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Francisco Contreras Molina

EL CRISTO DE SAN DAMIÁN

Y

SAN FRANCISCO DE ASÍS

(Reimpresión)

estudios y ensayos

j bac

j

ESPIRITUALIDAD

Biblioteca de Autores Cristianos

MADRID 2016

ÍNDICE GENERAL

PRESENTACIÓN

SIGLAS Y ABREVIATURAS

INTRODUCCIÓN

1. «Lo estás viendo: el que habla contigo»

2. En sintonía con la Iglesia: «En el rostro de Cristo ella, su Esposa, con- templa su tesoro y su alegría»

3. El Crucifijo, como un fanal de luz

4. El Crucifijo habló a Francisco

5. También me habló a mí, Francisco

6. Damos gratis lo que hemos recibido gratis

Págs.

XI

XXIII

XXV

XXV

XXVII

XXIX

XXX

XXXI

XXXIV

CAPÍTULO I.

Aproximación al Crucifijo de San Damián

3

1. Historia y descripción del Crucifijo

3

a) Historia del Crucifijo

3

b) Origen artístico del Crucifijo

5

c) Autoría de la obra

8

d) Descripción del Crucifijo

10

2. El Cristo del icono es el Cristo joánico

14

a) La pasión según San Juan: la muerte y resurrección de Jesús

15

b) El Cristo del icono y el «Cristo de la hora»

18

c) El Cristo del icono y el Cordero del Apocalipsis

20

d) «Queremos ver al Señor». San Juan nos invita a ver

23

e) Francisco y el evangelista San Juan

26

f) Conclusión

31

3. El Crucifijo de San Damián es un icono

33

a) La desnuda sencillez del icono

34

b) El icono de San Damián, fecunda encrucijada de caminos

36

c) El icono, epifanía de la presencia de Cristo

37

d) El icono de San Damián nos revela a Cristo

40

e) El icono de San Damián revela nuestro destino

42

CAPÍTULO II.

El Crucifijo de San Damián y Francisco de Asís

45

1.

El Crucifijo de San Damián y la vocación de Francisco

45

a) Secuencia de los hechos

47

b) Encuentro con los leprosos

47

VIII

ÍNDICE GENERAL

 

Págs.

2. Historiografía franciscana

65

a) Inicios de la investigación. Paul Sabatier

66

b) La «cuestión franciscana»

69

c) Los escritos de San Francisco de Asís

77

d) Conclusión

80

3. Francisco cura las heridas de Cristo en el cuerpo de la Iglesia

81

a) Un brazo de Cristo o la situación de la Iglesia en Oriente

82

b) El otro brazo de Cristo o la Iglesia en Occidente

85

c) El evangelio vivido dentro de la Iglesia y para el mundo

92

d) Conclusión

97

CAPÍTULO III.

La presencia central de Jesucristo

101

1. La cabeza de Cristo, el Viviente

102

a) La cabeza coronada de oro

102

b) La cabeza inclinada

105

c) La cabellera de Jesús

107

d) Ojos de Cristo

108

e) Una arruga en su frente crispada. La preocupación de Jesús

114

f) Conclusión

115

2. La túnica y atadura de Jesús

117

a) La túnica de Jesús

118

b) La atadura

121

3. Las piernas de Cristo

126

a) Jesús o el Cordero pascual

127

b) Los pies de Jesús o la firmeza de nuestro Señor

129

4. Las llagas de Cristo. Bodas de sangre con su Iglesia

133

a) Contemplación de las llagas de Jesús en el icono

133

b) La sangre de Jesús es vida

136

c) Jesús vierte sangre y agua. Evangelio de San Juan

138

d) La sangre de Cristo y la Iglesia. Lectura del Apocalipsis

140

e) Los estigmas de Francisco. «Llevo en mi cuerpo las señales de Cristo».

142

f) Conclusión

146

CAPÍTULO IV.

Personajes en torno a Cristo

149

1. Personajes bajo el brazo derecho de Jesús: María y Juan

149

a) María

149

b) Juan, el discípulo amado

154

c) María y Juan junto a la cruz de Jesús: Evangelio de San Juan

155

d) Reflejo del Calvario de San Juan en el icono

159

e) Conclusión: invitación a entrar en la escena del Calvario

161

2. Personajes situados bajo el brazo izquierdo de Jesús

162

a) María Magdalena. María de Santiago

163

b) El centurión

166

ÍNDICE GENERAL

IX

 

Págs.

c) «Mirarán al que traspasaron» (Jn 19,37)

167

d) Conclusión final sobre las figuras que están junto a la

170

3. Personajes situados en los extremos de la cruz

172

a) Las mujeres van al sepulcro

173

b) Los ángeles anuncian la resurrección de Jesús

174

c) María Magdalena junto al sepulcro

176

d) Jesús ha sido sepultado y ha resucitado

179

e) Conclusión

182

4. Dos figurillas al margen de la cruz o el irrisorio poder del

183

a) Identidad

183

b) Estos personajes representan el poder del «mundo»

185

c) El mundo ha sido vencido por Jesús. Esperanza para la Iglesia .

