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Universidad Nacional de José C. Paz Departamento de Ciencias Sociales y Jurídicas Carrera: Licenciatura en Trabajo Social Materia: Antropología Social y Cultural Ficha de cátedra. Unidad II: Política, Familia y Parentesco Marzo de 2016

Política, Parentesco y Familia: una revisión conceptual

Laura Zapata (UNPAZ – CAS/IDES)

En este trabajo quisiera ilustrar de qué manera vamos a tratar y relacionar los conceptos de “parentesco”, “familia” y “política” en la materia Antropología Social y Cultural, de modo que éstos se transformen en herramientas útiles para nuestros/as alumnos/as de la carrera Trabajo Social de la UNPAZ. A través de esta introducción nos proponemos ordenar y sintetizar una amplia bibliografía antropológica que trata este tópico pues entendemos que la práctica del Trabajo Social comporta una intensa manipulación, no siempre consciente, de estas nociones culturales. Si las categorías teóricas permiten ordenar una gran cantidad de hechos empíricos atribuyéndoles un significado que impacta en la clase de intervenciones que realizamos sobre la realidad, un trabajo reflexivo sobre los múltiples significados que tienen y los polémicos efectos sociales implicados en las categorías de parentesco, familia y política cobra especial relevancia para el desempeño profesional, al menos, por dos motivos que pasamos a ilustrar.

Primero, las instancias burocráticas del estado nacional, ministerios, secretarías o direcciones de programas sociales, suelen operar como los lugares de inserción profesional privilegiados, aunque o exclusivos, para los/as trabajadores/as sociales. La administración burocrática de las poblaciones, basada entre otros principios por el cálculo racional y la formalidad del derecho, tiene como principal problema elaborar una representación en base a la cual gobernar a la “ciudadanía”. Aunque el individuo aislado de sus relaciones sociales suele ser interpelado en algunas ocasiones (por ejemplo, ante la comisión de un delito cuya responsabilidad no es colectiva sino individual), no obstante, su aprehensión práctica por parte del estado suele demandar su inscripción en los llamados “grupos primarios” de pertenencia y acción. Tras la idea de que para alcanzar al individuo es preciso pasar por el tamiz de las relaciones sociales que le dan forma y contienen, el estado demanda la producción de esos grupos sociales a cuerpos especializados de funcionarios (trabajadores/as sociales) que munidos de “técnicas” (la entrevista, la observación, la visita) y de planillas suelen naturalizar, dar por obvio y no problemático, el proyecto político tras el cual

Agradecimientos: si no fuera por la experiencia acumulada en el dictado de la materia Antropología Social

y

Cultural en la carrera de Trabajo Social de la UNPAZ, que incluye errores y aciertos, este texto no habría

sido escrito. Menos aún sin haber contado con la visión crítica que sobre los contenidos trabajados ha elaborado Patricia Vargas. Beatriz Heredia, Moacir Palmeiras y Federico Neiburg me dieron instrumentos de sumo valor para comprender la familia, el parentesco y la política. Las reacciones que han tenido ante las clases los/as estudiantes que han cursado esta materia, en 2014 y 2015, han conformado el estímulo más agudo sobre la necesidad de elaborar una más clara conceptualización de estos términos. Las personas con las que me he encontrado en la realización de mi trabajo de campo en Mar del Plata y en Chicualacuala, Mozambique, conforman el otro arco de interlocutores con los cuales mi rudimentario conocimiento antropológico se va entretejiendo. Gracias a todos/as.

encolumnan su prácticas: la producción de unidades sociales basadas en el parentesco, llamadas de manera usual “familias”, con objeto de encausar a franjas de población cuya condición (generalmente la “pobreza”) y manifestaciones (culturales o políticas) inquietan a la administración estatal. Aquí la reflexión sobre la forma en que el parentesco y la familia se hallan vinculados a amplios procesos políticos de administración y subordinación de poblaciones se vuelve no sólo necesaria sino urgente para la práctica del trabajo social.

