Вы находитесь на странице: 1из 27

La Política Imperialista De Inglaterra

Doctor Erico Marcks Catedrático en Munich

El Imperio británico es el mayor que ha conocido la historia. Ha llegado a su actual grandeza a grandes y continuos pasos, y a través de épocas cada una de las cuales se apoya evidente- mente en las anteriores. En esa carrera no han faltado interrup- ciones ni desvíos, pero en el fondo reviste toda ella una unidad admirable. También los medios han sido siempre los mismos: una política fuerte con miras al poder, una cadena de conquistas, de luchas a vida o muerte, tan guerreras como las de cualquiera otra potencia y hasta podría decirse más que las de ningún otro Estado, excepto Rusia.

Esta evolución empieza tarde. Capítulo aparte forman las intermi- nables luchas por la conquista de Francia. La historia moderna de

Inglaterra no empieza hasta los Tudors y su política universal hasta Isabel I. Ante todo, necesitaba Inglaterra libertarse política

y económicamente, para ocupar una posición independiente en el

mundo. El factor más eficaz en el porvenir de Inglaterra consistió en la posición insular del país, que fue decisiva desde que Europa inauguró la época oceánica. Desde 1600 influyó Inglaterra co- mercial y políticamente sobre el Continente y se extendió libre-

mente por los mares, apoderándose del Mar Báltico y del Mar del Norte y más adelante del Océano Atlántico y convirtiéndose poco

a poco en armadora y árbitro del comercio de la mayoría de los

pueblos europeos. El mar se lo ha dado todo: independencia, se- guridad, adquisición de bienes y territorios. El mar la defendía y le ahorraba la vecindad de poderosos enemigos, permitiéndole por esto mismo conservar en su vida interior el Parlamento, la auto-

nomía administrativa, el Self-government, y eludir la forma ne- cesaria de gobierno del Continente, o sea la Monarquía militar. El mar le permitió desarrollar tranquilamente las cualidades de su raza: el arrojo personal educado por el contacto con el mar, la libertad personal completada, pero no ahogada por un Estado viviente. El mar dióle la libertad de lanzarse a la aventura con las espaldas bien cubiertas. Inglaterra se lanzó al dominio del mun-

do sin ningún impedimento europeo. No obstante, estuvo siempre relacionada con Europa, entre otras cosas porque Europa fue el campo de acción de su comercio. La política inglesa no ha cesa- do jamás de influir sobre el Continente, al principio con fines de- fensivos; luego de un modo cada vez más activo. El equilibrio de fuerzas en el Continente se contó siempre entre las medidas de seguridad que tomó Inglaterra: influyó en su posición con res- pecto al mundo extraeuropeo, pero, gracias a mil lazos econó- micos y políticos, siguió siendo siempre potencia europea. A su posición insular debe la enorme ventaja de haber podido influir sobre el Continente sin haber necesitado comprometer en él sus propias fuerzas. El Continente estuvo siempre ligado por si mis- mo, por sus propios conflictos; Inglaterra podía influir en él sin participar en éstos. E Inglaterra se ha acostumbrado excesiva- mente a esta situación de libertad y ha llegado a considerar como un privilegio de origen divino el hecho de no tener vecinos ni tolerar iguales en el mar. Inglaterra carecía de las fronteras que a los demás países daba su situación geográfica: la seguri- dad que le proporcionaban las olas la tentaba en cierto modo a extender sus aspiraciones hasta lo infinito y le hacía considerar todo obstáculo como una injusticia.

Las Islas Británicas disponían, por lo tanto, de todos esos cami- nos, sólo los anduvieron poco a poco. Ante todo, se libró Ingla- terra de viejas trabas europeas, venció a Escocia e Irlanda y se las anexionó. Entre las dos grandes potencias europeas del siglo XVI, Francia y España, buscó su camino y su independen- cia. Su entrada en la historia moderna se inauguró con las lu- chas de Isabel contra la más fuerte de ellas, o sea la España de Felipe II. En este primer paso de Inglaterra hacia el comercio oceánico, hacia los tesoros del Nuevo Mundo, hacia la ganancia

y la aventura, estaban implicadas la independencia política y la

independencia religiosa; el hombre de Estado y el comerciante,

el pirata y el almirante se daban la mano y esa alianza quedó co-

mo una característica para la Inglaterra futura. Las luchas uni- versales de Inglaterra en todas las épocas y hasta en la actua- lidad, han tenido siempre un carácter de rebeldía y de anarquía.

Además, se han caracterizado por la unión del comerciante con el Estado. La extensión económica y colonizadora ha sido dirigi- da por el gobierno del país; siempre han trabajado unidas esas

Alemania y La Guerra Europea Tomo II Aliados y Enemigos De Alemania

Friedrich Tezner Ottocar Weber Heinrich Becker Erich Marchs Paul Darmstädter Karl Hampe Hans Übersberger Otto Franke

Traducción Directa Dr. Faustino Ballvé

UNTREF VIRTUAL |

1

dos potencias y siempre ha estado detrás del comercio y de la navegación la fuerza de las armas. Ya en la guerra contra la Ar- mada de 1588 daba unidad a todos los demás motivos un altivo orgullo nacional, y en aquellas victorias se apoyó la altivez y el esplendor de la grandeza isabelina y de su cultura: la grandeza de Shakespeare. Pero la ambición de las generaciones jóvenes se extendía más allá del horizonte de la vieja Reina, hacia el mundo español y americano.

Los Estuardos hicieron lo contrario; Inglaterra se recluyó en sí misma, en una pasividad obscura; los puritanos comenzaron la colonización de Norte América en oposición a la política metro- politana. Sólo cincuenta anos después de la muerte de Isabel, o sea en 1650, surgió del caos de la revolución puritana la segun- da época de la política universal inglesa: Oliverio Cromwell re- novó la guerra contra España y emprendió además otra contra Holanda. Obraba como protestante y, sin embargo, atacaba a la potencia vecina de la misma religión. Quería conquistar las colo- nias españolas y puso el pie en la India occidental; llevó a In- glaterra política y militarmente a los mares Báltico y Mediterrá- neo, pero dirigió su golpe más fuerte, en los combates de Ro- berto Blake, de importancia decisiva para lo futuro, contra los rivales comerciales de más allá del Canal. La fe, el poder y la economía estaban esta vez tan íntimamente unidos como en tiempo de Isabel; pero el ataque partía exclusivamente de Ingla- terra y obedecía a una sed de conquista que se extendía por todo el mundo. Ese impulso fue heredado inmediatamente por la posteridad. Mediatamente heredó también, a pesar de toda clase de resistencias, el espíritu íntimo de los puritanos, que, con su severidad, su egoísmo, su laboriosidad, su espíritu de ahorro y su vanidad nacional y religiosa, ha penetrado en lo más profun- do del alma de Inglaterra. El puritanismo ha dado una gran parte de su carácter a la expansión inglesa en el mundo, y de los puri- tanos deriva la pretensión de Inglaterra de ser el pueblo elegido por Dios para dirigir a la humanidad y de extenderse por el mun- do en beneficio de la misma humanidad y a favor de especiales derechos morales.

La restauración de 1600 continuó la orientación marítima y colo- nial de la época de Cromwell y siguió también la guerra contra

Holanda, y cuando la guerra hubo terminado con la impotencia de la enemiga, encontróse ante el conflicto con Francia. Otra

vez entraron en juego los antiguos motivos; pero a los ideales confesionales se imponían más y más los puramente humanos:

la resistencia a la amenazadora potencia político-militar de Fran-

cia, y con más violencia aún que con Holanda, la competencia económica.

Porque la Francia de Luis XIV no sólo procuraba la hegemonía

en el Continente, sino que progresaba a pasos de gigante en la industria y el comercio, y bajo Colbert, se lanzó a los mares y se convirtió en una potencia marítima y en el primer país coloniza- dor de la época. Londres y el whigismo se dieron cuenta de toda la magnitud del conflicto y se aprestaron a la guerra económica

y universal, que tuvo por teatro todo el mundo, como un duelo

gigantesco, con las armas del poder y a, costa del poder y de la riqueza. El procedimiento era anglo-europeo: del brazo con los franceses había derrotado Inglaterra a los Países Bajos; des- pués se juntó a los Países Bajos y con Europa contra Francia. El rey Guillermo III de Orange hizo esta alianza y la legó a la posteridad; en 1688 y 1701 lanzó a Europa contra la hegemonía francesa. Más inmediatamente que antes se juntaba a Inglaterra una coalición europea consolidada ante el común enemigo. Es- paña había sido tiempo hacía derrotada y los Habsburgo de Aus- tria no heredaron de los Habsburgo españoles la peligrosa gran- deza, sino sólo la enemistad con Francia. Inglaterra sentó el principio que había defendido ya en otros tiempos: el del equili- brio europeo, que ha sido opuesto al crecimiento de toda poten- cia europea y fue el arma más importante contra la potencia francesa. Teóricamente es un principio enteramente inglés, pues significa el equilibrio entre los Estados continentales, de manera que Inglaterra pueda decidir siempre la superioridad del grupo que le convenga.

Así, el equilibrio europeo significa, en realidad, la hegemonía de Inglaterra. Desde su Isla decide la suerte del Continente y casti- ga al fuerte que puede ponerle dificultades, por medio de los de- más países, organizados y dirigidos por ella. Son sus aliados los enemigos de su enemigo. De este modo había combatido a Es- paña y a Holanda y después conquistó al Emperador contra

Alemania y La Guerra Europea Tomo II Aliados y Enemigos De Alemania

Friedrich Tezner Ottocar Weber Heinrich Becker Erich Marchs Paul Darmstädter Karl Hampe Hans Übersberger Otto Franke

Traducción Directa Dr. Faustino Ballvé

UNTREF VIRTUAL |

2

Francia. A la mayor potencia militar opuso la que le seguía y más aún la alianza de una serie de Estados continentales arma- dos: Austria, Prusia, los Estados medios alemanes, los Estados italianos, Saboya y, hasta cierto punto, Rusia. Ella envió ejérci- tos y generales, alquiló tropas continentales, pagó a sus aliados; se batió junto a ellos, pero su campo de batalla decisivo fue el mar y su arma favorita la flota. Luchó contra Francia, procuró im- pedir la alianza de ésta con España y con el poder colonial es- pañol; se entrometió en el comercio hispanoamericano y mono- polizó el comercio de esclavos, y por fin derrotó a los Barbones de París y de Madrid. Combatió a España por medio de su alian- za con Portugal y aseguró la entrada de su flota en el Medite- rráneo con la conquista de Gibraltar. En guerras y Congresos de la Paz organizó una y otra vez a Europa según sus convenien- cias y bajo la apariencia de la utilidad y del equilibrio de los de- más. Y en los ciento veintisiete años que siguieron a 1688, hizo guerra tras guerra. La mitad de esa época, según Seeley, la ha pasado guerreando abiertamente y la otra mitad de una manera más o menos velada. Hubo descansos, crisis y paroxismos, pe- ro el impulso lo daban los hombres de guerra y esos impulsos podían más que todas las treguas.

El viejo Pitt, en los cuatro breves años que siguieron a 1756, puso al país y al porvenir bajo el imperio de su codicia tempes- tuosa, de su política de conquistas, determinando una de las más grandes eras imperialistas de la historia de Inglaterra. Ata- caba a conciencia, quería guerras y ganancias, y él y sus es- tadistas, generales y almirantes, han determinado la evolución y dirigido a la gran masa de los comerciantes, industriales y colonistas. En aquel siglo, dice Seeley (1) , la historia de Inglate- rra no se desenvuelve en Inglaterra, sino en América y en Asia; su hecho predominante es la extensión. Conocidas son las pa- labras de Pitt de que América había sido conquistada en los campos de batalla alemanes; en la guerra de los Siete Años se decidió la posesión del Canadá y el porvenir de la India oriental. Después de 1600 y 1650, marca el año 1760 una nueva época, en la cual las conquistas ocupan el primer lugar. Al querer que todo el Imperio colonial se incluyera dentro del marco del do- minio político de la metrópoli, perdió Inglaterra las colonias nor- teamericanas: Francia se vengó de la pérdida del Canadá favo-

reciendo esas revueltas. Pero en el mar se impuso Inglaterra a Francia y a sus aliadas. Precisamente en 1780 se formó una coalición de Estados neutrales marítimos contra las violencias de Inglaterra. La pérdida de las trece colonias pareció que iba a destruir el Imperio colonial inglés, y, en efecto, le causó una fuer- te merma. Pero el joven Pitt volvió a levantar a su patria y ésta siguió su camino en la India. En 1773 impuso a ésta, con los go- bernadores generales, una organización más sólida; se la hizo depender más directamente del Parlamento y del gobierno, en beneficio del dominio, de la riqueza y de la conquista de los ingleses. Las épocas de tranquila ganancia alternaban con tiem- pos de gigantesca lucha. Sólo entonces adquirió la posesión de la India una extraordinaria importancia interior e internacional para Inglaterra.

En este y en todos los respectos, la época de las guerras con Francia fue coronada en las dos últimas décadas del siglo XVIII. Pitt emprendió de mala gana la guerra contra la Revolución francesa, pero la nación inglesa, representada por Burke, hízo- lo con la conciencia apasionada por profundas enemistades, viejas y nuevas. En Francia y en Inglaterra culminó desde en- tonces, de 1793 a 1815, la guerra europea y Napoleón recogió la herencia de cuatro generaciones e hizo un esfuerzo gigantes- co por realizarla. Fue una lucha por todo: por el Continente y por los mares y las colonias, una lucha por el comercio, no sólo del enemigo, sino de sus aliados y de los neutrales. Sólo en ella ad- quirió Inglaterra la hegemonía universal sobre el comercio y las colonias Aplastó la navegación francesa, española y holandesa y la flota franco española. Como más adelante lo hizo Napoleón, intentó aislar económicamente al adversario. Establecióse más sólidamente en el Mediterráneo y en Africa; aseguróse el cami- no de la India, tomó a los holandeses y a los franceses el país del Cabo y las Islas que dominaban ese camino, y con Weilesley sostuvo la última guerra contra Francia por el dominio de la India, que adquirió su importancia capital. El Canadá y las Indias occidentales no se habían perdido, pero el centro de gravedad del Imperio universal se había, corrido hacia la India oriental, y ese Imperio se agrupaba alrededor del Océano índico.

(1) The Expansion of England, 1º lección, edición Tauchnitz pags. 17 y 21.

Alemania y La Guerra Europea Tomo II Aliados y Enemigos De Alemania

Friedrich Tezner Ottocar Weber Heinrich Becker Erich Marchs Paul Darmstädter Karl Hampe Hans Übersberger Otto Franke

Traducción Directa Dr. Faustino Ballvé

UNTREF VIRTUAL |

3

Al mismo tiempo luchaba Inglaterra por el Continente y en el Con-

tinente, siguiendo su antiguo método de encargar de las guerras territoriales a las potencias terrestres. Pera hubo años en los cua- les todo el Continente parecía coaligado contra ella, irritado por las violencias de que era víctima su comercio. Formóse en 1800 una alianza de los neutrales, pero Inglaterra la destruyó. El odio era grande y natural; la correría contra Copenhague en 1807, que destruyó de antemano, brutalmente, a una posible enemiga del porvenir, provocó una indignación inmensa en todas partes, contra la cual nada pudo la justificación realista de Cunning apoyada en una pretendida legítima defensa. Los Estados Uni- dos, cuyo comercio quedaba estrangulado entre Francia e In- glaterra, cansados de los abusos de ésta, le declararon por fin

y después de muchas vacilaciones, la guerra en 1812, con la

esperanza de conquistar el Canadá. Entonces hablase operado ya un gran cambio en Europa; el yugo napoleónico hizo que los Estados continentales se echaran en brazos de Inglaterra, la

cual triunfó así en 1814-1815 sobre su enemigo, tirano del mun- do. Como aliada y directora del Continente, organizó otra vez en Viena el sistema político mundial con arreglo a los intereses bri- tánicos. El enemigo mortal estaba derrotado, pero no había que suprimirlo; Alemania no debía engrandecerse demasiado; Pru- sia debía ser estirada por el Este y el Oeste y era necesario im- pedir el crecimiento futuro de Rusia. Otra vez estuvo restaurado

el equilibrio europeo; la lucha de 1688 había llegado a su fin.

