You are on page 1of 245

EL LIBRO .

DEL TRÓPICO

ARTURO AMBROGI

EL LIBRO DEL T R ~ P I C O

El Libro del Tr6pico.OBRAS DEL MISMO AUTOR PUBLICADAS : Marginales de la Vida. EN PREPARACIÓN : El Alma Indlgena. Sensaciones del Japón y de la China. Anastasio Aquino Rcx . Historia de Malespln. Las Vidas Opacas. Don Jacinto.

EL LIBRO DEL T R ~ P I C O .

.

LA SIESTA .

.

el cielo canicular s e extiende limpio y radioso. los follajes des- piden lustres de reciente barnizaje. -uLloverd~-dice el mocerío que almuer- za en el corredor de la casa. sin un ligero pliegue. formando rueda a los rimeros de tortillas . Crepita. intenslsimo. Bajo sus rayos. vehemente. es como una rodela de hierro can- dente. de cuclillas. la vida que palpita. sin la menor empañadura. El cielo. o las curvas gallardas de los altozanos y de los collados. El sol. en esa tierra desflorada por e1 arado. Quema y ofusca. de un azul de cobalto. Ni la si- lueta d e la mds pequefia nube diséfiase en la luminosa hondura de la atm6sfe- ra. En los surcos paralelos. Se siente la vida que germina. que caen perpendicu- larmente y corroen la tierra amodorrada y re- seca por la dilatada sequía. bajo el bochorno. resplandece a la hora meridiana. Sin una arruga. El aire que sopla e s sofocante como el hálito de una fragua. como el metal repujado en el fondo de un formidable escudo. clavada en el cenit. la simiente va surgiendo en tiernos verdores que aterciopelan suntuosa- mente las planitudes infinitas de las llanuras.

Llevan. encasillado en el cerebro. patroncito. el celeste rie- go vendría como d e perlas.por la calor.10 ARTURO AMBROGl y a las tiznadas sartenes en que los frijo- les sobrenadan en un caldo bituminoso. .. Y yo pienso que. su calen- dario. En estas rudimentarias cuestiones nieteorol6gicas casi nunca s e equivocan..loverá. . en efecto. Puede que sea así.- 4. más perfecto y certero que el Bris- tol afamado y popular d e las boticas. Estas buenas gentes tienen una gran expe- riencia.

se confunde con los pedazos de bejucos tostados. seex- tienden sobre la corteza de algún derribado tronc6n. dejando apenas tras de si ligero rastro on- dulante. En alto el hocico abierto. caido el pico. Es apenas el zumbido . enervados por el bochorno de la hora. tendida a lo largo. recostados muellemente en la apacible blandura de las hojas marchitas. restirada la cola nudosa. casi descascarado y encanecido por los escabros y los musgos. escurrirse elásticamente. como implorando frescura y. al menor ruido de pasos que s e aproximan. Su ensimismamiento no es tanto que le impida. como por una nieve de afios. E s tambien el momento en que. No haycanto de pájaro que raye el pesado silencio. los zopilotes dormitan en las ramas anquilosa- das del viejo copinol. desplu- mada el ala. enlutando con su fúnebre color la blancura calcárea del esqueleto del viejo copinol. en- tre el polvo de las veredas. que rue- dan al acaso. La culebra. Dormitan los zopilotes eiiervados. El calor hace salir de sus cuevas a los garrobos que van a tomar su raci6n de sol. o bien s e quedan a las orillas mis- mas de los pifíales.

incesante y pertinaz de una nube de mos- cones.en aquella tibia envoltura. s e rascan los unos contra los otros. en el Agora. en una cienaga. tienen noticias de la ternura con que relatara las travesuras de sus semejantes. fruídos. sucios y repulsivos. sin sospechar que sus gloriosos antecesores fueron sacrifi- cados a Ceres por los atenienses que s e ini- ciaban en los misterios eleusinos. . agitan la cola pelada y engarabatada como un cinico in- terrogante. procuran quedar medio sepultos . s e lo echan encima con las trompas. remueven el lodo. tranquilos. parece querer arrullar con una monbtona canturria el dormitar de un grupo de galli- nas encaramado en los b o t o n e s d e ternpate de la cerca. el sarmentoso e irb- nico Monsieur Federico Tomás Graindorge. Los cerdos s e revuelcan. Al otro lado de esta. mueven las orejas con pesado ritmo. revoloteando sobre unos monto- nes de estiercol apilado en un ángulo delco- rral. socio principal comanditario de la casa raindorge and Co. y que su sangre (que hoy sirve para embutir prosaicos chorizos) sirviese entonces para rociar los bancos de piedra de los Prltaneos. los ignorantones. Ni tan siquiera. (Petrbleo y Cerdo Salado) en Cincinnati. ya ha- cia al campo libre. doctor en Filosofía de la Universidad de 6 Jena. que. y asi purificar el recinto de la Asam- blea. en fluída y amena prosa teniana. grufíen voluptuosamente. dos parejas de cerdos s e revuelcan. Estados Unidos de America.

con breves y enCrgicos escobillonazos de cola. los retodos tiernos. bueyes negros. Echados. aislado. hay m i s bueyes todavia: bueyes barrosos. bueyes overo acliiotes. Otros dos s e . en algún ensuefío edificante. que despliega su enorme parasol de hojas aporcelanadas sobre un extremo del patio. Uno de ellos. sa- cudido. a tirones. hUmedo y lustroso. pringados de blanco. des- pués del rudo trabajo de la maiiana. deja caer sobre el buey pardo una pro- fusa lluvia de hojas marchitas. las Ultimas tostadas hebras del huate. los bueyes. entre las malezas. al capricho. maquinalmeiite. s e restriega de costa- do contra el tronco de un jocote. con la cabeza encorvada y los grandes ojos entrecerrados. bueyes bermejos. y rumian. Cerca de este grupo yacente. o arrancando. bueyes hoscos. EL L ~ B R ODEL T R ~ P I C O 13 A la sombra del amate. desperdigados al acaso. las grandes moscas negras que les asedian. las guias de las enredaderas que entre las pencas del pifia1 s e entretrenzan. rarnoneando. A inter- valos s e sacuden las moscas. estan como sumidos. escurren hilillos de baba verdosa. Van. El Arbol. con toda la beatitud que el caso re- quiere. duermen la siesta. De su hocico.

como en un húmedo idilio de Biún. esta arrimado jun- to a otro blanquizco pintado. o en una melosa kgloga de Virgilio. Asi.14 ARTURO AMBROGI persiguen en juego brutal de cornadas y tope- tazos. ambos forman uii grupo verdaderamente digno de un pincel flamenco. zonto. y apo- ya la cabeza sobre su cuello. bermejo y blanco. Un buey hosco. .

sin duda alguna. las carcajadas d e las chavelonas las que la gente sencilla to- ma por las de la Ciguanaba. cubierta de una ligera pelicula de grasa. ribeteadas ligeramente de negro en los bordes. entre el zacat6n que yergue sus lanzas verdeguean- tes y ondulosas. Y son. Eii las orillas de la charca forma orlas de encajes la espuma de sapo. llevan un copete del azul mismo de la bandera francesa. Aun sa- .-- DEL . de cuádruple hilada. EL . LIBRO -. Las chavelonas tienen el plurn6n del pecho de un tinte gris de plomo. lila de acuarela. de noche. Las alas de un lila puro. causa phnico. cual plumas sobre un tocado femenil. como un espejo de esta- Ao. En la cabeza. semeja una carcajada burlesca que estallara en toda su fuerza para acabar desvaneciéndose en una sutil fuga musical. Una pareja de chavelonas zabulle alll sus cabezas y remueve con sus picos en forma de espátula de barro la linfa ador- mitada. en el silencio y la sole- dad de la alta noche. separado del pa- tio de la hacienda por una cerca de alain- brc espigado. la charca hace relucir sus aguas estancadas. Oida esa risa Por vez primera. T- R~PICO 15 /--- En el potrero propincuo. Su canto.

tal vez por lo ma- cabro que ese canto agorero evoca. que el eco multiplica- ra hasta lo infinito. Imaginaos la carcajada de una vieja ebria y desarrapada. Es chocante. . no deja de causar un li- gero escalofrío de pavor. a la vez que espantosa y burles- ca.16 ARTURO AMBROGI biendo su origen.

Algunas gallinas glotonas. y en cuyo poyo humean todavia los tizones. EL LIBRO DEL T R ~ P I C O 17 En la solana del rancho que sirve de co- cina. Un perro flacucho s e rasca las pulgas. Van mondando. las mazorcas apiladas a un lado. Una lluvia de granos chorrea por entre sus dedos infatigables. sobre el que s e preci- pitan a un mismo tiempo en un loco remoli- no de plumas y entre cacareos estrepitosos. avizoran algún grano caído al acaso. a las cuales el sopor de la hora no logravencer. echado junto a los tarros del nistamal. con un pedazo de tortilla petrificada en el hoci- co. desgranan maíz. al rededor de la ancha canasta. al pie de una piedra de moler. las mujeres. . va a refugiarse a la sombra de un cuero de res que s e halla abandonado contra una pared. mientras otro. una a una. sentadas en sus cucas.

afilan has- ta desesperar la estridente ácida nota de sus elitros. cl golpear de los mazos en las piladeras en que s e está sacando arroz. cuando todo dor- mita bajo el ardor impetuoso del medio día. Cuando todo enmudece. . las que canturrean como arrullando el pe- sado bochorno de la Naturaleza. desde las ramas mds altas del jocotalcomidÓ por las parásitas. preciso. cuando to- do traspira de sofocacibn. invisibles en las sumidas de los Arboles. son las chicharras. viniendo de la otra orilla del río. Y las chicharras. ebrias de sol y de sequía.18 ARTURO AUBR001 Se percibe claro.

LA PESCA BAJO EL SOL .

.

El agua vuelve entonces a cobrar su tersura de moare. sutil y resplande- ciente al sol del medio día. claramente. E s fuerte. cbmo se borra la trama complicada de sus hilos. atezado luego por el . El pescador espera. cómo s e encoge. inmu- table como una deidad indígena de rio. Se ve. hasta desaparecer en el fondo. c6mo s e despliega y cómo cae la atarraya sobre la tersa super- ficie del agua. El cuerpo del pescador e s moreno. arroja la atarraya. esperando el resultado. dejando apenas rastro de su paso en una serie de circulos concentricos que s e dilatan y s e extienden hasta disol- verse. Y cómo en seguida s e sumer- ge. La atarraya s e eleva por sobre la cabeza del pescador. en esa misma actitud. Toscamente moldeado en el barro de Iq tierra. el pescador. En medio del río. musculoso. como una des- mesurada tela de arafia. Tranquilo. ligeramen- te resguardado por las anchas faldas de su charra de hiladillo (amarillenta por el efecto de los constantes aguaceros) podría estarse alll clavado por una eternidad. desnudo como un Disc6bol0. s e despliega totalmente y cae sobre la linfa espejeante.

para soportar sin fatiga alguna todo el peso de un tronco de copi- nol. su labio marchito se pliega en una mueca leve y fugaz. configuraciones de garra que hace presa. Tienen ese color obscuro y aceitoso del cacao. Los hombros parecen for- mados. El ojo de gavi- IBn. despatarrada y velluda. en aquella actitud inmoble. El sol le mo- dela. de largo. adusto y fiero bajo las cejas cerdosas y apretadas. ingrimo. Espera. de una raza sana y libre. no corre el mAs ligero estremecimiento. Y por toda aquella piel curtida y sudorosa. que pudiera muy bien ser la sombra de una sonrisa. Y luego. están requemadas por el sol. Parece no sentir. La tarea del pescador tiene algo de bea- tifica. Al reti- rarla vacía. El viento pasa por él.22 ARTURO AMBROGI aire libre de las montafías y robustecido por las pujantes faenas. Si surge henchida. la retira. Fuerte el cuello taurino. an- chas y nudosas. Por su piel curtida. Parece que fuera de bronce. parece correr un tremaiite reflejo escamoso. únicamente. Mucho de primitiva sencillez. Las espaldas. Nervudo el brazo. ni la silueta de un gesto deja . evoca la imagen de una raza desaparecida. acostumbrado a empufíar el hacha que derriba y dcsmenuzaen rajas los grandes Arboles y a manejar el arado que dcsflora la tierra y deja el surco abierto y listo a la fecundacibn. calmoso. Ni un solo músculo se altera. esta fijo con insistencia en el si- tio en que la atarraya sumergida comienza a removerse ligeramente. desnudo. Arroja la atarraya en un soberbio gesto. pausado. vaciada en pardusco barro en un molde que se rompió para siempre. empufíando la liga. Y el pescador. y la mano. La calcinante atm6sfera no afecta en lo mAs minimo al pescador. tiene. dominado sobre el luniinoso fondo del paisaje.

que. Con tranquilidad. la cebadera rústica co- bra el aspecto d e una escarcela de seda. Todo re- luce. del abrir y cerrar de las fauces trapezoidales. e s todo de luz. Y así siempre. cuando le llevaba a la pesca para que cargase con la cebadera. de nuevo los hilos. que a pescozones le ensefió la maniobra. el ojo fijo. Así le llega d e sus antepasados. Asi s e lo vi6 hacer al abue- lo. para luego retirarla. de las ramiIIa~que ha recogido. cuan amplia es. sus nietos: todos tirardn la misma atarraya. afirma la plomada. Un rincón del cielo . clavado con tenacidad en el si- tio por donde ha desaparecido la atarraya. y así lo harán mañana sus hijos. la cebadera de pita de maguey. de las hojas podridas. la escarda de las guips. la abandone porque ya no puede mis. Aquel acto es maquinal. El pescador vuelve a quedar inmoble. extendida en el agua como una desmesurada tela de ara- fra. El paisaje que forma ambiente a la esce- na. El pescador espera. que pasa de padres a hijos. Asi vi6 que lo ha- cia su padre. Des- enred?. Vuelve a desplegarse. vacilante. A la cintura lleva anudada el pescador. Así lo hace 61 ahora. del lucir de los redondos ojos que comien- zan a apagar las viscosidades de la afanosa agonía. cuidada con solicitudes filiales. Y la atarraya vuelve a ser tremolada. todavía húmedas. colmada del espejeo deslumbrador de las escamas. del palpitar d e las plateadas agallas. temblorosa. espera. a la manera de la hoja de parra. Herida por el sol. del agitar ansioso de las aletas y de las colas pegajosas. las esta- tuas clásicas repudiadas por el tartufisino. Todo deslumbra. EL LIBRO DEL T R ~ P I C O 23 adivinar su despecho O SU fastidio. Y vuelve a caer. repleta de pedrería. y esperarán tranquilos. Todo irradia. hasta que una mano viril la recoja de otra mano vieja.

chocando contra las piedras y socavando los talpetates. Y en esa misma sombra. y las alas y la cola del color del humo de la hulla. IlenAndola de ensuetio y de quimera. por capricho. de la configuracibn misma de la gar- za. bullidora. y canta. con cier- ta breve y extrafía melodía. como vaporosa rnadrilefía de encajes de una malaquita di& fana. el agua. profundizAiidola.la red intrincada de las algas se extiende a flor de agua. . traga- do por la sequedad de la atmósfera. Y bajo el luminoso estimulo. los chilamates y los ~nadrccacaos. se apa- ga en la tranquilidad de la hora. en medio del hervidero de I'a espuma de sapo. La arena de la ribera cobra al sol el intenso lustre del antimonio. En la sombra. inquieto. raya con el sonido de sus va- riaciones el misterio de aquella calma se- cular. detenida sobre las piedras. Algún glis-glis salta. junto a los sauces. azul y resplandeciente. de piedra en piedra. Parece que ese rumor incesante fuera absorbido. se amalgaman unos en otros y forman un solo crudo manchón. de las fuentes de los poetas Arabes. aso- man las filudas piedras cubiertas de limo. la escala de niatices verdes de los ramajes. el agua azul y brillante de las Mil y Una Noches: el agua de oro. gaya. En las orillas. esa misma arena parece tetiirse del color dc las hojas que la abrigan y cuya sombra re- coge y succe. (Es el glis-glis una avecilla me- nuda. que semejan cabezas de ahogados que la corriente no ha logrado arrastrar. es aquella agua dormida. Habita en las inmediaciones de los rios. El plumón del pecho es blanco. Entre los frondosos berros. compafíera del pa- jaro que habla y del Arbol que canta. Ni un solo pdjaro. AHTURO AMBROGI de medio día se refleja en el agua tranquila.) El rumor glu- tinoso de la corriente.

.

.

que cunden las nianclias de quiebracajetes y vistosos chonchos estd ins- talada la sacadera. por el tinte y por el olor que despiden. ¿Quien va a ser el arrecho que se anime? jAlld se lo hniga! Ellos estin dispuestos esta vez a no de- jarse agarrar. y de los guarumos. -Lo que es ahora. y al abrigo de los fuertes conncastes que esmallaii las laderas.piensa Guzmiii. burla por sexta vez a la montada que le sigue los pasos. semejantes a los cedros bíbli- cos. Guzmdn. y arreó con ellos. En el propio corazón de la montafía. el audaz. en lo mdsprofundo del barranco. En la peligrosa faena le ayudan el compadre Chomo. . recuer- dan el celuloide de los impermeables.no habrii vaqueano que dé con nosotros. . valiente negocio habia he- cho el mentado Guzmán y el compadre Chomo la última vez que la escolta les pes- có en plena fabricación. a la sombra de los barillos. cuyas hojas. entre los intrin- cados zarzales. destila tranquilamente su chaparro. hacihdoles cargar con las ollas y todos los demas trebejos1 Seis leguas y media a pie. Y 10 de la caminata no valía u0 hijo de pifla. . el tuer- to Hilario y el Macho.

que aqucllos viejos cuidaban y mimaban. y en no lejano día llegaria a ser uno con qiiien el Iiispector tciidria que Iiab6rscla. -Atraqudrriosle juego. Bueno e s que un hombre s e vengue de quien le ha jorobado. Era una hermosa promesa: un polluelo de Agui- la. Se interesaba por la marcha expedita de los negocios. Pero el dulce de ffo Liandro estámero ishcdque. Por su madrecita lo habia jurado. Yes hora-dijo el compadre Chomo. coiiienzó a acarrear brazadas de leRa. Ese viejo e s un malavaina. y en rajas. el de ria Maclovia. que fue. . IY pocas que habian sido las carreras y las vueltas que costó conse- guirlosl Y de todo habia sido el culpable Ugenio. habla lo- grado hacerse querer de aquellos vetera- nos del contrabando. que asi llamaban al nieto del tuerto Ililario por tener desarrollado un tanto mds de lo corriente el tejido adiposo. Por lo menos que el lo supiese. y pegó fuego a una tusa que el tuerto Hilario ha- . por miedo. reserviindolo al porvenir.28 ARTURO AMBROGI los doscientos pesos de multa era 1'0 que todavia les ardia. -Aprobaste la chicha si está güena? -Está güena.s tieso. Guatdn. Vivo como una ardilla. incansable como un hombre forjado para el trabajo. cavado en el borde de un paredón. contando al nieto del tuerto Hilario. Lo inacheteaba. -Acercd la lefla. El Guatdn. que era un peje. a soplárselo al Inspector de Hacien- da. compadre I El compadre rayó una cerilla. que los contrabaiidistas iban acomodando eii el interior del horno. Buena s e la reservaba Guzmán al chis- moso. . completamente seca. -Atrdquele juego. si un dia llegaba a toparse con 61. pero 61 y ilo Clro- mo ¿que le habian hecho al Ugenio? Nada. La lefla que usaban era de gua- cliipilln. Ahora eran cinco los sacadores.

En un instante aquel fog6n lleg6 a parecer la hoguera sabatina lista para cocer. Los chiribiscos chirria- ban cada vez mds. entre todos aquellos hombres. pedazos de hierro en forja. Las llamas brillaban solas. encendidas. el tuerto Hilario. -Guatdn: apartd esa lefia. estaban perdidos. Una columnilla plomiza ascendia. humeantes. EL LIBRO DEL T R ~ P I C O 29 bis desfloronado para facilitar la incinera- ci6n. de palma. el brevaje d e las brujas y los duendes. y comenz6 a soplar. Guzmdn. No vayaser el Diablol Por fin el humillo desapareci6. Pero el hunio no desaparecia por completo. lograba atravesar la b6vcda de verdura. El humo en- volvi6 la ollaza y circuyentes en una densa nubarrada sofocante. La noticia cay6 como una bomba. en cuyo hondo seno comenzaba a iniciarse un sordo rumor d e ebullici6n. en la infernal marmita. Las ra- jas de lefia. De pronto. que en ese misnio instante iba a echar una raja de lerla para avivar el fue- go) w e d 6 en suspenso. Si ese humillo de cigarro era percibido d e lejos por algun mal intencionado. aquella queja cesó. las rajas parecían. que al mo- mento conienzaron a chirriar. y buscd la m i s seca. comenzaban a pren- der. -Anoche agarraron al Chipe-dijo el Ma- cho. y el humo fue disolviéndose. Esto inquietaba a GuzmAn. a . Entonces el tuerto cogi6 un sombrero viejo. que estd ver- diosa. y deshilachindose entre las ramas de los guarurnos y los barillos. Las llamas cobraron vida nuevamente. que en esos momentos colocaba la cabezona sobre la ollaza. acariciando en lianescos enmadejamientos la panza ahumada de la ollaza. y flotar por el espacio en impalpables vedijas. En seguida la colocó entre las rajas de leda entreveradas de chiribiscos.

y el Chipe le dijo que jueran al pueblo a dar una giielta.. . El Chipe no quiso hacer caso y s e juk. que antc los brefla- les de una montaíía y el misterio que esta encierra. El Meterio me contó que el Chipe siba cayendo de bolo. en el pueblo. y que allá Ilvadar otros tragos. lleno de cu- riosidad medrosa. y el tom6 otro. la captura del Chipe no era mds que un hecho natural. lEstaba tan acostumbrado a recibirlas1 Ade- mds. deponla gran parte de su celo. s61o el compadre Chomo recibi6 la noticia con absoluta tranquilidad. Dice el XIcterio. Por ese iiiotivo.. quen la noche tuvo quir al pueblo a un mandado. impacientes. El Meterio me coiit6 el cuento. s e redujo a encogerse de hombros ante la noticia . Había que saber escurrirle el bulto a la montada. . y le dijo quiva a machetiar a la Zarca porque le había contado que es- taba con el Zurdo. Contdndole. Y que s e acabaron la media. Los demds. y era justo que este los persiguiera con tenacidad. medio bolo. y CI no era ningun olote para aguanthselo. porque1 lo vido. Lo unico que le parecia estúpido era dejarse agarrar asl. y que lo podlan j . como un nifío. que Cl era bueno con la Zarca y que quC mds queria la muy .que comunicaba tan solemneucn te el Macho.. El Meferio le dijo que no iba. Ellos robaban al Gobierno. el Guatdn s e acerc6. Dice quen la tarde lleg6 el Chipe a las aradas. y que al pasar por . y que s e acor- dara que en el pueblo estaba el ispeufor con la escolta.30 ARf URO AMBl?OGI pesar de la costra de mugre y las marcas de viruela de su rostro. y le repitió q u i h a machetiar a la Zarca. contdndole s e sac6 de la bolsa de pecho una media y le di6 un trago. tan tontamente... palideció con palidez desusada. interrogaron a iin tiempo: -0nde lo agarraron? -Pues anoche.

aper- collb la daga que había dejado sobre la banca. le 11am6 el Chipe. Hervía con estruendo. 31 el estanco dc la Peche. que ya estaban bolos tambdn. -{Pero que bruto!-exclam6 Guzmán-Se . Jue. .. EL LIBRO DEL TR&ICO . El Meterio tuvo iniedo de enlbolorse y s e iba ya cuando vido denfrar el isperrtor con otros tres de la mon- tada. La consternacibn de los chaparreros con tinuaba. en el. Aaba lástima el pobre Chip! Dicen que hoy lo llevaron a la ciudd y que lo van a zampar a la cárcel. hasta que el ispcri- tor. y behib iin trago con él. El Chipe s e fambalid bafiado en sangre.viendose rodeado.. La chicha hervla en la ollaza. Los puliclas s e defendian mctieiido las culatas de los retacos. El Clii~ic. Si la desgracia. y le ajrrstd un gran tcrciazo con cl rev6lver en la cabeza. a pe- nas alterado por el arrullo melancólico de las rastreras gustumonas y en medio del rnu- tismo de los circunstantes. a alguno para que 10 amolaran por algo. y entonces los de lu montada lo maniuron casi de arrastrada lo llevaron al cabildo. Ese era su ~ r o p b s i t o . sino muerto. y . van a c. En el silencio de la montaña. el borbollar de la ollaza tomaba las proporciones de un ron- quido de gigante: un ronquido nasal. es- truendoso. 1 Que ani- mall Debia de haber j. que las oquedades del barran- co agrandaba hasta desproporcionarlo. Apachundole el al Chipe andaban otros cuatro. Del agua del huacal de lata colocado sobre ca- bezona s e desprendia una espesa columna de humo. sin que el Clripe lo sintiera. por puro gusto. que se avalanzaron sobre el pobre Chipe. le ponia otra vez frente a la mon- t a d a ~no s e dejaria agarrar. s e jut por dctrás. y corncnzb a tirarles dagazos a los puliclas. y niird que andaba llevando bastante pisto. o la traici6n..

