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EL BRAZALETE

Manuel Mujica Lainez

A mi hermano Buby,
en Nueva York.

Narciso

Si salía, encerraba a los gatos. Los buscaba, debajo de los muebles, en la


ondulación de los cortinajes, detrás de los libros, y los llevaba en brazos, uno a uno, a su
dormitorio. Allí se acomodaban sobre el sofá de felpa raída, hasta su regreso. Eran cuatro,
cinco, seis, según los años, según se deshiciera de las crías, pero todos semejantes, grises
y rayados y de un negro negrísimo.
Serafín no los dejaba en la salita que completaba, con un baño minúsculo, su exiguo
departamento, en aquella vieja casa convertida, tras mil zurcidos y parches, en inquilinato
mezquino, por temor de que la gatería trepase a la cómoda encima de la cual el espejo
ensanchaba su soberbia.
Aquel heredado espejo constituía el solo lujo del ocupante. Era muy grande, con el marco
dorado, enrulado, isabelino. Frente a él, cuando regresaba de la oficina, transcurría la
mayor parte del tiempo de Serafín. Se sentaba a cierta distancia de la cómoda y
contemplaba largamente, siempre en la misma actitud, la imagen que el marco ilustre le
ofrecía: la de un muchacho de expresión misteriosa e innegable hermosura, que desde
allí, la mano izquierda abierta como una flor en la solapa, lo miraba a él, fijos los ojos del
uno en los del otro. Entonces los gatos cruzaban el vano del dormitorio y lo rodeaban en
silencio. Sabían que para permanecer en la sala debían hacerse olvidar, que no debían
perturbar el examen meditabundo del solitario, y, aterciopelados, fantasmales, se echaban
en torno del contemplador.
Las distracciones que antes debiera a la lectura y a la música propuesta por un antiguo
fonógrafo habían terminado por dejar su sitio al único placer de la observación frente al
espejo. Serafín se desquitaba así de las obligaciones tristes que le imponían las
circunstancias. Nada, ni el libro más admirable, ni la melodía más sutil, podría procurarle
la paz, la felicidad que adeudaba a la imagen del espejo. Volvía cansado, desilusionado,
herido, a su íntimo refugio, y la pureza de aquel rostro, de aquella mano puesta en la
solapa, le infundía nueva vitalidad. Pero no aplicaba el vigor que al espejo debía a ningún
esfuerzo práctico. Ya casi no limpiaba las habitaciones, y la mugre se atascaba en el piso,
en los muebles, en los muros, alrededor de la cama siempre deshecha. Apenas comía.
Traía para los gatos, exclusivos partícipes de su clausura, unos trozos de carne cuyos
restos contribuían al desorden, y si los vecinos se quejaban del hedor que manaba de su
departamento se limitaba a encogerse de hombros, porque Serafín no lo percibía; Serafín
no otorgaba importancia a nada que no fuese su espejo. Éste sí resplandecía, triunfal, en
medio de la desolación y la acumulada basura. Brillaba su marco, y la imagen del
muchacho hermoso parecía iluminada desde el interior.
Los gatos, entretanto, vagaban como sombras. Una noche, mientras Serafín cumplía su
vigilante tarea frente a la quieta figura, uno lanzó un maullido loco y saltó sobre la
cómoda. Serafín lo apartó violentamente, y los felinos no reanudaron la tentativa, pero
cualquiera que no fuese él, cualquiera que no estuviera ensimismado en la contemplación
absorbente, hubiese advertido en la nerviosidad gatuna, en el llamear de sus pupilas, un
contenido deseo, que mantenía trémulos, electrizados, a los acompañantes de su
abandono.
Serafín se sintió mal, muy mal, una tarde. Cuando regresó del trabajo, renunció por
primera vez, desde que allí vivía, al goce secreto que el espejo le acordaba con invariable
fidelidad, y se estiró en la cama. No había llevado comida, ni para los gatos ni para él.
Con suaves maullidos, desconcertados por la traición a la costumbre, los gatos cercaron
su lecho. El hambre los tornó audaces a medida que pasaban las horas, y valiéndose de
dientes y uñas, tironearon de la colcha, pero su dueño inmóvil los dejó hacer. Llegó así la
mañana y avanzó la tarde, sin que variara la posición del yacente, hasta que el reclamo
voraz trastornó a los cautivos.
Como si para ello se hubiesen concertado, irrumpieron en la salita, maullando
desconsoladamente.
Allá arriba, la victoria del espejo desdeñaba la miseria del conjunto. Atraía como una
lámpara en la penumbra. Con ágiles brincos, los gatos invadieron la cómoda. Su furia se
sumó a la alegría de sentirse libres y se pusieron a arañar el espejo. Entonces la gran
imagen del muchacho desconocido que Serafín había encolado encima de la luna -y que
podía ser un affiche o la fotografía de un cuadro famoso, o de un muchacho cualquiera,
bello, nunca se supo, porque los vecinos que entraron después en la sala sólo vieron unos
arrancados papeles- cedió a la ira de las garras, desgajada, lacerada, mutilada,
descubriendo, bajo el simulacro de reflejo urdido por Serafín, chispas de cristal.
Luego los gatos volvieron al dormitorio, donde el hombre horrible, el deforme, el Narciso
desesperado, conservaba la mano izquierda abierta como una flor sobre la solapa, y
empezaron a destrozarle la ropa.

1969

La larga cabellera negra

Esta verdadera historia no me la creerás. Y sin embargo es verdadera. De


cualquier modo, jamás me atreveré a contártela, a sentarme delante de ti y contártela. La
escribo, eso sí, para detallármela a mí mismo. Acaso, dentro de muchos años, te mostraré
el cuaderno. Y nos reiremos juntos. Quién sabe, quién sabe si nos reiremos.
Te informo, por lo pronto, a fin de ubicarte exactamente, cuándo sucedió.
Fue el 29 de mayo del año pasado, un domingo. Si tuvieras, como yo, un carnet en el que
apuntaras tus diarias obligaciones –y tus felicidades-, te enterarías de qué pasó el 29 de
mayo. Pero ¡qué vas a tener! Nada te interesa, nada. Te dejas llevar por el tiempo. En
cambio yo conservo mis carnets de doce en doce meses. ¿Te ríes? ¿Juzgas que es una
ingenuidad; que el tiempo quizá no existe; en todo caso que es absurdo pretender
encerrarlo, archivarlo, dentro de las hojitas de un carnet; coleccionar tiempo como se
coleccionan estampillas? Somos tan distintos... Mi carnet avisa que el 29 de mayo de
1966, domingo, fuimos a lo de Aída Carballo, la grabadora. Estuvimos allí casi la tarde
entera. Tú jugabas con su gato, el del nombre italiano que olvido siempre. Debería
consignarlo en mi carnet. Ella dibujaba y yo copiaba un relato mío, de "Crónicas Reales",
penosamente, en altas páginas, para que lo ilustrase Aída. Oíamos, sin hablar, unos discos
de antigua música, refinados. También debí anotar sus nombres: cosas del siglo XIV o
del XV, españolas, si no me equivoco. De tanto en tanto, yo alzaba los ojos y te miraba el
pelo. La larga cabellera negra. Hay que decirlo así, sonoramente, románticamente,
ubicando el sustantivo entre dos adjetivos. Y esa palabra: cabellera... tan descalificada.
Pero si en vez pusiera aquí: el largo pelo negro, no me entenderían otros lectores;
supondrían que me refiero a un pelo, a un cabello solo y largo. ¡Bah! Te miraba el pelo, o
los pelos, y volvía a escribir, a la copia. De la calle Velazco entraba un aroma a fogatas, a
tarde, a melancolía. La luz de la lámpara los aislaba en su círculo a ti y al gato. Se
adhería, como un barniz, al largo pelo negro, a tus hombros. Todo en ti me gusta, te lo he
repetido a menudo, todo, fuera del carácter, a ciertas horas, en ciertos inexplicables
minutos. Calculo que me odias entonces. O no... Todo me gusta, pero nada me gusta
tanto como tu larga cabellera negra. Lo sabes; de ella te ufanas. La cuidas. Te he visto
cepillarla hasta que la cara se te enciende. Larga y negra, lacia, no muy fina, partida a la
izquierda por una raya inconstante. Mas no definitivamente lacia, y en eso finca, me
parece, su seducción, porque se ondula sobre las orejas con ancha onda y luego recupera
su lisura. Negra, renegra. El cuervo, etc.
Recuerdo que aquel día, en lo de la buena, admirable Aída Carballo, mientras me dolían
los dedos de tanto copiar y los frotaba suavemente, se me ocurrió que tu pelo tiene vida
propia, que vive aparte de ti, por su lado; que cuando duermes, por ejemplo, se mueve
apenas, como si se desperezase. Aseguran que la cabellera de los muertos sigue
creciendo, en el silencio del ataúd, que vive en medio de la muerte. La tuya -adivinaba
yo- vive en medio de la vida, su vida, como la de las Gorgonas. Pero no tiene nada que
ver. Las Gorgonas... ¡Qué imagen! Voilà la littérature. Nos fuimos a casa antes de comer.
Te estiraste en el sillón amarillo, con el vaso de whisky en la mano. Algo murmuraste
sobre tu fatiga. De eso no me acuerdo, pero lo supongo: esos cansancios, esos cansancios
permanentes... Dejaste el vaso y te dormiste. Yo intenté leer. Empero, la certidumbre, la
extraña certidumbre de que tu pelo es como un animal negro o, mejor aún, como un
bosque, no como un bosque sino un bosque, misterioso, viviente, me obsesionaba. En lo
de Aída había bebido dos whiskies y un vaso de vino: bebí otro whisky en casa y sabes
que no soy fuerte. De manera que puedes, si te resulta cómodo -y te resultará- atribuir lo
que sigue al alcohol. No fue el alcohol. Fue.
Me puse de pie, mirándote, mirando la larga cabellera negra, aparentemente inofensiva,
que se te volcaba, por la inclinación de la cabeza, sobre el hombro derecho. Tu larga
cabellera negra -voilà la littérature, la deformación profesional- es como un río nocturno,
es como una fúnebre bandera yacente, es como un gran pájaro dormido, es como un arpa
oscura (¿un arpa? ¡qué idea!), es como...
Adelanté un dedo, dos dedos, hasta rozarla. Me incliné a respirar su olor, su olor familiar,
que reconocería entre miles y millares y millares, fresco, con un dejo de violetas. Luego
volví a mi asiento, detrás de la mesa, y reanudé la lectura. Leía (carnet) una antología
voltairiana, y lo señalo para afirmar que ninguna extraordinaria influencia -fuera, acaso,
de la del alcohol... pero había bebido poco- contribuía a crear un clima de singularidad,
propicio a la alucinación. Al contrario, el escepticismo de Voltaire, su vigilante burla, me
armaban contra la tentación mágica.
De repente se apagó la luz eléctrica que a la espalda tenía, fija en la biblioteca, la única
del cuarto. Estaba habituado, como leal porteño, a los apagones súbitos, a los
desperfectos, a los ensayos que me privaban de luz durante media hora. Sin duda
alguien, en alguna oficina, sacudía hilos, desajustaba y ajustaba. No me importó. Ya
reaparecería la luz. Hasta prefería aquella penumbra, pues la tenue claridad que el
esplendor de la noche filtraba desde el jardín, a través de las persianas, confería a la
habitación un aire irreal, una -no me queda más remedio que llamarla así- dimensión
poética, en la que sobrenadaban, pálidos, lunares, los cuadros de Susana Aguirre y los
vagos libros. A ti no te tocaba; se deslizaba hacia los muros, como si respetase tu sueño.
Eras, en la sombra, una sombra más densa. Tu pelo apenas brillaba. Fue entonces -busco
en vano otra palabra-cuando tuve la impresión de que tu pelo empezaba a fluir. Eso
es: a fluir, como si fuese líquido, como si fuese un pequeño manantial negro,
silencioso. Pensé en la ilusión óptica, modifiqué mi posición, detrás de la mesa; nos
separaban sólo dos metros, pero la distancia parecía mayor, por los muebles que entre
nosotros se interponían, y no logré restablecer la disciplina lógica, el ritmo convencional.
Tu pelo seguía fluyendo, insinuándose, extendiéndose sobre tus hombros, sobre tus
brazos, sobre la mitad indecisa de tu cara. Me incorporé y entrecerré los ojos. Tu
cabellera se desparramaba lentamente sobre tu pecho, sobre tus piernas, descendía, en la
desconcertante visión, hasta la alfombra, y allá también captaba yo, cuando lo permitía la
incierta lobreguez de mi cuarto, su pausado andar, su manar mínimo y secreto.
Conjeturaba las flexibles ondulaciones y el discurrir calmo de la corriente, porque no veía
casi nada. Una especie de vibración reptaba por la alfombra, sin rumores, y nacía de tu
cabeza, de tu trémulo pelo esparcido. Las viejas metáforas, tu pelo es un bosque, es un río
nocturno, es como..., sumaron su tenacidad literaria, irritante, a la angustia que me
sobrecogía. Quise adelantarme; quise empujar las persianas, admitir, cruel, la
franqueza de la luna, romper el espejismo, el sortilegio engañoso, y no bien di un paso
sentí, bajo las suelas, un crujido, algo como una suavidad que cruje y que no correspondía
a la alfombra, sino a otra presencia sutil -todo esto es muy difícil de explicar-, mientras
que se intensificaba en el cuarto el olor a violetas. Fascinado, retrocedí a mi asiento. No
me restaba más que alzar los ojos, tal vez entregarme. Y tu pelo no cesaba de fluir. Ya
estaba alrededor de mi silla; ya ascendía, acariciándome las piernas, ya me envolvía
despacio, despacio, el torso, imponiéndose a mi aterradora rigidez; ya estaba alrededor de
mi cuello, de mi boca. Abrí los ojos y sentí su sabor familiar, querido. Era tarde para
gritar, para tratar de aflojar sus nudos. Me cubría los ojos, me ahogaba en un caudal que
olía a violetas -no era una metáfora, no era un manido adorno literario, era una
realidad, el río, el río de la cabellera negra- y se desplazaba, como una lánguida serpiente
(la Gorgona), inmovilizándome en su perezosa torsión.
Voy a morir -me dije-, esta es la extravagancia, la monstruosidad de la muerte. Pero con
la misma naturalidad con que me había aprisionado, tu pelo, cuando menos lo esperaba
yo, cuando me creía condenado, aflojó sus nudos y empezó a desandar el camino,
liberándome, remontando su curso. Gradualmente, su liviano cabrilleo, en la alfombra,
me indicó que se retiraba la marea, que cedía terreno, y que el escapado ser -un ser hecho
de infinitas hebras inestables- reasumía su esclavizada condición de casco negro y
hermoso. La sombra que por tus brazos subía terminó situándose en torno de tu rostro, al
que la luna, por un juego más, en las mudanzas de la iluminación, imponía una lividez
celeste.
Me estremecí, y en ese instante se encendió, en la biblioteca, la lámpara. La luz se
apoderó del cuarto, imperiosa, inmediata, con una rabia brusca que nada tenía que ver
con la posesión lograda, minutos antes, por tu paciente cabellera. Sobre la mesa,
proseguía abierto el "Comentario Histórico" de Voltaire; tú seguías durmiendo, la cabeza
doblada en el hombro, el largo pelo todavía volcado, quizá palpitante todavía: seguías
ignorando, como siempre, en el refugio de tu inocencia feroz, las cosas incalculables que
a los demás nos afligen.