188

d) El gallo de Pedro

190

e) Conclusión

191

5. Personajes situados en la base de la cruz

192

a) Identidad de estas figuras

193

b) Explicación desde el Apocalipsis

194

c) Función de estos personajes según el Nuevo Testamento

195

d) Conclusión

197

C APÍTULO V.

Parte superior del Crucifijo

199

1. «Jesús Nazareno, rey de los judíos»

199

a) El título «Jesús Nazareno, rey de los judíos». Lectura del evan- gelio de San Juan

200

b) El Nazareno

200

c) Rey de los judíos

201

d) Jesús Rey en la pasión

204

e) Conclusión: Jesús Rey en el icono

208

2. Medallón rojo

210

a) Presentación desde el icono

211

b) El triunfo de la cruz. Lectura del evangelio de San Juan

211

c) Marcos o la fuerza testimoniante de los testigos

212

d) Lucas o el ejemplo entusiasmante del discípulo

213

e) El evangelio de Juan o la cruz como estandarte

213

f) Conclusión. La ascensión de Jesús en el icono

215

3. La asamblea de los ángeles y los santos

217

a) Identidad y función de estos personajes

217

b) Lectura desde el Apocalipsis: la Iglesia celeste alaba a Cristo

219

c) Conclusión. Invitación-reclamo a la Iglesia de la tierra

223

4. La mano del Padre

225

a) La mano. Claves de interpretación

225

b) Lectura desde el evangelio de Juan

227

X

ÍNDICE GENERAL

 

Págs.

CAPÍTULO VI.

Mensaje teológico del icono

233

1. Jesús en la cruz o la suprema victoria del amor

233

a) Jesús en la cruz o la perfección del amor

233

b) Jesús en la cruz. La atracción del amor

237

c) Conclusión. La misión de la Iglesia: «arrastrar la barca hacia Jesús»

241

2. Jesucristo, icono de la Santa Trinidad

242

a) Jesús da. Se dona a sí mismo por nosotros

244

b) Jesús, don del Padre al mundo

245

c) El Espíritu, don de Jesús en su muerte

248

d) María, la madre, don de Jesús al discípulo

249

e) Conclusión

250

3. El Cristo de la paz

252

a) Francisco de Asís y su empeño por la paz. Francisco cierra las heridas de Cristo en el cuerpo desangrado del mundo

255

b) Asís y la paz en el mundo

261

c) Oración de San Francisco por la paz

270

d) Conclusión

277

4. Francisco en la hora de su muerte

279

a) Una vida consumida en la enfermedad y la solicitud

279

b) La perfecta alegría

281

c) El Cántico de las criaturas. Gratuidad y alabanza

282

d) La muerte de Francisco. Configuración con Cristo

285

e) Conclusión. «El amor ha hecho su cuerpo semejante al cuerpo del Amado» (Santa Clara)

294

CONCLUSIÓN FINAL

297

PRESENTACIÓN

He escrito este libro como un creyente en Jesucristo. Es decir, de rodillas («Ante él se doblará toda rodilla en el cielo y en la tierra» [Flp 2,10]). Permítame el lector que me dirija ahora, al menos en la presentación inicial, adoptando la misma postura: por medio de una oración de acción de gracias y alabanza. El recuerdo se torna evocación emocionada. Debo mencionar con gratitud algunas cir- cunstancias particulares de esta aventura espiritual que es el presente libro. Estamos a 22 de julio de 2002. Entro en la iglesia de Santa Clara. Me arrodillo en el reclinatorio que está delante del Crucifijo. Me he quedado mirando al Señor largamente –no sé cuánto tiempo–, con mucho amor y con todo el fervor de mi corazón. Me parece un sueño encontrarme donde estoy, y un milagro lo que contemplo. He llegado a una cumbre que significa para mí la cul- minación de un largo camino. No merezco la gloria del Tabor, pero Dios ha sido bueno conmigo. ¡Señor, qué bien se está aquí, contigo! (Mt 17,4). Se me ha pasado el tiempo, absorto en la adoración del Señor, como un suspiro. No puedo hablar sino entre balbuceos, con admi- raciones. ¡Se me ha dado a mí, pobre Francisco, igual que a mi padre y patrón, San Francisco, contemplar al mismo Cristo en la misma cruz! ¡Cómo me atrae y hechiza! ¡Qué paz, tan serena y profunda, infunde en el alma! ¡Cuánta gloria resplandece en el fulgor de una presencia! ¡Cuánta luz, Dio mío, en ese cuerpo entregado! Es Luz de Luz. Luz gozosa. En él está la vida, y la vida es la luz de los hombres. Quien contempla el Crucifijo en la capilla de Santa Clara donde se halla actualmente, se rinde –no puede sino sucumbir– a una poderosa conmoción. Experimenta una sacudida del espíritu. Como el que se asoma a un vértigo de gloria. Habitualmente otros crucifijos realizan una «destotalización de la totalidad» del misterio de Cristo; acentúan un lado del prisma, o real- zan un particular aspecto de la verdad plena. Puede ser la dimensión del dolor de Jesús crucificado, o el triunfo de la resurrección, o el defi- nitivo logro de la ascensión al cielo… Aquí nos encontramos con un

