material pedagógico en la educación de los padres, a condición de que sea empleado con juicio. Cualquier objeto animal, vegetal o mineral, animado o no, puede transmitir mensajes educativos. Hay sin embargo un material de preferencia, dado que el niño lo tiene siempre a mano, por decirlo así: es su propio cuerpo. Es un material concreto, flexible y muy cercano a los padres, que son particularmente sensibles a él. Permite por otra parte ahorrar a los púdicos oídos de los padres ciertas expresiones demasiado directas o crudas, que podrían afectar su sensibilidad. El aparato digestivo puede expresar con elegancia y concisión los mensajes cuya traducción verbalizada sería: "Tu me jais chier", "tu mèmmerdes", etc. ("me haces cagar", "me enmierdas", etc.). El aparato respiratorio: "Tu me pompes l'air" ("me chupas el aire"). La piel:

"Tu me peles le ventre" ("me pelas el vientre"). Unos síntomas apenas esbozados bastan para llamar al orden a un padre atento: unas regurgitaciones o diarreas pasajeras, una leve erupción o un ligero catarro. Pero algunos padres obtusos obligan al niño a insistir pesadamente y a producir manifestaciones psíquicas que no dejan de ser peligrosas.

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Ahora bien: hay que reconocer que a algunos niños les gusta el drama y eligen deliberadamente medios ruidosos y espectaculares que prefieren a las acciones más discretas. He aquí la historia de una educación particularmente difícil, llevada a cabo con la ayuda de un material corporal sumamente variado, entre otras cosas, pero que por desgracia terminó en un fracaso a medias. Se trata de un niñito que asumía solo la carga de un padre autoritario, testarudo, impaciente, taciturno.

Además, se llevaban mal entre ellos y parecían gozar contrariándose mutuamente. El niño debía trabajar entonces con el antagonismo de esos dos personajes incómodos, al tiempo que tenía en cuenta las características de cada uno de ellos. Desde el comienzo, el padre quería "endurecer" a su hijo con un trato rudo y sin miramientos. No hacía falta más para que la madre lo rodeara de cuidados ansiosos, temiendo por él el menor golpe de viento y la mínima prevención. En los primeros tiempos fue ella quien influyó más, y el niño vivió los primeros años de su vida encascarado como una cebolla y cebado como una oca. El niño inició el proceso educativo con algunos catarros y resfríos sin gravedad, para mostrar a su madre la inutilidad de sus preocupaciones excesivas. Fueron penas perdidas. El niño tuvo entonces que ser más explícito: tuvo repetidas anginas, una serie de otitis, y luego, al cabo de varios meses de esfuerzos inútiles, asma. Por otra parte, su tubo digestivo se rebelaba contra las

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comidas demasiado ricas y abundantes y las rechazaba por lo alto y por lo bajo: el niño sobrealimentado no cogía casi peso y su talla seguía siendo inferior a la media de su edad. La madre no quería confesar su derrota y se obstinaba en alimentar y abrigar a su niño frágil y enclenque, a quien el médico visitaba una vez por semana.

A medida que pasaba el tiempo, el padre comenzó a mostrar cada

vez más enfado ante los procedimientos de su mujer, que el difícil

desarrollo del niño parecía contradecir. El método le parecía ineficaz, y, además, muy costoso. Es que era un campesino ahorrativo, amigo de su dinero, y veía con malos ojos las sumas que consumían los tratamientos, tan variados como inútiles. El niño comprendió que su padre estaba listo para entrar en

acción. Después de otorgar el primer round a su madre, estimó que había llegado el turno del padre. Hasta entonces había sido un niño enfermizo y enclenque. Ahora se puso a crecer y a engordar. Comenzó a comer ávidamente, a devorar con placer lo que su madre hasta ese momento le había hecho tragar por la fuerza, y hacia los siete u ocho años de edad se volvió francamente obeso. Fue como si hubiera condenado a su madre a trabajos forzados y a

su padre a pagar una multa. En efecto, la madre, para subvenir a las necesidades de indumentaria y alimentación de su hijo, tejía, cosía y cocinaba desde la mañana hasta la noche. En cuanto al padre, éste debía desembolsar mucho más de lo que le habían costado el médico y