entregarse a la suerte. y para pagarle al boticario. maniatado. . Cabalmente ese día padecía horriblemente.¿Que mal han hecho unos? ¿QuC faltas purgan? ~Ningunal Guz- m i n recorría todo el transcurso de su vida.. les arrebat6 lo que valía m i s de doscientos.32 ARTURO AMBROGI eso despues de llevarse por adelante uno o dos. que valla bien poca cosa.. ru- da e indocta. y un dla s e vi6 en la necesidad de empefiirselo al setior Chepe. Tuvo un huata- lito.. ¿Y había quk aguantar resignado. y no encontraba nada quk reprocharse. Es mejor eliminar. inerme. El relato de la captura del Chipe habla hecho un efecto deprimente en el Animo aventurero y resuelto de aquellos hombres. iY por que3 Ese Dios e s injusto. El temor di6 lugar a que la filosofla. y con 61 otros tantos pobres la- bradores. El compadre Chomo le sopló un dia al oldo algo que conmovi6 su alma. hubo que vender la Única yunta de bueyes. que serlo. s e acabara por ser eliminado. y su rancho. que ayudaba a la madre en las faenas caseras. . lEra una injusticia la que con ellos s e haclal Guzmin. cliando la en- fermedad de la Venancia. IY para eso era la vidal Unos s e j. . y por setenta infelices pesos. habían sembrado unas tareítas de milpa en la tiacienda. ¿ E s esto justo? El mkdico consumi6 lo del prkstanio. agachar la cabeza y presentar sumiso la nuca a la gamella del infortunio? lNol Si no se lucha. Tenia su mujer. mientras otros la gozan. su hija. . no luchar para obtener el sitio que por derecho co- rresponde a todo ser humano. que nadie podía quitarle. comprometikn- .. urgara por aquellos intelectos en estado de piedra p6mez. . No le quedaba m i s que el rancho. porque no valia ni lo del papel sellado.

que ellos mismos s e encargaron de expender con el mayor sigilo. . cierta cantidad de fanegas de maiz. en lo m i s hondo del barranco. se armaron bien. pagarlas. y el modesto fabri- cante. Con lo que la venta produjo compraron todos los telengues que s e necesi- taban para montar decentemente la sacadera. Emprendieron el negocito con cierto temor y no pocas vacilaciones y otras tantas escaseces. lo que los hombres les negaban. tan hacedero su proyecto1 Allá. El negocio prosperó. era peligroso. Guz- mAn. como terraje. Y allá fué. El chaparro de Guz- m8n cobró pronta fama. o si no. 1El compadre Chomo le pinta- ba tan bonito. El alma le tembló de miedo y de gozo. a la vera de la quebrada que entre lustrosas guijas s e deslizaba. s e hizo sefíalar por la autoridad. EL LIBRO DEL T R ~ P I C O 33 dose a dar. podian encontrar lo que les hacía falta. s e decidió. en el propio corazón de la montafía.. Y habían cumplido parte de su obligación. Un día estuvieron a Punto de encaramarle el machete al sha- 3 . . Guz- mán que estaba perdido. Había que dar a la hacienda las fanegas de maiz estipuladas en el arre lo. le sopl6 un secreto. La milpa mala. . y s e vi6 perseguido por las hordas del Ins- pector d e Hacienda. alli. y el hecho de llegar al escondite cuando los socios fabricaban su mixtura. y al oído. Podía costarle la vida al imprudente. del bueno. Se sa- caron veinte botellas. 1 ~primera rindió. y en espera de una buena cosecha s e sentían un poco aliviados de las calamidades de la vida. la cosecha desastrosa. P e r o . Y a trabajar por cierto tiempo en los caflaverales. S ¿y cómo paear? L abla 61 lo que era ver de junto ciento y tantos pesos? En esas tribulaciones estaba cuando el compadre Chomo s e le acercó. entre los intrincados ja- rales. En previsi6n d e algo.

Quisieron esca- par. No hubo más reme- dio que entregarse. Les agarraron. les ama- rraron unos a otros en sarta. Existe entre los humildes. tenían guitarra y hasta solían llevar mujeres. recibían amigos. arrearon con ellos para el pue- blo. Esas visitas los perdieron. Las mujeres. pero un circulo infranqueable de bocas de fusiles les apuntaba. Nadie. s e vieron rodeados. desfilar aquella triste larga procesión. que pagaban en dinero contante y sonante. ni por pienso. por haberse aproximado de improviso. en donde el chaparro d e Guzmin gozaba de una fama indisputable. y hasta allí iban a buscarlos los compradores. Cuando habla velorio. Dormían en la monta- fia. Esos agen- tes jamás penetraban en las poblaciones. y rara vez bajaban al valle. casi nunca al pueblo. silenciosos. medio desnudos.34 ARTURO AMBROGI shaco Esteban. todos veían. y haciendo- les cargar con todos los tarantines del rni- nisterio. S e quedaban en los aledafios. y distraían sus penas tocando el acordeón o taaendo la dulzaina. lTenía un olfato el condena- do! Todo salia bien. que s e revolcaban en el polvo del camino. Era arriesgado. Tonacatepeque. En su escondite guisaban. Una noche. les recririiinaba. todos. en los precisos ins- tantes en que s e ocupaban en cargar la ollaza. o muerto en alguna parte. o boda. Guazapa. los ra- paces. Tenian agentes para el expendio. los cuales s e iban con la cebadera repleta d e botellas hasta Nejapa. -Pobre ño Guzmán! -Pobrecito. asomaba como por casualidad el hombre de la cebadera. melancólicos. los labradores que des- cansaban. La montada ha- cia en veces sus incursiones. que en las solanas de los ranchos trituraban el nistarnal en las piedras de moler. entre los desgraciados y sobre todo si estos . río Chomo! Todos les condolían.

En la ciudad estuvieron presos cerca de dos meses. con lo que había producido el negocito. En cuenta entró una pareja de cerdos que la Venancia engor- daba. labradores.t ~ u b malvados! y en verdad que no 10 eran. Buscaron un sitio más apartado y mis seguro. y para salir libres. consumidora. . compraron nuevos utensilios y dos cargas de dulce. se habian ido procurando. los pasos que hubo que dar para conseguir la libertad de los pobres hombres1 Para aten- der a los gastos que la escarcelaci6n ocasio- nó y pagar la multa que s e les im- puso. despuks de mil trabajos y mil sacrificios. cierta complicidad que los hace compadecer. hubo que enagenar ciertas cosillas que. A pesar de toda su prudencia. tuvieron que pagar una multa. Y tres veces más sa- lieron libres. Se les ne aba los medios de poder ga-' fiarse honra ¿? amente la vida ¡pues ellos s e los procuraban . cierta fracmasoneria. y a veces hasta defender a los compafle- del destino. . ayu- dar. tres veces todavía fueron sorprendidos. La clientela s e form6 de nuevo. Y las mismas veces volvieron oficio. y tres veces más caminaron a la capital con las ollazas a cuestas. y por la que le dieron sesenta pesos. fuerte para ellos. Pero esta vez obraban con un sigilo sin igual. y en santa paz! Es el derecho a la vida que todos tenemos. aunque &tos fueren crimi- nales: -pobre ño GuzmAnl -Pobreclto fio Chomo! ~iuno sólo decia: . EL LIBRO DEL TRbPICO 35 - son. audaces. y la ollaza comenz6 de nuevo a borbotar como una condenada. nu- merosa. Miis tardaron en regresar Guzmiin y el compadre Chomo que en volver a las anda- das. hasta que por fin habian . y que pagaba en bue- "S Pesos.

se deslizaba por la superficie e iba a caer en la panza. hasta aquellas fragosidades. La penumbra era húmeda. Los rayos del sol del medio dia lograban penetrar.36 ARTURO AMBROGI -- logrado pasar cerca de dos afios tranquilos fabricando v exoendiendo su aeuardiente sin que la montada hubiera podido echarles la mano encima. y. Cerca. y desli- zándose por entre los jarales siempre cun- didos de campdnulas y de morados chanchos. el liquido co- diciado. . Un olor de alcohol caliente impregnaba la atmósfera.se enjug6 los labios con el puíío de la camisa. que se iba llenando po- co a poco. El compadre Chomo. El canto de las gusiumonas se habia apagado. aplastándose en la hojalata del embudo. en un halo de proyector. ya casi repleta. La impresión causada por el relato de la captura del Chipe se habia disipado por completo. caían de lo alto las hojas doradas en tardos revoloteos. con un hua- caíito en la mano. entre un chapa- rral de filudas zarzas zumbaba un emjambre de avispas. no muy limpia. en cambio. de la enjuncada damajuana. Del carrizo que horadaba la panza de la cabezona caia. La gota seguía escurriendo del carrizo. y sobre la grama. gota a gota. Gota a gota caia en el embudo de una damajuana. bisbiseaba la quebrada deshilachando sus aguas entre las aristas de las limpias guijas. cataba el chaparro: -jGuenlsimo! Y a seguidas .

.

.

En el horizonte. sus contornos. . y quiebra su tersa superficie en mil joyantes reflejos . sol. las montafias se sumerjen en un fluido cristalino. y recortan. le da más esplendor todavía. radiante e impetuoso. por sobre el paisaje. E l . . precisando hasta los detalles más nimios de sus laderas con la nitidez y minucia de un grabado holandbs. . A la manera de opulento palio desenvuel- ve el cielo. que anega los ámbitos todos del espacio. la magnificen- cia de su seda. uno a uno.

) . sumihdola en un letargo de plomo. Y el suefio vence a la Naturaleza.40 ARTURO AMBROGl (Flota el sopor. como una densa embriaguez.

dormitan tambikn su siesta. Cerca del chilamate. dormita unaculebra. E s un carao gigantesco. des- tella como la faceta de un diamante. EL LIBRO DEL T R ~ P I C O 41 Una ringla de deshojados chilamates. como Pastosos brochazos de tinta china. Y en el esplendor de luz zodiacal. la chata cabecita brilla como un 6nix tallado. En las ramas mds altas de ese carao. empolva sus esqueletos al borde d e la carretera. Sus rugosos troncos sirven de poste al alambrado de los potreros. en que la bueyada s e apacenta. s e eleva un carao. El color negruzco de su piel re- salta del fondo calinoso de la corteza del ár- bol. cntene- brete la magnificencia del rinc6n de cielo que les sirve de fondo. afilado y sutil. enrollada en viscoso tirabuzón a una de sus ramas. . y el punz6n de su cola. diez o doce zopilotes con- gregados. Y la mancha negra de sus plumajes. En uno de esos chilamates.

) . en un gran padntesis de espera.42 ARTURO AMBROGI (Esta en suspenso el ruido.

Las llamas de la quema. tupiendo el árbol en nutrido aluvi6n de brasas. en el brillo del medio dia. Flotan. Vis- tas al trasluz.se diluye en el ambiente argelino. los drboles de la Cruz hacen lucir en las proxi- midades la mistica blancura de sus rami- lletes de flores estrelladas. Y por encima d e esas llamas olearias las flores de San Antonio. flota un instante. arden al igual que la llama del alcohol que corona el ponche de rom. casi no tienen corporidad. dan un efecto ígneo. como un vivero de fue- gos fatuos. espirituosas. Y como para contrastar. . EL LIBRO DEL T R ~ P I C O 43 Es la época de las quemas. Y el humo que de ellas s e escapa. y luego . sobre los oros ataba- cados de la roza.

co- mo una sangre inmacu1ada. caen.-Sangre de rosas blancas estrujadas. y se quiebran sordamente. suave como la seda y como ella lustrosa. sin esfuerzo y se quiebran. dejan escapar níveas vedijas de algo- d6n.44 ARTURO AMBROGI Sobre los desponjos del potrero. de un admirable tono de Siena quemada. Esas conchas (como de ala- bastro avejentado y marchito por la vecin- dad de los cirios ardientes de alguna capilla).) . las conchas de los tecomazuches. Es. un efecto lírico y maravilloso. Al rajarse a la manera de las granadas madu- ras. caen. sangre de hostias macha- cadas en un almirez de oro purijicado. brotando de las heridas. sangre de sacros lirios degollados. (Esa seda nevada produce sobre el dominan- te fondo de Siena quemado.

escarba y avienta el estiercol amon- tonado en un rincón talquitatoso. dormita el ga- llo. un en- iambre de patitos. menudos. En el b n d o del co- rral. ful e como un cuigu~ode sangre fresca. . entre la tibieza de la paja del caj6n des- fondado que hace las veces de ponedero. enca- ramada en la eanoa del agua. como un Califa prisionero. la gallina cumple la unica misi6n d e su vida. Su cresta de bermellón. mientras el pollo. levantando las cabecitas. s e apiflan Y chillan. me- dio desplumado. apaga su sed. con el plumón amarillo canario y el pico de alabastro. En la propincuidad del rancho. su caftAn avioletado y las alas despeinadas. insensible al sopor de la hora. mientras al pie del tronco labrado. como siempre. inquieto y revoltoso. posado sobre las cercas de cafla-brava que abru- ma la tramazón d e bejucosde campAnulas y defienden vallas de piede nido. Implorando una gota de frescura. vanido- so e inflado. de incipiente chorcha des- colorida. con su moco de un rojo de marafi6n caido. Solamente el chompipe s e pasea. Una pata.

.46 ARTURO AMBROGI (La música del silencio desarrolla su dail- motiv-. ese *hit-motivm que el oldo mas fino. no llega a percibir). mas sutil.

Al aojo de agua., cristalino y fresco, sola-
pado bajo la tupida frondade un sicagüite,
acude una muchacha con su cdntaro. E s ese
el lugar de !as citas para los enamorados d e
las vecindades. Rezume el agua de la tie-
rra barrosa. Rezume transFarente, pura,
encharcandose entre las manchas de berro
flotante, y los macizos d e hojas de Marta y
de corazdn sangriento. Sobre una piedra
lisa, guateada de musgo, yace un tarro de
morro. Cerca del tronco del i r b o l protec
tor, se extiende una alfombra de menuda
grama, como puesta adrede para que sirva
de reposadero a las parejas que alli van a
arrullarse. La muchacha llega. Coloca el
cantar0 a la orilla del venero, y comienza a
llenarlo poco a poco, cogiendo el agua con
el tarro. Detris de un zarzal, irrumpe un
silbido. En seguida, otro. La muchacha
suspende la operaci6n d e colmar s u cánta-
'0. Pasea la vista por todos lados, entre
Inquieta y recelosa. De pronto salta un
mozo por sobre la cerca, sostenihdose
en las ramas de un brot6n de tempate,

48 ARTURO AMBROGI
-
y va hacia la muchacha, que, tranquila ya,
le espera sonriente. Conversan en voz baja.
Los labios del gaRAn s e pegan al oido de la
moza. Ella mueve la cabeza, como dicien-
d 3 que no, ese no sobreentendido de la
mujer que accede. De pronto, el s e agacha,
y tomando el tarro abandonado, acaba de
llenar el cántaro. Lo levanta en vilo y s e
lo coloca en la cabeza A la muchacha, apo-
yado en el yagual. Despues, los dos, em
parejados, s e pierden por un sendero, ha-
cia el cercano mangal. Y antes de perder-
s e de vista tras un recodo del sendero,
todavía s e alcanza a ver a la muchacha
que mueve la cabeza, como diciendo que no.

A lo lejos, en la carretera polvorosa que
el sol inflama, y como figuras Únicas sobre
el lienzo de violenta luz, vese una carreta
que se arrastra fatigosamente, cargada de
lefia hasta los topes. Los bueyes que tiran
de ella, hincan en el polvo la pezuiia ruda e
inclinan la testuz bajo las gamellas dei
pesado yugo.
Se percibe, neto, ayudado el esfuerzo vi-
sual por la nitidez ambiente, el muslo que
contrae el esfuerzo y hace resaltar, bajo la
piel mojada por la transpiración, el arpa
de los recios nervios en tensión.

LA HlSTORlA DE LA .: CUTA S

.

Mere dejó que inamasc un instante. por los iímbitos del corral en que el ganado se apihaba. y metiendose bruscamente por entre las patas de la vaca. -Arria el ternero de la Cuta! La VOZ del corralero repercutió. Cuando vio que se aproxi- maba. el necesario para sacarle la leche a la Cuta. iívido.. El ternerito corrió. se prendib. . IlamAndole.A y va! Enrejilo bien ! . . el mugido s e trocó en un iiiurmullo carihoso. entre la niebla. Y despues. como un arrullamiento tierno e in- terminable. glotón. . Se removía como un . La Cuta lainia las ancas del ternerito con largos iengtietazos cos- Willeantes que hacia11 estremecerse. sonora. a las hinchadas ubres. tendida al viento la colita apenas poblada. brincando. mientras con los ojazos. la piel barciiia del manibn. de cuando en vez. a las primeras claridades del amanecer. pasole Un lazo por el cuello y le ató a las patas delan- teras de la vaca con nudo seguro. El ternerito hacia esfuerzos inauditos por soltarse y vol- ver a agarrar la teta. negros y húmedos. agarrándole por las orejas. La cría se acercaba a la inadrc que mu- gia tristeiiiente. avizoraba por todos lados. .

col6ric0. . sucedía lo propio que ahora.54 ARTURO AMBROGI condenado. Mere s e ras- kaba. Siem- p r J que le tocaba ordeiiar a la Cuta. Mere s c impacientaba.y. firme y fuerte como unas tenazas. las greiias indómitas. -Enjuicio!. la madre apisonaba el suelo m n las patas tra- 'seras. Mientras tanto. El ternero de la Cuta erajyn condenado1 ¡Vaya si lo era! Y la m d t e la misinisima cola de Judas! . a la vez que in- tentaba sujetar con su pufio de fierro. gritaba Mere iisestandole ru- dos pufletazos en el lomo. tirando infructuosamente d e la persoga que le sujetaba. la pata de la Cuta que apisonaba la tierra.

Una luz nacarada ribeteaba los picachos ingentes de las montafías. como una ramazón pe- lada. que traía rifa- gas de aromas vegetales : habia pasado por la montatia cercana. De la aglomeraci6n del ganado que esperaba su turno. las turgencias de las cer- canas colinas. las astas s e movian. Los gallos. contestaban los gallos . entre la que rumoreaba una cascada. y entre los aromas que aportaba. sobresalía el olor del cedro: un olor a caldo de frijoles negros. ascendía un fuerte hdlito aicaiino. Corria un vientecillo sutil y humedo. una arboleda. en que algunos filamentos de niebla flota- ban todavía. A los gallos cercanos. acusaba. en el cla- robscuro del amanecer. En una hondonada s e iba pera. la tierra s e amasaba con los esti6rcoles. En el cielo las estrellas iban extinguiendo- se una tras otra. El horizonte ibase aclaran- do. lanzaban sus clarinadas ensor- decedoras. En el suelo. tal como si hubiere llovido. Los mugidos rasgaban el ambiente mati- nal. lando con enkrgicos trazos. desde la sumidad de 10s Arboles. El relente de la noche habia empapado las piedras de las cercas. de notas claras y penetrantes. con irn- precisiones todavia.

conforme avanzaba el dia. . de un delicado car- min. cantaba una to- nada. cuyo canto parecía pasar por una sordina. y todavia más lejos. car- gadas de maíz. s e barnizaba de un color de salmon puntillado de granos de oro. El sitio por dopde el sol iba a salir. camino de la ciudad.De la carretera llegaba el chirrido de las ruedas de las carretas que pasaban. en el que las bra- sas fueran de un suave. . cuya letra apenas se. pero cuya rudimentaria melodía era inefable. otros aun. El mozo que guiaba la yunta. parecia el horno crepitante de una fragua. como un eco. entendia. El horizonte.56 ARTURO AMBROGI lejanos.

Mere, en el interin, s e desesperaba. Con
la Cuta no podia ni el mismo Diablo. ¡Con-
denada vacal Iba ya a amanecer del todo, y
faltaban quince animalas que ordeñar.
- Entimo l Veni a darme una manita por
vida fuyifa!
Entimo, un mozo pilongo, de holgada,
mugrienta camisa de manta americana y cu-
lera, cien veces remendada, s e acercó bos-
tezando; recogib del suelo un pedazo de
mecate, y entre el y Mere, manearon por
completo a la Cuta. Esta qued6 tranquila:
parecia petrificada.
-Ende s e mueve agora!
Mere, entonces, colocb bajo las ubres el
balde deslustrado por el uso, abollado por
tantos porrazos; y humedeciendo, primero,
con agua los blancuzcos pezones hinchados,
quiso comenzar a ordeñar. Se hacia impo-
sible la operaci6n. De las tetas apenas si
salla un chorrito que de pronto s e cortaba.
Mere rabiaba.
-Gran p -...,! ficondf?sla leche. Ya te la
v o sacar
~ a puros monazos!
Y tiraba, tiraba infructuosamente, acompa-
flando los tirones de rudos puiietazos en los
ijados. La Cuta no s e inmutaba: apenas
Pujaba.

