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Isidoro Berenstein

DEVENIR OTRO CON OTRO(S)

Ajenidad, presencia, interferencia

PAIDOS

Buenos

Barcelona

México

Aires

Berenstein, Isidoro Devenir otro con otro(s). Ajenidad, presencia, interferencia. - 1ª ed. - Buenos Aires: Paidos, 2004. 232 p.; 22x14 cm. - (Psicología profunda)

ISBN 950-12-4248-X

1. Psicoanálisis I. Título CDD 150. 195

Cubierta de Gustavo Macri

1ª edición, 2004

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Editorial Paidos SAICF

Defensa 599, Buenos Aires

Queda hecho el depósito que previene la Ley 11. 723

Impreso en Argentina. Printed in Argentina

Impreso en Talleres Gráficos D’Aversa Vicente López 318,

Quilmes, en julio de 2004 Tirada: 2000 ejemplares

ISBN 950-12-4248-X

ÍNDICE

ÍNDICE 7

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PRÓLOGO

El prólogo de un libro se escribe después de concluirlo. Así, se trata más bien de un epílogo ubicado al comienzo de la obra. Puede que éste sea un prólogo y también un anticipo del proyecto futuro. Un prólogo le anuncia al lector el recorrido, es como una hoja de ruta, un mapa. Pero, como dice Bate- son, el mapa no es el territorio y para conocerlo habrá que transitarlo. Los múltiples desarrollos del concepto de “vínculo” devinieron una manera de pensar, un punto de vista. Habiendo comenzado por las sesiones llamadas vinculares, de más de un sujeto, con familias y parejas, pronto caímos en la cuenta de que las sesiones individuales también lo son ya que tienen lugar entre dos otros, el paciente y el terapeuta. Todos los terapeutas -o casi todos- decimos que la relación analítica se da en un “entre-dos”, pero no siempre con esta expresión aludimos a lo mismo. Para la mayoría el “entre- dos” resulta del despliegue del mundo objetal de uno -el paciente- en el otro -el terapeuta-. Para los menos -entre los cuales nos contamos-, el “entre-dos” tiene lugar entre dos sujetos y éstos han de cumplir al menos dos actividades: una con base en la re- presentación y evocación de las ausencias significativas donde la interpretación dará cuenta de la transferencia y del significado basado en el poderoso pasado infantil. La otra actividad se hará trabajando con lo que produce la relación como resultado de la presencia de ambos y se hará en base a las marcas que han de surgir. Actividad esta última exquisitamente vincular, específica del “entre-dos”, que no podría darse de otro

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modo. Y aquí el hablar del analista no da cuenta sólo del pasado infantil sino que atañe al área de interferencia creada en la situación. Ahora bien, ambos haceres comparten el campo analítico y no remiten el uno al otro, sino que conviven y responden a dos lógicas diferente. No íbamos a tardar mucho tiempo en vernos envueltos en la necesidad de precisar definiciones y de caracterizar y relacionar estos conceptos con otros términos técnicos y teóricos. Por eso un título posible para este libro hubiese sido también

Metapsicología vincular. En lo que respecta al contenido del libro,

el capítulo 1 trata la cuestión de las prácticas analíticas;

consideramos aplicaciones y ampliaciones para luego enunciar sintéticamente lo que ha de constar como tópicos fundamentales del punto de vista vincular, componentes de un programa teórico- clínico. Los dos capítulos siguientes reflejan un diálogo múltiple,

principalmente con otros psicoanalistas de distintas orientaciones que plantearon cuestiones y preguntas, acuerdos y desacuerdos. En ellos trato de dar no tanto las respuestas posibles sino de proponer nuevos argumentos.

En varios campos -la política, la historia, la sociología, el arte,

el propio psicoanálisis—, surgen índices de agotamiento de la

noción de representación, tan cara a los siglos XIX y XX. Pero en cada caso habrá que analizarlo en su especificidad. Veamos con un ejemplo sumamente sencillo lo que ocurre en un acto político, concretamente en el acto de elección de los representantes en los Estados nacionales. Allí se concreta en un acto de los representados el voto a los representantes, pertenecientes por lo general, hoy día, a los partidos políticos. Una vez electos, esos representantes se alejan de quienes les otorgaron representación y modifican lo antes prometido de acuerdo a convenios partidarios o

extra e interpartidarios. Es decir, el representado ha quedado bien lejos. Es probable que si el acto eleccionario fuera libre y no obligatorio, poca gente iría a votar, debido al desencanto por la pérdida del efecto de la representación. En nuestra disciplina, en los últimos tiempos, el material clínico hizo necesario incluir el concepto de lo irrepresentable, aquello de lo que la representación no podía dar cuenta. Comenzó

a hacerse evidente la inconsistencia del concepto de re-

presentación y empezó a tener relevancia la presentación del

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otro, a quien el yo, mediante la representación, trata de captar,

para encontrarse finalmente con que aquella lo excede. El capítulo 4 precisamente trata de lo representable, lo irrepresentable y la presentación. La presentación se realiza a través de la presencia y

del juicio que lleva ese nombre. Figura como uno de los términos del

subtítulo del libro. Desde aquí se abre el requerimiento de hablar del otro en sus dos dimensiones: la del semejante, extendida y de larga tradición desde el pensamiento griego, que cuenta con importantes menciones en el Antiguo Testamento, y la del ajeno, mucho más difícil de aceptar, incluir y pensar. Así, entramos al capítulo 5. La cuestión del semejante no podía dejar de rozar el pensamiento religioso, especialmente de Occidente, tan rico en consideraciones sobre el semejante como tan pobre y tan exiguo en actos y pensamientos respecto del ajeno, a cuya incontestable presencia se la hace habitar por fuera de esos límites donde habitan los semejantes. Algunas de las figuras del ajeno son el extranjero, el

hereje, el refugiado, el sobreviviente, el desocupado, el afectado por las violencias propias del Estado. “Ajenidad” es el primer término del subtítulo. La cuestión de lo semejante y lo ajeno nos pone ante los excesos del pensamiento de lo Uno, y desde lo Uno, concepto que se liga a

la noción de centro y al yo como centro. Se trata de una noción que

ya sufrió un descentramiento a partir de la concepción de lo inconsciente, pero que no obstante fue reteniendo una posición central en relación con el mundo objetal. Esta concepción

hegemónica fue sacudida, conmovida, por el pensamiento del Dos,

y desde el Dos. Quizá lo vincular sea inaccesible desde el

pensamiento de lo Uno, quizá -y ello resulta aún más difícil de conceptualizar- resulte de una combinación del pensamiento de lo Uno y del Dos. Ya aquí se intuye el riesgo de la inclusión de lo

ajeno para una subjetividad establecida desde la práctica de lo semejante. ¡Cómo no temer una desestructuración para dar lugar a una subjetividad otra! Una consecuencia no menor del Dos es que

da lugar a una práctica y a una ética diferente a la ética del Uno,

como se verá más adelante en el texto. El capítulo 6 aborda los espacios psíquicos. Aunque hayamos tocado este tema en libros anteriores, aquí se ofrece otra aproximación, se agregan nuevos elementos. Se hace más cla-

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ro que la realidad exterior no entra desde el afuera perturbando una interioridad del sujeto, sino que forma parte de la situación psíquica. Lo individual, lo familiar y lo público muestran sus áreas de superposición y de diferencia. Las modalidades del pensar están profundamente enraizadas en la subjetividad y a menudo nuevas maneras de pensar pueden resultar muy atractivas, pero a la hora de sentirse seguro se recurre a aquello que ya está arraigado, pues se lo siente dotado de certeza. La educación, escolar, secundaria y terciaria, así como las especializaciones posteriores producen una subjetividad adecuada a las instituciones para las cuales se es educado. Y la educación psicoanalítica no escapa a esta modalidad de funcionamiento. La subjetividad instituida por la forma de pensar previa suele presentar dificultades para dar cabida y admitir la posibilidad de producir nuevas modalidades, diferentes de aquella con la cual fue instituida. Para dar cabida a las nuevas formulaciones, la subjetividad requiere una modificación, pues, de lo contrario, tratará de subsumirlas en las anteriores; dirá de las nuevas que constituyen sólo una variación o una actualización de las anteriores, buscándoles una articulación que termine por incluir y encerrar la nueva formulación en la anterior. La dificultad resulta de incluir, diferenciar y ver cómo se relacionan y aun cómo no se relacionan lo que deriva de antes y lo radicalmente nuevo. De esta perspectiva en la educación precisamente se ocupa el capítulo 7. El capítulo 8, “Interferencias”, plantea algunos mojones que señalan en la sesión psicoanalítica el sector vincular que se da entre el analista y el paciente en tanto sujetos otros. Podría también tratarse de las vicisitudes de la ajenidad en la sesión analítica. Se diferencia de lo transferencial, que consiste en el despliegue del mundo interno del paciente sobre el analista y su circunstancia, suerte de repetición variada y a la vez renovada de una historia infantil que ha dejado sus marcas bajo la forma de las relaciones objetales. Los pasos que antecedieron al desarrollo de la interferencia fueron descritos en el último capítulo de mi libro anterior, El sujeto y el otro, el cual trata de la transferencia como hecho nuevo y como repetición. “¿Y si es hecho nuevo, por qué llamarlo transferencia? ”, me han preguntado insistentemente. Y debo reconocer que no les faltaban razones a quienes lo hacían.

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Debo reconocer también que, siendo la interferencia una formulación primera, abre muchos interrogantes y sus respuestas, algunas de las cuales aparecen aquí, deberán ir apareciendo en futuras indagaciones. El concepto de transferencia está cumpliendo cien años y ha sido objeto de un formidable trabajo de pensamiento por parte del conjunto de los analistas, lo que lleva a pensar hoy día que pareciera haber estado siempre allí, como suele ocurrir con lo instituido, como consecuencia de haber sido impregnado de un criterio de totalidad y unicidad respecto de lo que ocurre en la sesión. El concepto de interferencia, si bien en un principio era concebido como obstáculo a suprimir, luego devino en concepto fun- dante de esa relación donde se produce el devenir otro con otro(s) - finalmente, título de este libro que se fue instalando cada vez con más firmeza en el proceso de escribirlo-. “Interferencia” completa el subtítulo del libro. Las operaciones de transmisión de lo vincular suponen realizarse en un vínculo entre dos o más sujetos. Claro está, esa experiencia se puede contar y teorizar, y se puede leer como un relato, pero estrictamente hablando ello no instituye una operación vincular. En este sentido, un libro es como una gran carta dirigida por un autor a sus lectores imaginarios, continuación de sus interlocutores internos y externos. Y una lectura puede modificar al lector —no todo cambio resulta de una relación vincular- en la medida en que le permite cambiar sus representaciones. Acerca de la diferencia entre conversar con otro y escribirle o recibir de él una carta, sigo pensando lo que propuse en mi libro anterior. El libro, este libro, puede portar lo otro pero no es otro sujeto que tú, lector. Podemos otorgarle una presencia intermediaria entre lo vincular -de lo que se aleja- y lo individual -a lo que se acerca-. Retomando lo vincular como relación entre presencias, Manuel, un trabajador social peruano, en una ocasión dijo: “Si están juntos un mango y un durazno cada uno sigue como es, el mango sigue mango y el durazno sigue durazno. Pero si se encuentran y se hace un injerto, un producto, una fruta distinta se produce”. Esta hermosa idea oída en un seminario en Lima expresa a su manera lo que sigue a una Práctica que incluye la noción filosófica de “herida”, propuesta por Lévinas, cuando el otro penetra en el yo. La consecuencia es que no deja que persista lo mismo en lo mismo.

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Una lectura difícilmente logre este efecto pues se requeriría una práctica vincular. La época y el lugar también determinan el pensar y por tanto se transmiten en el acto de escribir. La escritura de este libro abarcó desde el 2001 hasta fines del 2003, aunque algunas de sus ideas fueran formuladas previamente. Dos años que marcan el punto de partida y de llegada en este libro. Época social de empuje del otro y por tanto recrudecimiento de lo Uno, de desestimación del otro y de lo que porta como otro. Si es necesario tanto esfuerzo para eliminar su presencia es que el otro viene avanzando, mal que le pese al Uno y a los nombres que éste le aplique como anticipo del intento de su exterminio. Y una de las violencias extremas se da a través del lenguaje, cuando se nombra al otro como enemigo del ser. Como dijo Von Foerster: probemos sustituir el nombre “ser humano” e intentemos pensarlo como “devenir humano” y ello marcará un camino ético distinto al camino ontológico. Me va pareciendo que ayudar al otro sufriente, además del acto de ofrecerle lo que necesita, requiere desmarcar al asistido de su lugar de tal, imposible de realizar si el asistente no se desmarca de su propio lugar. El mayor sufrimiento es permanecer dentro de la cárcel de la propia subjetividad: la del asistido y la del que asiste, sea quien fuere quien lo haga: una ONG a una víctima de la violencia política, sea un médico a un paciente, un psicoanalista en relación con quien se declara como paciente Para concluir, deseo agradecer a Jos que con sus comentarios y cuestionamientos me ayudaron a argumentar más y mejor. Un lugar especial tiene Ignacio Lewkowicz, con quien discutimos extensamente sobre los temas de este libro. En el momento de corregir las pruebas -abril de 2004-, hacía muy poco tiempo que había sucedido la trágica muerte de Ignacio y su esposa Cristina. Muchos de nosotros sentimos que nos han arrancado sus presencias, y nos vemos en la inesperada y súbita obligación de tratar con sus ausencias. Deseo mencionar a quienes discutieron capítulos de este libro y señalaron inconsistencias que me permitieron ampliar las explicaciones siempre incompletas: a Hilda Abelleira, Ghisy Arato, Liliana Bracchi de Andino, Lucrecia Calderwood, Rosa Chagel, Elena Calvo, Marcelo Halfon, Olga Idone, Patricia Linenberg, Elba Picot y Cristina Saviotti. A Claudio

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Spivak por facilitar la engorrosa tarea de pasar las sucesivas versiones hasta llegar a la definitiva del libro. A la Editorial Paidos por el esmero, el cariño, la dedicación y el cuidado en la edición del libro.

ISIDORO BERENSTEIN Buenos Aires,

abril de 2004

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CAPÍTULO 1 LO VINCULAR VUELTO A PRESENTAR 1

1. LAS PRÁCTICAS PSICOANALÍTICAS

Psicoanálisis es el nombre de una práctica clínica que comprende el tratamiento de adultos o niños, a los que llamamos habitualmente “pacientes individuales”, y también el trabajo de teorización surgido a partir de ella: la metapsicología. 2 Desde los años cuarenta se aplicó este conocimiento a otros tipos de encuadre: grupos, familias y parejas. A los dos últimos se los suele llamar, un poco imprecisamente, “pacientes vinculares”. Las prácticas terapéuticas, y la psicoanalítica entre ellas, partieron de la necesidad de encarar problemas clínicos que la modalidad tradicional no podía resolver. Así comenzó Freud el tratamiento de las pacientes histéricas, fundando el campo del psicoanálisis alrededor de las neurosis. Después de no pocos años se encararon las psicosis. En un primer momento las especulaciones metapsicológicas derivaban de la clínica del paciente adulto y su determinación inconsciente, que remitían el origen al pasado infantil y a las modalidades de la estructura familiar. La teoría de la represión, lo incons-

1. Este capítulo está basado en el relato elaborado para el XLII Congreso Internacional de Psicoanálisis, Niza, 2001.

2. “Psicoanálisis es: 1) el nombre de un procedimiento para indagar procesos anímicos no accesibles por otras vías; 2) un método de tratamiento de Perturbaciones neuróticas basado en esa indagación, y 3) un conjunto de intelecciones que fundaron una nueva disciplina” (Freud, 1923a).

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ciente y la sexualidad infantil fueron producidas desde esa práctica clínica. Hacia 1920 comenzó el análisis de niños. Nuevos problemas clínicos pusieron de relieve las faltas de las formulaciones que el uso había consagrado como clásicas. A partir de allí se desplegarían nuevas cuestiones que en su momento no tenían cabida. Durante un tiempo las inconsistencias no se habían presentado y recién sobrevinieron con la experiencia clínica, cuando se ponen en evidencia las generalizaciones abusivas, las articulaciones insatisfactorias o las aplicaciones desmedidas, lo que cuestiona la consistencia del conjunto formado por la clínica y algunas de sus formulaciones metapsicológicas. Las inconsistencias son una suerte de falla, primero inexistente, luego invisible, más tarde visible pero no aceptada y luego, progresivamente, evidente como solución de continuidad en las explicaciones derivadas de los conceptos base. Como éstos dejan de ser coincidentes entre sí puede creerse que el material clínico no es adecuado, lo cual lleva, en los primeros momentos, a reforzar defensivamente aquellas mismas explicaciones que dejan los problemas sin resolver. La práctica analítica individual se caracteriza por el análisis de las representaciones y los afectos regidos por la lógica del principio del placer, derivadas de las marcas, inscripciones y registros de las primeras experiencias, aquellas que las instituyeron en el aparato psíquico y colaboraron en la construcción del mundo interno. Se llaman “primeras experiencias” a las que se deduce ocurrieron en el primer o los primeros años de la vida y son objeto de reconstrucción en sesión a partir del relato de las relaciones del yo con un otro ausente: los padres infantiles que se reproducen en la transferencia. Al día de hoy podemos decir que un análisis sistemático y conducido según las reglas no ha resuelto el sufrimiento de determinados pacientes o no los ha habilitado para tramitar nuevos padecimientos, lo que se hace evidente en el requerimiento de un segundo o tercer análisis. La relación con otro analista abre una promesa de nueva significación, y un alivio al sufrimiento emocional en tanto se trate de resolver las mo- dalidades de repetición. Y quizá sea necesario comenzar a cuestionar la misma teoría de la repetición, lo cual quiere decir acotarla. Como señala Green (1990), con la pulsión de muerte Freud aportó una respuesta a la causa de muchos obs-

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táculos técnicos que desafiaban el poder del analista, en la combinación entre repetición y destructividad. Si, como dice este autor, el riesgo para la teoría de lo inconsciente son las concepciones que otorguen importancia excesiva a lo real, a los sucesos, quizá sea momento de formular y otorgarle carácter fundante a los acontecimientos, y en ellos a los inaugurados en el vínculo con el otro y a su incidencia en la producción de inconsciente así como de nuevas inscripciones. Laplanche (1992), entre otros, ha destacado el papel del otro aunque desde un punto de vista un tanto diferente del que se va a desarrollar aquí. Como dijimos, a partir de los años cuarenta, los analistas fueron tratando poco a poco con los padres de los niños y de los pacientes regresivos, de los que se decía que representaban el yo. Los padres de los niños en tratamiento se hacían necesariamente presentes, pero eran considerados más como obstáculos o, a lo sumo, acompañantes obligados, y desde la identificación del analista con el pequeño sufriente eran registrados como causa del desorden infantil. Se instalaron lo que primero fueron entrevistas y luego, con más firmeza, el tratamiento analítico del vínculo familiar. Ello llevó con el tiempo a examinar la relación con los otros y a producir nuevas formulaciones metapsicológicas, algunas de las cuales se presentan en este libro. Las prácticas pueden ser consideradas en general como la aplicación de una teoría dada, establecida previamente, o pueden generar un campo que comienza de una manera poco precisa y se va definiendo paulatinamente, con lo que surge entonces la necesidad de nuevos términos pues los anteriores ya no la representan. Aunque se puedan rastrear antecedentes, como el uso del término “inconsciente” a mediados del siglo XIX, la práctica psicoanalítica inauguró una forma de pensar al establecer una nueva determinación basada en lo inconsciente, lo que instituyó una novedad radical. La palabra, aparentemente la misma, nombraba un hecho nuevo. Pero se podría considerar que la creación innovadora de Freud no fue sólo la teoría de lo inconsciente sino la sesión analítica individual, un dispositivo que relacionaba al paciente con el analista permitiendo al primero conectarse con su interioridad, y al segundo tomar contacto con las determinaciones inconscientes de aquél. El analista estaba ubicado de

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trás, tratando de quedar por fuera de la visión, en posición de atención flotante para no interferir ni ser interferido por las ocurrencias provenientes de su propio inconsciente. En este espacio clínico surgieron los conceptos de transferencia y con- tratransferencia. Luego se expandieron las consideraciones metapsicológicas, con lo cual tuvimos una doble novedad: la manera de realizar la práctica (método y encuadre) y la forma de ser pensada (teoría).

2. EL LUGAR DEL OTRO

Frente a un universo cambiante, como psicoanalistas algo nos otorga unidad, reconocimiento y pertenencia: las “premisas” basadas en las teorías de lo inconsciente, el complejo de Edipo, las identificaciones, la transferencia y algunos otros conceptos. En esa unidad pueden encontrarse diversas concepciones psicoanalíticas, distintos puntos de vista derivados de diferentes lecturas así como de distintos recortes conceptuales, científicos y culturales, que pueden incluso surgir de las traducciones del alemán (idioma original de Freud) al castellano, inglés, francés u otras lenguas. Periódicamente, como ocurre en la ciencia o en la política, alguno de esos puntos de vista se constituye en una visión y una versión oficial, y aquellos que la cuestionan desencadenan lo que llamamos “controversias”. Pero ocurre que éstas, a su vez, con el tiempo y el uso pueden constituirse en nuevas versiones oficiales que de- sencadenarán nuevos cuestionamientos. Todos nosotros parecemos movernos entre lo que suponemos establecido, aunque sería más adecuado decir “instituido”, lo que asegura un cierto orden y estabilidad, y aquello que se presenta inopinadamente y sorprende al espíritu por venir desde afuera de un lugar determinado en la estructura. En la primera posición todo ocupa un lugar y está regido por leyes bastante precisas. Podemos conocerlas o no, pero la presunción es que en algún momento tendremos acceso a ellas. Esta formulación tuvo su innovadora realización en el estructuralismo que impregnó el conocimiento en la segunda mitad del siglo XX. La segunda posición surge ante el malestar de reconocer que ciertos hechos parecen no tener lugar en la estructura y que es difícil pensarlos desde ella. Esto se visualizó principalmente en el

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campo político, del Mayo parisino del ’68: ¿cómo y dónde ubicar el acontecimiento si se postula que no tiene un lugar establecido? Es más, si “dónde” no es la pregunta respecto de un lugar ya instituido, sea el de la propiedad del sujeto, sea el de la ajenidad del otro, sino el lugar donde habrán de advenir, ¿cómo pensar este lugar, desde dónde? (Tortorelli, 2002). Pero a su vez ¿cómo pensarlo desde una subjetividad instituida a partir de la idea de estructura, allí donde cada elemento tiene su lugar? El psicoanálisis inicial, el de ayer, de enorme potencia modificadora en el medio que debía hacerle lugar pasó a tener una situación estable (Moreno, 1997). Y fue pasando por sucesivas modificaciones. A su vez el psicoanálisis mismo amortiguó su potencia inicial, seguramente por varios motivos. Pero uno de ellos, inconsciente y reprimido para los propios psicoanalistas, es que fue aceptando, sin poder evitarlo y casi sin darse cuenta, un matiz solipsista en sus propias formulaciones. Aun cuando pretende dar un lugar al objeto externo, hay una resistencia a otorgarle lugar de otro. Aquí cabe una aclaración: en el solipsismo, que impregna por lo general las concepciones sobre lo individual, el “ismo” consiste en declararlo determinación absoluta y general; así, las relaciones con los otros dependerían exclusivamente del yo, con la dificultad adicional de ser pensadas como que a la vez son determinantes del yo en su devenir sujeto. El otro y el sujeto que se llama a sí mismo “yo” se determinan entre sí y desde lo que sucede entre ambos. Desde hace un tiempo llamamos a esta concepción “vincularidad”, término con el que denominamos la producción de relaciones entre los sujetos. Solipsismo viene de solus ipse: “yo solo”, posición desde la cual se postula que todo se reduce a la conciencia propia. Son varios los términos que hablan de la relación del yo consigo mismo. Uno de los términos de origen griego es autos, que refiere a una vuelta sobre sí mismo después de un hacer algo por fuera de ese yo, algo parecido a una reflexión. Podría considerarse un pasaje por un exterior pero no por un otro. Términos que lo contienen son autismo: vuelta sobre sí Pero sin otro; autoengendramiento: origen en sí mismo como condición para ser reconocido. Otro término es ipse, que podría referirse a lo propio, sin salida y sin relación, no al yo que pasa por otro sino que toma al otro desde el yo y no puede saber del otro salvo desde el yo propio. El solus ipse da la fi

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gura del solipsismo. Otro término es ídem, que parecería incluir una mediación sobre el otro y sobre lo otro, de quien se toma una referencia. Vemos aquí distintas facetas del principio de identidad, en su versión de la semejanza, del semejante y su relación con lo otro y el otro, a quien considera como imagen y semejanza del yo, dadas las identificaciones y los mecanismos proyectivos. Otra modalidad muy diferente es considerar al yo como otro entre otros mediante una diferencia radical, una ajenidad a ser trabajada, como un hacer que los determina a ambos (Berenstein, 2002b).

3. APLICACIONES Y AMPLIACIONES

A partir del campo inaugurado por el psicoanálisis y su doble práctica, su fundador intentó nuevas lecturas de otros campos vecinos como la antropología (Freud, 1913), la sociología (Freud, 1921), la cultura (Freud, 1915a y 1930), la historia (Freud, 1939), la religión (Freud, 1927), la biografía (Freud, 1910), la educación, la psiquiatría a través de una interpretación de la psicosis (Freud, 1911), la psicología y otros. Son las aplicaciones del psicoanálisis o análisis aplicado, aunque también de ellas se espera que surjan intelecciones que modifiquen la teoría psicoanalítica. Pero básicamente se considera como fuente de producción teórica a la práctica específica en el campo clínico, la sesión individual. La práctica teórica, no por teórica menos práctica, comprende realizar formulaciones de dos tipos: i) las derivadas del material clínico que permiten hacer una generalización, como ocurrió respecto de la histeria, la fobia o la neurosis obsesiva, entre otros cuadros psicopatológicos; ii) “las especulaciones”, como frecuentemente las llama el mismo Freud en tono de disculpa, de mayor alcance, con elementos tomados del material clínico y algunas teorías de otros campos. Son ejemplos el capítulo VII de La interpretación de los sueños, la metapsicología de 1915 o las consideraciones sobre la pulsión de muerte, en 1920. En el análisis de los pacientes adultos, como se puede observar en los historiales clínicos freudianos, hay inferencias y referencias fundantes provenientes del mundo infantil y de la estructura familiar. Una de ellas constituyó lo que luego se

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consideró el “niño interno”, integrante a su vez de una “familia

interna” cuyos roles y funciones se adscribieron al mundo objetal y

al funcionamiento de partes de la personalidad.

Con el transcurso del tiempo se estableció la práctica del psicoanálisis de niños y la oportunidad de investigar el mundo

infantil en el propio niño, no sólo de inferirlo desde el adulto. Va de suyo que se hizo necesario diferenciar el “niño interno”, construido

en la sesión del adulto o en la del niño, del niño-sujeto que está en

análisis, el vinculado con el analista. Los niños, cuanto más pequeños son, menos disponen de las palabras para expresar sus emociones y ocurrencias, por lo que se hizo necesario modificar la práctica analítica. Cuando se fundan y establecen otras prácticas se generan cambios en la teoría y un ejemplo acabado y preciso fue lo ocurrido en el análisis de niños desde el uso reglado de la técnica de juego de Melanie Klein. 3 Aunque hoy es generalmente aceptado, en su momento

desencadenó no pocas controversias respecto a si lo que ella hacía

era análisis o no. La teoría de las posiciones, del superyó temprano

y de la identificación proyectiva son ampliaciones, es decir,

formulaciones originales que ensancharon el campo del psicoanálisis reformulando sus concepciones de base y manteniendo las propuestas que lo definen como tal. Desde allí modificaron la comprensión y por lo tanto la práctica del análisis individual con pacientes adultos: interpretaciones tempranas de la transferencia, incursión en funciona

3. Melanie Klein (1932, 1955) planteó la teoría original que decía que la falta relativa de asociaciones libres verbales en los niños no era necesariamente una barrera para psicoanalizarlos, porque en un encuadre analítico el uso de juguetes por el niño, en un juego no dirigido, considerado conjuntamente con su discurso espontáneo, canciones, sonidos y movimientos, puede ser tomado como un equivalente inmaduro de la asociación libre de los adultos. Por lo tanto ella comenzó a darle a sus pacientitos pequeños juguetes simples para usar en sus sesiones con ella. No impuso restricciones en lo que el niño hiciera con estos materiales, salvo que no se usaran contra la integridad física de los mismos pacientes, el analista o el cuarto y sus contenidos. Ella, desde luego, también permitió a los niños los mismos privilegios que a los pacientes adultos, en el sentido de que los niños eran alentados a decir cualquier pensamiento o sentimiento que se les ocurriera, seguros de que la confidencialidad estaba garantizada y de que no se los castigaría ni física ni moralmente. A esta carte blanche verbal y escrutinio abierto de los detalles del uso de los juguetes por el niño, añadía especial atención a sus sonidos no verbales, canciones y movimientos (Elmhirst, 1988).

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mientos psicóticos de la mente y que técnicamente llevaron a una profundización en el conocimiento de la contratransferencia, lo que posibilitó una mayor presencia del analista. Desde hace varios años se introdujo el análisis de la pareja y la familia, que, habiendo comenzado como una aplicación del psicoanálisis, permitió investigar y tratar el vínculo familiar, trayendo una innovación y un cambio de técnica que implicó una práctica y posibilitó el desarrollo de producciones teóricas, que a su vez modifican aspectos de la comprensión del análisis individual. Así como no debemos confundir al “niño interno” con el niño en análisis, tampoco se deberá confundir el mundo de los objetos internos que constituyen una familia interna con el vínculo familiar observado y tratado como tal. Se trata de un “paciente vincular”, no sólo una agregación de familiares o una suma de ellos, sino un paciente diferente y diferenciado del paciente individual o singular. 4 En esta práctica se produce la interpretación de las producciones sintomáticas del vínculo así como de la estructura de sujeto producido por esa relación específica. Al ser otra de las ampliaciones del psicoanálisis, esta práctica generó formulaciones metapsicológicas distintas de las que produjo el análisis del paciente individual, y su inclusión llevó a modificar algunas de las postulaciones de la teoría psicoanalítica. Dado que es la situación la que determina los términos en que se ha de expresar (Campagno y Lewkowicz, 1998), el uso de términos y conceptos de otra práctica tiene un efecto de lecho de Procusto, como ocurre cuando la representación preexistente debe aprehender una nueva práctica que la excede. Quisiera enunciar entonces en este capítulo una serie de proposiciones para describir las intelecciones surgidas de la práctica vincular. En los capítulos sucesivos las retomaré y ampliaré, pero es conveniente verlas antes en conjunto.

4. En esta sesión se halla un conjunto de sujetos, dos si son pareja, o más si son familia, ligados por un vínculo enmarcado en la estructura del parentesco. Están sentados frente al terapeuta, hablan libremente en contacto con los otros y el analista escucha el discurso del conjunto para captar la estructura profunda que liga a estos sujetos determinados por el vínculo inconsciente, nombre de la estructura profunda que produce sus propias formaciones: los nombres propios, el espacio y el tiempo familiar, los reproches, los mitos familiares y otros (Berenstein, 1976; Puget y Berenstein, 1988).

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4. LO VINCULAR

Hemos usado “vínculo” en el sentido amplio de una situación inconsciente que, ligando a dos o más sujetos, los determina en base a una relación de presencia. El término y el concepto de vínculo ha sido usado previamente por varios autores, como Pichon-Riviére (1956-1957), Bion (1967) y otros. También entre nosotros hoy hay variadas versiones (véase Moreno [2002a], Moguillansky y Seiguer [1996], Pachuk, Friedler y otros [1998]). De este término deriva lo que llamaremos “lo vincular” (Berenstein y Puget, 1998). Como se verá más adelante relacionaremos y diferenciaremos dos campos: el de la relación de objeto 5 y el del vínculo de (entre) sujetos. Ello supone atender al sujeto, al lugar del otro y su diferencia con el objeto interno y con la noción de objeto externo, así como tener en cuenta la realidad interna y su relación con la realidad externa, la semejanza, la diferencia y la ajenidad, la “multiplicidad del sujeto”. Proponemos considerar los siguientes puntos acerca de la vincularidad:

4. 1. Vínculo entre sujetos

El sujeto resulta de la investidura 6 del yo, es decir, de las zonas erógenas, del yo corporal, parcial, inicialmente fragmentado. Esa investidura se da a partir de los otros. No sabemos qué sucede con el bebé, por lo tanto sólo podemos deducirlo. Podemos suponer que el bebé quizá registre su cuerpo como completo y no como parcial, no sabe de sus funcionamientos faltantes, no puede registrar como falta lo que no tuvo. Lo que “viene luego” según la visión del observador adulto,

5. Para una consideración de la teoría psicoanalítica en términos de relación de objeto, véase Green, 1996 y 1988. También véase Moguillansky, 1999.

6. Investidura se refiere a la carga (término correspondiente al punto de vista económico en psicoanálisis) y a la cualidad con la que resulta marcado yo. También se entiende como “vestimenta” de un sujeto desde una función dada, aquello en que se convierte en tanto investido, como ocurre con la toga de un juez o el vestido cardenalicio: esa investidura en tanto ropaje lo convierte en sujeto para esa función y en esa situación, no para otra.

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presupone algo constituido, una unidad a la que debería llegar, una integración, un desarrollo que sólo es sabido a posteriori, y no responde para el sujeto a un devenir imposible de conocer en tanto tal.

