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EL LUGAR DE LOS PADRES EN EL PSICOANÁLISIS DE NIÑOS

ANA MARÍA SIGAL DE ROSENBERG

Compiladora

SILVIA BLEICHMAR MAKÍA CRISTINA KUPFER BEATRIZ SALZBERG ANA MARÍA SIGAL DE ROSENBERG MARÍA LUISA SIQUIER

LUGAR EDITORIAL

¡nst. Sup. de! Prot".

"SAN

BENITO"

Ej.:

Inv.:

ISBN: 950-892-015-7 © 1995 Lugar Editorial S.A. Castro Barros 1754 - (1237) Buenos Aires Tel: 921-51747 924-1555

Queda hecho el depósito que marca la ley 11.723 -

Impreso en Argentina

Printed in Argentina

La constitución del sujeto y el lugar de los padres en el psicoanálisis de niños

ANA MARÍA SIGAL DE ROSENBERG

Hans dice: "Por qué no pasas el dedo ahí?" Mamá: "Porque es una porquería" Hans: "¿Qué es? ¿Una porquería? Y, ¿por qué?" Mamá: "Porque es indecente" Hans (riendo): "¡Pero gusta!"*

"Lo que cuenta en un camino, lo que cuenta en una línea, nunca es ni el principio ni el fin; siempre es el medio".

C. PARNET

La primera pregunta que nos despierta este título es:

"¿Psicoanálisis de niños o con niños?" Esta es una vieja discusión que consumió el tiempo de muchos psicoanalistas de niños. La respuesta, al mismo tiem- po que nos ocupa, nos desvía de una cuestión fundamental que es la de definir nuestra práctica clínica y dar cuenta de las exigencias que la misma nos coloca en nuestro día a día. Hoy nuestra pregunta podría ser: ¿de padres, con los padres, de los padres o sin ellos?, pregunta ésta, que respon- deré fundada en mi práctica clínica. La clínica de niños está llena de trampas. Nos encontra- mos atravesados por una situación singular, que nos exige que pensemos respuestas para no transformarnos en peda- gogos, interventores o dictadores del deseo de los niños, en razón de las presiones que sufrimos frecuentemente en el

Freud, S. Obras Completas, vol. X. "El Pequeño Hans", pag. 18, Amorrortu Editores, Buenos Aires, 1988.

*

lugar de analistas. Estamos demandados por los adultos a resolver situaciones, síntomas, angustias que en muchas ocasiones, preocupan más a los profesores, a los padres, a los médicos de lo que realmente preocupan al niño. Al mismo tiempo, si no abrimos un espacio de escucha para los adul- tos, el análisis del niño se torna imposible. Esto nos confron- ta con dos problemas fundamentales: el de la demanda (¿quién demanda análisis?) y el del síntoma. Tomaré funda- mentalmente la segunda vertiente, ya que frecuentemente el síntoma implica a los otros.

La Formación Subjetiva y la Historia Patógena. El Lugar del Síntoma

Los niños acostumbran hacer síntomas en aquellos luga- res que resultan insoportables para sus padres. Frecuentemente los síntomas están dirigidos a ellos, porque

es la manera de hacerse oír. El síntoma aparece en sustitu-

ción de un deseo

reprimido y puede ser utilizado inconscien-

temente por los padres para pedir análisis. También puede aparecer en el lugar de algo que quedó bloqueado en el des- envolvimiento de sus relaciones inconscientes con sus pro-

pios padres. Los hijos, en muchos momentos, reactualizan conflictos reprimidos de sus padres pero, al mismo tiempo, el síntoma es una solución de compromiso entre la realiza- ción del deseo inconsciente y lo insoportable que es para el yo tolerar esta realización. En el caso del niño, la realiza- ción del deseo inconsciente que pulsa por satifascerse está bloqueada por un yo que intenta satisfacer el deseo de los

padres. Frente a la pérdida del amor, el niño se reprime para satisfacer al otro.

La metapsicología se complica. Existe, en el caso de la infancia, una sobreposición o superposición, entre la diná- mica psíquica del niño y la de sus progenitores. Dicho de otra forma, se confunde, por momentos, en la formación de osta subjetividad el deseo inconsciente del "infans" con el de sus padres; el Superyó de uno con el de otro, la función yoica

de la madre con las posibilidades del niño, perdiéndose así, una clara definición entre el adentro y el afuera. Esto hace que en muchos momentos nos preguntemos: ¿De qué deseo se trata; el Superyó de quién está en acción? ¿Estamos fren- te a una instancia interna que impone la represión o de una instancia externa que imprime una prohibición? ¿Se trata del Superyó del niño o del paterno que actúa por identifica- ción? Lo que estoy queriendo resaltar es que, en este psi- quismo en formación, los determinantes de orden interno o externo, o sea, tanto aquellos propios de la constitución del psiquismo cuanto los del mundo deseante del otro, están per- manentemente, como ya lo he dicho, mostrándonos espejis- mos, proponiéndonos trampas. Como analistas, nos proponemos mantenernos en un lugar que permita servir a las transferencias de las pulsio- nes del pasado para permitir que resurja lo reprimido, que es lo que está causando los problemas actuales. Recordemos también que, como analistas de niños, no sólo estamos al servicio de la transferencia, sino que también, somos testi- monios de todo aquello que aparece y que marca la psique de sujetos en formación. Presenciamos la aparición de aque- llos elementos que aún no tuvieron curso en su desenvolvi- miento. Esta doble inserción nos remite a la vieja discusión de las "controversials" donde Ana Freud y Melanie Klein dis- cuten al respecto de la transferencia y la experiencia actual en la infancia . Esta tarea de sostener la transferencia, trabajar lo repri- mido y, al mismo tiempo, acompañar el surgimiento de la formación de esta subjetividad, nos obliga a una reflexión constante y a la búsqueda de nuevas teorizaciones y nuevos caminos clínicos. Otra cuestión que me gustaría tratar, porque despierta polémica entre los psicoanalistas de niños, se refiere al lugar que la teoría del desarrollo ocupa en el psicoanálisis y que, a mi entender, nos remite a la cuestión de: con niños o de niños. Pienso que todos concordamos que lo que interesa al psi- coanálisis es lo infantil o, para ser más precisa, lo sexual

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infantil. Esto no difiere del psicoanálisis de adultos, pero muchas veces, se confunde lo infantil con la infancia. Lo infantil se refiere al inconsciente y, en cuanto tal, es atemporal. Pero, si este inconsciente es igual tanto para el niño cuanto para el adulto: ¿por qué aceptar cambios técni- cos en el análisis con niños? Esta es una pregunta que a menudo se hacen algunos analistas de niños. Es aquí donde

la teoría del síntoma, del conflicto y de la función de Yo ven- drá en nuestro auxilio.

El inconsciente es atemporal pero el Yo, tanto en su cons- titución como en su función, no lo es. Me estoy refiriendo en este caso al Yo en cuanto campo de conciencia y a la relación de éste con el sistema preconciente/conciente, especialmen- te a la estrecha relación que ésta guarda con la percepción y el movimiento.