XII

PRESENTACIÓN

Cristo «total», «íntegro». El Señor realiza perfectamente el misterio de la redención 1 . Contemplamos también a Cristo unido con la Iglesia. Auténtico Cristo de la fraternidad. No es la imagen de quien está solitario en la cruz, sino acompañado por muchos testigos de la fe. Cristo cuyo cuerpo místico se prolonga vigorosamente en los cristianos: Cristo «nuestro». Los creyentes rezamos la oración que Jesús nos enseñó y nos atre- vemos a decir: «Padre nuestro». El vocablo «nuestro» es algo más que un adjetivo descriptivo, posee valor sustancial, le caracteriza como un rasgo esencial o un atributo. Confesamos a Dios como Padre de todos nosotros. Asimismo debemos mirar al Cristo, adorarle e invocarle, no como alguien abandonado en su soledad, sino como quien está cruci- ficado por nosotros y nos vivifica siempre con el poder de su Espíritu. Por eso nos atrevemos a confesar: «Cristo nuestro». En ninguna otra parte del mundo se ha podido ver otra imagen o cuadro religioso sobre Jesús que albergue tan rica concentración cris- tológica como la que nos ofrece el icono de San Damián: Jesús muer- to, sepultado, resucitado, donante del Espíritu Santo y ascendiendo al cielo. Junto a esta densidad del misterio de Cristo, se nos revela el esplen- dor de su hermosura. Cristo aparece dotado de una luz maravillosa, pletórico de bondad y de belleza, constituido egregiamente Señor de la vida. No podemos, pues, sino reconocer que el Crucifijo de San Damián representa un verdadero don de Dios para la Iglesia y la humanidad. ¡Qué lejos se encuentran las copias del original! No he logrado contemplar nada que ni por asomo se le acerque. Ni siquiera en las abigarradas tiendas que flanquean las calles de la ciudad de Asís, donde se exhiben numerosos dipinti a mano del icono, ni en las poli- cromadas estampas, pósters… como existen por doquier. Estas imá- genes no son sino pálidos reverberos, mortecinas aproximaciones del

1 «El pintor no ha querido representar aquí el instante único de la muerte de Jesús. Este cuerpo no es un cadáver ensangrentado; es el cuerpo de un viviente, es incluso el cuerpo del Viviente. El pintor ha querido en una sola figura representar la totalidad de la historia de la Cruz». Así ha descrito con acierto D. GAGNAN, Analecta Ordinis Fratrum Minorum Capuccinorum 97 (1981) 389. Nuestro autor ha sabido sintetizar la perspectiva cabal del icono. Este texto fue escrito en julio de 1979, dos meses antes de morir, casi como un testamento. Ha dedicado muchas páginas, más de mil, a escribir sobre San Francisco y también sobre el icono. Cf. C. BÉRUBÉ, «L’Icône de saint François selon Dominique Gagnan (1940-1980)»: Collectanea Franciscana 51 (1981) 45-64.

PRESENTACIÓN

XIII

auténtico Cristo de San Damián, que hoy se conserva en la capilla de Santa Clara 2 . Todo creyente en Jesucristo debería, algún día, venir a Asís. No de cortés visita o de turismo religioso, sino como un peregrino afortuna- do. Sí, para protagonizar un encuentro personal con el Cristo de San Damián, como el que tuvo providencialmente Francisco. Para hacer lo que, desde muchos años después, no han dejado de realizar en cadena ininterrumpida, formando vivos eslabones, incontables peregrinos que acuden a Asís: acercarse a la capilla de Santa Clara, contemplar y rezar al Cristo, dentro siempre de la fe de la Iglesia. Dice el prólogo del evangelio de San Juan, acentuando el testimo- nio del «nosotros», de toda la Iglesia que mira al Señor en la fe:

