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Las declinaciones del padre

06/07/2005- Por Silvia Ons

En el Seminario “La ética del psicoanálisis” 1 , dice Lacan: “El mito del asesinato del padre, es, efectivamente, el mito de una época para la cual Dios está muerto. Pero si Dios está muerto para nosotros lo está desde siempre, y esto precisamente nos dice Freud. Nunca fue padre sino en la mitología del hijo, es decir la del mandamiento que ordena amarlo” El psicoanálisis se inscribe en el marco del “Dios ha muerto” nietzscheano, al punto tal que se puede afirmar que Freud levanta la figura del padre allí donde la cultura indica su decadencia. Es que el creador del psicoanálisis se afanó por afirmar la preeminencia del padre en la constitución de la realidad psíquica. Sin embargo, tal preeminencia no debe hacernos olvidar que, cuando Freud recuerda que Pater semper incertus, dice con esto que el padre es un nombre cuyo referente no está garantizado por una verdad de experiencia, sino por la fe en la nominación. Al respecto Lacan agrega que “Freud no vacila en articular que lo que implica la fe, es en esencia, el nombre” 2 Ya entonces, la palabra que nombra al padre se levanta en el horizonte de la declinación dada por la misma incertidumbre estructural sobre la paternidad. Con la escritura Nombre-del–Padre, extraída de la religión católica, Lacan se refirió ya muy tempranamente a un término que toma el relevo de un padre que desfallece, anticipando así lo que muy posteriormente elaboraría como suplencia. Si el cristianismo es la religión del hijo, esta religión se levanta en el espacio donde Dios padre lo deja al abandonarlo. En el Nombre pues, de ese padre que ha abandonado, el padre ya en su constitución llama a la nostalgia, su nombre es trazo de su ausencia y paradójicamente el Nombre–del–padre pasa a ser un soporte del ateísmo. Entonces, ¿cómo pensar en su declinación, cuando el mismo Nombre–del–padre habla ya de esa declinación? Sin embargo la lógica de esta estructura, no le impide a Lacan referirse al padre contemporáneo como diferente del padre de antaño. Abundan en Lacan las referencias epocales relativas a la cuestión del padre, ellas van desde la consabida declinación de la imago paterna en “La familia” 3 , al ocaso viril que explica las relaciones sexuales contemporáneas al estilo pequeño Hans, 4 la tragedia en la triología de Claudel representativa del “nuevo padre” como padre humillado, hasta la degradación del “nombrar para” 5 donde se verifica la decadencia de la nominación de estos tiempos. Entonces la cuestión del padre está atravesada por determinaciones estructurales e históricas. Detengámonos en las referencias citadas. En “La familia” Lacan alude al debilitamiento social de la imago paterna, afirma que tal debilitamiento está condicionado por los efectos extremos del progreso social, a punto tal que se acentúa en las comunidades más alteradas por estos efectos: concentración económica y catástrofes políticas. “Es posible que el sublime azar del genio no explique por sí solo que haya sido en Viena –centro entonces de un Estado que era el melting-pot de las formas familiares más diversas, desde las más arcaicas hasta las más evolucionadas, desde los últimos agrupamientos agnáticos de los campesinos eslavos hasta las formas más reducidas del hogar pequeño burgués y hasta las formas más decadentes de la pareja inestable, pasando por los paternalismos feudales y mercantiles– el lugar en el que un hijo del patriarcado judío imaginó el psicoanálisis”. 6 Respeto a Juanito, Lacan no vacila en pronosticar una posición pasiva aunque heterosexual, no dudando tampoco en vincular dicha posición con la ausencia del padre real. Vemos perfilarse en el progenitor una de las posibles figuras del padre psicoanalizado representado por ese amable vienés que, deslumbrado por el saber psicoanalítico, es incapaz de portar el significante amo

rector. La transferencia con el “profesor” va de la mano de la desvirilización, será el hijo quién guiándolo hacia lo que debería hacer como padre logra que después del tratamiento sea un poco más viril. El caso preanuncia aquello que fue común constatarse progresivamente: el uso del psicoanálisis para comprender ilimitadamente al niño en desmedro de la autoridad paterna y el niño –en ocasiones– ocupando el lugar del superyó paterno. Porque la ley no está hecha para ser comprendida: “Lo dicho primero decreta, legisla, aforiza, es oráculo,