1967

Los espías

A Guillermo Whitelow

Querido Billy:
El viernes pasado, en lo de Nini Gómez, me pediste que contara el episodio de
Córdoba. Inesperadamente, ese episodio de Córdoba ha llegado a adquirir cierta fama en
determinados círculos de Buenos Aires, porque donde voy me preguntan qué me sucedió
allí. Lo cierto es que todavía nadie, nadie, conoce el asunto, ya que he preferido callar,
por tratarse de algo tan insólito que ni siquiera yo, su casual testigo, logro convencerme
de que tuvo lugar. Pero sí, sí tuvo lugar, fue un hecho real, concreto, y no una pavorosa
alucinación. Alguna vez, en el curso de estos últimos dos meses, he aludido a él, ante ti,
ante los más íntimos -pues por momentos me resulta muy difícil callarlo-, y eso ha
provocado la marea de pequeños comentarios que mencionaste en la comida de Nini,
mas, como te digo, hasta ahora nadie sospecha, nadie podría imaginar qué aconteció,
aparte, por supuesto, de que el motivo de tanta curiosidad es misterioso, acaso espantoso.
He resuelto, a raíz de tu pedido, que debo revelárselo a alguien y compartir el peso de su
enigma. Ese alguien eres tú, mi mejor amigo, tal vez el único que me creerá
cabalmente. No tendría sentido que te mintiese a ti. Te confieso que lo hago con algún
remordimiento, puesto que desde hoy seremos dos los depositarios de un secreto
incalificable. Eso sí, te encarezco que hagas lo posible por no divulgarlo. Insisto en que
no será fácil. Por lo que a mí respecta, la razón fundamental que me impulsa a
declarar lo que sé del mismo finca en que podría desaparecer, morirme (por causas
naturales o de las otras, quizás de las otras), y en que la responsabilidad de partir de este
mundo con una carga tan descomunal agobia mis débiles hombros.
Me fui a Córdoba, como recordarás, a la pensión "El Miosotis", ubicada cerca de San
Antonio, con el propósito de descansar. Lo merecía luego del ajetreo de estos últimos
tiempos, de tanto barullo triste. Lucille me recomendó el sitio, verdaderamente
encantador. Claro que ni ella ni nadie hubieran podido prever lo que allá pasaría.
Es un establecimiento pequeño, dirigido por un matrimonio inglés, que sólo recibe a una
docena de huéspedes. Cuando llegué no lo habitaban, fuera de los dueños y el reducido
personal de servicio, más que tres matrimonios (dos de ellos de recién casados) y una
señora anciana, la cual, según se me informó en seguida, vive allí permanentemente. La
primera semana transcurrió en medio de la paz absoluta: los jóvenes matrimonios se
ocupaban de sí mismos; los ingleses -Mr. y Mrs. Bridge- evidenciaban ser modelos de
discreta prudencia; y la dama vieja, la señora de Morales Rivas, limitó su parca
conversación a los temas convencionales. Me apliqué a bañarme en el solitario arroyo
vecino; a beber naranjadas y vasos de vino blanco en el bar "El Cordobés"; y a pasear por
los alrededores (no hay mucho que ver), respirando el aire seco que languidecía entre las
quintas escasas. Una tarde, mi caminata se estiró una legua, hasta el instituto cuyo largo
título no he podido aprender y que se especializa, según me explicaron, en
investigaciones vinculadas con los estudios aero-espaciales. Espero no equivocarme;
demasiado conoces mi ignorancia total en lo que a esa materia se refiere. Creo que en el
instituto en cuestión se realizan esos estudios o búsquedas parecidas. En el Di Tella te lo
aclararán. De todos modos, no me adelanté más allá de sus muros, ni me pasó por la
mente entrar al caserón, el cual nada difiere de los restantes que, hundidos en el follaje,
flanquean los caminos de la zona. Sólo después se me ocurrió atribuirle importancia a la
proximidad de aquel centro ignoto, al que, por lo demás, probablemente no hubiera
tenido acceso, de haberme propuesto tan peregrina excursión.
Mi vida se desenvolvió, en consecuencia, agradablemente: baños, paseos, lecturas; de
noche, la tertulia familiar, en torno de la radio inestable, o vagas partidas de canasta, con
el matrimonio mayor y la señora de Morales Rivas. Hasta que los Kohn (así declararon
llamarse) aparecieron en "El Miosotis".
A todos nos desconcertó desde el primer momento -y lo comentamos con broma ociosa-
su aspecto singular. Aquel matrimonio de rasgos porcinos, que supusimos cuarentón,
acompañado por un hijo y una hija de aparentes diez o doce años, nos sorprendió por su
obesidad excesiva, por su impasibilidad exagerada y por cierta torpeza de los
movimientos, que atribuimos a su pesadez. También nos llamó la atención que vistieran
ropas demasiado abrigadas, de corte antiguo, y (eso era lo más chocante, en un lugar
donde la diversión máxima consistía en variar modestamente el atavío) que vistieran
siempre las mismas. Pero los cuatro Kohn hicieron patente su propósito de no participar
de nuestras intrigas y de consagrar la temporada que pasarían cerca de nosotros a su
exclusiva intimidad. Respondían a nuestros saludos, inclinando las graves testas
acartonadas; hablaban entre sí en voz inaudible y en un idioma que no llegamos a
discernir, aunque parecía un dialecto alemán; y su actividad se reducía a los largos paseos
que, después del desayuno, los eliminaban rumbo a las sierras. En varias ocasiones topé
con ellos en algún recodo de la carretera que conduce al instituto que te mencioné, o al
"castillo" de Nieva Funes, o a la Granja Suiza, y nos limitamos a reiterar los mudos
cabezazos. Andaban lentamente, guiando sus corpachones como escafandras. No me
inmutó su indiferencia, pues, como comprenderás, fuera de su traza absurda no había en
ellos nada que me atrajese y, como el resto de los huéspedes, prescindí de los Kohn.
Hubiera sido un error proponerles que interviniesen en nuestras canastas nocturnas a tan
morosos compañeros. Por lo demás, los Gordos -así los designábamos, sin esforzar la
imaginación- se esfumaban al tranco de paquidermos y se encerraban en sus dormitorios,
en seguida después de comer.
-Esa gordura -dictaminó durante una sobremesa la señora de Morales Rivas- no es
natural.
Y no lo era, ciertamente. Tampoco ese color marchito, que el sol de Córdoba no vencía,
ni esa impavidez taciturna, especialmente rara en el caso de los niños, que parecían
ignorar los juegos más simples y restringían su acción a acompañar a sus padres, en las
largas andanzas cadenciosas, callados e indolentes, constantemente al lado de ellos, de
modo que el grupo de los Gordos, cuando lo avistaba en el pueblo de San Antonio o en
los senderos de las serranías, me daba la impresión de estar integrado por cuatro animales
macizos, cuatro domesticados jabalíes blancos, que caminaban sobre las dos patas
traseras y usaban unos trajes oscuros, merced a la infinita (e improbable) paciencia de un
domador de circo. Acumulo ahora estos datos y observaciones por la importancia
increíble que los Kohn cobraron para mí más tarde, pero porfío en que hasta el instante de
la revelación los Gordos me interesaron tan poco como a los demás residentes de "El
Miosotis". De no haberse producido esa revelación, hoy los hubiera olvidado, o tal vez
los recordaría como a cuatro ejemplares de las groseras proporciones que puede alcanzar
lo caricaturesco en el pobre ser humano.
Una mañana en que el calor apretó sobremanera, me dispuse a reanudar la saludable
diversión del chapaleo en el arroyo próximo. Sombríos árboles escoltan su delgado
caudal, que el capricho de las piedras enriquece, y allá me dirigí más temprano que de
costumbre. Con el pantalón de baño por toda ropa, remonté el curso de agua siguiendo
sus variaciones, siempre bajo la bóveda de ramas que apenas dejaba filtrar una indecisa
luz. Quizás anduve un par de horas de esa suerte, saltando de roca en roca, hundiendo los
pies en la corriente, deteniéndome a observar un insecto o una planta, pensando en las
cosas absurdas que me habían acaecido en Buenos Aires y tratando de descartarlas de mi
memoria, para gozar felizmente de la frescura del lugar y de su fascinación. El arroyo se
tornaba, a medida que nos alejábamos de "El Miosotis", más y más misterioso. Se
estrechaba, se encajonaba y tenía yo la sensación de moverme en el interior de una gruta,
dentro de la cual crecían árboles tupidos. Como no había llevado reloj me inquietó la idea
de haber extendido desmedidamente la salida y opté por buscar el camino, del que me
separaba una barrera de marañas y peñas, para regresar en menos tiempo a la pensión.
Abandoné, pues, en un giro más del arroyo, el laberinto de agua, me calcé las zapatillas y
me introduje en la trabazón frondosa. Hallé un sendero, probablemente obra de cabras, y
por él me adentré, calculando que desembocaría en la ruta. Treinta metros más allá me
percaté de que se ensanchaba un poco, en un paraje despejado que a través de la espesura
alcancé a divisar. Me costó, sin embargo, franquearme paso en la maleza, y a duras penas
lo conseguí, luego de enzarzarme en filosas espinas. Debí dar un brinco para atravesar el
último cerco del ramaje, y al llegar por fin al breve espacio libre tropecé con un cuerpo,
con tan mala suerte que junto a él caí.
Ese cuerpo era el de la señora de Kohn. Mi cara quedó a escasos centímetros de la suya;
cuando la reconocí, latiéndome el corazón por lo inopinado del lance, me incorporé
rápidamente y tartamudeé unas excusas imprecisas. De inmediato me asombró su
expresión. Es cierto, como antes señalé, que los Gordos se destacaban por su apatía
inalterable, pero aquello superaba lo previsible. Estaba la gruesa señora echada en el
pasto, cara al cielo que se entreveía en la blanda oscilación de las copas. Tenía los ojos y
la boca abiertos, y sin embargo no se movió, ni parpadeó, ni respondió a mis disculpas.
Retrocedí, entre atónito y agraviado -con ser yo el ofensor- por su despreciativa
displicencia, y al hacerlo mis piernas rozaron un cuerpo más. Me volví y entonces se
multiplicó mi turbación, porque detrás de mí, en posturas similares a la de la señora y con
la misma repudiante insensibilidad fija en los rostros, se hallaban los demás miembros de
la familia. Los cuatro yacían, abandonados, cara arriba, y los cuatro tenían abiertos los
ojos y las bocas. Ninguno se levantó ni insinuó un ademán. Continuaron inmóviles, en la
sofocación de sus ropas de invierno, como si yo no hubiera aparecido tan bruscamente
por allí. No dormían, empero. Torné a hablar a borbotones, en parte para establecer el
desagrado que me causaba mi aturdimiento inocente y en parte también para quebrar un
silencio que resultaba anormal, pero nadie se inmutó y en ese momento tuve miedo por
primera vez. Aquello no encajaba dentro de las leyes de la lógica, y por eso, por quebrar
con su inercia el compromiso equilibrado que a todos nos une, me asustó mucho más que
si los cuatro se hubieran puesto a gritar o se hubieran arrojado sobre mí, con el peso de
sus corpulencias, golpeándome o mordiéndome. Fíjate bien en lo irreal de la escena: el
calvero cordobés en el que las abejas zumbaban; yo, casi desnudo, goteante todavía,
monologando sin sentido; y los cuatro voluminosos personajes tumbados, impávidos, con
los quietos ojos que apuntaban a la altura, y que no me respondían. Transcurrieron unos
segundos antes de que reparase en que una abeja, dos abejas, tres abejas, se habían
posado sobre las mejillas y los labios del señor Kohn, sin que eso inmutase al interesado
en lo mínimo, pues ni siquiera tuvo la precaución elemental de cerrar los párpados. Las
espanté y fueron a revolotear y a pararse encima de la frente de su hija. Las espanté de
nuevo y se alejaron, coléricas. Mientras esto sucedía y yo manoteaba en torno de los
horizontales, ninguno evidenciaba cuánto les concernía mi operación protectora. Como
cuatro ridículas esculturas abatidas, olvidadas entre las plantas silvestres, se ofrecían
incólumes a la arbitrariedad de la naturaleza. Todo ello, repito, tuvo lugar en un lapso
mucho menor que el que se requiere para narrarlo. Sólo entonces, sólo cuando iba de acá
para allá, saltando sobre los corpazos tendidos de espalda, se me ocurrió que los Kohn
podían haber muerto. Mi terror había crecido, y lo zamarreé al jefe de la familia, cosa
ardua dada la importancia de su fardo, para comprobar que mi sospecha no era
descabellada. ¿Muertos? ¿Los cuatro muertos? Pero ¿cómo? Y, por imposición del
raciocinio, supuse que los habían asesinado. Sin embargo, a simple vista, ninguno daba
muestras de haber sido objeto de un ataque violento: antes bien, las expresiones de los
cuatro proclamaban que hasta el instante postrero siguieron dueños de la densa
inalterabilidad que los caracterizaba. Tal vez -me dije- les hayan suministrado un veneno;
o tal vez me halle ante un caso de suicidio colectivo; aunque, vaya uno a saber por qué,
mi desesperación determinó que la eliminación de los Gordos no era voluntaria, sino el
fruto de una acción criminal externa.
La certidumbre del cuádruple homicidio, escasamente podía contribuir a serenarme. Al
contrario; acto continuo imaginé la eventualidad de que me acusasen de haber muerto a
los Kohn. También me sobresaltó la perspectiva de que el asesino o los asesinos que
habían suprimido a los Gordos, quizá con el propósito de robarles -aunque es obvio
calcular que lo robable a cuatro turistas de la vecina pensión, dos de ellos niños, sería una
insignificancia- anduvieran aún por los alrededores. Y si en el reflexivo relámpago
barrunté que lograría demostrar mi falta de culpa, ya que mis antecedentes hasta ahora no
me sindican como un espontáneo ultimador de gordos o de flacos, y la antipatía que en
mí provocaban los Kohn no bastaba para arrojar sobre mí la sospecha de haber originado
su tránsito al otro mundo, en cambio la vislumbre de que el o los criminales fuesen muy
capaces de seguir merodeando por el contorno, y de que a lo peor yo sería su víctima
inmediata, me angustió intensamente porque es indiscutible que, al enfrentarme con
quienes habían despachado con tanta limpieza a un cuarteto robusto, mis perspectivas de
salvación serían nulas.
Aquel planteo me aguzó los sentidos y me dio la medida plena de mi situación peligrosa.
Estaba solo, en un lugar aislado, entre cuatro cadáveres inmensos, y cualquier
acontecimiento desagradable encuadraría a la perfección en esta escena, que contrastaba
con la calma pura del cielo cordobés y con el trajín rezongante de las abejas, las cuales
-ahora sin que yo importunase sus paseos-habían vuelto a establecer su dominio sobre los
rostros de los Kohn. Un rumor, que oí a la derecha, como de alguien que se acercase a
pasos furtivos, confirmó mis prevenciones. Temblando, me refugié en las breñas
rasguñadoras, y aguardé. Era un rumor sutil, más que de pasos como de algo que se
desliza o que repta sobre las hojas. Progresaba, quedamente, hacia los petrificados
Gordos, y la popular noción acerca del criminal que regresa al paraje de su crimen
acentuó mi espanto. Se adelantaba, pero tardaba en llegar, como si no se resolviera. Por
fin, cuando esperaba ya que se entreabriesen las ramas y que en el hueco surgiera el
intruso, advertí, estupefacto, la invisible causa de aquellos crujidos.
Esto, Billy, es lo más embarazoso de referir, si se aspira a transmitir la verdad exacta,
porque aquí lo increíble, acaso lo diabólico, comienza a afirmar su imperio, destructor del
orden convencional. Y es casi imposible componer la narración justa, pues a lo largo de
ella lo absurdo y lo repugnante, con un toque de adefesio, de esperpento atroz, se
entrelazan tan apretadamente que el relator debería poseer mañas de equilibrista para
soslayar los riesgos que proceden de esas percepciones contradictorias y dar la impresión
cabal de lo que presenció sin caer en la trampa de lo grotesco.
Mis ojos, que se negaban a testimoniarlo, no vieron entonces a un hombre o varios
hombres cautelosos, como presentí moderadamente. Vieron que quien aparecía en el
despejado lugar era una especie de gusano gris, peludo, de unos setenta centímetros de
largo, y detrás otro y otro y otro. Se arrastraban sobre los vientres inmundos y de vez en
vez alzaban las cabezas y las giraban, haciendo relampaguear los ojos redondos, negros,
que invadían esas cabezas anilladas. Creo que uno de ellos me descubrió, pese a que me
ocultaba la fronda. No estoy seguro, pero lo confirma el hecho de que emitiese un breve
silbido y de que los restantes mirasen también en mi dirección. ¿Aprecias en su totalidad
mi pánico? Las ramas me trababan con sus garfios, impidiéndome retroceder; para
librarme de ellas y de la pesadilla, no me quedaba más escapatoria que el claro donde
yacían los Kohn y que obstruían las larvas de los ojos malignos; porque eran malignos,
eran indiscutiblemente lúcidos. Así que opté por permanecer tieso y acechando; en el
momento oportuno, si me atacaban, trataría de defenderme, de escabullirme. Quizá no me
hubieran visto; quizá mi imaginación añadiera pavor al que la realidad me ofrecía; quizá
los engendros continuaran, sin molestarme, su camino rumbo al arroyo.
Entretanto los vermes aquellos, o lo que fuesen, habían reanudado sus pegajosas
ondulaciones y fue patente que avanzaban hacia los Kohn. Mi alarma se intensificó ante
la perspectiva de que me tocase asistir a un festín horrible, que probablemente no podría
soportar y que desencadenaría con mi reacción mi propio final, pero lo que tuve que
atestiguar fue, por extraño y repulsivo, más tremendo aún.
Cada uno de los monstruos se apoderó de uno de los cuerpos. Pausadamente treparon a
las moles abandonadas y sobre ellas se estiraron, como otros tantos amantes
inverosímiles que buscaban las abiertas bocas. En esas bocas de peces muertos
introdujeron sus cabezas y poco a poco -¿me entenderás bien?-, poco a poco se fueron
metiendo en su interior, impulsándose con los infinitos tentáculos velludos, hasta que uno
a uno desaparecieron dentro de los grandes organismos inanimados. Y de súbito, pero
también muy despacio, los Kohn empezaron a esbozar muestras vacilantes de vida.
Respiraron, pestañearon, contrajeron las manos, se estremecieron apenas. No resistí más
y aproveché el lapso corto que los devolvería a su presunta normalidad para salir de mi
madriguera, sin ocuparme ya de que me oyesen, y a la carrera crucé el espacio que
todavía interceptaban los cuatro seres, las cuatro boas engullidoras de gusanos o, más
apropiadamente, que a los gusanos amparaban en su envoltura, para zambullirme una vez
más en la maraña que me separaba de la ruta principal.
Desemboqué en un parque descuidado, que luego reconocí como el del instituto de
estudios aeroespaciales que arriba mencioné, ya que a la sazón mi mente no estaba en
condiciones de funcionar como de costumbre.
Salí a la carretera y por ella me volví, lo más velozmente que consintieron mis piernas, a
"El Miosotis". La tranquilidad de los Bridge, de la señora de Morales Rivas y de los
matrimonios, que se aprestaban a almorzar, no logró por cierto serenarme. Hubiera sido
peliagudo comer, y peor digerir, los macarrones que me ofrecían, tras lo que había
contemplado, ni menos sostener una conversación lógica con los huéspedes, pues
toda mi atención se centraba en la inminencia de la entrada de los Gordos en "El
Miosotis". ¿Qué secreto abominable había penetrado yo casualmente? ¿Quiénes eran, qué
eran los Kohn? ¿En qué consistían? ¿De dónde procedían? ¿Qué se proponían?
¿Rondaban el instituto con algún objeto preciso? ¿Habría en el mundo otros Kohn
semejantes, mitad cajas de hechura humana y mitad gigantescas lombrices,
desconocidas en la Tierra? ¿Debía yo comunicar lo que había observado contra mi
voluntad, para que los huéspedes pacíficos me tildaran de loco, de visionario de quimeras
nauseabundas, o para sembrar entre ellos una confusión y una zozobra más que
disculpables? Estas y otras preguntas se agolpaban en mi cerebro, mientras aguardaba la
vuelta de las cuatro siniestras armazones. Y sobre todas, una interrogación: ¿cuál sería mi
actitud frente a los Kohn apócrifos?
Pero no regresaron a "El Miosotis". Llegó en su lugar, traída por un muchacho
mensajero, una carta garabateada que anunciaba su retorno urgente a Buenos Aires;
incluía el dinero de la pensión (los imagino contándolo y los pelos se me ponen de
punta); e indicaba el sitio al que Mr. Bridge remitiría las maletas. Era, según anoté, el
depósito de equipajes de la Estación Retiro, pero presumo que nadie las habrá reclamado
y que no contendrían nada concreto. Esa misma noche me vine a la capital. La señora de
Morales Rivas usó en vano su encanto antiguo, en su afán de retenerme.
Voilà mon histoire. Ahora estás tan enterado del asunto como yo y puedes sacar tus
deducciones propias. La diferencia entre nosotros finca en que actuarás en tu pleno
derecho al no creerme, pero ¿con qué motivo iba yo a inventar un cuento tan
insufriblemente fantástico? Y hay una diferencia más: a ti no te vieron; en ti no se fijaron
los ojos redondos, negros, feroces, de los cuatro gusanos Kohn, segundos antes de
recuperar sus carnales envolturas demasiado abrigadas; los cuatro gusanos que yo vi
cerca del arroyo, que saben que los vi, que sin duda andarán buscándome, vaya uno a
adivinar bajo qué nueva traza, y que de repente me encontrarán.
Te abrazo