«Hemos visto su gloria, gloria propia del Hijo único del Padre, pleno pléres— de gracia y de verdad» (1,14). Cristo se encuentra pleno de un amor que ha mantenido fiel hasta el final. Y añade: «De esa pleni- tud —plérôma— nosotros hemos recibido gracia tras gracia» (1,16). Desde la plenitud de Jesús se nos concede un torrente de gracias, una ininterrumpida catarata de amor. Nos fijamos en las palabras del evangelio: todo Jesús se encuentra pletórico de la gracia del amor. Para acoger de él esta cascada de amor, hay que empezar por contemplarlo. Contemplar es la puerta necesaria que nos abre a la abundancia de su gracia. San Juan afirma que un día «seremos semejantes a él porque lo veremos tal como él es» (1 Jn 3,2). Tenemos que acostumbrarnos a contemplar, pues contemplar signifi- ca llegar a ser, convertirnos en quien ahora miramos. Queremos cumplir las palabras del salmista: «Contempladlo y que- daréis radiantes, vuestro rostro no se avergonzará. Gustad y ved qué bueno es el Señor: dichoso el que se acoge a él» (Sal 34,6.9).

2 Si se me permite, debo manifestar también mi pesadumbre. Lamentablemente, aunque otra vez lo reitere, las estampas que tenemos del icono –el único medio que posee la gente senci- lla del pueblo de Dios para acercarse al misterio de Cristo– no son sino sombras desvaídas de Cristo, refulgente sol que alumbra todo el icono y verdadera luz del mundo. ¡El pueblo de Dios tiene que conocer la auténtica imagen del Cristo de San Damián! ¿Por qué tan marcada ausencia de luz en esas estampas desfiguradas?, ¿por qué velar el rostro de quien es Luz de Luz con esos tin- tes rojizos y esas manchas tiznadas? Siento pena al contemplar tales estampas de Cristo. ¡Cómo nos indignamos cuando cualquiera de nosotros, al observar la propia foto que se le ha hecho, cons- tata que no es él quien está ahí retratado! No se trata de salir más o menos agraciado, sino de hacer justicia con lo que uno es; no es de estética la cuestión, sino de ética y fidelidad, a saber, de actuar conforme a la verdad. Si al Cristo de San Damián le despojamos de la luz de su ros- tro, de la luminosidad de su cuerpo, entonces estamos escondiendo su más original faceta de viviente y resucitado. Porque «en él está la vida, y la vida es la luz de los hombres, y la luz brilla en las tinieblas» (Jn 1,4-5).

XIV

PRESENTACIÓN

Quien contempla al Señor se impregna de resplandor (tal es la sig- nificación del verbo hebreo nhr); como Jerusalén, ciudad iluminada por una nueva aurora (Is 60,5), enaltecida, puesta en lo alto como un faro esplendente en medio de la oscuridad. Ya no puede el creyente estar triste, como «eclipsado al irse el sol» (verbo hebreo hpr; Jer 15,9; Miq 3,7). Se siente libre de toda sombra de vergüenza, porque una nueva luz embiste su rostro y alegra su corazón. El salmo invita a una experiencia profunda del Señor; a realizar la aplicación de los sentidos, conforme a la doctrina de San Bue- naventura. El gusto quiere decir discernimiento o sabiduría, y la sabi- duría es el sabor de la fe. Se trata de una experiencia de fe sabrosa. Se nos exhorta, pues, a apreciar y paladear la bondad del Señor (Sal 25,7; 145,7). Y no sólo la bondad del Señor, sino su hermosura, ya que el adjetivo hebreo tôb también significa hermoso. Justamente como la palabra griega que lo traduce kalós. Así, Cristo poimen ho kalós (Jn 10,1) significa al mismo tiempo el pastor bueno y hermoso. Ésta es la confesión de amor de Santa Clara ante la imagen del Cristo, quien lo contempló durante muchos años, puesto que pudo residir en la iglesia de San Damián hasta el momento de su muerte. Sabemos que le profesó una adoración ardiente:

«Dichosa, en verdad, aquella a la que se le ha dado gozar de este sagrado banquete, y apegarse con todas las fibras del corazón a Aquel cuya belleza admi- ran sin cesar todos los bienaventurados ejércitos celestiales; cuyo amor enamo- ra, cuya contemplación reanima, cuya benignidad llena, cuya suavidad colma, cuyo recuerdo ilumina suavemente, cuyo perfume hará revivir a los muertos, cuya visión gloriosa hará dichosos a todos los ciudadanos de la Jerusalén celes- tial: él es esplendor de la gloria eterna, reflejo de la luz perpetua y espejo sin mancha. Mira, pues, diariamente este espejo, oh reina, esposa de Jesucristo, y observa constantemente en él tu rostro, para que puedas así engalanarte toda entera, interior y exteriormente, envuelta y ceñida con variedad de galas, y adornada, como corresponde a la hija y esposa amadísima del Rey sumo, con las flores y los vestidos de todas las virtudes. Pues bien, en este espejo resplandecen la bienaventurada pobreza, la santa humildad y la ine- fable caridad, como lo podrás contemplar, con la gracia de Dios, en todo el espejo» 3 .