Inglaterra habla pasado una larga era de guerras; durante cien-

to veinticinco anos pudo decirse que toda guerra era, en el fon-

do, suya. Entonces llegó a disfrutar, por espacio de medio siglo, las delicias de la paz. Esta vez hablase guardado para largo tiempo las espaldas. Desde 1815 a 1865 y 1874 tomó parte cuidadosamente en la política europea, separóse pronto de la alianza con las potencias orientales conservadoras y estableció- se por sí sola. Procuró en lo posible ponerles contrapeso y apo- yar a los pequeños Estados, para que éstos la apoyaran a ella. Desde 1830 apoyóse en la Francia liberalizada, sin dejar por eso de competir con ella. Todo movimiento independiente de Francia en el Oeste del Mediterráneo y en España, antes y después de 1848, era vigilado y neutralizado. Bajo Luis Felipe y, sobre todo, bajo Napoleón III, alternó la amistad con la enemistad. Palmers-

ton quiso impedir la alianza de Francia con Rusia, y la flota fran- cesa despertó en las Islas sospechas y pánico. Pero en primer lugar estaba la enemistad con Rusia. Esa enemistad partía de la India, pasaba por Afganistán y. tomaba el camino de la India a Egipto y el litoral mediterráneo. Pronto se convirtió en rivalidad

a causa de Turquía, a la cual quería Rusia someter y destruir,

mientras que Inglaterra la protegía por lo mismo, y desterró del Mediterráneo a su enemiga privándola hasta de mantener una flota en el Mar Negro. El conflicto estalló, por fin, en la guerra de

1854 en Crimea, que en más de un respecto fue una lucha y un éxito de Inglaterra contra Rusia, a la cual excluyó de los Balca- nes, pero por lo mismo la dirigió hacia el centro: de Asia. Du- rante largo tiempo fue la última guerra europea de Inglaterra. Su diplomacia era activa y notablemente agresiva. En lord Palmers- ton (1830 a 1865) obraba un fuerte sentimiento imperialista, que obtuvo más de un éxito; pero, en general, pudo contentarse con medios diplomáticos.

Así libertada, apoyada en sus antiguas victorias, evolucionó In- glaterra en esas dos generaciones hacia su propio campo de acción, situado fuera de Europa. Allí jamás encontró competidor, con la sola excepción de Rusia. Podía, pues, luchar con armas pacíficas. No teniendo enemigos, pudo abandonar la conquista

del mundo al comercio, la industria y a la colonización libre. A mediados del siglo llegó a la plena esplendidez de su hegemo- nía económica. El librecambio respondía a la situación privile- giada de la industria inglesa interior y exterior; la época liberal constituía el método y la teoría de la libertad en todas las esferas de la vida, lo mismo en la política económica que en la constitu- ción y en la administración imperial. Dábanse la mano condicio- nes e intereses políticos. También en la política imperial el Esta- do se mantenía a distancia, daba a las grandes colonias una gran suma de autonomía, abandonaba el establecimiento de los nuevos territorios, en especial de Australia, al movimiento eco- nómico, y, en una palabra, mantenía las riendas de la adminis- tración colonial tan flojas como era posible. Los conservadores eran más partidarios de una política colonial del Estado, al paso que los liberales aseguraban que lo mejor era libertar por com- pleto a las colonias y a la India y desprenderse de su peso. Has-

ta en el Ministerio de las Colonias dominó durante algún tiempo

Alemania y La Guerra Europea Tomo II Aliados y Enemigos De Alemania

Friedrich Tezner Ottocar Weber Heinrich Becker Erich Marchs Paul Darmstädter Karl Hampe Hans Übersberger Otto Franke

Traducción Directa Dr. Faustino Ballvé

UNTREF VIRTUAL |

4

un espíritu de complacencia, de reserva exagerada. Era el ca- rácter propio de la época.

No obstante, Inglaterra no cesó jamás de mantener sus tradicio- nes imperialistas. Ambas corrientes avanzaban paralelamente. La corriente intervencionista prevaleció en la India. A pesar de toda la política de reformas, continuábanse allí las guerras de conquista; la posición y la seguridad del Imperio exigían nuevos avances; los gobernadores generales lord Hastings y lord Dal- housie continuaron hasta más allá de 1850 la obra de Wellesley, que terminó con la revuelta de los cipayos de 1857 y la comple- ta socialización de la Compañía de las Indias orientales. Allí mandaba simplemente la fuerza, y el comercio se orientó hacia la India posterior y hasta China. La célebre guerra del opio de 1840, llevada a cabo con objeto de imponer por la fuerza la in- toxicación de los chinos por medio del opio, contra la resisten- cia de China a seguir tolerando los pingües rendimientos que esos negocios daban a los comerciantes angloindios y al desa- rrollo del poder de Inglaterra en el Imperio chino; esa guerra, que fue justificada fríamente por el liberal Palmerston, armoni- zaba perfectamente con la política mercantilista del siglo XVIII, que unía estrechamente al comercio con la fuerza. En 1860 tuvo un epílogo: siempre que Inglaterra creyó necesaria la fuerza pa- ra desmembrar y dominar al mundo, la aplicó también en esa época liberal. Simultáneamente era, lo mismo en Europa que en América, la protectora de los Estados nacionales que luchaban por su independencia, lo cual respondía, como la política econó- mica liberal, a la opinión imperante de la nueva clase media y a la utilidad de la política inglesa. Pero no lo hizo igualmente en todas partes. Cuando Inglaterra, por temor de Rusia, necesita- ba defender a algún viejo Estado dominador contra el cual se le- vantaban las jóvenes nacionalidades, como era el caso dé Tur- quía y de Austria, sentíase en una posición incómoda. Esto ocu- rrió respecto de los pueblos balcánicos, Polonia y Hungría, y a veces también Italia. En general ha favorecido el comercio de este último país.

No procedió así con Alemania, pues apoyó a Dinamarca a pesar de las aspiraciones nacionalistas de Schleswig-Holstein y de la nación alemana. No quería una Alemania entre el Mar del Norte

y el Báltico, como tampoco había querido la unión aduanera ale- mana, o sea la unidad económica de Alemania. La defensa de la libertad y las nacionalidades ha encontrado siempre su límite en el interés económico y político de Inglaterra, y este interés explica también en gran parte el papel de protectora que ha de- sempeñado. Siempre que Inglaterra ha apoyado a una nación en lucha por su libertad, como en Sudamérica o en Europa, lo ha hecho en beneficio del comercio inglés y como medio artifi- cioso de dañar a algún gran competidor de las Islas. La libertad parlamentaria que ha dado a sus protegidas tampoco ha respon- dido al Estado de madurez de ellas ni se ha traducido en benefi- cio de las mismas. Ha sido simplemente política realista inglesa. Por eso la opinión pública del liberalismo inglés, orgullosa de esa obra humanitaria de la metrópoli, no ha sido hipócrita. Ni si- quiera la diplomacia tuvo que serio. Pero Inglaterra ha tenido siempre la habilidad de hacer valer sus luchas contra Francia como un beneficio para el mundo. Sus intereses respondían a ciertos deseos liberales, en los cuales creía su pueblo; aprove- chó esa coincidencia y apareció ante sí misma y ante el mundo como liberal, cosmopolita y humanitaria, a pesar de que procu- raba en realidad sus propios intereses. También su hijuela Norte América, sobre la cual gustaba de aplicar esos medios morales, hubo de comprender por larga experiencia cómo detrás de ellos se escondía el ansia británica de poder. ¡Qué impresión tan pro- funda han dejado las luchas por la frontera del Oregón, después de 1840! ¡Con cuánta energía quiso asegurarse Inglaterra, co- mo si se tratase de un derecho natural suyo, la libre posesión del futuro Canal de Panamá en el tratado de Clayton-Bulwer de 1850! Y ante todo ¡cuánta sorpresa e indignación causó la par- ticipación de la Inglaterra liberal oficial en la guerra americana al lado de los partidarios de la esclavitud contra la Unión, por me- ros motivos económicos y de competencia política!

La nota fundamental política siguió, pues, siempre inalterable. Únicamente la forma era pacífica y liberal, y no hay duda que ésta respondió a los más íntimos deseos del liberalismo gober- nante y de sus representantes más radicales, como Cobden, Bright y Gladstone. Palmerston representaba un punto de vista opuesto, pero murió en 1865. Las luchas interiores y el gran Mi- nisterio de Reformas de Gladstone obscurecieron por espacio

Alemania y La Guerra Europea Tomo II Aliados y Enemigos De Alemania

Friedrich Tezner Ottocar Weber Heinrich Becker Erich Marchs Paul Darmstädter Karl Hampe Hans Übersberger Otto Franke

Traducción Directa Dr. Faustino Ballvé

UNTREF VIRTUAL |

5

de una década la política internacional. La Inglaterra liberal se desfogaba. Pero en 1874 vino Benjamín Disraeli a hacerla cam- biar de rumbo.

Los supuestos que determinaban la relación de Inglaterra con el mundo desde 1815, se transformaron entre 1860 y 1870. La evolución del Continente había terminado y nuevos Estados nacionales se elevaban empujando hacia atrás a Austria y a Francia. Más allá del Océano, los Estados del Norte habían ven- cido y determinado la unidad norteamericana. En ella, como Ale- mania, nacía una competencia temible para la hegemonía britá- nica. El librecambio cedió su lugar al proteccionismo; nuevas potencias industriales penetraron en el mundo y nuevos Esta- dos quisieron equipararse a las Islas. El mundo, que desde

1815 había quedado vacío y a la disposición de Inglaterra, se

llenaba poco a poco de elementos jóvenes, que le hacían la competencia. En Asia avanzaba el poder ruso y el paneslavis-

mo amenazaba los Balcanes. Disraeli empezó una enérgica re- sistencia, despertando el imperialismo inglés, el sentido de la potencia inglesa, la política belicosa británica, del letargo en que habían vivido en los últimos tiempos. Su ideal se dirigía hacia fuera, hacia el gran mundo; reunía el romanticismo y el realis- mo, la tradición nacional y la fantasía del individuo genial, e Inglaterra volvió a interponer su espada entre los pueblos. En

1878 amenazó con la guerra a Rusia y la apartó de Constan-

tinopla. Reanudó el antiguo plan de proteger los caminos de la India. Disraeli acaparó las acciones del Canal de Suez y ocupó la isla de Chipre; penetró enérgicamente en el Sur de África, de donde casi se habían dejado desterrar sus antecesores, ase- guró también por este lado el camino de la India y ciñó a las sie-

nes de su reina la Corona Imperial de este país. Claramente había dicho que Inglaterra no era una potencia europea, sino ante todo una potencia asiática. Bajo su Gobierno (1874 a 1880) oreó al país el espíritu de una nueva edad.

Otra vez vencieron Gladstone y el partido pacifista. Pero el mis- mo Gladstone, muy a pesar suyo, tuvo que realizar, en 1882, la herencia de Beaconsfield y poner mano en Egipto; juntamente con Rusia, que, rechazada de Constantinopla se dirigía con noble ímpetu hacia la India, tuvo que emprender la lucha por el

Afganistán, y en 1885 llegó al borde de la guerra. Asia la arras- tró, pues, también a la alta política. África le daba igualmente que hacer: por todos lados avanzaban las nuevas potencias sus manos por el Continente negro, sobre todo Francia, antigua competidora, y también Italia, Bélgica y Alemania. En 1884-1885 consolidó Bismarck esas corrientes, aseguró el establecimiento del Estado del Congo y la libertad de comerciar en el Centro de África, a disgusto de Inglaterra; adquirió colonias en África y en el Océano Antártico, y obligó, por medio de la presión interna- cional, a que Inglaterra reconociera a la nueva competidora. Los colonos ingleses del Cabo y de Australia se asustaron y la me- trópoli oyó su llamamiento. La nueva era se imponía. Inglaterra, privada públicamente de su hegemonía en el mundo, se refugió en los principios de sus tiempos guerreros. Su laissez faire duró tanto como su aislamiento del mundo: así que éste cesó, cam- bió Inglaterra de sistema y el imperialismo adquirió por fin en ella la supremacía.

Ese imperialismo contaba con una larga preparación intelectual. Ya en 1868, sir Charles Dilke había hablado de la unidad de los anglosajones y de una Bretaña Mayor (1) , y este tópico había adquirido una gran fuerza sugestiva. Pero entonces empezó a escribirse copiosamente sobre imperialismo. Seeley publicó en 1883 sus lecciones sobre el Imperio, celebrando en su Expan- sion of England el espíritu de la historia inglesa. Trátase de un libro de gran valor propagandista, comparable por sus tenden- cias a las obras de Treitschke, pero mucho más influyente que éstas en el desenvolvimiento real de los acontecimientos. Frou- de (1) describió en su Oceana el Sur de África y Australia, com- batió a los desmembradores del Imperio y predijo para el por- venir (pág. 393) un Imperio Británico Unido, en vez del Reino Unido. El capítulo final del libro de Seeley llamaba también a su patria a incorporarse a la serie de los Estados universales, de

(1) Sir Charles Dilke, Greater Britain; a record of travel in English speaking countries, Londres, 1868. Se han hecho posteriormente muchas ediciones.

(1) Y. A. Froude, Oceana or England and her colonies, Londres, 1886, y tam- bién G. v. Schultze-Gaevernitz, Britischer Imperialismus und englischer Freihandel, 1906, especialmente págs. 76 y sigs.

Alemania y La Guerra Europea Tomo II Aliados y Enemigos De Alemania

Friedrich Tezner Ottocar Weber Heinrich Becker Erich Marchs Paul Darmstädter Karl Hampe Hans Übersberger Otto Franke

Traducción Directa Dr. Faustino Ballvé

UNTREF VIRTUAL |

6

las potencias cada día mayores, como Norte América y Rusia, y preguntaba si Inglaterra quería hundirse como España. La nue- va idea se abría camino. El idealismo de Gladstone, de tenden- cias disolventes, fracasó en 1886 en la cuestión irlandesa, y los unionistas subieron al Poder: Beaconsfield triunfaba desde la tumba y Salisbury hizo frente desde 1885 al avance de. Rusia, oponiéndole una Bulgaria fuerte e independiente. De este modo encadenaba a la antigua enemiga en los Balcanes. En las luchas de los años siguientes se colocó al lado de Austria, de Italia y de la Triple Alianza contra Rusia y Francia. La flota ingle- sa desempeñó gran papel en los cálculos de la crisis de 1887. Desde entonces fortalecióse cada día más el sistema de la po- lítica imperialista, que quería proteger a la India, completándola, proveyéndola de un baluarte exterior, y llevando a cabo una política conveniente en los Balcanes.

Tras breve descanso reanudó la conquista del Sudán y se hizo fuerte en Egipto. Emprendió una serie de conquistas en el Sur de África a fin de rodear al Transvaal e imposibilitar la extensión de las colonias alemanas. Creció la importancia del Sur de Áfri- ca como estación de paso para la India, y salió a luz el plan de la unión del Norte con el Sur del Continente negro: la línea del Cabo al Cairo. También interiormente se desenvolvía el nuevo sistema: los problemas imperialistas fueron elaborados, discuti- dos y organizados.

