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J. C. TERRERO MONAGAS

EDITORIAL ELITE

LIT. Y

TI P. VARGAS CARACAS 1933

/IN/1 CIIRIN/1 BOTE

ORIGENES DEL MILITARISMO HEROICO EN VENEZUELA

POR EL BRIGADIER J. C. TERRERO MONAG/1S

EDITORIAL "ELITE" LIT. Y TIP. VARGAS CARACAS

1933

CAPITULO III

Organización militar

Como toda esta raza era instintivamente belicosa, es de- cir, todas las tribus congéneres que habitaban las circunscrip- ciones militares, eran unidades tácticas de un todo guerrero; estaban constituidas en cuerpos divisionarios, en que cada cacique local era un lugarteniente subordinado a una junta de guerra (Estado Mayor) de la nación. El título de Cacique, en lengua caribe, no tenía otra acep- ción que .el grado que representaba en el escalafón de su or- ganización militar: v. g. Cacique Guacanagari (General de la zona-canagari). Era un oficial superior que representaba un cargo, del cual podía ser reemplazado; no le daba más per- sonería al nombramiento que el grado que correspondía al cargo. No es como generalmente se ha creído que, el Caci- que le daba por su importancia superior, su nombre al lugar y a los súbditos. El valor y el heroísmo entre los caribes, era colectivo, porque las glorias del triunfo correspondían a la nación y no a ninguno de sus miembros en particular; esta- ba representado en la unidad de la nación y por lo tanto comprendía el principio más avanzado de la disciplina mi- litar. El timbre de orgullo de una raza que no confiaba la suerte de la guerra a un solo miembro de su ejército porque todos eran mortales.

Esta fué la razón por que los ascensos para elegir

Caci-

que se hacia con ceremonias extrañas y eran sometidos a fuertes pruebas.

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Los Caciques eran los oficiales Generales, y los Ditaynos, los oficiales Coroneles, segundos en categoría. Los caribes vinculaban su honra en el valor y la destre- za; desde niños se ejercitaban en jugar al arco, la lanza y la macana. Sus juegos más pueriles se reducían a lo mismo que veían hacer a sus padres. Los chicos de una misma zo- na, formaban batallones, elegían cabos, disponían sus filas, daban señales y trababan simulacros de batallas, en cuyos ensayos se regocijaban los padres. En estas escaramuzas in- fantiles usaban flechas de junco que no hacían daño; usa- - ban también rodelas, para adiestrarse en evadir el golpe. Co- mo este ejercicicio era único y de toda la vida, alcanzaban un grado máximo en destreza. Al consignar en esta relación histórico—militar los eleva- dos conceptos que el ilustre Humboldt expuso en su impor- tante obra, describiendo con la estilizada expresión de su elo- cuencia científica los caracteres etno—somáticos que admiró en nuestros aborígenes caribes, sólo hemos contribuido a es- clarecer con aquella sabia argumentación los orígenes del mi- litarismo heroico.

Entre todas las razas americanas, la más aproximada en

la clasificación científica al tipo caucásico, fué la caribe; sus

caracteres raciales han sido sistemáticamente investigados por

los numerosos exploradores que constantemente han visitado nuestras colonias indígenas. En los asientos en que aparecie-

ron ante los primeros navegantes, no estaban sino de facción, dominando militarmente a las otras naciones que tenían some-

tidas, entre ellas, a la muy numerosa de los

Aruacas.

Las

otras parcialidades heterogéneas que encontraron en Tierra Firme fueron tribus congéneres que derivaban de la caribe y de los habitantes forasteros que habían confinado en las zonas—militares que tenían establecidas en aquellos extensos territorios.

Según refieren las crónicas del descubrimiento, así como

las narraciones de los misioneros y las sugestivas tradiciones

del folklore

guayan°, los caribes constituyeron una raza de

grandes guerreros, de antigüedad indiscutible, cuya grande-

za se fué extinguiendo en la Pira que mantuvieron encendida

a "Quiyumaeón"

(Diosa "Belona" de los caribes), quedando

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solamente en los últimos dominios en que los encontraron los conquistadores castellanos.