confiere al otro real su oscura autoridad.” 7 El psicoanálisis ha levantado la figura del padre pero uno de sus efectos ha consistido en pasivizar al psicoanalizante, el

padre sí

Lacan y Miller acuerdan con la tesis de Kojève 8 acerca de la desvirilización del mundo. Miller afirma que la idea del declive viril, incluso su desaparición del mundo contemporáneo, no es pensable sin el declive del padre. Este eclipse es lo

que resta del lado izquierdo de la fórmula de la sexuación masculina si obliteramos

la parte izquierda de la fórmula, es decir si eliminamos el “al menos uno” que haga

excepción. La fórmula nos dice que el hombre en tanto todo se inscribe mediante la función fálica, aunque no hay que olvidar que esta función encuentra un límite en la existencia de una x que niega la función y ello no es otra cosa que la función del padre 9 . El decir del padre debe recortarse como dicho diferente que toma el relevo de la ausencia de fundamento: lo dicho primero decreta, es oráculo, confiere al otro real su oscura autoridad. Miller dice que si esta excepción es eliminada queda entonces el “todos lo mismo” de la democracia, Kojève se refiere a la Revolución francesa y a su producto, Napoleón como el “último hombre”. Es interesante tener en cuenta que ningún político del Estado nacional moderno ha seguido a Rousseau hasta sus últimas consecuencias salvo el caso de los revolucionarios. Robespierre predicó una virtud tomada de Rousseau consistente en la convicción profunda de que el valor de una política debe ser medido por el grado en el que se opone a todos los intereses particulares. “el acuerdo de todos los intereses se constituye por oposición al de cada uno”. Virtud pues, la revolucionaria, que oblitera el al menos uno del lado izquierdo, o sea la necesariedad de que el padre se recorte del “para todos” como excepción. Más si es la misma excepción la que funda el todo queda acaso el “todos lo mismo” de la democracia o, ¿más bien no se ve ella misma amenazada en sus fundamentos? No hay que olvidar que la triología de Claudel es la de una tragedia posterior

a la Revolución francesa y que Lacan retiene principalmente en esta temática la noción de “padre humillado” pero sin definir mejor sus rasgos. No se sabe bien quién lo representa en las piezas de Claudel: ¿el papá en El rehén?, ¿Toussaint Turelure muerto por su hijo? A pesar de sus extensos comentarios, Lacan no aísla rasgos del padre tan precisos como los que marca en los casos de Edipo o Hamlet. Como si la imagen de nuestro padre contemporáneo resultara borrosa y se resumiese en la de un padre humillado. Lacan nos habla de la desaparición del sentimiento trágico contemporáneo. “El Edipo sin embargo no podría conservar indefinidamente el estrellato en una formas de sociedad donde se pierde cada vez más el sentido de la tragedia.” 10 Emmanuel Mounier, muerto en 1950, creador en Francia de la corriente llamado Personalismo nos dice que la desesperación es un sentimiento individualista. Los grupos se encolerizan o desalientan, pero no desesperan. La desesperación refleja en todos los sentidos el gesto que aísla, niega o rechaza. Se complace en la negación, surge del vacío y crea el vacío. Lo trágico nace, por el contrario, de la sobreabundancia, (como profusión y plenitud). El hombre ensimismado va a la desesperación a través de una pérdida indefinida de sustancia. La desaparición de la tragedia contemporánea se liga así al incremento de la desesperación.

pero del psicoanalizante.

