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BIBLIOTECA BÁSICA DE AUTORES URUGUAYOS 1

BIBLIOTECA BÁSICA DE AUTORES URUGUAYOS

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Enrique Amorim LAS QUITANDERAS y otras historias SELECCIÓN Y PRÓLOGO DE PABLO ROCCA EDICIONES DE

Enrique Amorim

LAS QUITANDERAS y otras historias

SELECCIÓN Y PRÓLOGO DE PABLO ROCCA

EDICIONES DE LA BANDA ORIENTAL

ISBN 978 - 9974 -1- 0658-1 Diseño: Silvia Shablico © EDICIONES DE LA BANDA ORIENTAL

ISBN 978 - 9974 -1- 0658-1

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©

EDICIONES DE LA BANDA ORIENTAL S.R.L. Gaboto 1582 - Tel.: 408 3206 - Fax: 409 8138 11.200 - Montevideo www.bandaoriental.com.uy

Queda hecho el depósito que marca la ley Impreso en el Uruguay - 2010

P rólogo

Prólogo

I

En cuarenta años de labor, Enrique Amorim (Salto, 1900-1960) produjo una obra torrencial y diversa, en la que se agolpan más de cuarenta títulos entre poesía, cuento, novela y teatro. Hay, tam- bién, un enorme corpus de artículos periodísticos –nunca recogido en volumen–; el libro de memorias titulado Por orden alfabético, del que se conocen algunos trozos y un grupo de filmes, de ficción y documentales 1 . Inquieto ante las cosas del mundo y atento a las novedades, este viajero incansable fue un hombre de arraigadas convicciones políticas y sociales, así como de estables opciones estéticas. Sin embargo, tal “estabilidad” no implica facilidad ni conformismo ni, por cierto, asegura siempre complejidad o autoexigencia. En esa compulsión por escribir, trabajo que con el

(1) Para una reseña biográfica así como una bibliografía exhaus- tiva, consúltese la ficha sobre el autor redactada por Eduardo Galeano para el Diccionario de literatura uruguaya. Montevideo, Arca- Credisol, 1987, págs. 41-44. Los cuentos de Amorim fueron recogi- dos en los siguientes volúmenes: Amorim. Montevideo, Pegaso, 1923; Horizontes y bocacalles. Buenos Aires, El Inca, 1926 (2ª ed., Monte- video, Arca, 1968); Tráfico. Buenos Aires, Latina, 1927; La trampa del pajonal. Buenos Aires, L. J. Rosso, 1928; Del 1 al 6. Montevideo, Impresora Uruguaya, 1932; La plaza de las carretas. Buenos Aires, Viau, 1937 (2ª ed., Montevideo, Ed. del Nuevo Mundo, 1967); Histo- rias de amor. Santiago de Chile, Ercilla, 1938; Después del temporal. Buenos Aires, Quetzal, 1953; Los pájaros y los hombres. Montevi- deo, Galería Libertad, 1960; Temas de amor. Buenos Aires, Cuader- nos del Instituto Amigos del Libro Argentino, 1960; Los mejores cuentos. Montevideo, Arca, 1968. (Selección y prólogo de Ángel Rama); Miel para la luna y otros relatos. Paysandú, Cerno, 1969; El ladero y varios cuentos. París, Centre de Recherches Hispaniques, 1970. (Recopilación y prólogo de Claude Couffon). La primera edición de la novela Tangarupá (Buenos Aires, Los Nuevos, 1925), incluye tres cuentos que, luego, se integrarán como capítulos de la novela La carreta. Hay, aún, en la prensa periódica, varios relatos que nunca fueron compilados en volumen. La colección Enrique Amorim, del Archivo Literario del Departamento de Investigaciones de la Biblioteca Nacional, posee una enorme documentación entre origi- nales y recortes.

paso del tiempo sentirá como una suerte de mandato o apostolado para comprender e interpretar el sujeto y su medio, Amorim sacri- ficó toda su vida adulta. Sus narraciones se manejan con un amplio repertorio de perso- najes y situaciones: desde el criollo –casi gaucho– que procura entablar un “diálogo entre el hombre y la llanura” (según feliz y por eso hipercitada fórmula que introdujo en la novela El paisano Aguilar, 1934) al colono extranjero que pone en cuestión las for-

mas de trabajo y las costumbres de los habitantes nativos; desde el comisario prepotente al político demagógico; desde la joven bur- guesa que comparece en los cuentos porteños y semivanguardistas de Del 1 al 6 (1932) hasta la prostituta que recorre la campaña, o

la

que desde allí consigue alcanzar la “cima” puntaesteña (como en

la

novela Eva Burgos, 1960). A medida que avanza su compromiso

ideológico con el Partido Comunista (al que se afilia en 1947, pero con el que simpatizaba desde mucho tiempo atrás) y en tanto se

incrementan sus lazos con la realidad argentina, sobre todo a partir del peronismo –al que repudió–, su literatura subraya la nota so- cial, transformándose en firme denuncia y poco disimulada prédi-

ca política. Por eso, en novelas como Nueve lunas sobre Neuquén

(1946), en la experiencia de realismo socialista de La victoria no viene sola (1952), en el realismo crítico de El caballo y su sombra

(1941) y Corral abierto (1956) y aun en el protorrealismo mágico de La desembocadura (1958), se polariza la lucha –no sin cierto tinte maniqueo– entre ricos y pobres, estancieros y chacareros, gringos y criollos, campesinos y puebleros y hasta entre fascistas

y antifascistas. La prostituta, quizá, haya sido uno de sus mejores hallazgos estéticos, a la vez que uno de sus mayores desvelos sociales. Aquí

están para probarlo los cuentos que se podrán ubicar en esta selec- ción: “Las Quitanderas” –grano, más que semilla, de la novela La carreta (1932)– o “De tiro largo”. A diferencia de Francisco Espínola en su novela Sombras sobre la tierra (1933), las prosti- tutas de Amorim nunca son asaltadas por divagaciones metafísicas

o especulaciones linderas con la trascendencia. Por el contrario,

son seres decadentes o algo esperpénticos pero que viven en un mundo material, ejercen sus actividades sensuales sin la menor culpa y con el mayor y persistente sentido del goce (como la francesa Lilí en “De tiro largo”), aunque a veces el narrador –como en Corral abierto, La desembocadura, Los montaraces (1957) y

Eva Burgos– se las ingenie tanto para expresar la violencia que

abraza y empuja a las mujeres de este oficio, como para señalar las responsabilidades del sistema capitalista en el comercio sexual y en la miseria, que sitúa en el origen de la antigua práctica en am- bientes cerriles y en “pueblos de ratas”. La construcción del paisano hace otro recorrido más sinuoso. Posee vínculos con la simbolización del mundo más que con su representación fiel. Al margen de sus coetáneos y en un esfuerzo por desprenderse del evidente peso de las ficciones quiroguianas, en La carreta, en Los montaraces, en El caballo y su sombra o en varios de los cuentos camperos, Amorim se aparta de la reproduc-

ción del espacio y los personajes de un medio dado. Crea ambien-

tes en general fronterizos, edifica poblados a menudo cercanos a

un río caudaloso e incluso inventa personajes, como las quitanderas, esas putas semisilvestres que recorren los rancheríos en una astrosa carreta. A través de estos recursos (sitios y personajes) en lugar de buscar una ruptura con la realidad social del norte o el litoral uru- guayos, vuelve a ese topos con más vigor y, como en “Gaucho pobre”, “Las quitanderas” o “La doradilla”, regresa con expectati- vas de universalidad, sin discriminar elementos básicos de la aldea. El asunto es complicado y su discusión tiene que ver con un viejo aserto de Jorge Luis Borges. En un prólogo a la primera edición alemana de La carreta,

Borges apuntó que Amorim “trabaja con el presente [

] no escri-

be al servicio de un mito –ni tampoco en contra. Le interesa –como a todo auténtico novelista– las personas, los hechos y sus moti- vos2 . En rigor, las categorías temporales, aun en La carreta, no siempre se precisan o, al contrario, en el caso de esa novela el

tiempo flota en una franja que oscila entre la última década del siglo

XIX y la primera del siguiente; en otros ejemplos posteriores,

como en El caballo y su sombra, la época se manifiesta en la pugna de la estancia empresa contra los colonos minifundistas, entre la máquina y el trabajo manual, todo a partir de referentes europeos sugeridos sin mucho énfasis: desde el fin de la guerra civil española

(2) “Mito y realidad del gaucho”, Jorge Luis Borges, en Enrique Amorim. Enfoques críticos. Montevideo, Editores Asociados, 1990. Álvaro Miranda Buranelli y Carlos Nodar Freire, compiladores. La primera versión en español de este texto apareció en Marcha, Mon- tevideo, 5/VIII/1955.

hasta el comienzo de la segunda conflagración mundial (entre julio

y setiembre de 1939). En otros, transita por las guerras civiles

uruguayas en el filo de los últimos siglos: de modo algo esquivo en

el cuento “Carreta solitaria” y con más exactitud en las páginas

últimas que llegó a escribir (“El ladero”). En este relato, a contra-

pelo de lo que había propuesto Borges en 1937, Amorim se aboca a demoler el paradigma del heroísmo de los insurrectos y, en parti- cular, la noción de los partidos blanco y colorado como hacedores de la patria: “Uno y otro bando estaban aún, para esa fecha, instalados sin mucha seguridad en la historia patria. Tan reaccio- narios los unos como los otros, tan entregados al capital extranje- ro los de las las azoteas como los de la guerrilla callejera, sólo defendían posiciones y prebendas tanto los que las gozaban como los que deseaban usufructuarlas”. Ya en 1937 se podía notar que el salteño rehuía el culto del personaje de la llanura rioplatense y de Rio Grande do Sul, tal como lo había edificado la poesía gauchesca, porque encaraba el paisano desde las relaciones económicas de la estancia empresa (como en Tangarupá, 1925 o en varios cuentos de Horizontes y bocacalles, 1927). Pero al mismo tiempo no podía romper con la

fuerte tradición de literatura rural, una dependencia que lo devolvía

a cierta mitificación del campo como espacio originario en el que

tendrían que resolverse los conflictos de la región. En Amorim siempre puede advertirse esa tensión que identifica Graciela Montaldo en la literatura argentina, en la que el “espesor de lo rural no es simplemente el de un escenario donde se juegan histo- rias: reside en la acumulación –que tiene sentidos y valores– de tradiciones, discursos, figuras, creencias, mitos3 .

(3) De pronto, el campo. Literatura argentina y tradición rural, Graciela Montaldo. Rosario, Beatriz Viterbo Editora, 1993, pág. 14. Quizá una lectura más regional le hubiera provisto a la autora de este inteligente ensayo materiales más generosos para completar o recti- ficar muchas de sus observaciones. El caso Amorim es uno de ellos, porque el mismo ofrece el problema del límite de lo nacional al que Montaldo se aferra excesivamente. Dicho de otro modo: hasta qué punto la narrativa de Amorim no pertenece a un área mayor (en el sentido físico y de cuestiones comunes tratadas) que las restrictas fronteras nacionales; hasta qué punto su literatura no supera o, al menos, problematiza esas fronteras.

II

Como antes Acevedo Díaz en Brenda (1886) o Minés (1907), como contemporáneamente Serafín J. García en sus cuentos reco- gidos en Asfalto (1944), Amorim no se maneja con seguridad cuan- do escribe narraciones ciudadanas. Es cierto que casi todos los escritores rioplatenses que llegan a la madurez estética hacia 1930 –Quiroga y Borges a un lado– se definen por una u otra zona: lo rural o lo urbano. En esta orilla, por ejemplo, Yamandú Rodríguez, José Monegal, Víctor Dotti y Juan José Morosoli sólo ficcionalizan el campo o el pueblo chico; José Pedro Bellan, Manuel de Castro y, más tarde, Juan Carlos Onetti, sólo hacen literatura de asunto ciudadano. Una minoría, como Carlos Reyles y Espínola, apenas se desvían –con dominio– del cauce “criollo” (en El extraño, 1897, el primero; en Sombras sobre la tierra, el segundo). En cambio, desde su homónimo e inaugural volumen de cuentos (Amorim, 1923) y hasta el cierre de su vertiginosa carrera literaria, Enrique Amorim escribió relatos de asunto urbano. Sea como sea, convendría interrogarse si resulta consistente la distinción entre “urbanos y camperos”. Y si así fuera, no alcanza con la explicación que aporta Mercedes Ramírez, en cuanto a que Amorim conoce a fondo los tipos humanos campesinos y por eso los retrata con fidelidad y “ternura”, mientras que en los relatos urbanos sólo llega a un “empeño esforzado en trazar situaciones extrañas, a veces por eso mismo insulsas4 En primer lugar, nada tenía de curioso el latido urbano y sus caracteres para este hombre de mundo, quien repartía su vida entre Salto, Buenos Aires y varias ciudades de Europa. Resulta ilustrativo que tanto Emir Rodríguez Monegal 5 como Ángel Rama, hayan desplazado este problema en sus respectivos estudios. El último de estos críticos efectuó la primera (y excelente) selección general de relatos de Amorim, optando por los más tradicionales y camperos con el vago argumento de que en ellos “conseguía plasmar con certeza su concepción del mundo y su intuición más alta de los valores litera-

(4) Enrique Amorim, Mercedes Ramírez. Montevideo, CEDAL, 1968 (Capítulo Oriental, 27), págs. 425-426 . (5) “El mundo uruguayo de Enrique Amorim”, Emir Rodríguez Monegal, en Narradores de esta América. Montevideo, Alfa, 1964, págs. 97-120.

rios” (op. cit., pág. 9). Aun a cuenta de ulteriores desarrollos, corresponde arriesgar aquí una hipótesis sobre la debilidad básica de las historias ciudadanas de Amorim, las que son expulsadas también en esta selección. Sólo al comienzo de su trayectoria asedió motivos ciudadanos con algunos trazos vanguardistas. Leonardo Garet llegó a compa- rar el fragmentarismo y la animización de los objetos de algunos relatos del libro de Amorim con los de Felisberto Hernández, aun-

que este avanzó en creaciones elaboradas mientras aquel se quedó en brillantes “planteos, ideas, o escenas parciales” 6 . Una res- puesta posible radica en que la formación narrativa del autor y sus principales opciones estuvieron visiblemente ligadas al realismo del siglo XIX. Existe un testimonio privilegiado, aparecido un trimestre antes de su muerte, en el que anota esa confesión: “Para

mí fueron piedras de toque [

] [

estéticos extranjeros no son más que eso: “movimientos”; cam-

La única corriente es el realis-

mo en cualquiera de sus formas. Lo demás es letanía ]” [ 7 . Ate-

nido a esa estrategia formal que enriquecerá sabiendo escapar de la

mera reproducción documental, pero adherido a la agobiante tradi- ción campera (identificada con la esencia de lo “nacional”) en la que el realismo funcionaba como sistema, la literatura de Amorim no pudo introducirse en los motivos ciudadanos con la misma versatilidad o, al menos, con la comodidad con la que circuló por campos y pueblos. No sólo porque se resistió a apropiarse de un nuevo instrumental que bien supieron capitalizar Borges u Onetti, sino porque ubicándose en la “tradición nacional” no podía nutrir- se de un área debilitada. Ni de una ciudad como Montevideo que carecía de un perfil dominante hasta, justamente, la época en que empezó a escribir ni de su mejor conocida Buenos Aires, la cosmópolis en plena transformación que, en cambio, sí pudo ser captada por la imaginación de Roberto Arlt, capaz de hibridar el expresionismo y los saberes populares. En todo caso, para movi- lizarse con energía por los intersticios urbanos Amorim debió pro- ponerse, ahora sí, fundar una tradición.

bios, moda paparrucha al fin. [

Estoy inscripto en la tradición nacional, y los movimientos

]

Iván Bunin, Maupassant, Chejov.

