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Josef Anton Bruckner (Ansfelden, 4 de septiembre de 1824 - Viena, 11 de

octubre de 1896) fue un compositor y organista austriaco.


Josef Anton Bruckner

Información personal

Nombre en
Anton Bruckner
alemán

Nacimiento 4 de septiembre de 1824


Ansfelden, Austria

Fallecimiento 11 de octubre de 1896 (72 años)


Viena, Austria

Residencia St. Florian's Priory y Viena


Nacionalidad Austríaca, Imperio
austríaco e Imperio
austrohúngaro

Religión Catolicismo

Educación

Alma máter  Universidad de Música y Arte


Dramático de Viena

Alumno de  Simon Sechter

Información profesional

Ocupación Compositor, musicólogo, teórico de


la música, profesor de
música, organista y profesor
universitario

Empleador  Universidad de Viena

Género Música clásica y sinfonía

Instrumento Órgano y órgano

Obras notables  Sinfonía n.º 3 (Bruckner)


 Sinfonía n.º 4 (Bruckner)
 Sinfonía n.º 5 (Bruckner)
 Sinfonía n.º 6 (Bruckner)
 Sinfonía n.º 7 (Bruckner)
 Sinfonía n.º 8 (Bruckner)
 Sinfonía n.º 9
 Sinfonía n.º 2
 Sinfonía n.º 0
 Sinfonía n.º 1 (Bruckner)
 Sinfonía de estudio

Distinciones  Orden de Francisco José

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Índice
BiografíaEditar
Nació en la pequeña ciudad de Ansfelden, en el norte de Austria. Su padre, que
era maestro de escuela y tocaba el órgano de la iglesia local, imbuyó a su hijo
las dos vocaciones a las que dedicaría su actividad profesional: la enseñanza y
la interpretación como organista.[1] Devoto católico, sus estudios musicales se
extendieron hasta la edad de 40 años, bajo la dirección de Simon
Sechter y Otto Kitzler. Este último lo introdujo en el universo musical de Richard
Wagner, que Bruckner estudió extensivamente desde 1863. Después de
terminar sus estudios escribió su primera obra considerada de madurez:
la Misa en re menor.
A partir de 1875 impartió armonía y contrapunto en la Universidad de Viena.
Dentro del círculo de sus adeptos en la Universidad se encontraban Hans
Rott, Hugo Wolf y Gustav Mahler, en ese entonces aún estudiantes.
La escena musical vienesa estaba polarizada por los partidarios del estilo
musical de Richard Wagner y los que preferían la música de Johannes Brahms.
Al dedicar a Wagner su Tercera Sinfonía, Bruckner se ubicó sin desearlo en
uno de los dos bandos. El crítico musical Eduard Hanslick, líder de la corriente
conservadora, escogió a Bruckner como blanco de su ira antiwagneriana al
calificar esta sinfonía como "si la Novena de Beethoven y la Walkiria de
Wagner se mezclaran, y la primera acabara pisoteada por los cascos de
los caballos de la segunda".
A pesar de todo, Bruckner tenía partidarios, entre los que se contaban famosos
directores de orquesta como Arthur Nikisch y Franz Schalk, que intentaban
constantemente acercar su música al público. Con este buen propósito
propusieron al maestro gran cantidad de modificaciones a sus obras para hacer
su música más aceptable al público. El carácter retraído de Bruckner hizo que
consintiera en realizar algunos cambios, aunque se cercioró de conservar sus
manuscritos originales, seguro de su validez. Estos fueron posteriormente
legados a la Biblioteca Nacional de Viena.
Otra prueba de la confianza de Bruckner en su capacidad artística es el hecho
que él a menudo comenzaba el trabajo en una nueva sinfonía pocos días
después de acabar la anterior. Además de sus sinfonías, Bruckner
escribió misas, motetes, y otras obras corales sacras.
Aunque Bruckner era un organista renombrado en su tiempo, impresionando a
audiencias en Francia e Inglaterra con sus improvisaciones, no compuso
ninguna obra importante para este instrumento (aunque sí compuso varias
obras menores y escribió algunas transcripciones al órgano de sus sinfonías).
Sus sesiones de improvisación le proporcionaron a veces ideas que
desarrollaría posteriormente en sus sinfonías.
El gran éxito del estreno de su Séptima
Sinfonía en Leipzig en 1884 proporcionó finalmente a Bruckner el
reconocimiento público que se le había negado hasta entonces. Según el
propio Bruckner, encontró la inspiración para componer el tema principal
del Adagio al saber que Wagner, su amado maestro, estaba agonizando, e
incluyó por primera vez en su orquestación unas tubas wagnerianas para
entonar el lamento fúnebre con el que concluye la pieza.[2]
No obstante, Bruckner vuelve a tener un serio contratiempo al preparar el
estreno de su Octava Sinfonía, cuando el director de la orquesta, Hermann
Levi, le devuelve la partitura con numerosas correcciones y críticas.
Apesadumbrado, el maestro emprende una revisión general de la obra, que es
finalmente estrenada, en esta segunda versión, por Hans Richteren Viena
en 1892, con un éxito notable. Posiblemente afectado por el rechazo de la
primera versión, Bruckner lleva a cabo una revisión exhaustiva de otras
sinfonías anteriores, al tiempo que avanza lentamente en la composición de
su Novena Sinfonía, que quedará finalmente inacabada.
Al final de su vida, Bruckner recibió diversos reconocimientos oficiales, entre
los que destacan la condecoración con la Orden de Francisco José en 1886 y
su nombramiento como doctor honoris causa por la Universidad de Viena
en 1891.
La vida del maestro se apaga en Viena el 11 de octubre de 1896. Sus restos
reposan en la entrada de la iglesia de San Florián, justo debajo del gran
órgano.