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los remedios. Esta vez el tratamiento produjo su efecto: el padre decidió hacer rentable a este niño tan costoso y, pese a las protestas de la madre, lo puso a trabajar en el jardín y en los campos. El niño manifestó su gusto por la agricultura y por los esfuerzos físicos en general, y su salud mejoró de manera espectacular. La madre experimentó placer al principio, pero paulatinamente este placer se transformó en despecho. Era de prever que en cualquier momento intentara una acción. En previsión de lo imprevisible, el niño se construyó una reserva: siguió siendo obeso. Al mismo tiempo, hacía comprender a su padre que éste no había logrado una victoria total y definitiva. El padre quería que su hijo fuera un "duro". El resultado superó todas las esperanzas. El niño miedoso y obediente se volvió un bribón agresivo y astuto que infringía alegremente todas las reglas y convenciones, a excepción del Undécimo Mandamiento: "no te dejarás atrapar". En efecto, su participación en todas las fechorías que se cometían en el pueblo era bien conocida, pero nunca pudo demostrarse. Hizo tanto y tan bien, que la reputación de la familia comenzó a menguar, para horror del padre, que desempeñaba un papel eminente en el Ayuntamiento. La madre aprovechó la situación para retomar las riendas del asunto: el niño estaba convirtiéndose en un verdadero salvaje. Era hora de darle una instrucción conveniente, enviándolo

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al Colegio de los Padres, en la ciudad. El niño hizo lo posible por equilibrar esta delicada situación y acordar a cada uno de los padres la cantidad de satisfacciones que necesitaba: fue un alumno brillante, pero un colegial infeliz. En el colegio se consolaba con las tartas y jaleas que su madre le preparaba, y durante las vacaciones reencontraba un poco de la alegría de vivir yendo a trabajar al jardín. Pero se trataba de un hijo único que llevaba sobre sus espaldas toda la carga de unos padres difíciles en extremo. Había consagrado toda su energía a la tarea de sostenerlos y ayudarles a

y la fase de independencia se encontraba gravemente

comprometida, tanto para ellos como para él. Habiendo sido uno de los alumnos más aventajados en una gran escuela de Administración, debió, sin embargo, orientar su carrera hacia puestos modestos, y mantenerse allí para evitar aplastar a su padre, que había fundado su confianza en sí mismo sobre su posición en el Ayuntamiento del pueblo. Por otra parte, su madre fue siempre la única mujer de su vida. Como compañía, el niño se contentaba con hombres, en general mediocres, a los que despreciaba y utilizaba en lo esencial como domésticos. No cesaba de lamentar el hijo que no tendría y seguía acariciando la esperanza de obtener un día la colaboración desinteresada de una mujer que le diera un niño y supiera luego desaparecer.

vivir

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En cuanto a los padres, éstos evolucionaban ineluctablemente hacia una vejez tosca y agria, sin mayores crisis, pero sin ninguna satisfacción real. Otra observación, para concluir este capítulo sobre el material pedagógico: es evidente que conviene variar el material según las aptitudes, la edad y el ritmo de desarrollo de los padres. Si se comprueba que un material ha sido mal elegido, y que los padres no logran utilizarlo correctamente, hay que saber cambiarlo sin obstinarse. Por otra parte, se aconseja descartar de inmediato tal o cual tipo de material por el hecho de que los padres tarden en comprender el modo de emplearlo. Se corre el riesgo de asustarlos, y de volverlos desconfiados ante todo lo que se proponga más tarde.

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Breve ojeada a la literatura

El tema de esta obra, por lo que sabemos, no ha sido tratado nunca como tal. Sin embargo, numerosos escritos lo tratan de manera indirecta: aquí y allá pueden descubrirse en la literatura indicaciones acerca de la pedagogía aplicada a los padres, pero es difícil reunirías en una teoría coherente. Eliminemos de entrada toda una serie de obras escritas por mayores y destinadas a niños. Esas personas mayores, que probablemente nunca hayan sido niños y que no pueden pretender el título de adultos, consideran toda gestión pedagógica que apunte a los padres como un verdadero sacrilegio. Sus personajes, como sin duda ellos mismos, son sordos a toda enseñanza. Uno de los representantes más célebres y prolijos de esta categoría es la Condesa de Ségur. En sus novelas, unos personajes esquemáticos evolucionan en un mundo maniqueo, y sus aventuras se desarrollan siempre en perfecta conformidad con la moral en vigor en esa época. Nadie cuestiona esa moral. Otras personas mayores, adultas o no, han presentido que había allí un problema que no se podía tratar a la ligera: decidieron eludirlo antes que abordarlo de forma incorrecta. Sus personajes son hadas, duendes, gigantes o enanos, muñecas, o incluso

