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¿Cómo combinar el

trabajo humano y la
felicidad?
Licda. Gina Jiménez de Chaverri, psicóloga

Sabemos que hay que ganarse el pan con el sudor de la


frente, lo cual se refiere a que el trabajo fatiga, una
experiencia vivida por hombres y mujeres, ya sean agricultores, albañiles, intelectuales,
científicos, médicos o artesanos.

No obstante, a pesar de la fatiga, el trabajo es un bien producido por la persona, un bien


útil no sólo para disfrutarlo sino que expresa la dignidad de la persona al mismo tiempo
que la aumenta.

Es un bien porque transforma la naturaleza humana adaptándola a sus necesidades y


supone un progreso para la perfección personal, fin de la vida humana. Y sólo la
continua disposición hacia el bien, hace que el hombre alcance con facilidad su fin y su
perfección y por ende, la felicidad.

En el ejercio del trabajo la persona puede adquirir virtudes como la laboriosidad, que
implica la obligación de trabajar en beneficio de los demás, y a través de ella además
llega a ser mejor.

Aprender y mejorar

A todo tipo de acción realizada por el hombre, independientemente de sus


características o circunstancias, se le identifica como trabajo. El trabajo lleva en sí un
signo particular de hombre y de humanidad, constituye una dimensión fundamental de
su existencia sobre la tierra.

Así entendido, es una actividad transitiva que empieza en el sujeto, consciente y va


dirigida hacia un objeto, en la búsqueda por satisfacer sus propias necesidades.

El hombre, en cuanto persona, es capaz de actuar de manera programada y racional,


puede decidir por sí mismo y tiende a realizarse a sí mismo. La acción del trabajo le
sirve para esa realización y el perfeccionamiento de su vocación como persona.

Además de la dimensión objetiva de dominar la Tierra, por y mediante el trabajo, en la


dimensión subjetiva el trabajo tiene un valor ético, está vinculado a quien lo lleva a
cabo, una persona consciente y libre. Si bien el hombre está destinado y llamado al
trabajo, este se mide por la dignidad del sujeto que lo realiza.

Valorar a la persona

La persona virtuosa obtendrá fácilmente el camino de un progresivo mejoramiento


técnico-profesional. Es más, si hoy se habla tanto de ética del trabajo profesional es
porque existe la conciencia de que un trabajo separado de la moral alimenta formas
refinadas de egoísmo individual y colectivo, contrarias a las instancias del bien común.
La competencia profesional, las dotes humanas, la organización del trabajo, no pueden
pisotear los derechos de otros y el bien social. La búsqueda del bienestar y la felicidad
no deben entrar en conflicto con la práctica de la virtud. La ética de las virtudes se
opone a la codicia y al placer, no a la felicidad y a la realización personal. El prestigio y
la felicidad de cualquier persona no pueden por eso provenir sino de la práctica de las
virtudes.

La dignidad del propio trabajo, cualquiera que sea la función que se desempeñe, está
estrechamente unida a la eficiencia y por tanto a una específica profesionalidad, que
implica poseer determinadas cualidades humanas y el ejercicio continuado de una
actividad socialmente útil y rentable. El trabajo no se puede reducir a simples
condiciones estables de vida o a una fuente de recursos económicos, no es autónomo a
la ética y a las estructuras sociales, porque nunca es un fin, sino un medio. Es
realización moral de la propia personalidad, de los proyectos y aspiraciones nobles de
cada persona y es expresión de solidaridad humana.

Dar sentido a la vida

En su etimología la palabra felicidad significa un estado de ánimo que se complace en la


posesión de un bien. Es la satisfacción y el gusto que provoca un acontecimiento
dichoso. Su definición tiene que ver con valores, con la cultura, con prioridades y
gustos. Pero en la mayoría de los casos depende del sentido que las personas den a su
vida, a los demás y a su entorno. La vida de cada uno está llena de detalles que nos
pueden dar la felicidad o que podemos aprovechar para hacerle la vida más feliz a los
demás, sin que esto tenga que ver con aspectos meramente económicos.

El hombre necesita ser feliz, necesita sentirse dichoso y transmitir esa dicha a los
demás, al igual que necesita de su seguridad o de su libertad, necesita sentirse amado y
respetado, así como de llegar a ser lo que desea.

Benjamín Franklin, uno de los presidentes de Estados Unidos, aconsejaba a sus


ciudadanos no anticipar calamidades ni tener miedo a lo que va a suceder, sino vivir
siempre optimistas.

Victor Frankl, psiquiatra austríaco fallecido en 1997, fundó las bases de su psicoterapia
afirmando que la felicidad del hombre depende del sentido que de a su propia vida.

A Víctor Frankl lo conocí en los años setenta, por la ceteza de sus palabras llenas de
optimismo, dejó su huella en quienes pudimos estar cerca de él. Con autoridad,
explicaba que el hombre es un ser que dedide sobre su vida y que esa es la única y
última libertad que nadie le puede quitar: la elección de su actitud personal ante una
situación límite. Frankl hizo un serio pronóstico sobre la sociedad hedonista en la que
vivimos hoy: el hombre se deja dominar por el materialismo, anula los valores del
espíritu. Decía un gran hombre que la manera de ser feliz es mantenerse ocupado,
haciendo las cosas que uno quiere hacer sin tomarse tiempo paa pensar si se es feliz o
no.
Ante las presiones, buena cara

Quien más, quien menos, ha sufrido los efectos de una plaga inevitable llamada estrés.
En esto es fundamental conocer el problema para saber cómo superarlo.

El estrés va más allá de que produzca angustia, ansiedad o agotamiento físico. Abarca
desde una experiencia personal de desolación, que atormenta mentalmente, hasta un
sentimiento de incomodidad vital. Este significado tan ambiguo permite justificar
defensivamente, sin necesidad de admitirlo o culpar a nadie, las reacciones de miedo,
irritabilidad o crispación que produce.

Además, la gente mira con buenos ojos a quien dice sentirse estresado y nada bien a
quienes dicen sentirse depremidos.

A unos se les considera activos, luchadores y con el coraje necesario para enfrentar las
dificultades y a otros se les considera débiles.

Al fin y al cabo el estrés es un ingrediente de nuestra vida cotidiana, el secreto para


superarlo con optimismo está en descubrir sus causas y enfocarlas con el mejor humor
posible, tratando de encajarlas si son irremediables o de convivir con ellas, si se trata de
eso.

Hay que tener la convicción de que un cierto grado de estrés nos hace mucho más
fuertes y nos motiva. Un buen estado general ayuda a combatir la presión del ambiente,
pero cuando estamos débiles, sin defensas, cualquier detalle se magnifica y se produce
el desequilibrio emocional. Para combatir la presión se necesita desde una sana
alimentación hasta practicar algún deporte, horas suficientes de sueño y autocontrol.

Otra forma de enfrentar el estrés es aprovechar el tiempo haciendo en cada momento lo


que hay que hacer. Los expertos recomiendan sonreír contra viento y marea, evitar
discusiones absurdas, optar por la solución que haga más felices de los demás
olvidándonos de nosotros mismos. Todo esto nos puede dar ese tono vital para enfocar
la vida desde un ángulo más positivo.