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France Vernier.

¿Es posible una ciencia de 10 literario?

5

France Vernier

¿Es posible una ciencia de lo literario?

Traducción:

María Olmedo Mardne-¿ y

Juan Alfredo Bellón Ca7.abán

11

AKAl EDITOR

1.

Introducción

La cucstión es saber si la -crítica_ está consa· grada a no ser más que una práctica ideológica, un discurso que dobla un discurso, o si una ciencia de .10 literario» o de la «literatura» es posible y cómo lo es. En consecuencia, no se puede transformar una práctica ideológica en ciencia por la simple impor- tación de métodos o conceptos científicos prestados de otras cicncias que no han sido constituidas como tales más que a partir del momento en que su ob· jeto ha sido dcfinido científicamente. No se trata de responder, en términos O por métodos desde ahora «científicos», a cuestiones que hemos hereda· do, sino de plantear otras cuestiones. Así, la defini- ción misma de un dominio y de un objeto científi· co las determina. Mientras que se buscaba la pie· dra filosofal, las experiencias de los alquimistas no bacían progresar la química, que na ha sido cons- tituida hasta después del l'ccha:1.O de este objeto ilu· sorio. Tampoco puede eludirsc ni dejar de lado pro· visionalmente la cuestión del dominio y del ob· jeto (1). Si hay que volver a insistir sobre este punto es porque son muchos todavía los que creen que pue- den descuidar este problema: asf, no definir el ob· jeto científico de la crítica no es «darle de lado» ni «atenerse a una práctica»; es, se quiera o no, ratifi· car, ejecutar «prácticas» ligadas a una «concepción» de la «literatura» y de la lengua que no se pone en discusión. No hay ningún trabajo crítico -sea so- bre variantes o cotejo de manuscritos- que no pre·

(1)

Como

Pierre

Machcrcy

ha

su,brayado

claramente

(página IS de Pour une tlléorie ele la productioll littera;7·e).

suponga o no ponga en .luego una c:onccpcu)Il del «Texto» del «Autor». de la «Literalura•. La confu- sión que actualmente se mantiene entre «método»

y uteoria» no debe embaucamos. Muy a menudo. el

«método

y traspuesto sobre la basc de una analogía. que en general le hace perder lo que tcnía de «científico»

en su ciencia de origen! ) alcanza el lugar de la teo- ría y su «aplicación» acaba por convertirse en un fin en sí. Y no fueron cierlamenrc los métodos. sín

embargo.

ayudaron a Marx a elaborar la Icol'ín dd capltalis.

SI.I diSPOSICión un la·

mo, aunque hubiera tcnido

científicos. de la fíSica mldc•. t los qUl'

(ifrecuentemente romado de otra ciencia

boratorio para analizar la composici6n molecular del oro o del papel moneda. EXcllscseme la excesiva insistenda en este punto; las «evidencias» son precisamente t.,s que resultan más difíciles de poner en entredicho. Por lo tanto,

Ja cuestión tiene importancia: lo que se ha entor·

pecido es la finalidad misma de los estudios litera-

vez de

ser cuestionada, es ratificada. siendo «desplazado»

d problema (en el sentido que Freud da a lCdespla·

I.amiento») hacia cuestiones cn suma secundarias:

de entre los diferentes «caminos» que llevan a co, nocer mejor al "autorlO (la biografía lagarde·Michar· diana, la psicocritica o el sociologismo individual del tipo que Sartre emplea en sus artículos sobre Flaubert), el que más se aparta de un estudio cien· tífico es quizá el último en la medida en que parece integrar de antemano una critica fundada en el mar· xismo, mientras que lo que en realidad hace es des- virtuar las cuestiones para reducirlas a la eterna búsqueda (pequeño·burguesa) del individuo-testimo- nio·del·hombre: ¡el problema de la relación entre la lucha de clases." el fenómeno literario se reduce a la situación de clase de Gustave Flaubert! El hecho es particularmente grave cuando se piensa que. dada la estructura escolar y universita-

rios y de la crítica; .es su función

la que. en

ría actual dc Francia, el aprendizaje de la lectura se hace en la escuela y que el fenómenu literario

-tanto escritura como Icctura- está

mente determinado pUl' (y para) la enseñanza. La toma de conciencia, bastante reciente, dcl he· cho de que el aprendizaje del «francés. (lengua y Ii· teratura) está ligado más o menos directamente a las «ideas dominanteslt ha provocado en el caso de los enseñantes dc todos los grados una interroga- ción positiva acerca de ]a finalidad de su enseñanza y de su práctica (.nada se enseña inocentemente.). Sin embargo, ello conduce, por falta de métodos «de recambio., a un malestar que' se traduce, en el caso de unos, en una afición a la explicación del tex- to o en la afición por la disertación cuyo aspecto caduco sienten (aunque la cuestión no sea ésta) y en las que no creen, pero que tampoco saben por qué reemplazar: en el casu de otros, por un replan-

prioritaria·

teamiento tcuricisla, generalmente separado de toda aplicación práctica y que se dobla -necesariamen· te- cuando se trata de prepararse para el bachille· rato o las «oposiciones» con una triste sumisión a las «recetaslO del deber. Oc este modo, la enseñanza está demasiado de· terminada en el funcionamiento del fenóm'eno lite· rario porque no se la puede colocar entre parénte- sis. Pues, de hecho, los discursos teoricistas de los enseñantes más lIal díalO no pueden ser, tal comp funcionan lus cursos, más que paréntesis dirigidos a la «élite» de los alumnos, y doblados por una prác- tica, no sólo caduca, sino ligada a la propagación de la idcologia dominante que cuntinúa rOl"mando '! seleccionando la masa dc los alumnos y enseñantes. De este modo es indispensable poner al dia los presupuestos de partida y que sustentan los méto- dos que se empican someterlos a la critica, tanto en el plano de su \'aJid~z teórica como en el de su aplicación metudulúgic:a. La finalidad de este articu- lo es contribuir a definir el objeto dc lo que podría

ser una ciencia del fenómenu literario, someterlo a critica y elaborar los métodos de investigación qu{' podrían derivarse de esto. incluyendo sobre todo a la enSeñan7.8. que sigue siendo la clave de toda lectura/escritura.

n. Definición de un objeto

J. Puntos de partida a aitica,'

Las teorías, métodos o prácticas de la crítica li· teraria descansan, implícita o explícitamente, en el reconocimiento como pel·tinenle de uno de estos dos puntos de partida siguientes. Dicho de otra forma,

toman el uno o el otro como «algo dado

, (Así. he

citado más arriba a Macherey para apl'Obar su exi· gencia en cuanto a la definición de un objeto. aun·

que me parece discutible la primera frase del ca· pítulo 2: «Decir: la crítica literaria es el estudio de las obras literarias, es darle un dominio, pero

no un objeto». Esto no es «darle

un dominio, es

tan sólo reconocer una separación provinente de jui- cios de valor que ha privilegiado ciertos escritos como si tuvieran una cualidad especial o un modo de funcionamiento irreductible respecto a otros.)

l." El primero de estos «puntos de partida» im· plícitos es el siguiente: la «literatura- sería «el con, ¡tinto de [os textos literarios»: esta suma, acumula· da con el transcurso del tiempo, sería algo .dado» para estudiar, y los métodos ganando en cientifici· dad gracias a los préstamos de la lingüística O del psicoanálisis. permitirían transformar su estudio en Ciencia. Todo depende, pues, del método. permane· ciendo inmutable el campo de aplicación. Así, los dextos literarios. no constituyen ni siquiera un do- minio empírico. Si quisiéramos interrogar bien la expresión .Ios textos literarios» nos veríamos obli· gados a constata" que d conjunto que designa varía Por comodidad. yo la n.-emplazarla por esta Oll-a:

•.10:; corpus literarios. (2), es decir, el conjunto de los escritos .sagradoslO, de los «textos» que son re- conocidos como lCliterarios» en una época dada por una clase social (3). Se constata fácilmente que esto~ IlcorpuslO varían con el tiempo y el régimen social. '! no varían sólo por adjunción de «textos» nuevos sino que registran separaciones e integraciones. Así. pues, a pesar de su aparente evidencia, no puede hacerse una formulación como ¿sta: «existen tex- tos, de aquí es de donde hay que partirlO, pues la evi· dencia no está más que en una simple analogía con las ciencias llamadas exactas (ejemplo: «hay mine· rales •. Pero la analogía es ilusoria, pOl'que lo neceo sario sería una mineralogía que tomara como domi· nio no «los minerales», sino «los minerales precio-

sos», del mismo modo que los lCtextos. son lOS preciosos»).

escri·

Del mismo modo, y para limitarnos provisional-

dominio» de textos litera-

rios (o paralitcrarios), siendo relativa y dudosa, no

sabría designar nuestro dominio de estudio, y me- nos aún nuestro objeto. Por el contrario, la evolu· ción, la transformación de estos «corpus., forma parte del dominio de nuestro estudio.

mente a la cuestión del

2:' El segundo punto de partida tomado como base implícita o explícitamente es un cardcter par· ticular, especifico, una «lilcrariedad» que estaría más o menos presente en todos los «textos., yendo

(2) Soy pcrh:Clamcntc conscienle del hechu dc que el

término de Corpus no es l.-strictamenle aplicable aquí (sal. \'0 en caso de caer en el vicio que denunciaba antes: la transferencia de conceptos) en la medida cn que Olcorpus. desi~na un conjunto que sc ha defillido, aunque sea arbi- tranamcnte, con cfaridad v sobre el que se decide traba·

jaro Por

el contrario, Olcl conjunto dc los textos literarios.

que es -dado. como relevante de la Olevidencia. no está

precisamente delimitadu, sino siempre justiricado

pos·

También la c:'tpresión .corpus lilcrarlo- necesita

una definición. (3) Está claro que l.:uan<.lu St: trala <.le la clase dominan· te la ideologla dominante liende a imponer su corpus á las clases dominadas Este ~ompleio problema será exami· liado más adelante

teriari

desde un grado cero cn el teorema matemático has- ta un máximo en un poema de Mallarmé. por ejem-

plo. Este punto no es más sólido que el precedente:

por una parte. los criterios de Iiterariedad son tan variables como los «corpus. y no senan 'capaces de definir un dominio de cstudio mejor que éstos, Por otra parte, como siempre, han sido «sacados:- o

«abstraídos- de «textos

escapan a los juicios de valor que los han designa· do, dependiendo de su -tccnicidad. a pesar de su apareme independencia. En fin, la atemporalidad de esta noción (carácter particular que -estaría. en

las obras de toda época. identificable por su ine· ductible eSJX.·cificidad) acaba pOI' hacerla inacepta- ble para delimitar lo que no seria más que: un do- minio de estudio. Oc hecho, ~tos dos puntos de partida no se opo- nen más que en apariencia y revelan una misma concepción, resolviéndose el segundo en una racio-

nalización del primero:

pus litel'arios» es un presupuesto accl'ca de la llcsen· cia- de la .literariedad» que deseluboca en la c1asifi·

cación -espontánea» de ciertos escritos como textos literarios, así como la .literariedad- llega a extraer de eslOs mismos «corpus». si no una «csencia., si al menos una «cualidad intrinsccaJt, En los dos ca· sos, «conjunto de textos- o -literaricdad», no nos hacen escapar a los juicios de valor que querríamos evitar, refiriéndonos en el primer caso a la .evlden· cia» o al «consensus», y en el segundo a la especi·

ficidad de lo literario. La inestabilidad misma del «corpusJt, de tos cl'iterios d~ .literariedad-, revela su segundo carácter: no se puede negar que lo que ha presidido (y preside) ta elecció" de entre los cs· critos dc algunos de dios como «textos" o como

«obras maestras. es un juicio de valor y

-cientificidad» de los métodos no sabría eludir el hecho de que. sea cual sea el método que se les apli. que a los .textosJt. éste ha sido previamente sepa·

constituidos como tales. no

lo que determina los .cor·

toda

la

rado, aislado. por juicios de valo,' históricamente analizables (4). ¿Se podría por ~sto decir que se está en un pun-

10 muerto y

- ya s~a a renunciar a todo estudio científico en el dominio 11 literario». Lo cual llevaría prácticamente a abogar por la supresión de los lIIestudios literarios. y, en consecuencia. a abandonar el ejercicio y la práctica de las ideologías idealistas de la burguesía. apare- ciendo entonces la 1II110ción. de literatura co- mo atacable sólo desde el exterior;

.va sea a considerar que, no permitiendo que ningún criterio científico determine un cam- po especifico, «literario., entre las obras del lenguaje. éstas deben ser puestas desde el co- mienzo en un mismo plano, y no servirse de la lingüística, del psicoanálisis. de la socio- logía o de la historia; dicho de otro modo. que, no siendo la literatura más que una no· ción, no tienen cabida para una ciencia par· ticular?

A esta última actitud es hacia donde parecen di· rigirse. al mellos implícitamente, ciertas críticas que sustituyen una «investigación», que parece en jus- ticia irrisoria o incluso nociva, por trabajos inter·

disciplinarios (lingüística. psicoanálisis-historia-so-

ciología). Pero lo hacen sobre

pues, más que dejar de lado el problema. Vuelvo, pues, a la pregunta: ¿Se está en un puno lo muerto y hay que admitir que no puede haber una ciencia de «lo literario. o de la literatura? Es cierto que la literatura es una cuestión inabar· cable y. sin embargo. corrientemente tratada como

«textos. y no hacen,

(4)

El

hl:cho de que los

rormalístas

rusus

hayan

apli-

cado a textos no reconocidos como literarios sus métodos de análisis del relato no afccta para nada al h(.ocho de que talcs m':todos est~n sacados del estudio de los -textos li· terados

evidente. no discutible; este carácter de falsa evi· dencia es propio de todos los presupuestos ideoló- gicos y debe ser 'prioritariamente puesto en dis· cusión. Así, pues, ya podemos afirmar que el término

literario» designa a la vez personas, cosas. actitu· des. palabras, profesiones, instituciones, apremios». etcétera, es decir. un complejo muy heterogéneo. Voltaire hacía notar ya en el Diccionario filosófico (y esta afirmación es muy sintomática puesta al

Litcratura-, del Diccionario Ro·

Literatura: esta palabra es uno de esos tér·

minos vagos tan frecuentes en todas las lenguas Tales son todos los términos generales cuya acepo ción precisa no está determinada en ninguna lengua

más que por los objetos (1 los que se aplicalll (soy

yo, France Vernier, quien subraya). No podríamos decir mejor hasta qué punto el término «literatura» es inapto para delimitar un ob· jeto científico, ni incluso un campo o un dominio de estudio. Por el contrario. la heterogeneidad de los objetos

a los que puede aplicarse este término revela que

frente del articulo

berl):

lo que designa no es una

escncia».

El materialismo histórico proporciona los clc· mentos necesarios para plantear la cuestión de otro modo. El pretendido «impasse» o punto muerto se· ñalado más arriba aparece entonces como una cues- tión mal planteada o más bien una falsa cuestión. En efecto, bajo el colol' de un replanteamiento rae dical, conserva la allcrnativa, idealista: «literatura

o nada», mientras que la noción de literatura pro-

cede (enmascarándola al mismo tiempo) de un ren6- meno históricamente analizable que tiene pOI' fun· ción atemporali7.ar, sublimar. a fin de hacerla t:sca· par a un análisis materialista.

2.

Definición de W1 dominio

Es preciso encarar el problema de este modo. En vez de buscar desesperadamente dónde se encarna esta noción de literatura es necesario interrogarse sobre lo que de ella procede y sobre lo que ella des-

plaza (5).

