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El Estado como categoría de la crítica marxista de la economía política: el debate

sobre la “derivación”

José Luis Solís González1

La escuela de la "derivación" del Estado y sus debates

La escuela de la "derivación" se desarrolló en Alemania en la década de 1970 y recibió


un cierto eco en Gran Bretaña, con la obra de John Holloway y Sol Picciotto (1978), así como
en Francia con los trabajos de Pierre Salama y Gilberto Mathias (1983) y P. Salama (1979).
Ella se inspira de la lectura de El Capital de Marx, de las obras de Evgeny Pasukanis (1970),
de las interpretaciones de la teoría del valor realizadas por Roman Rosdolski (1978) e Isaak
Roubine (1977); tres marxistas soviéticos "heterodoxos" de los años 1920-1930. Esta
“escuela” se opone a las interpretaciones gramsciana, poulantzciana2 e incluso al enfoque en
términos de capitalismo monopolista de Estado (CME)3 del Partido Comunista Francés.
Posteriormente el debate sobre el Estado perdió gradualmente su importancia, dejando a
menudo su lugar a interpretaciones descriptivas e incluso funcionalistas. De acuerdo a estas
últimas, el funcionamiento del Estado se entiende fundamentalmente en términos del ejercicio
instrumental del poder por personas situadas en posiciones estratégicas, ya sea directamente a
través de la manipulación de las políticas públicas o indirectamente por medio de la presión
sobre el gobierno.

De acuerdo con el enfoque de la “derivación”, la sociedad se presenta escindida en dos


esferas aparentemente autónomas: lo económico y lo político. Este "particularización"
(Besonderung) de lo social significa que los conflictos de clase aparecen simultáneamente
bajo formas distintas: como relaciones "económicas" -en la esfera de la "sociedad civil"-, y
como relaciones "políticas" -en la esfera del Estado- (Holloway & Picciotto, 1978: 12-18).
Esta separación constituye una "falsa apariencia" que debe explicarse derivándola de la
estructura de base de la sociedad capitalista.

El Estado como categoría de la crítica marxista de la economía política

El problema no es entonces "derivar" lo político de lo económico, sino explicar por


qué, en el modo de producción capitalista, las relaciones sociales aparecen simultáneamente
bajo formas "económicas" (mercancía, valor, dinero, capital) y bajo la forma de Estado. El
supuesto es que el Estado, así como las categorías de mercancía, valor, dinero y capital, es
una forma específica asumida por las relaciones sociales capitalistas, una forma discreta de
existencia de la propia sociedad mercantil-capitalista (Holloway, 1980: 9). Por consiguiente,
entre el Estado y el capital existe una relación interna y necesaria expresada en la superficie
de la sociedad como una relación de exterioridad y contingencia. Esta relación dialéctica, esta

1
Economista mexicano. jlsolisg@gmail.com
2
Ver el Anexo sobre Antonio Gramsci y Nicos Poulantzas, infra: pp. 16-17.
3
Para los teóricos del CME, a medida que avanza la acumulación monopolista del capital, se asiste a un proceso
de fusión entre el Estado y los monopolios, bajo el dictado de estos últimos. Hay así en esta teoría una tendencia
a borrar la línea de demarcación entre el Estado y el capital, los cuales parecen moverse al interior de un sistema
cerrado, dotado de una validez y de una eficacia objetiva. Ver Negri (1977: 377).

1
unidad-en-la-separación que caracteriza la relación entre el Estado y el capital, tiene sus
raíces en la propia naturaleza de las relaciones sociales capitalistas y, por lo tanto, debe ser
deducida de estas.

Desde este punto de vista, El Capital y los Grundrisse no representan (como lo han
pretendido, por ejemplo, los althusserianos) la teoría del "nivel económico" del modo de
producción capitalista, sino más bien "... una crítica materialista de la economía política. (...)
Por lo tanto, las categorías desarrolladas en El Capital (plusvalía, acumulación, etc.) se
consideran no como categorías específicas para el análisis del „nivel económico‟, sino como
categorías histórico-materialistas desarrolladas para iluminar la estructura del conflicto de
clases en la sociedad capitalista, así como las formas y concepciones (económicas o de algún
otro tipo) producidas por esta estructura" (Holloway & Picciotto, 1978: 4).

Por tanto, el Estado es concebido como una categoría de la crítica marxista de la


economía política, cuyo análisis debe ser construido con la ayuda del repertorio de categorías
y de la metodología existente en El Capital. Esto no constituye una visión economicista del
Estado y de la política, sino por el contrario; se trata de superar el aspecto ilusorio de la
"particularización" del Estado indicada anteriormente.

Por otra parte, en sus manifestaciones externas estas formas de las relaciones sociales
aparecen, de inicio, sin ninguna conexión orgánica entre ellas. El dinero parece ser exterior a
la mercancía, lo mismo que el capital con relación a la mercancía y al dinero. Es por esto que
Marx no sólo critica cada categoría de la economía burguesa de forma aislada, sino que
además establece sus conexiones internas. A partir de la mercancía, la forma social más
elemental de los productos del trabajo (Marx, 1977a: 41), deriva lógicamente las otras formas
de la relación social capitalista (valor, dinero, capital, etc.); cada forma surge como el
resultado necesario del despliegue de las contradicciones contenidas en la forma anterior. En
este sentido: "... el análisis que hace Marx del capitalismo en El capital puede describirse
como una „ciencia de las formas‟, un análisis y una crítica de ese „mundo encantado e
invertido' (Marx) de formas sin conexión, una crítica dirigida no solamente a develar el
contenido, sino a descubrir la génesis de estas formas y sus conexiones internas" ( Holloway,
1980: 12).

Así, el Estado aparece en la sociedad burguesa como un aparato de poder público e


impersonal, desligado ("al lado y afuera") de la sociedad (Marx y Engels, 1976: 73). Este
enfoque de la derivación no se limitó a analizar lo que subyace detrás de esta apariencia (es
decir, el "contenido" o la naturaleza capitalista de clase de la forma-Estado). Trató de
explicarla, por medio de una deducción lógica, a partir de las contradicciones de la sociedad
capitalista. Dos problemas a continuación aparecen: En primer lugar, ¿cómo establecer la
necesidad objetiva de la existencia de la forma-Estado o, dicho de otra manera, por qué el
Estado es un momento necesario de las relaciones capitalistas de producción, cuya
reproducción no se puede efectuar sin él? En segundo lugar, y en estrecha relación con el
punto anterior, pero que constituye un diferente problema; ¿qué es lo que permite que el
Estado capitalista pueda aparecer como un aparato de poder público por encima de la
sociedad, sin conexión evidente con el derecho de disposición de los medios de producción?
¿Por qué la dominación de clase reviste un rostro anónimamente político e impersonal en el
Estado? ¿Por qué la sociedad burguesa asume esta forma particular, al lado de las formas
"económicas" y de dónde viene esta necesidad?

2
Esta pregunta fundamental, que Pasukanis (1970: 128) será el primero en formularla
explícita y claramente, va a experimentar a lo largo del debate varias respuestas, las que sin
duda determinan la manera de abordar las cuestiones relacionadas con las funciones del
Estado y los límites de la intervención estatal. En última instancia, las diferentes corrientes
que surgieron del debate pueden agruparse de acuerdo al fundamento lógico que proporcionan
sobre la necesidad de la forma Estado y de la "fuente" específica de su deducción (es decir, a
partir de qué nivel en el encadenamiento de las categorías se sitúa el punto de partida de la
"derivación" del Estado). Un problema relativamente descuidado en el debate se refiere a la
posibilidad de pensar al Estado como una entidad situada al lado de la sociedad, cuestión
relacionada con fetichismo de la mercancía y sobre la que volveremos.