Recuerdo que cuando estudiamos historia en el colegio se- cundario, en los manuales se enseñaba que después de los griegos venían los romanos, después de los romanos venía la Edad Media, después la Edad Moderna y así sucesivamente. Sugiere la idea de que todos ya están allí esperando su turno para entrar en la historia, venir, aparecer en la escena que estaría preparada para recibirlos. Otra posición histórica sería concebir que el mundo griego, siendo la totalidad para su época, era todo el mundo conocido, no habría nada más allá. Luego se constituyó en un elemento junto a otros que advenían y lo convertían en parcial, en parte del período siguiente. El niño pequeño no sabe que luego de lo oral vendrá lo anal y lo genital, o que después de la simbiosis viene la discriminación, porque cada momento es una totalidad. Lo que adviene se conoce después y nunca antes. Su boca le permite comer, tener placer, sufrir y también conocer. Lo parcial forma parte de una totalidad. Es posible que la idea de fragmentación provenga de la observación psicoanalítica de personas con una disolución psicótica y luego atribuida al infante como partes primitivas de su personalidad. Es posible aplicar esta consi- deración a otros modelos evolutivos. El sujeto tiene dos mecanismos constitutivos: uno es la identificación, 7 demandada por el otro y por el niño: “deseo que seas como yo”, dirán la madre y el padre, “deseo ser como tú”, les dirá el niño. En el “ser como” se basa la búsqueda de parecido. Sus modalidades son variadas pero mantienen esa característica de establecer una semejanza. También se puede ser mediante tener lo que el otro posee. Recuérdese la descripción que realiza Melanie Klein (1955) de la identificación proyectiva sobre la base del libro de Julien Green Si yo fuera usted. Esta identificación opera por medio de la identificación

7. “Sólo se discierne que la identificación aspira a configurar el yo propio a semejanza del otro, tomado como ‘modelo’” (Freud, 1921). Configurar, en alemán, es änlich (parecido) zu gestalten (formar). Änlich es parecido y sugiere al hijo que se parece a su padre sin ser idéntico. La identificación logra parecidos, no semejantes (Oelsner, 2000).

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inconsciente de intrusión en el cuerpo del otro, de quien se desea poseer una cualidad valorada. Luego surgía la vivencia claustrofóbica ante la ansiedad por no poder salir. El otro mecanismo, que llamaremos imposición (véase el parágrafo 4. 7), es aquel por el cual los sujetos vinculados se instituyen a partir de inscribir su pertenencia a la relación y de

aceptar que se es instituido por ella. Ha de asumir: “Eres sujeto de esta relación porque perteneces a ella”. Esto constituye una marca fundante y lleva a adoptar una serie de acciones que convierte a cada cual en sujetos de esa relación y no de otra. La frase sería:

“Debes pertenecer a este vínculo”, aunque después sabrá que podrá hacerlo a su manera. La imposición por la pertenencia no reconoce

al deseo como determinante, aunque puedan coincidir y llevar al yo

a registrar ambos, imposición y deseo, como uno. Desde el

psicoanálisis se presentan la identificación primaria u originaria y una identificación secundaria que sigue el camino que marca la anterior. La imposición, en cambio, siempre es originaria, se dé en las primeras etapas de la vida con los otros parentales, o en otros

períodos como en la adolescencia, en la constitución de la pareja y

la familia; en suma, se da en el parentesco y en la pertenencia

social. Tanto la identificación como la imposición son con y desde el otro, inicialmente tanto con los padres como con los otros del medio

social, que establecen en el bebé marcas inconscientes que hacen a

la fundación del psiquismo y empujan una forma de ser y de

pertenecer. Pero si bien el bebé no propone inicialmente una identificación a los padres, en cambio sí impone su presencia y el requerimiento de recibir esa imposición en el vínculo con ellos, porque el bebé excede las imágenes identificatorias con las que los padres lo invisten, y no coincide con el narcisismo de su majestad el bebé.

Pero los padres no son los únicos sujetos de imposición. En un

vínculo significativo de un adulto respecto de otro, por ejemplo en

la pareja, también se producen marcas inconscientes originarias

propias de la pertenencia a esa relación. Ellas establecen una suplementación de su yo-sujeto constituido en la infancia e instituido nuevamente como sujeto de la relación de pareja: es sujeto del vínculo. El “desear ser” (identificación) como el “deber pertenecer” (imposición), tanto el infantil como el actual, conllevan una fuerte marca socio-cultural, como

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ocurre con los padres y los otros miembros del conjunto social a los que se pertenece, representado por el barrio, la ciudad, el credo religioso o la clase económica. Ello lo hace sujeto social. Se es inconsciente de las marcas de la cultura, de la época y del tipo de subjetividad que ésta determina. Dice Lucien Fevbre (1987) que el sujeto se parece más a su época que a sus padres. El otro inviste y recubre al yo, e impone una marca no dependiente sino suplementaria del deseo del yo. En el vínculo entre sujetos, ambos deseos no remiten a uno solo. El deseo del otro es enigmático y, como tal, no espera una respuesta sino una significación. La imposición desde el otro es irrecusable y ha de realizar con ella un conjunto de acciones. El lugar del otro también se significa desde la relación de objeto proyectada y se reúne con la determinación proveniente del vínculo. Volveremos sobre este tema en el próximo capítulo, en los parágrafos 6 y 7. Sobre la base de la identificación se produce un yo escindido, y sobre la base de la imposición se produce un sujeto múltiple 8 e indeterminado, puesto que se determina tanto en la relación con el yo-cuerpo y lo pulsional como en el vínculo con el otro y con los otros con quienes habita el espacio público, otro modo de caracterizar ese lugar llamado social. El sujeto se sostiene en la pertenencia inherente al vínculo y en la identidad inherente al yo, ambos concurren en la construcción de la subjetividad. 9 El mundo interno, el de los otros, de la familia y del mundo social son cuatro mundos distintos y ajenos. El sujeto es producido por ellos y a la vez es en quien producen subjetividad, y en quien esos mundos se articulan o disocian (véanse capítulos 2, 3 y 6).

8. Es “múltiple” el conjunto de suplementaciones del sujeto, correspondientes a cada vínculo significativo de los varios a los que pertenece.

9. Aquí se usa el término “subjetividad” en un sentido fuerte y preciso, como referido al proceso de constitución del sujeto y a todo lo atinente a él desde el punto de vista psicoanalítico. No es usado en el sentido débil y convencional ni tampoco como adjetivo (“opinión subjetiva”), cuando se le otorga un sentido desvalorizado para calificar los dichos o sentimientos teñidos por lo personal y no sometidos al escrutinio propio de lo riguroso. De cualquier manera remite a lo propio del sujeto en tanto se considere a éste como algo más, que tiene un plus por estar determinado desde el vínculo, además de ser persona o entidad gramatical.

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4. 2. Modalidades de vínculo en la familia

En toda familia hay varios tipos de vínculo: el matrimonial, el filial, el fraterno, el avuncular, de los que me he ocupado anteriormente (Berenstein, 1976, 1990a). Pero, desde el punto de vista de instituir subjetividad, quizás convenga decir que la familia reúne dos tipos de vínculo:

i) el de pareja, cuyos integrantes son dos sujetos que provienen de una estructura familiar distinta, donde la diferencia sexual es un punto de partida. Es esperable que este vínculo produzca novedad, algo no previsto en la estructura previa. Probablemente la diferencia sexual atenúe la diferencia en su sentido más radical, la que resulta entre un sujeto y otro. La aspiración a efectivizar el reconocimiento jurídico de parejas del mismo sexo presentará nuevas circunstancias para este tipo de vínculo, haciendo más efectivo y más conflictivo el sentido de la diferencia. En cada pareja se iniciará un trabajo de ligadura de las diferencias, sin abolirías por el hecho de la pertenencia a ese vínculo, el cual reconoce, retrospectivamente, un momento inicial llamado “encuentro” sexual y amoroso. Este tipo de relación los constituye a su vez como sujetos singulares y específicos de ese vínculo, pues ya no serán los mismos que antes de pertenecer a él. Podrán ser otro con otro, pero nunca el que se es con este otro. La pérdida del otro y del vínculo en la separación matrimonial, por lo tanto de la pertenencia - porque nunca se ha de tener la misma relación con una nueva pareja- forma parte de un duelo dotado de especificidad, especialmente de la posibilidad de instituirse como sujeto singular; ii) el vínculo entre los padres y el hijo o los hijos, que es de estructura. El sujeto incipiente ocupará lugares que le marcan una pertenencia y que investirán al yo, así como éste deberá investirlos, convirtiéndolos en lugares propios que limitan con los otros lugares. Éstos se determinan de a pares y por el conjunto, el de los lugares de cada uno y el de los otros de la estructura de parentesco. Son lugares: el del Padre, el de la Madre, el del Hijo y el del Cuarto término, aunque su destino futuro sea disolverse en tanto lugar (Berenstein, 2001a). Con los personajes del parentesco el yo compone su relación de objeto que retiene el carácter infantil de su constitución.

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4. 3. Relación de objeto y ausencia del otro

La fantasía inconsciente y la fantasía diurna son producciones internas y recubren la relación con el otro. Su significación corresponde al yo, aunque no en su totalidad, pues la cualidad de presencia del otro excede lo proyectado desde el yo. El otro construye un sector semejante, el que se asimila mediante la identificación, la cual tiene mucho de imaginario y hace a su apariencia similar a quien le hace la oferta identificatoria. “A quién se parece” es la cuestión acuciante que ocupa a la familia ante un recién nacido. Respondido desde varios lugares, la pregunta conforma una red identificatoria que envuelve y apresa al futuro sujeto con el cerrojo del principio de semejanza. De inmediato, en el mismo acto, le llega lo diferente: un yo (el bebé) tiene la boca, y el otro (la madre) tiene el pecho, uno tiene el pecho (la madre) y el otro no (el padre). El bebé puede tratar de anular la diferencia y por identificación sostener que al “tener-lo” es como el pecho, y luego es la madre o la hermana (si esta identificación persiste se constituirá en el punto disposicional de la homosexualidad mascu- lina). El cómo que acompaña a ser es una herramienta que permite la comparación y equipara ambos términos. El inevitable alejamiento del sujeto materno o paterno y a su vez lo que permite aceptarlo es la constitución de la relación de objeto. Hay una equivalencia entre ésta y la ausencia de quien instituyó esa marca a partir de las experiencias fundantes. 10 Se debería diferenciar entre objeto externo y otro, dado que el primero se centra en el yo, de quien es objeto, en tanto que el segundo se opone al yo como su contrario, le ofrece la posibilidad de una característica novedosa, propone una presentación que excede la re-presentación y lo enfrenta con una ajenidad.

sin que

el objeto externo tenga que seguir estando presente”), dice: “La teoría de la representación puede remitir a lo que existe pero no está presente, donde esto puede remitir a lo que no existe pero que yo he fabricado”.

10. Green (1988), comentando una frase de Freud de “La negación” (“

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4. 4. La ajenidad en el vínculo

A pesar de la identificación algo del otro no se puede incorporar,

y aun en lo semejante y lo diferente no se puede homologar: es lo

“ajeno” inherente a la presencia del otro. 11 El sujeto y el otro no son partes de una supuesta unidad ni tampoco constituyen una sumatoria, sino que componen una situación de dos, a ser pensada desde el Dos, y han de requerir operaciones distintas, una de las cuales es la imposición. A medida que avance el análisis de la ajenidad se podrán describir otros mecanismos, ya que la ajenidad no se deja transformar en ausencia y no se puede simbolizar. En una relación significativa, la ajenidad es todo registro del otro que no logramos inscribir como propio, no obstante lo cual, creyendo que es posible, hemos de intentarlo hasta aceptar, nunca del todo y

a regañadientes, esa imposibilidad. He aquí la paradoja propia y

constitutiva del vínculo. Tampoco el otro puede hacerlo. Es la herida que el otro aporta al sujeto, y éste tiene por delante dos caminos posibles: se constituye en drenaje narcisístico, con lo cual, para restituir esa investidura, se volverá sobre sí rehusando la ajenidad, o inicia el camino de la desilusión y la posibilidad de establecer un lugar donde antes fue herida. Si en el primer caso el dolor es por la no coincidencia con la representación, en el segundo la novedad tiene lugar por el trabajo con la presentación del otro. Me extenderé en ese tema en el capítulo 2, parágrafos 3 y 6.

4. 5. Presencia y ausencia

La presencia es esa cualidad -suerte de evidencia del otro que incide fuertemente en mí como sujeto o, si es mía, incide en el otro- que le y me impone una marca, me modifica y lo modifica. Permanentemente da a conocer que su inclusión imaginaria fracasa. Se debe diferenciar presencia de exterior

11. En un sentido similar, Green incluye la bisexualidad masculino-femenino y la dualidad amor-odio en la relación fundamental yo-otro: “ningún yo Puede bastarse a sí mismo y ningún yo puede colmar al otro, ningún otro Puede sustituirse al yo y ningún otro puede colmar al yo” (Green, 1988).

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dad. Esta última se discierne a través del juicio de existencia: tomar la decisión de si, además de estar como representación dentro del yo, coincide con la percepción en la realidad. Presencia del otro no figura como representación en la interioridad del yo, en tanto ésta no se deja convertir en ausencia y no podrá inscribirse. La expresión “presencia interior” sería contradictoria, estaría adjudicándole a la representación el carácter de ajenidad radical y específica del otro. La relación con lo ajeno inaugura un nuevo funcionamiento al no dejarse incorporar como perteneciente al yo, y al no poderse rechazar y ubicar fuera del yo según el principio de placer-displacer (juicio de atribución). La presencia se opone al juicio de atribución. Lo ajeno se regula por el juicio de presencia y el yo ha de decidir si el otro puede pasar a ser ausente, desaparecer como ajeno, o, teniendo presencia, requiere que el sujeto haga las operaciones necesarias para modificarse. Si, en términos de Freud (1925a), para el yo-placer originario son idénticos lo malo, lo ajeno al yo, lo que se encuentra afuera, diremos ahora que lo ajeno puede ser fuente de dolor si hiere el aspecto narcisista, pero también puede ser fuente de novedad, de descubrimiento y motor de los vínculos. Véase el capítulo 2, parágrafo 5. Muchas preguntas presuponen la respuesta. La pregunta acerca de cómo es posible conocer lo ajeno si no se tiene registro previo presupone que sólo podemos conocer lo que está en nuestras representaciones. Sólo conoceremos lo previamente inscripto y lo que el yo pueda representar y proyectar en el objeto a conocer. En esta pregunta la presencia es considerada sólo como exterioridad, forma elemental de percepción más ligada a la sensación, cuando en realidad estamos ante un complejo proceso psíquico donde interviene el juicio y la decisión de si existe conjuntamente o no como representación. Para eso habrá que aceptar que, además de los dos juicios establecidos por Freud en su hermoso trabajo sobre la negación, contamos con un tercero: el juicio de presencia (Berenstein, 2001a: 17). El recordar va en búsqueda de la identidad y la coincidencia con la imagen anterior, en tanto que el juicio es movido por las diferencias.

El complejo del prójimo se separa en dos componentes, uno de los cuales se impone por una ensambladura constante, se mantie-

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ne reunido como una cosa del mundo, mientras que el otro es comprendido por un trabajo mnémico, es decir, puede ser reconducido a una noticia del cuerpo propio. A esta descomposición de un complejo perceptivo se llama su discernimiento; ella contiene un juicio y halla su término cuando por último alcanza la meta. El juicio, como se advierte, no es una función primaria, sino que presupone la investidura, desde el yo, del sector dispar; en principio no tiene ningún fin práctico, y parece que al juzgar se descarga la investidura del ingrediente dispar, pues así se explicaría por qué las actividades “predicados” se separan del complejo - sujeto mediante una vía más laxa. (Freud, 1950a: 377)

En este contexto volvamos a considerar el juego del carretel (Freud, 1920). Lo comenté anteriormente (Berenstein, 2001b) para modelizar el vínculo. Como se recordará, el nieto de Freud, un niño de un año y medio, ante el alejamiento de su madre y una ausencia de varias horas, reaccionó tirando sus juguetes y objetos hasta hacerlos desaparecer bajo la cama o los muebles de su habitación, mientras emitía como vocalización: “o - o - o - o”, que Freud entendió como “fort” = afuera. Más tarde desarrolló un juego con un carretel atado a un hilo, objeto que tiraba más allá de la cuna, con lo cual dejaba de verlo. Y luego tirando de la cuerda lo hacía aparecer y decía “da”. El juego completo era de desaparición y reaparición. ¿Qué hacía el niño cuando echaba el carretel bajo la cuna y retenía

el

hilo con su dedo, jugando a hacer desaparecer a la madre (“fort”)

y

a hacerla volver (“da”)? Como se sabe, Freud usó este ejemplo

para enunciar la compulsión de repetición, ya que el niño vuelve y

vuelve en el juego a alejar a la madre, lo cual no puede ligarse con

el placer evidente en el reencuentro con ella. Establece un más allá

del principio de placer.

Desde nuestra perspectiva de hoy diría que el niño, cuando trae

al carretel mediante el hilo y el movimiento de su mano, afirma que

no hay oposición a su deseo, no hay ajenidad posible ni imposición de la madre, y ésa es la marca de un objeto, aún incipiente al servicio del yo. Desde el comienzo mismo de su vida el niño adquiere la noción de que aquello que no logra ser traído a su presencia tirando del hilo de su deseo, lleva a la alucinación, y no a la presencia del otro, el pecho y la madre. La presencia depende del otro, no coincide con el deseo del niño y no depende de la buena voluntad e intuición

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de su madre. A esa condición la llamamos “ajenidad”. No hay adiestramiento posible ni tampoco pulsión para evocar y atraer la presencia, se la puede desear, requerir, ordenar pero tiene vida propia, es inédita, súbita, sorpresiva, no es esperable. En un primer movimiento la pulsión tratará de revestirla y asociarla con lo ya representado, ante el fracaso pulsional sobreviene el juicio de presencia y la inscripción. Habría que distinguir dos presencias: la que se espera para resarcirse de la ausencia bajo el supuesto de hacerla coincidir, y esa otra que no remite a algo inscripto previamente. Es la ajenidad la que define lo que se podría llamar presencia propiamente dicha. La incertidumbre y la inevitable espera del reencuentro se invisten de ambivalencia. Se encuentran el deseo amoroso de volver a tener al otro y la hostilidad porque el otro demora en venir, lo cual puede ser registrado como falta de amor, como no reconocimiento y, especialmente, como no teniendo un lugar en la mente del otro. No hay herida tan profunda para el yo como la fantasía de no tener existencia en el otro. La presencia propiamente dicha despierta perplejidad, que puede orientarse hacia la curiosidad por conocer o hacia la desconfianza, ya sea porque no coincide con lo conocido o porque se lo hace coincidir con un objeto persecutorio. Las experiencias previas del sujeto tienen un lugar, pero no sólo ni exclusivamente el surgimiento de la presencia dependerá en buena medida de lo que la relación pueda producir. Es decir que no dependerá totalmente de lo que haga cada sujeto individualmente sino que, puestos en situación con él o los otros, se han de dar mecanismos de producción desde los dos y no sólo por acción de uno.

4. 6. Relación entre vínculo y pulsión

La mayor parte de los autores sostienen que la pulsión es el motor del vínculo con el otro, porque lo consideran en su semejanza con el objeto de la pulsión. En mi conceptualización, es frente a lo ajeno del otro y su presencia que en el sujeto emerge la pulsión, y en ese movimiento tratará de investirlo como su objeto, del que Freud (1915b) dice que es lo más variable de la pulsión porque lo invariable está inscripto desde el pasado infantil. El sujeto del vínculo sería lo más específico

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de la relación ya que es determinado desde ese otro singular. Al ubicar al objeto en el otro el yo tiende a borrarlo en su especificidad y pasa a ser ahora lo variable de la pulsión. Sería el resultado de esa operación más que aquello que la define. En este sentido se puede decir que si las pulsiones pueden ser consideradas en su “función objetalizante” (la pulsión de vida), y en su “función desobjetalizante” (la pulsión de muerte) (Green, 1993), la pulsión en sí misma es “desvinculizante” 12 del otro como sujeto ya que, aunque éste la atrae, a través de su presencia se opone a la investidura pulsional y subsiste a su desinvestidura. Por eso podrá luego ser investido en otro vínculo.

4. 7. La imposición

Como mencioné anteriormente, es el nombre de la acción de un otro sobre el yo o de éste sobre otro, que establece una marca independiente del deseo de quien la recibe. Se trata del mecanismo constitutivo del vínculo, y su no tolerancia da lugar a la violencia. Imponer es una acción instituyente, tiene carácter de obligatoriedad porque debe hacer un lugar al otro donde antes no lo había, hacer una marca que aporta un nuevo significado a cada sujeto del vínculo. Nuevo refiere a que el sujeto no tenía la marca previamente a su inclusión en ese vínculo. La violencia deviene en acción defensiva cuando los habitantes del vínculo, al no tolerar que su subjetividad se modifique por pertenecer a esa relación, recurren al despojo de las cualidades de otredad para anular la ajenidad y tornar al otro semejante. La imposición deberá diferenciarse de la proyección- introyección en sus distintas variedades, que es el mecanismo constitutivo en la relación de objeto. En ésta el propio yo, con lo que recibe del otro, autogenera el objeto, aquello que puede reconocer y aceptar como propio.

“Desvinculizante” se refiere a un proceso de reducción y desgaste del otro en su ajenidad para terminar siendo semejante al yo. Omito usar el término desvinculante” que refiere más a separación en una relación, aunque último sea uno de los resultados de aquel proceso, verdaderamente el Proceso subyacente.

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4. 8. Acerca del origen

Se habla de origen cuando es posible establecer que una serie de acontecimientos remiten a una experiencia inicial y llevan su marca. Un encuentro es significativo si modifica a quienes lo producen. En la vincularidad un encuentro significativo con el otro puede o no constituirse en un origen e implicar una novedad donde había ausencia de inscripciones previas a las producidas en ese encuentro. Quizás haya que volver a definir éste como el contacto y el renovado hallazgo de novedad entre dos sujetos. Sería la primera instancia de una serie previamente inexistente, y también lo que marca una situación con algún tipo de novedad. Va de suyo que lo infantil no es el único origen del sujeto, ya que en cada vínculo significativo puede tenerlo si se genera un sujeto. Este ha de suplementar al sujeto instituido en la infancia.

5. OTRA RESISTENCIA

Freud (1926) describió cinco resistencias. 13 El entramado vincular nos ilustró acerca de otra: la que se opone a inscribir una marca nueva o incorporar un cambio desde lo producido en y por un vínculo significativo, proveniente del otro en tanto ajeno pasible de identificación y de imposición, y que lo marca como sujeto singular de esa relación. La resistencia es a devenir otro con otro, a dejar de ser y de tener un tipo de subjetividad, exponiéndose a desestructurarla como un paso previo a ser otro. Puede verse en los padres en relación con el hijo o con cada hijo, en los amantes en la relación amorosa, en el analista en la relación con su paciente y viceversa. En cada vínculo tendrá una característica propia.

13. Como se recordará, son las tres resistencias del yo: i) la represión contra la acción de las pulsiones; ii) la resistencia de transferencia derivada de la anterior pero vigente en la situación analítica, iii) el beneficio secundario o la oposición a abandonar la satisfacción sustitutiva del síntoma, integrado a veces al propio yo; iv) la resistencia del ello o de lo inconsciente vinculada a la compulsión de repetición y expresada como reacción terapéutica negativa, y v) la resistencia del superyó, referida a la culpa inconsciente y a la necesidad de castigo, aunque no sentido como tal sino a través de la enfermedad.

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Dado que el otro inevitablemente altera el narcisismo aunque el yo se declare inaccesible, éste se defiende con una resistencia que trabajaría en oposición a la ajenidad y a la vincularidad para tratar de restablecer la vigencia de la individualidad y la autonomía, aquello que reserva el lugar del Uno, o de varios uno que siguen siendo tales en el conjunto, en tanto éste no los modifique. Sería una resistencia al papel determinante del Dos y un intento de retorno al Uno. No se trata de la Verleugnung (renegación), que desmiente lo proveniente del sentido de realidad. Allí el yo niega una ausencia, la del pene en la niña, y afirma una formación imaginaria atribuida a una explicación infantil. Freud (1896) relata el caso de una joven que espera a su prometido y ante la noticia de que la abandonó alucina su voz, a la que escucha proveniente del jardín. Trata de oponerse y negar una ausencia inaceptable, y de recrearla mediante la alucinación. Como resulta claro, no es oposición a una presencia sino a una ausencia. La resistencia a la vincularidad es la oposición a dar lugar a la presencia que remite a la ajenidad del otro. Su rechazo no es del orden de la represión con desinvestidura y posibilidad de contrainvestidura, es a una nueva inscripción del otro, distinto a un retorno a la representación previa. Algo de lo que está dentro de sí mismo y del otro queda irremisiblemente como ajenidad, y ésta deberá ser aceptada como tal, permitiendo hacer lugar a lo inaccesible, a lo que no tiene lugar establecido. Tarea imposible por definición pues se está ante una paradoja: hacer un lugar, esto es hacer accesible a lo inaccesible, lo imposible de tener lugar. Quizá estemos ante una doble condición constitutiva: lo accesible y lo inaccesible son ajenos entre sí y están reunidos. Si no es aceptado y se afirma que todo es accesible, puede ser idealizado y convertido a su vez en ideal inaccesible, 14 para así pertenecer al ideal y que a su vez éste le pertenezca al sujeto. Si el propio sujeto es idealizado puede devenir hostil para los otros, des- pués de lo cual el sujeto queda habilitado para la destrucción

14. Lévinas (1971) dice que el Otro propone una alteridad/ajenidad radical

cercana a lo inaccesible y, según él, ésa es la representación de Dios para Religión judía. Nunca es el Otro como semejante ni implica una consagraron del yo. Va de

suyo que este autor establece una ética basada en la asunción de la alteridad del Otro

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real o simbólica de los otros. A nivel social se evidencia en las guerras étnicas o religiosas o en la supresión de las costumbres y los rituales que marcan la pertenencia de otros sujetos a su cultura. A nivel individual se observa en las distintas formas de aniquilación o eliminación del otro como alguien con sentido, como

puede ocurrir en la psicosis infantil con un tipo peculiar de padres. Cabe preguntarse si la resistencia a la ajenidad del otro y al vínculo con él es un fenómeno individual y/o vincular y/o institucional y social. Este punto es discutido más ampliamente en

el capítulo 3, parágrafo 1.

En los dos capítulos siguientes serán ampliados los comentarios

a partir de cuestiones e interrogantes suscitados por lo expuesto hasta aquí.

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CAPÍTULO 2 EL OTRO Y EL OBJETO EXTERNO

1. DIFICULTADES INICIALES

El uso de términos no habituales genera una oposición en la comunidad científica toda vez que los establecidos, además de

contener definiciones cada vez más precisas, pasan a constituir una jerga; además de permitir comunicarnos establecen sobreentendidos para quienes los usan y otorgan un sentimiento de homogeneidad en la pertenencia, a la manera de una credencial. Del escrutinio científico de las ideas han de surgir discusiones a partir de las evidentes inconsistencias que antes podían no notarse

o incluso no se habían presentado. Una vez que ellas se hacen

evidentes permiten otros planteos que llevan a más formulaciones

y ampliaciones hasta el surgimiento de nuevas inconsistencias.

También ocurre que los diversos lectores tienen una manera diferente de entender algunos conceptos del psicoanálisis, o una forma distinta de pensar basada tanto en sus propios valores como en el hecho de pertenecer a culturas diferentes, tema difícil de abordar por ser “lo propio” considerado habitualmente como “lo dado”, y por estar revestido de convicciones Profundamente enraizadas en lo inconsciente. El sujeto puede no saber que piensa con convicciones. Un obstáculo radica en la constitución misma de la subjetividad, que en el caso del analista está determinada también por las prácticas de su formación. Ocurre que las prácticas de las profesiones determinan tipos de subjetividad. Por ejemplo, la del médico clínico, la del cirujano o la del especialista médico que reúne, hoy

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en día, más conocimientos particularizados, y para el cual la persona sufriente puede pasar a ser es un obstáculo que lo separa del órgano en el cual está especializado, al que desea examinar y tratar “para el bien de su paciente”. El psicoanalista tiene como obstáculo lo que es su mayor ventaja: su propia subjetividad que, gestada en largas horas del contacto con otro, le ha hecho posible tener una escucha ampliada para toda producción individual, y produjo como impedimento el ser poco sensible a la escucha de otras producciones como la social o la vincular. Allí los otros del vínculo se constituyen en un inconveniente que lo separa de quien considera su paciente, a quien desearía entender “para su bien”. Los padres pueden ser un obstáculo para el analista de niños, como el cónyuge del paciente para el analista individual, así como la presentación de la realidad, llamada “irrupción”, puede serlo para el trabajo con el mundo interno. De ahí puede verse llevado a atribuir una significación individual a toda producción social o vincular emergente en la sesión.

2. POSICIONES DEL OTRO

El psicoanálisis, durante el siglo XX, ha contribuido a un notable desarrollo del conocimiento del yo y del mundo de la realidad psíquica. El papel del otro comenzó a ser tratado más tardíamente, especialmente por analistas y filósofos europeos, en particular franceses. Al comienzo se 1(5 llamaba, y se lo sigue haciendo, “objeto externo”. Pero no son sinónimos. El otro puede ser considerado como objeto y como sujeto. 1 Objeto necesariamente lo es privilegiadamente del yo, se lo considere desde las pulsiones, desde el amor o desde la representación que se instituye inicialmente con la vivencia de satisfacción. El objeto interno, igualmente construido por el yo en el marco de su relación con el otro y en una versión más personificada, puede ser disociado, negado, fragmentado o

1. En alemán hay dos maneras de decir “objeto”. Gegenstand: sería lo que está enfrente, en el mundo, el ob-jecto; lo que está fuera, la cosa del mundo. El segundo es Objekt, en el sentido kantiano de construido; la síntesis de sensaciones en una representación referida a una cosa en el mundo (Etcheverry, 1978).

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proyectado por un yo que también sufre las consecuencias de esos mecanismos defensivos. El hecho de llamar “objeto externo” al otro no lo hace menos determinado y centrado en el yo. De allí la unidireccionalidad. El otro como sujeto se vincula con el yo, y se han de dar entre ellos una serie de operaciones mentales y vinculares: se van a poner en juego las representaciones de cada uno, pero no solamente eso, sino que deberán dar lugar a nuevas inscripciones por el solo hecho de pertenecer a una relación que tiene allí su origen y determina a ambos de una nueva manera. Ocurre que en el vínculo se vuelve a descentrar el yo. Copérnico y Freud han producido descentramientos: el primero, de la Tierra como centro del universo, ubicándola como al resto de los planetas alrededor del sol; el segundo movió la conciencia del centro del yo al presentar lo inconsciente. Pero ningún descentramiento opera de una sola vez. Puede haber retornos encubiertos. Al decir de Laplanche, una frase ptolomeica de Freud es “Donde el ello está el yo debería advenir” (1923b). Y por su parte sugiere una máxima inversa: “Allí donde había ello, habrá por siempre jamás el otro”. Aceptar que hay otras mentes lo aceptamos todos, por lo menos así lo decimos. Pero si el sentido de la relación proviene sólo de una, del yo, se acentúa el solus ipse.

3. LOS TÉRMINOS QUE EMPIEZAN CON “RE”

El sujeto, en relación al otro, dispone de la representación para reconocerlo como similar a algo que alguna vez fue; no obstante, está expuesto a la siempre sorprendente presentación. La noción de Nachtraglichkeit, de après coup, refiere a una resignificación de las huellas mnémicas de impresiones infantiles sexuales, no significadas en el momento de su producción al no haber tenido un cuerpo adecuado. Con el desarrollo puberal su reproducción se despliega con efecto traumático. Freud (1950a) presenta la Nachtraglichkeit en la parte Segunda del “Proyecto”, en el caso de Ema. Las retranscripciones, recategorizaciones, como todo término que comienza con la partícula re, dice que algo vuelve a repetirse, vuelve para atrás, aunque no se vuelve a dar de la misma manera sino con alguna modificación.

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La presentación tiene una definición negativa: aquello que marca al sujeto sustrayéndose a la representación, pero también tiene una definición positiva: se trata de un complejo proceso de juicio que ha de decidir si la cosa está en el mundo no estando su registro en la memoria. La presentación del otro no debiera ser entendida como podía serlo antiguamente, la sensación derivada de una cosa en la conciencia. Aquello que viene del otro brinda un conjunto de impresiones novedosas y el psiquismo trata de reconocerlo mediante la representación, pero algo queda

definitivamente afuera, inaprensible, ajeno, y eso vuelve, insiste como presentación, por lo que también la representación insiste. Doble insistencia. Pero es en vano, lo ajeno, esa cualidad de otredad del otro -por así decirlo- no podrá ser aprehendida por la representación. O lo que la representación aprehende deja afuera

lo que no podrá representar, y a eso lo llamamos ajeno, del cual

podemos decir que no es posible conocer pero sí posible pensar. No se agota en lo que el sujeto conoce. Contamos con lo posible y lo imposible de conocer pero, ante esto último, está lo posible de pen-

sar aunque no sea cognoscible. Si fuera totalmente cognoscible

sería un objeto, reducido a lo semejante. Se suele hablar de “lo impensable”, como expresión de un acontecimiento cuya presencia

se da ante lo que es una imposibilidad psíquica de haber producido un pensamiento que lo abarque. Pero quizá debamos decir que es impensable desde el pensamiento del Uno y para lo Uno, ante la emergencia brusca del otro. Lo impensable fue una expresión muy usada después del atentado del 11 de septiembre de 2001, en la ciudad de Nueva

York, episodio hasta ese momento imposible de suponer. La prensa

y los funcionarios dijeron que nunca hubieran imaginado que

pudiese ocurrir en su territorio. No obstante, se trató de una acción sincronizada de varias personas, con un alto grado de eficacia destructiva y una organización, además de mucho tiempo de preparación y variados conocimientos. Considerarla como impensable contiene una fuerte desmentida: lo que ocurre es que el otro también piensa, pero otros pensamientos. Es como si la presunción fuera que lo pensable sólo fuera para un sujeto y no para el otro con el cual está en intensa relación, tensión, conflicto o guerra. Si es desconsiderado respecto de la cualidad de otredad y de ajenidad, también lo está en su posibilidad de pensar lo que el otro sujeto puede

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hacer. El otro puede no ser tenido en cuenta y su aparición entra como des-orden, como lo impensable, lo cual remite a una situación de base: lo que se representa no cubre en totalidad al otro. Dado que lo conocible del otro está dado por la trama representacional, esta misma muestra su límite ya que no podrá incluir lo que no se representa.