En el conjunto de los fenómenos sociales. es un algo -no irreductible-, sino perfectamente discer·

nible en su funcionamiento y no en su esencia, en

la medida en que hace siempre intervenir la noción de «belle7.a» en la práctica de las obras de lengua· je (escritura, lectura, discurso critico, enseñanza de las «bellas» letras, etc.). Llamaremos a esto «fenó- meno literario», comprendiendo en él las condicio- nes de emergencia de los «textos., su producción. edición, difusión. instituciones escolares y univer- sitarias, las condiciones de aprendizaje de la lengua. lectura, diferentes instancias legislativas en este do- minio, como las academias. los premios literarios, las revistas, la definición del «dominio cultural» y de los «corpus literarios», cte., sin que, por el mo· mento, decidamos que uno de estos elementos está primero en relación a los otros, ni incluso que uno de entre ellos pueda ser el primero. De lo que se trata es del tipo de funcionamiento, específico de verdad, pero histórica y políticamente analizable, de ese fenómeno social, y por tanto dis- cernible, que es el fenómeno literario en su con- junto. Veamos un ejemplo para dar una idea de ello, esquemática y bastante grosera: entre la «explica- ción del texto», que es )a i~terpretación de un texto legal por los jueces. la «explicación» que puede ha· cer del mismo texto un historiador y la llamada «Ii· teraria- que puede hacer un profesor de francés en un instituto o en un liceo no es en el texto donde ha·

(5)

Igual que la noción burguesa de lo humano/-inhu-

la supremacía del

mano- se anali7.a como la máscara de

burgués erigido en tipo humano universal.

brá que buscar una especificidad, puesto que ha sido escogido idéntico por hipótesis, sino en el tratamien- to del que se le hará objeto en cada uno de los tres casos, tratamiento ligado a la institución en la que

se encuentra cada uno de los tres comentadores. Así, para la expresión «un profesor de francés en un li· ceo. he hecho intervenir toda una serie de institu- ciones que están implicadas en nuestro dominio de investigaciones. La delimitación de nuestro .dominio de investi· gaciones» sería entonces: el conjunto del feJlómeno literario (en la acepción más amplia que acabamos de ver) que debe ser estudiado en su funcionamien- to socio-histórico y no en su esencia. Si se acepta esta definición se verá que la dife· rencia de toda delimitación de un dominio a partir de un «corpus literario» o de una «literariedad. tie· ne la ventaja de haber sido definida. es decir, que no puede ofrecer duda respecto a lo que remite y

a lo que no remite. ESta definición tiene una segunda venlaja: no elude el famoso problema del «valor», lo sitúa en el (y no «en la raíz deb.) dominio de estudio. Es decir, que permite ponerlo en su lugar: el «valor» reco- nocido (¿cuándo? ¿dónde? ¿por quién?) a talo cual «texto» es históricamente analizable y contribuye a erigir un escrito en «texto». Ni eludido ni diviniza· do, es uno de los componentes del proceso que un análisis marxista puede y debe analizar. Se podrá salir así del círculo tautológico: el «valor», disfra· zado de diversas maneras, tiene siempre entrada en la definición (muy a menudo implícita: «la eviden· cia») del campo de la literatura, y ningún análisis. tan «técnico» o «científico» como se quiera, ha sa- bido evitar jamás este condicionamiento previo que desemboca en hacer reencontrar, a vet:es con un asombro ingenuo, lo que, de buena o mala gana, se había puesto al comienzo en el objeto.

3.

Definición de Utl objeto

Queda todavía. después de haber delimitado un dominio de estudio, definir un objeto. Igualmente aquí el materialismo histórico nos propordbn~ los instrumentos necesarios:

I. U El fenómeno literario es un hecho so~iQI,

2." Hay que situarlo entre lBS superestructuras,

3.1> Como tal. el conjunto del fenómeno definido más arriba mantiene ciertas relaciones con otros ele· mentos de las superestructuras y. en última instan· cia. con la infraestructura. sin que ca priori. nada autorice a privilegiar como primero o determinan· te uno y otro de los elementos que componen el con· junto del fenómeno (<<textos., escuela o edición).

Hay que insistir en dos puntos:

a) Es el conjunto del fenómeno literario el que

mantiene necesariamente las relaciones --cierta- mente mediatizadas- con la infraestructura.

b) Nada autoriza a reducir estas :-~la\,;10ncsa re.

flejos.

Sin entrar por el momento en 1<\ dh,cÚsión dCt:r. ca de la aportación' política e inelulJu teórica de los

de Lenin sobre Tol~to' (6)1 quiértJ hin s610

poner en guardia contra 10$ Usos mecanicistas y cm. pobrecedores de la teoría leninista del reflejo tal

como aparece en Materialismo y empiriocriticismo.

Lenin. refrendando a Engels. propone que «las sen.

saciones y las r~presentaciones del hombre. (pági- na 241. Obras Completas, tomo XIV. Editions So-

ciales) son «copias

como

proyección de las cosas como en un espejolt; para lCnuestros conocimientos» con «un cuadrolt que

artículos

fotografías

reproducciones

(6) .P?r una parte volveré a ello más adelante; por otra, el análiSIS de el. Prévost en esta publicación (ma17.o de 1971) me parece plantear muy pertinentemente el problema.

r~produce un modelo existente objetivamente» (pá- gina 339); afirma que «la consciencia no es, en cual- quier caso, más que un reflejo del ser» (pág. 339). Pero la noción de reflejo hace intervenir:

l."

La existencia independiente de un objeto fuc·

ra de todo espejo. de toda mirada;

2,"

3."

un espejo:

una \0 varias) mirada(s).

Así, pues, en la problemática que ordena )' muo tiva Matcri(llismo y empiriocriticismo, libro polémi- :0. recordémoslo, todo el acento está puesto, contra el idealismo y todos sus rebrotes, en la existencia

ob¡etlva de la realidad fuera de las representacio- nes que de ella se hacen los hombres y, por otra parte, en la afirmación de que existe un lazo entre t!stas y aquélla. Es decir, que la insistencia es mu- cho menor sobre la lwtllralez.a de este lazo que so- bre su existencia. mucho menor sobre lo que en la imagen del reflejo implica la conformidad de la re· presentación con la realidad que sobre la existencia im1epemliente de esta realidad y el estado dc depell' deJlda en que están todas las representaciones hu· manas respecto a ella. Así, todas nuestras represen- taciones no son «más que» (pág. 339) el reflejo, «en el mejor de los casos un reflejo aproximadamente exacto». Es, pues, en el sentido débil de «ligado a D , «de- pendiente dc», como se ha tomado la palabra re- flejo, y no en su sentido fuerte de conformidad, de semejanza. Por otra parte, Lenin no habla más que de la re· ación general de las llrepresentaciones» o de la cconsciencia» o de los «conocimientos» humanos J:on la realidad objetiva. Tiene bucn cuidado de ci· t.ar a EngcJs (pág. 137): « el pensamie1lto humallD es tan soberano como no soberano y su facultad de ,:onocimicnto es tan ilimitada como limitada. Sobe·

rano e ilimitado, por su naturaleza (o por su t:struc- tura), su \locaci6n, sus posibilidades y su prop6sito hisI6rico final; no soberano y limitado por su eje- cución individual y su realidad sinRtllar. (El subra· yado es de France Vernier.) También todas las teorías que hacen de tal pen- samiento individual, a lorliori de lal o lal «obra» li- teraria, un reflejo de la realidad, son un empobre- cimiento mccanicista e incluso una grave deforma- ción de 'la teoría leninista. Hasta en sus artículos sob're Tolstoi, Lenin está tan lejos de fundar una teoría de la obra-reflejo que vale la pena precisar -para conservar la metáfora óptica- quc el obje- to (= ciertos aspectos de la realidad) no se «refle- ja» más que a condición de una mirada dctermina- da. que no es la de la «prensa liberal». Dicho de otro modo, el «espejo» no «refleja». no es, pues, cs- pejo. La cuestión esencial que plantea Lcnin. tal corno la ha mostrado Claude Prévost, a través de términos marcados por la ideología literaria de la época, es la siguiente: ¿reflejo ti los ojos de quién? El olvido o la omisión de este problema, apoyado en la eficacia retórica de la vieja metáfora del cuer- po humano, asimilada al organismo social, se en- cuentra en el hipócrita «nosotros» de los críticos

y,

nosotros vemos

etc.». o mejor. en la ausencia to-

lal de mención del lector (.se ve»): «el texto mues- Ira, descubre, etc.•. ¿Quién es este Nosotros o este Se, si no es una vez más el Hombre universal. el Hombre-en-general de los manuales? Pues, hay que recordarlo, lodos .nosotroslO no vemos la misma realidad. Así, muchos críticos, incluso marxistas, olvidan este punto esencial en el funcionamiento del fenó- meno literario. Así, G. Lukács exagera lo que su pro- pia interrogación de los textos debe al hecho de que él sea marxista, y cae en la ilusión de que es el .lt~xto» el que por sI mismo es un espejo. Por ejem- plo, en el prefacio de Balzac y el reaUsmo fral1cés.

de las disertaciones: «c\ autor nos muestra

donde expone sus puntos de vista teóricos. escribe (página 14): «es la imagen del mundo dado por la obra la que es decisiva para la historia. lo que la obra proclama es lo decisivo» (el subrayado es de France Vernier).

«texto» quien «proclama lt , y lo que

Lukács ve en él no es sino el resultado de una rcla· ción de tres términos, cada uno de los cuales es como pIejo: la realidad objetiva (y la percepción que de ella tiene Lukács a través del análisis de Marx en el /8 de BrumarioJ, un «texto» (= un escrito con· vertido en texto como resultado de un proceso so- cial complejo), una ocmiradalt (formada contradicto- riamente por un cierto aprendizaje de la lectura .v por el marxismo). Esta puesta a punto tiene por objeto precisar que nada está más alejado del análisis de Lcnin (y de las prolongaciones que exige) que las teorías de la «obra·reflejo»; éstas impiden plantear las verda- deras cuestiones olvidando los mecanismos esencia· les e impiden analizar de manera dialéctica las re- laciones que enlazan el fenómeno literario con las superestructuras y la infraestructura. Podemos, en fin, preguntarnos, habida cuenta de lo que se acaba de decir, si la metáfora del reflejo. útil y operatoria en las condiciones de lucha en que se encontraba Lenin con el objetivo preciso de una batalla contra el idealismo, debe ser mantenida -aunque sea con las precisiones y matizaciones neo cesarias. Parece que, más bien que operatoria. sea molesta por las ambigüedades a que ha dado lugar y que continúa provocando, puesto que se trata so- bre todo de analizar las condiciones de posibilidad de lodo «reflejolt en el dominio .literario» y de fa- bricar la teoria de las ocdeformacioneslt o «rupturas» del «espejo •. Tenemos más intcrés en conservar el elemento esencial, que es cl de una dependencia del fenómeno literario respecto a la realidad de las re· laciones sociales. que es su fuente, sin negarnos tam- poco a la existencia de una imagen que ha lenido

No,

no es el

su utilidad, pel'O que se ha prestado a tantas defor maciones por las que se ha desfigurado. y esto tanto más cuanto que las teorías defor madas de la «obra-reflejo» implican -o entrañan- una concepción estática, eminentemente antidialéc tica, de las relaciones sociales, que impide analizar las acciones de retorno que puede ejercer el fenó- meno literario sobre otros elementos de las super· estructuras e incluso de la infraestructura. Al ins· taurar una relación de sucesión: el objeto a refle- jar/el reflejo, que viene a completar la pretendida universalidad del órgano visual metafórico, estas teorías impiden analizar las relaciones que mantie- ne dialécticamente el fenómeno Uterario con las su- perestructuras e infraestructura. ¿Cuál será entonces nuestro «objeto-? Hay que precisar aquí un punto: puesto que las ciencias lIa. madas 4lexactas» han constituido cada una progre- sivamente su objeto a partir de una práctica empi. rista poco a poco criticada, en el dominio que nos ocupa me parece indispensable dar un salto: si el objeto científico que vamos a definir ha sido desig· nado por un proceso-verbal de carencia, como con· secuencia de los puntos I1merlOS encontrados al fi. nal de todas las interrogaciones literarias sobre la literatura, no es ni lo uno ni lo otro lo que permite fundarlo ni formula;Jo{al objeto). Su formulación no puede venir más que de un análisis exterior a la «práctica» literarla·crltica, No puede aparecer como homogénea más que en la me· dida en que se hubiera aceptado ya el considerar el fenómeno literario como un fenómeno social -lo que precisamente está en el origen del IItlgio, Igual. mente, para evitar toda tergiversavión al respecto. se puede afirmar deliberadamente que el ob,leto científico que propondremos es exterior a la prác· tica Iiteraria·crítica -que, en el mejor de los casos, ha servido para conferir valor a la necesidad de su definición. Por esto, en relación a ella, formularé un presupuesto de este modo:

El objeto científico que propongo es: la natura· leza histórica ne las diversas mediaciones, variables segt.fn las épocas y los modos de dominaci6n de las ideologías dominantes, por las que pasan las rela· ciones entre infraestructura. otros elementos de las superestructuras y el fen6meno literario en una épo- ca dada y en una sociedad dada. A partir de aquí es desde donde se podrdn determinar las leyes que ri· gen estas relaciones. (A partir de aquí es desde don- de precisamente se podrá analizar el trabajo especi- fico del escritor). Estas mediaciones son cxtremadamente comple- jas. y habría que desconfiar de las reducciones abu- sivas dol tfpo de las que han llevado a tratar el fc· nómeno literario como el Derecho, cuaodo lo quc los !'epara no es sólo cuantitativo. sino cualitativo. pues el derecho es esencialmente un instrumento de dominación de clase. El fenómeno literario es actualmente como (-desviado como-) tal; sin embargo. no puede ad· quirir totalmente una especificidad verdadera m~s

que en una sociedad llegada al socialismo. La existencia dc estas relaciones entre iotra.:"· tructura y fenómeno literario. por complejas que sean. elimina todas las teorías que se apoyan en la :mtonomía dc la literatura (comprendidos su brotes >l modernos» , como la cerrazón del texto. L,; espcd· ficidad de la «escritura literaria- y, en general. todo formaUsmo, incluso aunque el formalismo ruso ~n· tre ltislóricametlte como una reacción positivv. en nu~stro dominio de estudio). La autonomía relativa del fenómeno literario en· tra~a. entre otras cosas, el que se someta a discu- sión la noción misma de historia de la literatul'a:

como si una historia separada y separable de la ti· ~eratura pudiera rendir cuenta a través de una ~s·

::cie p

lación que une a una novela del siglo XIX francés con otra del siglo XVIII o XIX norteamericano no pue- de ser considerada como una relación niño/adulto

de gcnetismo, de su funcionamiento. Así, la r~'

o entre primos hermanos (es lo que implican las his- torias de la literatura y, más generalmente, los pro- gramas escolares). Ello no quiere decir que no haya ninguna relación entre ambas, sino que estas rela- ciones no son de «obra» a «obra» y deben ser con- sideradas desde una perspectiva radicalmente dis- tinla y mucho más compleja que no tiene nada quc.~ ver con las relaciones «olímpicas» que se concede en nuestros manuales a lodos los «académicos» del Panteón internacional de la cultura (Homero, Sha- kespcare, Dante, Cervantes, Robbe-Grillct) «interes· cribiéndose» «infierno» y apretándose una tenaza tan internacional como atemporal. Si se admite, no sólo este dominio. sino este ob· jeto. la primera cosa a estudiar es el tipo de rela- dones que se instauran entre el fenómeno literario y las ideologías.

111.

Fenómeno literario e ideologfa(s)

Si se ha descartado la autonomía del fenómeno literario (y por ello el formalismo) y, por otra parte, una interpretación mecanicista (y no leninista) de la teoria materialista del reflejo. el primer punto

a estudiar es el de la articulación fenómeno litera· rio/ ideología dominante o, dicho de otro modo, de su(s) relación(es).

J. Dos funcionamiemos históricameme analizables

No se trataria de poner en relación las ideolo- gías como estructuras con el funcionamiento del fe· nómeno literario. Ni, tampoco, de reducir este último

a una estructura con el fin de hacerla superponible

o. al menos, comparable a la ideología dominante. No se trata de atemporalizar o de abstraer los dos términos para compararlos. Tampoco de estudiar- los en términos de antes para después, como si un ya-allí ideológico condicionara el fenómeno literario.

De Jo que se trata es de poner en relación lo que son dos funcionamientos históricamente analizables. teniendo en cuenta sus interacciones y de que no son aislables el uno del otro. Y recuerdo esto a pro· pósito de un análisis necesariamente cxtraliterario, puesto que debe conocerse no sólo el funcionamien· to del fenómeno literario, sino también el de las ideologías desarrolladas en su contenido y cuyo fun· cionamiento condicionan. Dicho de otro modo. ¿cn qué lugares, según qué modalidades, se articulan: el Irmcionamiellto del fe- nómeno lilel'tlrio!el fllucionamientu de la ideología

dQminame? ~n I~ medida en qu~ el funcionumlento y ~l (Q 10&) fllodo(s) de dominación de la ideología dominante no SOn idénticos en todas las épocas y en todas las estructuras sociales, me parece prema- turo intentar una teoría general de estas relaciones de funcionamiento ~ al menos no soy ~~p{lt de

ello. Me contentaré, pue~, ~º!l cir~411fjcriblrOitfl aná·

lisis al moda d~ PfoduccióJ1 capit~1i~ta h:on 01 rillor

precapit~listª)~

2. Un instrumento de acción al servicio de una cwse

Emplearé, pues, aquí «ideología dominante» en una acepción particular, dando una definición ex· clusivamente dinámica (ni estática, ni estructura)) que la examine como instrumento de acción al ser. vicio de una clase. Ideologia dominante será emplea. da aquí en el sentido de: «impacto objetivamente coml~n a las formas variadas de fclS relaciones ima- ginarias en el mundo que se ha eloborado 'Y que ut j. /ila la clase dominante el! una époCQ dada en un~ sociedad dada».

(Desde este punto de vista, las repr6sentaciones idealistas y la idcoloeia tecnocrática aparecerán co- mo variantes segundas y coyunturales, no siendo sus tipos de funcionamiento orgánico radicalmente di· ferentes desde el punto de vista del impacto que pro-

ducen. Esto no es más que un ejemplo.)