MANUCHO
1968

La viuda del Greco

Le vi por primera vez en Madrid, a donde había ido yo con mi padre, por
negocios suyos y también por salir de Toledo. Dominico andaba entonces por los treinta
y seis años y venía de Venecia. Recuerdo que mi padre y yo abandonábamos la Capilla
del Obispo, muy de mañana, como todos los días, y que de repente Dominico
apareció junto a la pila de piedra, vestido del negro más negro, sobre el pecho abierta la
mano, como después se pintó, y que me tendió esa mano fina y fuerte cuyos dedos se
humedecían con el agua santa. Vacilé antes de aceptar, inquieta por lo desusado de la
actitud, pues procedía de un intruso, de uno a quien jamás había visto, y que sólo rocé su
diestra cuando mi padre, con un parpadeo, me ordenó que lo hiciera. Brillaban en la
sombra los dilatados ojos oscuros de Dominico y el resto fantasmal se desvanecía, como
si únicamente aquel encendido esmalte de ojos y aquel pulcro, frío marfil de mano, lo
formasen. Retrocedió en la tiniebla, en el olor del incienso, pero sus pupilas siguieron
alumbrándola.
Luego me dijo mi padre que le había conocido al pasar y que era un pintor griego. Venía
de Venecia, portador de cartas laudatorias del Cardenal Farnesio y de Tiziano. La tarde
entera y la entera noche, su imagen no se apartó de mí. Me rondaban su mano y sus ojos:
una mariposa blanca y dos negras, revoloteando por los aposentos y deteniéndose de
súbito, con su vibración. Aunque hubiese querido, no hubiera podido olvidarlo: ahí
estaba, para recordármelo, mi padre, quien me hablaba de su mérito, de la nombradía que
en Venecia gozara y de que el propio rey Felipe le había encargado unas obras en San
Lorenzo del Escorial. Cuando mi padre citaba a Venecia, se diría que paladeaba una
fruta. Arrastraba las palabras, como si fuesen terciopelos: las hacía tintinear como vidrios
(no obstante que no había salido de España y que sabía de Venecia por amigos
mercaderes), y detrás del forastero yo distinguía una claridad de lagunas y de palacios.
Quizás porque no lo había conseguido, pese a lo mucho que lo cortejó, mi padre
reverenciaba al éxito. Vivía las horas que no dedicaba a sus negocios -siempre
infructuosos, siempre confusos- en la cercanía de personas pudientes o
triunfales, como si esperase adquirir algo de ese poderío y de ese triunfo, por vías de
contagio. Ni era, en verdad, un explotador, ni un lisonjero interesado: reverenciaba al
éxito y sentía la urgencia de respirar su atmósfera. Más tarde (mi juventud inexperta me
impedía advertirlo a la sazón) comprendí que si se había desgarrado de Toledo y se había
afincado en Madrid, ello se debía a ciertos desaires que sufrió por parte de los opulentos
de su ciudad natal, hartos de su obsecuencia excesiva.
Empero, el descalabro no le sirvió de lección, y en Madrid reanudó, en torno de nuevos
ejes, su política obsequiosa. Deseaba, uniendo las aspiraciones propias de un buen padre
a las de un tenaz pretendiente a encaramarse al carro de la Fortuna esquiva, que yo, su
hija sola, contrajese un matrimonio que satisfaría ambas formas de la ambición, y no
cesaba de acicalarme y exhibirme, gastando en ello sus flaquísimos recursos y
llevándome de acá para allá... demasiado tal vez, si se consideran nuestras pacatas
costumbres.
Sus designios y sus sueños recorrieron una triste escala descendente. Se propuso primero
concertar mi boda con un segundón de casa noble, pues nadie le sacaba del magín, siendo
su apellido de las Cuevas, que estaba emparentado con los de la Cueva (juzgaba a aquel
plural un accidente gramático sin importancia), de modo que, si bien no le conoció jamás,
llamaba al prócer de la Cueva, al Duque de Albuquerque, "mi primo". Casi logró a un
Figueroa de ilustre estirpe y doblones seguros, reviejo, reviejísimo, pero pudieron más
mis lágrimas que sus ansias de progreso y quedó el asunto en nada.
Sus proyectos subsiguientes abortaron y, a medida que bajaba los peldaños de la
heráldica codicia, no paró de recriminarme -sin grosería, usando el tono suyo, tan
embelesador- el desperdicio del Figueroa arcaico. Cuando topó con Dominico Greco,
sus apetitos habían menguado de tal suerte que, de haber poseído con qué sufragarlo,
me hubiera metido monja. La presencia del griego veneciano abrió frente a su
imaginación un cielo flamante. Era algo distinto, algo que excitaba su amor a la fábula,
algo que, al no encasillarse en ninguna clasificación corriente, le permitía jugar con la
fantasía y nimbar a la presunta alianza de un prestigioso quimérico, extravagante,
oriental.
Aprendió, en charlas con su exótico amigo, cosas peregrinas acerca de la isla de Candia,
de donde éste procedía, y de su Laberinto que custodiaba un Hombre Toro. Me trastornó
con referencias a las victorias obtenidas por su pincel en la Serenísima y en Roma. Me
dijo que El Greco se iba a Toledo, invitado por el Deán de Santo Domingo el Antiguo, a
decorar el retablo mayor de la iglesia, y que sin duda le aguardaban allí propuestas
importantes. Me insinuó que, a su lado, regresaríamos a Toledo con la frente alta, que nos
halagarían, que nos adularían por nuestro vínculo con un personaje tan principal, porque
las virtudes del arte equivalen y aun sobrepasan a las de la sangre famosa, y un gran
pintor es tan duque, a su manera, como el Duque de Albuquerque, y tan hidalgo como
Figueroa el Viejo.
Yo enloquecía por volver a mi Toledo amada. Llorando crucé su puente y me despedí de
sus almenas, llorando de humillación y de amargura, así que en cuanto mi padre
descubrió ante mis ojos la perspectiva de un retorno magnífico, me puse a urdir planes de
ventura. Es justo añadir, sin embargo, que lo que más me sedujo entonces -fuera de la
propia y airosa estampa de Dominico, entrevista, como en la niebla, junto a una pila de
agua santa- fueron las noticias que mi padre me dio sobre lo mucho que me admiraba El
Greco, para cuyas miradas estéticas yo representaba el supremo ideal, pues ya hacía dos
años que los sucesivos quebrantos nupciales habían infiltrado en mi alma una ácida
pesadumbre, y después de dichos fracasos los espejos no me consolaban. La boda careció
de la pompa que mi padre hubiese preferido, y a Toledo regresamos. Nuestra vida
matrimonial se inició agradablemente. No fue el marco de nuestra existencia espléndido,
como mi padre presentía, pero tuvo cierto empaque compensador luego de las
matritenses penurias. Alquiló Dominico, frente a las casas de la anciana Duquesa de
Arjona, una gran parte del caserón del Marqués de Villena que, aunque secular y
destartalado, no había perdido su majestad de palacio de Castilla. En aquel tiempo,
Toledo bullía de gente viajera, de arbitristas, de intrigantes convocados de todas las
regiones de España, ganosos de prosperar al amparo del Arzobispo y su lujo, y muchas
residencias linajudas se dividieron y transformaron en casas de vecindad, que rebosaban
como hormigueros. Una de esas casas fue la nuestra, pero la de más fuste, y tantas
habitaciones ocupamos en ella que, a cierta altura, dispusimos de veinticuatro. Dominico,
a ratos de buen humor, comentaba que así debió ser el Laberinto de Minos, en su Candia
remota. Se sentía a sus anchas allá, entre pinturas, discípulos y criados. A uno de estos
últimos, llamado Preboste, que trajo de Italia y le ayudaba en sus mezclas de colores, le
quería especialmente. No le quería yo, pues le consideraba demasiado familiar para un
fámulo, pero como ya estaba preñada de Jorge Manuel, mi único hijo, mi adorado de
divina adoración, me faltaban los minutos para tales inquietudes y los ahorraba para
conjeturar lo que sería el futuro de mi vástago, un futuro que tenía que ser muy diverso al
de mi padre, un porvenir tejido de trofeos y laureles. Cuando nació hicimos fiesta;
prendimos luminarias, yantamos y bebimos hasta fatigarnos; Dominico cantó unos aires
griegos y pronunció mi padre un discurso tan gracioso que en lágrimas se mudó la risa.
¡Ay Dios, aquellas lágrimas concertaban presagios melancólicos! Por más que nuestra
existencia se desarrollaba con placentero ritmo, algunas nubes enturbiaron su diafanidad.
La más gorda y tétrica la sopló el señor Felipe II.
Había pintado Dominico, para su Monasterio, un cuadro del martirio de San Mauricio,
aguzando la porfía hasta que tardó dos años en llevarlo a fin. Y al Rey no le gustó. Tan
nada le gustó, que no lo colgaron en la iglesia y se mandó hacer otro a Rómulo Cincinato,
pintor de Italia. Dominico ardió de furia, gritando en su media lengua que era una bestia
Cincinato y que el Rey dominaría el arte de gobernar pero ignoraba el arte de la pintura.
Mi padre corrió por las salas, de arriba abajo, cerrando postigos y murmurando cosas
sobre la inapelable autoridad regia, lo cual atizó la rabia de mi esposo. A raíz de
ese incidente, tuvo mi padre que partir de nuestra casa, despechado, gemebundo,
nostálgico del liberal Figueroa, y un mes más tarde murió, pienso yo que a consecuencia
del disgusto, porque lo roía la aflicción de recomenzar el vagabundeo.
Mi pobre padre tenía defectos, innegablemente, pero yo lo amaba. Me encandilaban y
exaltaban sus ilusiones, su táctica comunicativa, generosa. La vida no fue generosa con él
y lo forzó a debatirse en la adversidad, alrededor de los señores que si le prestaron unos
maravedíes, no le prestaban oídos. Su ausencia me aisló y me entregué a mi hijo
plenamente. Crecía Jorge Manuel en salud e inteligencia. Ya se deslizaba en el taller a
toquetear los pinceles y las redomas de aceite de nuez y de barnices. Sobraban las
circunstancias para augurar lo que sería: un gran pintor.
Entretanto, al Greco le había quedado, con lo del San Mauricio, una espina clavada en la
vanidad. Como era vigoroso y obstinado, luchó por arrancársela. Se propuso ostentar que
el agravio no había hecho mella en su coraza, y estableció en nuestra casa una atmósfera
de fiesta continua. Trabajó con ahínco y el metal afluyó a nuestros cofres. Así como
ingresaba, desaparecía. Los personajes más notables de Toledo le rodearon. ¡Cómo se
hubiera henchido mi padre al verles! Pintaba el lienzo enorme del entierro del Conde de
Orgaz, y como se había fijado que en la superficie inferior de la composición figurarían
los retratos de varios hidalgos de la ciudad, concurrían éstos al taller, para que El Greco
les dibujase. Presentábanse en cualquier momento el Conde de Benavente, Don
Antonio de Covarrubias, su hermano Diego, el párroco de Santo Tomé, el ecónomo
Ruiz de Durón. El Greco les recibía como un príncipe que acoge a otros príncipes. Luego,
durante las comidas, unos músicos amenizaban el agasajo. A diferencia del
San Mauricio, el cuadro gustó y gustó muchísimo. Iban los extranjeros a loarlo, en
Santo Tomé. Lo que a mí me regocijó sobremanera fue que hubiese pintado, a la
izquierda, a Jorge Manuel, de pajecillo, con un cirio en la mano, indicando la
composición. No hubo paje más donairoso.
También yo fui a Santo Tomé, a contemplar la obra terminada, pero confieso que con las
faenas, que la organización de nuestra desorganizada casa imponía, me regateaba el
tiempo las diversiones. Además, la habitación que antes ocupara mi padre le había sido
destinada a un hermano muy mayor del Greco, Manusso Theotocópuli, insoportable
como el criado Preboste o peor que él. Este viejo me llenaba los cuartos de griegos
mugrientos y errabundos, que salían a mendigar con él por las calles, en favor de los
cautivos de las galeras turcas, aunque malicio que parte de lo recolectado permanecía en
sus escarcelas. Y Preboste me irritaba, con su soberbia, con sus desplantes de amo.
Vigilaba el taller como un perro. Alguna vez creí adivinar que ponía reparos a que Jorge
Manuel entrase en el "sancta sanctorum", con el pretexto de que dañaba las telas; sin
embargo debo convenir en que, tanto como Dominico, fue Preboste su maestro en la
ciencia pictórica.
Después del éxito del Conde de Orgaz, aumentó el caudal de los encargos. Llovían sobre
El Greco, quien se valía, para hacerles frente, del socorro de Preboste y de un mozuelo
Tristán, su discípulo. También le sonó el turno a Jorge Manuel, en cuanto gobernó la
paleta, de auxiliar a su padre, cuyas energías, con ser eminentes, no daban abasto para
atender los reclamos de la Iglesia y los señores. Que me perdone Dios, pero nadie me