Segundo, muchas veces el contacto con grupos locales para su compromiso con actividades y programas destinados a su “bienestar” (campañas de prevención de la salud, estímulo para la realización de actividades productivas, educativas y/o recreativas, entre otras) compromete un estudio preliminar de la composición y características de las llamadas “poblaciones destinatarias”. Los/as presidentes/as de asociaciones de fomento, clubes deportivos, parroquias católicas o cultos evangélicos son transformados/as entonces en interlocutores/as válidos/as para la organización más o menos eficaz de los programas. Sin embargo, detrás de la categoría formal de representación institucional los/as trabajadores/as sociales suelen hallar a varias personas ligadas entre sí, vinculadas por relaciones de parentesco, amistad y compadrazgo que actúan en alianza u oposición con otras unidades sociales semejantes, que obstaculizan o favorecen las iniciativas estatales. Incluso un inocente censo local indagando sobre la categoría “jefe de hogar” activa una noción de vital significación política para el establecimiento de unidades sociales (grupo familiar), y redes de identificación y acción que garantizan la movilización legítima, según los valores locales, de bienes materiales (dinero, ropa, alimento, casa, trabajo) y simbólicos (reputación a partir del nombre, edad, o género). Es decir, lo sepan o no de manera explícita, en su incursión local los/as trabajadores sociales suelen entablar relaciones con autoridades políticas, no formalmente constituidas, pero reconocidas por las poblaciones, de cuya exacta identificación (naturaleza, grado de consolidación, redes de alianza y antagonismo, valores predominantes) depende el resultado de un programa o intervención de cualquier naturaleza y proveniencia.

Comprender la cantidad de significaciones y relaciones sociales envueltas en las nociones de política, parentesco y familia es de vital importancia para el establecimiento de un espacio de diálogo entre las franjas de poblaciones con quienes se pretende “trabajar” y los expertos de lo social, los/as trabajadores/as sociales. Por ello nos proponemos ilustrar la relevancia teórica que tienen estas tres nociones, haciendo un mapeo sucinto de la bibliografía que trató este tópico a partir de la elaboración de anécdotas de trabajo de campo propias que nos advirtieron sobre su existencia y significación.

Estamos ingresando a un terreno caro a la tradición antropológica. El parentesco y la familia fueron tópicos sobre los que trabajaron de manera intensa los antropólogos de fines del siglo XIX, como Lewis Henry Morgan, Henry Maine y otros pensadores como Friedrich Engels y el propio Karl Marx. Algunas de las preguntas que guiaban la reflexión sobre este tópico se detenían en estas cuestiones: ¿De qué manera se organiza la familia en las sociedades llamadas entonces “primitivas”? ¿Había allí matrimonio monogámico? ¿De qué manera se heredaban en ellas los derechos sobre las tierras y la autoridad? ¿El avance tecnológico y la transformación de las formas de propiedad modifican las formas de organización familiar?

La política, en cambio, como noción explícita de trabajo tuvo un ingreso un poco más tardío en el lenguaje antropológico. Vino de la mano de antropólogos ingleses que trabajaban en el continente africano hacia la década de 1930 y 1940. Podría decirse que fue gracias a la noción de parentesco, atentamente examinado por Evans-Pritchard y Meyer Fortes, entre muchos otros, que fue descubierta la “política” en las Ciencias Antropológicas. En un famoso libro titulado “Sistemas políticos africanos”, publicado en 1940, ambos autores reunieron una serie de trabajos en los que se ilustraba de qué manera pese a no existir una autoridad diferenciada y concentrada en un solo órgano especializado, como podría ser lo que en occidente se conoce como “estado”, los pueblos africanos tenían complejos sistemas políticos. Grupos de agnates, primogénitos masculinos de distintas familias emparentados entre sí, que se reconocían como descendientes de un antepasado común, conformaban grupos de descendencia unilineal, también llamados “segmentos”, “facciones” o “linajes”, distribuidos en amplios territorios: los derechos de ciudadanía estaban dados allí por la “sangre”. A través de estos grupos de hombres que afirmaban compartir una esencia común, la sangre de un ancestro que los hacía hermanos (consanguinidad), se conformaban grupos de acción política, a través de los cuales los conflictos (de propiedad, de derecho, de privilegio, entre otros) tenían expresión y eran resueltos. El orden y el conflicto eran gestados al interior de esta lógica de acción.