3. El papel de la ideología dominante

Si este papel es, globlamente, el contribuir al mantenimiento del poder de ]a cIase dominante in- sertándose en los procesos (complejos y contradicto-

rios) por los que el capital lucha para reproducir las relaciones de producción que le son necesarias, es de capital importancia para el objeto que nos ocu· pa analizar más precisamente cómo se desenvuelve esta tarea global. Propongo aquí un rápido análisis que debe permitirnos discernir con más objetivi. dad, no sólo su funcionamiento, sino también las re· laclones de éste con el fenómeno literario.

A) En el ínter/or de la clase dominante

1) La ideoiugia tiene por misión constituir los intereses de )a clase dominante en «valo· res,. universales (morales, espirituales, esté·

ticos

) y justificarlos.

2) Por otra parte, tiene que asegurar de mane· ra permanente una función difícil: la de abo sorber (o digerir, o recuperar. como se quie· ra) los elementos extraños a la ideología que amenazan constantemente con conmover su sistema ficticio Debe integrarlos, al menos en apariencia, en su sistema que, por defini· ción, debe «tener respuesta para todo•.

Grosso modo, estos elementos peligrosos son de dos clases:

al Los del)Cubrimientos científicos: siendo el sistema de la ideologia dominante ficticio por defi· nición y estando fundado sobre una deformación in· teresada de la realidad, no puede por menos de ver· se: amenazado a la corta o a la larga por los descu· brimientos científicos. También cada uno de ellos debe, por un doble movimiento, por una parte ser utilizado directamente en provecho de la clase do- minanta, y por otra. ser «explicado., es decir, des- naturalizado y -reducido» para poder entrar en el «sistema_ (aunque éste deba paradójicamente sufrir alguna6 modificaCiones para digerir esta absorción). No pondré más que un ejemplo porque me pare· ce simple y claro, pero es obvio que los hay aman·

tones. En una época en la que la ideología estaba

en manos de la Iglesia Católica y «reposaba» sobre

el

razonamiento de «autoridad~,presentándose como

la

intérprete de los textos sagrados cuya «letra- te-

nía la reputación de ley, el descubrimiento de Gali· leo era eminentemente peligroso, puesto que (con todas sus implicaciones) estaba en exacta oposición con la letra del Antiguo Testamento: losué habla detenido el sol tres días. De ahí la censura a la que al principio fue sometido. Esta, revelándose insufi- ciente para detener el proceso corrosivo a que era sometida la ideología, consiguió encontrar una ejem- plar «solución ideológica-: no era la «letra» de la Escritura lo que contaba, sino su «espíritu»: la tie· rra podía girar, y de golpe. la importancia del papel interpretativo de la Iglesia se había reforzado con ello. El peligro se había conjurado y transformado en provecho. Este esquema, burlesco por su enor· midad, es. sin embargo, válido siempre.

Las aventuras de Freud desde fines del siglo XIX hasta nuestros días están entre otras para testimo· niarlo. Sin embargo, no hay que subestimar, "a pe- sar de lo grosero de estos casos, el enorme desplie- gue de energía intelectual que necesita esta tarea constante de la ideología.

b) Los elementos subversivos provinientes de la organi7.aci6n y de la conciencia de clase crecien- tes del proletariado, de sus luchas y de la expan· sión de las ideas socialistas: todo el mundo puede «saber. hoy día que el verdadero problema no es ya la alternativa capitalismo/socialismo, sino un pro- blema de gestión económica frente al desarrollo de las fue17.as productivas; que nadie está más atado

a la existencia de los sindicatos obreros «fuertes»

; que es la burguesía la que está en

que M. Ceyrac

el origen de todas las libertades democráticas (¡en particular del derecho a la huelga!) que burlan to-

dos los países socialistas. etc. He aquí aún una razón más. el intenso desplic-

que debe im·

pedirnos subestimar a la ideología burguesa: está

muy lejos de ser estúpida y desamparada, como al· gunos prematuramente afirman.

gue de energía. de «intelig~ncialO, ~tc

3) La tercera tarea de la ideología dominante consiste en unificar las contradicciones in- ternas de la clase dominante: su heteroge- neidad entraña oposiciones internas que pue- den ser muy violentas (er. Karl Marx: 18 de Brumario). Así, pues, es una necesidad vital para la clase dominante asegurarse tanto como le sea posible su cohesión frente al ene- migo dé clase. En esto la ideología asegura una función difícil,!,' esencial.

B} En dirección a las e/ases eXpIOl(lda.~

Hay que hacer notar desde el principio una difi- cultad mayor que debe resolver la ideología: debe necesariamente presentars~ como poseedora de Va- lor universal (al menos en apariencia) tanto para quienes sirve como para quienes explota. Decimos simplemente que en conjunto tiene por tarca hacer reconocer y defender los «valoreslO (== in· tereses enmascarados) de la clase dominante por quienes son incluso víctimas de esos valores. Es de- cir, no sólo evitar la revolución que la derribaría, sino enviar a la clase obrera a sacrificarse a diario por sus propios intereses. Aquí la tarea no es tampoco simple y. sin ~nlrar en los detalles de los mecanismos de la ideología dominante, me contentaré con señalar los imperati· vos que impone una empresa tan paradójica.

a) La ideologia debe presetJlarSe como un «sis-

tema_ científico, es dedr, capaz de rendir cuenta de

todos los fenómenos. A este efecto, todos los ins- trumentos de «representación» le son extremada- mente útiles, en la medida en que, reduciéndolo todo a un denominador común, sigue la definición que

Burfon da de «sistema., que el «lodo, reunido, pue- da presenlat al clIpíritu un gran cuadro de especu-

Ideiones seguidas, o al menos un vasto espe.ctdculo,

por

medio de ideas consecuentes y de hechos adecua·

dos •. (Hist. Nil!. Minér., chada

Robert.) (Asi, «huelga» debe remitir a «libertad. y a «trabajo., que a su vez remiten a los Derechos del

Hombre, a «salario., a «mérito- y a «dignidad hu· mana. o a los «deseos. de la colectividad nacional, etcétera.)

por el Diccionario

todas cuyas cs,,-enas se liguen y se relacionen

b) La ideologia debe, para ser eficaz, no sólo

der (y !re ven claramente las consecuencias de este cuestiones = debe, pues, convertir en imposible, en jnformulable, toda cuestión a la que no sepa respon· der) y se ven claramente las consecuencias de este hecho en el aprendi7.aje de la lengua, del que habla· ré más adelante).

e) E., consecuencia, una tdctica de base y l~ons­

lante en el mecanismo de la idcologia burguesa ac- tualmente dominante, consiste en rechazar todas las cuestiones molestas hacia dos polos que no son opuestos más que en apariencia: la evidencia .v el misterio. Funcionan conjumameme con una exacta como plementariedad, pues ambos designan dominios que tienen esto en común: son los lugares donde no hay necesidad de pruebas (Cf. definición de «evidencia» en el Diccionario Rober!) (ef. en los manuales la transparencia de la «obra» en la «realidad» y Cf. al historiado.r de lo real rodeando alegremente el mis- terio del «estilo» y el «genio visionario», los arca· nos de lo 41 Bello» en el umbral donde viene a morir toda crítica, impotente y pasmada).

d) En fin, el «desplazamiento» (en el sentido

freudiano del término) es un mecanismo que como pleta el precedente, orgánicamente ligado a la fun·

ción misma de la ideología dominante de la que eS difícilmente separable. Haciendo aparecer, cuando no puede ignorarlos de hecho. Jos conflictos de cia· se en un plano integrable en el pretendido sistema (por ejemplo, los conflictos .psicológicoslt) su inci- dencia 60bre el fenómeno literario es ahora pcrcep-

HJ."l

.h/le.

4. Funcionamiento de la ideologla dominante

La amplitud y la importancia -'Y:~~~~;~ara la clase en el poder- de los papeles que asume ]a ideo- logía explican la necesidad de una política concer· tada: la burgu~sfa¡ 'lUto -en f:U periodo revolucio- nario- había sabido tan bien tener en sus mano" los .instrumentos de concepción y difusión de la ideo· logut, he. I.:omprendido rápidamente la importancia oc organizarlos y de asegurarse su monopolio. La política de unificación nacional ha sido una de las primeras tareas de la Revolución (burguesa). Remito aquí al artículo de Althusser en La Peno sée sobre los «Aparatos ideológicos de Estado», al menos para lo que concierne al dnáJisis global de la función de un «cierto número de realidades que se presentan al observador inmediato bajo la forma de instituciones distintas y espcdali7.adas- (página número 13). Sin embargo, sin que se trate aquí de hacer un análisis apret:ado de este artículo, me pa- rece importante. para el objeto que ahora nos ocu- pa. emitír una reserv:j. sobre la sistematización de lo que Althusser lIamn las .intuiciones» de Gramsci (página 12, nota 7): emplear el mismo término de .aparatolt para el a.parato represivo y el aparato ideológico de Estad {) parece tener una cierta venta· ja teórica: subray~,r la complementarcidad de amo bos y el papel org ánico qUt~ juegan en la reproduc- ciÓn de las relaci( Jncs de producción estas diversas

institudones. Pero, por el contrario, el ~mpleo co- mún del término «aparato» instaura un paralelismo estrecho entre instituciones como el ejército, la po- licía y los sindicatos o la escuela. por ejemplo. Los segundos no me parecen diferir de los primeros úni· camente porque ellos «transcurran en la ideología», en vez de «transcurrir en la violencia». Mientras que los aparatos represivos de Estado son instrumentos formados unilateralmente por la clase en el poder y directamente concebidos para re- primir a las clases dominadas (lo que marca su cons- litución misma y su organil.ación) la mayor parte de las instituciorlt'~que Althusser coloca entre los A(parntos) I(deológicos) de E(stado) deben su for- mación a luchas de clases y esto marca su funciona- miento. Lo que -habrá que convenir en ello de buen grado- no es el caso de los A(paratos) I(deológicos) de E(stado). Esta característica ¿no es. teórica y po- lilicamente, 10 bastante esencial para justificar que no se designe a las instituciones en cuestión con el mismo término de aparatos? No se trata aquí de una trampa terminológica, sino de la exactitud de un término teórico que oriente el análisis. El hecho de que existan «contradicciones», de que «la resistencia de las clases explotadas pueda encon- trar el medio y la ocasión de expresarse» y pueda conquistarlo «por la lucha de las posiciones de ~om­ bate», es (al menos) tan determinante como el hecho de que la clase dominante disponga de medios su- ficientes para intentar (yen muchos casos conse· guir) transformarlos en sus propios «aparatos»: la cuestión no acaba nunca para eHa. Resta decir que la ideología dominante dispone del conjunto de funcionamiento institucional, estruc- turado, que penetra todas las instancias de la vida social. Esta precisión es esencial a nuestro propósi- lO: nos permite al fin poner en tela de juicio las teorias críticas que reducen la incidencia de la ideo- logía dominante sobre la literatura a un 14nico puno to de impacto o a un único nivel.

5.

La escuela y literario

el

funcionamiento

del

fenómeno

El fenómeno literario está. en nuestra sociedad. absolutamente determinado por la escuela: en eIJa es donde se aprende a leer (en todos los sentidos de la palabra), a hablar francés, a conocer .los auto· res», a juzgarlos, a discurrir sobre ellos, etc. Así, la enseñanza del francés (lengua y literatu· ra) está dividida en ciclos, cada uno de Jos cuales corresponde a públicos diferentes, no sólo por su edad, sino por el lugar que ocupan respectivamente en la producción. En la escuela primaria (en la que se detendrán los obreros y los pequeños campesinos), la enseñan·

del «francés» (lengua y estilo) es estrictamente normativa hasta en sus detalles (hay palabras «pin· torescas». «giros vivos., «imágenes poéticas», todas dentro de ur: repertorio, que no sufren crítica ni discusión. I.:a repetición es una falta. el empleo de los verbos ser, hacer o poner, una torpeza: es ltel buen francés»). Un arsenal de autores procedentes de un cielo atemporal y separado de toda historia proporciona dictados y lecturas en voz alta (leer y hablar); aHí aparecen todos como modelos. De este modo se aprenden las virtudes y la lengua propias en su .estado»; se aprende que «greve. (huelga) en buen francés es sinónimo de playa, cte. (Basta con ver la oposición frente al modesto plan de reforma del francés para comprender la importancia que la burguesía concede a este aprendizaje.) En la enseñanza secundaria, la en~ñam:a norma· tiva del francés (según una gramática calcada del latín y que no tiene para nada en cuenta el funcio· namiento efectivo de la lengua ni el de la lingüísti· ca) se combina con una enseñanza literaria donde la Historia no tiene más papel que contar la filiación de los genios individuales de los que cada ltobra» es el «mensaje». Se considera lo mejor aprender biografías y algunos Jugares comunes esenciales (la

1

8

33

fria razón del XVIII Y la sensibilidad del siglo XIX, el gusto destructor de Voltaire. los dos infinitos

que dividen al Hombre

En fin, no es sino en la Universidad (en princi- pio se trata de la futura élite) donde la lingüística es tolerada (la lingüística que no considera «la len-

gua» como medio de expresión). donde se ha con- venido en considerar a los «escritores» con alguna distancia y donde se ha tratado de criticarlos. (El aprendizaje familiar no puede sino confirmar esta jerarquía.) Esta caracterización tan breve (y super- ficial) no tiene por objeto más que subrayar la com- plejidad del fenómeno literario y. por ejemplo. la hipócrita ambigüedad de expresiones como «el lec- tOr» o «la lectura. (variantes = «nosotros- o «se-). Antes de seguir adelante hay que explicitar mu- chos corolarios que conciernen a las relaciones de funcionamiento entre la ideología dominante y el fenómeno literario:

).

La ideología dominante se inviste, a muchos

niveles y según diferentes modalidades, en el fenó' meno literario. Además, lo mismo que la ideoiogía dominante no tiene siempre en todas las sociedades y todas las épocas el mismo modo ni los mismos ;llstmmeIllQ$ de dominacidn, asimis~o es variable la naturaleza de las relaciones por las que se manifiesta su im· pacto a diferentes niveles del fenómeno literario.

1)

2) El aprendizaje, la práctica, el manejo pala· bra/lectura/escritura, sin reducirse a el1a~, se reali· 1.an en el interior de ideologías sobre la «literatura», el «autor», el «francés» y a través de códigos de utilización aprendidos en la escuela, pero percibi- dos como espontáneos. Su acción. a la vez forman te y deforman te, y por supuesto sin inocencia, es prác. ticamente indivisible. la escuela produce códigos «espontáneos» de pa-

labra/lt:ctura/escritura de los que más adelante (d. V ) intentaré un estudio.

3) Es, pues, erróneo reducir las relaciones entre fenómeno literario e ideología dominante a las que ~sta mantuviera con t:I «contenido explícito. de los textos:

Por una parte, la noción de contenido remite a la creencia (ideológica) en la transparencia del lenguaje. en el papel de .expresión. de la escritura, en la universalidad de .la lectura•.

- Por otra parte. los pretendidos «contenidos explicitos» no son en los textos sino resulta- dos de elaboraciones segundas cuyas modali- dades son variables (ef. infra IV.),

Por esto, tomar como único objeto de estudio el .contenido ideológico. de los textos es aceptar, sin darse cuenta, una ficción útil a la clase dominante. colocarse en el terreno que ella trata de imponer y privarse del avance de las armas para atacarla. Des- de el punto de vista científico, este error teórico fundamental bloquea dcfiniti\'ame'llte el análisis del fenómeno literario. Si el fenómeno literario debe ser siempre exa- minado en tanto que fenómeno social supereStruc- tural que funciona con una autonomía relativa, esto no quiere deci." que sea totalmente reductible a su función de servidor de la ideología dominante. Cier- tamente, ella lo condiciona a todos los niveles, pero no agota con esto su funcionamiento. Ahora se trata dt: indicar en qué y cómo su papel puede ser activo y revolucionari<.'

IV.

El fenómeno literario no es reductible a su

papel de servidor de la ideología dominante. Distor-

siones y disfuncionamientos

La ideología dominante no es omnipotente, y en una sociedad dada, en una época dada, tropieza con elementos que no puede reducir, bien estén éstos estructurados como sistema, o bien incluso disper- sos y fragmentarios. y que remiten objetivamente a intereses de clase fundamentalmente opuestos a los que soportan la ideología dominante. Estos elementos pueden ser vestigios atrasados de un sis- tema social anterior, pero los más importantes son los que están ligados a los intereses de clases ex- plotadas y «en auge», y por tanto, en la época que nos ocupa, ligados a los intereses de las clases de las que el proletariado es la vanguardia, la fracción más consciente. En este caso, estos elementos «ex- traños» a la ideología dominante son a la vez anta- gonistas y «nuevos» (por lo cual son más netamente irreductibles) y su papel en el fenómeno literario es mucho más determinante.