58 ARTURO AMBROGI

La Cuta era la m i s tramadora d e todas
las vacas del Bonete. Siempre que le llegaba
su turno, sucedia lo propio: costaba un triun-
fo ordeñarla. Pero era, en compensación,
de las que mas rendian: ella solita llenaba
tres botellas vermuteras, y, a veces, un poco
mis. Era un verdadero prodigio. Nunca ha-
bia embarnecido.. . . por zangamangosa. Co-
mía cual si tuviese solitaria.. . . y cada ailo
daba a la patrona un ternero; casi nunca
terneras. Cuando la compraron en el sitio,
ya venia descornada del lado derecho.. . .
y era ya vaca famosa. Su dueilo, ño negro
Ostaquio, la vendi6 por huertera. ~SeAor,
lo que el pobre ño negro Ostaquio sufrió
con la cochina vaca l No había semana de
Dios en que no s e la llevaran al poste. Acon-
tecía que el pobre de ñonegro Ostaquio estaba
muy tranquilo volando cuma en su huatalito,
o sacando su poquito de arroz en la pila-
dera, o bien limpiando la canoa y mu-
dandole el agua a las gallinas, cuando
algún vecino, desde el camino, por sobre
el cerco de pifia, le largaba el notición:
-No Ostaquio! Me dijo ño Liandro qUe
la Cuta esta en el poste. Que vaya a sacarla.
-¡Sea por Dios!
Y el pobre viejo tenia que abandonarlo

EL LIBRO DEL TROPICO 59

todo, e irse al pueblo, renegando de la Cuta
por todo el camino, a pagar los catorce rea-
les de postaje e indemnizar los perjuicios
que la maldita había ocasionado.
-pero, maldital-la decía, como si la
vaca pudiera llegar a comprenderle -¿ Querks
acabar conmigo, gran b .. . .? Queres que
me quede en la calle por VOS!Pues estus
equivocadal Antes te mato a palos. Ya
vas P verlo, j. ...... I
Y en no mas llegando a su casa iba y
la amarraba en el patio, al pie de un
cara0 y regiindole unas cuantas tusas, reco-
gia la cuma, y s e iba a emprender de nuevo
latarea interrumpida, para ir al pueblo a li-
bertar a la vaca del poste infamante. Todo
ese dia la Cuta lo pasaba rumiando las tu-
sas, bajo el carao que apenas le defendia
del sol. La maldita parecía tan poquita cosa:
una mosquita muerta I A cualquiera s e le hu-
biera antojado que iio negro Ostaquio fuera un
tirano, un Juan Borgia, o un Chacareño (lo
mismo da para el caso), teniendo así aperso-
gada por todo un dia a la infeliz animalita.
A d a oración,. la soltaba. Por algunos días
la Cuta parecia enmendada; no le llegaban
quejas, ni cobros por perjuicios ocasionados
en alguna milpa; hasta que un día fatal, la
noticia volvia a llegarle transmitida por al-
gún vecino oficioso.
-¡Se acabó!-se dijo una vez, en que la
paciencia rebalsó la medida. Y encaminán-
dose al sitio, consumó el horrendo crimen:
la vental
La Cuta pasó a poder de la seffora. Fue
empotrerada. 1C6mo suspiró los primeros
dias la pobrecita! Pero no tuvo miis reme-
dio que resignarse.
Con el tiempo la Cuta llegó a ser perla
entre las mejores vacas del Bonete. Perla, por
10 lechera; pero no perla por su'comporta-
miento. No podia olvidar, ni a tiros, sus anti-

60 ARTURO AMBROGI

guas mañas. Cuando podía hacer de las su-
yas, lo hacía; pero salirse a vagabundear
j eso era ya imposible! Imposible l Paraíso
perdido para siempre, los Auatales cubiertos
de jugosa milpa, por los que un tiempo
discurría, ramoneando delicadamente, con
exigencias de gastrónomo, los tallos mas ape-
titosos, los m& tiernos, para ya satisfecha,
ir a echarse sobre la tierna alfombra y ador-
milarse, hastaque la sacaban de sus glorias, el
garrote vil y la infamante persoga. Los cer-
cos de alambre, de cinco hilos bien tensos,
echaban por tierra sus ensuefíos de libertad.
1 Todo concluido! Y la pobre Cuta s e aproxi-
maba al alambrado, y s e pasaba horas y horas
contemplando con Iionda nostalgia las prade-
ras extensas, libres, provocativas, por las
cuales, de cuando en vez, discurría una
yegua esquelCtica, a la que los tabanos ase-
diaban, y en cuyas orejas carcomidas las
garrapatas se anudaban en sartas, como
asquerosas arracadas. '

que s e había aproxima- do al ternerito para desatarlo. interminables. Parecia que aquella caricia brutal. Los chorros. Levantaban una capa de espuma espesa. y la agradeciese. Era el mayor. . El húmedo hociqtiillo de la bestezuela s e orla- ba de un cerco de bullente espuma y deja- . espuma blanquisima como la misma que despide el jab6n de almendras. Una vez. Una vez que hubo concluido. este se avalanzb. -Hoy vadarlo lleno. ruidosaniente.Hija de una.-inquieta. Caian. la Cuta soltó la leche que escondía. golpeaba con el testuz los ija- dos de la madre. que colmaba el recipien- te. resonando con fuerza con- tra el zinc del balde. simultáneos. el más desmedido elogio que Mere prodigaba a la pobre Cuta. La Cuta le lam-ia con largos. Cuando la leche no salia. Cabeceó como querien- do cornear a Merc.. La Cuta se removió. como esponjándola. y dejar li- bres las patas delanteras d e la Cuta. en un brusco estreme- cimiento nervioso. el corrale- ro soltó las patas traseras de la vaca. Sacudió la piel. sobre las ubres flácidas y comenz6 a manjar deses- perada. s e engrosaron. fuese de su agrado. sonoros lengüeta- 20s. EL LIBRO DEL T R ~ P I C O 61 -/------ fin y al cabo. ciego.

la espantaba en una brusca sacudida. un sutil hilillo de leche. Balanceaba el rabo medio pelado. a ambos lados del belfo. .62 ARTURO AMBROGI ba caer. Y cuando alguna mosca s e le paraba en el borde de la tiesa oreja.

exprimirsele hasta la ultima gota. . de as buenas. Era la Josca una vaca i' mansa. a la que no habia necesidad de manear para ordefiarla. Mere se preparaba a or- defiar a la osca. iY con una teta tan blandita1 Con la yema de los dedos podía sacArsele toda la leche. EL LIBRO DEL TRÓPICO 63 Mientras tanto.

.

DESPUES DEL CHAPARRON .

.

por entre el vellón de la grama. brillade nuevo el sol. en todo s e cuela. Es una claridad vaporosa. nos envolviera unos ins- tantes en su nevada y luego desapareciera. cuyo gris sucio comienzas aclararse Por 10sflecos. a todo presta relieve. poco a poco.raci- . va. Tiene la blande- za de una fugaz caricia. bajo aquella luz que d e lo alto se cierne y cae en intangible polvo de plata. Lo anega todo. paulatinzmente. y roza- ra nuestra piel. con cierta indolencia femenina. surge el primer rayo. Por los suelos. violento y ruido- so. pero no llega a entibiar ni tanto así. El campo. siibitamente. por los manchones de escobilla cons- telada de pringas blancas y los prietos. Hace el propio efecto de un aluvi6n de pétalos de ro- sas blancas que cayera. por entre las tupidas macollas de flor amarilla y de borrraja. Deslumbra. Despues del chaparrón. color de agua de manantial. todo lo denuncia o lo detalla. Detras de un nuba- rrón. Parece que esta claridad alguna mano leve y caprichosa la de- jase caer delo alto. pero no ofusca. revoloteante. impregnindose de deslumbradora claridad. como flecha de un arco escondido. por todas partes s e arrastra.

Y todo el arbol. y comunicando a la vez nueva alegria y nueva vida. entre las hojas de un verde de loro. y adornando prolijamente los retoaos con diademas de fabulosas gemas. de D' Annunzio). crepitan sordamente. ardiendo en silencio. sacudiendo los bo- tones. arafíando los troncos lacrados de verruga. va. la redondez de los frutos propicios. ascienden a la cima. prende un incendio de bermellones y de carmines.68 ARTURO AMBROGI mos de estrellas magentas de las maravillas. de puntillas. y al removerlas. poco a poco. que ruedan y se sepiiltan entre la grama produciendo chasquidos. Y sube por los Arboles. en los jardines que en sus ocios cultivan las tres Parcas: Clo- tho. Las menudas Ila- mas de las flores. Va la claridad reconquistando terreno. hace pensar en un gran ramillete de flores que Proserpina hubiese recogido a las ori- llas del Pyriphlegetbn. desgra- nan un copioso rosario de gotas. En el ra- maje de un granado (el ~ A r b o l Simbblico. Laquesis y Atropos. con delicadezas de enferme- ra. y vlgilan las ala- das Tisiphone. Sacude el viento las frondas con estremeci- mientos perezosos. en el prestigio del fuego. que magnifican el con- junto. Alecto y Meguera. lamen la hoja- rasca que las encuadra. para asaltar las ramas mojadas. o bajan hasta el pie del tronco. corren sobre la corteza. y cincela. . enjugando las hojas.

hasta llegar un momento en que su inten- sidad es tal. la cancidn indígena que ningún pentagrama ha podido aprisionar. la cola caída. levantado al cielo. la cabecita escorzada. s e atropellan unas a otras. y el pico.. Et LIBRO DEL--. principiada como con desidia. que parecen verdaderaavalancha. Una chillo- tu de cojetu.P I-C-O - 69 y-- E" la copa desmochada de un güac0~0. para escuchar el rumor de las arpas celestiales. De aquel si- tio surgen vivos reflejos ígneos. En ese momento s e pien- sa en que aquel buche repleto pudiera es- .~-. suspendiendo la música de su clavicordio. como azuza- das Por un litigo. La actitud de la chiltota e s interesante: una acti- tud de inspirada: Santa Cecilia. Las dos patitas del pdjaro estAn aparejadas sobre la rama qiie sc balancea a su peso. T-R. Es la canci6n del bienestar la que el músico piilalero ejecuta en aquel niomento. Las notas s e empujan. ruedan en loco tropel. y lo demuestra así: cantando. como el rabo de un fraque. agradece aquella niagnaniiiiidad. inipercepti- blenieiite. toda ilumiiiada por el sol que seca su plumaje. s e aceleran cada vez mAs.. Tiene tendido el cuello. Las notas de la cancibn. un pico (flauta de Ambar) desgrana las notas iniciales de una cancibn. diminuta flauta de un solo agujero y millones de notas.

y el trovador de los cercos. expirar en el pleno delirio de su loco reclamo. el alado ejecutante quisiera embriagarse en el deleitoso mosca- te1 de su canto. El canto de la chiltota colma y regocija el espacio. que s e atropellan al brotar del estrecho agujero del pico. en medio de aquel estupendo desbarajuste.70 ARTURO AMBROGI - tallar. brus- camente. que endulza su voz en el zumo agridulce de las piñuelas. Un momento mds. . Pero aquello es ahora algo ins6lito: e s una su- cesi6n de arpegios sin plan. chisporrotea a la luz.De repente el canto s e suspende. La chiltota despliegalas alas y las sacude. parece perder todo temor y empieza con más brío su interrumpida canción. La chiltota tiene clavados los ojitos en aquel sitio . s e diluye en el kter.se adivina un leve rumor sospechoso. Ojo avizor. sin transici6n alguna. y que aquella maravillosa garganta. murio de la lejana quebrada. tal como que si. d e gorgeos sin orden alguno. arrojadqs al viento como puaadas de arroz en sazon. Tal vez sea el arrastre cauteloso de alguna culebra. Todo su cuerpecito s e inmoviliza. o en el aljófar de los dorados cepillos del chupamiel. . no siendole posible resistir mds. ya perdida la conciencia. escudriña la tupidez del vecino matorral. apaga el leve mur- . Sobre la al- fombra de hojas humedas. como preparindose a volar. derrochados al capricho. De pron- to el ruido s e apaga. alza de nuevo la cabeza al cielo. llegaran a estallar en mil fragmentos. aquel pi- co prodigioso.

L A VEJEZ DE LA CEIBA .

.

. . La vieja Ceiba de los cuentos de las abuelitas. en el lugar preciso en que s e confunde con el camiiio que viene de la aldea. e n el lugar preciso en que s e confunde con el camino que viene de la aldea. O como un fabuloso Termino en el lidafio de la carretera. de paso para el aquelarre en algún perdido Broken tropical . La vieja Ceiba. . . En el lindaño de la carretera. lugar de cita de brujas ca- balgadoras y duendes saltarines. solitaria. . Alzase la vieja Ceiba. La vieja Ceiba. er- guida como un guardidn inmutable a la en- trada de la solemne Montaíía. tal vez dos veces cente- naria.

De algunas de sus ramas s61o queda. laborioso y tenaz del pAjaro. llegan a toda hora a picotearla. innumerables manchas blancas. Y de alto a abaio. Erguida. Su tronco. aislada. sucia. triste. el aspecto de la Ceiba e s desconsolador. Y cada golpe de viento .na hoja. De cresta roja (de un carmín tan puro co- mo el de la flor del platanillo). incontables parches verdosos. Y ese trabajo menudo. por milagro. nume- rosÓs' lamparones amarillentos. negruzcos. discurren los chejes diligentes. destachdose sobre el alegre fondo de las verduras y las afdientes cales d e los caminos. el c a s c a r h . buscando los gusanos. Por el tronco y por las ramas. adheridos a la corteza. Sin I. lleno esta de hondas cicatri- ces y nudosas protuberancias.74 ARTURO AMBROGI En medio del silencio y de la soledad. tatuan la corteza rofiosa. Y sus picotazos sue- nan en la madera carcomida. como los gol- pes sordos de un martillo remachando los últimos clavos de un ataúd. Alzase 12 vieja Ceiba. Gris. mina cada día mas el organismo de la Ceiba desamparada. el plum6n ceniciento y las alas plomizas rayadas de lis- tas carmesi.

y en la que. Alguna. entre las que ni la leve alegría de una descolorida flor s e atre- ve a romper aquella desoladora monotonía. De otras. sostenién- dose trabajosamente unas a otras. una lechuza fosca. en las su- midades. dividida por una rajadura. como horrible cicatriz de herida de machete. Otras Se entrecruzan. s e encorva hacia tierra. jorobada. apenas queda la mitad. . pasa todo el dia alisan- dose las plumas y sumida en hondas reflexio- nes. amuie- tandose mutuamente. En la cruz madre han encontrado lu- gar propicio en que prenderse unas cudntas parhitas melancblicas. tal como si fueran brazos mutilados. EL LIBRO -. DEL TR6PICO 75 parece que va a derribarlas.

como un fabuloso T h i i i i o dccadente. no la despierta In jociinda chiíchara de pollada alguna. de largo. los luceros compasivos la iluminan. se alza en la blancura de los caminos. muda coino un arpa descordada e inútil. Rajo la luz violenta del mcdio dia. como la Sigüanoba a los niilos. vuelta al viento Nor- te. por fea. algo como un gemido que saliese de muy hondo. Pasa por ella. como si la pobre Ceiba s e quejase.76 - .--ARTURO . es cuando ella produce algo indefinible. presintiendo el sosiego que s e acerca. des- cascarada. Es- panta a los phjaros. El viento no la acaricia. tal como en la leyenda la cornamenta del Sad-huzag. En la tarde tranquila. En la noche estrellada. mutilada.-- AMBROGI Sin una sola hoja. Por la mailana. cuando todo canta. Y en las noches tempestuo- . sin detcnerse un instante. . la sombra proyectada por sus ramas da el efecto de un caiigrejo desfigurado. prestiíndole un relieve fantástico. inútil. florecida de - setenticuatro mogotes. Los nidos también la han abandonado por vieja. arras- trfndose penosamente sobre la capa de polvo calizo. S610 cuando silba la tormenta. la pobrc Ceiba. de al u11 cangrejo diab6lico de pesadilla. la vieja Ceiba permanece sin un arrullo.

galanteada por todo 10 que vuela. s e ennegrese como el cielo. alta. contempla con melancolia el horizonte. Alli permaneceri. de los chejes inquietos y laboriosos. cubierta de musgos. y ve lo que ahora es. Y la luz de los relimpagos la ensan- grienta y la lluvia la empapa. res- quebrajada. La vieja Ceiba tiene recuerdos. En medio de su descendencia. erguida todavia. envidia el triunfo de los arboles jbvenes. Y alli permaneceri. . fija en su sitio. siente la gloria de los pijaros li- bres. galaneada por todo lo quc vuela. Pue joven ceiba. y seguramen- te. han poblado con sus millares de den Sos follajes el radio de muchas leguas. refugio de dormilo- nas lechuzas y de dorados escuerzos. como de un sudario funeral.. EL LIBRO DEL T R ~ P ~ C O 77 - todas de betún. Por la tarde. alguna brisa compasiva debe traerle caricias d e aquellos verdes brotes de su sangre. en sus gallar- dias de Ceiba nueva. y madre e s d e una generaci6n de ceibas nuevas. pico de acero. desmenuzada en lento y menudo suplicio por el pico voraz y firme. desgarbada. como cualquier abuela arrinconada. . Fecunda. en el lugar preciso en que s e con- funde con el camino que viene de la aldea. con indecible melancolia. piensa en lo que fue. acha- cosa. solitaria. cuando las cenizas del crepus- culo apagan las ultimas púrpuras de la gran hemorragia solar. Tiene recuerdos seguramente. arroj6 semillas. que. a su vez. agoniza la abucla. en el lindafio de la carretera. gustari de removerlos. sin una sola hoja. triste. sin una roja flor en las axi- las de sus ramas. y harmoniosa en sus buenos dias pasados. de lejos. La pobre Ceiba. sin el amago tan siquiera dc una de las piflas escamosas que un tiem- Po la esmaltaron como un suntuoso aderezo.

y despedazada. ir a arder al poyo de la cocina de alguna de esas vieje- citas canas que. . de paso. en sus cuentos inocentes. esperando la hora fatal en la que el filo de las hachas la derribe. abandonada. Alli permanecerá. solitaria. hecha rajas. hablan de ella en un ingenuo lenguaje lleno de imágenes pintorescas. como de un lugar de cita de brujas cabalgadoras y duendes saltarines. al aquela- rre de algun apartado negro Broken tropical. sucia. en caravana. triste. gris.

LA CULEBRA .

.

Van los tiradores. Van. avizorantes. como lagunetas sienosas en- medio del sembrado. uniforme. escopeta al hom- bro. les aturde. ri- tornizando el motivo hasta la monotonia. que hace arder. en oleadas mudas de blondas llamas. que esa uniformidad magnifica s e ve inte- rrumpida por el abierto parasol verde de algún Arbol. el desplegado. el infinito mar de espigas maduras. los cinco. mochila al riflbn. E s apenas. Van los cinco. van el uno trae el otro los cinco tiradores. los terrones se van desmenuzando. Bajo las suelas de las botas. los cinco. Por el angosto sendero. repitiendo. el uno tras el otro. que no podriamos precisar. por el angosto sen- dero trazado en el arrozal. de Oriente a Poniente. Es un sol implacable. Ningún soplo agita aque- lla masa. El sol. cau- telosos. Los terrones así tritu- 6 . En cierto de ellos. de trecho lejano en trecho lejano. cayendo a plomo. interminable. Y nada más. bravio. El arrozal duerme su siesta de oro. Tranquilo. hurgando entre los escasos claros que la siega ya emprendida va dejando. un pAjaro gorgoriza chliuuy chiiuuuuyyy joojuiiiii.

Las tortolitas. sonando en sus oídos bajo aquel sol. saltan de entre la apre- tura de las espigas. dando un salto atras: -1 La culebra l Súbitaniente. esos redondos ojillos. como si el fluido de los oji- llos de las serpientes. y ese crujido seco y Aspero. perdidos entre aquel mar de espigasdora- das. De pronto. del color de lodo pútrido. las pei'eneras. se expande. Alguna parvada s e alza. algún tor- do prieto entreverado. y como erizadas . al través de las nieblas que. grita. secas y redondas. desfilan oor su memoria. En el riiichsss raaachsss de abanico de su vuelo hay algo de risa burlesca. súbita. sin dejar tiempo a que ninguno de los cinco ti- radores requiera la escopeta y haga fuego. distancian la epoca en que las fábulas s e desarrollaron. -1 La culebra 1 La palabra. los cinco bus- canan'siosos. por la diafanidad del aiii- biente. como oetrificados oor el terror.82 ARTURO AMBROGl rados. sien- ten que por todo cl cuerpo. e'spontdneamen- te. fijos en ellos. Sin dar un paso. Las ven. En medio del claro. enrollada formando algo como un yagual. al desembocar en un claro. los ci:ico tiradores que son ne6Rtos en estos trances cinegkticos. atrooellAndose. todas las 'historias en que la's culebras protagonizan. con precisión admirable. con una nitidez sorpren- dente. los cinco tiradores que han venido desde el pueblo a una cacería en la hacienda. bajo la piel. y parecen burlarse de los buenos hombres. listada d e rojo. sonoro. condensándose en el tiempo. menuditos y dominadores. esas historias. crujen. las turcas. estuviesen fijos. el mozo que los guía. hipnotizales. Y sin esfuerzo. las escamas de un irradiar crista- Ilno. está la culebra. les corre un vivisimo escalofrío. Ne- grusca.

comenzó a desenrollarse. sin que nada pudiera estorbár- selo. hin- chándose. De pronto. repercu- tiendo como un petardo. El. larga y delga- da. a la manera de dos ónices tallados. EL LIBRO DEL T R ~ P I C O 83 - por un susto. Iba a escapar. como una apetitosa albondiguilla. preparándola para engullirsela perfectamente. perfectaniente. envolvihdolos. afilado. Se complace en hacerle a la pobre gallinita gris. Los ojos sin párpados de la culebra brillan redondos. Punz6n de su cola. Sienten to- dos aquella mirada fluyendo sobre ellos. en las blanduras de la siesta. Parece querer ponerse de pies. para ir en seguida a digerirla. apresándolos como en los hilos tramados de una red. Se extendía sobre las espigas conio una S inicial. está ocupada en preparar comida. inocente comedora de gusanos y de hormi- gas. En el instante en el cual los tiradores la sorprendieron. el movi- miento contráctil de todo su largo cuerpo nervioso. mordiendo en sus carnes como un vitriolo. mis- teriosa. brilla como el . Los anillos s e desplegaron. aquella mirada aguda. Era la presa gastron6inica una pobre gallinita montes. La sienten casi física. echada sobre algunas espigas olvidadas. iba seguraniente a tragar- se la pieza. Se advirti6 en ella. dolorosa. La culebra s e estira rápidamente. Se la ve moverse. fijos eii el grupo que forniaii los cinco tiradores. en algún lugar seguro. cual si sospechase un ataque. alizábale las plumas con cuidado- so esniero. ondulante como un 18- tigo. a desenrollarse. atrayente. bifurcada en el extremo como vidente infernal. satisfeclia. Súbito. suena un tiro. una S gótica sobre el pergamino amarillento de un viejo infolio. un diligente y fúnebre aderezo. gorda para su desgracia. Lamiala por to- dos lados con lengua voraz. gris conio una pe- lota de ceniza amasada.

sutilizada. que se aleja ni& y mis. toda húmeda. internarse en lo tupido del arrozal. ARTURO AMBROGI extremo de un bisturí. redonda como una 0. en el destello cegador de una faceta herida de firme Dor la luz. en su cabecita cha ta. la pobre gallinita gris que- da abandonada. mientras la culebra se arrastra. Una ansia cier- ta de venganza ia llenaba. se la ve arrastrarse penosamente. se arrastra penosamente. la boca se abría desmensuradaiiiente. En el claro.84 -.'parece que va a saltar. fina. pero de pronto. Aauietándose un momen- io sobre las espigas. casi se borra por la rapidez del moviniien- to. si la alcanza a fuerza de penosas fatigas. Por un momento oareció decidirse. y la lengiicta coinien- za a agitarse. Se percibe perfectamen- te el arrastre claudicante y angustioso de aquel largo cuerpo herido que se aleja. y va a morir en su cueva. . a agitarse. se interna cada vez más en aquel mar de espigas. resuelta a todo. lista para el bocado. o solamente procurando alcanzar refugio final al abrigo de alguna macolla quemada.

LA VfSPERA DEL D ~ ADE LA CRUZ .

.

o bien. estdn las frutas. en amarillentas cestas d e esparto. Apiñadas en grandes canastas de caiia. en cofines de palma. estan las flores que los campos envian. en pequefías bateas d e madera sin pulir y en abollados cuencos de hojalata. en riisticos huacales de morro. en esta gloriosa mañana del mes de mayo. sobre el cemento de los andenes o sobre el empedrado de las calles. en fla- mantes canastillas de junco. . sin orden ni simetría alguna. des- pai ramadas. para conmemorar la Invención de la Santa Cruz.

grue- sas. apiladas en desorden. en gajo de hojas coriAceas. Ahi estAn las ramas de macu- lishuat. Hay tam- bien una infinita variedad d e parzlsitas. como moldeadas en cera. los trincheros de helechos y de musgos. de hojas menudas. cons- telada de corimbos de menudas florecillas d e un lila Alli estAn las ramas d e mamey. las ramas. los des- pojos de los Arboles. La ruda carga el ambiente matinal con su$ . con sus florones de ho- jas elipticas. primeramente. las macollas de palmas silvestres. en montones. estdn las ramas d e pino. anchas y lustrosas. suplantadas las hojas por los vis- tosos racimos de flores. a la manera de las alas de los murcielagos. con sus hojas persistentes. s e ven. e s t h las haces de palmas de coco. con sus hojas en escobillones de cerda tenida en verde de cardenillo. Alll están las ramas de aceituno. con el reves entrecruzado de nervios. Allí está la rama de laurel.88 ARTURO AMBROGI Alli. en forma de ginetas. Alli t a m b i h . en anudadas gavillas. Alli. junto al pue- blo de las ramas. rosadas como las flores del cerezo. Allí la rama de paraiso. de hojas d e quequeisque y d e pacaya. de un verde lus- troso y cristalino. de un verde soinbrio. puntiagudas.

negros como el azabache. extendidas en sus entreabiertas vai- nas de cuero. En un puesto. sueltos O en racimos. Los capulines monteses. están en la vecindad de las rimas de uvas silvestres. Los cocos s e amon- tonan. mientras el pie de nino luce el metal repujado de sus hojas en forma de lancetas. Los terrosos mameyes. EL LIBRO DEL T R ~ P I c O 89 acres efluvios medicinales. como pilas de bombas de una artiileria de glotones. de las hendidas Papayas. de las Paternas.naranjas. de los matates de güiscoyoles. los rubies de sus pepitas. sobre la seda del fondo. frescas aún despues de una grandiosa carniceria. de las sandias. de las f l o r e ~de corozo. ya de un tinte de hez de vino tinto. o en un eri- zamiento de lanzas indigenas. y los granulentos zapotes funden sus aromas mielosos en la onda fuerte. a traves de cuya piel tras- lucida s e adivina la carne d e un amarillo . prendidos y orde- nados en ringlas. como estu- ches de cuero amarillo que dejasen adivinar. De las entrecruzadas ca- Íiabravas de una ramada improvisada. de un negro cambiante del abenuz. Las granadas rajan su cáscara. de las doradas . con su corona de. picante y obstinada de los me- lones de Castilla. de los marafiones rojos y amarillos. las sartas de flores de la cruz. de las pifias escamo- sasp requemadas. Ei car- min y la laca de los mangos contrastan con el oro encendido de las naranjas. conlo sangrando bermellbn. con sus se- millas de pedernal. hojas. los hacen pensar en un anudamiento de langostas de mar. amontonados como perdigones sobre un lecho de húmeda hoja de plhtano. ya de un blanco amarfilado. el esmalte verde de las limas y el rojo de cardenal de las sabrosas pitahayas. junto a una espesa y nutrida alfombra de güisco- yoles. cuel- gan en hamaca. dc los matasanos. de los oblongos melones de Castilla.

llenas de piias. una tira de lienzo blanco. s e al- zan cruces de madera pintadas de un verde chillón. a grito pelado: -Oro y plata! Oro y plafa! Al que contesta al otro extremo de la calle. chonchos color d e violeta. a las sartas de estefa- notes. los chonchos frescos. chonchos rosados. . anuncia. rematados por una prin- ga amarillo canario. . de los icacos. destilando miel. a los cla- veles de cambray. El ruido es ensordecedor. de las pi- tarrias. con blancura d e concha marina. con una tombilla colgada al brazo.CJO ARTURO AMBROGl azufroso. . atareadas las sirvientas. formada apenas por tres telitas corno párpados fatigados. de los jocotes. Van y vienen. revueltos a la plebe de las campa- nillas. con sus pistilos bermejos.A medio el vaso! ¿Quit!n quiere? Y luego : -Las cruces! Las cruces! ofrece una vendedora... . la corona de Jesús. . d e los caraos. a los bejucos de chilillo. de capu- llos como cuentas de rosario. la colacidn. una voz masculina: -La chipiona!. sosteniendo. Y junto a ese mare magnum. El fresco de Jerusalén! . chonchos blancos. concluyendo de col- mar sus canastas.. . transparentes. asperjados de rocío. de los racimos de guineos. Una mujer. redondos. como si perpetua- ra. el jugo de la Sangre del Redentor. ma- jenta. otras ribeteadas de un oro todavía más detonan- te que el verde. como serpientes despuntadas. de los plateados caimitos. arregladas sobre una mesa. al través de los siglos. desde su puesto en el que. esponjados. unas desnudas por completo. con su pie de corniza pintada de rojo.. cru- zadas sobre los brazos labrados a escoplo. otras. los quiebra- cajefes. de las guandbanas.