Primera aproximación: el Estado como la "institucionalización" de los intereses generales


de los capitalistas

Un primer grupo de contribuciones funda la necesidad del Estado en la naturaleza de


las relaciones existentes entre los capitales numerosos. Dado que el capital no existe que bajo
la forma de capitales individuales orientados por la búsqueda de la ganancia y en constante
competencia entre sí, se impone la necesidad de una instancia extra-económica no sometida a
las limitaciones de los capitales individuales, de manera que pueda asegurar la reproducción
del capital social en su conjunto. Aunque la cohesión social se lleva a cabo, en sus aspectos
fundamentales, gracias a la propia ley del valor, subsiste siempre un "déficit" de ciertas
funciones sociales necesarias para la reproducción general del sistema -que pueden ser
comprendidas bajo el término genérico de "condiciones generales de la producción y
reproducción social"- que no son espontáneamente aseguradas por los mecanismos de
mercado.

El Estado, en esta versión de la "derivación", aparece como el garante de estas


condiciones, constituyendo una especie de "institucionalización" de los intereses generales de
los capitalistas, capaz de paliar sus deficiencias. La existencia del capital en tanto que capital
total, no puede explicarse solamente a partir de las relaciones entre las diversas unidades
particulares del capital (es decir, no puede consumarse por la sola competencia entre los
capitales numerosos), sino que se requiere de una institución especial, más allá de los límites
de los capitales individuales, para satisfacer algunas necesidades inmanentes de la
reproducción social descuidadas por éstos. El Estado se convierte entonces en un elemento
orgánico de la reproducción del capital social global, cuya forma como una instancia separada
del proceso de producción/circulación de mercancías constituye la condición de su
redespliegue dentro de este proceso. El Estado es, por lo tanto, una parte integral, constitutiva,
de la relación capitalista, siendo a la vez un elemento no-capitalista (Altvater, 1975: 142). Es
en este sentido que se debe interpretar, según los defensores de esta corriente, la figura
engelsiana del "capitalista colectivo en idea" (Engels, 1970: 315).

Entre las contribuciones más importantes de esta corriente, se destacan las de Elmar
Altvater (1975), Dieter Läpple (1973), Christel Neusüss y Wolfgang Müller (1978), así como
la de Bernhard Blanke, Ulrich Jürgens y Hans Kastendiek (1978). En general, dichas
contribuciones difieren entre sí en la manera de definir las "condiciones generales” de la
reproducción social. Así, Altvater hace hincapié en las condiciones materiales externas a las
unidades de producción (infraestructura productiva, en particular), consideradas por él como
la causa fundamental de la autonomización del Estado. Läpple, Blanke et al, fundamentan la
necesidad del Estado en su papel de garante de los principios de propiedad y de libre
contratación a nivel de las relaciones de mercado, teniendo por función la regulación de las

3
relaciones entre los propietarios de mercancías por medio de la ley y la gestión monetaria.
Neusüss y Müller derivan esta necesidad de la incapacidad de los capitalistas individuales
para asegurar la reproducción de la fuerza de trabajo la cual, según ellos, tiende a ser
destruida por la voracidad del capital: el "Estado del Bienestar" garantizaría (por medio de sus
gastos “sociales”) esta reproducción, que es la base misma de existencia del capital, al tiempo
que proporciona la base material para el reformismo y el consenso social.

Más allá de los aspectos particulares específicos de cada una de estas contribuciones,
las mismas muestran un sustrato común que no alcanza a desprenderse de los enfoques
tradicionales. En primer lugar, este enfoque revela una marcada tendencia hacia el
funcionalismo. En efecto, son las necesidades de la acumulación de capital las que imponen
la necesidad del Estado y que fundan su existencia. Estas necesidades, bajo forma de
"condiciones generales de la producción", determinan supuestamente la necesidad objetiva de
ciertas funciones sociales que deben ser aseguradas por el Estado. Pero al hacerlo, el Estado
aparece como lanzado “en paracaídas” desde el exterior, a través de estas funciones
deficitarias que no pueden ser realizadas por los propios capitales individuales.

El Estado se define así por sus funciones, las que representan su "razón de ser". A la
inversa del análisis marxista, la forma se deriva de la función. Sin embargo, la relación de
externalidad presupuesta entre el Estado y el capital, característica de los análisis
tradicionales, se mantiene sin cambios en este enfoque, desde el momento en que no se
introduce al Estado en el análisis más que ex post, para remediar las carencias y deficiencias
que ocurren durante el proceso de acumulación. Al mismo tiempo, se supone que el Estado
puede efectivamente llevar a cabo dichas funciones, atribuyéndole a priori la capacidad de
actuar en esa dirección. Así, el Estado reviste el carácter de un "Deus ex machina" (Salama,
1979).

Este análisis sitúa su punto de partida a nivel de las relaciones contradictorias entre los
capitales numerosos, o entre los propietarios de mercancías, y no a nivel de la relación social
fundamental de la sociedad burguesa, es decir, de la relación antagónica entre el trabajo
asalariado y el capital. Esto tiene dos consecuencias importantes. La primera es que se pasa
por alto la naturaleza represiva de clase del Estado, privilegiando en cambio sus aspectos
técnicos y administrativos (Holloway & Picciotto, 1978: 21-22). Sin embargo, no hay que
olvidar que el savoir faire ("know-how" en inglés) administrativo y las funciones
históricamente realizadas por el Estado son el producto objetivo de la evolución del
antagonismo entre el trabajo asalariado y el capital, a través de la mediación de la forma del
Estado como aparato separado de la sociedad. Por lo tanto, la forma y las funciones del
Estado deben definirse primero con respecto a esta relación social entre el trabajo y el capital
que funda la especificidad histórica de la sociedad burguesa, y ser entendidos en consecuencia
como expresiones de la dominación de clase propiamente capitalista.

La dimensión histórica del análisis se pierde, ya que no se parte del antagonismo


social que especifica la sociedad capitalista. Esto se manifiesta en la tendencia a concebir el
análisis de la forma como algo puramente lógico, añadiendo en todo caso algunos datos
empíricos para supuestamente darle una dimensión histórica (Holloway & Picciotto, 1978:
22). Sin embargo, esta dicotomía va en contra del método de Marx, para quien las categorías
lógicas son al mismo tiempo históricas, siempre y cuando sean la expresión (intelectual)
efectiva de formas históricamente determinadas de relaciones sociales establecidas en la
producción/reproducción de la vida material de los hombres.

4
Por último, esta versión de la “derivación”, al contemplar al Estado como un
“garante”, no proporciona una respuesta adecuada al problema de los límites de la
intervención estatal. En Altvater, por ejemplo, el Estado puede ser la forma específica que
expresa los intereses generales del capital, dado que no está sometido a las exigencias de su
valorización. Los límites de la intervención del Estado se establecen entonces en relación al
"buen funcionamiento" de la ley del valor: el Estado intervendrá en las áreas donde la lógica
de las relaciones capitalistas de mercado fracasa o es deficiente, con el objetivo específico de
asegurar la marcha global de la valorización del capital. Esta función general se logra, según
Altvater, dado que el Estado no es un capitalista cualquiera en busca de ganancia, sino el
"capitalista colectivo ideal” (Engels, 1970: 315).