No han existido ejércitos en el mundo que no hayan te- nido su organización propia, aún siendo montoneras y sin instrucción. Los caribes propasaron en el estado de fuerza de sus ejércitos la cifra de diez mil infantes.

Cuando una fuerza excede su efectivo, de las plazas com- prendidas en una unidad táctica, no puede funcionar sin te- ner una estructura. La condición de las masas humanas, una vez que se han concentrado para entrar en acción, requiere un régimen propio, una forma especial que ponga en conexión el control de la psicodinámica que comanda, con la dinámi- ca de todas las energías que constituyen la acción de un ejér- cito. Para que tantas voluntades y elementos heterogéneos

marchen con una acción acorde, tienen necesariamente que encerrar un régimen. Los caribes, para llenar esta exigen- cia, crearon su disciplina, que fué el alma de aquellas hues- tes. La psicología que constituye todo principio de régimen militar y lo transforma en un solo cuerpo consciente de sus actos, es la disciplina formada del concepto que cada uno tie-, ne de su posición, de sus deberes, de su responsabilidad, de su honor, de su lealtad, de su honradez, de su valor y como complemento de todas estas relevantes virtudes, la del patrio- tismo. El militar que se aparta de su disciplina, pierde las grandes virtudes que lo distinguen y entra en la faz de la de- gradación moral. Esta dignidad del militarismo, esta posi- ción honorable que ocupa en la sociedad, es, en virtud de su misión y de su psicología, incomparable a la de los demás hombres; sus virtudes no pueden ponerse en parangón con las virtudes convencionales de los civiles y de los hombres

de derecho

si todos los hombres poseyeran las grandes virtuds del sol- dado. La voz arcaica aplicada en la milicia caribe para distin- guir el empleo más elevado de su jerarquía militar, fué la de los Curacas, que, a su vez, tuvieron a los Caciques en el em-

pleo subalterno de jefes de los cuerpos que guarnecían las zo-

nas que dominaron. Pero esta categoría superior de la

gra-

la paz mundial sería una evidente realidad,

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duación, se extinguió en el transcurso del tiempo y sólo que- dó la memoria de aquellos antiguos capitanes. Los grados en la constitución militar de los caribes, no es- taban dispuestos para atender a fines económicos del ejérci- to; estas eran atribuciones de la junta superior de caciques. El grado no era tampoco una institución de recompensas:

los hechos culminantes del soldado o las hazañas notables, se tomaban como resultado de la buena observancia de la dis- ciplina.

Lo que estaba clasificado entre ellos era el valor indivi-

dual, que se fraccionaba en:

zado y Valorheroico.

Valor—natural, Valor—veterani-

Estos eran los puestos que la misma

disciplina había creado y a los cuales se ascendía en virtud

del proceso de preparación y de los hechos notables consu-

mados. El Valor—natural, estaba considerado como el racial, es decir, el ignato en todos los infantes de la nación que ha-

que

era el baptismusbelli de la carrera de las armas. Como estós militares empedernidos profesaban con gran idolatría el culto al valor, habían ideado la deformación cra- neana, que instituyeron como un dogma mitológico, para con- vertir al soldado en un autómata, especie de máquina de guerra. Con este atrofiamiento fisiológico, que constituía un perfeccionamiento en la ciencia de la guerra, demostra- ron los caribes que habían sobrepasado a su época.

Para que la iniciación del infante tuviera mayor solem- nidad, habían establecido el que este acto se efectuara en la

bían sido iniciados en el secreto de la

"deformación",

"Casa del Espíritu", residencia habitual del Piache.

