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De mi niñez hasta 1992

Recuerdo haber estado en México hasta los siete años de edad, en los cuales estuve bajo la
tutoría de mi madre, y en gran parte con mis abuelos maternos. Curse normalmente el kínder
y respecto a la primaria, solamente curse hasta segundo año, ya que mis abuelos le solicitaron
a mi mama que les permitiese llevarme consigo a los Estados Unidos; porque mis tíos querían
llevárselos por cuestiones de salud y para una clase de vida en mejores condiciones a las que
se encontraban en aquel entonces.

Esa mañana la recuerdo muy bien, como suelen decir como si hubiese sido ayer. Tengo en
mi memoria las palabras de mi abuela maternal (a quien consideraba como madre por causa
de haberme criado desde los seis días de nacido) diciéndome: hijo, hoy nos vamos a Estados
Unidos y no podrás acompañarnos a no ser que tu mama te dé permiso. Como todo niño
inocente, corrí a la cama donde se encontraba mi mama para pedirle permiso que me dejase
ir a pasear con mis abuelos, pensando yo que regresaríamos al día siguiente, como cualquier
otro día que salí con ellos; a lo que mi mama contesto: ¿seguro qué te quieres ir y dejarme
sola? Sin titubear le prometí que regresaría al día siguiente. Lo que no sabía era que mis
abuelos y mi madre ya se habían puesto de acuerdo en cuanto al viaje a Estados Unidos,
experiencia que me daría muchísima riqueza en cuanto a la cosmovisión, idioma y lo más
importante una pequeña atmosfera de cristianismo dominical.

Mi estancia en EEUU.

Tras la partida de mi hogar, nos dirigimos a Baja California del Norte donde nos
encontraríamos con unos familiares que nos llevarían con los coyotes. Estos coyotes se
encargarían de nuestro traslado a América del Norte. Estuvimos una semana hospedándonos
en un hotel mientras se arreglaban los detalles con los coyotes. Cuando por fin, llego la
mañana en que mi abuelo llego diciendo: “es hora de irnos”.

No tardamos mucho tiempo para cruzar por la línea, así que, sin muchas demoras llegamos
a nuestro destino. Cuando por primera vez estábamos en casa de uno de mis tíos, recuerdo
que no llegamos a conocer una congregación cristiana, esto fue gracias a una de mis tías; no
fueron muchos los años en que asistimos, pero si los suficientes para que quedara sembrada
la Palabra de Dios en mi corazón.

Mi regreso a México

Fueron cuatro años de estancia en los Estados Unidos de América. Durante los cuales disfruté
de grandes privilegios como el aprender el idioma y la escritura manuscrita; las amistades
jugaron un papel muy importante en mi desarrollo y mi cosmovisión de la vida en EEUU, a
tal grado que a mis diez años me convertí en más rebelde de lo usual. Mi comportamiento
fue influenciado por mis compañeros de la escuela, los vecinos del departamento, y algunos
adultos que conocí dentro de la zona en que viví.

En aquel tiempo estaba de moda la skateboard (andar en patineta) y la famosa choleada, (aún
recuerdo haber tomado los pantalones de mis tíos para sentirme dentro del cirulo de mis
amigos mayores). Fue precisamente cuando el decaimiento de mi moralidad fue más
evidente. Hice muchas cosas malas, de las cuales me avergüenzo, y fue precisamente que mis
tíos tomaron cartas en el asunto y decidieron mandarme de regreso con mi madre para estar
bajo su tutela. Esta idea no era mucho de mí agrado, ya que, había escuchado que mi madre
disciplinaba muy fuerte y me asustaba. Pero la decisión ya había sido tomada y tendría que
someterme a la decisión de regresar con mi mama.

Fue emocionante ver de nuevo la casa de mi infancia. Aún recuerdo mi primer contacto con
mis vecinos, fue desagradable, pues me dijeron muchas groserías, y yo les respondí de la
misma manera solo que en inglés, je, je, je… ya que, por mi falta de vocabulario, en cuanto
a las malas palabras, era muy escaso, acudí a lo que, si sabía responder, pero en inglés; qué
si me entendieron o no, no lo sé; pero solo sé que los ofendí con toda intención.

