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HISTORIA UNIVERSAL SIGLO XxX! | la epoca del absolutismo y la llustracion 1648-1779 GUNTER BARUDIO 102. edicién ie veintiuno 1. Suecia-Finlandia En la critica al «deseo de imitacién> y a Ja «pasién pueril por la innovacién» que supuestamente caracterizaron a la Rusia de Catalina, Herder hacia hincapié en los valores propios del pais, Jas posibilidades del despotismo y el hecho de que «los otros paises, incluida Suecia, no siempre pueden ser modelos» *, Pero si se quieren identificar los fenémenos del absolutismo y Ja Ilus- tracién por la configuracién del «Derecha politico interno», para tener asi una idea de la estructura paneuropea, la historia de Suecia se ofrece como un ejemplo excelente. En su critica a le Reform Bill de Inglaterta, ‘Hegel lo intenté, no sin razon, al referirse a la esencia de la «constitucién sueca» y 4 Jas funcio- nes fundamentales del «gran conscjo», Srgano constitucional que ocupaba un lugar especial entre el rey y el pueblo, y de este modo WJamé la atencién sobre la indole contractual de las cons- tituciones de la antigua Europa’. Si se reduce la historia de Suecia a las «raices germénicas» de donde salié todo*, se pasa entonces por alto Ja riqueza de una cultura politica que podia sacar del concepto de propiedad del Antiguo Testamento Ja idea que tenfa de si misma como «Israel del Norte, La Landslag (ley nacional) de 1442, codificada bajo el rey Cristébal (que procedia de ta Casa de Wittelsbach), no se oponia a ello, pues emanaba de un contrato fundamental y so- brevivié sustancialmente a la Reforma y al cambio de rey elec- tivo a heteditatio en 1544. Todavia en 1770 se hacian esfuerzos por presentar esta ley como una Carta Magna de la libertad de Suecia. De todos modos no se mencionaba para nada el «uso juridico germanico»*. Pero el espiritu de Ja ilustracién polftica de este pais se nutria de las recomendaciones de la ética aris: totélica y del pensamiento romano republicano. La incorpora- cién de reglas racionales a Ia politica y la estrategia militar, procedentes de la herencia antigua y eclesidstica, no impidieron la aparicién de! nacionalismo en forma de «goticismo», puesto que se basaba en la validez y el efecto universal de lo divino, lo natural y ef derecho de los pucblos. Las aportaciones libertarias anteriores a 1680 y postetiores 4 ll 1718 superan en mucho los logros polfticos de Francia, aunque Suecia no pueda presentar ningtin fildsofo de primera fila. En tiempos del absolutismo, Carlos XI, Carlos XII o Gustavo IIL dispusieron después de 1772 de una «potestad absoluta», con- forme al derecho hereditario patrimonial, que le estuvo vedada a Luis XIV. Si se afiade la intervencién histérica de Suecia en Ja guerra alemana, no resulta injustificado asignar a Suecia el papel principal en este tomo y su doble tema, en vez de a Francia como suele hacerse. El hecho de que Descartes ter- minase sus dias en 1650 en Estocolmo es, en este sentido, algo més que un simple simbolo para esta decisidn. a) De reino electivo (1442) a reino hereditario (1544). Un «gobierno de derechon. La «forma de gobierno» (1634). Gustavo Adolfo II y la lucha contra el «dominio absoluto» de los Habsburgo. Nobleza e Tlustraciéa En el famoso discurso de la nobleza unida ante Segismunde ITI, que era al mismo tiempo rey electo de Polonia y rey heredi- tario de Suecia, se rechazé enérgicamente cualquier interpreta- cién patrimonial y absolutista del reino hereditario. Pues, «por lo que respecta a la idea de que los reyes hereditarios deben reinat absolutamente, no se ha oido atin hablar mucho de ella en Suecia», Nadie, se afiadia, le iba a discutir al rey el derecho a «gobernar con todo el poder y la independencia propia de los reyes cristianos y legales [...], pero en cuanto al concepto que expresa la palabra absoluto, de que es totalmente libre y [...] no esté sujeto a ninguna ley ni condicién», no habria en toda la cristiandad ningin ejemplo que fuese «bienvenido o acepta- do». No se permitiria en absoluto que «se aplicase en ninguna unién hereditaria def reino» *. Con esta actitud, esbozada por Erik Sparre, uno de los me- jores juristas que jamds haya tenido Suecia, se adopté una pos- tura que cien aiios mds tarde se condenaria, pero que cincuenta afios antes fue la solucién a un problema fundamental. Con la aceptacién de la dinastia Vasa en 1523 se aseguréd en 1527 no sdlo la Reforma y una amplia expropiacién de Ja Iglesia en Suecia, sino también el aumento de las «herencias y propieda- des» de Gustavo I (Vasa), quien se esforzé especialmente por proveer de territorio a sus hijos después de su muerte. En las deliberaciones para modificar el reino electivo del Landslag de 1442 se hallé6 un modelo que respondia al de fendo bereditario 12 habitual en Europa, tal como preveia también la Ley Sélica de Francia pata el reino. Es cierto que este feudo aseguraba a Ja dinastfa la sucesién en las tietras y en el cargo, pero sélo tras un acto contractual previo. Ei reino, en forma de los cuatro estamentos de propie- tarios —nobleza, clero, burgueses y campesinos de la Corona—, consetvaba un elemento elector en el cambio de rey, y de ahi emana el correspondiente contrato de dominio, con sus respec- tivos juramentos, que debia garantizar cada rey sucesivo, En términos juridicos, el reino se reservaba, como institucién «eter- na» (respublica est aetherna), el dominium directum, el poder absoluto de disposicién del reino, sus provincias y tierras de la Carona en el momento de Ia instauraci6n de un nuevo rey. A éste sélo se le concedia un dominium utile, un derecho de usufruc. to, es decir, no podia, por regla general, recaudar impuestos generales sin Ja aprobacién de los estamentos, declarar guerras ni firmar Ja paz. Incluso para ocupar catgos imperiales debia respetar los privilegios de la nobleza. Si querfa viajar al extran- jero o casarse estaba igualmente limitado por articulos consti- tucionales y dependia de los érganos jurfdicos del imperio. La misma Dieta (asamblea de sefiores) no era més que un 6rgano que se rcunia temporalmente, mientras que el Senado se concebfa como Grgano permanente, cuya principal tarea con- sistfa en recordarle constantemente al rey «el derecho del im- perio». Ademés, los senadores estaban a disposicién del rey como administradores, diplomdticos, jueces y generales. Esta tri- gotomia fue posible gracias a un contrato, concertado en la Mamada «unién hereditariay de 1544. En ella, el derecho elec- toral puro de 1442 se sustitufa por un derecho electoral here- ditario. Sus principales cléusulas garantizaban a los Vasa, «per- petua y reciprocamente», el derecho exclusivo a la Corona, pero de la misma manera aseguraban al imperio el derecho a la ga- rantfa de sus privilegios. Aquf se realizé en concreto la Hamada teotia de la majestas duplex, a la que se remitirfan los monér- quicos después de la Noche de San Bartolomé de 1572: al rey Je correspondia, tras la conclusién del contrato de dominio, la majestas personalis en el 4mbito de la administracién, y al im- perio la majestas realis en relacién con la constitucién, que se componia de «leyes fundamentales». Entre ellas se contaban so- bre todo la mencionada unién hereditaria y la unidn religiosa {unio religionis) de 1593, que aceptaba la confesién de Augs- burgo como doctrina de Ja Iglesia estatal y por eso tenfa que entrar en conflicto con Segismundo III, partidario de la Con- trarreforma ‘, 13 Con Ja introduccién del teino hereditario sobre una base con- tractual, que podria calificarse de enfitéutico, no se abrid paso una «nueva ideologfa absolutista»’, sino Ia consolidacién de un sistema feudal. Ello se puso de manifiesto no sdlo en la creacién de nuevos ducados para los hijos de los Vasa, sino también en la fundacién de condados y batonfas cuando subié al trono Erik XIV en 1561. Su interpretacién patrimonial del derecho de sucesidn* y su compottamiento dictatorial, elevado gradual- mente a sangtienta tirania bajo la influencia de una insidiosa enfermedad mental, le llevaron a no observar a menudo los con- tratos establecidos®, pero su derrocamiento por su hermanastro Juan IIT en 1568 establecié la vieja situacién contractual. Sin embargo, ésta siguid estando en peligro. Juan II] también quiso «gobernar de forma absoluta» de vez en cuando, expetimenté * con un regalismo temprano y con un pensamicnto monopolista en el campo de ja mineria, entre otras cosas, y humillé" a se- nadores como Erik Spatre y su circulo con encarcelamientos ar- bitrarios; pero las resistencias libertarias eran lo bastante fuer- tes, sobre todo entte la nobleza, como para rechazar los ataques al sistema contractual de la constitucién acumulativa. Carlos IX, el antiguo duque de Sddermanland, padre de Gustavo Adol- fo IT y quien expulsara al «tirano» Segismundo, se vio también obligado, tras la guerra civil y el bafio de sangre de Linkdping de 1600, en el que murieron decapitados Sparre y otros, a cam- biar su régimen «precarion de secrefarios, que a menudo no eran nobles, por un gobierno libertario con senadores nobles a partir de 1602. La renovada «unién hereditarias de Norrképing de 1604 confirmd esta tendencia hacia la legalizacién de la politica, manifiesta también en su titulo de «rey elegido», asi como en la nueva versién del viejo derecho urbano o en la pri- mera impresién del Landslag de 1442. A éste se le afiadidé una parte del derecho penal concebida totalmente en el espiritu del derecho mosaico y aplicada durante largo tiempo, Hay que tener siempre en cuenta estas condiciones para que no sutjan malentendidos en la apreciaci6n de un rey absoluto (rex absolutus). Sparre utilizé esta férmula en un doble sentido. Hacia dentro significaba que el tey podia renunciar, en el matco del derecho, «2 sus rentas y provechos» y, con ello, al dominium utile de wna finca enfeudada, peto como fiduciario del reino conservaba «el alto derecho» bajo la forma del do- minium directum, As{ pues, en este caso especial de nexo feu- dal, era soberano de una manera legalmente establecida, porque nadie mds podia arrogarse este derecho durante su reinado". Pero hacia fugra, con esta pretensidn se declaraba sobre iodo 4 la independencia del rey y del reino. Segtn esto, un «rey ab- soluto» no estaba sometido a ninguna jurisdiccién exterior y era soberano en el sentido de no «reconocer a ningin superior» por encima de él. En estos dmbitos esenciales, que determinaron todo el pensamiento del orden de la Edad Moderna, Sparre no se enfrenté a Bodino, sino a Baldus de Ubaldus, y con su ema «por la ley, el rey y el pueblo» (pro lege, rege et grege) no sélo apunté la consigna de resistencia de los estamentos de los Paises Bajos, sino que también se remitia al rey Alfonso de Aragén, que figuraba en la vieja Europa como quintaesencia de rey justo y libertario™. Si se piensa que Roma exigié y recibié de Suecia el «dinero de San Pedro» hasta la Reforma, gue el canciller del reino era siempre el arzobispo de Upsala y que el Concilio de Trento quiso intervenir directamente, a través de la renovada Bula de la Santa Cena, en la soberanfa de las finanzas y de los impues- tos, asf como en la legislacién, resulta entonces comprensible esta defensa de Ia Reforma hacia fuera. Pero este absolutismo no tuvo por consecuencia que el rey hereditario elegido fuese también en el interior tan absoluto como para hacer y deshacer «qomo le viniese en gana». Mas bien regia el principio inaliena- ble de «fiel sefior-tiel siervo. Obligatio reciprocan", tal como lo establecié el feudalismo en cuanto sistema contractual. Gustavo Adolfo II (1594-1632) goberné su reino hereditatio de acuerdo con este principio, que empez6 a aplicar desde 1611, después de haber dado una denominada «garantia» de la consti- tucién existente. Esta garantia fue elaborada principalmente por Axel Oxenstierna (1583-1654), conforme al Landslag de 1442, a las uniones hereditarias de 1544 y 1604, a la unién religiosa y a los privilegios de los distintos estamentos en nombre del derecho y del reino, y aceptada por el rey. En ella se compro- metia principalmente a reinar «con el asesoramiento del Con- sejo» y «con la aprobacién de los estamentos». En una situa- cién sumamente dificil del vasto reino, que estaba en guerra con Rusia, Polonia-Lituania y Dinamarca-Noruega a un tiempo, se aontirmé el recurso consiguiente al derecho y la seguridad de la «constitucién acumulativa» Este proceso, que tuvo su correspondencia en los Pafses Ba- jos rebeldes y que también se dio en Polonia, contradice la ideologfa de la «primacia de la polftica exterior», que no puede concebir, en situaciones de emergencia nacional, el «lujo de unas jnstituciones liberales» (O. Hintze). Contradice también la idea de que una gran potencia sdlo puede surgit cuando se recortan 15 las libertades y se concede el «poder absoluto» a un solo in- dividuo» ", Los acontecimientos que se desarrollaron en Suecia a lo largo de muchas crisis, incluido el peligro de divisién del reino en Ja lucha de Juan III contra el duque Carlos de Sédermanland y bajo Segismundo III, fueron interpretados en la época como un sistema de la Enrddighet, como un dominio tinico «confor me a ley». As{ se dio con una férmula propia para Ja monar- quia y se concibié la relacién rey-reino, en su aspecto fiducia- tio, como la concebfan Cicerén y Altusio: como una relacién tutor-pupilo". Como negacién de