Por lo tanto, la intervención del Estado no busca reemplazar la ley del valor, ni de
extenderla al seno del propio Estado, sino de asegurar su vigor en su rango de acción "natural"
(lo privado), llevando a cabo las funciones que consolidan su contexto social general
(Altvater, 1975: 139). Es por esto que, según Altvater, el Estado se constituye en el "límite
negativo" de la ley del valor, al tiempo que ésta (la ley del valor) a su vez limita y estructura
la intervención estatal a través de su acción sobre las condiciones generales de la
producción/reproducción sociales que definen, en cada etapa histórica, las modalidades
específicas de su papel como garante (Altvater, 1975: 141-142 y 146-147).

Esta manera de concebir la intervención estatal sugiere al menos dos consideraciones.


La primera tiene que ver con la existencia de un paralelismo no despreciable vis-à-vis las
teorías neoclásicas del "Public Choice" y de los "bienes colectivos", basadas, en nuestra
opinión, en una misma visión funcionalista del Estado, y que conduce a resultados analíticos
muy similares, a pesar de las distancias ideológicas y políticas recíprocamente declaradas. La
segunda consideración reside en el hecho de que, según el análisis de Altvater, la esfera de lo
estatal y el mundo de las relaciones sociales capitalistas, limitándose recíprocamente, parecen
constituirse en dos esferas opuestas, externas la una frente a la otra, aunque mutuamente
implicadas desde el punto de vista de sus respectivas funciones. En un análisis de este tipo,
cuando se trata de establecer los aspectos contradictorios de la actividad estatal surge un
problema: éstos aspectos aparecen solamente en el momento en que el Estado interfiere en la
esfera de la valorización, al actuar como un capitalismo efectivo (a través de la creación de
empresas públicas, por ejemplo) de manera que los límites "naturales" de su acción no son
más respetados (Altvater, 1975: 139 et 146). Esto remite, en nuestra opinión, a una visión
reduccionista y estrecha de la manera en que se reproducen las contradicciones de la sociedad
burguesa dentro del Estado, dado que éstas aparecen como "trastornos funcionales" o excesos
cometidos en el desempeño de las funciones estatales, y no como manifestaciones necesarias
y no exclusivas de la naturaleza de clase capitalista del Estado. En tal enfoque, la noción de
contradicción se introduce artificialmente en el análisis, ya que la lógica misma del discurso
funcionalista tiende a desplazarla.

Por lo tanto, al hacer del Estado un garante responsable de asegurar desde el exterior la
buena marcha de la reproducción social, su naturaleza contradictoria en tanto que forma de la
relación social capitalista no es aprehendida más que de una manera incompleta y marginal.
Es por éso que la respuesta ofrecida por esta versión de la "derivación", aunque insiste sobre
la distinción entre el Estado y el capital, no puede resolver el problema de origen, a saber,
¿cómo establecer teóricamente la conexión orgánica entre el Estado y el capital, de modo que
se pueda detectar la coincidencia objetiva entre las orientaciones (contradictorias) de la
actividad estatal y el curso contradictorio de la reproducción capitalista?

5
Segunda aproximación: el Estado como una forma particular de la relación social
capitalista

Un grupo de contribuciones, más fructíferas, se orienta hacia otro enfoque de la


“derivación”. En este enfoque, se pone el acento en la necesidad de “derivar” el Estado de las
determinaciones de base del modo de producción capitalista, por lo tanto de la propia
relación de producción capitalista. A la separación horizontal operada entre las unidades de
producción privadas por la acción de la ley del valor, se suma orgánicamente una separación
vertical, operada en el seno de cada unidad productiva, entre los productores directos y sus
medios de producción. La contradicción característica de la forma-mercancía (valor/valor de
uso) adquiere una nueva dimensión con la conversión de la fuerza de trabajo en mercancía: la
contradicción que se opera entre su valor y su valor de uso.

Es entonces en la relación social de explotación del capital sobre el trabajo asalariado,


relación que necesariamente asume la forma-mercancía, que se puede encontrar “el secreto
más profundo”4, el fundamento de la existencia del Estado burgués. Por ello, la naturaleza del
Estado como relación social de dominación de clase, así como su forma general como aparato
de poder público aparentemente separado de la sociedad, deben deducirse de la naturaleza de
la relación mercantil–capitalista y del tipo específico de dominación que se desprende de ésta.
Esto significa que, para los partidarios de este enfoque de la “derivación”, la ley del valor
constituye el principio de la socialización capitalista y que, por consiguiente, el lugar del
Estado debe establecerse en relación al capital en tanto que relación social5. Esta
preocupación, compartida por Reichelt (1978) y Margaret Wirth (1975), es entonces la de
desarrollar el análisis del Estado a partir de la relación capitalista y de llegar en consecuencia
al reconocimiento de: “…cómo y en qué medida la naturaleza del “sistema” (…) conduce a
una “coincidencia objetiva” entre las “funciones del Estado” y los “intereses de la clase
dominante”, y cómo y en qué medida los cambios del sistema afectan tanto a los intereses de
la clase dominante como a las funciones del Estado” (Holloway & Picciotto, 1978: 5). Por
consiguiente, “sólo si la historia subyacente de la valorización del capital en su conjunto es
introducida en la discusión (el capital siempre se estructura por su oposición frente al trabajo
asalariado), que es posible comprender estas funciones [del Estado, el autor precisa], las
cuales no responden de manera mecánica a intereses definidos de clase pero que, sin embargo,
no son neutras desde un punto de vista de clase, en lo que concierne a su estructura formal…”
(Reichelt, 1978: 55).

Sin duda la contribución más coherente desarrollada en esta dirección es la de Joachim


Hirsch (1978). Para Hirsch, la cohesión social en el modo de producción capitalista se
establece a través de las leyes de la producción e intercambio de mercancías. El proceso de
producción, actuando a espaldas de los productores, reproduce a la vez sus propias
precondiciones sociales sin tener necesidad, en principio, de ninguna intervención política
adicional, externa o consciente (Hirsch, 1978: 60-61). La apropiación de la plusvalía y la
preservación de la estructura social capitalista no dependen ni de la existencia de relaciones
directas de fuerza o de sumisión personales, ni de la acción represiva de la ideología, sino más
bien de "la acción ciega de las leyes ocultas de la reproducción” social capitalista.

4
Marx señala que: “Es siempre en la relación inmediata entre el propietario de los medios de producción y el
productor directo (…) que es necesario buscar el secreto más recóndito, el fundamento oculto de toda la
estructura social y, por consiguiente, de la forma política que reviste la relación de soberanía y dependencia, en
breve, de la forma específica que asume el Estado en una época determinada” (Marx, 1977b: 717).
5
Cf. Hirsch, 1978. Otra versión, considerablemente menos desarrollada, de la contribución de Hirsch puede
encontrarse en la obra de Vincent, 1975.

6
Pero como el proceso de producción/reproducción está mediatizado por la circulación
de mercancías basada en el principio del intercambio de equivalentes, la supresión de los
obstáculos que pueden impedir la libre circulación de las mercancías (incluida la compra-
venta de la fuerza de trabajo) se convierte en un elemento esencial para el mantenimiento de
la sociedad capitalista. Esto es especialmente cierto en lo que concierne a la ausencia de
violencia personal directa en el proceso inmediato de producción. La coerción consustancial a
las relaciones sociales capitalistas debe entonces ubicarse en una instancia social alejada de
las relaciones económicas. Este proceso efectivo de abstracción de la violencia de clase lleva
entonces a su objetivación en la forma-Estado, y a la escisión de la sociedad en dos esferas
distintas aparentemente autónomas.

