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COMITÉ EDITORIAL DEL CEIICH-UNAM Norma Blazquez Graf Gloria Patricia Cabrera López Horacio Cerutti Guldberg Gian

COMITÉ EDITORIAL

DEL CEIICH-UNAM

Norma Blazquez Graf

Gloria Patricia Cabrera López

Horacio Cerutti Guldberg

Gian Cario Delgado Ramos

Diana Margarita Favela Gavia

Olivia Joanna Gall Sonabend

Rogelio López Torres

Elisa Margarita Maass Moreno

Isauro Uribe Pineda

Pueblos

urbanos

identidad, ciudadanía y territorio en la ciudad de México

Lucía Alvarez Enríquez

Coordinadora

urbanos identidad, ciudadanía y territorio en la ciudad de México Lucía Alvarez Enríquez Coordinadora MEXICO 2011

MEXICO

2011

Primera edición, junio del año 2011

D.R. © 2011

UNIVERSIDAD NACIONAL AUTÓNOMA DE MÉXICO CENTRO DE INVESTIGACIONES INTERDISCIPLINARIAS EN CIENCIAS Y HUMANIDADES

Torre II de Humanidades 4° piso Circuito Interior, Ciudad Universitaria México, 04510, D. F. www.ceiich.unam.mx

©2011

Por características tipográficas y de diseño editorial

MIGUEL ÁNGEL PORRÚA, librero-edito r

Derechos reservados conforme a la ley ISBN 978-607-401-430-3

Queda prohibida la reproducción parcial o total, directa o indirecta del contenido de la presente obra, sin contar previamente con la au- torización expresa y por escrito de los editores, en términos de lo así previsto por la Ley Federal del Derecho de Autor y, en su caso, por los tratados internacionales aplicables.

IMPRESO EN MÉXICO

del Derecho de Autor y, en su caso, por los tratados internacionales aplicables. IMPRESO EN MÉXICO

PRINTED IN MEXICO

INTRODUCCIÓN. LOS PUEBLOS Y LA CIUDAD DE MÉXICO

IVÁN GOMEZCÉSAR HERNÁNDEZ

E n la ciudad de México del siglo XXI, existen más de cien pueblos de

origen prehispánico o colonial ubicados tanto en la zona rural y semi-

rural del sur como en las regiones plenamente urbanizadas. No hay

una sola de las 16 delegaciones que conforman el Distrito Federal que no tenga este tipo de asentamientos (Mora, 2008). Estos pueblos han permane- cido históricamente invisibilizados para la ciudad y su régimen político y en una condición de subalternidad. Hasta tiempos muy recientes se han hecho visibles para el gobierno local y para el resto de los habitantes de la ciudad; esto se debe en buena medida a que en algunas zonas de la urbe, estos pue- blos han generado movilizaciones y acciones de protesta en respuesta a di- versas políticas locales que los han afectado. Su aparición en escena ha sido tan significativa que ha dado lugar a que por primera vez en su historia éstos sean reconocidos en la legislación capitalina. En este año que corre han sido introducidos en la Ley de Participación Ciudadana, como entidades sociales específicas y, en consecuencia, han sido reconocidas para ellos ciertas moda- lidades particulares de representación (los Consejos de los Pueblos). De igual

manera, por vez primera se está debatiendo en la Asamblea Legislativa del Distrito Federal una ley específica sobre Pueblos Originarios y Comunidades de Origen Étnico en el Distrito Federal, lo que significa un reconocimiento relevante, inédito en la vida política capitalina. Estas circunstancias de los llamados pueblos originarios han motivado el trabajo que se presenta en este volumen y ha dado lugar a una exploración académica colectiva sobre este tema. La primera inquietud al respecto ha sido indagar acerca de la relación que históricamente han mantenido estos pueblos con la ciudad de México y cómo han subsistido a lo largo de casi

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cinco siglos ante procesos de transformación tan relevante como los que han tenido lugar en la Cuenca de México. Para acercarnos a esta realidad se pre- senta de inicio un recorrido por la historia de esta relación.

LOS PUEBLOS ORIGINARIOS Y LA CIUDAD DE MÉXICO

La ciudad de México, una de las más pobladas del mundo, desde lo alto semeja una gigantesca mancha de cemento y asfalto. Aun para quienes la habitan no es fácil distinguir que está asentada en una cuenca natural que, en otro tiempo, albergaba una inmensa laguna. Sobre una de las islas, se levantaba la ciudad de México-Tenochtitlan, la capital de un vasto imperio que comprendía parte im- portante de lo que hoy es México. Pero, además de esa gran ciudad, la cuenca era un complejo formado por varias ciudades y muchos pequeños pueblos que, al momento de la conquista, sumaban más de 200 centros poblacionales que al- bergaban a cerca de dos millones de personas (González Aparicio, 1988). La nueva ciudad colonial española se levantó sobre las ruinas de la capital de los mexicas y su herencia marcó para siempre a la nueva metrópoli. Sus edificios fueron diseñados por arquitectos de España, pero construidos por mano de obra indígena, muchas veces utilizando las piedras de las pirámides destruidas y la huella de las construcciones y los caminos precedentes. En una fecha tan temprana como 1524 comenzó a construirse la nueva traza e inme- diatamente el centro fue habitado por los conquistadores, de tal manera que en 1528 la isla de Tenochtitlan era una nueva realidad (Mier y Terán, 2005). Como símbolo de este proceso, la catedral se erigió encima de los restos del templo de Hutzilopochtli, la deidad principal de la ciudad mexica. Se estableció así un aspecto fundamental del imperio español que, a decir de José Luis Romero, concebía a las ciudades como "vigorosos centros de con- centración de poder", que aseguraran la presencia de la cultura europea (Ro- mero, 2005: 9). Esta acción, la ocupación física y simbólica de los espacios del antiguo poder político y religioso, seguía la máxima del aniquilamiento de las viejas culturas y del sometimiento de su población, lo que quedó plasmado en el escudo de la ciudad refundada: en el centro, dos torreones de Castilla fran- queados por leones montados sobre la laguna y alrededor una fila de nopales, que representaban a los pueblos indios sometidos. Pero el entorno de la nueva ciudad se mantuvo, incluso a pesar del severo despoblamiento, a causa de la violencia propia del proceso de conquista, la explotación del trabajo indígena y, sobre todo, por la propagación de enferme- dades nuevas, para las que la población local no tenía defensas naturales.

INTRODUCCIÓN

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Pese a las dimensiones de la catástrofe, existen numerosas pruebas que demuestran la capacidad de adaptación de los pueblos de la cuenca al nuevo estado de las cosas. Por supuesto, fue importante su papel como trabajado- res, de tal manera que la construcción de la ciudad y el desarrollo de las ac- tividades económicas serían impensables sin su aporte. También fue muy destacado su papel como productores agrícolas. Los españoles pronto descu- brieron que era mucho mejor dejar en manos indígenas el abasto agrícola y los cultivos traídos de la Península se desarrollaban bajo sus cuidados. Los pueblos de la cuenca poseían una agricultura desarrollada que com- binaba el uso de chinampas, la pesca y caza ribereñas con la agricultura de montaña por medio de terrazas. En particular fue importante la producción agrícola por medio de chinampas, que consistían en fracciones rectangulares de tierra que se le ganaban al lago, sostenidas por hileras de un tipo de árbol, el ahuejote, que literalmente abraza la tierra con sus raíces. Las chinampas eran alimentadas por los nutrientes depositados en el lodo y permitían le- vantar hasta tres cosechas anuales. Esta cultura agrícola permitió a los pue- blos contar con una base económica propia y también con un importante grado de autonomía a lo largo de la Colonia. Apoyados en alianzas con las órdenes religiosas, especialmente los francis- canos, los pueblos de la cuenca de México aprovecharon aspectos de las Leyes de Indias y aprendieron argucias legales para defender sus territorios ante las cortes coloniales, como lo demuestran los documentos conocidos como Títu- los Primordiales. Varios de estos títulos siguen en manos de las comunidades del Distrito Federal. Los pueblos se plegaron a las reglas impuestas por el poder español, pero mantuvieron en cierta forma la lógica de su organización precedente: cada uno tenía un territorio, un dios o santo particular, un templo en su honor, un tlatoani o gobernador que al principio descendía de los linajes principa- les, y una población basada en el parentesco y los compadrazgos. Los pueblos se subdividían en calpultin o barrios que reproducían ese esquema. Esta for- ma modular o simétrica permitió una unidad orgánica y una gran plastici- dad a los pueblos, que podían crecer o disminuir su tamaño (Lockhard, 1999). De esta manera, si bien durante el periodo colonial desaparecieron las grandes unidades políticas, subsistieron los pueblos constituidos como agrupaciones de familias, unificadas por un territorio y un santo patrono. De esta manera, los pueblos originarios de la cuenca de México se man- tuvieron durante el periodo colonial y parte del siglo XIX. El surgimiento de nuevas instituciones como los ayuntamientos y los cabildos, y más adelante municipios o municipalidades, fueron más cambios de forma que en la prác-

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tica siguieron subordinadas a las costumbres que habían prevalecido en el tiempo de la colonia (Guarisco, 2007). Sin embargo, el predominio de las ideas anticomunales dentro de corrien- tes del liberalismo triunfante fueron modificando las cosas y obligando, por ejemplo, a que los pueblos se vieran obligados a comprar sus propias tierras, en particular aquellas de importancia general, como las que les garantizaba el acceso al agua, que de esta manera siguieron siendo colectivas pese a ser legalmente propiedad privada. A finales del siglo xx, en el largo periodo de Porfirio Díaz, la voracidad de las haciendas llevó a un a nueva ofensiva para despojar ele sus tierras a los pueblos de todo el país, incluyendo la capital. Entre otras cosas, los hacenda- dos aprovecharo n la desecación de parte s de las laguna s die Texcoco, Chalco y Xochimilco, financiada por el gobierno, y se quedaron con las tierras resul- tantes del proceso. Fueron comunes todo tipo de arbitrariedades lo que expli- ca por qué, cuando estalla la Revolución mexicana en 1910 y Emiliano Zapata levanta la bandera de restitución de tierras a los campesinos, muchos de los pueblos de la cuenca simpatizaron con el Ejército Libertador del Sur y le brindaron su apoyo. El poder central y los grandes capitales asentados en la capital se preocu- paron mucho por el aliado natural que tenía el zapatismo en los pueblos originarios y su fuerte incidencia en la zona sur de la ciudad. Bien sabida era la presencia del cuartel general de Zapata en Milpa Alta o el apoyo del ejér- cito suriano a las celebraciones religiosas de Semana Sarta en el pueblo de Iztapalapa. La participación de los revolucionarios permitió continuar una tradición que databa de 1833 y había sido suspendida por la prefectura de Xochimilco unos años antes. Por ello representó una muestra más de poder popular frente a la dictadura. La violencia que vivieron los pueblos originarios, en especial en la zona sur limítrofe con el Estado de México y con Morelos llevó a la destrucción y desocupación forzada de muchos de ellos. Lo anterior, aunado a la incidencia de la llamada gripe española y otras enfermedades, cobró tal nivel de vidas que los que regresaron a refundar sus pueblos eran menos de la mitad de los que habían salido. La alianza con los Zapatistas explica por qué al final de la Revolución, entre 1916 y 1917, para detener la influencia de Zapata en esa región, el nuevo ré- gimen comenzó muy temprano a afectar una porción de las haciendas para repartir tierras entre los campesinos. De hecho se trata de los primeros repar- tos agrarios en todo el país, y significativamente fueron en los pueblos chi-

INTRODUCCIÓN

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namperos de Iztapalapa, Mixquic y Xochimilco, además del norteño pueblo de Cuautepec y más adelante muchos otros pueblos de la cuenca. Tales repartos tuvieron un sentido político más que una respuesta a las de- mandas de los pueblos: la dotación por jefe de familia fue muy pequeña y de baja calidad, mientras que muchos de los grandes propietarios conservaron las mejores tierras, además de que en los repartos agrarios de varios pueblos nunca pasaron del papel, dada la influencia y habilidad políticas de los hacendados. Sin embargo, pese a sus limitaciones, el reparto agrario contribuyó a que los pueblos se fortalecieran, además de que varios de ellos nunca habían deja- do de tener en sus manos las tierras de chinampas, así como sus bosques. Pero, a partir de 1940 el crecimiento exponencial de la urbe trastocó la situa- ción. A fines de esa década el gobierno federal inició el proceso de expropiación de las tierras de labor de muchos pueblos para convertirlas en reserva territo- rial para el establecimiento de unidades habitacionales y de industrias. La enorme migración campo-ciudad fue canalizada hacia terrenos de los pueblos, como los casos de Iztapalapa, el Ajusco Medio y el Pedregal de Santo Domin- go, por mencionar algunos casos relevantes. Entre 1950 y 1980, más de medio centenar de pueblos vieron severamente trastocadas sus condiciones de vida, de tal forma que muchos desaparecieron en apariencia. En la mayor parte de los casos, la pérdida de la tierra fue un proceso en el que menudeó la injusticia y el uso desmedido del poder central. Tal es el caso de los 16 pueblos de Iztapalapa, donde expropiaron sus chinampas por medio de un decreto presidencial. Además, los montos de la indemnización no corres- pondieron al valor de los terrenos, y todavía hoy, 30 o 40 años después, existen organizaciones que exigen el pago para muchos de los afectados. Al destruir esta porción de las chinampas desapareció una importante herencia del mundo pre- hispánico. Otro caso es el de la comunidad de San Pedro Mártir que ha sufrido 14 expropiaciones, incluyendo los terrenos que hoy albergan el Colegio Militar. Los pueblos afectados no sólo perdieron la tierra. A la par desaparecieron sus autoridades civiles, que subsistían precariamente desde 1929 cuando se suprimió la figura del municipio para imponer las delegaciones políticas en la capital. La base campesina de muchos pueblos fue destruida de tajo. Pero, en medio del asfalto, varias decenas de pueblos y barrios originarios mostra- ron una asombrosa capacidad de resistencia y una gran vitalidad. Pese a que su territorio quedó reducido a la zona habitacional, los pueblos mantienen su decisión de seguir existiendo aferrados a su organización social y a su cultura, dentro de la cual la religiosidad popular ocupa un sitio relevante. Todo habitante de la ciudad de México es testigo del paso solemne de las peregrinaciones, de la algarabía de las fiestas patronales, o de cómo se para-

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liza, por ejemplo, una importante vía rápida para dar paso a la celebración de la victoria de las tropas nacionales contra la invasión francesa en el siglo xix en el pueblo del Peñón de los Baños. Son muy pocos los días en que la gran urbe no se ilumina con los fuegos de artificio de las fiestas de los pueblos. El caso de Iztapalapa, al oriente de la ciudad, es bastante ilustrativo. Allí existe, como se comentó líneas atrás, una magna representación de la pasión de Cristo, que nació cuando la región era azotada por una epidemia del cólera mor- bus. Actualmente esa celebración congrega a más de un millón de personas. Pero, a partir de la segunda mitad del siglo xx, coincidiendo con la expropiación de sus tierras, aparecieron varias representaciones más en los pueblos de esa demarcación, lo que parece indicar que uno de los mecanismos de defensa de los pueblos es renovar o fortalecer su unidad en torno a la religiosidad popular. El dramatismo del via cruris parece ser un espejo de su propia realidad. Una de las características más sobresalientes de los pueblos originarios y que mayor impacto ha tenido sobre la ciudad es la defensa de sus tierras que es a la vez la defensa de los recursos naturales. Tal es el caso, por ejemplo, de la experiencia de los comuneros de Milpa Alta. Entre 1974 y 1982 desarro- llaron una importante lucha por detener la tala de los bosques a manos de una compañía papelera e impidieron el despliegue de compañías fracciona- doras en el bosque. Otro tanto puede decirse de la movilización realizada en la década de los noventa, por Santa Cecilia Tepetlapa para impedir la insta- lación de campos de golf que hubieran dañado de manera irreversible el en- torno ecológico de Xochimilco, o la defensa que los ejidatarios de San Mateo Tlaltenango hacen de sus tierras y el bosque del Desierto de los Leones. Pese a su resistencia, la presión ha sido tan fuerte que algunos grupos han sucumbido, y con ellos naufragan los mecanismos internos de sanción social en contra de quienes venden la tierra para obtener dinero fácil y transformar tierras de cultivo en zona urbana, lo que ha acelerado la ¡pérdida de suelo de conservación. En áreas industriales como Azcapotzalco subsisten con dificul- tad pueblos o barrios originarios. Inclusive en áreas residenciales de capas medias, encontramos por ejemplo, el pueblo de Tlacoquemécatl, en plena co- lonia del Valle o el de San Lorenzo Xochimanca, cuyo territorio era el Parque Hundido, ambos en zonas residenciales muy conocidas de la ciudad. Los pueblos de la cuenca han sufrido un proceso de invisibilización, que ha llevado a que no se respeten sus nombres y su misma condición de pue- blos. No existen estadísticas confiables sobre ellos y los que han concluido su proceso agrario son oficialmente considerados colonias. Sin embargo, en las últimas dos décadas se aprecia un proceso de fortalecimiento de las iden- tidades de los pueblos de la cuenca, como expresión de desarrollos propios y

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de los cambios políticos en la capital del país. No cabe duda de que actual- mente existen mejores niveles de interlocución entre los pueblos y las auto- ridades capitalinas, sin dejar de existir contradicciones incluso muy serias, como son las existentes en torno a obras que, como el metro, afectan zonas agrícolas, forestales o tradicionales de Iztapalapa y Tláhuac, o las que se proyectan en Cuajimalpa.

LOS PUEBLOS EN LA ACTUALIDAD

Actualmente se pueden distinguir al menos tres tipos de pueblos, que corres- ponden a tres regiones del Distrito Federal. Más que una clasificación, tal tipología busca identificar los procesos de consolidación de los pueblos. Cabe aclarar también que es una visión general que indica tendencias y no puede comprenderse de manera absoluta o tajante. 1. Los pueblos rurales y semirurales ubicados en la zona sur y surponien- te del Distrito Federal, que poseen la superficie de bosques y zona de chi- nampas todavía en producción. Son cerca de 50 pueblos distribuidos en las delegaciones de Milpa Alta, Xochimilco y Tláhuac, así como partes de Tlalpan, Magdalena Contreras, Alvaro Obregón y Cuajimalpa. De ellos, son seis los pueblos chinamperos que subsisten: San Pedro Tláhuac y San Andrés Mixquic en la delegación Tláhuac,- San Luis Tlaxialtemalco, Santa María Nativitas, Santa Cruz Acalpixca y San Gregorio Atlapulco en la delegación Xochimilco. Pese al crecimiento urbano, estos pueblos continúan siendo abastecedores de legumbres y flores para la ciudad y constituyen una valiosa herencia de las culturas prehispánicas. Estos pueblos se caracterizan porque al menos parte de su subsistencia depende de la tierra (agropecuaria, silvícola o recientemente turismo ecoló- gico) y poseen en su mayor parte formas de representación civil (enlaces terri- toriales, subdelegados y otras figuras). Dentro de los pueblos originarios, se trata de los actores más organizados y con la vida comunitaria más completa. Poseen un complejo calendario ri- tual apoyado en un sistema de cargos que funciona con una gran eficacia y poseen un considerable grado de autonomía en muchas de sus decisiones. 2. Pueblos urbanos con un pasado rural reciente. Se trata de pueblos muy semejantes a los mencionados líneas arriba, pero que perdieron su carácter rural y agrícola en las últimas 4 o 5 décadas. Son más de 30 pueblos ubicados en las delegaciones de Iztapalapa, Coyoacán, Iztacalco, Benito Juárez, Ve- nustiano Carranza y parte de las delegaciones mencionadas antes.

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Su transformación a entidades urbanas se debe a la venta de la tierra por la presión del crecimiento urbano y sobre todo a las expropiaciones presiden- ciales aplicadas las más de las veces arbitrariamente y con el uso de la fuerza. Al perder la tierra, estos pueblos perdieron también, en su mayoría, formas de representación cívicas, y sólo poseen los sistemas de cargos tradicionales basados en las mayordomías, las fiscalías y otras, así como en algunos casos, una representación agraria muy limitada. En otros casos han aprovechado dar cierta continuidad a su representación cívica mediante los nombramien- tos de representantes vecinales. Aunque varían mucho los casos, en general se trata de pueblos con una importante y en ocasiones vigorosa vida comunitaria, especialmente en sus celebraciones. Y pese a que sin duda fueron gravemente afectados por la desaparición de su antigua forma de vida, muchos pueblos de este tipo muestran un proceso de fortalecimiento. 3. Pueblos urbanos con una vida comunitaría limitada. Se trata de más de una treintena de pueblos ubicados en el centro y norte del Distrito Federal, en las delegaciones Cuauhtemoc, Miguel Hidalgo, Gustavo A. Madero y Azcapot- zalco, cuya existencia como comunidades era más precaria desde hace más de un siglo. Muchos de estos pueblos fueron revitalizados por los repartos agrarios, pero las prontas expropiaciones y otros factores no les permitieron consolidar una vida comunitaria más amplia. No obstante, son apreciables una gran di- versidad de estrategias de subsistencia, así como la voluntad en muchos de ellos de continuar existiendo. Mantiene algunas festividades fundamentales y con frecuencia participan también de peregrinaciones hacia, otros pueblos. Pese a que son evidentes las diferencias entre pueblos rurales, pueblos ur- banos con fuerte vida comunitaria y pueblos que carecen de esto último, es claro que comparten las tres características que los definen como pueblos ori- ginarios, a saber: todos cuentan con un claro origen prehispánico o colonial; están constituidos por grupos de familias que poseen una noción de territorio originario y se nuclean alrededor de una o varias organizaciones comunitarias que garantizan la continuidad de sus principales celebraciones. 4. Existen pueblos de otros orígenes que se han asimilado a formas de organización de los pueblos originarios. En la ciudad de Mé:rico, además de los pueblos originarios que descienden de poblaciones prehispánicas y colonia- les locales, existen otros pueblos que comparten muchas de las características y que incluso son considerados como tales. Entre ellos se pueden distinguir diferencias importantes:

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a) Los pueblos producto de desplazamientos antiguos de otras entidades y que, pese a no tener su raíz más antigua en el Distrito Federal, están establecidos en él desde hace más de un siglo. Tal puede ser el caso de San Juan Aragón, en la Gustavo A. Madero, que es un pueblo trasla- dado de otra entidad. Salvo este dato, comparte el resto de las caracte- rísticas de los pueblos originarios, por lo que no pareciera haber moti- vos para diferenciarlo del resto.

b) Los pueblos conformados por asentamientos mucho más recientes y de una población que no constituía anteriormente ni pueblo ni comunidad. Tal es el caso de Tepepan, en Xochimilco, cuyos integrantes, que tienen orígenes muy diversos, por decisión propia se han asimilado a la forma de organización de los pueblos originarios que son vecinos suyos.

c) Pueblos recientes que también han asimilado formas de organización de los pueblos originarios pero que, a diferencia de los anteriores, es- tán conformados por población campesina e indígena que emigró a la ciudad, ya sea de una o de varias etnias y comparten por tanto muchas características culturales y comunitarias.

En estas circunstancias se mantienen los pueblos urbanos de la ciudad de México, que son el objeto de atención de este trabajo. Nuestro interés se centra en comprender los complejos procesos a través de los cuales los pueblos han logrado sobrevivir y adaptarse a las condiciones de la urbe, preservar su condi- ción de pueblos, manteniendo sus identidades y formas de autorregulación, así como construir una relación con la comunidad política capitalina y defender su pertenencia a través de ejercer diversas modalidades de ciudadanía. Con esta perspectiva, hemos integrado el presente volumen, resultado de un proceso de investigación colectivo, interdisciplinario e interinstitucional, finan- ciado por el Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología, en el cual hemos querido ofrecer una visión particular de estas entidades sociales, los pueblos urbanos, que forman parte de la vida cultural, política y social de la ciudad de México. La particularidad de esta visión radica en buena medida en la mirada interdiscipli- naria con la que hemos pretendido acercarnos al objeto de estudio, en una inter- pretación multidimensional de estos pueblos que ha puesto la atención en sus circunstancias territoriales, culturales, sociales y políticas, en el énfasis puesto en su relación con la ciudad y en la intención manifiesta de poner de relieve la diversidad de características que manifiestan estos pueblos. Con estos supuestos integramos el presente volumen con siete capítulos:

en el primero se presenta el marco conceptual y metodológico que da susten- to a este trabajo, así como las preguntas sustantivas que orientaron la inves-

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tigación. En el segundo capítulo se ofrece un análisis territorial de los pue- blos y de los cambios en sus condiciones con relación a la ciudad a lo largo del proceso de transformación del territorio urbano durante el siglo xx. En los siguientes cinco capítulos se presentan cinco estudios de caso, que corres- ponden a cinco pueblos ubicados en cinco zonas diferenciadas de la ciudad:

el occidente (Cuajimalpa), el norte (Gustavo A. Madero), el oriente (Iztapa- lapa), el centro-oriente (Coyoacán) y el sur (Tláhuac). La selección de las zonas y de los estudios de caso tuvo como propósito ofrecer, en primera instancia, una visión que pusiera de relieve la diversidad que presentan los pueblos urbanos; y, en segundo término, evidenciar la cir- cunstancia de que la ubicación de estos pueblos se encuentra en las distintas zonas del territorio del Distrito Federal. De esta manera, el tercer capítulo está dedicado el pueblo de San Pablo Chimalpa, en Cuajimalpa, el cuarto al pueblo de Cuautepec, en Gustavo A. Madero, el quinto al de Santa María Aztahuacán, en Iztapalapa, el sexto a Culhuacán, en Coyoacán e Iztapalapa, y el séptimo a San Pedro Tláhuac, en la delegación Tláhuac; se finaliza con un Epílogo a manera de cierre de la reflexión.

Mapa 1. Ubicación de los pueblos en el contexto del Distrito Federal

SIMBOLOGIA 1. Alvaro Obregón 2. Azcapotzalco 3. Benito Juárez 4. Coyoacán 5. Cuajimalpa 6. Cuauhtemoc
SIMBOLOGIA
1. Alvaro Obregón
2. Azcapotzalco
3. Benito Juárez
4. Coyoacán
5. Cuajimalpa
6. Cuauhtemoc
7. Gustavo A. Madero
8. Iztacalco
9. Iztapalapa
10. Magdalena Contreras
11. Miguel Hidalgo
12. Milpa Alta
13. Tláhuac
14. Tlalpan
15. Venustiano Carranza
16. Xochimiko
PUEBLOS

Delegaciones del Distrito Federal

Fuente cartográfica: ocim, 2005 Elaboración: María Alejandra Moreno Flores

INTRODUCCIÓN

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Merece una especial mención en este trabajo el Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología, al que extendemos nuestro más amplio agradecimien- to por el financiamiento durante tres años del proyecto "Pueblos originarios, democracia, ciudadanía y territorio en la ciudad de México", cuyos resulta- dos dieron origen al presente trabajo.

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XVI • I VAN GOMEZCÉSAR HERNÁNDEZ

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Capítulo 1

PUEBLOS URBANOS: ENTORNO CONCEPTUAL Y RUTA METODOLÓGICA

MARÍA ANA PORTAL ARIOSA LUCÍA ÁLVAREZ ENRÍQUEZ

L os conceptos utilizados en toda investigación son constructos que se

redefinen en el proceso mismo de investigar. Surgen de bagajes teóricos

que se confrontan con las realidades sociales estudiadas en campo, y

en ese vaivén se resignifican y se delimitan generando un marco teórico es- pecífico. El proceso aquí mostrado implica un trabajo colectivo de reelaboración conceptual que traza el camino de esta investigación. Este trazado represen- ta al mismo tiempo una revisión de la construcción y reelaboración de los conceptos empleados y la ruta seguida para esto. Es decir, implica una re- flexión metodológica sobre el proceso realizado. Este fue un recorrido que estuvo mediado por la interdisciplina, dado que la composición del equipo de investigación integró las miradas de sociólogos, antropólogos, geógrafos e historiadores -no siempre coinci- dentes-, lo cual obligó a realizar un trabajo colectivo intenso para acercar dichas miradas, enriqueciendo de esta manera la reflexión final. La inter- disciplina resultó más un punto de llegada que uno de partida; más una práctica sistemática de reflexión, que un imperativo teórico dado: es pues una construcción conjunta que marcó el proceso mismo de la investiga- ción. La hipótesis de inicio consistió en considerar que en la ciudad de México conviven distintas identidades y formas de pertenencia y de organización que implican diferentes maneras de comprender y ejercer la democracia y la ciudadanía. Tales diferencias trascienden el marco jurídico político estable- cido y se vinculan a dinámicas socioculturales -ancladas en los llamados pueblos originarios- cuya estructura obedece a elementos de tipo histórico,

2 • MA. ANA PORTAL ARIOSA Y LUCÍA ÁLVAREZ ENRÍQUEZ

étnico y de clase. Estas dinámicas se manifiestan en las formas de concebir

y organizar los tiempos y espacios sociales y, a través de ellos, de concebir y

organizar el mundo y la experiencia urbana, así como de regular la vida so- cial, incidiendo de manera significativa en los procesos locales de construc- ción de ciudadanía. Consideramos que el proceso de globalización, que implica transforma- ciones económicas, políticas, territoriales y sociales, ha alcanzado a la ciu- dad de México en las últimas décadas y ha tensado la contradicción existen- te entre tres lógicas estructurales: la lógica societal de los pueblos originarios, la lógica propia del proceso de urbanización que segmenta y rearticula el es- pacio urbano y la lógica centralista del régimen político local. Y esta es una circunstancia histórica que implica un enorme reto para la construcción de un régimen democrático.