Debemos decir sin embargo, que "sí" hace diferencia la aparición de un síntoma en un niño que tenga ocho años u ocho meses. Por ejemplo, la incontinencia esfinteriana no cons- tituye síntoma hasta determinada edad. Se espera que un niño no controle a los ocho meses, entonces si los padres nos traen esto como síntoma, esto es evidentemente un síntoma de ellos, de sus exigencias, de sus problemas con la analidad. Por lo tanto, es importante saber la edad de un niño para saber si una queja se constituye o no en síntoma. Si un niño tiene dificultades para escribir a los tres años, jamás enca- raremos esto como un síntoma, pensaremos más en que es lo que la madre le pide a ese niño y no en la dificultad del niño. Esto nos hará pensar que existe un conflicto desplazado de esa madre y que nos está hablando de su imposibilidad. La falta de motricidad fina en los niños de esta edad es espera- da, por lo tanto, que no escriba, no constituye un síntoma. Fácilmente se interpretan como síntomas, manifestacio- nes que son relativas a la conducta, porque se olvida que para que se constituya como tal, debe aparecer el conflicto entre instancias. Es siempre una satisfacción pulsional no realizada debido al proceso de represión, lo que tiene conse- cuencias sobre la realidad y a su vez, influye sobre el sínto-

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ma. Un psicoanalista que trabaja con niños y que no tenga un profundo conocimiento de la psicología evolutiva, corre el riesgo de cometer serios errores en su comprensión clíni- ca, aunque su trabajo concierna a las fantasías, al imagina- rio, a lo simbólico, valiéndose de la transferencia como méto- do de conocimiento del inconsciente. No investigamos un inconsciente en abstracto. Investigamos el inconsciente en un sujeto singular, en relación a su neurosis, una vez esta- blecido el conflicto psíquico que da origen al síntoma. El niño crea, al mismo tiempo, la historia de su neurosis y la de su constitución subjetiva. En ambas juega un papel fun- damental, lo que le llega del campo del otro como la Represión Primaria, los Fantasmas Originarios y la Represión Secundaria. Es por esto que pienso que no podemos pensar en términos de un límite dentro/fuera y si trabajar permanentemente la dia- léctica de lo inter/intra-subjetiva, tanto en la formación de la subjetividad como en la formación de síntomas. Entiendo que es este el momento actual del psicoanálisis.

El Lugar de la Teoría

Freud abre el camino para que se desarrollen diferentes lecturas. Esto da origen a teorías tan opuestas, como lo son la de Melanie Klein y la de Lacan que, cada uno haciendo su lec- tura, han originado clínicas tan diversas. Para definir el lugar de los padres en el tratamiento psicoanalítico de niños, tanto como en la formación de su subjetividad, los conceptos teóri- co/clínicos empleados serán determinantes. Es por esto que para entrar en nuestra problemática, fue necesario enunciar

algunos conceptos de Freud en relación al conflicto y será pre- ciso aún, desenvolver otros conceptos teóricos. Para hablar de clínica y de la forma en la cual los padres entran en el trata- miento, es necesario hablar de teoría. No es que la teoría se coloque entre el paciente y el analista, por el contrario, la teo- ría se debe olvidar en el encuentro clínico. Sin embargo, si la

práctica

no es referida a un nivel teórico, el analista acaba prio-

rizando la intuición y no puede reflexionar sobre su trabajo.

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En verdad no existe diferencia entre teoría y práctica: ambas están soldadas. El ejercicio de la clínica permite impulsar la

teoría y ésta, a su vez, determina

el enriquecimiento de la clí-

nica. En las palabras de Laplanche, deberíamos referirnos a la teorética, que es el lugar donde la teoría se hace clínica. A diferencia del adulto, el niño es una cría que depende, por largos años, de cuidados especiales, tanto en relación a sus necesidades materiales, como en la dependencia de amor. Esto lo lleva a someterse y adecuarse a los deseos y presio- nes del otro. No es posible omitir el papel de los adultos en el transcurso del proceso de una cura, ya que éstos no entran sólo en el nivel del mundo fantasmático, el respeto de los horarios, la interrupción del tratamiento o la mudanza del analista. La cura de un adulto representa una diferencia fundamental: el tratamiento se va a garantizar a través del trabajo en el campo de sus fantasmas. No obstante, en el análisis de un niño debemos pregun- tarnos cómo entran los fantasmas parentales en la conduc- ción de esta cura y cómo trabajar con las resistencias y los conflictos de los padres que muchas veces son las causan- tes de la interrupción del tratamiento. El desplazamiento de los síntomas parentales actuados en los niños no pueden ser interpretados a éstos, sino a los padres. En caso contra- rio, aparecen en los niños serias dificultades en la transfe- rencia. Si el analista no está atento a esta escucha y se niega a abrir un espacio para que el inconsciente de los padres sea oído, se corre el riesgo de quedar sordo al habla del niño. Escuchar el inconsciente significa también permitir una re-simbolización del lugar que el niño y el síntoma ocupan en la historia de los padres y en la subjetividad del niño. En el curso de un tratamiento, podemos ver como un niño se debate, por momentos, para salir de un cierto lugar que le fue destinado y vemos también como el tratamiento se para- liza y el niño deja de asociar cuando aparece la amenaza de producir algún cambio que funcione como ataque a sus padres.

Recuerdo, en ese sentido, el caso de Adriana, una niña

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de nueve años que sufría de serias dificultades de aprendi- zaje. Era hija de una madre separada que no podía saber al respecto de su propia sexualidad. Adriana, en su ignoran- cia, le garantiza a la madre ese desconocimiento. Cuando, como resultado del análisis, Adriana comienza a aprender, la mamá se enferma. La niña deja de frecuentar el servicio donde se trataba, deja de ir a la escuela y reaparecen sus

dificultades de aprendizaje. Al volver al

tratamiento ya no

quiere más hablar conmigo, le pregunto por qué y ella res-

ponde que no quiere saber de qué se trata. Le pregunto: "¿De qué se trata quién?", ya que cuando alguien se trata, es por- que está enfermo. Lo que era difícil saber era de qué sufría la madre verdaderamente y cuál era el origen de su enferme- dad. Le sugiero que quizás, ella tiene dificultad de hablar conmigo sobre lo que ocurre a su madre, pero que sería bueno si se lo pudiese preguntar a ella. Acepta mi sugestión y marco un encuentro con las dos porque me parece que es el momen- to para que conversen. La primera pregunta que Adriana le hace a su madre es "¿Por qué nunca tuviste novio después que papá te abandonó?"

La madre le dice que ella no puede saber de eso y es a partir de aquí, que se proponen una serie de encuentros en los cuales se habla de lo que Adriana puede saber y también de lo que la madre no sabe de sí misma. Estos encuentros acaban con un pedido de análisis de la madre que se enfrenta con sus propias dificultades de orden psíquico, ya no más desplazadas al cuerpo. Adriana, a su vez, se permite pensar qué le pasó a ella con la salida de su papá y comienza a saber de los conflictos de su sexualidad. Entiendo que si eso no se hubiese procesado conjuntamente, el análi- sis de Adriana correría peligro, ya que el tiempo que hubié- semos necesitado para abordar estas cuestiones hubiese sido mucho mayor y quizás, no hubiese sido posible superar las resistencias que la amenazaban constantemente. Espero que haya quedado claro que el síndrome de Adriana, imposibili- dad de saber, se constituye en función de su propio imagina- rio y de acuerdo con sus series complementarias.