este sistema de dominio de {ndole libertaria y estamental se desarrollarfa mds tarde, en una situacién de emetgencia mucho menor, la Envilde como poder tinico «a voluntad», en la que el rey hereditario no se conce- biria ya como albacea, sino como sefior y detentador de una autocracia *, Con la inclusién de los estamentos en la politica se pudo hacer frente paulatinamente a las cargas de le guerra sin sufrir grandes rebeliones internas. Tan sdlo el pago del rescate de Alvsborg, tinico acceso da Suecia al mar del Norte, Hevd al pats al limite de sus posibilidades materiales. Bajo Cristién IV, en la paz de Knardd de 1613, que puso fin a la guerra de Kalmar, Dinamarca-Noruega humillé al joven rey no sélo con una reclamacién de dinero, sino también garantizan- do a su vecino sus propiedades en la peninsula escandinava”. Tras la clarificacién de Ja situacién en el sur y en el oeste del imperio, la atencién se dirigié m4s que antes al norte y al este. Pero la conquista de Arcdngel quedé aplazada y, pese a ciertas acciones ocesionales de guerra, se buscd un equilibtio con el fauevo zar de Mosci, de la Casa Romanov, después de fracasar el inteato de cleocién de Carlos Felipe como zar. A largo plazo parecia poco realista pretender también una Rusia ortodoxa de los Vasa, ademds de Ia Polonia catélica de los Vasa y la Suecia protestante de los Vasa, La presi6n de Axel Oxenstierna, que en 1612 se convirtié en canciller del rey y del reino, puesto en el que permanecerfa hasta 1654, en favor de un entendimiento con los zares de Mosct, se impuso finalmente y, con la media: cién holandesa e€ inglesa, se IegS en la paz de Stolbovo de 1618 a un acuerdo que garantizaba la frontera oriental. Esto suponia ciertamente una ventaja inapreciable” pata la préxima guerra con Polonia-Lituania y la intervencién en la guerra civil de Bohemia, iniciada en 1618, que se transformaria més tarde en una «guetra alemana». Pero el total desplazamiento del ve- 16 cino oriental del mar Baltico encerraba también peligros pa el futuro”, Gustavo Adolfo TI, a pesar del parentesco con el recién e! gido «rey de invierno» Federico V, de la Casa del Palatinad se mantuvo al margen para ayudar a los bohemios. La guer con Polonia, donde, con su pretensién de un dominium absol tum, Segismundo III habia desatado la rebelién de Zebrz dowski de 1606 a 1609, exigia todas las energias y medic para cuyo refuerzo Suecia practicé un activo comercio con I pafia, a pesar del peligro europeo de una «monarquia univ sal» por parte de esta potencia. Desde 1599 aumentd especi mente la exportacién de cobre a Espafia, donde Jas Cortes < cidieron en 1626 cambiar el cobre de las monedas propias p plata. Con ello perdidé Suecia un importante comprador de | materia prima m4s importante, ademas de la madera y el hi ro. Esta era una razén mas para llevar Ja guerra con Polon desde la conquistada Prusia, contra la Casa de los Habsbur y su poder™, Esto se plasmé tras la lucha contra los Estad de Bohemia, en el establecimiento del reino hereditario en 16: reforzado con la campafia victoriosa del general bohemio Walk stein (1583-1634) en la Jurlandia danesa, o en la promul, cién del Edicto de Restitucién de 1629*. El mismo afio Suecia, por mediacién francesa, firmé el : misticio de Altmark. En él consiguié sobre todo el control | las ciudades prusianas, entre ellas la rica Danzig, asi como | tributos que Mevaban consigo, Hasta el acuerdo de Stuhmsdc de 1635, su producto aseguré una gran parte de los ingres ordinarios del presupuesto del reino y fondos para la prdxir guerra con el emperador. Ademds, Gustavo Adolfo Il se dk aconsejar de forma constante por el Senado, que para él tu siempre la funcién de mediador, de vigilante de la ley, como debe aparecer en Jas constituciones contractuales si majestad del rey quiere mediar, como poder oficial, en Ja bertad de los estamentos. Durante los debates celebrados ¢ tante semanas con motivo de la cuestién de la «guerra just (bellum justum), dio con la férmula cldsica al discutir el pl consistente en llevar a cabo una revolucién en Dinamarca a | de aseguratse mejor la guerra ea suelo imperial aleman des el noroeste: «Una monarquia no consta de petsonas, sino leyes» *. La seriedad con que el «rey de Ja nobleza», como lo califi Axel Oxenstierna, se tomdé esta férmula se pone de manifie: en diversas esferas, por ejemplo en el establecimiento del tril nal de Svea en 1614, en la orden de la Dieta de 1617, a la q todavia se remitfa Gustavo III en 1778, en la garantia de los privilegios de la nobleza, en el fomento de los otros estamentos o en la garantia legal para los dignatarios del reino, entre ellos y sobre todo las senadores, estamento que habia pagado en el pasado un elevado tributo de sangre por ser fieles a la ley, y también en la creacién de un ejército permanente, Sobre la base de un impulso sobre los molinos, autorizado temporalmente por la Dieta, Gustavo Adolfo II afianzd asi su poder militar en ef propio reino, que se habfa reformado con- secuentemente con el espfritu libertario de la reforma orangista del ejército”. Con ello aporté la prueba de que un ejército permanente no tenia que llevar necesariamente a la «soberania hereditaria y al absolutismo», mientras rigiese también la pri- macia del derecho en tiempos de guerra y en condiciones de anccesidad». Sus esfuerzos por inducir a la Dieta a que decla- tase a Cristina heredera legitima y posible sucesora demuestra adicionalmente la fuerza de su reino hereditario, que sdélo con- sideraba el poder come efectivo y justo y lo utilizaba en con- secuencia cuando estaba organizado con arregio al derecho contrac- wal, dejando asi a los estamentos la responsabilidad de tomar medidas. El principio de Ja reciprocidad de derechos y oblig: ciones no fue sdlo la razén esencial del apogeo de Ja republica romana, de Venecia, la reptiblica noble de Polonia, Holanda o el Sacro Imperio, sino también del apogeo del imperio de Sue- cia. De todos modos exigfa una permanente «educacién para la constitucién», como la que exigia Aristételes para el poder puro, conociendo como conocia las debilidades humanas *. En este sentido no sdlo estaba preparada Ja generacién de Erik Sparre para las dificultades con la libertad, sino también la de Axel Oxenstierna. La Economia o libro presupuestario de la joven nobleza, del senador Per Brahe el Viejo, de la década de 1580, que por su espiritu humanista y sentido practico para la explotacién efectiva de una finca noble no es en nada in- ferior a la obra de Lucio Columela De re rustica, no sdlo re- comendaba al joven noble de Suecia «un Jatin bueno y puro», que podia aprender en Cicerin, Salustio y Erasmo de Rotter- dam. Ademds de [as habilidades prdcticas, entre las que se contaban también la aritmética y la geometrfa como base de la justicia, en esta importante obra educativa se le decia tam- biéo: «En Aristételes, Cicerén, Juan Bodino y en el libro de los regentes de Jorg Lauterbach se encuentra cdmo debe con- seguirse un régimen bueno y ordenado»*, _ Todos estos autores, y muchos otros, los conocia Axel Oxens- tierna, quien, junto con sus hermanos Krister y Gustavo, habia 18 estudiado teologia, jurisprudencia y filologia en Rostock, Wit- tenberg y Jena, en 1604 habia entrado como chambelén al ser- yicio de Carlos IX y en 1609 pasd a ser senadot. A él debid Gustavo Adolfo no sdélo la dificil subida al trono, sino tam- bién las iniciativas y la organizacidn de numerosas reformas, en cuyo centro aparecia una y otra vez el proyecto de reunir en un solo documento las leyes fundamentales existentes (unién religiosa y unién hereditaria) como base de la Constitucion y del Estado con las leyes para la administracién y el gobierno del reino, cosa que se logré con la Hamada «forma de gobierno». Por encargo del rey, el canciller habia iniciado ya su elabo- racién durante la campafia de Prusia, pero no !a pudo terminar antes de la muerte de Gustave Adolfo IH], de suerte que este documento peculiar de la historia constitucional sueca y europea no eva la firma de este rey, que murié el 6 de noviembre de 1632 cerca de Liitzen luchando contra el ejército imperial al mando de Wallenstein. De este hecho se ha sacado la con- clusién de que el canciller estaba movido por descos oligdrqui- cos de poder, que querfa engafar al rey. Esta hipétesis se basa efectivamente en un malentendido, a saber, en la indole nomis- tica de la monarquia, que el propio rey haba definido en 1629. Oxenstierna se atuvo estrictamente a este principio, que supa aplicar magistralmente en el espiritu del Landslag y de las leyes fundamentales del reino. Todas las fuentes disponibles confir- man que Gustavo Adolfo If quiso incluir en Ja forma redactada por el canciller el quinguevirato o gobierno tutelar de los «cin- co altos cargos» (prefecto de justicia, matiscal del ejército, al- mirante de la flota, canciller de 1a politica interior y exterior, tesorero mayor de las finanzas) dentro del marco de sus consejos y en unidn con el Senado y la Dieta. En ja nueva «forma de gobierno», aceptada por la Dieta de 1634 en Estocolmo, no se distinguen «tendencias antimondérquicas»*, pero si un pensa- miento antiabsolutista y un programa que se convirtid en la quintaesencia de la historia libertatia de Suecia desde 1442 y que se combatié con 1a introduccién del absolutismo en forma de las Envilde de 1680. En el prefacio a este documento constitucional se decia que Suecia habia sido liberada por Gustavo I de las «tinieblas pa- pistas», que habia conquistado su independencia nacional en el espfritu de libertad y que habia sabido sustituir el derecho elec- toral por el sucesorio y gatantizar la «paz y tranquilidad inte- rior». Pero, segdn las intervenciones del rey muerto en com- bate, el reino necesitaba la renovada confirmacién y el forta- lecimiento de «un régimen ordenado donde el rey conserve de. 19 bidamente su majestad, el conscjo su autoridad y los estamen- tos su justificado derecho y su libertad» ™, Resulta dificil entender cémo la historia ha podido ver hasta ahora un pensamiento constitucional «dualistay en esta coordi- nacién tricotémica y contractualmente medida entre el rey, el Senado y la Dieta, teniendo en cuenta sobre toda que el resto de la politica y la idea que de si mismo tenia este rey iban ditigidas a acusar a Segismundo II, su adversaria de Polonia, de haber incumplido repetidas veces el contrato. También se le reproché al emperador 1a violacién de la cons- titucién para tener asf una justificacién juridica-politica para intervenir en la «guerra alemana» de 1630. Supuestamente, el emperador no respeté su capitulacién electoral —la conformidad al rey de Suecia— con garantias juridicas para los estamentos protestantes *. En 1688 se adujo un argumento parecido para la intervencién de Orange en la guerra civil de Inglaterra con el fin de impedir un régimen absolutista. Este era exactamente el objetivo bélico declarado de Suecia a la muerte de Gustavo Adolfo II. Presionado por Oxenstierna, el gobierno insistia en que «la libertad de los estamentos de Alemania no debe con- vertirse en la esclavitud y el dominio absolute de la Casa de Austrian *, Se sabia exactamente a dénde debfa Hevar la herencia pa trimonial que los Habsburgo hablan conseguido en 1627 en Bohemia: al absolutismo hereditario de esta casa. Francia se sumé a la lucha contra esta polftica tras la paz de Praga de 1635 y el armisticio de Stuhmsdorf, que para Suecia supuso la adquisicién definitiva de Livonia, aunque al mismo tiempo su- puso también la pérdida de los tributos prusianos. En el cenit de la crisis, tras la grave derrota de los suecos en 1634 cerca de Nordlingen, el canciller Oxensticrna se reunié en Compiégne con cl cardenal Richelieu y, con Ja participacién de Hugo Gro- tius, embajador sueco en Parfs, negocié alli la alianza con Fran- cia, que estaba vitalmente interesada en la conservacién de la «libertad» en el Sacro Imperio*. Pues la garantia de la cons titucién imperial significaba un equilibrio de poder interno, con- tractual, entre el eperadar, los principes electores y la Dieta- curia, 0 sea, una proteccién contra Jos efectos de la expansién de los Habsburgo y los deseos de poder universal. No en vano Oxenstierna hizo jurar a los senadores en 1646 el imperativo de la seguridad: «Ahora tenemos la seguridad de que Alemania no se hard absolutista, pues de otro modo sucumbirian a ella Sue- cia, Dinamarca y los demas *. Para 1, absolutismo significa falta de libertad y esclavitud 20 de los estamentos en el interior y deseos de hegemonia en el exterior. Tan sdlo una politica de equilibrio contractual, con sus correspondientes trabas institucionales, podia frenar semejante desarrollo, sabiendo que no podia partir ningdn peligro para Europa desde Alemania si ésta se mantenia dividida. La divisién ideoldgica en papistas («nacién catdlica») y protestantes («na- cién evangélica») tenia su correspondencia en Ja garantia exte- tior de la constitucién imperial, en la que se incluyé la paz de Westfalia como «ley fundamental» y con ¢l mismo valor que la paz religiosa de Augsburgo de 1555 y la Bula Dorada (ley electoral del emperador) de 1356. Materialmente, esta regulacién significaba la adquisicién del «feudo impcrial» de Pomerania, administrado por Suecia hasta 1815, la adquisicidn de los obis- pados de Bremen y Verden y, ademds de una indemnizacién cn dinero, el control de las