]

(6) La pasión creadora de Enrique Amorim, Leonardo Garet. Montevideo, Editores Asociados, 1990, págs. 27 y ss.

“Contesta: Enrique Amorim”, en Marcha, Montevideo, 2ª

Sección, Nº 1004, 8/IV/1960, pág. 15.

(7)

Atraído más por el dibujo del personaje, como concepto y no tanto como criatura singular (con excepciones que en este volumen podrán verificarse en “De tiro largo” o “Las quitanderas”), cerce- nado por una escenografía ciudadana en plena mutación, a la que había que intuir no a través de un gran sistema sino por aproxi- maciones vanguardistas, Amorim sólo pudo armar limitadas viñetas –las de la segunda parte de Horizontes y bocacalles— o brillantes y osados tanteos mal resueltos, como la comunicación telefónica que vertebra “Plaza, 7223” (en Del 1 al 6). Con todo, en este cuento adelanta ideas que se llevarán a cabo en otras historias, como “Larga distancia” de Mario Benedetti o “Llamadas adiciona- les”, de Juan Carlos Mondragón.

III

Casi todos los críticos coinciden en que la obra de Amorim, aunque de factura urgente y despareja, conoce momentos relevan- tes. Hasta en las páginas de ejecución más desmañada, su escritura se ilumina siquiera por algún relámpago de lucidez. En algunos cuentos y en múltiples pasajes de sus novelas, puede verificarse que Amorim creó cuadros estupendos, como si fueran compuestos

a la manera del montaje cinematográfico. Ese pensar por imágenes

mucho le debe a su devoción y práctica del acto de filmar que llega

a convertirse en técnica literaria dominada: “Hoffman no tuvo fuer-

za para tornar la cabeza. Se llevó esa imagen de dolor grabada en la retina. En primer plano los amantes, más atrás el rancho, haciendo fondo, y los tres paraísos y la ropa tendida y la barrica llena de desperdicios y la letrina, con una cortinita de lona agitán- dose hacia afuera” (El caballo y su sombra. Buenos Aires, Losada, 1957, pág. 132). Por último, y el mérito no es escaso, ciertas zonas de su litera- tura pueden entablar un diálogo fecundo con la de escritores pos- teriores. Mercedes Ramírez y, luego, Carina Blixen 8 han señalado que el modus operandi ficcional de La desembocadura (el empleo del tiempo, el punto de vista del narrador, el recurso de una vasta

La desembocadura”, Carina Blixen, en Diccionario de

Literatura Uruguaya. Tomo III. Montevideo, Arca, 1991, págs. 255-

257.

(8)

genealogía de personajes) se adelanta a similares tratamientos efec- tuados por Gabriel García Márquez en

genealogía de personajes) se adelanta a similares tratamientos efec- tuados por Gabriel García Márquez en Cien años de soledad (1967). Más acá, los relatos de Mario Delgado Aparaín (desde Causa de buena muerte, 1982 hasta Alivio de luto, 1998) se acercan a los espacios míticos y los personajes algo carnavalizados de La carre- ta o al clima particular de La desembocadura. Amorim creó una literatura que, más allá de los desniveles, tiene un sello inconfundible, en la que los seres desafiados por el medio encuentran en los ambientes rurales sus tensiones extremas.

A ellos corresponden sus mejores invenciones. Pero, además, dejó

“la puerta entornada” 9 para que otros siguieran completando esos

huecos de realidad y ficción que tanto lo obsesionaron.

Pablo Rocca

(9) “Puedes dejar la puerta, si quieres, entornada”, es el verso final del hermoso poema-carta “Respuesta a Enrique Amorim”, que escribiera Rafael Alberti el 28 de julio de 1960, una vez enterado de la muerte de su amigo. Puede verse en el libro, muy útil también por sus informaciones, En torno a Enrique Amorim , de Brenda V. de López. Montevideo, Imp. Comunidad del Sur, 1970, págs. 117-118.

L as Quitanderas

Las Quitanderas

“Correntino” era un paria sobre quien pesaba el apodo de “Marica”. Paria de un pobre lugar de la tierra, donde había una mujer por cada cinco hombres.

Chúcaro –así lo calificaba la gente del lugar–, rehuía al trato y a la conversación, como si huyese de un contagio. No lo vieron jamás a solas con una mujer, ni menos aún

Correntino no

les había visto ni las uñas a las chinas del pago. Cada una

de aquéllas tenía dueño o pertenecía a dos o tres hombres a

la vez

no estuviese borracho y alterase el orden, antojándosele ir

al maizal. De noche se oían silbidos convencionales de al-

gún inquieto que esperaba turno. Como todo se hacía a ojos cerrados, en las noches oscu- ras, a Pancha o Juana –o a cualquiera otra del lugar– se le

presentaba difícil distinguir bien al sujeto. A lo sumo podían individualizarlos por el mostacho u otro atributo masculino.

A veces sabían quién las amaba por alguna prenda personal

abandonada entre el maizal quebrado. Cuando en la pulpería se hablaba de aventuras de chi- nas y de asaltos de ranchos, Correntino, ruborizado, enmu- decía. En los bailes, conversaba con las viejas. Se ofrecía para cebar mate, y así pasaba las noches enteras, hasta al amane- cer, indiferente a todas. Sonreía al contemplar las parejas que volvían a la “sala” después de un buen rato de ausen-

cia

En los cabellos de las chinas las semillas de sorgo o las

babas del diablo hablaban a las claras del idilio gozado Cuando lo veían ensimismado, las viejas interrogaban:

rumbear para los ranchos en la alta noche

Los sábados se las turnaban, siempre que alguno

–¿No te gustan las paicas, Corriente? –¿Pa qué, si todas andan ayuntadas? Entonces, algún viejo dañino sonreía con la comadre agregando:

–Es medio marica el pobre, ¿sabe? Correntino estaba acostumbrado a aquella clase de bro- mas. Apenas si se atrevía a cambiar de lugar, para evitar que siguiesen molestándolo. –Dicen que muenta una yegüita picasa –maliciosamente remataba la broma un mal pensado. –Y pué ser nomás –respondía la vieja–. ¡Conozco cris- tianos más chanchos tuavía! Correntino tenía tal fama de “marica”, que a muchas le- guas a la redonda no había quien ignorase la historia del muchacho. En los días de carreras, Correntino era el motivo de las conversaciones intencionadas. Una tarde, al entrar el sol, cruzó por el callejón, con rum- bo al Paso de las Perdices, un carretón techado con chapas de cinc. Lo arrastraba una yunta de bueyes. Al anochecer concluían sus dueños de instalarse en el Paso. Levantaron un campamento en forma. Al día siguiente, los merodeadores y la policía concu- rrieron a averiguar quiénes eran y qué lo que se les ofrecía por aquellos lugares. Los estancieros temían que fuese una tribu de gitanos. El comisario, sin apearse de su caballo, hizo el interrogatorio. Cuando vio asomada a la ventanilla de la carreta la cara sonriente de una china de cabellos tren- zados, se apeó y, al cabo de unos minutos, se había prendi- do a la bombilla “como un ternero mamón”. En la carreta viajaban cuatro mujeres, una criatura como de trece años y una vieja correntina, conversadora y ama- ble, con aire de bruja y de hechicera. La criatura, a quien llamaban “gurí”, uncía los bueyes y dirigía la marcha. Era un adolescente tuerto y picado de viruela, haraposo y miserable. Las mujeres maduronas, avejentadas, pasaban por hijas de la vieja. Esta, una setentona correntina, de baja estatura, ágil y cumplida. En su mocedad se llamaba La Ñata, ahora misia Pancha o la González –¿Andan solas? –preguntó el comisario, con los ojos puestos en la más joven.

–Voy pa la casa’e mi marido, cerca’e la pulpería de don Cándido. Si me da permiso vamo a dar descanso a los

güeyes Al poco rato el comisario hablaba a solas con la menor, mientras la celestina y las otras mujeres espiaban los movi- mientos por una rendija de la carpa que instalaban. La vieja pudo convencer al comisario, mediante la entre- ga gratuita de la muchacha. Poco a poco fue atrayendo gente para el fogón, a pesar de la protesta del pulpero. Bastó que la Mandamás concu- rriese el primer domingo a unas carreras que se organizaron en la pulpería, para que todos se congregasen en el flaman-

te campamento.

–Dispués vengan pa mi carpa. Hay de todo en la carreta,

menos ladrones como en el boliche

gaucha y los compriende La clientela aumentó. El comisario había hecho “campa- mento aparte” y mantenía el orden con su presencia. De cuando en cuando alguno se apartaba y subía acompañado

a la carreta. Al rato otra pareja, sucediéndose sin contra-

tiempos, salvo una pequeña discusión sobre el precio, que provocó uno de los concurrentes desconformes. La Man- damás calmó al descontento. –Pero, amigaso, si la Flora le ha aguantau mucho rato –argumentaba la vieja–. Déle un pesito más. Al clarear el día el comisario subió a la carreta con la menor. La Mandamás dormitaba, apoyando la cabeza en la llanta de una de las ruedas. Un cojinillo le servía de almoha- da. En la carpa, las otras mujeres intentaban descansar. Gurí repunteaba los bueyes para conducirlos a la aguada. El sol barría el sucio escenario de los fogones. El caballo del comisario, ensillado y sin freno, se alejaba pastando. Eran las cuatro de la tarde cuando pasó el comisario seguido de Correntino en dirección a la aguada. La Manda- más, con una de las ambulantes, lavaba unas ropas en la orilla del río. Cuando vieron venir al comisario con un des- conocido, la González se puso de pie y forzó una gran reve-

La vieja González es

rencia. Guiñando el ojo, le preguntó cómo había pasado la noche, y quién era el “muchacho lindo” que lo acompaña- ba. Como Correntino continuó el camino, introduciéndose en el monte, el comisario pudo decirle que se trataba de un “marica”. –Llévelo a la carpa, comesario; yo sé desembrujar mari- ¡Si habré lidiau con cristianos ansina! –dijo la vieja–.

Repúntelo p’al campamento esta noche y verá si no le quito las mañas, comesario. ¡Mi dijunto marido tenía ese vicio! Por la noche cayó el comisario con Correntino. Ya había gente encerrada en la carreta. Un “tape” que venía todas las noches, proporcionando pingües entradas. El representante de la justicia hizo fogón aparte. La chi- na más bonita –una cosa del comisario, “escriturada pa’el”, como decía la peonada del pago– cuando lo vio apearse corrió a su lado.

cas

–Linda china, ¿verdá Correntino? –le sopló al oído el asistente del comisario. Correntino no se atrevió a hablar. Con la cabeza descu- bierta, lucía su lacio cabello renegrido. Los ojos le brillaban. En cuclillas, emergían los fornidos hombros. La vieja celestina lo miraba largamente forcejeando en la memoria. Le preguntó con un dejo de cariño en la voz amiga:

–¿De ánde es el hombre? ¿Se pué saber? –De Curuzú-Cuatiá. –¿Conoce los Sanches de la picada? –¿Los de la picada del Diablo? Siguro; si ahí m’criau. En el puesto de los Sanches

“Ma-

rica” y de Curuzú-Cuatiá

–Igualito al finao, igualito Las parejas seguían haciéndose regularmente y subien- do y bajando de la carreta con idéntica regularidad. Como la casa-vehículo distaba un trecho del fogón, en el pastizal seco y espeso bien pronto se hizo un caminito recto. La luz del fogón alcanzaba a alumbrar la mitad del tránsito.

La vieja no dijo una palabra más. Ya era suficiente

Y dijo para sí

De cuando en cuando, una risotada recibía a la pareja

La vieja, el comisario, la querida de

éste y Correntino seguían con solapados ojos el movimien- to.

