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Dimensión histórica de la ciudadanía y los derechos en la Argentina contemporánea

Unidad 4

1. La ciudadanía en clave de género: las mujeres y sus expresiones políticas

2. La Argentina entre democracias restringidas y dictaduras a. El peronismo y la ampliación de la ciudadanía (1946-1955) b. Los avatares de los derechos civiles y políticos en la Argentina (1930-1976)

3. Ciudadanía y terrorismo de Estado

Ficha 4

2. La Argentina entre democracias restringidas y dictaduras

El 6 de septiembre de 1930 el general José Félix Uriburu encabezó el primer golpe de estado

de la historia argentina, derrocando al segundo gobierno constitucional de Hipólito Yrigoyen. Pocos

meses más tarde, en marzo de 1931 se realizaron elecciones para elegir gobernador en la provincia

de Buenos Aires y en esa oportunidad los radicales volvieron a triunfar. La reacción del gobierno fue

inmediata: las elecciones fueron anuladas y el radicalismo fue proscripto. A partir de entonces, y

hasta 1935, el radicalismo quedó excluido de los comicios. Luego, para evitar un nuevo triunfo del

yrigoyenismo, los conservadores y sus aliados recurrieron al fraude. Y no dejarían de hacerlo: a lo

largo de toda la década de 1930, el régimen político se sustentaría sobre la práctica sistemática –y

por casi todos conocida- del fraude electoral. Es por eso que esta década fue denominada por los

opositores del régimen como “década infame”, en tanto no faltaron quienes defendieran el "fraude

patriótico" para impedir el resurgimiento de "las masas ciegas" tan proclives a caer, se aseguraba, en

las trampas inescrupulosas de la demagogia.

a. El peronismo y la ampliación de la ciudadanía (1946-1955)

El fin del fraude tuvo lugar en la elección de febrero de 1946, en la que la fórmula Perón-

Quijano, del recién conformado Partido Laborista, triunfó con un 52% de los votos y Juan Domingo

Perón asumió por primera vez la Presidencia de la Nación. Nos resulta importante destacar aquí el

reconocimiento y la notoria ampliación de derechos que tuvieron lugar durante el primer gobierno

peronista (1946-1952). Sólo a los fines de la presente clase dejaremos de lado el conjunto de

derechos económicos, sociales y culturales reconocidos durante este período. Advertimos, no

obstante, que fueron de importancia fundamental en lo referente a la ampliación de la ciudadanía.

En cuanto a los derechos políticos, el acontecimiento más destacado del período fue la sanción, en el año 1947, de la ley N° 13.010, más conocida como "ley de voto femenino", que equiparó los derechos políticos entre hombres y mujeres. En las elecciones generales del año 1951 (en las que Juan D. Perón fue reelecto) las mujeres argentinas, ejerciendo su nuevo derecho de elegir y ser elegidas, votaron por primera vez y las primeras legisladoras asumieron sus cargos públicos. Se alcanzaba, así, el punto más inclusivo en la historia Argentina en materia de ciudadanía política. El ejercicio de esta ciudadanía encontró, además, nuevos modos de expresión. La participación activa de los sectores populares en la vida política se manifestó, también, más allá de las urnas. Esta participación se dio fundamentalmente a través de la constante organización y movilización a la que apelaba el gobierno y que, dentro de algunos sectores del peronismo, se denominó "democracia participativa". Sin que se recurriera formalmente al plebiscito muchas de las acciones de gobierno eran acompañadas por una convocatoria al movimiento de masas que generalmente se traducía en una concentración en Plaza de Mayo. Finalmente, si de peronismo y ampliación de la ciudadanía se trata, no podemos menos que referirnos aunque sea fugazmente a una dimensión de definitoria importancia: la simbólica. En efecto, el peronismo significó, sin lugar a dudas, una ampliación de la ciudadanía también en términos simbólicos. Y esto fue posible no sólo a partir de la legislación social y las políticas públicas del gobierno peronista sino también a través de las fórmulas discursivas a las que éste apelaba, entre ellas: el reconocimiento enfático de los trabajadores como fuerza social; el uso de apelativos tales como “compañeros” o “mis cabecitas negras” que integraban simbólicamente a los más pobres al horizonte identificatorio y afectivo de los líderes del Estado; la apropiación real de espacios públicos hasta entonces reservados por la fuerza de la costumbre a “la gente de bien”. Todo esto permitió que millones de hombres y mujeres se sintieran por vez primera con los mismos derechos que otros. No es que jurídicamente no tuvieran esos derechos, pero una experiencia social de larga data sustentada en la exclusión y en la humillación cotidiana había imposibilitado el re-conocimiento y el ejercicio real de esos derechos. No obstante lo anterior, el peronismo generó profundos rechazos y oposiciones en diversos sectores sociales. Por un lado, la política agropecuaria llevada adelante afectó el poder de algunos segmentos de las clases altas tradicionales. Por otro lado, ese descontento se sumó a la irritación de otros segmentos de las clases altas -y aún medias- ante las formas de democratización social. Hubo en estos sectores una reacción frente a la apropiación popular de espacios y prácticas culturales reservados hasta ese momento a algunos pocos. Ejemplo de esta reacción es la forma en que denominaron esta "aparición" repentina de los más pobres en los espacios públicos: "el aluvión zoológico".