desembecaduras del Oder, el Elba y el Weser. De este modo Suecia se afianzé constitucionalmente en el Sacro Imperio a través de la Baja Sajonia y quedéd en con- diciones de controlar tanto a Dinamartca como a Polonia para su propia seguridad. Los planes no iban més lejos. El matri- monio entre el elector Federico Guillermo de Brandemburgo y Cristina cn 1641 no pudo celebrarse por impedimentos juridi- co-constitucionales (el elector era calvinista y no era un verda- dero soberano), pero también por la conciencia histérica de que fos teinos dobles estaban expuestos a mayores cargas, como sé habia visto con suficiente evidencia en el ejemplo de Segis- mundo TIT, Por muchos éxitos que cosechase Oxentierna, considerado el ma- yor estadista de su época por Grotius, «padre del derecho in- ternacional», o por el gran canciller polaco Lubomirski e incluso por el cardenal Mazarino, en su politica de seguridad durante Ja tutela de Cristina y tras su acceso al gobierno en 1644, esta reina no elevé con su firma la forma de gobierno de 1634 a Jey fundamental. Tampoco cra absolutamente necesario mientras el Landslag, Ja unién hereditaria y la unidn religicsa, con las «garantias» de sus antecesores en cl cargo, constituyeran la base juridica del reino. Todas estas leyes y contratos formaban la constitucién acumulativa de Suecia, que no podia sustituirse por la forma de gobierno. No obstante, la reina gobernd de acucr- do con este «orden» después de haber aceptado ella misma y reforzado con un juramento la «seguridad» elaborada por Oxenstierna *, Esta deficiencia jurfdica de 1a forma de gobierno, que re- 21, gulaba en 65 articulos sobre todo el sistema de colegios, la jus- ticia y Ja administracién de los distintos Lax (distritos guber- namentales} y ciudades, iba a ser en 1680 el motivo para modi- ficar radicalmente todo el sistema libertario, puesto que duran- te el reinado de Cristina se alteré cada vez mds la «simetria de la propiedad». Durante Ja guerra alemana, el gobierno se vio ya obligado, tras la muerte de Gustavo Adolfo II, a donar cada vez con més frecuencia tierras de Ia Corona a fin de poder cubrir los gastos crecientes con fuerzas propias, al menos en parte. La otra parte provenia de los subsidios de Francia (uno de los medios de la Ilamada guerra «encubierta») y del producto de Ia venta de cereales obtenidos del Estado moscovita*. Esta politica de tierras bajo el signo de la guerra ponfa en peligro antes que nada al campesinado libre. Pues con la enajenacién de tierras de la Corona a los nobles se amenazaba la participa- cién de los campesinos de la Corona, es decir, ya no estaban representados en la Dieta. No es de extrafiar que se extendiera la indignacién y se pidiera una revocatio bonorum coronae. La justificacién de la reduccién de los bicnes de la Corona en ma- nos de nobles en el decreto de la Corona se remitia al Landslag y se apoyaba en la doctrina de la propiedad de Séneca. En ef famoso alegato Ofdrgripeliga bevis de 1649, en el que los campesinos se defendian contra la politica de tierras y 1a presién fiscal del gobierno, se declaraba inequivocamente que el remo de Suecia era ciertamente «hereditarion en 1544, pero esto no significaba que «fuese patrintonia hereditario, donde el rey tuviese el poder para hacer y deshacer a su capricho» Pues la unién hereditaria estaba «limitada por ciertas condicio- nes», es decir, que el imperio de Suecia «tiene naturaleza feudal y derecho feudal y es un fendo hereditario y no herencia alo- dial, por lo que respecta a la sucesién». Esta, en cambio, se basaba en un contrato que debia confirmarse con cada nuevo rey sobre la base de la reciprocidad y Ja relatividad y propor- cionalidad. En otra escrito se decia que «la proporcién y la igualdad entre los estamentos» se habia desplazado en favor de Ja nobleza, cosa a la que habia que poner remedio. Se insistia en que «Suecia es un imperio libre y 1a libertad consiste en que [...] aquf no hay una dominatio, en la que las tierras per- tenecen a todos los stibditos de la Corona, la mismo que en Rusia 0 en Turguia, donde Jas tierras, como dice Séneca, estan en poder del rey, pero son propiedad plena de los individuos» *. Per consiguiente, los reyes no tienen mds que un imperium (poder contractual) sobre tierras y gentes, bienes y dinero o casa y finca, pero no un dominium (poder absoluto de dispo- 22 sicién), Se vuelve a poner de manifiesto aqui el cardcter pose- sivo del sistema constitucional y juridico existente, con Ja indi- cacién clara de que Jos reyes sdle podian aceptar su derecho de sucesidn sobre la base de contratos y deb/an consultar en su gobierno a los étganos del imperio. Sin embargo, en su polftica de concesiones, la rcina actudé a veces por su cuenta y, sobre todo, mediante una serie de ennoblecimientos, cred una especie de nobleza nueva (Nyfrd/se) que entré con frecuencia en aguda contradiccién con la nebleza vieja (Ganzmalfralse), manifestando- se cada vez mids cn favor de la reduccidn de los bienes de Ja Corona, la cual debia afectar preferentemente a las viejas fami- lias de Ia nobleza. Con esta constelacién de conflictos internos de Ja nobleza en clerta modo se produjeron después de 1648 cambios que en ef futuro tendrfan consecuencias graves para la libertad de los estamentos y la autoridad del Senado. Con cietta habilidad Cristina consiguié rechazar la demanda de la reduccién, en el marco de su negativa a casarse con el duque Carlus, de la Casa de Palatinado-Zweibriicken. En su lugar, logré la eleccién de este primo para «principe heredero» y, por tanto, sucesor suvo, puesto que desde Ja paz de Westfalia acariciaba Ja idea de ab- dicar. Estas intenciones se hicieron realidad en 1654, con el re- sulrado de que Oxenstierna volvié a prescribir, ahora para ei tercer rey, las condiciones de Ja «seguridad» en nombre del de recho y del teino, aceptadas por Carlos Gustavo X, como se flamé el duque, y juradas tras el acto de abdicacién “. Cuando poco después murié Oxenstierna termind para Suecia una época que habia estado por completo bajo el signo de Ja Tlustracién politica. Emanaba de tradiciones constitucionales que fo tenfan nada que ver con el «pensamiento politico permdnico» y si con la sistemdtica aristotélica, el Antiguo Testamento y el pensamiento juridico romano. Con su «mentalidad ilustrada», Erik Sparre o Hogenskild Biclke, Axcl Oxenstierna, John Skytre o los Brahe eran cjemplos excelentes de un individualismo que sabia algo de la autonomia intelectual del hombre, al mismo tiempo que sentian una preocupacién por la comunidad politica y la propiedad, en torno a cuya seguridad y fomenro gird pria- cipalmente su pensamiento, sin olvidar los vinculos sociales de toda propiedad. Sin duda hay que atribuirle a la generosidad de Gustavo Adolfo IT Ja reapertura en 1626 de Ja Universidad de Upsala, fundada en 1477 segtin los estatutos de Ia de Bolo- nia y cerrada desde la Reforma, tras ser confiscada a la Iglesia 23 y convertida en una donacién espléndida. Pero Ja importante citedra de politica fue creada por su maestro Johan Skytte, de familia plebeya y uno de los mejores latinistas de Europa. Esta institucién persiste hoy dia, lo mismo que Ja universidad del Dorpat biltico, que tiene mucho que agradecerle a Skytte. Lo mucho que Axel Oxenstierna hizo por la Universidad de Up- sala, de la que fue canciller durante muchos aiios, cs algo tan sabido como la intervencién de Per Brahe el Joven en Ia erca- cin de la Universidad de Abo (Turku), en Finlandia, o la det canciller imperial Magnus Gabriel de la Gardie en Ja fundacidn de fa Universidad de Lund/Schonen en 1668, en la que trabajé durante muchos afies nada menos gue Samuel Pufendorf *. La nobleza sueca, provista de condados y baranfas desde 1561 y dividida en tres clases desde 1626 mediante la Orden de 1a Casa de lus Caballeros (Riddarbusordning}, se considcraba, en sus figuras mds destacadas, como representante de Ja Hustracién que no sdlo sabia organizar racionalmente su propia economia, sino también participar activamente en la vida politica del rei- no. Al mismo tiempo, y pese a Jos limites constitucionales, los reyes tenian muchas posibilidades dy utilizar su autoridad dentro y fuera, en contraste con los reyes de fa reptblica’ noble de Po Tonia, cuyo sistema constitucional Jibertarie coincidia con el de Suecia en Ja indole contractual, También alli al rey le corres- pondia la majestad y al Senado la autaridad, pero la tebertad, como cuintaesencia de Ja libertad de propiedad y del derecho de representacién en la Dieta (Sejm). era exclusiva de Ja no- bleza“. Esta es la diferencia decisiva en el respaldo social de las trois prérogatives de un eréyimen crdenades, tal camo. se describfa en la forma de gobierno succa de 1634 basada también en el modelo romano, pucs en Suecia formaban parte de este sistema el clero. con un estatus especial, los burgueses de las ciudades y los campesinos de la Corona. aestructura de monarchia mixta daba lugar a una vida politica que en algunos aspectos plasmaba ideas que Montesquicn pedia cn 1748 cn su obra El espirita’ de las levers Pero también encerraba peligros. En una situacién de crisis nacional o de guerra, mediante tas demandas ccondmicas a fa nobleza, cl rey podia urilizar los tres estamentos no nobles para sacar de quicia a todo ¢l sistema Ti- bertario si iograha dividir a la propia aristacracia y someterla a una fuerte presién material y moral. En 1653, cl embajador inglés Whitelocke alababa «the wis: dom of government» (la sensatez del gobierno) existente en Sue- cia y. par consiguiente, la «participacién proporcional» de los estamertos y sus 6rganos en Ja politica, cuyo espiritu libertario 24 habia preocupado al bohemio Comenius tanto como habfa po- sibilitado la estancia de un Freinshemius, un Hermann Conring o un Descartes en la corte de Estocolmo“. Aunque Suecia no produjo ningtin filésofo de primera fila, se presenta como cuna de una Ilustracién que se tomé en serio el «sapere aude!» de Aristételes, asf como la nueva pedagogia de Ramus o el redes- cubrimienzo del ius svecanum: por Stiernhork, la depuracién de la lengua propia por Stjernhjelm o la Aéldntica de Rudbeck, quien, imbuido de «goticismo», proclaméd que los suecos eran el pueblo mds antiguo del mundo y dio lugar a que Leibniz redactara una réplica con el titulo De origine Germanorum". El hecho de desempefiar el papel de gran potencia europea movilizé todas las fuerzas del reino, escasamente poblado, que, a pesar de su vinculacién a la Iglesia oficial protestante y a los privilegios de la propia nobleza para ocupat cargos, ofrecia campos de actividad a numerosos extranjeros, no sdlo en el ejército, sino también en la educacién y en ta economfa. Louis de Geer, el «rey de los cafiones» del siglo xvi, no es mds que un ejemplo de lo abierta que podia ser esa potencia a las per- sonas que servian a sus intereses. Pero la carrera de Bengt Skyt- te, que no pudo realizar el grandioso plan de una Universidad de Europa, es, junto a otros casos, un signo de que la tolcran- cia tenia también sus limites y el sistema libertario podia ser hermético en su aspecto juridico cuando se Je exigia demasia- do”, No obstante, en comparacién con otras comunidades eu- ropeas, ofrecia un elevado grado de seguridad a los derechos y propiedades y disponia de un ejército modetno, con una fuer- za de combate temida al que no se oponfa la constitucidn 1i- bertaria, asf como de un sistema de educacién que, gracias a los gimnasios * surgidos desde la década de 1620, permitia a mds y mds plebeyos Ja posibilidad de llegar a los puestos bajos de la administracién, ampliada cada 2% mds en el dmbito civil y militar. Plebeyos como Johan Skytte o Adler Salvius, uno de los principales negociadores de Osnabriick, demostraron la po- sibilidad de romper las barreras del nacimiento con ayuda del trabajo individual y fomentar asf la «circulacién estamental» “. Si al final de la era de Oxenstierna en 1654, con Ja entrada de 1a dinastia del Palatinado, se podia decir que estaba afian- zado el sistema libertario, pues hasta entonces habia convencido con sus éxitos, también es cierto que dejd una herencia di * Institutos humanistas de segunda ensefianza. (N. del T.) 25 Su centinuacién requeria mucha inteligencia, energia y discipli- na, en suma, virtas politica“, de la que los sucesores no siem- pre estuvieron dotados ni a la que siempre se mostraron dis- puestos, pero sin la que no podian mantenerse a largo plazo la majestad, la autoridad y Ja libertad. b) El clera y et reino. El rechazo de un «dominio absolute» en 1660. La guerra y el camino hacia las «Envdlden. Las «declaraciones» de las estamentos de 1680 @ 1693. Carlos XII como «Dios en la tierra». La gran guerra del Norte Los efectos directos del Landslag y de la filosofia tomista ha- bian marcado en dmbitos esenciales Ja actitud del clero refor- mista de Suecia con respecto al reino. Sobre todo el reforma- dor Olaus Petri, tan expuesto a los caprichos de Gustavo I (Vasa} como lo estuvo luego Erik Sparre a los de Juan III, de fendié una y otra vez, en contraste con la doctrina luterana del régimen, el cardcter oficial recfproco def reino cn el sentido ciccroniano. En defensa de una reciprocidad clemental (cbligatio mutua) renovd un pensamiento contractual y constitucional ori- ginario de la ¢poca anterior a la Reforma: «A cambio de las impuestos que cl campesino paga al rey, quiere