J. Desde un punto de vista teórico

Dado el número, la complejidad y la imbricación de las mediaciones a través de las' que pasan las relaciones entre infraestructura/otros elementos de las superestructuras/fenómeno literario, la clase do- minante no puede controlar ente.-amente su funcio- namiento. La naturaleza misma de las instancias o institu· ciones que culminan esta elaboración es tal que no pueden evitar ser lugar constante de contradiccio-

nes. Para comprender esto basta con un ejemplo

muy simple: si la escuela gratuita y obligatoria co- rrespondía a una exigencia del desarrollo del capi. talismo, ha sido, en unión con el desarrollo de la socialización de la producción (otra exigencia del capitalismo) un factor importante para la toma de conciencia y organización del proletariado (por esto, el término «aparatolO me parece que no tiene en cuenta más que una de sus funciones y, en el fondo. no es apenas dialéctico). Así pues, nada nos autori7.a a atribuir los .fa· 1l0SlO e «imperfecciones- de estas grandes «máqui- naSlt o «aparatos» sólo a los defectos o carencias d~ la clase dominante o de su ideología. Por el contra· rio, un análisis marxista nos lleva a ver en estos .fa· 1I0slO la emergencia, a través de la represión ideoló· gica, de los intereses de cIases antagonistas: no son «agujeros lt, sino las partes v"isibles de un iceberg. Para abandonar el lenguaje sospechoso de la crío tica: el tipo y la naturaleza de las mediaciones a tra· vés de las que se manifiestan los intereses de las cla· ses explotadas por la cIase que rige y difunde la ideo· logía dominante, no son del mismo orden que los que rigen la influencia y los modos de acción de ésta, en una época dada en una sociedad dada. Se propondrá, pues, que todas las «dificultades» (entorpecimientos de funcionamiento o «revolucio- nes formaleslt) tienen que ser analizadas en su rela· ción con los intereses positivos de las clases explo- tadas. En efecto, la complejidad misma del fenómeno literario explica por qué, a pesar de todas ¡as ceno suras y barreras ideológicas impuestas por la" clase en el poder, las cIases explotadas pueden encontrar los medios de lI;expresarse» y de batirse. Es la consecuencia de una contradicción del ca- pitalismo, de la «democracia burguesa» que concede una autonomía relativa al fenómeno literario: grao cias a ella es como puede tCconvertir» sus intereses en «valoreslt, pero de golpe pierde el control directo y muy a su pesar debe permitir a las concepciones

antagonistas que ~ncuentren también dla!> su puno to de impacto (7) y ciertamente por los caminos más difíciles. Así, desde un punto de vista teórico, el fenóm~no literario aparece como una apuesta (enjeu) y un fu- f!.ar de lucha de clases, tanto más cuanto que en nin· gún caso, como se ha visto, no puede limitarse su papel al de un reflejo pasivo, sino a participar -con· tradictoriamcnte- por una parte en el manteni· miento en el poder de la clase dominante, por otra parte en la discusión indirecta, como factor de la toma de palabra y de conciencia. Pero la naturaleza de estas mediaciones varia según el modo de dominación de la ideología domi. nante. No pondré más que un ejemplo: en el si· glo XVIII, en Francia, la lengua, los cánones estéti· cos, aunque estén determinados por la clase domi· nante, no son exclusiva propiedad de la aristocracia. Así, la «literatura» se encuentra con que es un cam· po de batalla donde los adversarios -aristocracia y burguesfa- pueden luchar abiertamente, aunque no sea con los mismos medios (pues aunque el poder dispone de la censura, los escritores y los lectores se reclutan neccsariame'nlC en el seno de la bur· guesía). Por el contrario. después de la Revolución de 1789, la lengua francesa (aprendizaje y normas), los códigos estéticos y, de una manera general, todos los «medios de expresión. reconocidos como la- les (8), terminaron por ser exclusiva propiedad de la burguesía en el poder. También seria aberrante intentar aplicar la mis· ma «rejilla- en los dos casos para discernir en el fenómeno literario de los siglos XVIII y XIX las mo-

(7)

ef.

A.

Casanova,

.La

Pensée.,

febrero

1971.

pági-

na 4S -último

parágrafo- y 46.

(8) Se verá más adelante cómo la burguesía, por la peyoración y la ridiculización, ha borrado del .dominio culo tural_ todos los .medíos de e~prcsión- Que corrían peligro

de escapársele.

daHdades de emergencia respectivas de los intere- ses de la clase burguesa revolucionaria y de los del proletariado.

2. Desde un punto de vista histórico

Disponiendo de dos armas maestras para redu- cir el fenómeno literario al papel de servidor de la ideología dominante. la censura y el condicionamien· to (9). las clases dominantes han tenido siempre. sin embargo. dificultades en este dominio. Esta simple constatación es suficiente para confirmar la ambi· güedad del fenómeno literario. En los dos «polos. puede. por una parte. hacerse referencia a los regí· menes fascistas que han practicado la censura to- tal, hasta el punto de suprimir el fenómeno litera· rio. Los escasos textos respetados no son incluso ya tratados como «textos literarios., sino como instru· mentos de propaganda directamente política. Asi, la Alemania nazi. Por otra parte, el sistema de condi· cionamiento encuentra sin duda su ilustración más perfecta en los Estados Unidos. donde el condicio- namiento ideológico está tratando de vacunar sufi· cientemente a la mayor parte de la población para que los «textos» considerados como subversivos puedan circular sin extender la epidemia. De ahí el ingenuo embelesamiento de los liberales ante la «Ii· bertad. de prensa y de edición de los Estados Unir dos de América. De hecho. de lo que siempre se tra· ta es de una dosificación de dos sistemas: aquí baso ta, sin entrar en el detalle de las modalidades de ataque y defensa puestas en práctica por las clases en el poder, constatar que tanto cuidado señala un peligro serio.

(9) I~ como actualmente. y en otros ~lanos. la bur· guesfa ejecuta concurrentemente la (pretendIda) participa·

ción y la represión.

Así, pues, se ha visto hasta qué punto las clases dominantes, y en particular la burguesía capitalista, que se ve constreñida por sus propias contradiccio- nes, tienen carta blanca sobre el material (lcnguaje, símbolos, representaciones imaginarias), el espacio y los instrumentos del fenómeno literario. Aquí se intenta, pues, discernir y verificar, si es posible, la teoría del funcionamiento subversivo del fenómeno literario según el tipo dc sociedad de que se trate.

3. Un proceso social complejo

Lo que aquí importa sobre toeJo es tomar el fe· nómeno literario en su conjunto. en tanto que pro- ceso social complejo -despla7.ado. pero esencial-

y no de reducirlo, incluso positivamente o por ra·

zones de método, a los

si se acepta el análisis que precede, es falso plantear

el problema en ~tos términos: «se trata de discer- nir e~' los textos lo que en ellos es irreductible a la ideología dominante». Es, pues, igualmente erróneo investigar prioritariamente un «microsistema. que se diferencie del sistema de la lengua, una «estruc- tura profunda» que, habida cuenta de la especifici- dad del funcionamiento literario del lenguaje, esca· paría a la influencia de 13 ideología dominante, y que, según algunos. hasta sería clave del poder sub- versivo de la .literatura». Por otra parte, se ve que la divinidad recientemente conC'edida al Autor/Crea- dor no es, en esta óptica, sino desplazada hacia el texto divino. Hace falta, pues, para escapar a la trampa del lenguaje, hacer saltar en dos la noción de texto:

Dicho de otro modo,

.textos

1)

Por una parte, los textos como resultado de un proceso social complejo.

2) Por otra, los textos corno punto de partida de diferentes tipos de utilización. sin que ni en el primero ni en el segundo caso el tér- mino -texto» recubra el mismo objeto de es- tudio.

El estudio de las condiciones de emergencia, así como el de los tipos de utilización de los textos, hay que hacerlo históricamente y en su relación con las condiciones de ejercicio de la ideología domi- nante. Así, en el papel de la Escuela, que es deter- minante para el fenómeno literario, hay que estudiar precisamente la estructura y el funcionamiento a medida que se desarrolla el capitalismo. En Francia, sobre la base de la enseñanza reci- bida en el segundo y tercer ciclo escolares, se es- criben los textos que son diversamente utilizados en la enseñanza primaria. secundaria y superior. En cuanto a los -textos» que sOn anteriores o extraños a Ja dominación de la burguesía, su tipo de utiliza- ción, su admisión en el «corpus-. obedecen a las mismas leyes: sus condiciones de emergencia deben ser estudiadas en relación con la estructura eco- nómico-social de la sociedad y de la época en la que han aparecido.

Importa, pues, distinguir:

1) Las relaciones que establecen los textos, co- mo productos culturales, con la ideología do- minante y los elementos que remiten objeti- vamente a una ideología antagonista.

2) Las relaciones que establecen los tipos de lectura de los textos (sus condiciones de uti· lización) con la ideología dominante y los intereses de clase antagonista.

El problema es explicar la manera como se des- arrolla en el fenómeno literario una lucha cuyo ori- gen y riesgos están en otra parte, que no es, sin em· bargo. contrapuesta a los textos (en el sentido de

un proceso metafórico). La relativa autonomfa del fenómeno literario entraña un conflicto, que tiene sus leyes, al nivel del lenguaje y de los criterios es- téticos, y por otra parte entraña una acción de re- tomo sobre superestructuras e infraestructura, cu- yas modalidades hay que analizar en cada época. Como el análisis que precede ha intentado de· mostrar, no se trata del enfrentamiento claro y sim· pIe de dos sistemas ideológicos organizados. el uno dominante, el otro dominado, que, a través de las senes de mediaciones indicadas más arriba, choca- rían entre si en el terreno neutro y técnicamente es- pecífico de la lengua y de la «literatura- y de los que bastaría encontrar los hilos respectivos y con- currentes. El fenómeno literario no debe, pues, ser examinado como una simple categoría del conflic- to ideológico, donde. disfra7.ados bajo una común especificidad, volvería a encontrarse a los mismos combatientes. Además de la ilusión consistente en reducir los «textos» a pretendidos equivalentes ideológicos (sus «contenidos» >, quedando la lengua relegada a un pa- pel de traductor mientras que ella es en realidad el lugar y el riesgo de un conflicto que la sobrepa- sa, hay que descartar otra, complementaria: la de los métodos .formales» que no toman el fenómeno literario en sus relaciones con la Historia, sino que lo aislan en su especificidad. No se trata de negar la aportación de los formalistas rusos, sino de situar sus investigaciones y de ajustarlas a un objeto di· ferente. Continuar apoyándose en los fines de los formalistas rusos más que en los resultados de sus análisis que permiten hacer progresar la problemá- tica de una ciencia del fenómeno literario, es inmo- vili7.ar su aportación misma. Así, cuando V. Chklovs- ki (10) escribe: .lIamaremos objeto estético, en el sentido propio de la palabra. a los objetos creados con la ayuda de los procedimientos particulares.

(10)

En Théorie de la littérature. Seuil 1965, pág. 78.

cuyo fin es asegurar una percepción estética para es- tos objetos., o cuando Eikhenbaum (11) afirma:

«Habría que mostrar que la sensación de la forma surge como resultado de ciertos procedimientos aro tísticos destinados a hacérnosla sentir., no se pue· de ignorar que estas declaraciones escamotean el problema centra!: ¿«percepción. por quién?, ¿quién es el nosotros que «siente.? Sin hablar de los coro- larios de esta perspectiva (la noción de creación, la de intencionaltdad), el no hacer intervenir este ele· mento esencial del funcionamiento del fenómeno Ii· terario es, quiérase o no, apoyarse sobre una «natu- raleza humana. que, a través de las diferencias de lugares, de tiempos, de clase, respondería en este dominio a una constante. Ni el texto-transparencia ni e] texto-opacidad bastan para rendir cuenta -respuestas opuestas a una misma cuestión, sin embargo, conservada- del funcionamiento del fenómeno literario. Propondré dos conceptos para tratar de expli. car la lucha específica, en efecto, pero no autóno- ma, que se entabla en el (yen medio del) fenóme- no literario, evitando las teorías que han llevado a reducirla a un reflejo o a transformarla en una historia autónoma de las formas.

4.

Distorsiones

En una sociedad dada, la ideologfa dominante se presenta como un sistema donde c todo tiene su lugar., y que puede rendir cuenta de todo. y cuya legislación impone a través de múltiples mediacio- nes, tanto las normas estéticas como las de ]a mo- ral. Los elementos que remiten objetivamente a ideologías antagonistas y que son, pues, irreducti· bIes a la ideología dominante. no pueden manifes-

(J 1)

Op. cit., pá¡. 44.

tarse positivamente, sino sólo por la distorsión de las normas en vigor. No por una estética constitui· da --que supondría el triunfo de la clase antago- nista- ni tampoco, por definición, por otras normas.

El término «distorsiones_ designa las de/orma- ciones o contravelzciones a las 1I0rmas estéticas en vigor en una época dada (las del «buen francés- como las de la retórica o las de los géneros litera·

rios). No todas las innovaciones o .hallazgos» es- tilísticos, sino las que contravienen a las normas (las primeras son atribuidas, como luego se verá

a propósito del efecto estético, al «talento_; las segundas, cuando no son censuradas, al «genio»). Habida cuenta de lo que precede, estas distor· siones son la manifestación (mediatizada) de los deseos y aspiraciones de las clases dominadas. Es su apariencia de innovaciones en «la forma» o en «la técnica» de un género, por ejemplo, lo que le

da un falso aire de especificidad irreductible o in· cluso de autonomía (12). Esto es lo que haee po· sible su aparición misma. En la medida en que es· ias innovaciones remiten a datos sociocconómicos cuya relación con eHas es informulada o incluso in· formulable por los dctentadores del «lenguaje» y de la .literatura- en una época dada, es por lo que escapan a la censura ideológica tanto al nivel de la escritura como al de la edición. Lo que es, en efecto, «específico- es el tipo de mediaciones que

preside

compromiso que las dejan aparecer (tengo que pre·

cisar que no me pongo aquí al nivel del escritor

o del sujeto escritor, sino al del conjunto del fe.

nómeno literario). Es por lo que en la época su aparición, o bien son imperceptibles como tales, o bien «pasan» como innovaciones estilísticas o etéc·

los

desplazamielllos,

las

formaciones

de

(12)

Hay que anticipar a lo Que sigue: el hecho de ~uc

'Zcan

asf (formales) resulta de la ideología extcndlda

«la literatura- como dominio irreductible que remita

apar<

sobre

al Mis:erio y a lo Bello.

okas., Jo qUé

vez como «interesantes» y

ligrosas, puesto que se les puede tener en cuenta

la originalidad individual del autor -cuando no se

las ha

de

desarrollado más abajo).

modo

de ilustración.

Cuando pronunciaba un discurso bien pensante

en la Cámara de Diputados en

se vio obligado, después de muchas tentati\ras para explicar que la miseria podía ser destruida, a res·

ponder a las acusaciones de los dipulados de la derecha: .la miseria no es un sufrimiento, la mi· seria no es la pobreza misma (ruidos); la miseria es una cosa sin nombre». En efecto, las palabras de la «lengua francesa» disponibles en aquella época para designar este hecho eran palabras que, de entrad~. lo clasifica· ban en una óptica determinada, la de la ideología dominante: pobreza y miseria (<<lo que convierte

a nuestra (sic) suerte en digna de piedad», Diccicr

nario Robert) no son más que categorías de la des- gracia (<<situación, condición penosa, tl"iste, dolo- rosa, en la que el hombre (sic) ve a m~nudo la ac- ción de un destino adverso, de una suerte riguro-

I~s permite

a relativamente poco pe-

ser consideradas

la

podido censurar- gracias a

una

ideología

la

literatura que rige su uso (este punto será

inmediatamente

dos

ejemplos

a

1849, Víctor Hugo

Pondré

sa. (ibid.).

pero

remitimos de nuevo

al Diccionario Robert, no apárecerá allí más que al

final del artículo como uno de los usos de la rúo

brica: «en mal sentido. Acción de abusar de al.

explotación de inocen·

tes por un estafador

cita de ningún escrito marxista ( ¡edición de 1960!).

O sea. la única palabra que designa el hecho en cuestión por medio de un concepto claro que per- mite analizar y .destruir la miseria» no tenfa de·

y en todo caso sin una sola

guien en provecho propio

¿estaba en «francés»? Si

El

término «explotación» existía también,

nos

recho de ciudadanía en la lengua francesa, es de- cir, la que se habla en la Cámara de Diputados. Así, decir cla miseria es una cosa sin nombre» es una contravención patente de las normas del lenguaje. La frase es propiamente absurda, puesto que viene a decir: cLa cosa designada por un nomo bre no tiene nombre». Decir que se trata de un «sorprendente efecto de estilo» o ver en la frase cel lado punzante de una generosidad impotente», etcétera, sería reducir esta contravención de las normas a un hallazgo formal o a la individualidad del Hombre-Hugo. Dc lo que aquí se trata más

exactamente es de una distorsión formal, pues pone

Sin

en entredicho el funcionamiento de «la lengua

embargo, he elegido intencionadamente un ejemplo simple donde la implicación socioeconómica es ela· ra. está objetivamente ligada a los intereses del proletariado explotado. Pone de manifiesto, muy parcialmente, a su nivel, la incapacidad interesada de la «lengua francesa» para denominar un hecho

que la clase dirigente tiene intcrés en ocultar, cs decir, la función ideológica del bucn francés. Por esto, si la censura (y aquí la autocensura del ora·

dor)

podido suprimirla. no puede por me-

nos de ser tachada en el sistema ideológico domi.

no ha

nante de:

es absurda (cL las «risas irónicas

en muchos bancos» que registra el acta de

la sesión);

- poesía: en otro contexto. un poema, por ejemplo, un «absurdo» de este género se co- loca en la cuenta de la «visión» del poeta, como, por ejemplo, -el sol negro de la me· lancolía».