En ese contexto, la pretensión fue estudiar las diversas formas de or-

ganización que se gestan en los pueblos originarios de la ciudad de México

y explorar las modalidades en que sus habitantes ejercen y hacen suyo el

concepto de ciudadanía, así como las maneras específicas en que, a partir de ello, generan procesos de organización y de participación ciudadana. Estos procesos implican necesariamente formas diferenciadas de cons- truir pertenencias y membresías, por lo que también se consideró impor- tante retomar diversos ejes en la construcción de las identidades locales:

territorio, comunidad, memoria, etcétera., e identificar la existencia de instancias y mecanismos internos de autorregulación política, adminis- trativa y cultural que subsisten en los pueblos, y que frecuentemente entran en contradicción con las instituciones y mecanismos del régimen político local (delegacional, municipal y del gobierno central del Distrito Federal),

y del federal. Lo anterior ubicado en un contexto espacial y político amplio: el de la ciudad de México, que nos permitiese observar pueblos con características contrastantes a partir de ejes compartidos que favorecieran las comparacio- nes entre los casos analizados. Es importante señalar que en el proceso de construcción teórica se acu- dió a un plano general de definición conceptual y a un plano particular, que refiere a la manera en cómo se realizó la apropiación de cada una de las no- ciones y se articuló a los intereses de la investigación. En este marco, los dos conceptos centrales fueron el de ciudadanía y el de pueblos originarios. A partir de ellos aterrizamos en el concepto de iden- tidad, en cuya definición se logró tejer nuestra propuesta de abordaje teórico, buscando integrar los dos primeros conceptos.

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ACERCA DE LA CIUDADANÍA

En relación a la ciudadanía hay que decir que ésta alude en principio a la pertenencia a una comunidad política de individuos y grupos; y también a la plena competencia de éstos ante esta comunidad. Se trata de una condi- ción que remite en primera instancia, como se reconoce comúnmente, a derechos y obligaciones, a la existencia de reglas compartidas y observadas y a la vigencia de la igualdad de los individuos ante las leyes y las institucio- nes. Pero el asunto de fondo de la ciudadanía es el de la inclusión. La perte- nencia y la plena competencia de los individuos se registra y verifica en la capacidad inclusiva e integradora que ofrecen la comunidad, el Estado, el régimen político, la ciudad; en la capacidad de integrar a los diferentes, de distribuir beneficios, de compartir atribuciones, de atender los asuntos co- munitarios y de construir en común; y se verifica también en la capacidad de los individuos para tomar parte en las exigencias de la vida en común. Refie- re a prácticas y condiciones que de ida y vuelta, en una doble dirección, idealmente promueven y afirman una inclusión integral, que trasciende los contornos de la exclusiva igualdad individual ante la ley (Alvarez, 2009). Es por esto que el concepto de ciudadanía constituye uno de los ejes con- ceptuales de nuestro proyecto y el punto de referencia central para el aborda- je de la problemática de los pueblos originarios en la ciudad de México. Se trata de la ciudadanía en una doble dimensión: en tanto pertenencia y enti- dad identitaria que cohesiona internamente a las comunidades étnicas o a los pueblos urbanos, y en tanto pertenencia a la que se aspira y la que al mismo tiempo se reclama en relación a la comunidad política urbana y al régi- men político del Distrito Federal. En esta doble dimensión el concepto de ciudadanía al que apelamos tiene su anclaje al mismo tiempo en la tradición occidental, adoptada mediante los procesos de mestizaje cultural y político, y en la tradición indo-colonial (mesoamericana).

LA TRADICIÓN OCCIDENTAL

En la modernidad occidental, a partir del siglo xvm, el concepto de ciudada- nía referido históricamente a la pertenencia a las ciudades, se convierte en el referente distintivo de la nación y alude a la membresía de los individuos a realidades sociales y culturales diferentes que depositan en los valores de li- bertad e igualdad los principios articuladores de su relación política ante y

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frente al Estado. El ciudadano es el individuo que forma parte de este Estado nacional y participa en las decisiones que le competen mediante mecanis- mos predeterminados como el voto y el sistema de representación. En el siglo xx, la teoría social define a la ciudadanía como el tránsito del "status al contrato" y como una membresía social urbana directamente vincu- lada al desarrollo de la modernidad concentrada en las ciudades. Diversos autores (Weber, Durkheim, Parsons, Toennies) coinciden en una concepción de ciudadanía como conjunto de prácticas sociales que definen el ser miem- bro de una sociedad altamente diferenciada en la cultura y en las institucio- nes, y donde la solidaridad social se sustenta en valores universales. La ciu- dadanía que aquí se reconoce se define en clara oposición a otras formas particulares de integración social, como la familia, la comunidad local y ve- cinal y la etnia (Ramírez, 2008). En la segunda mitad del siglo xx, la ya clásica visión de T.H. Marshall (1977) desarrolla una concepción evolutiva de la ciudadanía que se centra en los derechos y distingue tres etapas de desarrollo de éstos: la civil o legal, la política y la social. La primera comienza a formalizarse en el siglo xvn y re- fiere a los derechos de propiedad, amparo y juicio individual y justo; la se- gunda se desarrolla en los siglos xvm y xix paralelamente a la democracia parlamentaria y a la institucionalización del sistema de partidos, y remite al derecho al voto, a la libre asociación y a la participación en los órganos de gobierno; y la tercera se despliega durante el siglo xx y refiere a los derechos de bienestar y seguridad social: derechos laborales, seguro de desempleo, servicios de salud y educación, esta dimensión se traduce en las distintas naciones occidentales en la vigencia del Estado de Bienestar. El aporte de Marshall apunta a atender la contradicción existente en las sociedades modernas entre capitalismo y democracia, así como a la que se expresa entre igualdad política formal y desigualdad social. Su visión lleva implícita la institución del Estado de Bienestar como respuesta a estas con- tradicciones, mediante el establecimiento de derechos que suponen un prin- cipio redistributivo ante el impacto negativo del mercado y la desigualdad social capitalista (Turner, 1993). De acuerdo con Turner (1993), la ciudadanía así entendida puede ser vista como generadora de solidaridad social, pero al mismo tiempo funge también como motor de diversos conflictos políticos y sociales, al generar expectativas que no logra satisfacer en realidad ante los problemas estructu- rales del capitalismo. De esto deriva en buena medida el cuestionamiento de si existe una sola forma de ciudadanía o distintas formas situadas en contex- tos culturales, políticos y sociales diferenciados. Esto es así, debido a que las

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modalidades de ciudadanía diferenciada pueden generarse desde arriba (el gobierno y la institucionalidad) o desde abajo (movimientos sociales, revuel- tas ciudadanas, etcétera), dando lugar a ciudadanías pasivas (otorgamiento de derechos desde arriba) o activas (conquista de derechos desde abajo); en otro recorte, también es posible que se generen en el ámbito público o en el privado. Para este autor, esta línea de análisis sugiere que la combinación de los ejes abajo/arriba y público/privado conduce a identificar y diferenciar for- mas y nociones distintas de ciudadanía que pueden observarse a través de culturas diferentes, de la tradición de diversos Estados nacionales y, tam- bién, a través del concepto mismo de ciudadanía (Ramírez, 2008). De acuerdo a lo anterior, resulta erróneo plantearse una teoría unitaria de la ciudadanía, pues es claro que en las sociedades contemporáneas han emergido distintas formas de ciudadanía acordes con sus diferentes procesos de modernización y la estructuración de sus Estados nacionales. El proceso de la ciudadanía social, en el marco del siglo xx se ha revelado en una doble dimensión; por una parte, a través de medios normativos e institucionaliza- dos de reconocimiento y membresía social (desde arriba) y, por otra parte, mediante las condiciones sociales heterogéneas que promueven el conflicto

y las luchas sociales en función de las demandas insatisfechas. De aquí que

la ciudadanía se instituya a través de procesos institucionales de inclusión

social y a partir de las muy diversas condiciones de exclusión que dan lugar

a numerosos movimientos sociales en busca de ser incluidos en los paráme-

tros de la comunidad política de pertenencia. La construcción de ciudadanía no es, por tanto, únicamente el resultado de un reconocimiento legal y la acreditación de pertenencia a una "comuni-

dad" política abstracta, sino la búsqueda del ejercicio de una condición efec- tiva de pertenencia y adscripción a una comunidad social tangible, mediante la asunción de compromisos y obligaciones públicas, pero también mediante

el goce de derechos, el acceso a una vida digna y la participación en los bene-

ficios del desarrollo comunitario. La búsqueda de inclusión en estas condi- ciones ha implicado históricamente complejos y conflictivos procesos de confrontación y diálogo con el régimen instituido, protagonizados por diver- sos actores políticos y sociales, que han propiciado en largos periodos trans- formaciones institucionales, reconocimiento de derechos ciudadanos, re- orientación de políticas públicas y adecuaciones normativas significativas (Álvarez, 2006).

La búsqueda de inclusión de los actores sociales se ha expresado median- te muy diversas acciones articuladas a partir de sus distintas condiciones de exclusión; se pueden mencionar, entre otras:

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- Los movimientos sociales y prácticas colectivas que "se apropian" de distintos espacios de la política formal, reglas, normas e instituciones ya constituidas, y que representan para los actores un aprendizaje nor- mativo.

- Los movimientos por la inclusión territorial, jurisdiccional, de servi- cios, de derechos, que pueden expandir la normatividad y las reglas de convivencia estatal.

- La ocupación y creación de espacios públicos donde sectores sociales excluidos o no visibles se hacen presentes a través de modalidades propias, espontáneas o tradicionales.

- Las prácticas colectivas que reivindican identidades, comunidades y derechos puntuales, que apuntalan y cuestionan las relaciones socia- les y ponen en tela de juicio la normatividad establecida, ampliando el catálogo de derechos, de reglas y de instituciones en vigencia.

- Las demandas de comunidades étnicas por el reconocimiento de sus derechos colectivos en la ciudad o en la nación.

- La participación de los actores en la búsqueda por incidir en las políti- cas públicas y en la orientación de las acciones del Estado.

Los procesos de construcción de ciudadanía representan de este modo la lucha de los actores por la reducción de las exclusiones (San Juan, 2003); pero para que este proceso sea reconocido y se haga efectivo es necesario que se exprese en la creación de espacios y medidas institucionales que reviertan la exclusión e instituyan mecanismos de inclusión. Esto se traduce, en pri- mer lugar, en la ampliación del sistema de los derechos formales de las per- sonas, políticos, económicos, sociales y culturales, pero también en el desarrollo de los contenidos reales de tales derechos, mediante la formulación de polí- ticas públicas que los pongan en vigencia (Borja, 2000). Para que la condición de ciudadanía se haga efectiva es necesario que la acción social vaya más allá de la gestión inmediata de las demandas y, al mismo tiempo que atienda este plano, esboce o promueva también valores y reglas de convivencia, cuestione las relaciones de dominación o de desigual- dad, promocione valores culturalmente pertinentes de igualdad y libertad, o propicie la identificación de los individuos y los grupos con los valores y las reglas de convivencia instituidas (Mouffe, 2000). Este proceso supone igual- mente la adopción de compromisos y responsabilidades de los individuos y los grupos para con la comunidad inmediata o para con la sociedad; el mero acceso a beneficios económicos o a bienes y servicios no acredita la condi- ción ciudadana,- lejos de ello convierte a los individuos más bien en recepto-

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res pasivos o en beneficiarios. La condición de plena competencia como miembros de la sociedad hace necesaria la respuesta social, el compromiso tangible de los individuos, su incidencia en el debate sobre los asuntos de interés común y su participación en la satisfacción de las necesidades colec- tivas. La construcción de ciudadanía apela así a una dimensión que involu- cra a los individuos en el interés general (Álvarez, 2006). En tiempos más recientes, la noción de ciudadanía ha trascendido su adscripción exclusiva a la problemática de la relación ciudad/Estado y a la relación sociedad/Estado nacional. En el marco actual de cambios globales y la nueva relación Estado/economía/sociedad el tema de los derechos ciuda- danos se ha desplegado y se ha orientado hacia problemáticas particulares, grupos específicos y minorías, dando lugar a los llamados derechos de cuarta generación, o derechos difusos, que se refieren a temáticas particulares y condiciones de grupos constituidos; aquí entran los temas del desarrollo, la ecología, el género, la homosexualidad, los intereses grupales de pueblos, naciones, etnias, mujeres, consumidores, jóvenes, etcétera (Kymlicka, 1996; Turner, 1922). Los contenidos de la ciudadanía se traducen así en: pertenecía, identi- dad, reconocimiento y participación.

LA TRADICIÓN INDO COLONIAL

La ciudadanía para los pueblos de origen indígena adquiere un significado real durante la Colonia, en la época de la transición ibérica hacia la Repúbli- ca. El proceso de constitución de la comunidad política liberal en el antiguo continente trae a la América hispánica la condición de ciudadanía que inte- gra a los españoles y a los criollos, pero incorpora también a los indígenas y mestizos, al reconocer la condición de vecino como constitutiva del sujeto ciudadano. La Constitución de Cádiz (1812) transforma la comunidad local en la fuente de los derechos políticos liberales que mediante la vecindad se extiende hasta los indígenas. El ser vecino confiere a la ciudadanía su conno- tación orgánica al territorio de pertenencia (Carmagnani y Hernández, 2003) y da pie para el reconocimiento dentro de la nación no únicamente a los ciudadanos individuales adscritos a una entidad universal, sino a la inte- gración de las comunidades y los pueblos que forman parte de los virreina- tos, en este caso de la Nueva España.

De este modo la condición de ciudadanía se despliega a la vez en una

doble dimensión: la abstracta universal y la particular comunitaria. Esto trae

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a su vez dos visiones de nación distintas para los españoles y para los indí- genas; para los primeros representa una entidad unitaria de individuos, mientras que para los segundos representa una entidad plural, un conjunto de pueblos (Guerra, 2003). Algunos autores, como Aniño (2003) señalan que la noción de ciudadanía

y la condición que de ella emana fueron difundidas en la Nueva España antes

de la independencia y fueron apropiadas por los pueblos, mediante los muni- cipios indígenas, para defender su condición de pueblos ante el Estado liberal

e impedir así la destrucción de sus identidades comunitarias. Esto es, los indí-

genas y mestizos habitantes de los pueblos utilizaron la noción liberal de ciu- dadanía para cubrir con un reconocimiento legal su condición comunitaria dentro de la República y protegerse ante la tendencia liberal homogeneizante. Este autor destaca la particularidad de la condición de ciudadanía que emerge de este proceso, como un gran potencial del caso mexicano que produjo lógicas peculiares de sincretismo cultural y político a través de las cuales estos pue- blos fueron adaptándose al proceso de occidentalización, al mismo tiempo que lograron preservar su condición comunitaria.

La ciudadanía posee entonces en este proceso una dualidad en lo que a su acepción se refiere, que se mantiene a lo largo de varias décadas y de algún modo persiste en la actualidad en el ámbito de los pueblos indígenas y de otras etnias en nuestro país y en la ciudad de México. Es una condición de- finida y asumida de manera diferenciada por la institucionalidad central vi- gente y por las comunidades periféricas, y para comprenderla en su cabal complejidad en México, es necesario reconocer las diversas dimensiones sociales y culturales que esta institución adquiere en el tránsito hacia la so- ciedad liberal.

En esta disparidad de acepciones se advierte no obstante un sustrato co- mún que remite al justnaturalismo católico de la tradición colonial, que es el que las prácticas de los actores sociales sobreponen al nuevo lenguaje libe- ral. De ello resulta un nuevo léxico político inventado por las comunidades locales, a través del cual éstas logran mantener y controlar la continuidad con el liberalismo y la discontinuidad. Esto se traduce en los variados inten- tos de los pueblos por redefinir y adaptar la ciudadanía a valores, memorias

y prácticas, verdaderamente distintas a las oficiales, a través de las cuales

mantienen su confrontación con la "modernidad política" (Aniño, 2003). Con la Constitución de Cádiz, al ser reconocido el vecino como el ciuda- dano de la República, a la soberanía abstracta y homogeneizadora se contra- puso en el mismo texto y en la realidad una ciudadanía diferente, de carácter básicamente territorial, que dependía totalmente de las comunidades loca-

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les; con este hecho la comunidad local fue transformada por la Constitución como fuente de derechos políticos, y al ser el indígena un vecino-ciudadano, la comunidad indígena quedó transformada también de facto en esta fuente de derechos constitucionales. Algunos de estos derechos fueron los políticos, a votar y ser votados, y a constituir parte de las instituciones gubernamenta- les de los municipios. En este proceso numerosos municipios fueron consti- tuidos por indígenas y mestizos y mediante sus prácticas del pasado colonial y sus estrategias de apropiación de los nuevos recursos liberales, muchos de estos municipios electivos con el tiempo se transformaron en un poder juris- diccional autónomo,- con esto se otorgó a la ciudadanía el valor de un dere- cho a la constitución de autogobiernos locales (Aniño, 2003). También de aquí emanó la proclamación de municipios soberanos que reivindicaban su derecho a aceptar o no la autoridad de los gobiernos, con base en una libertad no concedida por la Constitución, sino preexistente a ésta.

El municipio liberal, con la posibilidad que ofrecía de reubicar las tierras bajo su jurisdicción, se convirtió en un instrumento de las comunidades para defender- se de los aspectos amenazantes de la igualdad liberal. Tierra, ciudadanía y justi- cia estructuraron de esa manera un sujeto institucional nuevo, distinto del proyectado en la Constitución, expresión directa de los intereses y de las cultu- ras locales mexicanas. Todo este cambio institucional se realizó al margen del control del Estado colonial y de las élites criollas,- fue un proceso autónomo de los pueblos, y por consiguiente alteró no sólo el antiguo orden sino también el nuevo (Aniño, 2003: 74).

En todo este proceso de constitución de la ciudadanía subyace el recono- cimiento de dos esferas distintas, la de la ciudadanía "natural", legitimada por las actas de adhesión de los ciudadanos libremente convocados en asam- blea por los municipios y la "constituida", legitimada por medio del voto. La primera instituida de alguna manera desde las leyes de Indias que reconocie- ron siempre a los vecinos el derecho de reunirse en asamblea para decidir sobre asuntos del bien común-, y la segunda por el principio de representa- ción de la Constitución de Cádiz. De este modo, las comunidades indígenas pasaron a formar parte de la nueva nación republicana, pero basadas en sus propios intereses y creencias, constituyeron otra idea de nación. En la idea de nación que se formula en 1877 corresponde a un esquema bastante complejo que "articula principios modernos con mitos y lenguajes jurídicos de la tradición colonial y del jus- naturalismo católico, pero no del oficial de la tradición escolástica" (Aniño,

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2003). El primer elemento histórico que define la patria-nación indígena mexicana es la legitimidad de los títulos de ocupación del suelo antes de la llegada de los españoles. Resulta interesante que por los elementos aquí vertidos la idea de ciuda- danía que proviene de la tradición indo-mestiza mexicana es una ciudadanía compleja, que involucra elementos de la ciudadanía liberal republicana con elementos políticos y culturales de las comunidades indígenas precolombi- nas. Se trata de una ciudadanía desdoblada en una doble dimensión, como pertenencia a un pueblo y como pertenencia colectiva, comunitaria, a una nación. Sin embargo, es importante destacar que de manera individual, esta ciudadanía no desarrolló un sentido de pertenencia al Estado sino que, por el contrario, reforzó y legitimó su resistencia contra él. Ahora bien, recuperando las dos tradiciones anteriores, encontramos dos vertientes de análisis que les son comunes y que hemos recuperado como líneas de reflexión y observación para la investigación sobre la ciudadanía en los pueblos urbanos en el caso de la ciudad de México. Una es la que refiere a la ciudadanía como pertenencia y que supone un sustrato de identidad que se construye en relación con la comunidad (al pueblo, a la ciudad o al Esta- do); y la otra es la que remite a la ciudadanía como generación de derechos, a la que se consideran acreedores y son reclamados por los miembros de una comunidad: derecho al territorio, a los recursos naturales, a los bienes públi- cos, a la participación en los asuntos públicos, a la diversidad, al patrimonio histórico cultural, entre otros. Hemos asumido a ambas líneas de reflexión como una guía metodológica para la reconstrucción de la ciudadanía en los pueblos originarios.

LOS PUEBLOS EN LA CIUDAD: PUEBLO ORIGINARIO/PUEBLO URBANO

La delimitación de los llamados pueblos originarios implicó un ejercicio de reflexión teórica en dos dimensiones: como categoría analítica y como ele- mento definitorio de la elección de nuestro universo de estudio. Como todo concepto el de pueblo originario tiene una historia, reciente por cierto, ya que según información de Teresa Mora (2009: 27) el término se acuñó en 1996 por los pobladores de Milpa Alta en el marco del Primer Foro de Pueblos Originarios y Migrantes Indígenas del Anáhuac. Con esta noción se asumen como legítimos herederos de los antiguos pobladores del Anáhuac, por lo que tienen derecho incuestionable a su territorio. Pero al mismo tiempo es un término que los distingue de los pueblos indígenas del

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resto del país. En este sentido, el concepto nace cargado de un significado político, ideológico e identitario e implica una delimitación geográfica ya que se refiere exclusivamente a los pueblos ubicados en la cuenca de México. Aparece entonces una primera distinción: entre pueblos migrantes (indí- genas) y pueblos originarios, que se diferencian fundamentalmente por el tipo de demandas que cada uno realiza: en el primer caso -los migrantes- buscan reconocimiento jurídico como comunidades indígenas y representa- ción política como tales; la principal demanda de los originarios se refiere el reconocimiento jurídico de sus formas tradicionales de organización, de su territorio y de sus recursos naturales. Si bien en ambos casos se habla de "derechos políticos" y de "especifici- dad cultural", posiblemente la mayor diferencia entre ellos está en el recono- cimiento jurídico del territorio y los recursos naturales. 1 Pero también hay un plano ideológico e identitario de distinción: los originarios reconocen un pasado prehispánico, pero no se consideran indígenas. Esto es fundamental en el proceso de autoidentification. Esta distinción representa un punto central en su delimitación teórica, 2 ya que conceptualmente no deben ser equiparados los pueblos originarios a los pueblos indígenas, pues sus características, sus problemáticas y sus de- mandas son diferentes. En el proceso de definir a los pueblos originarios como nuestra materia de trabajo, se identificó que la mayoría de los autores que nos precedieron 4 en esta tarea los definieron fundamentalmente a partir de criterios culturales tales como:

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a. Tienen un origen prehispánico reconocido. b. Conservan el nombre que les fue asignado durante la Colonia, com- puesto por el nombre de un santo o santa patrona y un nombre náhuatl; aunque hay algunos casos en el que sólo conservan uno u otro.

'Al respecto véase Pablo Yanes, Virginia Molina y Osear González (2004). 2 Hacemos énfasis en la idea de delimitación teórica pues, como veremos más adelante, sabemos que el concepto tiene una dimensión política que en la actualidad involucra la lucha por su reconocimiento jurídico en la ciudad, lo cual tiene otras implicaciones. 3 La definición de lo indio, ha sido un tema histórico y de debate en la antropología mexi- cana. Desde Gamio hasta nuestros días ha sido sumamente problemático encontrar los crite- rios para definir a los grupos indígenas en México. Pero también representa un problema práctico en la definición de políticas públicas y para la aplicación de programas sociales. A la fecha prácticamente el único que opera es el criterio lingüístico como se utiliza en el censo. 4 Véanse textos como los de Andrés Medina (2007); Sánchez (2006); Mora (2009), entre otros.

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c. Mantienen un vínculo con la tierra y el control sobre sus territorios y los recursos naturales.

d. Reproducen un sistema festivo centrado en las fiestas patronales y organizado a partir del sistema de cargo.

e. Mantienen estructuras de parentesco consolidadas.

f. Tienen un panteón sobre el que conservan control administrativo.

g. Reproducen un patrón de asentamiento urbano particular caracteriza- do por un centro marcado por una plaza a la que rodean, principal- mente, la iglesia, edificios administrativos y comercios.

En la diversidad de pueblos que existen en la ciudad de México -117 según datos de Teresa Mora (2009: 28)- y la complejidad de sus dinámicas con la urbe, condujo a poner en cuestión el sentido del pueblo originario debido a que:

a. No todos los pueblos tienen un origen netamente prehispánico. Mu- chos de ellos fueron creados durante el periodo colonial y casi todos fueron refundados después de la Revolución de 1910.

b. Aún los pueblos de origen prehispánico sufrieron fuertes transforma- ciones durante el periodo colonial y adquirieron estructuras institucio- nales y simbólicas diferentes a lo que se pudiera considerar como "original", es decir, han soportado procesos de hibridación y sincretis- mo que los han llevado a incorporar prácticas y elementos mestizos, transformando así su carácter clásicamente indígena.

c. Asimismo, muchos de ellos han perdido control sobre su territorio y sobre todo de sus recursos naturales (el agua, la tierra, etcétera) lo que los ha despojado de sus principales elementos constitutivos.

d. Y, finalmente, es muy diferente la experiencia histórica de los pueblos del norte de la ciudad que de manera muy pronta se incorporaron a procesos industriales y urbanos, que los del sur, sur oriente y sur po- niente, que conservan una estructura agraria que en ocasiones todavía opera y cuyos procesos de urbanización son sumamente tardíos.

Esta manera de definir a un pueblo originario pronto mostró sus límites, dado que si se quiere comprender la dinámica urbana en su conjunto -que era uno de los intereses primordiales del trabajo- definir un fenómeno social por sus rasgos nos enfrentó a problemas clasificatorios que rápidamente nos ubicaron en los terrenos del escencialismo, la "autenticidad" y lo "genuino", cerrando el concepto e impidiendo ubicarlo en la complejidad de sus redes y sus conexiones con lo urbano.

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Si se toma en cuenta que el desarrollo de la ciudad necesariamente ha impactado, de manera desigual y diferenciable, a los pueblos asentados en la cuenca de México, 5 entonces ¿qué pueblos entrarían en esta clasificación? y ¿qué tipo de criterios históricos, geográficos, demográficos y socioculturales los delimitarían? Al formular la pregunta sobre ¿cómo romper con el escencialismo?, se pensó que la multitemporalidad y la heterogeneidad espacial y la manera en que los distintos actores sociales se hacen cargo de ello, podría significar un acercamiento a un comprensión diferente del fenómeno. El trabajo de campo realizado en las distintas zonas de estudio dio cuen- ta muy pronto de que al respecto existían profundas diferencias, dado que los pueblos se encuentran articulados a la ciudad de muy diversas maneras: al- gunos con procesos de urbanización tempranos y con densidades demográfi- cas muy altas, frente a otros, con una vocación agrícola presente y con pro- cesos de urbanización muy tardía. Pueblos dedicados al comercio y a los servicios, frente a pueblos que combinan las actividades agrícolas con las urbanas,- pueblos densamente poblados -como, por ejemplo, Cuautepec y su entorno con más de 300,000 habitantes- frente a otros que no rebasan los 10,000; algunos que usan el náhuatl frente a otros totalmente monolingües en español; aquellos que reconocen su pasado indígena frente a los que se reconocen sólo como mestizos, entre otros. Estas circunstancias de diferenciación, condujeron a identificar que la manera de romper con el problema metodológico del listado de rasgos con- sistía en analizar aspectos específicos temporo/espaciales, porque es allí -en las formas en que se estructuran y se usan los tiempos y espacios sociales- en donde se construye la diferencia en los lugares urbanos. Se llegó a la conclusión de que un barrio popular, un pueblo, una colonia, una unidad habitacional, un barrio residencial, etcétera, son espacios urba- nos diferenciables, no sólo por su estructura urbana o por los servicios con los que cuenta -que en muchos casos pueden ser similares- sino por la for- ma en que se concibe, se ordena y se consume el espacio, y por la forma en que se ordena la vida (organización temporal). En esta perspectiva, la reproducción de las diferencias culturales entre los grupos sociales -en este caso urbanos- se da entonces, "en función del uso, la organización y el control que se ejerce sobre el tiempo y el espacio" (Aguado/Portal, 1992: 69).