que se manten- ga la ley y el derecho, y por la misma razén pot Ja que el rey exige sus impuestos al campesino puede exigir también el campesino ley y derecho al rey» “. Solamente en el cumplimien- to de este principio contractual se reconoce en el reino el gobierno de Dios en la tierra y, al mismo tiempo, el «bien comin» se deriva del hecho de que toda polftica aparece como Ja ejecucién de un contrato. El «pacto entre caballeros» del re- formador apunta claramet®= al mediante homine de un favor divino, a la mediacién humana en el contrato entre el rey y el reino o entre Dios en unién con su «pueblo». Este elige al rey a través de sus representantes, lo unge por un obispo y permite que sea coronado con la participaciéa de los «altos cat- gos del reino». En estas condiciones se cred un ceremonial de coronacién en el que fos «cinco altos cargos» (prefecto, mariscal, almirante, can- ciller y tesorero), como simbolos de los «cinco sentidos» del hombre, presentaban al rey las regalias del teino (corona, ¢s- pada, cetro, manzana, lIlave) en la catedral de Upsala, como signos externos del predominio del impetio con su «eterno» dominium directum y \a correspondiente majestas realis, Por 26 fa persistencia de este ceremonial se explica tambien la discre- pancia temporal entre Ja subida al trono y Ja coronacién. Asf, por ejemplo, Gustavo Adolfo II no fue coronado hasta 1617, Cristina hasta 1650 y Carlos XI hasta 1675, después de haber reconocido todos los derechos regionales y haber jurado de nue- vo la cotonacién. Con esta reglamentacién se querfa comprobar el uso que el nuevo rey hacia de su cargo ¢ impedir el abuso de poder. El clero de Suecia contribuyé mucho a la consolidacién de este favor divino Libertario. Eclesidsticos como Johannes Rud- beckius, Jonas Magni, el arzobispo Lenaeus o cl obispo Lau- rentius Paulinus Gothus entendieron y defendieron la monat- quia como Enrddighet y reconocieron en el «gobierna con con- sejo» la necesidad de Ephoren, de mediadores enire cl rey y Ja Dieta. Se apuntaba asi en primer lugar a las consejeros (sc nadores) y a Jos titulares de les «altos cargos», a los que el clero no tenia ya acceso desde la Reforma”. Recordando esta pérdida, en la que se inclufa también la desposesidn del clero, J. Rudbeckius definia, en un sermén de 1615, el reino heredi- tatio nomistico, Conforme al sentido del libro de Samuel, seria una gran injusticia que cl rey «enfeudase y regalase. eternamen- te lo que sirve para cl mantenimiento del régimen y acto se- guido se apoderase de la herencia y propiedad de otro, hasta que todos fuesen iguales a csclavos». Pues «hay una diferencia entre un stibdiro (subditum) y un esclavo (sereum)». Donde se guiebra esta linea, «la autoridad se convierte en tirano y no en reyn ©, Apunta asi el tema bdsico de wna ¢poca que revestiria rasgos draméticos en 1680: Ia garantfa del sucto. Y ésta se esperaba en primer lugat de los reyes. Hasta el propio Gustavo Adoifo II tuvo que soportar que [a alta nobleza le rcprochase injerencias ¢ intrusiones en los privilegios de propiedad, aunque fuese des- pués de su muerte. Carlos Gustavo X, confrontado poco después de su toma de posesién con la crisis de Europa oriental e implicado en la guerra con Polonia y Dinamarca, consiguid, tras dutas negocia- ciones en la Dieta de 1655, que Ja nobleza renunciase a un cuarto de sus tierras en beneficio de la Corona, para Ienar asf las arcas de la guerra, cuyas necesidades tendrian que cubrirse, en caso contrario, con mayores impuestos, contribuciones oO re ducciones de tierras®. En esta importante decisién de la Dieta se puso de manifiesto que podian Uevarse a cabo reducciones 27 Caballeros, un testador puede hacer un testamento «de lo que posee en dominio directo», pero «no sin limitation. Para 6, Gyllenstierna y los otros nobles de esta clase es evidente que ceder en este caso fundamental, en el que debia demostrarse el valor del derecho politico libertatio y contractual, no podia significar otra cosa que el deslizamiento hacia un domtinio en el que ya no se gobernaria «por la ley de Succia», sino «por el capricho abscluto» *, Tras una lucha tenaz se consiguid rechazar el testamento de este rey hereditario como «contrario a Icy» y redactar un Ila mado aditamento a ta forma de gobierno de 1634, en el que se respetaba la vieja jerarquia de los «cinco altos cargos» y se regulaban contractualmente las disposiciones para la tutela que ahora se iniciaba**. Pero esta victoria del derecho sobre el po- der se traducirfa un dia en derrota cuando Carlos XI empezara a anular desde 1680 este acuerdo de la Dieta y a interpretar patrimonialmente el reino hereditario. An no se habia Iegado tan lejos, sin embargo. Micntras que en Prusia Esaias Pufen- dorf —por encargo del gobierno sueco y bajo la direccién prac tica del nuevo canciller Magnus Gabriel de Ja Gardie— reco- gia informaciones entre les estamentos locales sobre el rumor de que el elector de Brandemburgo querfa «establecer a la fuer- za el dominio absoluto», con Ia ayuda de Carlos Gustavo X *, y en Dinamarca se apagaban las luces de la libertad, Suecia se tas arreglé sorprendentemente bien con su consolidado sistema constitucional, Pero, a pesar de los censiderables éxitos en el sactor financiero y la incorporacién de la rica regién de Scho- nen, que fue sometida consecuentemente a un «despilfarro» ace- lerado, seguia sin resolverse todavia la cuestién de !a reduccién, puesto que la resolucién de la Dieta de 1655 atin no se habia evade a efecto de forma satisfactoria. La fundacién de la Universidad de Lund en 1668 y el esta- blecimiento el mismo afio de un «Banco de los estamentes del reino» “, el primero de su especie en Europa, demuestran, junto a otras cosas, la vitalidad politica de esta comunidad, derivada indudablemente del espiritu de libertad. Mas, por otro lado, eran evidentes ciertos sintomas de peligro, Con la anulacién de Jas asambleas regionales en 1660 se reforzd ciertamente Ia po- sicion de Ja Dieta, pero al mismo tiempo se paralizé también un instrumento libertario de nivel inferior y se favorecié el proceso de centralizacién. Las acaloradas discusiones de las uni- versidades en Ja incipiente «disputa cartesiana», que ocupaba sobre todo a los aristotélicos locales *, y los crecientes antago- nismos dentro, de la nobleza, por un lado, y entre los plebe- 30 ee yos, por otto, suscitaban malos augurios para el futuro. Entre ellos, la advertencia: «Si tenemos un reino corrupto, tendremos también un fey corrupto»®, Pero también habria sido posible invertir esta frase, puesto que Carlos XI, todavia menor de edad, malctiado por su madre Eduvigis Leonor (que en el gobierno de tutela tcnfa dos votos), en vez de prepararlo de manera consecuente para un cargo di- ficil, sentia poca inclinacién a tomarse en serio las ensefianzas que le proporcionaban los estamentos. Probablemente era dis- léxico, como Federico IE de Prusia. Incluso sicndo adulto y rey, apenas podia leer textos sencillos sin ayuda ajena. Carlos XI fue con toda seguridad el rey mds inculto que jamds truvo Sue- cia. En su caso sdlo se le podia dar una «educacién para la constitucién», como la que habian dado John Skytte a Gustavo Adolfo II y Axel Oxenstierna a Cristina. No es de extrafiar, pues, que con eéte defecto personal dependiera de los conseje- ros mucho mas que todos sus antecesores. Y €] iba a lograr lo que no consiguieron Erik XIV, ni Segismundo TI ni su_pa- dre: el reconocimiento de la «soberania hereditaria y del ab- solutismo». Cuando en 1671 Carlos XI pudo visitar por primera vez y ofi- cialmente el Senado, el canciller De la Gardie le explicé los acontecimientos de Dinamarca y le hablé detalladamente de la implantacién alli del «gobierno abscluto» y de su cansolidacién gracias a «las armas», con la instauracién de wn «ejército pet- manente» (miles perpetuus), de moda que Cristidn V estaha en condiciones de «tomar resolucioncs con més facilidad que antes y ejecutarlas desde que se habia instaurado alli la saberantan ®. Estas explicaciones debieron sonarle a Carlos XI como un programa para adoptar una posicién similar en caso necesario. Pero como este pensamiento seductor no se Je ocurtié a tiempo, su maestro de teligién, el obispo Svebilius, Je aclaré durante esta introduccién al Senado fas ventajas de la Enrdédighet te- mitiéndose al reino de Salomdén, que en muchos aspectos se oponia directamente al de Samuel. EI clérigo declaré al joven tey que «la politica» que ensefie otra cosa que un gobierno con consejo, «temor de Dios y justicias no es una politica querida por Dios, sino que tienc otro autor que dice [...] que la lealtad, la devocién y la bondad son pata el vulgo; pero los grandes sefiores y estadistas no estén vinculados a ella, pueden hacer lo que consideren tril [...], y ensalza la rationem status, est€é o no de acuerdo con Ia palabra de Dios [...] Fuera con oa ese fdolo [...] El excelente politico y legislador Moisés no ensefia eso» “, Por consiguiente, se le recomendaba que gobernara el reino como Salomén y Moisés, con la misma insistencia con que se rechazaba el pensamiento politico de Samuel y Maquiavelo. A Carlos XI no le quedaba de momento otro remedio que de- cidirse por el sistema de la Enrddighet, que funcionéd bien con su prematura declaracién de mayoria de edad cn 1672. De to dos modos, en la Dieta se hizo alguna que otra declaracién en el sentido de que la Jey de Suecia no sdélo podia «tergiversar- se» por razones de dinero, coro advertia Olaus Petri“, sino también por razones de poder, recurriendo a disposiciones del derecho privado, para escamotear asf las normas del derecho politico, Se trata de un procedimiente que arraja una luz sig- nificativa sobte un modo de pensar rechazado todavia en 1660 en el testamento de Carlos Gustavo X, pero aplicado ahora par- cialmente. Pues, segtin las disposiciones de Ja unién hereditaria de 1604, el rey a los dicciocho afios slo podia recibir Ja «mi- tad del gobierno» y todo él al cumplir Jos veinticuatro. Si- guiendo las indicaciones de Gustavo Adolfo IT y después de la prematura toma de posesién de Cristina, Carlos XI recibid todo el poder gubernamental, aunque tuvo que aceptar y jurar la «seguridad» de la «constitucién o ley fundamental». Por tanto, no se convirtié en «saistre absolu des affaires», como creia Leib niz en 1673, sine en un rey hereditario ligado a la constitu- cién, gue hasta su coronacién en 1675 dejé en gran parte los asuntos de gobierno a los colegios y al consejo. Tampoco se le acjudicé «el aerarium y el ntiles [...] para que pudiera con- vertitse en perpetuus dictator o monatca absoluto» “. Lo que Leibniz exigfa casi simultdneamente para el Sacro Imperio en el interior se Je negd atin a Carlos XI. Pero entre ja alta nobleza existian ya temores y se hiceron esfuerzos por inspirarle a este rey un «horror al monstruo danés». Pues no debia ocurrirsele la idea de «pretender otra soberania que la que habian tenido sus antecesores» ©, Se apuntaba asf al cambio de un gobierno «conforme a ley» por un régimen que podia proceder «segtin sv capricho», fundamentando asi la Envilde. La guerra contra Brandemburgo, con la derrota de Fehrbellin en 1675 y la desastrosa batalla de Lund en 1676, gue sdlo con gran esfuerzo pudo ganar Carlos KI al ejército invasor de Cristién V, permitieron a este rey reconocer las ventajas de to- mar decisiones inmediatas sin consultas y objeciones de los se- nadores o de la Dieta. Aquello 2 lo que el canciller del rcino se habian referido en 1671 al poner el ejemplo danés pudo 32 ahora experimentarlo él mismo. A ello se sumo su valor personal en Ia guerra contra los daneses, que le aseguré cierto carisma, aunque inguieté a todos los que crefan que el joven rey podia dar un golpe de Estado, Hevado por esta nueva confianza en si mismo. Pero Carlos XI y su consejo, en el que Johan Gyllens- ticrna desempefiaba un papel cada vez mayor y el pleheyo Frik Lindschild adquiria cada vez mds influencia, no crefan que hu- biera IMegado atin el momento, -El rey se esforzaba mds bien por aplicar la Constitucién. Me- diante las Ilamadas Réfster, investigacioncs especiales de la ges- tién financiera y la politica de tierras del gobierno de la tutela_ entre 1660 y 1672, hizo que se Ie rindieran cuentas. El cfrculo que rodeaba al canciller De la Gardic, que adem4s estaba im- plicado en un proceso de alta traicién, tuvo asf que ponerse a la defensiva. Estos asuntos explosivos hicieron que muchos no creyesen a los primeros representantes de la Exrddighet o Epho- rie, como denomind este sistema constitucional el profesor Nor- copensis, el futuro maestro de Carlos XII. Parecia como si la sociedad estamental expetimentase en este decenio un cierto abandono de la disciplina libertaria. La dureza de las disputas intelectuales en las universidades y escuelas aumenté del mismo modo que la de las discusiones en las Dietas, dande era sobre todo el estamento campesino, apoyado por el clero y la bur- guesfa, el que cada vez cxigia a la nobleza mds justicia en la distribucién de las cargas y las obligaciones publicas. Esto sig- nificaba, en primer lugar, la equiparacién en los impuestoss Es comprensible que la nobleza combatiera esta tendencia, puesto que vefa su identidad aristocrdtica precisamente en la exencién de impuestos “. Ademds, cada vez era mds clamarosa la exigencia de una amplia reduccién de las tierras de la Corona y tras