4. ACERCA DE LOS TRES MUNDOS QUE HABITA EL SUJETO

Veamos la frase: El mundo interno, el de los otros, de la familia y del mundo social, son tres distintos entre sí y ajenos. Y otra: El sujeto es producido por ellos y a la vez es en quien esos mundos se superponen o disocian. Quiero decir que cada uno de esos mundos tienen lógicas diferentes, se influencian mutuamente, y sus prácticas determinan la producción del sujeto, quien defensivamente puede disociarlos. Que sean considerados semejantes por el yo y crea que hay permeabilidad entre ellos y que tienen relaciones recíprocas no hace a su radical diferencia. Instituyen una subjetividad y es el sujeto quien los relaciona, los liga o los asocia. De esto deriva una indicación práctica: si el paciente tiene un padecimiento deberá examinarse de cuál de los mundos proviene su malestar, o si es producto de más de uno. Cada uno de ellos tiene determinaciones específicas y pueden ser adjudicadas a otro, en un proceso de desplazamiento. Supongamos que el paciente que vive en Buenos Aires en el año 2001 trae como material la situación de pérdida de su trabajo. El analista también tiene una reducción en su trabajo dada la situación de alta desocu- pación, que lo afecta como a sus pacientes aunque de una manera diferente. El analista deberá diferenciar con su paciente si el sufrimiento deriva de perder su trabajo por una reducción de las fuentes laborales, o es el resultado de un rasgo neurótico de rivalidad con su jefe, o un equivalente masoquista expuesto como una conducta reivindicatoria desplegada en su actividad laboral. Deberá prestar atención e interpretarlo, Pero si lo hace desde el punto de vista exclusivo de los determinantes individuales infantiles estará, sin quererlo ni saber- lo, culpabilizando a su paciente de aquello de lo que precisamente resulta afectado por acciones de “los otros”, con una Vectación cuyo origen puede estar en su mundo familiar o en

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el mundo social. En éste los otros son relevantes por su pertenencia

a este medio social y no por su origen familiar, lo son por participar en relaciones de poder y no de parentesco. Que se afecte un gran número de personas y no necesite conocer su filiación facilita su desplazamiento encubridor a las figuras parentales. “Pérdida de trabajo” conducirá hacia una pérdida de objeto que pasará por las singulares posibilidades de elaboración, relacionadas en parte con las pérdidas tempranas o infantiles. También por una crisis identificatoria en relación con el padre o con la madre, dependiendo del sexo y de la resolución del complejo de Edipo. Pero allí no concluye su significación. Un aspecto fundamental será trabajar las marcas nuevas resultantes de estar en otra posición íntima, familiar o social, dada la im-posición de un lugar nuevo y distinto. Lo que hubiera podido “prever” pertenece a una actividad del campo de la fantasía, de tono más o menos persecutorio o depresivo, lo cual no funciona sino en forma encubridora respecto de esta nueva marca, cuyas vicisitudes pueden explorarse y trabajarse con el instrumento analítico, dándole cabida a esas nuevas inscripciones, paso inicial para instituirse de otra manera dada la intensidad y el poder de la desocupación como una modificación en la vida de los sujetos, de su mente y especialmente en sus cuerpos,

y de sus vínculos familiares y sociales. Al sujeto se le presenta la

imposibilidad de seguir asistiendo a su lugar de trabajo, el no tener

ingresos, la restricción en su consumo y otras situaciones que,

cuando pudieron ser imaginadas, no afectaron el cuerpo, el tiempo

y el espacio como sí lo hacen cuando efectivamente ocurren. Pero el

analista puede estar obstaculizado para interpretarlo si piensa que todo el universo emocional del paciente está determinado única o centralmente por las representaciones del yo, o por su mundo interno, desde donde percibe la experiencia con los otros y el mundo que lo rodea. Una consecuencia técnica para el analista es que el

material del paciente referido al mundo exterior, es considerado en general como surgimiento de una resistencia que impide tomar contacto con el conflicto interno. Aunque ello pudiera ocurrir, no cubre todas las situaciones de relación con el mundo social. Los distintos mundos psíquicos que habita el sujeto pueden ser considerados defensivamente desde el yo como semejantes cuando se evidencian como radicalmente ajenos, y la dificul-

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tad para abarcarlos motiva la intolerancia y la necesidad de negarlos. Ajeno significa que el o los otros inciden fuertemente en el sujeto, por lo que deberá hacer acciones para dar cabida a esa incidencia. Una consecuencia inmediata de esa dificultad es que establece entre esos mundos una semejanza, sellada a partir de la unidireccionalidad que orienta los significados, yendo del mundo interno a los otros y al mundo exterior. Así, vemos la incidencia que tienen en el yo los otros inmediatos con los que el sujeto se vincula, como la familia o la pareja, y los otros -diferenciados o no- del mundo social. Veamos un ejemplo donde se reúnen equivocada y encubridoramente lo social y lo individual. Los regímenes fuertemente autoritarios propugnan que al tirano se lo considere como un padre. No hace falta ejemplificar: cada área geográfica y algunos países tienen el suyo. Ciertamente para llevar adelante sus planes políticos imponen la idea de que el país es una gran familia, sus habitantes son los hijos y él es el padre que sabe hacer y por eso debe ser obedecido. Recordemos que Creonte le dice a Hemón, su hijo, cuando éste le pide cuentas por el castigo a su prometida, Antígona (Sófocles, 1993):

Conviene que abrigues en el corazón la idea de poner la voluntad de tu padre ante todas las cosas.

El que es equitativo en las cosas domésticas, equitativo se mostrará también en la ciudad; pero el que viola insolentemente las leyes y

piensa mandar a sus jefes, no será alabado por mí. Es preciso obedecer a aquel a quien la ciudad ha tomado por dueño, en las cosas pequeñas o

grandes, justas o inicuas [ los que son disciplinados.

la obediencia constituye la salud de todos

]

¿Por qpuede imponerse está superposición? El sujeto puede erigir en el tirano a su ideal del yo e identificarse con los otros merced a este nexo común, como Freud lo describió excelentemente en 1921. En determinadas condiciones la tiranía se ofrece ostentando mayor coherencia, presentándose -después de silenciar lo que no coincide con su visión de las cosas- menos expuesta a incertidumbres e inconsistencias que la libertad. Quizá por eso en situaciones de crisis económica o social las personas añoran y piden lo que en estas latitudes llaman “mano dura”, manera de referirse precisamente a la acción del régimen tiránico, que toma como orden el pensa-

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miento hegemónico y como desorden toda suerte de oposición a un pensamiento único. La oposición viene de los otros que no comparten con el sujeto o con el conjunto dominante su lectura de la realidad. El sentimiento de pertenencia es inestable, y lo social, si asegura, lo hace por un camino distinto y da menos certezas que la pertenencia familiar. Aparece un requerimiento obligado de pertenencia homogéneo desde el gobernante autoritario y tomado indiscriminadamente desde el sujeto y la promesa de certidumbre y seguridad desde aquél. Al deseo de ser amado y de ser pensado se agrega el de ser admitido en la pertenencia dominante. La añoranza por los regímenes que prometen un criterio identitario retorna con intensidad en los momentos de crisis, y en él se basan los movimientos contra las minorías o contra los inmigrantes, que primero son requeridos como una fuerza de trabajo necesaria y luego son acusados de llevar a la ruina al país malamente administrado -y no precisamente por ellos ni por la minoría-. La imposición, que como dije es un mecanismo estructurante del sujeto, es de aceptación obligada después de ser tamizada a través de opciones, o sea, a través de los distintos juicios (de atribución, existencia y presencia), no para anularla sino para inscribirla, significarla y decidir la acción a tomar. El analista, si no sabe cómo tratar este tipo de material puede suponer que la realidad social “ingresa” a la sesión, cuando en realidad siempre está allí como una de las fuentes de construcción de la subjetividad. Sabemos pensarla como resistencia pero no como significado, que al igual que otros, modifica al yo y puede ser una fuente específica de padecimiento. Interpretar el material de una imposición vincular o social como la proyección de una representación interna, al considerarla como solamente originada en la interioridad del sujeto desconoce otras determinaciones, las que provienen de la relación con el otro y con lo social. Asimismo, si el sociólogo dijera que la única determinación es social cabría también semejante crítica; para el psicoanalista en cambio existe eso que llamo “el riesgo de un desenvolvimiento solipsista”. Si esos mundos son de una ajenidad radical no por ello dejan de pertenecer al sujeto, y es muy riesgoso para el paciente que sean interpretados a partir del significado de uno solo de esos mundos. Quizá el narcisismo tenga algo que ver con esta operación de interpretación, y ello abre otros capítulos a considerar.

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5. ENTENDER AL OTRO

Deberíamos examinar si la relación con el otro incluye lo que es llamado habitualmente “entendimiento”, conjunto de asignaciones de significado a las palabras y frases que suponen un código compartido, y que otorga la vivencia de estar en el mismo lugar el yo y el otro y con un mínimo de diferencias. Las parejas refieren a esta situación caracterizándola desde la idealización de lo Uno: no tenemos ni un sí ni un no. Triple negación que pone en entredicho lo vincular y los juicios, especialmente el de presencia. Cabría preguntarles “¿entonces qué?”. Esa expresión muestra la incongruencia de la aspiración a un vínculo sin diferencia, sin ajenidad y sin algún grado de conflicto, siendo lo importante no su existencia sino lo que hacen con él, qué forma han de darle. “Ni un sí ni un no” es una forma de decir “ni vínculo ni no vínculo”, des- cripción de un requerimiento de transparencia que se aleja de lo que se produce en una relación. El vínculo toma su forma a partir de una opacidad del otro y de lo otro, es trabajo para producir más que lo supuestamente dado, siendo esta última la versión romántica del amor burgués, tantas veces mostrada en la literatura como en el cine, en su búsqueda infructuosa y en su imposibilidad. El mutuo entendimiento resulta del deseo de coincidencia con la representación, pero es de corto alcance y su fracaso obliga a reforzar la coincidencia, con lo cual la relación entre dos otros deja de ser tal para ser repensada desde lo Uno. La experiencia demuestra que cuando se da el trabajo psíquico con las inscripciones de ajenidad, el logro es de mayor complejidad. La relación con el otro o con los otros en base a la empatía y al entendimiento no parece poder sostenerse, y el examen de los hechos muestra que entenderse con otro es una tarea compleja y permanente de ajuste entre lo que se representa de él y lo que el otro propone como presencia a la que debe hacerse un lugar. Es un arduo trabajo psíquico, después de lo cual se complejizan las relaciones y los sujetos relacionados. El rechazo de esa ajenidad puede llevar a odiar al otro o a los otros y, por extensión, a las comunidades diferentes a la que se pertenece. Para observarlo no hay más que levantar la vista y mirar qué pasó en la Segunda Guerra Mundial, en los di stintos exterminios, en la ex Yugoslavia, en el conflicto que

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se está dando entre israelíes y palestinos, allí donde la autonomía de cada comunidad se asoció a la idea de eliminar al ajeno. Y si uno observa lo que ocurre en las instituciones y en los distintos grupos dentro de ellas, y los grados de intolerancia entre los mismos, se podrá tener una idea del trabajo que propone la ajenidad, lo no semejante, la presencia de los otros. La representación, supone que sólo se puede conocer lo que está previamente representado, y eso tiene lugar desde el punto de vista del yo. Desde el punto de vista del sujeto, desde que nace hasta que muere debe trabajar tanto con sus representaciones como con lo que le ofrece el juicio de presencia, para ligarse o desligarse del otro y para contrarrestar el deseo de aniquilarlo si lo considera un ajeno. Es un tema de elección, es decir de juicio, con quién se vincula el sujeto y con quién está dispuesto a devenir otro con otro. Pero es bien diferente no elegirlo a exterminarlo.

6. DE LA PRESENTACIÓN Y LA REPRESENTACIÓN 3

La presencia del otro supone la presentación y el sujeto en- cuentra ante sí dos caminos:

i) La incorpora en base a sus representaciones y deviene a su vez representación, la transforma en parte de sí, lo que le permitirá simbolizarla. Inevitablemente este proceso requiere la ausencia del otro, y formará parte de una trama fantasmática realizada, construida y edificada por el yo. Cuando se dice que el superyó corresponde a la reintroyección de los padres investidos narcisísticamente, se quiere decir que es una construcción por parte del yo de unos padres internos, es decir, corresponde a su representación, a la que se agrega, como luego postuló Freud, el superyó de ellos, que es a su vez una construcción de esos padres. ii) Ha de iniciar una serie de acciones para tratar la pre- sentación de la presencia del otro que es sin antecedente, ya que no es posible representarla. No encuentra en sí un modo conocido de operar, no coincide con la representación y, aun

3. Agradezco a la licenciada en Filosofía Alejandra Tortorelli por sus comentarios.

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q u e puede suponer ilusoriamente un reencuentro, pronto se cuenta de que lo excede. Ese “hacer” de sus acciones será propio de la situación, no se puede nominar de manera más específica porque deberá ser “creado” para y desde aquélla. Veamos un modelo al cual solemos recurrir. El bebé está a merced de necesidades llamadas vitales: hambre, sed, frío. La madre, como sujeto, lo inviste desde sus representaciones y desde el lugar de asistente de esas necesidades, dado el desamparo original del recién nacido. Elegirá cómo y con qué lo ha de realizar de acuerdo a las identificaciones con su propia madre y, no menos importantes, de acuerdo con sus identificaciones epocales, es decir, cómo hacen las madres de esa época, de ese lugar y de esa cultura que es distinta de otras. De estas últimas identificaciones no es mucho lo que se dice hoy en día. El bebé a su vez se le presenta a la madre, quien lo encontrará sistemáticamente en un lugar otro, y es esa presentación lo que lo hace parcialmente ajeno. La madre tratará de hacerlo coincidir con su representación, que ésta lo envuelva en su totalidad, y el bebé le mostrará que no es posible, lo cual lo hace inaccesible en parte. Otro tanto ocurre en el bebé respecto de la mamá. Con su llanto, tratará de hacerla coincidir con lo re-presentado y lo re-cordado, lo que supone como acordado estar en un mismo lugar, en una posición semejante. La madre tratará de estarlo y el bebé creerá en un acuerdo y una coincidencia. La no coincidencia lo lleva a protestar por la supuesta ruptura de ese acuerdo que se revela unilateral. Deberá hacer un trabajo con esa nueva presentación de la madre que no coincide, porque ella le crea un obstáculo en ese camino, esa madre conocida también se le hace inaccesible. Un trabajo emocional particularmente arduo es tramitar ese también. La presentación de lo inaccesible sería el motor del vínculo y aquí se postula una diferencia importante con respecto a la idea de que el vínculo se despliega con el cumplimiento de lo representado. Quizá hallemos ahí la diferencia sustancial entre “vínculo” y “pulsión”, aunque después se piense que pueda recubrirse y engañosamente usarse a la segunda como determinante del primero. Otra situación de encuentro entre dos diferentes es el encuentro amoroso. Se llama enamoramiento al intento extremo de anular lo inaccesible del otro, aquello no pasible de repre-

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sentar. Es un ilusorio momento de aparente coincidencia completa que señala la aspiración de una representabilidad absoluta sin diferencia ni ajenidad. Se llama desenamoramiento al largo proceso de admisión del otro como presencia. En la situación psicoanalítica el paciente está con el analista y éste ha de conocerlo mediante lo que se produce en la relación y, a través de la interpretación, dárselo a conocer, lo cual depende del campo representacional del propio analista. Éste ha de “construir” un paciente así como el paciente ha de “construir” un analista, y ello formará parte del vínculo. Dada la investidura narcisista la no coincidencia de lo vincular, hará emerger dolor psíquico ante el contacto con lo que no siendo representable del otro condiciona el mismo vínculo. Son expresiones frecuentes en la relación analítica, después de oír una interpretación: “No lo pensé”, “Es impensable”, “No me hubiera imaginado”, o en una sesión de pareja o familia:

“Nunca lo hubiera pensado de vos”, “Es inadmisible”. Estas frases hablan de lo irreductible que para el yo es el otro. Como sujeto está obligado a admitir que algo del otro es inaccesible al conocimiento aunque no a ser pensado. La presencia del otro pone un límite a su apropiación iden- tificatoria. Si ello no es tolerable, algunas respuestas a esta situación en lo amoroso son: el vínculo pasional donde el otro del deseo es reducido a objeto de necesidad (Aulagnier, 1979), como ocurre en la drogadicción y en el juego, también en ciertas formas extremas de sadismo y de inducción al suicidio del otro de la pareja. La presentación lleva a hacer un espacio donde no lo hay, y a un hacer que produce un pensar. El movimiento vincular -entre la madre y el bebé, en la relación amorosa o en la relación analítica- es bidireccional y, a su vez, es distinto en una dirección que en otra pero nunca es en una única dirección. Sería un error considerar la presentación como mera percepción del otro. Dice Von Foerster (1994), y coincido con él, que el órgano que percibe tiene una creencia detrás, es decir que lo representacional marca el límite de lo percibido. Entre la percepción del otro y el otro hay un camino plagado de in- terpretaciones y lo que sorprenderá al sujeto es la presencia y lo no posible de interpretar. Retomando el concepto de lo ajeno, Boshan (2001) sugiere, y en esto coincide con Laplanche, que lo inconsciente sería la

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representación de lo ajeno dentro del sujeto. Allí habría una paradoja: lo inconsciente es representación de lo ajeno en el sujeto, a su vez lo más propio y a la vez lo no posible de nombrar, salvo a través de la palabra de otro. Es que la palabra de otro lo instituyó sin saberlo porque, como dice el autor francés, era inconsciente para el otro materno en los momentos iniciales. Es probable que lo ajeno del otro sea cubierto por representaciones inconscientes, como si el otro se prestara para representar lo ajeno del yo. Pero esta afirmación tropieza con que la ajenidad del otro, por definición, no se puede representar sino sólo presentar a los efectos de inscribirse. La proyección trataría de hacerlo propio, y como está destinada al fracaso su no tolerancia lleva a reforzar ese mecanismo. Boshan señala acertadamente que el rechazo inconsciente por parte del analista a la ajenidad del otro, su paciente, lo lleva a desconocer el campo de imposición establecido en la sesión.

7. LOS TIPOS DE RELACIÓN FAMILIAR

Retomando la clasificación propuesta en el apartado 4. 2 del capítulo 1, vemos que toda clasificación responde a un or- denamiento y a una determinada perspectiva. Señalé que hay dos tipos de relación que se reúnen en la familia. En primer lugar, aquella que a través del encuentro amoroso constituye la pareja, en la cual están prescriptas las relaciones sexuales, una cotidianeidad compartida, los hijos como proyecto, los tengan o no, y un futuro compartido, lo sostengan o no. El segundo tipo de relación es aquella por la cual los padres ayudan a constituir el aparato pquico del infante y lo marcan consciente e inconscientemente. Dada la prohibición del incesto, que no permite las relaciones sexuales entre ellos, el proyecto es que deberán separarse en algún momento futuro e incluirse en el medio social. Allí habitan otras familias de entre las cuales elegirá y será elegido/a para la constitución de una pareja. Desde el punto de vista de la estructura del parentesco, la clasificación de los vínculos familiares compren- derían: el de la pareja, el de los padres con los hijos, los de éstos entre sí en su calidad de hermanos, y aquel que agregué como la relación con un representante de la familia materna. No es éste el lugar para extenderme sobre la ampliación del

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Edipo a partir de la figura de Creonte, precisamente el hermano de

Yocasta y tío de Edipo. Remito a Berenstein (1976, 1990a y 2001a). ¿Qué lugar darle al complejo de Edipo en la estructura vincular? Siendo una estructura psíquica nos veríamos llevados a considerar la familia como una aplicación, como un Edipo ampliado al conjunto, o como una agregación de complejos de Edipo, el del padre, el de la madre y el de cada uno de los hijos. Otra posibilidad sería considerarla como una matriz de posiciones a ocupar por los distintos sujetos, que se ven llevados a cumplir con las funciones características de cada una de ellas. Pero eso nos llevaría a considerar el Edipo como una superestructura y lo aleja de su singularidad. ¿Cómo lo considera el psicoanálisis? El complejo de Edipo es una estructura interna como lo es el superyó, considerado

su heredero. Este último no es el padre sino una modificación del yo

a partir de la reintroyección de algunos rasgos del progenitor

infantil más la investidura narcisista que el sujeto hizo de esa relación. Su incorporación tiene la especificidad dada por las singulares fantasías orales canibalísticas y la modalidad de relación con el pecho y con los otros parentales. Como queda dicho, supone además la incorporación del superyó de los padres. A partir de ese momento conviven el superyó y el padre actual pero en distintos espacios psíquicos (véase el capítulo 6). Algo semejante debemos decir del complejo de Edipo: no se trata de una familia sino de un conjunto de posiciones que permite al yo, desde el lugar del hijo, desplazarse por ellas.

8. LA PROPUESTA DE UN PSICOANÁLISIS DE FAMILIA Y PAREJA

Retomaré brevemente este tema del que me he ocupado en las últimas décadas (Berenstein, 1976, 1990, 2001). Teniendo en cuenta que la familia y la pareja constituyen un tipo de paciente diferente

del paciente individual, la sesión familiar dio lugar, como dije antes, a una modificación técnica que a su vez condujo a una ampliación

de la metapsicología. Para el psicoanálisis de familia y de pareja no

es suficiente la aplicación de lo que sabemos desde la sesión individual. Históricamente tuvo lugar primero el análisis individual, después el análisis de niños y posteriormente el de familia y pareja. Sin

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embargo, no los hemos de considerar como derivados del primero. Son encuadres distintos para cernir producciones inconscientes heterogéneas. No parece una indicación pertinente que alguna de las personas que se tratan en familia o en pareja interrumpan su tratamiento vincular para analizarse individualmente, a los aspectos de resolver los conflictos vinculares. Si mejora el vínculo familiar o de pareja o llegan como conclusión a enfrentarse con una imposibilidad, se acercará el final del tratamiento vincular que tiene su propio proceso. Y si en un tratamiento vincular uno de los integrantes intenta resolver su conflicto familiar mediante el tratamiento individual, seguramente deberá ser considerado un acting out, como lo sería que un paciente individual quisiera resolver su conflicto interno, donde predominan relatos de peleas matrimoniales, yendo a tratarse con su pareja. Sería confundir el conflicto derivado de sus relaciones de objeto con el que se despliega en la relación con el otro de la pareja. El psicoanálisis y los psicoanalistas no se adentraron en el campo del tratamiento psicoanalítico de la familia y la pareja hasta la década del cincuenta, época en la que tomó impulso y ganó terreno la terapia sistémica, que desarrolló una rica teoría propia, distinta de la nuestra. Hemos de reconocer que los psicoanalistas, durante bastante tiempo, consideraron el tratamiento de pareja como dos tratamientos individuales en una misma sesión. El modelo técnico se parecía a ese tipo de clase grupal de idiomas donde el profesor estaba al frente y hablaba a cada alumno por separado. Éstas eran clases individuales en una sala de conjunto. Así sería un tratamiento de pareja si se le interpreta a cada uno su conflicto interno y edípico. Esto, que sería la base del análisis individual, son aspectos parciales en un análisis de pareja. Son útiles para saber con quién está cada miembro de la pareja y ampliar su conocimiento del otro. Qué camino han de recorrer para tomar contacto con la diferencia y con la ajenidad de ese otro, y analizar los obstáculos para instituir aquello del vínculo que no es repetición del conflicto infantil, es precisamente lo que se ha de trabajar en el tratamiento de pareja. Puede que haya que pasar por determinados momentos individuales en el tratamiento de familia y pareja. No obstante y sin proponérselo, el análisis vincular modificará algunos aspectos del mundo interno a la vez que modifica el vínculo, pero traba

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jar sobre el mundo interno no siempre modifica el vínculo familiar. Una pareja y una familia son algo bastante diferente de una suma aritmética de los conflictos infantiles de unos y otros (Badiou, 2001). Si consideramos que Pedro trata a, y se relaciona con, su esposa Diana desde un objeto interno proyectado, como si la viese a través de una pantalla infiltrada desde la proyección o desde la identificación proyectiva, el vínculo de pareja estaría centrado en el marido. Este punto de vista no es desdeñable en tanto sea considerado como parcial. Puede llevar a pensar que Pedro se aleja de Diana cuando está deprimido, angustiado o receloso por haberse él sentido invadido por una madre infantil melancólica cuyo medio de penetración eran esos sentimientos. Esto lo llevó a establecer dentro de él un recurso que es apartarse para no invadir a su esposa y, a su manera, protegerla y que ésta tenga un espacio propio, no importa si ella lo desea o no. Es lo que Pedro deseó y no logró para sí en su vida infantil. Pero hay un desconocimiento de la alteridad de Diana cuando desea protegerla como si ella fuera él. Si luego pasamos a Diana se podrá comprender que cuando más lo necesita se siente abandonada por su pareja como le ocurrió con su padre, figura cercana pero violenta, con alternancias de cólera y arrepentimientos cargados de depresión. Por eso se sentirá dejada por Pedro y responderá con cólera y a su vez con distancia, lo cual alejará más aún a Pedro, su marido. También, y a su manera, desconoce la otredad de éste cuando le adjudica un significado paterno. Si consideramos la pareja, trataremos de analizar cómo producen esa modalidad de vínculo. Es precisamente una in- tolerancia al encuentro, a lo imprevisto y a lo nuevo que pudiera surgir en la acción vincular, lo que fomenta la inmersión en esas historias individuales. Por ello el hacer entre ellos se basa en una suerte de repetición y es ésta la que funciona como un impedimento para hacer algo diferente, lo que a su vez es motivo de resentimiento por no poder librarse de las historias infantiles, siendo cada cual otro del que fue mediante la pertenencia de la relación con otro. El trabajo vincular tanto podría descompletar al sujeto de la relación de objeto infantil como permitir tolerar un encuentro algo imprevisible pero productor de novedad, es decir habilitaría tanto

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una modificación de las historias infantiles como la producción de lo que esa historias nunca podrían ofrecer. Las intervenciones individuales pueden convertirse en de- fensivas frente a la inmersión en el vínculo y a la ansiedad ante la posibilidad de perder los límites de la propia subjetividad. Es tarea del análisis vincular marcar y tratar las resistencias, que llevan a pensar el vínculo como la suma de Uno y Uno allí donde él Dos sería lo inicial. Desde su origen en una pareja cada uno es un poco distinto y nuevo respecto de quien era. A eso se llamó sujeto del vínculo: no se es el que se era antes, el que viene constituido. Ése puede ser el comienzo, pero los integrantes no han de permanecer así. Si una pareja no constituye nuevas marcas como corresponde a una nueva relación, sufrirán por la persistencia de la dependencia del mundo infantil y familiar, y estarán en el orden de la patología vincular. En tanto el otro sea “la madre” o “el padre” en sus distintos aspectos tropezarán con lo que debieron suprimir de la relación. Lo “suprimido” constituyó lo inconsciente de ese vínculo y está obligado a retornar. Pero esto inconsciente resulta ser un poco diferente de aquello basado en las huellas mnémicas, lo cual nos lleva a una cuestión controversial: ¿lo inconsciente es un área homogénea o es heterogénea, y en tanto tal sus producciones no requerirían diferentes encuadres para manifestarse?

9. CONCLUSIÓN PROVISORIA

Despierta una fuerte reacción entre los psicoanalistas la toma de conciencia de las modalidades solipsistas en nuestras formulaciones. Desde luego, hay excepciones. Dice Green (1988):

En resumidas cuentas, para sintetizar la situación, aquí encontraba su límite el solipsismo que salpicaba tanto la teoría como la práctica analítica.

Mientras pensemos al yo como centro o con una determinación unidireccional de los significados a partir de la interioridad, donde los significados fundamentales provienen de los primeros años de vida, corremos el riesgo de volver hacia

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atrás en lo que el psicoanálisis ha avanzado. El aparato mental o el mundo interno fueron pensados desde el principio de identidad y semejanza: se conoce lo que está representado. Ciertamente es difícil correrse de un principio que rige el pensamiento occidental desde hace más de dos mil años. Afirmado el ser (lo Uno) se opone al devenir, y como éste siempre es con otro, se opone al otro y a lo otro. Lo no semejante, lo ajeno, lo extraño o con otras reglas lógicas de funcionamiento, tiene una existencia conflictiva para este tipo de pensamiento. Entonces puede negarse, desmentirse o, a lo sumo, tratar de adaptar lo ajeno para darle cabida como semejanza. Cuan- do esas modificaciones no son suficientes, el ser humano se siente, desde la posición de ser Uno, con derecho a eliminar lo ajeno, y así confirmar que está en un mundo de semejantes. Pero lo no representado y lo no representable deberá inscribirse en el aparato psíquico porque es heterogéneo a la representación. Lo inconsciente es ajeno al yo y éste reacciona a su emergencia como si fuera extraño: lapsus, sueños y síntomas se le aparecen como no propios. El otro se le aparece como semejante en tanto lo pueda representar. Pero la presencia del otro se le ofrece como ajena, por lo tanto deberá inscribirla y luego cubrirla con la representación de palabra, para descubrir nuevamente que sigue siendo ajena.