5 La cuenca tiene distintas regiones, que a grosso modo se divide en una lacustre, una serrana y una de valle.

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TIEMPO Y ESPACIO

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De esta manera, la definición de pueblos originarios, más que a partir de un cierto tipo de rasgos, como señalamos antes, se tendría que dar en función de la manera específica en que éstos ordenan sus tiempos y sus espacios. De aquí derivan algunas preguntas, como: ¿cuáles son los ejes centrales de ese ordenamiento? ¿Cuál es la historia de dicho ordenamiento? ¿En qué se dis- tingue de otros espacios urbanos? Para hacer operativas estas reflexiones retomamos la idea de Guadalupe Valencia cuando plantea que:

El tiempo es la manera en que existimos. Por eso desaparece cuando cesa nues- tro estar en el mundo: somos tiempo. El tiempo es la cualidad misma de la existencia, es su forma de estar; de ahí que su nombre se enmascare y se con- funda con los de las cosas a las que hace existir. Acaso el tiempo no sea sino "una redundancia de la realidad en su devenir". 6 Una manera de ser de las cosas que se oculta en la penumbra del lenguaje,- que se enmascara y se nos escapa cada que pretendemos atraparlo (Valencia, 2010).

En este sentido, el tiempo se puede pensar en dos vertientes: como historia -que implica un orden cronológico-; y como ritmo de vida -asociado a ciclos. Por otra parte, el espacio es concebido más que como un "contenedor" de las prácticas sociales, como una red de vínculos de significación que se establece al interior de un grupo social con las personas y las cosas, mientras que el tiempo sería el movimiento de esa red, con un ritmo, una duración y una frecuencia (Aguado/Portal, 1992: 72). Estos supuestos evidencian una dis- tancia con las definiciones esencialistas, al hacer énfasis en los procesos y en la constructividad del espacio. Retomando a Doreen Massey, consideramos que "el espacio es necesariamente parte integral de ese proceso de construc- ción y también un producto del proceso" (Massey 2005: 107). Como conte- nido y contenedor de las prácticas sociales el espacio es un marco desde donde se organizan las prácticas, pero es también lo que significan esas prác- ticas ordenadas culturalmente:

Todo grupo social construye y se apropia del tiempo y del espacio, modificándo- lo y construyéndose a sí mismo en el proceso, a partir de un capital cultural determinado (Aguado/Portal, 1992: 69).

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Para Massey el espacio es la dimensión que hace posible la existencia de la multiplicidad, de la diversidad, y enfatiza la importancia de reconocer la espacialidad de la vida social como lugar de relaciones, interacciones, en- cuentros y desencuentros, que intervienen en la construcción de la historia de comunidades diferentes. En este punto es importante distinguir entre territorio y espacio. Para Pa- tricia Ramírez Kuri (2009), el espacio se había entendido como una noción abstracta que alude a la extensión física de una superficie sin límites precisos, sin embargo, al concebirlo como construcción social y cultural, se entiende entonces como un lugar permeado de intención, de acción y de significado, en contextos y circunstancias históricas específicas. Mientras tanto, el territorio, como categoría concreta, alude a las formas de apropiación y valoración de un espacio determinado. De acuerdo con Gilberto Giménez:

el territorio resulta de la apropiación y valoración de un espacio determina-

do [

mientras que en

el segundo se destaca el papel de territorio como espacio de sedimentación sim-

bólico cultural, como objeto de inversiones estético afectivas o como soporte de

las necesidades económicas, sociales

y políticas de cada sociedad [

ciales que lo atraviesan; [

] proyectan

sus concepciones del mundo. Por eso el territorio puede considerarse como zona

de refugio [

ecológico privilegiado, como objeto de apego efectivo [ (Giménez, 2000: 24).

como 'geosímbolo'

identidades individuales y colectivas. [

puede ser de carácter instrumental-funcional o simbólico ex-

[ ]

],

esta [

]

presivo. En el primer caso se enfatiza la relación utilitaria [

]

]

]

su producción está sustentada por las relaciones so- el territorio es también objeto de operaciones sim-

]

bólicas y una especie de pantalla sobre la que los actores sociales [

]

pero también como paisaje, como belleza natural, como entorno

]

Consuelo Sánchez Rodríguez, por su parte, considera que la historia es un instrumento de la geopolítica de todos los pueblos, y "no es posible com- prender el significado que tiene el territorio para los pueblos originarios sin tomar en cuenta su propia percepción histórica del mismo"; por lo que el eje es la representación histórica de la territorialidad (Sánchez Rodríguez, 2006:

13). Esta idea obliga a profundizar sobre los contextos históricos de los pue- blos, como elemento central de su definición. En función de lo anterior, cabe preguntarse ¿cuál es la forma específica en que los pueblos de hoy articulan y ordenan sus tiempos y sus espacios?; y esta pregunta es pertinente porque las referencias al tiempo y al espacio no sólo los van a diferenciar de otros espacios de la ciudad, sino son algo que

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también les permite distinguir sus especificidades frente a otros pueblos. Entonces, ¿cómo concretar los conceptos de tiempo y espacio haciéndolos operativos para los propósitos de esta investigación? A partir de aquí se definieron cuatro planos para ordenar el material obte- nido en campo: espacio social / territorio; historia / ritmos, todo ello en el or- denamiento de la vida cotidiana. Estos planos pensados no como estancos cerrados, sino a partir de sus interacciones y conexiones hacia adentro (al in- terior del pueblo) y hacia fuera (en relación con la dinámica urbana). A partir de ello se buscó generar procesos relativamente homogéneos que permitieran hacer ejercicios de comparación entre los pueblos elegidos para esta investiga- ción, observando aquellas variables constantes y aquellas cambiantes. Fue en ese marco en que realizó una revisión de las primeras definiciones de pueblo originario, reenfocándolas desde la perspectiva temporo espacial. Como parte de la discusión interna del proyecto se realizaron diversos ejercicios reflexivos que generaron documentos de discusión interna. En ese marco, Iván Gomezcésar (2010) formuló una propuesta de definición de pueblo originario en el contexto de la discusión de la recientemente elabora- da "Ley Indígena y de Pueblos Originarios de la ciudad de México". A partir de su reflexión se distinguen cuatro aspectos definitorios de los pueblos ori- ginarios en torno a los cuales es posible articular los planos antes propuestos y vislumbrar algunas de sus características nodales, utilizando los ejes de tiempo y espacio como parámetros de reflexión:

1. Tienen como base un conjunto de familias autoidentificadas como originarias; esto se expresa en la predominancia de algunos apellidos que son claramente identificables.

Es decir, tienen una historia que parte de las redes de parentesco, que se constituye en una suerte de mito de origen y que permea la organización territorial (ya que generalmente los originarios ocupan las partes centrales del pueblo). Esta es una diferencia fundamental frente a otros espacios urba- nos en donde el parentesco no tiene una función fundacional. El parentesco se constituye en parte del espacio social y del territorio. Lo cual nos lleva a que:

2. Poseen un territorio en el que se distinguen espacios de uso comuni- tario y para desarrollar la vida ritual. Una parte de los pueblos poseen terrenos agrícolas o forestales en forma de ejidos, propiedad privada o comunidad agraria y por tanto su noción de territorio es clara. Pero

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incluso en aquellos pueblos que han perdido sus terrenos y han queda- do reducidos a medios urbanos, existe una idea de espacio originario, en el que se identifica un centro y otros espacios comunitarios, entre los que las más de las veces se cuenta la iglesia o capilla, la plaza, el mercado y el panteón.

Aquí el territorio está ordenado a partir de visiones de mundo específicas -en donde se mezclan no sólo lo prehispánico con lo colonial, sino también elementos contemporáneos característicos de la llamada modernidad- gene- rando un patrón de asentamiento urbano particular.

3. Su continuidad está basada en formas de organización comunitaria y un sistema festivo, que tiene como elemento central un santo o santa patrona. En el sistema festivo pueden apreciarse elementos culturales de origen mesoamericano, colonial y una permanente capacidad de adaptación a las nuevas influencias culturales de su entorno, que no se reducen a los elementos religiosos.

Espacio y organización están totalmente articulados. La fragmentación de los espacios y de la vida social, característicos de muchos de los espacios urbanos, para el caso de los pueblos adquiere una dinámica diferente. El terri- torio es ritmado por la organización festiva, la cual no es un apartado de la vida (un momento de excepción) sino es la vida misma.

4. Las festividades religiosas y cívicas cumplen la función de generar li- derazgos en torno a los nombrados para ejercer los cargos, y para el colectivo es el medio para refrendar la pertenencia al pueblo, contribu- yendo a la continuidad de las identidades locales. El santo patrón y otras deidades son la base a partir de las cuales se establecen nexos duraderos con otros pueblos.

En este punto se vislumbra la dimensión política de lo antes dicho: el poder no sólo atraviesa la vida social sino que se articula a las estructuras tradicionales (al sistema de cargos) al mismo tiempo que se articula a las instancias del régimen político y de la ciudad. Dicho de otra manera, las estru- cutras de poder pasan por las redes de parentesco, constituyéndole en un rasgo particular del poder local. Esto genera una concepción diferente del mismo y una lógica de gobierno distinta en donde lo comunitario prevalece sobre lo individual y la estructura de parentesco obliga a una lógica que po-

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dríamos llamar de "cara a cara" y procesos de rendición de cuentas en donde se juega mucho más que un puesto: el prestigio, la pertenencia, el reconoci- miento. Recapitulando sobre lo antes expuesto, consideramos que es necesario repensar y distinguir el concepto de pueblo originario en dos sentidos: como concepto teórico y como propuesta política. Como propuesta política tiene su propia agenda cuyo resultado más visi- ble hasta ahora es la Ley Indígena y de Pueblos Originarios de la ciudad de México, y el reconocimiento de estos pueblos en la reforma más reciente de la Ley de Participación ciudadana. Aquí el uso de la noción de "originario" ad- quiere sentido en la medida en que se reclama un territorio, recursos, reco- nocimiento y visibilidad frente a las instancias gubernamentales de la ciu- dad. Como concepto teórico, que tendencialmente ha sido construido desde la mirada esencialista, como se señaló antes, presenta algunos problemas. De ellos, el que resulta más difícil de resolver es el que nos ubica en un es- cenario en donde se favorece la comprensión "cerrada" de pueblo originario. Esta tendencia no sólo dificulta la construcción analítica de las redes y las interconexiones entre los espacios urbanos, sino que nos impide compren- der las cambiantes dinámicas políticas y sociales a su interior, así como los procesos históricos que han conformado las profundas diferencias entre pue- blos de la misma ciudad. Es decir, impide ver el cambio, el conflicto y las transformaciones, así como los vínculos con lo urbano. El término mismo de originario contiene aspectos esenciales o esencia- listas de la identidad ya que implica procesos de autenticidad, imposibles de resolver y que conducen a preguntas tales cómo ¿desde dónde se construye esa autenticidad?, ¿quiénes son los depositarios de ésta?, ¿desde dónde y cuándo se determina el origen? Como investigadores es necesario tomar distancia de este proceso para ubicarlo en otra dimensión, como parte de los fenómenos urbanos. Sin em- bargo, no se puede hacer caso omiso de su existencia política, ideológica y simbólica. Si políticamente constituye una realidad social es necesario con- siderarlo y atenderlo. Pero, ¿cómo redimensionarlo para romper con la idea esencialista que conlleva el mismo término de "originario"? Una posibilidad es acudiendo al concepto de identidad, en la medida en que entendemos lo "originario" como parte de las identificaciones que los pueblos hacen sobre sí mismos. Se trata del reconocimiento de un punto de partida colectivo que les permite resignificar el pasado y que se constituye en una identificación social a través de la cual reconocen su pertenencia y asu-

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men un lugar en el mundo, al tiempo que son reconocidos por otros en ese lugar. Es pues una práctica de espaciación. Cabe señalar que este concepto de originario no se contrapone al de ur- bano. Los pueblos originarios son preexistentes a la condición urbana actual, de allí que son considerados sin duda como originarios. Sin embargo, hasta mediados del siglo xx se desarrollaron también en una dimensión rural. La transformación de fondo se da a partir de la relación contemporánea con la ciudad. Si bien lo que les da identidad es el vínculo con la tierra, esta tierra cambia de sentido convirtiéndose en lugares, que muchas veces pasan a ser lugares urbanos. Lo anterior nos llevó a preguntarnos si una característica del pueblo es entonces lo rural. Al respecto consideramos que:

a. La relación de los pueblos con la ciudad no se da sólo por la urbani- zación. 7

b. La connotación de ciudad igual a moderno, y pueblo igual a rural no opera de manera absoluta. Aquí no se entiende lo rural como lo opues- to a lo urbano, se refiere a procesos tales como tipo de actividades económicas, la introducción de los servicios y la transformación de la vivienda, entre otros.

c. El crecimiento de la ciudad no implicó sólo la incorporación de los pueblos de manera pasiva, es decir, se desarrollaron diversas estrate- gias de inserción.

d. También es necesario tomar en cuenta la dinámica del crecimiento interno de los pueblos y sus necesidades específicas. El proceso urbano in- terno no es necesariamente urbanización.

Ahora bien, es importante tener presente el contexto en el que se gene- ran estos procesos identitarios, la ciudad de México; de ahí que no estemos hablando entonces de cualquier proceso identitario, sino de procesos ancla- dos histórica, económica y culturalmente en la vida urbana. Es decir, en territorios históricamente construidos y apropiados con relación a procesos urbanos específicos, lo que les otorga formas particulares de entender, ordenar y sig- nificar los tiempos y espacios sociales. Esto condujo a considerar y proponer

7 Es importante distinguir entre lo urbano y la urbanización. Lo urbano se refiere a los procesos internos que vinculan actividades propias del pueblo con prácticas citadinas, mien- tras que la urbanización se refiere a aquellos indicadores que dan cuenta de actividades eco- nómicas de mejoramiento de los niveles de bienestar y de la vivienda e inmuebles del pueblo, consolidación de las vías de comunicación, etcétera.

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la utilidad y pertinencia de hablar entonces de pueblos urbanos, definidos éstos no a partir de rasgos inamovibles, sino de procesos identitarios en construcción continua, en movimiento, que se insertan en los procesos de la ciudad. Al identificar la inserción de los pueblos en la ciudad, surge de inmedia- to el tema de la pertenencia y la problemática de la construcción de ésta en el contexto de la ciudad. En este sentido, el ordenamiento temporo/espacial es uno de los fundamentos de la cultura porque implica la construcción de las formas de pertenencia y conlleva la delimitación del adentro y del afuera, de las fronteras simbólicas de adscripción: es decir, los procesos identitarios. De aquí que se considerara necesario abordar además de la dimensión polí- tica de la pertenecía, que implica la condición de ciudadanía, la dimensión cultural, que supone la condición de identidad. Es desde la identidad como se define el concepto de pueblo urbano, ya que es una categoría que permite hacer operativos los elementos constitutivos de la ciudadanía.

ACERCA DE LA IDENTIDAD

El concepto de identidad se integró como un tema eje de la discusión, dado que existen diversos mecanismos mediante los cuales los pueblos urbanos se construyen a sí mismos y se distinguen tanto de otros pueblos como de otros espacios de la ciudad. Pero, ¿qué implicaciones metodológicas y teóricas ten- dría esta propuesta? ¿Desde qué perspectiva trabajar un concepto tan com- plejo y discutido como el de identidad? En este sentido, es importante puntualizar brevemente el concepto de identidad, como uno de los rasgos distintivos de los pueblos. Se parte de la idea de que la identidad refiere a un constante proceso de identificaciones que reproduce un grupo social a partir de sus experiencias históricas. Es un proceso que se recrea permanentemente a partir de prácticas culturalmente determinadas y que tiene que ver con tres aspectos centrales:

1. La permanencia en el tiempo: es decir, los mecanismos y estrategias culturales que garantizan la supervivencia, individual y colectiva.

2. La distinción: que se refiere a los procesos de diferenciación frente a otros.

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La identidad no es un objeto, ni un conjunto de rasgos predeterminados, como una fotografía que queda grabada de manera permanente. Es un proce- so cambiante, que se recrea a través de la memoria de individuos y grupos, y es siempre relativo: los individuos nos definimos -en lo individual como en lo colectivo- con relación al afuera, en contraste y oposición a otros, y en cir- cunstancias específicas. Se trata de un concepto que tiene que ver con la idea de unidad -sin la cual no puede pensarse ningún proceso identitario- pero de una unidad "re- lativa" que se descompone y se recompone de manera continua en, por lo menos, dos ejes: el que vincula lo individual a lo colectivo y el que vincula la estabilidad al cambio. En este sentido, el proceso identitario se gesta siempre en dos planos:

• Plano individual (que siempre será nuestro inevitable punto de parti- da) que es el de la identidad como experiencia, como vivencia corporal, la cual se construye desde nuestra individualidad.

• Plano social, colectivo, que implica la memoria como construcción social, a partir de un marco cultural particular, en donde se encuen- tran inmersos los sujetos.

A través de esta reproducción en dos planos -distinguibles pero total- mente imbrincados- grupos e individuos garantizan la permanencia en el tiempo, la generación de identificaciones culturalmente determinadas y con ello la adscripción. Finalmente, a partir de esa adscripción se produce la di- ferenciación frente a otros. Ahora bien, para el análisis de la identidad es fundamental el concepto de identificación. La identidad social se recrea a partir de la forma concreta en que las colectividades se construyen, se recrean y se apropian de las iden- tificaciones sociales. (Portal, 1997). Es a partir de ellas como los sujetos re- conocen sus semejanzas con los miembros de su grupo, al tiempo que se distinguen de los sujetos de otros grupos; se construyen así a partir de un doble movimiento: de "adentro" hacia "afuera" y de "afuera" hacia "aden- tro", en razón de la capacidad de interpelación que tengan "adentro" los significados gestados "afuera". Estas identificaciones conformadas a partir de experiencias concretas históricamente determinadas varían en el tiempo. Esto se traduce en pre- guntas tales como: ¿cómo me ven los otros? ¿de qué manera me nombran?; y de esas identificaciones ¿con cuáles me quedo o cuáles de ésas influyen en la manera en que me miro a mí mismo y cómo me considero en relación al

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grupo social? Es en este sentido que definimos la identidad como un "proce- so de identificaciones históricamente apropiadas que le confieren sentido a un grupo social y le dan estructura significativa para asumirse como unidad" (Aguado/Portal, 1992 :47). La capacidad de autoidentificación y de apropiación de las identificacio- nes ajenas se gesta en un proceso histórico en el cual el grupo se autodefine y es definido por otros en contextos sociales y culturales específicos, muchas de las veces anclados a territorios concretos, de tal suerte que a partir de es- tas identificaciones se van conformando los sujetos sociales y se van incor- porando los cambios. Estos procesos de identificación social son procesos ideológicos, es decir, que se realizan en prácticas sociales. Las identificaciones se constituyen en evidencias sociales al ser apropiadas grupalmente y en este proceso se con- vierten en parte constitutiva de la ideología y de la cultura. 8 En este contexto, la identidad se construye en lo concreto, y requiere de procesos selectivos. No la podemos pensar como algo definible de una vez y para siempre: se define en momentos históricos específicos a partir de prác- ticas concretas. Si esto es así, hay que reflexionar en torno a ¿cuáles son las identificacio- nes sociales que distinguen a los pueblos de la ciudad? ¿A partir de qué ejes históricos construyen su pertenencia? ¿Cómo se transforman éstas en el tiempo? ¿Cómo se anclan al espacio? Se puede pensar pensar que la primera identificación que los define es la idea de pueblo. El origen está amarrado al lugar -simbólico y real- que es más que un territorio: es el espacio social en donde se tejen todas las relacio- nes sociales. Como construcción identitaria -en movimiento- en la definición de pueblo encontramos más que tiempos cronológicos, tiempos cíclicos, regu- lados por el ciclo festivo, a partir de la idea contrastante del antes y el ahora. Esto no quiere decir que no haya la noción de historia -con su consecuente cronología- sino que el énfasis está dado en el mareaje del ciclo ritual que ordena la vida y le da sentido.

8 En el libro Identidad, ideología y ritual se desarrolla ampliamente el concepto de eviden-

cia ideológica, la cual, en síntesis, proponemos como: "

entran en juego lo somático y lo cultural, que si bien se nutren de la experiencia inmediata, la transforma en una representación para los individuos de dicha cultura ya que es útil para la

acción sin ser explicativa del fenómeno" (Aguado/Portal, 1992).

una unidad inseparable en donde

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El pueblo representa igualmente el origen, el punto de partida. Allí tam- bién encontramos movimiento. El origen es referencia de momentos distin- tos e imbricados: lo prehispánico, lo colonial, lo contemporáneo. Pero la pertenencia se delimita también a partir de la noción de parien- tes. Se es en función del territorio, pero fundamentalmente en función de las familias que lo pueblan. Las relaciones de parentesco le dan solidez y estruc- tura a la organización social, lo cual les provee de una columna vertebral sólida a partir de lo cual tejen sus redes hacia fuera y hacia adentro. Los ejes territorio/parentesco/sistema ritual, genera formas específicas de organización, representación y participación atravesadas por el plano político. Es desde allí desde donde se construyen los derechos y obligaciones bajo la lógica de la reciprocidad y las necesidades de la comunidad. Esta conciencia de lo colectivo, de lo comunitario, es incomprensible sin los ejes anteriores. Todo ello se materializa a través de prácticas cotidianas que se constitu- yen en estrategias culturales, que garantizan la permanencia en el tiempo -de generación en generación- y generan referentes concretos que les permi- ten distinguirse de otros y reconocer su lugar en el mundo. La identidad en tanto proceso en movimiento, favorece romper las esen- cias, para comprender los constrastes y las redes que a partir de ellos se construyen.

REFLEXIÓN FINAL

Los hallazgos durante este proceso de investigación llevaron a cuestionar el bagage teórico inicial y a reconceptualizar los puntos de partida. Un elemen- to sustantivo en este proceso lo constituyó la interdiscicplina que modificó las miradas disciplinarias -histórica, antropológica, sociológica, socio territo- rial y política- de cada uno de los participantes. La interdisciplina permitió observar el fenómeno de estudio desde una dimensión múltiple e integral y a replantearnos tanto la manera en que se concibió el problema inicialmente como la posibilidad de incorporar nuevos elementos analíticos. Un ejemplo de ello fue la ampliación de la dimensión territorial hacia aspectos tales como las fronteras físicas y simbólicas, la mirada de región, las formas de propiedad y tenencia de la tierra, más complejas y profundas de lo que se consideró en un inicio. Otros aspectos relevantes, fueron el cuestionamiento de las nociones pre- vias iniciales en su dimensión atemporal y transespacial, así como la com- prensión de las tensiones y dinámicas en las redes sociales entre pueblos y

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ciudades y la manera en que éstas se construyen. De igual manera, resultó importante poder marcar y explicar la diferencia entre lo urbano y la urbaniza- ción, que tendencialmente se han entendido como expresiones equivalentes. Desde luego hubo preguntas que no se consiguieron responder a cabalidad y se identificaron aspectos que sin duda requieren continuarse trabajando; particularmente el referente a la visión esencialista en torno al concepto de pueblos originarios y el que refiere a la tensión entre lo rural y lo urbano. Entre otras, queda pendiente una tarea central: la elaboración de una propuesta de tipología de los pueblos urbanos que permita a los estudiosos del tema encontrar elementos de contraste y comparación, con un marco teórico desde donde sustentarla. Finalmente, resulta importante plantear la necesidad de la realización de un censo, que permita profundizar sobre el número de pueblos realmente existentes en la ciudad de México y el número de habitantes que congregan en conjunto, para comprender cabalmente su peso demográfico y su valor político y cultural en el contexto de la ciudad capital.

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Capítulo 2

LOS PUEBLOS DEL DISTRITO FEDERAL, UNA RECONSTRUCCIÓN TERRITORIAL

MARÍA SOLEDAD CRUZ RODRÍGUEZ, ALEJANDRA MORENO, LETICIA CRUZ RODRÍGUEZ Y MARISOL GUTIÉRREZ

EL POBLAMIENTO TRADICIONAL Y LA DIMENSIÓN TERRITORIAL EN LA URBANIZACIÓN RECIENTE

Uno de los primeros problemas para explorar el papel de los pueblos en el terri- torio metropolitano es el hecho de que las fuentes actuales que dan cuenta de las características socio demográficas de la población urbana en la ciudad de México no reconoce figuras de poblamiento como colonias, fraccionamien- tos, barrios, pueblos, etcétera. Toda la información que se procesa y sistemati- za el INEGI 1 homologa toda la diversidad del poblamiento en las AGEB urbanas, 2 que a fin de cuentas se convierten en una delimitación física arbitraria que sólo da cuenta de la cantidad de población, sus características socioeconómi- cas y de la superficie que se densifica en el crecimiento urbano. Las características y diferencias de las formas de poblamiento de la ciu- dad, desde la década de los ochenta, se han elaborado a partir de trabajos realizados por investigadores urbanos interesados en este tema y por instan- cias del gobierno de la ciudad dedicados a políticas urbanas de carácter social. De esta manera, la configuración del territorio en la zona metropolitana de la ciudad de México ha sido abordada fundamentalmente desde la investiga- ción académica y de alguna manera ha sido retomada por instancias de go- bierno, en las que el perfil social y político de sus intervenciones ha requeri- do de elementos que expliquen la diversidad de intereses y de identidades (barriales, de los pueblos, de las colonias) urbanas. Esta situación en el caso

'Instituto Nacional de Estadística Geografía e Informática. 2 La AGEB es la unidad que el INEGI define para contabilizar la población urbana del país.

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de los pueblos ha dividido su presencia en el espacio urbano en torno a dos dimensiones: la territorial y la relacionada con la histórica identitaria. 3 Este trabajo abordará fundamentalmente la parte territorial. La premisa desde la dimensión territorial para estudiar el papel de los pueblos esta constituida por los antecedentes prehispánicos y coloniales que imponen sus rasgos en el proceso de metropolización de la ciudad de México a partir de la mitad del siglo xx.

LOS PUEBLOS EN LA HISTORIA TERRITORIAL DE LA ZONA METROPOLITANA DE LA CIUDAD DE MÉXICO

La presencia de los pueblos en el valle de México es un antecedente histórico fundamental que marca las características del poblamiento de este territorio una vez consumada la conquista. El eje organizador del poblamiento en la Colonia inició con la separación entre ciudades para españoles y pueblos de indios. Durante los siglos xvi, xvn y todavía hasta el xvm, este criterio de segregación étnica determinó las zonas colonizadas por los españoles y la reorganización territorial de las zonas más pobladas en aquel entonces. En esta reorganización del poblamiento, los españoles retomaron algunas de las formas que los antiguos mexicas habían utilizado para ejercer el dominio político y tributario de los pueblos dominados en diferentes territorios. En este contexto, se retoma el concepto de altepetl que había sido el eje central de la organización de los pueblos en la época prehispánica. En térmi- nos generales, el altepetl refería a un territorio constituido por varios compo- nentes llamados calpullis y a un gobernante dinástico denominado tlaotani. Se trataba de una figura de gobierno socioterritorial, ya que varios calpullis (cuatro, seis, siete o hasta ocho) conformaban un altepetl. Cada calpulli te- nía un gobernador y un origen étnico relacionado con un linaje, sin embargo había un orden jerárquico relacionado con la importancia o el dominio de un "tlatoani mayor". De esta manera aunque existían varios tlatoanis, siempre había uno al que se subordinaban los demás; el tlatoani más importante era el encargado de recoger el tributo y entregar la parte correspondiente a otro

3 Esta dimensión ha sido retomada fundamentalmente por antropólogos y politólogos que han retomado la historia de los pueblos como eje central para explicar la sobrevivencia de prácticas sociales comunitarias, que se reflejan en las fiestas religiosas, de inmuebles y plazas con valor histórico, y de espacios en los que existen intereses políticos heterogéneos derivados de las particularidades propias de la estructura de la población del pueblo (como la distinción entre nativos y avecindados).

LOS PUEBLOS DEL DISTRITO FEDERAL

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tlatoani de mayor jerarquía, de otro altepetl. Se trataba de una organización administrativa territorial, que respetaba la organización interna y los gober- nantes de cada calpulli. Además consideraba una organización de la tenencia de la tierra que garantizaba la propiedad del gobernante y las propiedades de los calpullis para satisfacer las necesidades de la población y pagar el tributo. En este sentido, a la llegada de los españoles la población indígena estaba organizada en "altepetls complejos" con la organización ya referida (Lochart,

1999).