Asistiendo a una congregación

No recuerdo bien cuando fue que mi mama comenzó a asistir a una congregación cerca del
hogar, pero fueron tiempos en los que todo era nuevo para mí, y no lograba distinguir entre
que era o no el cristianismo. Los recuerdos de asistencia son muy vagos, las palabras de mi
mama son las que más me hacen meditar en cuanto a la obra del Espíritu Santo en mí; pero
me suele recordar que me dormía en las bancas, que era muy travieso, rezongón, irritable y
que le decía que no me gustaba ir al templo; pero como todo hijo de hogar, tenía que seguir
las ordenes de mi madre. Pero todo cambiaría a partir de una mañana en escuela dominical.

A mi maestra de escuela dominical la recuerdo muy bien, se llama Rosario Herrera, me


encantaban el final de sus cases porque nos regalaba gelatinas, chicarrones o cualquier
golosina como recompensa de los trabajos que hacíamos durante la dominical. No recuerdo
bien que se me predicase el evangelio tal y como lo marcan las Escrituras, pero lo que si
recuerdo fue un despertar por saber ¿quién era Jesús? ¿quién era Dios y por qué se le tenía
que adorar? ¿quién era satanás y los demonios? ¿quién creo a Dios? ¿Por qué existe el
infierno? Y otras tantas más.

Cuando la Noche se vuelve de día

Mi desesperación me llevo a tal grado que le pregunte al pastor de la congregación a la cual


estábamos asistiendo, llamada “La Hermosa”. Mi conversación con el pastor fue muy breve,
tanto que no quede satisfecho con su respuesta; le exprese el sentir de mi corazón, mis dudas
acerca de ¿quién en realidad era Dios? su respuesta me dejo más inquietante ya que no había
saciado mi sed por saber la verdad, fue entonces que acudí a mi maestra de escuela dominical,
la cual, muy favorablemente me extendió una invitación a su casa.

No demore mucho en cuanto a su invitación, fui de noche, me hizo pasar a su sala y enseguida
me atendieron con la bendición tradicional en el cristianismo (Dios te bendiga), abordamos
enseguida mis inquietudes, dudas y preguntas. Cada una de ellas fue respondida acorde a la
Biblia. Era muy de noche y sabía que tenía que tomar una decisión, o era un si a Cristo o un
no definitivo. En mi mente se estaba librando la batalla más grande que había tenido jamás,
rendirme a Dios suplicando su perdón y confiar en Jesucristo o seguir en mis deleites
pecaminosos que tanto le habían ofendido.

Por dentro había un clamor de: vuélvete al Señor y arrepiéntete, recíbelo, es el tiempo,
abandónate a Cristo; y por otra parte la voz de ese viejo hombre, resistiéndose al evangelio

La decisión fue contundente, pues entre más se levantaba la voz de: desiste, nunca podrás
contra el mal que hay en ti, mucho más se levantaba la voz dulce del Espíritu Santo, aquella
voz que como dice la Escritura “convence de pecado…”. Era tan dulce esa voz que no podía
contra ella, el susurro de “entrégate a Cristo”, fue para mí la voz más dulce que jamás he
escuchado, es como si la estuviera escuchando en estos momentos dulces melodías que
proclamaban ¡la salvación es del Señor!

¡Ah, que recuerdos tan dulces! traer a la memoria las misericordias de Dios, y cuán hermosas
palabras que se encuentra en la Biblia de Juan 1:12… recuerdos que me hacen tener presente
la obra de Cristo, donde Él vino a tomar mi lugar en la cruz; aquella cruz que me hace tener
presente el propósito de la vida cristiana: crecer en santidad y morir a mis viajas pasiones.

Es así como tuve el enorme privilegio de ser alcanzado a misericordia y poder ver que la
salvación es del Eterno Dios, quien reina sobre todo y por quien pude ver su gracia en
Jesucristo, mi Señor y mi salvador. Esta experiencia sigue viva dentro de mí, cada día me
levanto con ella, me despierto con la seguridad de que me seguirá guiando conforme a sus
propósitos eternos a fin de ser más conforme a la imagen de aquel que lo conforma todo y
por quien todo ser humano tienen vida eterna, Jesucristo mi salvador personal.