El proceso de centralización de la fuerza implica, por lo tanto, al mismo tiempo, su


abstracción de las relaciones concretas de producción y su transformación en fuerza política
extra-económica. Pero, de acuerdo con Hirsch, la derivación del Estado a partir de la relación
capitalista sólo permite establecer la necesidad objetiva de la existencia de éste en tanto que
forma6 de la relación capitalista, pero no nos permite entender su modo concreto de
funcionamiento: "En la determinación de la forma del Estado burgués como un aparato
autónomo por encima del proceso de reproducción, sus funciones sociales están contenidas
únicamente de una manera abstracta y genérica. Al mismo tiempo, sin embargo, el carácter
del proceso de reproducción capitalista se convierte en la base de las contradicciones
contenidas en la forma misma. La función [del Estado, precisamos] no puede ser otra que la
creación de condiciones "externas" al proceso de la reproducción social, el cual se regula a sí
mismo sobre la base de la ley del valor” (Hirsch, 1978: 64). En esta misma línea de
argumentación, Evers (1979) señala que: "... la necesidad de un agente extra-económico se
plantea, por así decirlo, ex post, dada la necesidad de compensar una variedad de fallas que
aparecen en el curso del proceso reproductivo, pero cuyo "lugar" exacto no puede ser
establecido de antemano" (Evers, 1979: 59).

A diferencia de los autores que hemos criticado, Hirsch hace hincapié en que la forma
del Estado no debe ser derivada de sus funciones sino por el contrario, éstas deben ser
derivadas de su forma, en tanto que expresión determinada de las relaciones sociales
capitalistas. Esta forma no tiene nada de eterno o natural. La misma está continuamente (y
contradictoriamente) en proceso de recreación, según el curso contradictorio de la relación
social capitalista que le da origen, es decir, según el desarrollo de la acumulación de capital.
Por lo tanto, de acuerdo con este enfoque, la forma del Estado en tanto que forma-proceso, se
convierte en la mediación necesaria para entender las funciones del Estado, las cuales no
podrían relacionarse directamente, de manera funcional, al desarrollo de la acumulación
capitalista.

Por lo tanto, dice Hirsch, la intervención estatal se desarrolla como un proceso de


"reacción mediatizada" y contradictorio frente al desarrollo igualmente contradictorio de la

6
En adelante hablaremos de:
a) la forma-Estado, para referirnos, al más alto nivel de abstracción, a la existencia de la relación social
capitalista en una esfera particular de dominación política distinguible de la esfera económica, en donde la
relación de explotación es al mismo tiempo una relación de dependencia y dominación;
b) la forma del Estado, para referirnos al carácter impersonal, abstracto y general de esta dominación, dicho de
otra forma, para referirnos a los rasgos generales de los Estados capitalistas, aparatos de poder público
impersonal, aparentemente desligados de la sociedad (Pasukanis, 1970);
c) la forma fenoménica del Estado, o Régimen Político, para referirnos a las manifestaciones fenoménicas
(externas) particulares de los Estados capitalistas, expresadas institucionalmente en gobiernos concretos
(Salama, 1979).

7
acumulación: el Estado, forma discreta de las relaciones capitalistas, es atravesado de un
extremo al otro por las contradicciones de la propia sociedad burguesa, las cuales alcanzan su
expresión sintética en la baja tendencial de la tasa de ganancia y las contra-tendencias que ésta
implica. Estas contra-tendencias, susceptibles de ser lógicamente deducidas de la ley del
valor, se realizan concretamente bajo la forma de una reorganización permanente, por medio
de la crisis, de las condiciones sociales de la producción. Este cambio constante hacia
relaciones sociales cada vez más complejas, no se puede entender sin la acción del Estado,
que es cada vez más importante. Por ello, de acuerdo con Hirsch, la tendencia descendente de
la tasa de ganancia y sus contra-tendencias constituyen la clave para entender el desarrollo del
Estado y sus funciones (Hirsch, 1978: 74-76).

Esta dinámica contradictoria de la acumulación capitalista no es, sin embargo, pensada


por Hirsch como la expresión abstracta de una supuesta ley económica, sino como la
expresión concreta de un proceso social de lucha de clases que impone al capital la necesidad
de reorganizar de forma permanente sus propias relaciones sociales. De ahí se desprende: "…
la imperfección, la incompletud y la inconsistencia de la actividad estatal pero también, al
mismo tiempo, la contingencia relativa del proceso político, la cual no puede ser derivada de
las determinaciones generales de la relación capitalista” ( Hirsch, 1978: 65-66).

Así, según Hirsch, el Estado se mueve en una contradicción renovada sin cesar: en
tanto que forma discreta de la relación capitalista, su existencia depende de la reproducción de
esa relación, por lo tanto depende de la acumulación. Pero, por otra parte, dado que su forma
es la de una "persona colectiva abstracta" (Pasukanis, 1970), un aparato de poder público e
impersonal separado de la sociedad, el Estado no es “la institucionalización" de los intereses
generales del capital. O, lo que es lo mismo, "la dominación política de clase no está
directamente vinculada con el derecho de disposición de los medios de producción" ( Hirsch,
1977: 107).

Esto significa que los límites de la acción del Estado se determinan y estructuran por
esta precondición de su propia existencia, que es la acumulación del capital. Pero debido a su
forma, el Estado se ve obligado a reaccionar "post festum" y siempre contradictoriamente, a
los resultados de la acumulación. Cada etapa de la acumulación, en una formación social
capitalista dada, expresa entonces modalidades específicas de la lucha de clases entre el
trabajo asalariado y el capital, lo que se manifiesta a nivel del Estado por modalidades
específicas de la intervención estatal, y por el surgimiento o desaparición de algunas de sus
funciones, las cuales sólo se pueden entender si se tiene en cuenta la mediación ejercida por la
propia forma del Estado.

De este modo, cada nivel de la lucha de clases establece, a través de esta mediación,
los límites concretos de la intervención estatal. Ciertamente, la presencia permanente, a lo
largo de la historia de las formaciones capitalistas, de ciertas funciones del Estado, puede ser
objeto de generalizaciones teóricas encaminadas a situar el lugar y la importancia de la
intervención estatal en el proceso de la reproducción capitalista. Pero ello no autoriza a
explicar "funcionalmente" la naturaleza de clase del Estado: la misma se desprende
objetivamente de su "particularización" como forma distinta de la relación capitalista, lo que
le permite actuar como Estado de clase, aunque la clase dominante no ejerza una influencia
directa sobre él ( Hirsch, 1978: 66).

Sin embargo, este enfoque adolece de algunas deficiencias. Existe en el análisis de


Hirsch -especialmente en la primera fase de su argumentación- una tendencia a sobreestimar

8
la capacidad de autorregulación (por el mercado) del modo de producción capitalista. Al
mismo tiempo, hay también en él una subestimación de la capacidad de intervención del
Estado, la cual se llevaría a cabo, según él, de manera indirecta en el proceso de
producción/reproducción sociales7. Estas insuficiencias son considerablemente matizadas por
Hirsch al abordar la cuestión de las funciones del Estado, donde reconoce que el Estado
interviene directamente, y cada vez más, en las relaciones capitalistas. Para evitar estos
balanceos teóricos, el Estado y la acumulación deben ser considerados, a todos los niveles del
análisis, como expresiones diferenciadas de la lucha de clases entre el trabajo asalariado y el
capital, como formas sociales de esta relación antagónica cuya dinámica de conjunto está
constituida por el proceso permanente de su reestructuración por la crisis. Esto significa, en
definitiva, que las modalidades específicas y el alcance concreto de la intervención estatal no
pueden determinarse a priori, a través de esquemas preestablecidos, donde sus límites
aparezcan puntualmente definidos.