Entre los nuer y los tallensi, examinados por Evans-Pritchard y Meyer Fortes, respectivamente, la política, el poder y la autoridad no tomaba el lenguaje moderno y occidental basado en las llamadas instituciones “republicanas” (igualdad formal, delegación de la propia soberanía en representantes especializados, conformación de órganos de deliberación y acción política, etc.) sino que adoptaban el tono (la emoción), la manifestación (el ritual) y las categorías del parentesco. Bien podría ser que un grupo de acción política adoptara el apellido común que compartían varios descendientes de un antepasado común (los Moreira, por ejemplo) para legitimar una acción política en contra o a favor de otro grupo de naturaleza similar (los Pérez). En esas sociedades “sin estado”, como se las llamaba en la época, la política y el parentesco estaban íntimamente asociados. Para comprender los hechos del poder y la dominación allí producidos había que entender las relaciones de parentesco y eso se logró a través de pormenorizadas indagaciones entre la propia población; de prolongadas campañas de trabajo de campo con co- residencia y de la elaboración de complejos mapas genealógicos.

Pero es necesario aclarar una cuestión importante que suele confundirse conceptualmente. El parentesco y la familia mantienen entre sí vínculos estrechos pero es preciso distinguir su significación teórica. Primero, ambas nociones fueron trabajadas por grupos de autores y perspectivas conceptuales distinguidas: los estudios del parentesco fueron desarrollados especialmente en Inglaterra en la guisa de una antropología política que se aplicó, más tarde, en los estudios del clientelismo y el patronazgo en el Mediterráneo (Eric Wolf, Ernest Gellner, Julian Pitt-Rivers, entre otros); los estudios de familia, en cambio, se desarrollaron en Francia detrás de los estudios de las sociedades campesinas, sus estrategias de reproducción social (Pierre Bourdieu, Martine Segalen, entre otros) y la Sociología.

Segundo, mientras que la conceptualización del parentesco llevó a instituir unos ojos disciplinares con los cuales poder “ver” una realidad que se le escapaba a la mirada occidental etnocéntrica que no advertía instituciones políticas claras entre las poblaciones africanas o mediterráneas; la familia, en cambio, permitió advertir la función estructural que ésta desempeñaba en la reproducción de la sociedad (reproducción biológica pero también social, llamada socialización) y la economía campesina, que reunía en un solo grupo a la unidad de producción y a la unidad de consumo. La familia concentraba en un solo lugar, general aunque no exclusivamente en la casa, a un grupo social, económico y cultural. Este objeto se transformaba entonces en un mecanismo esencial para la existencia del campesinado y se reveló estratégica, como mostró Karl Kautsky, en su proletarización, su inserción en los modos de producción capitalista, que derivaban hacia ella buena parte del trabajo y del costo de reproducción ampliada de la fuerza de trabajo.

Queda demostrado entonces que si ponemos nuestra atención en el parentesco el tipo de recorte conceptual y empírico que realizamos difiere del que producimos cuando atendemos a la familia. La familia es una de las unidades sociales (grupos), entre otras (como la facción, el clan, la tribu, pero también un grupo de nobles europeos), que se forman a través de la manipulación de las categorías del parentesco.

Parentesco: de la biología a las prácticas

Ahora veamos algunas definiciones que nos permiten especificar la diferencia entre ambos conceptos. Comencemos por la des-biologización y desnaturalización de estos lazos. El parentesco no es una forma natural y universal, es una institución creada culturalmente, con ello queremos decir que no existen leyes invariables que gobiernen su forma y/o contenido; está sujeto a las definiciones que les dan las personas que las usan para crear su entorno. Por ejemplo, aunque la cría humana precisa de cuidados específicos que garanticen su sobrevivencia física (como el alimento, el abrigo, la protección), psicológica y social (el afecto y reconocimiento), esta atención no precisa ser provista por la madre y/o padre biológico, sino por cualquier otro individuo responsable. Por lo tanto, aunque existe una relación biológica ello no implica que deba existir un vínculo instintivo, sujeto a una ley universal, que determine un vínculo social, cultural y afectivo entre los/as progenitores y el/la niño/a recién nacido/a. Dicho en otros términos, el lazo biológico que une a padres y madres con sus hijos/as no tiene un equivalente directo con el vínculo de filiación cultural, social, económica y psicológica, gestada al interior de una trabajosa crianza, culturalmente determinada. El trabajo cultural que une al proceso biológico de la reproducción con el hecho social de la filiación, reconocerse y ser reconocido como descendiente de un padre y una madre, varía según las costumbres de los diversos grupos sociales. El parentesco nos enfrenta a dominios culturales donde es dable esperar la variación, la diferencia con respecto a lo que el/la analista espera encontrar según sus propias ideas sobre esta noción.