desgajará de la mente la idea de que lo mejor que brotó del taller del Greco lleva el sello
de nuestro hijo. Tantos y tantos cuadros solicitaban sus mercedes, tantas réplicas y
copias, que con el andar de los años se metamorfoseó la casa en una especie de vasta
santería, donde las imágenes de los bienaventurados se alineaban, como en la tienda
de un estampero, multiplicando los Cristos con la Cruz a cuestas, los San Franciscos,
las Magdalenas, los Apóstoles. Partían ellos y el dinero se apilaba, sin ser nunca
suficiente, por el extravío rumboso del Greco, para saldar las cuentas, así que vivíamos
endeudados, siendo ricos, como si la situación no se hubiese modificado desde los
tiempos de mi padre. Los amigos y los pedigüeños (¡los griegos, los griegos!) nos
sofocaban. Como siempre, comparecían a visitar al maestro las celebridades. Fray
Hortensio Félix de Parravicino y Don Luis de Góngora escribieron en su honor unos
sonetos elogiosos, que no comprendí cabalmente y que debo conservar en alguna parte.
Ya los buscaré. El que jamás vino, en cambio, fue Lope de Vega, y lo hice notar a mi
marido, quien se limitó a mirarme desdeñosamente.
Exageraría si pretendiera que hubo, entre Dominico y yo, una inquietud o un fastidio. Él
atendía sus cosas y yo las mías. Desde que pintó mis primeros retratos, discerní que no
nos entenderíamos, pues ninguna vez me reconocí en esas hembras angulosas, que
indicaban sus físicas preferencias singulares. Tampoco logré que me atrajera su pintura
en general y no obstante que no se lo dije, supongo que lo dedujo de mi actitud reservada.
A mí me deleitan, precisamente, los cuadros italianos (como los del propio Rómulo
Cincinato, Pellegrini de Bolonia y Federico Zuccaro), que él detestaba y que están
pintados con tan preciosa minucia que ni un instante traicionan a la elocuente realidad.
Lo suyo es una fulgurante anarquía que a nada se parece, y puesto que numerosos
expertos los encomiaron, doy por hecho que encierran extraordinarias virtudes, pero el
gusto es algo personal, invencible, y a mí no me gustaron ni me gustan. No consigo
congraciarme con la incongruencia de un dibujo distorsionado, todo llamas y colores
encendidos. La pintura de Jorge Manuel, más seca, más limpia, más opaca, si se quiere,
indiscutiblemente más modelada y pulida, sobrepasa en calidad a esos inflamados
tumultos. Me asombra que la gente no lo proclame.
Callé mis opiniones pero, como dije ya, El Greco las habrá inferido de mi mutismo. Lo
colegí a mi vez de lo nerviosos que él y Preboste se ponían cuando, por cualquier
asunto de la casa, irrumpía yo en el taller. Sutilmente, sin manifestármelo, Dominico me
fue desterrando del contorno de sus potes. Asimismo, se ingenió para alejarme del círculo
cordial que alrededor de él se formaba y que presidían Góngora y el Conde de
Fuensalida, a mí que pude casar con un Figueroa. De mi padre heredé (ya que no
bienes de fortuna) la inclinación al trato mundano, avivado por la lectura cortesana,
y pese al continente de Dominico, en ocasión en que alguno de aquellos señores acudía a
observar el progreso de las obras que comisionara -sobre todo en los casos
excepcionales del Cardenal Quiroga, de Rodrigo Vázquez, presidente del Consejo de
Castilla, o del Gran Inquisidor-, aparecía yo también por el estrado. Perseguía, con ello,
desvirtuar la absurda leyenda, según la cual yo era la manceba y no la esposa de
Dominico Theotocópuli, que bordaron los envidiosos. Mas la frialdad urbana de
Dominico y sus huéspedes, acabó por cansarme, y opté por refugiarme, durante las
entrevistas, en las cuadras interiores, donde el viejo Manusso y sus griegos, cubiertos de
escapularios y de cruces, rezaban la ociosa tarde, frente a unas feas imágenes de
Constantinopla, y sembraban el suelo de naranjas a medio comer y de huesos de aceituna.
Me confortaba el pensar que Jorge Manuel, atildado por mis manos tiernas y conducido
por mí hasta la puerta misma del estrado, participaba del cónclave erudito de los grandes
de Toledo.
Aprovechaba además mi involuntario exilio para recorrer las anchas habitaciones casi
vacías y observar los desastres que las lluvias y nieves causaban en los techos. Dominico
disponía de dineros para costear a unos músicos holgazanes, y no los tenía para
remendar y sostener su morada enclenque. Reinaba en los aposentos una oscuridad que
metía miedo, un miedo al cual contribuían las consejas de las criadas de la Duquesa de
Arjona, que de vez en vez se colaban en los patios y me contaban que la Duquesa anciana
se persignaba al pasar delante de nuestro portal, porque aquí vivió, hace siglos, el judío
de los tesoros que Pedro el Cruel mandó asesinar, y aquí fabricó un Marqués de
Villena sus pecadoras alquimias. Al pavor que derivaba de aquellas memorias
lúgubres, se agregaban los que surgían de los cuadros infinitos del Greco, distribuidos
doquier, y que revolvían los ojos inspirados y crispaban las manos demasiado finas,
hasta hacerme escapar, rumbo a los griegos rezadores y devorantes, o rumbo al
taller, detrás de cuya puerta me apostaba, tratando de discernir la voz frágil, juvenil, de
mi hijo, en medio de las tonalidades campanudas. También me detenía en el rincón
donde El Greco, lector empedernido, amontonaba su librería y buscaba un volumen
que aliviase mi soledad.
La mayoría eran textos helenos y de arquitectura clásica, mas yo sabía que escarbando
hallaría el "Amadis", de Bernardo Tasso, y aunque escrito en lengua extranjera, me
distraía interpretando las proezas que mi padre me había referido cuando yo era niña y
me llamaba para que escuchase los prodigios. Dominico no cejaba en su afán de
robustecer los conocimientos de Jorge Manuel, a pesar de que era obvio que se avenía
mejor, en lo pertinente al trabajo, con Preboste y Tristán. Jorge Manuel fue más hijo mío
que suyo. Por eso batallé para proteger su personalidad y para que gozase, dentro de la
casa, del lugar que le correspondía. ¡Adorado Jorge, adorado mío! ¡Con qué elegancia
diestra se movía, se inclinaba! Ninguno de los retratos que Dominico pintó, de caballeros
aristocráticos, y cuya apostura fue alabada por el señorío, sobrepujó su elegancia. Le
relegaban, le relegaban como a mí. Pero ahí estaba yo, velando. Y cuando pude maquiné,
sin vacilar ante la impostura, pues la posición de mi hijo estaba en juego, la retirada de
Preboste y de Tristán. El Greco protestó y no le quedó más remedio que desraizarles
de la casa. Se ahondaron, desde entonces, las sombras de sus ojeras; se le iluminaron
los ojos con no sé qué delirio. Imagino que se hubiera vengado del despojo, sobre Jorge
Manuel, obligándole a trajinar como un esclavo, de no mediar mi vigilancia y el imperio
con que reconquisté mi categoría en el vedado taller. Pintaban los dos más santos y más
santos, más Vírgenes, más Verónicas y Anunciaciones. El Greco se deshumanizaba, se
espiritaba, como un asceta. Sus amigos espaciaron las visitas. De vez en cuando, como si
una vena se rompiese en la carne de mi esposo, se echaba a gritar sin razón alguna,
mostrándole a su hijo equivocaciones inexistentes, y yo me apresuraba a aplacarle, hasta
que cedía su insano rencor. Y ¡qué bien pintaba Jorge Manuel, qué bien pintaba! Pintaba
como un italiano, como Pellegrini de Bolonia. Donde su padre trazaba una línea
insegura, donde exigía un azafrán demente, afirmaba él la nítida precisión geométrica y
estiraba el ocre severo, salvando la obra del naufragio.
Jorge Manuel casó con Alfonsa de Morales.
Era bella. Trajo a la casa a su hermana Catalina, y yo calculé que con esas presencias
jóvenes el decadente palacio de Villena se alegraría. Al principio, nuestra relación
evolucionó sin tropiezos. Cosa extraña, congeniaron no sólo con Dominico sino con
Manusso, el viejo mendicante. Tañían laúdes y cantaban. Los griegos hablaban de
Candia, de Venecia, y un ficticio esplendor tendía de tapices dorados las cámaras que
ennegrecía la humedad. Presto noté ¡ay! que Alfonsa se proponía distanciarlo a Jorge de
mí. Estaban siempre juntos, cuchicheando, y al entrar yo callaban y bajaban los rostros.
Era lo que me faltaba; luego de Preboste y de Tristán, eliminados felizmente, esta
enemiga tonta. Tuvieron un niño. Gabriel, pero en mi corazón no había lugar para amores
nuevos. Jorge Manuel lo colmaba, como un cáliz pronto a desbordar. El Greco, en
cambio, se entretenía jugando con el pequeño, mientras que Jorge completaba las telas.
Dominico envejeció terriblemente. Las piernas se le anquilosaron y debió caminar
apoyado en una muleta. Le bailoteaban los ojos. Pintó, en ese período final, varios óleos,
como uno, de tema pagano, sugerido por el mito del Laocoonte, y otro que sucedió a las
lecturas del "Apocalipsis", delante de los cuales yo torcía la cara porque me infundían
un pánico oscuro. Dijo que ambos se relacionaban, misteriosamente, con el Laberinto de
Candia, con su mundo de mágicas torturas, como si retornara al dibujarlos a la niñez, o
antes todavía, a la era de sus antepasados secretos. Jamás vi nada peor esbozado, nada
más tétrico y torpe. El anciano se percató de mi repugnancia y, como siempre, sonrió y
meneó la cabeza calva. Una tarde, empero, se me aproximó y me tomó la mano. Daba
pena mirarle, tembloroso, balbuceante; daba pena si uno recordaba al caballero que me
había ofrecido el agua santa, en la Capilla del Obispo de Madrid, al caballero de la mano
al pecho. No me enteré de lo que quiso decirme, si algo quiso. Pasaba Jorge Manuel, con
Alfonsa, por el fondo de la sala, y tras ellos me fui. Ahora hace tres años que ha
muerto Dominico Theotocópuli. Le enterramos, con el boato del cual fuimos capaces, en
Santo Domingo el Antiguo, donde se hallan las primeras pinturas que realizó en
Toledo. Ha muerto Manusso, su hermano mayor, y Alfonsa de Morales ha caído muy
enferma. Hoy anduvo por aquí la clerecía, con el Viático. El Greco nos sumió en la
pobreza, al irse. Ni me nombró en su testamento ridículo. Estaba endeudado por el
arrendamiento, con el Marqués; lo estaba con el doctor Ángulo y hasta con María, la
criada. Daba lástima su ajuar, cuando Jorge enumeró el magro inventario: un pabellón de
damasco carmesí... media cama de nogal... los colchones... los dos cobertores... los
bufetes de pino... una ropilla de sarga de seda... unas calzas... dos sartenes... ¡Qué
miseria! ¡Y los cuadros, los cuadros incontables, que serán invendibles, entre los cuales
desfiló el séquito a hombros de las cofradías y que crepitaban, despidiéndose, como
hogueras verdes, amarillas, violáceas, azules, los cuadros que me asustaban más que las
leyendas del caserón!
No sé si le quise. Me niego a pensarlo. No lo sé. Era imposible, imposible quererle,
porque con toda su fama, su piedad y la jovialidad de la que según sus amigos era dueño,
a mí me parecía tallado en un hielo negrísimo. Quizás, si hubiese querido a su pintura, le
hubiese querido mejor. No me atañe, por lo demás, concederle mis cavilaciones de
ahora. Eso quedará tal vez para más tarde. Ahora debo consagrarme a mi hijo Jorge
Manuel, que solloza junto al lecho de Alfonsa de Morales. Nos aferraremos a la casa,
solos. Yo ya no viviré mucho, pero guerrearé para sobrevivir. Jorge Manuel me
necesita. ¿Cuándo no me necesitó? Debo convencerle de que es un pintor, un gran
pintor, un pintor muy superior al Greco, pues desde que murió su padre apenas toca un
pincel y su actividad se reduce a proyectar arquitecturas y a disputar con abadesas y
funcionarios. En eso, en la pasión pleiteadora, se asemeja a su padre, que litigó como un
escribano hasta liberar a la pintura del pago del derecho de alcabalas. Cierto es que nadie
ha asomado por aquí, inexplicablemente, a encargarle un retrato. Pero ya acudirán. Puede
que venga Lope, el que antes no vino. Ruego al Cielo que acudan, que le rodeen y
halaguen como halagaban al Greco, porque de lo contrario tendré que convenir en
que mi vida entera, de mujer de mi casa, de madre solícita, ha sido una equivocación.
Aunque no, no me he equivocado, no se equivocó Gerónima de las Cuevas, aquella a
quien la Historia mencionará como la madre de Jorge Manuel Theotocópuli, el máximo
pintor de Toledo. Sí, lo oportuno será descolgar los óleos de Dominico y hacer sitio para
los que pintará Jorge Manuel.