Pero esto significa también que dichos límites se refieren siempre a la forma del
propio Estado (condición de mediación necesaria de cualquier objetivación de la actividad
estatal), la cual, a su vez, depende de la preservación de la relación capitalista, "condición
previa de su propia existencia" en tanto que Estado burgués. Aunque sujeto a la restricción de
su forma, el Estado intervendrá en la economía ya sea directa o indirectamente, en un esfuerzo
siempre contradictorio encaminado a la reconstitución de las relaciones mercantiles-
capitalistas. Su eventual éxito (o fracaso) no puede entonces decretarse por adelantado,
porque lo que está en juego en cada momento histórico dado es la suerte de la lucha de clases,
cuyo resultado concreto no puede deducirse simplemente de la forma del Estado.

También se observa en Hirsch la ausencia de un criterio más adecuado de


periodización histórica que permitiera explicar, al menos en el capitalismo avanzado, la
aparición y el predominio de ciertas modalidades de la intervención pública y de ciertas
funciones del Estado en relación a modalidades específicas de la acumulación. A lo más, nos
encontramos con algunas indicaciones generales, así como una especie de catálogo de las
diversas funciones del Estado, elementos que son insuficientes para comprender la relación
Estado/capital en contextos históricos específicos. Como el autor mismo lo reconoce, este
aspecto de su contribución es sin duda el más débil. Por lo tanto, acepta la necesidad de
"deducir sistemáticamente las funciones concretas del Estado, que se desarrollan con el
despliegue de las contradicciones capitalistas, y especificarlas en el contexto del proceso de la
reproducción social" ( Hirsch, 1975: 34).

El Estado como "abstracción real"

Los análisis en curso del Estado a menudo descuidan –o incluso niegan- la cuestión de
la naturaleza social del Estado (su contenido de clase), y confunden esta naturaleza con el
carácter que reviste el aparato de poder estatal en un momento dado. El Estado sería
capitalista debido a la composición burguesa de la "elite" que administra el aparato
gubernamental. Bastaría entonces la sustitución (violenta o pacífica, poco importa) de la
"clase política" para cambiar la naturaleza de clase del Estado. El Estado se convierte así en
un recipiente capaz de albergar diferentes contenidos de clase. Un segundo enfoque consiste
en ignorar, o bien en evitar, el análisis concreto de la dominación estatal en formaciones
capitalistas determinadas, y a no considerar al Estado más que por su naturaleza de clase, sin
tener en cuenta las condiciones históricas particulares en las que esta naturaleza "se

7
Cf. Hirsch (1978: 64), donde este desliz teórico que señalamos es evidente.

9
exterioriza”. Así, cualquier intervención del Estado supuestamente responde de manera
permanente y directa a los intereses del capital; cada política o cada medida tomada es
calificada como “necesaria” para la buena marcha de la acumulación.

Estos enfoques son más que variaciones de una misma concepción instrumental-
funcionalista del Estado, que descarta las mediaciones necesarias para la justa comprensión de
las diferentes determinaciones de lo estatal. El Estado no es pensado ni analizado como una
relación social sino como una cosa, como una herramienta neutra cuya funcionalidad se
presupone de manera abstracta.

Sin embargo, estos "deslices" teóricos8 tienen como base un mismo error: ignorar,
ocultar el Estado en tanto que universal concreto, en tanto que unidad contradictoria de sus
determinaciones fundamentales (su contenido de clase social) y de la forma fenoménica que
reviste en la realidad inmediata. Esta forma fenoménica de exteriorización del Estado no es
otra que el régimen político. La existencia real del Estado capitalista no se ubica ni al solo
nivel de sus determinaciones fundamentales (su "realidad esencial"), ni al solo nivel de su
forma de aparición externa (su "realidad fenoménica"): ella es la unidad contradictoria de
estos dos niveles de existencia de su ser social.

El valor es la forma "económica" de las relaciones sociales capitalistas. Como tal, se


trata de una abstracción, pero de una abstracción de un carácter distinto del de las
abstracciones puramente intelectuales. Según Marx, se trata de una abstracción que se realiza
de manera cotidiana en la realidad de la producción y el intercambio de mercancías (Marx,
1977c: 10), pero que no aparece en sus términos esenciales (como objetivación del trabajo
humano indiferenciado), sino bajo una forma externa, como relación cuantitativa de
intercambio entre mercancías y dinero, como precio de mercado cuyas determinaciones
parecen derivarse del juego entre la oferta y la demanda. La forma externa se convierte así en
el medio de expresión necesario de la esencia, pero ésta se expresa de manera invertida e
incompleta, es decir alienada.

Ambos, el valor y el Estado, son abstracciones reales consumadas por el propio


movimiento de la realidad capitalista cuya particularidad es la de presentarse a los ojos de los
agentes sociales al revés, invertida. Por lo tanto, la forma externa que reviste el Estado, esta
"violencia concentrada y organizada de la sociedad" (Marx), la constituye el régimen político,
cuyas determinaciones parecen emerger del campo inmediato de las fuerzas sociales. Como el
valor, el Estado es parte de ese "mundo encantado e invertido" (Marx) del capital. El Estado
capitalista es entonces, según Salama, "una abstracción que se consuma en la realidad de la
lucha de clases bajo la forma de régimen político" ( Salama, 1979: 225).

El régimen político es, pues, el "portador" efectivo de las determinaciones


fundamentales del Estado. Del mismo modo, el dinero en tanto que precio de mercado se
convierte en el portador efectivo de las determinaciones fundamentales del valor. Pero como
el dinero, el régimen político está al mismo tiempo provisto de toda la riqueza de
determinaciones de lo concreto real, las cuales no aparecen ni en toda su plenitud, ni en su
concatenación interna, es decir, en su encadenamiento necesario. El régimen político -no
importa cuál régimen político capitalista- tiene así una determinación compleja. Por un lado,
como forma fenoménica del Estado contiene las determinaciones de base de éste, por lo tanto
8
Desde el momento en que la naturaleza de clase del Estado es erróneamente fundada en el análisis, no es
posible establecer prácticamente los límites de la acción estatal. Sobre la naturaleza práctica del conocimiento
teórico, recordemos la Segunda Tesis de Marx sobre Feuerbach (Marx-Engels, 1976: 7).

10
él es la materialización de una relación social de dominación de clase históricamente dada,
de una abstracción social determinada; por otro lado, dada su pertenencia al nivel de lo
concreto sensible, al mundo de lo "pseudo-concreto" (Kosik, 1967), su conformación
particular y sus acciones cotidianas tienen siempre por contexto los conflictos de clase tal y
como aparecen en la realidad inmediata.