EL APORREO DEL ARROZ .

.

A anibos lados de la plazoleta. La plazoleta es de forma cuadran- gular. de la mies a la plazoleta. . El aporreo del arroz va a dar principio. van api- lindose las primeras gavillas que llegan. unas cancio- nes iiifiltradas de cierto dejo de tristeza. y en ella rebota. van elevándose a uno y otro lado sendas trincheras doradas. Es una procesibn. alternan las canciones. Con las risas. rever- berante. sobre la su- perficie barrosa. Sil piso está perfectamente limpio y hollado. El sol. y que tienen motivos que nunca concluyen. En uno de los flancos del arrozal. Poco a poco. de la plazoleta a la mies. cae de plano. conforme van llegando mAs y más gavillas. la plazoleta Iia sido labrada a fuerza de aza- d6n.

horra de paredes.94 ARTURO AMBROOI *** En medio de la ~lazoleta. Pero la earita de los a~orreadores está horra de techo. Todavía no luce al sol su caperuza. . para con ellas envolver la armazón de varas entre- tejida de bejucos. han levantado la garita. Hay que esperar las primeras espigas desgranadas.

EL LIBRO DEL T R ~ P I C O 95 - Comienza el aporreo. al aire el torso vigoroso. y formando al tacto los puiiados. y cada uno toma su haz. Cae alguna campánula magullada. y los van sacudiendo. al retirarlos. maquinalmente. se- parando las espigas. van a las pilas de mies. Alguna rosada bolita de zarza s e despenica. los le- vantan. con los bra- zos sumergidos hasta los codos en la masa dorada y crujiente. Alguna bo- rraja menuda s e desprende. LOS dos aporreadores. va. Cada cual. . Luego.

y van soltando el grano. Los aporreadores aperciben las gavillas. Las gavillas caen. mullida alfombra. en copiosa lluvia. Las pepitas deoro saltan rebotan. En alto. . alternativamente. Las pepitas s e van colando por entre las flexibles varas del tapexco. sobre la tierra gredosa. y forman . blandida por sobre las cabezas. caen. las gavillas resplandecen como cegadoras oriflamas.

que se dobla y muere. Oro en la espiga. rebota. segando. EL LIBRO DEL T R ~ P I C O 97 En el entretando. que inan- tiene compacto Ja tramaz6n de raíces de la grama. Oro hasta en las perlas de sudor que van chorreando por la piel atezada de los se- gadores. La fiesta del oro esta en su apogeo. en que que cada arista es un nidal de chispas. y brilla al rededor de la garita. El sol. Oro en el terrón del surco. un sol fogoso e ind6mit0. cho- rrea su lujiiria sobre el paisaje. Oro en las gavillas amontonadas. Oro en el cielo rezumando crudo afiil. y caen. como un en- jambre de abejas zumbando al contorno de una colmena. La fiesta del oro este en todo su apogeo! . Hay oro en el grano que salta. Oro en el filo de las hoces que se ele- van. el amornento~estival ha llegado a su mhximo esplendor. La hora meridiana se avecina.

. Y nada. nada mds que las chicharras. las chicharras (la unica nota viviente en medio de este fastuoso paisaje estival) atruenan el espacio con su estridente canturria.98 ARTURO AMBROGI y Y como para darle mayor esplendor al festival pagano.

los porrazos de sus ruedas en los hondos relejes que otras ruedas han labrado en el estrecho sendero. va quedando limpia. chirrian. muy a lo lejos. Van los aporreadores. Ya se oyen. 10s segadores. van recogiendo el grano. irrumpen por entre los callosos dedos. deun momento aotro. al acaso. La carretavaa llegar. concreta sus rayos en un gran halo tibio. Uno que otro rnontoncito queda. van los sega- dores. paulatinamente. van los astrosos muchachuelos. se aunan para en- costalar el grano. hasta colmar los cos- tales. los segadores. y derramdndolo dentro. Y los aporreadores. los segadores regresan.y- -- EL LIBRO DEL TRÓPICO P -. los astrosos muchachuelos. ho- llando sobre aquel mullido tapiz. La plazoleta es una sola montafia de gra- nos. El costal despliega su bocaza entre las puercas manos que la distienden. Salpicando con su caliente brochazo el piso . al herir de soslayo. cuando ya el sol. Con huacales los aporreadores. van siendo apilados a un lado. Quedan listos para ser chequeados y cargados. La plazoleta. Los gra- nos crujen. bajo la planta desnuda.-----99 Próximo el tramonto. con las ultimas gavillas. Una vez cosidos estos.

los vacíos mafafcs. La escoba viene entonces. arrastrando los granos dispersos. Los porrazos de las ruedas en los hondos relejes. La carreta se aleja. Se perciben tambien los crujidos del eje. se encaraman ellos tambien. de la plazoleta del arrozal puede dis- tinguirse claramente. los segadores. mezclado a los granos. los huacales. Van apildndose en ella los costales henchidos. alguna campinula magullada . los aporreadores. Se percibe. hasta juntarlo todo cn un solo monton. mis sonorosos. el estruendo de su fatigoso arrastre. las palas. que un carbón ha marcado con una cruz. borra- jas marchitas. son ahora mas fuertes. hojas mustias. Ya va muy lejos la carreta.. alguno rosada borlita dc zarza. guijarros. el chirrido de las coyundas en el yugo. las ho- ces. La carreta ha llegado. las astrosos muchachuelos. . y va barriendo esos montoncitos. se amontonan los azadones. ya va Ilegan- do casi a la casa de la hacienda. en el que se adivinan. además.1ocI ARTURO AMBROGI barroso.. las cumas. Y encima. y toda- vía. Y sobre los cos- tales. recogiendo. restos de cañas.

Van llegando las torcaces. La plazoleta s e llena entonces de plumones sacudidos. La superficie del piso barroso. A pesar del barrido. -- La plazoleta ha quedado sola. Llega. del que el sol se ha retirado.----. van llegando las peteneras. hasta la humilde y tímida tortolilla. EL LIBRO DEL T R ~ P I C O 101 --. Llegan las gustumonas. de alas agitadas. silenciosa. Llegan las turcas. . Atraidos por ellos... algunos granos que- dan aun dispersos. de arrullos quedos . cobra un tono opaco.

Va a entrar también en la som- bra. .102 ARTURO AMBROGl -\ El sol ensangrienta las peladas crestas de las montaiías. Algu- nos estratos s e empapan en el oro solar. Es ahora el discreto modular de unos zenzontles. de dentro para fuera. entra en el reposo. y parece arder. Sobre el surco. La noche va a llegar. El arrozal desangrado. Duermen las espigas sentenciadas a muerte. olvidadas. Las chicharras han enmudecido. el que ha sustituido al estridente chirriar de las chicharras. La noche s e avecina. El horizonte e s de ar- diente carmín. yacen algunas aban- donadas. Es de violeta nacarado.

LAS PRIMERAS LLUVIAS DE MAYO .

.

desprendihdose de 10 alto. fruida. a ponerse ceniciento. a en- negrecerse. ávida. ha principiado a correr una brisa hu- meda. dilataba. han comenzado a apedrar la tierra. a levantar remolinos de polvo y arrastrar avalanchas de hojas secas. y el cielo. de un intenso aAil. De pronto. ha caído esta tarde. Hasta bien entrada la noche ha estado diluviando. Y cuando 10s grifos celestes han dejado de derramar- se. La luz cobriza de los relámpagos ha hecho hendeduras profundas en el espacio grumoso.bruscamente. impregnada del aroma de la tierra . despues de todo un día de calor exasperante. Y la Ilu- via ha principiado a caer. . En seguida. en inmensos bloques. ha comenzado a descolorarse. por último. Han sido prime- ramente unos cuantos goterones los que. Ha Co- menzado el viento a sacudir los follajes. La primer lluvia de Mayo. Ha llovido lar- ga. el sol s e h a ocultado. se hartaba de frescura. interminablemente. el goteri0 se ha tornado en copioso aluvión. Se ha cargado de nubes ollinosas que s e amontonan en el horizonte. Ha caído . La tierra se esponjaba.sus p0- '0s.

limpio de nubarrones. . El cielo. ha cobrado una diifana pureza.106 ARTURO AMBROGI mojada y de las emanaciones de las hojas redivivas. Y entre el raigambre de viejos troncos los grillos han principiado a estridular.

el uno pegado al otro. vhseles ca- minando. que reponer otras. La rigidez de las coyundas ha sido laxada a fuerza de unto. va desflorando la tierra blancuzca. caminando con placidez bíblica. los terrones s e han ablandado con la lluvia. como siempre. los mozos han preparado los aparejos de los arados. En los barbechos. Ha habi- do que cambiar algunas rejas desgastadas por el uso. dos bueyes ove- ros. como en el afio anterior. haciendo brotar de las incisiones la tierra . Revisados y brufiidos los arados. mansos y sufridos. regido Por la mano tosca y el forzudo brazo de Antolín. De nuevo. con el alba que pintaba. La aradura ha principiado por las hazas del Pepeto. Ahora son de ma- dera de huachipilin. Los yugos ha habido que hacerlos de nuevo. Han ido a la faena el Tordito y el Lucero. y perfectamente labrados. comidas por el orín. Hay que prepararlas para sem- brar ocho medios d e maíz. Durante la tarde de ayer. EL LIBRO DEL T R ~ P I C O _____-- La labor de labrar las tierras ha dado principio muy de mafianita. Las puntas de las puyas han sido sutilizadas. en el corredor de la casa. Bastante livianos. porque los viejos resulta- ban demasiado pesados. Y el arado.

y al gulusmeo de algún grano caído al descuido. que s e ríen del espantajo puesto en medio del sembrado. pelada hacia las ancas. tarda. como machete que s e ensaña en la honda llaga. por segunda vez a pasar el arado. tres granos. destripan los te- rrones y empujan la tierra al surco. en parva. el ojo redondo y de tierna expresión clavado en tierra. sobre los campos. van re- gando la semilla. con el talón. Queda el campo cubierto d e surcos paralelos. Antolín tiene apenas que estimular su yunta. babeantes los lus- trosos belfos. paso a paso. en una de las cuales la fi- gura de los fierros anuda sus geroglíficos. tres granos. van. Una vez caído el grano. La armazón de las costillas realza bajo la piel. caen en pandillas. Cuando el brote des- punta.108 ARTURO AMBROGI - negra y fecunda. Ella va. oprimen ligeramente el sitio y prosiguen en su labor sin volver la vista atrás. o en correcta y ceremoniosa fila. Tordito y Lucero e s un par de bueyes inrnejo- rables. los dos sembradores que le siguen. Vuelve. esta vez. calmo- sa. son los que en esta época. a brin- cos. en revoloteos cortos y a flor de tierra. en verdadera avalancha. todos los años. toca la ini- ciación de la aradura. Ha llegado su desvergüenza y su cinismo a grado tal. dan que hacer a los pobres labradores. como man- darines chinescos. cubriendo el campo como con una enorme tela de mullido terciopelo. En un tarro llevan el maíz. Ellos. A ellos. los endiablados clarineros. en un movimiento rdpido. o por si s e puede rapifiar alguno mal sepulto. abiertos como heridas exangües. para hacer de las suyas. Y tras Antolin. T r a s el grupo. tres granos. y toda la demás canalla de la pluma. El medio m& . Agarran el puñado y van dejando caer. la testuz abrumada. al- ternativamente. con el pie. En seguida.

es la municibn. A tiro limpio los campesinos logran salvar sus siembras de los picos de esos voraces desarrapados. . EL LIBRO DEL T R ~ P I c o 109 / eficaz de hacerles emigrar. y que s e em- plea mucho por este valle.

o el arrastre d e una culebra. Patinan sobr. el paso furtivo de un conejo. Y en la hojarasca s e quiebra en mil reflejos cristalinos la luz de un sol que. no tienen ya ese crugido misterioso de antes. Ba- jo los brefiales. Los árboles gotean. limosas. entre las hierbas locas. Sobre su lámina. al chocar con los tallos d e los berros que en apretujadas manchas esmaltan las orillas. que los últimos vientos del verano arrancaron de las ramas de los aglomeradas en tierra.no llega a calentar. Al rededor d e e l o s insectos s e v a formando una serie de circulos concéntricos que s e ensanchan paulatinamente.).ojo de agua.e ella insectos que arrugan las aguas tran uilas con sus largas patas. hasta bo- rrarse. Las hojas secas. . hasta quebrarse. no puede copiarse el retazo de cielo que apenas dejan pasar los ramajes encorvados ni las grandes hojas carnosas de quequeishque que lo circuyen. removidas por las tormentas nocturnas. Las claras y transparentes linfas del . y se convirtiéndose en abono. como esponjas hen- chidas. marzíia Iia reverdecido. amanecen turbias.

lleno de viento. una a una. la pandilla de pdjaros caseros. lustrosas. hace palpitar. cuajadas de nidos mojados. que trae remolinos de hojas se- cas y efluvios de azufre. tiene el goterio vibracio- nes de parche guerrero. EL LIBRO DEL TRÓPICO 11 1 Las primeras lluvias de Mayo pueblan las cercas de campanillas vistosas y prolíficas. brusco. enseña sus desnudas ramas. como si se desvistie- se con la neglicencia de una anciana acha- cosa. como esmaltadas. Sobre las hojas del platanar. a cuya vera cantan des- pepitdndose. . Y el chaparr6n crepuscular. que se ha desprendido de sus hojas. mientras remueven el plumaje y esponjan las alas. los airones del cafla- veral. en infinitas ondulaciones. La vieja ceiba.

despues de haber derro- chado en las frondas el tesoro de sus aromas. hacen irrumpir sus gajos de capullos de rosada nieve. bajo el cielo azul. . Florean los naranjos de las calles silenciosas. A los aleros de las casas llegan las golondrinas a guarecerse de las lluvias. y cubre de un manto de flores. Los ma- drecacaos. en medio de la plaza.112 ARTURO AMBROGI - En el pueblo son las primeras lluvias de Mayo las que traen la fiesta de la Virgen. Los azahares maduros. sus toscos altares. agrupados alrededor de la pila. caen. se parapetan los gorrio- nes. Las parvadas de albas palomas pasan. de un bosque de hojas. o van en guirnaldas de nítida blancura a oprimir la frente de las muchachas ena- moradas que celebran sus nupcias. En el encalado campanario que domina los techos con su tosca arquitectura. La humilde iglesita echa a vuelo las dos unicas y tartajosas campanas de su torre enjalbe- gada.

LA SIESTA DE LOS ZOPILOTES .

.

Cae a plomo. Los z o ~ i l o t e sdormitan. doblan el cuello. abrumados por el ardor canicular. las manchas intensas y uniformes. Y las manchas negras de su plumaje. y hiere las aristas de 19s cantos. s e dejan vencer por el sopor que fluye de la atmbsfera. coronando el tronco como los ocho tenthculos d e un pulpo. despojhdo- le de todas sus hojas hasta dejarlo mondo. sobre el fondo de indigo del cielo diafano y transparente. han sofrenado su vuelo. despiadados. y. escalon8ndose d e una manera simktrica en las ramas del viejo carao. Los zopilotes. ya acomodados en las ramas del viejo carao. zabullen la cabeza bajo las alas medio desplumadas y se quedan inm6viles. . s e destacan. netas. 10s aflos han ido. y es así que sus ramas s e extienden retor- cldas. Los zopilotes dormitan. e1 sol cae a plomo sobre el Cantizal. atormentadas. jadeantes. su vuelo tardo y solemne. los filos de los guijarros rodantes. LOS zopilotes s e han detenido. A l carao en que los zopilotes s e refugian. Mientras tanto. Los zopilotes.

reverbera en la arena como sobre una 18- mina de antimonio. salpicados por las manchas de las defecaciones de los zopilo- tes. Las pencas han perdido su barniz. los techos plomizos del Rastro. cefiida a su desnudez. re- secas. A la vera del cantizal. y en las que los frutos s e enraciman cual pifia de pequefíos erizos en los extremos de las ramas. No son más que guarida de lagartijas y garrobos. Ingrato e s el sitio. por toda vegetación. Y en medio del ardor canicular. Cae. s e columbran las paredes lechosas. corre el cerco de pifia. nudosas co- mo cafiutos. siguiendo sus quiebres. y es muy raro que de entre ellas irrumpa algún piijaro. la gaya caricia de las enreda- deras. . unas cuantas higueras silvestres. s e yerguen. los zopilotes dormitan. unas cuantas matas de izotes. se agarran a las laderas calichosas. telaratlosas. a la vera del cantizal. En el entretanto. en el que apenas. todos impregnados de polvo. el olfato percibe. Por entre los ramajes deshojados. como los cercos montaileros. que es el antiguo cauce labrado por las torrentadas que bajan del Volcán. entre los peaascos arenosos. calcando todas sus curvas y todas sus irregularidades. El cerco está enrarecido. y no sien- ten.116 ARTURO AMBROGI - arrancándoles cegadores destellos. Deslustradas por la costra de polvo recalcitrante. como marafia de lanzas oxidadas. un acre olor de sangre. como un zahumerio.

LA TORMENTA .

.

Después del incendio del mediodía. su tersura. un color mate. Y e s una. como va empalideciendose. momentos antes de un intenso azul de Prusia. una tersura pizarrosa. tal vez de un azul más hondo. Y en el rescoldo. E s su color. En el preciso instante de extinguirse la pira solar. Todo el cielo s e presenta ahora . paulatinamente. Han sido las llamas voraces las que pri- mero se han extinguido. ha ido amenguando la intensidad de su hoguera. en- tre las cenizas. pero siem- pre ese color es azul. por grados. el sol. para acabar concretandose en un delicado gris de perla. En seguida ese azul siCnte- se contaminado. Se ve morir el azul. más azul que antes. como nidal de inflamados corales. queda el cielo como en suspenso. El azul del cielo. ha comenzado a descolorarse. como va. como atónito. agotándose. Vese. que pasa Por una escala descendente de matices. E s un azul sordo. inexpresivo. perfectamente. deliciosa agonia la d e aquel tono. como al poderoso soplo de un gigante. crepitantes. han sido entonces las bra- sas las que s e han quedado. Pero a ese azul le falta transparencia.

Sbrdido. La perla parece haber enfermado. Es. hasta llegar. El gris de perla. Ese gris. No perdura. es ya un gris de ceniza. va ensuciando su oriente. sin el mis leve. un cielo de duelo.120 ARTURO AMBROCI como una enorme perla. de ceniza de tabaco ordinario. entonces. sin embargo. todo. Pero es una perla opaca. ese aspecto otofial. sin el m& insig- nificante reflejo. se intensa mis y mis a cada instante. a convertirse en un tono de plombajina. en cuyo seno tenebroso siéntese que se estd fraguando algo espantoso. . hermktico.

Forman extensos chales. . toman cuerpo. se compactan. columnillas de humo como escapadas de misterioso pebetero. se densifi- can hasta llegar a formar nubes. Algunas logran escapar a la formidable succión. van revol- viendo. cuando ya se disgregan. son absorbidas. casi transparentes. al acaso. Y esas vagan un ins- tante. comienzan a surgir columnillas de humo. en que esos vaporosos retales. como raigones de alguna gasa. como la gota de tinta por un secante. No bien surgen. que resaltan blancuzcas. no bien ascienden. nubes que cobran colosales proporciones. que a su vez se extienden. van enredando sus livianas gue- dejas. EL LIBRO DEL TROPICO 121 * * Por detrds de la cadena de montafías aue a&rallan el horizonte. incier- tas un tanto. so- bre el uniforme fondo obscuro del cielo. nubes. Son frigiles esas columnillas en espiral. Van intensificiindose. Llega la hora en que esos raigones.

como s i esperasen algun colosal ataque de ca- balleria. solemnes. for- man bloques formidables. esos majestuosos elefantes ceylaneses. infernales. alborotadas. las nu- bes que desfilan. Son los elefantes que van al junglar. hasta detenerse al pie. entre las nieblas de un mar muerto. apelotona- das. fú- nebres. ahora rituales. por lo alto. que azota la furia del simun. Son. en grupos. O como formidables elefantes indios. negras. llenando todo un flanco del horizonte.122 . a rupindose. los mismos elefantes. desde las cumbres. . ARTURO AMBROGl Y entonces las nubes. graves. kuedan por las estribaciones de las montallas. cuyas columnas fantisticas s e han eleva- do en un instante. en direcci6n a una pagoda terriblemente gran- de. con sus torres blindadas sobre los lomos. como filas de acorazados en reti- rada. que marchan. . O van. para recrear los ocios de un aburri- do rajah. a la caza del tigre. como inmensa caravana d e drome- darios negros al través d e ilimitado desierto. Son las nubes que evolucionan. O bien pasan. enjaezados d e luto. formando cuadros estratégicos. a l a des- vandada. . desfilan- do. caImosos.

Se alzan nuevas nubes. más nubes. . armados en guerra. por el paso del valle. mu- &edumbre de nubes. como basta fábrica de piedra. al Sur. en donde comienzan a serpear cirdenos relimpagos. torreones estratégicos. resaltando del tono general Con su tinta mds negra.Son nubes que saltan el obstá- culo. en desorden fpico. Y al Norte. extendihdose hasta in- vadir por completo el espacio. mis intensa. nubes a pelotones. los dioses de un surgido Whalaya. terrazas so- bre las que podrian discurrir. castillo feudal sobre cuyas almenas parecen flamear negras banderas. y van a parape- tarse allá. EL LIBRO DEL T R ~ P I C O 123 Son las nubes que galopan en compacto escuadr~ñ. murallas inexpug- nables. por donde el río hace su entrada. nubes en ejbrcitos. mirase.

Todo se confunde. Luz en andrajos. el poco de brillo que resta a los colores y nulifica los Últimos detalles. a girones. amasdndolo todo en una sola uniforme masa amorfa. Luz que flota. Luz que acaba de empafíar. se borra. Parece que va a desplomarse sobre ella y aplastarla en su furia. que marchita. . Hasta la doble fila de montafías de potente estriba- ci6n. La Natu- raleza después de la modorra del medio- día. se disfumina. se va. ARTURO AMBROCl Y sobre la tierra. despierta sobresaltada. por completo. empapada de tristez- y temblorosa de congoja. antes de caer. se sumerge entre las nubes. como aluvi6n lento de ceniza cer- nida. se pier- de. comienza a fil trarse una sombra de luz. El cielo la amenaza. pdlida. de acusados picachos pétreos. Es el caos que se aproxima. temblorosa tambih.