Es importante señalar, que para los indígenas esta forma de organización político territorial no implicaba la referencia a la existencia de núcleos urba- nos. Con la reorganización Colonial, los españoles tenían como referencia inmediata la existencia de asentamientos humanos que se definían de acuer- do al número de población que vivía en ella y se clasificaban en villas, ciuda- des, aldeas. El altepetl es reconocido por ellos como una organización de personas que domina un territorio y que definen como pueblo, y que por lo tanto se diferencia de las ciudades y villas. Así la estructura territorial y de gobierno de los altepetls se retomaron y se reconocieron como los pueblos de indios. Un altepetl como cabecera se constituía por los ithuaüi (vecindades) y calpulli (barrios) de un territorio que generalmente tenían algún origen común. A lo largo de este periodo, a las subdivisiones de los pueblos indíge- nas se les llamó barrios porque habían quedado fuera de la ciudad española; estos barrios continuaron asignados a sus cabeceras [altepetl). Los españoles definieron como "cabeceras" a los elementos que correspondían a los "alte- petls mayores" y como "sujetos" a los que correspondían a los altepetls su- bordinados denominados barrios o estancias (Gibson, 1967). De esta manera, el poblamiento del territorio de México quedaría deter- minado por: la conformación de núcleos de población urbana definidos de acuerdo a las legislaciones españolas tradicionales y la población "rural" constituida por los pueblos de indios. Estos últimos lograron mantener su estructura relacionada con el linaje, la organización jerárquica de diferentes gobernantes (también denominados caciques) y la "relativa autonomía" del manejo de los recursos proporcionados por la corona española (tierras de los pueblos) para pagar los tributos. En suma, para algunos historiadores se tra ¿ ta de la formación de dos repúblicas: la española (concretizada en el territo^ rio en ciudades y villas) y la indígena, constituida por los pueblos [altepetls) (Cruz, 1991). Durante los tres siglos coloniales esta organización de pueblos se man- tuvo con algunos cambios. En el siglo xvr prácticamente se mantuvo el pa- trón de distribución territorial de la población indígena, y la organización del

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altepetl permaneció en tanto se logró traducir en términos administrativos la jerarquía de los diferentes gobernantes de los pueblos. En el siglo XVII la drástica disminución de la población indígena intensifica la política españo- la de congregaciones, 4 cuestión que genera la desaparición de altepetls y la concentración de la población en otros pueblos. Este proceso determinó el reforzamiento de las cabeceras, para lo cual se dieron nuevos criterios para diferenciarla de manera sustancial de sus "sujetos". Es importante mencio- nar que este sistema de cabeceras y sujetos fue retomado por la Iglesia para fortalecer la labor de evangelización de los indígenas. Así se introducen una serie de elementos que dieron paso a una transformación del espacio del pueblo cabecera, como la construcción de mercados, iglesias, plazas, traza inicial cuadrangular, etcétera Estos cambios espaciales así como la estabili- zación y recuperación demográfica de la población indígena, con el paso del tiempo, ya en el último siglo colonial, llevó a que también los pueblos se definieran en función del número de población residente, cuestión que des- plazó el concepto socio territorial del altepetl. Para terminar con este breve recorrido del periodo colonial, es importan- te resaltar que los pueblos de indios tuvieron tierras que podían ser dedica- das al cultivo, al pastoreo o a los usos comunes de la población (corno la re- colección de carbón entre otras cosas). La estructura de la propiedad de los pueblos no se basó en la propiedad individual sino en una propiedad "comu- nal" ya que la gestión, uso y posesión de las mismas radicaba en el núcleo denominado pueblo. De esta manera, la propiedad de la tierra también se vinculó con los elementos políticos del altepetl y con las prácticas comuni- tarias tradicionales en los pueblos de indios. Por otra parte, también es necesario llamar la atención sobre la organiza- ción territorial de esta época que tuvo como eje vertebral la separación tajan- te entre las ciudades como núcleos urbanos y la población indígena organi- zada en cabeceras y sujetos. Ambos con leyes diferentes y con formas de gestión administrativa relacionadas, en el primer caso, con el gobierno de las ciudades y, en el segundo, con la recaudación eficiente de los tributos indíge- nas, pero que reconocía la autonomía de la administración de los pueblos. Hacia el siglo xvm con la consolidación de las haciendas y ranchos aparecen nuevos pueblos que no tendrán relación alguna con el altepetl originario.

4 Ante la radical disminución de la población indígena hacia el siglo xvn, la Corona espa- ñola realiza una política de poblamiento tendiente a "congregar" a los indios que habían so- brevivido en un solo pueblo. Esto determinó una movilidad importante de la población indí- gena, la desaparición de pueblos y tierras, y la consolidación de otros.

LOS PUEBLOS DEL DISTRITO FEDERAL • 31

LA PÉRDIDA DE LA AUTONOMÍA DE LOS PUEBLOS Y LOS CAMBIOS TERRITORIALES

El siglo XIX y la construcción de una nación independiente inició con una cla- ra ofensiva contra los pueblos y sus tierras. La derogación de la República de indios y la reorganización política administrativa del territorio en torno al municipio transformó de manera radical la situación de los pueblos. La igual- dad de derechos políticos entre españoles e indios significó la incorporación de los pueblos a las reglamentaciones político-administrativas que se generaron en torno a la construcción de la República. En este sentido, la prohibición de que las corporaciones (dentro de las cuales estaban consideradas los pueblos) tuvieran propiedades implicó la pérdida de gran parte de las tierras de los pue- blos, sólo lograron mantener aquellas que correspondían al fundo legal del pueblo. Algunos pueblos dividieron sus tierras en propiedades individuales y lograron mantenerlas (como en el caso del pueblo de Los Reyes la Paz en el Estado de México, y de Santo Tomás Chiconautla en Ecatepec), sin embargo esta estrategia no se generalizó, por lo que prácticamente se despojó a los an- tiguos pueblos de indios de sus tierras (Cruz, 2001). Además de la pérdida de las tierras de los pueblos, otro elemento importan- te que desarticuló los vínculos entre los pueblos fue la reorganización político- administrativa. Si bien al final del periodo colonial el declive de la organización cabecera-sujetos era un hecho, la relación de prácticas sociales comunes (en

torno a las fiestas religiosas, y la "gestión comunitaria de los bienes del pueblo")

y la vinculación territorial entre los pueblos era inegable. Con la organización

municipal como célula de la organización política adniinistrativa se inician una serie de cambios en la delimitación territorial que trastornaron los vínculos es- tablecidos por los pueblos durante siglos. Si bien se mantiene la figura de cabe- cera, y algunos pueblos obtienen esta categoría (de hecho hay vestigios de algu- nos pueblos que logran convertirse en municipios) (Lira, 1983; Mora, 2007),

ésta asume una serie de tareas administrativas y de centros de actividad comer- cial importante. Los pueblos son considerados en tanto que forman parte de un territorio municipal en el que tienen que pagar impuestos y formar parte de los

diferentes niveles de la estructura política que va del gobierno central, al estatal

y al local; y si todavía fueran propietarios de tierras, estas pasaban directamente

a formar parte de las propiedades municipales (Lira, 1983). En el caso del Distrito Federal hubo otro tipo de cambios, la creación territorial de un Distrito que albergara al gobierno central de la República implicó cambios de delimitación territorial y de pertenencia para los pue- blos. La definición de los límites tuvo cambios importantes desde su crea-

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ción en 1828 hasta la definitiva en 1898 e involucró los territorios de los estados de México y Morelos. Esto implicó que muchos pueblos que habían esta- do ubicados en el Estado de México pasaran a la jurisdicción del Distrito Federal (Mora, 2007). Además de la indefinición territorial del Distrito Fede- ral en este periodo, la organización política administrativa tuvo muchos vaivenes relacionados directamente con las vicisitudes de la organización política del país. En estos años existieron diferentes modalidades de organi- zación del territorio, se crearon departamentos, después distritos, prefectu- ras, municipalidades. El periodo es confuso y la historia está por hacerse (Herrera, 2000). De manera aparente esto sólo significaba para los pueblos el pago de im- puestos y contribuciones en otro territorio. Sin embargo, dado las relaciones, redes y prácticas sociales y culturales de los pueblos generadas durante siglos en torno a la figura cabeceras-sujetos, esto no fue asimilado durante mucho tiempo. El mismo proceso sucedió al interior del Distrito Federal cuando de la delimitación de las municipalidades que prevaleció durante el siglo xix hasta 1928, se pasó a la creación de las delegaciones, con límites muy distintos a las municipalidades precedentes. Esto, de igual manera que en el caso ante- rior, provocó que pueblos cabecera que pertenecían a la municipalidad de Coyoacán pasaran a la delegación Iztapalapa (como Culhuacán), o de perte- necer a Xochimilco al otro día estuvieran en Milpa Alta. Otro tipo de casos fue cuando algunos barrios que se relacionaban con pueblos cabecera fueron separados de manera artificial por la delimitación territorial. Con el creci- miento del área urbana y de los mismos pueblos, estos cambios han genera- do problemas referidos a los límites de tierras de los pueblos que trascienden la delimitación física delegacional. Otro de los cambios importantes del siglo xix fue el impulso dado en el periodo porfirista a la centralización del poder político en la ciudad de Méxi- co, cuestión que influyó de manera directa a que en este espacio se realizaran importantes proyectos urbanísticos, electrificación e introducción de infra- estructura urbana. Todo esto generó un importante ensanchamiento de la urbe que se expresó en la aparición de nuevas colonias tanto para clases pu- dientes como para los trabajadores que alimentaban a las nuevas industrias ubicadas en la ciudad. Los linderos de la ciudad empiezan a alcanzar a los pueblos circunvecinos, y al paisaje rústico se agregarán las nuevas construc- ciones urbanas denominadas colonias, figura que aún no es muy utilizada en esta época para referirse a la configuración de la ciudad (Cruz, 1994).

LOS PUEBLOS DEL DISTRITO FEDERAL • 33

LA DESAPARICIÓN VIRTUAL DE LOS PUEBLOS EN EL TERRITORIO METROPOLITANO DE LA CIUDAD DE MÉXICO

Así, para fines del siglo XIX se cuenta con un poblamiento rústico en el que la presencia de los pueblos, barrios, villas, ciudades, colonias, haciendas, ranchos, etcétera, muestran la heterogeneidad del paisaje mayoritariamente rural. Las poblaciones se distinguen sólo por el número de población, y por la importancia administrativa de las cabeceras municipales. La carta coro- gráfica de García Cubas elaborada en 1877 da cuenta de estas características territoriales, de manera particular para el Distrito Federal. De hecho este documento es de utilidad fundamental para la reconstrucción de los límites territoriales de este territorio ya que para este año todavía no estaban total- mente definidos. Las actuales delegaciones de Alvaro Obregón, Magdalena Contreras, una proporción muy importante de Tlalpan, la región de los Ajuscos, y una gran parte de Gustavo A. Madero, la cercana a la Sierra de Guadalupe, eran parte del Estado de México. Hacia fines de este siglo, en 1899, se elaboró otra carta corográfica en la que los límites actuales del Dis- trito Federal ya están definidos. Ambos documentos son de ayuda funda- mental para rastrear y ubicar a los pueblos que formaban, y que aún son parte, del territorio urbano del Distrito Federal. Durante la primera mitad del siglo xx las definiciones de las categorías del poblamiento que marcaba García Cubas se mantienen. Los pueblos se consideran como parte del territorio del Distrito Federal y fuera de la ciudad de México. La Ley de Organización Política y Municipal del Distrito Federal de 1903 reconoce 13 municipalidades, en las que se encuentran una ciudad, colonias, ranchos, haciendas pueblos y poblados. La desaparición de las mu- nicipalidades en el Distrito Federal en 1929 y la creación de las delegaciones también incidieron en cambios territoriales en los pueblos. En algunos casos las tierras quedaron en dos delegaciones limítrofes, en otros, antiguos barrios fueron separados de sus pueblos (cabeceras iniciales). De 1917 a 1940 algunos pueblos tendrán cambios importantes al ser con- siderados como sujetos agrarios de dotación de tierras ejidales. En este periodo una parte importante de los pueblos fueron dotados de tierras ejidales y en las delegaciones del sur, en Tlalpan y Milpa Alta se ratifican terrenos comunales (Cruz, 1994). Llama la atención que las tierras dotadas y ratificadas se locali- zaron de acuerdo a los antiguos linderos y límites de las propiedades de los pueblos y haciendas con antecedentes coloniales y del siglo XIX ; de nuevo, las delimitaciones político-territoriales (como son las delegaciones) no tuvieron ninguna incidencia en la localization de los ejidos de los pueblos. Esto tam-

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bien generó graves problemas, ya que las tierras ejidales de algunos pueblos que se urbanizaron posteriormente se pueden encontrar en dos delegaciones limítrofes e incluso hasta en algún municipio mexiquense. Las leyes orgánicas del Distrito Federal hasta 1960, reconocieron un territorio organizado en función de las formas del poblamiento rural y de la propiedad agraria. Después de la reforma agraria desaparecen las haciendas y aparecen los ejidos y las tierras comunales; y se mantendrán las colonias como figura del poblamiento urbano. El Censo de 1960, reconoció la organi- zación territorial de un México todavía rural. Se identifican ciudades que van hasta más de 10,000 habitantes, pueblos y villas con población entre 500 y 10,000 habitantes y ranchos y rancherías inferiores a 500 habitantes. La creciente urbanización y el proceso de metropolización de la ciudad cambiará de manera radical la forma y categorías para describir y caracterizar el poblamiento del territorio de la zona metropolitana del valle de México. El Censo de 1970 es el último que da cuenta de un poblamiento heterogéneo y diferenciado en el que se pueden encontrar todavía, pueblos, colonias, barrios, etcétera. A partir de esta década, justo cuando se asume por las autoridades federales que México es ya un país urbano, porque la mitad de su población vivía en ciudades, desaparecen de la configuración territorial, en este caso del Distrito Federal, la categoría de pueblo. El proceso de urbanización y las características de la población urbana se convierten en el eje rector del análisis del territorio y de su poblamiento. El supuesto de esta nueva etapa se identificó en el análisis de la población des- de la relación rural-urbana, concebida como un continuum cuyo fin se cons- tituía en la inexorable urbanización del territorio y del poblamiento rural (Unikel, 1976). De aquí que las categorías del poblamiento se redujeran a considerar la cantidad de habitantes, la relación con el centro de la ciudad y las actividades económicas. De esta manera ya no se hizo referencia a pue- blos, colonias y barrios, sino a localidades y estas se definieron de la siguien- te manera:

a) localidades rurales: menos de 5,000 habitantes;

b) localidades mixtas-rurales: entre 5 y 10,000 habitantes;

c) localidades mixtas urbanas: entre 10 y 15,000 habitantes,- y localida- des urbanas: mayores a 15,000 habitantes (Cruz, 1994).

De 1980 hasta ahora, la metodología de conteo censal del INEGI tiene como base la homologación de la población urbana a partir de las ageb, lo que redujo aún más esta forma de dar cuenta de la relación de la población

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y el territorio urbano. Para 1990 se trabajó con AGEB, y dividió la contabilidad de la población en localidades urbanas (definidas como aquellas que tienen más de 2,500 habitantes) y rurales (menores a 2,500 habitantes). La definición de los componentes del poblamiento y su relación con el territorio quedan a cargo de las leyes orgánicas de los gobiernos locales, funda- mentalmente municipales y en el caso que nos ocupa del Distrito Federal. Son estas legislaciones donde se inicia el rastreo de la existencia de los pueblos. Es importante hacer notar que si se quisiera realizar un análisis territorial de la presencia de los pueblos en las últimas décadas; sería imposible hacerlo con los datos censales de los últimos 30 años, es necesario reconstruir la historia territorial de los pueblos a partir de las grandes líneas planteadas en estas cuartillas. En este sentido, en las siguientes partes del trabajo se realiza un análisis de la configuración territorial de los pueblos en cuatro delegaciones: Cuaji- malpa, Tláhuac, Coyoacán, Iztapalapa y Gustavo A. Madero. Los ejes cen- trales para ordenar el estudio son los planteados arriba y en particular se refieren a la diferenciación territorial entre pueblos de indios y ciudades es- pañolas,- la relación diferenciada entre los pueblos cabeceras y sujetos, cues- tión que incide en la traza interna de los pueblos y en la definición de cabe- ceras municipales; las vicisitudes de los cambios en las delimitaciones territoriales de las unidades político administrativas; el impacto de la refor- ma agraria en la configuración de la propiedad de la tierra y el proceso de urbanización; y, finalmente la incidencia de las particularidades del procesos de urbanización y de la legislación político-administrativa del Distrito Fede- ral en la organización territorial de los pueblos. De esta manera se presenta para cada delegación una reconstrucción histórica de su configuración territorial a partir de los pueblos, y se ejempli- fica con el estudio de un pueblo las particularidades de su estructura interna y de su relación con el proceso de urbanización. Para los casos de los pueblos se trabajó con base en la información del Observatorio Urbano de la ciudad de México (OCIM), 5 con los datos históricos por localidades del INEGI y con fotografías áreas del google earth digitalizadas a partir de la cartografía del OCIM. Los casos de los pueblos que se presentan son los que se estudiaron por el equipo de investigación de pueblos originarios.

5 E1 OCIM está conformado por un equipo de investigadores de la maestría en Planeación y Políticas Metropolitana s en la UAM Azcapotzalco, que ha n trabajo desde hac e ya varios año s en la conformación de Sistemas de Información Geográfica para la Zona Metropolitana de la ciudad de México.

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Mapa 1. Ubicación de los pueblos en el contexto del Distrito Federal

de los pueblos en el contexto del Distrito Federal Fuente cartográfica: OCIM, 2005 Elaboración de María

Fuente cartográfica: OCIM, 2005 Elaboración de María Alejandra Moreno Flores

LA HISTORIA TERRITORIAL DE LOS PUEBLOS

LA DELEGACIÓN CUAJIMALPA

En la Carta corográfica de 1877 Cuajimalpa ya era parte del territorio del Distrito Federal, lo que ahora es la delegación Alvaro Obregón y Magdalena

Para este año la entonces muni-

cipalidad de Cuajimalpa tenía una estructura de poblamiento relacionada con el ámbito rural y estaba constituida por dos cabeceras de municipalidad en pueblo, Cuajimalpa que es reconocido como el centro de población indí- gena más antiguo (Cuauhximalpan [Gibson, 1967]), y Santa Fe, pueblo indígena fundado bajo el auspicio de don. Vasco de Quiroga bajo el principio de "hos- pital" como modelo de la vida cristiana en comunidad, su fundación data de 1531 (Kubler, 1982: 234-235). Además se identificaban tres pueblos: San

Contreras eran parte del Estado de México.

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6 E1 territorio de estas dos delegaciones ya aparecen como parte del Distrito Federal en la Carta corográfica de 1899 realizada por Manuel Fernández Leal.

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Pablo Chimalpa, San Bernabé y Acopilco; tres haciendas: Contadero, las Maromas y la Venta; un rancho, el Tianguillo, y tres barrios: La Plaza, Tres Cruces y El Calvario. Para fines del siglo XIX, se integran al Distrito Federal los actuales terri- torios de las delegaciones Alvaro Obregón y Magdalena Contreras, que eran parte del Estado de México. Hacia 1929 Cuajimalpa deja de ser municipali- dad y se transforma en delegación, lo que implicó también cambios en las delimitaciones de las delegaciones. En estos años se presentan transforma- ciones en la estructura del poblamiento relacionados con los cambios terri- toriales y con el aumento de la población en algunos barrios que pertenecían a otra unidad político administrativa.

Mapa 2. Cuajimalpa en la Carta corográfica de 1877

Mapa 2. Cuajimalpa en la Carta corográfica de 1877 Fuente. Carta corográfica del Distrito Federal, 1877.

Fuente. Carta corográfica del Distrito Federal, 1877. La simbología se añadió al documento original

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La reconstrucción del plano del poblamiento en 1900 7 indica la desapa- rición como cabecera de Santa Fe y del pueblo de San Bernabé. No hay estu- dios ni muchos datos sobre el porqué de esta transformación, como ya se mencionó arriba la historia territorial de los pueblos en la ciudad de México a partir del siglo XIX está por hacerse, así que sólo se pueden plantear algunas hipótesis al respecto. En lo que se refiere a Santa Fe, el supuesto del que se parte es que dejó de tener importancia como centro de población. Con res- pecto al pueblo de San Bernabé, ubicado al sur de la delegación y muy cerca de la actual delegación Magdalena Contreras, se puede suponer que con los cambios en las delimitaciones municipales hacia fines del siglo XIX, dejó de ser parte de Cuajimalpa. Si bien desaparecen dos pueblos de la escena territorial, aparecen otros dos: San Mateo Tlaltenango y Contadero. Con esto Cuajimalpa queda cons- tituida por cinco pueblos: Cuajimalpa, Chimalpa, Acopilco, San Mateo y Contadero. Para completar la estructura territorial se identifican ocho ran- cherías, un rancho y los restos de la hacienda La Venta. Para 1970 la estructura del poblamiento de la delegación aún mantiene los rasgos generales del poblamiento tradicional, sin embargo ya se observan indicadores de la creciente urbanización de ciudad de México. Aparece la fi- gura de colonias, y el criterio de definición de un pueblo estuvo directamente relacionado con el número de habitantes del lugar y ya no con su presencia territorial en el pasado. De esta manera, para la década que nos ocupa, Cua- jimalpa tenía cuatro colonias, cinco pueblos, trece rancherías y un rancho. Es importante hacer notar que en este caso las colonias no se refieren a asenta- mientos urbanos, tal como los conocemos ahora, se trata de colonias cam- pestres en las que los habitantes pudientes de la ciudad de México pasaban los fines de semanas en el amable paisaje forestal y campirano que predomi- naba en esta época en la delegación. Aquí es importante hacer un alto para señalar las diferencias de origen que existen entre los pueblos que conformaron la estructura territorial de la delegación Cuajimalpa hasta 1970. Se trata de cinco pueblos, uno, Cuaji- malpa, con antecedentes históricos muy claros de su importancia como "cabecera", lo que se expresó a través del tiempo en ubicarla como centro de los servicios político-administrativos de la delegación. Su traza original se mantiene y se caracteriza por la importancia de la construcción de su iglesia, la plaza y la ubicación de los edificios que atienden los servicios públicos y administrativos. A la cabecera se unen dos pueblos con antecedentes histó-

7 Archivo histórico de localidades del INEGI.

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ricos de sujetos desde la colonia San Lorenzo Acopilco y Chimalpa, por lo tanto siempre fueron reconocidos como pueblos de origen indígena. A los pueblos anteriores se agrega el caso de San Mateo Tlaltenango, también reconocido como pueblo indígena, pero que no formaba parte de las relaciones territoriales del Distrito Federal por lo menos hasta el siglo XIX, prácticamente se incorpora a la historia del territorio defeño en el siglo xx. El pueblo estaba localizado en el Estado de México, después en las delegaciones Magdalena Contreras y Alvaro Obregón 8 y finalmente queda en Cuajimalpa. Tal parece que el pueblo tenía relaciones conflictivas con el pueblo de Santa Rosa Xochiac, que en el siglo XIX pertenecía al Estado de México y para el siglo xx ya es parte de Alvaro Obregón. Ambos poblados presentan conflictos referentes a los límites de las tierras de los pueblos, inicialmente esto podría tener su explicación en el hecho de que San Mateo posiblemente era barrio de Santa Rosa en el siglo XIX, por lo que con la separación política territorial y con el aumento de su población, seguramente logró independizarse y con- vertirse en pueblo. 9 El pueblo de Contadero es un caso distinto a los anteriores, sus antece- dentes no son de un poblamiento indígena, en la Carta corográfica de 1877 se identifica como un poblamiento relacionado con un rancho, que con el paso del tiempo se convirtió en un centro de población y se le denominó pueblo. De los cinco pueblos reconocidos en Cuajimalpa fue el que tuvo me- nos habitantes (en 1900 contaba con 225 habitantes, mientras que Acopilco tenía 1,794). 10 Con el paso del tiempo la población creció de manera impor- tante debido en gran medida al crecimiento de la ciudad y al poblamiento del lugar por habitantes urbanos que construyeron sus casas campestres, así, entre 1950 y 1960 pasó de 950 habitantes a 1,686, lo que representó un incremento poblacional del 77 por ciento. La Ley Orgánica del Distrito Federal del 20 de diciembre de 1970 modi- ficó de manera importante la percepción del poblamiento tradicional de la delegación. Esta ley omite todos los referentes del poblamiento rural, barrios, rancherías. Como un efecto de la ley referida, los pueblos de Cuajimalpa dejan de considerarse como una categoría de definición de la estructura del poblamiento y se conurba a todos los pueblos existentes, a excepción de Lo-

"Recordemos que en esta época las delimitaciones de las delegaciones cambian constan- temente y sus territorios se redeflnen, lo que da paso a nuevas delegaciones. 9 Datos obtenidos del archivo histórico de las localidades de INEGI y de algunas entrevistas realizadas con pobladores de los pueblos. '"Archivo histórico de las localidades de INEGI.

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renzo Acopilco, al pueblo de Cuajimalpa. Con esto desaparecieron de la geografía territorial de la delegación, y en su conjunto del Distrito Federal, la figura de pueblo 11 y aquellas relacionadas con los barrios, rancherías, etcétera. Este hecho redujo de plumazo el poblamiento rural tradicional y promovió la centralización y crecimiento urbano en torno al pueblo de Cuajimalpa, que se consolidó como el centro urbano y administrativo de la delegación (Cruz y Moreno, 2007).

Mapa 3. Cuajimalpa y los pueblos en 1970

y Moreno, 2007). Mapa 3. Cuajimalpa y los pueblos en 1970 Fuente cartográfica, OCIM, 2005 Elaboración:

Fuente cartográfica, OCIM, 2005 Elaboración: María Alejandra Moreno Flores

La conurbación de los pueblos incluyó a localidades rurales con catego- rías de ranchos, rancherías, lo que implicó por una parte, el no reconoci- miento de la existencia territorial de los poblados con características tradi- cionales. Es importante resaltar que dicha conurbación no fue física, sino que simplemente se sumó la población de las localidades desaparecidas (que por cierto no todas colindaban con Cuajimalpa) a la cabecera administrativa. Un efecto de lo anterior también fue la transición inmediata de las comuni-

n La que sólo se retomará por el Gobierno del Distrito Federal para efectos de la política social.

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dades rurales a localidades urbanas sólo por haber aumentado el número de su población. A finales de los años setenta, la delegación tenía una significativa urba- nización caracterizada por:

1) Áreas dedicadas a sectores sociales altos, éstas se concentraban en desa- rrollos de vivienda residencial en torno a la cabecera delegacional, Contadero y el fraccionamiento Vista Hermosa,- 2) Por un poblamiento importante en los pueblos y 3) Por zonas aisladas en las que todavía el crecimiento urbano no era tan evidente y en las que existían poblamientos pequeños con característi- cas rurales.

Las actividades económicas se realizaban alrededor de la cabecera del pueblo de Cuajimalpa, existía poca relación con otras delegaciones urbanas y su perfil se centraba en las necesidades locales de la población que se con- centraba fundamentalmente en los pueblos de Contadero y San Mateo Tlal- tenango. Este panorama se transformará hacia la última década del siglo xx. Las grandes inversiones realizadas para refuncionalizar la delegación a partir de la realización del macroproyecto Santa Fe, a mediados de los años ochenta, determinaron en los albores del siglo xxi la aparición de un patrón de urba- nización y poblamiento totalmente diferente al que históricamente la dele- gación había tenido. El paradigma de la construcción de espacios globales a partir de la generación de grandes mails comerciales y de conglomerados de edificios corporativos y residenciales de alto nivel se impuso al poblamiento tradicional y a la herencia territorial de los pueblos. De esta manera, a partir de 1990 y hasta 2005 la importancia de la urba- nización de alto nivel en la delegación subordina los rastros del poblamiento rural. Los datos censales de población indican prácticamente la desaparición de la población rural, ya que la población urbana en 1990 era el 94 por cien- to de la población total, para el 2005 la población rural apenas representó el 0.5 por ciento del total de habitantes. Sin embargo, la estructura de la dele- gación por tipo de poblamiento muestra que para el año 2000, 30 por ciento de la población se ubica en colonias populares,- 15 por ciento en poblamiento residencial alto,- 43 por ciento en pueblos conurbados,- y 11 por ciento en pueblos no conurbados. En estos datos resalta una cuestión interesante, la ausencia del tipo de poblamiento residencial medio y la marcada diferencia- ción espacial y social existente entre grupos de altos ingresos y el poblamien-

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to popular constituido por habitantes de colonias populares y de los pueblos (Cruz y Moreno, 2007). Los datos anteriores muestran la importancia del poblamiento tradicio-

nal, aunque esto no se refleja en los datos de la población rural. Entre 1990

y 2000 la población en pueblos conurbados creció en 31 por ciento, en los no

conurbados el incremento llegó al 159 por ciento. Si a esto le agregamos la existencia de 44 localidades rurales (con menos de 2,500 habitantes) com- prenderemos que el territorio de la delegación se caracteriza por una marca- da presencia de poblamientos "urbanos" y "rurales" (en estos últimos se consideran a los pueblos y las localidades pequeñas). La ambivalencia entre lo urbano y lo rural se expresa en el territorio por una parte, en una transición forzada de los pueblos, con características rurales

(trabajo de la tierra, propiedad ejidal, densidades bajas de población y vivienda)

a colonias urbanas; y, por otra, en la coexistencia de fraccionamientos y con-

juntos residenciales con colonias populares y poblamientos dispersos en tierras rurales. Así, el Programa de Desarrollo Urbano delegacional reconoce que por su ubicación y por sus características geográficas privilegiadas y su escasa con- taminación del aire, la delegación se ha convertido en un lugar idóneo para el desarrollo de grandes extensiones de habitación residencial que desplaza a la población nativa, así como a la población de ingreso medio y bajo, las que ocupan terrenos en suelo de conservación; por supuesto que eso da paso al crecimiento acelerado de sus poblados rurales.