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Sin embargo, hay un punto en el cual su Edipo se anuda con el de su madre. Quiero resaltar que una de mis ideas centrales es que el inconsciente materno le presta pedazos de representación, partes de fantasmas, palabras oídas que le permiten estructurar las representaciones que irán a for- mar su propio imaginario. El niño estructura su propio mundo psíquico apropiándose y transformando lo que la madre le

imprime

como seducción imaginaria. No es el análisis de la

madre de Adriana lo que resolverá el síntoma de la niña, es necesario que esto se procese en el análisis del niño, si bien la falta de intervención precisa a nivel del fantasma de los adultos, puede ser el motivo de la interrupción de la cura. El análisis de cada una de ellas no impide que se aproveche la riqueza de un espacio de entrecruzamiento de las dos sub- jetividades que se hace presente en la transferencia frente a una escucha analítica. Quién sabe este fragmento clínico les diga algo más defi- nido de mi propuesta. El tratamiento es del niño, es con él con quien fundamentalmente trabajamos. No obstante, son los padres, o uno de ellos, los que pueden entrar en el exac- to momento en que, debido al peso que lo ínter-subjetivo tiene en la formación del síntoma o en la estructuración de la neurosis, se hace necesario que algo también se modifi- que en el inconsciente de los progenitores o en su relación. Al incluirlos en la sesión, se piensa en introducir un efecto analítico que permite la continuación del análisis del niño.

Una clínica en movimiento

En relación al tema que nos preocupa, podría reconocer tres momentos definidos en mi clínica con niños. En un primer momento, así como todos los analistas de mi generación en Argentina, tuve una formación kleiniana. En esa época, los padres eran mantenidos lejos del trata- miento. Se consideraban los encuentros con ellos como una invasión al espacio psíquico del niño, pues estaría con esto aumentando las ansiedades paranoides y se estaba violan-

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do la Ley de la abstinencia que se le pide a cualquier ana- lista. También en esa época, se ponían candados para cerrar las cajas de juegos, negando el aspecto simbólico y garanti- /ando que la inviolabilidad del material dependía de un real, como si el sigilo, o la violación del mismo, no dependiese del inundo fantasmático. Lo que quiero decir con esto, a la luz d(! las nuevas teorizaciones, es que el hecho de encontrarse o no, en realidad, con esos padres, no impide que se trabaje con los productos del inconsciente. Candado mediante, el niño puede creer que otros jugaron con su caja, aunque no hayamos conversado con sus padres, el niño puede estar seguro de que esto ocurrió. En aquella época, todo era del orden del mundo interno, por lo tanto, la realidad y los padres no contaban, a no ser cuando se trataba de la cuestión del dinero, donde no se veían problemas de encontrarse para discutir los honorarios. Se pensaba que analizando al niño y produciendo cambios en él, toda la constelación familiar se revertiría. Se recomen- daba un encuentro con los padres una vez por año y, siendo menos ortodoxos, dos. Se negaban las transferencias de los padres con el analista y se instauraba una lucha entre los padres y el analista, cuando ellos querían saber o participar de lo que ocurría en el tratamiento de sus hijos. En un segundo momento, se me impuso una preocupación con la multiplicidad de transferencias que circulan en el espa- cio clínico del tratamiento. Percibí que éstas tenían una impor- tancia fundamental en la conducción del análisis. Es aquí donde se inicia lo que llamo segundo momento: los padres comienzan a tener entrevistas más frecuentes, en vista a la apertura de un espacio de interpretación de este interjuego transferencial, fundamental en la conducción de la cura. Ya no me proponía interpretar a los padres en aquello que afec- taba directamente, sus relaciones inconscientes con los niños. Encontraba a los padres con la finalidad de trabajar sus resis- tencias, dificultades para pagar los honorarios, celos en rela- ción al analista, faltas reiteradas, atrasos, en fin, todo lo que tuviese que ver con el tratamiento. De ninguna manera, en

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esa época, ellos entraban como parte de la cadena interpre- tativa en la cual su inconsciente estuviese relacionado al sín- toma del niño. Esto marca una posición diferente a lo que será adoptada en lo que llamaré tercer momento. En esa época, cuestioné seriamente algunas propuestas de la teoría kleiniana. El estudio de Lacan, Laplanche, Mannoni, Fiera Aulagnier, Winnicott y otros autores, comen- zaron a darme respuestas que la teoría kleiniana no me pro- porcionaban. Sin embargo, ninguna teoría respondía en su totalidad a los desafíos que la clínica de niños me proponía. Una cosa se hizo evidente: las diferentes modalidades técnicas correspondían y corresponden a las formas por las que se comprenden la formación de la subjetividad. Cada teoría proporciona un modelo de trabajo que se desprende de la forma en que se entienda la manera de devenir suje- to. Esto nos remite a la vieja discusión de que no existe una teoría de la técnica. Es por esto que la conceptualización teó- rica es la que va a respaldar, guiar o estar por detrás de la forma en que cada psicoanalista realice la clínica. Elecciones tales como número de frecuencia de las sesiones, trabajar o no con los padres, interpretar, cortar, usar tiempo lógico o analizar la transferencia no depende de ninguna receta de una teoría de la técnica, y si de la conceptualización teóri- ca, concepción de aparato psíquico, pulsión, transferencia, que sostiene nuestro quehacer. Comprendí entonces, que en cada una de esas teorías subyacía una concepción de subjetividad. Podríamos decir que en Melanie Klein al principio era la fantasía, en Winnicott la función materna y en Lacan, el Otro.

Del Sujeto Constituido a la Constitución del Sujeto

Me parece interesante esbozar dos teorías sobre la forma- ción del sujeto para llegar a la cuestión clínica que nos intere- sa. Llamaré a este recorrido Del sujeto constituido a la consti- tución del sujeto, para resumir así los dos polos de la cuestión. De Melanie Klein a Lacan, recorremos un continuo que colo-

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cu a cada uno de ellos en el polo opuesto. Me interesaría tra- I u r otras teorías intermedias pero como este espacio es breve pura desarrollar esta extensa teoría, opto entonces por abor- dar los dos polos opuestos, presentando algunos eslabones que nos permitirán apropiarnos de los aspectos intermediarios y que servirán para fundamentar mi posición en relación a los padres, el tratamiento y la formación de la subjetividad.

Una espiral dialéctica

La teoría kleiniana nos presenta un aparato psíquico cons-

Utuido. Inconciente desde los orígenes. Este inconciente sobre <>1 cual teoriza, es formado por fantasías que no son nada más que los representantes mentales de los instintos —instintos de vida y de muerte—, marcados por lo innato, biológicamen- te determinados. Se trata de un inconciente que trae conjun-

tamente un Yo incipiente que es producto

de las primeras

identificaciones proyectivas o introyectivas, articulador de mecanismos defensivos como la disociación, la proyección, la

negación y la omnipotencia que se ponen enjuego frente a la angustia del bebé y que emergen como producto del miedo al aniquilamiento. La angustia lidera el proceso y es el motor del desenvolvimiento psíquico. Ella amenaza el pequeño ser desde sus comienzos y va constituyendo una tópica donde Yo, Superyó y Ello se organizan desde un principio. Es por esto que digo "Del sujeto constituido". Me refiero a esta tópica defendida por Melanie Klein, que nos presenta un sujeto fun- cionando en su subjetividad y con un aparato psíquico, aun- que rudimentario, funcionando desde los orígenes, a partir de un interjuego de proyecciones e introyecciones y, confor-

mando de este modo, la constitución del aparato

psíquico.