En el ambiente CO- rren efluvios azufrosos Y la tierra. s e arras- tra horrisono hasta las Últimos rincones del valle. Rueda. Son descargas sucesivas de millones de fusiles invisibles. . EL LIBRO DEL T R ~ P I C O 125 De súbito. oponiendo in- vencible valla a algo que avanza en la som- bra. saltar en mil Pedazos. en el que crepitaban como enjambres de vívoras de fuego. en un confuso remolino hollinoso. Y otros. compactas. crecen y avanzan hasta el centro del espacio. flageladas tirinicamente Por los relhnpagos. Se despliegan. s e alargan. en un golpe brusco. atropellarlo. Los relimpagos. pi- sotearlo todo. y extender- se en amontonamiento de escombros hu- meantes. Luego le sucede otro. como pelotones de caballería. antes con- finados a un rincón del horizonte. galopan. Detonaciones de pode- rosa artillería. para volver a agru- parse nuevamente. Para luego desplomarse. Las nubes. comienzan una se- rie de evoluciones. como al golpe de la dinamita. Se amontonan. azuzadas. Y otro. negra y húmeda. para arroilarlo. un trueno prolongado asorda 10s imbitos del espacio. despide emanaciones de hojas que s e pudren.

126 ARTURO . arrastrando pedazos de nubes disgregados de la gran masa. despavorido. arrancando malezas. al ganado. Llega haciendo escapar. . entre los montones de zacate del aprisco. Las pobres ovejas s e acurrucan. como un olimpico co- ro de cornetas. El viento. Y suena el viento. Los pdja- ros. apretadas. desga- rrándolas. s e apresuran a guare- cerse sobrecogidos. como un estruendoso redoble de tambores.El gran viento. doblando espigas. levantando el polvo de los caminos. inclinandose en una violenta genu- flexi6n hasta tocar el suelo con sus cimas. loco.. que amenaza. El viento. la cola erizada.. E s un torbellino indescriptible. en alto. que s e encrespa como un ockano ensoberbecido. Y el viento pasa. desamparados. Avanza con el estrkpito ensordecedor de una marea. removiendo la hojarasca. que todo lo arrolla impetuoso. Suena. en sus nidos inseguros. abandonando hilachas de ellas sobre los techos de los ranchos y entre las ramas de los árboles que cabecean azo- tados. AMBROGI -- El viento s e desata. que anuncia y sigue el paso de los estandartes desplegados. Llega. temblantes. las unas contra otras. quebrando ramas. llorosas. los grandes ojos llenos de espanto.

ja- rnAs vencido. risas. El viento que hace lira de los esqueletos abandonados. El viento. EL LIBRO DEL T R ~ P I C O 127 . rue- gos. ~1 viento que alimenta los incendios devas- !adores. multiforme. El viento. El viento. El viento que azota y desgarra la seda de las banderas. qae arrastra blasfemias. como un atronador ro- daje de cadones. que trae gritos.. El viento. El viento que azuza las iras de las fieras desamparadas en lo pro- fundo del bosque en una noche fatídica. . El viento que besa y marchita las heridas de los que Caen en los campos de batalla.. que trae lamentos. cantos. lacerante preludio de ex- terminio y de muerte. El viento que peina las crines de 10s cascos de los guerreros. - E] viento que pasa. jamas encadenado. y harpa de los fúnebres pinos.

todo se ha confundido. entre las ramas. cielo. que insulta. saltan. crece. Es el caos que. por fin. El viento ha calmado un tanto.128 ARTURO AMBROGI - Sobre la tierra dvida. impera. mejor: ha baja- do su diapasón. Tardas. mds vivo. abiertos los poros. como guijarros. como en- tre las jarcias de un barco. una lluvia indisciplinada. Se hace mds nutrido. sobre los troncos roiiosos y resquebrajados. con un fulgir opaco de gotas de azogue. una lluvia canalla y soez. asoleadas y polvorientas. s e ha amalgamado en un solo tor- bellino sombrío. desperdigadas al principio. rebotan. . Ahora. fúne- bremente. sobre las tejas musgosas de la casa. como un gran telón sobre la escena final de una tra- gedia. sobre las cosas. cre- ce. Nubes. en jadeo de fiera encadenada. Mientras tanto. las pri- meras gotas s e estrellan. El rugido s e ha converti- do en rumor sordo de ira. el goteríocrece. agua. silba sorda. sobre las hojas. viento. por fin. Se cierra. como rudos salivazos. Es una lluvia que apedrea.

EL LIBRO DEL TROPICO 129 / pero el viento vuelve. la cima del Volcán que asomaba . se sumerge ella tambikn en aquel caos. que va a desbordarse e inundar las llanuras. el estruendo desencadé- nase de nuevo. El valle se llena de torrentes. Se siente el rio que crece. aullando como jauría desa- tada de lobos hambrientos. indómito. Todo se anega. una catarata que se desploma con estrkpito. El postrer detalle. que sube. Y ahora viene lleno de furia. arrasandolo todo. De las montaiias vecinas viene el ruido de las corrientes que s e despeiian. La lluvia s e ha vuelto torrencial. Es un desbordamiento. Tras unos com- pases de espera. que crece por momentos. Todo vacila. espiando aquel espectá- culo estruendoso. . que amenazan inundación. feroz.como vieja cabeza de rabino.

.

LA SEMANA SANTA EN EL PUEBLO .

.

Su niarchaes. Arranca lento. La chimenea vomita denso penacho de hunio. Atraviesa las ba- rreras. . cuatro largos pitazos que reper- cuteii al travCs de la atmósfera dihfana. pende. Va quedando atrhs la E s t a c i h . aplanada. Va quegando atrhs el Oratorio Salesiano. frente al Chalet Oriental. el cerro de San Jacinto. tres. que el viento ma- tinal desfleca apenas. como fondo de paisaje. entre sus mangales ensangren- lados por la irrupcicin de las hojas nuevas. Parte entre cl resoplar de los pistones. imperceptible. lento. La locomotora da dos. El tren parte. calmoso. de cuya asta de baiiibu. Van quedaiido atr3s los pequeflos pabellones d e Ceinento. la roja bandera de la Cancha de Gallos. en potente relieve. como de muy mala gana. jadeante. CIQcida. Un sil- bato da una señal. de las bodegas Y las casticas de madera y zinc de los em- pleados. gris y terrosa como el carapachode una tortuga. insisteiite. al principio. todos ploniizos. Y mAs atrás. cn iiitimo thrmino del Iio- rizoiite. entre el traque- teo de los freiios. Una campana suena. Va quedaiicio atrás el quiosko pseudo-moris- co de In Avenida. alzaiido. entre el barbotear de las calderas.

su sosegada marcha de dromedario. El cielo límpido. E s el Mun- dial Magazine. En el linde. devoran las cañas y las hojas tostadas de unos manojos de huatedespenica- do. en su sdrdido cuarterio. con una precisidn pasmosa. Pasa la polvorienta carretera de Soyapango.-. A lo sumo. El mismo hombre bajito. a Cie- lo abierto. quince personas. moreno. dorada por el sol. tras la barrera negra. escudrifían el pai- saje que desfila. . Es el Blanco y Negro. repantigados cdmodaniente en los Aiigulos de los a s i e i i t ~ ~ . Pasadas las agujas. todas ellas. Una sehora quita llave y abre su valija de niaiio. quien las ofrece. el tren acelera su mar- cha. Unos. s e han detenido las recuas cargadas. Soii las Hojas Selectas. Digna hermana de la honestísima sefíora Invernizio. el que no gusta de alterar su cuotidiana. Pasan los grupos de desbaratados coco- teros de la antigua finca de Cdrdova. como celdas de afanosa colmena. y va rebuscando algo. Por el foil- do del cristal de nuestra ventanilla. con sus pintadas garitas de ma- dera. Son siempre las niismas revistas. zarco. La novelista de los trenes.p su joroba llena de remiendos. Es el Nuevo Mundo. esas marchitas revistas compradas en el andén de la Estacidii. chichones y resquebraduras. ¿Eh? La Bramniél La Bram- m& Es la novelista de las estaciones. vestido de dril. y su patio calizo en el que unos cuantos machos 6ticos y garrapatosos. catorce. todolo vertiginoso que puede este pobre armatoste. El dla e s claro. raudo. Se han dctenido los trenes de carretas.134 ARTURO AMBROGI . Es el Mercurio. Otros. hojean revistas. ya casi vertiginoso. Uii libro. s e han de- .p. En el carro hay pocos viajeros. pasa Casa Mata. El tren rueda. Las cosas s e acusan. aso- mados a las ventanillas. Es Elegan- cias. Pasa el m e s h de Merazo.

en que 10s re- miendos y los parches s e confunden en un solo borr6n. techos rojizos entre ma- cizos de verdura. para que el tren pase. 135- --T- ------. un m i n ú ~ puesto ~ ~ l ~ de refrescos y de frutas. Pasa la recia chimenea de ladrillos. Cuando el tren atraviesa entre el caserío de Aculhuaca y San Sebastián. Hondonadas cubiertas de grama htínie- da. - tenido las inditas Con sus canastas en la cabeza y 10s inditos Con sus matates a la espalda.. siempre amurallado por las descoloradas es- tribaciones de las montafias. están iiiarchitados por el polvo. Hay. sotechado de pedazos de hojalata. Las botellas de jarabes polícromos. Paredes blan- cas y requemadas. s e ali- nean sobre la lata oxidada del mostrador. . todo pasa. bajo . de la fábrica de Cerá- mica.P I C -OPP. muerta por ahora. LOS colores de las frutas apiíladas junto a 10s vasos grasientos. Cocoteros. cuan- do se bordea Paleca. EL LIBRO DEL R ~. Hazas de caílaverales hacen ondular sus tiernos bro- tes. como en una visión de cine. confuso. Y por último el horizonte. Colinas.

La iglesia. s e han desplomado. En las jambas ha florecido . seis. Sus puertas. la iglesia. con su campanario en armazón de Iiorcones y vigas ennegrecidas. sin encalar. per- manece cerrada durante todo el año. En el dintel cuelgan restos de viejas ban- derolas de papel. el Calvario. Las arañas diligentes han te- jido sobre ellas sus redes resplandecientes. en que dormita. la Parroquia. Una. está alld.136 ARTURO AMBROGI Cuántas calles hay en el pueblo? Dos. Nunca hcrnos tenido la ocurrciicia de contarlas. sestean los zopilotes. la campanita oxidada y sin badajo. frescos. en cuyas paredes agrie- tadas los moscones han hecho nido. y la otra sin principiarse si- quiera. Sobre las tejas musgosas del techo. arrimada al panteón clausurado. cuatro. alegres. dos. tiene la pared trasera casi de- rruida. en los aledafíos del pueblo. el pórtico inconcluso. que un día. Sabemos que tiene una iglesia. coniiiernoraron la fiesta titular. carcomidas. cuyas tapias desteja- das yacen casi todas por tierra. descoloridos andrajos. muda. lejos. descascaradas. La otra. No lo sabemos. con una torre sin rematar. en el crucero en que los plastes de cal han tomado los matices del plomo. porque las he- mos visto con nuestros propios ojos.

Es el sefíor Alcalde. apabullada la copa. ro=. el tronco de la cola comido por una enorme chira. Penetra. Se oye el rastrear deuna Silal un retazo de conversación. nada. y con un paíiuelo rojo s e linipia el sudor de cuello.el Mercado*.s-. dormitan los alguaci- les.. descalabrada un ala. El pan- t a l h de ni-zclilla. A la und de la tarde la puerta s e abre. sujetado a la cintura por un ciilturhn de hilo azul y blanco. Éste otro sefíor es gordo.. un rancherio de tejas. Luego. y frente al Cabildo.o. hay unas bancas. baldosado de ladri- llos bermejos. un Angel broncineo. sonta. co- lor de bronce. Y luego. El pue- blo posee un Cabildo. alza al cielo un resto de trompeta. barbado. En el panteón.. en su sillon frailuno. Orillando la pared. despaciosa. Lle- va unos legajos bajo el brazo. Ese hombrecillo es el Secretario municipal. vestido de dril de ci- Ramo y sombrero de junco sin listón. han desarrollado. 10 tierno y sabroso del pasto. demasiado ba- jo. Luego llega otro seííor. de cuyo niango Penden unas borlas de lana. va. zapatón. bajo la costra de polvo pertrificado. Penetra. nada. El portal es ancho. El Secretario tra- baja. una tos seca. Sombrero de fieltro. flaco. En un extre- . El Cabildo es de un piso. el timbre de una cerradura que s e abre.. El Alcalde. al que pomposaniente se llama . con golosidades de gour- met. despun- tando. Y en ellas. dejando a duras pe- nas despuntar los frigiles cdlices de las macollas de lirios silvestres. una tos ca- vernosa. la ventanita se abre también. Una potranca tordilla. Se oye el rastrear de una silla. prosigue el Su!Rointerrumpido en su casa para enca- nlln"ase al Cabildo a llenar su #sagrada mi- . Solemnemen- te lleva en mano un bastón. en galeras. bajo. EL LIBRO DEL T R ~ P I C O 137 y--- turbamulta de hongos color de ladrillo. los hierba- . d o s de rico.. Llega un hom- brecillo bajito.

Toda la activi- dad del pueblo s e concentra en aquellas cuarenta varas cuadradas. El es el que patrocina todos los rumores que corren.. El herrero es todo un hombre honrado. a bus- car el agua. Al amanecer. escarban los montones de basura. caldeando el hierro. El pueblo tiene su herrero. El barbero e s un gran hombre. A la pila. humea aun. ni podría haberlos jamás. ya esta él junto a la fragua. El rescoldo de la hornilla de al- guna cocina. niafiana y tarde.m El ~Mercado*cobra vida al amanecer. El barbero es cosn~opolita. *El barbero lo dijo. plantada de árboles. a él s e lo cuentan todo. hasta los finos. Y en los charcos que los re- balces forman. Todo el mundo se va. Y cuando entráis.-Ya esta. El lo sabe todo. sonrientes. En el pueblo hay también una plaza. Aquello es el Evangelio en cuatro palabras. N0 hay apelación posible. Luego. rectificación alguna. que tiene su tienda en las ve- cindades de la Botica. viniendo de la Estación fe- rrocarrilera. Tiene sus cuatro paredes tapizadas corn- pletamente de cromos. El herrero es de las personas más viejas del pueblo. E s una colmena humana. a las tarjetas posta- les iluminadas. unos cuantos cerdos se revuel- can a sus anchas. E s toda una personali- dad. y en el centro. Los perros husmean. a la sombra de esos árboles. Pdra él no hay secretos. lo primero que os da la bien- venida es el canto de los martillos en el yunque. La tienda del bar- bero es una de las curiosidades del pueblo. Los ranchos de teja quedan solos. de las Píldoras Rosadas. El cura del pueblo e s también aun buen . al medio dia.138 ARTURO AMBROGI - si6n. toda lagama de cro- mos: desde los del . todo s e acaba.hombre del bacalao. nna pila. acu- den las muchachas con sus cántaros. y de las estampas exóticas de la guerra ruso-japonesa. Tambien lo es el barbero.

PI dirige d a politica~del pueblo. a ruina. 61 condu- ce la ~ c o m i s i d na~ la ciudad. . Si una casa s e desmorona. él la introdu- ce y él habla por ellos. que preferis quedaros en casa. de puro vieja. lpero la lengi~alas tira1 Murmuran de todo. que e s con harta fre- cuencia. y hacer lo que hacen ahora precisaniente. des- pacioso. estorbando. conio la m i ... ucuinplen con la iglesia*. el boticario faltase. es fastidiosa. . y lento. Todas las tardes le veréis con su breviario encintado bajo el brazo. no podéis transitar por las calles. suspenden sus barboteos al verle atravesar. El pueblo hue- le a moho. sin abrir el breviario. Las tolvaneras que a cada instante s e le- vantan os lo impiden. él marca el curso de la vida edilesca. .¡. EL LIBRO DEL T R ~ P I C O 139 y - hombre.ido. con su rostro avellauado. sin Cruzar Una palabra con nadie. la vida del pueblo s e pararia. con su bo- ca de labios hundidos y finos como rasgos de lapiz..cular es *su hora. . en el rostro .. Sin embargo. Si es Cpoca de Ilu- via.. Una sensa- ción de abandono . El boticario es el ehom- bre de pró. como numerando los pasos. y cuando hay algo que solicitar del Gobierno. La hora crepu. salir del Convento. L2s comadres son religiosas. quina de un reloj al que s e le concluye la cuerda. Las coma- dres. es desesperante.os sobrecoge en cuanto entrdis en Cl. tal es el fangal. volver a donde salió. El lo arregla todo. Si u n dia. despacioso. a rofia. .~ Por nada del mundo dejarian de sentarse a la puerta. Y luego con el mismo paso lento. o hay que abocarse con el Gobernador. El pueblo es triste.B Poquita Cosa.su mo- mento. irse hasta el Calva- . sentadas a las puertas. con Su balandrán . El mangoriea en las eleccio- nes. La vida del pueblo e s aburrida. Cuando hay viento. alii s e quedan 10s montones de escombros. sin levantar los ojos del suelo. de improviso.

del que en su rinc6n .* .está completo. en este valle de IAgri- mas. ha alcanzado el summun de las satisfac- ciones y las comodidades.140 ARTURO AMBROGI de todos sus habitantes verkis reflejada la satisfaccibn del que.

Un perro ladra a lo lejos. Calle a- rriba caminamos sin encontrar ua alma. las co- pas de algunos árboles. Estamos solos. asoman. se prolonga en la blancura del piso. un cigarro. solos. . Seguimos andan- do. está arraigada todavia la fe en nuestra gente. El pueblo. Una sombra Se desliza en esos momentos bajo un sote- chado. Hay que venir. confundidos en un solo y extenso borrón negro. yace en la más profunda quietud. Por sobre una tapia. a un pueblo de estos. apenas alterada por la vagorosa llama de un farol con to- ques sangrientos. Volvemos U" esquina. y su ladri- . La punta de nuestro cigarro sigue ardiendo. precisamente. . solos. Y luego otra. a hacer la digestión fumándonos. Despues de comer. sumido en las sombras de la noche. que s e t!en- de. con nuestros pensamien- tos. Por una puerta abierta salta a la calle un halo de luz. que arde en la sombra. para ob- servar cómo. a pasar los dias santos. Nadie. Petrificado el si- lencio. Siempre solos. salimos de casa. y con que intensidad. por ex- cepción.. Parece muerto. y nuestro cigarro. Nuestras pisadas sobre la arena que cruje. repercuten en el silencio con las pro- porcioues de un paso de gigante.

Al final de la calle. en coro. sin consuelo. Ni un alma. como una cinta negra. muerto. s e apagan los fúnebres y vacilantes pavilos de sus velas y s e extinguen las llorosas . No parecen voces: parecen lamentos que s e elevan. La calle s e prolonga. observamos el zum- bante enjambre que s e acerca. Nuestro cigarro s e apaga. Las plaaideras se pierden en la intensa sombra d e la noche. E s una llorosa plegaria que. como un rugido. Algunas llevan velas encendidas. al desembocar en una nueva calle. Seguimos andando. rezando a grito herido. Detenemos el paso. están las desmoronadas tapias del panteón abandonado. s e prolonga. todas las voces juntas: -Padre nuestro que estas en los cielos! Por nuestra vértebra corre un agudo es- calofrío de pavor. Todas rezan. En donde estará esta gente? ¿Qué hace? ¿Porqué s e encierra en sus casas a pie- dra y lodo? El pueblo parece muerto. Percibimos claramente una voz que clama: -Jesucristo fue obediente hasta la muerte! Y luego otras. De pronto. Tras esas lucernitas. Para a116 es para donde s e encamina el grupo de mujeres. vemos un grupo que avanza en la sombra intensa. implorando el socorro divino. silenciosa. aumenta y co- bra proporciones inusitadas. que parpadean como fuegos fatuos. Recostados al vano de una puerta cerrada. en me- dio del silencio. Sus siluetas fantasticas s e borran y.142 ARTURO AMBROGl do parece ser la única manifestación de vi- d a de este pueblo sumido en pesado suefio. la que de la Parroquia conduce al Calvario. como grupo de fantasmas. un grupo de lucer- nitas seflala el tkrmino de la jornada. que contestan: -Ora pro novis! Y luego. apenas manchada a largos trechos por 10s brochazos sangrientos de los faroles. a la Vez.

como un eco: ora pro novisl . en coro estruendoso. que responden. EL LIBRO DEL TROPICO 143 En nuestro oído repercute por largo rato todavía la voz cascada de una vieja que clama:' ]e~ucrislofifiobediente has- ta la niucrte! y hasta cincuenta voces.

ofus- cante.144 ARTURO AMBROGI El mismo sitio. cepas de plátano . ha sido quemada días antes. en algunos parajes. medio cubiertas por cho- rretes de musgo invasor. intenso t a m b i h el espejeo de los cristales de los faroles en las esquinas. la misma calle en que ano- che presenciamos el paso de las estaciones. inten- san sus tonos. el piso ha sido salpicado de hojas de mamey. Los trascorrales. exhiben desvergonzadamente sus tapias llenas de resquebraduras. y a ellos han amarrado. La reverberacibn del sol en las cales de las paredes. El sol cae a plomo sobre la densa capa d e arena. Algunos tizones s e entreveran a la mezcla que la ceniza y el polvo han formado. segadora. uno de esos calores que sofocan. que chispea y refulge. principal y nunca bien ponderada industria del pueblo. y para los cuales parece no habrá lenitivo alguno. e s intensa. Hace un calor insoporta- ble. De trecho en trecho. refulge como el iluminado filo de un acero. . y haces de cohollo d e caña. las tejas bermejas. Los vecinos han clavado postes. alineadas. a uno y otro lado. la uniforme blancura caliza de la calle s e interrumpe: una gran mancha car- bonosa denota el sitio en que la loza.

El aspecto de la calle. entre las lomas que amurallan el horizonte y que el sol difumi- na al iluminar. La Cruz del Perdón. revive en nosotros. E s el que nos rodea un paisaje igneo. parece arder. La procesión s e acerca. flexibles. Por sobre las tapias de adobes. por la noche. es ahora otro comple- tamente. frente a la a la vera de un maculishuat. parecen humear. como cabezas de dormidos niños. En el coca1 10s grupos d e cocoter~s. Ya s e percibe el olor 10 . s e marchitan. el mismo nocturno clamoreo. tan lúgubre. en que algunos bueyes pacen reposadamente. los follajes de los árboles des- piden reflejos cristalinos. Se ha detenido en el primer paso. Oímos de nuevo. ya en ella hierve el gentío. que va y viene del Calvario a la Parroquia y de la Parroquia al Calvario. Al travCs de las suelas de los za- patos. s e alza sobre su Poyo chorreteado de mugre. esbeltos. y que simbolizan la serie de divi- nas caídas. Todo. frente a la Cruz del Perd6n. del estruendoso rumor de la cháchara y del sol resplande- ciente. uniformemente. Las caperuzas de paja de los ranchos. Las flores de los ramilletes co- locados ante los altares de los pasos en que el Cristo detendra periódicamente su marcha. Las pobrecitas se doblan sobre los tallos. sacu- den con marcada indolencia sus grandes plumeros. a lo lejos. Cuando llegamos. El grupo de sombras que clamaba plafíide- ramente: ora pro nobis. de un verde descolorado.altos. EL LIBRO DEL TRÓPlCO 145 4 cubierto de mullidas alfombras d e pino $espenicado. s e dilata has- ta perderse. tan agorero. la impresibn de la noche persiste. La pradera. La procesión ha salido ya de la iglesia. la tierra quema como una parrilla caldeada. zumbando en los oidos. Pero a pesar del alegre colorido de los chales de las mujeres.

vidrean. y las venas. La procesión pasa. parece que van a reventar. s e percibe que el retal de gCnero con que s e le ha afíadido. qUi casi ahoga en su torrente de ruido las no- tas d e la insegura marcha fúnebre que viene ejecutando la murga. le falta una de las borlas. en cuyos borrosos bordados ni la sombra del oro persiste. vagorosos. hinchadas. s e refleja la más honda de las an- gustias. Los cocoteros sa' . estrideiite monocorde. Un rastro penetrante d e incienso queda flotaiido en el ambiente inflamado. Al final de la calle. atadas a la cruz con burdo pedazo de cuerda. bafíándole a toda plenitud. Los ojos. circuidos de profundas ojeras. y. el golpeteo d e la matraca. que cifíe la cintura del Redentor. estdn avioletadas por los golpes: las ufías están ennegrecidas. En el vuelo de la túnica. las ta- pias derruidas del panteón viejo. agobiado por el peso de la cruz. con humildes ribetes dorados. está toda remendada. sol. casi negruzco. por cuyas mejillas desencajadas chorrea la sangre mezclada al sudor y al polvo. adelantando el fatigoso paso. emberine- llonada. La pobre vestimenta morada. como implorando el auxilio del Padre Celestial. doloridos van clavados en 10 alto. sumidos entre las cuen- cas. destellan las cales de la iglesita del Calvario. Las manos del Cristo. La matraca golpetea con persistente rudeza. jugoso. le ultraja soezmente. Y en el piC que asoma. Ya s e colum- bra al Cristo. limprudentel. Ya s e Oye. Al cord6n de plata. En la faz. y tras ella. parecen levantar una muralla de bronce. La procesibn s e aleja. El hilo de los zurcidos. una pobre cruz de madera. e s de unmorado fresco. falta el dedo pequeflo. s e deja adivinar perfectamente.146 ARTURO AMBROGI del incienso de la cazoleta bamboleada por el grotesco monago.