A tres metros del fogón del comisario, Gurí, tirado en el

pasto, con las piernas caídas en una zanja, tenía los ojos brillantes y fijos en el grupo mayor. Ansioso, parecía aso- mar la cabeza y esconder el cuerpo. El mentón, apoyado en el borde de la zanja. El tórax y la punta de los pies, eran los puntos de apoyo del puente de carne que arqueaba su cuer- po. Y debajo de aquel arco doloroso, las manos En aquella posición permanecía las noches de fiesta del campamento, hasta que rodaba al fondo de la zanja, para quedarse dormido como un tronco, boca arriba, con las manos en cruz sobre el pecho hasta el primer albor La celestina pasaba de una mano a la otra piedritas blan- cas. Cada una de las que aparecían en su mano izquierda representaba una cierta cantidad de dinero que, como admi- nistradora, debía reclamar a sus pupilas. Así no perdía la cuenta y ninguna de las ambulantes podía salir con más dinero del que les correspondía. Por distraída que aparenta- se estar, la González no descuidaba el negocio. Por cada pareja, tenía una piedrita blanca en su mano izquierda. De pronto, la celestina llamó a una de las mujeres que estaba sin compañero. –Petronila, vení p’acá; acercate, canejo. Parecés chúcara Petronila se echó al lado de Correntino. –¿Por qué no se acerca al fogón grande? –preguntó la mujer.

pa no despreciar a la señora –contestó indicando a

que tornaba al fogón

–Y

la celestina con un movimiento de cabeza. La mujer echó para atrás sus cabellos, voluptuosamente, guiñando un ojo a Correntino. El empolvado pescuezo comenzaba el desnudo. Dejó correr su mano habilísima hasta muy cerca de las piernas del hombre y comenzó a arañarle las ropas, como si jugase con

él. Al cabo de unos minutos, Correntino se arrastró por el pasto, alejándose un poco. Sonriente y temeroso, mirando la boca de Petronila, ardía en deseos. La vieja saboreaba la conquista, como si aquello repre- sentase mucho dinero. El comisario se hacía el ciego, acari- ciando el mate mientras chupaba. Cuando la mujer pudo acercar sus labios a los de Correntino, fue para no despegarlos más. Se abrazaron de pronto. Revolcáronse en el pasto, hasta que uno del grupo mayor –que abrochándose el chaleco, regresaba de la carre- ta–exclamó:

–¡Correntino revolcándose! ¡Si parecen brujerías! ¡Juá! ¡Juá! ¡Había sido picante la Petronila! –¡Pa mí que le han dau algún yuyo en el mate! –agregó otro. Correntino, mareado, no veía nada. La mujer, al sentir la

risotada, largó su presa y se puso de pie. Miró el cielo ton- tamente. Las estrellas iban poco a poco borrándose. Se oía a lo lejos arrear animales. Amanecía. El campamento quedó desierto. Cuando todos se fueron para el caserío, Correntino subió a la carreta, esperando allí a Petronila, que hablaba casi en secreto con la vieja.

¡Debe de tener en el lomo unas

cicatrices machazas! Petronila, cuando subió, halló a Correntino arrodillado en el piso de la carreta. La aguardaba. Gateó hasta él. La luz de la alborada entraba por las rendijas de la carre- ta. En las paredes, un espejo de marco de tosca madera con una cinta colorada; un cuerito de venado y otro de zorro, estirados hasta ocultar unas tablas roídas por el tiempo; el piso, cubierto en un extremo por un colchón de lana revuel- ta y apelotonada; del techo pendía una lámpara de kerosene que jamás ponían en uso. Enredados en un montón de crin, dos peines desdentados terminaban la decoración. Cuando Petronila trepó a la carreta, la inquietud de Correntino se manifestó en una pregunta:

–Le levantás la camisa

–¿Se jué el comesario, m’hija?

–Se jué pa las casas; no güelve hasta la noche. –Y la indiada, ¿se jué? –No queda ni un ánima; acostate, acostate

Petronila de un tirón se desprendió los broches del cor- piño. Con los senos al aire, fláccidos y estrujados, se puso

a peinar sus cabellos. Correntino la miraba con respeto, in-

móvil. Ella se tiró lentamente en el colchón. Las maderas del piso crujieron. Por la entreabierta ven- tanilla de cuero entraba el frescor de la mañana. –Primero cerrá bien, Petronila, ¿querés? La mujer, ante la desconfianza de Correntino, irguiéndo- se, juntó el cuero al marco de la ventana. La celestina, es- condida abajo de la carreta, seguía los movimientos de la pareja. Al hacerse el silencio, escurrió su menguado cuerpo

entre los arreos y enseres, para colocarse estratégicamente. Cuando creyó que la pareja estaba entregada al acto vivo y bestial, asomó su cabeza encanecida. La luz que se colaba ayudó a la vieja en su afán de identificación. Al principio la escena le resultó confusa, mas luego fue dominándola. En- cima de Petronila, Correntino parecía un monstruo aferrado al piso. La mujer le levantaba la camisa y acariciaba con las manos las espaldas. La vieja alcanzó a ver las dos cicatrices, anchas y pro- fundas, huellas de dos troncos de ñandubay caídos sobre aquellas espaldas cuando Correntino era niño. Escondien- do la cabeza, la González murmuró:

–¡Es m’hijo!

¡Marica como el padre!

Y, llevándose a la boca unas hojas verdes que arrancó del pasto, se alejó murmurando por lo bajo. Desde entonces, Correntino fue de los más asiduos con-

currentes a la carreta. Petronila tenía orden de no cobrarle. La vieja quitandera se vanagloriaba de haber desembrujado al “marica”. Correntino, desde entonces, resultó un hom- bre en toda la extensión de la palabra. En el Paso de las Perdices él y el comisario eran los únicos que se quedaban

a dormir acompañados. Correntino fue poco a poco oyendo con gusto los cuen- tos de aventuras y terciando en las conversaciones. Lo

respetaban, como se suele respetar a los aventajados y pre- feridos. Pero llegó el hastío del comisario, junto con la protesta de los vecinos, que no podían tolerar por más tiempo a las quitanderas. Una noche el comisario dejó de concurrir al campamento. Al otro día, el asistente llegó con la orden de preparar la partida. Aunque el asistente hizo la siesta con una de las quitanderas, por la noche comenzó la marcha. Correntino y Petronila se vieron por última vez. –Yo voy a dir con vos pa l’otro lau, Petronila. –No se puede, Correntino; en lo’e don Cándido me es- pera mi marido –Y quedate aquí; hacemo un rancho y vivimo junto. –No se puede; él es muy celoso y te mataría Correntino no se animó a insistir. La carreta iba cayendo al paso. La noche era de luna. Gurí, desde su caballo, tocaba los bueyes con la picana, silbando un estilo criollo. La ce- lestina, con un envoltorio en las manos, escuchaba el diálo- go con tristeza. Las otras ambulantes, tiradas en el piso de la carreta, tomaban mate. Correntino, desde su caballo, esti- ró la mano para despedirse. –Cuando podás ir por lo’e don Cándido, nos veremo –dijo Petronila al darle la mano. Los ojos de la vieja se llenaron de lágrimas. Porque eran lágrimas de ojos secos y viejos, no se requería pañuelo para secarlas: las enjugaba el viento. En cuclillas, en el borde del piso del carretón, iba la vieja despidiéndose del lugar. –Hasta la vista, Felipiyo –dijo la madre al estrecharle la mano. Correntino oyó su nombre, pero le pareció aquello una alucinación, un sueño. No podía ser verdad que lo llamasen por su nombre. Nadie lo llamaba así desde hacía muchos años. Había perdido la costumbre de escucharlo. El paso resignado y cachaciento de los bueyes daba la impresión de las almas gastadas, de los sexos maltratados.

La carreta repechaba. El agua en el paso seguía corrien- do. La noche y la selva recogían el ruido de la carreta, rechinantes sus ruedas resecas. El canto del muchacho en- traba en el silencio de la medianoche. Las quitanderas con- taban con una jornada más en sus vidas errantes. Habían

pasado por el “pago” del Paso de las Perdices como pasa- rían, si el hambre lo exigía, por todos los “pagos” de la tierra. Conformando a los hombres y sacándoles sus ahorros; mi- tigando dolores, aplacando la sed de los campos sin muje- res. Ahora, en la alta noche, el trajín y el tedio de la sensua- lidad las haría dormir. Correntino, de regreso, enderezó su caballo hacia la pul- pería. Tenía la boca seca y los ojos mojados. Bebió para refrescar el pecho y secar las lágrimas. Des- pués, borracho, se puso a llorar sobre el mostrador. De allí lo echaron y siguió llorando junto a la tranquera. Durante una semana no le vieron hacer otra cosa más que llorar como un niño. Borracho o fresco, lloraba siempre.

Y era tan de “marica” eso de llorar “por una hembra”,

que a los pocos días de la desaparición de las quitanderas Correntino recuperó el apodo de “marica”. Hasta que un día, uno forajidos, para quitarle las mañas,

le dieron una paliza en medio del campo. Y, a consecuencia

de los golpes, una madrugada lo hallaron muerto en el Paso de las Perdices.

El viejo carretón de las quitanderas siguió andando por

los campos secos de caricias, prodigando amor y enseñan- do a amar.

[Del volumen Amorim (1923), incluido –con escasas variantes– como capítulo IX de la novela La carreta (1932)].

D e tiro largo

De tiro largo

I

Su única sumisión se agachaba en unos bigotes caídos, lacios de tanto manoseo paciente, castigados en la soledad. Acariciarse los mostachos, era su mayor pasatiempo. Las demás partes del cuerpo e indumentaria, ásperas y encres- padas, como si amenazasen tormenta. Tal era Juan Montero, mi “capanga”. No perdió mi sombra durante diez días que pasé en Livramento. En las noches oscuras –como para correr ne- gros desnudos, decía él– vigilaba la encendida brasa de mi “charuto” de chala. Y, esperaba un fogonazo de mi revólver, para emplear el suyo. Yo acostumbraba salir por la noche, a pie. Paso a paso, recorría las calles tranquilas próximas a “la línea”. Los mar-

cos divisorios se alzaban en la noche, recios, en su piedra curtida. Algunos en lo alto de la sierra. En la llanura, los otros. Había uno colocado en medio de la calle.

Desde una vereda, se veía la otra, del otro país. Si se cerraba la ventana de una casa en el Brasil, se abría la puerta de un zaguán del Uruguay y aparecía uno de esos sillones de alto respaldo, dócil al balanceo de su dueño. En “la línea”, había siempre luces. Y, hombres de aludos chambergos, en las esquinas, comentaban quizás la última jugada, haciendo pronósticos para la próxima. Debía salir,

En las tres

últimas, fueron premiados el gallo, el macaco y la mariposa.

Los veinticinco bichos de las apuestas, preocupaban, en la riqueza de la fauna, a aquellos vecinos aparentemente tranquilos. Necesitaban fantasear con la zoología, considerándola

más accesible que la aritmética

En efecto, soñar con nú-

meros, agruparlos en cifras, no es la más segura tarea de los sueños. En cambio, recordar en la vigilia las nocturnas y sorprendentes frecuentaciones con los animales domésti-

en el juego “del bicho”, el avestruz o el caballo

cos o salvajes, es casi grato a la memoria. Determina una jugada. Una pesadilla con lobos o cotorras, puede tomarse

como señal del azar. He ahí la habilísima treta para convertir a un analfabeto, en matemático del cálculo de probabilida- des. El silencio en “la línea” tenía mucho de la mudez cómpli- ce de los contrabandos. Mientras en Rivera una paz pueblerina, con muchachas soñadoras, daba a las calles un aire pensativo, en Santa Ana las gentes tenían la animación y la inquietud de la pen- dencia y el juego. Cuando terminaba mi recorrido por los callejones solita- rios, enderezaba hacia el “Internacional”, un café amplio, de gentes torvas. Al fondo, un pequeño salón de peluquería. Siempre había un personaje en tarea de hermosearse para la fiesta nocturna. El parroquiano llegaba, se instalaba en un sillón y luego de arrellanado en él, extraía de su cinto un pesado revólver, que depositaba en un cajón del tocador del fígaro, como diciéndole al peluquero:

–Aféiteme Ud. con confianza

¡Ahí le dejo el arma!

Invariablemente, todos hacían lo mismo. Yo me instalaba en una mesita y veía por el espejo de la peluquería a mi “capanga”.

El afecto de aquel asistente o guardaespaldas –

“capanga”– por mi persona, venía de la confianza ciega que le tenía a mi caballo. En aquel entonces, yo hacía correr por las canchas de la frontera, mi alazán Simombach, por Offenbach y Simona. Mi “capanga”, había rebautizado el pur-sang con una combi- nación pintoresca de los nombres de sus progenitores

Offenbach, el gran músico

qué! De ambos nombres, salió “Simombach”, nombre cata- logado en los libros del Jockey Club Argentino. Y, para mi “capanga” y la gente turfística de la campaña, el caballo se llamaba “Sin bombacha”. Un descamisado, como quién dice, un miserable Gracias a “Sin bombacha” había conseguido yo el res-

peto de Montero. Se habría hecho matar por mí y por él.

¡Vaya uno a saber por

Simona

El hombre no sólo vio a mi animal ganar carreras difíci-

les, le vio asimismo humilde, soportar toda clase de contra- riedades. Simombach era el caballo por antonomasia. De la quietud de la largada, salía como flecha a la raya de la sen- tencia, para ganarles de punta a punta a los parejeros más pintados de la frontera. Me recordaba en cada oportunidad, las performances de aquel humilde animal: un record en la milla, ganándole a Melgarejo, siendo mi caballo el primero en derrotar al

“crack”

De Buenos Aires a la frontera, con su cabeza gacha, sus ojos de perro, su cachaciento tranco, el aire de mosca muer- ta y las escasas crines al viento.

Todas estas apuntadas características cautivaban a mi “capanga”. Si yo no fuese el dueño de aquella bestia mansa y veloz, mi guardaespaldas no me tendría tal respeto. En aquella ocasión

Todo documentado, por cierto.

II

Aproveché el compromiso que “Sin bombacha” tenía en la frontera, para dejarme crecer la barba. Tenía atada una carrera con el más “pintado” de los pingos de Santa Ana de Livramento. Partí de mi pueblo con una barba de tres días. Quien se la haya dejado crecer alguna vez, sabe muy bien el proceso. El primer día, pasa. Al segundo, nadie se anima a interrogar. Pero, al tercero, alguien se aventura: “¿Pensás dejarte la

pera?”. Más adelante, se repiten los curiosos: “¡Che, afeitate, no seas tan descuidado!”. Pasadas estas jornadas, el crecimiento de la barba obliga a soportar bromitas más o menos vulgares. Verbigracia: “En lo de Pascale” –aquí el nombre de un peluquero de mi pueblo–

me decían “hay una carta para vos

te del pueblo, que saca unas monedas de su bolsillo y las

“Tomá para comprarte una

Y, hasta algún ocurren-

”.

ofrece para pagarme la afeitada navaja

Así se suceden los accidentes del proceso de una bar- Y yo, sabiendo que era una cosa muy seria dejársela

ba

crecer, comprendí que necesitaba espacio aquella resolu- ción. Y, me largué al campo. Ningún sitio más apropiado que las pampas y cerrilladas. Uno se olvida de su barba, de esta compañera nueva. Hasta que, sin quererlo, al acariciarla, el barbudo se siente acompañado por ella. Desde ese instan- te, es fácil comprender la utilidad de las barbas en todos los caminantes de la tierra. El viento las mece, el frío se acerca y no penetra. Dan una música al contacto de los dedos, músi- ca que la oye tan sólo quien la lleva con valor. Cuando salí con “Sin bombacha” de mi pueblo fui en busca de una barba por los caminos, como quien sale en busca de un lenitivo para su alma atribulada. Y, en las ciuda- des fronterizas, en un atardecer por las Sierras de la Aurora, con sus caminos rojos, entramos los cuatro: mi “capanga”, “Sin bombacha”, mi barba y yo.