1966

Importancia

La señora de Hermosilla del Fresno es viuda y muy importante. No hay, en


esta gran ciudad poblada de viudas importantes, ninguna tan importante como la señora
de Hermosilla del Fresno. En consecuencia, vive en una enorme casa, llena de criados y
muebles importantes, y preside importantes obras de caridad que dan pretexto a
importantes fiestas. Por una broma del destino, lo único que carece de importancia,
dentro del cuadro espléndido, es su familia. Procede la señora de un origen dudoso del
cual nadie duda, y menos las señoras importantes. Documentan ese origen, que ni
siquiera la maravilla de su casamiento ha conseguido borrar, ciertos parientes rezagados,
de modestia tenaz, que la señora de Hermosilla del Fresno apenas recibe. Si tiene que
presentarlos -cosa que elude astutamente- envuelve sus nombres y sobre todo su vínculo,
en una semisonrisa y una mirada vaga, mientras su vanidad se encrespa y ruge por lo
bajo, como un tigre oculto.
La señora de Hermosilla del Fresno cree en Dios y en el Infierno. Cree (se lo han
asegurado sus administradores y ayudantes en la caritativa función) que ha ganado de
sobra el Paraíso. Preferiría, como es natural, permanecer en el mundo que, al fin y al
cabo, le resulta más que cómodo -con la única excepción ridícula de los parientes en
cuestión-, pero una mañana, de repente, al despertar (o no despertar) en su importante
cama, la señora de Hermosilla del Fresno se entera de que ha muerto, por los gritos de sus
importantes servidores. Se espanta algo, y se asombra mucho, porque en el fondo, sin
confesárselo, se suponía inmortal. Transcurren las horas, y la señora de Hermosilla del
Fresno aguarda en vano los emisarios celestes, que se encargarán de ubicarla en un lugar
escogido, dentro de las divinas mansiones. Aparecen, en cambio, esos primos y esos
sobrinos (y esa tremenda media hermana), cuya existencia se aclara definitivamente para
las señoras importantes que la rodean rezando el rosario.
La señora quiere hablar y no puede. Quisiera explicar que esos parientes carecen
de importancia, que no son tan parientes, que exageran, que no hay que saludarlos, ni
abrazarlos, ni darles pésames, ni hacer tales historias, ni continuar preguntando y
preguntando estúpidamente cosas que, por relacionarse con ellos, no revisten importancia
alguna... Y entretanto, nadie acude a buscarla, y la señora de Hermosilla del Fresno,
habituada al ritmo activo y altivo de las órdenes, comienza a impacientarse.
Así corren seis desagradables días, al cabo de los cuales, la señora comprende, con
impotente horror y furia, que el escribano a quien le confió su precioso testamento, por el
cual distribuía su entera fortuna en colosales obras benéficas que multiplicarían y
perpetuarían su nombre, ha declarado que no hay ningún testamento; que la señora de
Hermosilla del Fresno se resistió, hasta el final de sus horas, por timidez, por
superstición, por fortaleza, vaya uno a saber por qué, a redactarlo y firmarlo. ¡Quién
lo hubiera imaginado!, comentan en las comisiones. De la falta de un documento legal,
se deduce que su fortuna pasa a poder de sus tristes parientes. La señora quiere hablar
de nuevo, protestar, pero ahora es la prisionera de una atmósfera donde la voz naufraga.
Quisiera alzar los brazos al Cielo, a ese Cielo extrañamente postergado, e informar que se
ha torcido su voluntad generosa, para lo cual el escribano debe de haberse entendido
por secretas vías, con sus deudos miserables, despreciables. Y no puede. No puede
nada. Semana a semana, asiste a la instalación de sus primos y sobrinos (y su tremenda
media hermana) en su casa magnífica. Los ve abrir sus cajones, leer sus cartas, probarse
sus alhajas, probarse sus pieles, mandar a sus criados, vaciar sus bodegas, recibir la
visita de las viudas importantes de la ciudad que los instan para que integren las
comisiones de sus importantes entidades caritativas. Los oye hacerse rogar y aceptar; los
ve firmar cheques. Observa que sonríen como ella, que cuando aluden a ella adoptan un
aire vago.
Y nadie acude a buscarla. Sigue inmóvil, invisible en su lecho que otras personas habitan;
personas que desarrollan en ese lecho, sobre su ilustre cuerpo fantasmal, prolijas tareas
sensuales; personas que profanan su importante memoria con burlas groseras; que
remachan la memoria de su vanidad, como si ella, tan luego ella, hubiera sido vanidosa.
Vanidosos son los infelices, ella no lo fue nunca: fue, eso sí, importante, muy importante.
Hasta que, lentamente, la señora de Hermosilla del Fresno (que tampoco puede alcanzar
el alivio de volverse loca) se percata, con desesperación y sorpresa, de que nunca la
sacarán de allí, ni para guiarla a la novedad del Infierno, porque ése, por raro, por
absurdo, por anticonvencional y antiteológico que parezca, es el Infierno.

1965

El brazalete

A Oscar Monesterolo

Solían verla, de tarde en tarde, durante los primeros años de su largo exilio,
caminar por los muelles del Sena, con paso lento. Se apoyaba en su vieja dama de honor,
y su bastón repicaba, perezoso, como si anunciara su avance. Quienes la reconocían,
porque su retrato aparecía a menudo en revistas y diarios, sobre todo en esa época, se
inclinaban o ensayaban unas reverencias inseguras. Había también, como es natural, los
que le prodigaban las miradas de desprecio y aún las murmuradas palabras soeces, como
si la Señora tuviese la culpa de su origen y de las complicaciones que el curso de la
historia le había impuesto a su extraña vida. Pero su célebre, su extraordinaria belleza, de
la cual conservaba, pese al andar del tiempo, importantes resabios, y la dulzura de su
sonrisa triste, casi dolorosa, podían más que el absurdo rencor de los unos y que el
servilismo admirativo de los otros, como si triunfara sobre las diferencias políticas y
sentimentales y fuese más trascendental que la grandeza de su investidura y que el
esplendor y el drama de su existencia, y había momentos en que los ciudadanos de París,
hasta los rebeldes, deponían sus disensiones para rendir callado homenaje a alguien que
no parecía pertenecer a este mundo. Entonces, cuando su fascinación hecha de maduros y
pulidos rasgos sutiles, de palidez y de gracia melancólica, había operado, y aquellos que
vacilaban entre llamarla Madame o Majesté descendían a la calzada para que ella
continuase holgadamente su paseo, los curiosos buscaban en su atavío lo que
contribuyó a su fama tanto como su nombre y su hermosura: el brazalete. Y si la Señora
se detenía frente a una de las cajas de libreros de los malecones, no a hojear volúmenes o
estampas, sino a observarlos de lejos, a través del impertinente alzado, su manga
izquierda se corría apenas y dejaba reverberar el chisporroteo de la alhaja que no se
quitaba nunca.
No poco había asistido a la exaltación y difusión de esa joya, por lo demás ilustre, la
imaginativa tenacidad de los periodistas, quienes hallaron en ella, luego de que la
Señora salió rumbo al destierro, un tema inagotable para rellenar columnas de
apretada prosa. Era, evidentemente, un objeto excepcional, valiosísimo, formado a lo
largo de generaciones y de centurias, con el aporte de muchos orfebres, pero la gacetillera
fantasía, en su afán de convertirlo en algo sin par, había urdido en torno de él una leyenda
disparatada. Transcurrían los años, y los muchachos a pesca de notas para las revistas
populares sacaban nuevamente a la luz el asunto inagotable, y cada vez -eso dependía de
la inventiva del autor- añadían a la ya extensa nómina de dueños singulares del
adorno algún personaje inesperado, con lo cual la ancha pulsera preciosa daba la
impresión de ensancharse todavía más.
He recorrido numerosas publicaciones para recomponer la lista ilusoria de propietarios de
las diversas partes que, ensambladas sucesivamente, fueron constituyendo la
magnífica pieza, y en verdad asombra tanta extravagancia. De cualquier modo la
consigno aquí, a fin de que el lector mida hasta dónde alcanzó el poder atractivo de una
obra de arte que sumaba a la obvia rareza de su lujo la soberbia de una tradición sin cesar
recreada. Para unos, el camafeo central había pertenecido a Lollia Paulina, mujer fugaz
del cesar Calígula, asesinada después. Uno de los rubíes había sido, según otros, de
Carlomagno, y las dos esmeraldas ornaron el brazo de Eufrosina, hija del desventurado
emperador de Bizancio a quien su madre mandó cegar. Luego -esto quizá sea más
fidedigno-, al brazalete lo habrían usado tres reinas de la estirpe de quien ahora lo
llevaba; la reina loca de España, madre de Carlos V; la reina de Escocia y de Francia que
murió en el cadalso, en Inglaterra, y la reina de Francia guillotinada en París. En todo este
barullo, repito, hubo ecos de la realidad que, desfigurada, perdió consistencia. Lo cierto
es que nadie, ni siquiera los técnicos y estudiosos avezados, en la época en que la pulsera
integraba el tesoro real, tuvo una idea justa del proceso de formación de esa alhaja
múltiple, discutida por los archiveros, y que si ella gozó de vasto renombre en tiempos
en que la Señora ceñía la corona, porque ya entonces la usaba diariamente, su
notoriedad había aumentado en proporción fabulosa desde que la Reina dejó de serlo,
pues ahora se añadía a sus méritos la circunstancia de que se susurrase que la
Señora era muy pobre y el brazalete lo único que había conservado de su pompa antigua.
Muchos se preguntaban cómo no lo vendía, ya que desmontado lograría un precio
colosal, y hasta había quienes barruntaban que era falso, pues se les antojaba imposible
que la Señora saliera invariablemente con las mismas, bastante ajadas, ropas, y
con una joya de tanto costo. En efecto, cada vez que se incluía en los diarios una
fotografía suya -por ejemplo, en una ceremonia de exiliados, el día de su patria, o en
Dinamarca, en Grecia, en Portugal o en Roma, cuando asistía al matrimonio de un
príncipe o de una princesa de su casa, a condición de que le hubiesen enviado los pasajes-
la Señora vestía dos trajes solos: uno negro, de encaje, al cual acompañaba un sombrero
alto, cubierto por un velo tenue, y uno blanco, de corte, que mostraba sus hombros y su
escote desnudos, bajo el armiño gastado; y cada vez, en medio de tantas diademas y de
tantos collares y aderezos, la Reina no lucía más que su brazalete y, si lo exigía la
ocasión, una honorífica banda azul que cruzaba su torso. Los fotógrafos aprovechaban
tales oportunidades para tratar de obtener una imagen clara del brazalete, porque ése era
otro de los aspectos de su misterio: la habilidad con que lo cubría, rodeándolo con su fina
y abierta mano, si lo enfocaba una máquina indiscreta, y por ello mismo las descripciones
de la alhaja diferían esencialmente, y los periodistas, no bien intentaban su biografía
apócrifa, acumulaban los nombres de cuanta piedra aprendían para darle realce: perla,
diamante, brillante, esmeralda, zafiro, rubí, topacio, amatista, ágata, jacinto, turquesa,
berilo, aguamarina, ámbar, crisolito, granate, turmalina, lapislázuli, ópalo, venturina,
coral, ónix... y si algunos sostenían que el brazalete acarreaba consigo una maldición,
como lo demostraba la genealogía de princesas desgraciadas cuyas muñecas aprisionó,
mantenían algunos que, al contrario, la pulsera venía a ser algo así como un talismán,
como un símbolo tangible de la continuidad de la monarquía, desde la distancia de los
emperadores de Roma y de Carlomagno, y que mientras él existiese y la ex reina lo
defendiera y no renunciase a su armazón gloriosa, las probabilidades de recuperar el
trono permanecerían intactas.
Caminaba por los bordes del Sena, como ausente. En verano llevaba una sombrilla y en
invierno un bastón. Su dama de honor era bastante sorda, de modo que prefería no
hablarle y, en ella apoyada, erraba por los muelles, toda de negro, repentinamente
iluminada por el relámpago de la pulsera. Conducía las huellas de su hermosura como
una alhaja más, muy derecha, muy despaciosa, tan triste, tan herida por el destino trágico,
que quienes la veían a la sazón no podían olvidar las muertes crueles de su marido y de su
hijo, y que de súbito una mujer, en mitad de la calle, se ponía de hinojos para besarle la
mano.
Así como determinados sectores aseveraban que la Reina padecía estrecheces económicas
considerables, porque, a desemejanza de sus primos y sobrinos destronados también, no
había tenido la precaución de colocar una reserva de dinero en Suiza o en los Estados
Unidos, había los que juraban que era inmensamente rica y avara y que guardaba su
fortuna en subterráneos cofres. Estos últimos patrocinaban, asimismo, la tesis de que
retenía las gemas del brazalete como un fondo fastuoso para el momento en que se
produjese, allá en su patria, la tentativa de restauración. Y ella seguía su camino,
acortando el paso delante de los negocios callejeros de los floristas.
Aquella vida monótona, nostálgica, se modificó al cabo de siete u ocho años. La señora
recibió entonces la visita del directorio de uno de los principales hoteles de la Costa Azul,
quizás de Niza o de Cannes, cuyos miembros le propusieron instalarse allí, en la Suite
Royale, por un precio mínimo. No se les escapaba a los directores, al actuar así, las
ventajas de la operación para la empresa: la presencia constante de la Reina significaría
para el hotel un anzuelo innegable; nada le hubiesen cobrado para alojarla, de tolerarlo su
dignidad. Y la Reina, a su vez, recordó los beneficios del cambio de clima y las
ocasiones, durante su etapa de fausto, en que había dejado transcurrir, desde ese mismo
hotel, muchas horas felices, y terminó por aceptar la invitación. Distribuyó, pues, en las
habitaciones doradas y celestes que encendía la luz del Mediterráneo, los restos de su
anterior abundancia, y la verdad es que su vida varió muy poco. Iba de mañana,
temprano, a misa; luego, aún enroscado el rosario en la muñeca, vagaba a orillas del mar;
almorzaba en su suite, con la dama de honor; de tarde se ponía un uniforme de enfermera
y acudía al edificio de la Cruz Roja, o presidía la inauguración de un bazar de caridad; o
escuchaba un concierto, semiescondida entre palmeras; o recibía, como en sus audiencias
pasadas, a ancianos súbditos quejosos; o dictaba a la dama de honor una correspondencia
interminable con otros soberanos; o leía libros de devoción y de historia de los suyos; y
luego, de vez en cuando, descendía al comedor del hotel, para júbilo del gerente: todo el
mundo se ponía de pie, con largo estrépito de sillas y de cristales; se repetían las
reverencias, dentro de lo que permitía la opresión de las faldas; y, en tanto se
desarrollaban los episodios distintos, en cualquier minuto del día, cuando se doblaba
sobre el enfermo o cuando cruzaba los dedos en el reclinatorio; cuando depositaba el
ramo de rosas ante el monumento del héroe o cuando se retrataba entre turbantes y
quepis, su brazalete brillaba como un cetro y su leve sonrisa dejaba transparentar una
desolación que acentuaba su marchita belleza.
Es singular que a nadie se le ocurriese robarlo, antes de la noche que ahora narraré. Acaso
la superstición lo protegiese y también la fama: era demasiado peligroso y demasiado
conocido. Pero alguien se atrevió: un muchacho, un estudiante. Dijo después que lo había
hecho impulsado por la pasión política, por el odio al antiguo régimen; por el ansia de
devolverlo a su país; por la tentación de atormentar a su dueña, casta de tiranos, que
parecía inconmovible ya, ubicada en una atmósfera en la que el dolor imperante no
admitía innovaciones.
Aquel muchacho alquiló una habitación en el hotel -la más modesta, contigua a las de
los criados- y se dedicó a acecharla, hasta que dominó los resortes diversos y reiterados
del ritmo de su vida. Cuando se creyó listo, dio el golpe. A la madrugada, bajó de su
altillo a la Suite Royale. Afuera, por las terrazas, se oían, vagamente, las
cadencias de los valses viejos, mezcladas con el lánguido morir de las olas sobre la playa.
Valiéndose de una ganzúa, entró en el departamento cuyas divisiones abarcaba a la
perfección. Dejó, a un lado, el dormitorio de la dama de honor, quien roncaba como si
sollozase, y avanzó, atravesando la sala, hacia el de la Reina. No hacía ni el menor ruido,
pero le parecía que los latidos de su corazón sonaban más recios que las grandes olas.
La Señora descansaba en su lecho. Un velador parpadeante revelaba y encubría, como si
dibujase y borrase sobre las sábanas, su preclara hermosura, que las líneas añadidas por
los años, en torno de los ojos y de la boca, tornaban patética. El ladrón la contempló
durante varios segundos. Luego su mirada indagó por el cuarto penumbroso, encima de
las pinturas de reyes y emperatrices que asomaban, espiando, entre los cortinajes, hasta
detenerse en una amplia mesa redonda, vecina de la cama. La llenaban miniaturas,
fotografías puestas en marcos que sostenían águilas y leones de bronce, pequeñas cajas de
porcelana, de oro, de marfil, y en medio de las reliquias estaba la pulsera abierta,
extendida. El intruso suspiró, aliviado. Tan a menudo la había distinguido, como los
demás, fija en el brazo de la Reina, que imaginó que en ningún momento se desprendía
de la joya. Esto facilitaría su plan. Suavemente, se aproximó a la mesa y estiró la mano.
Sus dedos rozaron la alhaja, a la que ya juzgó suya; acariciaron el camafeo de Lollia
Paulina, el brillante de María Estuardo, el de María Antonieta; se afirmaron en la
esmeralda de Juana la Loca y tiraron hacia sí, procurando amortiguar los choques contra
los objetos que colmaban la mesa. Entonces percibió cierta resistencia en el pesado
brazalete. Lo levantó y notó, con terror y pasmo, que se movía, que lo que tenía entre las
falanges más hacía pensar en un crustáceo, en un costroso, articulado cangrejo
multicolor, que en una sucesión de eslabones y de piedras, porque la pulsera le cercó, le
apretó la palma y le hincó en su centro unos clavos o espinas o garfios o dientes agudos
que le hicieron brotar sangre. De inmediato la soltó o, mejor dicho, se liberó de su
tortura, y al caer sobre la alfombra, el rumor que produjo inquietó a la Señora, quien no
llegó a despertarse pero se agitó apenas en el lecho, sonriendo, sonriendo siempre con
infinita congoja. Y, mientras su espanto lo hacía retroceder y huir, el muchacho vio que
el brazo izquierdo de la Señora abandonaba el refugio de las sábanas y se curvaba,
blanco, transparente, a la altura de su pecho, como cuando surgía, envidiado, alabado,
venerado, sobre la felpa roja de los avant-scènes y en las cabeceras de las comidas
oficiales. Y vio, en el lugar justo que la heredada pulsera escondía, la llaga atroz, la
úlcera, vio el horrible brazalete secreto, morado, negro y purpúreo, que devoraba la carne
de la Reina.