El régimen político, además de que contiene las determinaciones fundamentales del


Estado capitalista, incorpora también toda una serie de determinaciones que no surgen del
mundo de la mercancía. Estas responden a la evolución particular de una determinada
formación social: la influencia de las tradiciones precapitalistas, la existencia de otras capas
y/o clases sociales explicada por la sobrevivencia de antiguos modos de producción, las
modalidades particulares de ejercicio del poder heredadas del pasado, las instituciones que
han sobrevivido al advenimiento del capitalismo, etcétera.

La intervención pública, "manifestación concreta de la intervención del Estado"


( Salama, 1979: 246), refleja entonces como proceso la síntesis de determinaciones que es el
régimen político: en primer lugar, las determinaciones fundamentales del Estado capitalista y
del movimiento del capital; enseguida, aquéllas que se derivan del tejido social que confiere
su particularidad a una formación social capitalista dada. De acuerdo a Salama, la
intervención pública se vertebrada en torno a tres aspectos:

- La dinámica del régimen de acumulación y de las contradicciones que sufre;

- La relación entre las clases y, con mayor precisión, el grado de intensidad de la lucha
de clases como se percibe y se prevé;

- La expresión en el nivel político de las diferentes fracciones del capital.

Estos tres aspectos muestran que la intervención pública, a pesar de tener como
principal objetivo la regeneración del capital, debe responder simultáneamente a la situación
concreta creada por las relaciones de fuerza entre las clases. A diferencia del Estado, que es
relativamente autónomo en relación al capital, el régimen político mantiene una relativa
autonomía frente a la burguesía, al proletariado y frente a las otras clases sociales
eventualmente en presencia. Aunque estructurada por un conjunto de acciones y medidas
concretas encaminadas a la regeneración del capital, la intervención pública incluye también
acciones y medidas dirigidas a la creación/recreación de un consenso vis-à-vis el poder
dominante en turno.

El proceso de legitimación encuentra su fundamento y especificidad en el propio


movimiento de las mercancías. La generalización de la forma-mercancía implica una
"interiorización" de las relaciones de cambio en los agentes sociales, a la que corresponde una
“interiorización” de la democracia puramente formal: la hipotética libertad e igualdad que
rigen las relaciones de cambio encuentra su redoblamiento en la condición común del
ciudadano. El Estado puede entonces aparecer como algo externo a la sociedad civil: el
mercado parece bastar para asegurar las condiciones de producción y reproducción de la vida
material, y el Estado parece ser el producto de un acto colectivo (el sufragio universal) de
delegación del poder de los individuos y su concentración en él. La realización del principio
formal del Estado (fuerza pública de todos y de nadie) es así asegurada por el propio
funcionamiento de las categorías del mercado (mercancías y dinero).

11
Sin embargo, este automatismo es puesto en duda por el carácter contradictorio de la
acumulación: la crisis tiene un efecto "desfetichizador" que rompe en mayor o menor medida
el espejismo del intercambio de equivalentes y que revela (aun fugazmente) la verdadera
naturaleza explotadora de las relaciones mercantiles-capitalistas, lo que provoca un déficit de
legitimación ( Salama, 1979: 239; Habermas, 1978).

La legitimación del poder, aunque basada en el fetichismo de la mercancía, no es sin


embargo un efecto automático del mismo: depende más bien del curso contradictorio del
conflicto de clases y de la riqueza de determinaciones que una situación histórica concreta
engendra. Por lo tanto, dado que nada garantiza una legitimación espontánea, el régimen
político se ve obligado a participar activamente en el proceso legitimatorio, al tiempo que
interviene en la reproducción del capital. La necesidad de "completar desde arriba" el proceso
de legitimación, representa entonces un esfuerzo permanente de los regímenes políticos para
mantener la unidad, siempre amenazada por la lucha de clases, entre la explotación y la
dominación capitalistas, ya sea por el consentimiento de los gobernados o por el uso de la
fuerza ( Salama, 1979: 249).

Así, aunque la función de legitimación básicamente apunta a formar un consenso


social vis-à-vis el poder en turno, la misma implica también el uso de los medios públicos de
coerción contra las transgresiones individuales y/o colectivas del orden establecido. La fuerza
y el consenso son, por lo tanto, los componentes permanentes de la legitimidad del poder
burgués. Pero el peso relativo que estos componentes adquieren es históricamente variable:
depende, en cada situación histórica particular, del curso real de la lucha de clases9.

La relación de la función de legitimación con la función de regeneración del capital


constituye un proceso complejo y contradictorio: el mantenimiento (o la búsqueda) de la
legitimidad implica no sólo la "movilización de voluntades", sino también la movilización de
recursos económicos y administrativos. Esto tiene sin duda un impacto sobre las finanzas
públicas y sobre la "racionalidad" de la gestión gubernamental. Así, aunque la función de
legitimación pueda "alinearse" en algunos momentos históricos con la función de
regeneración, y aunque la adopción de ciertas medidas "legitimadoras" actúe al mismo tiempo
sobre la regeneración del capital (Boyer, 1979; Théret, 1978), estas dos funciones son en
general mutuamente contradictorias. Puede entonces aparecer un "divorcio", a nivel del
régimen político, ya sea bajo la forma de un déficit de racionalidad en la gestión pública o
bien en la forma de un déficit de legitimidad del poder. O también -como es el caso a raíz del
estallido de una crisis orgánica-, bajo la forma de una falta aguda de racionalidad y de
legitimidad al mismo tiempo. Entonces es posible que la contradicción
legitimación/regeneración del capital se resuelva por un cambio de régimen político. El
concepto de régimen político es entonces fundamental, porque nos permite explicar por qué,
en circunstancias históricas específicas, el Estado capitalista puede aparecer a nivel de la
realidad inmediata con un carácter no capitalista.

La economía mundial "constituida" y la naturaleza capitalista de clase de los llamados


Estados periféricos

9
A este respecto, la contribución de A. Gramsci puede considerarse como un análisis penetrante de la relación
fuerza/consenso en los regímenes capitalistas de su época. Sin embargo, al definir al Estado como “hegemonía
acorazada de coerción”, Gramsci tiende a descuidar la función de regeneración y a confundir al Estado con el
régimen político. Para una crítica de las “antinomias” de Gramsci, ver P. Anderson (1978).

12
Para Mathias y Salama (1983: 28), el Estado no se deduce de las clases sociales, de su
existencia y de su lucha, sino del capital en tanto que relación social de base de la sociedad
burguesa. El capital y el Estado están vinculados orgánicamente: la expansión de las
relaciones de producción capitalistas se realizó directa e indirectamente gracias al Estado. El
mercado no preexiste al Estado y la intervención de este último no se limita a remediar las
fallas del mercado. Del mismo modo, el Estado capitalista no preexiste al mercado. Cuando se
hace la hipótesis de la generalización de la mercancía, las relaciones de intercambio entre los
individuos parecen ser de igualdad. Se dice entonces que están fetichizadas, dado que las
relaciones de dominación están camufladas por esta relación de aparente igualdad entre los
individuos, sean capitalistas o asalariados. Esta es la base de la legitimación del poder en el
modo de producción capitalista.

La extensión de los principios metodológicos de la teoría de la "derivación", expuestos


previamente, a los Estados de las economías llamadas subdesarrolladas o periféricas no es
evidente. Como el propio Marx lo señaló, la sucesión de categorías que van de la mercancía al
capital y luego, según la "derivación", al Estado, supone la estructura y el funcionamiento del
capitalismo "en su media ideal” ( Marx, 1977b: 751). Esto impone, de inicio, una serie de
mediaciones, empezando por la delimitación del campo histórico de la constitución de estos
Estados. Esto nos lleva al fenómeno de la formación de un mercado mundial y de un sistema
económico internacional por primera vez en la historia: se asiste a la emergencia del modo de
producción capitalista como forma económica dominante a escala mundial.