EL PUEBLO DE SAN PABLO CHIMALPA

San Pablo Chimalpa durante la Colonia fue un pueblo indígena sujeto de la cabecera Cuajimalpa; durante el siglo XIX se mantuvo con la categoría de pueblo y en 1970, con la Ley orgánica del Distrito Federal, perdió, por lo menos en la administración local territorial, la categoría de pueblo y pasó a formar parte de Cuajimalpa. En el siglo xx, el pueblo tuvo hasta 1940 una presencia importante en el

territorio de la actual delegación, de hecho en esta época fue uno de los pue- blos más importantes, junto con Acopilco. 12 El crecimiento demográfico entre 1910 y 1940 fue cerca de 11 por ciento, pasó de 878 habitantes a 925,

y durante este periodo concentró de 30 a 20 por ciento de la población total

en los pueblos de la delegación. A partir de la segunda mitad del siglo, la

'•Archivo histórico de las localidades del INEGI.

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población mantuvo su crecimiento, pero la cabecera de Cuajimalpa comenzó a concentrar la mayor parte de la población, razón por la cual el pueblo dis- minuyó su importancia en el poblamiento territorial.

Gráfica 1. Distribución de la población entre los pueblos de la delegación Cuajimalpa de 1900 a 2005

los pueblos de la delegación Cuajimalpa de 1900 a 2005 0% 20% 40% 60% 80% 100%

0%

20%

40%

60%

80%

100%

Fuente: Gráfica elaborada a partir de los datos del archivo histórico de localidades de INEGI.

Cuadro 1. Población de San Pablo Chimalpa 1990 2005

Año

1990

Í995

2000

2005

AGEB 1

5744

7061

7109

7828

AGEB 2

0

0

312

414

Durante las décadas 1960-1990 la población se cuadruplicó, y a partir de entonces su ritmo de urbanización tuvo un desarrollo importante. Sin em- bargo, su localización en la periferia de Cuajimalpa le ha permitido mante- ner características rústicas y con ello una configuración territorial corres- pondiente a un pueblo. El pueblo y sus alrededores (correspondientes a las AGEB urbanas) tiene una superficie, para 2005, de 159.11 hectáreas, una po- blación total de 8,242 habitantes. De su superficie total, 40.41 hectáreas es

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área urbana (25.3 por ciento), 65.69 hectáreas es área boscosa (41.2 por cien- to) y 53.11 hectáreas corresponden al área no urbanizada o tierras de cultivo (33.3 por ciento). En general, el territorio del pueblo tiene usos rurales y se distinguen dos zonas que corresponden a las AGEB identificadas por el INEGI. La primera de ellas tiene una superficie de 146.57 hectáreas, de las cuales 37.03 son área urbana; 58.89 son boscosas, y 50.62 son área no urbanizada y tierras de cultivo. Esta parte corresponde a la urbanización inicial del pueblo, que, como ya se comentó antes, inicia hacia 1950, la propiedad ocupada es fundamen- talmente privada. En esta parte se encuentra el centro del pueblo, determinada por una zona patrimonial definida en el Plan de Desarrollo Delegacional consti- tuida por 17.38 hectáreas, dentro de las cuales se ubica la iglesia princi- pal y el panteón (éste tiene una superficie aproximada de 4,000 m ), además de la mayor concentración urbana. Las calles en la zona urbana se encuentran pavimentadas, existen lotes de tamaño regular (120 m 2 aproximadamente), ocupados casi al 100 por ciento. Las vialidades más importantes están pavimentadas y son muy amplias. Conforme los asen- tamientos se van extendiendo del centro hacia los extremos en forma concéntrica, los lotes se van haciendo más grandes (entre 300 y 500 m 2 )

y con menor densidad de ocupación. El mayor crecimiento se observa

hacia el noreste y el sur, donde los asentamientos colindan con el bosque

y con algunas zonas de siembra.

Al interior del área urbana se identifican áreas verdes con grandes árbo- les, que sin duda fueron parte del bosque que rodea al pueblo. En sus alrede- dores, en la zona no urbanizada se encuentran algunos asentamientos dis- persos sin vialidades bien definidas, los lotes son mucho más grandes (hasta 3,500 m 2 ) y con una gran importancia del terreno desocupado sobre la vi- vienda. Hacia el suroeste la mayor parte de estas tierras se distinguen como terrenos de cultivo. La segunda zona que forma parte del pueblo corresponde a la reciente urbanización de la primera década del presente siglo. Se localiza al sur de la primera y tiene una superficie de 12.57 hectáreas, de las cuales 3.38 corresponden al área urbana, 6.7 a bosques y 2.49 no están urbanizadas, el tipo de propiedad es privada. Los asentamientos que se ubican aquí están en lotes grandes (aproximadamente. 250 m 2 ), con amplias áreas arboladas

y sin vialidades importantes, en los alrededores no se observan tierras de cultivo.

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Las características de urbanización del pueblo corresponden a un perfil rústico relacionado con una periferia rural que rodea la creciente urbaniza- ción de la delegación Cuajimalpa. El mantenimiento de su estructura terri- torial tradicional llama la atención, en un contexto en el que la urbanización determinada por los procesos globales se presenta de manera abrumadora. Sus formas de relación con el entorno rural, con la creciente urbanización y sus mecanismos internos para mantener sus formas tradicionales de vida son temas importantes para profundizar. Las características del pueblo llaman la atención sobre la ambivalencia existente entre los procesos urbano y rural. Este aspecto es muy importante ya que en él se expresan las contradicciones territoriales de dos procesos con determinantes distintas que se encuentran en un mismo territorio. La pervi- vencia de prácticas rurales, la fuerte presión para la urbanización de zonas boscosas y la ocupación de suelos de conservación para vivienda urbana y para la vivienda de las localidades rurales, son sólo algunos de los aspectos que marcan la problemática de las tierras que se encuentran en la periferia de los pueblos de la delegación Cuajimalpa.

Mapa 4. Urbanización de las tierras del pueblo de San Pablo Chimalpa 2005

de las tierras del pueblo de San Pablo Chimalpa 2005 El polígono delimita el crecimiento del

El polígono delimita el crecimiento del pueblo hasta 1970, el resto corresponde a décadas posteriores de urbanización. Fuente cartográfica, OCIM, 2005 Elaboración. María Alejandra Moreno Flores/Marisol Gutierrez

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LA DELEGACIÓN TLÁHUAC

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La constitución del territorio delegacional de Tláhuac ha pasado por varios cambios a través del tiempo. En la Carta corográfica del Distrito Federal de 1877, el territorio se organizaba por Distritos, los que estaban conformados por vanas municipalidades. En el mapa 5 se puede observar la constitución general del territorio, es importante recordar que para esta época aún existían los lagos de Xochimilco y Chalco con una extensión importante. De hecho, los pueblos de Tláhuac todavía eran parte de la ribera del lago de Chalco. y algunos territorios del surpomente eran aún parte del Estado de México.

Mapa 5. Distritos y municipalidades en la zona de Tláhuac en 1877

Distritos y municipalidades en la zona de Tláhuac en 1877 El Distrito de Xochimilco constituía una

El Distrito de Xochimilco constituía una zona en la que predominaba un importante poblamiento con antecedentes indígenas. La importancia de los pueblos era tal, que algunos de ellos y sus alrededores formaban municipios su configuración territorial no tiene relación alguna con las actuales delega- ciones de Iztapalapa, Xochimilco, Tláhuac y Milpa Alta, ya que se trata de

LOS PUEBLOS DEL DISTRITO FEDERAL

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una sola región. En este documento de 1877 se identifican dos cabeceras de Distrito en pueblo: Tláhuac y Mixquic; cinco pueblos: S. Catarina, Tlalten- co, Zapotitlán, Ixtayopa y Tetelco, y la hacienda de Tetelco (mapa núm. 6). En la Carta corográfica de 1899, los Distritos cambian por Prefecturas y mantienen su constitución con varios municipios. No se identifican cam- bios importantes, permanecen los municipios considerados en la carta de 1877 y se agrega el municipio de Tlaltenco.

Mapa 6. Los pueblos de Tláhuac en 1877

de Tlaltenco. Mapa 6. Los pueblos de Tláhuac en 1877 Fuente: Carta corográfica del Distrito Federal

Fuente: Carta corográfica del Distrito Federal 1877. La simbología se añadió en el documento original

La historia de la constitución territorial de la delegación de 1900 a 1930 no se ha realizado, y por ahora no tenemos muchos datos para perfilarla. Lo que sí es importante señalar es que sin duda hubo varias definiciones de los límites territoriales, ya que en este primer tercio de siglo, los pueblos identi- ficados ahora como parte de la delegación cambiaron continuamente de adscripción territorial. Los datos nos muestran que todos los pueblos presen- taron cambios en la municipalidad: 13

San Pedro Tláhuac: en 1910 pasa a la municipalidad de Xochimilco, regresa en 1926.

'•'Archivo histórico de las localidades del INEGI.

48 • MA. SOLEDAD C, ALEJANDRA M., LETICIA C. Y MARISOL G.

San Andrés Mixquic: en 1900 está en la municipalidad de Mixquic co- mo cabecera, en 1910 pasa a Xochimilco y en 1926 pasa a Tláhuac.

• San Juan Ixtayopan: en 1910 pasa a la municipalidad de Xochimilco y en 1926 regresa a Tláhuac.

• San Nicolás Tetelco: en 1910 pertenecía a la municipalidad de Mix- quic, en 1910 pasa a Xochimilco y en 1926 regresa a Tláhuac.

• Santa Catarina Yecahuitzotl: en 1900 pertenecía a la municipalidad de Tlaltenco, en 1910 pasa a Iztapalapa y en 1930 pasa a Tláhuac.

• San Francisco Tlaltenco: en 1900 estaba constituida en municipali- dad y el pueblo como cabecera, en 1910 pasa a Iztapalapa y en 1930 a Tláhuac.

• Santiago Zapotitlán: en 1900 pertenecía a la municipalidad de Tlalten- co, en 1910 pasa a Ixtapalapa y en 1930 pasa a Tláhuac.

Para 1930 los siete pueblos arriba mencionados pasan a ser parte de la delegación Tláhuac, y a partir de esa década la configuración del territorio se mantiene estable hasta la fecha. Llama la atención que de 1900 a 1970 la distribución de la población se da de manera equilibrada entre los pueblos. En este periodo la población fluctuó en San Andrés Mixquic de 17 por ciento a 12 por ciento; San Juan Ixtayopan de 12 a 11 por ciento; San Francisco Tlaltenco de 26 a 21 por ciento; Santiago Zapotitlán del 15 a 21 por ciento y San Pedro Tláhuac que concentró 18 a 27 por ciento; estos tres líltimos pueblos se distinguen como los más poblados. En 1970 con la Ley Orgánica del Distrito Federal, San Francisco Tlalten- co y Santiago Zapotitlán, pasaron a considerarse como parte de la cabecera de San Pedro Tláhuac, con lo que se intensificó el crecimiento demográfico de los pueblos. Después de la conurbación, se hace clara la alta concentración de la población en la cabecera, llegando a 85 y 86 por ciento y para los cuatro pueblos restantes concentraron en promedio 3.7 por ciento de población en los años que van de 1990 a 2005. Los ritmos de crecimiento de los tres pue- blos "conurbados" se modificaron significativamente. Entre 1940 y 1950 de los pueblos de San Francisco Tlaltenco y Santiago Zapotitlán creció en 45 y 46 por ciento, respectivamente, cuando en el periodo inmediato anterior fue de 17 y 7 por ciento. En el periodo de 1960 a 1970 el incremento fue notable ya que pasó a un porcentaje de crecimiento de 83 y 101 por ciento, respecti- vamente. El caso de San Pedro Tláhuac fue similar en el primer periodo, pero no así entre 1960 y 1970, años en los que alcanzó sólo el 33 por ciento (véase cuadro 2).

LOS PUEBLOS DEL DISTRITO FEDERAL

49

Cuadro 2. Población de los pueblos de Tláhuac 1900-2005

POBLACIÓN

PUEBLOS

1900

1910

1921

1930

1940

1950

1960

1970

1980

1990

1995

2000

2005

Tláhuac

1752

2079

2017

2793

3296

4818

5936 13850

146923 174198 214341

257092 294415

(cab)

San Andrés

1661

1737

1832

2147

2552

3364

4285

6045

0

9850

10913

11739

12525

Mixquic

San luán

1127

986

1047

1507

1913

2595

3620

5654

0

11358

17215

19359

22668

Ixtayopan

San Nicolás

720

720

468

561

683

902

1340

1906

0

4649

5043

5879

3573

Tetelco

Santa

529

474

230

390

470

650

679

2112

0

5585

6690

7248

8416

Catarina

Yecahuizotl

San

2482

2292

1998

2313

2711

3934

5743

10521

Francisco

Tlaltenco

Santiago

1451

1306

1509

2069

2218

3248

5163

10393

Zapotitlán

Fuente: Elaboración a partir de los datos del archivo de las localidades, INEGI 1900-2005.

La delegación Tláhuac ya para el siglo xxi es una de las delegaciones pe- riféricas de la ciudad de México, todavía con marcados rasgos rurales: 27.6 por ciento de su superficie tiene usos urbanos y el resto está constituida por las áreas de preservación ecológica. De 1950 a 1970 se consideró como una delegación en transición de rural a urbana, actualmente se considera total- mente urbana (Ibarra, 2000), pero mantiene una actividad agrícola impor- tante y gran parte del poblamiento de la delegación está constituido por siete pueblos que han mantenido su presencia en el territorio desde principios del siglo xx. Después de este tipo de poblamiento le siguen en importancia las colonias populares y, finalmente, los conjuntos habitacionales. En el patrón de urbanización de la delegación se pueden identificar tres ejes: el primero, se ubica en el centro de la delegación en torno a San Pedro Tláhuac, lugar del que parte la vialidad principal, avenida Tláhuac, con dirección hacia el sur que ha generado una área continua de urbani- zación hacia el pueblo de San Juan Ixtayopan,- el segundo eje en el noro- riente de la delegación, vinculado con el desbordamiento de la urbaniza- ción de la delegación de Iztapalapa, en el que se localizan las colonias populares y algunos asentamientos irregulares, así como los pueblos de

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MA.

SOLEDAD C,

ALEJANDRA M.,

LETICIA

C.

Y MARISOL

G.

Mapa 7. Los pueblos de Tláhuac y el suelo de conservación en 2005.

Los pueblos de Tláhuac y el suelo de conservación en 2005. San Francisco Tlaltenco y Santiago

San Francisco Tlaltenco y Santiago Zapotitlán; y un tercer eje al sur de la delegación, que ha crecido a menor ritmo en los que se encuentran los pue- blos sureños de San Andrés Mixquic y San Nicolas Tetelco. La parte nororiente y central de la delegación ha crecido fundamentalmente en tierras ejidales.

EL PUEBLO DE SAN PEDRO TLÁHUAC

En el análisis territorial del pueblo se distinguen ocho barrios y tres colonias relacionados con su dinámica de crecimiento. Los barrios son: La Asunción, Santa Ana, San Mateo, La Guadalupe, San Miguel, La Magdalena, Los Reyes y San Andrés. Las colonias son San José, Santa Cecilia y La Habana. El pueblo de San Pedro Tláhuac no tuvo un incremento significativo de población en la década de 1990 a 2000. Sin embargo, sí tuvo un crecimiento relevante en cuan- to a la construcción de vivienda pues para este periodo el incremento fue de 43 por ciento. Para el quinquenio 2000-2005 la población creció 32 por ciento, y la vivienda mantuvo el ritmo de la década anterior, se incrementó 48 por ciento.

LOS PUEBLOS DEL DISTRITO FEDERAL

51

El proceso de urbanización del pueblo se identifica a partir de 1953 e inicia en el centro y se expande hacia la periferia. Entre 1953 y 1970 el crecimiento ocupa fundamentalmente tierra propiedad privada y algunas ejidales; se da hacia el norte en las colonias San José (que eran tierras ejidales) y Santa Ceci- lia, y en el barrio La Asunción; y hacia el sur en el barrio San Andrés. En los años recientes del 2000 al 2005 la urbanización se ha extendido en propiedad:

ejidal y privada, en esta última es en la que se presenta un fuerte incremento de vivienda (casi 60 por ciento con respecto a 2000). A pesar de que la zona ejidal es considerada por las autoridades locales como suelo de conservación su urbanización no se ha evitado, pero sí ha determinado que el patrón de los asentamientos localizados en ellas sean dispersos, ya que se identifican am- plias zonas sin urbanizar (cerca de 68 por ciento, 134 hectáreas). El análisis de la morfología territorial del pueblo muestra cuatro zonas. La primera corresponde al casco del pueblo, se identifica como la zona patrimonial y

tiene calles pavimentadas. Este espacio está conformado por la iglesia, el mercado,

el panteón (que ocupa una extensión de 3.22 hectáreas) y las oficinas de gobierno.

La traza es irregular, se observan lotes grandes que oscilan entre los 600 m 2 y 1,200

m 2 , lo que explica el amplio tamaño de las manzanas, sin embargo, también exis-

ten lotes de 200 m 2 producto de la subdivisión de los lotes (cuestión que responde

a las necesidades de crecimiento demográfico de los habitantes del pueblo). Con

base en las características de las viviendas, se puede decir que el poblamiento es popular, ya que la mayor parte de la zona es de color gris, con pocos espacios arbo- lados, con más de 90 por ciento construido y está densamente poblado.

La segunda zona se localiza al norte del casco del pueblo, es propiedad ejidal y se urbanizó a partir de la parcelación de tierras de cultivo. Aquí se ubica la colonia Santa Cecilia, su traza es regular, las características de la vivienda corresponden a colonia popular, la superficie de los lotes oscila en- tre 132 y 103 m . Las calles están pavimentadas y en general hay pocos es- pacios verdes, a excepción del deportivo Tláhuac. La tercera zona corresponde también al poblamiento de una colonia popu- lar y se observa una mayor densificación de la vivienda. Los lotes son peque-

ños, van de 80 m 2 a 126 m 2 , en el centro del polígono no se observan grandes espacios arbolados como jardines o parques, los lotes están más saturados, y

la mayor parte de las construcciones para vivienda están en color gris. Su traza

es poco regular, en algunas fracciones al sur del polígono se observa una retícula más amplia con respecto al poniente de la zona donde es más angosta.

La cuarta zona corresponde a un poblamiento rural disperso, de muy re- ciente creación, es parte de la zona chinampera y del suelo de conservación del Distrito Federal. Al suroriente se observa un conjunto habitacional abierto con

2

52

MA.

SOLEDAD C,

ALEJANDRA M.,

LETICIA

C.

Y MARISOL

G.

espacios verdes y campos de terracería. Aunque los lotes son más grandes que

y los 600 m 2 , las características de la

vivienda corresponden a un poblamiento popular. En la parte sur, se observa una parte arbolada, el resto del área está sin urbanizar, se trata de tierras sin cultivar, con terrenos planos, limpios y susceptibles de urbanizar. San Pedro Tláhuac, de manera similar que San Pablo Chimalpa en la delega- ción Cuajimalpa, tiene un marcado contraste entre la urbanización y los proce- sos rurales. Gran parte de sus tierras forman parte del suelo de conservación del Distrito Federal y su crecimiento demográfico está relacionado más con el desdo- blamiento de la población del pueblo que con la invasión de la expansión urbana. Estos son elementos que es importante considerar en la problemática urbana y rural que presentan las delegaciones del sur del Distrito Federal.

la zona dos y tres, oscilan entre los 250 m

2

Mapa 8. Propiedad de la tierra y urbanización del pueblo de San Pedro Tláhuac 2005

tierra y urbanización del pueblo de San Pedro Tláhuac 2005 LAS DELEGACIONES COYOACÁN E IZTAPALAPA, UNA

LAS DELEGACIONES COYOACÁN E IZTAPALAPA, UNA HISTORIA TERRITORIAL COMPARTIDA: "L.OS CULHUACANES"

"Los Culhuacanes" corresponde a una amplia zona que se caracteriza por la presencia de varios pueblos que en la Colonia conformaron un solo territo- rio, pero que con el paso del tiempo quedaron divididos entre la delegación de Coyoacán e Iztapalapa. Su historia territorial es compleja, ya que la orga-

LOS PUEBLOS DEL DISTRITO FEDERAL

53

nización de los pueblos tiene antecedentes prehispánicos, que después se modifican con las peculiaridades de la Colonia (en la zona se crea "la villa de Coyoacán" poblamiento español muy importante en su momento), y en el siglo XIX y xx la zona fue alterada por continuos cambios en las delimitacio- nes territoriales administrativas. Finalmente, los pueblos y barrios vincula- dos ancestralmente quedaron separados en dos delegaciones limítrofes. Los antecedentes de Coyoacán se ubican en la fundación de una villa de espa- ñoles. El concepto español de "villa" alude a un poblamiento urbano, y durante la Colonia "la villa de Coyoacán" siempre fue considerada como una ciudad impor- tante, no sólo porque Cortés la fundó sino que fue un sitio estratégico para cam- biar, en algún momento crítico, el lugar de la ciudad de México como el centro del poder colonial. 14 Al igual que en otros lugares de México, los pueblos de indios se mantuvieron en la periferia de las ciudades españolas. La "villa" se estableció como cabecera española, se le dieron más recursos y la población que habitó en la zona fue de mayor nivel económico, con el paso del tiempo se incrementó el valor de la propiedad. Todos estos elementos determinarán en los años posteriores el desarro- llo urbano de la zona y la preeminencia territorial de la villa española. En el caso de Iztapalapa, se le reconoce como una zona prehispánica impor- tante en el valle de México, era una zona lacustre en la que la actividad chinam- pera se llevaba a cabo por los pueblos localizados en las zonas ribereñas del lago de México y Texcoco. Desde la Colonia hasta su creación como delegación su orga- nización territorial correspondió a la de pueblos de indios, separados de la ciudad y con la presencia significativa de actividades agrícolas y ganaderas. Su desarrollo urbano posterior estará marcado por esta presencia de pueblos y tierras con activi- dades relacionadas con el trabajo de la tierra y las actividades lacustres. Las diferencias de los procesos de urbanización que se manifiestan en las delegaciones de Coyoacán e Iztapalapa fueron determinados por la organiza- ción histórica del territorio desde la época colonial. La creación de una "villa española" en este territorio subordinó al poblamiento indígena en pueblos, y con ello aparecerá una zona de influencia claramente dominada por la "ciu- dad española". Este proceso se expresó en las definiciones de las cabeceras de pueblos y municipales de la zona. En la época colonial Coyoacán se conside- ró como "villa", mientras que en lo que hoy es Iztapalapa existieron varios pueblos cabeceras con sus respectivos pueblos-sujetos.

"Durante casi toda la etapa colonial el gobierno virreinal siempre consideró a Coyoacán como un lugar estratégico al cual mudarse en caso de rebeliones indígenas, inundaciones o castastrófes "naturales de la ciudad" (Cruz, 1991).

54

MA.

SOLEDAD C,

ALEJANDRA M.,

LETICIA

C.

Y MARISOL

G.

Cuadro 3. Los pueblos en la zona de "Los Culhuacanes"

Pueblos

Delegación

Pueblo Los Reyes

Iztapalapa

San Antonio

Iztapalapa

Pueblo Culhuacán

Iztapalapa

Barrio Tula

Iztapalapa

San Simón

Iztapalapa

San Andrés Tomatlán

Iztapalapa

Santa María Tomatlán

Iztapalapa

Pueblo San Francisco (Incluye los barrios de San Juan, Santa Ana y La Magdalena)

Coyoacán

Zonas habitacionales ubicadas en la zona urbana ejidal de San Francisco Culhuacán

Coyoacán

Fuente: Plan del Desarrollo Urbano Delegacional, 1997.

Las vicisitudes en las delimitaciones territoriales estuvieron presentes en Iztapalapa y Coyoacán e incidieron también en la definición de las cabeceras. En 1861 existían en el Distrito Federal cuatro prefecturas o distritos: Guadalupe Hidalgo, Tacuba, Xochimilcoy Tlalpan; dentro de ésta última se ubicaban cinco municipios: Iztapalapa, San Ángel, Coyoacán, Iztacalco y Tlalpan de los cuales cada uno tenía sus cabeceras. Para el caso de Coyoacán la cabecera fue por su importancia histórica la "villa de Coyoacán"; mientras que para Iztapalapa, Iz- tacalco y Tlalpan eran pueblos. La presencia significativa de los pueblos en Izta- palapa, explica por qué se distinguen tres pueblos con categoría de cabecera hasta el siglo XIX, San Francisco Culhuacán, Santa María Aztahuacán e Iztapa- lapa. A partir de esta época, el criterio del número de habitantes de los pobla- mientos definirá también la categoría adquirida, ya sea pueblo o barrio. Los cambios en el comportamiento demográfico de los pueblos incidió en su perma- nencia como pueblos. Así, por ejemplo en caso del pueblo de los Reyes Culhua- cán (ubicado en los alrededores de Coyoacán), se registra como pueblo en 1877, pocos años después en 1900 se considera barrio. 15

15 Hasta 1950 que vuelve a tener la categoría de pueblo. Esto responde seguramente a su cercanía con el pueblo de Culhuacán y la importancia de éste y seguramente al tipo de reía-

LOS PUEBLOS DEL DISTRITO FEDERAL

55

En la Carta corográfica de 1877 aparecen en la zona de Coyoacán e Izta- palapa cuatro Cabeceras de Municipalidad: Coyoacán (cabecera "ciudad"), San Francisco Culhuacán, Iztapalapa y Aztahuacán (pueblos cabecera). En ese documento todavía los pueblos formaban parte de una sola unidad terri- torial y pertenecen a Iztapalapa. Seguramente con la desaparición de las municipalidades y la definición territorial de las delegaciones, los pueblos que hasta entonces habían estado en un solo territorio se dividen entre la delegación Coyoacán e Iztapalapa. De esta manera, las tres antiguas cabece- ras de pueblos quedan localizadas de la siguiente manera: San Francisco Culhuacán en Coyoacán y el resto de los pueblos en Iztapalapa (véase mapa 5). La urbanización de los pueblos tuvo características muy distintas a las que se identifican en la "villa de Coyoacán", la delimitación de las delegaciones también incidirá en las formas de urbanización en su territorio. En la zona de los Culhuacanes, el proceso de urbanización se da primero en los pueblos de Los Reyes y Culhuacán entre 1929 y 1953, posteriormente de 1953 a 1970 se desarrolla San Francisco Culhuacán, y finalmente, entre 1970 y 1990 crecen todos los conjuntos habitacionales en la Zona Urbana Ejidal de San Francisco Culhuacán.

Mapa 9. La zona de "Los Culhuacanes" en las delegaciones Coyoacán e Iztapalapa

Culhuacanes" en las delegaciones Coyoacán e Iztapalapa Fuente: Cartográfica y datos OCIM 2005 Delimitaciones zona

Fuente: Cartográfica y datos OCIM 2005 Delimitaciones zona Culhuacanes: Con base en la invesitgación realizada para el proyecto "Pueblos Originarios, Democracia, Ciudadanía y Territorio en la Ciudad de México" Elaboración: Marisol Gutiérrez Cruz

ciones establecidas entre ambos poblamientos, tan sólo para 1921 Los Reyes se censa con éste y lo dan de baja en los registros hasta 1950.

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MA.

SOLEDAD C,

ALEJANDRA M.,

LETICIA C.

LA DELEGACIÓN DE COYOACÁN

Y MARISOL G.

En 1521 Hernán Cortés estableció en Coyoacán su cuartel general y fundó aquí el primer ayuntamiento de la cuenca de México. En esa época los asen- tamientos como Coyoacán y Tacubaya formaban parte del Marquesado de Cortés y como tenían mayor población que los pueblos se les otorgó la cate-

goría de villas. Por decreto, el 16 de diciembre de 1899 Coyoacán se integró

al Distrito Federal. En las primeras décadas del siglo xx se convirtió en zona

de quintas y casas de fin de semana para las clases acomodadas de la ciudad de México.