III

Mi “capanga”, hombre conocedor del medio, había de-

jado al parejero al cuidado de un amigo íntimo. Pensé que debía reprocharle al hombre aquel abandono, pero me callé la boca. Él debía guardarme las espaldas Estaba yo sentado con don Augusto, un hombre de escasos cuarenta años, estanciero del Brasil, saboreando un café de primera, cuando vimos a Tito, personaje influ- yente, un buen bebedor y cumplido caballero, con varios años de viajes por Europa. Hicimos una pequeña “rueda”.

La gente me miraba con curiosidad, al verme tan bien

acompañado. Comprendí que ya todos sabían que era yo el dueño del alazán famoso. Don Augusto nos dejó con dos buenos cigarros al des- pedirse. No bien había salido del “Internacional”, Tito me contó la historia de la familia de aquel curioso personaje. Dominaban en el ambiente, con sus caprichos y sus arbitra- riedades.

–Don Floro, hermano mayor de éste –dijo refiriéndose a don Augusto– provocó anoche en el cinema, un escándalo mayúsculo. Habían anunciado una película de Greta Garbo y a última hora, no sé por qué razón, cambiaron el programa, haciendo pasar un film cómico que don Floro había visto

ya. ¿Sabe usted lo que hizo este hombre? Pues, cuando comprendió que le escamoteaban a la Greta, de la cual está enamorado, sacó su arma y comenzó a disparar tiros al aire Descargó su revólver. El público, al ver quién era el que así

se permitía protestar, se envalentonó. Y, sin más ni más,

treinta o cuarenta espectadores indignados por igual cau-

sa, lanzaron una verdadera descarga. Las mujeres se des-

mayaban, daban gritos los niños y en el telón seguíase pro-

El techo acribillado a balazos.

Salimos. Tito me propuso la idea de ir al cabaret. Llamé a

mi “capanga” y le enteré de lo que pensaba hacer. –Mejor que lo deje pa dispué de la carrera –me dijo–, la

cosa está fea pa esponerse –No puedo negarme –protesté–, si no acepto, no le gus- tará –No vaya a la Caverna, patrón –insistió mi “capanga”– lo van a pelar en el juego “La Caverna” era un “dancing” con sala de juego. Tito

me proponía ir al otro “cabaret”, el “Internacional”. Acepté y nos encaminamos a este último. –Conozco a su “capanga” –me dijo Tito–. Es un hombre fiel, pero le gustan mucho las mujeres. –Ya lo sé, las debe de conocer muy bien, pues estos hombres saben semblantear –le contesté. Cuando quisimos entrar, nos salieron al paso dos guar- dias policiales. –Esta noche está cerrado –díjonos uno de ellos, en por- tugués–. No hay función Inquirió Tito cuáles eran las causas de aquella medida. –¡Está muy enfermo el hijo del gobernador! No podía ser más insólita la respuesta.

yectando la película cómica

La enfermedad del hijo del gobernador, caudillo de im- portancia, era la causa por la cual cerraba aquel lugar de diversión. Tito me miró con cara violenta. –¡Qué duelo ni nada! –respondióme–. Estos son mane- jos y acomodos. Lo que pasa es que alguien ha pedido

dinero a la empresa del “dancing”. Como no se lo habrán dado, enferman al hijo del gobernador. Si consiguen la suma solicitada, hacen llegar un telegrama diciendo que el hijo está mejor. Y seguimos andando seguidos de mi “capanga”, hacia

la plaza principal.

Las calles solitarias, los zaguanes cerrados, tras de las casas bajas la copa de una araucaria, el plumero cansado de una palmera. En las esquinas extrañas figuras, emponchados silenciosos; negras criadas que parecen aguardar a alguien; algún sereno; gatos hambrientos husmeando en los cordo- nes de las veredas; ventanas iluminadas a quinqué; som- bras y silencio. Los pasos suenan y nuestras pocas pala- bras nos alcanzan a duras penas, mientras avanzamos fu-

mando. En una bocacalle, miro hacia el oeste. La sierra, alta

y negra, tiene un par de luces parpadeantes. De noche no se

ven los marcos divisorios, pero se sabe que allá en lo alto, está “la línea”. Llega una brisa con olor a campo, fresca, reconfortante. Tito asegura que tendremos buen tiempo para la carrera. Bajamos por la calle principal, hasta la plaza. Los bancos no están desiertos. En cada uno de ellos hay un hombre. En éste, un sujeto de blanco. En aquel, uno de negro. En el de más allá duerme un viejo. Los árboles carga- dos de hojas, oscurecen la plaza. En la espesura hay grillos. Las palmeras parecen recobrar coraje y se levantan esbel- tas. Los brazos alargados de la araucaria, tiemblan como si la noche les pesase. Damos una vuelta alrededor de la plaza. Pasa un jinete en su caballo sin herraduras, emponchado, cabeza baja. El

poncho cubre toda el anca de su caballo, que parece sufrir

la marcha sobre las piedras desiguales. Va haciendo una S la cola del caballo, mientras se pierde calle abajo. Le ladra un perro. Sin pensarlo, volvemos sobre nuestros pasos, y nos vemos frente a la “Caverna”. Mi “capanga” nos sigue. Tan acostumbrado estoy a sentirlo a mis espaldas, que no le veo. Va con mi sombra, en el humo de mi cigarro. La “Caverna” tiene los guardias en la puerta. Es un sóta- no sórdido. Luego de separar el cortinado rojo, hay que bajar con cautela. Es un agujero con luces. Se bajan algunos peldaños, hasta que nos sale al cruce

un policía y nos pregunta si llevamos armas

to del pesado revólver, en el preciso momento que veo a Tito guiñarme un ojo. Era tarde, ya me habían despojado del arma. En tanto él, se alejaba con la seguridad del hombre armado. Liviano de toda tentación de eliminar a alguien, me pesó en el brazo la enjoyada mano de Lilí. Alrededor de cincuenta años, metidos en un cuerpo blan- do, pero esbelto, con esa esbeltez que cuesta trabajo man- tener. Lilí, con sus ojos verdes y sus pestañas sedosas de muñeca. Lilí, con una voz ronca, casi desagradable, hablán- dome en francés, recordándome cosas de París. ¡Todas las necedades que nos averiguamos! ¿Qué venía yo a hacer en aquel pueblo de la frontera? ¿Con quién anda- ba? ¿De qué hotel era pasajero? ¿Por qué me dejaba crecer la barba? Yo, orilleando su dolor, fui haciendo consideraciones sobre el clima, sobre las gentes del “dancing”, lo mal que tocaban los tangos, lo bien que bailaban las “machichas”. No quise preguntarle cómo había llegado a aquel sitio ella, mujer que paseara por París en la más bella máquina carrozada, que un ricacho del Brasil le había obsequiado, ¡hacía casi veinte años! Cuando todos se fueron a la sala de juego, en un inter- valo de la orquesta, Lilí quiso saber qué asuntos me rete- nían en aquellos parajes. Le expliqué rápidamente.

Alivio mi cin-

–¿De manera que tu Simombach corrió en Palermo,

ganó carreras, fue casi famoso?

medirse con animales inferiores, de estas tierras? –Sí, qué culpa tiene él de ser valiente todavía –agregué–. En “tiro corto”, pueden ganarle, pero cuando le dan la oca-

sión de correr en “tiro largo”, se impone la sangre Lilí hizo un breve silencio. Fumaba bárbaramente. Vi que

hablaba sin quitarse de los labios las hebras de tabaco. Estaba nerviosa. Por momentos, se quedaba inmóvil, fijos sus ojos en un punto de mi cara. Me mirará la barba, pensé. Parecía calcular algo, estar dominada por una idea fija. Tal vez para salir del embarazoso trance, me dijo repentinamen- te, mientras deshacía la colilla del cigarrillo:

Y, ahora, le traes a

–Le voy a jugar a tu caballo. –No gana –le aseguré. –¿Por qué lo traes entonces? –Porque soy un jugador y creo en la casualidad “Simombach”, no ganará la carrera. Es poco “tiro” para él

Quizás pueda venderlo

–agregué sin mucho calor.

Cuando volvió a sonar la orquesta, los que iban per- –

–¿No bailas? –inquirió Lilí. –Con esta barba llamaría la atención –contesté.

En una mesa, a pocos pasos de la nuestra, mi “capanga” conversaba con una mujer, sin quitarme los ojos de encima. –¿Conoces a ése que nos mira? –me preguntó Lilí. –Sí, es mi “capanga”, Juan Montero. –Ese hombre me persigue cada vez que llega a este pueblo. Ya comienzo a tenerle miedo. ¡Qué casualidad que sea tu guardaespalda! –Y, después de un breve silencio, me preguntó:

diendo –también los que ganaban

salieron a bailar.

–¿Tienes acaso enemigos?

–Soy un jugador

–respondí.

–¿Conoces a alguien importante de la ciudad? –Sí, a don Augusto y a Tito, ese que se fue a la sala de juego.

–Poca cosa, yo te presentaré mañana una persona de

Alguien que no tiene más remedio que servir-

me. El hermano mayor de Augusto. –¿Por qué no tiene más remedio que servirte? –le pre- gunté. –Porque tengo en mis manos una prueba terrible contra él. –¿Ha cometido un crimen, acaso? –insistí, lleno de cu-

riosidad. –No, ha traicionado a sus compañeros, en la pasada revolución. Es un delator. Yo y un amigo suyo, lo sabemos. Los dos gobernamos desde entonces en su vida. A mi ca- marada quiso eliminarlo, pero no pudo. A mí me dedicó tu “capanga”. Por eso creo que me acecha, cada vez que viene a Livramento. –No puede ser. Montero –le aseguré– es incapaz de una cosa semejante. Estás equivocada. –¿Lo crees verdaderamente? –preguntó emocionada, to- mándome las manos. –Casi podría jurártelo. Lo conozco como a nadie. Lilí salió a bailar con Tito, que vino a olvidar los sacudones fuertes que le dieron en la ruleta.

Vi a mi “capanga” seguir los pasos de Lilí. Las carnes

fofas de la mujer, bajo la seda ajustada de un traje chillón,

se movían al ritmo y la cadencia de una “machicha”. Me costaba creer que era ella la que bailaba; aquella que se hospedaba en el Carlton de París, y aparecía en los

importancia

“dancings” de moda, al lado de un ricacho de Río de Janeiro. ¿No era ella quien me había contado sabrosas anécdotas de Anatole France? ¿Es posible que terminase así su vida, en la “Caverna”, entre gentes de ropas campesinas, con- tando anécdotas de personajes revolucionarios, rivalizan- do con muchachas de veinte años, ágiles, alegres, aventu- reras ordinarias de un delicioso espíritu salvaje? ¡Cómo había rodado!

Yo la miraba ir y venir en brazos de Tito, orgullosa de

bailar con un hombre importante de la región. ¡Qué poco le pedía ahora a su vida!

Amanecía tras las sierras, cuando la dejamos en su casa. Me detuve un momento a contemplar su vivienda de ladri- llos sin revoque. Por encima de un muro casi derruido, apa- recía la copa de un naranjo. La puerta de la casa, de pino pintado de verde, encajaba muy bien en aquella fachada pobre, de una belleza simple, ingenua. La ventana se ilumi- nó y pude ver el dibujo de los visillos: un pavo real y la cabeza de un gladiador. Me di vuelta una y otra vez, antes de doblar la esquina. En ella apostado, me esperaba mi “capanga”. Tito me acompañó hasta la puerta del hotel. Entré con el amanecer. Los pasos de Tito y de Montero sonaron en las baldosas de la acera.

IV

Una frontera es siempre una aventura. Se está y no se está en un país determinado. Y por no hallarse en uno o en otro país, uno se siente vagar por un sitio neutral, lo cual da irresponsabilidad y cierto coraje. Una calle separa dos países, dos clases de justicia, dos maneras de vivir opuestas. De un lado, el juego está penado

y perseguido. En el otro, se hace ostentosa la apuesta. Los vendedores ambulantes y los chicos vagabundos se burlan

de las autoridades. Corren unos pasos y están en otro país. Desde él se mofan de los guardias. Martillado de revólveres, uno pasa por frente al “Inter- nacional”. Desde ese momento las miradas se hacen hoscas

y rencorosas. No se puede mirar a las muchachas, ni éstas

admiten piropos o requiebros. El amor es cosa seria. Las pasiones son trágicas y las bellas hembras aparecen sobre

un fondo oscuro de armas, dispuestas a vengar el agravio,

la broma o el simple deseo de admirar la belleza.

Después de la carrera, un domingo aparentemente tran- quilo, fui a casa de Lilí. “Simombach” había perdido por medio cuerpo. A mí no me sorprendió el desenlace. Cuando me ofrecieron una fuerte

suma por el animal, sí me sorprendí. Dije que lo pensaría y conversé del caso con Montero. –Para venderlo me lo vende a mí, patrón –dijo–; lo cuido un poco y el domingo que viene si me dan desquite, los pelo de punta a punta. No pensaba vender el caballo. El interesado era don Floro, el amigo de Lilí. Lo hallé en casa de ésta, tomando mate, bajo el naranjo que decoraba un patio con gallinas.

El interior de la casita no era, por cierto, pobre. Todo cuanto se hallaba allí, era de la mejor calidad. De alfombra, había un pesado cuero de tigre. Sobre el tocador, un juego de buen tono y frascos de perfumes, en cantidad insospe- chada. En la luna del espejo, disonaba con el resto, un retra- to de don Floro, de pésimo gusto. Un hombre de mirada criminal, vestido a la usanza campera, enseñaba un descon- certante revólver. En el lado opuesto al retrato del dueño y señor de aquella casa, aparecía la sonrisa forzada, bajo el

sombrero de paja, de Maurice Chevalier

En los muros, dos

estampas de la “Vie Parisienne”; un retrato demodé, de Lilí Y, apartado de aquella balumba, el delicioso retrato de una muchacha rubia, de extraordinario parecido con Lilí. No era

ella, no, a los quince años. Era el retrato de su hija, del otro lado de la vida, entre seres bellos y normales. –Por algo soporto esta existencia –me dijo melancólica–.