BL LIBRO DEL T R ~ P I C O 147 cuden con mds indolencia todavia sus des- . . como una ofrenda.legados abanicos. una lluvia de capullos.-. Y d e los madrecacaos que exornan las calles cae.

sin impacientarnos. En los palos de pito de los cercos propincuos. nada m i s que excursionistas que regresan. largamciite. humeante. Hemos espera- do tranquilamente. casi derrengado. co- mo debe hacerse cada vez que uno se deci- de a abandonar las comodidades de su casa para correr en busca de aventuras. entre el estruendo del herra- je. Aail en el cielo. excursionistas. El tren ha llegado despa- cioso. esmeralda en los follajes. y nos echanios en . Ha pitado largamente. Ha cruza- do el puente. conlo hace cuatro dias. . Se Iia acercado. a la sombra de los bambúes. De nuevo en el tren. Penetra- mos. Durante media hora liemos esperado en la pequefia estación. las guacalchias arman la gran alharca. cristal en el ambiente. . El día ha despuntado como de verano. Se ha de- tenido frente a la plataforma de la estación. cansados. jadeante.-1Al trenl-En el vagdn. en la que s e amontonan y revuelven lacar- ga y los pasajeros. alte- rando el profundo silencio del caiiipo. y de incomodidades. ruidoso. Persiste la alegria d e los estruendosos repiques del Sibado de Gloria. flau- tea menudas notas entre las flores azufrosas de un huachipilin que presta servicios de poste telefónico. polvosos. Una chiltota de cajeta.

hemos buscado una iostura c h o d a . Después de 10s libros. Azorin es el pequeao fi- 1ósofo de las pequefieces de la vida. Ni una nube. los tres libros de Azorin. en alto las piernas cruzadas y en un Angulo de la boca el rollizo humeante puro. proyecta su den- sa sombra sobre el convoy. rdpido. El paisaje desfila. un pringo. el codo apoyado en el vano de lavcntanilla. al torno del fastidio. nu- trido como un volumen. A la sombra de unos sauces plateados. sobre el cristal levantado. veloz. El gringo sigue sepulto en su hidrópico World. son: Castilla. estirando las piernas. ha cambiado de postura. El sol arde sobre el campo. Bajo los asientos. La seaora de edad. un tanto descabalados por el manejoc~iistante. un exiguo riachuelo dibuja sus meandros. La mosca ha volado. Volvemos la vista al in- terior del vagón. El inmenso corte de un cerro. abierta la boca. elás- ticas.. El tren arranca. Mas lejos. bordeando ote- ros. En un rincón. a la diaria lucha por la exis- tencia. se amontonan l. cerca de una abierta ventanilla. primero. enfilaiido terraplenes.as valijas de los .. Esos tres libros. EL LIBRO DEL T R ~ P I C O 149 . En la banqueta de enfrente hcmos colocado. que hemos leido en el pueblo y en el campo. Coleadas en sarta a la redecilla. una se- Hora de edad dormita. despliega ruidosamente un World. Al rededor nuestro. salud. los ros- tros de los temporadistas que regresan refle- jan satisfacción. hemos colocado ambos pies. s e revuelven. sobre los asientos. El tren corre. La Ruta de Don Qui- jote Y LOS Pueblos. alludhdose cada vez nias en sus con- tOfciones. alegria. unas cuan- tas langostas del lago de Coatepeque mue- ven las patas en cl aire. cruzando cailadas. en la nariz una mosca que subc y baja sin al- terar en lo mAs miniino su reposo. por todas partes en donde sobra hueco. El cielo es de aail intenso. Vuelven a sus faenas citadinas. rincón.

otro pueblo. A lo lejos. cruzamos las calles. gruesos como cables. ven pasar el tred con curiosidad. Hemos llegado. Reco- jemos nuestros tres volúmenes de Azorin. rematando la vía. el mesón de Merazo. vemos al traves del cris- tal. Y luego a otro poste de hierro. colmadas de la alegria del síibado de Gloria. 1 Gracias a Dios l .150 ARTURO AhlBROGI - viajeros. El tren disminuye su velocidad. que s e anudan a un poste de hierro. entre el estruendo de tablas y de herrajes del vehículo. y lo rehojeamos. inconiodando. cómo apunta la torre de la iglesia y los techos bermejos de un pueblecillo. y a la vuelta de un recodo. veloces. Levantando la vista de las pdginas. Y a otro. surgen de una hondonada unos cuantos alambres negros. y saltamos a tierra. s e descubre el carapacho gris de la Estación. Cruzamos otra carretera. y saltamos a un carruale. y los carreteros. en la lejanía limpida. Casa Mata. rebuscando lo que nuestro ldpiz marcó de no- table en el curso de la lectura. desgarra- doramente. Por el cristal de la ventanilla pasan: los Encuen- tros. Dando tumbos. Cruzamos. Hemos llegado. El carruaje s e detiene. El tren silba larga.la muchedumbre. a un lado del camino que avecina la via ferrea. Tomamos el breve volúmen de Azorin: Costilla. Luego desaparece todo tras la cortina de Ar- boles apretujados. nuestra valija de mano. Cruzamos una carretera. la larga puya en tierra a manera de lanza. Son los alambres conductores de la fuerza electrica que nos anuncian la proxi- midad de la capital. La fila de pos- tes de hierro no nos abandona ya ni un momento. Unas carretas s e han detenido al borde de la via. A duras penas nos abrimos camino entre . El tren pita de nuevo. La campana tantanea. De pronto.

LA VUELTA AL RANCHO .

.

cansado. tiae el polvo del camino. lenta. para conllevar el tiempo que falta Para arribar al rancho. Y en los que el grano va en breve a ger- WIar. refléjase la satisfacción del deber cumplido. acariciando con la niirada los dilatados campos eii que el arado ha roto ya la cos- tra de la tierra en infinitos surcos paralelos. terroso y curtido. mientras la estruendosa charla de la urracas s e suspende. la beatifica tranquilidad de la conciencia. cuya visión ve di- bujarse ante si. como de noble animal. tiemblan en reflejos de inusitada pedrería. A la hora en que la tarde cae despaciosa. o bajo el brazo la cuma. En los labios del caminante apunta cl motivo melancólico de alguna tonada fa- vorita. los escuerzos hacen resonar sus tornos. o sola- mente. flotante y provocativa. como rememorada en aquel instante Por alguna honda afinidad psiquica. El . en el filo de las hojas de los Arboles y en las puntas de las pencas de pifia de las cercas. El labriego cami- na. Un sol tibio y cobrizo. vuelve de la faena el labriego. El paso despacioso. en medio de somnolentos rumores. Al hombro la azada. En los viejos troncos. En el rostro. Y esos mismos rayos.

y al par de yugos. en las que unos cuantos cromos de santos. pul- cramente escalonadas. bajo la mano esgrimida por la mujer que espera en el trabajo al marido que vuel- ve del trabajo. que descan- sa. estAn ahí.. o bajo el brazo la cuma. junto a los perros yacentes y las gallinas que escarban al piso de tierra apisonada. Y en uno de los rincones: la vieja escopeta. entre los amates y los coco- teros apiñados. que en esos ins- tantes crepusculares s e estAn encaramando a los Arboles para dormir. con su olla borbolloneante sobre sus trkbedes de cinchos en el poyo de adobes. rancho y habitadores. cuyos tintes. Oye llorar unzipote.154 ARTURO AMBROGI rancho. El labriego camina. en que las mazorcas s e apilan. que s e alza en la lindera del camino. remeddada veinte veces. emparamentados por la profusa cadeneriade papeles de colores. Y de ese techo. las flores de trapo y las banderitas de papel de china. lista para cualquier eventua- lidad.. entre dos pi- cheles con ramos de flor barbona. apunta la cuspide del techo pajizo del rancho. Hasta el 10- co cacarear de las gallinas. en aquella hora crepuscular. por la música del nistamal triturado en la piedra de moler. con sus astrosos chicos. en los que las co- yundas s e enredan como un trenzado de cu- lebras. con sus paredes tazacualeadas. rodando por los suelos. que coro- na una olla de barro renegrido. con sus tapexcos. con su cruz verde en el reborde. tiene para el po- bre hombre un especial encanto. el ladrido de los perros. al hombro la azada. . el humo de la cocina s e remonta al cielo. Y todo ello.. A lo lejos. En el tronco carcomidode una m- ba. ahora el tiempo y el polvo han amortiguado. Ya su oido percibe. rabiosos un día. es arrullado. El labriego camina. neto. como obuses. junto al bruñido arado. en capricho- s a s espirales.

. Bajo el amate. Le ha- cen corro los chicos astrosos. imperturbable. El labriego es feliz. en su taburete de cuero. Le hacen co- rro los perros. O la cuma. Del cofre saca el acorde6n. cl labriego toma asiento. El labriego deja la azada. EL LIBRO DEL T R ~ P I c o 155 - un escuerzo hace funcionar. su torno sin aceitar. ~1 labriego ha llegado. junto a la piladera. y se dirige a abrir el cofre. Y la musica rudimentaria del acorde6ni comienza J va a juntarse a la musica rudimentaria el maíz triturado en la piedra de moler.

.

LA MUERTE DEL PERRO .

.

A la otra banda. con su techumbre de zinc y sus encaladas paredes de bajareque. con su sombrajo de ho- lalata. la que confina con la iglesia. de azul. e s blanfa y apenas tiene un balcbn y una puerta. la llamada Avenida aSimebn C a i i a s . frente al Mercado. Dilatando la visual desde la esquina de la casa plomiza. la del trascorral. ~ tiene Por fondo. tiene sus Paredes pintadas de verde aceituna. de amarillo. la de la primera esquina. y la ultima. baja. del costado Sur del Mercado de cocinas al costado Norte de la Iglesia del Calvario. e s plomiza. la pared de ladrillo y hierro. de ventanas tambikn. horizontalmente. La que le sigue. a una banda. las edificaciones del Hospicio. con su trascorral colonial y su desnivelado port6n de tejas musgosas. con sus dos superpuestas ringlas de ventanas. enrejadas como cuarterones de cArcel. 'la derecha. apenas. la izquierda. d e . Este fragmento de calle comprende. cinco casas. inve- teradamente cerrada. en construccidn. la otra. la otra. s e van enfilando. la otra. Una de esas partes e s d e altos. La llamada Avenida ~ S i m e ó nCafiasm e s un fragmento de calle que va.

160 ARTURO AMBROGl un estilo ojival muy remarcado. la Avenida trafaga en el bullicio de la colme- na propincua. la viejecita que descansa. y escupiteando las escodadas lajas. El . rumorea. acurrucada en el hueco de una puerta. ha dejado apenas huella visible de su paso. ese bullicio s e ha apagado. es el sol. en su interior. en el linde derecho. En las primeras horas de la mañana. frente al Mercado. con su aparejo resobado. los escupitajos de la viejecita se han borrado de la superficie escodada de las lajas. el sol Únicamente el que domina. Pero en las calles vecinas. las pilas de leña. que recibn ha sido aliviada del peso de los matates de maíz. de paredes azules y tejado pol- voriento. Por la mafiana esa calle e s como un azarbete en que s e vierte el sobrante de la muchedumbre que pulula en los aledaaos del Mercado. el foco de luz cuelga del poste de hierro. Al mediodía ese trabajo ha concluido. abiertas al hilo por el hacha. amontonó estiercol. refulge sobre toda. la yegua tordilla. T r a s la pared. Alli veréis la carreta vacía que espera volverse a cargar. todo colgado de lazos. de la nueva iglesia. S610 el sol charca por todo. está el cielo. en unas cuantas doradas hebras de huale. La carreta que alli esperó largo espacio la carga de retorno. Y gravitando sobre ese tejado gris. Apenas. En la esquina de la calle. obstruyendo el paso con su canasta. que se ha resecado. la yegua tordilla. al borde de la acera. s e divisa el templo provisional. Mas atrás. la atravesada. las recias rajas. despidiendo todavía el aroma recinoso de su savia. en recuesto. La colmena. deja una ancha faja de sombra. s e levanta una armazón de vigas. De una de esas vigas. penden una garrocha y una cuerda.

relampaguea la tuberia de "idrio de los aisladores. por sobre los aleros. destella. . Raya el espacio. Los alambres negros. la red intrincada de telegráficos. Y con la luz cruda del sol. de ocre. EL LIBRO DEL T R ~ P I C O 161 cristal de la bomba. penden curvados. refluye el silencio. En el poste de madera.

. es en donde el pobre perro abandonado ha muerto.162 ARTURO AMBROQl - Y en esa calle. bajo ese sol bravío. en medio de ese silencio meridiano.

Recibi6 puntapies. flacos. En vano su olfato hizo prodigios. La sed le abrasaba. no pudiendo mis. y que ron- dan los alrededores de los Mercados. En el Mercado Grande les perdi6 de vista. harn- bricntos. La de todos esos pobres perros que aplastan los autombviles y los tranvias. Este de nuestra historia vino del campo. Las piernas s e negaban a soste- nerle. en espera de la muerte. fué a caer en medio de la calle. verdaderos prodigios por dar con el rastro. derrengado. por las calles d e San Salvador. . para ir removieiido aqui y allá los montones de basura en busca de alguna piltrafa. Y allí quedó. impotente. siguiendo la huella de sus amos. EL LIBRO DEL TROPICO 163 La historia de este perro es la de casi todos los perros que anibulan. Y jadeante. El hambre le mordía las cntrafias. resignado. Olfateó por todas partes. Recibio palos.

y un retazo de lengua pálida. emergia entre los belfos flacidos. Bajo la piel. penoso. d e puro consumidas. carleante. podía seguramente. pero de ahí tambikn le echaba. volviese a la calle. hasta la zona de la sombra y extenderse arrimado a la pa- red. El perro era un mero esqueleto. cada vez m i s postrado. no la fuerza del sol entonces. al pasar. arrastrarse. a infiltrarse en el piso caldeado de la calle. cada vez mas consumido.1 64 ARTtiRO AhtBROGl Durante cuatro dias ha estado allí. al lecho de filudas piedras. El hocico s e le había afilado. Todos los mediodias. Era repugnante a la vez que conmovedor. las costillas acusaban su numero. le he visto. Era horroroso el perro. Cua- tro días estuvo allí. abandonado. Parecia pr6ximo a convertirse en un manchbn de pasta. caido d e inanici6n en plena calle. La calavera calcada en aguda anatomía. en el momento en que el sol tocaba a toda su fuerza. k a s piernas eran iin junco. Los dos primeros dias. sino la crueldad hu- mana. Hueca la barri a. S610 los ojos vivían en aque- . El puntapié de un viandante era su- ficiente para que el pobre perro abandonado y hambriento. el especldculo ofre- cido por la agonía de aquel perro. sobre el incle- mente lecho de filadas piedras.

. largo.¡seria. estaban como llenos de un mudo reproche. cual si el perro quisiese no ver mds. indiferentes. EL LIBRO DEL T R ~ P I c O 165 112 muerte anticipada. larguísimo espacio. s e clavaban en lo hondo del cie- lo. aquellos ojos casi humanos. y removía la cola cuando les veía. tal vez s e encendía la chispa de una idea: ¿por qué son malos los hombres? Y los hombres pasaban. contemplaba el cielo. remernoraba dias niejores. Veían pasar. El perro. por la acera. o. los dos ojos fulgentes. Otras veces. cerrados los pdrpados. en los que creyó que los hom- bres eran todos buenos. 10s dos ojos húmedos. a sus quehaceres. y no tenían para el pobre perro caido en medio de la calle ni una ligera mirada.. para después cerrarse las pupilas.. Y en su cerebro. quizf para no ver esto. a los hombres. En medio de aquella .

S e extrafiaba. al pasar. despertan- do una curiosidad súbita: ¿estaría muerto el perro ya? . aquella pre- s a prdxima. . de una imovilidad total. El perro s e moría. Ase de largo. Al revolver la esquina de la casa plomiza. salía el sonorear de un piano. desde los aleros. Sobre las piedras filudas. De una casa vecina. acusando con energía las aristas del esqueleto. inmdvil. El perro estaba inmóvil.que los zopilotes no atisbaran ya. volví la vista. El sol crudo. llovia sobre el agonizante. Era el Único palpitar de vida en medio de aquel ardiente silencio. al verle en ese estado. la del trascorral. Parecia muerto.166 ARTURO AMBROGl El cuarto dia. vi por Última vez al perro. absoluta. Inm6vi1. Una idea surgi6 en mi cerebro. por los cristales entorna- dos. el erro habia cerrado los ojos. Era un monton- cito de huesos bajo la piel.

El flamante autom6víl surgid. cerrados los ojos. El perro estaba allí.. Toda la calle estaba ocupada por la sombra. . El automóvil s e aproximaba. . frondas tupidas. El perro habia muerto. de la de paredes lechadas d e azul. Las dos gravileas de una de las casas. Una pata s e encogi6. La cola pelada s e movia leve- mente. La tarde caía. fumaban y charlaban. neto. Pero no. Sin preocuparse. siempre inm6vil. de nada de lo que a su alrededor acontecía. brot6 el ronco Sonido de la bocina de un autom6vil. tiesas las patas. al parecer. algo horroroso. pasé de nuevo por la llamada Avenida d5ime6n Cañas. No ha- bía duda alguna. De pronto aconteci6 algo bárbaro. apenas. recostados en los almohadones del asiento postrere.. De la vuelta que la calle hace frente al atrio de la iglesia. El perro no habia muerto aun. Dos señorones. algo que s61o en estos países suele acontecer. Se oy6 claro. en medio de sordo estrepito. EL LIBRO DEL T R ~ P I c O 167 Cinco horas despues. raudo. Del empedrado ascendía ese hilito que despiden las cosas que s e re- frescan después de haber sufrido la crudeza del sol. el resoplar del motor. removían blandamente sus.

el eco del resoplar de su motor. dejando tras si su apestosa nube.168 ARTURO AMBROGI -¡El perro!--pensé. Me aproximé horrorizado. a Puras penas s e detuvo al borde de los labios. El autom&il pas6. con voz aceda. Los ojos habian que- dado abiertos. y las pupilas. . Y el grito. Cerca de mi. murmuró : -As¡ lo matan a uno estos bandidos! La pobre vieja estaba enternecida. La po- bre vieja s e sentía hermana del perro. sobre las filudas piedras. apagadas ya. el pobre perro quedaba hecho papilla. El perro s e habia convertido en una masa sangrienta. la vieja. La osamenta triturada s e amalgamaba a la piel rasgada en mil tiras. ¿Para qué? Era su destino. En la calle. Una vieja que pasaba también s e habia aproximado. parecían perpetuar el mudo reproche. el rastro de su bocina gangueante.

EL TOQUE DE ANGELUS .

.

vibrando en la suave tranquilidad del crepúsculo. embalsamada por las flores del naranjo y las barbonas. A la hora del crepúsculo. tran- quila esparciendo la voz de su consoladora plegaria por el aire de la tarde muriente. a los rumores del metal despertando de su pesado sueno de senectud. la campana de la iglesia del pueblo. en lo alto de su atalaya enjalbegada. volcando . grave 1s voz. radiosa con la blancura de sus cales crudas. por sobre los manchones rojizos de los tejados enro- riecidos a trechos por el moho. Vieja y única la campana. Temblorosa. el tañi- do dormilento de la campana. y que s e apifian. erguida y dominante. a su sombra protectora. suena la salutaci0ii angklica. tranquilo y pro- longado. heridas de soslayo por el sol poniente. Lenta y grave cantando el Angelus. Unica la pobre campana. sonora co- mo una colmena. Humilde campana solitaria. en racimos. de la Única vieja campana. suspendida por cuatro lazos negruzcos de la viga telaraao- sa y a medias roída por la carconia. en lo alto de la torre de la iglesia. dilatdndose por el espacio.

las alegrías. ponen el primer toque d e sus inmensos manchones. cantar el Angelus con la misma voz grave y tranquila. al transcurrir. y s e disuel- ven a lo lejos. al na- cimiento de cuyos primeros ranchos asistió. empapados en la más intensa de las tintas chinas. como buscando su abrigo protector. con infinitas lanien- taciones. como una impalpable lluvia de lirios ange- licos. esparcir por el aire de la tarde agonizante el eco de sus místicos tafiidos. agrupdndose poco a poco a su alrededor. notas que van y extienden el radio de sus ru- mores zumbantes y s e pierden. y echhndolas a volar por sobre 10s tejados mohosos y las copas de los brboles. ya instalada en su torre blanca. para siempre ce- lebrar. -- las notas de su 'frondoso cáliz de bronce. y con la misma perezosa ondulación. y a la que el Tiempo. como ahora. la primera. gallardeando sobre la cruz de la portada y los artesonados y las cornisas de la iglesia nueva. Iia oído tantas veces. que le ha visto crecer. Unica la pobre campana.172 ARTURO AMBROGl . con tartajoso clamoreo. . en el sitio preciso en que los pinceles de la Noche. las tristezas de su pueblo. y para siempre llorar.

y ansiosos del descanso. y deshilachan- do entre sus encías desportilladas el encaje rancio de una oraci6n. sentada en el vano de la puerta. El cielo se pone de un suave amarillo de maraaon. en la falda la costura abandonada. algunas nubecillas nacaradas sobrenadan. entre las nieblas que se densifican. cansados. en quien la nariz se afila hasta la sutileza sintiendo el olor de la Muerte que se aproxi- ma). el paso del novio. como espesa ebullición de espuma de cás- . alborota por las calles. La chiquilleria des- nuda. mascando el tallo de una barbona. persig- nandose con signo tembloroso. sombrero en ma- no. . EL LIBRO DEL T R ~ P I C O 173 - La campana canta el Angelus con voz re- posada y grave. de codos en la ventana. espera. se detienen. La viejecita (la abuela rugosa y enclenque. Los que vuelven del trabajo. escucha con recogimiento la campana que suena. como la voz centenaria que tartajea un rosario en el silencio de una sa- cristia telarafiosa. mas allá de la montatia. repujándose sobremanera hacia la h e a que recortan las crestas de los cerros. . luciendo la tierra cocida de sus carnes. y la novia. y se extienden. hasta que la última vibración se ha ex- tinguido a lo lejos.

cual si el sonido s e apoyase en muletas.174 ARTURO AMBROGl caras de pacun. regocijada entre el oro de las palmas ben- ditas y el fulgor del sol. L= campana "iiiisma que repicó en las purezas de sus bautismos. temblan- do en alas del viento de la tarde. atropellando el torrente de s u s voces de jubilo. y recuerda. hace despuntar cierto temor en aque- llas almas inocentes y rudas. y conmemoia. celebrando la Pascua de Resurrección. doblando el dia de Difuntos.. . y sus lamentos. la misma campana. despaciosa y grave ahora en el Angelus. apoyarse en muletas. . camino del camposanto que invaden las macollas de zacate-limón y las manchas tupidas de las flores de muerto y de )as borrajas. . y cuyos senderos ondulantes . y su tafiido. y cuyos sonidos pare- cen. jovial de San Silvestre. entre los pitos aturdidores y las campanillas a e los mona- gos en la procesión. y estrepitosa. recordando a sus muertos. silen- ciosamente. volcados desde lo alto de su to- rre enjalbegada. encresponándose. Esa misma campana. cantó en sus bodas la dichosa primavera de los azahares. . llorard sus muertos. la campana'del Miércoles de Ce- niza: la campana del Domingo de Ramos. . temblorosa. como un himno de triunfo. en medio de las sombras de Noche Buena.. f bronce cantandoel ~ n ~ e l u s c o n < ograve. en aquel lago vespertino. . la campana. agaza- pandose en su capucha de bronce. Suena lentamente la campana. Y esa mismacampana. o temblando de frio.to- dos los hechos d e la vida d e l pueblo. la campana. prolongdndose en el aire de la tarde..La cam- pana que marca. por so- bre los ataúdes llevados en hombros. pasaran en parva. la campana del Corpus Cristi. muda en los dias trágicos de la Santa Semana.- Cierto temor d e s ~ i e r t a e s a v i e i acamoana r--i ~ z en !a solemne tranauilidad del creoúsculo . anquilosados.

como lluvia de perdigones de oro. . uno a uno. llenan con su gritería. que van a tapiar. EL LIBRO DEL TRÓPIco 175 se borran entre las malezas que se tragan las cruces. mientras re- cogen los nances que los arboles botan. y que los chiquillos.