Estas ceremonias le dieron cierto carácter de secta al mi- litarismo indio y es probable que las prácticas de abnegación que entraron en el funcionamiento de la disciplina, tuvieran su fuente psicológica en este animismo secular de la idola-

tría. Los Piaches estaban íntimamente reconocidos corno los guardianes de las tradiciones nacionales, en virtud de su dig- nidad médico—religiosa. Estos augures eran los designados por las creencias para presidir los actos que envolvían cier- to misterio. Eran los maestros, los predicadores, los conse- jeros y los guías espirituales de los indios, con atribuciones

Piache es de orí-

de árbitros de la vida y de la muerte. El

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"Casa del Espíritu" (hebu-hanoku)

puiai, que denota su profe-

sión; no tenía otra posición en la tribu que la del culto que ejercían; su influencia sobre los guerreros se basaba en su mediación entre éstos y el Cemis (ídolo) que estaba a su cus- todia. Este hombre de las medicinas practicaba lo que dis- curría y tenía sus confidencias abstractas en virtud de los poderes de que había sido instruido; vidente, de grandes fa- cultades sugestivas, ejercía sus encantamientos sobre sus hi- jos y aún sobre ellos mismos. El Piache se presentaba a esta ceremonia con los atavíos rituales de aquel acto mitológico, portando un collar de don- de pendía la "almohadilla", que iba a ser colocada en la ca- beza del recién nacido; conduciendo en la diestra el ídolo Cemis que colocaba sobre una mesa en el centro del local donde se iba a efectuar el acto. Este mismo ídolo fué• el

gen caribe; se deriva del vocablo

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Facsimile de una "almohadilla"

"Zemis" de los caribes antillanos que traía en los ojos el dis- tintivo militar de los círculos usados por la infantería cari- be de Tierra Firme; y como las primeras crónicas refieren

que los "Zemis"

eran ídolos mensajeros, es decir, subordina-

dos al dios "Quiyumocón"; en consecuencia se deduce que, los círculos negros en los ojos, constituían distintivos milita- res para reconocer al subalterno. Estos ídolos, Que abunda-

ban donde quiera que los caribes tenían sus asientos, se con- sideraban revestidos del poder mágico de proporcionar la curación a los enfermos y dar el éxito en la guerra. En las Antillas y en Tierra Firme, encontró Colón que los aborígenes tenían casas fuera del poblado destinadas a santuarios, donde sólo se veneraba la imagen de un ídolo que

los antillanos llamaban

"Zemis".

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Ante esta figura, que también llevaba grabada sobre el es- tómago la célebre almohadilla, se efectuaba el acto de la de- formación fronto-occipital al recién nacido, ceremonia que revestía los caracteres de un sacrificio hecho a la diosa pa- trona del militarismo caribe, cuya influencia estaba repre- sentada en dicho ídolo.

El ídolo "Cernis"

La particularidad que se observa en la figura es que lle- va el facsímile de la almohadilla grabada sobre el estómago. Análoga costumbre imitaba el Piache, al presentarse con ella colgada sobre el estómago en el momento de iniciar la cere- monia. Este ritual tenía su significado simbólico, pues estos indios, en medio de las supersticiones, creían que la almoha- dilla tenía un poder superior y que por su mediación daba el valor heroico, y también influía sobre dicho órgano para auyentar el miedo, pues tenían la creencia que el miedo en- traba por el estómago.

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ceremonia entraban los Cemetu, viejos militares que hacían el recuento de las tradi- ciones y el relato de los triunfos guerreros de sus anteceso- res; narraban lo que sus progenitores habían oído referir a sus abuelos, para que de este modo no se extinguiera la ins-

titución de la

"deformación", y siempre estuvieran latentes

los hechos más remotos de sus antepasados. El "Valor—veteranizado"

(1) era el puesto a que corres- pondía el grado de Ditayno y a que eran ascendidos los que en hechos de armas se habían

distinguido y alcanzado por su destreza el calificativo de aguerridos.