Vamos a contemplar detenidamente el Cristo, lleno de bondad y hermosura, que habló a Francisco. Ponemos por obra lo que nos reco-

3 SANTA CLARA, «Cuarta carta a Inés de Praga», en J. HERRANZ - J. GARRIDO - J. A. GUERRA (eds.), Los escritos de Francisco y Clara de Asís (Oñati 2001) 216-217.

PRESENTACIÓN

XV

mienda el evangelio de San Juan ante la crucifixión de Jesús: «Mira- rán al que traspasaron» (Jn 19,37). Por nosotros, lectores actuales del evangelio, va dicho este verbo, pues anticipamos ya ese futuro («mira- rán»), lo cumplimos ahora que estamos mirando al Cristo de San Damián. Hay que contemplar de manera decidida a Cristo resucitado, no las sombras de la muerte, ni la losa del sepulcro. Las mujeres querían buscar entre la muerte a la Vida, entre la oscuridad a la Luz. María Magdalena también se inclinaba sobre la tumba, oteaba con sus ojos escrutadores; mas no podía divisar sino más oscuridad, las lágrimas le impedían ver. No sabía que estaba tan cerca de ella la Luz de la Vida. A veces nos comportamos como las mujeres que fueron al sepul- cro, como la misma María Magdalena. Nos obstinamos en buscar la muerte y porfiamos por permanecer en las frías sombras. No hay que asomarse al negro hueco de la sepultura vacía, ni al sepulcro de nues- tros pecados y miserias donde nos empeñamos en enterrarnos en vida. Es preciso volverse y dirigirse, esto es, «convertirse» a Cristo, el Señor. Así oraba San Agustín: «Que mis sombras, Señor, no sean capaces de oscurecer la luz de tu verdad» 4 . En semejante sintonía de corazón oraba el cardenal J. H. Newman: «Guíame, Luz amable, desde las sombras hasta la verdad» 5 . Deberíamos hacer nuestra esta plegaria, que el hermano Roger de Taizé pronunció en una homilía sobre la Transfiguración: «Hay que verse a uno mismo a la luz de Cristo sin dejarnos atrapar por nuestra maldad, nuestras imposibilidades, tinie- blas y sombras, que siempre tendremos […] Toda planta que se niega a mirar a la luz, e incluso quiere ver únicamente sombras, se orienta hacia una muerte lenta, no puede crecer y edificarse en Cristo» 6 . Seguimos hincados de rodillas. Contemplar a Cristo en la fe de la Iglesia, como aconteció con Francisco, es una gracia de Dios. Y la gracia se implora con sincera humildad, por medio de una súplica insistente. Hacemos una oración al Padre, al Cristo de San Damián, al Espí- ritu Santo, a la Virgen. Por fin, recordamos la oración que Francisco rezó ante la imagen del Cristo que le habló.

4 V. C APÁNAGA , Pensamientos de San Agustín. El hombre, Dios y el Dios-hombre (Madrid 1977) 42.

5 Se trata de una súplica ya célebre en el mundo entero, que comienza así: Lead, kindly Light… Cf. J. H. NEWMAN, Jesús, páginas selectas (Burgos 2002) 29.

6 Citado por M. MARTÍN-MORENO, Personajes del cuarto Evangelio (Madrid 2002) 240.

XVI

PRESENTACIÓN

Oración a Dios Padre

Jesús mira al Padre. Posa sus ojos eternizados en el Padre. En el punto más alto del icono aparece una misteriosa silueta: la mano del Padre. Señala a su Hijo, en quien se complace, y nos invita a escu- charlo. Jesús aspira y asciende hacia el Padre. Con Él nosotros también queremos subir. Que el Padre nos haga entender el misterio de su Hijo, que es también nuestro propio misterio:

Por eso doblo mis rodillas ante el Padre, de quien toma nombre toda familia en el cielo y en la tierra, para que os conceda, según la riqueza de su gloria, que seáis fortalecidos por la acción de su Espíritu en el hombre

interior, que Cristo habite por la fe en vuestros corazones, para que, arrai- gados y cimentados en el amor, podáis comprender con todos los santos cuál es la anchura y la longitud, la altura y la profundidad, y conocer el amor de Cristo, que excede a todo conocimiento, para que os vayáis lle- nando hasta la total Plenitud de Dios. A Aquel que tiene poder para reali- zar todas las cosas incomparablemente mejor de lo que podemos pedir

o pensar, conforme al poder que actúa en nosotros, a él la gloria en la

Iglesia y en Cristo Jesús por todas las generaciones y todos los tiempos. Amén (Ef 3,14-21).