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huérfanos y niños abandonados, o animales que surgen de quién sabe dónde. Estos seres son relevados de toda preocupación pedagógica: el problema no se plantea. Podríamos citar aquí innúmeros cuentos, desde el Gato con Botas hasta los Schtroumpfs, pasando por la Sirenita, sin olvidar los Conejitos. Hasta un autor como Mark Twain, mucho más al tanto de los problemas que nos preocupan, prefirió en ocasiones ponerlos entre paréntesis en "Las aventuras de Tom Sawyer y de Huckleberry Finn". El uno es huérfano, el otro abandonado.

El material más rico nos viene de los libros escritos por niños de todas las edades y destinados a otros niños de todas las edades. Nos contentaremos con citar los primeros nombres que nos vienen a la memoria: Dickens, Milne, Marc Bernard, Kástner, Robert Desnos, Thomas Mann, Jules Renard, Romain Rolland, incluso Mark Twain, muchos autores anónimos de las "nursery rhimes" inglesas, y tantos otros. En esto también, como sucede a menudo, los novelistas y artistas hacen las veces de precursores. Su sensibilidad les ha llevado a explorar un terreno capital que la ciencia ha descuidado hasta ahora.

Sin embargo, un cierto número de científicos comienza a interesarse por la cuestión. Citemos los nombres de Ferenczi,

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Dolto, Winnicott, Melanie Klein, David Cooper y algunos más. Nos ha parecido percibir en ellos la frescura receptiva del niño, aun cuando han tenido que hacer grandes esfuerzos para expresarse en un lenguaje inteligible para las personas mayores.

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Conclusión

Concluimos este trabajo sin haber agotado, ni remotamente, el tema. En lo que respecta a la educación de los padres, la teoría está en sus primeros balbuceos y la práctica clínica busca todavía el ángulo desde el cual observar los fenómenos e instrumentos correspondientes. Por otro lado, la casi totalidad de las observaciones hechas por los embriones y los lactantes escapan a la comprensión de los que no entienden más que el lenguaje verbal. Sin embargo, este aporte es insustituible, dado que concierne a una fase fundamental del desarrollo parental. Todo lo que podamos hacer aquí será, entonces, entregaros algunas reflexiones generales y enunciar sin mucho orden un cierto número de cuestiones que nos hemos planteado.

En lo que respecta a la actitud educativa en general, nos hemos convencido de que lo que más necesitan los padres es sinceridad y buena fe. Pensamos que nunca, bajo ningún pretexto —ni siquiera para no lastimar su sensibilidad o para agradarles— hay que mentir a los padres. Esto es tanto más difícil, cuanto que los padres parecen pedir mentiras. No es fácil, por ejemplo, resistirse a la tentación de interpretar ante los padres el papel del niño que pretenden —y creen sinceramente— desear, aun cuando éste sea

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perfectamente inverosímil, inviable, incoherente. Algunos niños se han visto así obligados a disfrazarse de osos de peluche, muñecas,

perros o gatos, animales sabios o bestias salvajes, de justicieros, de víctimas, incluso de objetos de uso diario. Conocemos a un niñito

que intentó disfrazarse de cepillo de dientes cambiar de sexo o no tenerlo en absoluto.

Otros simularon

Estimamos que estos excesos de complacencia son un error y equivalen a engañar a los padres. Estos terminan por no saber dónde están y se vuelven incapaces de distinguir la realidad interior de la exterior: lo contrario del fin perseguido. En efecto, es de temer que un padre o madre tratado de tal manera se mantenga toda su vida dependiente del niño, sin poder desarrollar ningún punto de referencia personal.

Pensamos en el caso de un niño que se hizo dócil y admirador de su padre, hijo devoto y servicial para su madre. A los cuarenta años, cuando su padre murió, se encontró con una profesión que no había elegido, dirigiendo una empresa estructurada según la patología del padre y donde el niño, por muy director que sea, continúa ocupando el lugar del hijo. A la muerte del padre, la madre fue a vivir con él y su familia. No le deja espacio a su nuera, que huye, esperando que él trate de recuperarlo. Obstaculizado por su madre y tres varoncitos, el niño no se mueve. La educación de la

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madre parece seriamente comprometida. Pero el niño advierte la trampa en la que está cayendo con los suyos: emprende la reestructuración de su empresa de acuerdo con un esquema más personal, evitando la quiebra a duras penas; conquista a una nueva esposa, puesto que la primera ha perdido la paciencia ; compra un apartamento para su madre en otro barrio. No todo se ha perdido para esta dama de setenta y pico de años: tal vez pueda retomar su maduración y transformarse en adulta.