1970

El pasajero

Esto sucedió un 31 de diciembre, aquel 31 de diciembre lluvioso y triste que


usted recuerda, hace cinco años, el día de su enojo. Comenzó a las diez de la noche. A esa
hora había resuelto yo regresar a mi casa, en Belgrano, para festejar el fin y el principio
del año con amigos. Había comprado varias cosas y los paquetes me agobiaban. Sólo
cuando mi ingenuidad se lanzó a buscar un taxi, me percaté de lo fútil de la cacería.
Vanamente caminé desde la plaza San Martín hasta Libertad, por Santa Fe,
rastreando un vehículo. No había ninguno libre, y los ocupados, mezquinos, pasaban
como fogonazos en la lluvia. Estaba empapado; los paquetes se humedecían, con
grave riesgo del absurdo bazar que encerraban, y pronto me oprimió la desesperación
impotente de quienes, en medio de las burlonas ventajas de la civilización, se sienten
abandonados y perplejos, desvalidos como salvajes, pues la civilización circundante les
niega su socorro. Troté, estornudando, entre la indiferencia de las vidrieras deslumbrantes
y la paz que prometía su remoto mundo. En Santa Fe y Libertad reparé en un grupo
pequeño, junto a un poste de colectivos, y me sumé a él, más por saberme acompañado
en mi desventura que por imaginar que allí anidaría la solución de mi problema. Sin
embargo, la solución estaba allí, y me la comunicó uno de los expectantes: el número
259, me dijo, me llevaría hasta Cabildo y Juramento, a cinco cuadras de casa. Me refugié
en un zaguán a esperar las salvadoras luces. Tardaron en aparecer. Caía, lenta,
melancólica, infinita, la lluvia. Goteaba el ala de mi sombrero y el agua se me escurría
por la nuca, como una traición. El año no se iba: se desharía, se desflecaba, como si en
verdad no hubiese transcurrido, como si hubiese sido un mal sueño oscuro, y la prueba de
que mis compañeros experimentaban la misma desazón se evidenciaba en que ninguno de
ellos hablaba o reía ni daba muestras de la alegría formal que suele vincularse con el
último día del último mes del año. Eran -éramos- todos grises; nos hermanaban el
silencio y la enemiga lluvia. Por fin surgió, como hecho de bruma y focos, el colectivo.
En ese momento se agregaron a nuestro grupo dos hombres más. A uno de ellos, un
anciano, no lo hubiera notado yo si no fuera por la presencia del otro, un muchacho de
pelo rubio, muy rubio, amarillo, tan amarillo que su claridad iluminó un instante la
monotonía de nuestra pesadumbre. Trepamos, como pudimos, en un desorden de
envoltorios -pues cada uno de nosotros cargaba algo-, en un indagar de monedas y
billetes, al abarrotado coche. Me rezagué al pagar, por culpa de los bultos. Cuando giré la
cabeza hacia el interior que apenas aclaraban unas lámparas agónicas observé que el
viejo y el rubio habían conseguido deslizarse -sabe Dios a costa de cuántos codazos
y miserias- hasta el fondo del ómnibus. Hubiera querido seguirlos allá, porque ya,
instintivamente, me intrigaban, pero me lo impidió la humana trabazón que llenaba el
pasillo estrecho.
Los había olvidado, inquieto como estaba por la perspectiva de las cinco cuadras
belgranenses bajo la tormenta, en especial por la idea cruel de la cuadra sin aleros del
Museo Larreta, cuando al doblar el coche en Montevideo los vi nuevamente. Ignoro
cómo habían obtenido dos asientos, los penúltimos; el rubio ocupaba el del lado de la
ventanilla y pese a la pobreza de la luz se afanaba en leer un libro de tapas azules, que
sostenía en alto, bajo la incierta lámpara. Advertí que era un adolescente, de manos largas
y pulcras, pero pronto se produjo dentro del colectivo un doloroso movimiento -la gente
ascendía, descendía, me empujaba, me incrustaba los paquetes en las costillas- y los perdí
de vista una vez más.
Enfilamos por Las Heras y, frente a la antigua Facultad de Derecho, el brusco
desplazamiento de una señora gruesa reveló a mis ojos distraídos la llama rubia. El
muchacho conversaba con el viejo. Algo, en realidad indefinible, había cambiado en la
estructura del joven. Algo sutil, quizás exquisito. De repente me pareció menos joven.
Me pareció que tendría unos veinticinco años. Una niña me preguntó entonces a qué
distancia nos hallábamos de la calle Canning. Con un esguince de torero o de acróbata,
logré corroborar que nos despedíamos, a la izquierda del Hospital Rivadavia, y como
siempre me he embarullado en lo relativo a esas explicaciones, la preocupación -que
todavía no lo era- suscitada por el pasajero del asiento penúltimo, cedió ante la que me
planteaba el dilema topográfico. No bien puse término, con ajeno auxilio, a la consulta,
me irritó comprobar que el rubio desaparecía de nuevo, tras la masa nebulosa de nuestros
acompañantes. Lo reconquisté en Plaza Italia. Estaba enfrascado en su libro. Allí me
sorprendió el culebreo de un malestar. Evidentemente, el rubio seguía siendo el mismo
rubio, pero ya no en plenitud. La primera vez, cuando creí que el adolescente de dieciséis
o diecisiete años se mudaba en un mozo veinteañero, pude equivocarme; esta vez no:
ahora tenía delante de mí, en la vaguedad del coche, a un hombre hecho, de más de
treinta años, cuyo pelo, de un rubio menos brillante, empezaba a ralear en las sienes.
Asombrado, miré a derecha e izquierda para enterarme de si alguien había atestiguado el
fenómeno, pero cada uno parecía ensimismado en sus propios asuntos. El conductor
encendió la radio y un tango añadió a la nuestra su cadenciosa amargura. Me propuse no
sacarle los ojos de encima al alarmante joven, que poco a poco dejaba de serlo, y
ubicarme para ello junto a él. No era fácil. Yo permanecía a un metro del chofer,
estorbado por mis bultos, y detrás se cerraba la muda pared de hombres y mujeres, codo
con codo, vientre con vientre, espalda con espalda. Le rogué a una señora que me
permitiera avanzar hacia el fondo, con tan dura suerte que la pisé, lo que desencadenó sus
gritos y las protestas del resto apeñuscado, que me aseguraba que era imposible,
absolutamente imposible, pasando del plano teórico al práctico, que yo variara mi
posición en el 259. Tales desgracias culminaron en la angustia de verificar que el rubio
había tornado a esfumarse en las tinieblas, y por más que me empiné y torcí el cuello,
mientras volábamos por Luis María Campos, ante la irritación taciturna de los viajeros
vecinos, francamente hostiles, no lo recuperé hasta que escalamos, sacudidos, la cuesta de
Federico Lacroze.
Un progreso más de la metamorfosis coincidía con el lujo de esa calle misteriosa. El
rubio charlaba, desganado, con el otro. Y había concluido de ser rubio. Un lacio pelo gris
le desnudaba la frente, que surcaban paralelas arrugas. Nuestras miradas se encontraron
por fin, y si él notó el estupor de la mía, yo capté la sonrisa desdeñosa que afloraba no
tanto a sus labios como a sus ojos. Por entonces aparentaba ser un hombre de cincuenta
años.
Sesenta contaría en ocasión en que, dueños de la holgura de la calle Cabildo, rodábamos
delante del gran gomero y los surtidores de nafta; setenta, dos cuadras después. Se había
encorvado; la calvicie invadía su cráneo; sus manos nudosas se crispaban en las tapas del
libro azul. Su compañero y él demostraban sobradamente sufrir la misma edad. Tanto
había crecido mi terror que intenté bajarme, pero me retuvieron la lluvia que batía los
vidrios y el sordo rumor de los truenos lejanos. Sobre el cristal delantero del chofer,
encima del retrato de Carlos Gardel, se balanceaba un escarpín celeste, y más allá
acechaba la negra boca de la noche. Además del justificadísimo pavor que me inspiraba
la mudanza monstruosa del rubio, me pasmaba que nadie lo compartiera. Traté de
apoyarme en la solidaridad de alguno; de comprender que no estaba solo en el ámbito de
la operación diabólica, y recurrí a quien se hallaba más próximo a mí, un caballero grave,
de sombrero -el suyo y el mío eran los únicos sombreros del colectivo, y eso debía crear,
en mi opinión, una especie de alianza aristocrática entre nosotros-, y cuando comencé a
murmurar: "¿No ha observado usted, por casualidad, que...?", me clavó las pupilas, como
se encara a un borracho, sin duda encolerizado por mi desorbitada expresión, y haciendo
un terrible esfuerzo giró sobre los talones y me dio la espalda. Nunca me sentí tan
aislado, tan desterrado.
A esa altura, la mitad del colectivo se estremeció súbitamente. Varios de los
pasajeros, al descender en José Hernández, me atropellaron. Era obvio que si no habían
reparado en las mutaciones trágicas del rubio, en cambio habían computado el extravío de
mi actitud y que, defensores de los convencionalismos que mantienen intacta
la maquinaria del mundo, se vengaban de mi intromisión en su orden estricto,
empujándome, apretándome. Cayeron mis paquetes, y antes de inclinarme a recogerlos
mi espanto alcanzó el paroxismo, porque registré que el ex rubio yacía en su lugar,
volcada la cabeza a un costado, verdoso el color, y adiviné que había muerto. Levanté
prestamente los odiados bultos y me dirigí por la penumbra del pasillo, camino del
cadáver.
Una sorpresa, la postrera, me aguardaba en el penúltimo lugar. El adolescente, el joven,
el hombre maduro, el anciano, el muerto, o lo que fuese, no estaba ya allí. Y no había
podido descender, lo juro con los dedos en cruz. No había podido pasar a mi lado, visible,
material, sin que yo lo rozase. Estaba sí, el otro, el otro viejo. Cuando me detuve a su
vera, se puso de pie, cortésmente, bondadosamente, para ofrecerme el sitio de la
ventanilla, y entonces vi que el libro de tapas azules continuaba sobre el asiento. No sé
qué farfullé; no me atreví a exigirle una aclaración, a formular una tímida pregunta
extravagante, y menos a ocupar el asiento vacío. Aunque todavía faltaban tres cuadras
para la esquina de Cabildo y Juramento y arreciaba la lluvia, abandoné el coche y eché a
correr entre los árboles.
Esa es la razón (o la sinrazón) por la cual hace un lustro, cuando juntos festejamos, en mi
casa de Belgrano, el año nuevo, debió juzgarme usted tan raro, tan abstraído, tan distante,
tan escasamente cordial. Usted se fue de casa sin disimular su enojo y no hemos vuelto a
encontrarnos. Desde ese día le debo una explicación. Es ésta. Ahora usted deducirá lo que
le parezca. Y discúlpeme.