La economía mundial es un proceso de producción-circulación totalizante, cuyas


partes son las diferentes economías nacionales. Tal totalidad está estructurada y jerarquizada
por una fuerza motriz: la acumulación de capital a escala mundial, la que determina el
desarrollo del sistema en su conjunto. Este proceso produce dos formas diferentes de
desarrollo, pero que se implican recíprocamente; el de las economías del centro, o economías
capitalistas desarrolladas (polo dominante), y el de las economías de la periferia o economías
subdesarrolladas (polo dominado)10.

El modo de producción capitalista adquiere una dimensión histórica concreta bajo la


forma de un proceso de acumulación a escala mundial, que opera simultáneamente con la
constitución de los Estados/nación periféricos y su articulación con los Estados/nación del
centro. Los Estados/nación modernos configuran espacios definidos de reproducción del
trabajo asalariado y de valorización del capital. Representan un momento constitutivo de la
propia relación capitalista, en su doble dimensión nacional e internacional. Por lo tanto, el
Estado/nación contemporáneo es a la vez una condición previa y el resultado del despliegue
del capital en la fase histórica de "la economía mundial constituida" (Mathias y Salama, 1983:
34-39). Esta se forma como una totalidad estructurada y jerarquizada por la acumulación de
capital, pero a través de la mediación representada por la articulación de los Estados/nación.
Los vínculos que unen a las economías del centro con las de la "periferia" revisten al mismo
tiempo la forma de relaciones asimétricas de dominación/subordinación entre Estados/nación.

En las economías actualmente subdesarrolladas, la naturaleza capitalista de sus


Estados no responde ni a la emergencia de una burguesía industrial autóctona como clase
dominante, ni tampoco al desarrollo de las contradicciones de sus propias formaciones
sociales, en el sentido de una génesis interna del capitalismo, sino a la inserción forzada de
10
Sin embargo, con la nueva redistribución de cartas en el sistema mundial, las relaciones tradicionales centro-
periferia han cambiado: las antiguas economía dominadas, como la China y la India, están en proceso de
convertirse en dominantes y viceversa (Salama, 2012).

13
sus economías en la economía mundial y a la articulación específica de sus Estados con los
Estados/nación de las economías capitalistas dominantes.

Las relaciones de producción preexistentes fueron sometidas a un proceso de


descomposición/recomposición por efecto de una penetración compleja y caótica de las
relaciones de mercado, ayudada por el Estado, que incluyó la transformación de la fuerza de
trabajo en mercancía y una extendida intervención pública, directa e indirecta, en la esfera
productiva. Por lo tanto, en los llamados países capitalistas periféricos el Estado no se deriva
del capital nacional, como en las economías centrales, sino del capital mundial en tanto que
forma económica del sistema capitalista global, es decir, de la economía mundial constituida.
El Estado subdesarrollado, en tanto que Estado capitalista, es inherente a la reproducción del
capital mundial. Pero la manera y los medios por los cuales su naturaleza de clase se objetiva
en la realidad histórica, no aparecen en el análisis más que a un otro nivel; el del régimen
político.

La generalización de la mercancía es una hipótesis fuerte en los llamados países


periféricos, nos dicen Mathias y Salama. En éstos, el modo de aparición particular del capital
y el trabajo asalariado, sus condiciones específicas de penetración y difusión, vuelven de
hecho irrelevante la hipótesis de la generalización de la mercancía; esta debe ser sustituida
por la de la dominación de la mercancía (Mathias y Salama, 1983: 73). No es tanto el modo
de producción precedente que lleva, por su descomposición, al nacimiento del modo de
producción capitalista, como en los países capitalistas centrales, sino la dominación y la
inserción forzada de estos países llamados periféricos por los Estados/nación y las economías
del centro en la economía-mundo; proceso que se realizó a través de la violencia.

En los países periféricos, la legitimidad del Estado no se basa en el fetichismo de la


mercancía y el dinero, como en los países del capitalismo central: la propagación de las
relaciones de cambio es incompleta y específica. A diferencia de los países del centro, la
penetración de las relaciones de mercado y la dominación del modo de producción capitalista
no implicaron necesariamente la disolución o la eliminación de las relaciones sociales de
producción preexistentes ( Assadourian et al, 1973). Estas fueron más bien sometidas a un
proceso de deconstrucción/adaptación según las exigencias de la valorización del capital, pero
que no necesariamente las transmutó en relaciones de mercado capitalistas. El campo
histórico de clases es profundamente heterogéneo. El fetichismo de la mercancía no funciona
plenamente, lo que no permite que las relaciones de explotación capitalistas aparezcan y se
realicen completamente como relaciones de intercambio de equivalentes.

La "interiorización" de estas relaciones entre los agentes sociales es entonces parcial y


defectuosa. Por lo tanto, el fetichismo de la mercancía no es susceptible de representar una
base sólida y coherente para legitimar el poder (Mathias y Salama, 1983: 72-74). "A esta
interiorización parcial e imperfecta de las relaciones de mercado, corresponde entonces una
interiorización frágil y superficial de la democracia formal burguesa: los agentes sociales no
se realizan ni se reconocen mutuamente en su supuesta calidad de „ciudadanos libres y
jurídicamente iguales‟” ( Mandel, 1974: 10). El Estado capitalista periférico debe buscar en su
propio contexto cultural (en la tradición, la religión, el nacionalismo e incluso en la violencia)
los contenidos legitimantes necesarios para lograr un mínimo de consenso social.

El capitalismo, como modo de producción impuesto desde el exterior, ha provocado al


mismo tiempo la alteración y la permanencia de formas de producción preexistentes, así como
la aparición de nuevas formas de producción inéditas, como por ejemplo las variedades

14
específicas de "feudalismo" y de "esclavitud" que aparecieron en América Latina a raíz de la
penetración de las relaciones de mercado ( Assadourian, 1973; Carmagnani, 1976). Este
proceso, desigual y contradictorio, tiene dos aspectos que son fundamentales. Por un lado, no
podría concebirse sin la acción del Estado tanto en el Centro como en la Periferia. Por otro
lado, este proceso de penetración y difusión de las relaciones de cambio se asocia a la
existencia de un conjunto -a veces muy heterogéneo- de clases sociales y de contradicciones
de clase, lo que influyó profundamente en los tipos de régimen político que se desarrollaron,
así como en las modalidades asumidas por los procesos de legitimación del poder. Esta
heterogeneidad del campo histórico de clases está detrás del carácter contradictorio de los
regímenes políticos en la periferia, lo que tiende a ocultar la naturaleza de clase del Estado.
Por lo tanto, los regímenes políticos en la periferia latinoamericana han sido en su mayoría,
hasta los años noventa del siglo XX, dictaduras policiaco-militares.

El Estado -central o periférico- es relativamente autónomo en relación al capital. Esta


autonomía relativa le permite actuar en la regeneración del capital y en la reproducción social
en su conjunto. Sin embargo, a nivel del régimen político el análisis impone tomar en cuenta
otras consideraciones. Los regímenes políticos del centro, enraizados en formaciones sociales
más homogéneas donde el modo de producción capitalista devino exclusivo, mantienen una
autonomía relativa con relación al capital y con relación al trabajo. Por otra parte, los
regímenes políticos de los países subdesarrollados son relativamente autónomos no sólo
frente al capital y al trabajo, sino también frente a las diferentes clases que componen su
estructura social. Además, son relativamente autónomos vis-à-vis los Estados de las
economías del centro (Mathias y Salama, 1983: 74-75).