Oración al Cristo de San Damián

En su luz vemos la luz (Sal 35,10). A Cristo (que es la luz viva, sol meridiano, cirio encendido, estrella matutina, perfume derramado), suplicamos confiadamente:

Señor, tú que eres sol a mediodía, Cristo, el Resucitado, disipa todas nues- tras nubes y dudas como a Tomás y borra todas nuestras traiciones como a Pedro. Señor, tú que brillas en la cruz con el resplandor de una hoguera encen- dida, tú que eres nuestro verdadero cirio pascual, arde siempre en nosotros vivo y vigoroso, y que no se apague nunca en nuestros corazones tu luz inmortal.

Señor resucitado, tú que eres la estrella radiante de la mañana, el alba lumi- nosa de la pascua, amanece en el nuevo día sin ocaso de nuestra vida. Señor, que eres ánfora de perfume, taladrada por las llagas de tu cuerpo y

la herida de tu costado, exhala tu inmarchitable fragancia y ahuyenta de nues-

tra vida todo hedor de pecado y de muerte.

Porque si esta luz, este sol, este cirio, esta estrella, este perfume, que es Cristo resucitado, no arde en nuestros corazones, no nos quita todos nuestros fríos, no nos cura todas nuestras heridas y podredumbres, no

PRESENTACIÓN

XVII

nos unge con su bálsamo divino el alma y el cuerpo, no nos rescata de nuestras sombras de muerte, no nos libera de nuestras pertinaces dudas…, si no nos impregna de la más pura alegría inmortal, si no nos lanza a comunicar este gozo y esta luz —por contagio— a nuestros hermanos que pasan frío… entonces es que aún no hemos mirado con fe al icono ni nos hemos dejado mirar por el Señor, entonces es que verdaderamente Cristo no ha realizado su misterio de pascua. En vano el Señor ha muerto y ha resucitado por todos nosotros.

Oración al Espíritu Santo

El Espíritu Santo inunda por completo a Jesús. No es una parte de Jesús o un adorno, lo llena del todo, perfectamente. Está presente en el resplandor de la luz que lo anega, en la fuerza de sus ojos inmensos, en el agua que brota de su costado, en su aliento de vida.

Tú eres el don de Cristo, el aliento de su vida más íntimo, su hálito más personal: tú eres su dulce luz; tú eres su agua más íntima; tú, su mirada más penetrante. Espíritu Santo, que en tu luz veamos la luz. Sólo tú, luz verdadera que brotas de los ojos abiertos de par en par de Jesús resucitado, nos concedes la claridad para poder contemplarlo. Sé la luz gozosa que nos haga descubrir el misterio de Jesús, recibir la infi- nita riqueza de su amor, acoger el don de su vida que no se marchita. Que veamos hasta dónde fue capaz de amarnos y es capaz de seguir amán- donos, a fin de dejarnos inundar por esta incontenible ternura y amoroso ímpetu imperecederos. Y haz que podamos sembrar algunas gotas de tu luz admirable en tantos corazones ciegos, que vegetan en sombras de muerte. Agua limpia que brotó del costado de Cristo, purifícanos. Corre, canta y riéganos. No te quedes en nosotros estancada, sigue fluyendo y recreando con agua de vida a quienes están hechos sucia tierra de secano, calcinados, muertos. Hálito último que brotó de sus labios, inspíranos con el mismo aliento de Cristo para poder animar a la humanidad sin esperanza, a este inmenso mon- tón de huesos secos.

Oración a María

María está al pie de la cruz, con su mano derecha nos señala a Jesús; es una elocuente invitación a acercarnos a su Hijo. Nosotros le pedi- mos con la tradicional oración de la Salve que nos enseñe y nos mues- tre a Jesús, el fruto bendito de su vientre. Durante nuestra oración,

XVIII

PRESENTACIÓN

sólo cambiamos una frase, que consiste en modificar un tiempo o ade- lantar una acción. No pedimos que lo haga «después de este destierro», sino que nos muestre a Jesús ahora, en este lugar de exilio o valle de lágrimas, para que nuestro destierro no sea tan triste y nuestras lágri- mas sean menos amargas:

Dios te salve, reina y Madre de misericordia, vida y dulzura, esperanza nuestra. Dios te salve, a ti llamamos los desterrados hijos de Eva, a ti suspi- ramos gimiendo y llorando en este valle de lágrimas. ¡Ea, pues, Señora, abo- gada nuestra, vuelve a nosotros esos tus ojos misericordiosos y ahora, en este destierro, muéstranos a Jesús, fruto bendito de tu vientre, oh clementísima, oh piadosa, oh dulce Virgen María!