Para los/as antropólogos/as el parentesco es una etiqueta para ordenar las relaciones sociales; designa, como señalaba Bronislaw Malinowski una red de relaciones (Malinowski, 1930). Esas etiquetas no se quedan en formas ceremoniales vacías sino que determinan comportamientos, deberes y derechos, y con ellos formas jerárquicas de organización, sistemas políticos. El orden que

siguen las personas en la distribución de un simple saludo al llegar a una organización determinada (una iglesia, escuela o fiesta) es indicadora de relaciones de proximidad y alejamiento así como de preferencias y derechos ceremoniales adquiridos por los individuos mejor posicionados en la distribución del status. Esta red de relaciones bien puede expresarse en torno a la posición jerárquica que cada individuo ocupa en la red de parentesco, que, generalmente aunque no siempre, se halla sujeta a la división sexual y generacional: los hombres mayores ocupan el ápice de la red, mientras que los jóvenes y las mujeres y niños/as se hallan en su base.

Aquí puede observase que el parentesco diseña, con su lenguaje cargado de afecto y compromiso, una organización política que no tiene al individuo (al ego) en el centro de su esquema, sino al grupo y a las diversas posiciones que lo componen, que reclama determinados derechos para las personas que lo componen, en tanto que miembros consanguíneos de un agrupamiento. Por ejemplo, designar en un cargo político a un pariente, desde el punto de vista de una sociedad con descendencia unilineal, como las estudiadas por Meyer Fortes, no tendría nada de escandaloso, sino que sería visto como el ejercicio legítimo de una corporación a hacer usufructo de un derecho reclamado y reconocido. En estas sociedades la política no designa una esfera de acción que sea ajena al parentesco; de hecho, casi ninguna realidad social o cultural escapa a esta organización social. En nuestras sociedades modernas este acto político es objeto de desaprobación y cuenta con una figura que lo descalifica, se llama nepotismo. Es que las sociedades que cuentan con formas estatales desarrolladas desean imaginar al parentesco como una esfera antitética con respecto a la política, de ahí su rechazo a cualquier forma de aproximación entre ambas. Todo individuo que conforme un grupo de parentesco asume deberes relativos a su posición (hermano/a mayor; hermano/a menor, cuñado/a, suegra/o, abuelo/a) y reclama los derechos asociados a ella.

Este énfasis legal del parentesco no debe conducirnos a caer en la naturalización jurídica: allí adonde hay parientes reconocidos existiría un derecho y una obligación. Pues, como enseñaba Malinowski, el parentesco bien puede ser conceptualizado como una “carta” que se usa con fines prácticos. Para el sentido común resulta un escándalo la afirmación de que los parientes pueden usarse con diversos fines, dependiendo de la situación y los interlocutores. Pero como lo que intentamos hacer en la Antropología Social es estudiar lo que la gente hace y dice que hace, nos interesa indagar en esta dimensión práctica del parentesco. Lo cual revela una dimensión poco advertida en este campo y digna de interés para quién se proponga entender qué significa el parentesco para las diferentes sociedades.

Es con este objeto que Pierre Bourdieu elaboró la distinción entre el “parentesco oficial”, guidado por la genealogía, y “parentesco práctico”, cuyas fronteras y definiciones son tan numerosas y diversas como los usuarios y las ocasiones para utilizarlo (Bourdieu, 1980: 279). Señala el auto:“el parentesco de representación no es otra cosa que la representación que el grupo se hace de sí mismo y la representación cuasi-teatral que se ofrece a sí mismo cuando actúa conforme a la representación que tiene de sí mismo” (idem). Pongamos un ejemplo ficticio: una persona se dirige a una entrevista de trabajo en una empresa en la que trabaja como supervisor un tío materno, al cual no visita ni habla hace varios años. En la conversación con el responsable de admisión aparece

el nombre de su pariente. Rápidamente el muchacho en cuestión no duda en jerarquizar la relación genealógica que lo une al olvidado tío, contando alguna anécdota inexistente que revele aspectos de la relación de intimidad que mantiene con él, y se gana la confianza y simpatía del entrevistador: consigue el trabajo! Y unos días más tarde visita en su casa al tío portando consigo unas masitas finas para agasajarlo y retoma el cultivo de una relación archivada hace algunos años. Estamos ante la presencia de un aspecto del parentesco: el que lo revela no sólo como una etiqueta para designar relaciones sino como una práctica, sujeta a permanentes redefiniciones contextuales.

