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Calendario.

Los calendarios se burlan de mí, juegan conmigo, me hacen consciente de cuán frágil
es la vida, de cuán fácil se marchitan los años cada vez que lo veo reiniciar su conteo
regresivo para empezar lo que muchos llaman un “año nuevo”.
A mí me parece que es un engaño eso de “año nuevo”, pues al pasar la navidad nos toca
recoger las fuerzas para seguir trabajando, quizá más duro. Recoger la mochila de
grandes esfuerzos para sacar los hijos adelante. Buscar el reloj con alarmas para que
nos robe las dichas de soñar hasta tarde y tener que levantarnos aún sin que salga el
sol. El trote de la vida reaparece. La congestión en la ciudad empeora. Los problemas
en verdad nunca se fueron, sencillamente los ignoramos por algunos ​diitas.
Sin embargo muchos insisten: este es un “año nuevo”. Y esa ilusión no se las voy a
robar, es más, la apoyo. En este sentido he venido reflexionando, en el hecho de trazar
unas cuantas metas que me propongo alcanzar en tanto un calendario me dice que
estamos en el año 2018.
A decir verdad no sé cuánto dura un año nuevo. No sé si lo nuevo dura sólo el mes de
Enero o si “año nuevo” es hasta Marzo o Abril; por eso no hablaré de metas para el
“año nuevo”, prefiero decir metas para alcanzar durante el 2018, si la bondad de Dios
nos concede vida. Algunas de mis metas personales las compartiré con Uds. Esta
oportunidad en clave de recomendaciones pastorales. Insisto: recomendaciones
pastorales. Si considera que estas recomendaciones pueden serte útil, pues toma nota.

1. No dejes de creer en Jesucristo aún cuando la existencia parezca un


laberinto sin salida.
Para algunos de los presentes el año 2017 fue un año de luces y sombras. Quizá algunas
derrotas en el camino como también unos cuántos triunfos; de aquellos que se pueden
contar en los dedos de una mano. Nuestra fe sobre altibajos incontrolables, como si
viajase en un vagón de montaña rusa. ¿Te pasó así también?

¿Creer en Jesucristo? A veces parece absurdo que se le pida a una iglesia cristiana que
tenga fe - se supone que ya la tiene-, pero me he dado cuenta que uno de los vacíos más
grandes de la Iglesia en el siglo XXI es el de la fe. En este sentido nos volvimos pobres.
Vaciamos nuestros corazones de lo más hermoso, la fe, quizá para con vergonzosa
tontería llenarlo de miedos y dudas.

De labios decimos que para Dios nada es imposible, pero nuestros corazones
contemplan un dios que todo le queda grande, porque como las cosas no suceden tal
cual las quiero, las pido o las espero; entonces me hago la imagen de un dios

1
impotente. Ejemplo. Como no sanó mi enfermedad, entonces Dios no todo lo puede.
Como Dios no me dio el dinero que pedí, entonces a Dios le quedó grande proveer.
Como Dios no hizo un milagro antes de mi divorcio, entonces Dios no es capaz de
restaurar una familia. Como Dios no me ayudó en pasar a la U, él no tiene el control de
todas las cosas.
En mi imaginación construyo el rostro de un dios a la luz de mi experiencia y no a la
luz de las Escrituras. Al fin y al cabo, ¿cómo confiar en un dios que yo me vengo
inventando hace meses? Quizá años. Esos dioses o cristos elaborados por nuestras
imaginaciones religiosas no son confiables. Son un desastre.

Jesucristo es Dios. Punto. Nosotros como cristianos en proceso de cristianización


anhelamos al verdadero Dios, Aquel que se nos ha dado a conocer por medio de las
Escrituras. Deseamos al verdadero Jesucristo. Queremos creer en él como dice la
Escritura. Queremos creer en él porque lo necesitamos urgentemente. Precisamos de
una fe pequeña como la semilla de mostaza pero inquebrantable como el Peñol. Una fe
sencilla pero poderosa. Una fe humilde pero fuerte. Una fe bíblica sin legalismos ni
prejuicios religiosos. Una fe como la de Jesús.