No seguiremos aquí su desenvolvimiento desde 1885. Tratábase simplemente de la consolidación del gigantesco Imperio, que pa- recía destinado a desmembrarse y que se quería consolidar, a pesar de la oposición del extranjero. Tratábase de la seguridad de la industria inglesa, con la exportación y con sus millones de obre- ros; de su alimentación y mantenimiento, y tratábase también de la consolidación moral y económica, militar y política: de la unidad de la raza con la cultura, de la economía y de la fuerza. Suscitá- ronse los problemas de la unión aduanera, de la unión militar de la metrópoli y sus dependencias, para desempeñar en lo sucesivo un papel importante en la política británica. Surgen los problemas de las formas de organización del Imperio unido, de la participación de las colonias en la dirección de la política imperial. Estos pro- blemas interesaban a todas las potencias sociales y políticas de

Inglaterra: a la burguesía, a la clase obrera advenediza en el po- der, a la industria y a las potencias financieras que la dominan:

la Bolsa, la City de Londres y el capital a renta, cuyo poder so- juzgaba al Imperio y al mundo. A esa potencia se presentó el problema de la política exterior. El antiguo liberalismo de Glads- tone carecía de sentido para esa cuestión de poder, y la nueva época lo redujo al silencio; los nuevos liberales con Rosebery se hicieron imperialistas y los obreros de Birmingham se pasaron, junto con su director fosé Chamberlain, al campo unionista y en el mismo interés de su clase afirmaron la voluntad de dominio. De la Bolsa no hay que hablar. Impúsose la decisión de asegu- rar el Imperio y su posición en el mundo, de armarle y de lanzar- le a la lucha.

También esta evolución es explicable. Mientras nadie puso mano en ese mundo codiciado por Inglaterra, ésta no pensó en pose- sionarse de toda la tierra; quería dejar que las cosas sé hicieran por sí mismas, siempre bajo el supuesto de que nadie se entro- metiera en ellas. Pero llegaron otras gentes y era necesario apo- derarse de lo que se pudiera. Toda Inglaterra pareció atacada de una fiebre de conquista, e hizo realmente prodigios en este punto. Alemania había adquirido desde 1883 a 1885, el Imperio colonial más humilde de la tierra. Todo el mundo conoce su ex- tensión, que en lo sucesivo aumentó muy poco. Inglaterra (1) realiza entre el año 70 a 80 una serie inacabable de anexiones a las cuales se añade, en 1882, la de Egipto. Desde 1884, todos los años se hacen en África nuevas adquisiciones, en el Norte y en el Sur, en el Este y en el Oeste, en Rhodesia y en sus cer- canías. A ellas se añade el Océano Atlántico y la India oriental, Beluchistán, Birmán Superior, la frontera de Afganistán, todo ello nuevo, y sobre todo ello tratados y guerras. La conquista del país de los Boers en 1900 marca el punto culminante, pero no el fin de la serie; ya hablaremos luego de otras posteriores.

Se ha calculado que las colonias inglesas son próximamente cien veces mayores que la metrópoli y diez veces más que las

(1) Véase la lista de Karl Alexander von Müller en los Süddeutschen Monat- sheften, noviembre, 1914, págs. 213, y sigs., hecha sobre datos ingleses y alemanes, y también los estudios de Dietrich Stchäfer.

Alemania y La Guerra Europea Tomo II Aliados y Enemigos De Alemania

Friedrich Tezner Ottocar Weber Heinrich Becker Erich Marchs Paul Darmstädter Karl Hampe Hans Übersberger Otto Franke

Traducción Directa Dr. Faustino Ballvé

UNTREF VIRTUAL |

7

de todos los demás países reunidas; que abarcan precisamente una quinta parte de la tierra y una cuarta parte de la humanidad; que Inglaterra, en los veinticinco años que sucedieron al rena- cimiento de las anexiones, "ha ocupado tanto terreno como había ocupado hasta entonces". Inglaterra estaba empeñada en ser el mayor Imperio colonial en todos conceptos, consolidando sus antiguas posesiones y sus nuevas conquistas, y el director de su política sabía lo que se decía cuando hablaba de una ley según la cual "los grandes Estados eran cada día mayores y los pequeños eran cada día más insignificantes" (lord Salisbury, 1899). Tomóse a los demás lo que se pudo. Es claro que no sin elección, sino según un plan preconcebido, pero que la expo- liación le hizo con un hambre insaciable lo prueban los hechos. El plan para el África, a que ya me he referido, recuerda la figu- ra de Cecil Rhodes, del hacendista y político genial por cuyas venas corría en gran parte la sangre de los primeros conquista- dores de los tiempos de Isabel: ¡del Cabo al Cairo! La lucha con los boers empezóla Rhodes, y Chamberlain la heredó y llevó a su término. Era una lucha, no sólo por el oro y los diamantes, sino también por el poder político, por la supremacía en el Sur de África, por un fin imperialista de grandes vuelos. Es muy comprensible, y por lo mismo no puede negarse, que fue una lu- cha agresiva por el poder. Ofrecía el mismo carácter que las luchas en la frontera de la India oriental, que se extendían con- tinuamente, en todas direcciones, hasta abarcar el Asia ante- rior, Persia, Arabia y Egipto.

Aquí es donde se ha conservado más franca e innegable el an- sia del poder británico y en donde se comprende mejor que la resistencia liberal contra ella no haya podido arraigar. El pueblo inglés entero se ha considerado durante siglos como un pueblo patricio, y ese sentimiento era alimentado continuamente por el suelo del Imperio indio. Inglaterra no pensaba en renunciar a él. La fórmula con la cual fundaba sus aspiraciones era la de que no tenía derecho a abandonar la India ni Egipto, en bien de los mismos indígenas. No puede negarse que esa dominación des- de arriba ha creado valores culturales y ha producido beneficios, pero al lado de éstos ha ocasionado también cargas y perjuicios para indios y para egipcios, que éstos han sentido profunda- mente, y ambos países han sido administrados y dominados

política y económicamente en beneficio de Inglaterra y no de los indígenas. Aun cuando parezca ello natural, está un contradic- ción con la idea a que tanto apego tienen los ingleses, o sea que lo gire gana Inglaterra lo gana la humanidad; que todo pueblo y todo país que cae bajo el dominio inglés debiera alegrarse de ello, y también el resto del mundo, pues dominación inglesa sig- nifica propagación de la cultura. Inglaterra identifica su interés con el interés general y su existencia con la de la humanidad. Cuando había de humanidad se refiere a Inglaterra. Cuando ha- bla en términos cosmopolitas piensa en su nacionalidad y en su Imperio, que tiene la ventaja histórica de cubrir una gran parte de la tierra con la cultura europea. Se complace en olvidar que otras individualidades nacionales crecieron a su lado en la tie- rra y pugnan por expansionarse, pues se tienen por algo y quie- ren defender sus Estados y su civilización al lado de la inglesa. Inglaterra juzgaba apetecible pintar toda la tierra de un solo co- lor. Pero la época prefiere una variedad más viva. Y este deseo está en conflicto con la fiebre de anexión de Inglaterra y con su codicia ilimitada. El más culto de los directores del nuevo impe- rialismo, el discípulo de Gladstone, expresábase a los principios del movimiento y como secretario de Estado, de una manera clásica. Los pequeños ingleses, decía lord Rosebery en 1893, creían que Inglaterra era bastante grande. Esto sería verdad si el mundo fuera elástico. Mas como no lo es, no tenemos más remedio que reclamar ahora derechos para el porvenir. Inglate- rra no pólo ha pensado en lo que necesita hoy, sino también en lo que necesitará más adelante. Su herencia y su responsabili- dad consisten en que el mundo esté sometido tanto como sea posible a las influencias anglosajonas. Sería un pecado rehuir esta responsabilidad; hemos de tomar nuestra parte en el repar- to del mundo, y este reparto se nos ha impuesto (1) .

(1) The Annual Register

curso en el R. Colonial Institute, el 1º de marzo. "Otro bando más cercano al país sostuvo que el Imperio era bastante grande y no necesitaba expan- sión. Esto seria perfectamente verdad si el mundo fuese elástico, pero, como no lo es, la única solución está en continuar alegando derechos para lo futuro. Este país, dijo, debía considerar, no solamente lo que ahora nece- sita sino lo que necesitará más tarde. Es responsabilidad nuestra, continuó lord Rosebery, que el mundo esté poblado en lo posible por anglo-sajones. Estos cometerían una grave falta si eludieran la responsabilidad que recae

for the year 1893, Londres 1894, pág. 68. Dis-

Alemania y La Guerra Europea Tomo II Aliados y Enemigos De Alemania

Friedrich Tezner Ottocar Weber Heinrich Becker Erich Marchs Paul Darmstädter Karl Hampe Hans Übersberger Otto Franke

Traducción Directa Dr. Faustino Ballvé

UNTREF VIRTUAL |

8

No puede hablarse con más despreocupación ni con más egoís- mo. No hay un ansia más ilimitada de poder que la que fue pro- clamada entonces por un representante del gobierno, y no se olvide que detrás de él estaba el poder público con sus nuevos medios militares y sobre todo con sus Ilotas, que crecían cons- tantemente. Aquella ansia de poder se determinaba como reac- ción contra las nuevas nacionalidades, era perfectamente lógi- ca y no reconocía límites. Todavía adquirió mayor violencia en vista de los peligros que acechaban al Imperio. Todas las colo- nias y protectorados ingleses tenían lo que Inglaterra no tenia:

vecinos: la India tiene a los rusos y japoneses, Egipto a los tur- cos y a los japoneses, el Sur de África a los alemanes, la India occidental y el Canadá a los Estados Unidos. Suponiendo que éstos nada codicien, su posición geográfica les constituye en una amenaza secular. De vez en cuando se ha notado entre ambos Imperios anglosajones el peso de conflictos naturales, que no pueden menos que subsistir, a pesar de los individuos y de los tiempos. Al mismo tiempo influye el peso del desenvol- vimiento interior y de la emancipación de los diversos países y mantiene vivo el problema de hasta cuándo durará la solidez de esa Venecia universal, cuyos canales son los Océanos (1) , y de si la forma federativa es un medio adecuado para mantenerlos para siempre ligados a la metrópoli. ¡Y cuán diminuta es la me- trópoli ante ese colosal Imperio! Dentro de ella misma encon- tramos a Irlanda en pugna con la isla principal y a Ulster contra Inglaterra. Dentro de la sociedad metropolitana luchan las cla- ses, y el proletariado amenaza con acudir a medios violentos. La división y el malestar se extienden por todas partes. ¿Logra- rá el Imperio superarlos? Las únicas fuerzas eficaces en ese sentido son la cultura, la ciencia, la raza, la historia y el senti- miento, y la tradición política inglesa echó mano de ellas y pro- curó enlazarlas y fortalecerlas, y en ello pudo contar con la bue- na voluntad de las colonias. Pero, a pesar de la grandeza de esas fuerzas y de esas tentativas, pesados nubarrones se han cernido sobre el Imperio durante los últimos treinta años. Sintió- selos con intranquilidad, con nerviosidad creciente. Y es más: la política imperial tomó bajo Disraeli, desde 1874, el carácter de política internacional en sentido estricto y como a tal ha desa- rrollado su máxima eficacia desde la edad de oro del imperialis- mo. Porque al lado y por encima de todos los peligros generales

y futuros, estaba el peligro inmediato del día: Inglaterra tenía enemigos en el mundo, que pesaban sobre el Imperio.

Ya hemos visto cuáles eran esos enemigos: era Rusia, era Fran- cia. Los rozamientos con Francia en el Norte de África llenan toda la novena y la décima década del siglo pasado. Rusia y Francia se ayudaron en 1890, inmediatamente contra Alemania

y Austria, pero mediatamente también contra la Gran Bretaña,

enemiga de ambas en el mundo. A medida que los años pasa- ban, se afilaba la proa de la Doble Alianza contra Londres. Los movimientos del Continente absorbían cada día más la atención de Inglaterra, cuya situación de espléndido aislamiento era cada vez más inquietante. Desde el Congreso de Berlín había estado en contacto más o menos estrecho con Alemania y con la Triple

Alianza. Alemania había sido durante siglos enteros (1) su aliada

y su paladín en el Continente. Las viejas relaciones de Inglaterra

con Austria y con Italia, que había heredado la amistad de Sa- boya, continuaron bajo lord Salisbury. Bismarck había estado, en momentos de crisis decisiva, al lado de Disraeli y de Salisbu- ry, pero siempre manteniendo cuidadosamente la independen- cia de su Imperio. El gran Canciller, desde el Centro de Europa, había sabido influir sobre todos los Estados y por eso había sido siempre incómodo y algo desagradable para los ingleses, pero había quedado inviolable, porque los intereses mundiales de Alemania eran entonces poco importantes. Pero a su retirada entró Alemania en la política mundial y desde 1894 se separó de Inglaterra y buscó una aproximación con Francia y Rusia. De- fendió su situación en África y conquistó un lugar en el Este de

Alemania y La Guerra Europea Tomo II Aliados y Enemigos De Alemania

Friedrich Tezner Ottocar Weber Heinrich Becker Erich Marchs Paul Darmstädter Karl Hampe Hans Übersberger Otto Franke

Traducción Directa Dr. Faustino Ballvé

sobre ellos. No deben declinar la posesión de su parte equitativa en el repar- to del mundo, que se les ha Impuesto "

(1) Seeley, pág. 300: "al Oeste tiene por vecinos a los Estados Unidos y en

Ambas son potencias terrestres continuas. Entre ambas,

igualmente vasta, pero no continua, con el Océano cruzándola en todas di- recciones, está, como una Venecia universal, con el mar en ves de calles, la Bretaña Mayor."

el Este a Rusia

(1) E. Marcks, Deutschland und England in den grossen europäischen Kri- sen seit der Reformation, Stuttgart, 1900, reproducido en Männer und Zei- ten, vol. II; traducción inglesa (England and Germany), Londres, 1900.

UNTREF VIRTUAL |

9

Asia. Su economía había desembocado en la economía univer- sal y obligaba a su gobierno a asegurar política y militarmente el porvenir de la industria alemana, su exportación y su emigra- ción, lo mismo que sucedía en Inglaterra. Si Alemania no quería degenerar ni pasar hambre, debía hacer política universal y apo- yar su poder con una flota propia.

Esto despertó la atención de sus parientes de la otra parte del Mar del Norte. El pueblo inglés acogió el renacimiento económi- co militar y político que se verificaba en Alemania con muestras de desagrado y hasta con manifestaciones que parecían más bien amenazas. El gobierno inglés se portó de otro modo. El gobierno alemán, después del primer conflicto provocado por el telegrama a Krüger, se mantuvo dentro de una estricta correc- ción y de una neutralidad directamente beneficiosa para In- glaterra. Fueron aquéllos duros anos para ella. Los hombres de Estado ingleses hablaron en los anos de 1900 á 1902, del odio que su país se había conquistado (1) . Parecía reproducirse el año 1800. Con tal motivo procuró Inglaterra que le diera la mano Alemania y que ésta la defendiera contra Rusia. En el último

cuarto del siglo XIX fue Rusia la continuadora de Luis XIV y Na- poleón I. El punto de partida de Inglaterra era principalmente su Imperio universal, pero precisamente éste la ponía en conflicto con la alianza francorusa y, como vimos desde un principio, su seguridad dependió siempre del reparto de fuerzas en el Conti- nente europeo. El florecimiento de una potencia fuerte en Eu- ropa había provocado siempre el disgusto de Inglaterra, que lo consideraba como una amenaza. Inglaterra ha vigilado siempre

a todos los países con la mayor suspicacia. En 1912 un anglo-

americano, gran admirador de Inglaterra, elevó este hecho a doctrina absoluta, afirmando que la posición de Inglaterra en el mundo depende de la no existencia de ninguna otra gran poten-

cia, especialmente en sus cercanías, y dogmatizó con ello el contenido de la vida inglesa durante siglos (2) . ¿Fué este princi- pio de la exclusión y del ataque lo que determinó la hostilidad de Inglaterra contra Alemania? Al principio no; Rusia era la enemi- ga temida de Inglaterra. Entre 1898 y 1903 pensaban los políti- cos ingleses que Alemania podría ser la aliada de Inglaterra, o sea su soldado contra Rusia. Pero Alemania no podía renunciar

a su libertad, enemistarse con su vecina de Oriente y depender

de Inglaterra, mientras ésta no le compensara tales sacrificios.