Del Nombre-del-Padre a los Nombres del Padre

Si bien siempre Lacan articuló la metáfora del Nombre–del–Padre con el padre muerto, no dejó de concederle a esa metáfora un poder ilimitado. Es que si nos remitimos a su primera formulación advertimos que ella metaforiza en forma acabada y completa todo el deseo, al punto de suprimir el deseo de la madre y de donar plena significación fálica al Otro del lenguaje. El Nombre–del–Padre hace a la constitución del universal del código y también posibilita que la particularidad del sujeto se inscriba en ese universal, las resonancias hegelianas son evidentes. Así, las formaciones del inconsciente como mensaje se articulan con el lugar del código, gracias a la función del padre. En la psicosis el neologismo resta como particularidad ilegible, en la medida en que ha sido forcluída esta función. La metáfora del Nombre del Padre posibilita el alcance también metafórico de las formaciones del inconsciente. Claro que el olvido del nombre Signorelli pone un tope al poder ilimitado de la metáfora 10 , al respecto Lacan señala que en lugar de la metáfora surgen en Freud vocablos sustitutos, Boltraffio y Botticelli son restos metonímicos. Así, a la inversa del chiste, en el punto en el que se espera un término metafórico frente a la realidad de la muerte, que es el Amo, el Señor (Herr) absoluto y al que, como al sol, no se la puede mirar de frente, este término falta, hay un agujero metafórico. La muerte pues perfora el poder ilimitado concedido a la metáfora paternal. Existen entonces otras fallas de funcionamiento del Nombre- del-Padre, además de la forclusión, punto que Lacan no profundiza en ese momento de su enseñanza. Es interesante partir del propio cuestionamiento de Lacan hecha a su primera formulación del Nombre-del Padre, este cuestionamiento no es explícito ya que está hecho en las críticas dirigidas a Freud. Como sabemos, Lacan considera que el grupo analítico estaba constituido como una iglesia de la cual él fue excomulgado y que los analistas se agrupasen de esa manera era responsabilidad de Freud como padre del psicoanálisis. No es anodino que la expulsión de Lacan de la IPA se produzca en el punto de la interrupción del Seminario sobre los nombres del padre. Miller 11 considera que fue el precio que debió pagar por haber tocado al padre como Uno, pasaje quizás del monoteísmo a una suerte de paganismo imperdonable. Lacan allí se compara con Spinoza. Si analizamos las razones por las cuales Spinoza fue objeto del Kherem encontraremos el punto de tal identificación. Es importante tener en cuenta el origen de Spinoza, que era al mismo tiempo judío, portugués (el portugués era su lengua materna), y holandés, ya que había nacido en Amsterdam. Era marrano y, tal como lo plantea Carl Gebhardt 12 , su destino está determinado por el hecho que su nación, como su religión, no fue para él una realidad, sino un problema. Portugal había impuesto a los judíos el bautismo y entonces los ascendientes de Spinoza se hicieron católicos. A estos conversos por fuerza los llamaron despectivamente “cerdos”, “marranos”. Como judíos, perseguidos, y luego, como católicos, segregados. En sus antepasados está la marca de la expulsión, con anterioridad a la excomunión, y en consonancia con ella. Rasgo no anodino, en la comparación que Lacan establece entre Spinoza y el lugar del analista como desecho. La inquisición perseguirá a los seudo-cristianos en forma sangrienta. El marrano es un ser desdoblado; católico sin fe, y judío sin doctrina. Finalmente obtienen su libertad encontrando un asilo en Holanda, y una “Nueva Jerusalén” en Amsterdam, para hallar su propia forma religiosa no sin conflictos. Vayamos a la época de Spinoza. El mundo del siglo XVII estaba, por lo general, encerrado en categorías firmes y absolutas. El que había nacido en la Iglesia católica, sabía que con la gracia vencía al pecado, y preparaba su salvación. El luterano se sentía justificado por la fe, el calvinista creía en la predestinación divina, y el judío hallaba en el fiel cumplimiento de la ley, la seguridad de la justicia. Todos ellos eran hombres bien ubicados con relación a un significante amo

rector. Para el marrano, no había categorías, se hallaba entre varios mundos. En su espíritu ciencia profana y religión, catolicismo y judaísmo, estaban desunidos. Encontramos aquí algo que nos conduce al ser del analista. Esta cuestión no está solo determinada por su análisis. Ciertos destinos parecen más propicios que otros para llevar esa marca. Podemos decir que ella es la del exilio en relación al Otro.

Veamos las ideas fundamentales de Spinoza por las cuales fue objeto de la excomunión. Nada se opone a la idea de que Dios sea un cuerpo, ya que en la Biblia no se habla de su naturaleza inmaterial. Los ángeles no son sustancias reales y permanentes, sino simples fantasmas. El alma como vida no es inmortal, y en las Escrituras no hay nada que certifique que lo sea. Luego de estas declaraciones, y de la identificación de Dios con la naturaleza, será acusado de ateo y excomulgado. Tal naturalismo implicaba una ruptura con la sinagoga. Dios reducido a un cuerpo, los ángeles despojados de su permanencia, y el alma de su inmortalidad. Si Dios es la naturaleza, Dios queda descentralizado del lugar que tenía, sacrilegio que ocasionará su execración. En relación a la excomunión dice Miller que es como si Lacan hubiera sido castigado por tocar el Nombre-del-Padre; como si los herederos de Freud lo hubieran excomulgado por haber querido tocar al padre construido por Freud, o, incluso por haber tocado a Freud como padre del psicoanálisis. De ahí su comparación con Spinoza, que debió ser sacrificado a la cólera de los herederos del padre. Sin embargo considero que Lacan no tocó solo a Freud, sino a su propia teoría relativa al Nombre- del–Padre cuya religiosidad o mejor, espiritualidad supera a la de Freud. La metáfora del Nombre–del-Padre suprime la temática del goce, elimina el deseo de la madre y elide aquello que en la madre responde en ella