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CAPÍTULO 3 RELACIÓN ENTRE SUJETOS

1. A PROPÓSITO DE UNA RESISTENCIA A LO VINCULAR

En el apartado 5 del capítulo 1 hemos considerado la temática de la resistencia. Puede considerarse a ésta como el nombre psicoanalítico de las dificultades inconscientes para instituirse en un vínculo. Las hay de dos tipos:

i) las que se basan en una experiencia anterior significativa y pregnante, cuya huella se activa ante la percepción de otro, buscando lo que es similar. Indica una oposición a la situación nueva y por principio de placer desencadena un movimiento emocional contrario, una resistencia a dejarse afectar por la novedad. Podría ejemplificarse remitiéndonos a los ciudadanos de un país que se oponen a los extranjeros, inmigrantes, a los que tratan de no darles ni hacerles un lugar. ii) existe otro tipo de dificultad, que se presenta como un impedimento no previsto, como un obstáculo en una ruta. Sería como el imprevisto que enfrenta al automovilista y que no le permite seguir su camino. En la hoja de ruta por lo general no está marcado, aunque algunos escollos, persistentes por años, a veces, tienen su lugar en el mapa. El sujeto entonces tiene dos opciones:

a) remover el obstáculo, dejarlo a un costado y volver el camino a lo que era antes, coincidente con la hoja de ruta (esto ocurre principalmente con los obstáculos pequeños); b) cuando no es posible hacer lo anterior se ha de buscar cómo encontrar otro camino, es difícil porque no estaba previsto y no figuraba en el trayecto que venía haciendo. Si se trata de la subjetividad, el recorrido de la vida en segunda

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opción se acompaña de incertidumbre, ya que es posible que hacer un nuevo recorrido genere y también dependa de una modificación en la subjetividad. Para la dificultad de tipo i) contamos con la teoría de las resistencias, como las cinco establecidas por Freud. El obstáculo ii, a) es el que surge en nuestra práctica cuando el paciente incluye asociaciones referidas a dificultades provenientes de la realidad exterior o del ámbito donde se lleva a cabo la sesión. El analista trabaja para devolverlas a su lugar, a los fines de continuar con lo que supone es la tarea analítica, trabajar con el mundo interno, donde la realidad es pensada como un obstáculo. Este ii, b) se trabajará a partir de la relación entendida como un vínculo entre dos o más otros, a partir de lo nuevo emergente desde la ajenidad de cada cual, no explicable por una remisión a un significado previo. Allí donde el otro es registrado como un obstáculo insalvable, pueden darse formas de supresión del mismo como alguien con sentido en la medida en que el otro inscribe una diferencia irreductible. Una variedad de supresión del otro se da en los distintos modos de enloquecimiento en una relación, sea de pareja, sea entre padres e hijos, allí donde la situación familiar produce lo que se llama “una persona con desarrollo psicótico” (Berenstein, 1990a). Pérez Cohen (2001), comentando el trabajo del capítulo 1 dice:

El autor menciona en este apartado a un tipo peculiar de padres en la psicosis infantil que presentarían esta resistencia. Son aquellos que no soportan la percepción de la mismidad y alteridad del hijo, no lo pueden ver como otro, es decir, como ajeno. Esos padres de los que el autor habla, ¿son los padres reales? Si así fuera vuelve a la teoría del trauma en Freud, previa a “mis histéricas me engañan”; sustitución del trauma por la fantasía. ¿Es un trauma real? Esta concepción vincular, ¿se opone o complementa las teorías sobre la psicosis que ponen el acento en la pulsión de muerte, la envidia, la proyección- introyección, la identificación proyectiva, etc.? En este punto, las teorías se diferencian. No es lo mismo la madre de las proyecciones- introyecciones de Klein, que la madre “suficientemente buena” de Winnicott, más ligada al concepto de madre real. Pero ni siquiera M. Klein desestimó la madre real, como afirman algunos autores, aunque el núcleo duro de su teoría se base en la fantasía inconsciente. Creo que la concepción del autor se concilia más con el Freud del

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, satisfacción con el pecho real, que con el bebé “pulsional” con la deflexión de la pulsión de muerte, proyección e introyección y construcción de su objeto.

del desamparo, del trauma real, de la experiencia de

Proyecto

Las teorías psicoanalíticas toman en cuenta, bajo distintas formulaciones, el desamparo del bebé, ese estado de necesidad físico y psíquico que requiere un sujeto amparador: la madre. Esta es considerada complementaria de aquél y, en el mejor de los casos, constituyen una unidad. En ésta, la mamá cuenta con un aparato psíquico constituido y barrera de la represión, por la cual, en tanto se ofrece a los requerimientos, es inconsciente de la investidura sexual del bebé. La inscripción de esta relación en el infans dará lugar a la relación de objeto que supone un alejamiento de esa madre amparadora. Por mi parte agrego que enunciar el criterio de presencia quiere decir que tanto la madre como el hijo, bebé o niño, inciden fuertemente en la relación por sus respectivas acciones, y producen efectos de subjetivación en el bebé y en la madre. En las relaciones se daría lugar a dos tipos de impugnación: la impugnación subjetiva -término que tomo de un concepto propio de la historia de la subjetividad (Lewkowicz, 2002)- que denomina el modo espontáneo, que no sigue los rieles establecidos, institucionales, por así llamarlos, de oposición y refutación del otro, para proponer una modalidad nueva de llegar a él y que éste haga lugar a la modificación propuesta. Frecuentemente el niño da a conocer algo no apropiado de la madre en esa relación, y lleva a cabo acciones para que sea tomado en cuenta. No sólo para evacuar un malestar y aliviarse sino para hacer saber precisamente lo no adecuado de la relación. Se trataría de una impugnación de la subjetividad instituida, aquella que es previa a la relación, la cual resulta un impedimento para el advenimiento de la relación actual. El tratar de repetir lo anterior se opone a lo presente de la relación. Allí donde la impugnación propuesta por el niño a su madre no tiene cabida, es reemplazada por la idealización del lugar, asociada por el bebé a no ser reconocido, lo cual en caso de sostenerse determina el descarrilamiento de la relación. Si el bebé es adorado por ser un bebé en general y no por su singularidad o si los padres afirman que saben porque son padres, y ocupan ese lugar, y no tanto por

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que ese saber resulta de devenir sujetos específicos en esa relación singular, se inicia el rechazo de esa impugnación, que es de vital importancia para la modificación del vínculo entre ambos. Otro camino es la impugnación de la fantasía, necesaria en el contacto entre los sujetos, quienes a través del juicio de presencia (capítulo 1, parágrafo 4. 5.) van haciendo el trabajo psíquico de confrontación para elaborar la relación entre el mundo de la fantasía y la inscripción de una presencia que no encuentra registro previo. Lo vincular permite formular otra concepción acerca del origen del psiquismo, diferente de la basada en la noción de desamparo inicial del humano y de la de madre como objeto amparador (véase en este capítulo el parágrafo 9) y que marcan fuertemente la relación desde la asimetría. Las nociones de presencia, ajenidad e imposición desplazan la teoría del desamparo inicial de su posición central y la ubican como una de las determinaciones pero no la única. Ambos lugares o, mejor dicho, posiciones, la del bebé y de la madre, han de resultar del encuentro, donde el primero recibe un lugar ya marcado por las significaciones que lo esperan y a su vez tiene la aptitud de marcar el lugar materno, lugares a los cuales ambos han de advenir. Estos planteos para pensar el vínculo entre paciente y analista llevan a reformular la noción de asimetría, criterio que impregna nuestra concepción del proceso analítico. Sobre la base del desnivel infans-madre, el vínculo es concebido como unidireccional desde lo que uno tiene y al otro le falta, lo que uno puede y el otro no. Hasta aquí la asimetría se basa en una diferencia que organiza un sistema de jerarquías. Pero a ella se agregarán otras diferencias en el humano: la generacional, entre madre y bebé; la sexual, entre masculino y femenino; la de la alteridad, entre un sujeto y un sujeto otro; la social, entre subconjuntos de personas habitando el marco de sus relaciones económicas, religiosas y políticas. Todas ellas pueden ser pensadas desde la unidireccionalidad o desde la ajenidad, que propone una bidireccionalidad radical a la que llamaremos vincular. En la diferencia cada uno propone al otro una ajenidad heterogénea y, desde allí, hay una asimetría irreductible. El bebé la propone a la madre y ésta al bebé, pero ello no los hace simétricos sino que hace de la ajenidad

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una relación desde lugares heterogéneos. Asimismo ocurre con hombres y mujeres, sujetos cuya ajenidad los marca como otros heterogéneos y en una posición asimétrica, como se da también con lo social. Nos espera aún precisar estas diferentes ajenidades. Los sujetos en una relación proponen lo semejante y lo diferente, y no sólo en una dirección sino en ambas. Como ambos “pueden” hacer en forma heterogénea, se enmarcan también en una relación de poder que, asociada con lo sexual, instituye la situación que los determina a ambos (véase en este capítulo el parágrafo 5). La implicancia para la relación analítica es importante, ya que, en lugar de ser jerárquica, la propuesta es pensarla desde lugares heterogéneos. Si el paciente transfiere y el analista responde con contratransferencia, ésta es una respuesta y en última instancia establece que le corresponde al paciente. Pero la presencia del paciente implica al analista de otro modo que desde la transferencia porque porta una ajenidad; deviene analista de ese paciente y en este vínculo, además de serlo por pertenecer a una profesión o a una institución. Analista y paciente han de “pertenecer” al vínculo además de tener otras pertenencias. A ese encuentro de ajenidades en el vínculo entre sujetos lo he llamado interferencia (capítulo 8), que ocupa el proceso analítico tanto como la transferencia. Va de suyo que la actitud técnica ha de ser diferente si se la piensa desde lo unidireccional o se lo hace desde lo vincular. Acerca de la cuestión de si los padres mencionados en el vínculo son reales y si esto implica retomar a la teoría del trauma en Freud, diré que habremos de diferenciar “padres reales” de “padres- presencia”. En tanto reales serán tratados mediante los juicios de existencia y atribución; en tanto presencia, lo son a través del juicio de presencia, pues ofrecen marcas que exceden la investidura del deseo inconsciente. El trauma es producido por un exceso de cantidad a partir de un estímulo que no encuentra al psiquismo en condiciones de tramitarlo. Presencia es novedad donde no la había, no de- sestructura lo existente sino suplementa al conjunto represen- tacional con una presentación que luego instituirá otra repre- sentación, añadiéndole complejidad. Una cosa es reivindicar la madre real, y otra muy diferente considerar a la madre y el bebé como presencias en el vínculo.

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2. LA TRANSFERENCIA COMO HECHO NUEVO

La noción del analista como otro, dotado de ajenidad, de presencia, propone otras dimensiones en el proceso analítico. Pérez Cohen (2001) dice:

La transferencia puede ser entendida como una suerte de re- petición, extensión de la relación de objeto, o como actualización de una representación. En la concepción vincular la presencia del analista haría tope a esta repetición, al presentarse también como ajeno. Si el analista por presencia hace tope a la repetición, el análisis, ¿consistiría en diferenciar lo que es repetición de lo novedoso, de lo ajeno? Acostumbramos hablar de elaboración de lo que continuamente se repite en la transferencia. Al presentarse el analista como ajeno, ¿exigiría un trabajo elaborativo de lo novedoso? ¿Existe una relación entre la resistencia planteada por la ajenidad del inconsciente y la resistencia a la ajenidad del otro en el marco de un análisis? Cada mundo (interno, de los otros, social), con su correspondiente cuota de ajenidad, ¿exigirían elaboraciones diferentes?

Una dimensión del vínculo analítico es facilitar la repetición transferencial, y otra es la de hacer tope y examinar los afectos que inevitablemente enfrentan el narcisismo del paciente y el del analista. “Hacer tope” significa que se constituye en obstáculo e impedimento para que el movimiento emocional de cada cual pueda pasar más allá. Ambos habrán de resolverlo de alguna de las maneras anteriormente mencionadas. Una tarea del análisis es detectar lo que se produce como repetición de a dos, lo cual puede ser menos notorio ya que nadie se ve claramente a sí mismo y menos aún cómo participa en su relación con otro. Habrá que diferenciar esto cuidadosamente de lo novedoso, que puede pasar desapercibido si se lo observa teniendo como fondo la teoría de la repetición. Para ésta rige el criterio de elaboración, de working through, de trabajo interno del paciente acompañado por el analista, que consiste en ver y rever los modos habituales, repetidos, de tramitar los conflictos infantiles. Lo novedoso, si es producido por el paciente, requiere la inscripción, una marca, y, cuando pasa a representación, diferenciarla de las ya existentes para una posterior elaboración. Se agrega una tarea de diferencia- ción de lo que corresponde al mundo de la intimidad, al de la privacidad y al de lo público.

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El análisis está suficientemente descrito como una actividad

entre-dos, pero se puede pensar y encarar de diversas maneras y dependerá de cómo se lo piensa, a saber:

a) un entre-dos se constituye con uno que requiere elaborar sus

conflictos internos y otro que ha de permitir y colaborar en el conocimiento de aquél en base a una fuerte relación de asimetría. Entonces se habla del despliegue de la transferencia del paciente

sobre la persona y la circunstancia del analista, que ha de ubicarse en una posición de neutralidad, poniendo en suspenso toda valoración, negativizando en todo lo posible su presencia para dar lugar al despliegue del mundo fantasmático del paciente;

b) otro entre-dos es el de dos sujetos que, sin omitir ni suprimir

quién es cada uno, avanzan en la producción del vínculo, para encontrarse y admitir que a partir de él cada uno será un poco diferente de lo que era. El paciente, respecto a cómo empezó la relación, donde además de los significados derivados de su mundo infantil, inscribirá los nuevos registros de la presencia de ese otro que es el analista, y éste que registra su variación respecto de quién era cuando comenzó el tratamiento con este paciente singular. Esta tarea es suplementaria de la que se hará con esa otra ajenidad, la de lo inconsciente, que ha de aparecer en la sesión como sueños, lapsus, chistes o síntomas. La propia historia, cuando es contada desde el vínculo con el analista, deja de ser propia y pasa a ser una historia singular. Una tarea suplementaria es ubicar, precisar y mostrar lo ajeno del otro, que no es un sector disociado sino aquello que será necesario inscribir para constatar una y otra vez que lo ajeno permanece como tal. La tarea es distinta a la elaboración y pasa por un pensar en su posibilidad, no por un conocer previo, por intentar inscribirla sin desecharla al presentarse como obstáculo, lo cual conduce a cierta desestructuración de lo ya instituido, la subjetividad propia. Esta tarea puede intentar desecharse si está asociada a la vivencia de caos o de derrumbe. Laplanche (1987) cita a Ida Macalpine en su consideración del análisis como situación analítica, diciendo que ésta es la que crea la transferencia y que la regresión del sujeto es el resultado de adaptarse a la situación de creatividad, en sí misma facilitadora de una reacción infantil. O sea, piensa la transferencia como una reacción infantil pero justificable en esa situación. El autor francés señala, por su parte, varios

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desdoblamientos en la transferencia: pasado-presente, inadaptado- adaptado, y remarca que el otro es otro que yo porque es otro que sí mismo. Por lo que: “la alteridad externa reenvía a la alteridad interna” (véase Berenstein, 2001a). Liberman (1983), en su definición operacional de transferencia, considera que una disposición se desencadena frente a situaciones- estímulo dadas por el encuadre, la situación analítica y los elementos lingüísticos. Toma de Freud el criterio de “disposición”, que lleva al paciente a reaccionar de manera peculiar ante estímulos traumáticos y a responder a algún rasgo del analista que se preste para adjudicarle el significado dado desde la disposición. En esta concepción el paciente ha de ofrecer algo predeterminado a desplegar ante el analista quien proporciona algún rasgo facilitador, interviniendo en la relación como sostén de elementos que desencadenen esa respuesta afectiva.

Esto también ocurre en tanto la manera como el analista concibe el método psicoanalítico se presta para que se le adjudique alguna de dichas cualidades que se transforman en estímulos. (Liberman, 1983:

84)

Efectivamente, las teorías del analista inciden fuertemente en su ubicación en el proceso analítico, y ello se aplica tanto a este autor como a cada uno de nosotros. La manera de pensar de cada análisis es diferente según cómo se conciba al vínculo. La inscripción de una nueva marca consiste en incluir una cualidad de la situación actual no registrada si el sujeto la acepta, pero ello no lo conduce a una experiencia infantil salvo por una falsa conexión, siempre dispuesta a hacer una unidad de dos experiencias diferentes: la actual y la histórica.

3. ÉTICA DEL UNO Y DEL DOS

Veamos brevemente la siguiente situación clínica y la discusión a la que dio lugar. 1 Una paciente, hablando bastante libremente, asoció con una amiga que vivía en Barcelona. La terapeuta evocó a su hijo viviendo en Barcelona y, ocupada

1. Reunión clínica en el Departamento de Familia de la Asociación Argentina de Psicología y Psicoterapia de Grupo.

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con esta ocurrencia, durante unos minutos no pudo atender lo que la paciente decía. Aquí se puede hablar de un impedimento en la atención flotante, ya que no le fue fácil prestar atención al material. Se presentó un obstáculo para el desplazamiento de los significados y, aparentemente, para comprender lo que estaba ocurriendo entre ambas, que podemos atribuir a una representación previa. Ese no poder dejar de lado la ocurrencia personal supuestamente quitó libertad, como ocurre cuando hay una invasión de la vida personal de un analista evocada por la ocurrencia del paciente. Puede haber sorpresa ante la irrupción del propio inconsciente, que tiene un efecto paralizante y detiene la posibilidad de pensar. Desde lo vincular podemos decir que la idea de quedar privada de libertad no toma en cuenta que la mayor restricción a la libertad viene de las ideas previas a todo encuentro con el otro, y no de aquello que libera de la propia prisión de lo preconcebido. Si emerge un imprevisto, no quita sino que en realidad agrega libertad a la situación. La restricción propiamente dicha sería la subordinación a interpretaciones ya establecidas por el uso. Eso que es descrito como un obstáculo para el pensamiento fue justamente lo novedoso de esa situación, a la que podemos caracterizar como una desubicación resultado precisamente de estar vinculados. La pregunta tradicional es ¿qué hace uno con esto? Sugiero que la pregunta debería ser ¿qué hacemos dos con esto? Uno solo no podrá hacer ese pensar que se da en el entre-dos. Si la paciente hablando de Barcelona inició una acción, requiere el acompañamiento, el estar y hacer del analista, que al aportar “su” Barcelona determinará que la de la paciente no siga siendo la misma. ¿Cuál sería el compromiso ético derivado de esta situación? Sería diferenciar qué es de uno y qué es de otro y hacerle lugar a lo que sí es de uno y de otro. La persistencia en lo que es de uno aleja lo del otro y su incipiente y posible relación. La sorpresa ante el propio inconsciente se debe no sólo al retorno de lo reprimido que toma desprevenido al yo, sino a que fue promovido desde la acción de otro. O puede empezar en uno pero requiere del otro para continuar. De otra manera el analista estaría gobernando la sesión, desentendiéndose de que para hacerlo requiere del paciente para que la inicie.

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¿Cómo puede analizarse este impedimento? Hay un malen- tendido inicial que consistiría en pensar que una ciudad o una persona son únicas a partir del nombre y lo es desde uno. Cada nombre se refiere a varios nombrados, en esta situación clínica se trata de dos ciudades, la del paciente y la del analista. Subsumirlas en una sola, la de la paciente o la de la analista, sería reducir esa producción vincular a uno, y por lo tanto desvincularlos. Se estaría a punto de descubrir que ahí donde antes llamaban algo de la misma manera, debe iniciarse un trabajo clínico para enterarse de que eso que se nombraba igual, en realidad nombra a dos sujetos y produce una acción entre ambos. No se trata de que la analista está obstaculizada para pensar porque se le aparece su Barcelona, sino que se abre un camino donde el mismo término vale distinto a un lado y al otro de la relación, y el hecho de interés es que el nombre tiene sig- nificaciones distintas. Entonces se abriría la posibilidad de la diferencia o de la existencia de dos. Si el psicoanalista calla su Barcelona, bajo un imperativo ético tal que el paciente despliegue lo que tiene que decir (y es lo correcto desde una perspectiva), desde el punto de vista vincular sería una especie de falla ética no hacer aparecer la diferencia y la colaboración entre los dos. Se pierde esa oportunidad en nombre de que es uno quien la tiene que desplegar. Se supone que el psicoanalista no debe hacer aparecer sus ocurrencias para no influir en el paciente, pero el efecto resultante es torcer el sentido preciso de una producción entre dos. El psicoanalista puede pensar que su Barcelona tiene algún grado de falsedad, y así convencerse de que una (la del paciente) es verdadera. Otro camino es poner en escena que si son dos, ambas forman parte de la situación, no significan lo mismo y son dos ciudades que nombran ajenidades distintas. La cuestión requiere otra formulación si el psicoanalista interviene para que dos colaboren en el pensamiento de uno o si se ubica como algo ocurrido en el entre-dos. Nuevos procedimientos inauguran otras lógicas y otras éticas. La que corresponde al deseo inconsciente hace que pensemos con la lógica de que esa ocurrencia pertenece a la contratransferencia y, en tanto tal, corresponde a la transferencia, y en consecuencia al paciente. Diría: el paciente es uno y el analista se debe a él. Se inaugura otra lógica al considerar que hay una

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simetría en tanto se considera a dos sujetos, y una asimetría en tanto, habiendo una diferencia irrenunciable, se establece un conocimiento de uno y otro con un criterio de tolerancia de la diferencia. A la lógica del Uno corresponde una ética del Uno. A la lógica del Dos corresponde una ética del Dos. Considerándolo desde otro punto de vista, la ética del Uno es la autodefensa; pone en vigencia el “no matarás” en tanto sea parte del uno y lo pone en suspenso cuando legitima la posibilidad de matar al otro, para lo cual habrá una operación previa: clasificarlo como enemigo. En la primera se trata de que el uno se manifieste, y en lo vincular la ética consistiría en que aparezca la ajenidad. La lógica no sería sólo un modo de comprender sino también un modo de acción, y se podría considerar que ética comprende las reglas del modo de acción. “Actuarás de modo que se despliegue el deseo del paciente”, o “actuarás de modo que se produzca la diferencia de la ajenidad entre dos o varios”. La atención flotante puede ser usada para observar qué de curioso tiene el discurso del paciente, pero también para registrar qué diferencia se produce en el “entre-dos”, algo más que transferencia, que es el despliegue de uno. Estas consideraciones dan distintas ideas acerca del sufri- miento. El del Uno radica en la frustración respecto del cum- plimiento del deseo con aquellos objetos que se oponen a ello. El yo reaccionará con envidia, rivalidad, competencia u hostilidad respecto de quien cree que posee el objeto ansiado. La ilusión supone hallar alivio en la realización del deseo, y el placer sustituto en el hallazgo de los que representarán a los objetos de satisfacción, de los que se espera que realicen la acción específica. Ésta es una acción, una lógica y una ética basada en el yo como uno desde la concepción del Uno, llámese deseo inconsciente o autonomía del yo. Otras son las acciones, la lógica y la ética basadas en la del Dos, en la producción de diferencia entre un sujeto y otro, cuyo impedimento trae como sufrimiento el aislamiento, que se puede caracterizar como estar solo entre otros, lo cual puede malentenderse como ser diferente en un conjunto. Entre dos sujetos la diferencia brinda la alegría de la pertenencia al conjunto, lo cual lleva a su vez a la producción de uno y de otro como algo diferente a lo que podía darse en el punto de partida. En lo vincular el sufrimiento estaría dado por la im

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posibilidad de hacerle lugar a lo ajeno que rescate al sujeto del aislamiento. La producción de diferencias se realiza en la pluralidad, y es allí donde se da la posibilidad de ser único y diferente entre iguales.

Se pierde la contigüidad cuando las personas sólo están a favor o en contra de los demás, por ejemplo durante la guerra, cuando los hombres entran en acción y emplean medios de violencia para lograr objetivos en contra del enemigo. En ese caso el discurso se convierte en mera charla porque es un medio para alcanzar el fin: engañar al enemigo o a los efectos de propaganda (Arendt, 1958).

Solamente entre otros se puede ser único y diferente, mas no aislado. Arendt sostiene que habría una diferencia entre la persona que está con otra y la que está a favor o en contra de otra. No estar ni a favor ni en contra es estar con el otro en tanto posibilidad de admitir diferencia y ajenidad. Estar a favor es estar con esa persona en el mismo lugar, lleva a la identificación, estar en contra, lleva a que el otro no exista. Todos los analistas decimos de la sesión analítica: “somos dos”. Pero algunos dicen “somos dos e intervengo para devolver lo que te corresponde”, es decir, la posición analítica estará caracterizada como una presencia que no cuenta como tal sino como receptor de una ausencia. Otros decimos “somos dos y ambos intervenimos en hacer esta relación”, lo cual supone un modo de expresar y trabajar en una relación entre dos presencias, donde es posible la producción de diferencia.

4. NOCIÓN DE CONFLICTO VINCULAR

El conflicto psíquico ha sido pensado de diversas maneras a lo largo del desarrollo de la teoría psicoanalítica: como oposición entre el yo consciente y las representaciones penosas que aquél no admite; entre la sexualidad y el yo que promueve la defensa; entre distintas instancias del aparato psíquico: inconsciente y conciencia o, en la segunda tópica, entre superyó y yo; como conflicto entre las pulsiones, o entre distintas identificaciones derivadas del conflicto edípico, etc. El conflicto vincular plantea una novedad en la clínica y por lo tanto en la metapsicología. En la primera el conflicto se

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establece entre dos sujetos por una relación de presencia, además del conflicto derivado del mundo interno, con su fuerte incidencia proyectiva. Esta novedad llevó a una modificación en el encuadre clínico, las sesiones de pareja o de familia y, fuera de las relaciones familiares, en el tratamiento de grupo. La otra novedad es metapsicológica y resulta del conflicto que se da entre la obstinada presencia del otro y su investidura por las representaciones del sujeto. Dicho en términos coloquiales, el conflicto se suscita ante la posibilidad del otro de decir que “no” a las atribuciones del sujeto (imposible en caso de un objeto ausente), lo cual produce una desubicación respecto del propio juicio atributivo. El otro se opone, excede lo proyectado. El sujeto se mueve entre la impotencia de anular o ser anulado por el otro y la omnipotencia de hacerlo desaparecer en su fantasía o desaparecer en la fantasía del otro, de aceptar su ausencia o, en casos extremos, crear condiciones en la realidad para que se concrete esta fantasía de desaparición, como ocurre en forma extrema en el crimen. Allí una presencia persecutoria deviene ausencia, aunque siga subsistiendo en el mundo interno ya que la persecución proviene de un objeto dañado, mutilado o destruido. El conflicto vincular puede generar posibilidad de daño al reducir una relación de ajenidad a una relación con lo semejante, una relación con la otredad a una relación con la mismidad, y también puede producir complejidad en la relación si es trabajada en el contexto correspondiente.

5. ACERCA DE ALGUNOS TÉRMINOS USADOS HASTA AHORA EN ESTE TRABAJO

El término suplemento o suplementario describe una pieza agregada que nunca formará parte de aquello que sostiene o completa. Una cuña de madera, en una mesa, debajo de la pata un tanto más corta que las otras no forma parte de la mesa ni lo hará nunca. Esto nos permite postular una no unificación, criterio usado al mostrar la relación entre partes como complementarias según la creencia en una supuesta unidad original. La idea del andrógino, que fue separado en una parte masculina y una femenina que desde entonces se buscan para completarse, o la idea de la media naranja o las medias

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medallas, usada para modelizar la unidad de las parejas ena- moradas, son claros ejemplos de complementariedad. Las distintas modalidades en que el vínculo se establece entre

los sujetos son suplementarias, en el sentido de que no forman una unidad, sino que se reúnen en la diversidad. Las marcas que se producen en la vida de pareja suplementan las infantiles, no conforman una complementariedad ni constituyen una unidad; agregan y dependen de la relación con ese otro específico donde se determinan. La relación paciente-analista se aleja de la complementariedad que supone una posibilidad ideal de entendimiento, para dar lugar

al surgimiento de aquello que se agrega, no que completa, al otro, y

precisamente por esto lo modifica. La complementariedad restituye una fantasía de unidad perdida, en realidad inexistente y creada posteriormente en la fantasía desiderativa como unidad totalizadora. La concepción de la contratransferencia como respuesta a la transferencia del paciente considera dos aspectos complementarios.

Se halla determinada por lo inconsciente del paciente frente al cual

el del analista resuena y, en tanto tal, le restituye, le devuelve lo

que es de aquél “retornándolo” a una unidad. En el análisis de las parejas matrimoniales se asiste a un largo período del proceso terapéutico en el que sostienen que, para entender, debieran ser uno. “Cuando me despierto por la mañana deberías saber que no hay que hablarme", dice él. Agrega: “Te va mal con los hijos porque les hablas todo el tiempo desde que se levantan”. Responde la mujer: “Es que hay que hablar para entenderse. El silencio te retrae, y a tus hijas les hizo bien que les hablaras. Debieras hablar más para aliviarte a la mañana”. La concepción de dos, pensada como una duplicación de uno y cuyo modelo sería el de una fotocopia, está en el camino de la búsqueda de complementariedad.

Pasemos ahora a otro término, instituir. Significa marcar o fundar;

a partir de ese momento y lugar comienza algo diferente. La

represión primaria, determinante de la fijación, a través de la contrainvestidura sugiere la idea de inscripción de una marca que establece una representación. A partir de allí se instala, y produce una serie de derivados que remiten a ella en su sentido. Se puede decir que instituye inconsciente al establecer esa separación por la

cual se liga una pulsión a

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una representación, y a partir de la contrainvestidura se retira la representación de palabra de lo que queda inscripto como representación de cosa. ¿Es posible concebir que la represión primaria siga estableciéndose después del naufragio del complejo de Edipo, es decir, después de la primera infancia y entrada en la latencia? Se producirán nuevas marcas de inscripción como parte de lo instituyente en lo vincular, es decir que deberán hacerse inconscientes para no obstaculizar la relación. Lo que hemos

descripto ocurre con la ajenidad de cada otro, y ello expone al sujeto

a una vuelta siempre temible de la ajenidad en el vínculo. Después

de ser retirada se le negó reconocimiento por lo cual lo ajeno aparece como lo desconocido en una relación. De instituir deriva institución como un sustantivo de acción o proceso (Williams, 1976). De denominar un acto de origen pasó, con el tiempo, a nombrar las prácticas establecidas, con un sentido fuerte de costumbre. De institución deriva instituto como organización de enseñanza o educación. El psicoanálisis tuvo su origen y su momento instituyente a partir de Freud y sus escritos de fin de siglo XIX y buena parte del siglo XX. En un momento determinado requirió que se sustantivara fundando la institución llamada Asociación Psicoanalítica, local primero y luego internacional, y a los efectos de la formación cada una de las Asociaciones tiene un instituto. La relación amorosa se instituye y retiene un momento en que se le adjudica un origen, y constituye una institución cuando la pareja decide que se regirá por un conjunto de prácticas a llevar a cabo de cierta manera, con un fuerte componente de costumbre establecida tanto por la pertenencia al marco social como por lo establecido a partir de la pareja. Si lo que instituye tiene capacidad de inducir cierta deses- tructuración de la subjetividad, lo instituido se organiza en la mente como institución oponiéndose al nuevo acto instituyen- te, al que registra como una amenaza institucional. Constituir refiere a lo ya ligado e investido que se ha de cumplir

o hacer según lo determinado, y una vez realizado, habrá una

constitución, por lo general escrita, que se ha de seguir y a la cual

se recurrirá en momentos de crisis. El carácter de la persona es el conjunto de las marcas constituidas durante la evolución psíquica y hay cierto consenso con respecto a que no es fácil de modificar. Lo constituido se opon-

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dría a la emergencia de lo desligado y lo nuevo, verdadera amenaza a lo ya ligado.

6. ALGO MÁS SOBRE LAS RELACIONES DE PODER

Examinar psicoanalíticamente las relaciones de poder choca con un obstáculo como cuando las examinamos socialmente: el juicio adverso que surge en el espíritu ante el exceso. En los vínculos con los otros circulan sexualidad y relaciones de poder. No remiten una

a la otra, circunscriben dos universos distintos aunque puedan

superponerse. Son instituyentes del sujeto tanto en la relación con

el otro como con lo social. El psicoanálisis ha sentado las bases de

una nueva concepción de la sexualidad y empujado su enorme desarrollo en estos cien años. De las relaciones de poder, con su especificidad y particularidad como base de la constitución del sujeto y fuente de sufrimientos específicos, deberemos ocuparnos de aquí en más aunque algunos autores ya hayan iniciado ese camino. El exceso de poder es a las relaciones de poder como la per- versión a la sexualidad. A nadie se le ocurriría que no debiera haber sexualidad porque hay perversiones, lo propio ocurre con las relaciones de poder respecto de su exceso. Considerar el poder como una relación indica que excede la determinación individual de los sujetos y está más allá de su historia. Los sucesos del pasado individual de las personas que se dice que ejercieron un poder omnímodo o tiránico no son condición suficiente para explicar su exceso: por ejemplo si fueron personas golpeadas o maltratadas en la infancia o si evolucionaron con resentimiento hacia alguna de las figuras parentales con las que se identificaron o si proyectaron ese odio en las víctimas de su accionar autoritario. Decir que se considera una relación pone el acento en una producción tanto de los lugares de poder como de quienes ocupan manifiestamente los lugares de ejercer el poder y de recibir esa acción. Lo que se suele llamar “reducir el poder” de los sujetos dominantes, mediante cambios de superficie en los lugares o mediante modificaciones cuantitativas (que más personas compartan el poder o que los de otro grupo político lo hagan), puede ser necesario pero deja inconsciente e inalterada tanto la estructura de la relación como sus propias representacio-

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nes. Una relación de poder no se suprime porque se elimine a un grupo político y otro ocupe su lugar. Si se modifica, es por cambiar sus modos de representación. Se le explica lo que señala Bourdieu

(2002):

[ ] lo más importante es que una revolución simbólica, para triunfar,

debe transformar las interpretaciones del mundo, es decir, los principios según los cuales se ve y se divide el mundo natural y el mundo social, y que, inscriptos en forma de disposiciones corporales muy poderosas, permanecen inaccesibles al influjo de la conciencia y de la argumentación racional.

El pasaje de lo consciente a lo inconsciente tiene lugar con el examen de las prácticas instituyentes de la subjetividad, que sostiene y se sostiene en esas relaciones donde circula poder y posiciona a los agentes según quiénes lo ejercen por un lado, y quiénes reciben su acción, por el otro. Que sean de orden inconsciente significa que su modificación está más allá de las buenas intenciones de quienes proponen recursos para corregirlas, porque quienes lo hacen están modelados y determinados por esas mismas relaciones. Las llamadas buenas intenciones no son más que formaciones de compromiso, sintomáticas si se quiere, que no han de modificar sino perpetuar esas relaciones bajo un nuevo nombre. La seducción que parecen ejercer quienes ocupan posiciones de poder -el empresario, el director, el jefe respecto de su secretaria o sus subalternos (como ejemplo público, el caso Clinton)- 2 no hace sino mostrar que se trata de una conjun-

2. Se trata de una situación que tuvo mucha repercusión mediática y periodística alrededor de la actividad sexual clandestina entre el entonces presidente de los Estados Unidos, Bill Clinton (1996-2000) y una joven pasante que trabajaba en la Casa Blanca, con la que se dio una relación sexual, al parecer, oral. Los hechos en el país del norte fueron bien claros porque se ubicaron en dos ámbitos: uno, el del gobierno, donde se manejaron con lo propio de las relaciones de poder en su dimensión política, denuncias, pedidos de renuncia, conflictos entre los partidos gobernantes, encuestas de popularidad con vistas a las elecciones futuras, etc. Es decir que se dirimían relaciones entre subconjuntos públicos: partidos políticos, conflicto entre el poder judicial y el presidente; la situación incluía datos como descenso de popularidad de éste último, erosión como figura pública, etc. (Berenstein, 2000b). El otro era el ámbito de las relaciones privadas, con elementos de seducción de una imagen parental a la de una hija, donde a través de los lugares se

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ción de dos elementos de distinto orden: sexualidad y poder, ambos inscriptos en las representaciones sociales e individuales, en los cuerpos, en las diferencias generacionales y familiares. Las relaciones de poder son producidas simbólicamente en una y otra subjetividad e instituidas desde la relación. Convencionalmente se llama “modificar las relaciones de poder” a cambios generalmente cuantitativos más que a un cambio profundo desde la relación, es decir desde ese orden donde trabajan juntos los otros con nosotros, lo que se denomina el Dos. La teoría psicoanalítica todavía no tiene formulaciones para las relaciones de poder. Se diferencia, en psicoanálisis, la teoría sexual y una teoría de las relaciones de poder. La primera tiene como elemento fuerte el deseo inconsciente y su base pulsional y una muy clara caracterización de su fuente, fin, objeto y perentoriedad, las cuatro características de la pulsión señaladas por Freud en 1915. Aunque pueda pensarse en el deseo de poder, seguramente éste ha de remitir a una formación de la sexualidad, como el control del cuerpo de la madre o de la escena primaria en sus distintas variantes; a lo sumo podrá incluirse como un derivado de aquélla. Otros analistas propusieron adscribirlo a la pulsión de apoderamiento, llamada por otros “pulsión de dominio” caracterizada por Freud como no sexual. Las relaciones de poder tienen otros elementos: la relación, situación, posición e inscripción de nuevas marcas. La pregunta acerca de cuál sería la fuente de las relaciones de poder no está bien formulada, porque interroga por una base somá-

volvían a introducir esas relaciones de poder entre una autoridad presidencial y uno de los niveles más bajos de la administración pública; aparecerá la relación matrimonial con un marido del que se conocían las infidelidades, pero también una esposa deseosa de realizar su propia carrera política. Esta situación puso en evidencia la fuerza del mundo público en lo privado y la privatización del espacio público representado en un sector apartado de la Casa Blanca, donde tuvo lugar el encuentro sexual. Es probable que ninguno de los dos supiera que sus cuerpos y sus mentes cumplían inconscientemente con un orden de dominación masculina. Pero lo sexual, aunque era parte del argumento, encubría las relaciones de poder entre dominador y dominado. Bourdieu (1994) señala: “una historia social del proceso de institucionalización estatal de la familia pondría de manifiesto que la oposición tradicional entre lo público ”

o lo privado oculta hasta qué punto lo público está presente en lo privado

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tica desde la noción de fuente, pertinente para el ámbito de lo sexual pero no para la relación entre dos o más, pues ésta incluye, modifica y va más allá de la pulsión, que es una de sus varias determinaciones pero no la única ni exclusiva. Los casos extremos de violencia de uno sobre otro, allí donde hay exclusivo deseo de uno, no deben considerarse relaciones de poder porque el otro no tiene lugar de sujeto sino crudamente de objeto. No habría tal cosa como un deseo de ser violentado o torturado. Esa afirmación, por lo general, culpabiliza a la víctima y confunde los términos acerca de quién es el ofensor y quién el violentado.