El primer periodo de crecimiento urbano en Coyoacán se dio entre 1820

y 1929 en la zona donde se ubicó la "villa de Coyoacán" y los pueblos de San

Mateo Churubusco y San Lucas. Con el paso del tiempo estos pueblos fue- ron absorbidos por la cabecera y a partir de 1910 dejaron la categoría de pueblos y fueron incorporados totalmente a la villa. La importancia histórica de la localidad de Coyoacán como cabecera en esta época se manifestó con una alta concentración de la población con respecto a los pueblos registrados en aquel entonces. El proceso de urbanización en los años posteriores se dio

a partir de la cabecera y su crecimiento se fue desarrollando hacia el sur has-

ta

ocupar el territorio por completo. A partir de 1929 y hasta 1953, laiirbanización avanzó hacia el sur y el orien-

te

donde se ubican los pueblos de Los Reyes, La Candelaria y San Pablo Tepetla-

pa. El tercer periodo se da entre 1953 y 1970, fue el más intenso, ya que casi se urbaniza por completo el territorio de la delegación, el proceso se orientó hacia

el sur y el oriente con lo que se integraron los pueblos de San Francisco Culhua-

cán, Santa Ursula Coapa y Copilco el Alto. Es notable la importancia de "villa Coyoacán" en el crecimiento de la zona, aunado a esto la presencia de los pue- blos en la dinámica de la delegación fue muy importante. Hasta 1950 la pobla- ción en los pueblos representó en promedio 78.6 por ciento del total de habitan- tes de la delegación,- en la segunda mitad del siglo xx se identifica una baja importante, hacia 1960, los pueblos significaron 59 por ciento y en 1970 fue de 36 por ciento. 16 El pueblo que absorbió el crecimiento poblacional en estas déca- das fue justamente San Francisco Culhuacán y la zona urbana ejidal de éste en

16 Cinco hasta 1950: La Candelaria, Los Reyes, San Francisco Culhuacán, San Pablo Te- petlalpa y Santa Úrsula Coapa. Siete a partir de 1960 y hasta la conurbación en 1970, que incluye a estos cinco y dos más: Copilco el Alto y Copilco el Bajo.

LOS PUEBLOS DEL DISTRITO FEDERAL

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Cuadro 4. Población de los pueblos de Coyoacán 1900-2005

POBLACIÓN

PUEBLOS

1900

1910

1921

1930

1940

1950

3960

1970

1980

1990

2000

2005

Coyoacán

1607

9333

11329

16484

23724

46030

54866

31045

597129

640066

640423

628063

(Cabecera)

La

443

s/d

474

525

862

1559

4261

6547

Candelaria

Los Reyes

709

s/d

911

1067

1639

3046

6225

11016

San

799

1393

369

1059

1315

1983

12108

17909

Francisco

Culhuacán

San Pablo

485

s/d

696

1058

1250

2294

4217

5784

Tepetlapa

Santa

497

s/d

1432

1443

2006

3570

4830

6813

Úrsula

Coapa

San Lucas

488

0

San Mateo

483

0

Churubusco

Copilco el

2826

5840

Alto

Copilco el

3813

2345

Bajo

Fuente: Elaboración a partir de los datos del Archivo Histórico de las Localidades, INEGI 1900-2005.

el cual se ubican un importante número de unidades habitacionales. Por Ley Orgánica del Departamento del Distrito Federal del 29 de diciembre de 1970, todos los pueblos se conurban a la localidad de Coyoacán (véase cuadro 4). El último avance en el crecimiento urbano de la delegación ocurre entre 1970 y 1990, 17 y con ello se ocupó por completo el territorio de la zona de Los Pedregales y de las actuales unidades habitacionales ubicadas en las cercanías del pueblo de San Francisco Culhuacán, colindantes con la dele- gación Iztapalapa. Desde su formación como delegación, este territorio tuvo una tendencia a ser ocupada por colonias de nivel residencial medio y alto, de aquí que en la actualidad una parte importante de la delegación esté ocupada por este tipo de poblamiento; en otra zona se distinguen los pueblos; las colonias populares que se concentran mayoritariamente en la

17 Datos de periodos de urbanización de Observatorio de la Ciudad de México (OCIM). UAM- Azcapotzalco. 2005.

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MA.

SOLEDAD C,

ALEJANDRA M.,

LETICIA C.

Y MARISOL

G.

zona de los Pedregales y los conjuntos habitacionales ubicados en su mayor parte en la zona de los Culhuacanes (límite con Iztapalapa). En Coyoacán, para el año 2005, la mayor parte del suelo era propiedad privada. En los pueblos de San Francisco Culhuacán, San Pablo Tepetlapa y Santa Ursula Coapa existieron zonas ejidales; también se identificó una área de propiedad comunal en los Pedregales, zona cercana a Copilco el Alto y Los Reyes. A pesar de ser terrenos de propiedad ejidal o comunal, la mayoría de ellos fueron vendidos para lotificarse y actualmente forman parte de la urba- nización de la delegación. Es importante llamar la atención sobre que el desarrollo urbano de la delegación tuvo tres ejes centrales:

1) El primero está relacionado directamente con la importancia de la antigua villa colonial de Coyoacán, sus alrededores mantuvieron en el transcurso de la historia territorial una evolución urbana que con- sideró el equipamiento y los servicios urbanos necesarios para una población residente de nivel económico medio y alto, algunos pueblos y barrios como Churubusco, Santa Catarina se convierten en asenta- mientos residenciales. 2) El segundo tiene referencia directa con los pueblos anteriormente conjuntados en un solo territorio, los Culhuacanes, en este caso los pueblos tuvieron un desarrollo totalmente diferenciado, los que quedaron del lado de Coyoacán tuvieron mejores equipamien- tos y servicios, mientras que los que quedaron en Iztapalapa su urbanización se orientó totalmente al poblamiento popular. Llama la atención que la existencia de tierras ejidales, en las etapas más intensas de la urbanización fueron consideradas como reservas de suelo urbano, ya que su urbanización tendió a la creación de uni- dades habitacionales. 3) El último eje, está ubicado en la zona de los Pedregales y en algunos pueblos que estaban en este territorio pero que no tuvieron necesaria- mente antecedentes de pueblos de indios, como el caso de Copilco y Santa Ursula, en estos casos la urbanización popular se desarrolló de manera abrumadora a partir de invasiones muchas veces masivas en los años setenta del siglo xx.

LOS PUEBLOS DEL DISTRITO FEDERAL

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Mapa 10. Etapas de urbanización y pueblos en Coyoacán

59 Mapa 10. Etapas de urbanización y pueblos en Coyoacán Fuente cartográfica y datos, OCIM, 2005.

Fuente cartográfica y datos, OCIM, 2005. Elaboración, María Alejandra Moreno Flores/Marisol Guitiérrez

Mapa 11. Propiedad de la tierra y pueblos en Coyoacán

Mapa 11. Propiedad de la tierra y pueblos en Coyoacán Fuente cartográfica y datos, OCIM, 2005.

Fuente cartográfica y datos, OCIM, 2005. Elaboración, María Alejandra Moreno Flores/Marisol Guitierrez

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MA.

SOLEDAD C,

ALEJANDRA M.,

LETICIA

C.

LA DELEGACIÓN DE IZTAPALAPA

Y MARISOL

G.

Iztapalapa es un territorio con antecedentes prehispánicos muy importantes ya que Culhuacán junto con Teotihuacán fueron a lo largo de los primeros 3,000 años de urbanización de la cuenca de México los únicos dos asenta- mientos que alcanzaron un alto nivel de prestigio y trascendencia en la épo- ca. 18 En el siglo x Iztapalapa se fundó por las relaciones entre los culhuas y los mexicas en las faldas del Cerro de la Estrella, se estableció como su capi- tal a Culhuacán. En el periodo colonial este territorio mantuvo su organización territorial basada en los pueblos de indios y concentró un número importante de ellos. Con estos antecedentes se comprende que la distribución de la población se hiciera de manera más o menos homogénea en los pueblos existentes en la zona, de aquí que hacia inicios del siglo xx el pueblo de Iztapalapa, no concen- trara la mayor parte de la población (gráfica 2). En un parágrafo anterior ya se hizo referencia a las vicisitudes de los cambios territoriales en el siglo XIX, aquí sólo es importante resaltar que Iztapalapa se mantuvo como municipalidad desde mediados del siglo XIX hasta diciembre de 1928 cuando desaparecen las municipalidades del Distrito Federal y se forman las delegaciones. En Iztapalapa sí se registraron varios cambios de municipalidad entre 1910 y en 1928 en los que se vieron afectados siete pueblos que pasaron a la municipalidad de Iztapalapa provenientes de las municipalidades de Hasta- huacán, General Anaya y Tlaltenco: Santa María Hastahuacán, San lorenzo Tezonco, Santa Cruz Meyehualco, Santa Martha Acatitla, Santiago Acahual- tepec, San Andrés Tetepilco y San Andrés Tomatlán. Los pueblos que resal-

gu e acuerdo con Edmundo López de la Rosa en Historia de las Divisiones Territoriales de

la Cuenca del Valle de México "

Tollan, que literalmente significa "en el lugar de espadañas o tules". Dicho término, sin embar- go, en el contexto en cuestión, adquiere un sentido metafórico. Designa sitios donde abundan agua y vegetación. Su semántica culminó al fin como expresión del ámbito más adecuado de asentamiento para la comunidad, hasta llegar a significar la idea de población grande y flore-

ciente, ciudad y metrópoli. Se habla de Tollan Teotihuacán, Tollan Chollolan, Ibllan Xocotitlán,

, Partiendo de la voz tollan se derivó la de Toltecatl, el habitante de una Tula, el poblador de una ciudad o metrópoli. A su vez, el vocablo Toltecatl hizo suyo el sentido de hombre refinado, sabio y artista. De él se formó a la postre el abstracto Toltecayotl: el conjunto de todo aquello que pertenece y es característico de quienes viven en una Tollan, una ciudad. Los relatos en náhuatl nos dicen que una Toltecayotl abarcaba los mejores logros del ser humano en sociedad: artes y urbanismo, escritura, calendario, centros de educación, saber acerca de la divinidad, conoci- miento de las edades del mundo, orígenes y destino del hombre" (1980: 18-19).

Tollan Culhuacán

las ciudades de Teotihuacán, de Cholula, de Xocotitlán y de Culhuacán.

En múltiples relaciones indígenas encontramos el vocablo

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tan su papel de concentradores importantes de población (después de la ca- becera), desde 1900 hasta 1940 son Culhuacán y Santa María Aztahuacán (gráfica 2).

Gráfica 2. Distribución de la población entre los pueblos de la delegación Iztapalapa 1900-2005

Iztapalapa (Cabecera) Culhuacán Sta. Ma. Huastahuacan San Marcos Mexicaltzingo Aculcoo San Juanico Nextipac San
Iztapalapa (Cabecera)
Culhuacán
Sta. Ma. Huastahuacan
San Marcos Mexicaltzingo
Aculcoo
San Juanico Nextipac
San Lorenzo Tezonco
Sta. Cruz Meyehualco
Sta. Marta Acatitla
Santiago Acahuakepec
Magdalena Atlazolpa
San Andrés Tomatlán
San Lorenzo Xicoténcatl
San SEbastián Tecoloxtitlán

Fuente: Gráfica elaborada a partir de los datos del Archivo Histórico de las Localidades del INEGI.

Después de la Revolución mexicana, Iztapalapa se mantuvo como un pueblo más sin mucha significación, sin embargo, desde el primer tercio del siglo xx su territorio presentó fuertes presiones hacia la urbanización popu- lar. En un estudio realizado por Montano (1984) se muestra cómo desde los años treinta existen proyectos tendientes a urbanizar tierras rústicas y a los eji- dos recién formados. Hacia 1950 se inicia de manera rotunda el proceso de urbanización en los alrededores de la cabecera (pueblo de Iztapalapa) y en las zonas aledañas de lo que ahora es la delegación Iztacalco. En el curso de las cuatro décadas posteriores a 1950, el territorio delegacio- nal se ha urbanizado fundamentalmente a partir de la formación de numero-

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sas colonias populares, se calcula que en este periodo se formaron unas 200 colonias de carácter popular y unas 30 zonas de clase media alta. Este intenso proceso de urbanización tuvo como causas principales la amplia oferta de sue- lo barato para vivienda popular, la mayor parte sin infraestructura básica, y la construcción de múltiples conjuntos habitacionales impulsados por la política habitacional de los años setenta, aunado a la buena accesibilidad de la zona por medio de la red vial que la articula con el resto de la ciudad y a la disponi- bilidad de servicios de transporte público. 19 Los pueblos desaparecen de su nomenclatura hacia 1970 con la Ley Orgánica del Departamento del Distrito Federal expedida el 29 de diciembre de dicho año. En el proceso de urbanización de la delegación Iztapalapa se identifican tres periodos: el primero se da entre 1929 y 1953 en las zonas donde se ubi- can los pueblos; el segundo periodo va de 1953 a 1970 y se desarrolla en las tierras de los alrededores de los pueblos como crecimiento de los mismos. Finalmente, el tercero de 1970 a 1990, cuando ocurre el mayor crecimiento urbano y se ocupan gran parte de las tierras ejidales que existieron en las cercanías del antiguo Lago de Santa Marta y en la Sierra de Santa Catarina. 20 Las colonias populares se localizaron en la zona mencionada, así como en áreas de difícil acceso o en áreas naturales protegidas como el Cerro de la Estrella y la Sierra de Santa Catarina. 21 Actualmente la estructura de poblamiento de la delegación Iztapalapa está definida por pueblos conurbados, colonias populares y conjuntos habi- tacionales. En mucha menor proporción se encuentran las colonias residen- ciales de nivel medio. Para el año 2005, la mayor parte del suelo de la dele- gación Iztapalapa era de propiedad privada, aunque aún se encontraban algunas zonas de propiedad ejidal cercana a los pueblos de Santa María Az- tahuacán, Santa Cruz Meyehualco, San Lorenzo Tezonco, San Andrés To- matlán y Culhuacán. La mayoría de estos terrenos han sido vendidos para lotificarse y están completamente urbanizados. En este territorio resalta un desarrollo urbano definido a partir de la pre- sencia de los pueblos. El proceso de urbanización inicia prácticamente en al- gunos de ellos y la expansión urbana se da en sus tierras ya sea ejidales o de los mismos pueblos. Llama la atención la casi homogeneidad del poblamiento

"Programa Delegacional de Desarrollo Urbano 1997.

20

Idem. 21 De acuerdo con datos de la Coordinación Ejecutiva de Vigilancia Ambiental, de la Se- cretaría del Medio Ambiente del Distrito Federal, en Iztapalapa se encuentran 39 Asenta- mientos Humanos Irregulares en 57.92 hectáreas, ubicados en el Cerro de la Estrella y en la Sierra de Santa Catarina. 2006.

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popular en la delegación, casi todo el poblamiento se refiere a colonias popu-

y crecimiento de los pueblos. Como ya se indicó antes, seguramente

esto se debe a la disponibilidad de suelo urbano, que estaba considerada en las tierras ejidales que existieron en la zona. La desecación de los lagos, la desapa- rición de las chinampas y con ello las actividades agrícolas fueron otros de los elementos que explican la creciente urbanización de la zona. Lo que vale la pena rescatar aquí, es que a fin de cuentas los pueblos si bien tienen una pre- sencia importante en el territorio su significación en el proceso de urbaniza- ción y su papel en la configuración territorial es poco considerado, probable- mente por la subordinación de los pueblos en la historia del Distrito Federal.

lares

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Mapa 12. Etapas de urbanización y pueblos en Iztapalapa

22 Mapa 12. Etapas de urbanización y pueblos en Iztapalapa Fuente cartográfica y datos, OCIM, 2005

Fuente cartográfica y datos, OCIM, 2005 Elaboración: María Alejandra Moreno Flores/Marisol Guitiérrez

EL PUEBLO DE SANTA MARÍA AZTAHUACÁN

El pueblo de Santa María Aztahuacán se ubica al nororiente de la delega- ción Iztapalapa, con una superficie de 414.54 hectáreas. El poblado consti- tuía una de las dos Cabeceras de Municipalidad en pueblo de la zona de Iztapalapa (Carta corográfica de 1877), en el periodo de 1910 a 1928 el pueblo fue parte de la municipalidad de Iztapalapa. Desde entonces ha

22 Iztapalapa es una de las delegaciones con mayores problemas de tenencia de la tierra, de dotación de agua potable y de servicios urbanos.

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mantenido su importancia sobre los otros pueblos, concentró entre 1900 y 1940 el 12 por ciento de la población total de los pueblos de Iztapalapa, ocupando el tercer lugar después de la cabecera y de Culhuacán ¡en aquel entonces se trataba de un total de 11 pueblos más la cabecera, de 1950 y hasta 1970 se trató de 15 pueblos). De los elementos que constituyen el casco de un pueblo (iglesia princi- pal, el kiosco, la plaza, el mercado y el panteón), solamente sobrevive la plaza principal con la iglesia del siglo xvn y la traza urbana original: irregular y con terrenos que alguna vez fueron de grandes superficies (600 m 2 , aproxi- madamente) y que a través de los años han sido subdivididos para cumplir con las necesidades de las familias que ahí habitan y de la población que ha llegado posteriormente. 23 Esta es una característica con la que también se puede identificar el casco de una cabecera con la de un pueblo sujeto, ya que es en aquéllas se da mayor jerarquía a la plaza principal y los edificios que se ubican a su alrededor; en algunos pueblos sujetos aparecen los mismos ele- mentos pero en proporciones menores o sencillamente o ninguno. Por estos componentes el INAH 24 ha catalogado el pueblo como Zona Patrimonial. En esta zona la mayor parte del uso del suelo es de vivienda unifamiliar y no se tienen terrenos de reserva para crecimiento posterior, es decir que se encuen- tra totalmente urbanizado. El resto del territorio del pueblo está constituido por la zona urbana eji- dal de Santa María Aztahuacán, en la que se ha desarrollado una zona habi- tacional mezclada con industria que ha llegado a ser de importancia mayor para la zona y para la delegación. A pesar de su relevancia, esta zona también representa un riesgo para la población ya que en ella se desarrollan indus- trias peligrosas que manejan productos altamente inflamables o tóxicos. 25 Es muy sencillo distinguir que toda esta área se desarrolló posteriormente al pueblo tradicional, ya que su traza urbana es regular y su lotificación tam- bién. El tamaño de los lotes varía dependiendo del uso que se les da, para uso industrial tienen aproximadamente 1,500 m 2 y para uso habitacional 450 m 2 con varias construcciones en un mismo terreno. Esta zona se encuentra también totalmente urbanizada, sin posibilidad de crecimiento posterior.

23 Información basada en lo escrito por Jan Bazant (2001), en Periferias Urbanas. Expan- sión incontrolada de bajos ingresos y su impacto en el medio ambiente. 24 Instituto Nacional de Antropología e Historia. "Datos del Plan Delegacional de Desarrollo Urbano. 2005.

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En cuanto a la caracterización del poblamiento de la zona y los periodos de urbanización de identifican: la zona que corresponde al casco del pueblo está clasificada por el Observatorio Urbano de la ciudad de México, OCIM, como cabecera conurbada y se urbanizó entre 1929 y 1953; mientras el resto de su territorio (la zona urbana ejidal) se caracteriza como colonias popula- res, se desarrollan entre 1953 y 1970. 26 El tipo de propiedad en la zona de Santa María. Aztahuacán corresponde, en las colonias Monte Albán y Pue- blo Santa María Aztahuacán, a propiedad privada urbanizada en 1970 y se ubica en el periodo de urbanización más antiguo (1929-1953). Un importan- te porcentaje es propiedad ejidal, ocupada por las colonias Zona Urbana Ejidal Santa María Aztahuacán y Ampliación de la Zona Urbana Ejidal San- ta María. Aztahuacán, su desarrollo urbano se dio entre 1953 y 1970. A pesar de encontrarse completamente incorporado al área urbana y sin posibilidades de crecer más, Santa María Aztahuacán ha mantenido su im- portancia a nivel de la delegación. Esto se debe al reconocimiento del lugar entre los pobladores más antiguos del pueblo por sus tradiciones y antece- dentes históricos y también, como se había mencionado antes, debido al desarrollo industrial que se ha ubicado en esta zona. Igualmente ha conser- vado algunas de sus tradiciones ancestrales como la forma de celebrar los matrimonios y los velorios y en especial la realización de su carnaval.

Mapa 13. Propiedad de la tierra y urbanización del pueblo se Santa María Aztahuacán

27

Mapa 13. Propiedad de la tierra y urbanización del pueblo se Santa María Aztahuacán 27 2

26 OCIM.

27 Idem.

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LA DELEGACIÓN GUSTAVO A. MADERO

Esta delegación se ubica al norte del Distrito Federal y limita con la sierra de Guadalupe, cordillera que divide actualmente el Distrito Federal del Estado de México, su antecedente inmediato es la municipalidad de Guadalupe Hi- dalgo (existente hacia la mitad del siglo XIX). La historia territorial de los pueblos en esta zona es muy compleja, ya que a través del tiempo, la delega- ción ha pasado por muchos cambios que han modificado su estructura terri- torial. La superficie de la delegación ha cambiado constantemente desde la segunda mitad del siglo XIX hasta 1941 (cuando quedan por fin definidos tal como se conocen ahora); estos cambios se relacionan con los cambios histó- ricos, en los que se delimitan las fronteras del Distrito Federal, de la delega- ción Azcapotzalco y del municipio mexiquense de Tlalnepantla (con el que actualmente colinda). Estos procesos inciden en los cambios de adscripción de los pueblos y en la diversidad existente entre ellos, ya que no todos ellos refieren al antecedente colonial de pueblos de indios. Durante el periodo colonial no existían las delimitaciones entre el Dis- trito Federal y el Estado de México, todo era parte de un mismo territorio y la organización territorial de los pueblos que actualmente forman parte de la delegación tuvo tres ejes:

1) La creación del santuario de Guadalupe. 2) La primacía de la cabecera del pueblo de Tlalnepantla con sus pue- blos sujetos (estos últimos se localizaban fundamentalmente en el norponiente, norte y nororiente de lo que hoy es el Distrito Federal). 3) La existencia de pueblos cercanos al santuario pero que estaban suje- tos a la cabecera de Azcapotzalco.

En el caso del pueblo de Guadalupe, su antecedente inmediato no es la pre existencia de un pueblo de indios. Los datos históricos indican que está relacio- nado directamente con la creación del santuario de la virgen de Guadalupe, cuyo culto tiene bases prehispánicas relacionadas con la diosa Tonatzin. Como es del conocimiento general, la Villa de Guadalupe refiere a la construcción del culto a la virgen desde el siglo xvi, la importancia dada por las autoridades coloniales tanto al culto como al lugar determinó que se erigiera un pueblo con el nombre de Guadalupe en 1741, año en que se define su fundo legal. La impoitancia de la Villa de Guadalupe subordinó sin problema a algunos pueblos existentes en ía zona como: Santa Isabel Tola, San Pedro Zacatenco y Santiago Atzacoalco. La cabecera quedó en la Villa y los pueblos mencionados fueron sus sujetos. La

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Villa a partir de entonces fue considerada un poblamiento importante, las prác- ticas relacionadas con el culto a la virgen subordinaron totalmente a los pueblos de indios existentes en los alrededores, situación que perdura durante toda la historia territorial de la conformación de la delegación y que determina la poca visibilidad de los pueblos desde el siglo XVIII a la fecha.

Mapa 14. La organización territorial de los pueblos en Gustavo A. Madero

territorial de los pueblos en Gustavo A. Madero Fuente corográfica del Distrito Federal de 1899. Manuel

Fuente corográfica del Distrito Federal de 1899. Manuel García Leal

Más hacia el norte, ya en pleno territorio de la sierra de Guadalupe, se ubicaron un número importante de pueblos que mantuvieron relaciones con la cabecera de Tlalnepantla (entre ellos San Lucas Patoní, Cuautepec, Tico- mán, etcétera). La importancia de este poblado se ha mantenido a través de la historia ya que de ser una cabecera de pueblo colonial, desde el siglo XIX se ha mantenido como cabecera municipal hasta la fecha. La constitución de su actual configuración territorial estuvo determinada por la definición de los límites del Distrito Federal en la segunda mitad del siglo XIX. Este proceso

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también impactó a los pueblos sujetos, ya que de pertenecer a Tlalnepantla pasaron a ser parte del Distrito Federal. En el territorio más central de la actual delegación se localizaban los pueblos de San Bartolo Atepehuacán, San Juan Hitzahuac, Santiago Atepetlac

y Santa María Capultitlán, estos pueblos tenían relación fundamentalmente

con Azcapotzalco.

nas, ya que sus tierras estaban anegadas y desoladas por lo que sus habitan-

tes se dedicaron a la explotación de la sal y del tequesquite. Algunos de estos pueblos, en algún momento de la historia de la delegación también pasaran

a ser parte del territorio de Guadalupe Hidalgo, para después integrarse to-

talmente a lo que sería la delegación Azcapotzalco. La lejanía de los pueblos del norte con respecto a la Villa de Guadalupe, la frontera geográfica de la sierra de Guadalupe y los cambios de adscripción de los pueblos que inicialmente estaban en Azcapotzalco, fueron elementos que incidieron en una falta de articulación así como de comunicación entre los pueblos del territorio delegacional. Cuestión que sin duda impacta en la poca presencia y consideración de las autoridades urbanas de estos poblados. La conformación de la municipalidad de Guadalupe Hidalgo tiene sus antecedentes territoriales en la Carta corográfica de 1877, documento en el que ya aparece, pero con la mitad del territorio de lo que actualmente se conoce. Como ya se mencionó, la parte correspondiente a la sierra de Gua- dalupe pertenecía a Tlalnepantla en el Estado de México. La estructura de poblamiento estaba constituida por:

28

Coatlayauhcan se convirtió en Magdalena de las Sali-

• Una cabecera de Distrito en ciudad: la Guadalupe Hidalgo.

• Diez pueblos: San Lucas Patoni, San Bartolo (Atepehuacán), Zacatenco, Isabel Tola, Atzacoalco, Aragón (Villa), Santiaguito (Santiago Atepetlac), Magdalena (de las Salinas), Calpatitlán (Calputitlán) y Ticomán.

• Cuatro haciendas: la Escalera, la Patera, Ahuehuetes y Aragón.

Es importante resaltar en esta estructura el caso del pueblo de San Juan de Aragón, que tampoco tiene antecedentes coloniales de pueblo de indios. El pueblo se constituye en 1856, cuando el presidente Comonfort entregó tierras a los pobladores cercanos para fundar el pueblo (Cruz, 2001). Dada su "reciente formación", en el siglo que nos ocupa, rápidamente es integrado como parte de la municipalidad de Guadalupe Hidalgo.

28 Programa Delegacional de Desarrollo Urbano de Gustavo A. Madero, 1997. Anteceden- tes históricos.

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Hacia fines del siglo XIX, en la Carta corográfica de 1899, el territorio de la municipalidad de redefine y se amplía considerablemente. La sierra de Gua- dalupe se anexa y junto con él un pueblo más, Cuautepec, ubicado prácticamen- te en la serranía, que por supuesto había sido parte del Estado de México y era sujeto de Tlalnepantla. En esta nueva delimitación San Lucas Patoní queda definitivamente en el municipio de Tlalnepantla y se considera dentro de los límites del Distrito Federal al pueblo de San Juan de Aragón. Es im- portante señalar que el territorio que quedó adscrito al Distrito Federal sepa- ró territorialmente al municipio de Tlalnepantla, ya que la sierra de Guada- lupe como parte del Distrito, dividió a este municipio en dos territorios separados, el oriente y el poniente. Este cambio territorial incidió de manera fundamental en la situación y en el arraigo territorial de los pueblos ubica- dos en esta zona y en la intensa y caótica urbanización popular que se dará a partir de la segunda mitad del siglo xx.

Gráfica 3. Distribución de la población entre los pueblos de la Delegación Gustavo A. Madero 1900-1970

los pueblos de la Delegación Gustavo A. Madero 1900-1970 Gustavo A. Madero |Cab| Cuautepec el Alto

Gustavo A. Madero |Cab|

Cuautepec el Alto

Capultitlán

San |uan de Aragón

Santa Isabel Tola

Santiago Atzacoalco

San Bartolo Atepehuacán

San Pedro Zacatenco

Santa Ma. Ticomán

Santiago Atepetlac

Tlacamaca

Magdalena de las Salinas

Cuautepec de Madero

Estanzuela

Fuente: Gráfica elaborada a partir de los datos del Archivo Histórico de las Localidades del INEGI.