- ridícula:

Para insistir sobre el hecho de que las distor· siones no están propiamente hablando en el texto, sino en sus contravenciones, citaré más brevemen·

le el poema de Apollinaire «Les Femmes», que ha sido entendido como una audacia poética, una in- novación formal: todos los diálogos (las partes en itálica) no están en ruptura con las normas más que en la medida en que figuran en una colección de poemas, con un título, una paginación (estro- fas y tipografía), rimas y el emparejamiento con «verdaderos versos» como «el ruiseñor ciego tra- tó de cantar•. No es tal palabra, tal metáfora. la que «innova., sino el hecho de transportar a _la

que pa-

sarían desapercibidos en una novela. Contraven· ción ésta del género más simple y de la que se en· cuentran abundantes ejemplos (13). De hecho, cuando se trata de «textos literarios., nos encontramos frente a distorsiones infinitamen- le más complejas. que reaccionan unas contra otras, sin medida en común con los dos sencillos ejem. plos aislados que acabo de poner con el único fin de precisar lo que entiendo por distorsión. Está claro que no se podrá comenzar a estu- diar las distorsiones de una forma seria mientras no se hayan realizado investigaciones sistemáticas sobre las normas a las que contravienen en su re- lación funcional con la ideologia de la «lengua fran· cesa ll , la manera como es enseñada (modos de aprendizaje de la oral y de la escrita) en los dis- tintos ciclos escolares, en nuestra época. Por ejem- plo, es fácil comprender la función ideológica de un ejercicio escolar tan «evidente. como: «Poned la frase siguiente en imperfectoll o «en pasivall o «en tercera persona del singular». La formulación misma implica que la «esenciall de la frase (= su contenido) permanece idéntica anle la variación

poesía» fragmentos de diálogo «realista

(13)

Envío a todos los estudios .críticos

~ue se

las

in-

genian para adscribir tal o tal .obra. a los dIversos géne-

ros para reducirlas. Ejemplo: Ma~ron Ú!scalll: ¿es una .his-

la

toria. o una "novela.?, así como la última

página de

Explicación de El Extran.jero, por Sartre (Siwatiotrs, 1): "y

cómo clasificar esta obra relato., etc.

No nos atrevemos a

llamarla

de los tiempos, voz o personas. Pero es el conjun. to del sistema desde el aprendizaje de la lectura

de la escritura)

el que debe ser analizado sistemáticamente en sus funciones culturales complejas de constitución de las normas.

y esto vale igualmente para el estudio de las

figuras retóricas desde este punto de vista, para el

de las nociones de «géneros literarios

En fin, hay que analizar las condiciones que

determinan en cada época la constitución del con·

junto de los «textos

rios

Pero no es este el lugar de establecer el enor· me programa de las investigaciones indispensables -y previas- que no han sido emprendidas más que parci.almente. Sólo trato de señalar que, desde luego, debemos primeramente buscarnos los ins- trumentos sin los que todo análisis de las distor· siones no se fundaría sino en bases intuitivas y subjetivas (= sin esto se caerá en un discurso ideo- lógico). No hay que confundir «Distorsión. con «Trans-

gresión

reconocidos como «litera·

(en el sentido de «desciframiento

, etc.

, de los «corpus. literarios.

El último término creo que encubre lo

que ahora me propongo estudiar: los funciona.

pa·

rece implicar la idea de una eficacia del texto por sí mismo. No podemos contentarnos con analizar

las virtualidades sin tener en cuen·

ta el impacto efectivo que han tenido o que no han tenido, según el tratamiento de que han sido ob-

jeto y que depende de una serie de instituciones

creadas por la clase dominante, y en primer lugar

analil.able ahora y

a partir de un sistema conceptual dado, puede no haber funcionado en absoluto en su modo de uti· lización escolar o universitaria. Por el contrario, puede haber sido percibida/utilil.ada (según las modalidades que quedan por definir y de las que hablaré después) por las clases explotadas, bien sea

la escuela. Así, tal «distorsión

mientos y

disfunciotlamienros. Transgresión»

«en los textos

en d movimiento de su aparición, bien más tarde. Es con esta condición, y sólo con esta condición, como puede convertirse en transgresión, es decir, no un simple testimonio salido de un conflicto de clases, sino un elemento de lucha. Aquí, una vez más, es el conjunto del funcionamiento del fenó' meno literario el que debe ser considerado. De ahí el límite forzado de todo formalismo. Las distor- siones no pueden ser analizadas de modo absolu- to o solamente por su relación con los códigos y normas que «transgreden», sino que deben ser ana· lizadas por su relación con su conjunción efecti-

va (en una

con los elementos que provienen objetivamente de los intereses de las clases dominadas; por su re· lación con el tipo de eficacia que han tenido, ti~nen o pueden tener, según el modo de utilización de que se las haga objeto.

época dada y en una sociedad dada)

Funcionamientos y disfunciones

Conforme al objeto definido más arriba (el fun· cionamiento del fenómeno literario y las leyes que rigen las mediaciones entre conflictos de clases y el efecto estético) no se pueden analizar las diver- sas «lecturas» o tCcríticas» como simples variantes metodológicas y formales. Toda lectura, toda crítica (comprendidas las que toman la forma de puesta en escena o puesta en pantal1a), todo comentario de un texto, hay que abordarlos como si fueran (en último análisis y a través de mediaciones) un tipo de utilización del texto y, de manera más general, de la .literatura». Por relación con las mediaciones que rigen la es· critura y la difusión de «textos», las que presiden su utilización, pueden ser simétricas o complemen·

~o

tarias, pero son probablemente (ello hay que cstu· diarIo) fundamentalmente las mismas para un sis· tema social y una época dados.

Habrá que distinguir, pues:

1)

El .funcimzamiento conforme-, es decir, to·

dos los tipos de lectura o de utilización (en par· ticular escolar) que provienen de la explotación de los textos en provecho de la clase dominante. Pero hay que recordar a continuación, una vez más, que es el conjunto del funcionamiento del fe· nómeno literario el que hay que considerar. Asi, no podemos apreciar las relaciones que se establecen entre tal o tal «explicación. o .Iectura. de un tex- to particular COn la lucha ideológica y, más allá, con la lucha de clases. Por esto es necesario haber estudiado sistemáticamente la función ideológica precisa que ocupa la enseñanza del .francés. en tal época, con respecto a tal público. y ello exige en primer lugar que se cstablc7.ca la relación entre la estructura escolar y cultural de Francia y los ti· pos de .Iectura-comentario<rítica- practicados en cada ciclo de la enseñanza. y al mismo tiempo en relación con los objetivos precisos de la clase do- minante -comprendiendo sus variantes superficia- les y coyunturales (14). Por lo mismo. el estudio no deberla ser em· prendido desde los únicos presupuestos de qUe par· te talo cual .lectura. (aunque éstos deban cierta- mente anali7.arse), sino que debe conducirnos al conjunto de su funcionamiento. Un análisis dialéctico debe negarse a dejarse encerrar en la alternativa cuidadosamente impues- ta en nuestros días:

(14)

Tal .lectura., perFectamente adaptada a la función

h v a) público de la Universidad. podría ser subversiva si se

¡ciese en la escuela primaria. ~s de un Funcionamiento y

no de una .esencia- de )0 que se trata.

-

o bien: «Cientificidad

serena que estudie

especificidad de la escritura según una al tecnicidad;

- o bien: un simplismo reductor que manip

como cosas inertes en pro'J

cho de las clases explotadas y en despreo del «misterio de la belleza •.

le las «obras

El espectro del realismo socialista es excesiv mente utilizado para cubrir de burla toda tenta

va que trate de poner al día el lazo de unión ent

el «desinterés

clase dominante. Afirmo, pues, que si se acepta lo que hasta aq

se ha dicho, la I~nica gestión científica posible ca

siste en tener en cuenta a la vez la relativa espe ficidad del fenómeno literario (= no tratar «la li1 ratura_ como si fuera Derecho, error del realisJ socialista. Pero, hay que decirlo, error sin duda cesarío, pues era quizá entonces la única mane de luchar contra las teorías idealistas y, sobre t()(j porque llevaba al tratamiento dialéctico. cr. artículos de Claude Prévost sobre «Lenin y TQ toh. en La nouvelle critique de marzo de 1971) la función que ocupa efectivamente la .literatuI en un país dado en una época dada: en Francia, el aprendizaje de la «lengua» en los diferentes elos de la enseñanza con sus papeles específicos gados, no tanto a la «edad» como a los «público a quienes «se trata» de manera adecuada a su turo lugar en la sociedad. De modo que no se explicará jamás el funcio miento del fenómeno literario,. contentándose analizar la diferencia entre la lección de vocabula o de gramática practicada sobre los «dictados- er escuela primaria yde la «lectura» estructural o r coanalítica enseñada en la Universidad. Por ejt' plo. hay una relación estrecha, una exacta comi mentariedad, entre:

de la Estética y los intereses de

l.

La

utilización

dictada

de

un

_texto-

de

Ch.

Vildrac

(15)

tomado

de

Bridinette:

-toda la familia, por la noche, se encontraba reunida en tomo a la gran mesa. La abuela hada punto, mamá cosía alguna pieza de len.

cería, papá leía su periódico

con el ejerci.

cio apropiado: «Reemplaza los puntos con las palabras enhebra, lienzo, familia, fami.

liar,

reunión: "Qué agradable es la noche

en

La velada nos

alrededor de la me-

sa

, etc.•

2. El estudio de los -tipos humanos» de la Co- media Humana con cuestiones de apoyo en el Lagarde et Michard (es un ejemplo entre mil).

3. La «explicación de El extranjero» que da Sar· tre en Situations 1. etc.

lectura. reemplazan,

dada la estructura escolar universitaria de la Fran· cia actual, las funciones, más que paralelas comple. mentarias, adaptadas al público específico a quien se dirigen. Cada una de ellas implica las restantes. de modo que su funcionamiento constituye orgáni· camente un apoyo bastante coherente a la idcologia de la clase dominante. Este aspecto fundamental del funcionamiento de la -literatura» no puede, ni si· quiera provisionalmente, dejarse a un lado: ello re· velaría un simplismo tan grande al menos como el del realismo socialista, aunque mcnos «visiblc», por· que sirve a la cIase dominante.

Estos tres ejemplos de

2) Los «disftmcionamie"tos» (voluntariamente escribo esta palabra con i y no con y para subrayar que no se trata de una dificultad de funcionamien· to, sino de un funcionamiento diferente, incluso aunque este último pueda tener, como generalmen.

OS)

Mi nuevo vocabulario, e. E. primer año. A. e

gínas 24-25.

pá.

te tiene, por índice un «dysfuncionamiento» (*). Se podría decir también «dislectura», pero este tér- mino me parece que da una idea quizá demasiado estrecha si se toma lectura en su sentido .corrien- te. (ef. Diccionario Robert = «acción de leer, tener conocimiento del contenido de un escrito») o quizá demasiado vaga, si se toma, como la moda in· vita, .lectura» en el sentido de «interpretación» con la idea implícita acarreada por las nociones de .lec· turas plurales. o «múltiples., que los textos son objetos inertes, o en todo caso neutros, a los que los tratamientos que indiferentemente Se les puede apli. car confieren sentido, valor o estatuto (16). Llamo, pues, disfuncionamiento a toda utiliza- ción de los textos que (habida cuenta, como ya se ha dicho, del conjunto de las condiciones que ri· gen en una época dada en un país dado. el funcio- namiento del fenómeno liteI'ario) está ob jetiva- mente conforme con los intereses de las clases ex- plotadas (insisto, objetivamente. pues con la inten- ción no basta. de ahí el límite del realismo socia· lista). Sin embargo, no se está aquí en el dominio de la pura relatividad, ni, como se acaba de ver, no es la cuestión el tratar los textos como objetos in- diferentes de los que lo único que variaría serían los diferentes tratamientos de los que se les hace objeto. Creo que todo lo que hemos visto hasta aquí lo demuestra de sobra. Siendo las distorsiones, como se ha visto, la emergencia «mediatizada., «diferida» o «desplaza- da», como se quiera, de los conflictos de cIases, su

(*) La autora diferencia entre disfonctionnement/dys- fonctionnement. [N. de los T.) (16) La alternativa: un contenido o una infinidad de contenidos posibles me parece falsa y remite aún a ese

modo de análisis dicotómico heredado del cristianismo del

trabajo dcsembara7.amos y que tan

bien sirve para no decir nada.

que nos cuesta tanto

funcionamiento conforme consiste siempre en en· mascarar o -recuperar. dichos conflictos. Así, pues, como se verá más abajo, son precisa- mente estas distorsiones las que entrañan la erec· ción de los escritos en dextos•. Son, pues, parte integrante y constitutiva de lo que se ha llamado «literalidad. (17). El funcionamiento conforme con- siste, pues, necesariamente, en ocultar aquello mis- mo que funda la -Uteralidad- de las «obras maes- tras. y, de una manera general, de los «textos.; y esto a pesar de la extraordinaria pirueta actual· mente desplegada para ocultar el hecho fundamen- tal con los espejismos de la cientificidad o de la tecnicidad.

disfuncionamientos- (sien-

do la utilización de los «textos

«corpus. literario reconocido en una época dada en un sentido conforme a los intereses de las cla- ses explotadoras) consisten, teóricamente, en uti- lizar de manera sistemática las distorsiones. Insis. to en «teóricamente_ porque la ideología dominan- te, «dominante- por definición, enreda la claridad de este esquema. Sin embargo, -dominante» no equivale a «todopoderosa», .\' á pesar de la confu- sión en la que actualmente nos encontramos, la tendencia existe. Mientras que los intereses de la clase dominante ticnden a enmascarar lo que en los textos funda de hecho lo que se ha llamado su

dados. por el

Por el contrario, los

(17) Debu. para responder l:n principio a una ubjeción. precisar un punto: en una ~ociedad sin clases está claro qu~ no podrá haber distorsiones que remitan a conflictos de clases. ¿Quiere esto decir que no habrá .literatura.? Al contrarlo. se podría decir que habrá al fin literatura. Las contravenciones de las normas remitirán entonces al des-

acuerdo entre ellas '1 el progreso del conocimicnto. El len-

habiendo dejado de scr instrumento de opresión.

tcndrá siempre. sin embargo, que ser puesto en cuestión, al tiempo que será instrumento y lugar de investigación per- petua. Pero no es éste el lugar para desarrollar este punto. Digamos simplemente que esta función de la -literatura. cs. en la sociedad en la que vivimos, constantemente obli· terada por la utilización que de ella hace la clase dominante y gue no puede desarrollarse, por tanto, en toda su -espe· ciflcidad•.

guaje,

afirmando por otra parte la irreduc-

tibilidad de este carácter «misterioso», los intere-

ses de la clase explotada se encaminan a desenre- dar (a través del laberinto de las mediaciones y la presión de la ideología sobre la • literatura») las distorsiones que SOn a la vez constitutivas de .10 literario» y subversivas. No se trata, pues, de proponer una lectura en- tre otras (Cf. lecturas plurales) ni incluso una lec- tura inversa. Se debe constatar el lazo necesario que en nuestra sociedad une distorsiones y disfun- cionamientos: en efecto, si es posible constatar las contravenciones a los códigos que remiten, no a los intereses de las clases explotadas y en alza, sino a los de las clases antiguamente dominantes y ven· cidas, estas -contravenciones» nostálgicas casi no son distorsiones: prolongamientos encasillados en códigos anteriores que hacen referencia a .10 co- nocido»: así, la anacrónica persistencia de la tra- gedia raciniana cuando triunfa el drama burgués no habria de constituir una distorsión. Por otra parte, todos los esfuenos empicados no han con- seguido hacer de Zaire o de Mérope obras maes- tras (quizá tan sólo «obras» gracias a las Lettres

a Ca ndideJ , en una perspectiva donde

anglaises y

la unidad del genio de un autor se plantea como dogma. Es decir, que el único análisis científico posi- ble del funcionamiento del fenómeno literario no puede hacerse más que conforme con los intereses de la clase explotada. es decir, desde el marxismo. Lo que quiere decir, aceptada la autonomía relati· va del fenómeno, que los «métodos criticos» que remiten en su conjunto a la ideología dominante -como el estructuralismo-- pueden producir ele- mentos de análisis utilizables y parcialmente jus- tos, siempre que se les ponga en su lugar, en un análisis marxista. Más arriba se ha visto el caso análogo del formalismo y hay también otros. Tam. poco se trata de oponer a todas las investigaciones