Pero las oposiciones más irreconciliables que generó el peronismo encontraban su origen en las modalidades y prácticas autoritarias del régimen. En efecto, sus opositores fueron reprimidos de diversas maneras: despidos laborales, encarcelamientos, torturas, censura, entre otras. En una nota titulada “Para que termine la interminable historia de las torturas la Bestia debe morir”, publicada en Mundo Argentino el 25 de agosto de 1956, el escritor Ernesto Sábato hacía una breve síntesis de las torturas a los que habían sido sometidos los presos políticos en la Sección Especial de la Policía Federal desde 1931 hasta la fecha de publicación de la nota. Allí indicaba que durante el período 1946-1955 habían sido encarceladas por razones políticas más de 30.000 personas, la mayoría de las cuales había sido sometida a torturas y vejámenes de todo tipo. Por su parte, dirigentes sindicales como Cipriano Reyes y Luis Gay, luego de un primer momento de acercamiento a Perón, se alejaron de él con una postura crítica, lo cual les valió la prisión y el fin de su carrera política, mientras que los militantes comunistas fueron uno de los blancos privilegiados de la represión. Finalmente, también se produjeron modalidades represivas menos extremas, tales como despidos laborales por ejemplo, que han trascendido en relatos y en las memorias familiares de quienes las padecieron. Desde este modo, durante los años del primer gobierno peronista se fue conformando un mapa político zanjado por la adhesión-oposición al régimen. Mientras los sectores populares eran los protagonistas indiscutidos de la adhesión, en la oposición se encolumnaban, más allá de la extracción social, sectores de diversa tradición ideológica: liberales, radicales, comunistas, socialistas. Y esto porque las prácticas públicas que desde el Estado se imponían y alentaban (las regulares convocatorias a Plaza de Mayo, la "peronización" de la administración pública y la educación, la exigencia de afiliación “al partido” y la exhibición del "escudito" peronista, las manifestaciones celebratorias del líder y de su esposa cuyos nombres fueron impuestos a estaciones ferroviarias, calles, plazas y hospitales, etc.) se asemejaban demasiado, a los ojos de los contemporáneos, a los regímenes totalitarios que habían azotado a Europa con anterioridad a la Segunda Guerra Mundial, especialmente al fascismo y al nazismo. En añadidura, era pública la admiración y los gestos de simpatía del propio Perón para con aquellos regímenes. La polarización entre peronismo y antiperonismo no haría más que agravarse durante el segundo gobierno peronista (1952-1955) signado, además, por la crisis económica, el conflicto entre el gobierno y la Iglesia y la exacerbación del autoritarismo. El 16 de septiembre de 1955, las Fuerzas Armadas lideraron un nuevo golpe de Estado autodenominado "Revolución Libertadora". Tras él, Perón partió al exilio. En noviembre de ese mismo año la nueva dictadura proscribió al peronismo y esto significó, principalmente, la exclusión del Partido Peronista de futuras elecciones. Meses más tarde quedarían prohibidos todos y cada uno de los elementos que componían la simbología peronista.

El derrocamiento del segundo gobierno peronista y la ferocidad de las actividades represivas que lo acompañaron (que incluyeron fusilamientos de civiles) provocaron un profundo malestar social que con el tiempo no haría más agravarse. Efectivamente, la proscripción del movimiento peronista y el exilio de su líder dejaron sin posibilidad de representación institucional y pública a la identidad política más extendida del país. De ahí que tanto los gobiernos impuestos por la fuerza como los electos que sucedieron al derrocamiento de Perón en 1955 carecieran de consenso y hayan sido considerados como ilegítimos por importantes sectores de la población. La proscripción del peronismo habría de durar hasta 1972.

b. Los avatares de los derechos civiles y políticos en la Argentina (1930-1976)