Como tu caballo, yo

soy de “tiro largo”.

Ya está casada

y también, salvada

Vestía un liviano kimono japonés, chillón. Le seguía los pasos un pomerania, que estornudaba a cada momento. Iba y venía una negra de quince años, con un mate des- comunal. Me tocó el turno a mí y no quise rehusar. Al momento llegó Tito a buscarme, precisamente cuan- do don Floro me pedía precio por “Simombach”. –No quiero venderlo aún –respondí–. Tal vez más ade- lante

Es un regalo que deseo

–díjome en una pintoresca mezcla de español

y portugués–. Mi deseo es que ese animal quede aquí

hacerle a Lilí

–Quisiera que me lo reservase

–prosiguió mientras limaba mi atención con sus ojos acera- dos. Al comprender mi firme propósito de no ceder el pareje-

ro, desvió la conversación, enorgulleciéndose de haber pro- movido el escándalo en el cinematógrafo. –Informalidad semejante no debe tolerarse, ¿no le pare- ce? –Y, sin esperar mi aprobación continuó con ostentoso

dominio:

–Esos gringos nos tienen tiranizados, imponiéndonos

¡Yo dejé una partida por ver a la Greta esa

y salimos con que no daban la cinta señalada! Le metí bala, ¿no le parece? ¡Hay que cortar por lo sano! ¡Aquí manda- mos nosotros! ¿De quién en esta tierra, entonces? –¡Son unos informales! –aseguré yo para conformar a aquel hombre.

La visita fue corta y terminó antes de la caída de la tarde.

A la hora de la comida, mi “capanga” apareció alarmado. –¡Patrón –me dijo con voz firme–, pinta mal la cosa pa

usté! Risulta que don Tito se agarró una tranca anoche y anduvo ripartiendo no sé qué secreto que don Floro tiene con la Lilí –Y que hay con eso.

–Que a la hora de las copas, don Floro la sentenció a ella

y a usté. No sé qué habrá de serio

alerta. Comprendí lo que pasaba. Yo había contado a Tito, en confianza, la aventura de Lilí con don Floro, y cómo lo tenía catequizado a pesar de ser un sujeto peligroso. Y Tito había contado la historia a alguien, que se la sopló al interesado. Los conflictos en la frontera no necesitan esa fermenta- ción natural de las grescas comunes en los otros pueblos. Allí se suceden los episodios con una velocidad de llama en un reguero de pólvora. Dentro de las primeras veinticuatro horas, deben producirse los acontecimientos. Vale decir, que se aprovechan las primeras sombras. No dan tiempo a la reflexión, y si pasa la primera noche

Pero le conviene andar

cualquier cinta

sin novedad, puede cambiar fundamentalmente el aspecto de una cuestión complicada.

Don Floro sentenció a la mujer, me amenazó a mí y resol- vió “cortar por lo sano” sin pérdida de tiempo. Mi “capanga”, ayudado quizás por sus amigos, supo los pasos que don Floro había dado desde la hora de las copas, más o menos entre las siete y las ocho y media.

Le vio conversar con cuatro sujetos de negros antece- dentes. Aquella era muy mala señal y había que proceder sin pérdida de tiempo. Allí en frente no más, estaba la salva-

ción. Con internarse un poco en el Uruguay

Montero, con cierto temor, me pidió una fuerte suma de dinero. –Con sólo mostrarla y prometer, los tendré por el pico a esos cochinos! Y salió con un montón de papel moneda que pude darle. Iría a comprar o catequizar a los cómplices de don Floro. Aquella noche tenía que jugarme entero. Resuelto a ha-

cerles frente, me encaminé a casa de Lilí, a fin de prevenirla

o ponerme al habla con don Floro, quien seguramente no se

todo resuelto.

atrevería a nada cara a cara. Su solapada conversación de la tarde me lo había dado a entender así. Cuando Lilí me vio en el patio de su casa, sorprendióse.

–¡Cómo! –exclamó–. ¿No me dices en tu carta que te marchabas? ¿En qué quedamos? Le pedí a Lilí la carta y comprendí la burda trama. Don Floro la había hecho escribir, firmándola con mi nombre, y en ella yo me despedía de Lilí. Comprendí que estaba en la boca del lobo. Relaté como

pude los acontecimientos a la mujer y me confesé indiscreto

y un comprometedor.

–Quiero que te veas libre de esta gentuza –le dije–. Si te animas a seguirme, vamos a cruzar la frontera esta misma noche. La pasaremos en un breque para no infundir sospe- chas. Lilí aceptó. Ya había hablado con Montero de la salida. –¿Cuándo? –le pregunté.

¡Qué

sorpresa más grande! No me pareció el mismo personaje

–Apenas dejaron ustedes la casa, apareció él

¿cómo decir-

te?

de concepción! ¡Parece jugarse la vida en cada afirmación

que hace! Y, qué mirada más noble tiene, visto de cerca! Me

recuerda a no sé quién

en el frente belga! –Oye, Lilí –me apresuré a cortar sus palabras–. ¿No hay cómo afeitarse por aquí? –¿Te vas a quitar esas barbas tan lindas? –preguntóme con burla. –Sí, es una buena precaución, ¿no te parece? Será más difícil que me individualicen. La navaja de mi posible futuro asesino se mostraba in-

¡Tal vez a mi hermano, el que murió

trágico. Me ha infundido tal valor, que acabé

¡Sí, atraída, hipnotizada por ese hombre! ¡Qué rapidez

dócil a mi mano. Frente al espejo parecía trágico mi rostro barbudo, ya en buena parte sin pelos. Miraba con recelo aquella navaja y por momentos, lo confieso, sentí asco, tal vez miedo. ¿Si entrase en aquel instante su dueño? Pensé que el acero bien podría responder a la voz de su dueño; pensé que si lo viese por el espejo, yo mismo accionaría, influenciado por su mirada, y me abriría un tajo en la

carótida

Para tomar valor, dejé la navaja y la emprendí con

el jabón. Al volver a tomarla, entró en la pieza Lilí. –¿No te falta nada? –me preguntó. –Nada, tal vez un poco más de seguridad para afeitarme con la navaja de ese hombre –le confesé–. Veo su mano en el espejo dirigiéndola.

–No te preocupes; a esta hora no viene jamás. Es difícil

Tiene que pagar

que venga de noche. ¡Le sale muy caro! un par de guardaespaldas

Hizo un silencio, sonriendo mientras me observaba por el espejo. Y continuó picarescamente:

¡cómo

comprenderás! Corrió con más soltura la mano por mi espesa barba. Se me fueron aclarando las facciones y tuve pena de mi cara, mi yo de la ciudad, mezclado en aquellas turbias aguas de la frontera.

–No se ha afeitado él solamente con esa navaja

Resueltamente salí a la calle. Pude ver –en el momento

que le decía a Lilí: “¡A las dos en punto!” y me largaba a la vereda– pude ver una figura que se ocultaba en la esquina. Fácil me fue reconocer a mi “capanga”. Caminé hacia él con aire resuelto. Habría dado unos veinte pasos, cuando sentí que alguien corría por la arena de la calzada. Iba a darme vuelta, para ver quién venía, cuando sonó un tiro. Eché mano a mi revólver. El fogonazo había salido de la esquina. Pensé enseguida que mi “capanga” me había desconocido. Pero, era muy otra cosa. Al ver que el sujeto que corría por

la arena de la calzada huía velozmente, fácil me fue compren-

der que Montero había hecho fuego para salvarme sin duda de una puñalada por la espalda. –¡Venga patrón, no facilite que pueden volver a atacar- nos! –me dijo decidido. Huimos por el medio de la calle. Dos o tres ventanas se abrieron. Un vecino preguntó a otro: ¿Qué pasa? La calle estaba desierta. En la oscuridad, resaltaban las dos o tres figuras, enmarcadas en las ventanas con luz. Corrimos al hotel. Había que salir a la madrugada, sin pérdida de tiempo. En realidad, ya estaban rotas las hostili- dades. Montero tenía preparado el breque, con cuatro caballos

y un buen mayoral. Me lo señaló desde la puerta del hotel,

pero no alcancé a divisarlo. Junto al vehículo estaba asimis- mo, ensillado, el dócil “Sin bombacha”. Nos tomamos buenos tragos de caña, hasta las dos de la madrugada, emborrachando la espera.

V

Luego de traspasar la línea, libre ya de aquel nudo gordiano de la frontera; libre de la atmósfera pesada y de las miradas inconcretas, hurañas, incomprensibles; lejos de aquel ambiente en que las apuestas se cruzaban como ser- pentinas en carnaval y en que daba miedo pensar en jugar-

se algo más que el dinero; libre de una justicia acomodaticia

y peligrosa; distante del remolino de pasiones del café, del

cabaret y de las salas de juego, lejos y libre de una posible complicación, con la cara fría por el aire fresco del amanecer, me puse a analizar punto por punto, la sucesión de los epi- sodios.

A medida que iba aclarando, aclarábanse mis ideas y me

parecían ilógicas ciertas cosas, poco firmes algunos pasa- jes de mi aventura. Lilí, a quien no interesaba mucho el paisaje, viajaba con

la vista baja. Se diría en los pies del caballo que montaba mi

“capanga”. El espectáculo del amanecer era de una belleza agreste,

pocas veces comparable. Las Sierras de la Aurora toman un melancólico tinte verdirrojo. Los caminos, de tierra roja, se alargaban bordeados de verdura. En lo alto y por las lade- ras, el color plateado se entremezcla con el tenue verde de la vegetación. Las piedras grises, a la luz del alba. El pasto, húmedo de rocío, da una vibración particular al paisaje. Las sierras no son altas ni bajas. Ni superan el esplendor de un sol recién nacido; ni aparecen sometidas a su luz atenuada. Los cerros, a lo lejos, asoman sus testas tranqui-

las. Uno de ellos se llama Batoví

En guaraní, dicen, seno

de virgen. Más lejos, el cerro de Chapéu, sombrero en espa- ñol. Tiene la forma de un chambergo.

El breque avanza dando tumbos. Subimos a duras penas.

Bajamos conteniendo los cuatro animales, frenando las rue- das. Nos sigue los pasos Juan Montero, mi “capanga”. Por momentos, el tranco largo de “Sin bombacha” es suficiente para acompañarnos a tres metros del coche.

A medida que amanece se va descomponiendo el rostro

de Lilí. Me cuesta creer que su valor llegue hasta el punto de someterse a estas pruebas. Y ese es uno de los puntos que me preocupan seriamente. No por la carga que pueda ser para mí la mujer, sino por su inexplicable valor para lan- zarse a la aventura. Pienso: ¡Y esta mujer que viaja en mi

desconchado breque, paseó orgullosa por París, vistió toilettes a la moda, fue envidiada, pudo hablar con calor de personajes franceses, de finanzas y política! Aquella mujer que lanzara a la vida mundana de París un fuerte “fazendeiro” va en un breque dando tumbos por las sierras y no se sabe ciertamente hacia dónde –¡Pobre animal! –me dice contemplando el alazán, mien- tras yo pienso en ella–. ¡Con una derrota y encima estos malos caminos! ¡Cómo se ve que es de pura sangre! No quiero comentar aquel punto y me callo. El sol ha despuntado. Se pueden ver con claridad, a contraluz, sin embargo, las facciones del rostro curtido de mi “capanga”. Se saca el sombrero para arreglarse dos mechones que le caen sobre las sienes.

Lilí me ofrece una galleta que trae en una cesta. Le alarga otra a Montero. No tiene que esforzarse mucho para alcan- zarla, pues la mujer se ha inclinado desde el estribo trasero. Luego, le golpea en la espalda al conductor y le pone un pedazo de galleta en la boca, apenas se ha dado vuelta. ¡Qué soltura en sus movimientos, qué dominio sobre sí mis- ma! –pienso. Cuando llegamos al alto de la sierra y la emprendemos por el llano, se acrecienta mi nerviosidad. Desde luego, recapacito, las cosas se han arreglado en una forma casi perfecta. Separando el episodio del balazo de Montero y el supuesto ataque de uno de la pandilla de don Floro, todo ha corrido como sobre rieles. Sin embargo, lo que más me sorprende es la resolución de Lilí. ¿Cómo pudo dejar, de la noche a la mañana, su casa, una situación, buena o mala, pero un pasar al fin, para lanzarse a la aventu- ra?

Dos veces la sorprendo sonriendo a mi “capanga”. A la tercera, en un francés de picaresca entonación, me dice:

–Me hallas arriesgada y vas de sorpresa en sorpresa ¿no es así? Dime toda la verdad.

–Sí –confieso–, ando un poco desorientado. Tengo sue- ño, además, y no comprendo tu aplomo. –No es necesario que lo comprendas –me dice mimosa– hay cosas que no se pueden comprender jamás y, te asegu- ro, son las únicas cosas bellas de verdad La miro, dándome tono, haciendo como que he com- prendido. Ella entonces mira a mi “capanga”, y me dice:

–Tiene un tipo atrayente tu guardaespalda. Sabes elegir bien. ¿Lo conoces desde hace tiempo? –Sí, de oídas y recomendaciones. Aquel amigo nuestro de París, Atilio, ¿te acuerdas? me lo recomendó. Le ha servi- do mucho este hombre. ¿No me dijiste que dudabas de él? –me apresuro a recordarle. –Sí, es cierto –termina–, me perseguía desde hace tres años. Más o menos cuando yo descubrí la traición a don Floro. Lo tuve por un espía suyo. –Te equivocaste –respondí. –Hay errores que vale la pena rectificarlos Sonríe. Entra polvo en el coche. La tierra más seca, se alza en una nubecilla, mientras avanzamos por los cerros. Me adormece el chocar de los cascos de los caballos. El sol atraviesa de parte a parte el breque y me da pena el ajado rostro de Lilí. En su cara, la voluntariosa quijada, los dientes firmes, sanos, parejos, van dándome la clave de aquel epi- sodio. Nada le molesta. Ni el polvo, ni el sol, ni el aire, ni el desayuno de una galleta seca Cuando le cae sobre la frente un mechón de su cabello castaño, alza la mano y con sus dedos finos introduce el mechón bajo el sombrero simple, de fieltro negro. Mira a cada paso a Montero. Va atenta a su marcha. Si mi “capanga” se sale del camino de su visual, inclina un poco el busto y le busca con los ojos. Sonríe. Yo no puedo ver a Montero, pero me imagino que lleva la mirada fija en el bre- que, como un policía en el carrito de un penado. Lilí, por momentos, se transforma. De aquel rostro ajado, retrato de cansancio, ella saca no sé qué iluminada bizarría, no sé qué gesto decidido, no sé qué fuerza de simpatía

humana. Siente algo así como una gozosa dicha de seguir

en nuestra compañía. En nuestra –pienso subrayando mi reflexión–, ¿en nuestra compañía? No. Decididamente, en compañía de mi “capanga”, en la proximidad de ese hombre tosco, de bigotes caídos, enérgico en la marcha hacia otro horizonte. Lilí va satisfecha, confiada en Montero, en el hombre que la tenía amedrentada, en quien la perseguía, toda vez que llegaba a Livramento. Voy comprendiendo cada vez más, y, al mismo tiempo, a cada paso, oscureciéndome en suposiciones. Una mujer de su condición, una mujer que, a pesar de todo, aún conser-

vaba los refinamientos de otras épocas

Corrijo, por esas mismas razones: por tener aún vestigios de

otras épocas, es que así procede, así decide, así elige

El sol calentaba ya y los caballos estaban cansados.