la paz de Nimega (1679) aumentaron los temores de que el rey instara a que se introdujeran cambios fundamentales. Una carta de Luis XIV a su embajador Feuquiéres habia suscitade ya durante la guerra una inquietud considerable en Jos circulos del Senada. Fi rey Sol suponfa en ella que «el sistema de gobierno de Suecia habia Wegado a un punto en que debia adoptar oéra forma», segin la cual Carlos XI debla depositar «su principal confianza en los secretarios», aspirando a «gobermar con una autoridad absoluta y con independencia del Senado», El obje- tivo no podia ser otro que convertirse en un «maistre absolu» Carlas XI rechazé esta idea y tranquilizé al Senado, manifes- tando que la «soberania mds segura consistia en Ja lealtad y la obediencia [...], y que habia que aplicar la ley y el derecho y proteger los privilegios de cada uno [...]». Si con ello disipaba 33 jas objeciones, la formula que «dependia dnica y exclusivamente del Dios supremo» por fuerza tenia que alertar a lo espiritus criticos. Para el rey, que se atenia fielmente a la Biblia, esta afirmacién significaba no peco y apuntaba a un reino basado en el derecho divino, en donde todo el poder seria attibuido a los reyes immediate Deo, es decir, a un abandono total de ja gracia divina de Ja constitucién libettaria®. Poco después se manifestaron las consecuencias concretas de esta actitud. En su matrimonio con la hermana de Cristién V (que habia gestio- nado Gyllenstierna), Carlos XI pasé por alto, de manera casi ostentosa, al Senado, al que no se le escuchd en esta cuestién fondamental para el reino. Esta viclacién de la constitucidn fue seguida desde 1679 de otras muchas, que allanaron paulati- namente el camino hacia la Envalde y, por tanto, hacia el ab- solutismo patrimonial. Desde el punto de vista sueco, se ha dicho a menudo que Fran- cia sirvi6 de modelo para la Envalde y su autocracia®. Pero, en realidad, casi todos los politicos conocfan ya, desde hacfa generaciones, el mecanismo fundamental del cambio de las relaciones feudales en érdenes patrimoniales de los que sdlo po dia surgir el absolutismo, Hasta qué punto se estaba informado en Estocolme Jo demuestra la politica frente al elector Federico Guillermo de Brandemburgo: Carlos Gustave X queria «ayudarle a conseguir el derecho soberano y el gobierno totalmente iimi- tado» por su ayuda militar en la guerra contra Polonia. Para ello debfa establecetse el nexo feudal de manera que este elector no figurase «como vasallo» ni «como Estado del reino de Sue- cla», ya que «no estaba vinculado por los jura y statuta suecos ni tampoco necesitaba comparecer ante las Dietas». Su posicién en Prusia debfa consistir unicamente «en la tranquila posesidn y dominio del poder supremo y de la soberania». Pues el elec- tor «sabe muy bien que hasta los reyes son feudatarios del em- perador, sin que por ello sufra su dignidad»”. En los tratados de Wehlan y Labiau, asi como en la paz de Oliva de 1660, esta pestura fue admitida por las dos potencias lisertarias: Suecia y Polonia. Ahora la politica de seguridad no se practicaba en Jo esencial como politica constitucional, tal como se hacfa atin cn tiempos de Axel Oxenstierna, sino como politica de poder, que no estaba ya interesada primordialmente en los estamentos como garantia de paz, sino en los principes y sus casas. Erik Oxenstierna, que habia sucedido a su padre en el puesto de canciller, se opuso a esa evolucién en las ne- 34 gociaciones de Suecia con el elector, pero tras su temprana Mmuer- te en 1656, Carlos Gustavo X no volvid a cubrir la cancillerfa Dos jévenes aristécratas, que desempefiarfan un papel cada vez mds importante desde 1660, fueron a partit de ahora Jos favo- ritos del rey para su nueva politica: Magnus Gabriel de !a Gar- die y Bengt Oxenstierna. De la Gardie estaba muy lejos de dar Ja talla de Axel Oxens- tierna. Para ello le faltaba Ja disciplina férrea y la ética liber. taria que anteponia el «bien comin» al propio interés. Si fra- casd en su gestién no fue sdlo por su politica de alianzas orien- tada hacia Francia, politica que habia fracasado en la guerra de 1675, sino también por estas insuficiencias. El sistema consti- tucional y contractual libertario exigia mucha confianza. Pero no existfa confianza entre el rey y el canciller. En 1680 este Ultimo tnvo que dejar su puesto a Bengt Oxenstierna, que habia representado a Suecia en Jas negociaciones de la paz de Nimega y habla soportado alli los ataques del elector de Brandemburgo, apoyado en un dictamen especial de Leibniz favorable al ixs suprematus, a fin de poder presentarse al mismo nivel que las cabezas coronadas en virtud del dominium supremum sobre Pru- sia”, Si en este caso complicado, en el que un séédito del em- perador queria ser tratado como soberano, Oxenstierna habia aguzado los sentidos para captar el significado fundamental de los titulos de posesién, otros senadores y nobles de la clase de los cabalferos averiguaron que no se necesitaba ningin modelo francés para convertir el reino hereditario libertario en un Es- tado dindstico patrimonial. De este modo, en la Dieta de 1680 de Estocolmo se tomé casi en un golpe de mano el primer bas- tidn de la constitucién libertaria: el Senado. Aunque no hubo ningtn plan escrito para cambiar la Enré- dighet por la Exvdlde, hay que suponer que esta politica par- ticular estaba dirigida a un fin, Gyllenstierna murié antes de iniciarse Ia Dieta, pero el rey posefa en Bengt Oxenstierna un hombre dispuesto y capaz para defender sus ideas e introducic el «titulo nuevo e inusual en nuestra patria de soberania here ditaria y absolutismo» con todas sus consecuencias. En su famosa «deduccién», Ralamb, al que la Dieta habia en- viado en misién a Pomerania, censuraba este titulo de posesidn y poder como el fin de los «ptincipios dignos» tal como les habian, fijado los regimenes de 1634 y 1660 en la forma de las trois prérogatives y de acuerdo con Ja ley de Suecia. Para él establa claro que, con estos titulos, los «politicos habian influido en el joven sefior (Carlos XI)», habian modificado radicalmente «el imperio sueco y su constitucién» y «no servian nada més 35 que para artojar por la borda los intereses del rey en el impe- tio y corromper a éste» 7. Palabras proféticas pero demasiado tardias cuando se escti- bieron. Los «amigos del rey», realistas celosos, esperaban para ellos mismos alguna ventaja de la «gran metamorfosis» iniciada, tal como Io hab‘a predicho ya Leibniz en 1673", y estaban sub- jetivamente convencidos de que el fin —orden de Jas finanzas del Estado y seguridad de! ejército (aerarium y miles) mediante teducciones— justificaba los medios. No estaban convencidos todavia de que Suecia habia tenido que resolver en 1611 pro- blemzs mucho mds graves en la guerra con tres potencias y, sin embargo, habia emptendido el camino de la Enradighet o Epborie. Desde el mariscal Claes Flemming (cargo éste que sdlo se habia ccupado en una Dieta desde la Orden de la Casa de los Caballeros de 1626 y tenia la funcién de enlace entre Ia Casa de los Caballeros, el Senado, el gobierno, el rey y los esta- mentos plcbeyos) hasta el arzobispo Baazius y cl alcalde de Estocolmo, Thegner, todos estaban de acuerdo en que habia que cambiar algo en Ja economia del imperio. Su mal estado fue achacado a Ja administracién del gobierno y al Senado entre 1660 y 1672. Como tinico remedia se planteaba Ja reduecién de das tlerras de la Corona, que afectaba directamente al espiritu contractual de Ja constitucién libertaria. Los fendos ctorgados por los servicios al rey y al reino tenian el mismo cardcter con- tractual que las pignoraciones y compras regulares. Este sistema de distribucién de las tierras tuvo un efecto acumulativo y se tigié por la «proporcién geométrica» que regulaba la justitia distributiva. En parte proporcionéd a unas cuantas familias no- bles tierras y ganancias tan grandes que realmente pusieron en peligro la «sinietfia de la propiedad», Casi tres cuartas partes del suelo pertenecian a los tres tipos de nobleza, estando una parte considerable en manos de la alta aristocracia y de las fa- milias del Senado. Ea opiniédn del estamento campesino repre sentado en Ia Dicta era «de temer» de esta acumulacién de las posesiones que «no pudieran mantenerse durante mucho més tiempo ni la auéorided del rey, ni el bienestar de la patria, ni la libertad de los subditos, si los bienes y lierras de la Corona se ponian con todos sus ingresos, que eran fijos y constantes, i...] a disposicidn de particulares», teniendo en cuenta sobre toda que los «buenas sefiores», especialmente los del Senado, «poseen tierras y bienes contra todo derecho natural y permiso de la Corona» y en realidad «carecen de toda prescripcién o titulos legales sobre su posesién, porque los estamentos siem- pre se han opuesto a ello». 36 A ll En este memorial no se hablaba ya de la autoridad del Se- nado. Pero de este modo se indicaba el camino para eliminar a los guardianes de la constitucién, cuyo derecho fundamental, a saber, «recordarle constantemente al rey el derecho del reino», parecia haberse perdido, en opinién de los estamentos plebe- yos, debido a que gracias a él se habia sancionado la politica unilateral de tierras. Segtin el Landslag, la Unidn Hereditaria de 1544 € incluso los articulos 59 y 60 de la Forma de Gobierno de 1634, asi como segtin la «palabra de Dios» y el «bien co- main», eran ilegales las pretensiones de propiedad de la nobleza referentes a los bienes de la Corona, especialmente segin el ptincipio de que «la necesidad es Ja ley suprema». La nobleza st opuso desesperadamente a esta argumentacién, defendiendo la legitimidad del feudalismo. Esta legitimidad, apoyada en nu- merosas resoluciones de la Dicta, derivaba de !a antiquisima férmula constitucional «att lana lin» (feudos para dar en feudo), asi como de todas las «seguridades» de todos los reyes anterio- res, Por parte de la Casa de los Caballeros se ctefa que las garantias, «salvo jure contractus», también serian observadas por el rey, cuyo dominium directum habia sido interpretada de for- ma libertaria y no patrimonial por la Unidn Hereditaria de 1544 en el acto de dar en feudo. Pues en los derechos reservados al trey sobre los bienes de la Corona «no deben verse de ninguna manera los poderes ilimitados del rey» ™. Aqui se enfrentaban dos interpretaciones diferentes de Ja cons- titucién, y Jos dos adversarios —nobles y plebeyos— buscaban la proteccién del rey, Pero con la puesta en marcha de la «gran comisién> éste habia creado va tribunal cxtraordinario de los estamentos para investigar los ptesupuestos y la politica de tie tras e indicado hacia dénde apuntaban sus inclinaciones: hacia la reduccién de las terras que estaban en sus manos y hacia la destruccién del sistema libertario. Al preguntarle a los estamentos qué vigencia tenfa para ¢l, como «rey mayor de edad», la Forma de Gobierno de 1634 y cémo se debia entender Ja férmula constitucional de que el go- bierno tenfa que actuar «con el conscjo del Consejo>, se puso a prucba todo el sistema constitucional de Suecia, tal como se habia desarrollado desde 1442 a Jo largo de muchas crisis, pero de forma continuada, en el espfritu de las leyes contractuales. Con ello se puso de manifiesto inmediatamente una debilidad esencial: la Forma de Gobierno de 1634 no habia sido sancio- nada nunca como fey fundamental y sdlo se consideraba valida en caso de tutcla, enfermedad grave o ausencia del rey, sin la debida consideracién de que esta ley consritucional no podia 37 ni pretendia sustituir al Landslag. Pero los realistas, incluso entre Ia nobleza que luchaba por su existencia material, no permitieron esta referencia y rechazaron todas las objeciones de los que vefan en Ja férmula del consejo del Senado la ga- rantia del Estado de derecho y consideraban este 6rgano como mediador entre el trey y los estamentos, mediador que podia considerarse como «un estamento especial». Los portavoces de Carlos XI, inclinados hacia el absolutismo, sobre todo el almi- rante Hans Wachtmeister y el mariscal, impusieron en el pleno de la Case de los Caballeres la opinién de que, a pesar de ia indicacién del articulo 8 del Landslag y de la prucba de la prde- tica politico-juridica desde 1442, «el pensamiento del Consejo del Reino no puede haber sido el de constituir un estamento especial en el reino o set el mediador entre el rey y los esta- mentos [...]”. Tras alguna oposicién, la Dieta IlegS asf a la conclusién de que no se necesitaba mantener la auéoridad del Senado en su forma anterior y gue cl mismo rey no estaba sujeto a la Forma de Gobierno. En la «Declaracién» de los estamentos del 9 de diciembre de 1680, Carlos XI obtuvo la esperada garantia del aumento de su poder gracias a una interpretacién absolutista de Jas leyes constitucionales existentes. Pues la férmula del con- sejo «no puede interpretarse mds gquc en cl sentido de que todas las decisiones que plazcan a Su Majestad deben ser consul- tadas» con el Senado, pero luego «tienen que depender de su justo juicio y sensatisima disposicién», Ademas, Carlos XT, en cuanto «rey mayor de edad, que gobierna su reino [...] por la ley como su propio reino hereditario concedido por Dios, res- ponde tinica y exclusivamente de sus acciones ante Dios [...