Oración de San Francisco de Asís ante el Crucifijo de San Damián

Cuando Francisco se convirtió al Cristo que le habló, compuso una oración. Es sencilla y muy breve, recoge sus sentimientos más fuertes en aquella hora bendita. «La primera oración compuesta por Francisco que nosotros conocemos es una oración muy corta. Se remonta a su tiempo de búsqueda y de lucha (años 1205-1206). Se la ha llamado la “oración de la hora de la conversión”» 7 . Asimismo en estas breves lí- neas pronunciamos su misma oración, a fin de poder ver al Señor como Francisco: en la fe de la Iglesia, disponibles, confortados con su generosa prontitud ante la misión encomendada. Tenemos acceso a la formulación fidedigna de la oración. Está redactada en un italiano arcaico, incluso rudimentario. Para nosotros posee el inestimable valor de poder acceder a las palabras mismas de Francisco, tal como fueron dichas en su tenor original. Fue traducida muy pronto al latín, «a fin de que, con vistas a un mayor provecho, pudiera ser entendida en toda la tierra». Así dice la oración, respectivamente escrita en italiano y en español:

Altissimo glorioso Dio, ilumina le tenebre de lo core mio et da me fede dicta, sperança certa e caritade perfecta, seno et cognoscemento, Signore,che faça lo tuo santo e verace commandamento.

7 L. LEHMANN, «En busca del sentido. La oración de San Francisco ante el Crucifijo de San Damián»: SelFran 58 (1991) 65-76.

PRESENTACIÓN

XIX

Altísimo, glorioso Dios, ilumina las tinieblas de mi corazón, y dame fe recta, esperanza cierta y caridad perfecta, sentido y conocimiento, Señor, para hacer tu santo y veraz mandamiento.

Es una humilde súplica. Francisco confiesa la grandeza de Dios y reconoce también su propia miseria. Desde esta sentida pobreza y oscuridad pide ser iluminado, implora el don de las tres virtudes teo- logales, y por fin solicita cumplir su voluntad —lo que él llama su «mandamiento»—. Es la oración de un mendigo. Francisco realiza ante Dios lo que después hizo práctica habitual delante de los hombres y durante toda su vida: pedir limosna Se dirige hacia Dios, en primer lugar. No se podían escoger de la manera más certera dos atributos mejores: «Altísimo y glorioso». Son palabras que Francisco repetirá muchas veces en su vida orante. Léase una selecta antología: «Altísimo y sumo Dios, todo bien, sumo bien» (AlHor 11); «Tú eres el Altísimo» (AlD 2); «Omnipotente, santísimo, altísimo y sumo Dios» (2R 23,1). También aparece en el último cán- tico, que se conserva en latín, y que empieza así: «Altísimo, Om- nipotente, buen Señor» (Cánt). Reconoce postrado la grandeza del Señor. Ante la altura de su Señor, Francisco se ve pequeño. Es un acto de fe en el poder ilimitado del Señor. Además, va invocado en super- lativo: «Altísimo». Más alto que el Señor no hay nadie. Es el Señor de los señores y el Rey de los reyes. Junto al atributo de la altura está la gloria. Mirando el icono no podría pensarse sino en el Señor de la gloria, como dirá Pablo: «Cru- cificaron al Señor de la gloria». En este Crucifijo brilla toda la gloria del Señor, en él se despliega a raudales la luz de su amor y misericor- dia. ¡Qué admirablemente ha sabido el pintor dibujar esta gloria en la tela! Es la gloria del Cristo joánico, como se verá más adelante y con detalle. La gloria en la Biblia significa el poder de Dios en cuanto que, manifestado al exterior, resplandece. Por eso en un día radiante y raso el cielo canta la gloria de Dios, el firmamento pregona la obra de sus manos (cf. Sal 18,2). Jesús en la cruz canta y pregona toda la gloria (en hebreo gloria quiere decir el «peso» —kabod—) inconmensurable del amor de Dios. Jesús crucificado es para Francisco, quien cree dentro de la Iglesia, el Hijo de Dios. En la cruz se refleja la divinidad de Jesús, pues en su