El principal rasgo del parentesco es que el mismo constituye un principio de constitución de grupos sociales. Es por este motivo que se le atribuyen propiedades performativas: tienen el poder de instituir las fronteras y constituir los grupos mediante actos que los transforman en realidades. Cuando se hayan comprometidos en la constitución de grupos de acción política, auto-percibidos como sólidamente forjados al calor de la sangre, nos hallamos ante una unidad, digna de una reposada atención.

Para sintetizar una definición aproximativa: “los grupos de parentesco son grupos de personas formalmente organizados que contienen a algunos, pero no a todos, los parientes con los que está relacionada una persona. Deben ser diferenciados de las familias, porque los grupos de parentesco casi nunca contienen afines, y la familia siempre lo hace”. (Bohannan, 1997: 92).

Familias

Las diferentes clases de familia se asientan en padrón más abarcativo denominado “comunidad doméstica”. Como apuntó Max Weber, esta comunidad significa “económica y personalmente solidaridad frente al exterior y comunismo en el uso y consumo de los bienes cotidianos (comunismo doméstico) en el interior, formando una unidad indivisa sobre la base de una rigurosa relación de piedad personal” (Weber, 2005: 291). Esta particular cohesión del grupo doméstico es tributaria del ejercicio de una clase de autoridad específica:

“La ‘autoridad’ primeramente de los fuertes y después de la gente con experiencia, por consiguiente, de los hombres respecto de las mujeres y niños, de los aptos para la guerra y para el trabajo respecto de los ineptos, de los adultos respecto de los niños, de los viejos sobre los jóvenes” (ídem).

Este esquema de cohesión autoritaria encuentra su sustento en lo que Weber llama el ejercicio de la “piedad” -y que nosotros/as podemos traducir como “amor entrañable”- por parte de los subordinados, y de éstos entre sí. Utilidad económica, fidelidad interna, afecto y poder sustentan esta forma de organización primaria. Un factor de considerable relevancia supone una limitación al comunismo doméstico: un pautado comercio sexual entre sus miembros. Sólo algunos/as de sus miembros mantienen relaciones sexuales entre sí. A los excluidos de este circuito se los impele a buscar compañeros/as sexuales fuera de la comunidad. La prohibición del incesto tiene su contrapartida en la exogamia. Es el lenguaje del parentesco el que ordena ambos imperativos, produciendo una distinción clave: a) los parientes con quienes la alianza (el matrimonio) puede consumarse; de b) los parientes prohibidos para el comercio sexual.

Podemos afirmar entonces que el concepto general de familia, como institución doméstica, entraña tres propiedades que resultan interesantes para nosotros/as: tiene su origen en el matrimonio; incluye al marido, la esposa y los hijos nacidos del matrimonio; sus miembros están unidos entre sí por lazos jurídicos, derechos y obligaciones económicas, una red derechos y prohibiciones sexuales, y un conjunto variable y diversificado de sentimientos, como el amor, el afecto, el respecto, el temor, etc. (Lévi-Strauss, 1984).

De ello se desprende que los miembros de una familia mantienen entre sí un número limitado y diferenciado de relaciones de parentesco: afinidad (o alianza), afiliación (descendencia) y consanguinidad. En su interior tienen lugar una amplia gama de funciones: la reproducción biológica, la producción económica mínima para la subsistencia, las formas de autoridad elementales sentimentalmente sustentadas, la socialización de los nuevos agentes sociales, entre otras. Lleva aparejada una forma de asentamiento espacial más o menos concentrada alrededor de un sitio en el que se dispone una “casa”, construcción edilicia básica, que garantiza la convivencia común del grupo que es percibido desde el exterior y es experimentado desde el interior como un “hogar”.

Estas propiedades nos llevan a imaginar a la familia como una pareja heterosexual (hombre y mujer) monogámica, reunida, de manera más o menos prolongada, bajo un mismo techo junto a su descendencia, sus hijos/as. Se trata de la “familia conyugal” o “nuclear” y es una de las formas que asume esta unidad social. Como señala Paul Bohannan, diferentes “concepciones sobre la naturaleza de la paternidad y la maternidad, el parentesco, el sexo y el matrimonio, la producción de bienes económicos y el reparto dan a la familia sus diferentes formas” (Bohannan, 1997: 74). A semejanza de lo examinado con el parentesco, la variación y la diferencia atraviesan este concepto, por lo cual todo/a cientista social deberá someter a un juicio crítico sus propias de ideas de qué significa y cómo se compone y comporta un grupo social como la familia. Las familias extensas, las familias ensambladas, las familias homoparentales, el matrimonio poligámico (poliándrico o poligínico), la familia monoparental, entre otras formas, ilustran esta diversidad que es preciso tener cuenta al lidiar con este concepto.

