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12 naviembre-1988

ABC/Vil

-Revisiones-

E L cuento, primera

y más tradicio-

nal forma de

El ingeniero Balboa yotras historias civiles

Antonio Pereira

Novelas y Cuentos, 1976

hace gestos un autor cuyas manipulaciones distancian de aquél; además, la elipsis o reti- rada de información es tan posible y no me- nos frecuente en el narrador subjetivo que en el supuestamente objetivo. Para quien se proponga teorizar sobre na-

t

,

"».

tros no era malo

»

Hasta el punto, el autor del informe; desde allí la voz del niño toma a su cargo la tarea de contar.

«Las erotacas infini- tas», estructura de ca-

jas chinas, mete una narración en otra y ésta

sin que ninguna se cierre. Historia

interminable, cuento de nunca acabar, con engarces narrativos' más variados; del estilo indirecto libre del omnisciente al texto en pri-

mera persona: «

encuadernador de la casa: "sonreí y le tendí

A partir de los dos puntos la

segunda voz interviene, es la de Fanny Hill¿ y con ella entra Grushenka en el discurso.

Historias acumuladas en el relato por un narrador extradiegético, en tercera persona; historias entradas en el texto tras una línea de puntos, que no siempre se libran de la in- gerencia del narrador, deseoso de explicitar lo sentido por el personaje-habíante («un so bresalto interior») y cómo es («asustadiza»). La situación se complica: tras hacer el amor los amantes abren una novela; la sensual protagonista rememora el placer compartido con el marido ausente, busca y-encuentra el libro aleccionador y lee lo que «sólo puede inventar un genio del arte de la alcoba». Nue- va pareja, en la cama, con un libro: «sigue leyendo», pide la hombra, lo de siempre, «ab- solutamente diferente

las manos

lapsus mayúsculo del

en otra

expresión literaria, atra- viesa -como quien quiera que se respete- una crisis, acosado por una conjunción de fac- tores negativos: recelo de los editores, desin- terés de jos críticos y alejamiento del público. Excepciones no faltan, pero la situación es sin duda

Esto explica que libros tan originales como e| de Antonio Pereira, arriba mencionado, y otros de que algún día hablaré no fueran reci- bidos conforme exigen sus méritos. La lista de pretericiones, semiolvidado y olvidos pu- diera requerir un volumen tan extenso como la guía de teléfonos. Para escribir cuentos - o novelas, o en- sayos—no sobre tener ideas y es necesario poseer una imaginación (y mejor ser poseído por) que traslade al orden del texto los impre-

cisos estímulos de la intuición. No es posible fijar lo indeciso en la. palabra sin dominar el instrumento de que forma parte, el lenguaje,

sin personalizarlo, apropiádoselo. No es mala técnica.para la personalización empezar el trabajo inventante a. su autor. La novela, desde Lazarillo de Tormes a La orilla oscura, no se ha privado de hacerlo, y la poesía -e n Fernando Pessoa, en Antonio Machado- parte de la invención de semejan-

y

el

en Antonio Machado- parte de la invención de semejan- y el tes diferentes, los heterónimos, para

tes diferentes, los heterónimos, para calificar

y

Recuerde el distraído que entre los dobles o contrafiguras relacionados en Los comple- mentarios consta nombre y media filiación de un Antonio Machado que no por casualidad nación en Sevilla.

diversificar la obra con plena autenticidad.

Comparando «Informe» y «Las erotesas» con «Matar la mosca cuando empieza», no observo diferencia en visibilidad actancial. Que el suceso -obsesión con la catalepsia- lo refiera un narrador, que lo sabe todo, des- de fuera y desde dentro; no le aleja del lec- tor. La obsesión recurrente en tiempo y espa- cio, mantiene al personaje tan en primer pla- no como lo está el joven relator dé «El ingeniero Balboa».

No es el ingeniero, sí el narrador, quien protagoniza el argumento tramado por aquél. En la Unidad de Cuidados Intensivos del Hospital de la Concepción un hombre recuer- da: el largo soliloquio provocado por la me- moria es el cuento. En la primera línea el nombre del destinatario directo del monólogo:

«Lena, Lena», «Miro, Lena y te veo». Poco importa si le oímos dirigirse a otra persona:

«Querida enfermera», «¿cómo se llama us- ted?»; la última línea disuelve la dualidad:

«Lena, un poco de agua, por favor».

Las referencias temporales son constantes y fijan los dos planos del soliloquio: el de la historia recordada y el del discurso rememo- rante; dos perspectivas: la del ayer vivido y la de hoy, sin duda alterada por el transcurso del tiempo y por la nostalgia.

¿Sorprende el episodio final del cuento?. Creo que no, y además, poco importa. Un lector competente, y aquí la competencia sig- nifica conocimiento de hechos ocurridos du- rante la guerra civil -perseguidos que se ocultaron y pasaron por muertos o desapare- cidos-; un lector enterado del decálogo del buen cuentista y del valor de la sorpresa, qui- zá pueda adelantarse al texto y predecir el-

desenlace.

,

Ricardo GULLÓN

Señalar coincidencias y parentescos es

operación crítica muy legítima y recomedable

- s i no se insiste y no se entra

ejenas al caso. De momento, me basta cons- tatar que en los cuentos de que voy a tratar empieza a dar de sí una persona narrativa y actante que al correr de los años exhibirá el nombre de Antonio Pereira, autor ficcionaliza- do y buen marido que llevará al cuento a Úr- sula, su esposa.

¿Podría negarse la conexión de la realidad inventada con el referente vivido? Algunos la niegan, incluso cuando él narrador inscribe en la página nombres familiares, Jorge Luis Borges, Nilita Vientos o Ramón Opero Pe- drayo. La narración en primera persona atrajo a Pereira desde muy pronto y sigue atrayéndo- le. Tal vez se proyecta en ella más libremen- te; dudo que lo haga por creer que esta for- ma de contar facilite la llamada «identifica- ción» del lector con el texto. Respecto a la idea de que tal indentificación (caso de ser posible) se logre más cabalmente así que en las narraciones en tercera persona, tengo se- rias dudas.

Si por identificación se entiende coinciden- cia con los sentimientos y emociones del su- jeto que habla, unas veces se producirá y otras el disentimiento ganará la partida. Solía decirse que en este tipo de relatos queda cla- ro quién habla y desde dónde. Tampoco es seguro: el Yo se envuelve en ambigüedadaes que alteran sus contornos. Tras el narrador

en hipótesis

rratología, las «historias» de Pereira le pro- porcionarán ilustraciones memorables. Cuatro encontrará erí El ingeniero Balboa, cada una escrita según su peculiar sistema y con va- riantes en lá estructura. «Informe sobre la

es un juego rnultivócal dirigi-

do por un narrador que ocasionalmente ejer- ce de narratáriú en conexión con los narrado- res subordinados de quienes procede la mayor parte de lá información. Media docena dé voces (más, un relámpa- go, la del silencioso) se oyen en el discurso por conveniencia del redactor del informé que aí oficiar cómo narratario consigue dar apa- riencia conversacional al relato y que los di- versos digan lo que deben decir sin romper la unidad y la ípOntinuidada del relato.

ciudad de N

»-

Largos párrafos -seis, siete, ocho pági-

nas- facilitan, el engarce de las voces parti-

culares en ésa continuidad. En la ciudad el «tono» es Qtro: «Lo mismo si en vez de un hombre quien lo habla es un niño. Para noso-

ABC (Madrid) - 12/11/1988, Página 59

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