"No hay impulso, ni necesidad o respuesta instintiva que no

sea vivida como fantasía inconciente" dice Susan Isaacs. "La

fantasía es (en primera instancia) el corolario mental, el repre- sentante psíquico del instinto". "Las fantasías son el conteni-

do primario de los procesos mentales inconcientes (

...

).

Va a

finalizar diciendo que las palabras introducen un elemento

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extraño a la fantasía y pertenece a fases ulteriores del des- arrollo y al pre-conciente. Esto está citado en el texto "Naturaleza y Función de la Fantasía" 2 ', donde el lenguaje es puesto como algo extraño al inconciente. Veamos pues lo que nos dice Lacan en el Texto "Posición del Inconciente" presentado en el Congreso de Bonneval (reto- mada de 1960 a 1964). Se refiere al lenguaje como constitu- yendo lo inconciente con sus leyes. Afirma que la presencia del inconciente, por situar-se en el lugar del Otro, debe ser buscada en todo discurso, en su enunciación, pero rechaza que el sujeto del deseo se sepa efecto de palabra, lo que él es, por no ser otra cosa, sino el deseo del Otro. Mannoni nos dice, continuando esta línea, que son las palabras y no los hechos, los que producen las marcas psí- quicas. Será fácil entonces imaginar, ya en este momento, qué implicancias pueden tener estas divergencias en rela- ción a la práctica clínica. En tanto uno encuentra el lengua-

je como extraño al inconciente, el otro dice que ésta es la con- dición de su constitución.

Continuando con Melanie Klein veremos que el trabajo clí- nico se dirigirá, fundamentalmente, a los contenidos de la fan- tasía. El lenguaje será la forma a través de la cual se expresa-

rá la fantasía. Entonces, no es para el lapsus, el acto fallido o el relato del sueño al que el analista volverá su escucha, sino para el contenido fantasmático de aquello que se está expre-

sando. Lo que un analista kleiniano tratará de ver en un

sueño,

es lo que está representando en esa escena fantasmática, inde- pendientemente de la forma en que el relato sea hecho. Citaré un ejemplo que aparece en uno de los trabajos de Melanie Klein. Trátase de un párrafo extraído de la tercera

sesión del caso Richard, que se encuentra en "Psicoanálisis de un Niño" 3 : "Melanie Klein interpreta que Bobby es él: es

el que

quiere ser independiente y tener una mujer e hijos, por-

que de esta manera, no sentiría frustración, odio ni culpa. Richard se refiere entonces al día más feliz del año: fue un día en el cual estuvo patinando en trineo en la nieve. En dicha ocasión, unos amigos que estaban con ellos se dieron

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un golpe tal que el marido se hizo un corte en la nariz y su mujer se le cayó encima. También Richard se cayó del trineo, ¡>ero no se hizo daño y todo resultó muy divertido. Melanie Klein sugiere que la pareja accidentada repre- sentaba a sus padres. Justo al terminar ella de interpretar los impulsos hostiles que siente hacia éstos, particularmen- te en cuanto a sus relaciones sexuales. El ha recordado el accidente y lo ha hecho así porque éste representa dicha vida sexual. Por ello se siente culpable de él, aunque no resulta- m grave después de todo. El hombre con la nariz herida que le hizo divertirse representa el genital del papá, dañado tal como desea verlo. Sin embargo, al no pasar nada grave, Richard puede divertirse y ahora siente que fue un día feliz".

Vemos a Melanie Klein atribuyéndole significado a las palabras de Richard; ella traduce el lenguaje del inconcien- te. El mundo fantasmático del niño es proyectado en un movi- miento centrífugo, tiñiendo la realidad, recubriendo el obje- to con fantasías resultantes del juego de la pulsión de vida y de muerte, proceso éste que determinará la constelación del Edipo precoz. El equilibrio y la fuerza de estos instintos son dados por condiciones constitucionales del sujeto frente al mundo. El sujeto biológico está en continuidad directa con el sujeto de la fantasía. Esta biologización e innatismo al que apela la teoría klei- niana, así como su modalidad interpretativa de atribución de sentidos, me lleva a buscar, en otros sistemas de pensa- miento, respuestas más satisfactorias. La riqueza kleinia- na es un arma valiosísima para comprender el mundo ima- ginario del niño, pero no agota y, por momentos, distorsio- na, la complejidad de la clínica. Hay un uso que puede ser hecho de algunos conceptos teóricos, pero sólo trabajando en el interior de la teoría tanto como los entrecruzamientos entre ellas es que podemos ir aproximándonos a las respues- tas que ningún sistema como un todo nos ofrece. Retornando a las cuestiones kleinianas, nos pregunta- mos cómo incluir, según esta teoría, la historia del sujeto. Cómo opera en la formación de la fantasía el mundo psíqui-

co donde el niño se encuentra incluido. ¿Los fantasmas de los padres producen algún efecto en la producción de la nueva subjetividad? Quizás, a través de la biologización, Melanie Klein propone una salida para el impasse que la teoría freu- diana nos coloca en relación a la problemática de la repre- sión primaria y de las fantasías originarias, filogenética- mente heredadas. ¿De qué modo la función materna opera en el mundo fantasmático del niño?

Sabemos que Melanie Klein habla de Instinct o esque- mas de acción preformados biológicamente y no pone el acen- to en el concepto de pulsión (trieb). El objeto de la pulsión kleiniana es un objeto fijo —el pecho— y no un objeto con- tingente como el objeto de pulsión requiere. Al colocar todo el peso de la constitución subjetiva en el polo intra-psíquico y en lo innato, está privándose de la posibilidad de compren- der el papel del Otro en la fundación del inconciente y en la estructuración de la fantasía. Es a partir de aquí que podríamos entender cuál es el papel que juegan los padres a lo largo de un análisis klei- niano, si la fantasía es resultado de una concepción endo- biológica. ¿Para qué entonces, proponer el encuentro del niño con los padres que posibilitaría que el paciente reconozca, a través del discurso de éstos, los restos sobre los cuales arti- culó sus fantasmas? También sería inútil querer que los padres encuentren su propia historia proyectada en el dis- curso verbal o lúdico del niño. Partiendo ahora para el polo opuesto, haré algunas refle- xiones sobre el pensamiento de los autores que tienen una larga trayectoria en el análisis de niños, basándome en la teoría laca- niana, tales como: Mannoni, Dolto y Rosine Lefort. Estamos frente a otra concepción sobre la formación del sujeto. El acen- to está colocado, por estos autores, en el polo Ínter-subjetivo. La fundación de la subjetividad adviene del campo del Otro. Lo

que trataré de demostrar, adelantando más

mi posición, es que

existe en la formación del sujeto procesos de fundación que

advienen del campo del Otro entrelazados y anudados con pro- cesos que recorren formaciones intra-psíquicas.