Y no fue así, y no se llegó a una alianza anglo-alemana que

coartase la libertad de acción de Alemania. Entonces se dirigió

Inglaterra al Japón. La fuerza militar que Inglaterra buscaba en

el Oeste, encontróla en Oriente. El empuje japonés no sólo

apartó a Rusia del Este, sino que la lanzó contra el Oeste, o sea

contra Austria-Hungría. La guerra del Japón era una guerra agresiva de Inglaterra. Rusia fue derrotada y reducida temporal- mente a la impotencia.

Ya a principios de la campaña (primavera de 1904) había In- glaterra celebrado su tratado con Francia sobre Marruecos, la misma Francia, cuya extensión africana en 1898 la había hecho chocar con Inglaterra en Fashoda, en el Alto Nilo, si bien hubo de retroceder arte la potencia inglesa. Desde entonces ambas enemigas se aproximaron poco a poco. Se ha dicho que el acuer- do de 1904, que entregaba Egipto a los ingleses y Marruecos a los franceses, se hizo por razones de política imperial y no con- tra Alemania; que Inglaterra sólo quiso poner Egipto a cubierto de Francia y que el conflicto franco-alemán en Marruecos, fue lo que dio al tratado su carácter antigermánico. Tal explicación me parece insostenible. Inglaterra tenía seguro a Egipto aun sin in- demnizar a Francia, como lo había probado la retirada de Fa- shoda. Es claro que interesaba a la política imperialista inglesa apartar en lo futuro a Francia de las tierras del Nilo y en este sentido constituía el tratado una halagüena confirmación. No obstante, se dirigió ya desde el principio contra Alemania: éste era su verdadero sentido. Nadie podía dudar que un amplio tra- tado con los franceses, un tratado con importantes cláusulas secretas, que descartaba sin miramientos a Alemania, contenía un espíritu hostil a ésta y contra ella se dirigía. Francia no había sido en el fondo nunca otra cosa que la enemiga de Alemania, y desde 1871 no había conocido otro fin político que la venganza;

(1) Kimberley, 31 octubre 1900; Rosebery, 16 diciembre, 1901; Salisbury, 9 mayo, 1900, 5 junio, 1902; en Tönnies, Englische Weltpolitik in Englischer Beleuchtang, 1915, pág. 69 (de George Peel, The enemie of England, 1902).

(2) Homer Lea, The day of the Saxon, Londres-Nueva York, 1912.

Alemania y La Guerra Europea Tomo II Aliados y Enemigos De Alemania

Friedrich Tezner Ottocar Weber Heinrich Becker Erich Marchs Paul Darmstädter Karl Hampe Hans Übersberger Otto Franke

Traducción Directa Dr. Faustino Ballvé

UNTREF VIRTUAL |

10

la política colonial tiene para ella un interés secundario y había sido sacrificada siempre a la idea del desquite. El que daba la mano a Francia sabía lo que hacía o al menos lo que Francia

no como punto de partida. Inglaterra y Rusia dividen a Persia en tres esferas: una de influencia rusa, otra de influencia inglesa y otra neutral. Inglaterra cubre con la suya el camino hacia el mar

esperaba de él. Después del apartamiento de Alemania de los

y

hacia la India. ¿Celebró el contrato tal vez por razón de esta

asuntos de Marruecos y de la alianza con el Japón, el tratado significaba simplemente la declaración de hostilidad de Inglate- rra contra Alemania, e inauguraba, después de breves prepara- tivos, la política de asedio.

última? En parte sí, y es natural; su política es siempre univer- sal y muy explicable por los asuntos de Asia. El tratado asegura la posesión de la India y el camino del Cairo a la India. Pero ¿necesitaba entonces Inglaterra prevenirse contra Rusia? Rusia había sido derrotada y apenas empezaba a levantarse; no esta-

La historia de esta política no entra dentro del marco del pre- sente trabajo. A nosotros sólo nos corresponde incorporarla al

ba en situación de atacar a la India. El fuerte era entonces Ingla- terra y no Rusia. El compromiso con Inglaterra cerró a los rusos

panorama general de la política imperialista inglesa. El proble-

la

salida hacia el Sur, como la guerra del Japón les había cerra-

ma es el siguiente: ¿Es posible explicar la conducta de Inglate- rra con Alemania desde 1901 a 1904 por medio de la totalidad de esa política imperialista? Yo contesto que sí. La enemistad de Inglaterra no proviene de resentimientos originados en Africa

do la salida en el Extremo Oriente. La seguridad de la India era de desear, pero no con carácter de urgencia. La verdadera im- portancia del tratado consistía en el acuerdo de los dos Imperios en sí y en la única dirección que le quedaba libre a Rusia, o sea

y en Asia Oriental, como se ha creído, de conflictos entre la po-

la

dirección de Turquía, es decir, de los Balcanes, contra Austria

lítica imperialista de Inglaterra y la expansión alemana, aun

y

contra Alemania. Era una tregua entre los dos grandes Es-

cuando no niego la existencia de esos conflictos. Ante todo deri- va de la posición de Alemania en general, que fue considerada por Inglaterra como una amenaza, después de quebrantado el poder ruso. Alemania construía su flota: al lado del peligro eco- nómico que representaba el poder alemán, aparecía ahora en primer término el peligro político y militar. Y reanudóse el juego de siempre: Inglaterra procuró acorralar a la nueva competido- ra, aliándose con sus enemigas. Dirigióse, como siempre, con- tra el más fuerte en el Continente, armando con este fin a los demás. Siguieron los incidentes relacionados con la salida de la flota rusa del Báltico, con la cuestión de Doggerbank, que en- trañaba un obscuro peligro de guerra; siguieron las divergencias sobre Marruecos, en las cuales Inglaterra desde un principio, antes y después de la caída de Delcassé, se puso claramente

tados universales, cuya proa estaba dirigida en realidad contra Alemania sola. Y no solamente porque el plan alemán del ferroca- rril de Bagdad, hacia el Asia interior inglesa, mermara el territorio que Inglaterra deseaba dominar por razón de sus comunicaciones con la India. Este punto de vista imperialista no ha impedido des- pués que Inglaterra y Alemania, en el acuerdo no realizado de 1914, se entendieran sobre el ferrocarril de Bagdad, y Alemania había estado siempre dispuesta a ir a ese acuerdo. El verdadero sentido del tratado de 1907 era ligar a Alemania en general, por razones políticas fundamentales. En él se daban la mano el es- píritu antialemán de Rusia y el conflicto anglogermánico. No nos importa aquí el fin inmediato del aislamiento, que podía ser lo mismo la guerra que la mera presión. Pero lo que Inglaterra temía de Alemania y contra lo cual empleaba todos sus medios,

en contra de Alemania.

lo

ha dicho en una forma diplomática negativa, pero de significa-

No comentaré aquí ese problema de Marruecos ni la progresiva concentración de la flota inglesa en aguas metropolitanas con- tra Alemania, ni la historia del tratado anglo-ruso de 1907. Sólo nos interesa ahora la relación entre ese segundo gran tratado de asedio y la tradición y los móviles de la política inglesa. Tam- bién aquí el carácter antialemán aparece como consecuencia y

do muy positivo, sir Edward Grey, en sus discursos de la Cáma- ra de los Comunes, en marzo de 1909, después de los primeros fracasos de la política de asedio (1) , o sea "la tentativa de domi- nar en el Continente y dirigir su política" y con ella a producir un

(1) F. Salomon, Zeitschrift für Politik, III, 49 Ausu. Pol. Englands).

Alemania y La Guerra Europea Tomo II Aliados y Enemigos De Alemania

Friedrich Tezner Ottocar Weber Heinrich Becker Erich Marchs Paul Darmstädter Karl Hampe Hans Übersberger Otto Franke

Traducción Directa Dr. Faustino Ballvé

UNTREF VIRTUAL |

11

aislamiento total y consciente de Inglaterra". Inglaterra veía esta intención y quería impedirla: obraba en el sentido de su tradición.

Toda la década que sigue a la guerra de los boers se caracteri- za por un movimiento ascensional del poderío inglés y por el cultivo de los problemas imperialistas deque ya he hablado. Chamberlain desarrolló su gran agitación en favor del proteccio- nismo. Perseguíase vivamente la reforma del Imperio, sin encon- trar en parte alguna formas determinadas ni perspectivas fijas. Los grandes éxitos correspondieron a la política internacional y no a la política imperial; pero la posición de Alemania mejoró notablemente. También aumentó su exportación, acabando con la preocupación que se había padecido entre 1895 y 1900, de una posible decadencia económica. No obstante, rey y diplomá- ticos trabajaban sin descanso, forjando la cadena que había de rodear a Alemania, haciendo toda clase de sacrificios en favor de Rusia, del Japón y de Francia, y desguarneciendo el frente mediterráneo. Desarrollóse un gran sistema para perjudicar al enemigo actual a costa del porvenir. Es innegable que todos estos esfuerzos convergían contra Alemania. No se ocultaba lo peligroso de los sacrificios que se hacían en favor de Francia, con los amigos de hoy y probables enemigos de mañana; el li- beralismo pacifista los proclamaba y justificaba su amor a la paz con motivos ideales y económicos. Pero la voz de los imperia- listas pudo más y logró hacerse oír hasta más allá de las crisis de 1909 y 1911. El pánico de la invasión alemana había hecho presa en Inglaterra como en el siglo XVII el lema del "No Pope- ry" (fuera Papado) y el temor de la flota francesa en el siglo XIX. Lord Roberts agitaba sin descanso el tema del aumento del ejército y de la implantación del servicio militar obligatorio, alu- diendo al peligro alemán.

Ya hablé de las construcciones y fantasías de Homer Lea. El belicoso norteamericano anunció a los ingleses en forma apo- díctica, con un fanatismo frío, que al permitir la unidad alemana perdió Inglaterra la ciudadela de su poder en Europa; que el Imperio británico descansa sobre su dominio del equilibrio euro- peo y no debe dejar que crezca demasiado ningún otro Estado. Alemania quiere destruir el poder de Inglaterra y edificar sobre sus ruinas un Imperio germánico. Inglaterra debe armarse con-

tra ella y no tolerar su crecimiento. Es el momento extremo. La guerra es inevitable; ella creará el Imperio y prolongará o reduci- rá su existencia. El trabajo de Lea está dedicado al mariscal lord Roberts (1) .

En el año 1913 el historiador Cramb dió una serie de conferen- cias sobre Alemania e Inglaterra, que fueron luego impresas y causaron gran sensación entre los anglosajones (1) . Esas con- ferencias constituyen también un llamamiento efectivo a las ar- mas, al servicio obligatorio, a la lucha. También Cramb cons- truye, con poderosa generalización y deducción, una Alemania necesariamente belicosa, y afirma la necesidad de esta guerra. También él celebra a Roberts, desea la guerra y la desea para bien de los ingleses: es un idealista guerrero. Lo curioso es el eco que su llamamiento encontró más tarde. No era ésta la única tendencia, pero su éxito demostró que era la más fuerte. Y aun cuando el gobierno liberal rechazó el servicio militar obli- gatorio, el general Hamilton, en un libro (2) que lleva una intro- ducción de Haldane, afirmó que sólo un ejército mercenario per- mite hacer una guerra ofensiva, lejos, en un país extraño, y lle- var a cabo una enérgica política exterior. El ejército y la marina hacen la guerra. Las demás clases sociales trabajan y pagan. "De este modo la masa de la nación no tiene un concepto trági- co de la guerra". He aquí la voz de la tradición inglesa; así había hecho Inglaterra sus conquistas en el último cuarto de siglo y

(1) The day of the Saxon. 1912, pags. 3, 5, 139, 205, 214, 227 y sigs. En esta situación las neutralidades son "una ilusión moderna", 140: "Para que Inglaterra conserve el equilibrio en Europa necesita limitar la expansión polí- tica y territorial de cualquiera otro Estado". Inglaterra ya no debiera haber tolerado las declaraciones de Austria a Italia.

(1) J. A. Cramb, difunto profesor de Historia moderna en el Queen´s College, Londres: Germany and England, Nueva Cork, 1914, pags. 43 y sigs. y en to- do el resto del libro.

(2) Compulsory Service, A Study of the question in the light of experience, by General Sir Jan Hamilton, with an introduction by the Right Hon. sags., R. B. Haldane, London, 1910 ; por ejemplo, págs 11, 14, 20, 41, 49 y sigs., 59, 42, 148. Contenido y citasen W. Michael, Deutsche Rundschau, noviembre de 1914, pags.311 y sigs.

Alemania y La Guerra Europea Tomo II Aliados y Enemigos De Alemania

Friedrich Tezner Ottocar Weber Heinrich Becker Erich Marchs Paul Darmstädter Karl Hampe Hans Übersberger Otto Franke

Traducción Directa Dr. Faustino Ballvé

UNTREF VIRTUAL |

12

quería continuarlas. Y a la hegemonía marítima no quería re- nunciar nadie en Inglaterra. Desde diversos puntos salió una co- rriente de violencia que embriagaba a la Gran Bretaña.

Con un poco de buena voluntad se comprende en seguida que Inglaterra no puede tolerar la existencia de una potencia maríti- ma extraña en sus aguas, por causa de su importación. Como dije antes, su historia, su tradicional aislamiento, la han mal acos- tumbrado.

Su ambición se hizo y ha seguido siendo universal. Así que aso- ma un posible enemigo, llama a los demás contra él e identifica su interés con el interés general. Quiere tener perpetuamente abierto el camino hacia sus Estados ultramarinos y al que los amenace o pueda amenazarlos se le declara enemigo suyo y de la humanidad. No debe formarse ninguna potencia capaz de ello. De ahí que la única garantía de efectividad de este deseo sea la hegemonía real de Inglaterra en el mar (1) . También quiere Inglaterra abiertas las vías terrestres, desde el Nilo al Sur de África, desde el Nilo al Indo y el Ganges, que conducen a sus colonias, y procura apartar de ellas a todo el mundo. Y aquí apa- rece otra vez Alemania. Contra ella ha coaligado Inglaterra al mundo entero, porque su potencia se acercaba y crecía demasi- ado. Ha reanudado contra nosotros el juego de 1689 y 1813. Sus motivos y sus procedimientos han sido los de siempre; su política es agresiva y de alianzas como en todo tiempo. Es cier- to que su enemiga ha cambiado: las pretensiones de Alemania no han sido jamás universales, como las de Napoleón I o las de Luis XIV; jamás ha ejercido una hegemonía europea y ni si- quiera contra Inglaterra observó una conducta ofensiva. Siem- pre ha sido una nación entre naciones y ha reclamado simple- mente un poco de luz y de aire. Inglaterra quiere ser un Imperio universal; nosotros no. ¿No cierra Inglaterra el camino a los de- más poderes nacionales? ¿No encierra con sus aliados también a Italia en el Mediterráneo, de un modo amenazador? Y ¿no se elevan en todas partes de la tierra Estados nacionales y flotas nacionales? ¿No siente cada una de ellas, cualesquiera que sean sus planes, la presión de la antigua dominadora absoluta de los mares? ¿No les hace a los neutrales la vida casi imposible al so- meter el tráfico marítimo a su arbitrio, como en 1780 y 1800?

¿En dónde están los pequeños Estados, las naciones en forma- ción que Inglaterra protege como antes? Sobre todas ellas pesa Inglaterra: solamente protege a Bélgica, que fue su aliada y cóm- plice. Inglaterra no observa una conducta ofensiva solamente con nosotros. Su imperialismo, su alianza con Rusia, su enemistad contra Alemania han sido causa de una serie de ataques mortales contra Austria-Hungría y contra Turquía, sus antiguas amigas, a las cuales quiere hoy destruir. Inglaterra pretende defender el de- recho y el estado de cosas y defiende en realidad su antigua he- gemonía, sacrificando a ella viejos y nuevos poderes: la histórica Austria, los últimos Estados del Islam, las jóvenes energías de nuestro Imperio. Protege a Francia porque le sirve y ante ella es inofensiva.