¿Qué es fe?
“La fe del Nuevo Testamento es la respuesta del hombre a la revelación de Dios en
Jesucristo. Esa fe es la participación en la vida de Dios, es la experiencia de la vida de
Dios en nosotros, que permite vernos a nosotros mismos, y a la realidad que nos rodea,
como si lo hiciéramos con los ojos del Señor. Es adherirse a la persona de Cristo, de
nuestro maestro, Señor y amigo; es apoyarse en Cristo, en esa roca infalible de nuestra
salvación, y abandonarse a su infinito poder y a su amor ilimitado. Ante la impotencia
humana, la fe se convierte en una búsqueda incesante de la inagotable misericordia de
Dios, y en la actitud de espera de que todo nos llegue de él.”1
Sugiero que este año nos encaminemos en una fe verdadera en el Dios verdadero.

2. Persista en orar al Padre aún cuando sientas que el cielo está cerrado
para ti.
¿Qué pasaría si orásemos con más fervor e insistencia?
¿De qué nos hemos perdido por no orar así?
La oración y la fe van de la mano. Quien duda no encontrará sentido para orar. Quien
no ora es precisamente porque duda.

1
Tadeusz Dajcer. Meditaciones sobre la fe, p.11
2
Muchas son las personas y las veces que nos desanimamos en la oración. Tal vez
porque no sabemos orar. Tal vez porque sentimos que nuestras oraciones son
monótonas. Quizá porque nos sentimos algo tontos, pues pensamos que estamos
hablando solos. Nos desanimamos porque sentimos que el cielo está cerrado para
nosotros.

En algún momento los profetas exhortaron al pueblo de Israel y le dijeron: “no es por
vista, es por fe”. Esa misma exhortación nos es precisa hoy con una leve modificación:
“no es por sentimientos, es por fe”. Sé que muchos son los sentimientos que aparecen,
otros desvanecen cuando oramos. Sin menospreciar todos nuestros sentimientos
mantenga presente esto: a la hora de orar pesa más la fe. Puedes sentir que Dios te
ignora, pero puedes estar seguro que Dios te oye.

3. Abraza siempre la Biblia. En ella está la voz de Dios.


La Iglesia cristiana evangélica protestante se caracterizó e identificó con las Escrituras.
Abramos la Biblia como el libro de Dios. Abrazamos su contenido como todo el
fundamento de nuestra fe. Actualmente se desploma su relevancia en la vida de los
creyentes. Hoy, se desploma su relevancia en los cultos evangélicos, pues en lugar de
exposición de la Palabra tenemos dos horas de entretenimiento. Ignoramos su
contenido y nos pasará -si seguimos así- como advirtieron los profetas: “mi pueblo
perece porque le falta conocimiento”.

Estas palabras me tienen inquieto hace algunos meses, me han hecho reflexionar en el
principio sacramental de la Escritura. Me explico: sacramento, entre otras, es la
presencia de Dios por medio de un símbolo, un medio de gracia. Reconocemos como
sacramentos el bautismo y la santa cena. En ellos hacemos visibles y presentes la
gracia de Dios y al Dios de la gracia. Ahora, ¿quién puede negar la presencia de Dios en
la Palabra divina? ¿A caso no se hace presente en la Palabra de Dios el Dios de la
Palabra?
Graba estas palabras con oro sobre tu corazón: “la Sagrada Escritura no es solamente
«algo», sino, ante todo, es «alguien». Cristo, vive y está presente en la Sagrada
Escritura.”2

“En la Sagrada Escritura encuentras a tu Señor, y por eso, tu contacto con la Palabra
revelada tiene una importancia singular: es el contacto con Dios, que te ama y que
desea influir en ti con su gracia. Es el contacto que te conduce hacia la conversión