ObraEditar

Anton Bruckner (Retrato por Josef Büche).

La obra de Anton Bruckner se concentra primordialmente en obras


sinfónicas y música religiosa. Durante su vida también destacó en sus
interpretaciones e improvisaciones con órgano, la mayoría de las cuales no
fueron transcritas y, por tanto, no se han conservado. Su música, imbuida de
una intensa religiosidad, busca la perfección formal al tiempo que quiere ser un
gran himno de alabanza al Dios en el que creía fervientemente (y a quien
dedicó incluso su última obra, la Novena sinfonía). En los países latinos su obra
es relativamente poco conocida, aunque es programada de forma cada vez
más frecuente, pero en los países germánicos goza de un gran reconocimiento
y se le considera como uno de los mayores compositores de la Historia.
Sus sinfonías constituyen una síntesis entre la armonía romántica y la tradición
contrapuntística. En ellas Bruckner recoge las conquistas armónicas e
instrumentales de su admirado Wagner, introduciendo con frecuencia pasajes
de gran cromatismo, con otros más reposados de colores sobrios. El
procedimiento de desarrollo del discurso musical, centrado en el contrapunto,
tiene poco que ver con la variación continua manejada por Wagner y su técnica
del leitmotiv.
Los aspectos estructurales de las sinfonías brucknerianas se aproximan al
modelo de Schubert. Bruckner no renuncia al empleo de la forma sonata o a la
tonalidad básica en las secciones principales y sus movimientos adquieren
largas dimensiones. Estas grandes duraciones se basan en la presencia de
tres temas, extensamente desarrollados desde su presentación, con tempi casi
siempre lentos o reposados incluso en los scherzos de transición. La densidad
formal contrapone momentos de clímax muy potentes a otros de gran lirismo,
asociados principalmente a la belleza de las melodías. Su orquestación se
caracteriza por la alternancia de las distintas familias instrumentales, un poco
como el timbre de su propio instrumento, el órgano. Por otro lado Bruckner irá
ampliando progresivamente la plantilla orquestal a lo largo de su trayectoria,
hasta alcanzar dimensiones wagnerianas, pero con una sonoridad muy
distinta.[3]
Entre las interpretaciones integrales de sus sinfonías destacan las de cuatro
directores muy diferentes, pero que se han convertido con el tiempo en las
versiones de referencia de estas obras. En primer lugar hay que destacar los
dos ciclos grabados por Eugen Jochum, el primero con la Filarmónica de
Berlín i con la Orquesta de la Radio Bávara y el segundo con la Staatskappelle
de Dresde, que han quedado como la interpretación clásica tradicional por
excelencia de estas sinfonías y que gozan de la característica solidez de las
interpretaciones de Jochum.
La segunda es la integral de Herbert von Karajan con la Filarmónica de Berlín,
en la que destacan las versiones de la séptima y la octava (de hecho la séptima
fue la obra que interpretó en su último concierto). El estilo de Karajan se
adaptaba muy bien a las características de las obras de Bruckner permitiéndole
brillar en los momentos de intensidad y plenitud orquestal y a la vez, con su
tendencia a acentuar los contrastes, aportar luminosidad a obras que pueden
resultar monótonas al oyente.
La tercera integral que es quizá la considerada como la más perfecta, es la
de Sergiu Celibidache con la Filarmónica de Múnich. Es conocida la obsesión
de Celibidache por la obra de Bruckner, que interpretó sin cesar a lo largo de
su carrera. Las grabaciones más difundidas están realizadas en directo en
conciertos de la Filarmónica de Múnich en sus últimos años y reflejan una
comunión total entre el autor y el director intérprete, que modula la obra a su
manera, alargado los tempi como acostumbraba y acentuando la expresividad
de los desarrollos. Estas grabaciones son reconocidas como una de las
cumbres de la interpretación sinfónica registradas.
Finalmente hay que destacar las interpretaciones del ciclo del maestro Gunter
Wand, otro director especialista en Bruckner. Tanto su integral de 1989 con
la Orquesta de la Radio de Hamburgo como sus versiones de los año 90, de
las sinfonías 4, 5, 6, 7, 8 y 9 con la Filarmónica de Berlín rayan a una gran
altura. Retomando una lectura más clásica del compositor pero cuidando todos
los detalles, especialmente los tímbricos y las transiciones rítmicas, consigue
unas versiones de gran belleza que quizá alcanzan su culminación en la
interpretación de la octava sinfonía grabada en directo en la catedral
de Lübeck.