. a trechos. y sombrean unos cuantos madrecacaos y naranjos flori- dos. solemne e impresionable. y hacen temblar los senos bajo la tela de la camisa. . . las risas hinchan las gargantas desnudas. CO- mo la ultima frase de un de profundis. los cuatro chorros gargotean.El cántaro se colma despacioso. la VOZ grave de la campana cantando el Angelus suena calmosa. vuelas la corniza descascarada de la iglesia la d- tima golondrina que expurgaba su plumbn. posada en uno de los brazos de la sagrada insignia. En las crestas de las montañas circundan- tes. . la postrera llama violeta del crepusculo se apaga y de la Cruz del perddn. pintada de verde y recta sobre su z6calo de calicanto. la grania requemada.176 ARTURO AMBROGI En la pila. con sus cántaros de barro apoyados en la cade- ra. cuyo piso arcilloso y lleno de baches. cristalino y frá- gil. con la música primordial de su cai- da. esperan el turno. en medio de la plazuela. el charloteo de 12s muchachas que. acornpa- fiando.Y en la t q r e cercana. cuyas laderas se arropan yaen sus mu- llidas colchas de niebla. el chorro suena. invadido por las yer- bas y cruzado de hondas cicatrices. . alfombra.

agrupado alrededor como un temeroso rebado al cuidado del pastor. de sus calles solitarias. a la hora del crepúsculo. vieja y Única campana de la torre. larga. . y que s e enrollen las solfas. Y las guirnaldas de los naranjos enflorados. arrullad a vuestro pueblo. la sangre y los azufres de las barbonas. avisad en los nidos que la hora del des- canso y del silencio ha sonado. Ile- vando vuestra voz recordatoria hasta el confin de la montada invadida por las sombras. y agitando sus co- pas. Seguid sonando. pobre y sola siempre. bermejo y pajizo. o una riña de chicotes. Seguid sonando. te- nebroso asiento del Misterio. . triste bajo las tristezas del crepúsculo. EL LIBRO DEL TR6PlCO 177 Sordo zumbido del pobre bronce golpea- do por el badajo herrumbroso: seguid col- mando con vuestros cantos el espacio. tristemente. las milgranas de los granados.Que s e guarden las flautas. de paso. zum- bando en el aire vuestros sonidos como un alborotado enjambre de avispas methlicas. Sonad por siempre. . Adormeced. Sacudid.

.

LA SOMBRA DEL AMATE .

.

si s e o s ocurre al- gunavez transitar por estos apartados sitios. En medio del patio. y en el que un frondoso amate. frente al rancho. que tiene por perpetuo fondo una cadena de montañas muy zarcas. s e alza el amate. . en cada rinconada. está plantado y despliega su sombrilla de ho- jarasca esmaltada junto al pajizo rancho. lo ver& reproducirse a cada vuelta de ve- reda. proyectando su intenso manchon de sombra sobre la pajiza techumbre. Y este sencillo paisaje.

Ya estdis al tanto del escenario. . frente al rancho. Ya contempldsteis el amate esplhdido desple- gado en el patio. Pues ahora vais a saber el lugar que ese mismo drbol ocupa en la vida de estos la- bradores.

del labrador. al arado de madera de conacaste. se ve16 el cadiver del zipote We se llevó al cielo la d t i m a a viruela. nuevo. en- tra en el * haber. a lamedia docenita de gallinas. a la va- quilla lechera. en carifíosa com- Paflia de vecinos. que al ser evocadas se dibujan con colores alegres. a la escopeta y a la pareja de cumas. portento en seguirle la pista al gato de monte. o ya desnu- do y descabalado. en forma piramidal. Bajo el amate fuC t a m b i h en donde. El amate. o ya achacoso. un mozo honrado y trabajador. EL LIBRO DEL TRÓPICO 183 El amate forma parte integrante del hogar campesino. la que voló lejos del rancho. lustroso por el inveterado manejo. Es algo que entra en el in- ventario. lejos de la protectora Sombra del drbol familiar.a la yunta de bueyes. con su pareja. Unido a kl van rernembranzas de la vida. junt0. Ba'o el arnate fue en donde se bailo. a labrar su nido entre los cafetales de las faldas del Volcin. o extendido como un parasol dc esmalte. . a la cebada pareja de cerdos. se cmt6 y lib6 hasta el hartazgo. y fuk. al par de ga- llos fecundadores. al perro ktico. poblado de luciente hojarasca. con motivo de la boda de la primogknita. una noche fatal. o amortajavelo de intensa melancolía.

fresca a todo instante. está la piedra en que se amuelan 10s machetes. engullir los huacales de su- culento atole. rociado con unos cuantos tragos de chaparro. sencillas. y duerme. Alli es donde se atacan con formidable glotonería. Santa Lucía. y mullido colch6n de la tierra cubierta por las hebras de zacate seco. Allí. haciendo almohada del raigambre del tronco. honra el rancho con su visita. roncando. Ahi mismo es en donde. y al compás del acorde611 o de la guitarra. como un espinazo. ties.184 ARTURO AMBROGI Bajo el amate queda la desuncida carreta apuntando al cielo con su tim6n. está la piladera en que se saca el arroz. resguardado por abollada ldmina de zinc. labrada a machete en el tronco de un aguacate. de esponjosos salpores. es baja el amate el sitio en donde la parte profana de la velaci6n se desarrolla. Bajo el amate se congrega la familia y sus relaciones de los aledafios. uno de los numerosos que en brazos de los demandaderos recorren los cuatro Ambitos del valle. cualquiera de ellos. de doradas tcrtas. que huelen. arrullado por el zumbar del enjambre de . estd la canoa del agua para las gallinas. Y bajo el radio de su sombra. como humedas reseda's. o de mazurca. Cuando el Santo. de olorosas quezadillas. se tiende. para darse sus vueltecitas de bos- ton. modular esas tonadas. Bajo el amate duerme la siesta el mozo que espera a que calme la fuerza del solpara rematar la tarea. cuando San Jeronimo. San Nicolds Obispo. para en la epoca del elote. lns bateas de humeantes tamales. San Antonio del Monte. se encuentra el trapiche de madera y el horno con su perolito de hierro. envuelto en su blusa confeccionada con bagazo de cafia. a la vez misma que se vacian los grandes batidores de cafb y las disimuladas vermnte- ras de patrio licor.

que tienen su desván bien arriba. lanza desde sus ramas las postreras clarinadas. alli s e juntan todos los mozos.. las hojas le dirán adios. Ira cayendo su corteza. que repercuten sonoras. antes de saltar a tierra. Por las tardes. Sin el amate en el patio. rezongonas como viejas murmuradoras. se mutilarán sus ramas. El gallo. Hasta las gallinas le abandonarán. de sus flores y de sus hojas. al apuntar Mayo. todo el opu- lento tesoro de sus frutas. entre los ranchos. para siempre.Los pájaros le buscan. y forman rueda del rústico yantar. Los clarineros. EL LIBRO DEL T R ~ P I C O 185 que ronda una profunda hen- didura del tronco del árbol protector. Allí se levanta el altar. se relatan las historias escabrosas. La sombra del amate es para estas pobres gentes. por las tardes. celebran consejo en las ramas bajas. es el escuerzo el que croa. algo faltaria en su vida. en su fronda arde el barullo. Las gallinas. No hay hacha que se atreva a profanar su tronco. el enjambre de moscardodes. El amate es sagrado. arman la gran pelotera. . Intocable. por misseguro. El amate canta. Irán . Al despuntar la mailana. Los clarineros son los más impetuosos de los pijaros. bien abrigadito en la misma profunda hendidura en que a la hora de la siesta rondaba. algo asi como un casino. para elaborar sus nidos. mojado por las primeras lluvias. Y las guacalchías. y allf s e desarrollan las bromas. como ofrenda. revuelan los pican- tes dichos. se sacan a relucir las miserias de los hogares campesinos. al cual los campos envian. al salir del trabajo. la hendidura actual ahondará m i s y mis. a la hora del tramonto. zumbante. La vejez hará a su tiempo presa en CI. croa. Bajo el amate se compone la Cruz. cacarean..

sobre cuya pajiza techumbre. frente al rancho. solo. Y el pobre ama- te.186 ARTURO AMBROGI en busca de nuevo albergue. no caerá nunca mas su intenso manch6n de sombra. en medio del patio. SO quedará abandonado. alzándose como un ~ O ~ V O ~ O esqueleto. .

CAMINO DE LA QUEBRADA

1.-Por el estrecho sendero, encajonado
entre la doble cerca de piña, van, por
parejas, las muchachas.
El sosiego crepuscular, es apenas alte-
rado por el rumor del río cercano, que va
rodando entre talpetates y breñales, o bien,
por el silbido de algún pájaro retrasado,
en busca del nido; o por el sordo murmu-
llo de las hojas de los árboles, como to-
cadas, dc paso, por algunos finos dedos
invisibles.
Bajo los ramajes ensombrecidos de las
ringlas apretadas de paraisos, altos y flexi-
bles; por el estrecho sendero encajonado
entre la doble cerca de pida, que pueblan
10s bejucos de campanillas y de chonchos
Y alegran con los diversos matices de sus
golpes de flores, van, por parejas, las mu-
chachas.

190 ARTURO AMBROGl

11.-Camino de la quebrada, a la hora
crepuscular, van, por parejas, las mu-
chachas.
El cántaro de barro sobre la cabeza (el
barro de la tierra y de las pieles indige-
nas.) Tostados los hombros y el cuello,
que surgen, desnudos, del holgado escote
de la camisa. En alto el brazo, sosteniendo
sobre el yagüal, en una graciosa actitud
de canéfora primitiva, el panzudo cántaro
de barro.
P o r el cielo de la tarde, terso y naca-
rino, desfilan, rápidos, algunos raigones de
nubes, levemente teñidos de carmín. En el
horizonte, hay como el reflejo de una fra-
gua. Un resto d e luz ribetea las crestas
del cerro de Tonacatepeque, (en vigoroso
realce en un flanco del horizonte), o bien, al
chocar sobre las rugosas hojazas del chi-
chicasie, esa misma claridad postrera des-
pide reflejos de un verde metálico intenso.
Los sauces, que aparecen diáfanos, y como
calados, en medio de la claridad solar,
parecen profundos e intensos a la hora
del crepúsculo.

gota a gota. Lenta. como sue- len hacerlo las muchachas que en los ver- sos crepusculares de los poetas vuelven de la fuente. por parejas. como desarbolado navio de hormigas. EL L I B R O DEL T R ~ P I c o 191 ~ll. tal vez. al mismo paso reposado. No cantan. en el fondo del quiebre. Hace temblar apenas la escondida hnfa alguna hoja seca que se desprende. No cantan.el agua de la quebrada queda fluyendo de los talpetates en hebras cristali- ms. casi adustas. Van. las espere a la orilla de la quebrada. llegan.-A la quebrada. toman. y el mismo reflejo de la incurable tristeza d e raza. sin apre- surarse porque alguien. pre- cisas. cerca d e las claras vertientes. por el agua.se que- jan. pero tampoco . Y lleno ya el c i n t a r ~de barro. cae el agua diafana Y estancada se queda despues entre la grama. y se queda flo- tando. Silenciosas. reposadas. las muchachas. Caminan. con la misma calmosidad. vuelven al rancho. la arena y los guijos de piedra ptmez. en medio de la montaña. el agua.) (Y alla. lentas. Con un reflejo de incurable tristeza de raza cincelada en el rostro enigmitico. cincelado en el rostro (del color del barro del cintaro y de la tierra asoleada. van. entre las zarzas de los que- queishques~.) .

Al ritmo. al travks de la tela transparente de la camisa sesgada al hombro. de vez en cuando. tiemblan los pechos. las muchachas. Sus ojos van viendo el suelo. con el agua en los cintaros de barro. con cierto provacativo temblor gelatinoso.192 ARTURO AMBROOl 1V. . dejado y cadencioso. erectos y apretados. Traen la cabeza descubierta. de su paso. El pie desnudo. dejando al descubierto. recogida y prendida a la pretina. caen las dos largas y gruesas trenzas rematadas por lazas de listones 11 ocres. sobre las des- nudas espaldas. Y su labio. el tobillo. deja impresa su huella en el polvo arenoso del sendero. el harnionioso arranque de la pantorrilla. por parejas. vuelven. La enagua. s e contrae en una mueca inexplicable.-De la quebrada.

. que hoy todavia suelen acompa- Aar sus danzas perezosas e insipidas. s e quejan. La zambumbia. la sangre del blanco. con- taminadas del sopor solar. su canción es plañidera. d e las profundidades de los tiempos. eterno a pesar. de la epoca en que sus antecesores cazaron la puma y el coyote con sus flechas engala- nadas de vistosas plumas. punza alguna lagrima por quién sabe que dolor pasado. turba la tranquilidad de la hora crepuscular. abrumada por quien sabe qué legados de ancestrales amargu- ras. de lo que le viene. Ilo- ran como ellas. nuestra levadura indigena fermenta. despues d e Siglos. Se queja de lo que no ha sufrido. Y honda melancolia invade nuestro espiritu. y ofrendaron al idolo. el recuerdo de la amargura de aquella raza exterminada. Es una raza triste.-Y nunca el eco de los cantares de las muchachas que vuelven de la quebrada. Parecen haber recogido y conservado en la melodía en su pobre mú- sica el eco de aquel hondo desconsuelo. y que al cantar. como humedecida en lagrimas. o hacen segunda a sus tonadas desabridas. Raza que no rie. por ley ineludible. el tepu- nahuaste. V. Y al oirla repetir. y en nuestros ojos rehacios. en jarras de piedra. Nuestra garganta s e anuda. la caramba.

aquella huella tosca. a lo lejos. Se alejan.-Por parejas se van alejando las inu- chachas que vuelven ya de la quebrada. Pasan. Y en el polvo arenoso del sendero queda. Se pierden al fin sus finas siluetas. con su cántaro de barro en la cabeza. Se van empequeñe- ciendo. VI. moldeado. . y parece querer conser- var. por siempre.

y un gran soplo tibio trascendiente a grama pisoteada. con sus cántaros de barro en la cabeza y en el rostro cincelado el reflejo de la incurable tristeza de la raza. aquel lento desfile de parejas mudas.-Y en el momento en que las ceni- zas del creptisculo s e ciernen más copiosas. casi adustas. remueve los ramajes de las ringlas de paraisos altos y flexibles. . una profunda melancolía que ni n- guno de nuestros poetas ha intentado aún expresar. solemne y re- posada. que vuelven de la quebrada y s e alejan. en que la noche s e avecina. tiene una indecible. VI1.

.

L A P A R T I D A DE L A S C A R R E T A S .

.

Hui voy.\. la in- tensa clarinada repercutia por el espacio despertando a los otros gallos. alto de los copudos amates. haciendo in- terminable pausa entre pieza y pieza. Yeshora d e que los vayamos.lapo! Una voz soiiolienta contesto. el patojo Carmen. Los gallos cantaban por terceravez desde lo. La aguda. El colchón de tusas crujió en la obscu- ridad. las dos Únicas de su indumentaria: el cazoncillo de Búfalo y la camiseta de idem. entre las ásperas tibiezas de los matates. a duras penas y a ellas también comenzó a vestirse. . -AIapo! . Se vestía con una cachaza de anacoreta. que contes- . de mala ma- nera y en medio de un ruidoso y dilatado bostezo: -iQnfai? -Que te levantes. hombre. Mientras el Mapo practicaba su Geticulo- sa toale. trajinaba por el vasto patio d e la hacienda. -Bueno. Después. el dormilón s e incorpori. despertando a los mozos que dormían sobre las carretas cargadas. con'el puro en- cendido entre los labios. Un nuevo bostezo retumb6.

entre los chirridos estri- dentes de las enroílecidas visagras. -Trajeron los bueyes. que aun no sale del lecho de Venus. en el espacio tranquilo resonaron los metiilicos quiquiri- quies consanguíneos que contestaban. Ya van a dar las tres. envuelto en una manga chapina. que todavía rumia- ban el Hltimo bocado de grama. Uno a uno se levantaron los carreteros y fueron. Está bueno. que ya es tarde. el padre de la prole. por tradición que pasa a traves de generaciones. intentando descubrir la figura de determinada persona. como a la voz de alerta de un imaginaria. temerosos tal vez de las mitológicas iras de Marte. y mientras los enyugaban. la puerta del caserón de la hacienda se abrió. -Aja. en busca de sus yuntas-iiMaldita suerte! Cuán- to mejor sería quedarse durmiendo a pierna suelta entre las ciujientes tusas. Pero desen apriesa. entre los bostezos y rezongos. En el dintel apareció el patrón. sin traspasar los umbrales de la puerta. -Carmen ! ! Carmen ! ! ¿Cuántas anegas llevas? -Cuarenta en las cinco. El patrón. expuestos a romperse el alma! (En el fondo sosegado de cada campesi- no hay un rebelde inconsciente). y no irse por esas cuestas y esos vericuetos endemo- niados. están al tanio de la suerte que corriera Alectrión. Todos los gallos. como a una consigna. . y estos gallos tropicales no pecan de ignorantes en lo tocante a mitología. levantó por sobre la cabeza el farol para alumbrar el grupo de carreteros. En ese momento los gallos cantaron por cuarta vez desde lo alto de los copudos amates. segun cuenta el Dialogo de Luciano. Y por cuarta vez. patrón.200 ARTURO AhlBROGl taozn con otras tantas clarinadas agudas e intensas.

vas a ver a don Jesus y le decis que si al fin le mando los cuzrentapesos de dulce o no. El horizonte ibase aclarando más y más. parecía una formidable ola pizarrosa pronta a caer sobre ellos y aplastarlos.Carmen!!! No te olvidés de trer la me- dia de criolina para la ternera que está en- gusanada. una voz contestó: -Güeno. patrón.repitió. comenzaron a descender la cuesta. traspasada la puerta de la hacienda. cuando pases por el pueblo. fronterizo. patrón. La niebla s e desgarraba. El canto agudo y persistente de los grillos entre los escobillales rayaba el ambiente matinal. -Amonds pui!-gri tó uno de los carreteros. -Güeno. Las carretas. -Gtieno. -No s e te olvide. Capitán! -Chiltóoto! Las puyas golpeaban con varazos secos y repercutientes la madera del yugo. patrón!-añadió maquinalmente Carmen entre las sombras. -Ahh! Y a la vuelta. El ca- lichoso esqueleto de algún jocote comenzaba a diselarse sobre el fondo gris con indecisos rasgos. Las carretas comenzaron a caminar entre el crujido de los ejes y el rastrear de las ruedas. enredándose entre las ranazones de los ár- boles. -Torditóoo! -Andele. EL LIBRO DEL T R ~ P I C O 201 . o arrastrándose por los suelos. puyando sus bueyes. mientras con vi- gorosos tirones apretaba el fiudo al barzón. El cerro de Guazapa. Entre la sombra y los chirridos de las co- y u n d a ~que iban afianzando las cornamentas a los yugos. mientras volvía a cerrar la puerta entre los mis- mos chirridos estridentes de las enroñecidas visagras. . Se oían los porrazos en las piedras y en los . para esti- mular a los tardos animales.

el rio estruendaba en- tre los peñascos.202 ARTURO XXIBROGI baches. . la tranquilidad volvió a reinar en el extenso patio de la hacienda. Los gallos de los amates cantaron por quintavez. Un perro ladró a lo lejos. dejando percibir en todo su dibu- jo el conjunto del paisaje. Del corral cercano s e alzaban los mugidos húmedos y prolongados de las vacas allí aglomeradas. La niebla habiase borrado por completo. Momentos después. Cacarearon las gallinas. En la lejania.

ELOGIO DE LA CHICHARRA .

.

En las sumidades del seco ramaje. . como cuerda. y celebrando el Triunfo de la Siesta ardorosa. La chicharra hace resonar su canto en el aire sofocante. y naufragar. entre las escasas hojas deshilachadas y polvorien- tas que perduran fijas a las ramas tostadas. de cara al cielo. Y entonando las Letanías del calor. en la caja de un violin fracasado. la chicharra frota sus elitros desesperadamente. disolverse acaso (como un grano de incienso entre brasas) en las ondas flotantes de ese ruido metAlico. parece querer aturdirse ella misma. uni- ca y vieja.

cada vez más estrepitoso. dos iinicas pobres notas. s e alternan a la iniciación del canto. en un furioso acrecentamiento.. despaciosas. áspera hastala desesperación. amal- gamarse en una sola vibración. cada vez más vivo. amplia y envolvente. Canción senil y aislada. agria como el rasgufio d e un diamante sobre una lámina de cristal. . una a otra. para luego. cortante al oído como elfilo de una espada. una a otra. Las dos iiniczs notas de su violín fraca- sado. como arrastradas.

reflejos de cobre en la caparazón. sobre el dorado fondo del complicado ramaje. la pobre música de la chicharra. tiene casi el inefable encanto de ur. entre las vacilantes hojas secas. bril!os d e gema en los ojos a iace- tas. Y en el ambiente aletargado del mediodía. destellos de cristal en las alas sutiles. menuda. adherida como una garrapata a la polvorienta corteza con su red de pa- titas de seis articulaciones. fastidiante. entre 12s hojas doradas y vacilantes. mode- lada sobre el fondo del entreverado ramaje. agria. Y vista al sol.a melodía perdida y adivinada despues de años. y toda ella. en medio del sopor. adherida como una garrapata a la corteza terrosa. en un rincón apartado de la memoria. tie?e su menudo cuerpo abroqueiado. . irradia como u n preciado joyel de la Naturaleza. por casualidad. aislada.

Canta el bochorno de los potreros en que el ganado sestea. la charra de palma embrocada sobre la cara. como un 61eo cabali'stico qué aliente. el esplendor de un espec- . Canta a los ramilletes de shilas que flore- cen en explosiones de laka roja (los rami- lletes de shilas que toman. En el silencio canicular. bajo la crudeza del sol. extendido hasta perderse de vista. un aspecto fanthstico: el de una aglomeración de brochas empapadas en sangre fresca: toda la sangre de muchas vidas. aca~arada v consumida. como escuadrón de coraceros listo para un desfile en honor de la Ceres tórrida. que avive hasta la exasperación. y que empompona sus chipustes de compactos plumeros de plata. bajo la cual la simiente fecunda. y al labrador que duerme a la sombra del Brbol. asediado por los tábanos. Canta a la yunta desuncida que descansa. Canta al sol que arde en el cenit y corroe la tierra como un hcido. la chicharra canta. Canta la tierra chamuscada. Canta al maizal que dora sus millones de mazorcas. Y al caííaveral. Canta la laxitud de la hora.

y a los girasoles que. que procrea en su cueva. viejos $ruidas de las montañas. y a las incansables guacalchias. En el nace. de doble cabeza. erizados como apiilamiento de puntas de clavos rofiosos. tal vez venerados por nuestros antepasados. . que s e cela entre los cercos. al talapo. Canta sobre todo al Calor .) Canta la tranquilidad metdlica d e las charcas. . siguen el curso del sol. todos cubiertos de ronchas de esca- bros y de los arfios acerados de las pardsitas. contempldndole cara a cara. . Canta las suntuosas colgaduras que for- man las marafias de pica-pica. como una abuela achacosa en su cama matrimo- nial de arcaica ebanistería. que fabrican sus nidos entre los zarzales. erguidos sobre sus tallos lianescos en actitudes mayestdticas. Canta a los salamos. como d e un mugrien- to sudario. para sugerir una intensa sensaci6n primitiva. a la negruzca tepelcúa. Canta a los pijuyos que dormitan entre los desponjos. EL LIBRO DEL TRÓPICO 209 tdculo d e estetismo bdrbaro: todo un sacri- ficio. entre encajes rancios y lienzos olorosos a alcanfor. en 61 goza y s e reproduce. sin deslumbrarse. y hoy pasto seguro del hacha tirdnica de1 lefiador. y en medio de 61 s e muere de vieja. como a un igual. cuyas aguas catal6pticas s e cubren con la nata de la lama. tendidas de árbol a Arbol. y en las que el m6rbido matiz morado oscuro sugiere la idea de la túnica inconsutil del divino Nazareno. como un florecimiento de hongos de ollin. roidos por la car- coma. en el vive.

vibra en el aire sofocante. ebria de sequía. la chicharra. entre las ramas escuetas. y caen en Aureo aluvión y alfombran suntuosamen- te el suelo. con estridente ruido metalico. llena de sugestiones estivales y adormece- . y su canto primitivo. y crujen. redondo. martirizadas por el calor. prendida al tronco terroso. ígneo como rodela de hierro sacada por la tenaza del horno crepitante d e la fragua. su pobre frase repetida hasta el cansancio. mira al cielo que arde. .dora como ingenua tonada de nodriza. y al sol. y vieja como el Mundo y la Leyenda. Y mientras las hojas s e abarquillan.