Llegamos a Masoller. Bajo y me meto en la pulpería. Quiero observar desde allí lo que pasa.

Mi “capanga” se aproxima al breque. El conductor des-

aparece y contemplo el diálogo entre Lilí y Montero. Las

caras casi juntas

A pocos pasos, con las riendas caídas, “Sin bombacha”

huele la hierba fresca, de un verde claro, que hay en la proxi- midad de un alambrado. Simombach, mi noble caballo, con las riendas caídas, da un paso y otro y se va alejando, hasta que mete el morro entre los alambres y alcanza, con su hocico de animal refina- do, de raza, una esbelta planta de maíz. Se esfuerza un tanto,

y, luego de ladear la cabeza, de insistir un poco, consigue

un manojo de hojas frescas de maíz que arranca con voraci-

dad y se entrega a comer. Alza la cabeza por sobre los hilos del cercado. Husmea,

y sus crines magníficas son agitadas por el viento. Está

hermoso, es una auténtica estampa clásica. Su bella cabeza

de animal de raza, levantada, erguida con vigor, llena la ma- ñana.

¡A pesar de todo!

El bolichero se me acerca y comenta:

–¡Qué lindo pingo! ¡Qué alazán de mi flor! ¿Es suyo? – me pregunta. Salgo de

–¡Qué lindo pingo! ¡Qué alazán de mi flor! ¿Es suyo? – me pregunta. Salgo de mi situación y respondo:

–No, no es mío. Es de esa señora, que conversa con aquel mozo. –Animal de raza, parece. Se ve en la figurita armada que tiene. ¡Debe ser una flecha ese bicho! ¡Qué pinta!

VI

Sin duda alguna, debía tener una sangre excepcional mi noble Simombach. Todavía recuerdo la limpia mañana cam- pesina, cuando se lo ofrecí de regalo a Lilí, allá por Masoller. Aquel animal miraba el campo con ojos humanos. Aquel animal, que había cruzado el disco en Palermo, bajo el aplau- so de la muchedumbre. Todavía lo veo frente al maizal, con

la cabeza enhiesta, husmear la buena ración descubierta, y oigo claramente la voz del pulpero que me dora los oídos elogiando su “pinta”. Aquel animal “de pura sangre”, venido a menos, acari-

ciado por las miradas tiernas de una mujer, también de raza,

reducida a una lucha vulgar y mezquina

aplausos en Palermo y la cocotte de los grandes casinos. Hasta el fin, valerosamente en la vida Recuerdo perfectamente la última vez que los vi. Los dejé contentos en la pulpería de Masoller, de pie bajo un ombú, cuyas raíces, saliéndose de la tierra, parecían atra- parlos. Va para cinco años que no tengo la menor noticia de ninguno de los tres

El pingo de los

[Del libro La plaza de las carretas (1937)].

La Doradilla

Mi yegua doradilla levantó la cabeza por arriba del cerco

de cina-cina, las orejas erguidas, fino el morro. Aquel flequi-

llo de cerda que le caía sobre la frente nunca me pareció tan arrogante como en la mañana de primavera que ahora rememoro.

A pesar de lo que sucedió después, sigue llenándome

de orgullo la salvaje belleza de mi doradilla. –Ese lujo es sólo para las hembras –me dijo el esquilador–. Se las ve más lindas.

Se refería al flequillo que acababa de peinar con los de-

dos. Recuerdo perfectamente que el animal dio vuelta la cabeza y me miró.

Yo no había cumplido doce años, de manera que poco

me enteraban de las faenas y los cambios. Mi única partici-

pación seria en la vida de la estancia consistió en la elección de aquel ejemplar equino de singular hermosura.

En las primeras vacaciones exigí que me arreasen a la

doradilla. –No podrás montarla todavía –me comunicaron–. Es cabortera y puede darte un golpe.

Para conformarme, el capataz la hizo atar al palenque. Si no podía jinetearla, que por lo menos mis ojos se llenaran con su belleza.

A mí me pareció que la doradilla me reconocía, e hizo

alardes de su esplendor agitando las crines, moviéndose briosa.

El capataz me explicó:

–Anoche largamos el padrillo a la manada. ¿Compren- des? “¡Ah, sí, claro –me dije–, es una razón para estirar el pescuezo por arriba de las cina-cinas”. Pero me guardé el

comentario. Esperaba que la ensillaran y me permitiesen dar

una pequeña vuelta, ir hasta el vecino tajamar, por lo menos. Desgraciadamente, no pudo ser. Mi padre observó su estado y ordenó que no la montase. Al cincharla, la yegua hinchó la panza. Era un síntoma inequívoco de posibles inconvenientes. –Conmigo no se portará mal –argumenté–. Como peso tan poco –No, es peligrosa. Mejor que no salgas –dijo mi padre con tono persuasivo. –Estoy seguro de que no pasará nada. Mire como se deja acariciar –argumenté en una exitosa demostración. No bien yo me acercaba a prodigarle caricias y palmo- teos, bajaba la cabeza y sosegaba la cola. Al capataz y a mi padre les llamó la atención el efecto que le producía a la yegua arisca mi confiada proximidad. Se miraron desconcertados. El capataz meneó la cabeza. –¡No, no! Desensíllela. No estamos para sustos –dijo mi padre.

–Pero

–articulé yo.

–¡Nada, asunto terminado! –respondió alejándose. Le quitaron mi apero que nunca lució tan airoso sobre otro lomo de caballo. Se lo colocaron a un matungo que me pareció dormido, con la cabeza gacha y el rabo inmóvil, incapaz de espantar una mosca. Salí al campo. No recuerdo un paseo más desafortuna- do. En esa época nada me infundía tanta pesadumbre como un animal enfermo o triste. Me entró un desánimo inolvida- ble que los pájaros, cantando en el largo crepúsculo, exage- raban a mi pasar. La tristeza me llevó hasta el tambo. El lamento de los terneros acabó por abatirme sin remedio. Creo que bajé del caballo llorando. Fueron las vacaciones más lamentables de mi vida.

Al año siguiente, no bien llegué a la estancia pregunté por la doradilla.

–Está fallada –me contestaron.

–respondí, dándome por enterado–, con

que fallada, ¿eh?

Mi informante, un peoncito tres años mayor que yo,

pronunció la frase alardeando tal suficiencia de sabiduría

campesina, que me impidió confesar mi ignorancia. A una persona de más edad le hubiese declarado mi descono-ci- miento del término. Pero de un muchacho como él era im- prudente recoger información. Dejé pasar unas horas, e interrogué al capataz:

–Parece machorra –me respondió secamente–. Ha en- gordado mucho. Machorra, pensé, estéril, como mi tía Cristina. Vientre

seco, boca fría, cabellos opacos. Desde aquel momento yo podía ocuparme de la doradilla, hablar de mi yegua con cual- quiera, intervenir en su destino, quizás decidir su suerte. Ensillé un caballo cualquiera. Salvo redomones o po- tros, todos me resultaban apropiados. Tal vez a mi padre le hubiese gustado verme jinetear uno de sus parejeros, aun a riesgo de aguantar un corcovo. Mi cuerpo necesitaba ese contacto con la fuerza bruta. Pero yo lo eludía de puro consentido. Salí al campo, solo. Quería contemplar a la doradilla en su doble condición de yegua y machorra.

Fui a su encuentro con malsana curiosidad. Si había

engordado no disfrutaría de la vigorosa estampa que era el lujo de mis ojos de propietario. Más de un año sin verla, e iba a contemplarla en campo

abierto, sin testigos. La imaginé arrogante, con el flequillo crecido, la cola hasta los garrones, el ojo vivísimo. Temía hallarla con las crines cortas y el rabo esquilado, porque seguramente querían desquitarse con su cerda, ya que no servía como animal de cría. Al descender la cuesta la caballada paró la oreja, levan- tando a un tiempo la cabeza. Me miraron como a un intruso.

No me costó dar con la doradilla. Creo que a la primera

mirada tropecé con ella. Pero no estaba sola como lo supo-

–¡Ah,

nía. A unos metros de sus patas, un espléndido potrillo temblaba, presa de extraño terror. Según mis cálculos, aca- baba de nacer. Sus miembros inseguros parecían azotados por el vendaval. Al posar los débiles vasos en el suelo, los remos titubeantes daban la sensación de una extrema ner- viosidad. Cuando me acerqué, la doradilla relinchó mater- nalmente, interponiéndose entre nosotros y el recién naci- do, como si pretendiese ocultarlo de mi vista. Mi alegría no tenía límites. Yo resultaba el afortunado mortal cuyos ojos podían vanagloriarse de ser los primeros que habían visto el potrillo de la doradilla. – ¡Linda yegua! ¡Doradilla querida! ¡Qué fresca resultó la brisa y qué olorosa! ¡Qué orgullo el de mi yegua con el flequillo sobre la frente, abundante, con exhuberancia de madre que acaba de echar al mundo un potrillo hermoso como un gamo. La cañada era de su abso- luta pertenencia. Dominaba la tierra y el cielo con sólo le- vantar la cabeza. Permanecí extasiado, creo que un cuarto de hora. Me- nos, quizás, porque de súbito debí intervenir para evitar que una yegua alazana la molestase, acercándose más de lo que prudentemente debe aproximarse un animal a otro en semejantes circunstancias. Se defendió a mordiscos, a patadas. Sonó una y otra vez el vientre de la intrusa como un bombo sacudido en el cora- zón del valle. El espectáculo resultaba grandioso. Bárbaro y grandioso a un tiempo. Comprendí que era mejor alejarse; que aquella escena bestial la provocaba mi presencia al profanar la intimidad de una madre indómita, salvaje y exclusivista. Doblé la rienda y rumbié hacia las casas, contento de poder comunicar la primicia. Apenas si me atreví a dar vuel- ta la cara, al iniciar el golope. Vi al frágil potrillo hundir su morro en las ubres de la madre. El rabo enhiesto como un plumerito, ventilaba sus pocas cerdas tan sedientas de aire como su boca de leche.

No recuerdo otra sensación más cabal de felicidad. El

canto de los pájaros celebraba mi hallazgo.

Mi yegua no nos defraudaba. Y ya que no me permitie-

ron jinetearla, el destino me favorecía otorgándome el privi-

legio de ver su potrillo antes que nadie. –Me parece que se equivocaron feo –dije con suficien- cia–. La doradilla ha tenido cría.

El peoncito y el capataz se miraron con signos de enten- dimiento. –Sí –continué, mientras desensillaba mi caballo–. Un lindo ruanito que será para mí.

Se acercó mi padre.

–La doradilla parió anoche –le comuniqué con un dejo

de hombría que ocultaba también un serio reproche por la

afrenta que se le había inferido a mi yegua. –No, estás equivocado. Ese potrillo no es suyo –res-

pondió mi padre sin darle importancia al caso–. Es de la alazana. Ayer nos pareció que se le había “pegado” a la doradilla.

Mi padre siempre pluralizaba al conversar con la gente a

sus órdenes. Al oírle hablar así, sus palabras me resultaron sagradas.

–exclamé al escuchar la noticia–, ¿de

manera que no es hijo de la doradilla?

La peonada no le dio mayor importancia al accidente. Ni

mi padre, tan observador de los animales. Supusieron que el

ruanito se equivocaba de madre vaya uno a saber por qué misterioso designio. Pero el hecho para mí tenía suma gra-

vedad. Tal vez porque yo acababa de ser testigo de la brutal embestida de la doradilla contra la mansa madre que recla- maba sus derechos.

No dormí tranquilo. En la mesa se habló de todo menos

de la manada. En el fogón, donde mi padre confraternizaba

con su gente en breves sobremesas, tampoco mencionaron a mi yegua.

El día siguiente amaneció lloviendo. Se suspendieron

las tareas. La vida de la estancia quedó reducida a un con-

–De manera que

versar pausado en torno al fogón. Me cansé y dije que pensaba salir a dar

versar pausado en torno al fogón. Me cansé y dije que pensaba salir a dar una vuelta por la cabaña y mi padre me

respondió que era una tontería de pueblero salir a mojarse porque sí.

Mi

instinto pudo subsanar el mal que la garúa agrandó.

La

doradilla, bajo la lluvia, venció a la alazana definitiva-

mente. A mordiscos, a coces más duras que las de una ma- dre recién parida, impuso su bestial contextura de machorra enloquecida. Dentro del perímetro donde el potrillo podía accionar, se veían huellas, espantosas huellas de los cas- cos de la machorra que impedía que la madre se acercase, hasta que consiguió alejarla del lugar. Cuando divisé el valle, la alazana pastaba indiferente a cien metros de un círculo de suelo alterado. En el barro, yacía el potrillo ruano vigilado por mi yegua. Aún respiraba cuando me acerqué. La doradilla le sopló su aliento en el pequeño morro; dejó posar su belfo húmedo en el vacío del moribundo, vivificando sus últimas aspira- ciones. Vi los ojos del potrillo fijos en la nada. Las pupilas eran como dos cuentas de azabache en el verde de la caba- ña. “Delicado manjar para la voracidad de los chimangos”, me dije. Nunca podré olvidar aquellos ojos de niño hambriento, la soledad que cundió en mi alma y el impulso de indigna- ción que contuvo la espléndida belleza de mi yegua. No me atreví a ultimarla. Tampoco olvidé una espantosa realidad: a la doradilla le sangraban las ubres.