7. MÁS ACERCA DE LA AJENIDAD

Vale la pena incluir y ampliar la cuestión de la ajenidad en la teoría general del psicoanálisis. Dice Leivi (2001):

Plantear la ajenidad del otro en el vínculo -y agregaría por extensión, también la ajenidad del propio sujeto- en tanto marca un tope, un límite, a todas las identificaciones posibles, a todos los discursos posibles; en tanto concibe una dimensión del otro y del sujeto no abarcable identificatoriamente ni discursivamente, entendiendo además que ese tope no es marginal, sino central; todo eso creo que es un aporte y una perspectiva muy importante, no sólo para el análisis vincular sino para el análisis a secas.

Coincido con su comentario acerca de que:

[ ] concebir el trabajo del análisis en el puro plano de la transferencia y la contratransferencia, entendidos como dos aspectos equivalentes y complementarios cuya sumatoria brindaría una totalización del campo en cuestión -concepción esencialmente identificatoria del trabajo analítico, tan frecuente entre nosotros- justamente desconoce ese margen de ajenidad.

Y más adelante:

¿Por qué es más inherente la ajenidad a la presencia del otro que a su ausencia?

Interrogante de suma importancia en el análisis en general y no sólo desde la perspectiva vincular. Propone Leivi tres

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modalidades de ausencia como ejemplos característicos: el alejamiento del otro por un tiempo medianamente corto, lo que conlleva una espera de retorno; una ausencia debida a una separación como puede ser el caso de un divorcio, donde la promesa es de no volver y, finalmente, la determinada por la muerte del otro. En las del primer tipo podemos incluir las separaciones cotidianas de los cónyuges que se van a la mañana a sus respectivos lugares de trabajo o de actividad y vuelven a encontrarse por la noche, o las ocasionadas por viajes u otras circunstancias similares. También las separaciones entre paciente

y analista después de cada sesión, o aquellas más prolongadas del

fin de semana, o más aún las de las vacaciones de invierno o de verano. En estos alejamientos, el yo cubre el lugar del ausente con el despliegue de la fantasía, sin la impugnación o el tope que ofrece la aparición del otro. Eso ocurre con el paciente cuando se va de la sesión y supone continuar antes de venir a la siguiente, y también con el analista entre sesiones cuando evoca a su paciente, o cuando ante su tardanza lo espera con las impresiones persistentes de la sesión anterior. Lo que se llama “reencuentro” actualiza lo ajeno en

la presencia del otro y obliga a una actividad de hacerse conocer nuevamente: son las respuestas a las tradicionales preguntas:

“¿dónde estuviste?” o “¿cómo te fue?”, modos de pasaje de ausencia

a presencia y de puesta en contacto de una presencia con otra. La vivencia contratransferencial de continuidad con el clima de

la sesión anterior, exacerbada en las separaciones de fin de semana

o por vacaciones, da una pauta de la dificultad de contacto con la no continuidad, cuya marca es la ausencia seguida de nueva presencia. La ansiedad de separación hace que sea imaginarizada como una continuidad posible de sostener mediante una desmentida de la ausencia. En la separación por divorcio de la pareja parecería que el

trabajo de elaboración de la pérdida es dependiente de varios factores: del tipo de relación previa, de la modalidad de separación

y de reconocer las imposibilidades que llevaron a ese desenlace, 3 de la hostilidad frente a lo que es vivido como fra-

3. Lazo es un término estrechamente relacionado a vínculo, en el sentido de una atadura duradera, con nudos. También denomina el elemento con que

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caso del proyecto conjunto y de lo que puede desencadenarse a partir del mismo sin haber sido posible preverlo, del tipo de relación de objeto actualizada con esa separación, de las pérdidas tempranas y su modalidad de elaboración. No obstante, las fantasías persecutorias o de culpabilización del otro por la pérdida del vínculo hallan su camino facilitado ante la no presencia del otro, lo que posibilita las distintas versiones que adquiere esa fantasía. Deberá tenerse en cuenta que el desanudamiento de una pareja produce una pérdida sustancial en el sujeto del vínculo: para esa situación dejan de ser y de estar sujetos. La no respuesta del otro puede producir la vivencia de estar con un ausente, o de no ser existente para el otro. Su virulencia y efecto desestructurante está ligado a un impedimento simbólico, el ya no poder devenir sujeto en esa situación vincular. En las dos primeras modalidades de ausencia (alejamiento corto

y divorcio), el trabajo de la fantasía está limitado por la presencia

probable del otro, deseada o evitada, aceptada o rechazada pero inevitable. En la separación matrimonial el otro se hace presente al

tener que acordar, por ejemplo, respecto a los hijos o a lo económico. Ello marca la evidencia de que el divorcio es posible en

lo jurídico y la separación en lo vincular, y que a partir de allí no

será posible cumplir con esa tarea requerida por el Dos y queda en

el campo de lo Uno. En el mundo interno ese que era otro reforzará

su existencia como objeto y ocupará persistente un lugar, y será evocado en determinadas circunstancias. En aquellas situaciones donde la muerte del otro deja esa marca de nunca más, el trabajo de la fantasía parece ser más nítido, menos anfractuoso, de menor conflictividad aunque de mayor ambivalencia. También de mayor posibilidad de idealización por desaparición de ese obstáculo que es la presencia del otro. El nunca más abre una dimensión de ausencia definitiva que permite al yo revestir al que no está y hacer las evocaciones y reminiscencias, conectarse con los recuerdos y

se realiza. De lazo derivan enlace y desenlace, aquello que se desata o desanuda. Atar, enlazar y vincular se aproximan a sujetar y en consecuencia a sujeto.

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darles esa forma peculiar que recibe desde el deseo inconsciente. Hay una garantía de que el otro no ofrecerá tope. El proceso de desvinculación con el riesgo de la aparición del otro, con la posibilidad de que se haga presente, es sumamente complejo por la tarea de desasimiento vincular y por la relación con él desde otro lugar a partir de los nuevos encuentros. La relación con el otro separado es de otro tipo, no es sólo discontinuidad sino otro tipo de continuidad con algo anterior que se alteró. Es posible que los reproches continúen por años o siempre, debido al fracaso de la experiencia vincular difícilmente admisible por el sujeto, que hace recaer la culpa y las acusaciones en el otro devenido objeto. La economía de los reproches consiste en intentar producir un exceso de presencia, aunque su contenido se relacione con recriminarle al otro por no estar; en realidad se lo acusa por la no coincidencia. El sujeto reprochado no puede no responder a ellos y de ese modo muestra su presencia. La ausencia definitiva del otro, en cambio, resta una nueva inscripción e incluye la no posibilidad de modificarse en esa relación, trae una falta de nueva marca que deja huérfano al sujeto, aprisionado en la subjetividad previa. Sí cuenta con la posibilidad de ampliarla a partir de la transformación de las inscripciones previas pero no de modificarla por la vía de la suplementación, lo que en definitiva produce una vivencia de pérdida. ¿Habrá momentos de mayor y menor tolerancia a la ajenidad? Quizá la estabilidad del medio social o familiar crea las condiciones de mayor tolerancia, y puede generarse un acuerdo en inmovilizarla en el mundo social así como en el mundo familiar, algo así como establecer un pacto de no ajenidad a la manera de los pactos de no agresión, que no la suprimen sino que la tornan invisible.

8. LA AJENIDAD (DEL ANALISTA) Y LA PERSONA REAL

De tanto en tanto surgieron importantes trabajos sobre la persona del analista (Little, 1957; Klauber, 1968), en el contexto de una crítica a la función del analista como espejo. Klauber sostiene que la tarea analítica no depende sólo del análisis de la transferencia sino de la “satisfactoria interac-

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ción entre personalidades”. Aunque el analista realiza la in- terpretación y la construcción del sentido, sus procesos de va- luación variarán notablemente de acuerdo a su personalidad y cultura.

Analista y paciente no son solamente analista y paciente; también son individuos con sistemas de valores altamente integrados, y en gran medida inmodificables, y la actitud de uno hacia el otro expresa no sólo la transferencia y la contratransferencia sino puntos de vista egosintónicos y firmemente basados en la reflexión. Una teoría de la técnica que pase por alto la enorme influencia de los sistemas de valores del paciente y el analista en la transacción psicoanalítica, también estará pasando por alto una realidad psíquica básica de toda relación analítica (Klauber, 1968: 166).

Esta descripción de fines de la década del sesenta desde otro esquema de referencia se ocupa de lo que planteamos acerca de la naturaleza vincular de la relación analítica, así como del valor de lo que los colegas de esa época llamaban la “persona del analista” que, sin ser coincidente, se acerca a lo que aquí se llama presencia. Aunque Winnicott y Little hablaron del analista como una persona capaz de brindarle una respuesta emocional genuina, paciente y analista son considerados como individuos, con sistemas de valores integrados e inmodificables pero basados éstos en una actitud consciente. En un ejemplo, Klauber (1968) describe a un paciente con- siderando la rigidez y actitud irrazonable del padre. El análisis de la rivalidad y agresión en función del complejo de Edipo carecerá, dice, de todo poder de convicción para el paciente. El autor sugiere discutir los pormenores de las críticas del hijo para, además de las quejas justificadas, mostrar las motivaciones irracionales originadas en su infancia. Esas quejas respecto de ese padre infantil ausente, es decir objeto de un mundo interno y de las emociones ligadas a esa situación, deberán ser analizadas exhaustivamente (y de hecho son analizadas por el paciente). Salvo que para nuestra perspectiva, el además pertenece a otro espacio igualmente relevante de análisis si se quiere alcanzar el nivel de inscripción del vínculo con el padre y la posibilidad del hijo de pensarlo. Se ha de introducir un padre “otro” respecto de un hijo “otro”, a los cuales se les deberá habilitar un lugar que no es el lugar ya dis-

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puesto desde la constelación infantil. “Otro” respecto del despliegue pulsional incluido en la comprensión acorde con la variedad emocional del complejo de Edipo. Este camino del análisis no puede producirse sino al analizar esa ajenidad en el lugar de la interferencia (capítulo 8), en relación con la presencia tanto del analista como del paciente. Pero se deberá enfatizar en su diferencia respecto de las figuras ausentes que se presentifican en un analista que se presta para ello. Ése es el lugar de la transferencia. Dice Klauber acerca del caso mencionado:

Pero esto envuelve una serie de complejos juicios de valor sobre la situación real, tanto con respecto al paciente, en su conducta fuera del análisis, como a un tercero (el padre) (pág. 175).

Esos juicios de valor en general circulan en forma implícita en las interpretaciones donde, bajo forma de preguntas o sugerencias encubiertas, el analista se ofrece como ideal. Cabe preguntarnos qué ocurrió con el análisis del analista, interrogante que no debiera hacernos temer, y examinar las consecuencias de la no inclusión del sentimiento de pertenencia, sea social o institucional, por ser considerado como “lo dado”. Si este sentimiento de pertenencia no fue analizado, resultó apto para transmitirse generacionalmente como punto ciego de analista en analista. Es aún una zona difícil el análisis de la condición social y económica, de las convicciones religiosas o políticas del paciente y cómo aparecen en el mismo analista, según se observa en el arreglo de su consultorio y los objetos que le pertenecen y que el paciente registra, así como por las circunstancias de su vida familiar, la austeridad o el lujo. En las interpretaciones se infiltra la posición respecto de la separación matrimonial de su paciente, sus criterios de salud y enfermedad o sus opiniones políticas. Desde luego, todos estos elementos pueden funcionar como soportes de la transferencia y analizarse. Los temas actuales de mayor conmoción social, como podría ser en algunos países la violencia ligada a problemas económicos o desocupación y en otros a problemas con las minorías, por lo general no son incluidos en las presentaciones clínicas por no ser considerados “datos” a los que se les podría dar otro sentido. Aunque es algo razonable intuir qué y cómo

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organizan la subjetividad, son cuestiones que suelen permanecer fuera del análisis.

9. LOS MÁRGENES (O BORDES) DEL SUJETO

Lo que sigue ha de ser más impreciso. La mayoría de los psicoanalistas toma lo infantil como determinación y toda de- terminación es única, de otra manera se está ante lo indeterminado. Se toma como criterio único un comienzo basado en el desamparo originario: aportando el recién nacido su indefensión, aceptará las marcas que el adulto produce, inconsciente de ellas, con la innegable sexualidad que atraviesa la relación. Esta concepción lleva a pensar en un sujeto constituido de una vez, con un origen temprano e infantil, y los conflictos derivados han de llevar por el camino de la elaboración a transformar “una miseria histérica en infortunio ordinario” (Freud, 1893). Lo cual no es poca cosa. La certeza de esta formulación está basada en la convicción de ser única. En los poco más de cien años de psicoanálisis hemos tomado contacto con logros y también con fracasos en la teoría, los cuales fueron fuente de sucesivas formulaciones que llevaron a su am- pliación. No obstante, determinadas patologías no son fácilmente accesibles, aun con las formulaciones disponibles hoy día. En las teorías psicoanalíticas hay un hiato entre los hechos significativos del pasado y los hechos subjetivos nuevos. Las teorías vigentes hasta este momento se muestran demoradas respecto de lo producido en el ahora. No se es consciente de la propia historia individual ni tampoco de la determinación epocal en la medida en que se forma parte de la situación social actual. Surge una discordancia cuando se aspira a explicar el sentido de vivir una situación: o se la explica como determinada por lo ocurrido actualmente (relacionado con la presencia) o como determinada en una época pasada (consecuencia de una ausencia). Optar por una de esas formas resulta de una escisión subjetiva y a su vez la produce pues ambas son portadoras de sentido. Habremos de decir que el sujeto humano es indeterminado y se determina en la situación y en una relación con el otro o con los otros, lo cual incluye el pasado y el azar de las marcas provenientes de lo actual.

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Ambas determinaciones son pertinentes pero no en el mismo momento ni para los mismos sectores de la situación vivida. El sujeto singular se instituye con representaciones de su historia temprana e infantil, en el vínculo sexual con el otro y en relación con el espacio público, hallándose marcado por las relaciones de poder. Como psicoanalistas nos interesa la perspectiva de la indeterminación porque ha de ampliar el abanico de determinaciones en el cruce de esos tres espacios (véase el capítulo 6), y los “bordes” del sujeto necesariamente se verán ampliados por la presentación de aquello no previsto ni previsible. Y, respecto de esos tres espacios, hemos dicho que el sujeto está producido por esos mundos y a la vez es donde ellos se reúnen.

10. LA IMPOSICIÓN Y SU RELACIÓN CON LA

VIOLENCIA PRIMARIA DE PIERA AULAGNIER

Toda conceptualización es producida en un lugar y un tiempo y trata de decir algo distinto a la producción anterior. A veces para ampliarlo y otras veces para desecharlo o repetir sus formulaciones con otras palabras. Sin embargo, los intentos de describir nuevos hechos, especialmente si son de orden psíquico, corresponden a la intuición de una brecha, un espacio vacante que, estando presente desde antes sin haberse notado, puede haber sido puesto en evidencia a partir de las nuevas maneras de plantearlo. Pero también pueden haberse tornado evidentes inconsistencias, que antes no se notaban. Por eso, puede resultar difícil notar nítidamente las semejanzas o diferencias entre los distintos conceptos en un campo de experiencia común. Al igual que las personas, las ideas científicas también son singulares, y lo que las homogeneiza es que son diferentes en tanto forman parte del conjunto que las agrupa. Tomaré sólo la noción de imposición para reflexionar acerca de la semejanza o diferencia respecto de las formulaciones acerca de la violencia primaria de Piera Aulagnier, aunque un análisis comparativo me extendería más de lo que me propongo aquí. Esta autora avanzó en varias dimensiones, en las cuales el lugar del otro tiene un sitio preponderante. Entre sus ideas

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fuertes y fecundas figuran las de violencia primaria y secundaria, hecho emocional sustantivo dado en una relación, y avanza un paso

más allá de considerarla como adjetivo de agresión. Hay una relación entre violencia y violación, la ruptura de alguna costumbre

o dignidad, de algo que debiendo estar entero o íntegro se penetra,

quiebra o rompe. Su operación consiste en una resta de lo que se supone íntegro. Como se sabe, la violencia primaria (Castoriadis-Aulagnier, 1975) se relaciona con el estado de encuentro entre psique y mundo, con el trabajo de representación de lo que ocurre entre cuerpo y psique materna, con el objeto y sus características de extraterritorialidad, de espacio separado. Se trata de una acción impuesta desde un exterior, a manera de violación de un espacio

por alguien o algo con leyes heterogéneas al yo (pág. 34). Se trata de una acción caracterizada como necesaria y cuyo agente es el otro

y remite a la representabilidad y el poder de los objetos frente a los

límites de autonomía de la representación, del poder- funcionamiento de la psique referido al hacer con el exceso de información con el que se confronta, de la oferta que precede a la demanda en la relación entre la madre, instituida desde la represión, y el infans que aún no lo está. La voz materna está sujeta al sistema de parentesco, a la estructura lingüística y a los afectos de otra escena. A su vez la violencia secundaria opera contra el Yo, sea entre diferentes yoes o entre el discurso social y el yo a favor de mantener lo que aquél ha instituido. En tanto la primera violencia hace al yo, la segunda se ejerce contra el yo o,

dicho en otras palabras, la primera instituye y la segunda destituye. Aquí surge un primer interrogante: ¿cómo puede ser que una violencia que instituye también destituya? Si se dijera que es la cantidad, el monto, el exceso, todo lo que indique que es “un poco más de lo mismo”, se está expuesto a unificar materialidades heterogéneas para convertirla en homogeneidad. Si violencia describe la violación del espacio del yo es posible suponer que Piera Aulagnier tomó este concepto del marco social, de lo que llama violencia secundaria (donde la violación del yo efectivamente puede ser un observable) y desde allí lo aplicó a la relación madre-infans, considerándola primaria. Siguiendo el modelo freudiano invirtió los términos y estableció que violencia primaria, no observable, es predecesora de la violencia secundaria considerada entonces un

exce-

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so (pág. 34). Ése es el camino de los conceptos psicoanalíticos que tienen un secundario del cual se supone un primario, como ocurre con el narcisismo y la represión. Freud usó el término Ur, que en alemán significa “primordial”, para la represión y el narcisismo así como también para la escena primaria. Según Etcheverry (1978), para referirse a lo filogenético que se reencuentra en la ontogenia. Lo secundario, lo observable clínicamente sería lo primario de lo primario, que se deduce a partir de aquél. Si entre madre e infans hay violación de la primera sobre el segundo es porque la concepción implícita es de un psiquismo con cierre, de allí la idea de irrupción de uno en el otro con respecto al cual está en un afuera llamado extraterritorial. Lo digo así para oponer esta concepción a otra, donde la madre y el infans se determinan en esa relación (aunque nunca del todo) por las marcas que el vínculo produce en ambos, dando lugar a una subjetividad no centrada en el yo sino en devenir otro con otro. A raíz de observaciones en los tratamientos individuales, de pareja y familia, así como de situaciones sociales, me pregunté si el vínculo entre los sujetos y su persistencia es compatible con la violencia-violación, ya que ésta se presenta como eminentemente antivincular. Si definimos el vínculo como aquello que al ligar produce sentido e innovación en dos o más otros dada su condición de presencia, entonces surge una inconsistencia en el concepto de violencia, aun primaria, pues en ésta habría violación, resta y unidireccionalidad. Aunque depende de cómo consideremos a la madre y al infans, si producen una relación donde ambos se determinan y hacen gala de presencia, difícil seguir sosteniendo el criterio de violación. Como hemos sostenido, un trabajo tiene lugar con las representaciones -y allí la madre es determinante de la relación- y otro trabajo es con las marcas que se dan y reciben desde una lógica de la presencia. En la psicosis, el infans es tratado en grado extremo como una ausencia, mejor dicho, convertido en ausencia de sentido, despojado de presencia desde la violencia-violación de una madre omnipotente y omnisapiente. Difícil imaginar un Dos (con mayúscula) instituyente donde hay violencia-violación. Son dos (con minúscula) como número, como pura carne, pero no como producción sino como reducción de subjetividad. Si hay violación del espacio del infans, su presencia es transfor-

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mada en ausencia y carecerá de la posibilidad de ofrecer marcas a la madre. El bebé es aceptado en tanto totalmente revestido de representaciones maternas, un objeto de su sexualidad. Foucault (1976) distingue violencia de relaciones de poder. Las llama relaciones porque se trata de acciones que un sujeto puede llevar a cabo para impedir que otro cumpla con las suyas. En ese caso están dirigidas a las acciones del otro pero no al otro como sujeto, y consisten en imponer una marca desde una relación entre dos sujetos con presencia. Foucault habla de violencia cuando el objetivo es anular o quizá suprimir al sujeto y no sólo a sus acciones. Diferencia sustancial, a propósito de lo cual traeré a colación un episodio ocurrido durante la Segunda Guerra Mundial narrado por Lanzmann (Schapire, 2001). Cuenta en un filme llamado Sobibor, 14 de Octubre de 1943, 16 hs que en ese campo de exterminio un grupo de 60 judíos, sobrevivientes de 1200 que habían sido eliminados, decidieron escapar y para ello debían

matar a los oficiales nazis que eran alrededor de 16. Esa acción requirió planificación y estrategias para llevar a cabo la acción y, por ejemplo, hacerse de hachas. Algunos de los judíos eran sastres, y entonces citaron a los oficiales con un intervalo corto de tiempo para probarse unos uniformes. Cuenta uno de aquellos sobrevivientes, que hoy vive en Israel, que nunca había empuñado un hacha. Pero esa vez lo hizo con tal maestría que de un solo golpe aniquiló al oficial que le había tocado, como si la hubiese manejado desde toda la vida. Lanzmann se refiere a ese acto como inaugural y lo llama reapropiación de la violencia, de la que los nazis los habrían expropiado. Hay lugar para la pregunta de qué es eso que se puede apropiar, expropiar o reapropiar. Entre los sujetos hay relaciones de poder y en tanto tales, como dije anteriormente, tienen la capacidad de instituir unas marcas en el otro, es la imposición, un mecanismo instituyente. En este sentido la mamá instituye a y se instituye desde ese otro que es el in- fans. Como dije anteriormente, uno de nuestros conceptos, en los que creemos, es que la madre tiene una acción unidireccional dada la característica de desamparo del recién nacido. Lo que se ve está fuertemente sostenido por las creencias y, como dice Bauman (1999), no hace falta que ellas sean ciertas para creer, cuando además están fuertemente impuestas y

sosteni-

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das por el medio social que nos otorga pertenencia. La percepción de la impotencia motora y psíquica del recién nacido no permite pensar, y por lo tanto observar, que el bebé marca a la mamá tanto como ésta a aquél, salvo que lo hace de otra manera. No es una marca menor, ya que la instituye como una madre. Pero no es nuestra única marca ni la originaria. En la vida social, más precisamente en la vida pública, en las relaciones de poder entre los sujetos, cuando uno de ellos o un grupo monopoliza esas relaciones y despoja a los otros de su

capacidad de hacer marca, las relaciones dejan de ser tales y pasan

a ser actos de violencia, que tienen por consecuencia que el sujeto

pierda su cualidad de tal. Como un ejemplo de la época actual basta mencionar los secuestrados: el sujeto capturado pasa a ser una mercancía en la negociación entre los secuestradores y la familia a la cual pertenecía. Otro ejemplo: los desempleados de una empresa, mencionados como números de una planilla, como cuando se dice que se prescindieron de 500 lugares y ya no se habla de personas ni se las trata como tales. La empresa que comunica a un empleado su cesantía establece unilateralmente que la palabra de éste quedó cesante, por lo tanto perdió su humanidad en esa relación. Pero atención: no es lo mismo el judío de Sobibor, un secuestrado y un trabajador privado de su trabajo. Por eso es que deberíamos hablar de violencias y no de una sola violencia primaria cuyo exceso es la base de la secundaria. Para ello deberíamos aceptar que el espacio público instituye subjetividad como también lo hace la relación con la madre y la familia, pero no remiten una a la otra como derivadas. Aquí habría una diferencia

con respecto a Piera Aulagnier, porque no considero que con la

constitución del aparato psíquico y la represión se operó un cierre y que desde ese momento sólo cabe representarse la realidad desde las representaciones infantiles. Dicho en términos más cercanos a

la clínica, y como ocurre con la mayoría de nuestros colegas, cuando

se dice que la acción de la realidad irrumpe en la sesión y perturba

el trabajo analítico, se está pensando en espacios con cierre. De otra manera no se pensaría que irrumpe lo que forma parte de la situación clínica. Si una crisis muestra la normalidad es que ésta no resulta visible. Volvamos a la situación extrema de Sobibor. En un mundo de relaciones entre nazis y judíos donde el poder se distribuía

aunque no en forma paritaria, los primeros fueron expropiando a los segundos de su subjetividad y por lo tanto de su lugar en la relación de poder, de la posibilidad de hacer una marca y de tener una palabra, y luego de tener un nombre cuando éste fue reemplazado por un número. Uno inició el camino del Uno (con mayúscula), de aniquilación del otro, del judío a manos del nazi. En Sobibor el judío toma la violencia en sus manos porque el otro no se la va a dar, toma por su cuenta la opción de matar para vivir y a eso podemos llamarlo supervivencia, y encontramos allí su lógica y su justificación. En ese acto deviene sujeto, pero no el que era antes sino otro. No recupera algo anterior, funda una nueva subjetividad, para lo cual no es suficiente pensar en identificación con el agresor o con el perseguidor. El preso judío deviene otro respecto del oficial nazi al que mata, adquiere carácter de otro, pero mucho más importante aún es que deviene otro de sí mismo. Lo que nos sitúa ante la pregunta: ¿por qué mata el nazi? Desde ya que no por supervivencia. Es difícil establecer por qué: ¿por sadismo? Pero allí no está la habitual relación con masoquismo. ¿Por el placer de apropiarse de la identidad del otro? ¿Por sostener una pertenencia? ¿Por apetencia económica? Oficial nazi-preso judío son dos personas despersonalizadas, por lo que difícilmente hay relación de poder y vínculo. Cuando una persona es privada de su trabajo también se la priva de su palabra, y de la marca que como trabajador le hace sostener su subjetividad y su palabra. Se le dice y no se espera que responda porque a partir de allí su palabra carece de sentido, por lo tanto la palabra del otro pasa a ser única. Despojado de su lugar y de su palabra, inicia el camino hacia la autoconservación. Del otro lado -el empleador, la empresa, el gerente de personal- no está la autoconservación sino la ganancia. Quizá una tarea de investigación debería establecer la significación psicoanalítica de esa ganancia. Una relación laboral dejó de ser tal. No es un sujeto que cuenta en una relación dialogal. Para recuperar su palabra deberá hacer algo, solo o con otros, único medio para lograr instituir un lugar en el espacio público, y desde allí encontrar una relación otra, si es posible, con quien lo despojó. Para concluir, diré que Piera Aulagnier da una versión propia y muy ilustrativa de la inicial vivencia de satisfacción, correlato del desamparo. En esto sigue el recorrido de varios

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autores aunque aportando su nota original. Tomar el nacimiento como momento originario marca un punto de partida importante pero restringido respecto de otros orígenes de la subjetividad. La

relación entre la madre, con su aparato psíquico constituido y establecida la barrera de la represión, y el infans que ha de desarrollarlo en contacto con aquélla, marca uno de los comienzos de la subjetividad. Si es considerado como único es a consecuencia de un pensamiento que instala al yo en el centro de la vida psíquica. Desde allí el otro se entenderá como una extensión proyectiva que lo despoja de su ajenidad. Pero éste es uno entre varios mecanismos de relación entre sujetos. En la metapsicología esta modalidad de remisión a un yo se asocia a las nociones de lo llamado secundario, observacional o clínico, al que se le atribuye un estado primario que es necesario suponer como punto de partida y que le daría sentido en tanto se postula como origen. Así ocurre con la formulación de la violencia secundaria que requiere de la primaria para asegurarse su eficacia. Claro está que la amplía y enriquece, pero pareciera que se produce lo que en términos de Laplanche (1992) es un retorno de lo ptolomeico en lo copernicano del descubrimiento freudiano, al volver al yo después de intentar incluir al otro. Claro que la madre es otro, pero las concepciones que la marcan desde una asimetría irreducible llevan insensiblemente a pensar la relación centrada en ella como Uno. Posiblemente sólo las asimetrías recíprocas nos den una posibilidad diferente de incursionar en este campo. Desde allí podremos volver sobre el vínculo infans-madre/padre y considerarlos desde el Dos y

en

no sólo desde un uno constituido y otro uno por constituirse uno.

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CAPÍTULO 4

LO REPRESENTABLE, LO IRREPRESENTABLE

Y LA PRESENTACIÓN 1

1. INTRODUCCIÓN

Lo representable, aquello posible de ser acogido por la re- presentación, y aquello que ocupando un lugar en el psiquismo no lo es -lo irrepresentable- intervienen en la constitución de la subjetividad. También lo hace la inscripción de aquello que no lo tenía; podemos considerar como “nuevo” lo producido actualmente,

lo

que no existía previamente, lo sin representación anterior. Esto a

su

vez se relaciona en psicoanálisis con el tema del origen, con la

cuestión de si lo existente en el psiquismo, en el ámbito de la representación, tiene un origen único en los primeros años de la vida o es posible admitir distintos momentos en su inscripción. Tanto en este capítulo como en otros se verá que varios de los términos usados se anteceden de una negación, sea por el término no como por la partícula i o im: lo no ocurrido previamente, lo no representado, lo impensable, lo irrepresentado. Nuestra lengua parece carecer de términos propios para esta categoría de

conceptos, como si reflejase el privilegio de los términos en positivo

y como si aquellas situaciones emocionales y estructuras de pensamiento que no coinciden con ellos sólo pudieran ser caracterizadas por el opuesto de las accio-

1. Este

capítulo

está

basado

en

“Lo

representable,

lo

irrepresentable

y

la

presentación”, Consideraciones acerca de la repetición y el acontecimiento psíquico,

Berenstein, 1998-1999.

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nes positivas. El dominio de la representación hace que sólo lo relacionado con ella pueda ser atravesado por la palabra, y los otros estados mentales que ella no cubre se refieren como negatividad, como si fuera una estación intermedia de una positividad incompleta. Quizá sea consecuencia de un pensamiento basado en la semejanza y reñido con lo ajeno el hecho de que éste carezca de términos propios y se lo nombre como una falta, una incompletud. La mente incluye lo positivo y lo negativo y quizá esta última opere en momentos previos a la institución de la palabra y del lenguaje hablado, lo que se vincula a su relación con la representación.

2. ACERCA DE LA REPRESENTACIÓN

El psiquismo no reconoce cantidades, sólo cualidades a través de una doble representación: la de la imagen, lo figurable, y la del afecto. Freud utilizó dos términos: Vorstellung, usado en la filosofía alemana de su época, para darle un nuevo sentido al acto de pensamiento, a lo psíquico inconsciente. El otro término es Repräsentanz o Repräsentant, que, más ligado al derecho, denomina al letrado, al que representa a un cliente, quien no podría manejarse con los usos y costumbres de los tribunales. Se dice que es el representante de otro sujeto, quien conociéndolo le asigna la defensa de sus intereses. Este último término se usó en psicoanálisis ligado al de pulsión, aquello que se hace representar en el psiquismo, apto para el reconocimiento de cualidad, en tanto que a “Vorstellung” se lo articuló con huella mnémica, para formular la teoría de la memoria inconsciente. Vorstellung, que Freud usa al hablar de representación de cosa y representación de palabra (Sachvorstellung o Ding- vorstellung y Wortvorstellung): es un término compuesto por vor equivalente a anticipar, ubicar antes, preliminar, y stellung: posición o situación. En cambio, para hablar del representante de la pulsión usó Triebrepräsentanz o Triebrepräs tant, con un uso sensiblemente distinto. El primero lo acerca más a una forma específica de registro y de memoria de lo que llama “la cosa”, aquello del semejante que no puede pasar por la identificación, que se halla en distintos conjuntos asociativos y no se captará en totalidad. En el segundo lo somáti-

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co adquiere capacidad para representarse después de tener un registro como inscripción, lo cual supone la ausencia del otro que junto con el yo produjo las marcas, cuyo trabajo de representación las presupone y hace al psiquismo inconsciente. Estas inscripciones inconscientes tienen una fuerte referencia a la historia del sujeto y al pasado infantil.