LA QUEMA .

.

Aquella Estigia no espera mis que la surque la barca de Caronte. y con cierta modorra canicular perpetuando en la atmós- fera. Negra y honda la noche espectante. ni los girasoles del medio día seguirán el curso del sol. Parece que en aquel cielo no volverán a abrirse más los lirios rosados de la aurora. por el brillo parpadeante de un sólo lucero. Sin un aliento. En medio de la negrura de la noche (in- tensa mezcla de betún y de ollín) ni tan siquiera aclarada. pen- sativa y sola. Sosegado el viento. levemente. y como en la espera de un trá- gico suceso. Sin un murmullo . Sorda. tal parece que en la superficie del cielo. la luz del día no volverá a brillar nunca más. ni las violetas pálidas del vespero caeran una a una en las faldas de negro crespón de la noche que avanza. la lámina de aquel lago tktrico no puede pres- tarse más que a esos fúnebres transportes. el espec- táculo de la quema se desarrolla con todo el vigor espectral de una escena dantesca tratada por el crayón de Gustavo Dore. la noche despliega todo sx te- soro luctuoso. aho- gada en la onda de sus espesos betunes y la legía grasienta de sus ollines.

El Tiempo la ha muerto. vistas de lejos. Ha terminado la era dionysiaca. degüella t ~ d otallo de luz que amaga despuntar. que hacen. Sobre las hojas secas que alfom- bran los senderos. sin que en el fon- do de ese pesado sopor nada acuse la miste- riosa palpitación de la vida. entre la maleza. así muda. el incendio adquiere. y la imaginación. Parece que la inmovilidad y la adustez del cielo. la majestuosidad de lo fantástico. y estruja. y desmenuza entre sus tentáculos de pulpo toda gloria d e tintes. Las llamas de la roza. Pan ha huído. Una corona d e fuego circunda la planicie del lomazo. todo asomo de alegría. la hubie- ren contagiado. perder la noción del lugar y el instante. La Naturaleza. Y en el fondo de las selvas. Cielo y tierra tiemblan de pavor. E s el color de la muerte. nega- ción de color y de luz. por grados. sugieren la idea de las hogueras de un aque- larre. trans- portarnos a los linderos de un país que nunca hemos sospechado y en el que acon- tecen cosas como las que sólo los poetas saben y cuentan. y sobre el fondo del horizonte. El negro. y en alas de la fantasía. así mag- nificada por el espíritu de la poesía. Y la visión s e agranda. en la fuerza de la sensación. Un hervi- . apenas queda la huella aguda de su hendida pezufia. por la sen- d a estrecha y coruscante. El negro e s fatal. como sobre un espejo que aumentase la vi- sión. le prestan propor- ciones fabulosas. así silente. parece petrificada. despuntan en la memoria las estrofas de la Walpurgisnactstraum. con su hoz de implacable segador. el eco de la siringa s e ha apagado. Acercándose al misterio. y el ojo. y su sombra s e alarga por el mundo. en el primer Fausto de Gcethe.214 ARTURO AMBROGI ~- la Naturaleza aletargada. Caronte extiende el bra- zo nervudo que empuña el re'mo fatal.

las pavesas vuelan. Sube el humo. serpenteando como nidal de sorprendidas víboras. El reflejo violento del incendio ilumina la aglomeración de follajes de los que. Entre los troncos a- lineados. s e ensangrienta. como en un óleo. s e elevan. Poco a poco. iluminase un grupo compacto de cocoteros. al cundir el fuego por la roza. en la boca de una caiíada. estallando en lo alto sor- damente. cru- jen al arder. silban los bejucos verdes to- davía. Crecen las llamas. o las marafias de pica-pica pa- recen enmadejamientos de gusanos negros y peludos. Altas. EL L Z R O DEL T R ~ P I C O 21 5 dero de llamas circunda la planicie. s e retuercen al carbonizarse los troncos mutilados por las hachas. y a la vez. caminando insensiblemente. alargándose. a trechos. o de ve- . Entre los troncos. percibese una perspectiva profunda de nave abandonada. inmóviles los plumeros. y for- ma al espectáculo imponente toldo. en la savia de la tierra. En un flanco. llenando un fragmento de sombras con la estupenda crepitación de sus rubies. en roja corona d e sangre inflamada. presas del voraz elemento. parecen alentarse. como en un motivo de apoteosis. ondulando. como papalotas achicharradas por la llama de una vela. como en paroxismos de intenso dolor. inalterables en su herdldica actitud. o de basalto. quebrándo- s e en zig zags. las hojas consumidas crepitan. enfilados como pilastras de acero. espesándose. No son ya co- rona de poder infernal: son como el for- midable enmadejamiento de una cabellera ígnea alborotada por el pavor. y ar- der en holocausto de alguna deidad miste- riosa y terrible. las ra- mas secas. los manojos de be- jucos requemados cuelgan como zogas de ahorcados. las llamas s e concentran. sin abatimiento alguno. toda la mar de crestas de las montafias colindan- tes. altos y rectos.

s e van apagan- d o gradualmente. en la planicie de la loma. y por sobre la planicie de la loma jibosa. rajadas. mu- llida como una zalea. de un verde mineral. y enciende las ronchas lila de la meñuda borraja. las matas de botoncillo. siguen concentrandose. y entre las cenizas. los madroños rosados de las zarzas grefiudas y hostiles. de un rojo detonante. las orillas quemadas. de las sangui- narias. el esqueleto carbonizado de alguna rama. o bruEido bronce. ya rectas. . parece d e metal incandescente. flores de imagi- naci6n enfermiza. chispea. lista para la forja. el gris de cáfiamo de los plumeros del chimaliote. En tanto que las llanias. presta un fondo lujoso a toda aquella iluminación de colores: an- tójasenos el terciopelo sobre el que toda aquella floración ha sido bordada con las más intensas y mas brillantes de las sedas: una colchz sobre la cual s e consumaran las nup- cias de la Ceres tórrida. los apiíiamientos de campanillas ras- treras. la no- che e s todavia más obscura. la noche vuelve a tender sus lutos solemnes sin las Iágri- mas de plata de una sola estrella. y en forma de tirso. ilumina la alfombra de grama. la vara vio- lada y sonante del chichingnaston. de configuración y perfu- mes obscenos. deformes. cuando las ultimas coronas de chis- pas s e borran. que rompe la espesura de la bóveda. de la vara de chacha. nevadas de diminutos capullos. las guías de moccs de chompipe. las aglomeraciones de cuentas. La mullida zalea de la grama. cuando la Fiesta del Fuego ha terminado por coinpleto. los hiso- pos. y el horizonte todavía más profundo. de las que penden las flores extrañas. ya curvadas. Y cuando s e apagan las ultimas crines de llamas. sonoras todavia. resplandece. pintadas de magento. Todo el conjunto fulge. - teado marmol. alguna pro- yección roja.

VIDA DEL &ALERO= .

.

raro e s quien le vaya en zaga tocante a honradez y respetos. No hay. cer- cado de piña y brotones d e palopique. Curtido vor el sol. ademas del rancho d e ta- zacualeadas paredes. Alto. Dentro. macizo como un troncón de cedro. y conifero techo d e zacate de Castilla. la deshunciada carreta y la piladera. bajo el amate imprescindible. ~ e b o z a n d osalud. trasvertiendo tranquilidad. quien aventaje al Ca- lero en el trabajo. Con unai manazas y unos b'iceps de gigante.nadie como el Calero. bien prensado y sujeto. areñudo. Nadie como el por todo el contorno. hacia la puerta de golpe del potrerito. en premio de su buen comporta- miento. Y a la vez. De la primera a la Ultima ceiba del valle.. nadie duda. Mas a un lado. En el guatal. unas cuantas tareas de terreno fertil. s e condensa toda la fortuna del honradote Calero. semi indómito. limpio y api- sonado. el chiquero en el que una mancuerna de . el honor de llamarle así. El Calero e s propietario en pequefio. yace en un rincón del patio. siquier su propiedad no alcance las dimensiones que un paauelo de hierbas. Le haremos. Na- die. todo el mundo esta en perfecto acuer- do: .

suele sacar el acordebn de su caja. y despi- diendose de su mujer. e s t i de vuelta. sentado en el corredor.esta en vena*. siempre junto a la vaquilla.220 ARTURO AMBROGI cerdos aturde con sus gruñidos desapaci- bles. y antes que el sol se oculte. y darse al repaso de su repertorio musical. alrededor del canasto repleto de mazorcas. asi que ha apersogado a la yegua. se encamina al trabajo. Algunas veces. muy cerca de la piedra en que se tritura el nistarnal. ca- careantes. y en conformidad con la mdxima de 4 0 que abunda no daña. así que remata su tarea con las gallinas. picoteando el suelo. el primero en rematar su tarea. y a su vez. El Calero tiene fama de hombre de eco- nomias. desgranando maíz para las gallinas que se arremolinan. Año Con año siembra sus manzanas de milpa en la . que en el tabanco anda bien oculta por los rincones la anona de dinero. cuando . esta también la yunta de bueyes. El seilor Jencho asegura. Y en el corredor del rancho. el Calero trabaja fuera de casa para no dejar de ganar lo que se pueda.. y marchase. Algunas veces. Un perro duerme al calor del fogcin. A la sombra escualida de un palo de pito. Y cuando el difunto Guzmdn trat6 de ven- der su yunta de bueyes. Y allí le ver&. cabe todo. la mu- jer del Calero muele el nistarnal en la pie- dra y va echando las tortillas. en amable compañia de la yegua tordilla y de la vaquilla lechera. sin que nadie las espante. Antes que el sol despunte sale de casa. Dentro de tan estrecho recinto. muy formalmente. cerca del poyo de adobes en que humea la olla y se caldea el comal. Esos dias s e levanta muy de mañanita. le di6 por ella sesenta pesos bamba sobre bamba. Es el primero en llegar. Unas dos do- cenas de gallinas cacaraquean.

Hay un oficio en que el Calero e s un especialista sin rival: el de puntero. las ocupa en jugar pelotaen el patio de ña Anto- nia. para ir a los oficios y al Santo En- tierro. tan duro. llena de pliegues. toda arrugada. cuatro fanegas a venderlas a la ciudad. EL LIBRO DEL TR6PlCO 22 1 hacienda y entroja el maiz. apenas s e astilla. s e divierte oyendo las chucanadas del Gua- tdn. imposibilitado de dar un paso fuera del rancho. No debe nada a nadie. Las tardes de esos dias. que el se- ñor Manuel sabe de caña que es un portento. El Calero saca el dulce blanquito y duro. d e memorable recordaci6n) s e estren6 una mudada de casimir. que e s un alma de cintaro. y eso. Todos los domingos va a iiiisa: No deja ni uno solo de hacerlo. La gente da d e esto mil versiones: la mAs aceptada e s la de que no s e ha hecho asi. y lleva todos los sibados sus tres.Cuestz del Burro. en perfecto estado. que si s e tira una tapa contra el suelo. o sentado con los demás de La Junta en los talpetates de la . Esa mudada sale de su encierro. ni tienta dado ni carta. o dando cobz al Macho. y el dia de Santa Catarina. la que después de tantos años conserva en el fon- do de la caja. tener molienda propia. En una fiesta d e Santa Catarina. Cuando eso sucede mAs de algun zumb6n envidioso le levanta una jicha. No echa tragos. esto es: dos veces al año: para Semana Santa. al pobre Macho. pero no s e ha atrevido. Nadie que sepa limpiar una perolada. esperando aque valga. El señor Manuel Melara le ocupa todos los años. toda la vida. a menos que estC en cama. solamente cuando repican gor- do. Su sueíío dorado ha sido. bien do- bladita y envuelta en una toalla. ni de punto al dulce como él. porque la señora . en que Nuestro Senor decretó descanso. cosa por la que el Ca!ero rehuye siempre el vestirse de serior.

no quiere. semi indbmito. va el Calero pa- sando su vida tranquilamente. curtido por el sol. y con un par d e manazas y unos biceps de gigante. su mujer (que parece que e s quien lleva en casa los pantalones). Y así. buenazo. gretíudo. esperando a que Dios sea servido en llamarle a su santa guarda. ni envidioso ni envidiado. rebozando d e salud. del rancho a la tarea. . por- que el oficio es muy compendioso.222 ARTURO AhlBROGl Petrona. trasvertiendo tranquilidad. macizo como un tronco de cedro. de la tarea al rancho.

EL PASO DE LA RECUA .

.

Y en medio al 15 . A ambos lados del camino s e enristran. La hora e s ardiente. Solo unos cuantos pijullos resisten la temperatura. Cae perpendicularmente el sol. s e han marchi- tado. hasta perderse de vista. saltando con torpezas de tullidos. por entre los varejones de las es- cobillas. e s hora de delicias. Cac pcr- pendicular. en- tre las requemadas macollas. enjambre de viboras en celo. cuyo verde esmaltado. Van. y el entreverainiento de sus bejucos tostados. Para los pijullos la hora del me- diodia. armando una batahola de mil diablos. las cercas de pifia. dormitando la siesta. La Naturaleza parece aletargada. evoca en la imaginación. en medio del cual apenas repercute. deslustra espesa ca- pa de polvo. Es la hora del mediodia. Las enredaderas. estridente. encendiendo ofuscantes rcflejos en el polvo calizo de la carretera. el agrio chi- rrear de las chicharras y d e los chiquirines. interpeladas entre las pencas espinosas. y en que las culebras s e enrroscan. amodorradas. Sumida en un sopor de plomo. La hora pro- picia en que los garrobos toman el sol en la cúspide pelada de los Arboles. Los pájaros han enmudecido.

226 ARTURO AMBROGI fuego canicular. . entre la lluvia de flores rosadas que botan los curaos. la ultima brizna d e hierba ramoneada. rnien- tras las gallinas les picotean entre las costillas. sobre el suelo apiso- nado. varios perros titicos dormitan. satisfechos. lentos. res- plandece como una colmena de oro. pero ellos parecen no darse cuenta. entrece- rradas las pupilas. Unos cuantos pollos desplumados revuelven en un rincón un destripado matute de tusas. persiguiéndoles las pulgas. felices. En el poyo el rescoldo humea. En la soledad d e un potrero. La mano descansa en la piedra de moler acabada de lavar. rumian despaciosos. El cono de paja de un rancho. rodeado de las inmóviles cepas de platano. Al abrigo del corredor. entre zumbidos que repercuten con vibraciones de enjambres de avispas. echa- dos a la sombra enrarecida de unos huachi- pilines. unos cuantos bueyes. ellos están como en su ele- mento. sumi- dos por completo en la beatitud del mo- mento. El rancho duerme. Los moscardones les acedian tenazmente.

y ponen en la monotonía gris de la capa de polvo la alegria de friigiles bordados de oro. han sido apersogados a los troncos de los mismos quijinicuiles. Cubre el cargamento de las carretas. Los carreteros roncan con estrépitos de fuelle en maniobra. Bajo las camas de las carretas. como en una frazada de gigante. . arrulla el descanso de esos rudos transeuntes. cueros de res sujetados por lazos. hozando en los manojos de zacate despenicado. En el promedio de la carretera. Los bueyes. con la charra embrocada a la ca- ra. sobre el caldeado colchón de polvo. Las dora- das hojas. se van filtrando encajes de sol. Por entre la abierta sesgadura de la cami- seta grasienta. desenyu- gados. Y la uniformidad de sus monocordios. crujen entre los dientes que los trituran. Por el tupido follaje de los quijinicuiles se van colando. hasta ocho carretas. Los moscardones zumban. los carreteros duermen a pierna suelta. el velludo pecho s e descubre. y al abrigo de sus tupidos follajes. los tostados tallos. estAn. entre los troncos macheteados de unos quijinicuiles. los que se calcan sobre el piso. desunidas.

. estimulada por sus propios pujidos. uniforme. Y no es sino cuando la Última partícula flotante se asien- ta. Es una recua de mulas cargadas. una nube de polvo sc levanta a lo lejos. en que el azul es de cobalto. ensuciando la limpidez reververante del cielo. envolviéndolo todo a su paso. se va acercando. que pasa. bajo el sol ardiente e impetuoso. va dejando descubrir entre su cortina. La columna se acerca. que llega. que se aleja. trozos del paisaje. por momentos.228 ARTURO AMBROGI De pronto. como si fuere la humareda de una quema. al término del camino. Poco a poco va enrareciéndose. Y conkrme se acerca. asciende en espeso man- chón que se dilata. toma mayores propor- ciones. arras- trindose. y por el restallar de los azeales. Primeramente aparece en espirales fijas. Ahora. que todo brilla como antes. suena un recio pi- sotear de cascos. Y conforme la estruendosa recua se aleja. la espesa nube de polvo se va aclarando. Lue o. En- tre la columna de polvo.

LA QUEBRADA .

.

y s e aplasta. y rodando hasta el borde de la ultima de las piedras amontonadas. el agua del charco s e arruga. La nitidez. Otras veces se anima. de entre los helechos. brilla como un diamante. jamás s e vi6 turbada. con matemática precisión. De entre un montón de piedras guateadas por el musgo. Cuando más. vacilaun tanto. nunca. su tranquilidad. la tersura de su linfa. Y ese goterio que cae. o de un quiebra- palitos. incesante. s e alteró. y al fin s e despren- de. Tramaz6n in- triccada de ramas. reprodu- . tiembla. o s e siente rayada por las patas de una aguja del Diablo. forma cupula impenetra- ble a aquel rincón arcadiano. va formando entre los guijos roidos por la humedad y entre la grama mullida. Húmeda sombra le cobija. nace la quebrada. momentánea- mente. go- ta a gota s e desliza sobre el musgo. que s e desarrollan como arboles en la húmeda pe- numbra. nunca. a la caída silenciosa d e alguna hoja dorada. Gota a gota fluye el agua: gota a gota. un exiguo charco cristalino. Ningún rayo de sol s e abrev6 jamás en su escondida fres- cura. como despenicada sarta de cuentas de vidrio.

adauieren un desarrollo aue raya en lo arthcio'so. y eRtre sus tallos delicados v trans~arentes. gemas que vuelan. La cuenca cristalina s e colma. a la som- bra protectora de las anchas hoias de Que- queiique. De las ramas de los árboles circundantes. denuncia su paso. se lanza a lo descubierto. vendadas por el muirdago. Su li- nea es entonces sinuosa. la grama mullida y esmaltada por rustica pedrería. tranquilo. y produciendo en sus espasmos. en frdgiles temblequeos.rezuma la espuma de zapo. En la rutilante arenilla de sus riberas. entre los talpetates. Algunas de esas flores rústicas. Por sobre esa pedye- ria que encuadra el charco. dejaim- . revolotean- do sin cesar. al abandonar los troncos tifiosos. los breñales aplastados por las enredaderas floridas. y el agua rebaza. a la sombra de los pelados madrecacaos y entre los manchones de azuf re de los huachipilines en flor. vivo y estridente chasquido. El regajo inocente s e engruesa.232 ARTURO AMBROGI ciendo. de for- mas y colores inusitados. Los berros crecen en sus orillas. La humedad constan- te hace brotar una multitud de flores. A 61 baja a abrevarse el ganado. idintico al re- piqueteo d e las castañuelas. s e aparejan. nervudas y membranosás. bajo el cielo despejado. cuelgan grandes rollos de bejucos de comemano y de conte. El arroyo corre oculto: apenas un ligero y casi imperceg tible rumor glutinoso. perdihdose en regajo raquítico en- tre la grama que estimulada por la frescura cunde como el vell6n de una zalea. las mariposas. bajo el sol que lo acaricia con sensualismo de viejo ca- duco. Se desliza así. el reflejo fugaz de las hojas. inviolado. hasta que al salir de la montafia. que s e agarran a la tierra con su red intrin- cada de raíces y forman con sus cuerdas una trama negruzca que recuerda el arbolado d e un barco noruego.

Y entre el zacate que nada en las orillas. arrastradas por la corriente. navegan en escuadras liliputien- ses. La pobre cree agradar a la Natu- raleza con su música estúpida. En su se- no. y liriza a toda hora del día. EL LIBRO DEL TRÓPICO 233 presos sus cascos el venado receloso. bullen enjambres de chimbolos. la rana ejecuta por milésima vez su berreberre in- tolerable. . Las hojas secas.

.

LA MUERTE DEL COPlNOL .

.

prisionero entre una red de cuerdas tendidas en todas direc- ciones. siempre imponente. ¿Quien hubiera dicho al árbol centenario el fin que le esperaba? Tantos años fijo ahi. siempre fuerte. Tilintia de ese lado I S e oía el fuerte jadeo de los que tiraban d e las cuerdas. pero siempre recto. devorado por las parásitas. Los golpes de las hachas resonaban por todos los ámbitos de la montaña. todo cubierto por la sarna del tiempo. El viejo copinol iba a caer. estridentes. como la arboladura d e un navio en medio del vendabal. mientras las hachas se- guian cayendo. -Jala ese lazo un poquito l El árbol aparecía. abri- gador de iguanas y garrobos. cu- ya enroiiecida corteza saltaba en fragmentos a los rudos golpes de los hachadores. Las hachas mordían el tronco del viejo copinol. La vida del viejo copinol tocaba a su fin. sobre el tronco. Parecía desti- . vacio de nidos.Más juerte. Resonaban. cayendo intermitentes. Por momen- tos crujia su ramazón. engrandecidos por el eco. . como entre una desmesurada tela de araña.

ruidoso. mientras en el tronco descabalado de un laurel zumbaba una colmena. asi. . reper- cutian en el coraz6n de la montada. El sol caía d e plano. alterndndose. como todos. Los golpes de las hachas. interin los verdugos descansaban. Y hasta los pájaros. Uno de los patriarcas moría despedazado. ~ a l ~ i t a b acomo n fuelies. . el fin del mundo. y de el s e burla- ban. ~ . sonaba el río.- estaban empapados en sudor. La montaaa entera parecia sobrecogida de dolor y de espanto. FIN. Los hacheros. Sus velludoS ~ echos broiiceados. a esperar. En el silencio que s e hizo. estrepitoso. que en vida huian de él. Y bajo la piel de su's brazos vigorosos. Una urraca parloteaba en un caulote.238 ARTURO AAlBROGl nado a vivir una eternidad. Y ahora iba a caer. el rumor de la montaaa pa- recia ser un prolongado y sordo lamento. los musculosen tensión s e acusaban como cables. A lo lejos. desnudos de la cintura arriba. incendiario. ahora enmudecian de tristeza.

i NDICE .

.

La vejez de la Ceiba . La Culebra . . La siesta . . . La Historia de la C u t a » . . . . . Las primeras lluvias de Mayo . La quema . . . . . . . . . . . . . . . . . . . La vuelta al rancho . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . Dcspuks del chaparrón . . . . . . . . . . Colof6n. . . . . . . El paso de la recua . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . La sombra del amate . . . . El toque de Angelus . . . Portada . . Obras del mlsmo autor . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . Elogio de la chicharra . . . . . . . La siesta de los zopilotes . . La muerte del copinol . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . La partida de las carretas . . . . . . . lndice . La Semana Santa en el pueblo . . . . . La muerte del perro . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . El aporreo del arroz . . . . . . . . . . . . . . La vlspera del dia de la Cruz . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . La quebrada . . . . . La pesca bajo el sol . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . La Tormenta . Vida del *Calero . . . . . . . . . . PAG Anteportada . . . . . . . . Camino de la quebrada . . . . El Libro del Trópico . . La Sacadera . . . . . . . . . . . . . . . . . . . Medlodia . . . .

.

.-El Libro del Trópico* se acabó de imprimir en los talleres de la Im- prenta Nacional de El Salvador. el dia 23 de Abril del ano de 1915.

Related Interests