[Del libro Después del temporal (1953)].

Gaucho pobre

a Jorge Luis Borges

Mire, mi amigo, las cosas pasaron así. Yo dentré en la pulpería del ñato Godoy, bien liviano e caña. Tuavía el sol estaba alto. Los domingos nos da por tabear entre conoci- dos. Pero el último, el día no pintaba pa la taba. No sé por qué, pero fue ansina. El rubio Freneroso venía medio chispeau dende la mañana. Mamau no, eso se lo dejo por escrito. No. Yo no acostumbro a pelear con mamaus porque le meten al pico, en antes, duranti y dispué. No. Si hay que peliar que hablen los cuchillos, ¿no le parece? Cuantas más copas se empina el cristiano más labia com- pra. Y las cosas, creo yo, ¿no?, muy conversadas, no son de hombres. O se pelea o se le mete a la payada. Cuando fui hombre de guitarra, era otra cosa. Así fue que dentrando en lo del Ñato, me acomodé como quién dice, pa mandarme un trago y no sé por qué todo el mundo le dio por decir que me ponía de frente al rubio pa mojarle la oreja. Las toses y las escupidas me lo fueron diciendo. –Vas a necesitar una doble –dijo el Ñato. ¿Qué doble? ¿Pa qué doble? ¿Qué quería decir el pulpe- ro? Güeno, aceté la doble. Ya las cosas las acomodaban lo jotros, por su cuenta, como acontece en estos casos. Si el Ñato lo decía, ¿por qué negarme? Me mandé una doble como quien cumple en misa. Y fui viendo más claro, siguro. Supuse que hacía poquito rato que habían hablau de mí. Se olía de lejos lo conversado, como meada de zorrino. Estaba fresquita la porquería. Yo vide la barbita de Freneroso rayada por la jarana. A mí no me gusta tomar a la chacota aquello que puede ponerse colorau. Cada cual con su parecer, está visto, pero la sangre en cualquier lau, sea al sol o a la luna. Y no me gusta romper al pepe ni un vasito de caña. Eso de pelear y que a uno le pasen dispués la cuenta de las botellas rotas o del tubo de

la lámpara, no es serio. Me trajo mala estrella apagar faroles. Pa pelear, la hondonada, el bajo, a campo abierto, sin más testigo que la lechuza. El que queda en el suelo, queda Estas cosas me parecen que las fui diciendo, pero no estoy muy cierto, ¿sabe?, no estoy muy cierto de haberlas dicho. Eso sí, ricuerdo que repetí: “El que queda en el suelo, que-

Y cuando empi-

né la tercera caña doble, no me pude aguantar y levanté la espuma: “Si alguno me esperaba, no tiene más que seguir- me”. Y salí pa fuera, escupiendo a un lau, por las dudas. Siempre es güeno mirar de costau, pero con alguna razón, ¿no? Entonces vide al rubio que venía pal palenque, gran- dote, caracho, la melena haciéndole cosquilla al pañuelo colorau, y revoleando el poncho con la zurda. “No hay que andar con vueltas, deliberando –me dije pa dentro–. En do- mingo cae bien la sangre”. Toqué a mi malacara y rumbié pal bañado. Como quien no quiere la cosa, doblé la cabeza como una tambera y vide que el rubio hacía caracolear su lobuno frente a la pulpería. “Se están aprontando pa la carrera”, dije bajito. A Freneroso siempre le gustó levantar polvareda. Es un gusto respetable, ¿no? Así que me perdí en el bajo, pen- sando en el lobuno. “Lindo pingo, pa entrar en el pueblo haciéndolo bufar. Lindo lobuno pa alzar el vuelo y que no te encuentre ni el mismísimo diablo”. Y no hay por qué decirlo, ¿eh?, que fue por el lobuno que hice lo que hice. Si me equivoqué, pacencia. Otros se pierden por una mujer. Pero yo montaba un malacara mal lambido, como le dicen, que me agenció el entenau del tuer- to. Compriendo que lo hice por el lobuno, más que por otra cosa. No bien llegué a la pulpería, el animal me miró con ojos golosos. Se me aflojaron las piernas, lo juro. El lobuno me olfateó en el aire como si ya fuese mío. Lo que hice, fue por aquel caballo. Lo juro por esta luz que me alumbra. Estaba en el bajo, cerquita del bañado, junto a unas totoras, cuando en el lomo del cerro apuntó la cabeza del lobuno. Las orejitas le saltaban como dos estrellas. Dispués, vino el sombrero de Freneroso. El rubio lo traía al tranco,

da

y que le vengan a contar los tajos!

”.

paso a paso como una bendición. Yo estaba apeau con el cabresto del pobre malacara

paso a paso como una bendición. Yo estaba apeau con el cabresto del pobre malacara en la zurda y calentando el mango con la derecha. Necesitaba tener al hombre cara a cara para sentirme más macho. Y que el lobuno me viese, canejo, que los caballos saben mirar más adentro que las

gentes. Cuando él me dijo: “¿Me esperabas, no?”, yo miré

Como a mí

pa todos laus. Ni siquiera una res, ni un ánima

me gusta. Volvió a repetir ya con el lobuno que se me venía encima:

–¿Me esperabas, no? Y no tuve tiempo de buscar palabras para contestar.

¿Qué puta podía decirle yo?

dejé correr por el encuentro del malacara hasta que sentí en

la punta la pulpa del corazón. El bicho se me vino abajo

como una rama de molle viejo. Quedó tumbado cerca del

totoral y yo

Pelé la fariñera y sin asco la

con la mano medio tibia, ya

–¡Bárbaro! –gritó el rubio–. ¿Por qué hacés eso? –mien- tras ataba las riendas del lobuno espantado en una mata de

mío-mío. Sacudí el facón con rabia. Esperé que se me viniese en- cima. Pero a mi contrario parecía que le ardía la lengua:

–¡Sos un bárbaro ! –Mirá –le contesté mirando de reojo al malacara tumba-

do

que boquiaba–. No servía pa nada. Me gusta tu lobuno.

Y

como de aquí no debe salir caminando más que uno

¡Sobra un caballo! Lo que después pasó, no sé contarlo. ¡Que otro le pon-

ga música! Sólo sé decirles una cosa: al rubio se le pusieron

blancas las barbitas. Y como soy un gaucho pobre

[De Después del temporal (1953)].

El ladero

En aquel tiempo –1908– la mayor atracción infantil de Colinas estaba en sus azoteas. Había caído en desuso el vichadero –o mangrullo–, desde cuyo punto alto divisábanse

las tropas que se acercaban al Saladero, situado en los arra- bales. Los ganados se perdían entre las ricas frondas, y era

la humosa polvareda lo que anunciaba la proximidad de las

reses a faenar. Pocas casas tenían altillo o mirador. El altillo,

de

presuntuoso carácter español, habría sido cosa audaz en

el

siglo pasado, y esas muestras de distinción material fue-

ron muy pocas. Y si por ellas se quisiera medir el carácter de los habitantes de Colinas, podríamos decir que no era el espíritu audaz o aventurero el que distinguía a sus morado- res. El orgullo de un mirador, o sea de un segundo o tercer piso, no era para todos los del chato poblado. Pero la azotea

practicable, desde la que los niños podían venirse abajo, resultaba una atracción. Estaba vigilada; y si durante la Se- mana Santa alguno se atrevía a remontar pandorgas desde allí, tenía su merecido. Además, y esto era una razón de peso y de pesos, el circular en las azoteas provocaba la formación de rendijas o el aflojamiento de las baldosas, ya

de por sí mal colocadas. Y una gotera –o dos o tres– en la

sala y otra en el comedor resultaba en los días de lluvia un verdadero acontecimiento familiar. Las casas tenían cielorrasos, es decir lienzos muy estirados que ocultaban los tirantes gruesos y los tirantillos, así como la tejuela, que daban feo aspecto. Aquel gotear interminable, sonoro, so-

bre algún mueble que lo delataba, y más tarde en la escupi- dera de loza o en la vasija colocadas estratégicamente, re- unía a toda la familia. Había que pinchar la tela del cielorraso.

Y se pinchaba, para dejar caer el agua allí depositada en

noches imprevistas. El chorro era celebrado por los niños. La vida de las azoteas era muy limitada. Subir a ellas y adueñarse del paisaje resultaba atrayente para unos, y para

los más era segura aventura canallesca el arrojar algún obje- to contundente a la cabeza del paciente vecino. ¿Quién iba a saber desde qué azotea se le apedreaba? Nadie. Se pulsa- ba así a la población entera. Y había también la posibilidadde besar a la nodriza que amamantaba al hermanito menor, pa- rapetados los dos entre los límites de casa y casa. Los niños iban a la azotea invariablemente sin permiso de los padres. Si éstos subían en verano para tomar el aire, tenían buen cuidado de colocar el pie allí donde suponían que el lugar era más consistente. O de caminar pegados a las paredes para evitar la parte menos firme o flexible del techo. Cuatro años antes, en 1904, la tropa del gobierno no había tenido ningún escrúpulo en subir a las azoteas para defender la plaza de Colinas, sitiada por las fuerzas revolu- cionarias. ¡Guay de quien llamase a éstas, en alguna casa de prócer limpio, “fuerzas subversivas”! Y, menos aún se po- día calificar de “insurrectos” a quienes las formaban, como se hacía en la estancia donde se criaban los de Puentes. El país estaba dividido en dos bandos. Uno quería derrocar al otro, con la promesa de una administración sin ladrones. Pero las instituciones se mantendrían tan anodinas e inne- cesarias como antes, a juicio del ciudadano “libre” de aque- lla época. Detrás de los que se desangraban en uno y otro bando, fuerzas mucho más poderosas y extrañas fomenta- ban la reyerta. De Argentina venían armas y bajaban barri- les de pólvora del Brasil. ¿Quién los pagaba a importadores de allende los mares? A nadie se le ocurría pensar, ni por un momento, que algo más sucedía, y mucho más lejos de lo que se podía ver. Ciegos por la vincha, enceguecidos por la divisa caída sobre los ojos, se desangraban, en buena par- te, los hombres del pueblo. No muchos, por cierto. Porque los que habían podido escapar atravesando el río, a lo sumo temblaban por la suerte de los suyos y por la mercadería que se llevarían los sitiadores o la oficialidad, tan bien dota- da para el latrocinio. Como no eran muchos los medios de comunicación, de pronto, un buen día se supo que el pue- blo estaba sitiado. Los sitiadores estaban en una leve coli-

na en las afueras del pueblo, cerca de la Plaza de las Carre- tas, a la que ya no quedaría una sola bolsa de harina ni una manta de charque; las fuerzas del gobierno, en las azoteas de lo de Farías, casa con mirador situada en otra colina, con alguna ventaja desde luego. El tiroteo debió durar mucho tiempo para el niño Tito Farías, y quizás no tanto para su amigo Pancho Puentes, porque éste vivía fuera de la ciu- dad. La azotea de la casa del primero era una de las más amplias del pueblo, de modo que algún estratego de en- tonces –un coronel, seguramente– sabía que las fuerzas “leales” estaban mejor situadas. Pertrechadas de cueros tra- bajados, de correas, de fusiles y de máuseres, subieron a la azotea de los Farías en parejas que, a la caída de la noche, daban la impresión de centenares. Las escaleras de hierro sonaban al paso de las tropas, y, así, seguirían sonando para Tito, como si aquellos soldados del atardecer fuesen cayendo muertos en la noche, siendo relevados en sus pues- tos por otros milicos. Fantasías del niño que contaba seis años y que no podía dormir a causa del ruido de las pisadas en la azotea. La batalla no duró tanto tiempo como el que dan a entender al recuerdo los días de precauciones y cui- dados de la casa invadida. Los historiadores y los cronistas interesados quizás hablen de algún soldado caído de la azo- tea y de heridos incurables; pero para Tito deben de haber muerto en la batalla unos tres mil hombres, ya que él vio bajar, durante tres semanas por lo menos, heridos que per- dían sangre. Dedicado a la historia habría sido académico. Lo que sí es verdad es que después de la batalla los mu- chachos subieron a juntar balas de máuser, cargadores de metal muy lustrosos con aquellas puntas tentadoras del balín. No tenía Tito suficiente fantasía para trasladarse imaginaria- mente hasta las fábricas de aquellas balas que “defendieron” al pueblo contra los insurrectos. Ni se le ocurrió pensar en cuántos heridos habían quedado en las calles inclinadas de la colina del Este, desde donde atacaban los revolucionarios. Nunca le preguntó a su compañero Puentes por los muertos o los heridos del bando de su padre. Ni si había recogido carga-

dores como los que guardaba encajonados en su casa, botín del oficialismo, de las derrochadoras tropas gubernistas. “Ellas podían abandonar balas y cartucheras” –pensó Tito– “por- que gobernaban”.

Los Puentes no figuraban en ninguna guía ni se los mencionaba en las crónicas y notas “sociales” de los dos diarios que se imprimían en el pueblo. Decir que “circula- ban” esos diarios quizás fuese exageración o alarde presun- tuoso. Andaban de mano en mano si alguna noticia merecía ser tenida en cuenta. Sobre las ideas que se ventilaban en algún magro semanario o en la hoja mensual del grupo anar- quista, no es del caso hablar todavía. Las personas que pensaban por su cuenta tenían mucho que ver con las que leían, pero estas últimas estaban abonadas a folletines de la más rancia España o a las remesas de ideas que llegaban de una Cataluña disolvente y tenaz. Kropotkin y el conde Tolstoi tenían lectores, pero Carolina Invernizzio los aven- tajaba a todos. Ni doña Carlota Braemé pudo con ella. De manera que la mentalidad femenina de Colinas no contaba para nada y se iba haciendo tradicionalmente ignorante y un peligro para los días que habrían de llegar. La actitud más destacable, casi heroica, era bordar una divisa. La madre de Pancho Puentes había bordado una, para venderla a benefi- cio de la causa revolucionaria. Era cuanto se podía esperar como muestra de arrojo en una mujer. Los Puentes arrenda- ban un campo, estancia de escasa monta, en la que habían luchado duramente, pero sin método ni sentido, dos gene- raciones. Ya algún hermano había mandado a la mierda a su padre, sin eufemismo, sin dejárselo escrito; y, desaparecido en Corrientes o Entre Ríos, se lo daba por muerto. La tierra era escasa, y las haciendas habían desaparecido a raíz de una sequía implacable. Hubo mucho ganado para cuerear. El viejo Puentes dijo que se iba a suicidar, de manera que amenazar al hijo mayor porque sembraba de tajos los cueros era una bicoca. El hijo lo insultó, levantando el cuchillo.