A diferencia de lo que sucede en el centro, la función de regeneración de los


regímenes políticos periféricos se caracteriza por dos rasgos fundamentales: primeramente,
por una intervención creciente y directa en el ciclo del capital, orientada fundamentalmente
hacia el desarrollo de las fuerzas productivas. Es esta intervención la que ha permitido que el
Estado aparezca como el productor de las propias relaciones capitalistas. Enseguida, una
gestión "libre" de la fuerza de trabajo, basada en la precarización de sus condiciones de uso (y
por tanto de los salarios), así como en la represión/integración de los trabajadores. Esta
gestión no contempla más que un débil desarrollo de mecanismos de socialización estatal de
la reproducción de la fuerza de trabajo.

Esta intervención del Estado periférico en la reproducción de la fuerza de trabajo,


aunque llevada a cabo fuera del ciclo del capital, debe considerarse como parte de la
regeneración del mismo. A diferencia de Salama y Mathias, que excluyen de la función de
regeneración la gestión estatal de la fuerza de trabajo (Mathias y Salama, 1983: 48 y 86),
creemos que la misma incluye dicha gestión. El capital es una relación social que vincula, en
una misma unidad de contrarios, el trabajo asalariado y el propio capital; ambos se
presuponen mutuamente y, al hacerlo, la reproducción de uno implica necesariamente la
reproducción del otro. La función de regeneración, siendo la cristalización de la presencia
orgánica del Estado en el seno mismo del proceso de constitución y re-creación de la relación
capitalista, se ejerce sobre los dos polos de este antagonismo social fundamental de manera
simultánea. Por lo tanto, incluye la acción del Estado en las condiciones de producción,
reproducción y explotación (uso) de la fuerza de trabajo la cual es, como lo hemos señalado,
la precondición de la existencia misma del capital. Ello independientemente de que estas
condiciones estén fuera el ciclo del capital. Como lo recuerdan Bruno Lautier y Ramón
Tortajada (1977: 291), "el capitalismo se caracteriza por la producción de mercancías por
medio de no mercancías".

15
Conclusión

El enfoque de Mathias y Salama es una contribución importante al análisis marxista


del Estado bajo la óptica de la "derivación". Recuperan el concepto de abstracción real y
desarrollan la dimensión conceptual de la economía mundial como economía mundial
constituida. Su análisis desemboca en una aparente paradoja: al capitalismo subdesarrollado
corresponde un Estado fuerte, un Estado "sobredesarrollado". Además, la introducción de la
categoría Estado en el análisis del subdesarrollo, permite superar el falso debate entre
"endogenistas" y "exogenistas"(Solís González, 1983, particularmente la segunda parte), que
había oscurecido la discusión latinoamericana a este respecto. Su contribución además,
permite aclarar la diferencia entre la lógica y la historia, a menudo olvidada.

La teoría del modo de producción capitalista, tal cual fue desarrollada por Marx, se
ocupa de las leyes más generales y abstractas que rigen este modo de producción. El análisis
se centra en "la naturaleza interna del capital", dejando de lado las manifestaciones externas
del mismo. Se hace abstracción de "todos los fenómenos que disimulan el juego íntimo del
mecanismo capitalista en general" ( Marx, 1977a: 402). Marx señala sobre este punto: "Los
fenómenos que vamos a estudiar (...) suponen, para conocer su desarrollo pleno, el crédito y la
competencia en el mercado mundial (...) Sin embargo, no podemos describir estas formas más
concretas de la producción capitalista en su conjunto sino hasta después de haber entendido la
naturaleza general del capital" ( Marx, 1977b: 119), y en otro pasaje: "el movimiento real de la
competencia está fuera de nuestro plan. (...) Tenemos que estudiar aquí sólo la organización
interna del modo de producción capitalista, de alguna manera en su media ideal” ( Marx,
1977b: 751).

Esta distinción entre la lógica y la historia, entre lo abstracto y lo concreto, entre la


esencia y el fenómeno es fundamental en la metodología marxista y Mathias y Salama fueron
capaces de recuperarla en su contribución al debate "derivacionista". Marx no propone la
descripción específica de una sociedad históricamente determinada; su teoría no es tampoco
un conjunto de generalizaciones hechas a partir de la observación empírica. Él logró, por
medio de la abstracción, a extraer la lógica que subyace en el conjunto del proceso histórico
contemporáneo y exponer teóricamente "la anatomía de la sociedad burguesa" en general, así
como las leyes que rigen su funcionamiento íntimo. Es solamente a partir de este logro que
todo análisis concreto de las formaciones sociales capitalistas y del mercado mundial se puede
hacer.

Anexo:

Antonio Gramsci: hegemonía y bloque histórico

La noción de "bloque histórico" y el concepto de "hegemonía" permiten, según


Gramsci, comprender las relaciones entre la esfera económica y la esfera político- ideológica;
es decir, las relaciones entre el Estado y la sociedad civil (Gramsci, 1975a). El bloque
histórico está compuesto por una estructura de clases sociales -que se desprende del conjunto
de relaciones sociales de producción-, y por una superestructura política e ideológica. El
vínculo entre estas dos instancias de lo social se lleva a cabo por los intelectuales "orgánicos"
adheridos a la clase económicamente dominante (Gramsci, 1975b: 17). Estos ejercen la
gestión de los aparatos políticos ("sociedad política" o Estado en stricto sensu) y los aparatos

16
ideológicos ("sociedad civil" o sistema de hegemonía). La sociedad civil constituye para
Gramsci "el contenido ético del Estado", y la sociedad política, por su parte, constituye el
Estado en tanto que aparato de coerción que asegura "legalmente" la disciplina social a través
del consenso o por la fuerza. El Estado integral es la suma de la sociedad civil y la sociedad
política, es decir “la hegemonía acorazada de la coerción" (Gramsci, 1975a: 165).

Nicos Poulantzas: El Estado como “factor de cohesión social"

Poulantzas señala que: "... dentro de la estructura de varios niveles diferentes de


desarrollo desigual, el Estado tiene la función particular de constituir el factor de cohesión de
los niveles de una formación social (...). [Es] el factor de regulación de su equilibrio global
como sistema" (Poulantzas, 1968: 40-41). Pero al mismo tiempo, debido a esta función, el
Estado "es también la estructura en la cual se condensan las contradicciones de los diversos
niveles de una formación". La relación entre el Estado como factor de cohesión de la unidad
social y el Estado como lugar de condensación de las contradicciones de las instancias
"designa la estructura de lo político a la vez como nivel específico de una formación y como
lugar de sus transformaciones, y a la lucha política como el "motor de la historia" ( Poulantzas,
1968: 41-42).

Como se podrá ver, en estos dos autores, de gran influencia durante el siglo XX sobre
el pensamiento que se reclama del marxismo, existe una misma concepción errónea del
Estado capitalista. Este no es analizado como una relación social de dominación de clase
enraizada en el seno mismo de las relaciones sociales de producción, donde la relación de
explotación es al mismo tiempo una relación de dependencia y dominación (Marx), sino como
una “superestructura política” (Gramsci) o, simplemente, como la “estructura de lo político”
(Poulantzas).

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