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Fiera Aulagnier tiene un trabajo consistente donde busca, a partir de su alejamiento en relación a ciertas ideas de Lacan, encontrarlos elementos intra-psíquicos que tienen importan- cia en la formación de la subjetividad. Es en el desenvolvimien- to del concepto de "Originario" donde ella explica esta cone- xión. Este concepto será retomado oportunamente en este texto.

()tro espiral dialéctico

Tomando como punto de partida que la formación de la subjetividad deviene del campo del otro, tenemos tanto a Mannoni como a Dolto sustentando una posición que coloca el síntoma del niño como un desplazamiento de los conflic- tos de sexualidad en los padres. Es en este discurso sobre la sexualidad de los padres que se encontrará la respuesta determinante del síntoma del niño. La pregunta que esto suscita es que, siendo así, de qué modo la fantasía del niño adquiere características de singularidad. Para Mannoni, es el discurso de la madre el que da la razón del inconciente del niño y ofrece una respuesta para la comprensión del síntoma. El infans viene a ocupar un lugar que ya está marcado por el deseo del Otro, lugar de aquello que completa la madre en su deseo narcisista. Es así que el bebé se aliena en la imagen de un Otro, su demanda pasa a ser "ser deseado por el Otro o tener el deseo del Otro como su deseó". Esto instala una relación dual, especular, imaginaria (Lacan la describe como la fase del espejo), donde el niño sufre una dependencia total en su demanda por el amor de la madre. El niño está fascinado, capturado por esta mirada, con la madre se identifica y por ella se aliena. La interdicción pater- na y la entrada en el lenguaje es lo que va a permitir al niño salir del lugar de quien es hablado por la madre y así poder desalienarse de esa demanda. Pero, como decíamos, en este primer momento él está alienado: él es el deseo de la madre. La madre crea la demanda en el niño y éste insiste en res- ponder a esta solicitación. La entrada del padre va a destruir este lugar imaginario donde el niño es el falo de la madre,

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permitiéndole al infans salir de ese lugar mortífero (de ser

para siempre el deseo del deseo de la madre) para poder cons- tituirse, es esta forma, en un sujeto deseante. A diferencia de lo que señalé en relación a Melanie Klein, cuando marqué un inconciente desde los orígenes, ahora estamos hablando de un advenir sujeto, un poder ser dese-

ante. Recordemos que

Lacan dice que la condición de un suje-

to depende del lugar que tiene en el otro y que es allí arti- culado como un discurso. Freud trató de definir la sintaxis de este discurso que, en momentos privilegiados (sueños, lapsus, chistes) nos llegan del inconciente. Acompañando este breve recorrido, vemos, con claridad, como el sujeto a devenir está marcado por la subjetividad:

es a partir del lugar que ocupa en el deseo de la madre (deseo estructurado en función de la historia materna) y de la forma que el padre puede ejercer la doble castración tanto en la madre como en el niño, que este sujeto se podrá constituir. Lacan insiste en que el significante, produciéndose en el lugar del Otro, hace surgir al objeto del ser, que todavía no tiene palabra, al precio de ser coagulado. El otro es para el sujeto, lugar de su causa significante. Si en la teoría kleiniana no había espacio para el deseo de los padres en el proceso de formación del sujeto del deseo, no consigo ver aquí, que lugar le resta a este sujeto que va a devenir, para definir la singularidad de su historia. Estamos frente a un impasse de la teoría. De la misma manera que la teoría kleiniana colocaba un obstáculo fren- te a las cuestiones que señalé (cuál era el deseo de la madre, cuál el espacio en relación al que adviene el sujeto o aun, que influencia tienen ese deseo y ese espacio en la forma- ción del mundo fantasmático del niño), ahora nos encontra- mos en la situación inversa, donde la constitución del suje- to deseante dependa totalmente del deseo materno y de la posibilidad o imposibilidad del padre de ejercer la doble cas- tración. En este caso, la escena edípica estaría inscripta pre- viamente en la estructura. Sabemos cuáles marcas vienen del Otro pero, mi pregun-

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ta es sobre las marcas que vienen desde el lugar del sujeto, si entre el discurso (deseo de la madre) y la representación inconciente (del niño) hay pura continuidad o una simple interiorización. Esta última es una cuestión tomada de

I-aplanche que, a partir de su ruptura

con Lacan, comienza

a cuestionar la legalidad del discurso materno en la funda-

ción del inconciente del niño.

Kl espacio de la clínica o el interjuego de los helicoides

Es necesario trabajar estas teorías internamente para poder percibir, como ya lo hacen otros autores, que en ambas encontramos interesantes aportes que pueden ser compren- didos a la luz de nuevas inter-relaciones teóricas. Según me parece, ésto no representa una postura ecléctica y sí la posi- bilidad de superar dogmatismos sin elegir ningún maestro que se sitúe en el lugar de la verdad absoluta.

Las espirales se cruzan

Laplanche, en el Coloquio de Bonneval de 1959, comien- /a a marcar sus diferencias en relación a Lacan y al respec- to de la concepción estructuralista del inconciente estruc- turado como lenguaje (donde el inconciente aparece como pura legalidad o combinatoria de significantes), propone un nuevo concepto: "metábola". Para él existen entrecruzamien- t.os en el proceso de constitución del aparato psíquico que son el resultado de los factores que surgen de lo intrapsí- (|uico y de lo que al niño le viene del campo del O/otro. El inconciente es el resultado de un extraño metabolismo, que implica la descomposición y la recomposición. El deseo de la madre incide en el campo del niño del mismo modo que 11 n rayo de luz incide en el agua: éste al incidir en un medio nuevo, sufre una refracción y se modifica. Para Laplanche, lo que va a fundar la base del inconciente es un resto no metabolizado. Siendo así, no habría continuidad o pura lega- lidad del discurso materno pero sí un proceso que se produ-

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ce en un medio que deja marcas tanto en el psiquismo como en el cuerpo del niño.

Dice Laplanche en su texto "El inconciente y el ello"*: "el deseo de la madre está presente en la manera en que se ocupa del niño; pero este deseo no está allí develado, sino vehiculi- zado y oculto a la vez en los cuidados, las maniobras, las atenciones, las actitudes. De manera más esquemática, está simbolizado por el pecho, o al menos será retomado en el inconciente en la forma de cierto número de elementos repre- sentativos, como lo es el pecho. Pueden ver ustedes en qué

sentido es demasiado fácil y se va demasiado rápido cuan- do se dice que el inconciente es el "discurso del otro". El incon- ciente del niño no es directamente el discurso del otro, ni tam- poco el deseo del otro. Entre el comportamiento significante, cargado de sexualidad (lo que se pretende olvidar), entre este comportamiento-discurso-deseo de la madre y la representa- ción inconciente del sujeto, no hay continuidad ni tampoco pura y simple interiorización; el niño no interioriza el deseo

de la madre. El no conoce el fantasma materno, (

...