Green (1993) distingue entre el representante psíquico de la pulsión, correspondiente a aquellas excitaciones del interior del cuerpo que llegan al psiquismo, “delegación no figurable”, y la representación de objeto o de cosa como aquélla derivada de la percepción, y considera la conjunción de ambas como la Vorstellung-Repräsentanz. Gomel (1999) enfatiza que la Vorstellung se refiere a la inscripción de un objeto pulsional y a través de ella encuentra la representación. Se hace posible reencontrarlo porque se trata de un objeto perdido que la representación conserva como una suerte de inscripción asociada a una investidura y tratará de hacer presente en ciertas circunstancias, cuando se pone en juego el juicio de existencia y el juicio de atribución (Freud, 1925a). Mediante una cadena asociativa tratará de evocar, de hacer figurable aquello originalmente representado a la manera de una fantasía. Porque del otro habrá que considerar también lo que aún no ha sido representado, que se le presenta y trata de tener una inscripción. Ése es el lugar de la impugnación de la fantasía, propia del juicio de presencia (capítulo 3, parágrafo 1). Reina cierta ambigüedad entre lo encontrado y lo reencontrado o entre lo que se presenta y lo que la representación representa, es decir, vuelve a hacer presente en imagen a partir de signos inscriptos de la cosa asociados a la actividad corporal ligada a ella. No podría hacerlo de otra manera, porque la experiencia inicial es pasada. La representación es resultado del registro ocurrido en ese pasado y, aunque perdido como experiencia, persiste como inscripción luego re-trabajada y elaborada. En el campo de la práctica histórica, representación es la imagen instituida de sí mismo realizada por un conjunto social (Campano y Lewkowicz, 1998: 58). Se puede aplicar esta definición a lo vincular en el sentido de cómo se inscribe y elabora la ubicación y la pertenencia inconsciente de los sujetos del conjunto, suerte de creación más aproximada o alejada de la realidad social y/o vincular. Un obstáculo con el que nos en

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frentamos quienes nos ocupamos psicoanalíticamente de los vínculos -que, como la familia y la pareja matrimonial, constituyen un conjunto- es la hegemonía de lo individual. En dicha hegemonía se sostiene que lo producido en el “entre-dos”, la relación, resulta de la prolongación proyectiva de la representación individual. Pensado desde el mundo interno como la ubicación de la relación de objeto proyectada en la relación con el otro, implica un complejo corrimiento y encubrimiento de “lo conjunto” por “lo individual”. Es menester establecer la oscilación individual/vincular o sujeto del inconsciente? sujeto del vínculo ya que la inscripción del vínculo con el otro y la producción del sujeto del vínculo requieren la presencia, aquello del otro no cubierto por la representación o que excede al objeto proyectado, o, dicho en otros términos, aquello inabordable de cada cual. Lo no representado o lo excedente corresponde a lo que en este libro llamamos lo ajeno. Por resultar un existente no inscripto e irrepresentable tiende a volver a ocupar su lugar en el vínculo y obliga a un trabajo de renovada exclusión porque le acompaña el sentimiento de que su emergencia puede desestructurar el vínculo y al propio sujeto. Pero también lleva a nuevas producciones simbólicas que generan una ampliación de la relación. Esta ajenidad ofrece uno de los diversos irrepresentables. Otro proviene del propio cuerpo, donde la representación de la pulsión no cubre pero puede ofrecerse para hacerlo encubridora y sustitutivamente. Sería el territorio del más allá del principio de placer. Otro irrepresentable es lo que llamaremos más allá del principio de realidad, el mundo social y cultural no posible de representar y que cuando se presenta aparece como incerteza, lo que se suele llamar imperfectamente trauma social. Deberemos establecer una diferencia significativa entre el trauma -social en este caso- como exceso que barre con las posibilidades de representación o de establecer signos de esa experiencia, y la emergencia de una situación distinta, social en este caso, que no puede ser aprehendida con las categorías anteriores, que está a la espera de inscripción y despierta incertidumbre en el sujeto por no saber ni cómo ni dónde ubicarla. No es sólo un contenido más a pensar junto con otros, requiere una modificación en el pensar, porque la forma anterior de hacerlo no lo abarca, en cuyo caso produce la vivencia de no tener lugar en el espacio mental.

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La falta de una conceptualización para lo irrepresentable llevó a suponer que todo podía ser representado y abarcado por las inscripciones de los primeros años a través de la relación con los objetos privilegiados que, en todas las concepciones psicoanalíticas, son primero la madre y luego el padre, un poco más apartado en el tiempo y en el espacio. Apartado porque, desde el punto de vista perceptivo, el bebé no está en contacto corporal con él como lo está con la madre, y porque estas concepciones siguieron arrastrando hacia el plano simbólico la marca de lo biológico. Quizá haya que distinguir lo irrepresentable de lo no posible de representar y por lo tanto de conocer, siendo en cambio susceptible de ser pensado desde aquello que se constituye como ausencia de representación. Green (1977) caracteriza como alucinación negativa la “representación de la ausencia de representación”, es decir, como precondición de la teoría de la representación. Por mi parte digo que lo irrepresentable es la condición de un campo mental distinto, que supone otro origen, y abre el camino para pensar lo no conocido, en tanto lo conocido se apoya en la representación.

3. ACERCA DE UNA OPOSICIÓN QUE PUEDE NO SER TAL

Planteados los dos términos, “lo representable” y “lo irre- presentable”, emerge en el espíritu la idea de que ambos remiten a uno solo, al primero, con relación al cual el segundo sería una carencia, una falta, algo provisorio a la espera de ser representable. El psicoanálisis se edificó sobre la representación, en primer lugar las huellas de la memoria y la representación inconsciente derivada de ellas, el modo bajo el cual se da la realidad psíquica. Huellas asociadas a las experiencias tempranas e infantiles que, aunque sean variadas, corresponderían a una situación única, la de aquella excitación que por exceso o por defecto produjo la fijación. A la re- presentación se la asocia a la continuidad psíquica desde la experiencia con ese otro privilegiado, principalmente la madre, y su inscripción inicial bajo el modelo de la vivencia de satisfacción (Freud, 1950b): triple registro que liga asociadamente la imagen del objeto que produjo la satisfacción, el pecho materno, los propios movimientos musculares reflejos de

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sencadenados por aquél y el registro de placer. La evocación del objeto desencadena la memoria de los otros dos. He ahí el origen, y los encuentros con los otros serían conocidos desde allí y remitirán en su significado a una búsqueda de ese origen fantaseado. La representación está estrechamente ligada a la represión originaria que constituye lo inconsciente sobre una materia que era en un principio tanto consciente como inconsciente, sin una barrera de censura que la separase. Lo irrepresentable fue pensado como efecto de una interrupción, de efracción, de ruptura en un orden dado, efecto de un exceso respecto de lo representable, y por eso pensado como efecto traumático. Veamos como describe Puget lo impensable y lo impensado desde la caída de la representación:

“Lo impensable es del orden del vacío, del desecho, del agujero, de la herida” (Kaës, 1980). Se refiere a ciertas percepciones que pueden despertar emociones intolerables y no encuentran traducciones en palabras. Quedan en su estado original ligadas a lo concreto, al vacío, a la pérdida de límites y a la repetición. La producción de imágenes puede estar interrumpida.

Se trataría de una zona en la cual el Yo podría suponer que existe siempre un algo más asociado a una vivencia de horror y catástrofe no imaginado ni imaginable aún. Su lugar es el de la locura y la muerte que pueden llevar a estar sumergida en una experiencia insoportable, en general asociado a una explosión corporal y mental, pérdida de límites y posible aparición de fenómenos mentales aniquilantes (Puget, 1991: 46).

Lo impensable está referido aquí al exceso que desestructura lo mental-representacional, de ahí los términos “interrupción”, “horror”, “catástrofe” o “vacío”. Tanto lo irrepresentable como lo impensable tomó forma y se actualizó en las situaciones de catástrofe social, como los genocidios, la tortura generalizada y la matanza de opositores políticos o religiosos. Se puede pensar estas formas extremas de suprimir al otro como una producción humana específica o como un exceso de un mecanismo humano habitual. Tiendo a pensarlo de la primera manera. Entiendo que pensarlo como un mecanismo habitual supone un encubrimiento basado en la generalización y en el rehusamiento de la responsabilidad, como

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cuando se dice “todos somos culpables” o “todos somos respon- sables”, cuando sólo lo son algunas personas singulares e identificables. La idea de un exceso secundario respecto de uno primario constitutivo del humano incluye frecuentemente un intento de unicidad y cierta banalización de la violencia. Toda concepción de lo único en el lugar de lo diverso sustrae una cuota no poco importante de significatividad. Quizá el mal, que es otro término usado para estas circunstancias, resulte de esta sustracción. Una forma extrema de aniquilación de lo ajeno y de la sub- jetividad del otro y de los otros es la eliminación de los sujetos registrados como ajenos, allí donde esta ubicación está adscripta a “enemigo”, por lo tanto susceptible de ser eliminado porque de otra manera me puede eliminar a mí. Si un sujeto y una familia musulmana comparten la comunidad, la región y el pueblo con personas serbias, y los diferencian su pertenencia religiosa o su dialecto, entonces la ajenidad está acotada a aspectos no compartibles. El exterminio de unos vecinos a manos de otros vecinos nos acerca a lo que podría ser una caracterización del mal, lo que promueve esa acción por la cual un sujeto o varios deciden borrar a los diferentes de la superficie de la Tierra para que florezca sólo lo semejante, imponiendo un mundo de representaciones sin presentación. Aunque lo irrepresentable a veces reconoce esta génesis, podemos también referirlo a aquello novedoso que siendo inicialmente tanto consciente como inconsciente debe ser inscripto para ser representable. Aparece como un mundo de percepciones internas-externas, una no ausencia y una no presencia. El trabajo con lo irrepresentable consistiría en maniobrar con una paradoja, pues cuando se realiza la correspondiente inscripción inconsciente pasará a la representación (véase parágrafo 5 en este mismo capítulo), con lo cual dejaría de ser irrepresentable, para encontrarse que lo ajeno sigue siendo irrepresentable. Es una paradoja constitutiva de la subjetividad, donde lo irrepresentable es a su vez motor y estímulo del vínculo y del sujeto. También su intolerancia puede ser fuente de sufrimiento e intento de anulación del otro por la vía de hacerlo totalmente representable, es decir, asimilable, despojándolo de ajenidad. Se puede decir que si en su momento una de las fórmulas de Freud para la tarea psicoanalítica fue la de hacer cons-

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ciente lo inconsciente, lo cual es válido para la representación inconsciente y su relación con el deseo después de instalada la represión, agregaríamos que el trabajo con lo irrepresentable es hacerlo inscribible, tornar inconsciente lo consciente. Para esta tarea el sujeto no encontraría referencia en su pasado infantil, salvo que encubridoramente lo superponga a lo que fue representado. Habría inscripciones que se tornan actuales, inconscientes, y que no remitirían a las existentes. En esto se basa la tarea de inscripción propia del análisis, su carácter de novedad y la concepción de una producción de subjetividad propia de la situación actual, en tanto ésta sea significativa. Lo irrepresentable tiene un régimen ligado al pensar y no al conocer, dado que el conocimiento sólo puede darse con lo previamente representado, por eso es posible que nada se pueda decir de lo ajeno que no esté destinado a ser representado. Todo vínculo con otro retiene un fuerte carácter de irrepre- sentable aunque la poética haya pugnado por darle nombres y ponerle palabras. Cuando lo irrepresentable se mantiene y produce síntoma, adquiere la forma persistente de imágenes, con fenómenos perceptivos que ocupan la mente mucho más allá del tiempo en que fueron percibidos, debido a la falta de posibilidad de inscripción. Esta reverberación perceptiva debería diferenciarse de la repetición ligada a los hechos infantiles.

Hay ciertas percepciones o ideas alojadas en el aparato psíquico que sólo pueden adquirir una significación y ser transformadas en el pensamiento cuando lo permita el contexto. Ocupan un lugar en la memoria. Están a la espera de un cuerpo o a la espera de un objeto dador de significación, un analista capaz de transformar en decible o hablable los contenidos de esta zona. (Puget, 1991: 46-47)

Lo irrepresentable se reitera sin posibilidad de ser reprimido y sin que pueda ser puesto en palabras para hacerse parcialmente decible o constituir formaciones de compromiso. En el psiquismo se produce una presencia casi permanente que no se deja pasar a ausencia, precondición para inscribirse como representación. Es una presencia que no deja marca y no admite re-presentarse.

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Sugiero llamar “irrepresentable” a una serie de hechos mentales vinculados al devenir, cuya característica es la discontinuidad respecto del origen infantil; son sin inscripción o están a la espera de ella y no existen bajo el imperio de la representación. El propio yo habría desarrollado, como modalidad defensiva, la de ponerlos bajo una continuidad que otorgue identidad al hecho discontinuo, para no alterar la permanencia de la llamada “forma de ser” del sujeto. Esta defensa frente al devenir se sostiene en la afirmación de que todo remite a un solo origen, del cual sería una derivación más próxima o más alejada y que se despliega cuando el yo progresa.

El ámbito de la representación se relaciona con la centralidad

del yo y el objeto girando en su órbita; supone una identidad del sujeto aunque sostenga la escisión del yo, con la posibilidad de

conocer y el concepto de integración como superación de la

diferencia realidad interna/realidad exterior. No hay lugar para el suceder salvo como repetición del pasado.

A propósito de la práctica historiadora, dicen Campagno y

Lewkowicz (1998) que tres decisiones apuntan a la unificación de problemas distintos y son:

a. la decisión antigua de privilegiar la permanencia sobre el de- venir;

b. la decisión moderna de investir la física como ideal de cienti- ficidad;

c. la decisión contemporánea de asumir la unidad del ser y el devenir bajo la forma de progreso.

Con la primera se resalta lo consistente del ser por sobre el

devenir alterador, con la segunda se jerarquiza el criterio de eficacia como principio de verdad y se privilegia el aspecto técnico por sobre otros, y con la tercera se piensa la permanencia de lo social bajo el principio de razón suficiente y la idea hegeliana de que lo que es resulta del despliegue de lo que está en potencia.

El cuestionamiento de aquello que se representa como un objeto

encuentra otro punto de vista en Von Foerster (1994), quien en un interesante trabajo muestra que al no advertir el punto ciego, el sujeto no ve que no ve, condición a la que llama ceguera de segundo orden. Hablamos frecuentemente del punto ciego para indicar lo que, no obstante estar ante la vista, el sujeto no ve. Las imágenes que reciben los ojos a través

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del cristalino llegan a la retina, que las capta mediante los conos y bastoncitos, las terminaciones de las células visuales. El punto ciego es aquella parte de la retina donde se origina e inicia su recorrido el nervio óptico, allí no hay conos ni bastoncitos y la zona del mundo exterior que vaya a dar a esta área no será vista. Lo sorprendente es que el campo visual obtenido con cada ojo no tiene solución de continuidad, es decir, no se nota una falta, como debería ocurrir con lo no visto, con el punto ciego. Habría una doble ceguera de distinto nivel, una en el nivel perceptivo y otra en un nivel meta que llevaría a no darse cuenta de la primera. El ver está tan sincronizado con el oír que las palabras es- cuchadas son inmediatamente asimiladas a los gestos vistos en el otro, pero uno puede llegar a no oír sus palabras. Mucho más serio es no registrar que no se oye porque se afirma conocer aquello que no se oye que no se oye. De ahí que la adjudicación de sentido pueda llevar a entender que no se entiende, o a no entender que no se entiende, o a no reconocer que no se reconocen los distintos sentidos de las cosas. Ya para ese entonces se vive en un reino oscuro que parece hiperclaro en su consistencia, integración y unidad, surcado de malentendidos y persecución acerca de las secretas intenciones de los otros. Dice Von Foerster, y coincido totalmente con él, que la única manera de vernos a nosotros mismos y compensar un tanto la ceguera es a través de los ojos de los demás. Los nuestros velan la inconsistencia y lo ilusorio de la unidad así como la inconsistencia del criterio identitario. El insight psicoanalítico es la posibilidad de verse con los ojos del analista que a su vez deberá poder verse con los ojos de su paciente. Éstas son variaciones acerca del malentendido inevitable de considerar al otro como un semejante y desearlo por esa propiedad, desestimando, aceptarlo y hasta amarlo en tanto la visión que él nos ofrece nos da a conocer algo ajeno acerca de nosotros mismos. Mucho aprenderíamos si admitiéramos vernos como nos ven los otros o escucharnos como nos escuchan. El narcisismo consistirá en repudiar los ojos y los oídos de los otros y suponer que los del propio sujeto son suficientes o superiores, no ve que no ve y no oye que no oye. Consiste en afirmar que nadie se conoce mejor que uno mismo. Desde esta perspectiva la visión o la escucha del otro se constituyen en heridas narcisistas. A esto se agrega una complicación, lo co

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nocido se encuentra por lo que está representado, lo que en realidad quiere decir que es re-conocido. Resulta de un re-encuentro. Si lo inconsciente no es visto por el yo, sino que se le presenta al sujeto en relación al otro, podríamos decir que las resitencias al análisis basadas en la represión se asocian con los obstáculos en la relación y reconocen una fuente vincular, además de la que mora en la interioridad. Postular lo irrepresentable como fuente de novedad implica una ampliación y también una restricción en la relación con el otro, dado que lo irrepresentado no ha de ser re-encontrado. La novedad se presenta, no se representa, y su singularidad es remitir a lo del otro no representable, pues si se representa ya es evocación. Por otro camino von Forester sugiere sustituir ser por devenir y pensarlo como devenir humano en lugar de ser humano. Es en este último movimiento que se ubica lo irrepresentable. En lo que a nosotros concierne, debemos saber que la sesión analítica individual, el lugar privilegiado para el mundo representacional y sus vicisitudes, deberá hacer un lugar al pensamiento de lo irrepresentable, como esa dimensión del sujeto correspondiente al devenir, basado en lo novedoso de toda relación con el otro y que excede las dimensiones existentes. Cuando el devenir se hace representable se convertirá en ser y marcará el camino al tener acorde con el ser, fijándose mediante la serie de operaciones mentales consideradas como mecanismos de defensa, que protegen la construcción de la semejanza y el manejo de la diferencia entre ausencia del otro y presencia del objeto interno, presencia del otro y ausencia del objeto interno. Si lo representable inaugura y establece el ser y el tener y el mundo interno, lo irrepresentable problematiza al sujeto porque le trae el devenir y el mundo de los otros, esto es, de los vínculos. La bisagra entre ambos campos la configura el hacer. Dado el papel de lo representable en la constitución del sujeto, el paso por el complejo de Edipo organiza la identificación, que constituye lo que se querría ser y, a través de la elección de objeto, aquello que se desearía tener (Freud, 1921). Es completado por aquello que no puede realizar (Freud, 1923b) y que introduce esta tercera dimensión: el hacer, referido a las acciones posibles. Esta dimensión del análisis incluye no sólo la revisión del pasado sino qué y cómo ha de hacer el sujeto con lo que se le

presenta, con la interferencia (capítulo 7), con aquello que antes se mencionó como obstáculo que ha de existir junto a la transferencia. La intolerancia al devenir instala el repetir tanto en el paciente como en el analista.

4. ACERCA DE LA PRESENTACIÓN Y EL ACONTECIMIENTO

La presentación caracteriza la puesta en contacto con la novedad, aquello que nos sorprende por la falta de registro previo y por no poder ser significado. Con presentación nos estamos refiriendo no sólo a la percepción ligada a la conciencia en el sentido lato de lo sensorial, sino a aquella cualidad por la cual la función de representar es excedida, o no queda cubierta o no es posible tramitarla. Cuando sea representación será de una ausencia, por lo tanto investidura del yo. La presencia del analista o del paciente no se refiere sólo a lo que se registra mediante la visión o los otros sentidos. Puede darse tanto si éste está acostado o sentado frente a frente. Lo que se presenta ofrece un carácter de ajenidad. El equívoco frecuente de tomar lo nuevo como equivalente a traumático, es concebido bajo la idea de cantidad de excitación no susceptible de ligar con los medios psíquicos habituales para esa persona. Lo nuevo corresponde a una cualidad, a algo no inscripto hasta ese momento y por lo tanto recién presentado al psiquismo, lo que supone a veces la magnitud de una estimulación excesiva o una insuficiencia del aparato psíquico. Pero no es algo que inunda sino que se abre camino donde no lo hay, no arrasa con las inscripciones previas, no se pierden las anteriores sino que éstas se reubican en otro orden. Las que eran dominantes, a menudo consideradas centrales, pasarán a estar ubicadas en otro lugar, reordenadas por la nueva situación. Freud (1950a) usó el término Bahnung (abrirse paso) para describir esa suerte de forzamiento sobre algo que no tiene marca. Nada hay establecido previamente al Bahnung y a partir de ahí se establece esa facilitación, como se tradujo el término alemán. Bahnung deja trazas, huellas, y es la diferencia entre ellas lo que da la memoria, aunque ésta se oponga a nuevas inscripciones. La memoria de una diferencia entre marcas se opone a la diferencia entre lo inscripto y lo

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novedoso que busca inscripción. Paradoja de la memoria y por tanto de la vida psíquica. A partir de Badiou (1988) y Lewkowicz (1996, 1997) se da en llamar “acontecimiento” a aquello que no cabiendo en la representación deberá hacer una operación agregada, no de complementación como si se tratara de un faltante en una totalidad sino de suplementación de un agregado que no formaba parte de lo que fue hasta ese momento una unidad. No había un lugar esperándolo, y cuando se le hace un lugar cambia la significación que había hasta ese momento. Lo que se opone a acontecimiento es repetición, aunque podamos decir que nunca una repetición es idéntica a otra y la acompaña una diferencia. Podemos decir que la relación y la diferencia entre acontecimiento y repetición es del orden de una complejidad que abarca toda la existencia desde el origen. Al decir de Derrida (2001), la repetición está ahí como posibilidad en esa primera vez cuando había resistencia al Bahnung. Lo inscripto anteriormente y sus componentes serán ordenados por un término nuevo, que los ubica en un conjunto que previamente no había. Decir que esos elementos estaban desde antes es incompleto, el orden simbólico nuevo los hace diferentes y por lo tanto su significación también lo es.

Se caracteriza como acontecimiento la emergencia de un hecho nuevo del cual se puede decir que no tiene lugar ni representación previa, que se da en un campo donde es posible que ocurra y a la vez no es posible aprehenderlo hasta después de producido (Berenstein, 2001a). Aquello que modifica no es un desarrollo de lo que está predispuesto, de una latencia o de algo que está en potencia. Lo nuevo puede ser una época, una subjetividad e intersubjetividad, un vínculo, formas que adquieren otra respecto de la anterior. Nuevo se refiere a una no inscripción previa, caracterizada con términos en negativo por dos motivos: I) por que es preciso re-acomodar y desechar una serie de nociones previas que funcionan como obstáculo del nuevo surgimiento o que tienden a cubrirlo de su anterior significación; II) porque tiene valor fundante como soporte de una modificación por sí y no sólo como lo contrario de positivo.

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5. LOS REGISTROS QUE ESTÁN EN LA BASE DE LA SUBJETIVIDAD

El sujeto humano deviene en un vínculo con otro. No es un ser que está hecho ni está determinado sólo por la potencialidad a desplegar. En la relación en la que se desenvuelve suceden situaciones que retienen algún carácter reconocible y ligadas a las dadas anteriormente y otras novedosas. Lo nuevo del otro para el yo se ofrece a través de una pre- sentación, manera de ofrecerse que espera registrarse en su carácter de novedad e inasible por -y fuera de- la representación. Lo que vuelve a presentarse ahora en imagen, como resultado de un trabajo psíquico, es la representación. En cada presentación- representación, que puede superponerse a lo inaccesible-accesible, sitúa un comienzo y éste puede o no constituir un origen. No todo comienzo lo hace, pero sí decimos que lo es cuando se da algo no registrado previamente. Llamaremos origen del vínculo con otro a ese tiempo donde hubo una experiencia de ajenidad, de novedad, al cual remitirán los sujetos del vínculo como su punto de partida y en tanto experiencias posteriores tengan su marca. El sujeto humano tiene un origen temprano e infantil que sigue al nacimiento biológico y supone un estado de desamparo. Tiene otro origen cuando establece su pareja y puede tenerlo cuando tiene sus propios hijos. También puede considerarse como origen esa experiencia con otro cuando se altera y establece otra subjetividad "respecto de la que tenía. La experiencia de presentación en lo que es específicamente el otro deja una marca, nueva señal donde antes no la había. Aunque puede ser casualmente producida, si perdura y ejerce efecto funciona y opera ya como una inscripción. Tomemos un ejemplo del derecho. Cuando en un caso hay un veredicto que no hubo antes, se dice que “sienta jurisprudencia”. Recién cuando es inscripto como una escritura, se produce como ley y puede ligarse a un poder que lo hace persistir. Se hace referencia necesaria y desde allí ha de perdurar. En la historia de la escritura se dice que ésta fue primero un recurso estatal para registrar la contabilidad de los reinos, sustituyendo a la capacidad mnemotécnica de la clase gobernante (Robinson, 1996). El Estado garantizaba que lo inscripto tuviera valor de escritura sobre la base de hacerla persistente a través de la perdurable placa de arcilla o en el papel.

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Roudinesco (Derrida y Roudinesco, 2001) comenta que Lévi- Strauss muestra cómo la escritura surge en un grupo de indios que no conoce sus reglas. El jefe utiliza unos trazos dibujados en un papel como un recurso para hacer creer a su tribu que él tiene el poder de comunicarse con los blancos. Dice además que Lévi- Strauss deduce que la escritura es el instrumento de la colonización, de una violencia, que pone fin a un estado natural fundado en la palabra plena. También agrega que Rousseau condena la escritura porque sería una destrucción de la “plenitud de la presencia”. La marca puede desaparecer o persistir. Si ocurre lo primero, nada se sabrá de lo ocurrido. Si acontece lo segundo, es un hecho destinado a ejercer efectos en el sujeto. Tanto si es individual como vincular o social, las marcas devienen inscripciones y persisten como una base lejana a la que se atribuye el origen de experiencias actuales. 2 Pero aquí surge una cuestión importante. Aun siendo vincular será necesario distinguir entre lo pulsional como base de lo interno y trabajo con lo ausente, y lo vincular como base de la relación con el otro o con lo social como trabajo con la/s presencia/s. Quizá Green (1993: 103) lo diga certeramente cuando señala que para Freud hablar de investiduras no pulsionales era inconcebible, aunque podamos recurrir al análisis minucioso de Psicología de las masas en cuyo capítulo VII sobre “Identificación” Freud habla de los dos modos de ligadura del niño con sus padres, previa a su diferencia sexual: una que recae en el sujeto y otra en la elección sexual del objeto. Green mismo afirma que estos dos movimientos en Freud son “sin renunciar a la referencia única de la vida pulsional” (ibíd.: 103). Parece un movimiento lógico en quien estaba creando la teoría del inconsciente que se viese llevado a reducir lo más posible el papel del otro, y así poder desarrollar hasta sus máximas consecuencias el de la representación inconsciente.

2. En la carta 52 de Freud a Fliess, del 6 de diciembre de 1896, aparece la palabra Umschrift. El mismo traductor señala la equivalencia con dos términos en español:

retranscripción (Freud, 1896) e inscripción (Freud, Cartas a Wilhelm Fliess, 1887-

1904). Son dos conceptos diferentes: retranscripción es una versión de una marca original anterior e inscripción corresponde a una nueva marca.

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Por mi parte, como dije en el capítulo 1, la pulsión es una base para pensar el mundo interno, y el vínculo lo es para el mundo intersubjetivo, dado “entre” los sujetos, que ha de determinar a su

vez la posición de lo pulsional. Es en la relación donde se obtiene la fuerza propia para la constitución de las marcas e inscripciones vinculares. La presencia del otro pone en movimiento la pulsión, que tenderá a sustituir la presencia por una ausencia. Con lo que falta, con lo que está ausente, el psiquismo recurre a lo que quedó marcado, especie de recuerdo duradero de una experiencia fundante que en otra época modificó al yo. Las huellas no son fijas

ni inertes, pueden modificarse, enriquecerse o deformarse en exceso

(ibíd.: 86). Estas vicisitudes de las marcas ya constituidas deberían, no obstante, poder diferenciarse de las marcas nuevas. Como señala Green (ibíd.: 89), el trabajo de lo negativo requiere la

suspensión de la presencia así como la intervención de la contrainvestidura. Desde la marca y la inscripción se abren dos caminos: el de la representación inconsciente y el de la simbolización. La primera recrea lo que del otro puede figurar como objeto creado desde las investiduras propuestas por el propio yo. Se asegura así la ausencia del otro y especialmente se erige como defensa ante la ajenidad del otro, aquello que no podrá representar. Este trabajo consiste en preparar al yo para lo que puede resultar imposible y así evitarlo, pues no hay inscripción ni memoria. La presencia del otro sistemáticamente elude y excede la representación. La simbolización consiste en hallar un término que sustituya a otro ausente. Es una suerte de metáfora, como cuando el poeta dispone del término perla para sustituir al de dientes cuando quiere describir la belleza y la blancura de una boca. La simbolización contiene una ausencia de aquello que hizo marca y sustitución por otro término que lo reemplaza. Es del orden de lo subjetivo recurrir

a ambos para anticipar el nuevo encuentro con el otro, para

encontrarse siempre con la paradoja fundante de la subjetividad: el que se espera nunca coincide con lo inscripto ya que ofrece sistemáticamente algo nuevo, y lo hace desde eso del otro que nunca se podrá inscribir. No obstante el sujeto insiste. Aunque no habrá marca e inscripción por fuera de un vínculo entre sujetos, el

trabajo psíquico ha de ser doble: singular y vincular (Puget, 1998),

en el mundo interno y en el mundo intersubjetivo. EI camino de la

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simbolización se transita necesariamente en ausencia del otro y mediante el término que sustituye logra la conversión en objeto del mundo interno. Las alternativas para pensar la relación con el otro son: a) como despliegue de la relación de objeto cuyo significado se irradia a los habitantes del mundo vincular o el mundo externo; b) como relación entre lo interno y lo interpersonal, que funcionan con dos lógicas diferentes, no complementarias sino suplementarias. La primera alternativa resulta de una concepción individual que contiene la contingencia de devenir solipsista, y la segunda va en camino de una concepción intersubjetiva y su riesgo es pensarla en forma sumatoria, como si el vínculo resultara de la suma de uno más uno, basada en la consideración del otro como semejante y principalmente como soporte de lo ajeno. Esto requiere una precisión. Puesto que lo inconsciente consta como una ajenidad que podemos llamar interna, habrá que diferenciarla de la ajenidad del otro. A este tema se han referido de distinta manera Green y Laplanche. El primero (Green, 1993: 68), al tratar la heterogeneidad entre la pulsión como exigencia del cuerpo y el objeto, “ese-otro-que-puede-asegurar-la-satisfacción”, señala la necesariedad de remarcar la alteridad en una discontinuidad fundamental con la conciencia. Menciona una doble alteridad: en el yo y en relación con lo que no es del yo, a la vez que postula dos polaridades: intrapsíquica e intersubjetiva, y su puesta en relación como trabajo de lo negativo (pág. 70). El anverso sería el yo con lo inconsciente como alteridad, y el reverso sería el otro habitado por la misma heterogeneidad constitutiva. Si la interrogación parte del yo y supone una respuesta proveniente del otro, no obstante el esclarecimiento recae en lo que liga al sujeto con el otro, lo cual hace que no se ubique en relación de exterioridad respecto del yo. Una diferencia importante en las consecuencias teóricas y técnicas es el énfasis en la exterioridad del otro, en tanto se entienda exterioridad como presencia y ésta como inaccesible al sujeto aun cuando esté siempre. En cambio, como fue dicho, lo intrasubjetivo está caracterizado por la ausencia del otro. Todo lo que diluya esta diferencia recluye la ajenidad a la sola relación con lo inconsciente y no da lugar al vínculo, a lo propiamente intersubjetivo, por lo cual mantiene un riesgo latente de hegemonía del yo.

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Considerándolo en la relación transferencial, el analista está en relación de exterioridad y de presencia, pero no sólo como contratransferencia que incluiría lo que corresponde al paciente sino por aquello que los liga como sujeto y otro. Doble extrañeza, dice Green: de sí mismo a sí mismo y de sí mismo frente al otro en una relación de deseo o de conocimiento. Laplanche (1992) describe minuciosamente lo que llama el extravío, la falsa vía* adoptada por Freud frente a su propio descubrimiento, el inconsciente, y la teoría inicial de la seducción que lo pone sobre la huella del niño y ese otro que es el adulto en su extranjería (pág. 22). Se refiere al temprano cambio en Freud de la formulación del episodio sexual infantil real por la fantasía de seducción. La ajenidad (de lo inconsciente) se ve reducida por un lado, por la psiquiatría y, por el otro, mucho más radicalmente, por el propio psicoanálisis. Su consecuencia es señalada por el autor francés:

Así el movimiento mismo del psicoanálisis consistiría en negar la

ajenidad del inconsciente, proponiendo su reducción, a la vez en la teoría

y en la práctica de la cura, y he aquí como termina esta larga prosopopeya

del psicoanálisis dirigida al yo: “Entra en ti mismo, en tus profundidades y aprende, en primer lugar, a conocerte” (pág. 24).

Luego un poco más adelante:

Sería interminable mostrar que la domesticación del inconsciente no

cesa de producirse en el pensamiento freudiano, y esto a propósito de

cada uno de los aspectos de ajenidad que distinguimos antes (pág. 25).

[ ] el descentramiento, en realidad, es aquí doble: la otra-co- sa (das

Andere) que es lo inconsciente no se sostiene, en su alteridad radical, sino

por la otra persona (der Andere); en suma por la seducción (pág. 30).

Estoy de acuerdo con lo que Laplanche describe, la oscilación de Freud entre esas dos posiciones: la referida al otro en

(*) En lo que sigue figuran en itálica los términos textuales de Laplanche traducidos al castellano.

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tanto huella, recuerdo, que habita la interioridad de la subje- tividad, y por otra parte, el otro en tanto presencia. No quisiera abundar en las citas, pueden ser muchas y nos alejarían del objeto específico de este trabajo. Pero no dejaré de señalar cómo se reintroduce en la original formulación de Laplanche la misma vía por él cuestionada. En el marco de una crítica a la noción de neutralidad del analista, la concepción solipsista de base se apoya en el uso excesivo de la proyección, que remite todo (o casi todo) a la relación con el paciente y al interior del mismo. Dice:

Es la conservación de la dimensión de la alteridad interior lo que permite la instauración de la alteridad en la transferencia (pág. 183).

Este autor, con su teoría de la seducción generalizada que reabre en la transferencia, recupera para el psicoanálisis la situación originaria por la cual un adulto ofrece un enigma a un niño, para señalar que el otro es primero con relación al sujeto (pág. 181). Más adelante agrega:

Pero hay que ir más lejos, hacia algo difícil de pensar, tan difícil de pensar como la prioridad del otro en la constitución del sujeto sexual (pág. 182).

Es consonante en él con la idea de que el otro:

[ ] es otro de yo porque es otro de sí mismo. La alteridad externa reenvía a la alteridad interna (pág. 174).