1967

Las alas

Cuando Eusebio resolvió dejar la casa, que compartía con su hermana, en Flores,
sus compañeros de redacción ensayaron algunas bromas. Obedecían al aferrado
convencionalismo que impone que en cuanto un solterón se decide a abandonar el
reducto de su familia y a vivir solo, se lo atribuya a cosas vinculadas con la organización
de la sensualidad. Pero esas bromas no duraron mucho. Demasiado sabían quienes se las
daban, que Eusebio no era hombre para suscitar amantes. Bastaba verlo y oírlo. Y leerlo.
A los cuarenta y cinco años, flaco y ventrudo, calvo, de ojos redondos, negros y
protuberantes, dueño de una macabra palidez y de un marchito sonreír, roía los verbos y
trituraba los adverbios, mientras rumiaba sus frases de ironía turbia. No, no era hombre
para amantes. Al contrario.
Alquiló en el barrio del Congreso una bohardilla disimulada dentro de una cúpula de
comienzos de siglo. En esa habitación circular y ceñida, de combo techo, ubicó su
pequeña biblioteca, su mesa de escritor y su cama. La pobre luz procedía de dos
ventanucos y de la puerta de cristales que comunicaba con el exterior como si abriese al
vacío. Por esta última se accedía al inesperado lujo de Eusebio, pues, sin transición, se
pasaba de un desván miserable a un balcón que rodeaba totalmente a la cúpula de pizarras
y que oficiaba de mirador sobre techos, calles y azoteas. Si adentro, cerradas la puerta y
las ventanas, se imponía un silencio vibrátil de zumbidos, reinaba afuera el esplendor
sonoro. Y con ser el contraste extraordinario, lo que más marcaba la diferencia de los
ámbitos, condenando lo interno a la ruindad y exaltando lo externo al pródigo despilfarro,
era la decoración que abrazaba a la bóveda.
Allí era evidente la generosa pompa de la arquitectura de esa época, tan dada a los
adornos espectaculares. Una ronda de personajes alados, semidesnudos, hombres y
mujeres de esculpida piedra, envolvía la construcción, como si descansara después del
vuelo, trémulas las alas todavía. Y cada vez que Eusebio salía a caminar por el breve
espacio que limitaban los balaustres y el muro, lo rozaban los pies descalzos y las plumas
severas.
Eusebio desempeñaba en su revista semanal las funciones de crítico. No era un crítico
literario, ni de teatros, ni de cine, ni de bellas artes, ni de política, ni de costumbres, sino
un crítico en general. Todo lo criticaba, todo lo desmenuzaba, todo se afanaba en destruir,
con una saña monótona. Abría un libro o contemplaba un cuadro, trazaba una biografía o
narraba una anécdota, y en seguida volcaba sobre el asunto elegido su previsible acritud
hecha de adjetivos reiterados. No escribía mal, y sus engendros excitaban el aplauso de
sus colegas y de ciertos lectores igualmente inclinados a la amargura y famélicos de
elemental escándalo. En cuanto a su acerba ironía, fácil era rastrear sus orígenes, pues,
como en infinitos casos similares, derivaba de la frustración. Eusebio, que manejaba
con agilidad la máquina de escribir cuando se trataba de demoler a un novelista, a un
poeta o a un pintor, llevaba dentro de sí, como triple cruz, las huellas de un pintor, un
novelista y un poeta fracasados. Hacía largos años ya que había renunciado a la poesía y
a la pintura, pero la obsesión de la novela seguía encandilándolo con su inalcanzable
lumbre. Desde niño, la había intentado a menudo, sin lograrla. El desengaño destiló
hieles, y las hieles aquí se derramaron sobre aquellos que, seriamente, arduamente,
victoriosamente, recorrían el negado camino. De ahí provenía su palidez; de ahí su
prosa; de ahí su redactada furia. No había renunciado, por cierto, pese a los abortos
sucesivos, a redondear por fin la novela que aseguraría, indiscutiblemente, su nombre;
que probaría que era algo más, mucho más, que un bufón inteligente y triste, y
continuaba escribiendo, tachando, desgarrando, desesperándose y buscando un
alivio a su descorazonamiento impaciente en la censura y la sátira de quienes lo
dejaban atrás en la áspera carretera. Pero ahora, a medida que transcurría el tiempo, la
tarea se volvía más dolorosa, ya que no se le escapaba a su lucidez la certidumbre de que
no bien apareciese su obra, los criticados se transformarían en críticos, cambiados
los papeles, con el arbitrario fiscal puesto en el banquillo del reo. Grande tenía que ser, en
verdad, su ansia de reconocimiento artístico para que, no obstante ese riesgo, persistiese
en el trabajo y no se resignase al éxito fugaz de sus burlas.
Con el anhelo de dar cima a su novela había alquilado la bohardilla. Se le ocurrió
que allá arriba, en fecundo soliloquio, descubriría la meta, y muy secretamente -a
mil leguas de amantes imposibles- colocó sobre la mesa la máquina y, tarde y noche, se
consagró a enmendar, a rehacer, a planear, a indagar, a sufrir. La novela avanzaba y
retrocedía. Ducho en observaciones, en espiar bajo el agua, en cazar flaquezas, era la
víctima de su propio oficio; a cada instante, aunque no lo quisiese, aunque luchase contra
influencias y sugestiones, las sombras de los criticados se volcaban sobre sus carillas, y
discernía de continuo en lo que acababa de componer, los rasgos y los tics que
ridiculizara. Con todo, seguía adelante, lívido, melancólico, sofocado, atormentado,
comiéndose las uñas, mirando sin ver las ventanitas donde morían las estrellas o
languidecía el sol.
Había transcurrido un mes desde que reanudara la tarea de Sísifo, cuando su vela fue
distraída por un rumor distinto a los que poblaban su aislamiento. Era poco antes del
amanecer. Aquel rumor, vago pero insistente, pudo más que su frenesí ensimismado,
porque pronto se convirtió en un duro traqueteo. Prestó atención y dedujo que se trataba,
tal vez, de un batir de alas. Por la intensidad de los golpes, infirió que no podían proceder
de las palomas que encontraban refugio en el alero de la cúpula. No; de ser alas, éstas
debían de ser unas grandes alas, alas de águila o de cóndor. La idea era tan absurda que la
desechó. ¿Cabía, acaso, la eventualidad de que un ave enorme hubiese extraviado el
vuelo hasta caer sobre Buenos Aires? ¿Cabía suponer que hubiese huido de su jaulón
del Zoológico? Temeroso, asombrado, Eusebio vaciló frente a la loca alternativa. Pero el
ruido aumentó, y en breve fue como si no sólo una rapaz gigantesca, sino dos, tres, cinco,
diez, hubiesen elegido por alcándara a su cúpula y allí agitasen los remos emplumados
hasta ensordecer al insomne morador. Luego, tal como había empezado, cesó de
repente la bulla; entonces se atrevió a levantarse, a empujar la puerta de la alta galería y a
asomarse a ella tímidamente, en pos de una explicación del fenómeno. Nada insólito
halló; el barrio reposaba inmóvil bajo la solemne bóveda; abajo zigzagueaba un carrito
y un niño gimoteaba en alguna parte. Eusebio, excluidas las tesis del Zoológico y del
vuelo perdido, consideró la de la aeronave quimérica y la de la alucinación auditiva, y
optó por esta última. El exceso de trabajo, sobre todo de trabajo sin fruto, de vueltas y
vueltas en la misma noria ineficaz, crea fantasmas. Lo mejor era acostarse, y se durmió
con atribulado sueño.
Al día siguiente, su malhumor se concretó en un artículo. Harto de escarnecer a los
escritores y a los artistas, elogiados, en cambio, por los críticos sinceros, se le ocurrió un
procedimiento que juzgó novedoso, para llevar adelante su antigua campaña
desconcertadora del público, que tanto divertía a los espíritus superficiales, y escogió
dentro de la pila de libros que aguardaban su parecer el que conceptuó más oscuro e
insulso. Lo hojeó apenas y le asignó un panegírico entusiasta. Él mismo se reía, en su
celda, en tanto aderezaba los párrafos.
Esas gárgaras ácidas le devolvieron el buen ánimo, y por la tarde prosiguió su novela.
Pero, como en otras oportunidades, pronto comprobó que su máquina de escribir, lista
para correr, retozar y campanillear si se le solicitaban malignos destrozos, progresaba con
ritmo remolón por el laberinto de la literaria aventura. Varias horas guerreó contra la
inspiración adversa, la cual se mofaba de él como él se mofaba de sus cofrades, hasta que
advirtió que se le nublaban los ojos. Entonces, como en el alba fatal, tornó a oír el aleteo
enérgico, los cadenciosos golpes. Pudieron más la curiosidad y la ira que el temor, y
volvió a salir a la galería llevando esta vez sus páginas recientes. Caminaba
tambaleándose, a causa de la visión velada, del cansancio y de la cólera, y -esto es muy
extraño- notó que sin que de su voluntad dependiese, sus brazos, sus codos, sus manos,
remedaban desmañadamente las actitudes de un pájaro a punto de emprender el vuelo.
Afuera, lo ensordeció un fragor de alas violentas, ya que en esa ocasión el estruendo no
se detuvo con su salida. Tuvo la impresión de entrar en un círculo tempestuoso,
atravesado por inmensas aves, en medio de las cuales él aleteaba también, pero
sin elevarse, sin dejar el aro angosto de la baranda. Los tumbos que daba lo proyectaron
contra los pies de las grandes estatuas, y allá su desvarío creció, pues lo acongojó la
certeza de que habían cobrado vida esas extremidades. Penosamente, alzó los
párpados y, en la indecisión de la niebla que lo arropaba y del alboroto estentóreo,
creyó distinguir que la custodia de hombres y de mujeres, que lo dominaban con su porte,
movía al compás las colosales alas de piedra. Sólo un instante permaneció Eusebio así,
agitando los codos en una parodia de gallináceo, porque acto continuo verificó que los
personajes se desprendían de sus soportes, desplegaban las plumas simétricas y se
echaban, con limpieza feliz, al aire porteño.
-¡Yo también puedo volar! -gritó Eusebio-. ¡Yo también puedo volar!
Arrojó por encima de la balaustrada las páginas, que descendieron girando, girando, y
detrás de ellas se fue, ave de tierra, ave de alas débiles, graznando, graznando, hacia el
fragor de la calle, bajo la quieta ronda de la esculturas.