Henry Lewis Morgan, en su libro “La sociedad primitiva”, de manera casi paralela a Friedrich Engels, fue uno de los primeros autores en señalar que había una relación entre las formas económicas y tecnológicas y las formas de organización familiar. Con ello pretendía explicar el proceso de nuclearización de la familia primitiva, vista como extensa, promiscua y poco diferenciada, a partir de las fuerzas ejercidas por la concentración de los medios de producción económicos en manos de la burguesía, bajo la forma de la propiedad privada, y por la concentración de la autoridad política, con la emergencia del estado. La familia burguesa, conyugal o nuclear, habría sido entonces el fruto de un proceso de evolución histórica que comenzaba con las formas promiscuas primitivas y se dirigía a las complejas, aunque pequeñas, unidades conyugales modernas. El signo evolucionista comprometido en esta visión no debe obscurecer el hecho de que la familia, como pauta organizativa, es el producto de procesos históricos bien situados, aunque no necesariamente debamos remitirnos al Capitalismo y la Modernidad para situar su emergencia. Como ha señalado Jack Goody la institucionalización de la Iglesia Católica en

el siglo V de nuestra era, produjo importantes esfuerzos dirigidos a limitar las familias extensas, con objeto de restringir el grupo comprendido en las comunidades domésticas e incidir sobre las formas de transmisión de la herencia, limitando las pautas poligámicas, distinguiendo entre hijos legítimos e ilegítimos, y nuclearizando al grupo familiar (Goody, 1986). La nuclearización de la familia, su reducción de su tamaño y su esfera de acción (política, económica, ceremonial), se hizo a expensas de la familia extensa, capaz de contener en su seno a varias generaciones (la residencia un matrimonio junto a sus hijos, las esposas de éstos y su hijos). Ello transformó las unidades sociales protagonistas de la concentración de la riqueza, las familias, y, al mismo tiempo, modificó (disminuyendo) las pautas de reproducción de esa posición de privilegio, a través de la limitación de los herederos. La monopolización de la producción y difusión, a través de la evangelización, de las pautas morales y sociales a través de las cuales son producidas las unidades que conforman una sociedad, equivale al ejercicio del poder simbólico de establecer las condiciones en las cuales es posible pensar y crear a la familia.

La familia lejos de operar como un concepto apenas descriptivo de una organización social parece funcionar, antes bien, como un mecanismo social que crea unidades más o menos cohesionadas y multifuncionales; elemento clave para el funcionamiento de cualquier orden social. Como señalaron varios antropólogos marxistas en la década de 1970, la familia designa un mecanismo de reproducción de las diferencias sociales, incluidos allí los procesos de dominación y subordinación. Aquí tenemos que detenernos un momento para ubicar el lugar específico que la familia ocupa como mecanismo de reproducción social. Porque mientras que los marxistas vieron el desarrollo de esta función en la articulación económica del sistema capitalista con el modo de producción doméstico (Claude Meillasoux, por ejemplo), el desarrollo teórico de estos procesos durante las últimas décadas complejizó esta discusión, otorgándolo a los factores culturales y simbólicos un espacio de gran relevancia explicativa.

Vamos a explicarlo con mayor detalle. La reproducción del orden familiar no desempeña sólo funciones ni constituye un fenómeno de exclusivo orden económico -garantizando la reproducción de la fuerza de trabajo a través de instituciones domésticas por fuera del circuito del capital. La reproducción social, como conjunto de relaciones a las que se le asocian “naturalmente” una serie de funciones, se inscribe en una subjetividad, en ideas, creencias y sentimientos, que le prestan solidez y constituyen (crean) un orden objetivamente representado. Las ideas y sentimientos engendrados socialmente en torno a la familia, como sabemos, cobran forma en comportamientos específicos y en un discurso a través del cual este orden se expresa.