)

el niño

no se desliza del mismo modo en el fantasma parental. Entre estos dos "fenómenos de sentido" (empleo aquí el término en su acepción más amplia) que son, por un lado, el comporta- miento significativo del adulto y especialmente de la madre, y el inconciente en vías de constitución, del niño, hay un momento esencial que se debe llamar de "descualificación". El inconciente no es el discurso-deseo del otro, es el resulta- do de un metabolismo extraño que, como todo metabolismo, lleva consigo decomposición y recomposición; y no por nada hablamos aquí, frecuentemente, de incorporación, porque la

incorporación se asemeja a su modelo metabólico más de lo que piensa habitualmente. En la incorporación existe, del

mismo modo, esta decomposición-recomposición. (

) El "men-

... saje" descualificado no vehiculiza nada, salvo su energía".

Esta energía será incorporada ligándose a nuevas represen- taciones/cosas, haciendo explotar la estructura de significa- ción codificada que existe en el adulto y demoliéndola para componer nuevos fantasmas.

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(!om prendiendo de esta manera el fenómeno, veríamos que la energía descualificada que penetra en el sujeto, some- I leudólo a una excitación momentánea y no elaborada, es a MU ve/, la que propiciará elaboraciones y simbolizaciones I >< interiores.

Si se rompe la dicotomía endógena/exógena en la consti- I ución de la subjetividad y en la constitución neurótica, tam- IMÓII se debe acabar esta dicotomía estricta que se perfila en i<l espacio de la cura, entre un "dentro" de la relación con el nmo y un "fuera" de la relación con los padres. Excelentes oportunidades son perdidas por no permitirse que ciertos liuitasmas sean recuperados y elaborados en el espacio tran- Micional, siguiendo la referencia winnicottiana, que la trans- ferencia nos ofrece. Otra tentativa importante hecha en el sentido de enten- der la constitución de la subjetividad como resultado de un

proceso complejo que se estructura

a partir de ese interjue-

KO intra e Ínter-subjetivo es hecho por Fiera Aulagnier en

HU libro "La Violencia de la Interpretación". De la misma manera que Lacan trae una nueva topología en relación a

lo Imaginario, lo Simbólico y lo Real, Fiera Aulagnier abre una nueva tópica, refiriéndose a lo Originario, Primario y Secundario. Lo Originario corresponde a aquello que la psi- que toma prestado del modelo corporal, aquello que ella

denomina pictograma y que ya constituiría

un nivel de repre-

sentación. En ese nivel encontramos un modelo de repre- sentación que aún no es significante y que deviene de un modelo corporal que deja trazos en la psique. El pictogra- ma hace una referencia a aquello que está representado. No representa directamente, pero hace una alusión: así como el ideograma en la escritura oriental, contiene en sí trazos referentes a lo representado. El pictograma monta un originario que será aquello que la psique toma del mode- lo del cuerpo. Creo que esta posición recupera lo que Melanie Klein coloca en relación a la fantasía como representación mental de los instintos, por ejemplo, el modelo de chupar y escupir.

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Continuando aún con Fiera Aulagnier, a lo Originario se le adhiere la prótesis del discurso materno. Este último hace parte de lo Secundario que al funcionar como una prótesis para el niño, —ya que ésta será hablada por la madre: "Tú tienes hambre", "tú tienes frío"— ejerce una violencia colocán- dole palabras que serán utilizadas por el niño en su proceso de estructuración. Sin esta violencia primaria que funciona como andamio, no habrá posibilidad de formación subjetiva. A este originario del niño se le acopla como prótesis y no como continuidad, el discurso de la madre que es del orden de lo secundario, posibilitando así que se origine lo prima- rio. Este último será del orden de la fantasía, no tratándo- se más del orden de lo pictogramático y sin pertenecer aún, al orden de lo enunciado, como lo sería el discurso, elemen- to propio de lo Secundario. Estas ideas que vengo desarrollando me llevan cada vez más a pensar que la madre pone en juego una sexualidad que introduce al bebé en su mundo sexualizado. Cuando escribo "su mundo sexualizado", me refiero tanto al de la madre cuanto al del niño. Entiendo que entre ambos se crea un espacio erógeno compartido donde el infans metaboliza y se apropia de aquello que la madre le deja como marca. Quiero resaltar a su vez, que también el niño deja una marca en la sexualidad materna; el niño comienza a responder a su madre desde su propio fantasma que se va creando y transformando. El niño tiene un papel pasivo apenas en los primeros momentos. Después él seduce a su madre, porque ya no es sólo el falo que la completa. El niño representa para su madre algo más que un brillo fálico: es una posesión espe- cial de su relación con un hombre, es la constatación de que no se trata de una creación partenogenética. Es aquello que puede procrear apenas por el hecho de ser mujer, es algo que la reasegura y la marca en su diferencia sexual. Es también el "algo más" de la condición femenina, no en cuanto reali- dad, mas sí como simple posibilidad. La madre sexualiza su hijo tanto como éste sexualiza a su madre. El pecho no es sólo un órgano de amamantamien-

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I ln, Mino una zona erógena privilegiada. La forma en que será 11<'Halado el nudo que une a ambos, nos hablará del destino ilc la sexualidad de cada uno de ellos. En este encuentro, hay producción de subjetividad, tanto para uno como para i«l otro; no existe solamente una repetición en relación a la i'Hlructura del Edipo materno, sino creación de algo nuevo; »>l inconciente es productivo. Comienza aquí una nueva his- Inria para ambos, donde este encuentro no sólo resignifica, MIDO también significa.

llc-encontrando el lugar

Retomando la cuestión del lugar de los padres en el tra- ía miento, cuestión ésta que me llevó a teorizar sobre la for- mación de la subjetividad y del síntoma en el niño, vuelvo al tercer momento, o momento actual de mi clínica, donde mu propongo trabajar y hacer trabajar al paciente, sobre su discurso; discurso en donde las leyes de la condensación y el desplazamiento expresan de la misma manera que en el sín- loma, los fantasmas que articulan el deseo. Complejo mundo psíquico que incluye al Otro en el sí mismo y que me lleva permanentemente a preguntar quién está hablando y dónde se origina este discurso. Dentro de esta propuesta, la idea es trabajar con el niño. VA espacio de la cura es del niño, pero en él pueden circular, sin reglas fijas, otros discursos que ayuden al paciente a encontrar caminos perdidos o a salir de momentos de para- lización, en los cuales entró porque perdió pedazos de su his- toria como sujeto deseante, pedazos éstos que permanecie- ron atados al discurso de alguno de sus padres. Esto no significa que todo síntoma sea un desplazamien- to de los conflictos parentales, mas delimita cuál es el espa- cio del niño en el tratamiento. Creo que existe un espacio que le es propio y en el cual se debe trabajar. El niño, en transferencia, puede rehacer la historia de su deseo y abo- lir las representaciones que se desplazan en los síntomas. Es en este campo que debemos trabajar. En determinados

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momentos del proceso de cura, podemos encontrar una roca que no es necesariamente la roca de la castración del niño

y si la castración o el Edipo de los padres que se actualizan en el propio niño. Esto impide, por una u otra razón, que el

tratamiento

avance. El niño repite y resiste. Los padres inte-

rrumpen el tratamiento.