El derrocamiento de gobiernos constitucionales y la consecuente instalación de dictaduras fue una de las características distintivas de gran parte de la historia política argentina del siglo XX. Entre 1930 y 1976, las Fuerzas Armadas encabezaron seis golpes de estado y sólo dos gobiernos constitucionales lograron culminar su mandato: el del general Agustín P. Justo (1932-1938) -de origen fraudulento- y el primer gobierno de Juan D. Perón (1946-1952). Los golpes de Estado no fueron, sin embargo, la única fuente de autoritarismo y los gobiernos dictatoriales no fueron los únicos regímenes que suprimieron o avasallaron derechos que la Constitución garantizaba. Como mencionamos anteriormente, la década de 1930 se caracterizó por la práctica sistemática del fraude; los dos primeros gobiernos peronistas sostuvieron modalidades autoritarias y represivas para con sus opositores; los gobiernos que sucedieron al derrocamiento de Perón en 1955 asumieron el poder o bien por medio de las armas o bien a través de actos electorales en los que la identidad política de amplios sectores de la población (el peronismo) estaba proscripta. Por lo demás, la anulación formal del Estado de derecho por medio de la instalación del Estado de sitio y el Toque de Queda, la represión de huelgas y movilizaciones, la prepotencia y el abuso de la autoridad, la tortura a prisioneros, etc. fueron prácticas tristemente comunes en la historia argentina. Esta larga historia de restricciones y actividades represivas y la alternancia entre democracias restringidas y dictaduras militares contribuyeron, así, a consolidar una cultura política caracterizada, entre otras cosas, por el descrédito, el escepticismo y hasta el desprecio hacia las instituciones y los principios de la democracia parlamentaria. En parte por ello, los golpes militares que se sucedieron a lo largo del siglo (1930; 1943; 1955; 1962; 1966 y 1976) contaron con el apoyo y el consenso tácito de importantes sectores de la sociedad civil. La valorización de la democracia, de sus instituciones y del estado de derecho que sólo

ésta puede garantizar representó para la sociedad argentina un aprendizaje muy costoso, vinculado a la trágica experiencia de la última dictadura militar (1976-1983). En efecto, la dictadura instaurada el 24 de marzo de 1976, no fue una dictadura más a las que los argentinos estaban tristemente acostumbrados. Esta última dictadura -autodenominada Proceso de Reorganización Nacional- implementó un régimen represivo que por su naturaleza, dimensión y modalidades no tiene precedentes en la historia nacional.

2. Ciudadanía y terrorismo de Estado

Cuando el 24 de marzo de 1976 las FFAA encabezaron el último golpe de Estado de la historia argentina nadie se sorprendió. Más aún, atendiendo a los niveles de conflictividad política, crisis económica y desorden institucional que lo precedió, es probable que una proporción nada desdeñable de la población haya sentido cierto alivio: los militares estabilizarían la economía y pondrían fin a la violencia. Después de todo el nuevo golpe se había autodenominado "Proceso de Reorganización Nacional". Al igual que en otras oportunidades las garantías constitucionales quedaron inmediatamente suspendidas. Se impuso el toque de queda, se disolvió el Congreso Nacional y las legislaturas provinciales y municipales. Se removieron los miembros de la Corte Suprema de Justicia y se prohibió toda actividad política y gremial. Estas medidas tenías sus razones: “la política” no había hecho más que alentar las fuerzas “demagógicas”, “populistas” y “corruptas” que habían hundido al país en el “caos y la anarquía”. En rigor, eran los propios fundamentos de la democracia aquello que había torcido y viciado un destino

tan natural como divino. Así lo explicaba el general Juan Manuel Bayón, director de la Escuela Superior de Guerra: "el populismo es radicalmente subversivo: quebranta el orden natural y cristiano de la Sociedad y del Estado; invierte la escala de todas las jerarquías sociales, encumbrando los

escalones más bajos (…) Es una subversión hacer recaer la soberanía política (

).