Pero la vida se abrirá camino y se impondrá a la codicia univer- sal inglesa. Si Inglaterra implanta el servicio militar obligatorio, será una nación como las demás, obligada a medir la responsa- bilidad política de sus actos y sus aventuras, que le costarán la sangre de sus hijos; una nación a la cual la responsabilidad im- pondrá el comedimiento, la tolerancia y la solidaridad de las otras naciones. La historia de Inglaterra, que ésta pretendía con- tinuar actualmente, es una historia de guerras de conquista por su crecimiento ilimitado en el mundo y por la destrucción de sus competidoras europeas; es una historia de guerras agresivas, de política agresiva: siempre y en todas partes. Puede juzgárse- la magnífica, y magnífico es hoy el Imperio por su población, su extensión, su cultura y su poder. Pero sólo la hipocresía propia y la candidez extraña pueden identificarla con el interés de la hu- manidad. Lucha por sí y por una hegemonía anticuada, incom- patible con la vida actual de las nacionalidades; lucha por un poder universal, y el más particularista y egoísta que ha conoci- do el mundo. Con este fin su política de alianzas de 1904 y 1907, agrupó a los pueblos, temerosa de la nueva vida alemana; hábil en el sentido de hacer que se debilite un enemigo por me-

(1) El sueco Rudolf Kjelén, en su libro Die Grossmächte der Gegenwart, Leipzig, 1914, especialmente en las páginas 119 y 123, ha estudiado muy acertadamente esta cuestión y ha expuesta el conflicto entre ese dominio universal y el curso de la evolución moderna.

Alemania y La Guerra Europea Tomo II Aliados y Enemigos De Alemania

Friedrich Tezner Ottocar Weber Heinrich Becker Erich Marchs Paul Darmstädter Karl Hampe Hans Übersberger Otto Franke

Traducción Directa Dr. Faustino Ballvé

UNTREF VIRTUAL |

13

dio de otro; torpe en el modo de apreciar el porvenir; y en todo fiel a su historia. Ella la presenta como una historia pacífica y bienhechora: jamás lo fue. Como ningún otro pueblo ha introdu- cido Inglaterra la violencia en la economía y la cultura, y ha aplastado sin piedad a sus competidores. Así fue y así sigue sien- do. La libertad del mundo entero reclama un cambio profundo.

Alemania y La Guerra Europea Tomo II Aliados y Enemigos De Alemania

Friedrich Tezner Ottocar Weber Heinrich Becker Erich Marchs Paul Darmstädter Karl Hampe Hans Übersberger Otto Franke

Traducción Directa Dr. Faustino Ballvé

UNTREF VIRTUAL |

14

La Política Imperialista De Francia

I

Doctor Pablo Darmstädter Catedrático en Gotinga

Nuestro más grande historiador ha dicho que el ejército alemán combatió en 1870 a Luis XIV. Esta frase encierra, efectiva- mente, una profunda verdad, pues ^apolítica de Francia en los últimos siglos forma un todo indivisible cuyos fines son siempre los mismos a pesar de la variación de los tiempos. Esos fines consistían en la extensión de Francia hasta las llamadas fronte- ras naturales, formadas por el Rhin, los Alpes y los Pirineos, en la adquisición de la supremacía en el Centro y Sur de Europa y, finalmente, en la conquista de un gran Imperio ultramarino. La realización de esos planes chocó naturalmente con la oposición de otras potencias. España, los Estados alemanes dirigidos por Austria y sobre todo Inglaterra veían en las intenciones france- sas una amenaza contra sus intereses vitales, y fuertes coali- ciones entre las islas y las potencias continentales hicieron fra- casar los planes franceses en todos sus aspectos. El gran Imperio colonial, que había sido penosamente edificado en el Norte de América durante el siglo XVII y la primera mitad del XVIII, se perdió en la guerra de los Siete Anos, tan definitiva- mente como las atrevidas esperanzas de una supremacía en la India oriental; la hegemonía en el Centro y Sur de Europa, con- quistada por Napoleón, no pudo mantenerse, y a la caída del Corso, hubo que renunciar a las "fronteras naturales" alcanza- das en las guerras de la Revolución. Pero la política francesa ha demostrado una perseverancia extraordinaria, intentando con nuevos medios y por nuevos caminos, después del fracaso de sus planes y del desvanecimiento de sus esperanzas, realizar otra vez su sueño de engrandecer el suelo francés en Europa y convertirse en un Imperio universal poderoso.

La paz de 1814 a 1815 redujo a Francia al lugar que había ocu- pado bajo sus antiguos reyes y le dejó solamente míseros res-

tos de sus imperios coloniales; algunas islas del Oeste de la In- dia, Cayena, un par de ciudades de la India oriental, las islas de la Reunión y la entonces insignificante colonia del Senegal; en total, escasamente 100,000 kilómetros cuadrados con un millón de habitantes. El terrible agotamiento en el cual se encontró el país después de las guerras napoleónicas le impidió pensar en un aumento de sus posesiones en Europa, pero ya en la época de la Restauración empezóse a fundar un nuevo Imperio ultra- marino y la Monarquía de julio y el segundo Imperio dieron en este sentido un gran paso, estableciendo las bases de un nuevo Imperio colonial en Argelia y en la costa del Oeste de África, en Madagascar, en el Mar Rojo, en el Océano Antártico y en la In- dia posterior. Procuróse ganar influencia en Levante, especial- mente en Siria y en Egipto, y restaurar, aun cuando en forma diferente, la vieja tradición en América. Que la política universal francesa no haya dado mayor resultado hasta nuestros días, obedece, a pesar de la Entente Cordiale, a la resistencia de In- glaterra, ya que Francia no ha dejado por completo olvidada la realización de sus propósitos tradicionales en Europa. En 1860 recuperó la frontera natural de, Sudeste, como esperaba recupe- rarla en el Norte en 1870. Esta última esperanza no se realizó, sin embargo; Francia fue empujada desde el Rhin a los Vosgos y perdió además una parte de la cuenca del Mosela. Finalmente, la fundación del Imperio alemán puso fin a tus sueños de dominio en el Centro de Europa.

La paz de Francfort destruyó, por lo tanto, las esperanzas que habían alimentado, y en parte satisfecho, los franceses en el transcurso de varios siglos. No es de extrañar que dirigieran todos sus esfuerzos a rescindir esa paz, que ha sido considera- da siempre por ellos como uva simple tregua. Procuróse por todos los medios mantener el recuerdo de las tierras arrancadas de Francia y el odio contra el vencedor; inicióse un verdadero culto por la población de las provincias perdidas, a la cual se había echado antes siempre en cara su desconocimiento de la lengua francesa, y en la escuela, en la prensa y en la literatura se presentó a los "pobres" alsacianos y loreneses "que gimen bajo el yugo alemán", como mártires, y la recuperación de los hermanos perdidos como el fin más sagrado que Francia debía cumplir. Ningún manual escolar, ningún mapa, ningún libro y

Alemania y La Guerra Europea Tomo II Aliados y Enemigos De Alemania

Friedrich Tezner Ottocar Weber Heinrich Becker Erich Marchs Paul Darmstädter Karl Hampe Hans Übersberger Otto Franke

Traducción Directa Dr. Faustino Ballvé

UNTREF VIRTUAL |

15

ninguna revista científica reconocen el estado de derecho crea- do por la paz de Francfort.

Prescindiendo de Juan Jaures, no había en Francia un solo po- lítico que se consolara de la situación creada en 1871. En ello influían seguramente momentos sentimentales, recuerdos his- tóricos, casos de amistad y de parentesco y alguna que otra vez la creencia honrada de que los hermanos perdidos padecían bajo el dominio de Alemania; pero sobre todo influía el pensa- miento político y militar de que Alsacia-Lorena, Estrasburgo y Metz habían sido puertas de entrada en Alemania y de que des- e Alsacia y desde el Sur de Alemania podía ejercerse una con- tinua presión. Inmediatamente después de firmada la paz, em- ezóse a preparar la guerra, militar y diplomáticamente; en 1872 implantóse legalmente en Francia el servicio militar obligatorio según el modelo prusiano; en 1889 perfeccionóse más, de ma- nera que en ningún país del mundo se ha realizado de un modo más completo, el "militarismo prusiano" que en la República fran- cesa. La preparación diplomática tropezaba con notables dificul- tades, pues ninguna potencia deseaba aliarse con la República, en cuya solidez se tenía poca confianza.

No siendo posible de momento la recuperación de las provincias perdidas, procuró la política francesa, como después de 1815, compensar las pérdidas experimentadas en Europa, por medio de adquisiciones ultramarinas, manteniendo así fielmente sus tradiciones. Y en ese terreno en el cual entró la política france- sa desde 1878, dióse el fenómeno curioso de que tropezara con la oposición tenaz y a veces enconada de Inglaterra, mientras que Alemania le facilitó el camino y a veces la apoyó decidida- mente. Especialmente en los años 1884 a 1885, en los cuales Jules Ferry dirigía los destinos de Francia, y otra vez a fines de siglo, cuando Hanotaux mandaba en el Quai d'Orsay, Francia y Alemania obraron de común acuerdo en asuntos coloniales. Ju- les Ferry aconsejó a sus compatriotas "que no tuvieran constan- temente los ojos fijos en la línea azul de los Vosgos", olvidados de lo que pasaba en el resto del mundo (1) . Más de un alemán pudo entonces creer que la antigua enemistad había desapare- cido y que las heridas de 1870 se habían cerrado; pero los que así pensaban, que no eran pocos, desconocían, profundamente

el espíritu del pueblo francés. Para lograr fines determinados, aceptó gustosa la política francesa el apoyo de Alemania, pero sin perder jamás de vista su otro fin más importante. Un hombre de Estado de miras tan amplias como Jules Ferry, que sólo de- seaba la cooperación de Alemania en esferas exactamente de- finidas, tropezó con la decidida oposición de muchos de sus conciudadanos, y a su caída (1885) renació con violencia la idea del desquite, la cual llegó a su colmo con el triunfo de una perso- nalidad tan sospechosa como la del general Boulanger. Sólo la extraordinaria prudencia de Alemania (1886 a 1887) evitó en- tonces una guerra.

Un notable historiador americano dice en un libro sobre el origen de la guerra de 1914 que "desde hace cuarenta años los france- ses estaban preparados para una guerra con Alemania y espe- raban la ocasión propician (1) . La diplomacia francesa ha procura- do durante años provocar esa ocasión. Los hombres de Estado franceses sabían perfectamente que, dado el crecimiento cons- tante de la población alemana, la Francia estacionaria no tenía probabilidad alguna de éxito contra ella mientras estuviese aban- donada a sus propias fuerzas. De ahí que todos los esfuerzos de la diplomacia francesa debieran dirigirse a crear una coalición lo más fuerte posible contra Alemania. Puesto que Austria, con la cual se había contado después de 1870, se aproximaba al joven Imperio, no podía pensarse ante todo más que en Rusia. Ya en 1872 recomendaba Le Temps una alianza con el Zar (2) . La diplo- macia alemana empezó bien pronto a contar con esta posibili- dad (3) , especialmente porque el canciller ruso Gortschakow se había atribuido en 1875 el mérito de haber salvado a Francia de

(1) Rambaud, Jules Ferry, pág. 394.

(1) Hart, The War in Europe, pág. 139. Compárese con él, la exposición totalmente adulterada de la supuesta política pacifica e inofensiva en los Ox- ford Pamphlets, núm. 2, por F. Morgan y H. W. C. Davis.

(2) Bourgeois, en la Cambridge Modern History, XII, pág. 97.

(3) Hohenlohe, Denkwürdlgkeiten, 2, 152, etc.

Alemania y La Guerra Europea Tomo II Aliados y Enemigos De Alemania

Friedrich Tezner Ottocar Weber Heinrich Becker Erich Marchs Paul Darmstädter Karl Hampe Hans Übersberger Otto Franke

Traducción Directa Dr. Faustino Ballvé

UNTREF VIRTUAL |

16

un nuevo ataque alemán (4) . Cuando el Congreso de Berlín, impe- raban visiblemente las relaciones germano-rusas y especia- mente cuando Alemania se alió con Austria-Hungría, la alianza franco-rusa fue recomendada por los políticos de ambas partes como un contrapeso necesario. No hay que olvidar que el con- flicto internacional con Inglaterra, en el cual se encontraban am- bos países, influyó también notablemente en la celebración del tratado. No obstante, tuvo la Corte del Zar sus escrúpulos res- pecto de una alianza con una república democrática, pero desa- parecieron en opinión de muchos a consecuencia del giro que tomó la política anglo-alemana y con la no renovación del llama- do contraseguro, a la caída de Bismarck. Pero no cabe duda que sí en 1890 hubiese estallado una guerra entre Alemania y Rusia, las armas francesas se hubieran vuelto contra la primera. Además de la comunidad de intereses políticos entre ambos países, hay que tener en cuenta también las estrechas rela- ciones financieras que los ligaban. El acuerdo se manifestó ex- teriormente por la visita de una escuadra francesa a Kronstadt en julio de 1891, ocasión en que el Señor de todas las Rusias oyó de pie La Marsellesa. El 27 de agosto de 1891 se cruzaron entre ambos gobiernos las correspondientes notas confirmando el acuerdo (1) completado después, en 1892, por medio de una convención militar, y convertido en 1894 en una alianza formal.

Según los deseos de los políticos franceses, la alianza franco- rusa se dirigía, ante todo, contra Alemania y debía contribuir en el momento oportuno a la recuperación de Alsacia y Lorena. Co- mo se comprenderá fácilmente, a los políticos rusos les era del todo indiferente, la suerte de esas provincias; ellos querían uti- lizar la alianza para explotar financieramente a Francia y apoyar la política rusa en Oriente contra Inglaterra y, si era necesario, también contra Alemania. Los políticos franceses, que veían en la extensión de su Imperio colonial uno de los fines más impor- tantes de su país, pensaban también en servirse del apoyo de Rusia contra Inglaterra. Las oscilaciones experimentadas por las relaciones entre el Reino Unido y la Entente han determina- do cambios correlativos en Ia conducta de ésta con relación a Alemania. En 1894 Francia y Alemania se opusieron mancomu- nadamente a Inglaterra, cuando ésta quiso arrendar una parte del Estado del Congo, y en 1895 Alemania fue de la mano con

Rusia y Francia en el Este del Asia. Pero así que el Imperio ale- mán, a consecuencia del telegrama enviado por el Kaiser al Pre- sidente Kruger con motivo de la represión del extraño levanta- miento de Jameson, pareció entrar en conflicto con Inglaterra, el gobierno francés declaró en Londres, "que Francia no tenía más

que una enemiga y que ésta era Alemania" (1) . Francia estaba, por lo tanto, inclinada entonces, a pesar de las rivalidades coloniales,

a apoyar a Inglaterra en una lucha contra Alemania, o en otros tér-

minos, a preferir decididamente la política continental a la política colonial. Como es natural, esa actitud de Francia tuvo gran tras- cendencia en la política alemana, pero también Inglaterra impuso

a la República la humillación más grande que experimentara des-

de

1871 y que tiene por símbolo Fashoda.

Es

curioso que precisamente del ano de Fashoda (1898) date el

mejoramiento de las relaciones de ambas potencias occiden- tales. Delcassé, que dirigió la política internacional de Francia

desde aquel año y se dio cuenta de la creciente enemistad entre Alemania e Inglaterra, dedicó su vida a lograr un estrecho acuer- do entre Inglaterra y Francia y a servirse del mismo para realizar la idea del desquite. Los planes del hábil meridional eran tanto más realizables cuanto que la exaltacional trono del rey Eduardo

VII (1901) determinó una modificación radical en la política in-

glesa. Como Francia, tuvo desde entonces Inglaterra un solo

enemigo: Alemania. Es más: Inglaterra estaba conforme en pa-

gar bien la amistad francesa y en realizar el más importante de-

(4) La leyenda cien veces desmentida se encuentra también en los Oxford Pamphlets, núm. 2, pág. 9. Pero, según ellos, además de Rusia, salvó a Francia la noble Inglaterra: un anticipo de la Triple Entente. Véase en con- tra Albin, L'Allemagne et la France en Europe, 1885-1894. pág. 228.