Una noche desapareció. La escena final tuvo un testigo:

Pancho, de escasos nueve años. Y así empezó a liquidarse la familia, tan lentamente que el padre de Pancho pasó a ser capataz, y de capataz a tropero; y los hijos escaparon a la tutela del padre, a sus designios pesimistas, a sus amenazas de suicidio. Pancho fue recogido por los Farías para ser criado como un animalito triste, sarnoso y rengo. Pudo apren- der a leer con Tito Farías e ir a la escuela, porque los Farías sabían que la escuela es lo menos que se puede ofrecer a un niño. Cosa que no es frecuente hoy día. Las gentes de en- tonces imponíanse escasos deberes. Casi ninguno pensa- ba en la todavía inexistente caja de jubilaciones, pero había más conciencia social. No se creía que por razones circunstanciales el ser inferior pudiera estar marcado por la fatalidad. Y así, los padres de Pancho consiguieron trabajo precisamente por haberse fundido en faenas similares a las que cumplían quienes les ayudaron. Quizás el temor de que algún día podría sucederles lo mismo afirmaba la sensibili- dad de los trabajadores del agro. Algunos habían empezado con menos que los Puentes, como peones de tropas. Estos, además marcaban su orgullo de criollos, y eso caía muy bien entre los adinerados. Fueron buenos domadores; sa- bían castrar con mano maestra; imponían a sus hijos un modo o estilo gauchesco que ya venían fomentándose como una condición para defender la patria contra el gringo. Perfil reaccionario en embrión. Y lejos de los gringos hallaron miserable solución para la vida, los padres de Pancho Puen- tes. Ella cosió y bordó con dignidad. Tenía un taller de cos- tura en la Plaza de las Carretas. Cosía “p’ajuera”. Era lo que se decía de su trabajo. El padre empezó a trabajar en el Sala- dero, primero de carneador en la playa; pero a todos les pareció que habiendo llegado de tropero, ya un poco ma- chucado, le resultaría muy duro estar doblado horas y ho- ras cuereando, dando largos tajos certeros y desjarretando reses. Un trabajo muy pesado que cambió por el de matarife, por la pandilla; y, así, sin asco, aquel apuesto paisano, de magra figura y hermoso semblante, se vio obligado a hundir

la punta de afilada daga en el testuz del novillo, que caía como electrocutado. El corto lazo aseguraba entre dos cabezales la cornuda testa indómita del animal, y allí caía vertical el golpe del pesado acero, entre las orejas del “bi- cho”. Volvía a oírse los ruidos de engranajes, de poleas; el brusco rodar del lazo sangriento en el reducto; y, de vez en cuando, el golpe de martillo que se debía dar al novillo por- que no había sido mortal la puntería de Puentes. Grito aquí, grito allá, y empezaban a despellejar las res como una in- mensa fruta tropical cuya cáscara y residuos tenían ya sus sitios determinados. El viejo Puentes trabajó varios años en el Saladero, respe- tado y considerado, porque había sido estanciero, pero de los duros. Le quedaban dos hijos. Al varón lo habían recogido de buen gusto los Farías, y les servíaº para todo. Los Farías te- nían estancia progresista. Más bien dicho afortunada, de ésas que una sequía o una inundación no puede abatir. A cuarenta mil cuadras pobladas no las dobla ni un caudillo gubernista, por ladrón que sea. Enemigos de los pleitos, los Farías anda- ban derecho. Estancias con mayordomo, capataz y sota capa- taz y con registro en el pueblo, las arcas se llenaban, y don Sandalio manejaba el negocio haciéndose aconsejar, o reci- biendo por vía indirecta pareceres y opiniones de la gente que marchaba con fortuna. Las poblaciones no eran muchas. El hombre sabía evitar “puestos” y divisiones inútiles de la tie- rra. Se gobernaba con poca gente, buenos caballos y palabra persuasiva. No vivía entre enemigos, como tantos otros a quienes les minaban la hacienda así fuesen los partidarios del gobierno, como al desdichado Puentes, o los solidarios con sus propias ideas de rebeldía. Ideas que él nunca supo expo- ner y que escuchaba de labios de algún caudillo que vivía muy alejado de sus campos. Su contribución a que tales ideas prosperaran o se hicieran más sólidas no pasaba de mandar vacas gordas o novillos en espléndido estado para el asado con cuero a las reuniones que se hacían en el pueblo. Alimen- taba bien las ideas anodinas, que él desconocía. Engordaba a los correligionarios si estaba al alcance de su mano el

engordarlos; pero fuera de poner una florcita pálida, una siem- previva, en el marco del retrato de un héroe revolucionario que acabara de morir, nada más hacía. La cabeza no le daba para más. Pancho Puentes vino a ser ese “agregao” que los crio- llos gustaban tener porque era signo indudable de genero- sidad. En “Los Ombúes” –nombre de la estancia de los Farías– llegaron a pasar largas temporadas holgazanes ve- nidos a menos, aves de paso largo y más larga estadía, a los que nunca se pidieron cuentas. Estaban esperando algo, un movimiento revolucionario, y no pasaban de “comedi- dos”. Agregao y comedido eran sinónimos. Algunos llegaron convalecientes a reparar la salud; otros,

a llorar la pérdida de un ser querido, y se quedaron hasta engendrar nuevos desdichados en el chinerío de los pue- blos vecinos. Eran simpáticos, dicharacheros, fáciles com- ponedores a veces, hasta “manosantas” y entendidos en quebraduras. Permanecían largas temporadas en la estancia

y constituían el espectáculo que alimentaba la curiosidad

de Pancho, y que luego éste, en las vacaciones, contaba sin pelos en la lengua y con vivos detalles a su gran amigo Tito Farías. Los agregados eran maestros de la aventura, de la

holgazanería, de las miserias humanas, de las contrarieda- des. Desplazados del pueblo, con ínfulas de conocer mu- cho el campo, solían ofrecerse como guías para acompañar

a viajeros, y no regresaban nunca más a la estancia. Pancho

los veía vivir, dormir, comer como bárbaros, domar porque sí, ayudar en la yerra y ensillar sorpresivamente nada más que de puro resentidos para no volver a “Los Ombúes”, perdiéndose en las cuchillas. Los casos de desaparecidos encendieron la imaginación de Tito y Pancho, y ambos vie- ron cambiar el cielo estrellado, espantándose los mosquitos mientras sostenían largas conversaciones sobre el tema. ¿Qué harían esos hombres en el mundo? ¿Por qué llegaron? ¿Por qué se fueron? Si pescaban alguna conversación acla- ratoria, ella no pasaba de la noticia sorprendente de que había quedado embarazada esta o aquella muchacha. Por-

que otra cosa no podía ser. “Agregados” a la espera de la asonada revolucionaria, o simples trashumantes con algu- na habilidad, fueron las fuentes de inspiración de Tito y el caudal de experiencias de Pancho. Comunicarse alguna de las circunstancias que alejaban al “agregao” era hacer his- torias potenciales. Y tejían novelas si alguno desaparecía por una amenaza del mayordomo, que le prometía deslomar- lo si seguía hablando a solas con una de las hijas. Bastaba un acero desnudo para que el “agregao”, de la noche a la mañana, tomase las de Villadiego. Y quedaba flotando en el ámbito de la estancia un nuevo misterio, que servía para sensibilizar a Pancho, quitar sus dormideras naturales a Tito y unirlos en un destino común. No tenían otro rumbo expe- rimental. Pero a aquella amistad obligada por las circunstancias le faltaba algo que ellos no pudieron precisar hasta el nunca olvidado pero jamás mencionado día de la azotea. Ya los hechos de “Los Ombúes” tenían poco sentido. Si se habían ligado oscuramente el uno al otro, por aconteceres de terceros y por cosas que oían aquí o allá en la charla del galpón o entre los muros de la casa, ahora no era suficiente esa convivencia. Tito era “hijo del patrón”, y bien podía pedirle a Pancho que le ayudara a quitarse las botas apreta- das, cosa que Tito jamás pensó exigirle porque nunca “uti- lizaba” a Pancho como hacían su padre, su madre y –no siempre pero sí algunas veces– los mismos huéspedes. So- bre todo los “agregaos”, que en seguida establecían dife- rencias en el trato y mandaban a Pancho a llenar de agua la caldera o a acercar un leño al fogón. Pero Tito Farías no se hacía servir por Pancho, aunque éste estaba para eso en la estancia: para servir. La azotea de los Farías, con su encalado mirador espec- tacular en el Colinas de 1910, resplandecía al sol de octubre. Nunca sería sitio histórico, a pesar de las huellas dejadas en el revoque por los máuseres de los “revolucionarios”. Cu- bierto de impactos, el mirador aparecía como “picado de viruelas”, al decir de los muchachos del barrio. Era un triste

recuerdo, sin mucho dramatismo, pues no lucían heridas corporales ni mutilaciones los soldados de aquella mera de- fensa de la Constitución. Uno y otro bando estaban aún, para esa fecha, instalados sin mucha seguridad en la histo- ria patria. Tan reaccionarios los unos como los otros, tan entregados al capital extranjero los de las azoteas como los de la guerrilla callejera, sólo defendían posiciones y preben- das tanto los que las gozaban como los que deseaban usufructuarlas. Pero el mirador hacía de testigo proyectan- do cierta sombra temblorosa sobre la azotea donde un día se trenzaron en feroz pelea Tito Farías, dueño de casa, hijo de papá, y Pancho Puentes, desheredado, infortunado “criadito”, de los Farías. Es difícil determinar quién empujó primero, quién tomó la iniciativa. Súbitamente se vieron pro- tagonistas solitarios de una pelea correcta, sin intervención de nadie, completamente pareja desde que entre ambos ha- bía una diferencia de edad que no pasaba de tres meses. Pancho era rubio, ágil, y bello muchacho. Tito, fuerte, more- no, con quijada prognática y mirar duro pero infantil. La estatura no daba ventajas. Y los puños resultaron tan re- cios los del uno como los del otro. Sonaban en medio de la algarabía de un tranvía de caballos que tomaba la cuesta con gritos destemplados del mayoral. Ya tocaba la campana de advertencia al asomar por la esquina, y se perdía el fragor de las herraduras en el adoquinado, y se iba el trajín de las ruedas, cuando los muchachos se habían cruzado muchos golpes certeros, más de uno de incalculable violencia. La destreza era semejante: el impulso, igual; pareja la inten- ción. No existía rabia contenida ni rencor anticipado. Como si anhelaran representar la comedia de las guerrillas entre- vistas en el 1904; como si Pancho encarnase a los del can- tón sitiador y Tito el alma de las fuerzas gubernistas, ambos contendientes manteníanse en sus cabales, como correctos luchadores. Varias veces Pancho consiguió arrinconar a Tito y darle fuerte hasta errar el golpe y ensangrentarse los nudi- llos al chocar contra el muro que los protegía. Y, en un mo- mento, Tito estuvo al borde de la azotea vecina, ya a punto

de caer de espaldas o conseguir salvarla con un salto suma- mente peligroso. Como no

de caer de espaldas o conseguir salvarla con un salto suma- mente peligroso. Como no se habían establecido de ante- mano límites ni reglas, en la parte soleada o entrando en la sombra del mirador, los dos luchadores comprendían qué riesgos podían correr en aquella batalla, librada sin encono pero de una violencia inesperada. Un momento, Tito tamba- leó y pudo caer al espacio, porque Pancho pegaba fuerte y lo tenía atontado. Pancho miró al espacio abierto y se debi-

litaron sus fuerzas de opresión. La pelea podía tener trági- cas consecuencias. Pero el pretil resultó apoyo eficaz para Tito, quien, con ímpetu arrojó al suelo a Pancho, que san- graba por heridas que su atacante no había advertido hasta ese momento. Golpeó Pancho la cabeza contra una de las salientes que encauzaban el agua abundante de los tempo- rales y quedó inmóvil, desmayado. Tito lo miró un instante,

y la sangre se le enfrió en las venas. Recuperó el ánimo y se inclinó sobre el cuerpo vencido. Asomado a aquella estam- pa que no pudo comprender hasta la peripecia final; asoma- do como a una ventana, como ante un espectáculo que no

le pertenecía, bajó poco a poco la cabeza como si necesitase

cerciorarse de la derrota de Pancho. Pensó en una presunta simulación, y de pronto la creyó humillante. ¿Había sido vencido Pancho, o quería terminar la pelea de aquella extra- ña manera por ser hijo del patrón su contendor? Se inclinó más aún, acercándose con miedo. Sus labios tocaron la frente ensangrentada de Pancho. La besó una y otra vez. Gustó el sabor acre de la sangre. Le acarició las mejillas y colocó, después, su mano izquierda en la nuca del camarada. Pan- cho parecía volver en sí. Irguiéndose paulatinamente, sacu- dió la cabeza como debajo de la ducha y extendió las manos apoyando los antebrazos en las rodillas. De abajo llegaba el murmullo irregular del pueblo. El pito de un manisero; los ladridos de un perro cuyo nombre no ignoraban; el arrullo de las palomas que merodeaban por el mirador, impasibles testigos de aquel raro encuentro. Volvió a oírse el tropel de las caballerías por el empedrado de la calle Real, por la que transitaban los carruajes. El trote de algún caballo con los

cascos desnudos ponía una nota nostálgica de la campaña lejana. Tito escapó, sin saber por qué. Pancho oyó sus pasos precipitados por la escalera de hierro. Luego, el silencio, apenas arañado por los teros que volaban bajo. Pancho pensó que tendrían visita, porque esos pájaros la anuncian. Se secó las heridas y, apoyado al murete que separaba una casa de la otra, miró a la distancia, hacia la lejanía. Y quedó inmóvil, vacío, sin pensar en nada. Cayó la tarde y el sol tiñó de rojo el cielo por unos instantes; después, de un amarillo azulado. Eran frecuentes en Colinas las atardeceres como aquél, y Pancho no podía creer que lo veía así porque había caído vencido en furiosa pelea con Tito Farías.

[Publicado en la revista Número, Montevideo, 2a. época, Año 1, N° 2, julio-setiembre 1963] Recogido en El ladero y varios cuentos [1970]

Indice

Prólogo

5

Las Quitanderas

13

De tiro largo

22

La Doradilla

42

Gaucho pobre

48

El ladero

51

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