Propongo, en ese sentido, escuchar al niño y su incon- ciente como siendo el sujeto del discurso y no como siendo hablado por el Otro. El síntoma no se origina siempre en el discurso de los padres, hay momentos en los cuales, por más que el niño elabore una fantasía, no le es posible salir de un

determinado lugar.

Suele acontecer que este cambio sea una

amenaza grande por temor a la pérdida del amor materno o por miedo a que algo catastrófico pueda ocurrir. Esto lo inmoviliza en su posición sintomática. Si, en algún momento, percibimos que el niño en su para- lización no le es posible producir nuevas asociaciones, no debemos insistir con la interpretación. Debemos preguntar- nos quién está hablando, dónde se origina este discurso y qué está ocurriendo que no puede ser procesado en el niño. Es preciso que los padres acepten los cambios de los niños para que éstos puedan abandonar sus síntomas. Sin embar- go, si este cambio los amenaza en exceso, ellos no permitirán el progreso de la cura. Una posición diferente puede amena- zar severamente a cada uno de ellos en particular o a su rela- ción. Melanie Klein nos decía que ciertos cambios en el niño producían mudanzas en su medio. Ocurre que, en muchos casos, esto no es así: a veces sobreestimamos la posibilidad que el resultado de este análisis pueda tener en su medio. Es por esto que sugerimos que cuando se crea necesario, se hagan intervenciones que permitan a los padres confron- tarse con sus deseos y represiones. Aveces juntos, otras sepa- rados, con el niño o sin él. No tenemos reglas, como nunca las tenemos en el psicoanálisis. ¿Sabemos acaso, anticipa- damente, cuándo debemos interpretar en una sesión? Tampoco sabemos así, de forma programada, cuándo es nece- sario incluir otro discurso en el espacio de la cura de un niño.

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Ksto irá surgiendo como consecuencia de una afinada escu- .> Hm analítica. Recuerdo el tratamiento de una niña, Paula, que frente n un comentario mío, respecto a la relación de su madre con MU padre, en relación a su posición, toma el teléfono duran- te la sesión, llama a su madre y dice que la analista quería Haber lo que ella pensaba de su papá. Le muestro que ella estaba trayendo a la madre a la sesión y que quizás quería hacerle algunas preguntas, en este espacio donde ella puede pensar y posicionarse de otro modo. Le sugiero que invite a su madre en las próximas sesiones. Se abre así un espacio que durará varios encuentros, en los cuales, ambas traba- jan su relación con los hombres y la rivalidad que las enfren- ta. La madre necesitaba de la presencia de la analista para enfrentarse y trabajar el miedo que la rivalidad de su hija le despertaba, porque ella, madre, había sido una hija muy competitiva que acabó sometiéndose pasivamente a su madre, por miedo a ser destruida en la confrontación edipíca. Al analista le fue posible escuchar que la niña recesitaba de la madre en ese espacio. En la medida en que, en estos encuen- tros, pudieron ir elaborando parte de sus historias anuda- das, fue surgiendo en Paula el deseo de encontrarse con su padre, sin la presencia de la madre, aunque autorizada por ella. Hasta este momento, este encuentro le provocaba un terror, que aparecía en sus sueños, como pesadillas y terro- res nocturnos. La entrada de estos padres por separado, en

su espacio analítico, las elaboraciones de la madre en rela- ción a su propia historia, el encuentro con su padre y el tra- bajo hecho entre ellos (que les permitió, al mismo tiempo que incluir, excluir la niña de la pareja) facilitó la continua- ción del análisis y permitió nuevas asociaciones que conti- nuaron, durante mucho tiempo, en un espacio individual.

Cuando, por algún motivo, se

encuentra en el análisis de

un niño, una imposibilidad que es producto del desplaza- miento del síntoma de los padres, se debe trabajar con éstos, dentro del análisis del niño. No porque no sea posible tra- bajar con los padres simbólicos, o del fantasma, sino porque

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en el encuentro, el discurso de ellos le permite encontrar res- tos tomados del imaginario de sus padres que fueron utili- zados para montar su propio fantasma.

No se puede mandar a los padres a analizarse como con- dición del análisis del niño; si estos precisan de análisis, lo percibirán y lo demandarán a partir de un proceso que se dispare en el proceso de tratamiento del niño.

Por lo tanto, en este tercer momento, yo trabajo con el niño mientras sea posible pero, cuando, por algún motivo esto se torna imposible y, en mi experiencia clínica esto es muy frecuente, trato de encontrar donde está el polo de impo- sibilidad. Independientemente del que sea, trato de incluir- lo en el tratamiento. Durante el desarrollo de un análisis, diversos polos de resistencia se pueden formar.

Por más que se trate de alejar a los padres, la transfe- rencia de ellos opera y tiene que ser procesada en el trata- miento y no fuera de él. No me estoy refiriendo simplemen- te a la resistencia paterna o materna, sino también a la rela- ción que ese hijo con la sexualidad y el Edipo de los padres. En muchos casos, la interrupción brusca de un trata- miento ocurre por el desconocimiento que el analista tiene de los efectos imaginarios que surgen en los padres, como resultado del trabajo hecho con el niño.

Nuestra propuesta de trabajo debe estar clara desde el inicio del contrato. Los padres deben saber que al llevar un hijo a análisis, están asumiendo un compromiso vital. Sin

este compromiso y si ellos no se sienten implicados, es difí- cil que el análisis del niño ocurra.

La introducción de los padres no está relacionada con el pedido de una ayuda educativa, con la intervención de los padres a nivel de la realidad, aunque, eventualmente, apa- rezcan intervenciones en ese sentido. Los incluiremos para oírles el discurso con una escucha analítica, para buscar y tratar, a través de ese discurso, el lugar que el niño ocupa en el mundo fantasmático de ellos. El analista no se ocupa de la madre del niño como un educador. El psicoanálisis no es una experiencia educativa.

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lis importante recordar que un niño se entrega a un pro-

ceso analítico apenas cuando está

seguro de que éste servi-

n'i a sus intereses y no al de los adultos. Estos deben estar

dispuestos a participar

y modificarse.