1969
El retrato

A Silvina Ocampo

Entre las pocas cosas que Paolo recibió de su tío Domingo, después de que éste
murió en Londres, estaba el Retrato de un Arquitecto. La coincidencia del viaje de un
diplomático pariente facilitó el traslado, de manera que el cuadro llegó a Buenos Aires y
a la casa del barrio del Sur sin sufrir los engorros del trámite aduanero. Lo colgó Paolo
en la entrada misma, junto al arranque de la escalera, y tan bien quedaba allí, con tal
exactitud se adaptaba su severidad a aquellas penumbras y a aquellas maderas y yesos
tristes, que se dijera que el vestíbulo lo guardaba desde siempre.
El muchacho no compartía con nadie la casa que había sido de sus abuelos maternos. Su
padre y su madrastra vivían en el campo porque, luego de su segundo matrimonio, el
señor prefería eludir la conjetura de cualquier desacuerdo entre su mujer y su único
hijo; también porque los celos que lo caracterizaban le imponían alejarlos. Desde la
chacra, muy espaciadamente, le escribía a Paolo, aconsejándole que vendiera el
caserón, que se deshiciera de tanta vetustez, que tratara de ser, como él, un hombre
"actual", pero el muchacho seguía aferrado al lugar de su nacimiento, donde las
iniciales de sus abuelos, grabadas en el cristal de la puerta, testimoniaban el pasado
lujo.
De aquel lujo, casi nada sobrevivía en la casa de la calle Balcarce. Ventas y repartos
sucesivos escamotearon lo que había sido más opulento que bello, más valorado que
valioso, y solamente las viejas primas de su madre, cuando Paolo las visitaba, se
empeñaban aún en mantener intacta la leyenda de unos objetos admirables que en
realidad no habían existido nunca. Las habitaciones se fueron cerrando, y por las
cuatro o cinco que continuaban en uso, y en las que se acumulaban los residuos modestos
y rotos de tanta inventada gloria, iba y venía, de mañana, esgrimiendo un plumero inútil,
Dolores, la que ya en tiempos de los abuelos había andado por allí, cumpliendo
menesteres similares.
Paolo no salía a menudo del caserón. Le gustaba, en cambio, admitir en él a sus amigos.
Éstos eran numerosos. Traían unos a otros y poblaban los cuartos hasta muy tarde, con
voces y músicas. Les resultaba cómodo, inesperadamente, insólitamente cómodo, aquel
gran edificio que tenía por exclusivo dueño a alguien de su edad, en el cual era tan
posible conversar sobre política y literatura y oír discos, como que una pareja se atrancara
en un dormitorio vecino, para no abandonarlo sino mucho después y mucho más
tranquila. El anfitrión proveía algunas botellas; las demás eran procuradas por los
visitantes, y la casa de la calle Balcarce constituía una especie de club, cuyos miembros
declaraban ser en su mayor parte -como el propio Paolo-, vagos, indecisos alumnos de la
Facultad de Filosofía y Letras, dispuestos a la huelga, a apoderarse de aulas; a leer a
Verlaine o a Evtuchenko; a escuchar a Beethoven y a Los Beatles; a pintar en las paredes
callejeras inscripciones injuriosas contra el decano y, sobre todo, a compartir el lecho con
cuanta persona más o menos bien moldeada se cruzase en su camino.
La presencia del Retrato de un Arquitecto modificó aquel panorama. No lo hizo en
seguida, por cierto, sino por etapas, delicadamente, sin que ni Paolo ni ninguno de sus
amigos pudiese precisar dónde y cómo se empezó a desarrollar su escondida acción.
Su llegada provocó discusiones entre los que se interesaban por la historia del arte. Un
papel sucio, adherido a la añosa tela, en su lado posterior, les dio la pauta. Descifraron su
texto: École Florentine. XVI Siécle. Portrait d' un Architecte. Al día siguiente acarrearon
libros y fotografías; se instalaron en los escalones próximos; se acodaron en el barandal
de la escalera, y desde allá sometieron al lienzo a un examen tan minucioso que
cualquiera poco advertido los hubiera tomado por expertos, avanzando a veces hasta
rozar y aún arañar la pintura; retrocediendo a veces, lo que los obligaba a ascender la
gradería; entornando los párpados; frunciendo despectivamente las bocas o alzando
apreciativamente las cejas y repitiendo los nombres de artistas que sus volúmenes
consignaban y entre los cuales podía hallarse el autor del retrato: Franciabigio,
Puligo, Pontormo, Salviati, Bronzino... Se mostraban las imágenes, fundamentalmente
de jóvenes como ellos, más meditabundos que ellos, más aristocráticos también;
jóvenes que sostenían entre los dedos ahusados una pequeña escultura o una joya, y
comparaban esas efigies con la heredada por Paolo. Pero el "Arquitecto" no era un joven:
era un hombre maduro, vestido de negro, con un macizo collar de oro y un birrete de
terciopelo violeta. La barba broncínea se le volcaba sobre el pecho, dividiendo el collar.
Una transparente, enfermiza palidez, una palidez irreal, fantasmal, quizá debida a
la acción del tiempo sobre el óleo, daba a su rostro el tono de una máscara, en la que
ardían sus largos ojos verdes, oblicuos, casi orientales. Con la mano derecha alzaba un
abierto compás; la otra se apoyaba en la cadera. Evidentemente, su denominación
procedía del instrumento que, como un símbolo, lo acompañaba; pero los amigos de
Paolo, por la mera diversión de porfiar y acalorarse y matar las horas, argüían que aquel
personaje nada tenía que ver con la arquitectura.
-Es un geómetra -decía uno.
-Es un mago -afirmaba otro.
-Es un alquimista -mantenía el tercero. Y buscaban en los tiznes y tinieblas del fondo
algún rastro, alguna pincelada que traicionase el perfil de un alambique, la huella de una
letra hebraica o de un signo misterioso.
Luego subían al piso principal y olvidaban al florentino. Bebían, se besaban, hablaban de
la Facultad (más de la Facultad que de los estudios); se tumbaban en la alfombra para oír
a Vivaldi.
Había una muchacha, María Luz, una de tantas, que estaba enamorada de Paolo. Fue la
primera en dar la voz de alarma, acaso porque la afinación de los sentimientos la tornaba
más sutil.
-Esta casa -murmuró una noche- ha cambiado. Ha cambiado desde que llegó el
Arquitecto.
Paolo, que no la amaba pero que se entendía muy bien con ella sensualmente, se echó a
reír. Los demás prestaron atención.
-Esta casa -insistió María Luz- ya no es la misma.
Entonces, cada uno por su lado, los amigos se aplicaron a verificar la razón de la frase de
María Luz, examinando en la memoria o indagando en los muros los indicios de una
mudanza. Y porque era cierto, porque esa transformación se había producido o se estaba
produciendo y sólo entonces, alertados por alguien más avizor, lo advertían, o porque los
impresionó el tono de María Luz y, ficticiamente conmovidos, se hallaban
predispuestos a descubrir rarezas donde no las distinguían aún, cada uno rivalizó en decir
que, en efecto, la casa había cambiado, y a medida que lo reiteraban, la idea se aseguró
más y más en ellos.
Es arduo, tal vez imposible, explicar cómo cambiaba la casa. Súbitamente, les pareció
que se había refinado y hermoseado. No se trataba más que de una casa de fin de siglo,
una buena, honesta casa, sin duda, pero nada especial; y ahora se dijera que esa casa se
esforzaba, de algún modo arcano, por ser mejor, por superarse, como si de ella
dependiese el arte de distribuir las sombras en los ángulos, de destacar las molduras, de
hacer sonreír los vidrios. Lo señalaron los muchachos de Filosofía, torpemente,
cómicamente, jugando con las palabras, subrayando lo que consideraban una atmósfera
más cálida o la existencia de perspectivas nuevas, no reconocidas antes, en corredores y
galerías, pero como se percataban de la anormalidad de esas sensaciones y de la pujanza,
cada vez más evidente, de algo distinto, que como tal podía ser benéfico y podía ser
maléfico, una extraña desazón prevaleció sobre su burla, urgiéndolos, a poco, a callar, a
aguzar los oídos, en pos de un rumor que concretase, materialmente, lo que se hurtaba a
sus comentarios.
-La casa -volvió a hablar María Luz- se ha enamorado del Arquitecto.
Ese juicio, como es natural, quebró la tensión y los hizo reír, por extravagante, por
loco. No reían, sin embargo, cuando se despidieron de Paolo y cruzaron, al bajar la
escalera, frente al caballero pálido. Las tardes siguientes continuaron visitando a su
amigo, como si nada aconteciera, mas el tema de la singularidad de la casa se había
instalado ya entre ellos, gobernando las charlas con su obsesión. Y si bien la idea de que
la casa se había enamorado del Arquitecto era bella y propicia para estimular la
imaginación de gente joven, junto a ella fue tomando cuerpo la certidumbre de que algo
maligno resultaría de esa familiaridad con materias oscuras, acaso vedadas, porque día a
día se ahondó, inequívoca, irrefutable, la efectividad de que la casa se metamorfoseaba
y de que sus variaciones obedecían a una conciencia.
-Si el Arquitecto no es tal arquitecto sino un hechicero, como creen algunos de nosotros
-propuso el más amigo de Paolo-, también es posible que haya hechizado a la casa.
-Que la haya hechizado para que lo ame -agregó María Luz, aferrada a su idea porque
ella todo lo veía a través del amor.
Y los muchachos -uno una tarde, el otro dos o tres noches después- comenzaron a alejarse
de la casa. Las chicas se negaban a seguirlos ya a los cuartos cerrados donde habían sido
felices. Tenían miedo. El miedo se adueñó lentamente de la casa, mientras los muchachos
desaparecían, hasta que sólo María Luz e Ignacio, el íntimo, concurrieron a las vacías
habitaciones.
Paolo notaba la deserción y la comprendía. Comprendía que debía elegir entre su casa y
sus amigos; que no tenía el derecho de imponerles un lugar que, enigmáticamente,
ambiguamente, los angustiaba. Además, en su confusión, se sometía a la responsabilidad
que le exigía permanecer allí, para proteger a su casa natal, como si su presencia, tan
unida a la de estas paredes, pudiese defenderlas de un daño desconocido.
En mitad de la noche, despertaba a veces con María Luz dormida en los brazos. Tendía el
oído; escuchaba el crujir de la escalera, como si los escalones se doblasen en una
reverencia cortesana. En una ocasión estaba así, oyendo, cuando María Luz despertó y
lanzó un grito. Entonces le pareció percibir una forma, algo negro, violeta y dorado, que
escapaba.
-¡El Arquitecto! -gimió María Luz. Y él la calmó, pero el corazón le latía hasta ahogarlo.
Dolores, la criada, que cada mañana acudía a las diez para hacer la limpieza y se iba poco
después del mediodía, le llamó la atención sobre una ansiedad que no lograba esclarecer:
-En esta casa pasan cosas raras, niño Paolo. ¿No sería mejor venderla? . Y su padre,
como si presintiera la anomalía de la situación, le escribió desde la chacra sugiriéndole,
como en oportunidades anteriores, lo mismo con más énfasis. Pero Paolo no se resolvía a
separarse de su casa. La había considerado siempre como una prueba de su jerarquía,
como una suerte de ejecutoria. Perderla, trocarla por un pequeño departamento, sería
rebajarse, ceder.
Conversó sobre el tema con Ignacio, quien le planteó la otra y obvia solución del
problema, que él no se atrevía a encarar: vender el retrato. El retrato era importante, mas
nada significaba en sus vidas, a las que se había vinculado hacía escasos meses. Que se
fuera como había venido y que dejase en su lugar una oportuna cantidad de dinero. Paolo
estuvo de acuerdo y se entrevistó con monsieur Hell, el primer anticuario de la ciudad.
Horas después, seducido por el buen negocio, monsieur Hell y el Arquitecto se
enfrentaban. El francés paseó su lupa sobre la pintura, deteniéndose en tal o cual detalle:
el collar de pulidos eslabones; la blanca, breve pluma del birrete; el compás de piernas
aguzadas; los ojos verdes, desconcertantes, almendrados, tan poco europeos.
-No es del Bronzino -sentenció-, tal vez de un discípulo suyo. Fíjese en la actitud.
Recuerda el retrato de Stefano Colonna.
Continuó paseando su cristal de aumento:
-¿Quién habrá sido? -preguntó-, un arquitecto... aunque hace pensar más bien en un brujo.
¡Qué ojos! Voyez ces yeux chinois.
Convinieron la compra y decidieron que a la mañana siguiente monsieur Hell iría a
buscar el óleo en su camioneta, a las nueve, con un peón de su comercio. En cuanto
partió, Paolo experimentó un alivio innegable. ¡Vaya uno a saber de dónde había sacado
el tío Domingo, el excéntrico tío Domingo, a aquel personaje que, desde su llegada, no
había hecho más que perturbarlos, a su casa y a él! Pasó la tarde con María Luz e Ignacio
y luego se quedó solo, porque ambos asistirían a una reunión, para aprobar (siempre los
aprobaban) los móviles de una huelga, y él detestaba tal género de conciliábulos.
Esa noche la casa se le antojó más fantástica todavía que en los últimos tiempos. Y lo
curioso era que, como desde que comenzó la transfiguración, no arribaba a definir su
peculiaridad. Los muebles permanecían siendo los mismos, triviales, vanidosos, en
iguales posiciones. Encendió todas las lámparas, entre desasosegado e intrigado, y la
recorrió, abriendo hasta las partes clausuradas, para comprobar que era como si la casa
respirase de otra manera, más... más apasionada e intensa..., como si fuese un gran animal
en acecho. Y, simultáneamente, se reprodujo la sensación de que la casa se había
rejuvenecido y hermoseado, de que coqueteaba, voluptuosa, con sus luces, con sus
penumbras, con sus alfombras, con sus cortinas, con sus divanes, con sus almohadones,
pues cada pliegue y cada tallado se ahuecaba y curvaba como acatando una intención de
placer.
De repente, mientras atravesaba el comedor, suprimido cuando su padre vivía allí, creyó
ver, nuevamente, la forma furtiva, áurea, violeta y negra, que esfumaba su relámpago de
veloces matices tras el biombo. Se asomó, trémulo, a la escalera, y abajo apenas divisó el
marco barroco de la pintura, ya que la figura del hombre del compás se borraba, quizá por
una mutación irregular del juego del alumbrado, pues Paolo estaba seguro de que hasta
entonces había podido mirarlo nítidamente desde la altura. Regresó a su alcoba y tardó en
dormirse. Estrafalarias pesadillas lo acosaron. Soñó que la casa lo rodeaba y lo envolvía.
Soñó que la casa era un colosal gato gris, con ojos de vidrio, patas de seda y uñas de
acero, que lo atraía hacia su abierta boca, en la que se recortaban dos dientes filosos.
Soñó que el Arquitecto besaba esa boca. Y después soñó que le apretaban el cuello y que
se retorcía hasta morir.
A las nueve, de acuerdo con lo convenido, monsieur Hell se presentó con su peón y su
camioneta. Le sorprendió observar desde la calle la infrecuente iluminación de la casa, y
más aún, dada esa circunstancia, que nadie acudiese a abrir, pese a que hizo sonar
repetidamente la campanilla y golpeó la puerta. Se armó de paciencia y optó por
aguardar: el Portrait d' un Architecte sería suyo. Paolo le había dicho que su criada estaba
allí a las diez, y del café frontero vigiló su llegada. A la hora justa surgió Dolores y
entraron. No menos se sorprendió la anciana del derroche de luces, si bien calculó que
había habido en la casa una de las fiestungas de estudiantes que solían multiplicarse antes
de la modificación de sus costumbres y que dejaban a los cuartos disparatadamente
revueltos. Subió a despertar a su amo, y entretanto monsieur Hell se aplicó a redactar el
recibo, en el que describió la obra con prolijidad. De ello se ocupaba, en momentos en
que resonó, allá
arriba, el largo grito de la mujer. Corrieron el francés y el peón e irrumpieron en el
dormitorio de Paolo. El muchacho yacía en el lecho, desnudo, derramado el pelo sobre la
cara, con toda la traza de haber disputado su vida desesperadamente. En el cuello, dos
heridas sangraban aún. Podían haber sido provocadas por las garras de un felino, por una
mordedura honda o por un instrumento extraño, cruel, tal vez por una daga buida,
original, de doble punta, algo así como un compás. La policía no sacó en limpio ninguna
conclusión. Hubo un empleado propenso al cinematógrafo que murmuró la palabra
"vampiro", y un empleado romántico que evocó, nostálgicamente, a los pumas de su
provincia.
Monsieur Hell vendió el retrato a un museo de Alemania, demasiado pronto. Prefería no
conservarlo dentro de su tienda de antigüedades. Y en la casa de la calle Balcarce, en
seguida después de la inescrutable muerte de su dueño y de la emigración del cuadro,
antes de que el padre de Paolo ordenase la venta, sucedió algo imprevisible, como si no
bastara con lo acaecido para circundarla de un halo excepcional. La casa, que era
septuagenaria, empezó a envejecer de prisa, como si sobre ella cayesen los años y los
años, tal como antes se había remozado turbiamente. Se rajaron sus muros; se aflojaron
sus zócalos; se resquebrajaron sus molduras; saltaron sus cristales; se desprendieron los
balaustres de sus balcones. Diríase que había renunciado a vivir, que no le interesaba ya
sostenerse, codo con codo, junto a las vecinas fachadas del siglo XIX. Y una madrugada,
como otras casas antiguas de Buenos Aires, se desplomó con estrépito, tal vez
suicidándose, en medio de una espectral nube de polvo.

1970

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