.literalidad

S6

llamadas «modernas» una dogmática con el fin de no claudicar. Por el contrario, esto sería una acti· tud muy poco dialéctica. Pero también hay que 1!uardarsc de ceder a los prestigios de los espeiis- ~os pseudocientíficos.

desempeñan el papel de

Los «textos literarios

soluciones ficticias a problemas desplazados (en el sentido que Freud da a este término) y su utiliza- ción consiste en una puesta a punto o en una dis- cusión a través de la ideología que rige su escri·

tura, su difusión. su erección en textos

mera (la puesta a punto) consiste en enm3.iCarar

y reducir sus distorsiones, sosteniendo en otra par-

te y en abstracto la irreductibilidad de la .litera- tura»; la segunda (la discusión) consiste en tratar

los «textos» a la vez como resultados de un proce· so social previo y como lugares de un conflicto tras- puesto, en definitiva, consiste en sacar a la luz y con provecho las distorsiones que los han fundado como textos y dan cuenta de su .literalidad- (cada una de estas operaciones cambia según las épocas consideradas ). No se trata. pues. en ningún caso de discernir, bajo el término de «disfuncionamiento», un nivel

o un elemento singulares (aislables) de los textos, sino el conjunto de las contravenciones de los có· digos admitidos que, una vez analizadas como emer- gencia mediatizada de conflictos de clases, dan cuenta de lo que mina o contradice el funciona- miento conforme, es decir. en nuestra sociedad, ]a

de los textos. Por

La pri.

forma que toma la .literalidad

están, pues, li·

gados al .funcionamiento conforme» y se manifies- tan -8 condición de que se quiera ver- por los disfuncionamicntos (con «y. en francés). Corres· ponden necesariamente, en el plano de ]a .Iectu-

, a lo que he llamado .distorsiones. en el plano

ra

definición, los «disfuncionamientos

de la «escritura. y en el de la disfunción. Es, por tanto, fácil de comprender que -lectu· ras» y .dislccturas., .funcionamientos conformes.

y .disfuncionamientoslt no hay que investigarlos únicamente en los textos ni considerarlos inmóvi· les, sino dependientes de las condiciones de la lu- cha ideológica en la época dada, y del modo de do- minación de la ideología dominante, es decir, de· pendientes de una relación histórica entre las con- diciones de emergencia de los textos y sus condi- ciones de recepción. De ahí la necesidad de analizar estas últimas.

V.

Códigos y modos de escritura/lectura

Si aceptamos, pues, no englr «el. o .:los tex· tos. como punto de partida, en elemento primero del análisis; si reconocemos los textos como una etapa de un fenómeno social complejo; si admiti· mos que el «texto» resulta ya de un condiciona· miento a nivel de la lengua, de una transformación social y de una selección social de los escritos, que es el producto, no sólo de la escritura, ni del tra· bajo del escritor (18), sino de un proceso comple- jo; si aceptamos, por otra parte, que los textos «no existen» como tales, sino que funcionan como tex· tos (esta vez hay que considerarlos como uno de los elementos que, con 01 tos, constituyen lo que se llama lecturas), entonces, lo mismo que se ha· brá podido desechar la falsa cuestión del «texto- expresión», se podrá también descchar la no me- nos falsa cuestión de «la lectura». Plantear la cuestión de «la lectura» es reducir de antemano todas las diferencias que se le pue· dan encontrar a variantes de un fenómeno plan. teado como determinante. Plantear «escritura», en vez de «lectura», es de antemano inferir que las diversas escrituras son variantes de un fenómeno del que se haría depen· der otro, la «lectura», con sus variantes también.

Esto es privilegiar en un análisis teórico un crite·

se pretende «técnico» (sin prueba = «ello

es evidente», es la «evidencia» misma) por relación con otros criterios, convertidos de golpe en varian· tes, con un papel secundario.

rio que

(18) Lo que nO quiere decir que desde el punto de vista objeto de otras ciencias (economía, psicoanálisis, lin·

giUstlca), los textos o tales textos no puedan muy legítima-

mente

del

ser considerados en este sentido.

S9

Así c~mo «la escritura» no es transparencia de «un pensamiento., la .lectura. tampoco es ni in- terpretación de este pensamiento ni percepdón de algo «dado» (el texto) por «el ingenio•. y esto, aunque, creyendo por ello conectar este lenómeno con la infraestructura. se llame «lectu- ra_ de consumo. frente. al «texto» producto. Este razonamiento analógico no resuelve nada y enreda la cuestión: por una parte, ratifica la reducción del campo literario practicada por la clase dominante que acepta. sin criticarla. la herencia de los «tex- tos.; por otra, parece introducir los fcnómenos eco- nómicos y socialcs mientras que en realidad no lo hace -pcligrosamente- más que por analogía. a fin de cuentas. En fin, rctoma un binomio ideológico: produc- ción/consumo. que oculta el de explotadores/ex- plotados o el de productores/aprovechadores. De hecho, en este caso se desecha el análisis marxista, aunque invocándolo, de una forma para· lela a la que empleaba Sartre en sus artículos so- bre Flaubert en Le.t; temps modemes: el problema de la lucha de clases y de la situación de clase del autor surge a nivel del individuo-escritor y no al del funcionamiento de los textos en una sociedad dada. La escritura/la lectura -el autor/el lector- el productor del texto/el consumidor del texto son variantes del mismo binomio ideológico. Pero, se dirá, habla ya casi de «la lectura. (si se continúa invocando «la escritura») y se pone más bien el acento en la multiplicidad o la pluralidad de las lecturas. A continuación decimos que incluso bajo esta forma es preservada la oposición cscritura(s)/lec- tura(s). La primera puesta en entredicho de .la Icc- tura» se ha hecho bajo la forma de la infinita mul· tiplicidad de las lecturas: como toda discusión, te- nía ciertamente un aspecto positivo. el de subra- yar la importancia de la transformación de los tex· tos, pero esta noción remitiría a los individuos y

a un relativismo vago, como si todo depepdicra de los lectores·individuos con todos los parámetros que ello supone, Una variante más reciente del mismo «despla- zamiento. es la noción de «lecturas plurales»:

aquellas que se ha creído oportuno diferenciar, no ya a nivel individual, sino. a nivel del método em- pleado. Por relación con la precedente tiene una clara ventaja:

- por una parte, ha desmitificado la «eviden- cia» de la lectul'a, subrayando con ello la ac- tividad de transformación y el aspecto «cons- truido» a partir de presupuestos;

- por otra parte, pone de relieve el hecho de que las diferencias no hay que remitirlas a los misterios individuales, sino a un conjun.

to escogido de cuestiones, que deben ser plan.

tc xto.

teadas, determinado desde fuera

del

Así, hablar de una lectura «psicoanalitica» es admitir que se van a utilizar los textos para res- ponder a cuestiones determinadas fuera de ellos por el psicoanálisis. Sin embargo, la noción de lecturas plurales po- ne el funcionamiento histórico y social del fenó- meno literario entre paréntesis, y al menos no lo considera como determinante, Así, hablar de una lectura socio-crítica es aceptar implícitamente una entre otras y negarse a ver que en última instan- cia los diferentes «métodos» de lectura remiten a conflictos de clases, Forma vanguardista de la transo ferencia a nivel de la tecnicidad del problema de la lucha de clases, esta noción de lecturas plura. les me parece oportuno rechazarla como no perti- nente para plantear el problema del funcionamien. to del fenómeno literario (19).

Esto no quiere decir que se hayan de rechazar los

diversos trabajos realizados con esta óptica. con tal de que

se reconsideren sus resultados.

(19)

Tendremos, pues, que estudiar los diversos ti- pos de lectura en su funcionamiento histórico y social, no como variantes «técnicas., sino como par- te integrante del funcionamiento mismo del hecho literario dentro de sociedades dadas en épocas da· das. En tal sentido, ninguna lectura puede parecer- nos .errónea. o .sin sentido. o .no válida.: es ob- jeto de estudio en tanto que medio de utilización de los textos. Las diversas lecturas nos aparecen, pues, situadas en el dominio definido más arriba; el analizarlas forma parte del objeto definido. En ningún caso talo cual lectura puede servirnos como instrumento neutro de análisis. Tampoco es una «nueva lectura. de los textos lo que propondré. Aunque el -texto. no es un punto de partida (pues no hay texto sin todo el proceso social que, en una época dada, ha condicionado la emergen- cia que ha transformado ciertos escritos en textos) no hay textos sin lectura: el conjunto de este fe· nómeno es el que, en última instancia, remite a la infraestructura y puede tener a su vez influencia sobre ella. No se debe inmovilizar el o los textos para intentar extraer sus relaciones con la infra· estructura, puesto que esto es ya aislarlos de su funcionamiento efectivo, sin el que no existen corno textos. Recíprocamente, no habría que analizar las lecturas como si se ejercieran sobre un objeto (el texto tomado como algo .dado.), sino más bien como si contribuyeran a fabricar los objetos socia·

les que son tales textos (¿escritos, escogidos, cuándo,

cómo?

El primer punto a examinar es el funcionamien- to de la lengua en su relación con el funcionamien· to de la ideología dominante (en el sentido defini- do más arriba), «escritura. y .lectura. que se ha· cen en y por la lengua. No tomaré aquí por objeto más que la Francia capitalista salida de la Revolución burguesa de 1789. La .Iengua francesa. es presentada como un bien común a todos. como un instrumento fabricado

leidos (¿por quién, cuándo?

).

por el Hombre para reproducir su pensamiento. Es por 10 que ella tiene su historia propia (20), la del afinamiento progresivo de un instrumento que se enriquece con el paso del tiempo y que acaba ~ien· do transparente al «pensamiento. y a la «realidad. (curiosamente intercambiables. como en los ma· nuales la obra de Balzac es «la expresión de su pensamiento» o de su -visión. y al mismo tiempo

). Los datos históricos

el reflejo de la «realidad •

y sociales no intervienen sino secundariamente. pa· Ta rendir cuenta del enriquecimiento de la lengua

y su papel determinante es por ello eludido 'J en· mascarado. Esta perspectiva entraña igualmente el que la «corrección de la lengua. (el «buen- francés) no es más que la aplicación de reglas de expresión útiles a todos para expresarse y comprenderse. y como hay que rendir cuentas de las diferencias en· tre las lenguas, se remite alegremente su causa a la diversidad de las naciones, o sea, al -genio» diferente de cada «pueblo•. En resumen, si esta concepción no correspon· de a las investigaciones actuales en lingüística. es ella en todo caso la que es generalmente «admiti. da» y, más o menos explícitamente, es la que está en la base del aprendizaje escolar del francés (len. gua y «literatura»). Así, desde la Revolución de l789, precisamen. te, la clase dominante, más o menos consciente· mente, y siempre de manera muy reglamentada, ha acaparado para su uso exclusivo no sólo la legisla·

ción estética de la que hablaré más abajo, sino la totalidad de los medios de expresión tradiciona- les (21) y, en primer lugar, la lengua. Acaparado no significa solamente que la clase dominante se haya amparado en la lengua como un instrumento -neutro por si mism~ y del que ella se sirve.

(20)

Cf. la Hísto{re de la langue franfaise. de Brunol.

(21)

Cuando se crean otros medios no son

dos

y SOn juzgados inferiores, .populares•

-reconoci·

En primer Jugar, es la clase dominante la que ha forjado y extendido la noción ilusoria de una len· gua comun, nacional: Michelet la designaba ya bastante justamente como «el lenguaje convenido., deplorando que no pudiera expresar otras ideas que las dominantes y que los poetas obreros se vieran obligados a escribir en estilo pseudo-Lamar- tine (ef. Le peuple, págs. 178-179, ed. Julliard, 1965). Este pretendido medio «de expresión- (pero ¿ex- presión de quién?) ha sido modc1ado de tal modo en su provecho por la clase dominante que:

l.

Sea apto para servirla.

2.

Sea inapto para servir a la clase que ella explota y excluya la formulación misma de los problemas que permitirían la toma de conciencia, la organi7.ación y la lucha.

3.

La «lengua francesaJO no aparece como es (= instrumento al servicio de una clase), si· no como el fruto de los esfuerzos humanos, como un instrumento transparente a la na· turaleza humana y a la naturale7.a de las cosas, al servicio de todos, para expresar y comunicar. Así, la cuestión fundamental (el pensamiento ¿de quién?, ¿al servicio de quién?) resulta al fin imposible de plantear- se. El ocultamiento del papel de utilidad de la lIllengua» a la clase dominante es, pues un aspecto esencial de su funcionamiento de ahí el mito de la «lengua comun» sefta- lado más arriba.

Una observaci6n se impone desde ahora:

decir

que la clase dominante «ha acaparado la Jengul para su uso., que la ha «modelado» en su prove cho, es una afirmación parcialmente inexacta (to dos nosotros escribimos en un lenguaje atrapado y que hay que precisar: así, en efecto, se corre el riesgo de hacer pensar que la clase dominante e~

rodopoderosa. que hace exactamente 10 que quie· re. y esto sería un error grave. El proceso es his- tórico y dialéctico. No es en absoluto a partir de una tabla rasa como la clase dominante modela la lengua. Ella se ocupa:

De una parte, de una adquisición tradicional

que no ha sido determinada y a la

gada a tener en cuenta. La lengua francesa no ha nacido al día siguiente de la Revolución. Y son ta- les las contradicciones que la burguesía revolucio- naria del Antiguo Régimen ha contribuido amplia- mente a transformar la lt:ngua de manera muy mo- lesta para la burguesía dominante. No hay más que vel- su embarazo frente a la fórmula «libertad-igual- dad-fraternidad- que le había servido de instru· mento de combate cuando aún no estaba en el po- der; no hay más que ver la terrible dificultad en que se ha encontrado la burguesía para conciliar «todos los hombres nacen lib,-es e iguales» y el su- fragio censata.io que se apoya en «no es ciudada- no más que el propietario». oposición que desman- tela la ecuación :: los hombres son ciudadanos. Ni es sólo el l~xico lo que está en entredicho, sino el funcionamiento mismo de la sintaxis. De otra parte, se ocupa de lo que le impone la clase que explota por medio de sus luchas, como prendidas las del plano lingüístico: ei Manifiesto del Partido Comunista pudo ser escrito y leído en francés en 1848. Marx pudo escribir o ser traduci· do al francés, definiendo acertadamente con ello uno a uno todos los conceptos operativos que «la lengua» no comportaba. De ahí la apelación peyo· rativa de derminología marxista». Imponer el tér- mino «explotación», sustituyendo el de «miseria», que remite a un análisis moral, hace estallar Hom· bre-en.general en cIases. lo que son victorias polí- ticas. De ahí la constante represión lingüística a la que se ve obligada la clase dominante: o bien ex- cluye del «buen francés» los términos «vulgares_ como «lucha de clases». lChuelga» o oeproJetariado»

que se ve obli.

sustituye «problemas sociales» o «proletario» (22); o bien responde por la peyoración sistemática (así. «materialista» es precedido de «con doblez.), la burla, la desviación (<<producción» se opone a

«consumición»), la recuperación: después de haber sido una palabra diabólica, lCfevolución» sirve para garantizar la política gubernamental y para vender

los detergentes (<<una revolución en el lavado

Así. el modelado de la lengua por la clase do- minante es el resultado de fuerzas antagónicas. Además, no ha sido hecho de una vez para todas, sino que es un esfuerzo constante. Emprendido des- de la Revolución de 1789, se traduce en una políti- ca concertada de la lengua (unificación de la len-

gua que llega a ser «nacional», lucha contra los dia. lectos). La burguesía, dueña de la enseñanza (es- tructura = primaria, secundaria, superior; progra-

mas; reclutamiento y elección

que establecen la «corrección» d~ la lengua de la prensa y de la televisión, ha conseguido imponer una pretendida «lengua común» que, contrariamen- te a la ",evidencia», no es en absoluto un medio neutro de expresión, sino un útil al sen-ieío de sus intereses, un instrumento de organii'.ación intere- sado por .10 real». Desde su toma del poder, la burguesía ha eliminado al proletariado como cla· se, no concediéndole más que con cuentagotas y se- lectivamente el acceso a un cierto nivel de la len· gua (el francés de la escuela primaria), de una len· gua ya atrapada. Doble ventaja, pues, de un lado, esta lengua, presentada como instrumento de ex· presión, es concebida para «expresar» una cierta interpretación orientada de la «realidad», y ::;irvc,

pues, hip6critamente, de vehículo a las ideas domi· nantes, y de otro porque además esta otra política sirve para justificar el lugar inferior concedido a la clase explotada, incapaz de «expresarse» en una

• ).