Pensemos, para ilustrar este punto, en el significado complejo que tiene para nosotros/as la categoría “papá”, que designa una relación social pero también un valor y un principio moral, sentimentalmente sustentado, en torno al cual modelamos nuestros comportamientos según nos definamos como “hijo” o “hija”. Los significados encerrados en esta noción no vienen predeterminados en nuestros genes, son aprendidos socialmente; y por lo tanto, están sujetos a variación cultural. Lo que sea la familia en una sociedad (su forma, integrantes y función) no necesariamente se replica en otras; lo mismo pasa con respecto a lo que significa la familia para los diferentes sectores sociales que componen un determinado orden social. La familia es objeto de

un intenso trabajo social que tiene por fin interiorizar el mundo objetivo bajo la forma naturalizada de “así son las cosas”.

Desnaturalizar estos significados para someterlos a análisis demanda al cientista social dos procedimientos: suspender sus propias creencias al respecto, sometiendo a análisis su propia idea de familia; e, interrogar qué significa la categoría familia para las personas que usan esta noción para describir la organización social a la que dicen pertenecer. Por eso los/as, antropólogos/as podemos decir que la familia como tal no existe, existen diversas ideas sobre ella. Esas ideas se materializan en categorías que las personas usan para describir y, al mismo tiempo, crear a la familia.

Como antropólogos/as nos interesa, por medio del trabajo de campo, capturar esas palabras e interrogar a las personas que las usan sobre su significado. “Mi padre”, “mi madre”, puede tener múltiples sentidos: para un trobiandés, según explicó Malinowski, alude a un personaje no muy relevante en la vida de un niño perteneciente a esta sociedad, adonde el padre no desempeña funciones relevantes en el proceso de socialización de su descendencia. Allí el tío materno, quien tiene una categoría de parentesco específica, que lo diferencia de otros tíos, condensa una serie de significados y pautas de comportamiento que lo transforman en una persona fundamental.

Recapitulando lo dicho hasta aquí, la familia entonces es un mecanismo social que cumple múltiples funciones; como señaló Bourdieu, es un principio colectivo de construcción de la realidad social. En nuestras sociedades occidentales, la religión, el derecho (civil), las diversas ideologías que sustentan el amor romántico, y el estado, como campo de prácticas políticas, crean la idea de la familia como realidad objetiva.

Esa propia unidad doméstica, a través de la socialización de sus miembros y de sus demandas de piedad y conformismo, a los que alude Weber, genera las condiciones que hacen posible su existencia no problemática y naturalizada. Lejos de operar como un mecanismo objetivo de reproducción económica, la familia encarna en los individuos, que diseñan por medio de esa noción, su universo más elemental. En términos antropológicos, cuando lidiamos con la familia nos enfrentamos a una categoría “folk”, una categoría nativa, una prenoción, en el sentido durkheimiano de la palabra, que es preciso deconstruir (Bourdieu, 1984).

Estamos llegando al núcleo de nuestra argumentación, creemos que en su práctica profesional los/as trabajadores sociales manipulan categorías sociales de gran relevancia y complejidad teórica, empírica y política, como son las del parentesco y la familia. Con objeto instrumentar a nuestros/as estudiantes con conceptos y métodos que les permitan mapear el terreno que pisan cuando tienen entre manos estos artefactos sociales, debemos introducir un elemento más al análisis: el estado.

La familia, como categoría nativa, tiene una dimensión performativa o reflexiva, crea su objeto en la medida que lo describe. Cuando los grupos sociales describen su familia, la crean y le adjudican diversos significados y funciones. Se trata entonces de un mecanismo de construcción de un orden social y una herramienta simbólica. Cuando la administración estatal se interesa por este artefacto

cultural ¿de qué manera cambia su naturaleza y qué funciones pasa a desarrollar? Antropológicamente hablando interesa indagar el estado no como mega-estructura anónima, sino como campo de prácticas y nociones (ideas, representaciones culturales) que desarrollan quienes encarnan el estado (sus funcionarios) y que siempre se hallan en tensión con aquellas que producen los grupos sociales que aquél aspira a gobernar (Trouillot, 2003; Bourdieu, 1998). En nuestro intento por comprender qué es la familia, ahora como categoría estatal, interrogaremos por el significado que le asignan a esta noción los programas sociales y las prácticas de los funcionarios encargados de ejecutarlos localmente. Nos interrogaremos, además, por los efectos que tiene la incorporación de la familia, como instrumento de gobierno de las poblaciones, por parte de la administración estatal moderna.