2
Ibid
3
interior, y ese es su principal objetivo. ...deberías aprovechar esa forma de contacto
con Dios, esperando que él influya en ti, que te dé la gracia de la conversión.”3

4. Permanezca en el camino de la santidad. Vale la pena.


La santidad es un tema que nos causa chocancia. Las comunidades cristianas,
pareciera, perdemos cada día más el interés por vivir la santidad. Y de hecho, no estoy
seguro si sabemos eso qué es. Qué significa.
Por muchos años la santidad fue “misión imposible”, pues nos enseñaron una
religiosidad amargada en una extensa lista de exigencias vanas, superficiales pero no
tocaban las fibras del corazón. S. Pablo lo advirtió de esta manera a los Colosenses:
20 Si con Cristo ustedes han muerto a los principios de este mundo, ¿por qué,
como si vivieran en el mundo, se someten a sus preceptos? 21 Les dicen: «No
tomes eso en tus manos, no pruebes aquello, y ni siquiera lo toques.» 22 Esos
preceptos se ciñen a mandamientos y doctrinas humanas, y todas ellas son cosas
que se destruyen con el uso. 23 Sin duda, tales cosas pueden parecer sabias en
cuanto a la religiosidad sumisa y el duro trato del cuerpo, pero no tienen ningún
valor contra los apetitos humanos (2.20-23).
El legalismo sólo nos lleva a tratar duro al cuerpo, lo cual no es necesario ni relevante
ni trascendental en lo que respecta la salvación. Sólo sirve para una falsa apariencia de
piedad.

La santidad es vivir cada día como vivió Jesús. Santidad es vivir aquí y ahora mismo
como si viviésemos en el cielo. La santidad consiste en estar plenamente satisfecho en
Dios.
Me fascina la imagen que transmite el profeta Isaías de la santidad en el cap. 35.8: ​Allí
habrá un camino empedrado, que será llamado «Camino de Santidad». No pasará
por allí nada impuro, porque Dios mismo estará con ellos. Si alguien pasa por este
camino, no se extraviará, por más torpe que sea.

La santidad es un trabajo en equipo con Dios. Sí. Por un lado, Dios es santo y sólo él
santifica. Sólo él puede borrar las manchas profundas y oscuras que el pecado plasma
en el alma humana. Si nuestros pecados son rojos como el carmesí, Dios dejará nuestra
alma como la blanca nieve. Sin relegar esta verdad innegociable, por otro lado, Dios
nos demanda santidad. Es decir, hay asuntos en nuestros corazones que debemos
tratarlos nosotros mismos. Dios nos santifica. Ud. también santifíquese.
Esté siempre plenamente satisfecho en Dios.

3
Ibid
4
5. Ama siempre a tu familia
Este consejo parece obvio pero no lo es. El siglo XXI se viene caracterizando por el
des-amor, especialmente a la familia. Escucha bien, la mejor manera de amar se llama
tiempo. Y tiempo es lo que más le estamos negando a nuestro matrimonio, a nuestros
hijos, a nuestros padres, a nuestros hermanos.
Timothy Keller en su libro “Dioses que fallan” dice,
Nuestra sociedad contemporánea, en su esencia, no es distinta de las antiguas.
Cada cultura está dominada por su propio conjunto de ídolos. Cada una tiene
sus “sacerdocios”, sus tótems y sus rituales. Cada una tiene sus santuarios
(pueden ser complejos de oficinas, spas y gimnasios, estudios o estadios) donde
hay que presentar sacrificios para obtener las bendiciones de la buena vida y
eludir las catástrofes. ¿Qué son los dioses de la belleza, el poder, el dinero y el
éxito sino aquellas mismas cosas que han asumido unas proporciones míticas en
nuestras vidas individuales y en nuestras sociedades? Es posible que no nos
arrodillemos físicamente ante la estatua de Afrodita, pero hoy día son muchas
las jóvenes que caen en depresiones y en trastornos alimentarios porque sienten
una preocupación desmedida por su imagen física. Seguramente, no
encendemos incienso para Artemisa, pero, cuando el dinero y la carrera
profesional alcanzan dimensiones cósmicas, realizamos una especie de sacrificio
de niños, olvidando a la familia y a la comunidad para alcanzar un estrato
empresarial superior y obtener más dinero y prestigio.