como mujer. Es la angustia la que cuestiona esta teorización, cuyas formulaciones serán conmovidas a partir del Seminario “La angustia”. Si la respuesta al deseo del Otro pudiese resolverse al nivel del “todo fálico” garantizado por el padre, no habría angustia. Si la angustia abre el surco de esa “x” relativa al deseo del Otro, es porque ella hace patente lo que en el Otro no tiene Nombre–del–Padre.

A partir del Seminario 10 se consuma el alejamiento de Lacan respecto a

Hegel y el acercamiento a Kierkegaard, creo que tal orientación se vincula con los reparos del propio Lacan respecto al poder del Nombre-del–Padre. Imposible no retrotraernos a los cuestionamientos que el filósofo danés le dirigiera al gran

filósofo alemán. La existencia –dice Kierkegaard– no depende de la esencia ya que no es su especificación, la esencia es ideal y por ello definible y pensable, la existencia en cambio no es ideal sino real y por ello indefinible y no pensable. La verdad es la subjetividad, en la que como existencia subjetiva se destacan la desesperación, la angustia, el temor, el temblor y el pecado. 13 En definitiva Kierkegaard se levanta contra Hegel indicando que hay algo que en la dialéctica no puede suprimirse, la angustia objeta así la ilusión de un universal que pudiese reabsorber lo singular.

El Seminario N°10 14 “La angustia” ha sido ubicado por Lacan como uno de

sus seminarios más logrados. Se puede decir que es el Seminario de mayor elaboración en lo concerniente a la conceptualización del objeto “a”, y que ello ha tenido consecuencias clínicas y políticas. No es indiferente que al año siguiente su autor haya sido expulsado de la IPA como un objeto, según sus palabras. La excomunión se localiza en un punto muy preciso de la enseñanza de Lacan, en el que trata de conducir al psicoanálisis más allá del falo, hacia el objeto “a”. No es casual que cuando ubicaba al analista en el lugar del Otro no fuera excluido de la IPA, ya que desde esta posición el analista entra en el campo del discurso universal. Pensarlo en cambio a partir del objeto “a”, equivale a transformarse en una pesadilla de la que hay que liberarse para seguir soñando. En el Seminario interrumpido sobre “Los Nombres del Padre” había dicho, “la transferencia es lo que no tiene nombre en el lugar del Otro”. De esta manera podemos decir que la IPA excluyendo a Lacan de la lista de nombres, excluye lo que hay del analista.

No por azar en el Seminario siguiente Lacan diferenciará el Nombre–del– Padre del pecado del padre 14 ilustrando este último en la figura del padre de Kierkegaard. La mancha del progenitor hizo a sus tortuosos desvelos, marcó su desencuentro amoroso y fue objeto de su cavilación toda la vida. El pecado del padre es un lastre que a diferencia del Nombre–del Padre no asegura una existencia pacífica.

El padre real

El cuestionamiento del Nombre–del–Padre como Uno, el camino a la pluralización de los Nombres del Padre no eliminó nunca para Lacan la importancia decisiva del padre real. Si es el significante el que introduce la castración, ello no sorteará jamás la relevancia del agente al que Lacan denomina padre real 15 . Si analizamos las fórmulas de la sexuación, la función paterna no coincide exactamente con lo que en la primer parte de la enseñanza había conceptualizado como Nombre–del–Padre. En efecto, si este último fundaba la significación fálica en el Otro, el padre como excepción constituye al todo, pero con

la condición de negarlo integralmente. Es que el padre debe recortarse del todo, del