(1) Freycinet, Souvenirs, 1878-1893, pág. 467: Albin, pág. 318, da la fecha del 22 de agosto.

(1) Deutsche Revue, septiembre de 1908, pág. 260. Una semiconfirmación de origen francés se encuentra en Albin, Le coup d'Agadir, pág. 77. Parece que tuvo efecto otra aproximación franco-alemana en los años 1897-1898 (Aloin, pág. 83 y sigs. Pinon, France et Allemagne, págs. 97 y sigs.). La caída del Ministerio Méline terminó con ella.

Alemania y La Guerra Europea Tomo II Aliados y Enemigos De Alemania

Friedrich Tezner Ottocar Weber Heinrich Becker Erich Marchs Paul Darmstädter Karl Hampe Hans Übersberger Otto Franke

Traducción Directa Dr. Faustino Ballvé

UNTREF VIRTUAL |

17

seo colonial de Francia, a la cual concedió libertad de acción en Marruecos a cambio del reconocimiento de la soberanía ingle- sa, de hecho, en Egipto. Así el acuerdo de 8 de abril de 1904 realizó el fin principal de la política exterior francesa, borró el viejo antagonismo con Inglaterra, e hizo posible, en unión con ella, la realización de las aspiraciones francesas en Europa. Pa- ra ello bastaba armonizar la Entente con la alianza franco-rusa. Las diferencias que existían y subsistían aún entre Rusia e In- glaterra, eran más profundas que las que existían entre Ingla- terra y Francia y probablemente también que las que separaban a Inglaterra y Alemania. A pesar de ello, lograron de consuno los diplomáticos ingleses y franceses producir, en 1907, un acuer- do anglo-ruso que, si no suprimía el conflicto entre ambas po- tencias, al menos lo salvaba. Es difícil determinar hoy a quién corresponde el mérito de la creación de la Triple Entente, pero es indudable que quien más interés tenía en ella, era Francia. La unión de las tres potencias adquirió solidez gracias al odio común contra Alemania. Para los franceses, que son los que ahora nos importan, la Triple Entente, como antes Ia "alianza con Rusia" debía ser un instrumento de la idea del desquite. La Entente fue completada por medio de convenciones militares con Inglaterra, dirigidas exclusivamente contra Alemania y por medio de un cambio de notas (1912) que no constituía una alianza formal, pero, en realidad, lo mismo que la convención militar y la marítima, obligaba a Inglaterra a ponerse al lado de Francia. De este modo la política francesa había logrado, des- pués de una labor de cuarenta anos, establecer la coalición que tenía por objeto acabar con Alemania.

II

Pero la acción política europea de Francia no se agotó en modo alguno con la alianza con Rusia y el acuerdo con la Gran Bre- taña. Aun cuando le era imposible a Francia, después de los acontecimientos de 1870 a 1871, reanudar sus planes de alian- za renana, como lo había intentado Napoleón III, apoyó, no obstante, con gran empeño la propaganda antigermánica en te- rritorio imperial. Es difícil decir hasta qué punto pueden atribuir- se a Francia los movimientos sediciosos ocurridos en el Imperio alemán y en la Monarquía de los Habsburgo. Es cierto que fran-

ceses inteligentes hablaban en sus conversaciones privadas de la falta de armonía entre los Príncipes alemanes y exageraban las teorías o manifestaciones particularistas de algunas perso- nas. Con mayor razón puede decirse en cuanto a las diferencias entre los pueblos de la Monarquía del Danubio, algunos de los cuales, especialmente los tchecos, han disfrutado a ratos de una ardiente simpatía francesa.

La diplomacia francesa se propuso sistemáticamente en los últi- mos diez o quince años, dificultar en lo posible la política ale- mana, debilitar la posición de Alemania en el mundo, relajar sus alianzas y atraer a otros Estados al lado de Francia. La política francesa podía servirse en esa labor, en la cual la apoyaban na- turalmente los rusos y los ingleses, de dos importantes medios, que fueron utilizados por ella con gran habilidad: la cultura fran- cesa y el capital francés.

La cultura francesa y especialmente la lengua francesa, ejercen notable influencia sobre algunos pueblos. Aun entre los mismos germanos gozan una y otra de gran predicamento, pero las na- ciones románicas ven en ellas la cultura propiamente dicha, y de la superioridad de esa cultura sobre la propia, deducen que Fran- cia tiene derecho a la supremacía política de las naciones latinas.

No menos hábil ha sido la aplicación del oro francés en el logro de la influencia francesa. El capital francés se ha empleado en empréstitos, ferrocarriles, empresas industriales y en periódicos de otros países, y no sólo al servicio de fines económicos, sino también muy principalmente en el logro de sus fines políticos.

La influencia francesa es particularmente notable en los países que hablan su lengua, como en parte de Suiza y especialmente en Bélgica. Hubo una época en que pudo creerse que la Italia unificada resistiría a la influencia de Francia. La ocupación de Túnez por los franceses (1881) empeoró las relaciones políticas con el reino de los Apeninos y determinó la unión de Italia con las potencias centrales. También logró esta nación librarse econó- micamente de la tutela francesa y no era infundada la esperanza de que Italia elaborara igualmente una cultura independiente de Francia. A pesar de todo ello, a pesar de la actitud hostil opuesta

Alemania y La Guerra Europea Tomo II Aliados y Enemigos De Alemania

Friedrich Tezner Ottocar Weber Heinrich Becker Erich Marchs Paul Darmstädter Karl Hampe Hans Übersberger Otto Franke

Traducción Directa Dr. Faustino Ballvé

UNTREF VIRTUAL |

18

por Francia durante años enteros a las aspiraciones italianas (recuérdese solamente el apoyo prestado por Francia al Prínci- pe de Abisinia, Menelich), ha logrado la diplomacia francesa re- cuperar un poderoso influjo sobre la "nación hermana". Delca- ssé tuvo la habilidad de hacer olvidar a los italianos el incidente de Túnez, indemnizándolos con el territorio muy inferior de Trí- poli. El ministro encontró en esta tarea la inteligente coopera- ción del embajador francés en Roma, Barrere, quien supo pre- disponer la opinión pública italiana en favor de su patria (1) . El cultivo constante del tema del parentesco latino, el apoyo a los movimientos republicano e irredentista (1) , la fracmasoneria apo- yada por Francia y la atracción que ejercía sobre muchos ita- lianos la cultura francesa, contribuyeron a que una parte de la opinión italiana, desconociendo por completo sus verdaderos intereses, se inclinara hacia el lado de Francia (2) .

El argumento del parentesco de Francia por la vía latina, fue también explotado, naturalmente, en España. A pesar de que en ella desempeñaba el capital francés un papel mucho más impor- tante que en Italia, la influencia francesa tropezaba con grandes obstáculos, sobre todo con antiguas tradiciones y con la reciente experiencia hecha por el país en el asunto de Marruecos (3) . Por- tugal depende culturalmente de Francia, pero política y econó- micamente de Inglaterra.

También en la cuenca oriental del Mediterráneo la propaganda francesa cuenta con una tradición de varios siglos. Francia re- clama el protectorado sobre los católicos de Oriente; la Alianza Israelita trabaja también en favor de Francia, y una gran parte de las empresas turcas cuentan con capital francés. A pesar de que Francia tiene, por lo dicho, en Oriente importantes intereses materiales y culturales, su política en Turquía se ha ajustado por completo a los deseos de su aliada Rusia y ha perdido de este modo su prestigio en el Imperio otomano. Indirectamente, pues, la idea del desquite ha perjudicado importantes intereses de Francia. La política francesa en los Estados balcánicos ha servi- do también durante las últimas décadas a los propósitos de Ru- sia. Resta advertir todavía que Francia ha sabido conquistar sim- patías en Grecia y en Rumania, gracias a una hábil propaganda cultural (1) .

III

Francia ha logrado desde 1871 sus mejores éxitos en la forma- ción de un nuevo Imperio colonial enormemente extenso. Tam- bién en este punto ha seguido las viejas tradiciones que se re- montan a los tiempos de Richelieu y Luis XIV. El deseo de poder

y grandeza, el ansia de compensar la pérdida de territorios, los

sueños de glorias militares, todos esos motivos han inspirado al imperialismo francés antiguo y moderno; pero sería injusto des- conocer que importantes motivos de naturaleza económica y político-militar guiaron también a los hombres encargados de edificar el nuevo Imperio colonial francés. Es cierto que Francia

no tiene sobrante de población que deba establecer en sus colo- nias, pero tiene, en cambio, gran interés en asegurar mercados

a su industria, que va siendo cada día más incapaz de abrirse

paso en el mercado universal. Es también importante para Fran- cia la adquisición de materias primas y alimentos de sus colonias,

y dar empleo en forma remuneradora a sus grandes capitales. Un

gran Imperio colonial ha de asegurarse por la adquisición de pun- tos de apoyo en las diversas rutas del comercio universal. Por últi- mo, hay también una relación entre la política universal y la políti- ca del desquite, a saber: los franceses han procurado llenar con la población colonial los vacíos que en sus líneas de combate iba dejando su población decreciente. Las colonias significaban,

(1) No se olvide que desde 1904, la diplomacia inglesa y probablemente también el dinero inglés, apoyaron los esfuerzos de Francia.

(1) Una de las pruebas de la habilidad de la diplomacia franco-británica y de la prensa a sueldo de la misma, consiste en haber sabido fijar las miradas de los italianos en el Adriático, desviándolas así del Mediterráneo, de una importancia real mucho mayor para ellos.

(2) Entretanto ha tenido lugar el rompimiento de Italia con las potencias cen- trales y su aproximación a la Triple Entente.

(3) Excepto Cataluña, que está enteramente bajo la influencia francesa.

(1) Grecia depende también económicamente de Francia.

Alemania y La Guerra Europea Tomo II Aliados y Enemigos De Alemania

Friedrich Tezner Ottocar Weber Heinrich Becker Erich Marchs Paul Darmstädter Karl Hampe Hans Übersberger Otto Franke

Traducción Directa Dr. Faustino Ballvé

UNTREF VIRTUAL |

19

pues, para Francia una garantía de éxito para sus intenciones en Europa (2) .

El renacimiento de la política colonial francesa ha sido también favorecido por la corriente general de la época. Francia, que participaba ya desde mucho antes en el Continente negro, de- bía interesarse vivamente en un proceso económico tan impor- tante como el del reparto de África.

Aun cuando las viejas tradiciones, el espíritu del pueblo y sus intereses considerables obligaban a Francia a tomar parte en la política universal, la opinión pública carecía al principio de com- prensión para la expansión colonial y hasta en parte la comba- tía. Así los radicales y los monárquicos lucharon económica- mente contra esa política colonial, representada por políticos pertenecientes al partido moderado. Esa oposición se apoyaba en parte en razones de principio, pero, sobre todo, entendía que el país se distraía de su gran fin, o sea de la preparación del desquite. Los grandes éxitos de Francia desde 1871, han sido, por lo tanto, alcanzados en oposición consciente con la política del desquite, en unión de Alemania y contra Inglaterra.

IV

Francia ha salvado todavía algunos restos de su Imperio colo- nial americano, o sea las pequeñas islas de Saint Pierre y Mi- quelon, la Martinica, Guadalupe y la Guayana francesa. La doc- trina de Monroe se oponía, naturalmente, a la extensión del Imperio colonial francés. Es curioso que Francia sea la única potencia europea que lesionara (en tiempo de Napoleón III) esa doctrina, y también que desde 1871 el Imperio colonial francés en América haya experimentado una extensión, si bien insigni- ficante, por la adquisición, en 1877, de la isla de San Bartolomé, antes posesión sueca, sin protesta alguna por parte de los Es- tados Unidos. Con razón observa un historiador americano que éste caso no difiere de la venta hipotética de Santo Tomas a Ale- mania, contra la cual la prensa norteamericana ha protestado ya violentamente de antemano (1) . Con este motivo es necesario recordar que tina Sociedad francesa emprendió la construcción

del Canal de Panamá, y aun cuando fracasara, bastó para ca- racterizar la política universal de Francia. Los periodistas y eru- ditos norteamericanos, que tienen siempre en boca el peligro alemán, harían bien en dar una ojeada al mapa de las Indias occidentales y preguntarse de qué parte puede venir más fácil- mente una amenaza a los Estados Unidos y especialmente al Canal de Panamá.

A pesar de ello, Francia ha sabido conquistarse grandes simpa-

tías en Norte América, fundadas en parte en la antigua fraterni- dad armada durante la guerra de la Independencia y en parte en

la analogía de sus regímenes políticos. Los franceses han des-

plegado recientemente lo mismo en el Norte que en el. Sur de América, una activa propaganda cultural (2) . La América latina ve en Francia, tal vez más que la Europa latina, la directora de la raza románica, y en París el centro de su cultura. Los sudame- ricanos enriquecidos arrojan gustosos el dinero al Sena y se les paga aplicándoles el mote de "rasta". Al lado de la propaganda cultural no puede olvidarse la activa participación del capital fran- cés en las, empresas sudamericanas.

Desde la tercera década del siglo XIX dispone Francia de algu- nas islas en el Océano Antártico, la más importante de las cua-

les es Taití. Bajo el segundo Imperio, adquirió Nueva Caledonia,

y bajo la tercera República algunos archipiélagos de poca im- portancia.

Mucho más importante ha sido la expansión francesa en la India oriental. La gran superioridad de Inglaterra la impidió extender sus antiguas posesiones, pero en cambio ha logrado Francia adquirir grandes territorios en la India posterior. En este punto dio también el primer paso Napoleón III con la conquista de

(2) Esta idea está desarrollada en la obra de Mangin, Force noire, premiada por la Academia francesa.

(1) Coolidge, Die Vereinigten Staaten als Weltmacht, pág. 110.

(2) No se olvide tampoco aquí la influencia de la prensa. El New York Herald, por ejemplo, sirve completamente a los intereses franceses.

Alemania y La Guerra Europea Tomo II Aliados y Enemigos De Alemania

Friedrich Tezner Ottocar Weber Heinrich Becker Erich Marchs Paul Darmstädter Karl Hampe Hans Übersberger Otto Franke

Traducción Directa Dr. Faustino Ballvé

UNTREF VIRTUAL |

20

Cochinchina y el protectorado sobre Cambodja. Pero bajo la ter- cera República y gracias a la iniciativa de Jules Ferry, se exten- dió en 1884 a 1885 la dominación francesa a Annam y Tonkín y con esos diversos territorios se formó la colonia de Indo China, de gran porvenir. La diplomacia francesa ha sabido asegurar a la metrópoli esferas de intereses en las proximidades de China y de Siam, que ofrecen terreno propicio al fomento de su capi- tal y a su industria. Desde 1898 poseía Francia en el Sur de Chi- na un punto de apoyo, o sea el puerto de Kuangtschau. Por lo demás, la política de Francia en el Este del Asia, ha de respetar muy cuidadosamente los intereses de su aliada Rusia, a pesar de lo cual ha llevado a cabo en ese terreno tan dificultoso una política activísima.