), de las Academias

(22)

Debe resaltarsc como un índice interesantc que cl «sociedad dc consumo. es perfectamente bienveni-

de tono elevado.

término

do en .textos

lengua más «evolucionada», a la que se le ha ve· dado el acceso (el manejo de la lengua que se apren- de en los Liceos y Facultades). Distinguir el .buen francés» del «malo», supone ya todo un aprendiza- je orientado y reservado, mediante una selccción que comienza antes de la escuela. a una fracción solamente de los «franceses». Es tan cierto que hablar de «buen francés» significa manejar confor· me a sus normas la lengua de una clase, que en 1876 un senador de la derecha se desenmascaraba inconscientemente respondiendo a Víctor Hugo (en· tonces en la cima de su carrera y coronado con todas las distinciones que la burguesía podía con· ceder a un escritor) que él «no hablaball francés, cuando acababa de exigir, en un «período» aparen-

, la amnistía de los Comune-

ros. Seguy, aparentemente, no hablaba sin duda correctamente «francés» cuando se negaba a com- prender en qué se oponía ~c1a libertad» al derecho de huelga, como le expUcaba tan claramente M. Cey- rae, a propósito de una célebre frase «A armas iguales». ¡Hay que ser bueno para «dialogar» con

gente que no «comprende» el sentido de libertad!, ni el de .diálogo», ni el de «participación», ni el

ni nada. El impacto ideológico es

doble: hablar bien francés -en el sentido en que lo entienden nuestros gobernantes y sus académi· cos- es no sólo poner en escena idcas recibidas (y por lo tanto, dadas), sino también confirmarlas. y no he lomado aquí ejemplos más que a nivel del léxico, cuando es todo el funcionamiento de la .lengua» lo que hay que examinar desde este punto de vista. Así. el funcionamiento de los pronombres personales en .francés» es tal que «nos» se revela

como un pronombre eminentemente político. En la lengua cuidada, «nos» no designa más que una serie de «yo» o el «tú y yo» del conjunto de los hombres, pero jamás una clase. (Quizá sería inte- resante desde este punto de vista estudiar la ho-

» que, Ji.

temente «correcto»

de «humano»

rrible .incorrecciÓn» popular -nos, se

gándose a una colectividad a la que el sujeto ha· blante pertenece, a lo impersonal, se revelaría qui. zá como una subversión del individualismo de que hace gala el buen francés.) Oc todas formas, no es ésta la ocasión para cm· prender un análisis del funcionamiento de la len· gua francesa. El único punto que quisiera subra· yar y que justifica los pocos ejemplos que acabo de evocar es que -escritura, lectura o habla-, la lengua no es un instrumento neutro, sino uno de los lugares donde se inviste la ideología dominante, uno de tos lugares donde se libra la lucha de cia· ses. Esta sería la tarea de un lingüista materialista que consistiría precisamente en analizar este fun· cionamiento (23). Toda aserción sobre «el contenido» de un texto, loda utiJi7.aci6n del reflejo, en la medida en que ignora este nivel del impacto de la ideología do- minante al tratar la lengua como transparencia, es, pues, víctima de un efecto que remite a la ideolo- gía dominante. La primera conclusión que vamos a sacar de estas breves precisiones, y que importa hasta el más alto grado para el estudio del funcionamiento del fen6meno literario, es que escribir o leer en fran· cés implica que uno se sirva de un instrumento que no es inocente y cuyo funcionamiento, como la revisi6n, no depende de una decisión individual, ni de tal escritor, ni de tal lector. Lo que no quiere decir que no se pueda hacer nada al respecto, sino que hay qU(~ conoc~r las condiciones del combate para poder luchar. Así, no depende de un individuo -aunque sea ccscritoh- el cambiar por sí solo el e1emento·cla- ve de las superestructuras que es «el francés •. No es que no pueda en un sentido (que se anali1.ará más adelante) contribuir a ello, sino que el resul-

(23)

er. por cj~mplo: la

tesis

de

J.

Dubois

sobre

El

voc:abulario politico y social en Francia clesde 1869 a 1872

11962).

tado no depende de su intención. Así, cuando P. Gu· yotat dice (Nouvelle Critique, marzo de 1971. pági- na 65): «Trabajo en la supresión, en la reducción

a la nada de ciertas palabras, de ciertos giros, de

conjunciones. de pronombres

parece

aceptar situarse en una lucha colectiva que no po· drá desembocar en una transformación de «la len· gua. más que tras la victoria del socialismo. pero

que puede también ayudar a ella. Pero la cuestión que se ha planteado por los

interlocutores revela el otro aspecto del problema:

de tu Ii·

bro? la cuestión misma pone de manifiesto hasta

qué punto. aunque sea entre marxistas. la int~n­ ción de transformación lingüística no es suficiente para imponer su modo de empleo. Y la verdadera

Veste trabajo es el

cuestión es (o debería ser):

.¿Cómo hay que comprcnder la Argcli

dero problema:

, cte.,

toca el

•,

vcrda·

precisando «trabajo en

d~ WUl recomposiciótt IOtal ele 1t4 lengua: poder es-

cribir u.n texto que conste de 280 páginas con las I¡nicllS palt,brCls que yo juzgo digltlls ahora de fi-

gurar en el vocabulario materialista

ción es ciertamente chocante. pero apenas remite

a un análisis del funcionamiento de la lengua en

relación con la infraestructura. Del mismo modo que una .lectura» individual no conseguiría cambiar por sí sola los mecanis· mos de la lectura tales como han sido ensenados. No obstante, si este funcionamiento de la len· gua condiciona el fenómeno literario en su con· junto. a pesar de su carácter determinante, no es suficiente en modo alguno el dar cuenta de ello. Esto constituye, desde el punto de vista del análi· sis, un primer nivel. En efecto, no se lee solamente .francés. cuando se lee un poema, una novela o una metáfora. Por otra parte, la actualización del código-«Iengua. que es toda escritura, toda lectura cen francés., )a simplc percepción de un fragmento de «texto. como .descripción», por ejemplo. ac· tualiza loda una serie de reglas de creprcsentaci6n»

,

la

inten·

infinitamente más complejas que las «leyes» de la perspectiva que condicionan la «visión» de un cua· dro, reglas tan rápida y «evidentemente» aprendi- das que no se tiene conciencia de ellas como de una adquisición. como del resultado de un apren· dizaje. sino como de una «evidencia». Así, estas re- gias, tácitas la mayoría de las veces, no emanan en absoluto de «la naturaleza dc las cosas», ni tamo poco de la del «Hombrc», ni dc «la lengua», sino de la dominación de una clase. Claro que, como para la lengua esa dominación está diferida, mediatiza- da, sería simplista decir que «la metáfora. o el sistema de los pronombres personales son instru· mentos políticos directos en las manos de la clase dominante. Y tanto más cuanto, como para la len· gua. esta última no ha legislado jamás en absoluto y sin oposición. A este nivel también se trata de una resultante, pero aquí tampoco es neutro el ins- trumento. Volvamos al ejemplo evocado más arriba: «leer. un fragmento de «texto. como una -descripción» supone -sin que sea incluso cuestión del juicio vuelto sobre si mismo. sino más bien del único funcionamiento de la «lectura- que se acepte, al menos implícitamente. que cela lengua» tiene por función «represcntar- la realidad. Es decir, que hay «una realidad» visible para todos y que los proce· dimientos de la escritura o el talento del escritor «pintan. más o menos fielmente. Reenvío a la de- finición dcl Diccionario Robert: «Descripción. Lit. pintura de las cosas concretas, más o menos cvo- cadora. según los procedimientos empicados». Se

apoya en una cita de Albalat, Formación del estilo:

«Hemos definido la descripción: un cuadro que

hace visibles las cosas materiales

Leer un texto

como una «descripción- supone también que se acepte la mentira que representa «la lengua_ y el conjunto de procesos retóricos como instrumentos de representación del mundo y no como instrumen- to de acción sobre él. Ello supone que se Ica el

texto como transparente a un 4Ilreferente». cuando es el encuentro del texto y de los lectores educados en leerlo según ciertas normas lo que provoca el efecto de 4Il1"Calidad»: se pone desde luego un cui· dado especial en inculcar que los procesos de es- critura son medios fieles de expresión. ¡En efecto, son .fieles» al efecto que han producido! Así. el solo hecho de leer un pasaje como una .descripción» -mecanismo, sin embargo. «automá- tico». pues un imperfecto o un término tal de ac- titud lo señala al principio de párrafo «el valle se •

realiza

toda una serie de ideas recibidas sobre la realidad,

el lenguaje y sus funciones, el .estilo» como medio

de expresión, el carácter universal de la percepción

(cf. «visible

corroboradas, operatorias y «evidentes». Todavía no he hecho alusión más que a .una descripción». ¡Y qué decir de una descripción en una novela que supone, entre otras cosas, toda una serie de códi- gos aprendidos: por ejemplo, la correspondencia entre el «cuadro» donde se ve al héroe y la psico- logía de éste, gracias a la cual los lcctores saben de antemano .leer. en la usura de un tapete so-

bre el que tal personaje está apoyado o en la

re1.a de su cabellera, la rapacidad de su alma, etc! Así, pues, leer un fragmento de un texto como una descripción es por esto mismo privarse de ver una reconstrucción y, sobre todo. la emergencia de un conflicto a mvel de lenguaje. Esto es tomar un trampantojo por un cristal. De golpe, todos los estudios de estilo son inconscientemente juegos de prestidigitación. centrados en el «arte de expresar», como si lo que hubiera .de ser expresado» pudie- ra pasar, a través de la transparencia del texto, in· dependientemente de este «estilo- mismo. Remito a un análisis de Valéry que revela con la mayor simpJe7.3 este proceso. en general muy hábilmente enmascarado (cf. Valéry, PI. l, páginas 775-776). Pero es a todos los niveles como hay que estudiar

extendía

o

.fumando

su

pipa,

cl

,.-

¿a quién?), cte., que aparecen así

ra·

sistemáticamtmte, en su relación de funcionamien· to histórico con la infraestructura y las superes- tructuras, los códigos tácitos cuya confusión con· diciona. no sólo el .iuicio. sino la simple icctura:

en efccto. cuando se lee (24) un «texto» se lee no sólo «francés» -con todo lo que esto implica y de lo que yo no he dado antes más que unas cuan· tas ideas-, sino un «texto. --con todo lo que el aprendizaje escolar ha inculcado de ideas recibi·

das y convertidas en «evidentes

en un «texto»

es leida. bien como una • licencia poética., bien como un .arcaísmo», bien como una errata del editor. como una «falta.). Pero se lee también re· tórica --con todo 10 que las reglas del arte del dis- curso implican (25}-, se lec una novela o un poe- ma. etc. --con todo 10 que la noción que se tiene de cada «género» lleva consigo: una «descripción» en una novela se lee como un indicio del «carác- ter» de los «personajes». mientras que un poema se Icc como la «expresión del estado de ánimo del

gracias a esta no-

ción (así. una «falta de gramática

pocta». etc.-, se lee además un «texto de y se lee, pues. a través de las ideas que se han recibido de los diferentes genios del Panteón literario (asi. las alusiones a los problemas de dinero se cr Icen» en un «texto» del Abate Prévost como «los obstácu· los que. fatalmente, se interponen al amor; sin em· bargo, en una «novela de Balzac» se leen como «la

pintura de la sociedad

hecha por un historiador

de costumbres), En fin. se leen todos «los textos como si fueran parágrafos del gran discurso sobre el Hombre que, de Montaigne a Sartre, o de Platón a Kafka. pasando siempre por Pascal (lugar de paso

(24) Aun habrá que precisar. para un análisis profun-

en francés). con las varian-

do. que representa OIse

les de lectura esenciales que ello supunc.

(OIon

(25) ef. a título de ejemplo el análisis de Guedj: OILe

eH "la; 1968 y las funciones de la simetría en los

,lrfonde

pCliodos. Aún será preciso mostrar cómo esta simetría

pone loda una tradición cristiana para ser convincente.

s

reconocida

obligado de toda disertación) se mueve más altu que toda Historia. en el cielo del genio y del co· razón humano reunidos. Aún no he abordado más que el condicionamiento de «lectura» aprendido rá· pidamente t:n la escuela que es la «Iectura.para- preparar.una-explicación.de texto» o para • hacer- una·disertación» y de las que las «cuestiones» del Lagard et Michard dan una buena idea: sin embar- go forma, de modo privilegiado, la manera de leer que el «alumno» deberá tener. Sin entrar por el momento en detalles de aná· lisis que son no obstante esenciales y no han sido emprendidos todavía, se puede afirmar que el fun- cionamiento del fenómeno literario reposa sobre (si no es que se reduce a) la ejecución enmascara· da, escritura tanto como lectura, de «códígos» so- bre un «código» (la «lengua») y cuyo análisis his· tórico y dialéctico es indispensable en el estudio del .fenómeno literario». Además, estos .códigos» no son instrumentos de expresión o de transmisión neutros. sino que son producidos y utilizados por la clase dominante. no bajo la forma de un sistema estático, sino en una lucha incesante cuyo origen está en los conflictos de clase y que le da por el momento la preeminen. cia. Así, la ideología dominante (en el sentido que se le ha dado mds arriba), contrariamente a lo que concluyen los teóricos mccanidstas del reflejo (in. cluso del reflejo deformado), se inviste a diferen· tes niveles de funcionamiento del fenómeno litc- rario. según diversas instancias y diversas modali· dades.

Preciso aún que este análisis del fenómeno

!i-

tcrario, como ejecución de códigos sobre un códi· go, no tendría en ningr4tl caso que rendir cuenta de su funcionamiento de una forma exhaustiva. No se puede reducirlo sin simplismo: sin embargo, éstas son sus condiciones. Defino por otra parte los «códigos» en uu sen·

tido

muy

amplio,

como

lodos

los

mecanismos

aprendidos, convertidos etl automáticos y sentidos como «evidentes., que permiten escribir y leer en una época dada en una sociedad dada. exactamen· te igual como la simple percepción de un espectácu- lo de no japonés implica, de parte del público, de los actores, del autor, la práctica de un código de símbolos sin el que los gestos no pueden .leerse» ni concebirse. Estos c6digos no so,) nerdros, sino modelados, a partir de una herencia que se ha re· cibido y contra las tentativas incesantes de la cia· se a quien domina, por la clase dominante que. además. los oculta en tanto que instrumentos de sus intereses y los presenta como instrumentos de expresión y de comunicación al servicio de too

dos (26).

Ahora hay que exponer el problema más difícil. Las ideas dominantes, las de la clase dominante, dominan al conjunto de la clase dominante y dc la clase dominada. Sin embargo, no son todopode- rosas. Justamente porque, sicndo máscaras de in· terescs parciales, no pueden rendir cuenta más quc de una cierta interpretación de la «realidad. y por- que, por definición, tienen por tarea enmascarar y no .desvelar., como pretenden. No son operato- rias más que en un campo definido de la clase do- minante y no podrían explicar lo que de antemano «han expuesto» como .evidente., es decir (d. de- finición del Diccionario Robert): .que no tiene neo

La fuerza mis-

cesidad de ninguna otra prueba

ma del análisis marxista es cambiar las cuestiones y precisamente pedir pruebas a las pretendidas .evi·

dencias», que no pueden aportarlas, También e~ indispensable analizar cómo y por qué la «lengua»

y todos los «medios de expresión 10 ~stán atrapados, del mismo modo que hay que guardarse de un ra- dicalismo desesperado que sería políticamente, pero también científicamente, erróneo. No sólo Marx,

como

parable en su funcionamiento 1.\ la liturgia (ef. el articulo

de Antoine Casanova en

(26)

En este semido, la

oc1itcralura

es

baSlante

La PcnséclO. febrero de 1971).