Es muy importante no mentir a los padres.

Éstos acaban por desubicarse y volverse incapaces de distinguir la realidad, reaccionando de cualquier modo. Las revelaciones brutales, las explicaciones mal dadas pueden desencadenar reacciones violentas, agresivas, de rechazo o, en ocasiones, depresivas. A veces éstas simplemente no son comprendidas. Hace falta entonces elegir el momento y el modo, y a veces hacer preceder una revelación particularmente difícil de entender, por una buena preparación. Lo ideal sería, naturalmente, no dar jamás una explicación antes de que los padres comiencen a preguntar. Pero esto no siempre es posible, ya que ciertos padres son tan timoratos que las situaciones equívocas correrían el riesgo de eternizarse.

Citaremos el ejemplo de una joven inglesa de dieciséis años que tenía un amigo y tomaba píldoras anticonceptivas. El padre se daba

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cuenta, pero no osaba decir nada; la madre no notaba nada. Esta jovencita, que criaba a sus padres con ternura, decidió por fin hacer lo necesario para clarificar la situación y restablecer una franca comunicación entre los miembros de la familia. Procedió por etapas. Comenzó por dejar olvidadas las prescripciones médicas. En una segunda fase, dejó por allí las cajitas vacías. Después de preparar así el terreno, fue a confiarse al ginecólogo de su madre. Éste fue un golpe perdido, ya que el ginecólogo respetó estrictamente el secreto médico. La joven dejó pasar algunas semanas, y después abordó el problema abiertamente con su madre, invitándola a ver lo que pasaba delante de sus ojos. Un éxito merecido vino a coronar esta tarea prudente y cariñosa: el joven amigo fue recibido en la familia, y los padres y los jóvenes prepararon juntos la partida de estos últimos a un alojamiento independiente.

Una etapa particularmente importante de toda educación destinada a los padres es la educación para la independencia. Cuando el lactante recoge al joven padre (o madre) relativamente desamparado y aturdido por la nueva situación, le ofrece a la vez un papel gratificante, un empleo estable, una entrada módica pero segura (en los países en los que se otorgan asignaciones familiares), un pasatiempo y una distracción. Poco a

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poco los padres se tranquilizan, se instalan en sus funciones y se estructuran en relación con ellas. Se desarrollan, adquieren confianza (en algunos aparece la tendencia a volverse autoritarios), se desempeñan competentemente y con el sentimiento manifiesto de su utilidad y valor. Cuando todo va bien, los padres pueden dar muchas satisfacciones a sus hijos en el curso de esta etapa. Pero esta evolución positiva se acompaña de una dependencia creciente. Los padres organizan toda su vida alrededor de su niño, se apoyan cada vez más en él, viven y piensan en función de él, incluso se definen en relación a él: se convierten en "padre" o "madre de familia".

El niño puede enfrentar la dependencia de los padres sin que esto le plantee demasiados problemas, ya que le queda bastante tiempo para cuidar de sus propias ocupaciones. Pero a medida que crece y su vida personal se vuelve más absorbente, no puede consagrar a sus padres tanto tiempo y energía como antes. Es deseable que la transición se realice progresivamente, sin brutalidad, con una dulce firmeza que dé confianza a los padres, pero que al mismo tiempo los obligue a tomar conciencia del cambio que se está operando. En efecto, ha llegado para ellos el momento de lanzarse a la vida. Durante esta fase, es bueno estimular especialmente todo aquello que pueda ayudar a los padres a desarrollar su propia personalidad: el trabajo, las

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actividades artísticas, culturales, deportivas, eventualmente políticas, así como la frecuentación de camaradas de su edad. Hay que valorizar sus iniciativas y mostrar interés por todo lo que hayan podido realizar por sí mismos. Hay que animarlos a que progresen solos y evitar controlar lo que hagan en el curso de sus salidas. También se los puede incitar a que hagan pequeños viajes, con su pareja, con amigos, incluso solos.