Íntimamente relacionada con la política del Este de Asia, está la expansión francesa en las regiones del Mar Rojo y del Océano Índico. Como Inglaterra, procuró Francia adquirir estaciones en el camino de la India oriental. En el antiguo camino por el Cabo de Buena Esperanza, poseía Francia desde tiempos remotos la isla de Borbón o Reunión; desde la época de Luis XIV puso sus miras en la isla de Madagascar y en la época de la Restauración consumó la conquista de la pequeña isla de Santa María en la costa oriental de aquella gran isla. En tiempo de la Monarquía de julio adquirió Francia algunas islas, al Noroeste de Mada- gascar. Hacia la novena década del siglo XIX reanudó otra vez las antiguas tradiciones y después de tres guerras sangrientas, estableció, en 1885, un protectorado sobre Madagascar, que fue, por fin, convertido en verdadero dominio en 1896, después de una segunda guerra. En el nuevo camino de la India había adquirido Napoleón III en 1862, antes de la apertura del Canal de Suez, derechos sobre Obok, en el Mar Rojo. Esta pequeña colonia fue ampliada en la novena década del siglo XIX. Con la ocupación del puerto de Djibuti, y especialmente por las rela- ciones que logró establecer con la vecina Abisinia, ha adquirido hoy gran importancia.

V

Pero el campo más importante de la expansión francesa con- temporánea, ha sido el Noroeste del Continente negro. La políti- ca francesa perseguía varios fines, no todos alcanzados: la fuer- za militar de Francia, que poseía ya Argelia y Córcega, procura- ba apoderarse en lo posible de toda la costa septentrional de África, desde el Estrecho de Gibraltar hasta el Canal de Suez.

La política atlántica de Francia, que poseía diversas colonias en la costa occidental de Africa, desde el Senegal hasta el Congo, quería apoderarse de un gran trozo de dicha costa atlántica y dar a sus colonias un extenso hinterland que al mismo tiempo fuese el lazo de unión entre ellas, si no era posible establecerlo en la costa misma.

Por último, pretendía unir las posesiones atlánticas con las me- diterráneas. Una línea tirada diagonalmente a través de África desde el Océano Atlántico hasta el Mar Rojo, demuestra lo ade- lantada que estaba tal tentativa.

Desde que los franceses pusieron sus plantas en territorio ar- gelino, se propusieron extender su influencia política y económi- ca por los Imperios vecinos de Túnez y Marruecos, para ane- xionarlos oportunamente a sus posesiones africanas. Según los franceses, la posesión de esos dos países, de gran importancia económica, era indispensable para asegurar la posesión de Ar- gelia; pero lo mismo Túnez que Marruecos ocupaban una situa- ción importantísima, pues uno de ellos se halla en el Estrecho de Gibraltar y el otro en el punto de división de la cuenca orien- tal y la cuenca occidental del Mediterráneo. Precisamente por esto, Inglaterra, que había visto con gran desagrado la conquis- ta de Argelia por los franceses, se opuso a su establecimiento en otras regiones del Norte de África. Además de Francia, codi- ciaba Italia también la posesión de aquellos territorios, por razo- nes geográficas e históricas, y además porque sus hijos emigra- ban en grandes masas hacia Túnez y cultivaban allí todos los ramos de la vida económica. Parece que al principio Inglaterra estuvo inclinada a favorecer las pretensiones de Italia. También

Alemania y La Guerra Europea Tomo II Aliados y Enemigos De Alemania

Friedrich Tezner Ottocar Weber Heinrich Becker Erich Marchs Paul Darmstädter Karl Hampe Hans Übersberger Otto Franke

Traducción Directa Dr. Faustino Ballvé

UNTREF VIRTUAL |

21

Austria y Alemania hicieron un ofrecimiento en este sentido por los años de 1876 y 77. Pero el gobierno italiano no supo aprove- char la ocasión (1) y el gobierno británico prefirió ponerse de acuerdo con Francia. Es posible que no fuera muy ventajoso para los intereses marítimos británicos que Túnez, Cerdeña y Sicilia estuvieran en las mismas manos, y el interés de Inglaterra esta- ba entonces en la separación de las dos naciones hermanas; pe- ro tuvo más peso el deseo de atraer a Francia y apartarla de la peligrosa alianza con Rusia. En el Congreso de Berlín de 1878, el plenipotenciario británico lord Salisbury, ofreció al plenipoten- ciario francés Waddington el territorio de Túnez como compen- sación de Chipre, que Inglaterra acababa de recibir de Turquía. Parece que el inglés dijo: "¿hasta cuándo queréis dejar a Carta- go en manos de los bárbaros?" También Bismarck manifestó su conformidad, porque abrigaba la defraudada esperanza de que la actividad colonial distraería a los franceses de la idea del des- quite. No obstante, el gobierno francés tardó algunos años en hacer uso de la autorización que se le había dado porque algu- nos de sus políticos temían un rompimiento con Italia y porque la opinión pública era enemiga de la expansión colonial. Pero, a pesar de que los italianos procuraban fortalecer su influencia económica en Túnez por el procedimiento que se ha llamado más tarde de penetración pacífica, el gobierno francés de tules Ferry tomó pie de la violación de fronteras de las colonias fran- cesas por una tribu tunecina, para posesionarse del deseado territorio. En abril de 1881 penetraron las tropas francesas en Tú- nez y el 12 de mayo se celebró el tratado de El Bardo, que trans- formaba de hecho al país en una colonia francesa.

Parece que el ano 80 proyectaba también Francia extender sus dominios sobre Trípoli, pero tropezó con la oposición decidida del gobierno inglés. Más tarde (en 1900 o tal vez antes) se de- cidió a desistir de sus pretensiones sobre Trípoli en favor de Ita- lia, a cambio del reconocimiento de los derechos franceses so- bre Marruecos y tal vez de otras concesiones. Esa cesión fue tanto más fácil por cuanto Francia había renunciado definitiva- mente a Egipto.

Precisamente si los franceses tenían sobre algún punto dere- chos sólidamente fundamentados desde los puntos de vista

históricos, material y cultural, era sobre Egipto. Ya en el siglo

XVIII algunos gobernantes franceses habían proyectado la con-

quista del valle del Nilo y hasta el corte del istmo de Suez, y Napoleón, al hacer ondear la bandera tricolor por tierras faraóni- cas, no hizo otra cosa que seguir aquellos planes. Hasta des- pués del fracaso de la expedición napoleónica, la influencia

francesa había predominado en Egipto, y el Canal de Suez fue una empresa francesa. Es verdaderamente trágico que precisa- mente esta obra, que significó un triunfo del capital y de la inte- ligencia francesa, acabara con la influencia de Francia en Egip- to. Inglaterra vio con extraordinaria desconfianza y malqueren- cia la construcción del Canal, pero una vez construido procuró extender sus dominios sobre él y sobre Egipto. La historia de la ocupación de Egipto por los ingleses, que no puede ser estu- diada aquí en todas sus fases, fue resultado de una multitud de intrigas y de una actividad política no siempre acertada de los gobiernos británicos. Francia hubiera podido tener esperanza de defender sus antiguas influencias y al menos de impedir la ocu- pación exclusiva por los ingleses llevada a cabo en 1882. De todos modos también era posible que la ocupación mancomuna- da por ambas naciones tuviese consecuencias análogas a la acción en Schleswig-Holstein por Austria y Prusia después de 1864. En todo caso, el Parlamento francés, al negar por gran mayoría, el 29 de julio de 1882, los créditos pedidos por el mi- nistro Freycinet para la ocupación del Canal de Suez, despreció la última ocasión de que Francia tuviera parte en la suerte del

valle del Nilo. Esta decisión, que se debió en gran parte a los tra-

bajos del jefe de la oposición, Clemenceau, se fundaba en el te-

mor de que el envío de tropas a Egipto debilitara la posición mil- itar de Francia en Europa. También entonces la idea del desqui- te malogró la política colonial; los franceses no hubieran sido

expulsados de Egipto si no hubiesen preferido la posesión de Alsacia y Lorena a las adquisiciones coloniales.

(1) Sobre la conquista de Túnez, Hans Plehn en la Zeitschrift für Politik, vol VII (1914), cuadernos 1 y 2, y Baltasar Hofstetter, Vorgeschichte des franz. Protektorats to Tunis bis zum Bardo-Vertrag, rs mar r88r.

Alemania y La Guerra Europea Tomo II Aliados y Enemigos De Alemania

Friedrich Tezner Ottocar Weber Heinrich Becker Erich Marchs Paul Darmstädter Karl Hampe Hans Übersberger Otto Franke

Traducción Directa Dr. Faustino Ballvé

UNTREF VIRTUAL |

22

Mucho les costó a los franceses conformarse con el hecho con-

sumado del dominio inglés en Egipto, que tuvo por consecuen- cia un largo enfriamiento en las relaciones de ambas potencias. Francia buscaba en otros puntos compensaciones al desvaneci- do sueno faraónico, y como Inglaterra tenía también interés en

esas otras regiones, el conflicto se hizo agudo. En esa situación

ocurrió la breve armonía entre Francia y Alemania, de que ya hemos hablado, y que, a pesar de su poca duración, favoreció notablemente la extensión del Imperio colonial francés.

Esa extensión se realizó en Indo China y en Madagascar y es-

pecialmente en el Oeste de África. Francia posee desde el siglo

XVII establecimientos en el Senegal; ya en el siglo XVIII había

pensado en avanzar por el curso de este río hacia el interior y fundar un gran Imperio africano. El general Faidherbe recogió

esos planes en el siglo XIX y sometió por la fuerza de las armas

la cuenca del Senegal. Además, obtuvieron los franceses, des- de 1830 a 1870, una serie de establecimientos en la costa occi- dental africana, en las riberas del Sur, en la costa del Marfil, en Dahomey y en Gabón, que tenían poco valor por estar aislados y carecer de hinterland. La exploración del Continente negro, en la que participaban con gran actividad muchos franceses, de- mostró que el interior de África encerraba mayores riquezas de lo que se había creído. Era, pues, natural que las potencias que poseían colonias en la costa africana, procuraran extenderlas hacia el interior. Los franceses lograron, desde principios de la séptima década del siglo pasado, siguiendo los planes de Faid- herbe, extender sus dominios hacia el Níger. Poco a poco surgió la idea de conquistar toda la cuenca de este río y unirla por una parte a las colonias del Golfo de Guinea y por otra parte con Túnez y Argelia a través del Desierto de Sahara. Partiendo del Gabón, el explorador francés de Brazza emprendió una explo-

ración al interior y enarboló en 1880 el pabellón francés en la ri-

bera del Congo. Expediciones francesas cruzaron el Desierto de

Sahara, el territorio del Níger y los países situados al Norte de la costa de Guinea, y los diplomáticos presentaron como título

legítimo en las negociaciones con otros Estados, los tratados con los caciques, provistos de muchas cruces, que los expedi- cionarios habían traído consigo.

Después de 1880, la competencia colonial africana había au- mentado notablemente. La enigmática "Asociación internacio- nal", detrás de la cual se escondía el rey Leopoldo II de Bélgica, celebró en la cuenca del Congo un gran número de tratados;

Alemania plantó en 1884 su pabellón en diversos puntos de la costa occidental africana; Portugal y España resucitaron anejas esperanzas, pero ante todo Inglaterra se opuso a las aspira- ciones francesas en el Níger y en el Congo. En 1884 lograron los ingleses apoderarse de la faja costera contigua al Níger infe- rior y expulsar a los franceses de la importante región vecina. También intentaron influir sobre el Congo, con el hábil recurso del reconocimiento de los derechos históricos de Portugal; pero entonces se les opusieron mancomunadamente Alemania y Francia: Bismarck y Jules Ferry. De este modo se desvirtuó la intriga anglo-portuguesa y se salvó la obra del Congo belga. En

el tratado de 5 de febrero de 1885 adquirió Francia una impor-

tante región de la costa y de la corriente inferior del Congo, que más adelante fue considerablemente ampliada, y además logró asegurarse el derecho de tanteo para el caso de venta del nue- vo Estado del Congo. La delimitación de las colonias alemanas

y francesas se llevó a cabo sin dificultad. Bismarck había re-

comendado a los colonizadores alemanes el más cuidadoso respeto a los derechos de Francia, y que los consideraran (pa-

labras textuales) como tabú.

Si esa armonía entre Alemania y Francia, que existió desde 1884

a 1885, hubiese sido más duradera, es de suponer que ambas

potencias hubieran quedado mejor paradas en sus negociaciones con Inglaterra. Pero a la caída de Jules Ferry enfriáronse rápida-

mente las relaciones franco-alemanas, y ese enfriamiento obligó

a Alemania a aproximarse otra vez a Inglaterra y a reducir mucho

más los fines de su política colonial de lo que hubiera hecho en caso de haberse mantenido la constelación política de 1884 a 1885. Pero también la expansión francesa retardó notablemente su avance desde aquella época. Las negociaciones con Ingla- terra sobre la delimitación de las esferas de intereses de ambas potencias en el África occidental, determinaron el convenio de 5 de agosto de 1890, al que los tratadistas coloniales franceses concedieron una importancia análoga a la del que habían cele-

Alemania y La Guerra Europea Tomo II Aliados y Enemigos De Alemania

Friedrich Tezner Ottocar Weber Heinrich Becker Erich Marchs Paul Darmstädter Karl Hampe Hans Übersberger Otto Franke

Traducción Directa Dr. Faustino Ballvé

UNTREF VIRTUAL |

23

brado los alemanes el 1º de julio del mismo año. La explicación de ambos tratados se encuentra probablemente en la constela- ción internacional (1) favorable entonces a Inglaterra, o sea en el divorcio entre Francia y Alemania.

El acuerdo de 5 de agosto de 1890 respondía a los deseos del partido colonial francés de asegurar a Francia la comunicación territorial entre sus posesiones del Senegal y del Níger. y las del Mediterráneo; pero cedía a Inglaterra el amplio territorio situado entre la desembocadura del Níger y el lago de Tchad, que co- rrespondía próximamente a la frontera meridional del Desierto. El territorio que recibía Francia tenía una extensión inmensa, pero en su mayor parte era desierto. "El gallo galo -dijo enton- ces lord Salisbury- tiene ahora mucha arena para escarbar." In- glaterra recibió un territorio mucho más pequeño, pero fructífero y poblado.

Todavía después de 1890 quedaban indecisas algunas cues- tiones de fronteras; quedaba por decidir si el territorio francés del Dahomey quedaría en comunicación con sus posesiones del Níger, y si el territorio francés del Congo se comunicaría can las posesiones del lago Tchad. Alemania, que hubiera podido ex- tender sus colonias del Camerón a costa de la comunicación con el Sudán francés y de la colonia del Congo, se mostró otra vez extremadamente conciliadora.

En el tratado de 4 de febrero a 15 de marzo de 1894 renunció a extender el Camerón hasta la frontera del Sudán egipcio, a lo cual a había autorizado Inglaterra en 1893. En el tratado de 23 de julio de 1897 rectificó Alemania la frontera septentrional de sus colonias de Togo en un sentido totalmente favorable a Francia. Extraordinariamente dificultosas fueron las negociaciones entre Francia e Inglaterra sobre la delimitación de sus respectivas po- sesiones en el Níger, que llegaron a terminar en el tratado de 14 de junio de 1898, en que se aseguraba la comunicación entre la colonia francesa de Dahomey y las posesiones del Sudán. De este modo las colonias alemanas, inglesas y portuguesas en el Oeste de África eran meras cunas en el inmenso Imperio colo- nial francés.