Entre los concurrentes a esta

Los ditaynos conservaban de las funciones de armas a que habían concurrido, los trofeos y despojos tomados al ene- migo para presentarlos como testimonios que justificaran sus méritos ante la junta de caciques que era la que consideraba si aquellas credenciales y la de una disciplina sin mácula,

eran suficientes para pasar al candidato al puesto del

heroico". (2) Después de haber ejercido el puesto de Veteranizado, por algún tiempo y de haber desempeñado la lugartenencia del

"Valor

cacicazgo, el candidato era propuesto por uno de los caciques

más viejos para el ascenso al puesto del

era el que correspondía al grado de

Valor heroico, que

Para obtener

Cacique.

este grado, tenía que pasar el aspirante por el examen de prueba y una vez comprobada su aptitud, no sólo con las condicions expuestas, sino con las cicatrices que tenía, era llamado a dsempeñar el puesto superior, en vista de su va- lor probado y de una disciplina intachable. El que iba a recibir el grado, como había adquirido su- ficientes credenciales que justificaban su buena disciplina, • tenia que 'comprobar lo actuado con el examen riguroso, pa- ra lo cual se le iban agregando, primero, la gente de su fa- milia y después los camaradas y subalternos; cuando tenía un séquito que pasaba de un centenar, quedaba demostrado con esta manifestación el grado de simpatía de que gozaba el aspirante, cuya cualidad era parte integrante de la unidad abstracta de la disciplina.

(1)

Término traducido al español.

(2)

Otro término traducido.

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El día de iniciar el grado, el candidato hacía preparar su- ficiente bebida de Cassiri (bebida fermentada embriagadora hecha del casabe) para Obsequiar a todos los concurrentes. Invitaba a los Caciques y Ditaynos de la jurisdicción. Du- rante la ceremonia, que se efectuaba en la casa donde se reu- nían los de la junta, y donde se hacían las pruebas, el aspi-, rante hacia la relación de sus hazañas con argumentación su- ficiente y al finalizar el discurso, pedía examen de sus con- diciones y de su abnegación para poder obtener el cacicazgo. Una junta de jueces, compuesta de los caciques más im- portantes, después de llenar los requisitos ceremoniales que

ditayno, des-

nudo, sin arreos, en medio de la sala, ante toda la concurren- cia. Tornando el cacique más antiguo, un látigo de pita bien

torcida, le descargaba fieros y repetidos azotes, por todo el cuerpo, de arriba a abajo; cediéndolo después a los otros ca- ciques que se alternaban. Tanto los jueces corno los concu- rrentes permanecían en gran espectativa guardando un pro- fundo silencio para observar si el aspirante exhalaba el acaya, que es nuestro ay!, o ver si hacía algún otro ademán; entonces se le negaba el voto, no podía ser admitido a las otras pruebas. Pero si sufría con valor y resignación, osten- tando numerosas heridas en su cuerpo, (3) era entonces ova- cionado.

le daban cierta solemnidad al acto, colocaban al

Segunda Prueba

Transcurrido el tiempo necesario para que cicatrizaran

las heridas, el ditayno

romance indiano, es

otra cantidad de

otro centener de tinajas de aquella grapa preparada del ca-

sabe y del maíz. Se fijaba el día en que se debía efectuar este otro acto y una vez que comparecían los de aquella junta, colgaban una hamaca en, la que colocaban al aspirante, acomodándo- lo en actitud de soportar la segunda prueba; luego los ca-

vuelve a disponer la preparación de

satura, que en 'buen

(3) En la veteranización de la oficialidad teutona que se preparaba antes de la Gran Guerra, se pusieron en práctica muchas pruebas análogas a estas de los caribes, pero en adies- tramientos al sable. Dato suministrado al autor por un oficial del ejército alemán.

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ciques examinadores le tapaban de pie a cabeza con los do- Meces de la hamaca y lo aseguraban con fuertes ligaduras; hecho esto, cada examinador por su lado introducía dentro

de la hamaca, valiéndose de los dobleces, un

cañuto de juajua

lleno de insectos ponzoñosos y feroces, tenazmente mordaces;

cuando llegaba el tiempo de arrancarlos, antes se dejaban partir por el medio que soltar el bocado; con cinco o seis mil enemigos de este género sobre sí que todos le tiraban a cual más sanguinario, sin dejar parte del cuerpo donde no infirieran una herida, y sin facultad el individuo para de- fenderse, ni aún para menear el pie, porque la formalidad de este examen era la mayor serenidad y rigidez; la apro- bación dependía del menor movimiento, así como el menor quejido que escapara al morderle las pestañas u otras partes delicadas, sería su perdición.