Así, los padres pueden ser progresivamente educados para vivir junto al niño, no entre sus faldas; para tener también ellos un objetivo personal en la vida, ideas, lecturas, distracciones preferidas, una actividad creadora personal, todas cosas que luego podrán discutir de igual a igual con su niño. El futuro de los padres depende del buen éxito de esta fase educativa. Es esencialmente allí donde se juegan sus posibilidades de convertirse en un verdadero adulto.

Corresponde al niño encontrar el ritmo que conviene a cada padre. La precipitación puede implicar que los padres se sientan desautorizados, rechazados o malqueridos. Se vuelven entonces amargados, decepcionados, agresivos, al tiempo que se aferran desesperadamente al niño por el que se sienten abandonados. De ser así, jamás se desarrollarán como adultos, sino que enmohecerán en su lugar y se convertirán en viejos agrios,

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descontentos e insoportables, tanto para ellos mismos como para los demás. En cambio, si los niños adoptan un ritmo demasiado lento, o muy tímido, los padres se instalarán en la dependencia como entre algodones rosados; bajo una apariencia de confort, vivirán una vida menguada, inútil y estéril; serán toda la vida una carga para su niño.

Cada niño tiene una manera particular de tratar a los padres; sin embargo, podemos intentar describir algunos estilos extremos, que en la práctica suelen presentarse de manera mitigada. Podemos así hablar de un estilo musculoso, practicado por los niños que llevan a sus padres a ritmo de tambor, sin dejarles tiempo para respirar, ni el placer de acunar ilusiones. Este estilo de educación exige por parte del niño mucha autoridad, un juicio rápido y seguro, una evaluación precisa de las capacidades y de la resistencia de los padres. Tenemos también la escuela impresionista, que procede por retoques y matices, prepara mucho cada fase y deja siempre que los padres saquen las conclusiones por sí mismos. El estilo flemático une una cierta brusquedad musculada con la paciencia y el liberalismo impresionista.

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Nuestro breve estudio deja muchas cuestiones sin responder; otras no han podido siquiera ser formuladas. Citemos algunas, a título de inventario:

Qué criterios permitirían definir con mayor precisión qué son un niño, un padre, una persona mayor, un adulto, un viejo, un joven. Estudiar los diferentes híbridos que encontramos en la naturaleza, y que son, por ejemplo, niños y padres al mismo tiempo, adultos y jóvenes, viejos y niños, padres y personas mayores, etc. Parece un hecho que la diferencia entre padres y madres no se reduce a una diferencia morfológica. Precisar estas diferencias. ¿Él o los dioses, fueron inventados por los niños o por los padres? ¿ Por qué los padres mueren, aun cuando según toda evidencia no tienen ganas de hacerlo ?

Estudiar los diferentes mitos relativos a los padres, así como las relaciones familiares extraordinariamente complejas que encontramos en ellos y que podrían eventualmente aclarar ciertas actitudes parentales poco comprensibles a primera vista. ¿ Por qué los padres tienen tanta importancia para el niño, aun cuando desfallezcan, estén deteriorados o fuera de uso o sean, incluso, nocivos?

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Un capítulo interesante podría estar dedicado a los juegos de los padres. En efecto, los padres juegan mucho, y en general, con mucha seriedad. Hay que ver con qué aire grave juegan al bridge o al ajedrez, se cuadran en un sillón directorial con una secretaria que apunta todas sus palabras, o se aferran al volante de su coche. Cuando juegan a la petanca, cuando hacen las veces de abogados en el palacio de justicia, cuando clavan un clavo en la pared o cubren las páginas con pequeñas cifras, no es bueno molestarlos, ni siquiera por las cosas más importantes. Se vuelven sordos y ciegos a todo y para todos, y algunos hasta llegan a golpear a sus niños antes de interrumpir el juego.

Asimismo, otro estudio podría consagrarse a los juguetes de los padres. Ciertos juguetes estimulan sus facultades intelectuales o su habilidad, pero otros nos parecen resueltamente peligrosos o dañinos.

— Se realizaron interesantes experiencias con padres artificiales, construidos con los materiales más diversos, a los cuales basta con programar, sin necesidad de educarlos. Se impone una discusión seria de los resultados. Los autores, por su parte, son extremadamente cautos en lo que concierne a esta dirección de la investigación. Tienen la impresión de que un padre natural, incluso

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de calidad discutible, vivo o muerto, ausente o presente, es siempre más estimulante para el niño. Contamos con nuestros lectores para completar esta lista y para aportarnos algunos elementos de respuesta a las cuestiones planteadas, sobre la base de sus propias investigaciones.

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