Pero la ambición del partido colonial francés, que adquirió otra vez una notable influencia en la política, por medio de su caudi- llo Hanotaux, iba mucho más lejos. No puede decirse con exac- titud hasta dónde llegaban en detalle sus atrevidos planes, si sólo comprendían la extensión del Imperio colonial francés has- ta el Nilo superior o si también querían llegar más allá de la esfe- ra de intereses franceses, hasta el Mar Rojo. Lo cierto es que se quería plantear de nuevo todo el problema de Egipto. La ocasión parecía oportuna, ya que Inglaterra estaba atareadísima en el Sur de África y a la vez enemistada con Alemania. Francia se había asegurado el apoyo del Estado del Congo y de Abisinia. Un eslabón en esa cadena de aventuras fue la expedición Mar- chand, a la cual quiso quitarse importancia a raíz de su fracaso y del establecimiento de la Entente Cordiale. La política inglesa logró obstruir todos los planes franceses. Sir Edward Grey había declarado categóricamente el 28 de marzo de 1895 que Inglate- rra consideraba toda la cuenca del Nilo como su esfera de inte- rés y que recibiría cualquier avance de Francia en dicha región como una "actitud poco amistosa." En 1896 volvió a emprender Inglaterra la reconquista del Sudán egipcio, y cuando Marchand llegó por fin a Fashoda en julio de 1898, las tropas inglesas se habían posesionado ya de la mayor parte del Sudán. El 2 de septiembre de 1898 entraron los ingleses en Khartum. El vence- dor, lord Kitchener, se dirigió a Fashoda, en donde enarboló el pabellón británico. La situación era para Francia insostenible. Marchand se encontró en África ante fuerzas muy superiores a las suyas; pero era peor aún que Francia carecía de toda pro- tección en Europa. A consecuencia de la conducta de Francia, Alemania se había puesto de acuerdo con Inglaterra. Rusia no estaba dispuesta a apoyar a Francia por una cuestión africana. Por consiguiente, el gobierno francés no tenía más remedio que ceder si no quería tener con Inglaterra un conflicto desespera- do, y ordenó a Marchand que abandonara Fashoda. Por fin, ha- bía fracasado el sueno de un Imperio colonial francés que lle-

(1) El entonces ministro francés Ribot queria contestar a Inglaterra por razo- nes políticas generales. Véase Albin, L' Allemagne et la France, págs. 210 y sigs.

Alemania y La Guerra Europea Tomo II Aliados y Enemigos De Alemania

Friedrich Tezner Ottocar Weber Heinrich Becker Erich Marchs Paul Darmstädter Karl Hampe Hans Übersberger Otto Franke

Traducción Directa Dr. Faustino Ballvé

UNTREF VIRTUAL |

24

gara hasta el Nilo. En el tratado de 21 de marzo de 1899, que sellaba la humillación de Fashoda, hubo de conformarse Fran- cia a renunciar a los territorios que habían pertenecido al Sudán egipcio, y sobre todo a la provincia Bahrel-Ghazal, a cambio de la cual se involucraban en la esfera de intereses franceses los territorios de Wadai, Tibesti, Borku, Kanem y Baghirmi.

Francia no había alcanzado, por lo tanto, todos los fines de su política africana, pero había logrado adquirir un enorme territo- rio unificado, que se extendía desde el Mediterráneo hasta el Congo y el Golfo de Guinea, y desde el Océano Atlántico hasta la frontera occidental de Egipto.

VI

Al Imperio colonial francés en el Norte y Oeste del Africa, fal- tábale tan sólo la última piedra que completara lo mismo las colonias mediterránea que las atlánticas: Marruecos. Sobre los países comprendidos bajo este nombre se verificaron en los años 1899 a 1902 una serie de negociaciones diplomáticas acerca de las cuales se sabe muy poco. Francia obtuvo en 1900 el consen- timiento de Italia al protectorado de Marruecos, a cambio de concederle la libertad de acción en Trípoli, y cedió dos zonas de influencia a Espana, la cual alegaba derechos históricos sobre el Norte de Marruecos y la necesidad de poseer la costa cerca- na a las Islas Canarias (1) . También parece que hubo negocia- ciones entre Alemania y Francia. Pero hasta entonces Inglaterra fue la que más decididamente se opuso al establecimiento de los franceses en Marruecos, ya que había sido principio tradicio- nal de la política inglesa no tolerar ninguna colonia extranjera en las inmediaciones del Estrecho de Gibraltar. Pero ese principio, como tantos otros principios y tradiciones de la política inglesa, fue sacrificado a consideraciones más altas, fundadas en la ene- mistad con Alemania. El gobierno inglés decidióse por fin a aban- donar a Marruecos en manos de los franceses. Este fue el moti- vo del tratado de 8 de abril de 1904, que resolvió una serie de diferencias secundarias. No era para ello óbice el reconocimien- to de la supremacía inglesa en Egipto por Francia, reconoci- miento que se contenía implícitamente en el acuerdo de 1899.

A pesar de que éste contenía las frases de rigor, como la de "que

Francia no intenta modificar el status quo", a nadie se ocultaba que Francia adquiría libertad de acción en Marruecos, con la sola limitación de que el Norte del sultanato, contiguo al Estrecho de Gibraltar, debía quedar en poder de España. En un tratado céle- bre, el 3 de octubre de 1904, se determinó más exactamente la esfera de influencia española, y España adquirió, además de la faja septentrional, otra esfera de acción en el Sudoeste de Marruecos.

El acuerdo franco-inglés de 8 de abril de 1904, contenía pactos sobre Marruecos, Egipto y otras partes del mundo, pero en la intención de sus autores estaba sin duda un ataque a la posición de Alemania como gran potencia. No cabe duda que el terreno situado en el Océano Atlántico y a la entrada del Mediterráneo es uno de los más importantes de la tierra, desde el punto de

vista internacional. Es rico en materias naturales no explotadas,

y aun cuando el comercio alemán del sultanato no era muy im-

portante, sus perspectivas para el porvenir eran excelentes. Ma- rruecos era, además, uno de los pocos, imperios mahometanos

independientes, y la política alemana tenía gran interés en con- servarlo. Es verdad que el príncipe de Bismarck dijo una vez:

"Nos alegraríamos de que Francia se apoderara de Marruecos, pues entonces tendría mucho que hacer y le daríamos gustosos un trozo de África en compensación de Alsacia y Lorena." Pero esta exclamación fue hecha en 1880. Desde entonces Francia se ha apoderado de muchos trozos de África y Bismarck no po- día prever que esta nación substraería desconsideradamente

todos esos territorios a la libre concurrencia de los demás país- es, siempre que no se opusiesen los tratados. Además, la situa- ción internacional de Alemania desde 1880 ha cambiado mucho,

y aun cuando no fuera así, la forma en que Francia e Inglaterra,

con el consentimiento de España e Italia y naturalmente también

(1) A última hora, el tratado no fue ratificado por el gobierno español.

(1) Autores franceses confirman que existía el propósito de provocar a Ale- mania. Así, por ejemplo, dicen Guibert y Ferrette en su muy vulnerable libro Le conflit franco-allemand en 1905, pag. 84: "nada más miserable, nada

Alemania y La Guerra Europea Tomo II Aliados y Enemigos De Alemania

Friedrich Tezner Ottocar Weber Heinrich Becker Erich Marchs Paul Darmstädter Karl Hampe Hans Übersberger Otto Franke

Traducción Directa Dr. Faustino Ballvé

UNTREF VIRTUAL |

25

de Rusia, dispusieron en 1904 de un gran territorio, debía pro- vocar la oposición de Alemania (1) . La convención de Madrid de 1880, en la cual había tomado parte Alemania como potencia signataria, le daba un camino: el Emperador alemán declaró en Tánger el 31 de marzo de 1905 que consideraba al sultán de Marruecos como soberano independiente, y el canciller del Im- perio se declaró abiertamente contrario a la "tunificación" de Marruecos. No pudiendo contar Francia con la ayuda de Rusia, comprometida en la guerra con el Japón, declaró después de algunas vacilaciones y de la salida de Delcassé, su conformidad a someter la cuestión de Marruecos a una Conferencia interna- cional, que se celebró en Algeciras en enero de 1906. Gracias al apoyo diplomático que le prestaron la mayor parte de las potencias, logró Francia, a pesar de la declaración formal de la independencia de Marruecos, asegurarse una situación privile- giada en el sultanato, que le permitiera realizar su programa sin lesionar directamente los acuerdos de la Conferencia. En los anos siguientes aprovechó Francia los pretextos más insignifi- cantes para extender su dominio militar en el sultanato. El go- bierno alemán, a pesar de las protestas de una parte de la opi- nión pública, consintió en esas extralimitaciones, y en el acuer- do de 9 de febrero de 1909 reconoció Alemania "los intereses políticos especiales de Francia", y deseó solamente que fueran respetados los intereses económicos de Alemania. Las espe- ranzas que los alemanes habían puesto en la Conferencia y que no sólo se referían a Marruecos, fueron defraudadas. Los fran- ceses se extendieron cada día más por el sultanato, y cuando en mayo de 1911 tuvieron la osadía de ocupar Fez, el gobierno alemán mandó un buque de guerra al puerto de Agadir, para obligar a Francia a entablar nuevas negociaciones.

Ya no era posible mantener el Acta de Algeciras, que se apoya- ba sobre el principio de la soberanía del Sultán. El Estado de Marruecos estaba completamente descompuesto y no le que- daba más remedio a Alemania que determinar una liquidación de todo el problema marroquí. Francia e Inglaterra han afirma- do repetidamente que Alemania quería una parte de Marruecos. El gobierno responsable alemán ha negado siempre esta afir- mación. Lo que él quería era una compensación en el Centro de África, y la obtuvo. Por el acuerdo de 4 de noviembre de 1911,

que, por lo demás, aseguró la puerta abierta en Marruecos, hu- bo de dar Francia a Alemania una parte de sus colonias del Con- go, a cambio de lo cual reconoció Alemania su protectorado so- bre Marruecos. En el tratado de 27 de noviembre de 1912 se determinaron de un modo definitivo, después de grandes reba- jas, las dos esferas de influencia española. Hasta hoy no se sabe que se haya llegado a un acuerdo sobre Tánger.

A través de esas penosas negociaciones logró Francia imponer su voluntad. A cambio de una cesión, no insignificante cierta- mente, de territorios, en perjuicio de su colonia del Congo, que quedó mermada en dos puntos, adquirió el dominio mucho más importante de la mayor parte de Marruecos. El Imperio colonial francés en África quedó así redondeado.

más contrario a las tradiciones que la actitud fanfarrona que consistía en ignorar a Alemania y considerarla como una cantidad despreciable". Véanse también las manifestaciones íntimas de Delcassé, citadas por estos autores en la pág. 83.

(1) En Inglaterra y los Estados Unidos se habla continuamente y con gran pompa del libro del general von Bernhardi. En cambio, nada se dice de los numerosos ditirambos a la guerra procedentes de escritores franceses. Léa- se, por ejemplo, el discurso de un hombre de la alta y responsable posición del general Lyautev, Residente general en Marruecos, pronunciado el 21 de diciembre de 1912 en la Ecole des sciences politiques e impreso en la obra

L'Afrique du Nord, págs. 87 y sigs. Lyautey dice entre otras cosas: "La gue- rra es la ocasión para el desarrollo de las supremas virtudes humanas" y pronuncia la frase característica: "el pacifismo ha muerto". Como ejemplo de

la agitación guerrera en Francia, que debiera llegar a conocimiento de los

neutrales, cito además del célebre Le partage de l'Allemagne, el libro de un "intelectual", Mauricio Legendre, La guerre prochaine et la mission de la France, engendro absurdo, Interesante también porque en la pág. 174 dice en términos truculentos que el servicio de tres años no seria jamás implan- tado, porque antes de 1916 habría estallado la guerra. El criterio expuesto en el texto se apoya, además, en impresiones personales. Véase también el libro del sueco Kjellén, Die Grossmächte der Gegenwart, págs. 52 y sigs.,y

el del francés Aubert La folie franco-allemande, págs.49 y sigs., y que invita

a una inteligencia. El mismo fin persigue otro libro: La paix armée et le pro- blème d'ALsace- Lorraine, que no ha llegado a mis manos.

Alemania y La Guerra Europea Tomo II Aliados y Enemigos De Alemania

Friedrich Tezner Ottocar Weber Heinrich Becker Erich Marchs Paul Darmstädter Karl Hampe Hans Übersberger Otto Franke

Traducción Directa Dr. Faustino Ballvé

UNTREF VIRTUAL |

26

VII

La política mundial de Francia en la última generación, ha tenido un éxito espléndido. Diez millones de kilómetros cuadrados con una población de cuarenta millones de habitantes le pertene- cen, y la mayor parte de ello ha sido adquirida desde 1880. Es cierto que el Sahara forma una parte importante del Imperio co- lonial francés, que el número de europeos que habita en colo- nias francesas no pasa de un millón y que muchos de ellos no son de nacionalidad francesa. Pero grandes extensiones del Norte de África, de la cuenca del Níger, de la costa de Guinea, de Madagascar y de Indo China, son fecundas y ricas en mine- rales y ofrecen un gran porvenir. El comercio colonial francés ha progresado notablemente en los últimos tiempos. Francia cam- bió con sus colonias en el último año, de mil quinientos a dos mil millones de francos. Francia quiere excluir de sus colonias el comercio de las demás naciones, y en una forma que, en opi- nión de algunos franceses inteligentes, no sólo ha perjudicado a las colonias, sino también a la misma economía francesa. Hay que preguntarse en general si Francia, con su población esta- cionaria y su industria atrasada en muchas ramas, es capaz de desarrollar convenientemente un Imperio colonial gigantesco. Las esperanzas que Bismarck había puesto en el apoyo a la política mundial francesa, no se han realizado. Los franceses, a pesar de sus éxitos coloniales, no han perdido de vista la línea azul de los Vosgos. Antes bien, la idea del desquite tomó cada vez más incremento en los últimos años.

Es muy cierto que el problema de Marruecos ha enconado el conflicto con Alemania y que su solución mediante fa cesión de territorios franceses, molestó profundamente a muchos de és- tos; pero el abandono de la política mundial en beneficio de la política continental, ha sido también determinado por otros mo- tivos. La alianza con Rusia y el acuerdo con Inglaterra limitaban notablemente la expansión francesa en todos sentidos. No ha- bía ni en Oriente ni en África territorios a los cuales pudieran ex- tenderse las conquistas francesas sin lesionar intereses ingle- ses o rusos. En cambio, la constelación del oso y la ballena unidos en el odio contra Alemania, parecía ofrecer una ocasión única para recuperar los territorios perdidos en la frontera del

Este, pues ya se comprendía que esa constelación no podía du- rar largo tiempo. No había, pues, más remedio que apresurarse en aprovecharla. Es hoy difícil determinar la responsabilidad de las personas, pero no cabe duda que, desde 1912, la opinión pública de Francia ha'sido exacerbada de un modo sistemático. En parte habrá contribuido a ello la agitación en favor del servi- cio de tres años, pero también puede asegurarse que éste era una preparación de la guerra. La literatura y la prensa francesa volvieron a usar un tono belicoso que no se había oído desde 1887. El pan cotidiano del francés era la exaltación de la guerra (1), la descripción dedos supuestos abusos en Alsacia y Lorena, el ataque a las personalidades de Alemania y las censuras a las instituciones alemanas y especialmente al ejército alemán. Ya llegará el día de determinar hasta qué punto esta labor agitado- ra de la prensa francesa se nutrió del oro inglés o en qué medi- da la prensa inglesa y la rusa fueron influidas por Francia en su odio a Alemania. Sería injusto negar que existiera una fuerte co- rriente anti-chauvinista y partidaria de un acuerdo con Alemania. Pero los insignificantes incidentes de Luneville y Nancy demos- traron con qué prontitud respondía la opinión de la masa a la acción de la prensa sin conciencia. La supuesta superioridad de la aviación francesa había llenado de vanidad a los ignorantes; numerosas hojas de propaganda profetizaban la destrucción de Alemania; y los hombres más influyentes del país participaban del espíritu nacionalista y éste era calificado de "nuevo espíritu del pueblo francés". Y cuando Rusia tuvo a bien desenvainar la espada por una causa extraña a los intereses de Francia, no du- dó ésta un momento en emprender la guerra contra Alemania.

Alemania y La Guerra Europea Tomo II Aliados y Enemigos De Alemania

Friedrich Tezner Ottocar Weber Heinrich Becker Erich Marchs Paul Darmstädter Karl Hampe Hans Übersberger Otto Franke

Traducción Directa Dr. Faustino Ballvé

UNTREF VIRTUAL |

27