ya se ha dicho, ha podido escribir en esta .lengua atrapada lo que ella estaba hecha para no decir, sino que la existencia misma de la censura es sínto- ma de las contradicciones en las que se ha enre· dado la ideología dominante, y por ello, una vez más, el fenómeno literario debe analizarse dialéc· tieamente. La escuela gratuita y obligatoria. una vez conseguida por las luchas de la clase explota. da, ha sido muy bien utilizada como vehículo de las ideas dominantes, lo que no impide que haya servido también mucho a la clase obrera. dándole los medios -aunque estuvieran «atrapados»- para expresarse, organizarse y extender sus ideas. En la Francia actual es cierto que es la clase explotada la que Corre el riesgo de ser más fuer- temente influenciada por los 4lvalores culturales» que la burguesía intenta inculcarle, y no es ella la que escoge plantear la falsa alternativa -cultura burguesa» o «no cultura», enmascarada bajo los términos «cultura» o «incultura». Ante este falso dilema, la clase explotada no puede sino escoger -y es lo que hace- -cultura», poniendo en ello otra intención y comenzando por reclamarla para to- dos, lo que no quiere dedr que esté engañada. Pero la clase explotada casi no tiene ya nada, después de un siglo de cultura propia, si no es en el domi- nio político. La burguesía reinante ha liquidado muy cuidadosamente, en nombre de la unión na- cional. todos los vestigios de cultura -popular». Es cierto que la clase explotada. no -aprove- chando» más que los primeros ciclos de la ense- ñanza, concebidos por la clase dominante para edu- car reclutando (bajo la pena de no ser educado del todo), teniendo, pues, menos útiles críticos en este dominio y menos tiempo crítico que la burguesía. estando mucho más exclusivamente sometida a la televisión y a la radio. así como a los films llama- dos «comerciales». pero que son sobre todo vehícu- los ideológicos, se ve empujada -tan paradójica como lógicamente- a hacer suyos los valores culo

turales ~stablccidos por la clase domimlllt~. Tar.·

to más cuanto que, al menos durante largo tiempo. la urgencia de la lucha no se llevaba sobre este:

punto y la clase obrera no ha tenido apenas tiempo de forjarse útiles en este nuevo combate. Sin embargo, sería tan peligroso subestimar la autonomía de la ideología dominante, y en general de las superestructuras, como limitarnos a su sim· pie análisis. Esta actitud lleva directamente a la conclusi6n de que los únicos legisladores auténti· camente revolucionarios -siendo la clase explota· da por sí misma incapaz de escapar a las coaccio- nes ideológicas que tanto pesan sobre dla- serían los artistas y los intelectuales que, unidos por una parle a las posiciones de la clase obrera. y arma· dos por otra de «mejores. instrumentos criticos que ella. escaparían por ello doblemente a la in· fluencia de la ideología dominante, al menos en el dominio llamado «cultural •. Por una parte, esto supone que se ratifica la noción de un dominio cultural específico, mientras que, por el momento, la delimitaci6n de las fronteras y de la especifici. dad de este «dominio. es de la jurisdicción de la clase dominante, que excluye de él cuidadosamen. te todo sobre to que no tiene medios para legislar soberanamente (por eso he insistido al principio sobre la necesidad de definir como dominio de es- tudio un tipo de funcionamiento particular y no un conjunto de «textos» que estaria «ahí.: extraer 'a especificidad de un conjunto delimitado por la cla· se dominante, incluso si debe rendir cuentas de lo que le imponen las luchas de la clase dominada. acaba legitimando su elección). Por otra parte, confiar ia soberanía crítica bajo el pretexto de que son especialistas en la materia a un grupo de individuos que, así aislados, no pue- den ya, quiéranlo o no, escapar a la influencia de la ideología dominante, no es solamente un error político. Por difícil que sea este problema, la unión con la clase obrera es teórica y prdclicamente csen·

cial. Teóricamente, porque la especificidad dd

nómeno literario está, en nuestra sociedad de cla- ses, detenninado de hc.'Cho, no desde su naturale·

za, sino desde su función social (sólo en una socie· dad sin clases podría adquirir su verdadera espe· cificidad que actualmente está dominada por la de su función). Así, la pertinencia misma de un análi· sis científico depende de su r~conocimicnto como fenómeno social -cualquiera que sean las media· ciones que le confieran una aparente autonomía y

a pesar de la presión ideológica que lleva, bajo

formas sabias, a hacerla aparecer como irreduc· tible.

Es, pues, necesario avanzar por el camino abier·

to por Lenin y que Claude Prévost ha analizado aqui

(número de la Nouvelle Critique de marzo de 1971). Señalando en todo momento que Lcnin, «en el do- minio de la literatura» no «enseña un lenguaje nue- vo. y que «participa espontáneamente de la ideo- logía del «genio» y del «gran escritOr» (página 75), Claude Prévost subraya el aspecto positivo de la crítica de ~nin sobre Tolstoi: «Lo que puede, pues, implicar que la eficacia de la literatura se mani·

fieste a muchos niveles. (página 77). En efecto, a pesar del carácter ideológico de las nociones de las que se sirve, Lcnin pone de rdicvc dos puntos

esenciales:

fe-

1) Que la literatura puede tener una eficacia que no es necesariamente la que le es reconocida.

2) Que esta eficacia no depende sólo de los textos, sino de la utilización que se les dé -o que se les puede dar. Además, calificando ciertos textos de «geniales»

o de «grandes», Lenin se manifiesta contra la idea

de que todo depende de la lectura o de la utiliza- ción de los textos como objetos inertes. Establece. pues, la noción que yo intentaba definir antes en· tre lIldistorsiones» y «disfuncionamicntos•. Lo pr~·

dsa incluso, en términos que ciertamente se deben discutir, afirmando que la .prensa libera]» «nO tie· ne derecho» a calificar a Tolstoi de .gran escritorlt. Hay que subrayar que las dos .lecturas lt , la de la «prensa liberal- y la suya, no sólo son «diferen· tes», sino que la una es manipulación «ilegítima» y la otra análisis «legitimo». Si nos desembaraza- mos de estas metáforas jurídicas reconoceremos con facilidad que para Lcnin las diferentes lectu· ras no son «igualeslt y que la pertinetlcia teórica de la suya está fundada en su relación con la in- fraestructura socioeconómica: en efecto, lo que funda la «grandeza» de Tolstoi a sus ojos es que él «plantea» los problemas, «expresa» los «aspec· tos esenciales» del «movimiento real». Es decir, que «un gran texto» deja emerger a su manera los con· flictos de clases por otra parte enmascarados. ¿ Po· demos decir, como lo hace Lcnín, que Tolstoi «plan. lea» los problemas o «expresa» estos «aspectos esenciales»? Los términos son ciertamente inexac- tos porque el texto de Tolstoi no «expone» a los ojos de todos, los verdaderos problemas ( ¡Testimo- nio, la prensa liberal que Lenin ataca!), ni tampo- co «expresa» los aspectos esenciales del movimien· to real para todos. Si vuelvo a tomar los términos que he propuesto más arriba podemos decir que el texto comporta las distorsiones que pueden ser. ya enmascaradas o recuperadas en el csteticismo (prensa liberan, ya bajo condiciótl de una lectura motivada por intereses de clase opuestos a los que ella legisla (ejemplo: la lectura que hace Lenin), o ser, por otra parte, analizadas en su relación -me- diatizada- con la lucha de clases (cf. «plantear» los .problemas», etc.), por otra parte utilizadas como disfuncionamientos: los únicos que rendirán cuenta de la .grandeza» del texto, es decir, de lo que ha fundado su erección como obra maestra. Sobre el primer puntQ: «otra» eficacia: hay que combatir aún la falsa alternativa impuesta: utili· dad/gratuidad. La «)jteratura» es siempre útil (com·

prendiendo en ella sobre todo lo que se llama «poe- sía pura»). El problema consiste en analizar a quién y c6mo. Esto no es fácil porque la clase dominan. te ha enmascarado siempre con «gratuidad- 10 que le era útil y ha llamado «utilitario» (peyorativamen- te) a lo que le era hostil o al menos 10 que le pa· recía uti1i7.able por su adversario. Es así como la noción, tan «evidente», de «obra de tesis- no ha servido jamás de hecho más que para designar las obras que parecían remitir a una ideología anta- gonista o las que, bien pensantes, eran demasiado burdas: las que parecían peligrosas (27).

que se

hace, que se puede hacer, de los textos. La clase dominante pretende siempre, por una trasposición interesada, ponerse al servicio de los textos, escla· recerlos, interpretarlos, mientras que los pone a su servicio, primero, condicionando a lodos los nive· les su producción, luego, manipulándolos en su provecho.

Así, «leer» un texto en «francés_ significa «/ta· blar» de un texto, incluso mentalmente. Esto es tan verdad que ahora está «de moda. titular un curso (= un discurso) «lectura de»: Hacer una «lectura de» es producir un discurso sobre. y se

encuentra al otro extremo la trampa del lenguaje.

Esto implica que

.lectura-, pues precisamente la eficacia que pue- den tener los «textos_ no se limita a lo que se diga

de ellos, o sea, a lo que se pueda decir de ellos. Te~' timonio de esto, la confesión que cierra todas las tesis: los cientos de páginas que preceden no pre- tenden agotar el irreductible .misterio» del «genio»

de! «autor

de ser de más de mil páginas) no explica ni siquie- ra lo que motivaba la empresa: el genio del autor. Un segundo índice tiene que despertar la descon-

Sobre el seglmdo punto: La utili1

ación

lo que no se puede decir no es

Dicho de otro modo, la explicación (pue-

(27)

Ver la definición qUt: da Sartre en SituatiOllS 11.

)áginas 238 y siguientes. de las .obras de tesis •.

fiam.a: d famoso

de hecho a lIlnosotros que sabernos leer., designa, no sólo a la clase dominante, sino a todos los que leen a través de los códigos que ella enseña, desde la escuela primaria. Así, pues, si en nuestra sociedad la burguesía tiene el monopolio del aprendizaje de los códigos de leeturaiescritura, por una parle, ellos se reve- lan inaplos para definir ese «residuo» que «escapa al análisis» y que remite alegremente al «misterio del genio- (¡inefable!); por otra parte, nada auto· riza a limitar la eficacia de los textos a los discur- sos sobre ellos, ni incluso a lo que un lenguaje sin inocencia permite decir o escribir. También, frente a los olcódigos» definidos ano tes, propondré, a titulo de hipótesis, que existe lo que llamaré:

Modo~ de percepción: Designo así los modos de aprehensión de Jos textos que, no pasando por los «códigos» aprendidos, no están sometidos a la le· gislación lingüistica y estética de la clase domi- nante. Manifestándose bajo la forma de «impre- sión,. y a veces de actos, son casi informulables en "Clengua común-, el «bucn francés» (hecho para sus- tituir su formulación). Su relación con los textos de los cuales dan testimonio escapa, pOI' definición, a la!\ «críticas•. Corresponden a un tipo de «utili- ladón» de los textos diferente del que va en pro- vecho de la cIase dominante y que ella enseña; co- rresponden a la utilización de la «literatura. desde el punto de vista de la clast." explotada: suscitados por la experiencia concreta de la explotación, a des· pecho del aprendizaje escolar. constituyen un tipo de aprehensión de los textos tan alejado como ~ca posible del discurso y de su redoblamiento Ilam::!· do .lectura•. Es tarea de una crítica marxista tl" nerlos prioritariamente en cuenta, analizarlos yen· contrarIes una formulación. Es lo que hacía Lenin en sus artículos sobre Tolstoi, a través de las tramo pas de un lenguaje que reprime.

nosl> da las críticas, que remite

Así, pues, si nos plant~mos esto desde el punto de vista del funcionamiento del fenómcno literario. tcndremos que sustituir la tradicional oposición escritura/lectura (que no es más que seglltldaJ por la oposición entre, por una parte, los códigos de lectura/escritura (Jos que condicionan la escritura y lectura en una época dada en una sociedad dada),

y, por otra parte, los modos de percepció,,/dis/or. siones. Se aprecia que estos moclos de percepción

son los que haceti posibles los disfuncionamicntos más arriba definidos. la oposición «técnica. de dos operaciones tan «evidentemente» diferentes como escribir y leer no debe ser puesta, como lo es, como primera y de· terminante. Su pertinencia no existe si no se la si· túa en su lugar. que es el segundo. Escribir, como leer, es siempre plantear al lenguaje. a las normas «estéticas- establecidas, cuestiones. El punto fun· damental no es: «¿escribir o leer?, sino «¿qué cuestiones?. Porque plantear cuestiones al lengua· je, a la retórica, al soneto o a la novela (escribién. dolos o leyéndolos) es pl~ntcarlas,a través de múl· tiples mediaciones de las que se ha dado nOlicia más arriba, a la sociedad en la que vivimos, habla· mos, escribimos.

,

81

VI.

Definición dcl objeto estético

La lucha que se entabla a nivel del conflicto de lenguaje y de ejecución o discusión de los códigos ~e escritura/lectura es a la vez. para cada -tcxto». en cada época. una meta (de las -distorsiones») y un punto de partida (de los -disfuncionamientos»). Pero ello no es perceptible en todo momento más que según las normas mismas del -sistema» ideológico dominante: esto reduce automáticamen·

te todo lo que remite. desde una ideología irreduc-

tible a la suya. a:

negaciones; carencias; o a una «originalidad» que proviene del miste· rio del individuo.

Siendo Incapacidad. Ridiculo o Genio las varian· tes de una misma oposición que no habría de ex· plicarse por criterios _técnicos» o «literarios», sino que puede analizarse muy bien en relación con la función del fenómeno literario en la batalla ideo- lógica. La fórmula más sintética que ha encontra· do jamás la burguesfa en este dominio es la famo·

de Gide, como respuesta

a la cuestión -¿Cuál es el mejor poeta francés?».

Ella une -paradójicamente» -pero de la manera,

sa -Ay, Víctor Hugo! »,

de hecho. más -dójica». es decir. la más conforme con los deseos de la clase dominante- el máximo de alaban7.a (= Genio: el mejor poeta francés), con

el máximo de escarnio (= ce iAy! »). 'El lugar geomé·

trico de esta aparente paradoja es: peligro. y ello porque esta fórmula se ha convertido en un sujeto privilegiado de .disertación», ejercicio consistente en reducir el rompecabezas de una cita

al contenido ideológico esperado, que el alumno (= no-genio) debe enunciar en términos claros

(= buen alumno), traduciendo lo que el genio cri- lico ha sintetizado «misteriosamente •.

Victor Hugo =

A partir de una contradicción:

= ridículo + genio, el proceso es el siguiente:

a) El genio-critico encuentra una .fórmula.

misteriosa y realiza metafóricamente una síntesis

imposible:

una fórmula profunda.

b)

El alumno reduce esta fórmula a su .Iec-

ciónlt.

e)

El alumno. cuando llega a ser adulto. cree

.Ieer» a Victor Hugo y tener .ideas personales» re-

produciendo .libremente» las de Lagard et Michard

adulto (= infor.

mado. hombre y capaz de juicio) sabe entonces di· lucidar espontáneamente:

&

Gide. Dicho de otro

modo, el

- lo que, en diversos grados, corrobora el .dis- curso sobre el hombre., que se perpetúa;

las carencias «humanas. que limitan la per- fección en talo cual texto;

- los misterios que

lo subliman. C. Q.

F.

D.

Esta .molestia» que el «sistema» reduce según la coyuntura (cuando, y no hay que olvidar estc.' punto, no ha conseguido buenamente censurar los

portado-

genio» individual

del hombre-autor, tiene. como ya se ha dicho. sus razones objetivas en la emergencia de elementos qU(; remiten a una ideología antagonista de la de quien reina y legisla. Los modos de emergencia de esta última no son del mismo orden que los que resultan de la ideo- logía dominante. No son elementos o un «nivel separables, aislablcs. sino obstáculos para bailar en

escritos que son,

res de ella) a la incapacidad o al

incluso indirectamente.

círculo. También el mOVimiento de- I:ontradiccíón perceptible en el «texto» entre todo lo que remite.

a diferentes niveles. a un sistema afirmado y por

otra parte todo lo que. a través de diversas media- ciones. pone en discusión sus cimientos o las más- caras justificativas produce el efecto estético.

Este movimiento permanece perceptible a trae vés de la sucesión de épocas y regímenes sociales. aunque sea diversamente explotado: lo que expli- ca que ciertos textos .literarios» no se «sobrepa· sen,. una vez explicitado, por otra parte, lo que en ellos no era más que oscuramente perceptible (ba- jo forma de disonancia o de innovación formal en

el momento de su aparición); la tensión que se pro-

duce entre órdenes de naturaleza diferente perma- nece «legible», es decir, utilizable. Esto explica tamo bién que ciertos «textos», reconocidos como obras maestras. cambien de «campo» en una época dada:

recientemente pasadas

«a la izquierda». Ante el hecho mismo de la exis- tencia de los «modos de percepción», sobre los que la ideología dominante no tiene poder, la legisla· ción de esta última no puede ser omnipotente. Son. pues, en una época dada, en un sistema social dado. considerados como .literarios» los textos cuyas distorsiones son perceptibles. es decir. los textos que «plantean problema» y se encuentran con que tienen una utilidad coyuntural (<<reducir» urgente- mente, en lo que respecta a la clase dominante; utili1.ar, poner al día, en lo que incumbe a la clase dominada). De ahí la movilidad del .corpus litera- rio» evocada antes. según la época, el sistema so- ciopolítico, la pertenencia de clase de los quc la de- termina. Son rechazados de este «corpus» todos los textos que:

así,

las novelas de Balz3c,

- aparecen muy «simples». aquellos cuyas dis· lOrsiones no son perceptibles (ejemplo. H Bordeaux o Delly);

- pero también los textos teóricos, el lenguaje científico, los periódicos o los discursos po- líticos; aquellos en que la «opacidad» del lenguaje, como se dice metafóricamente, no parece, en un momento dado, estorbar la transmisión del «mensaje». Ocurre, sin eme bargo, que estos .textos» cambian de esta· tuto y entran en el .corpus. de otra época (ejemplo. E. Sue, o incluso Descartes. sobre el que en la Sorbona no se podía hacer una tesis literaria no hace mucho, ¡porque era un .filósofo. y no un -autor literario.!).

Asi. la palabra .Belle7.a. (como la de -miste- rio.) enmascara, bajo la ficción de una