El poder o soberanía política viene de Dios: pero no desciende hacia quien no puede ejercerlo; por eso es que el pueblo materialmente considerado como multitud de individuos, no es titular primero,

)

en la multitud (

ni segundo, del poder, por su ineptitud". 1 Para la sociedad argentina no eran éstas ni palabras ni medidas novedosas, podría tratarse, simplemente, de "una dictadura más"; sin embargo no lo fue. Inspirado en la Doctrina de Seguridad Nacional, el régimen instaurado el 24 de marzo de 1976 fue, sin duda alguna, el más sangriento de la

1 Novaro Marcos, Palermo Vicente, La Dictadura Militar 1976-1983. Del golpe de Estado a la restauración democrática, Buenos Aires, Paidós, 2003, p. 35.

historia de este país. Ya lo había anticipado el propio general Jorge R. Videla en la XI Conferencia de Ejércitos Americanos, realizada en Montevideo en 1975: "deberán morir todas las personas necesarias para lograr la seguridad del país" (Clarín, 24-10-75). La Doctrina de la Seguridad Nacional fue un cuerpo de premisas teórico-ideológicas elaboradas por las fuerzas armadas de Estados Unidos en el contexto de la Guerra Fría y los movimientos emancipatorios del Tercer Mundo, alentados por la Revolución Cubana (1959) y los procesos de descolonización africanos y asiáticos. Las fuerzas armadas latinoamericanas fueron entrenadas con esta doctrina, cuya principal característica fue la noción de un "enemigo interno". De tal modo, las fuerzas armadas, originariamente concebidas para la defensa del país frente a la amenaza extranjera, reorientaron su accionar hacia el propio territorio nacional. El énfasis de su discurso se puso en la "seguridad de la nación" y el "modo de vida occidental y cristiano", supuestamente amenazado por la "infiltración marxista" y el "accionar subversivo". El objetivo que orientó el accionar de las fuerzas armadas fue, en consecuencia, la represión de las actividades gremiales, sociales y políticas cuyos postulados conllevaran propuestas de transformación social. Entre 1950 y 1975, más de 600 oficiales de las Fuerzas Armadas argentinas participaron en los cursos especializados de lucha contrainsurgente dictados en la Escuela de las Américas, Panamá, dependiente de las Fuerzas Armadas de los Estados Unidos. Junto con centenares de militares de otros países latinoamericanos, aprendieron técnicas de represión de guerrillas que violaban las garantías de las constituciones de todos los países del continente y los convenios y protocolos internacionales de la posguerra. Además, oficiales de las Fuerzas Armadas argentinas fueron entrenados por oficiales del ejército francés que habían realizado prácticas “de inteligencia contrainsurgente” (basadas fundamentalmente en la tortura a prisioneros) para sostener la dominación colonial que ejercían sobre Argelia. En la década de 1980 serán los propios represores argentinos quienes transmitan estas prácticas a los ejércitos y policías centroamericanos. Los miles de detenidos-desaparecidos, asesinados, presos políticos, exiliados, los centenares de niños apropiados, un lazo social sensiblemente desarticulado y el silenciamiento político fueron tan sólo parte del saldo material de un régimen que hizo del terror la herramienta fundamental de dominación política y disciplinamiento social. Mientras que la noción de ciudadano (miembro de pleno derecho de una comunidad de iguales), era centro y fundamento del principio democrático, será la figura de la subversión aquello que fundamente el entero régimen político instaurado en 1976. Etimológicamente “subvertir” significa alterar o trastornar un orden determinado. Las fuerzas represivas argentinas han utilizado el término “subversión” para identificar genéricamente a “un enemigo” que desde su perspectiva atentaba “contra el orden Occidental y Cristiano”. En

términos prácticos aplicaron la expresión “subversivo” para designar indiscriminadamente a un amplio conjunto de actores políticos y sociales: militantes políticos de organizaciones armadas y no armadas, militantes gremiales, estudiantiles y sociales, opositores, “cuestionadores” y aún “sospechosos”. Toda persona considerada “subversiva” se convertía, así, en blanco real o potencial de la represión ilegal. El Estado terrorista justificaba así su accionar represivo. Un ejemplo emblemático de la relación entre la llamada “lucha antisubversiva” y el terrorismo estatal lo constituye la célebre frase del general Ibérico Saint-Jean, gobernador de la provincia de Buenos Aires durante los primeros años de la última dictadura militar: “Primero mataremos a todos los subversivos, luego mataremos a sus colaboradores, después a sus simpatizantes, enseguida a aquellos que permanecen indiferentes y finalmente a los tímidos”. En el subversivo encontramos mucho más que el excluido, el censurado o el oprimido; en el subversivo encontramos la otredad absoluta. En tanto otro radical, el subversivo no sólo carece de derechos políticos o civiles, sino que carece también de derechos universales, porque en rigor carece de humanidad. Dicho en las palabras del general Ramón Camps, jefe de la Policía de la Provincia de Buenos a partir de 1976: “no desaparecieron personas sino subversivos” (La Razón, 4 de noviembre de 1983). De modo que “el subversivo” es el otro, es aquel que representa una amenaza total para nosotros, para nuestras costumbres y nuestra moral, para nuestro modo de vida; y en tanto amenaza total, hay que erradicarlo de la faz de la tierra. Con ese objetivo, el llamado "Proceso de Reorganización Nacional" puso en marcha un plan de aniquilamiento y exterminio de todos los grupos y actores sociales que habían protagonizado la oleada de movilización política de los tempranos setenta. Para implementarlo organizó desde el propio Estado una maquinaria represiva clandestina que actuó coordinadamente en todo el país violando sistemática y masivamente los derechos humanos al ejecutar una amplia variedad de crímenes: privación ilegítima de la libertad, torturas, asesinatos, saqueos, privación de acceso a la Justicia, entre otros. Su característica más "novedosa" y específica fue la desaparición forzada y masiva de personas. De ciudadano a subversivo y de subversivo a desaparecido; privado de todo reconocimiento jurídico, de todo derecho, amparo y ley: el desaparecido no sólo quedaba a merced del poder arbitrario del Estado sino que inauguraba una nueva categoría existencial. En palabras del propio dictador Videla, en una conferencia de prensa para corresponsales extranjeros en diciembre de 1977:

"el desaparecido no está ni vivo ni muerto, no está. Es una incógnita, no tiene entidad". El régimen de dominación instaurado en 1976, caracterizado por el ejercicio criminal del poder del Estado, sin control alguno, tuvo como primer efecto la diseminación del terror por el tejido

social. De ahí que haya recibido el nombre de "terrorismo de Estado". Al igual que dentro de los centros clandestinos, fuera de ellos no hay posibilidad de apelar a ley o instancia alguna y el ciudadano se encuentra completamente desamparado frente a un Estado que actúa impune y clandestinamente a la vez, adueñándose de la libertad, de la vida y de la muerte, de la identidad, de los cuerpos. El Estado criminal se erige así como centinela de lo absoluto. No hay lugar para la verdad de un otro, ni para la discrepancia ni para la disidencia; tan sólo para la uniformidad complaciente. Este poder absoluto y arbitrario del Estado, está volcado al disciplinamiento de la sociedad en todas las dimensiones y esferas de la vida colectiva. Por eso la censura en el cine, en el arte, en la literatura; por eso, la prohibición de libros y canciones; por eso el control en los programas de estudio, en el uso del uniforme escolar, en el largo de las faldas y de los cabellos; en los hábitos cotidianos. Es el Estado el que decide qué se puede ver, oír, leer, usar y hacer. Es un poder omnipresente operando sobre los espacios aún minúsculos del tejido social. El resultado final está constituido por la imagen de una sociedad disciplinada, paralizada; en parte aterrada, en parte complaciente; efecto y condición de posibilidad a la vez, del ejercicio del terror estatal.

Epílogo

La derrota en la guerra de Malvinas en 1982 aceleró el proceso de desprestigio de la dictadura militar y ésta pronto se vio obligada a abandonar el poder pautando con los partidos políticos la convocatoria a elecciones. Éstas se realizaron el 30 de octubre de 1983 y el triunfo recayó sobre Raúl Alfonsín, el candidato del radicalismo, quien el 10 de diciembre del mismo año asumió la Presidencia de la Nación. Las tareas que tenía por delante esta recuperada democracia eran muchas y obedecían a las más variadas urgencias sociales, económicas, culturales. Quizás, la primordial de todas ellas se vinculaba, justamente, con la valorización del propio sistema democrático. Varias décadas sin una práctica real hacían necesario un nuevo aprendizaje de las reglas del juego, y también de sus valores y principios más generales. El 10 de diciembre de 2008 se cumplieron 25 años de democracia ininterrumpida y un primer balance, aunque más no sea parcial, se hace necesario. Fueron varias las crisis económicas, políticas, institucionales y aún sociales que los argentinos hemos afrontado en estas dos últimas décadas y es necesario destacar que se respetaron las instituciones y los principios que rigen un sistema democrático. Al mismo tiempo, aquellas urgencias económicas y sociales que estaban presentes en la agenda de 1983 siguen clamando por soluciones.

Sin duda, entonces, el balance trae aparejada una deuda. Porque esta democracia, que ha reunido tantos anhelos y que supo recuperar y consolidar los derechos políticos y civiles, encontró dificultades para impedir el deterioro creciente de los derechos sociales, culturales y económicos. Este es, quizás, el desafío pendiente. Porque sin el cumplimiento de esos derechos se vuelve por lo menos frágil cualquier forma de ciudadanía política.