“todos iguales”, distinguirse en fin, del resto, el padre no es un hermano; el padre

del Seminario “Aún” 16 se recorta mucho más nítidamente del campo del Otro. En el Seminario 22 Lacan considera que la función de excepción del padre no alcanza, ya que es necesario que esa función devenga modelo. ¿Qué querría decir “modelo”? “Un padre no tiene derecho al respeto sino al amor, más que si el dicho amor, el dicho respeto, esta père-versement orientado. Es decir hace de una mujer objeto a minúscula que causa su deseo” 17 . El padre es modelo de la función del síntoma en la medida en que hay en él una apertura al Otro sexo. La garantía de la función paterna se vinculará con el deseo del padre, un padre mucho más activo que en la primer parte de su enseñanza, en la que quedaba limitado a los avatares

del deseo materno. El padre aquí no funda solo el “todo fálico”, sino que conduce a

lo que hay más allá del él, esa mujer que como objeto “a” hace que se perfile una

causa externa a él: el padre medio dice la verdad porque ella, una mujer, es no toda como la misma verdad. Los modelos en la ciencia no designan el resorte de su práctica, sino un elemento asignable en la coherencia demostrativa. El padre no es modelo como ideal, sino que es modelo porque demuestra al dar una representación a su función de excepción. Los modelos en matemáticas permitan pensar la relación entre un sistema formal y su exterior, pasaje de la mera formalización a la demostración. La equivalencia entre el síntoma y el padre resulta aquí evidente. Recordemos que Lacan afirma que “el síntoma es el sexo al cual no pertenezco, es

decir, una mujer”, y que “por el síntoma que está soportado el Otro sexo”. Así, el síntoma puede pensarse siguiendo el nombre que le da Freud al llamarlo “tierra extranjera interior”, como Uno y como Otro, íntimo y éxtimo. Analicemos el “père-versement”, “verter” es una palabra que remite al latín

y significa: orientar. El padre orienta hacia la heterosexualidad y es, en este

sentido, modelo de la función del síntoma. El contrapunto con la primera conceptualización se impone a las claras, de un padre dependiente del deseo materno a un padre que más bien orienta hacia lo que en la madre es mujer. Los nombres del padre en su pluralización implican para el psicoanalista considerar las diversas suplencias que se yerguen allí donde el padre declina, no tanto pues el nihilismo en su vertiente negativa, sino inventiva. Pero ello implica distinguir cuales de todas ellas siguen el modelo del padre.

Nota: el presente escrito es un extracto del trabajo realizado en el Departamento de Psicoanálisis y Filosofía del CICBA.

1 Lacan,J; El Seminario, Libro 7 “La ética del psicoanálisis”, Ed. Paidós , Bs As, 1988, pág. 215

2 Lacan, El seminario, “De un discurso que no sería del semblante”, 19 de junio de 1971, inédito

3 Lacan, J; La familia, Ed. Argonauta, Bs As,2003, pp 92-4

4 Lacan, J; El Seminario, Libro IV, “La relación de objeto”, Ed. Paidós, Bs As, 1988, pp 418-20

5 Lacan, J; El Seminario, “Los no incautos yerran”, sesión del 19 de marzo de 1974, inédito.

6 Lacan, J ; op cit p 93

7 Lacan ; J; Escritos II “Subversión del sujeto y dialéctica del deseo”, Siglo XXI editores, Argentina, 1985, p787

8 Kojeve, A ; “F. Sagan: “El último mundo nuevo”, Descartes N° 14, Bs As, 1995, p124

9 Lacan J; El Seminario, Libro 20 “Aún”, Ed. Paidós, Bs As ,1981, p 97 ”

10 Lacan, J; El Seminario, Libro 5, “Las formaciones del inconsciente,” Editorial Paidós, Bs As 1999, pp

40-46

11 Miller, J; Comentario del seminario inexistente, Ed. Manantial, Bs As, 1992, pp 16-21

12 Gebhardt, Carl, Spinoza. Losada, Bs. As.

10

Lacan, Escritos II, op cit, “Subversión

p 792.

13 Kierkegaard, S; El concepto de la angustia, Ed Orbis, Bs As 1984, p 111

14 Lacan, J; El Seminario, Libro 11, “Los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis”

15 Lacan J; El seminario, Libro 17, “El reverso del psicoanálisis”, Ed. Paidós, Bs As , 1992, p131

16 Lacan,J; op cit pp 96-97

17 Lacan, Seminario 22, clase 21-1-75, inédito.

http://www.elsigma.com/columnas/las-declinaciones-del-padre/7768

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