Finalmente el aspecto original de su formulación, la seducción originaria y el enigma que el otro propone al yo, es reenviado nuevamente al interior del sujeto como alteridad interna. Parece lógico porque lo que estaría en la base de la transferencia, “su alma y su motor”, sería la:

[ ] reapertura de una relación, de una relación originaria, donde el otro es primero con relación al sujeto (pág. 181).

Si es re-apertura debe remitir necesariamente a un momento mítico inicial. El fuerte lugar del otro se da en tanto sea una apertura y no re-apertura. En ese lugar que es la transferencia se trata de la apertura al otro como radicalmen-

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te ajeno, como alteridad; no todo remite a la alteridad interna. Como señalé antes, toda manifestación re incluye cierta repetición aunque surja alguna diferencia. Como vemos, es distinta de la formulación de Green pero semejante en cuanto a la búsqueda de unicidad entre la alteridad externa e interna. El tránsito por este camino que parece sin salida puede deberse

a varios obstáculos: a) el psicoanálisis como práctica, como método,

comprende para la mayor parte de los psicoanalistas sólo la sesión bipersonal; los otros encuadres son desestimados y considerados fuera de la cura, en tanto se considera a ésta únicamente como la desplegada con el paciente individual; b) es considerada experiencia originaria la relación siempre asimétrica entre la madre (o un adulto), con su inconsciente ya constituido, y el niño con el suyo en vías de hacerlo. Es desechada o no pudo ser pensada hasta ahora la producción de inconsciente entre dos sujetos con

aparato psíquico constituido, ligados en una experiencia

significativa; c) el inconsciente tendría un solo momento originario

y se debería remitir a él. Premisas éstas que angostan el campo del

psicoanálisis a partir de la noción de un solo origen y un centro: el

yo.

Como se sabe, Copérnico descubrió que el Sol estaba en el centro del universo y no la Tierra, planeta que gira a su alrededor. Como lo señala admirablemente Laplanche (1992), el heliocentrismo dará como resultado que la misma noción de centro quedará cuestionada, al considerar un mundo de distancias infinitas y distintas dimensiones. El Sol ocupará el centro del sistema solar, pero este sistema formará parte de otro, del cual otra estrella ocupará el centro y así sucesivamente. Es inherente al centro ser único, y si no lo es cae la noción misma de centro. El sujeto está en distintos lugares, en distintas tramas vinculares. No se está en un solo lugar en el mundo sino en lugares subjetivos varios. Los lugares psíquicos están afectados por este término excedentario. La pregunta respecto de lo nuevo se ha de formular en cada lugar: trabajando, como paciente, esposa o esposo, madre o padre o hijo, como ciudadano, etc. Es decir, cada nueva inscripción, como un nuevo nombre, amenaza con borrar la identidad. Se pertenece a diversas configuraciones vinculares y no es posible converger en una sola. Así, se jerarquiza devenir sujeto en cada relación con cada otro significativo.

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CAPÍTULO 5 ACERCA DE LA OTREDAD Y LA AJENIDAD

1. LA ALTERACIÓN DEL SUJETO Y DEL OTRO

La necesidad de volver a la noción de otro en psicoanálisis está determinada por las inconsistencias surgidas, después de mucho tiempo, en el uso de las nociones de yo, self, sujeto y su relación de y con el objeto. Desde nuestra perspectiva, el vínculo del sujeto con el otro altera a ambos y a su vez afecta al vínculo mismo, lo cual es modulado desde la relación y desde la conexión con lo histórico personal y con lo histórico del vínculo, pudiendo estos aspectos establecer un límite a esa alteración. La pertenencia a un conjunto, mínimo de dos -pero puede ser de más como en el caso de la familia

o el conjunto social-, acota el vasto reino de la identidad y la hace menos idéntica a sí misma poniendo en descubierto su inconsistencia. Es poco lo que se dice de un integrante del conjunto en un documento de identidad. Si un ciudadano rechaza a un extranjero y

lo discrimina como no incluido en su pertenencia, lo que repele es que si le hace un lugar y se relaciona con él tendrá que modificarse

y modificar el sentimiento de mismidad, difícil de sostener desde un otro con quien se está en relación. Es que el vínculo con otro

introduce una modificación no anticipable, no prevista en la serie

de los registros previos. Después de todo, alteración deriva de alter:

el otro entre dos.

Es importante ampliar la distinción entre objeto, aunque se use como denominación objeto externo, y otro, que deberá tener otras características que meramente la de ser “externo”

al yo y a su interioridad, la que, dotada de una carga pulsional y una inscripción representacional, incorporará y se modificará desde lo proveniente del otro. Un filósofo infaltable para la consideración del otro es Lévinas (1971, págs. 57, 60):

El término de este movimiento —la otra parte o lo otro— es llamado otro en un sentido eminente. Ningún viaje, ningún cambio de clima y de ambiente podrían satisfacer el deseo que aspira hacia él. Lo Otro metafísicamente deseado no es “otro” como el pan que como, o como el país en que habito, como el paisaje que contemplo, como a veces yo mismo a mí mismo, ese “yo”, ese “otro”. De esas realidades, puedo “nutrirme” y, en gran medida, satisfacerme, como si me hubiesen faltado. Por ello mismo, su alteridad se reabsorbe en mi identidad de pensante o de poseedor. El deseo metafísico tiende a lo totalmente otro, hacia lo absolutamente otro. El análisis habitual del deseo no podría dar razón de su singular pretensión. En el fondo del deseo comúnmente interpretado, se encontraría la necesidad; el deseo señalaría un ser indigente e incompleto o despojado de su grandeza pasada. Coincidiría con la conciencia de lo perdido. Sería esencialmente nostalgia, añoranza. Pero de este modo no sospecharía aun lo que es verdaderamente otro. El deseo metafísico no aspira al retorno, puesto que es deseo de un país en el que no nacimos. De un país completamente extraño, que no ha sido nuestra patria y al que no iremos nunca. El deseo metafísico no reposa en ningún parentesco previo.

Alejamiento que es radical sólo si el deseo no es la posibilidad de anticipar lo deseable, si no lo piensa previamente, si va hacia él a la aventura, es decir, hacia una alteridad absoluta, imposible de anticipar, como se va hacia la muerte. El deseo es absoluto, si el ser que desea es mortal y lo deseado, invisible. La invisibilidad no indica una ausencia de relación; implica relaciones con lo que no está dado, de lo cual no hay idea.

2. MODALIDADES DE UN PENSAMIENTO ACERCA DEL OTRO

En psicoanálisis lo concerniente al “otro” se presenta en nuestra práctica como analizar e interpretar lo que ocurre en el entre-dos de la relación paciente-terapeuta si es una sesión individual, o entre otros más si es una relación de pareja, familia o grupo. Ello nos llevó después de un tiempo a la necesidad de elaborar otra metapsicología, distinta de la basada en

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el concepto de pulsión o de objeto, la cual tiene como centralidad al yo. Desde los otros que somos los participantes de la sesión, aun en la individual, quizá debiéramos volver a hablar de la transferencia, la neutralidad, las modalidades de la interpretación y otros conceptos referidos a la teoría de la técnica. Pero también deberíamos comenzar a hablar de imposición, interferencia y relaciones de poder. Como somos varios los que hablamos de otro, tal vez sea preciso decir que a este concepto se lo puede pensar desde la mismidad del yo y desde la otredad, desde el ser que es expresión de la identidad del yo, y desde el hacer con otro que indica la pertenencia a una situación terapéutica, familiar, de pareja, social u otra. Retomando lo planteado al final del capítulo anterior, una forma de pensar se establece y se sostiene en la existencia de un centro, se ubique en él a la Tierra o al Sol, al sujeto o al otro. En la situación terapéutica el centro lo ocupará el paciente o el analista. La elección de un analista y luego de otro por parte de un paciente genera una situación novedosa porque le permite des- plegar aspectos diferentes de su mundo objetal, pero también y fundamentalmente porque paciente y analista, una vez instalados en la relación, producen un vínculo que a su vez los produce como sujetos diferentes. Puede decirse que durante el tratamiento cada paciente va siendo cada vez más autónomo, “más sí mismo”, al resolver y elaborar sus dependencias infantiles, con lo cual la elección del paciente notablemente recaerá sobre otro sujeto más diferenciado y estructurará otro tipo de vínculo más discriminado. Pero aún hay algo más. Cuando la elección del otro es pensada como determinación exclusiva del yo, va en camino de la mismidad, centramiento y hegemonía del Uno. Como ese otro con el cual hago borde también me determina más allá de mí mismo, encontramos que mismidad y otredad no son cualidades que han de tener un origen individual sino que se determinan cada vez en situación. La idea extendida y habitual de la constancia en las elecciones de pareja, y que aparentemente se confirmaría por la semejanza con las segundas o terceras parejas, resulta desmentida. En realidad, es una fuente de real sufrimiento comprender que cada cual ha de construir un vínculo específico y ha de dar lugar a un sujeto singular, distinto-de lo que era en las parejas anteriores y de lo que era aun antes de esa pareja.

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Ello despierta un sentimiento de perplejidad ante esa mismidad (yoidad) que se muestra aparente y que no se sostiene como se suponía. Tiene carácter de herida para la creencia en la identidad y semejanza del ser. Para pensar la sesión individual en términos de vincularidad, tal como la venimos desarrollando, como una relación entre dos sujetos, veamos un ejemplo: la cuestión técnica suscitada por la tan habitual aceptación o rechazo de una interpretación del analista por parte del paciente. No debiera ser usado como criterio de validez, como por otra parte lo señalara Freud hace ya mucho tiempo. No debiera ser tomada la aceptación sólo como concordancia con el analista, ni el rechazo sólo como resistencia a ponerse en contacto con un contenido inconsciente. Una no aceptación de la interpretación es la forma en que se muestra, se hace evidente para ambos, una diferencia en el “entre-dos”. Es un punto de partida para un trabajo de a dos, es una oportunidad para paciente y analista de “hacer” con la diferencia, de trabajarla. Conspira contra esta actividad vincular que el paciente se aferre a sus convicciones y que el analista lo haga a su narcisismo herido, el cual sutilmente se puede encubrir con formulaciones acerca de la resistencia del paciente y de su no aceptación de un funcionamiento perturbador de su propia mente. Desde ya puede ocurrir eso también, lo cual nos obliga a trabajar más sobre las diferencias. Pienso que estas formulaciones pueden ser suscriptas por muchos de nosotros aunque percibo que podemos tener dos actitudes técnicas distintas. En una de ellas se buscará interpretar más y mejor, mejorar “el decir”, para que el paciente se modifique sin que el analista se formule un cambio de posición subjetiva. Otra actitud técnica consistirá en hacer emerger la otredad y podemos llamar a esto “el hacer”, marcar y trabajar la diferencia y la necesidad engañosa de borrarla para afirmar una homogeneidad. La otredad ha de traer el hacer pero el hacer ha de dar forma a la otredad, a lo heterogéneo en el vínculo, aquello que no siempre se refleja en “el decir” de la interpretación. Asimismo ha de cuidar el surgimiento de imposición (véase capítulo 8) y trabajarlo. Algunas veces “el decir” se infiltra en el saber establecido que es usado inconscientemente para suturar la herida narcisista y sostener la creencia en la identidad y semejanza de ser consigo

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mismo, elementos que nuestros pacientes desafían, a poco que los consideremos como otros de nosotros, así como nosotros lo somos para ellos.

3. EL OTRO

Habitualmente el otro se considera superpuesto a prójimo, próximo, cercano, al que se debería tratar con benevolencia dado algún tipo de semejanza con quien se ubica en la posición de sujeto. La presencia del otro con relación a mí -sea yo considerado como sujeto o como otro entre otros-, en tanto relación, corresponde al mundo de lo intersubjetivo y tiene una fuerte incidencia en la constitución de la subjetividad, en esa modalidad singular de devenir sujeto, donde se reúnen la modalidad corporal derivada del género y la pertenencia a un mundo interno, a una familia, a una clase social y a una época. Lo intersubjetivo ha sido pensado, aceptado y criticado desde distintas corrientes. Para su examen pormenorizado habrá que remitirse a ellas. Aquí diremos que resulta de una tarea a realizar “entre-dos”. El mundo intersubjetivo, no deriva ni es precedido por el mundo individual, que a lo sumo es otro mundo, tiene otra lógica y otra ética. Esa forma de pensarlo, desde el yo soberano que determina la forma de ser y actuar del otro, desemboca en otras conclusiones. La cuestión de la diferencia de cada hijo respecto de los padres, de los que se dice equivocadamente que son los mismos para todos, plantea lo original de cada relación que da origen y sentido a cada uno de los sujetos vinculados; así, cada hijo y cada padre producen y son producidos a la vez por la relación. El otro excede al prójimo y debería incluir aquello que no lo es y se caracteriza como ajeno. El pensamiento de lo semejante describe una de las características del sujeto y puede erigirse en una formación defensiva respecto de esta ajenidad porque recubre la estructuración vincular y su marca de diferencia bajo la forma de una identidad. Lo semejante se asocia a la idea de encuentro, que a su vez se puede pensar como coinci- dencia o como obstáculo. Si es coincidencia, lo es en un punto y en un tiempo entre dos que provienen de direcciones diferentes y toman contacto uno con el otro, superponiéndose o completándose. Los distintos significados de encuentro incluyen la

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idea de choque o competencia. Y en parte pareciera ser así, si se supone que cada sujeto en el desplegar del recorrido de su vida se encuentra con otro que le significa inicialmente un obstáculo, con el cual deberán hacer una nueva construcción, una subjetividad que antes no tenían. En el amor, la creencia en la semejanza, investida de sexualidad, que produce las “almas gemelas”, se llama enamoramiento y borra la vivencia de obstáculo. Si el sujeto sostiene la semejanza a toda costa y a todo costo se acerca peligrosamente al odio; desencadena, ante la intolerancia a lo no semejante, la fantasía de suprimirlo, a veces concretada en la realidad. El choque o competencia se produce con las formas subjetivas previas, que deberán tomar una forma distinta en cada vínculo. El encuentro establece una sorpresa y una diferencia inicial a partir de la cual se da esa inclusión en el Dos que otorga un nuevo origen a ambos. Quizá sería necesario hacer una distinción entre los otros del parentesco -con un carácter específico en sus vínculos, como ocurre en la relación de pareja o entre padres o hijos- y los otros del conjunto social, con los cuales se tiene una relación de otra especificidad. A veces el sujeto se instala excéntricamente, por fuera, entonces se refiere a los otros sociales como la gente, como si fuera un tercero respecto del conjunto. Otras veces el sujeto denomina a los demás todos cuando se siente formando parte de él indiscriminadamente. Entonces se oye decir: La gente fue a protestar a la Plaza de Mayo, otras veces La gente sufre por la incertidumbre política; o de otra manera El Banco nos perjudicó a todos, somos todos responsables, aunque cada uno lo sea en forma singular. Estas frases, entre otras, circularon en Buenos Aires después de la crisis política de diciembre de 2001 y enero de 2002. Pero cada situación social, cada país tiene las suyas. Cuando el vínculo sujeto-otro se expande y abarca al conjunto social, suele caracterizarse como nosotros-los otros. Aunque puede pensarse que el mecanismo predominante es la identificación, conviene diferenciarla de la pertenencia al conjunto que se instituye por imposición aun en el conjunto de dos. De este mecanismo he tratado en capítulos anteriores y diré algo más en el capítulo 8. Probablemente el otro se haya convertido en una cuestión para el ser humano a partir de lo otro que la muerte propone como imposibilidad.

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Veamos nuevamente Lévinas (1979: 116):

En la muerte, el existir del existente se aliena. En verdad lo Otro que así se anuncia no posee ese existir como el sujeto lo posee; su poder sobre mi existir es misterioso; no ya desconocido sino incognoscible, refractario a toda luz. Pero esto es precisamente lo que nos indica que lo otro no es de ningún modo otro-yo, otro-sí-mismo que participase conmigo de una existencia común. La relación con otro no es una relación idílica y armoniosa de comunión ni una empatía mediante la cual podamos ponernos en su lugar: le reconocemos como semejante a nosotros y al mismo tiempo exterior; la relación con otro es una relación con un Misterio.

La idea de otredad, esa cualidad del otro, caracteriza la relación que hemos llamado vínculo, a partir de la excentricidad del sujeto y del otro. Tres características podremos remarcar entonces: 1) el deseo no puede dar cuenta del otro como puede hacerlo de su objeto, el deseo es de lo perdido, y el otro no fue perdido porque no fue tenido, con lo cual 2) no se lo encuentra como un retorno y por ello agregaría que no le va la partícula re (de retorno), y 3) con eso de lo que no hay idea ni se puede representar del otro como semejante, precisamente con eso habrá de hacerse una relación. La relación con el otro ha tenido un importante desarrollo en el concepto de Einfühlung y de identificación. Einfühlung 1 es traducido habitualmente al español como empatía, como ponerse en el lugar del otro y sentir como él, como puede darse en la imitación y, con más complejidad, en la identificación. Estos mecanismos se basan en la creencia de una comunidad entre los sujetos a través de la semejanza, que habilita la fantasía de que los significados se trasladan de uno a otro. Son dos que sienten como uno y en ello, en el enamoramiento, se apoya la idea romántica del amor, de profundas raíces infantiles, tan plena de encanto como de desencanto y desilusión, de la cual se dice que su elaboración es uno de los criterios de acceso a la adultez.

el proceso que la psicología llama ‘empatía’ [Einfühlung] y que desempeña

la parte principal en nuestra comprensión del yo ajeno, el de otras personas” (Freud,

1921: 102).

1. “

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Sugiero otra manera de pensar el amor: una acción basada en lo sexual y en relaciones de poder de dos que sienten como dos, teniendo que hacer algo distinto de aquello que hacen cuando son uno. El amor ha de ser considerado como un trabajo a realizar, no sólo por lo que encuentran sino por lo que producen. Einfühlung es un movimiento de acercamiento a uno y sería lo opuesto de encuentro, esa zona de contacto cercano al choque de dos sujetos que irremisiblemente son dos, que, movidos por sus pulsiones sexuales y agresivas y por la mutua imposición suponen buscar y hallar un lugar común, en el cual el obstáculo que cada cual es para el otro obliga a hacer algo nuevo. Habiéndose acercado quizá por algún tipo de repetición, el vínculo amoroso los aleja de aquello que traen consigo como conflicto infantil. Una fuente profunda de resentimiento hacia el otro del vínculo es no sentirse ayudado para desligarse de las ataduras con los objetos primarios, de aquellas tareas que no se podrían hacer solo. Con lo cual el requerimiento al otro conlleva una nota de ambivalencia, ya que por sí solo no es fá- cil renunciar a seguir siendo amado por los padres infantiles.

4. LAS DISTINTAS POSICIONES DEL OTRO

Freud (1921) distinguió a los otros únicos o individualizables, como padres, hermanos, maestros, o la persona amada, de los otros del conjunto, como el linaje, un pueblo, una institución o una masa. El otro aparece en las posiciones de modelo, objeto, auxiliar o enemigo. Podemos agregar: opositor, héroe o traidor. El otro funciona como modelo cuando a través de la identi- ficación recorre el camino de cómo ser, y Freud (1921) la describe como el tipo de relación con el padre y con los padres antes de establecerse la diferencia sexual. Previamente el niño había tomado al padre como ideal, el que, luego de la investidura de la madre como objeto y el asomo de la terceridad, se le torna hostil. La primera ligazón es con el sujeto y la que le sigue es con el objeto. Hay una relación entre el otro paterno tomado como modelo y ligarse al padre tomado como sujeto, subjetivación del yo del niño propia de la semejanza. El otro también se instala como auxiliar o ayudante cuando tiene que acercar al pequeño a su madre, y a ésta auxiliar

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la ante sus propios deseos de ocupar en exceso la cabeza de los hijos. También el otro paterno la ayudará a frenarse ante el placer de ser demandada y responder como una persona única e inigualable, convirtiendo esa relación con los hijos en una esclavitud requerida y admitida en tanto no cuente con la ayuda del padre para interrumpir ese circuito narcisístico y tanático. En una sesión con una pareja de padres de una niña bulí- mica, la madre le reprochaba al padre su falta de participación en lo que para ella era una ardua tarea: separar a las hijas y alejarse un tanto de ellas ante el propio requerimiento de servirlas casi permanentemente, sea con alimento, actividades o paseos, a los que se sentía imposibilitada de decir que no aun cuando se declarara agotada. Para ello no encontraba ayuda en su pareja. Acusaban a la hija de “ser esclava” de la heladera, donde se alojaba ese objeto apetecible representado por la comida y los dulces, conservado en el espacio dotado de la capacidad para producir frío. Mantenían la relación satisfaciendo las demandas cercanas a la conservación y lejos del calor afectivo y conflictivo del vínculo. Volviendo a las posiciones del otro, enemigo es quien pasa a estar ubicado en un lugar opuesto a los deseos del yo o a los valores ideológicos, religiosos y étnicos propios; es una cualidad desplazable de un lado a otro de esa línea que nos separa de los otros; los amigos de hoy pueden ser enemigos mañana y viceversa. El otro puede ubicarse como opositor cuando se erige en obstáculo al cumplimiento del ideal en el camino de la identi- ficación. El padre que se ofreció como modelo para el hijo varón, luego se interpone impidiendo el acceso a la madre, oponiéndose a sus deseos, dando lugar al despliegue de agresión. La figura del opositor cobra relevancia en los sistemas políticos, donde no debiera ser considerada exclusivamente como sustitución de la figura paterna sino como resultado del juego de fuerzas de unas relaciones de poder que inciden también en la estructura de la familia. A la inversa, también las relaciones familiares inciden en la estructura de la sociedad. Quizá debamos revisar el criterio que considera a la familia como un modelo para pensar el conjunto social, ya que éste incide fuertemente y en forma específica en la familia para imponer la modalidad epocal en sus relaciones. Pero aun así

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sería más adecuado pensar que cada familia tiene su propia lógica y modos de organización, y verlas semejantes depende más de nuestra ignorancia que de una observación fidedigna. La oposición en los sistemas democráticos está representada por aquellos partidos y representantes que sin ser mayoría y no teniendo en sus manos el gobierno, cumplen la función de controlar la desmesura en el contacto con el poder. Los gobiernos no aceptan de buen grado la presencia de la oposición política, y esto se observa exacerbadamente en los regímenes autoritarios, que tienden a hacerla desaparecer. El otro también puede ser investido como héroe, al modo de un ofrecimiento inconsciente de una familia a una comunidad, y deberá afrontar tareas nada sencillas. Es de la naturaleza del héroe su pasaje de sujeto vivo a muerto como un paso previo a su ungimiento como tal (Berenstein, 1980) y a erigirse en representante de la pertenencia de los valores ideales de una comunidad. 2

2. Parece haber determinados momentos históricos en la vida de una co-

munidad en los que fue necesaria la presencia de un héroe y se creó su función a través de una serie de investiduras. Quizá una condición del héroe sea su posibilidad de funcionar como alguien presente y seguir luego ejerciendo una influencia, mayor aún si se quiere, como objeto ausente, lo cual llevaría a su sacrificio o muerte, creándose así una cualidad excepcional, la del objeto ausente-presente. Ausente como persona y por eso mismo presente como relato, en general de tipo mítico. Como tal contiene en su estructura los elementos de una realidad, reordenados ahora para dar coherencia a términos a los que la contradicción hacía aparecer como opuestos sin salida. La función del héroe y la del relato mítico de sus aventuras y obras es la de ac- tuar como término tercero, mediador entre los términos contradictorios insolubles en lo inconsciente de una estructura social. Héroe proviene del griego herós, “semidiós”, “jefe militar épico”. Homero lo usa en sentido de señor, noble o príncipe, aplicado a los personajes de sus poemas, muchos de ellos guerreros. Función principal de los héroes fue la de servir de intermediarios entre los hombres y la divinidad, forma de expresar el compromiso entre lo profano y lo sagrado o, en otros términos, la naturaleza y la cultura, entre los cuales el héroe media. En tanto los hombres, al morir, se convertían en sombras impalpables, los héroes no

perdían ninguna de sus cualidades primeras. Podían interceder por los mortales ante los dioses. Los héroes, después de haber sido hombres idealizados, se convertían en intermediarios entre los hombres y los dioses del Olimpo. No deja de ser curioso que no haya heroínas en la mitología. La cualidad de héroe pareciera haber sido predominantemente un atributo asociado a lo masculino.

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El otro como traidor es aquel que se opone tanto al héroe en el cumplimiento de su misión como impide el cumplimiento de un ideal o de las creencias del conjunto social al cual pertenece. Se les adjudica retrospectivamente el fracaso del héroe o del líder carismático o la posibilidad de disolución del sistema social. Estas distintas caracterizaciones muestran la complejidad derivada de las posiciones del yo y del otro. El otro, desde las diferentes posiciones mencionadas, puede ser revestido por la proyección del yo en distintas variedades y registrado a través de ellas, lo cual comporta un exceso de significación que obstaculiza su conocimiento o puede llevar a su anulación. Un problema no menor para el sujeto es que el otro excede sus deseos y su proyección, y no se deja llevar fácilmente a ocupar las posiciones deseadas. Pero a su vez ello provoca y fuerza una relación donde el trabajo de vincularse se inicia precisamente a partir del desencuentro, y es a partir de ahí que está la posibilidad de alterar a ambos, alterándose a su vez. La consideración de aquello del otro que el sujeto puede o no asimilar nos lleva a la cuestión del prójimo y el ajeno.

5. EL PRÓJIMO 3

El prójimo es esa dimensión del otro que ofrece la posibilidad de asimilarlo, que encuentra rasgos que permiten sentirse y hallarse parecidos, es decir, establecer una semejanza. Se relaciona con la apariencia, lo similar, y de allí deriva el tér-

Efectivamente, en hebreo el término correspondiente a héroe es guibor, cuya raíz es semejante a guever, “varón”, y leitgaber, “sobrepasar una dificultad”. El héroe es una categoría ligada a la veneración de los antepasados. Su papel en la tradición helenista está ligado al culto de los muertos. Aunque se supuso que los

héroes, como los dioses, intervenían en los asuntos humanos, su esfera de acción era más localizada. Hay ejemplos tempranos de la elevación a la categoría de héroe de personajes muertos. En la mente de los pueblos y de las personas podrían ligarse causalmente ambas condiciones: o el muerto era investido como héroe por sus cualidades o para ser héroe era menester pasar, inevitablemente, por la condición de muerto. El héroe recibe, entonces, cualidades sobrehumanas y poderes especiales.

3. Para un pormenorizado y excelente examen sobre el prójimo, véase Vegh

(2001).

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mino semblante, en referencia al rostro como el lugar privilegiado donde se lo busca y donde se cree posible encontrar. Freud (1930) tomó y analizó el proverbio tan conocido, citado en el Antiguo y Nuevo Testamento: “Amarás al prójimo como a ti mismo”. La historia de la humanidad permite constatar que el “decir”, proclamar y creer en este proverbio no se acompaña del “hacer” que caracterizó las sangrientas guerras políticas y religiosas que buscaron la sumisión y frecuentemente la aniquilación del otro.

Para justificar tamaña intolerancia el sujeto debió ubicar al otro en

la posición subjetiva de no prójimo o de enemigo. Freud (1930: 106)

desmenuza este proverbio con su agudeza habitual: ha de amarlo, dice, si ese amor es valioso para el propio sujeto, si el otro lo merece y puedo amarlo como a mí mismo, si es un ideal o se me

aparece como teniendo mayores cualidades que yo en relación con

ese ideal. También si es familiar o amigo de nuestra comunidad. Se sobreentiende que puedo decidir no amarlo si no lo merece, si no le encuentro valores, si no se parece a mí o si sus ideales me son ajenos. Es decir, aquello por lo que lo amo se pondría en suspenso con un extraño, y lo es cualquiera que no reúna las condiciones expuestas. El criterio de merecimiento pone al yo, o a otro en quien lo delegue, en la posición de jurado que ha de juzgar y absolver o castigar, cuestión sumamente delicada en las relaciones humanas. Como se recordará, Freud habla de la pulsión agresiva que, aunque

a veces se vale de una provocación para desencadenarse, otras

veces se despliega per se. Ve ahí, en la pulsión agresiva, en la hostilidad primaria, el motivo originario de la alteración de los vínculos sociales, y el riesgo permanente al que se ve expuesta la cultura que ha de recurrir a identificaciones y vínculos amorosos de meta inhibida para ponerle límite. Su formulación de la pulsión agresiva como una base de las relaciones interpersonales tiene coherencia, y se nota en su crítica a las consecuencias del papel de la propiedad privada, al cual el criterio marxista consideraba determinante. Freud produce, a mi criterio, dos deslizamientos:

toma a la familia como modelo de la cultura y, desde el privilegio de lo sexual, remite la diferencia entre quienes tienen y quienes no, a derivados del complejo de Edipo. Otra perspectiva resulta si enfocamos las relaciones de poder y su alteración bajo la forma del exceso de poder. Si pensamos al sujeto, la fa

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milia y la cultura como tres mundos heterogéneos (véase el capítulo 6), regidos por lógicas diferentes, con relaciones de suplementariedad y no de complementariedad y que requieren herramientas conceptuales diferentes, las conclusiones pueden ser bastante distintas. Veamos por ejemplo cómo continúa Freud en el análisis de lo que llama el narcisismo de las pequeñas diferencias (respecto de este punto, véase Berenstein, 1990b), basado en la idea de la exaltación de lo que considera pequeños detalles en la diferencia de las personas. Pequeños desde un pensamiento de la semejanza donde las peculiaridades de su inclusión en etnias, lenguas o costumbres diferentes no debieran empañar la idea de que todos somos seres humanos. Un punto de vista resulta de considerar, como lo hace Hannah Arendt (1958), que los seres humanos son semejantes en el hecho de que cada cual es diferente de otro. Otro punto de vista, privilegiado con la modernidad, con- sidera lo humano a la medida del propio sujeto. Esta es la base donde se apoyan los prejuicios hacia los extraños, aquellos que portan una ajenidad evidente, los de diferente color de piel, distintas confesiones religiosas o costumbres, o sea todos aquellos que sin saberlo cuestionan la idea de totalidad, identidad y semejanza. La identificación sólo puede tramitar las pequeñas diferencias, y éstas se producen con aquellos a quienes se considera prójimos y no con los otros ajenos. El sentimiento de pertenencia también es instituyente del sujeto a partir de la cultura que le impone sus marcas, de la que inextricablemente forma parte y a la que la familia misma pertenece y transmite inconscientemente. Desde la pertenencia se observa que lo disímil y la ajenidad establecen una no pequeña diferencia. Más aún, cuando adquiere la forma de una ajenidad resulta difícil y trabajosa de ser inscripta en el yo, ya que éste supone tramitarla por identificación y requiere un arduo trabajo para hacer lugar a la imposición. Incluir la ajenidad del otro obliga a modificar la propia subjetividad erigida en ideal así como la del conjunto social al cual se pertenece. No se podría seguir siendo el mismo después de hacerle un lugar a la inscripción de esa novedad aportada por el otro. La humanidad se debate en este enorme trabajo, con idas y vueltas, lentamente va logrando anotar esa ajenidad. Anotar, en el sentido de una modalidad de escritura y de direccionalidad, donde la partícula a señala para o hacia, mar

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ca un camino que orienta la nota, la notación, el signo con el que quedará registrado. Veamos la conocida frase del Génesis 1, 26 y 27:

Y dijo Dios: “Hagamos al ser humano a nuestra imagen, como

] Creó, pues, Dios al ser humano a imagen

semejanza nuestra [

suya, a imagen de Dios lo creó, macho y hembra los creó.