XX

PRESENTACIÓN

más profundo abatimiento es ensalzado. Resuena el final del himno a los Filipenses: «Dios le dio un nombre sobre todo nombre, de modo que al nombre de Jesús toda rodilla se doble en el cielo, en la tierra y en el abismo, y toda lengua confiese que Jesucristo es Señor para glo- ria de Dios Padre» (2,9-11). Pide con ansias: «ilumina las tinieblas de mi corazón». Francisco no ve; su corazón está en la noche, su más profundo centro se halla per- dido. Por el camino de la vida deambula como un ciego. Sumido en oscuro extravío suplica que de la gloria divina del Crucificado le llegue un rayo de luz. Tan breve plegaria se halla en sintonía con una intensa súplica de Pablo. El mismo apóstol que experimentó su conversión como una luz venida de lo alto, pudo exclamar: «Pues el mismo Dios que dijo “del seno de las tinieblas, brille la luz” ha hecho brillar la luz en nuestros corazones, para irradiar el conocimiento de la gloria de Dios que está

en el rostro de Cristo» (2 Cor 4,6). Implora Francisco el don triple de las virtudes teologales: «Dame fe recta, esperanza cierta y caridad perfecta». Pide, en primer lugar, el don de la fe. Puede ser que en el trasfondo de esta súplica esté latente el ambiente herético de la época. Por este tiempo los cátaros recorrían el valle de Espoleto y divulgaban sus herejías. Francisco quiere creer den- tro de la fe de la Iglesia («en el recto camino» o «en el cierto camino»). Siempre ha tenido esta preocupación. Léase con provecho 2R 2,2; 12,3-4; Adm 26; 2CtaF 32-36; CtaO 44. Francisco ha padecido la angustia del sinsentido. Hasta ahora su vida ha sido un continuo vagar sin norte. Pero ha sido encontrado por

el

Señor, y se ha llenado de esperanza. Empieza una existencia nueva

y

quiere recorrerla sin «extra-víos», por la senda recta, en comunión

con la Iglesia. Los dos adjetivos «recta y cierta» insisten en esta seguri- dad y amparo que otorga la Iglesia.

Pide la «caridad perfecta». Un amor completo y total. La súplica se entronca con el destino que nos señala la bendición de la carta a los Efesios: «Para ser santos e íntegros en su presencia, en el amor» (Ef 1,4). Hace poco tiempo, Francisco tuvo un efímero encuentro con un leproso, del que huyó avergonzado; pero ahora su vida ha cambiado: «Y el Señor mismo me condujo en medio de ellos, y prac- tiqué con ellos la misericordia. Y, al separarme de los mismos, aque- llo que me parecía amargo, se me tornó en dulzura de alma y cuerpo» (Test 2-3).

PRESENTACIÓN

XXI

Suplica finalmente al Señor, cuya imagen contempla, «sentido y conocimiento». Ambas palabras quieren decir discernimiento o sabi- duría. No quiere Francisco ir detrás de cantos de sirena o sueños for- jados por su propia ambición. Ni cazar en vano quimeras (de nuevo una alusión al ambiente religioso de tanta confusión que infectaba su época). Aquí se delata la perspicacia, la prudencia evangélica que siem- pre acompañó al santo, quien se fiaba no de él mismo, sino por entero del Señor a través de la mediación de la Iglesia. Esta sabiduría busca un objetivo esencial: «Para hacer tu santo y veraz mandamiento». Toda la oración —puede afirmarse de manera rotunda— persigue esta finalidad. Francisco se convierte en hace- dor de la palabra. ¡Qué lejos de la imagen del hombre necio denosta- do por el evangelio!: «Todo aquel que oye mis palabras y no las cum- ple se parece a aquel hombre insensato que edificó su casa sobre arena» (Mt 7,26). Conforme al mandato que se le ha dirigido, debe ahora reconstruir la casa de la Iglesia. Por ello tiene que empezar asegurando un fundamento firme: escuchar y practicar la palabra del Señor. Francisco se sitúa en sintonía con Jesús, quien buscó desde el prin- cipio la voluntad de Dios: «Por eso al entrar en el mundo, dice:

Sacrificio y oblación no quisiste […] he aquí que vengo a hacer, oh Dios, tu voluntad» (Heb 10,5-7), y hasta el final: «Que no se haga mi voluntad, sino la tuya» (Lc 22,42). Se pone en comunión con María, la que dijo: «Aquí está la esclava del Señor, hágase en mí según tu pala- bra» (Lc 1,38). Francisco se entrega a realizar el mandamiento del Señor, que es santo y verdadero. No es oyente vano de la palabra, sino cumplidor fiel. Lo reconoce en su testamento: «El Señor me dio de esta manera, a mí el hermano Francisco, el comenzar a hacer peniten- cia… y yo practiqué con ellos la misericordia» (Test 1-2). Tal como hizo Francisco, queremos actuar nosotros. En un clima de fe y adoración que se expresa en nuestra oración, tan pobre y humil- de como sincera y esperanzada, entramos en la contemplación del icono de San Damián. ¡Que la gracia del Señor se nos comunique tan copiosamente como se derramó sobre él!

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