}>”. Se ponia fin asi al Senado de foros existente en Suecia des- de 1285. Pucs sus miembros no podian controlar ya las acciones del rey «odtspordt», es decir, «sin ser prepuntados», y cn 1681 tuvieron gue ver cémo se cambiaba su titule por cl de Consejo Real. Ya no representaban el derecho del reino (ies regnt), sino que tan sdélo cran cl érgano ejecutive de un rey hereditario al que la mera mencidn de los titulos y dcnominacioncs libertarios fe sacaban de quicio. Lo que indignaba especialmente a criticos como el frio R3lamb era el hecho de que este zey hereditario, mudo en sentido doble, hiciera abolir ja ley apelando a ella en sus funciones € instituciones contractuales y mediante decisio- nes de la Dieta que, a pesar de la mayoria, no eran mds que maniobras con apariencia de legalidad. Semejante reduccién hu- biera sido posible en el marco de Ja constitucién acumulativa de Suecia sin destruir la funcidén mediadora del Senado, pues desde 38 1 1660 éste sdlo era indirectamente responsable de la polf de tierras. Las tiertas de la Corona cumplian también otra funcidn: soportar las cargas del reino y premiar a los «hombres merito- rios» por sus servicios, es decir, recompensatlos. De ahi que para Rilamb no fuera cuestién de que hubiera fracasado la forma de gobierno de 1634, conforme a la cual se podian introducir re- ducciones en el sentido del «ius retractus», sino de que los repre- sentantes del sistema libertario no querfan hacer honor a éste. Preferfan entregarse a un rey arbitrario, interesado también en eliminar la Dieta” antes que entrar en una lucha constitucional. La «anulacién del Senado», donde el «odio de la nobleza con- tra cl clero era [...] indescriptible» ”, habia reforzado la confian- za que cl rey tenia en si mismo. Pero al mismo tiempo habia puesto al descubierto un fallo de la «virtus politica», que, espe- cialmente entre la vieja aristocracia, sc habia convertido en cinis- mo y, entre otros muchos representantes estamentales, en oportu- nismo. Las quejas de Magnus Gabriel de la Gardie, quien tras el cambio en el puesto de prefecto siguid siendo canciller de la Universidad de Upsala, nos informan algo acerca de la polariza- cidn de los dnimos en el «reino de la medianoche», La «juventud del reino» leva una «vida deshonesta» y no hace sino despreciar «las prohibiciones y los castigos»; incluso «se han cometido va- rios asesinatos». Ademds, le comunica al rey en 1681, «ha des- aparecido toda reverentia magistratus entre una gran parte de Ia juventud» y seria un mal sintoma que «personas tan maleduca- das, que se han acostumbrado a las desvergiienzas y a los vicios, Neguen a ocupar tal o cual puesto del reino en todos los esta- mentos» ”, éPensaba también en que él mismo, en su calidad de canciller del reino, preferia pasar semanas enteras en sus fincas en vez de trabajar diariamente en su puesto? Toda constitucién de Ja liber- tad, incluida la de los estamentos, vive del buen ejemplo, de la ensefianza con un fin y de la patticipacién activa en el proceso politico: «Las leyes mas utiles y aceptadas undnimemente por todos los hombtes de Estado son también imitiles si los ciudada- nos no se habituan y educan en el sentido de la constitucién [...] Pues si el individuo es desordenado, también lo es el Estado» *. Estas palabras de Aristételes eran bien conocidas en Suecia, zun- que no produjeron frute ninguno, salvo en unos cuantos hom- bres integros que pronto fueron silenciados", Esto se evidencid en la Dieta siguiente, cuando se volvié a negociar la reduccién y se preparé la creacién del ejército permanente. Los estamentos reunidos de nuevo en Estocolmo en 1682 reci- bieron de Carlos XI la indicacién de Ilegar a la reduccién me- 39 Ce _ diante las Iamadas «reglas de liquidacién». Por parte de los ple- beyos surgicron iniciativas en el sentido de que no Jes agradaban Jas deliberaciones efectuadas hasta entonces acerca de las propues- tas del rey, y preferfan que cualquier decisién se ajustase al juicio del rey hereditario. El brillante y meritorio diplomdtico Anders Lillichdk se opuso a ello y en la Casa de los Caballeros, ante la pretensién de autorizar Jas reglas de liquidacién sin la comuni- cacién jurfdica anterior, dijo lo siguiente: «Dios nos guarde de este ptejuicio. Si se ha de convertir en ley, que se adopte con la aprobacién de los estamentos; de otro modo no setd ley» ®. Esta actitud fue considerada «insolente» en Jos circulos que ro- deaban a Carlos XI. El, por su parte, se defendié con las pala bras siguientes: «Si he hablado conforme a la Jey, no he dicho nada injusto, cuando Ia ley dice que no se debe aceptar a nadie {ni a nada) sin ley y sin juicio legal. Debe hacerse conforme a la ley, y Ja ley por la que alguien debe ser condenado ha de ser aceptada por los estamentos y conforme a su aprobacién. ¢Y cémo pueden haber permitido lo que no han visto?» *. Su dramfrico discurso en el pleno de la Casa de los Caballeros no encontré eco, lo mismo que ocurrié con ef voto de R&lamb en 1660, un punto culminante del parlamentarismo Libertario. Con obstinada impertinencia, la Casa de los Caballeros se distancié de esa visidn legalista al difundir la especie de que LillichGk se me recia la muerte por su discurso ante el rey. El oportunismo y el terror politico dominaron una Dieta que acabaria por decidir que en el futuro no decidiria ya nada en materia de legislacién. Uno de los mds duros adversarios de los deseos reales fue Erik Lindschéld. En 1678 fue expulsado de la corte por corrupcién y se lamentaba por entonces con estas palabras: «No os fi¢is de Ja palabra de ningtin principe.» Pero ahora, junto con el maris- cal Sparre, eta también en su funcién de consejero de Ja canci- Weria de Bengt Oxenstierna una fuerza impulsora del congracia- mienzo con el rey. Fue él quien, con Ja «diferencia entre ley y disposiciones», mind el derecho al consenso de los estamentos y quien incluy6 la decisién de Ilevar a cabo la reduccién entre las disposiciones por las que el rey podfa proceder «segiin su volun- tad». La nota que figura en Jas actas —«todos estuvieron con- formes con lo que habia dicho Lindschilds “— es sintomitica de esta Dieta, manejada por los «realistas» de mentalidad absolutista, a los que los «patriotas» (los defensores de la constitucién li- bertaria) sélo pudieron oponer su valor, su integridad y su fi- delidad a Ia ley. Pero estas virtudes libertarias hablan quedado ya anticuadas. A pran parte de la nobleza lo dnico que Ie importaba todavia 40 era otorgarle al rey «la soberanfa hereditaria y el absolutismo», si de esta forma podfa conservar su estamento propio y no se la relegaba a la situacién de los campesinos, los cuales habian vuelto a exigir «igualdad» y acufiado el lema de la época: «El! nuevo orden exige una nueva ley.» Lo mismo podfa decitse del ejétcito, que hasta entonces habia dependido en gran parte del feudalismo y que ahora pretendia transformarse en un «ejército permanente» conforme a una mo- dificacién amplia de la «divisién» de Gustavo Adolfo II. Para conseguitlo se recurrié de momento al sistema de levas, sobre la base de que debia «estar en Ja propia voluntad de Su Ma- jestad efectuar Jevas sin convocar a los estamentos». Esta iniciativa del mariscal Per Sparre hirié de muerte la funcidn contractual de la Dieta. Pues si en un asunto tan importante el rey podia actuar sin la Dieta, ésta dcbia considerarse super- flua, teniendo en cuenta que se le discutia también el derecho de asesoramiento y aprobacién en la simple Icgislacién. La re- sistencia contra estas innovaciones concluyd pronto, lo cual fue posible también porque no sc establecié Ja «ignaldad» que los campesinos exigian con la nobleza. A cambio de ella, Car- los XI firmé el 5 de diciembre de 1682 un llamado «contrato» sobre el «miles perpetuus» con los campesinos de Ja Corona resi- dentes en las comarcas de Uppland, Ostergitland, Sédermanland, Niarike y Vastmanland. El rey hereditario se reservaba, sin em- bargo, la «propia rectificacién», trastocando asi las relaciones de procedimiento y contractuales. Pues en Jos tiempos Jiberta- trios regia el principio Quod omnes tangit, ab omnibus debet approbati {Lo que afecta a todos tiene que ser aprobado por todos), pero con el acuerdo separado entre el rey y los campe- sinos se eludié este principio lo mismo que la vieja norma de que los estamentos debian otorgar su aprobacidn a Jas propo- siciones del rey ®, Carlos XI podia darse de momento por satisfecho con este resultado. La Dieta no sdlo le concedié la mayor reduccién de las tierras de la Corona hasta el G de noviembre de 1632, dia en que mutiéd Gustavo Adolfo II (lo que volvid a favorecer a Ja antigua nobleza a pesar de las pérdidas posibles), sino tam- bién la sucesién de las hijas legitimas, apoydndose en la Unidn Hereditaria de 1604. Con el nacimiento de Catlos XII en este afio de la «Dieta» se vié satisfecho su derecho hereditario como «don divino», después de que los atemorizados estanemtos lo hubietan capacitado para actuar «segin su voluntad» en jas cues- tiones de legislaci6n general, Por afiadidura queria «dar parte de ello a nuestros estamentos [...] cuando y como lo conside 41 remos oportuno [...] sin el menor menoscabo de nuestro dere- cho y majestads, tal come se dice en la «resolucién de la Dieta», que desde una concepeién libertaria de Ia ley ya no lo era por haber «permitido tado por Ja fuerza y el temors. Este lo escribia el embajador danés Mejer, y afiadia que es- tas concesiones «habfan ocasionado revuelo en toda Ja ciudad» al saberse que «desde ahora ef rey ya no estaba sujcto a ninguna ley, sino que se habia convertide en soberano, puesto que ya no necesitaba el consenso de los stbditos en las cosas més importantes», Pero atin no se habia Uegado tan fejos. En su andlisis, Mcjer reconoce exactamente la situacién especial de Suecia, donde Johan Skytte habla declarado en’ 1636 en el Se- nado a los representantes del clero: «Una cosa es el Estado y otta la administracién del Estado» ®. Sin duda, Carlos XI era «bastante absoluto en su administracién» y habia adquirido la «jura majestatis de todos», «pero mientras no se anulasen del todo las Dietas, una Dieta reunida podia cambiarla todo en de- terminados casos —ausencia del rey, minoria de edad, etc— y procurar restablecer los viejas derechos de los estamentos» " Y esto no ocurriria realmente hasta 1718. De momento, el nuevo poder se dedicé a transformar ei sistema libertario de cargos en un aparato absolutista de autotidades. Habia en é cada vez menos derechos y més deberes, en un ambiente de incapacidad e¢ inseguridad patrimonial cuyas repercusiones se pusieron de manifiesto en la inseguridad juridica. En 1681, Car- los XI tuvo incluso que lamar al orden a un gobernador de Ingermanland demasiado celoso, De este modo mostré con rara clatidad cémo podia anularse el sistema Jibertarto mediante con- diciones de necesidad. O se estaba ante una «justicia evidente», cuyo contenido podia determinarlo en ultima instancia él mismo, o se requeria «una necesidad inexcusable», por lo que en cierto modo puede decirse que estaba «por encima de la ley» *, Una vez que Carlos XI hubo obtenido para si mismo y su «casa soberana» el dominium absolutum sobre las tierras de la Corona por medio de «declaraciones» aparentemente legales y reforzado en sentido absolutista ese poder con el desmantela- miento de las funciones eforales del Senado y de la participa. cién legislativa de la Dieta, continué anulando todo lo que fo- davia podia recordar el pasado libertario. En la Iglesia estatal, que desde Olaus Petri habia vuelto a ser una salvaguardia de la libertad y tenia en sus obispos gran- des reformadores y personalidades politicas, convirtid a su maes- 42 tro de religién, Svebilius, en arzobispo y se nombré a si mismo asummus episcopus». El marco lo proporcioné una nueva ordena- cién eclesidstica, que en 1686 rompid con las condiciones con- tractuales de la unién religiosa de 1593. Lo que cn 1671 le parecta horrible a Svebilius, «suspender todos los juramentos y promesas reales y especialmente quitar del reino la fidem pu- blicam, que es cl tinico lazo que une a la societas civilem», se convirti6 ahora en un buen método”. Ya no surtian efecto las criticas de R&lamb. La energfa destructiva de la «gran meta- morfosis» de Suecia habia desarrollado su propia dindmica, que a duras penas podia ser controlada. Carlos XI planteaba nuevas exigencias en el marco de su «erel reduccidn» (Achenwall). Tha al grano, es decir, custionaba la lealtad y la fe en los asun- tos generales y, con ello, la garantfa de la propiedad, que podia adquirirse legalmente, por ejemplo, mediante compra o hipoteca. Para anular las limitaciones del Derecho privado, Lindschald recurrié repetidas veces en Ja «Dieta» de 1686, en su calidad de mariscal, al «bien comin» y a la f6rmula «sales populi lex suprema esto». Se aplicé plenamente el principio de la necesidad a esta politica de tiertas, que pronto Ievarla a un retroceso eco- némico y a un fracaso. E} argumento lo proporcioné la hipdtesis de un «peligro inminente» y la posibilidad de «una ruina inevi- table»; mejor dicho, el derecho a poder intervenir libremente en el derecho de otto y, por tanto, en su propiedad, en caso de incendio 0 de peligro maritimo, a fin de salvar el todo. «Pues el misma derecho que dispone de todos y cada uno por encima de su propiedad ha reservado siempre al bien comin un derecho en caso de xecessitas publica.» En tal caso no podia aplicarse la garantia de la propiedad «sub