¡Sacrificamos niños! Esa es nuestra moda actual. Tenemos hijos, luego los arrojamos
en manos de abuelos o nodrizas o niñeras o guarderías o lo que sea, con tal de que no
estorbe en nuestros proyectos de ascender, alcanzar alturas, engordar las cuentas del
banco o lo que sea.
Estamos amando más el dinero que la familia. Estamos amando más las propiedades
que a la familia. Estamos amando más nuestros egos que a nuestras familias. Estamos
amando más las empresas que a nuestras propias familias.
Propuesta 2018: ¿y si amamos más a nuestra familia?

6. Diviértete
Mi última recomendación es igual de espiritual que la oración: diviértete.
Canta. Corre. Juega. Grita. Ríe. Viaja. Come. Besa. Abraza. Ayuda. Camina. Sueña.
Escribe. Lee. Escucha. Ora. Piensa. Inventa. Aprende. Esfuérzate. Ama. Perdona.
Comparte. Pinta. Llora. Descansa.

5
El predicador escribe unas palabras muy bellas en el libro Eclesiastés, cito estas:
“​Alégrate, joven; aprovecha tu juventud. Bríndale placer a tu corazón mientras dure tu
adolescencia​” (11.9). Estas no son ironías, son recomendaciones sinceras del
predicador: alégrate, aprovecha, bríndale placer a tu corazón. ¡Esto es hermoso! ¡Muy
hermoso! El problema es nuestro, y está muy mal: confundimos la alegría juvenil, el
aprovechar los años mosos, brindarle placer al corazón con el pecado. El predicador
del Eclesiastés no está induciendo al pecado su público joven; por el contrario, lo está
motivando a la alegría, a que aproveche que es joven, a que viva placenteramente.
Nada de esto tiene que ver con el pecado.

Ahora bien, la diversión, el placer de la vida no es exclusividad de la comunidad joven;


es para todos. Todos debemos divertirnos. Darle placer al corazón.
Esta es una insistencia de Robert Hotchkins de la universidad de Chicago:
Los cristianos debiéramos celebrar constantemente. Las fiestas, los banquetes y
la alegría deberían ser nuestra mayor ocupación. Debiéramos entregarnos a
verdaderas orgías de gozo porque hemos sido liberados del miedo a la vida y del
miedo a la muerte. Debiéramos atraer a la gente a la iglesia literalmente, por la
diversión que significa ser cristiano.

La vida cristiana no se trata de llenar un costal con amarguras santas. Teresa de Ávila
decía: “De las tontas devociones y los santos de agrio rostro, líbranos Señor.”
En algunos círculos religiosos de la cristiandad se ha enseñado que la alegría, la
diversión, el placer es del diablo. Pero hoy les tengo buenas noticias: la alegría, la
diversión y el placer son de Dios.
Este mismo predicador del Eclesiastés dijo: “todo tiene su tiempo”. Bueno, hay tiempo
para divertirte. Cuando sea tiempo, sencillamente hazlo. Vé y diviértete.

Concluiré este abanico de recomendaciones pastorales con la misma conclusión del


predicador eclesiástico. Dice así:
Todo este discurso termina en lo siguiente: Teme a Dios, y cumple sus mandamientos.
Eso es el todo del hombre. 14 Por lo demás, Dios habrá de juzgar toda obra, buena o
mala, junto con toda acción encubierta (Ecl. 12.13-14).