Es solamente una escucha analítica minuciosa la que nos podrá decir cuál es el rumbo a ser tomado en un análisis. Para finalizar, relataré un fragmento de un caso clínico

que acompañé en supervisión 5 , para mostrar la secuencia

HC ^uida en ese tratamiento. Era

el caso de una niña de diez

unos, oriunda de Río de Janeiro, que se había mudado a San

I 'ablo, cuatro meses antes de su primera

consulta. La queja

do la madre era la agresividad de la niña con ellos y sus her- manas. Además de eso, fuertes síntomas fóbicos le impedí- an salir de casa e ir a la escuela. Se despertaba todas las noches e iba al cuarto de la madre y de su nuevo marido, con quién tenía una hostilidad muy marcada. La niña es la hija mayor de una pareja que se había sepa- rado tres años antes. Según dice la madre, el padre de Ligia era muy cerrado, hubo épocas en que tomaba en exceso y siem- pre tuvieron una relación conyugal difícil. La madre, después de su separación, comienza a salir con otro hombre (su actual marido), situación que acentúa las crisis de celos y depresión de su ex-marido. Al final de ese año, resuelven vivir juntos. Pocos meses después, el padre de Ligia se suicida hablando por teléfono con su ex-mujer. Ruth, con su nuevo marido, se mudan a San Pablo. Poco después de llegar, los síntomas de Ligia se agravan, impidiéndole salir de su casa. Ya en las primeras entrevistas, la pareja dice que no entiende lo que ocurre. Para ellos está todo bien. Viven en una bonita casa, están felices y lo único que perturba su feli- cidad, es la infelicidad de Ligia. La pérdida del padre, de la ciudad natal, la casa y los amigos debían ser olvidados. Ligia, con sus síntomas, es la única de la casa que no los olvida ni permite que sean olvidados. Su síntoma aparece como un grito que denuncia lo que no puede ser dicho; denuncia con sus miedos la presencia de los fantasmas y muertos que pue- blan sus sueños, mientras todos tratan de olvidarlos. La

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pareja no les había contado a las niñas que el padre se había escapó suicidado; y provocó se les había su muerte. dicho que limpiando un arma, un tiro

En el análisis, Ligia no habla de los peligros y los mie- dos. Juega poco y sabe que su silencio permite que se cons- truya esta nueva familia. Al mismo tiempo, no quiere que esto ocurra, entonces ataca con sus síntomas esta "nueva felicidad" y mantiene viva la memoria del padre. El análi- sis no evoluciona, muchas cosas no pueden ser dichas ni pen- sadas por ella. Entendemos en el proceso de la cura que, si esa pareja no se dispone a trabajar con la culpa y la nega- ción que el suicidio les impuso, Ligia no podrá avanzar en el tratamiento, porque amenaza gravemente a su familia. Comienzan a realizarse encuentros con Ruth y Carlos para ver que es lo que puede ser dicho entre ellos. Sabíamos también que allí existían muchos silencios y que había comen- zado un clima de hostilidad entre ellos, en relación a la con- ducta a ser tomada con Ligia. ¿Por qué no encaminar una terapia de pareja? Porque en ningún momento hubo deman- da. No es posible mandarlos a un análisis por la niña pero, al traer a la niña al tratamiento, es a esta analista a la que están manifestando el deseo de que se trate aquello que "impide la felicidad de esta nueva familia". El síntoma de la niña es a la vez, un síntoma familiar. Si bien ellos quieren que sea tratado en la hija, que es el portavoz, no podemos están hacer implicados una alianza en con la ellos. cura. Desde que consultan, saben que

¿Por qué es Ligia la que hace el síntoma?

Eso tiene que ver con su historia, con sus series comple- mentarias, con su represiones y desplazamientos. Esos fan- tasmas serán analizados con ella, pero ya que el suicidio des- encadena un proceso, tenemos que ayudarla a juntar ese hecho con su historia que comenzó mucho antes de la sepa- ración y la muerte del padre. ¿Por qué no se puede avanzar en la búsqueda de los determinantes inconcientes? Porque no se puede nombrar esta muerte.

La analista resuelve trabajar algunas sesiones con la

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pareja. Ligia, en sus sesiones, dibuja historietas donde apa-

rece un

ángel que no puede tener nombre. Se propone enton-

ces, una sesión conjunta. El análisis con la pareja había avanzado lo suficiente como para pensar que ellos acepta- rían que se comenzase a hablar de lo innombrable. Mientras tanto, Ligia insistía y resistía con su ángel. La sesión con- junta ocurre pero, para sorpresa de la analista, la misma so desenvuelve sin grandes elaboraciones. En el momento final, cuando todos ya están de pie para salir y se está mar- cando una fecha para un futuro encuentro, Ligia dice: "Que no sea el 15 de setiembre, que yo no voy a venir". Esto causó sorpresa porque este encuentro estaba aconteciendo a comienzos de junio. La analista pregunta por qué ella no podría venir en esa fecha y la niña dice que ese día era el aniversario de su padre y ella quiere ir a Río a llevarle flo- res al cementerio. Se produce, en ese momento, un silencio de terror. Ruth la mira con ojos de miedo y reprobación; la escena se congela por un instante. Carlos dice que esto es una estupidez, que los muertos ya están muertos y que no necesitan flores.

La analista da por terminada la sesión y resuelve pedir un nuevo encuentro para el día siguiente. Vemos aquí que la niña consiguió reintroducir la memoria del muerto en la pareja y, con esto, los obliga a pensar su relación. Ella venía peleando mucho con el padrastro a punto de no hablarse por bastante tiempo. En la sesión siguiente, Ruth y Carlos discuten mucho sobre si la niña debe o no viajar a Río de Janeiro. La madre parece dividida. La pelea de Ligia y Carlos se desplaza ahora hacia Ruth y Carlos. Ligia interviene y dice que si ellos no la quieren llevar, ella le pide al chofer que la lleve. El padre muerto reaparece en la escena: de él se puede hablar, por él se puede pelear. Ligia continúa sus sesiones dibujando el ángel y colocándole palabras. Se pregunta sobre la locura y la muerte. Más adelante pide que le cuenten los detalles de la muerte de su padre. Era evidente que, desde el principio, ella sospechaba el suicidio. Pero aun, en este momento del

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análisis, ella aparece como un ángel y como los ángeles, se siente asexuada.

Los síntomas pararon pero el tratamiento recién comen- zaba. El ángel del dibujo debería devenir hombre-muerto para que Ligia deje de ser ángel y se pueda ver mujer. Este proceso continuó en su análisis, revisando sus procesos identifícatorios, desarmando sus fantasmas y recompo- niendo su historia en la transferencia, sin que sea nece- saria la inclusión de la palabra materna para que se pueda resimbolizar.

Fue la aparición del ángel sin nombre y sin palabras, la compulsión a repetir, lo que coagula el análisis en un ins-

tante. A pesar

de ser nombrado e interpretado por la analis-

ta, la niña se veía impedida de hacer nuevas asociaciones. Esto llevó a la analista a pensar que ese conflicto que para- lizaba el análisis tenía otro polo que debería ser incluido en la sesión, para que éste pudiese tener continuidad. Ruth pudo analizar el miedo a ser abandonada por Carlos y acu- sada por sus hijas de la muerte de Juan. Como se puede per- cibir, también en mi relato, apareció por primera vez y de manera inconciente en el texto, el nombre del padre. El está muerto, pero su nombre no.

Fue mi intención con este trabajo circular del polo teóri- co al clínico en una constante espiral. Fue también mi inten- ción, proponer problemas e insinuar lecturas, para que cada uno pueda hacer su propio proceso. No quise ofrecer una lec-

tura cómoda, donde todo está desarrollado. Es una

tentati-

va de sugerir líneas de cruzamiento y de confrontación para despertar la búsqueda de nuevas respuestas. Traté de demostrar una clínica y un recorrido teórico en permanente movimiento, porque creo que nosotros también estamos deviniendo analistas a cada momento, en cada paso, frente a cada paciente, con nuestra subjetividad siempre en movimiento.

El ser-analista nunca está acabado. Este es un trabajo de apertura en medio del camino.

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I

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