Hacia 1900 la cabecera de Guadalupe Hidalgo concentraba la mayor parte de la población (57 por ciento), de hecho en torno a ella aparecieron las primeras colonias urbanas en el norte de la ciudad (como la colonias Carrera Lardízabal/Constitución de la República, el crecimiento de éstas dieron paso

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a la formación de la actual colonia Martín Carrera). En la estructura del po- blamiento le seguía en importancia Cuautepec con el 15 por ciento del total poblacional en la municipalidad, San Juan de Aragón con el 8 por ciento y Ticomán con el 7 por ciento. Para 1910 ya era notorio el incremento en la cabecera ya que para esta época se concentraba al 72 por ciento de la pobla- ción de la municipalidad. Es importante señalar que con el cambio de municipalidades a delegacio- nes al iniciar el año de 1929, desaparece como tal la municipalidad de Guada- lupe Hidalgo,- el antiguo territorio quedó dividido entre las delegaciones de Azcapotzalco e Iztacalco. El 7 de agosto de 1931 se decidió conforma]' de nue- vo el territorio de la antigua municipalidad de Guadalupe Hidalgo, pero ahora como delegación. Esta delegación duró como tal poco tiempo ya que días des-

pués (el 21 de agosto) vuelve a desaparecer. Diez años más tarde, en diciembre de 1941, la delegación reaparecerá de manera definitiva, pero ahora con el

nombre de Gustavo A. Madero.

Sin duda alguna todos estos cambios impac-

taron a los pueblos, por lo menos se puede afirmar que la ausencia en la con- tinuidad de la integración territorial de la delegación ayudó a que los pueblos mantuvieran sus relaciones con las antiguas cabeceras: Tlalnepantla y Azca- potzalco. Esto no sólo impidió la visibilidad de los pueblos en la estructura territorial delegacional, sino que los mantuvo vulnerables al intenso proceso de urbanización que se desarrolla en la segunda mitad del siglo xx.

Otro proceso importante de considerar en la historia de la delegación es el reparto agrario, ya que algunos de sus pueblos fueron beneficiados por la dotación y restitución de tierras ejidales. El pueblo de Cuautepec fue uno de los primeros en recibir tierras (en 1917 se le dan 200 hectáreas a este pobla- do); otros pueblos beneficiados en la década de los años veinte fueron San Juan de Aragón, Santiago Atzacoalco, San Bartolo Atepehuacan, Magdalena la Salinas, Santa María Ticomán, San Pedro Zacatenco, Santa Isabel Tola y Santiago Atepetlac. En el periodo que va de 1917 a 1947 se entregaron en total 3,719.75 hectáreas a los pueblos mencionados arriba (Cruz, 1994). Llama la atención como este proceso fue totalmente ajeno a las vicisitudes de las delimitaciones territoriales, a fin de cuentas no importaba la pertenen-

29

29 Op. cit. Decreto del 7 de agosto de 1931 dispuso que el nombre de la delegación, Guadalupe Hi- dalgo, fuera cambiado por el de Gustavo A. Madero. Muy pronto, sin embargo, el Decreto del H. Congre- so de la Unión, publicado el 21 de agosto, dividió al Distrito Federal en ciudad de México y 11 delegacio- nes. Una de las que desaparecen es la de Gustavo A. Madero, parte de cuyo territorio quedó considerado en la de Atzcapotzalco y otra parte en la de Ixtacalco. En la Ley Orgánica del Distrito Federal del 31 de diciembre de 1941 reapareció esta delegación dentro de la división territorial de la entidad, con el nombre de Villa Gustavo A. Madero.

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cia a cualquier municipalidad o delegación, ya que el reparto agrario respon- dió a la lógica agraria derivada del proceso revolucionario. La existencia de los ejidos fue muy breve en la delegación, la creación de la delegación Gustavo A. Madero en 1941 coincidió con el proyecto indus- trializador de México y de manera particular de la ciudad de México. El go- bierno federal decidió que esta delegación conjuntamente con la de Azcapotzalco constituyera el espacio territorial para iniciar, fomentar y consolidar las acti- vidades industriales. De esta manera, en la década de los cuarenta se expro- pia una importante superficie de tierra ejidal para construir y habilitar la zona industrial Vallejo. Los pueblos más vinculados a Azcapotzalco fueron afectados por las expropiaciones para las nuevas industrias, posteriormente, a fines de los cuarenta e inicios de los cincuenta se llevaron a cabo expropia- ciones para la construcción de equipamiento educativo, en este sentido el IPN se construye en tierras ejidales de los pueblos de Zacatenco y Santa Isa- bel Tola (Cruz, 1982). De esta manera hacia mediados del siglo xx, la tendencia hacia la indus- trialización de la delegación estaba claramente definida. Esto tuvo un impac- to definitivo en las actividades de los pueblos, ante este perfil y la pérdida de sus tierras, desaparecieron en muy poco tiempo las actividades agrarias en esta parte de la ciudad. La industria trajo consigo la necesidad de espacios habitacionales para los trabadores, cuestión que impulsó la acelerada forma- ción de colonias populares en tierras de los pueblos o cercanas a ella. En este caso, en esta delegación el proceso de urbanización se presentó de manera intensa y avasalladora, para los pueblos significó la pérdida de sus ejidos, de las tierras de los pueblos y la urbanización de un entorno con características industriales, con un poblamiento creciente a partir de colonias populares, y de la construcción de unidades habitacionales para los trabajadores. De manera similar a las otras delegaciones en 1970, la Ley Orgánica del Distrito Federal conurbó a todos los pueblos y los poblados tradicionales existentes hasta entonces a la localidad de Gustavo A. Madero. El crecimien- to urbano de la delegación se intensificó en esta década, el poblamiento po- pular se desborda sobre las zonas más alejadas de la parte central de la dele- gación y sube por la sierra de Guadalupe. Esta zona constituye un lugar estratégico ya que colinda con el municipio de Tlalnepantla, cuya sección oriental también se incorporó en la misma época a la industrialización (tam- bién a costa de las tierras de pueblos como Santa Clara Xalostoc y Santa Clara Coatitla). Algunos puntos de la delegación se distancian de este proce- so, ya que en torno al antiguo poblado de la Villa de Guadalupe se desarro-

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lian colonias de carácter medio y residencial como son: Lindavista, Zacaten- co, Guadalupe Insurgentes y Guadalupe Tepeyac.

Mapa 15. Propiedad de la tierra y pueblos en Gustavo A. Madero

15. Propiedad de la tierra y pueblos en Gustavo A. Madero Fuente cartográfica, OCIM, 2005 Datos,
15. Propiedad de la tierra y pueblos en Gustavo A. Madero Fuente cartográfica, OCIM, 2005 Datos,

Fuente cartográfica, OCIM, 2005

Datos, OCIM, 1970

Elaboración: María Alejandra Moreno Flores.

EL PUEBLO DE CUAUTEPEC

Los antecedentes históricos del pueblo se encuentran en el mapa de Sigüen- za y el Códice de García Granados, en el que se identifica el topónimo de Cuautepec. En los documentos de los Anales de Tlatelolco aparece como pueblo y territorio perteneciente a los señores de Azcapotzalco. Durante el periodo colonial, esta zona tuvo cambios importantes, para la segunda mitad del siglo xvi, Cuautepec se convirtió en un pueblo-sujeto de Tlalnepantla. Como producto de la evangelización y el control eclesiástico de la época a cada pueblo se le daba un prefijo cristiano que se añadía a su nombre indíge- na, de esta manera el pueblo adquirió el nombre de Santa María Cuauhte- pec. No se encontraron muchos datos sobre los antecedentes del pueblo, los testimonios indican que durante los siglos xvii y xvm no hubo cambios para el pueblo y su relación se mantuvo fundamentalmente con su cabecera. Para la segunda mitad del siglo XIX, Cuautepec era un pequeño pueblo típico de las cercanías de la capital del país. En los textos de García Cubas,

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así como en la Carta corográfica elaborada por él, no aparece referencia

alguna que vincule al pueblo a la ciudad. Su adscripción territorial corres- ponde en esta época al municipio de Tlalnepantla en el Estado de México.

A fines del siglo que nos ocupa, en la Carta corográfica de 1899 la zona

correspondiente a la sierra de Guadalupe ya es parte del Distrito Federal, por lo que ya se identifica al pueblo como "Cuautepec" dentro de los lími- tes del Distrito Federal. En este periodo el pueblo estaba dentro de los lin- deros de la antigua hacienda La Escalera, que también aparece registrada en la Carta corográfica a la que hacemos referencia. Las crónicas de los habitantes originales del pueblo lo refieren como una localidad típica del porfiriato: con una vinculación muy cercana a la hacienda, ya que la pobla- ción laboraba como peones y labriegos; con actividades relacionadas con la extracción de recursos naturales para la construcción; y con una activa participación en la construcción del ferrocarril.

En 1900, Cuautepec ya forma parte de los 10 pueblos registrados en el

municipio de Guadalupe Hidalgo dentro de los límites territoriales del Distri-

to Federal. Durante la primera mitad del siglo xx el pueblo fue uno de los más

importantes de la delegación, después de la cabecera municipal, Guadalupe, llegó a concentrar la mayor parte de la población existente en los pueblos (sin considerar la cabecera). En 1900 concentró 33 por ciento del total de pobla- ción, en 1921 45 por ciento, en 1930 50 por ciento y en 1940 33 por ciento de la población. A partir de 1950 decae la población de Cuautepec debido a con-

flictos internos entre los pobladores (por pugnas entre barrios) que llevaron a la división del pueblo. Una parte importante de la población residente abando-

na

el casco original y se funda otro pueblo, en territorios que eran propiedad

de

los nativos del pueblo, que se denominó como Cuautepec el Bajo; el pueblo

original se reconoció como Cuautepec el Alto o Cuautepec de Madero. Así, para el año 2005, el pueblo de Cuautepec de Madero se ubica en la parte norte de la actual delegación de Gustavo A. Madero, tiene una superfi- cie de 2,419.05 hectáreas, de las cuales 62.7 por ciento está urbanizado y el resto corresponde a suelo de conservación. Su urbanización se inicio de ma- nera acelerada en 1970 y se caracterizó por una fuerte formación de colonias populares en la sierra de Guadalupe, zona en la que actualmente la delega- ción detecta los principales problemas de asentamientos irregulares y defi- ciencias en la dotación de servicios básicos. La traza del pueblo es de calles irregulares, anchas y pavimentadas. En el casco se identifican como construcciones importantes la Plaza Hidalgo y la

iglesia de la Preciosa Sangre de Cristo (que data el siglo xvi), hacia el sur se ubi-

ca el panteón de Cuautepec. Hasta 1960 el pueblo era muy pequeño y se en-

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contraba rodeado por un paisaje característico de la serranía campirana, de hecho, las montañas y lomeríos lo mantuvieron relativamente aislado de la administración delegacional. Cuatro décadas más tarde la avasallante urbani- zación cambió radicalmente el paisaje, por grandes lomeríos grises, densa- mente poblados por colonias populares y con ausencia de áreas verdes.

Mapa 16. Propiedad de la tierra del pueblo de Cuautepec 2005

Mapa 16. Propiedad de la tierra del pueblo de Cuautepec 2005 Ante la expansión de la

Ante la expansión de la urbanización, las características físicas del pueblo apenas se mantienen ya que su entorno está caracterizado por una urbaniza- ción popular casi homogénea. Con el paso del tiempo el ejido fue ocupado por colonias populares y expropiado para construir el Reclusorio Norte de la ciudad de México, y el remanente se declaró por el gobierno del Distrito Federal como suelo de conservación. Es importante notar que la propiedad privada existente en la zona siguió la misma tendencia de urbanización que los ejidos. El crecimiento urbano inicial se dio a partir de Cuautepec barrio Alto, de aquí se extendió, primero hacia las zonas bajas de los cerros en terrenos casi planos, hasta ir ocupando cada vez zonas más altas en los mismos cerros, lo que provocó terrenos con pendientes importantes y que ponen la vivienda en alto riesgo. La más reciente urbanización (1979-1990) se ha dado en mayor

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medida en las zonas altas. De acuerdo con el Plan de Desarrollo de la Dele- gación, 50 por ciento de su territorio se encuentra constituido por estratos bajos que tienen ingresos familiares bajos y pertenecen a la clase popular baja y media baja. Esta población se ubica en colonias localizadas en la zona nor- te de la delegación, en las faldas de la sierra de Guadalupe y en las zonas noreste y suroeste. Las características de la vivienda en esta zona son de urbanización popu- lar, en el tipo de construcción predominan las fachadas en color gris, sin terminados, lo que indica una construcción por etapas progresiva; el tamaño promedio del lote es de 200 m 2 ocupado al 80 por ciento; y se distinguen al- gunos terrenos baldíos grandes. Se identifica un déficit importante de servi- cios urbanos, de equipamiento educativo, deportivo, de salud y cultural. Lo anterior se debe fundamentalmente a la lejanía histórica y física de la dele- gación, y a la poca importancia que el gobierno delegacional ha dado a este tipo de poblamiento. Además de todo lo anterior sus características topográ- ficas han sido un fuerte obstáculo para que se introduzca equipamiento y servicios suficientes para la población que habita la zona. Desde la perspec- tiva de los pobladores de Cuautepec todo esto ha mantenido al pueblo rele- gado y desvinculado de la cabecera delegacional. A pesar de las transformaciones económicas y sociales, producto de la fuerte urbanización popular, Cuautepec mantiene algunos aspectos que ca- racterizan a los pueblos. Esto se manifiesta en la pervivencia simbólica de las fiestas religiosas y cívicas que son muy importantes para la vida de la comu- nidad y que contribuyen a la cohesión de los nativos del pueblo. De las fies- tas que se celebran, la más importante para los originarios es la fiesta patro- nal del Señor de Cuautepec (celebrada el 1° de junio), seguida de la fiesta del cuarto viernes de Cuaresma que se realiza regularmente en marzo y dura tres días (ésta es la más conocida y concurrida). Entre las fiestas cívicas que perduran son las del 15 y 16 de septiembre. Se mantienen presentes elemen- tos simbólicos del casco del pueblo, tal es la caso de la plaza y la iglesia, es- pacios que permiten la convivencia social y el desarrollo de actividades cul- turales en Cuautepec. En este sentido, en los últimos años, los originarios del pueblo han realizado obras en la Plaza Hidalgo que aluden al rescate de las tradiciones de las familias fundadoras del pueblo. Este esfuerzo de distin- ción y de pertenencia a un espacio rodeado mayoritariamente por colonias populares, ha implicado problemas con los "otros pobladores urbanos" en torno al rescate de los espacios públicos, cuestión que plantea la discusión sobre quiénes pueden hacer uso de estos espacios, los "originarios del pue- blo" exclusivamente o también los "colonos urbanos".

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REFLEXIONES FINALES

Es difícil plantear conclusiones sobre este trabajo, la exploración del papel de los pueblos en la configuración territorial muestra la gran heterogeneidad exis- tente en los diferentes espacios del Distrito Federal. A pesar de la importancia histórica de los pueblos en el poblamiento del Valle de México, ellos no son considerados como elementos constitutivos del territorio actual. Sin duda esto deja un vacío importante para explicar muchos de los problemas actuales re- lacionados con la urbanización popular, el crecimiento urbano de los pueblos, la relación de los pueblos ubicados en la periferia urbana y la urbanización, los problemas de límites entre delegaciones y pueblos, etcétera. La Ley Orgánica del Distrito Federal de 1970 prácticamente desapareció

a los pueblos de la estructura del poblamiento urbano. La creciente urbani- zación absorbió de manera absoluta una forma de poblamiento que fue y es característica de una ciudad, en la que la mayor parte de su historia los pue- blos han sido elementos sustanciales en su desarrollo. A pesar de esto, si bien en los datos oficiales de la ciudad no existen los pueblos, en la nomen- clatura cotidiana de la urbe ellos están presentes, no sólo con la superviven- cia de sus costumbres y fiestas, sino en los rasgos territoriales como su traza, sus formas particulares de vivienda y su relación con las diferentes formas de urbanización, y con las instancias de administración y gestión urbana. En este sentido la historia territorial de los pueblos en el Distrito Federal permite identificar algunos ejes centrales que explican la estructura actual de algunas delegaciones. Estos ejes tienen un carácter histórico, pero sus efectos en la estructura actual son evidentes. En esta parte, retomaremos algunos de ellos con el objeto de plantear algunas reflexiones y posibles lí- neas de trabajo para profundizar este tema. Uno de los ejes principales que dan cuenta de la organización territorial

y su desarrollo desde la Colonia hasta la actualidad es la división básica en- tre la ciudad española y los pueblos de indios. Este trabajo muestra que los pueblos de indios en general fueron subordinados a la presencia de pobla- mientos españoles. El caso de Coyoacán es bastante claro en este sentido, sus antecedentes de ciudad española sin duda alguna determinó que en los siglos XIX y xx la zona tuviera inversiones importantes para mantener a una población con nivel económico más o menos elevado. La diferencia de equi- pamiento entre la zona de influencia de la villa española y los pueblos es bastante clara en la zona de los Culhuacanes. No sólo la villa española tuvo esta preeminencia, el poblado de Guadalupe en la actual delegación Gustavo A. Madero, creado por las autoridades españolas para sostener el culto gua-

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dalupano, tuvo un efecto similar al de Coyoacán, la subordinación y hasta la invisibilidad de los pueblos en el territorio. La organización colonial de los pueblos en cabeceras y sujetos también tuvo efectos territoriales importantes. Aun cuando estas redes tuvieron un claro objetivo de dominación colonial económica y evangelizadora, llama la atención la permanencia de las relaciones entre los pueblos a través del tiem- po. Incluso cuando en el siglo XIX desaparece la distinción entre ciudades es- pañolas y pueblos de indios, las cabeceras se siguen reconociendo como una forma administrativa eficaz para gobernar el territorio. Muchas cabeceras de pueblo en la Colonia, mantuvieron su importancia en el siglo XIX y en la pri- mera mitad del siglo xx, y se reconocieron como partes fundamentales del Distrito Federal. En zonas en las que predominaban los pueblos, como Iztapa- lapa y Tláhuac, existieron varias cabeceras de pueblo reconocidas. Esta forma de organización territorial también tuvo efectos internos en los pueblos, su organización espacial, la traza y las construcciones importantes estuvieron relacionadas con el hecho de ser pueblos cabeceras o no. La diver- sidad existente de la organización espacial de los pueblos tiene relación directa con los antecedentes de pueblos cabecera o sujeto. Sin embargo, la existencia de una traza inicial basada en esta relación indica no sólo los antecedentes históricos del lugar, sino también la configuración interna del pueblo. Otro efecto importante de la relación cabecera-sujeto fue la pervivencia de relaciones territoriales referidas a las actividades religiosas y festivas de los pueblos. Estas relaciones, que se pueden plantear como identitarias, sin duda tienen un antecedente colonial y hasta prehispánico, y se basaron en la existencia de un territorio organizado en función de la administración de varios pueblos. Su división en años posteriores, en diferentes instancias terri- toriales para su gestión, no afectó la relación entre los pueblos, cuestión que explica en los casos estudiados aquí la diversidad de los ejes de la estructura territorial y urbana, así como la independencia de los pueblos de la adminis- tración urbana y la poca atención de ésta hacia los mismos. La existencia de una continuidad territorial a través del tiempo en el Distrito Federal es un supuesto cuestionado en este trabajo. Las delimitaciones territoria- les administrativas en el Distrito Federal son relativamente recientes. Los límites del Distrito Federal quedaron conformados prácticamente al iniciar el siglo xx, y su organización y delimitación territorial interna, que pasa de prefecturas, muni- cipalidades a delegaciones, se definió hasta la década de los cuarenta. Mientras esto sucedió hubo desde el siglo XK una cantidad importante de cambios en las definiciones territoriales. Esto plantea preguntas en torno a la forma en que se negocian los territorios del Estado de México y del Distrito Federal, y la pérdida

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de territorios de municipios como el de Tlalnepantla, que queda dividido en dos zonas separadas (que en la actualidad se presentan como dos áreas diferentes con serios problemas de gestión urbana). Los cambios de adscripción de los pueblos, del Estado de México al Distrito Federal, de diferentes municipalidades y delega- ciones es otro elemento que podría explicar los conflictos de linderos entre los pueblos. Lo que llama la atención es que dentro de los pueblos, todos estos cam- bios administrativos no tuvieron efectos, tal parece que el proceso de formación de un nuevo gobierno local no incidió en su organización social y política interna. Esto sólo puede conocerse a partir del estudio de casos que aborden esta cuestión. De todo esto, lo que es importante puntualizar es que la conformación territorial administrativa del Distrito Federal no contribuyó a integrar a los pueblos en la nueva estructura del poblamiento urbano. Si bien en este trabajo no se profundizó mucho en el proceso agrario y su relación con los pueblos y su urbanización, sí se pudo identificar que el reparto agrario tampoco tiene relación con la división territorial. La lógica del proceso agra- rio, de las relaciones entre diferentes pueblos son totalmente ajenas a la orga- nización territorial del Distrito Federal. Estos elementos también forman parte de la compleja problemática en la que ejidatarios, pueblos y población relaciona- da con ellos se conforman como actores activos de la vida urbana. Finalmente, una de las reflexiones más importantes derivadas de este trabajo es la diversidad existente entre los pueblos urbanos del Distrito Fe- deral. Si bien parece que una gran parte de los pueblos que existen en este territorio tiene antecedentes coloniales, algunos fueron creados directamen- te por diferentes autoridades, como los casos de Santa Fe en Cuajimalpa y de Guadalupe en Gustavo A. Madero, también hay pueblos que se crean en el siglo XIX con una lógica totalmente distinta a la colonial, como San Juan de Aragón también en la Gustavo a Madero. Aunque parecen casos aislados es importante considerar la diversidad interna de los pueblos si en algún estu- dio se quisiera profundizar en sus aspectos territoriales. Una de las cuestiones finales que hay que plantear para terminar este trabajo, es que sin duda los pueblos en su relación con el proceso de urbani- zación han presentado efectos diferenciados y en muchos casos problemáti- cos. Gran parte de sus tierras han sido ocupadas por colonias populares y unidades habitacionales, tal parece que la urbanización tomó sus tierras y ellas se poblaron con grupos de bajos recursos económicos, y con serios proble- mas de equipamiento y servicios urbanos. Lo que llama la atención es que esto no subsumió su estructura, de hecho mantienen su "identidad territo- rial" ya que se identifican con una traza urbana distinta a las colonias urba- nas y con prácticas sociales que se han recreado a través del tiempo.

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Capítulo 3

SAN PABLO CHIMALPA, CUAJIMALPA

INTRODUCCIÓN

MARÍA ANA PORTAL CRISTINA SÁNCHEZ MEJORADA

Lo que distingue a un pueblo urbano del resto de los asentamientos de la ciudad es la manera en que construyen, usan, significan y se apropian de sus tiempos y sus espacios. Esta forma de construcción y apropiación se da a partir de procesos históricos amplios, en territorios concretos, que se consti- tuyen en el contexto indispensable para comprender sus particularidades. San Pablo Chimalpa, corresponde al grupo de pueblos que Iván Gomezcé- sar tipifica como:

pueblos rurales y semirurales ubicados en la zona sur y surponiente del Distrito Federal, que poseen la superficie de bosques y zona de chinampas todavía en

que se caracterizan porque al menos parte de su subsistencia

depende de la tierra (agropecuaria, silvícola o recientemente turismo ecológico)

y poseen en su mayor parte formas de representación civil (enlaces territoriales,

con los actores sociales más organizados y con

la vida comunitaria más completa (Gomezcésar, 2010: 2).

producción [

]

subdelegados y otras figuras) [

]

Sin embargo, se distingue de éstos por estar ubicado en Cuajimalpa de Morelos, actualmente una de las delegaciones más dinámicas y con mayores índices de crecimiento, en el sur poniente de la ciudad. De los cuatro pueblos que conforman esta delegación, Chimalpa es reco- nocido como uno de los más antiguos. Estos dos aspectos -su antigüedad y el hecho de que se ubique en una delegación con un desarrollo acelerado y con una vocación de modernización de punta- lo convierte en un lugar que

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se debate entre la conservación de sus poderosas tradiciones ancladas en un sistema de organización socio-religioso sumamente complejo, y una ciudad que tiende a incorporarlo rápidamente a su lógica espacio-temporal. Situado a cuatro kilómetros de la cabecera delegacional, colinda al po- niente con San Jacinto y Zacamulapa en el municipio de Huixquilucan, Es- tado de México; al norte con San Lorenzo Acopilco y el bosque de La Venta; al sur y oriente con San Pedro Cuajimalpa y la colonia Zentlapatl. Esta ubi- cación lo coloca en una zona de grandes contrastes tanto económicos, como políticos y sociales, ya ha sido uno de los polos de mayor desarrollo urbano desde hace por lo menos 20 años. Pero también resulta un lugar estratégico por su colindancia con Huxquilucan que a su vez es uno de los municipios más ricos del país, con procesos de urbanización muy importantes.

Mapa 1. Ubicación y colindancias de la delegación de Cuajimalpa

Mapa 1. Ubicación y colindancias de la delegación de Cuajimalpa Fuente: Boletín Finsemaneando ciudadanosenred.com.mx

Fuente: Boletín Finsemaneando ciudadanosenred.com.mx

SAN PABLO CHIMALPA, CUAJIMALPA

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La delegación de Cuajimalpa es una zona boscosa, con ríos, barrancas y manantiales que actualmente ocupa 71 kilómetros cuadrados 1 en la sierra de las Cruces, importante conjunto montañoso que se localiza en la parte este del cinturón volcánico transmexicano y constituye un límite físico entre las cuen- cas de México y Toluca. Este conjunto está conformado por ocho estratovolca- nes 2 que vistos de sur a norte son: Zempoala, La Corona, San Miguel, Salazar, Chimalpa, Iturbide, la Bufa, la Catedral, así como otras estructuras menores como el volcán del Ajusco o el cerro del Teopazulco en Chimalpa. De origen prehispánico, se consolidó durante la Colonia como pueblo y mantuvo una larga tradición de leñadores y carboneros, acompañado de agri- cultura y ganadería de subsistencia. Durante el siglo XIX y principios de xx, San Pedro Cuajimalpa pasó de pueblo a cabecera de municipio y a partir de 1929 es cabecera delegacional. Como señalamos antes la delegación Cuajimalpa está conformada por cuatro pueblos (San Mateo Tlaltenango, San Lorenzo Acopilco, San Pedro Cuajimalpa y San Pablo Chimalpa) y 54 colonias, muchas de ellas de inva- sión o de reacomodo, que conviven con fraccionamientos residenciales para personas con alto poder adquisitivo, así como con modernos edificios donde se establecen grandes corporativos, en especial en el área de Santa Fe y sus alrededores (incluida la carretera a Toluca), un megaproyecto urbano que detona el desarrollo de la zona a partir de los años noventa. En ese contexto, Cuajimalpa se ha caracterizado por ser un lugar de mu- chos contrastes socioeconómicos, por tener un crecimiento y un proceso de urbanización tardío, si lo comparamos con el resto de la ciudad, y por un crecimiento poblacional vertiginoso: en 1980 había 91,200 habitantes en toda la delegación; para 1990 la poblaban 119,669 personas, cinco años des-

pués 136,865; en el 2000 habían 151,222 habitantes

172,172 habitantes. 4 Sin embargo, el mayor incremento absoluto de pobla- ción se dio justamente entre 1970 y 1980, cuando se incrementó el proceso

de urbanización, con un incremento de la población de 36,200 habitantes a 86,725 (Preciat y Contreras, 2000: 565).

3

y para el 2005 ya eran

'Esto representa 4.7 por ciento del total de territorios del Distrito Federal. 2 Un estratovolcán es un tipo de volcán cónico y de gran altura, compuesto por múltiples capas de lava endurecida. Al respecto se puede consultar a Vicente Araña Saavedra y José López Ruiz (1974). 3 Esto significa que creció 3.2 veces entre 1970 y el 2000. ••Documento elaborado por Soledad Cruz con base en el Archivo Histórico del INEGI, el Con- teo General de Población 1995 y 2005 y el Censo General de Población y Vivienda 1980-2000.

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Esta dinámica -que implica 24 por ciento de crecimiento anual- la ubica como una de las cuatro delegaciones con mayor crecimiento poblacional del Distrito Federal, y responde a dos procesos: por un lado, al crecimiento na- tural de la población, y por otro, con un creciente proceso de migración tan- to de sectores populares provenientes de otros estados de la República -prin- cipalmente del Estado de México, Michoacán, Puebla e Hidalgo- como del propio Distrito Federal, en donde también se incluyen sectores altos y me- dios que originalmente vivían en Polanco o Las Lomas de Chapultepec.