¿Podría darse el caso que una revisión de estas intervenciones estatales (programas sociales, institución de direcciones de familia, consejerías sobre la familia, etc.) contuviera ideas normativas sobre la familia que hicieran hincapié en su forma contemporánea, con su énfasis moral en la monogamia, la conyugalidad heterosexual y la sedentarización junto a la descendencia inmediata (los hijos)? ¿Podría darse el caso que el cuerpo de funcionarios de un área estatal dedicada a la “familia” porten ideas específicas sobre esta unidad social que se diferencian de aquellas que le asignan los beneficiarios de un programa que aquéllos administran? ¿Sería entonces factible que, producto del lugar privilegiado que ocupan en la burocracia estatal, los funcionarios impongan sobre los beneficiarios de los programas sus propias ideas sobre esta materia, y sean ciegos a las formas locales que asume el grupo doméstico? Finalmente, ¿las ideas locales sobre el grupo doméstico podrían ser tomadas como deformaciones incorrectas de la “verdadera” y “correcta” familia? Y, en consonancia, ¿podrían producirse amplios procesos de dominación y subordinación social, encarnados por las prácticas del estado, a partir de la clasificación moral de las nociones correctas e incorrectas de familia?

Como hemos advertido en otro lugar (Zapata, 2004), el estado-nación moderno no puede prescindir de la familia como instrumento de conocimiento y de gobierno de la población que aspira a sujetar. Con lo cual, el grupo doméstico modelado bajo la imagen de la familia burguesa y occidental, se torna en una instancia fundamental de los modernos procesos de dominación. Pues la administración estatal recurre a la familia como instrumento de representación más o menos eficaz de la población. Por eso puede afirmarse que todas las prácticas estatales orientadas a diagnosticar y/o describir el estado en que viven las “familias” –sobre todo las que inquietan a la administración- se inscriben en un proyecto político cuyo fin es construir modos de representación (censos, informes socio-ambientales, encuestas, mapas) destinados a intervenir en los procesos de reproducción social, en su faz económica, pero, sobre todo, en su faz simbólica. Sin esa representación es imposible el gobierno efectivo pues el estado carecería de objeto.

¿Qué sentido tiene, sino, la clasificación y detección obsesiva, angustiante y enardecida de formas familiares anómalas (“familia conflictiva”, “familia problema”) o correctas (“familias…bien!”, “familia decente”, “familia responsable”), al interior no sólo de las prácticas estatales, sino al interior de una Sociología de la Familia, que sirve como auxiliar irreflexiva de un proyecto político modernizante? Estamos aludiendo en este último apartado a la dimensión reflexiva de los

programas sociales y de las prácticas y nociones que constituyen a los funcionarios estatales, como sujetos sociales específicos, culturalmente gestados a partir de una serie de ideas “folk” sobre la familia.

La política, como concepto antropológico, está íntimamente relacionada con la creación de unidades sociales. Es precisamente esa institucionalización la que está permanentemente en cuestión y genera conflictos. Los grupos sociales enfrentan y resuelven esos problemas en la misma medida que se instituyen en unidades de acción (comunidades les llama Weber). El parentesco y la familia son instrumentos a través de los cuales se crean unidades sociales primarias que, amparados en la sangre (consanguinidad, descendencia), la afinidad y la alianza, garantizan, a través de distintos medios, la reproducción social. De ahí la relevancia de comprender el campo minado que pisamos cuando intervenimos en esta dimensión social. Porque, así como el estado se halla interesado en la generación de familias, con el fin de tornar inteligible su objeto de gobierno, o, lo partidos políticos modernos conforman amplias capas de seguidores a partir de las redes familiares y de parentesco, así también los grupos locales practican el parentesco y la familia según sus propios intereses e ideas. Muchas veces, jugados/as a desempeñar un papel de intermediarios/as, los/as trabajadores sociales y otros/as cientistas sociales, debemos ser conscientes que el poder performativo del estado (que cuenta con la amenaza del uso de la violencia física y simbólica para imponer su voluntad) difiere en mucho del poder performativo que manipulan, por medio de las categorías del parentesco y la familia, los grupos locales. Todos/as son sujeto y objeto de la performatividad de estas dos nociones analizadas, tomar conciencia de esta propiedad, hace más consciente nuestra práctica profesional y nuestra comprensión.

Bibliografía

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Para

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