rigorem legum» y ni siquiera aten- der a la «observantiam legum civilium>. Lo unico importante era manejar un poder supralegal, derivado «ex jure supereminenlis dotinii» de una situacién de necesidad sobre la que no decidia el imaginario bien comin, sino Carlos XI de manera muy per- sonal y a menudo segin su propio albedrio *. Lindschéld especulaba con los demas miembros del «Comité Secreto» de la «Dieta» en el sentido de que «no todos entien- den correctamente ef términum dominii», como observaba Ra famb en su critica a la Envdlde. Pues pata justificar el domi- nium eminens, como habla comentado especialmente Hugo Gro- tius en el marco del Derecho internacional, debian cumplirse-dos condiciones, a saber: la «necesidad suma» y la perspectiva de aindemnizaciones» para «quien pierda lo s#yo»%. Pero Jos ac tores principales, Lindschéld, Svebilius y el alcalde Carmeen, sélo admitian esto en el caso de que volviera a «intervenir» la 43 autoridad ptiblica. Por Io demds se «establecieron contratos sobre cosas imposibles que de nada servian», 0 sea, que apenas podian esperarse indemnizaciones. En consecuencia, las fincas hipotecadas y compradas debian incluirse en el marco de Ja te- duccién. Este proceder indignd incluso a los «realistas» de 1680 y 1682, pera se impuso”. A partir de este momento, Carlos XI ya no tenia nada que temer, salvo el reprache de haber violado la ley apelando a la necesidad, aunque el peligro de guerra sdlo fuera indirecto para Suecia, a pesar de Ja defensa turca y de los deseos de reunién de Luis XIV, que afectaban también al ducado de Zweibriicken, de donde Carlos XI era originario. Lo mismo valfa decir de las campafias expansionistas de Cristidén V desde Holstein hasta Hamburgo™. Los «nuevos estadistas», como Ralamb calificaba despectiva- mente a los que rodeaban a Carlos XI, no veian que con el continuado desmantelamiento del Estado de derecho libertario y contractual debilitaban efectivamente el reino en el interior, puesto que los estamentos eran cada vez mds desplazados de su responsabilidad publica. El asunto Oman demuestra cudn gran- de era la incertidumbre. Este estudiante habia presentado en 1685 en la Universidad de Upsala una disputa con el titulo De ephoris, dirigida por Norcopensis, maestro de Carlos XII junta con Lindschild, Entre otros, estaba dedicada a Magnus Gabriel de la Gardie y afirmaba supuestamente gue los «éforos eran necesatios para cualquier principe». Los «tealistas» reaccionaron inmediatamente. Oman fue amenazado incluso con un proceso por ofensas a Su Majestad, pues sus «formas verbales» eran «indecentes» y atentaban contra las constituciones de la Uni- versidad. Esto era cierto en tanto en cuanto Althusius habia sido botrado de la vieja lista de autores de 1626 en el marco de la reforma universitaria efectuada bajo De la Gardie en 1655 y aqui habfa sido incomodade por el pensamiento contractual. Las alusiones a la antigua constitucién liberal y eforal de Sue- cia eran insoportables, especialmente para e] profesor Carolus Lundius, conocedor del derecho romano y sueco y ardiente ad- mirador de Carlos XI. Pero Norcopensis defendid habil y va- jerosamente a su discfpulo: «El que los éforos no sean benefi- ciesos ahora en nuestro pais [...] no deberia impedir que se escriba ahora una disputa sobre los éforos en otros pueblos donde actualmente existen, por arraigada que esté también esta institucién en las leyes fundamentales de sus regimenes.» Lundius. salié triunfador en este asunto y «ensefid» a sus co- Jegas que «un principe 9 un rey no deben tener ningun inspec- 44 tor de hombres», o sea, ningun éforo. Pues estd «immediate sub Deo» y nadie puede preguntarle: «¢Qué haces?» *. Este caso no sélo refleja la jerga introducida desde 1680 en la principal institucién académica del reino, sino que denuncia también la continua «corrupcién de la palabra» y, con ella, la «terminologfa arbitraria, es decir, negadora del didlogos”. La «comisién legal» establecida por Carlos XI en 1686, que tenia como presidente a Lindschéld y como coleborador a Lundius, etradicaria también de los textos juridicos suecos todas las «for- mas verbales» que fueran de origen extranjero y se tefirieran al pensamiento contractual y, por tanto, a la reciprocidad y al didlogo. Se borré especialmente el término «reino» y cayé tam- bién en desgracia entre estos «teformadores» el de «Coronas, con la consecuencia de que Carlos XI hizo que en 1689 la «Die- ta» aceptase un «acta de casacién» que mostraba a todo el mundo el poder que pueden tener determinadas palabras cuando la usurpacién del poder intranquiliza constantemente a los dés- potas. Si antes de 1680, en el antiquisimo ejercicio del pensamiento contractual, el deber principal de los senadores cra «recordar el Derecho del reino» al rey en su calidad de foros, Carlos RI se sentia ahora molesto por ef «orgullo imaginario» que se ma- nifestaba entre los consejos que quedaban y el temor a que las pretensiones libertarias pudieran perturbar su poder, cada vez més absoluto. Querfa hacer olvidar Ja libertad y ordenaba la muerte de «discursos indecentes» en las actas de! antiguo Se- nado, Como «rey hereditatio del reino de Suecias no queria saber ni ofr ya nada de formulas de consejo, de formas de gobier- no o de que los «consejos reales se Laman mediadares entre el rey y los estamentos» *, Es propio de Ja inseguridad y psicologia del poder usurpado mostrar desconfianza hacia la confianza y no querer dar nin- guna oportunidad a niguna palabra que recuerde Jas violaciones que se han cometido contra la ley. El empleo de «censores de libros» revela este miedo del dictador bajo manto real, lo mis- mo que su disposicién de 1689 para obligar a los profesores y maestros de las academias a erradicar «todas las opiniones equi- yocadas» sabre «el poder teal Aeredados cuando «se difundan entre la juventud»”, En el mismo sentido se indicé también a Lindschild y Norcopensis que educaran al adolescente Car- Jos XII en el espiritu del reino hereditario patrimonial “. Sus defensores negaban cl catdcter contractual de Ja enfiteusis en el Estado de derecho, haciendo interpretaciones aventuradas de las disposiciones del Landslag ¢ incluso del viejo Derecho penal 45 con su otdenamiento procesal a fin de justificar el poder here- ditario patrimonial. El papel principal no Jo desempefiaba el Derecho romano, condenado una y otra vez por los teutonistas, sino lo que entendia por ixs suecanum un Lundius, por ejem- plo, y lo que Lindschéld, con su «mentalidad ilustrada», elogi: da una vez por Carlos XI, consideraba como Ia quintaesencia de la soberanfa hereditatia: cl poder absoluto en el dominio”. Fste se consolidaria en 1693, fecha del centenatio de la unién teligiosa de 1593, y de forma definitiva en la formulacién co- rrespondiente «para la eternidad». En los exdmenes de los doc- tores de teologia, B. Oxenstierna, presidente de Ja cancilleria y canciller de la universidad, marcd el rumbo con un cutioso discurso pronunciado en la catedral de Upsala: «Tencmos un rey, digo, que estd y debe estar tan alto como jamds pucda es- tatlo un nombre teal y la gloria con !a razda [...]'. EL resultado de esta «elevacién» de Carlos XI fue la llamada declaracién de «soberanfa». La «Dieta», convocada para los fu- netales por la muerte de Ja reina en Estocolmo, escuchd en silencio un tazonamiento prefabticado sobte el «alto derecho hereditarion de Carlos XI. Este derecho le erigia en «rey de poder tinico, soberano en todos los aspectos, que no es respon- sable de sus acciones ante nadie en Ia tierra, sino que tiene poder y autoridad para dirigir y gobernar a su voluntad su rei- no como rey cristiano [...J» ™ Con esta decisidn concluyd el proceso de destruccién iniciado en 1680 y Carlos XI fue colocado, con sus herederos mascu- linos y femeninos, en una posicién similar a la que ocupaba en el «monstruo danés» su cufiado, Cristién V. La diferencia con Dinamarca consistia unicamente en que, en Suecia, el ab- solutismo de sucesién y casa derivaba del derecho hereditario existente, aunque todo el sistema constitucional no permitiera semejante «interpretaciéne. La intreduccién de la Envalde sobre Ja disolucién gradual de la Enrfdighet es tealmente, en cierto sentido, una leccién politico-moral de cdmo los stibditos libres pueden convertirse en esclavos hereditarios cuando ya no se aceptan ni defienden Jas conquistas del Derecho y de la cons- titucién correspondiente en sus pretensioncs fundamentales. Jun- to con los «realistas» nobles, el clero desempcfé un papel im- portante en este proceso. E! era el que predicaba la inmmediacion divina (immediate Deo) de los reyes hereditarios y la ensefiaba en academias y escuelas. No en vano proclamaba a esta «Dieta», desde todos los piilpitos de Estacolmo, las palabras de Samuel: «Debéis ser sus siervos»™. Ya no se hablaba de «fiel sefiorfiel siervo» ni del principio 46 , al de la reciprocidad, como en el reinado de Gustavo Adolfo U1, lo que ef concilio nacional de 1593 habia logrado en tempos dificiles de sustancia libertaria y democratica pata la vida poli- tica de Suecia y desarrollado hasta 1680 cedia ahora el paso al conformismo total, al oportunismo y a Ja adaptacién, al ser- vilisma y a la autonegacién humillante. De todos modes, al- gunos elevaron su voz contra este nuevo sistema, remitiéndose a Gustavo Adolfo IT; quizds cl mas destacado fuese Gyllen- creutz® o Gustavo Adolfo de la Gardie, a quicn le parecia cuestionable la ideologia de Ja inmediacién absoluta de Jos re- yes hereditarios cn 1691: «No sé», decia, «si refuerzan todavia més la seguridad de la majestas los que dicen que ha legado ist- mediate de Dios, 0 los que Ja concihen mediate, es decir, me diante pactos (pacta), umiones hereditarias y cosas semejantes. Pues esta vocacién immediate abriria las puertas a los wsurpa- dores [...J>. Su alusign a Lutero™ no hacia sino mostrar que Ja Iglesia estatal segufa siendo una Iglesia auténoma —con adopcién de la confesién de Augsburgo, a pesar de todo cl blindaje orto- doxo— y no sdlo conservaba (hasta hoy dia} muchos elementos catélicos en el ceremonial, sino que también cultivaba el pen- samiento corporativo en la concepcidén de sf mismo: la colegia- lidad contractual, distintivo inalienable de un Fstado de dere- cho. La doctrina luterana del régimen, con el rechazo de la ética aristotélica, estrella polar de la vida libertatia de Suecia hasta 1680, y la de que «es mejor que los tiranes cometan cien in- justicias contra ¢l pueblo que el pucblo cometa una sola in justicia contra los tiranos» ™, no tuvicron mucho eco en Suecia hasta la Enudlde, pero si lo tuvo Ja doctrina libertaria de la merced divina «mediante bomine» y Ya constitucién ticotémica que desde 1680 parecia muezta, pera cuyo espiritu avin se man- tenia vivo. La consolidacién de la Envilde mediante esta tenovada «de- claracién» de la «Dieta», totalmente despojada de poder, que también tenia que «permitir» la recaudacién de tributos en tiempos de paz, tras haber abandonado definitivamente su «power of the purse», que prestaba «obedicncia ciega» a las dispesicio- nes de los autécratas hereditarios y que seguia molesta por la reduccién, fue un ejemplo claro de como puede establecerse el absolutismo: en primer lugar, el principe acepta bajo juramen- to el dominium utile de la constitucién libertaria en todas sus formas e instituciones. Luego se aprovecha de Ja situacién de necesidad durante una guerra, aplicando ¢l dominium eminens no sdlo para temediar las necesidades surgidas, sino también 47 para anular las barreras constitucionales y para intervenit ma- sivamente en el orden de propiedad garantizado por Ja cons- titucién. Boldt tiene razén cuando vincula la «construccién del Estado moderno» con la imposicién y los efectos del «Estado de excepcién», gracias al cual «el Estado se desprendié de las trabas juridicas medievales [...]». Pero su conclusién de que «hasta entonces no se creé un orden juridico de paze ™ pasa por alto el hecho de que ya habla existido antes semejante or- den bajo signos libertarios. Se socava a medida que se aplica el «casus necessitatis» (estado de excepcisn), remitiéndose a la doctrina de la Notwendigkeit de Lutero y a la de la secessita de Maquiavelo, hasta que esta el terreno preparado para que el autécrata pueda disponet con su «casa soberana» de un domi- nium directum o absolutum, afirmando que cl derecho de suce- sién es un «don de Dios» y permite un poder arbitrario. Carlos KI se esforzé después de 1693 por asegurar Ja «gran metamorfosis» del Derecho politica de Suecia, haciendo que, ademds de su testamento, que regulaba el ptocedimiento de su- cesién para Carlos XII, se elaborasc un nuevo Derecho real (konungabalk). Debia sustituir definitivamente al del Landslag. En el borrador se hablaba todavia de un «consejo real», peto no del ius comitiorum, el derecho a convocar dietas. Pues ahora ya sélo se necesitaban como escenario ceremonial, y no como instancia de gravamina sobre deficiencias e injusticias existentes en la administracién del retno, pata conceder impucstos y otros tributes o para proporcionar un publico juridico con el que podria haberse asegurado el dominio del Derecho, Carlos XI tendré «el derecho supremo en su reino sobre todo Jo laico y eclesidstico y un gobierno ilimitado», y todo el que de palabra o de hecho pretenda actuar en su contra seré «arrastrado por el suelo segin [as circunstancias y partide con tenazas incan- descentes y a continuacién puesto en el suplicio de la rueda o descuartizado, flevado de la vida a la muerte» "”. Este autdécrata, pobre de expresién, escaso de palabra y re- presor de la misma, se habia convertido en «alma del reino hereditario» y, por consiguiente, en su «suprema ¢ invariable ley do poder bdsico» ™. Muerta la Enrddighet, con su «gobierno de derecho», vivia la Envalde, con su «ley de la fuerza» y su docttina anunciada por Lutero: «Los principes del mundo son los diases: el pueblo comuin es satands» '. Cuando Carlos XI murié en 1697, el poder absoluto pasé a Carlos XII, tras un corto perfodo de minoria de edad en el 48 , que se ptodujeron tensiones entre la familia real, los realistas ‘Wallenstedt y Tessin y los estamen- en torno a B. Oxenstierna, tos. Contra los deseos de su padre, fue co) nsiderado mayor de edad a los quince afos (conforme al Derecho privado sueco) y mandé celebrar la autorizacion, patrimonialmente dispuesta, jun- to con los funerales. En medio del frio invernal, en el patio del palacio de Wrangel, tomé juramento de fidelidad a cada cstamento sin prestar él ningun juramenio a cambio. Esta rup- tura radical con todas las tradiciones suecas no sorprendié a quienes conocian el «monstruo danés» y sabian gue un semor hereditario patrimonial, soberano absoluta no necesita con- traer pactos con el reino. Carlos XII se habia convertide en lo que Lutero habia ensefiado y en lo que Ja nobleza, Ilevada por la desespetacién y Ja expectativa de que s¢ aliviase la re- duccién, habia anunciado en esta «Dieta» en la tierra». de luto: «un Dios Como manifestaciin de !a inmediacién divina en el reinado de iure divino se colocd & mismo la corona en la cabeza, para espanto de los estamentos, antes de ser ungido en la Storkyr- ka de Estocolmo en vez de en la catedral de Upsala. Carlos xn evidenciaba asi, a todo el que pudiera verlo y de modo in- equivoco, que ahora efa realmente un autécrata, a cuyo Ca récter absoluto no se aproximaba siquiera Luis XIV con todo el esplendor de su poder. Tan sdlo Cristién V se Je equiparaba en esta relacién fundamental, asi como Federico I de Peusia en 1701, pero su vecino ruso Pedro I no lo consiguid hasta 1716. A pesar de la @utocracia patrimonial {samoderfavie), éste tenia que someterse todavia en el 4mbito mundano a la coronacién por la Iglesia, Jo cual era una barrera nada despreciable, que en Suecia habia desaparecido desde este momento”. a Hasta este momento se ha defendido la Envalde en la historio- gtafia sueca por ef espiritu de la «condena» idealdgica ade Ja aristocraciaw, como Erik G. Geijer, y en el sentido del «rena- cimiento carolingio» nacionalista, como Fahlbeck, partiendo de la hipétesis de que el viejo sistema libertario hhabria sido arrui- nado por un gobierno excesivo de la nobleza. Por lo demés, un organismo como el Senado era un «anacronismo> que no podia tener cabida en el «Estado moderno» que s¢ formaba ahora. Las leyes de autorizacion de la Envalde en forma de ade- claraciones» de los estamentos son, segin esta hipétesis, un afenémeno constitucionalista» " y no el comienzo aparentemen- te legal de una dictadura que luchaba con todos los medias por 49 cerivar el poder absoluto del deseo de sucesidn y hacerlo re- Parte de la politica perspicaz de Gustavo Adolfo II y de Axel conocer, El argumento, utilizado con frecuencia incluso por his- toriadozes liberales, de que el orden de las finanzas del Estado hacla ce la reducciéa y a continuacién de la Envaide algo ne- cesario pasa por alto ro sdlo las relaciones juridicas y contrac: tales, sino también los oscuros aspectos econdmicos y sociales de este régimen. Es cierto que Carlos XT puso medianamente en orden las fi- nanzas publicas y que su plan de Presupuesto, que durd casi Cien afos, equilibraba ingresos y gastos ?. Pero équé quedaba de cllo cuando para Carlos XII se avecinaba la guerra con Di- namarca, Polonia y Rusia, guerra que cambiaria fundamental. mente el equilibrio y el sistema de potencias cn Europa? Del tesoro piiblico acumulado se habia gastado casi todo hacia 1700, «En el pais y en el pueblo? Los costos de los funerales de 1693 y 1697, el rescate de las joyas procedentes del testamento de la reina Cristina, muerta en 1689, y la coronaci6a de Car- los XII babian consumido casi todo para ostentacién de la au- toctacia’". Y a los campesinos, que tantas esperanzas se habian hecho en 1680, no les iba esencialmente mejor; ni tampoco a las ciudades, que perdicron su autonomia “ni al clero, que fue tebajado ahora a la condicién de cémplices de fa dictadura del rey, y tuvo que ver cémo Carlos XII se dedicaba a otor- gar titulos de nobleza a personas que le eran gratas y adictas. Entre ellas habfa numerosos colaboradores de la reduccidn, que conservaron el favor del rey hereditario patrimonial y se hi- cieron con tlerras que a menudo superaban las posesiones de la vieja aristocracia anterior a 1680. _EL saneamiento a cotto plazo de las finanzas ptiblicas se con- Siguio a costa de una inseguridad continua en el derecho yen la propiedad y sobre todo a costa de la paralizacién de las iniciatives individuales. Es cierto que 1a politica de expropia- cién resulté un retroceso econdmico y que Carlos XII tuve que anulatla paso a paso a fin de poder financiar sus campafas de guerra, Pera no se resticuyd el sistema libertario. Eso no se conseguizia hasta 1718, cuando el «rey héroe», admirado no sélo por Voltaire, fue muerta por una kala durante la campafia de Noruega. Pero hasta ese momento Suecia tuvo que vivir y sobrevivir al rey-dios y sus guerras, que lHevaron al pais al borde de la mina y a la pérdida de su posicién de potencia europea, conquistada bajo el signo de la majestad, la autoridad y fa libertad, 350 Oxenstierna consistia en controlar Dinamarca y Polonia me- diante pactos «ante el ruso», de tal manera que pudiera evi- tarse el aislamiento. Gracias a este sistema no sdlo se superd la guerra de los Treinta Afos, sino también la guerra contra Dinamarca, que con Ja paz de Bromsecbro de 1645 aportéd a Sue- cia grandes ganancias territoriales, confirmadas en 1660 con la paz de Copenhague y garantizadas definitivamente en 1679 con la paz de Nimega. Pero en la época posterior Ja diplomacia de Bengr Oxenstierna no supo ahuyentar el peligro del aisla- miento. Incluso la paz triunfal de Traventhal, firmada en 1700, con la que Dinamarea tuvo que reconocer los derechos de sobe- rania del duque de Helstein-Gottorp, aliado de Suecia, y con- firmar los tratados anteriores con Suecia, no hizo sino anular momentdneamente, mediante el Hamado «pdrrafo de la amnistia», la alianza ofensiva entre Federico IV, el car Pedro I y el rey polaco Augusto, de la Casa de les Wettin (Sajonia). B. Oxenstier- na sabia que «el ruso intenta recuperar por todos los medios las provincias perdidas» y se esfuerza por conservar «cualquier lugar del mar Baltico», cuya costa controlaba casi por completo Suecia "7, La brillante victoria de Narva sobre el ejército ruso de Pe dro I, todavia en formacién, reforzé a principios de Ja gran guerra del Norte la conviccién del joven Carlos XII de que el atte militar tenia que ser la quintaesencia de la politica, Pero no reflexioné lo bastante sobre el hecho de que la politica de seguridad seguia siendo la politica constitucional. Su cancilleria de campo, que debia soportar la carga principal de la diplo- macia y habia degradado a figuras decorativas les consejos y autoridades que quedaban en Estocolmo, no estaba lo bastante preparada para esta combinacidn importantisima de ptetensiones juridicas y poder militar. Las circunstancias politicas le obliga- ron, sin embargo, a transigir con estos ncexos, que tan bien dominaba su modelo Gustavo Adolfo II. La politica del des- tronamiento de Augusto II de Polonia y la cleccién como rey de Estanislao Leszczyriski en 1704 pone de manifiesto este cam- bio"*, lo mismo que las negociaciones que en 1707 Nevaron a la paz de Altranstide y en las que Carlos XII exigié en Silesia libertad religiosa para los protestantes sobre la base de la paz de Westfalia, libertad que también pudo imponer. AA pesar de estas excepciones, ef estrecho pensamiento militar de Carlos XII Hevd gradualmente al aislamiento. Los esfuerzos por conseguir el apoyo del hetmén cosaco Mazepa, del imperio otomano y de las potencias navales (Inglaterra y Holanda) no St en 1709 no fue, por tanto, mds que Ja expresidn militar de la inadvertencia polftica de las realidades en una Europa asolada en el suroeste por la guerra de Sucesién espafiola, en la que también se pusieton de manifiesto los limites a la politica de Luis XIV", Tras la derrota de Poltava, Carlos XII huyd a Turqufa y pensé utilizar su poder como instrumento de su politica bélica. Pero era una ilusién, pues en 1711 se firmé la paz de Prut entre el sultén y el zar y, con ella, se dio la simmacién paraddjica de que Suecia fuera gobernada desde Bender, mientras que al mis- mo tiempo el Consejo Real de Estocolmo tenfa que reaccionar ante acontecimientos que amenazaban las posesiones suecas en suelo alemdn y desplazaban su «muralla de proteccién baltica». En esta dificil situacién asumid el papel de estadista Arvid Horn, tras la caida y muerte de B. Oxenstierna, cubierto en parte por el Consejo y las estamentos, que fueron consultados en 1710. Cierto, podia salvar bien poco (la campafia de Sten- bock, para el levantamiento de Pomerania y Holstein-Gottorp, llev6 en 1712 a una victoria en Gadebusch sebre un ejército danés, pero en 1713 tuvo que capitular en la fortaleza de Tdnningen), poniéndose ahora de manifiesto a quién pertene- cia el futuro’. Tras su audaz cabalgada de Bender a Stralsund y luego a Sue- cia, semejante a la huida de Napoleén de Elba, Carlos XII mandé revisar en 1714 todas Jas concesiones del presidente de Ja cancilleria, Horn, y del Consejo en relacidn con el Acto de Neutralidad de La Haya de 1710. Excluyd totalmente de la po- Utica exterior a este aristécrata, que poseia Ia talla de un Erik Sparre, un Axel Oxenstierna o un Claes R&lamb, y se puso en manos de Georg Heinrich von Gértz, que representaba los intereses de Holstein-Gottorp y pretendia convertir al du- que Carlos Federico, todavia menor de edad, en sucesor de Car- los XII. Este se habia quedado soltero y, como el rey mds absoluto que jamds tuvicra Suecia, no habla dejado precisamen- te aquello de lo que vivia la Envdlde: un sucesor. La hermana menor de Carlos, Ulrica Leonora, casada desde 1715 con el principe heredero Federico de Hesse, organiz6, con ta confianza de Horn y parte del Consejo, un frente contra las pretensiones de los Holstein. Surgicron asi, en una peligrosa situacién poli- tica interna y externa, los comienzos del «partido de Holstein» y del «partido de Hesse», que marcarfan de forma tan decisiva Ja vida politica de Suecia desde 1718. Gértz supo Ievar a cabo una politica basada en el Uamado 52 Frc _ produjeron las éxitos esperados. La grave derrota de Poltava «principio equivalente», es decir, recibir indemnizaciones de Rusia, Polonia y Dinamarca entregando posesiones situadas fue- ta del reino propiamente dicho. El zar ruso aprobé una pro- puesta de quedarse con Kexholm, Viborg y las provincias bdl- ticas, mientras, por su parte, permitia que Suecia conquistase la vecina Noruega. Pero el rey absoluto no quiso intervenir en iltima instancia, de manera que las negociaciones de Aland, ditigidas por Gértz, sélo consiguieron retrasar los planes de ataque de Pedro I contra Suecia, Su intento de emprender una invasién ruso-danesa de Suecia desde Mecklemburgo, bajo la pro- teccién y participacién de Inglaterra, fracasé, sin embargo, en 1716, lo mismo que fracasé el tiltimo y desesperado intento de Carlos XII por conquistar Noruega. El 30 de noviembre de 1718 recibié un balazo ante Ja for- taleza de Fredriksten, cerca de Fredrikshald. Esa bala no sdlo puso fin a la vida de un autécrata que con sus acciones bélicas habia Henado de asombro y quejas a Europa '", igual que harfa después Federico IJ de Prusia, sino que también acabé con el sistema de poder de la Envalde. Habia debilitado de tal ma- nera, tanto interior como exteriormente, al «reino de Ia media noche» que sdlo quedaba como alternativa la euforia liberraria. c) La «constitucién libertariaw de 1718 @ 1772, Ilustracién bajo el signo del utilitarismo. La politica de los «sombreros» y los «gorros». Gustavo III, eun adéspota ilustrado»? Kepler Con la muerte de Carlos XII aparecié en la escena politica de Suecia un hecho dramatico que puede calificarse de «revolu- cidn» ™, Los cambios intraducidos tenian efectivamente un ca- r4cter revolucionario en tanto en cuanto se atribula entonces a la revolutio, en lo esencial, el sentido de vuelta al buen Dere- cho antiguo. De ahi que no sea de extranar que el Senado, bajo la direccién del aristécrata Arvid Horn, sdlo autorizase la sucesién de Ulrica Leonora a condicién de que gobernase «a la vieja manera, con el asesoramiento de su Consejo». Esto no significaba otra cosa que la vuelta a una férmula fundamen- tal del Landslag y de la «Forma de Gobierno» de 1634, a las que se remitian como alternativa estructural a la «época de soberania» de 1680 a 1718. Ulrica Leonora, que junto con el principe hetedero Federico de Hesse tenia que defenderse de las pretensiones al trono de Carlos Federico de Holstein-Gottorp, fue también obligada por 33