Mapa 2. Estructura de poblamiento en la delegación Coajimalpa en 1938

de poblamiento en la delegación Coajimalpa en 1938 Cartografía delegacional, OCIM, 2005 Estructura de

Cartografía delegacional, OCIM, 2005 Estructura de poblamiento con base en el plano ejidal de 1938, Cuajimalpa, Archivo General Agrario. Localidades. Archivo Histórico de las Localidades INECI Elaboración: María Alejandra Flores

La migración de las clases altas atraídas por el megadesarrollo de la zona ha generado, según el mapa de ingresos del Instituto Nacional de Estadística Geogra- fía e Informática ¡INEGI) que esta zona -particularmente en el área de Santa Fe- sea la única en donde conviven territorialmente las personas de mayor ingreso per capita, junto a aquellas con los menores ingresos de la ciudad (Moreno, 2009). Todos estos grupos -tanto los de muy altos ingresos como los de meno- res ingresos- se asientan en esta zona porque que todavía cuenta con impor- tantes extensiones de terreno disponibles para compra, muchos de los cuales provienen precisamente de las tierras y bosques pertenecientes histórica- mente a los pueblos. Ello se puede observar en el hecho de que mientras el

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conjunto del Distrito Federal tiene una densidad de población de 2,130 ha- bitantes por km 2 , Cuajimalpa sólo alcanza 497 hab/km . En la dimensión territorial llama la atención que todos los pueblos de la delegación se ubican en las zonas altas, mientras que los fraccionamientos residenciales ocupan las partes bajas de las colinas, principalmente la zona noreste de la delegación, aunque también llegan a ocupar algunas zonas de estas montañas en terrenos que antes pertenecieron a los pueblos. Este dinamismo la coloca -junto con Milpa Alta y Tláhuac- dentro de lo que se han considerado delegaciones "jóvenes". Es decir, que a diferencia de las otras delegaciones del Distrito Federal cuya población tiende a mantenerse estable en su crecimiento provocando el aumento en la edad promedio de su población, 6 Cuajimalpa tiene una población promedio de 24 años de edad. Este aspecto es muy importante cuando se traduce en necesidades de servicios y otros aspectos socioeconómicos que tendrán que ofertar las autoridades a mediano y largo plazo. Lo antes descrito, ha generado una enorme presión sobre los territorios de los pueblos, que han vendido grandes extensiones de sus tierras de labor -principalmente propiedad privada y ejidal- para dar paso a la construcción de fraccionamientos residenciales cerrados y colonias popu- lares perdiendo así mucho de sus territorios originales. Esto se expresa en el hecho de que si para 1950 la población económicamente activa dedicada a labores agropecuarias y forestales representaba 46 por ciento de los habitantes de la delegación, para 1990, sólo era 1.3 por ciento, de tal suerte que para 1997 46 por ciento del suelo era para uso habitacional, 15 por ciento mixto y 4 por ciento de recreación, lo que nos deja un reducido 35 por ciento para activida- des agropecuarias y zonas de conservación (Preciat y Contreras, 2000: 566). Frente a esta dinámica de crecimiento, las autoridades delegacionales y la ciudadanía enfrentan un consecuente deterioro ecológico ya que 30 por ciento de su población se asienta en suelo de conservación. Esto se traduce en escasez de agua, problemas de contaminación del aire, ríos y barrancas, presión sobre el precio de la tierra, pérdida de terrenos agrícolas y una pro- funda transformación en el perfil laboral de su población. Es en este contexto que ubicamos a San Pablo Chimalpa. Considerado, en el Programa Delegacional de Desarrollo Urbano, todavía como poblado rural, 7 ocupa

2

5

5 Breviario de la Delegación Cuajimalpa de Morelos, 2009. 6 Por ejemplo, en Benito Juárez la edad mediana de los residentes es de 33 años. 7 De acuerdo al Programa Delegacional de Desarrollo Urbano que se presentó en el 2007, pero no fue aprobado, la nueva versión se puso a consulta de la población hace unos meses y en ella se siguen definiendo los pueblos de Cuajimalpa como rurales.

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158.52 hectáreas que se asientan en un área boscosa entre pendientes y dos barran- cas, la del río Borracho al norte y poniente y Honda al oriente, cruzadas todavía por algunos ríos y manantiales provenientes del Cerro Teopazulco, que surten de agua potable a la comunidad. Por lo mismo tiene una topografía irregular que ha determinado tanto el trazo irregular de sus calles, como su imagen urbana. De estas 158.52 hectáreas 40.41 son área urbana, 65.69 son área boscosa y 53.11 corresponden al área no urbanizada o tierras de cultivo. 8 La topogra- fía accidentada debiera representar un límite al crecimiento; sin embargo, la poligonal del pueblo ha sido rebasada hacia las zonas de barranca o arbola- das, al establecerse asentamientos irregulares, muchos de ellos en zonas de riesgo. Entre los asentamientos irregulares están: El Carmen, río Borracho,

Almeya, Panazulco, Acazulco, Ahuastitla,

Chimalpa. Hacia el suroriente del poblado se encuentran terrenos agrícolas de propiedad privada. Ahora bien, a pesar de encontrarse en medio de lugares pujantes inmer- sos en procesos modernizadores y globalizadores, paradójicamente Chimal- pa es un pueblo con una estructura tradicional consolidada, que tiene meca- nismos propios de reproducción y formas de organización que determinan tanto los ritmos de la vida cotidiana como sus espacios. Lo que llamamos estructura tradicional hace referencia a dos dimensio- nes que caracterizan a San Pablo Chimalpa: la dimensión espacial/territorial, que se distingue de otros pueblos de la zona por estar constituida sólo por propiedad privada, y la dimensión temporal que se refiere a las formas de organización cívica y religiosa, la cual es articulada por las relaciones de pa- rentesco, ritmando la vida tanto festiva -cuyo eje lo constituye un complejo sistema festivo que tiene como núcleo la fiesta patronal- como cotidiana de la comunidad. Todo ello construido a lo largo del tiempo a partir de procesos específicos como veremos en estas páginas. Lo que a continuación presentamos es una reflexión en torno a la cons- trucción del espacio social, el territorio y la organización del pueblo atrave- sado por la idea del tiempo histórico y el tiempo como mareaje de ritmos en la vida cotidiana. De allí que esté dividido en dos grandes apartados que muestran este proceso.

Camino a Moneruco y Camino a

9

"Consultado en la base de datos del Observatorio Urbano de la Ciudad de México, OCIM-SIG, elaborado por María Soledad Cruz Rodríguez. 9 Estos son algunos de los parajes que conforman el pueblo, que se ubican en la periferia y es a donde se han ido vivir los hijos y nietos de los originarios, los consideran irregulares pues se encuentran en suelo de conservación.

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CHIMALPA: ESPACIO SOCIAL Y TERRITORIO

Si, como planteamos al principio, la reproducción de las diferencias cultura- les entre los grupos sociales -en este caso urbanos- se da, en función del uso, la organización y el control que se ejerce sobre el tiempo y el espacio, la pregunta obligada es ¿cómo se da este proceso en el caso de San Pablo Chimalpa? ¿Cuáles son los ejes organizativos fundamentales?¿Qué lo diferencia de otros pueblos urbanos? El espacio es concebido más que como un "contenedor" de las prácticas sociales, como una red de vínculos de significación que se establece al inte- rior de un grupo social con las personas y las cosas, mientras que el tiempo sería el movimiento de esa red, con un ritmo, una duración y una frecuencia (Aguado y Portal, 1992: 72).

el espacio es necesariamente parte integral de ese proceso de construcción y también un producto del proceso (Massey, 2005: 107).

Es al mismo tiempo contenido y contenedor de las prácticas sociales; es un marco desde donde se organizan las prácticas, pero es también lo que significan esas prácticas ordenadas culturalmente. El espacio es, así, funda- mento de los saberes locales ya que no se conoce ni se aprende en abstracto, "el conocer está ligado al espacio vivido y a la tipología del territorio" (Labor- da, 2006: 70). Para este autor, el espacio vivido:

no es un mero soporte, una sustancia primaria, sino un canon de realidad, que otorga sentido a lo que se percibe, pues integra la ideología, es decir, lo que sigue la lógica propia de las ideas de la comunidad: su conciencia, sus creencias y mitos, sus valores y objetivos. En definitiva, las leyes de la representación de esta comunidad son las que levantan los principios de interpretación y de con- sistencia de lo físico, de lo exterior (Laborda, 2006: 71).

En este contexto el espacio social es una abstracción o, como dice

"no es superficie". El territorio en cambio hace refe-

rencia a lo materialmente fáctico. De ahí que tanto el espacio social como el territorio son producto de un proceso social específico. Esto nos lleva a preguntarnos ¿cuál es la forma histórica y social en que San Pa- blo Chimalpa construye, articula y ordena su espacio y el territorio en que habita?

Massey (2005),

88 • MARÍA ANA PORTAL Y CRISTINA SÁNCHEZ MEJORADA

88 • MARÍA ANA PORTAL Y CRISTINA SÁNCHEZ MEJORADA Históricamente Chimalpa surge en la época prehispánica,

Históricamente Chimalpa surge en la época prehispánica, más como un caserío disperso que como una población consolidada, que por su ubicación -en la serranía del Teopozulco y de cara a la zona otomí- recibió su nombre, el cual quiere decir: "sobre el escudo" que viene de las palabras del náhuatl chimalli que significa escudo y pan sobre. En efecto, este asentamiento juga- ba el papel de escudo o barrera de contención para evitar que los otomís cruzaran las fronteras. Se dice incluso que era un fuerte militar, sin embargo, no hay claros vestigios de ello, aunque en las tierras de Chimalpa se han encontrado puntas de lanza de obsidiana y otros enseres. Es durante la época colonial cuando realmente se consolida como pueblo al formar parte del Marquesado del Valle.

LA CONSTRUCCIÓN DEL TERRITORIO DE CHIMALPA DURANTE LA COLONIA

Tres años después de consumarse la conquista de México -Tenochtitlán, el emperador de España, Carlos I, premió a Cortés con una "merced real" que

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consistió en la donación de 23,000 vasallos (españoles e indios) a perpetui- dad, con jurisdicción civil y criminal, y las concesiones del Título de Mar- qués del Valle y de Capitán General de la Nueva España. En la carta de do- nación se hace expresa mención de los alcances territoriales y jurídicos de la merced real. 10 Territorialmente el Marquesado era muy grande. La superficie otorgada a Cortés incluía 22 pueblos y múltiples poblados y barrios ubicados en lo que hoy se conocen como los estados de Oaxaca, Veracruz, Distrito Federal, Estado de México, Morelos y Michoacán, aunque no presentaban una unidad territorial pues se hallaban en varias regiones separadas entre sí. Por lo mismo, los pueblos donados fueron agrupados en nueve jurisdicciones conformadas del modo y la manera que lo estaban las de la Real Corona:

1) Alcaldías mayores, que en este caso eran tres: Cuernavaca, de las Cua- tro Villas Marquesanas (Oaxaca), Tuxtla y Cotaxtla. 2) Corregimientos, que eran cinco: Coyoacán, Yecapixtla, Oaxtepec, Te- huantepec, Toluca y Charo Matlalcingo.

El Corregimiento de Coyoacán tenía una extensión de 550 km 2 . Su ca- becera era la Villa del mismo nombre y contaba con 34 poblados. A esta ju- risdicción estaban sujetos los pueblos: Mixcoac, San Agustín de las Cuevas, San Ángel, Churubusco, Tacubaya y San Pedro Cuajimalpa, incluidos sus barrios y poblados: San Pablo Chimalpa, San Lorenzo Acopilco y San Mateo Tlaltenango. Tanto los alcaldes como los corregidores eran gobernadores de sus respectivas localidades. Sus funciones administrativas eran muy varia- das y tenían que ocuparse del cobro de los tributos, de repartir las 600 varas de tierra en redondo que por ley se daban a toda comunidad erigida en pue- blo, de tomar medidas si se presentaban epidemias, y ocuparse de mantener puentes y caminos en buen estado. Para cumplir con sus funciones los alcal- des y corregidores podían nombrar a un teniente. En Cuajimalpa había un teniente del corregidor de Coyoacán (García Martínez, 1969).

10 A partir de la conquista de tierras mesoamericanas por la corona española, en 1521, ésta empezó a repartir a los pobladores españoles "mercedes reales", en tierras, como remu- neración por los servicios prestados a la conquista material y espiritual de los pueblos indí- genas. Las mercedes eran concesiones sobre uso de suelo y no donaciones de tierra en plena propiedad, pero pronto estas concesiones se fueron transformando en derecho a la propiedad sobre terrenos colindantes de los pueblos de indios, a través de la venta de bienes realengos o baldíos y el acaparamiento de tierras de comunidad. La República de españoles coexistió con la República de Indios, éstos eran "encomendados" al "señor español" quien debía garan- tizar la instrucción religiosa y recaudar el tributo en especie o trabajo.

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Entre 1530 y 1534 Hernán Cortés realizó una serie de litigios contra el Ayuntamiento de México para demostrar los límites y posesión del Marque- sado del Valle que le había sido otorgado por el rey. Le interesaba proteger, por su cercanía a la ciudad de México, sus propiedades de Tacubaya y Co- yoacán, pero en especial el camino de la ciudad a Lerma y Toluca, donde había ricos cultivos y grandes haciendas ganaderas de su propiedad.

Cortés decidió demostrar sus privilegios y derechos de posesión fundando a los lados del camino real a Toluca, pueblos de indígenas 11 con todas las formalida- des de la ley a que recurrían para garantizar sus actos, colocó en el gobierno de dichos poblados a un gobernador indígena de toda su confianza y le otorgó las tierras inmediatas (Valdés, 1983: 93).

Entre la serie de documentos que presentó Hernán Cortés para defender sus tierras se encontraba el códice Cuauhximalpan que fuera creado para demostrar cómo el conquistador había donado y otorgado el control de cier- tos pueblos y barrios a determinados caciques indígenas, los cuales en con- traparte se volverían subditos del marquesado y vasallos del rey español, como lo indica -para Cuajimalpa- el propio códice:

Ha quedado todo esto registrado para que todos los habitantes del pueblo lo sepan y firman las autoridades contemporáneas, nobles y funcionarios que parecen incluir a Don Gabriel Cuauhtlecoatzin, Tecocomoc, Don Melchor Cuauhtlecoatzin (hijo de Moctezuma II) Tlayacanqui y Juan Caciqvie. El tla- cuilo 12 o escribano firma como Lucas Mateo. La concesión se dio en el mo- mento de la llegada del primer virrey de Nueva España, en el año de 1535

H En 1534 Hernán Cortés procedió a fundar varios pueblos y a dotar de tierras a otros que ya existían, como San Pedro Cuajimalpa, San Pablo Chimalpa, San Lorenzo Acopilco y San Mateo Tlaltenango y los que se encuentran en otras circunscripciones como: San Bartolo Ameyalco, Santa María Magdalena, San Jerónimo, San Bernabé Texotitlán, Santa Lucía, Te- telpan Axciotzingo, San Nicolás y Santa María Axoxoxco. Casi todos ellos estaban situados en los caminos de Mixcoac, Coyoacán y Tacubaya a la Casa Real de Cortés ante su presencia y la de todos los habitantes del pueblo, en el que se describen las características de las tierras y sus linderos (Báez Recillas, 2000). En este proceso una de las acciones que se efectuaron fue la de imponer un nombre católico a cada pueblo con nombre indígena, conservando ambos. 12 Los tlacuilos eran los encargados de dibujar los códices en que los indígenas llevaban registros de toda naturaleza. Para formar los códices usaban papel de amate, piel de venado, tela de algodón tejida en telar de cintura, y, tal vez, papel de maguey, así como tinta, exclusi- vamente negra y roja, para las pinturas y glifos. Los códices se guardaban, doblados a manera de biombos, en amoxcalEs, o casas de códices (Wikipedia).

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(véase: ficha de la foja 20v, en el capítulo 6, estudio analítico del texto]. Al parecer teniendo a Hernando Cortés, conquistador de México y quién poste- "

riormente recibió el título de "marqués del valle

tlatocatzin). A él deberían entonces pagarle tributo en lo inmediato, a éste último debía tomar su parte y entregar a la administración de la corona en esta Nueva España la parte correspondiente. En el folio 25v, líneas 10-14 se dice que en la casa real se reunieron todos los habitantes y ante su presencia se realizó, escribió y/o firmó, este papel de tierras. Tal vez, como representante de los habitantes del pueblo de Cuajimalpa firmó el nombrado Juan Cacique, por los nobles (al menos de su propio linaje), Don Gabriel y Don Melchor Cuauhtlecoatzin Tlayacantzin y Tecocomoc. No hay nombre que indique la presencia del linaje Xihuytl Temoc tzin, a nuestro parecer el de mayor impor- tancia y probable principal interesado como particular en la elaboración del escrito; más que nada como miembro de los primeros fundadores y goberna- dores de esta tierra de quien por cierto, su último representante aparece en el códice en el folio 5v (Don Francisco) y quizá sea el mismo del folio 5r, quien gobernaba a la llegada de los castellanos (Báez y Recilla, 2000).

como el gran señor (huey

San Pablo Chimalpa, por encontrarse en un camino secundario que debía recorrerse por barrancas y laderas muy empinadas (que resultó un camino poco transitado para pasar al valle de Toluca), es poco mencionado en la his- toria y eso dificulta la interpretación de lo ocurrido. No obstante, los poblado- res de Chimalpa narran -a partir de lo que sus antepasados les dijeron- que originalmente el pueblo se encontraba en la cúspide del cerro, lo que permitía mucha mayor visibilidad de la zona y el valle, pero que después se asentaron en la zona un poco más plana, donde actualmente se encuentra y donde había un estanque de agua o manantial al que bajaban a tomar agua los animales del monte, en especial los venado. 13 Allí se construyó una pequeña capilla o ado- ratorio, en torno al cual se edificaron las primeras viviendas.

La posición de la iglesia de San Pablo Chimalpa tiene todos los elementos para pensar que también había una pirámide o un templo debajo. La iglesia estaba, o ese espacio está construido sobre lo que fue un manantial, a mitad del cerro, es algo extraño, pero hay vestigios. Incluso a principios del siglo pasado hay quie- nes dicen que todavía era zona pantanosa, que circulaba agua. Otras personas dicen que en la segunda torre se escucha como circula agua. Lo cierto es que al estar un manantial en medio del cerro, para las culturas prehispánicas era algo

'De ahí que a los chimalpenses se les conozca con el sobrenombre de venados.

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relevante y por lo tanto merecía la construcción de un templo, un adoratorio, tal vez no de grandes dimensiones, pero sí importante. Lo que propició que las per- sonas que vinieron a evangelizar dieran por hecho que ese sería un punto reli- gioso, y por el sincretismo que se dio en la conquista pudieron fundar una capi- lla o un templo. 14

Esta práctica corresponde también a la necesidad que tenían los españo-

les y en especial los evangelizadores de agrupar a los indios dispersos por el

en puntos precisos del mismo y más cerca de las cabeceras o pue-

blos centrales. Pero la reorganización de la población indígena en congrega- ciones y el establecimiento de las encomiendas tenía también una orienta- ción económica ya que facilitaba el pago del tributo en dinero, especie y servicio personal, estableciéndose para lo mismo el repartimiento de indios destinados principalmente al trabajo agrícola, forestal y al de los centros mineros. Se dice que:

territorio

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Los indios que habitaban los pueblos de Cuauhximalpan, Chimalpan y Acopilli no aceptaron pagar un tributo en dinero, así que se les pidió que talaran los bosques que rodeaban estos pueblos, el tributo fue su trabajo y la madera era entregada en la ciudad (Valdés, 1983: 25).

Con esta política, la cabecera San Pedro Cuajimalpa se fortaleció y creció, en especial porque en ella se ubicaba el mercado, la iglesia y oficinas guberna- mentales en torno a la plaza cívica. Los barrios o poblados aledaños (Acopilco, San Mateo y Chimalpa) también siguieron aglutinando población en especial en torno a las capillas e iglesias que se empezaban a construir en estas zonas. Algunas fuentes señalan que fueron los dominicos los que iniciaron la cons- trucción de la capilla de San Pablo en 1700, lo cual es posible ya que la construc- ción de la iglesia de San Pedro Apóstol de Cuajimalpa se atribuye a esta misma orden, quienes iniciaron la construcción de ese templo en 1628, aunque se concluyó con todo y su torre norte hasta 1785. En los entornos de dicha zona se encuentra también el Convento del Desierto de los Leones, fundado en 1604, por los Carmelitas descalzos. 16

'"Entrevista realizada a Ernesto García. 15 Lo que se llamó congregaciones de indios. 16 Dentro de esta orden se acostumbraba, a manera de penitencia y reposo espiritual, ha- bitar los llamados "desiertos", palabra destinada por ellos al referirse a lugares aislados, bos- cosos, pintorescos y alejados del bullicio humano. En estos sitios los frailes realizaban peni- tencias como la autoflagelación y el ayuno, así como votos de silencio. Inicialmente el

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El Templo de Chimalpa dedicado al apóstol San Pablo -de ahí su nom- bre- se conservó, hasta principios del siglo xx, como una construcción mo- desta, de adobe, con una sola torre. Poco a poco los habitantes la han ido restaurando y ampliando y se constituye en un referente central para el pue- blo, ya que hasta la fecha forma parte de su identidad además de que ha de- finido el patrón de asentamiento del poblado: en torno a la iglesia se estruc- tura el poblado, y a su alrededor se desarrolla gran parte de la vida social, como veremos más adelante. Otro aspecto importante de tomar en cuenta es el territorio que se va construyendo durante el periodo colonial. En este momento la estructura de la propiedad territorial de los pueblos no se basó en la propiedad individual sino en la propiedad comunal. Las tierras indígenas se poseían y explotaban de manera comunal y no podían enajenarse. Existía el fundo legal, que con- sistía en la mínima extensión que debía tener un pueblo de indios. Era como el casco o lindero que no comprendía tierras de labor designadas para la sub- sistencia comunitaria y se le denominaba ejido.

Los pueblos de indios también se favorecieron con la dotación de ejidos, dehesas y fundos legales. El ejido, que en esa época no tenía nada que ver con la forma de la propiedad que actualmente se conoce, era aquella extensión de tierra con- cedida a los pueblos, villas y ciudades para uso común y gratuito de sus habitan- tes, su superficie no debía estar ocupada por casas o edificios públicos. Es impor- tante notar que los ejidos no eran tierras de labranza, ni se trataba de tierras de comunidad, más bien se identificaban como tierras comunes dedicadas a satis- facer las necesidades colectivas del pueblo (como el pastoreo y la recolección de

convento se iba a establecer en Puebla, no obstante, por esos tiempos ocurrió la milagrosa aparición de la imagen de San Juan Bautista en San Mateo Tlaltenango ante Fray Juan de la Madre de Dios (fraile franciscano), a quien se le indicó construir una iglesia en el pueblo, construcción que se inició en 1571. Se dice que años después este mismo santo indicó a los carmelitas construir su convento en los montes llamados de Santa Fe. Cuellar (la persona que financió la obra) aceptó cambiar la ubicación del convento, para lo cual se consiguió el permi- so del virrey Marqués de Montes Claros y la fundación se llevó a cabo el 16 de diciembre de 1604, aunque el convento se concluyó en 1611. Por diversas razones los frailes solicitaron, después de la independencia, dejar el convento (entre éstas se encuentran las frecuentes disputas en torno a la propiedad de la tierra, el clima, las batallas que se libraron ahí, la ocupación del convento por parte de los insurgentes, entre otras. Una vez que el nuevo convento terminó de construirse -en los montes de Nixcongo en Tfenancingo hoy Estado de México- se fueron y lo entregaron a la jurisdicción de la ciudad de México. Estas tierras después serían solicita- das por los habitantes de Chimalpa a manera de restitución de tierras.

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leña). La dehesa era una superficie cualquiera de terrenos acotada por cercas, vallas y paredes, destinada al pastoreo del ganado (Cruz, 2001: 28).

El ejido era entonces el terreno de uso común para la explotación de montes, pastos y aguas que se encontraba a la salida del pueblo. Estaba ex- cluido de ser sembrado o labrado para uso particular. Las tierras de repartimiento, de parcialidades, o llamadas comúnmente "par- celas de común repartimiento", provenían de las tierras otorgadas a las familias en usufructo, con obligatoriedad de utilizarse siempre. Sus productos, como en este caso el carbón y la madera, se destinaban a cubrir determinados gastos pú- blicos de la comunidad y estaban libres de arbitrios e impuestos. 17 Había terrenos que se destinaban para el pastoreo de los animales, práctica que se mantuvo has- ta la mitad del siglo xx como relatan los habitantes de Chimalpa:

los campesinos de aquí lo que querían era que las tierras produjeran, no les importaban tanto las inmobiliarias y todo eso, lo que les importaba es que pro- dujera, y como allí no se producían muy bien porque los padres no la cultivaban, sólo la dejaban así que estuviera como monte, como llano, nada más tenían pasto. Entonces para lo único que lo utilizaban los de aquí era para llevar a sus animales, pasando Cuajimalpa está un como rancho, y los llevan y los dejan allí porque lo único que hay allí son pastos. Es para lo único que lo utilizaban por- que la tierra era tan infértil que no se producía nada. 18

A partir de los siglos xvn y xvm se favoreció la formación de haciendas y ranchos a través de las llamadas "composiciones de tierras" que consistían en regularizar los títulos falsos o defectuosos contratados con la corona. Es- tos nacen de terrenos baldíos o bienes realengos vendidos por la corona, en donde este tipo de composiciones eran determinantes para saber qué tierras estaban baldías y disponibles; asimismo se constituyeron de mercedes otor- gadas para las estancias ganaderas -que pese a las prohibiciones reales com- binaban las actividades ganaderas con las agrícolas-. Con todo ello se con- formó un tipo de propiedad de españoles, que se localizaba en los linderos de los pueblos. Así, regularizaron tierras apropiadas ilícitamente y adquirieron

17 Boletín informativo de la Dirección General de Archivo Histórico y Memoria Legislati- va., año ni, núm. 24 http://www.senado.gob.nrx/content/sp/memoria/content/estatico/con- tent/boletines/boletin_24.pdf. Senado de la República, marzo-abril, 2003. '"Entrevista con la señora Ofelia Martínez, originaria de Chimalpa, abril de 2008.

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otras más a bajo costo. 19 Las haciendas crecieron a partir de asentamientos fijos de trabajadores agrícolas, residentes y asalariados y a partir del despojo de las tierras de los pueblos indios. La estructura en cuanto a la propiedad de la tierra se modificó de manera profunda a partir de la Independencia pero sobre todo al finalizar el siglo XIX, cuando, auspiciada por la política porfiriana, se presenta el mayor proceso de acaparamiento de tierras, se constituyen grandes haciendas y se forman ran- chos. En el caso de Cuajimalpa se identifican tres grandes haciendas: La Venta, Jesús del Monte y Buenavista (mapa 2). Este proceso de acaparamiento de tierras sufrirá un importante revés después de la Revolución de 1910, en donde se pueden observar nuevas ten- dencias en torno a la propiedad de tierra y su distribución.

EL IMPACTO DE LA REFORMA AGRARIA

Después de triunfar al frente del Ejército Constitucionalista, en abril de 1916, Venustiano Carranza estableció definitivamente su gobierno en la ciudad de México e inmediatamente se propuso llevar a cabo reformas socia-

les, entre ellas las relativas a la cuestión agraria, un problema social y nacio- nal, para lo que dispuso que se legalizaran las reformas agrarias que preten-

Inspirada en los lincamientos de la propuesta de

Andrés Molina Enríquez 21 y redactada en Veracruz por Luis Cabrera -colabo- rador de Carranza-, fue expedida la Ley Agraria, el 6 de enero de 1915, en la que se concebía al ejido no como un nuevo sistema de tenencia, sino como reparación de una injusticia.

día el Plan de Ayala.

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"Aunque los pueblos de indios no contaban con instrumentos legales de tipo español para protegerse de despojos, porque organizaban y legitimaban sus tierras de manera interna según sus costumbres particulares, algunos lograron conseguir con- firmaciones sobre sus propiedades porque continuaron pagando tributo y eso conve- nía a los intereses de la corona. Véase Bernardo García Martínez, "Estancias, ha- ciendas y ranchos. 1540-1750", en Ibidem, tomo n, p. 20. 20 El periódico de México. http://www.elperiodicodemexico.com/historia_agraria.plip. "Promulgación de la Ley Agraria del 6 de enero de 1915".

21 En 1909, el abogado mexiquense Andrés Molina Enríquez escribió un libro al que inti- tuló: "Los grandes problemas nacionales", en éste hacia referencia a la gravedad de la situa- ción del campo mexicano y propuso algunas soluciones, sin embargo, su obra no tuvo mucha resonancia.

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