Si salía bien de esta segunda prueba, los concurrentes, en cumplimiento, acudían solícitos a quitarle los insectos de que

salía revestido, pero le quedaban claveteadas en el cuerpo las

cabezas y la ponzoña hasta que con el

unto les hacían aflo-

jar el diente. Lugo sellaba el acto el brindis y la danza gue-

rrera. Como en las dos pruebas anteriores no había riesgo de muerte, quedaba para la tercera, donde muchos habían jugado la vida y muchos más la habían perdido.

Tercera Prueba

Juntos ya los del jurado militar y los concurrentes, en- tre los cuales esta vez asistían los de las ceremonias fúnebres en compañía del Piache, construían una troje o cañizo, bien tejida de cañas verdes, refractarias al fuego, suspendida a la altura de un metro y capaz de recibir el cuerpo del aspiran-

te, el cual cubrían profusamente de hojas de

bijao, de tres

cuartos de metro; luego el penitente se echaba boca arriba en el lecho de tormento o de cadalso; le colocaban en la boca un tubo de juajua de un metro de largo por tres centímetros de diámetro en la cavidad interior para que respirara por él, luego le envolvían todo y en contorno de aquellas hojas que caían sobre la cabeza y el pecho cubriéndolo, dándole paso so- lamente al tubo para dejarle libre la respiración. Ya sumer-

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gido en aquel caos de hojas donde sólo quedaba libre el re- ducilo intersticio del tubo para respirar. Empezaban a po-

nerle fuego bajo el cañizo de la troje, calculando que la mag- nitud de las llamas apenas tuvieran contacto con las cañas verdes, pero produciendo un calor intenso y sofocante que a veces se excedía, produciendo en las hojas verdes grandes va- pores, que le hacían perder el sentido. Entre tanto los del jurado se ocupaban en atizar el fuego o disminuirlo, para dar la intensidad requerida. Otros observaban con gran aten- ción, si el pretendiente se movía o quejaba: si hacía el me- nor movimiento quedaba fracasada la prueba. Otros perma- necían mirando y escuchando la respiración del paciente para observar si disminuía. Concluido el término del pe- ríodo fijado, quitaban prontamente las hojas; si lo hallaban difunto, todo concluía con una ceremonia fúnebre que pre-

sidía el Piache.

hojas servían de mortaja. (4)

El funeral se hacía en la misma troje, cuyas

Danza Guerrera

(4) Fué

ésta una de las formas de enterramiento que acostumbraron los caribes, y que

demostró se hacían a los guerreros que habían muerto en el ascenso a

Cacique.

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Si le hallaban con vida, todo se convertía en júbilo, en

brindis a la buena suerte del nuevo cacique, cuyas aptitudes

quedaban comprobadas para adquirir el puesto del

Valor

heroico, último escalón de la jerarquía militar caribe. El propósito que encerraba este sistema de pruebas a que sometían a los jefes, era medir su grado de subordinación a la vez que intensificar las prácticas de la disciplina, pues to- do lo que requería el ascenso al cacicazgo era pasar las prue- bas, mostrando el ánimo hasta donde podría alcanzar los fi- nes de la disciplina. Uno de los hechos que más llamó lá atención del conquistador hispano cuando invadió el terri- torio de Venezuela y encontró la resistencia poderosa de los caribes, fué la particularidad de que, al morir los caciques combatiendo, en breve surgían otros con idénticas condicio- nes militares, éstos llegaron a suponer que a los caciques los tenían almacenados como a las armas. Tal fué el grado máxi- mo de esta admirable disciplina y lo más perfecto en materia de militarismo: adiestrar hombres que funcionaran al igual de los demás órganos del ejército.

Esta es la demostración más evidente de la . poca diferen- cia que existía entre ellos y la justificación de una disciplina superior a la del conquistador.

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