Aclara la Biblia de Jerusalén (1975) que semejanza atenúa el sentido de imagen, excluyendo la igualdad. Es un paso no menor. La semejanza puede ser de variada naturaleza y la imagen es una de ellas. Dos personas son semejantes si la imagen de una remite a la otra, una de ellas como original y la otra como una suerte de copia. El sujeto humano estableció la creencia, transmitió y luego dijo que Dios creó al hombre y lo hizo a su imagen, parecido a él, a su semejanza. Pero esta formulación de la creación de lo semejante puede ser encubridora de una vivencia profunda de diferencia, la que halló en la naturaleza y en los otros seres animales y humanos. De allí pudo haber producido a Dios a imagen de una humanidad con una alteridad radical, inaccesible, que mueve y orienta permanentemente al sujeto en esa dirección. Quizá el pasaje de muchos dioses cotidianos y familiares a un solo Dios, el pasaje de politeísmo a monoteísmo, haya acentuado ambivalentemente esa posibilidad de unificación del psiquismo, mediante la identificación entre los creyentes, alrededor de la exclusión y la siempre indecisa posibilidad de aceptar la ajenidad. Quizá convenga volver una vez más al “Proyecto” de Freud (1950a). Cuando trabaja la vivencia de satisfacción (pág. 11) dice que la descarga así como la alteración interior (expresión de las emociones, berreo, etc.) no modifican la recepción de los estímulos endógenos. Lo hace cuando es producida por la acción específica, sólo posible por un auxilio ajeno, “un individuo experimentado advierte el estado del niño” (1950: 362). Podríamos agregar que un individuo experimentado parece ser aquel que, siendo un semejante, puede tener la posibilidad de establecer esa ajenidad radical. Así, los padres pueden creer que sienten como el bebé pero también registrar que no son él, y establecer una posición desde la cual habrá una zona irremisible de no conocimiento del otro que llevará a pensar e

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imaginar la posibilidad de relación. Se puede conectar con lo que dice en “El problema de la cualidad”:

La conciencia nos da lo que se llama cualidades, sensaciones que son

algo otro [anders sind] dentro de una gran diversidad, y cuya alteridad [Anders] es distinguida según nexos con el mundo exterior. En esta

alteridad existen series, semejanzas, etc verdad (pág. 352).

cantidades no las hay aquí en

,

Las series y las semejanzas son modalidades de esa alteridad. El individuo experimentado es el que puede mantenerse como Anderer frente al que considera Anderer, no otra cosa son el niño y

la madre o el padre. El otro ha de realizar una acción en el mundo

exterior y el infante ha de hacerlo en su interioridad, que es exterioridad para el otro que habita en ese espacio que no es el cuerpo del bebé. En esa alteridad ha de existir ajenidad y presencia, junto con series y semejanzas. Dos exterioridades irremisibles una a la otra y que inician el camino de la identifi- cación para reducir esa alteridad. La experiencia indica que esa reducción es imposible a pesar de los ingentes esfuerzos de las

partes vinculadas, y eso lo saben bien madres e hijos que transitan

a su manera el camino de la diferencia y la ajenidad, aunque el

discurso sea el de los parecidos y las semejanzas; estableciéndose “ese divorcio completo entre vivir y decir, ese enfrentamiento que ellos mismos ignoraban”, como dice Todorov (1989: 11). Una vez instituido el sujeto, la tarea es diferenciar el objeto

deseado del objeto real. A partir de ahí se presentan distintas posibilidades de conexión y diferencia entre la percepción del objeto

y el objeto deseado. Se realiza a través del juicio, esa función

primordial que deberá determinar del otro la existencia y la atribución -como señala Freud (1925)- y la presencia (Berenstein, 2001a), tres caminos fundamentales en el establecimiento del lugar del otro y del sujeto. Freud en el “Proyecto” caracteriza como prójimo al objeto que brinda una percepción donde se muestra parecido a sí mismo, al sujeto, pasando la semejanza por el propio cuerpo. Entonces ese complejo del prójimo se separa en dos componentes: uno se mantiene reunido como una cosa del mundo -mundo al cual se buscará remitir a alguna noticia del propio cuerpo—; el otro componente de la diferencia podrá serlo a partir de un trabajo psíquico. Una actividad del objeto puede producir

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dolor en el yo y se caracterizará como objeto hostil, y otra puede producir placer y se acercará al objeto deseado. Eso ajeno e inconstante a todo recuerdo y a toda representación, no siempre presentará dolor o placer, sino que muchas veces produce asombro y extrañeza, que serían componentes de la perplejidad. Suponerlo capaz de producir dolor es posterior a una conexión, muchas veces falsa conexión/transferencia con el objeto hostil. Es que desde la semejanza toda percepción de lo distinto puede ser registrada como hostil. Desde la alteridad puede provenir lo hostil que promueve la defensa y la repetición, pero también lo novedoso, aquello que puede modificar al sujeto en una situación, allí donde sus prácticas lleven a instituirlo de otra manera. Después de todo la semejanza es lo que aparentemente aprende a hacer el aparato psíquico en nuestra cultura, ya desde los griegos, después de haber desconocido que ese mecanismo incluye las distintas maneras de suprimir lo ajeno del otro.

6. EL AJENO

Ha sido y aún es presentado bajo la figura del desconocido, el forastero, el inmigrante, el extranjero, 4 el hereje, el refugiado. Las relaciones con él se dan entre la hostilidad y la hospitalidad, la primera más espontánea, ubicua, persistente y siempre actual aunque variada a través de los tiempos, y la segunda proveniente de regulaciones y prescripciones sociales que instan a controlar, nunca lográndolo del todo, la desconfianza ancestral hacia quien, por su sola presencia, por su carácter de otro, produce una herida en la propia certeza. Desde la historia más remota la tendencia es a considerar al ajeno como a un potencial enemigo, a quien se hace habitar por fuera de los límites de la Ley. Luego las prescripciones tratan de negar y transformar imperfectamente los impulsos hostiles y

4. El término inglés alien, aunque recoge los significados de extranjero, de no semejante, de residente no naturalizado, perteneciente a otra raza, adquirió para ese idioma un sentido más persecutorio, hostil y conflictivo. En las décadas del ochenta y noventa, el cine norteamericano produjo una serie de películas con ese nombre, para contar las vicisitudes precisamente con un ser extraterrestre.

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agresivos que surgen frente al extraño. Dice el Antiguo Testa- mento: 5

[ ] que hace justicia al huérfano y a la viuda, y ama al forastero, a quien da pan y vestido [ ] Amad al forastero, porque forasteros fuisteis vosotros en el país de Egipto (Deuteronomio 10: 18 y 19).

Cuando un forastero resida junto a ti, en vuestra tierra, no le molestéis. Al forastero que reside junto a vosotros, le miraréis como a uno de vuestro pueblo y lo amaréis como a ti mismo: pues forasteros fuisteis vosotros en la tierra de Egipto (Levítico 19: 33 y 34).

En el Antiguo Testamento se distinguen tres tipos de ex- tranjeros (Haag y otros, 1978): el que es extraño a la estirpe y al pueblo (hebr. Zar), el que es forastero, es decir de permanencia

transitoria (nokrï) y el que se establece en el país (gër y en otras partes tosab). El primero, de inmediato es considerado un enemigo,

el

segundo no tiene derechos y ha de ser tratado según la caridad, y

el

tercero puede ser recibido por la comunidad. La figura del que se

estableció en el país incorporándose al pueblo mediante la identificación pasaba a ser prosélito, el que se acerca. El pagano era convertido al judaísmo mediante la circuncisión y la observancia de la ley. Pero, según el Deuteronomio (2 a 9), está establecido que algunos grupos tendrán una exclusión absoluta del pueblo de Yahveh, a saber: los que tengan los testículos aplastados o el pene mutilado; el bastardo (hebr. mamzer: desconocido, en tanto des-

cendiente de matrimonio entre israelita y extranjero), que no será admitido ni en la décima generación, así como tampoco el amonita

y el moabita por el mismo tiempo. En cambio esta prohibición no

tiene lugar con el idumeo, porque es un hermano, ni con el egipcio, por reciprocidad al haber sido su forastero. Hay una estricta clasificación donde alguien ha de quedar radicalmente afuera, en tanto otros extraños, mediante la identificación, podrán ser considerados semejantes o prójimos, lo que a su vez permite la puesta en juego del precepto

5. A este precepto bíblico nos referimos anteriormente a propósito del prójimo.

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del amor al prójimo como está indicado en Levítico 19: 33. El amor no parece ser extenso ni indiscriminado sino que comprende hasta ese borde dado por la identificación. El vecino, quien está del otro lado del borde, a quien determino y me determina por la vecindad, puede ser considerado semejante y posibilita la convivencia. Pero puede transformarse en ajeno. Entonces deja de ser tolerado y deberá ser ubicado en otra zona alejada del límite, porque se requiere no verlo y que no nos vea, llegando al caso extremo de eliminarlo en tanto enemigo. Con el dogma de la muerte de Jesús por parte de los judíos, coincidente con el establecimiento de la Iglesia como institución, cerca del 400 d. C., se ubicó a éstos en la terrible situación de perseguidos, forzando las marcas agregadas a la ajenidad y ubicándolos como extraños para descargar todo el peso del prejuicio, esta vez desde una religión que se había forjado diferente con respecto a aquella de donde había partido. Después, para aquellos que no seguían la línea devenida oficial dentro de la Iglesia apareció ese otro ajeno llamado “hereje”. La herejía durante la Edad Media se manifestaba en forma de crítica y protesta al cristianismo. Herejía quiere decir “elección” (Bonnassie, 1981), personal o colectiva, que puede llevar a disentir respecto de los valores y conceptos establecidos oficialmente y aceptados por una mayoría. Hereje significaba que el individuo pertenecía a una doctrina o escuela en la época helenística, una dirección dentro de la ortodoxia. En el cristianismo pasó a caracterizar a quien sostenía una doctrina considerada errónea, que por lo tanto debía desenvolverse por fuera de la Iglesia. Para Aristóteles el mundo comprendía a los griegos y a los no griegos o bárbaros, los esclavos naturales. Alejandro, educado por él, estableció los casamientos interraciales y el común servicio en el ejército, con lo que realiza un pasaje de la polis a la cosmópolis. Esta idea de ampliación puede haber sido retomada por Pablo para establecer una religión que incluyera gentiles, es decir, una religión no exclusiva de los judíos, comunidad de donde él provenía por origen, ni exclusiva de los griegos, de donde él provenía por educación. Lo perturbador del hereje es que cuestiona los fundamentos que con el tiempo adquirieron la forma de dogma. Se suele oponer herejía a ortodoxia, el seguimiento fiel de lo oficialmente estable-

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cido. La ortodoxia opera con la búsqueda de identificación, cuestionada por el hereje, que elige

cido. La ortodoxia opera con la búsqueda de identificación, cuestionada por el hereje, que elige y que al hacerlo cuestiona la

elección de los otros, que no parece elección cuando está suscripta a

la

mayoría. Frente a los intentos de establecer algún tipo de semejanza en

la

pertenencia, especialmente en relación con los derechos, vuelve,

con no poca intensidad y con el tono epocal de cada momento histórico, el prejuicio y la dura discriminación con el ajeno o el extranjero, agudizado luego, en la época de los Estados nacionales, por los sentimientos locales ligados a la idea de Estado. La intolerancia religiosa, las ideas de superioridad racial o por color de piel, con predominio de la raza blanca, lo que supuso la ajenidad y desvalorización de la negra o amarilla, y actualmente las ideas acerca del inmigrante, a quien se le adjudica el despojar de los puestos de trabajo a los ciudadanos nativos, muestran la ubicación de las minorías como extraños. En la base de este tratamiento al ajeno hallamos el sentimiento identitario, que se expande hacia el semejante y se altera fuertemente con la presencia del no se- mejante.

A los efectos de considerar a ese ajeno que es el extranjero, Alain Badiou (1997), analiza por qué eligió a Pablo como modo de

examinar la conexión entre sujeto y verdad. Describe una tendencia que considera notable, cuya expresión política se daría con la máxima: “Francia para los franceses”. Se pregunta cómo responder

a la pregunta sobre qué es un francés si no es por las medidas

discriminatorias y persecutorias que surgen desde lo estatal hacia

lo considerado no francés. Sostiene que el Estado estaría obligado a

admitir una región de la ley para los franceses, otra para los extranjeros integrados o integrables y finalmente para los extranjeros no integrados, parecidos en mi criterio, a las dos últimas categorías de extranjeros según el Antiguo Testamento. La ley rige y protege a los nacionales, tanto franceses en Francia como españoles en España o argentinos en la Argentina, y se puede extender a todo el conjunto de lo que son o fueron los Estados nacionales previamente a la globalización. Los no nacionales en muchos países están por fuera de esa ley, representada en la asistencia médica gratuita o en la protección social, fuera de un límite pero dentro del país que los requiere para cubrir sus necesidades laborales, aunque la ley

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no los ampara, estableciéndose así una especie de clandestinidad estatal. Cada país tiene los suyos. Es que el principio identitario parece ser muy riguroso para definir el ser, quien es francés, inglés, argentino, etc. Se desentiende del conjunto al dejar afuera uno de los subconjuntos, ya que no incluye a los extranjeros, a quienes considera como un no conjunto. A lo nacional se atribuye una verdad que en tanto tal es tomada como universal, y es esto lo que el extranjero por su sola presencia niega. Sean árabes en Francia, bolivianos o peruanos en la Argentina, magrebíes en España, turcos en Alemania, son tomados como el ajeno que resulta recluido dentro del territorio y por fuera de los límites de la ley que regula al conjunto identitario, el de lo instituido. El refugiado es otra figura de la ajenidad, especialmente vigente desde el siglo XX. Según Agamben (2001), no tiene derecho a su identidad nacional y sin embargo no pertenece o no acepta una nueva. Aparecieron al final de la Primera Guerra Mundial cuando fueron desplazadas millones de personas. Es contradictorio llamar refugiado a quien no tiene refugio pues fue privado de él. Como señala Agamben, años después de las leyes raciales en Alemania y en la España posterior a la Guerra Civil surgieron nuevas masas de desplazados, y no fueron los últimos. Hubo leyes estatales que privaron de nacionalidad a sus propios ciudadanos: como fue el caso de Francia en 1915, Bélgica en 1922 y Austria en 1933, etc.

en cuanto quebranta la vieja tri-

nidad Estado-nación-territorio, el refugiado -esta figura apa- rentemente marginal- merece ser considerado como la figura central de nuestra historia política.” Agrega que la serie campos de internación-campos de con- centración-campos de exterminio, fueron y son lugares de control y desaparición de refugiados. Frente a lo que el ajeno suscita, al espíritu humano se le presenta el problema de resolver entre la hostilidad, que conduce al rechazo y la eliminación, y la hospitalidad, que lleva a alojarlo. El ajeno no permite una unidad identitaria, y su presencia impone una marca que nunca tendrá la posibilidad de constituir una unidad complementaria. Lo suplementario propone al sujeto una tarea inacabable de inscripción, que la representación personal o nacional no abarca. Allí la representación fracasa.

Dice el filósofo italiano: “

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Cabría preguntarse el porqué de esa casi permanente des- confianza hacia el ajeno. Es que su presencia cuestiona la propia subjetividad y las representaciones sobre las que se sustenta; el ajeno obliga a cuestionarlas a quienes se oponen al movimiento de devenir de otra manera, lo que ocurrirá si el sujeto se ha de vincular con ese desconocido. A través de esa relación se afecta, se altera la estabilidad del sujeto, que en cambio los semejantes confirman y no cuestionan.

7. SOLIPSISMO

En filosofía, solipsismo es la formulación que reduce lo existente al “sólo yo”, solus ipse. Y en psicoanálisis se lo usa para describir la remisión de lo ocurrido en la práctica del entre-dos, característico de la sesión, casi exclusivamente al “sólo yo” del paciente, en tanto aparato psíquico estructurado a partir del mundo infantil o mundo interno y de su constitución temprana de las relaciones objetales. En cuanto a la contratransferencia, que sería la modalidad que incluye al analista, es considerada mayoritariamente una respuesta inconsciente a la transferencia inconsciente del paciente y, por lo tanto, se dice que le corresponde a él. Desde ya que el “sólo yo” del paciente tiene relaciones con objetos internos y muchas relaciones con objetos llamados externos en referencia a los que habitan en el mundo exterior. Pero su misma denominación de “objeto” remite a un pensamiento de determinación única, dada por las vicisitudes de la interioridad del sujeto, referido como “yo” en sus relaciones de objeto, interno y externo. Si tenemos en cuenta un brevísimo recorrido histórico, puede observarse que desde los primeros siglos de esta era hasta el siglo XI, durante la vigencia del pensamiento cristiano-feudal, se consideró al sujeto como parte de Dios, por lo cual una noción como yo era impensable para esa época. En el siglo XI, como consecuencia de la formación de los burgos, una nueva organización del espacio, se instituyó una subjetividad centrada en el yo, del cual Goethe diría que era un micromundo. El pensamiento burgués alcanzó su expresión más nítida en Descartes, con quien el cogito afianzó y consolidó la noción de yo, siendo éste causa del efecto de pensar. Con Freud se estableció la pérdida de la unidad del yo, tomando

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como fundamento su escisión a partir del descentramiento que lo inconsciente introducía respecto de la conciencia. No obstante eso, el yo modificado recuperó, o nunca perdió del todo, su centralidad y hegemonía como determinante de sus acciones. La teoría del vínculo, como venimos exponiéndola, produjo un nuevo y más radical descentramiento, estableciendo no una sino múltiples determinaciones subjetivas, no dependientes unas de otras: lo pulsional, la relación con el otro, con cada otro significativo y con la pertenencia social. Así, al quedar establecido que no se trataba de una única determinación quedó cuestionado el principio de determinación. Todo lo que establezca un centro y una determinación, en forma manifiesta o encubierta, tiende a las formulaciones solipsistas, que en realidad reservan al sujeto esa ubicación hegemónica. El solipsismo se discute en relación con lo que se llama el acceso al mundo exterior y sus múltiples vueltas, lo que se considera retornos, que implican la remisión y reducción a la interioridad del yo. Es necesario tomar conciencia de la disparidad entre un discurso que habla de tomar en cuenta el mundo de los otros, y una contradictoria subjetividad fuertemente anclada en la centralidad del yo. La misma manera de enunciar esa relación al hablar del acceso al, o del, mundo exterior, marca ese movimiento con una direccionalidad, que va desde una interioridad con cierre a una exterioridad, o que supone que ésta entra a un espacio con clausura. Dado que se trata de una conjunción, se requieren otras formulaciones para la polaridad interno-externo. Recuerda ese otro espacio del pensamiento religioso en el cual la interioridad se da como el acceso a Dios. Efectivamente existen otras concepciones, como la basada en la cinta de Moebius. El solipsismo ha tenido sus propios críticos, pero su debate filosófico se aleja de nuestros fines. Invocar este peculiar pen- samiento en psicoanálisis despierta resistencia, irritación y molestia en algunos colegas, que lo registran como un ataque a una teoría que jerarquizó -cómo no reconocerlo- la relación con los otros del parentesco, especialmente los padres y hermanos y con los otros sociales. Un ejemplo de relación es la transferencia misma y, desde el punto de vista de la práctica, la relación con el analista; pero en el retorno a la centralidad del paciente se minimiza lo que tiene de relación subjetivante. Laplanche (1992) hace la misma crítica cuando resalta el re-

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torno de lo ptolomeico en las propias formulaciones psicoanalíticas de Freud, en su decir, verdadera

torno de lo ptolomeico en las propias formulaciones psicoanalíticas de Freud, en su decir, verdadera revolución copernicana. Esta modalidad de pensamiento solipsista, que ha impregnado el psicoanálisis en el curso de su desarrollo, es propia de la teoría. No tiene que ver con producciones psicopatológicas o variados mecanismos psíquicos tales como: a) el pensamiento autorreferencial o aquel basado en convicciones (Berenstein, 1986), creencias que, a la manera de una formación delirante privada, con sede en el yo, usa generalizaciones para aplicar y explicar al mundo que lo rodea; b) formaciones esquizoides de la personalidad, cuyo mecanismo predilecto es la puesta a distancia y refugio en la posición observadora y no participante, al decir de Liberman (1983), desde donde se impone la referencia al yo; c) la identificación proyectiva: en base a la fantasía de ubicar partes activas de la personalidad en el objeto y la posibilidad de confundirse con él; d) las formaciones narcisistas donde la investidura libidinal del otro lleva a incorporarlo, cubierto y confundido con las cualidades ubicadas desde el propio yo. Recuérdese que el narcisismo secundario es pensado como el retorno de esas investiduras al yo, después de la pérdida del objeto. Esto nos pone ante la cuestión de si al psicoanálisis le es posible detectar en su seno sus propias producciones solipsistas, o ellas deberán ser señaladas por fuera de la propia disciplina, o podrán emerger a partir de un descentramiento como el producido desde las formulaciones intersubjetivas con sus producciones clínicas y teóricas. El yo es ciego a su propio centramiento y éste sólo se hace visible en la relación con el otro. El solipsismo es una manera de pensar el mundo en la cual los hechos en los que el sujeto participa son pensados desde una determinación proveniente de sí mismo. Se expresa de muchas maneras, manifiestas a veces pero más aún cubiertas por formulaciones aparentemente relacionales. El solipsismo es a la intersubjetividad lo que Ptolomeo es a Copérnico, pasaje que quizá no puede realizarse de una vez y para siempre sino que, como otros movimientos emocionales e intelectuales, tienen sus avances y retrocesos, tratando cada vez de ir un poco más allá. También habría que agregar que lo vincular se constituye como otra de las heridas narcisísticas de la humanidad, y ha despertado una oposición enérgica. Volvemos a recurrir a Lévinas

(1979):

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Al englobar el todo en su universalidad, la razón se encuentra ella misma en soledad. El solipsismo no es una aberración ni un sofisma: es la estructura misma de la razón. Y no a causa del carácter “subjetivo” de las sensaciones que combina, sino en razón de la universalidad del conocimiento, es decir, de lo ilimitado de la luz y de la imposibilidad de que quede algo fuera de ella. Por ello, la razón no encuentra jamás otra razón con quien hablar. La intencionalidad de la conciencia permite distinguir al yo de las cosas, pero no hace desaparecer el solipsismo porque su elemento, la luz, nos hace dueños del mundo exterior, pero es incapaz de encontrarnos un interlocutor. La objetividad del saber racional no elimina en absoluto el carácter solitario de la razón. La posibilidad de convertir la objetividad en subjetividad es el tema mismo del idealismo, que es una filosofía de la razón. La objetividad de la luz es la propia subjetividad. Todo objeto puede ser dicho en términos de conciencia, es decir, puesto a la luz.

Ser “puesto a la luz” significa ser iluminado y poseído o po- seíble, por lo tanto conocible y no excluido de la razón, del yo. Para la concepción solipsista todo es luz y no habría resto, no habría posibilidad de otro. Cuando los otros son considerados objetos, el sujeto se hace dueño solitario del mundo exterior, y desde esa posición dialoga con ellos. Quizá suceda así cuando el sujeto se enfrenta con la siguiente situación descripta por Bochensky (1965: 170) al referirse a Max Scheler:

El amor genuino (como el odio genuino) tiene que ver siempre con el valor, pero es siempre amor de una persona, no de un valor en cuanto tal; Scheler llega a afirmar que no es posible amar el bien. Se endereza hacia la persona como realidad a través del valor de persona. El análisis del “amor por una persona” muestra que la suma de valores de una persona amada no puede cubrir ni con mucho nuestro amor por ella. Siempre queda un plus insondable. Este plus, la persona concreta del amado, constituye el verdadero objeto del amor.

Considero que ese plus es lo que llamamos ajenidad, y es ante eso y ante lo difícil que es amarlo que emerge en lo emocional y en lo intelectual la actitud solipsista en la relación con el otro y en el conocimiento.

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CAPÍTULO 6 LOS ESPACIOS PSÍQUICOS

1. EL SUJETO, LOS OTROS Y EL MUNDO SOCIAL

La mayor parte de los autores del campo psicoanalítico y de otras disciplinas consideran al sujeto humano determinado por lo que lleva dentro de sí, lo que le daría una posición diferenciada en la serie animal, una modificación en su naturaleza, ocurrida en algún momento de su evolución. Su pertenencia a ella le da, como dice J. Moreno, lo humano de lo animal. 1 La teoría psicoanalítica ha hecho un corrimiento de lo instintivo (lo animal) a lo pulsional ligado a la representación (lo humano) y al objeto. A ello se agrega el lugar fundante del mundo infantil y las experiencias tempranas de amparo con los objetos parentales que dejan sus inscripciones representacionales 2 así como la pertenencia a un mundo social. Muchos

1. “Si llamamos ‘U’ a lo humano de lo humano (aquello presente en el hombre

que jamás logrará el mono) y ‘A’ a lo animal presente en nosotros, podríamos decir que el humano (‘H’) surge de la suma de A y de U (H=A+U). Por supuesto, entre esa A y esa U deben existir complejas interacciones no representables por esa simple ecuación; es más, la misma existencia de A y de U no es sino efecto de haber concebido su diferencia. Aun así, puede ser válido pensar que en el humano confluyen su animalidad y cierta otra cosa”. (Moreno, 2002a).

2. Spitz (1960) decía que el hombre es un animal altricial, es decir, que, nacido

desvalido, después de tres meses comienza a percibir visualmente y responde con una sonrisa al rostro sonriente del adulto. Nace inmaduro y requiere cuidado y alimentación por algún tiempo después de nacer. En cambio, son precociales aquellos

animales que, como el ternero, sostienen la cabe

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lo pensamos como determinado por lo pulsional y lo infantil, pero

también por la relación con los otros significativos actuales además

de los pasados, así como por el mundo público al cual pertenece. Es

decir, sin una determinación única, determinándose en cada situación. La relación entre el sujeto y los otros, el sujeto y el mundo social, lleva a dos tareas: inscribir su pertenencia y, mediante la función del juicio, optar por la manera de pertenecer. Ello modela

su subjetividad, afecta la relación con los otros y altera el mundo que lo rodea. La creencia en la unicidad del sujeto lleva a considerar que las variadas situaciones por las que atraviesa son despliegue de la que, siendo única, original y pasada, las comprende a todas. Si lo social fuera considerado la única determinación, el sujeto se sentiría dependiente de su medio por completo, con su resultado de entrega

y adherencia a la comunidad, lo que anularía toda forma de

ajenidad y por lo tanto de diferencia, con lo cual no le quedaría más recurso que cumplir ciegamente sus requisitos. Allí se destruyen otras pertenencias, ante la amenaza de su diversificación, y crece la convicción de que en la pertenencia social no hay ajenidad y ésta sólo se adquiere alejándose de ella. En el otro extremo se supondría que la situación está determinada únicamente por los conflictos internos; allí se observará a un sujeto enajenado, a quien los otros ven como extraño por la significación personal que le otorga al mundo que lo rodea, que no requerirá modificar ni observar el modo de su pertenencia. La realidad externa será vivida como algo existente por fuera, y su incidencia se registrará como irrupción, o como un obstáculo a dejar de lado para seguir el propio camino. En

los historiales clínicos psicoanalíticos hay frecuentes referencias a

la “irrupción” de la realidad, que se constituye en un obstáculo

resistencial a despejar para acceder al mundo interno. Recientemente apareció en los periódicos la noticia de que un padre de la comunidad kurda que vivía en Suecia había

za libremente desde el comienzo de la vida y su orientación visual está presente desde el nacimiento, están cubiertos de plumón o vello, y son capaces de andar.

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matado a su hija por la deshonra familiar irreparable debida a que ésta había formado

matado a su hija por la deshonra familiar irreparable debida a que ésta había formado una pareja con un joven sueco. Al parecer, la joven habría sido amenazada por el padre y el hermano ante su negativa de volver al país natal para cumplir con un matrimonio de los que, un tanto despectivamente, se llaman arreglados. Es frecuente que no se entiendan, o en realidad no se acepten, costumbres diferentes y ajenas, y se las mida y critique desde las propias como si las otras fueran bárbaras y primitivas. Asimismo, podría caracterizarse como falta de libertad de elección a los matrimonios entre jóvenes religiosos ortodoxos judíos arreglados a partir de las sugerencias del rabino de la comunidad, basándose en que conoce las peculiaridades de cada contrayente y de cada familia y entonces aproxima lo que a su criterio puede combinar mejor. Cada joven tiene la posibilidad de aceptar o no la elección. Dema- siado frecuentemente pasamos por alto que nuestra civilizada elección tiene restricciones familiares, de pertenencia social y económica, que llevan a realizar una elección libre mucho más restringida de lo que estamos dispuestos a aceptar. En lo que respecta a la joven kurda, ésta habría dicho en un juicio anterior que el único medio que tenía la familia para recuperar su honor era matarla. El padre dijo que resultó humillado ante todo el mundo, y no encontró otra forma que matarla ya que era una perdida. Perdida puede tener varios significados pero básicamente tiene el de haberse o haberla extraviado, tener una existencia ausente, no poder hallarse ni hallarla ya como alguien con sentido, capaz de tener una presencia. El carácter conflictivo de la relación familiar había ocasionado el sentimiento de pérdida, pero como estaba acompañado de vergüenza, el marco social y familiar lo orienta hacia la humillación. Podría ser considerado un sentimiento personal del padre o de otros miembros, pero no de la joven. Sin embargo, estamos ante lo que era un conflicto interno y también familiar, especialmente ligado a la subjetividad social, aquella que se sostiene en las relaciones con los otros de la comunidad. La noticia periodística continuaba relatando que el primer ministro sueco había calificado de trágico que una joven capaz, guapa y valiente fuera asesinada sólo porque quería vivir su vida. Comentario clásico de quien supone que hay una sola manera de vivir la vida, la de quien habla, no viendo que desde su pertenencia social la vida de los otros depende de la propia.

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Cada cual es ciego ante su pertenencia social, razón por la cual cree que es lo dado, lo que no requiere ser preguntado ni para sí ni para los otros. La ministra encargada de la integración en Suecia sostuvo que los derechos humanos también regían para la mujer, por lo que ningún argumento derivado de la cultura, la religión o la tradición podía quitarle a una persona el derecho a vivir su vida. Sus palabras fueron: “Cuando una familia llega a Suecia, tenemos que hacerle conocer lo antes posible nuestros valores”. Los países deberían invertir la ecuación y conocer los valores de los otros, de los inmigrantes, los extranjeros que fueron admitidos como tales. Aunque se les preste un servicio enorme al recibírselos como perseguidos políticos, refugiados o inmigrantes de países con crisis económicas, en muchas ocasiones no son aceptados como extranjeros con sus valores, sino que son instados a renunciar a ellos. Desde un punto de vista psicoanalítico la situación anímica del padre podría ser explicada por un conflicto interno mal elaborado por el que no acepta desprenderse de su hija, apresado en una situación edípica vinculada a su historia personal, en una trama identificatoria que lo lleva a posicionarse como un padre posesivo y dominante. Incluso sin poder penetrar en su mundo interno podemos suponer una relación de objeto persecutoria, de la que sólo se puede desprender mediante el crimen y el alejamiento definitivo, en su fantasía, de ese perseguidor instalado en la hija o en su pareja a quien le adjudica el despojo y el sufrimiento. Desde el punto de vista individual no debería desecharse esta lectura. La pertenencia a su comunidad y la subjetividad construida en base a la misma lleva a que la herida parezca irreparable, y que suponga poder restaurarla eliminando a quien puede llevar a tamaño peligro. Lo que desde el punto de vista jurídico es considerado como el crimen del padre está dictado desde lo inconsciente de la comunidad, de la cual él es un brazo ejecutor. No es necesario que sea explícito, y seguramente no lo es, para que el padre se haga cargo de ese mandato. La vida y la muerte no son valores absolutos y su significación depende del conjunto social al cual se pertenece y del contexto de época. Podríamos decir que el padre de la joven eliminó lo que resultaba una ajenidad intolerable, para él, para la familia y para la comunidad, no pudiendo permitir el devenir la situación en otra.

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Ciertamente, la magnitud y la forma del desenlace conllevan una marca individual y familiar. Claro está que hay opciones acerca del modo de cumplir estos mandatos. Desde el momento en que cada sujeto y cada comunidad tiene posibilidad de elegir, hay variaciones en la modalidad de tramitar la ajenidad de los otros. Comenté anteriormente el concepto freudiano de narcisismo de las pequeñas diferencias para señalar que la investidura narcisista de la subjetividad social y epocal lleva a que las diferencias entre las comunidades sean grandes y no pequeñas y puedan convertirse en una ajenidad no tolerada ni tolerable. Ante el ajeno vivido como enemigo (véase el capítulo 4) las comunidades tienen como recurso la posibilidad de eliminarlo frente a la imposibilidad de darle un lugar, y para acompañar esta actitud el pensamiento genera convicciones. Un sujeto es kurdo, judío, árabe o americano aunque cada uno de ellos también es hombre, mujer, o padre, hijo, marido o esposa, y también puede ser médico, obrero, empleado en actividad o desocupado. En el sujeto, la marca de esa pertenencia familiar o social no es única, y su elección de profundas raíces inconscientes en los tres mundos arriba mencionados le hace decidir cómo incluirse en dicha familia o sociedad. Hay pertenencias compartidas y otras que no son posibles de compartir. • Llamaremos pertenencia a un sentimiento así como a un componente en cada sujeto que es realizado junto con otros mediante acciones y prácticas a través de las cuales se subjetivan, haciéndolo cada cual de modo específico aunque formando parte del conjunto. La pertenencia configura un espacio y un tiempo de fuerte incidencia familiar y epocal. El sujeto tanto depende de su pertenencia como puede no ver esa dependencia. El hecho de pertenecer a un conjunto en una situación, sea familiar, social, histórica, religiosa, política, económica o epocal, resulta de las prácticas y acciones pertinentes. Además está su historia personal pero ésta ha de ser incluida como un componente de la pertenencia (Lewkowicz, 2000).

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2. LO INCONSCIENTE DE CADA ESPACIO

Los tres espacios —mundo vincular, mundo sociocultural y mundo interno- son distintos, diferenciados, y se reúnen en el sujeto, que a su vez es producido por ellos (véase la figura 1) . Cada uno produce un inconsciente. No está formalizado si el término inconsciente denomina lo mismo en los tres espacios o si son distintas estructuras. En el mundo interno el inconsciente está conformado por representaciones y afectos a los que el sujeto nunca tuvo acceso o, que habiendo sido retirados de la conciencia, en un momento originario, despojados de su posibilidad de retorno, sólo pueden hacerlo a través de un camino sustitutivo. Cargados con energía pulsional esas representaciones y afectos pugnan por ganar el acceso a la conciencia. En el vínculo entre dos otros, lo inconsciente se instituye con lo que ambos sujetos debieron suprimir, suspender o dejar afuera, aquello que consideran incompatible para la relación, lo que se les presenta como ajeno. Pareciera ser condición del establecimiento del vínculo que se trate de sujetos singulares, y que lo sean a partir de instituirse nuevamente desde la relación y haber decidido trabajar lo ajeno. Decir nuevamente es una redundancia, pues si se instituye una marca es a partir de que previamente no la había. El sujeto ha de habitar una paradoja que produce un trabajo: la de representarse lo ajeno del otro, con lo cual éste dejará de serlo, para encontrarse con que el otro ofrece siempre algo no representable, es decir, ajeno. Este trabajo los hace devenir sujetos de ese vínculo. Deberá haber una actividad permanente de exclusión de aquello que sí parece amenazar al vínculo con la desestructuración. No obstante, cuando lo ajeno surge, produce perplejidad, desubicación. A veces despierta persecución y desconfianza, a veces atracción y desafío. En el trabajo de subjetivación, siempre pertinente a la situación de relación con el otro o con los otros, se puede producir un nuevo sentido desde que lo vincular genera su propio inconsciente, como dije más arriba. Nuevo sentido equivale a nueva subjetividad; ésta contiene sus formas anteriores pero en una nueva dimensión. Se diría que es otro para los otros y otro para sí mismo.

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En lo social, lo inconsciente se instituye a partir de lo que debe suprimirse o

En lo social, lo inconsciente se instituye a partir de lo que debe suprimirse o excluirse de aquello que determina la pertenencia de los sujetos y que éstos no deberán percibir desde la conciencia. Serían: a) las reglas de circulación de los sujetos que caracteriza hoy día lo que se llama el flujo de población, de capitales, de información; b) los sentimientos de incertidumbre ante la amenaza de disolución del conjunto. Ambos,