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SEMINARIO DIOCESANO

DE NUESTRA SEÑORA DE GUADALUPE Y DE SAN RAFAEL GUIZAR Y VALENCIA


MATERIA: Teología Moral I. PROF: Miguel Ángel MCM.
PRESENTA: Jose Manuel Camacho. GRADO: Primero de Teología
FECHA: 04/012/17

TEXTO DE LAS CUATRO TESIS DE H. SCHÜRMANN,


APROBADO «IN FORMA GENERICA» POR LA COMISIÓN TEOLÓGICA INTERNACIONAL

LA CUESTIÓN DEL CARÁCTER OBLIGATORIO DE LOS JUICIOS DE VALOR


Y DE LAS DIRECTRICES MORALES DEL NUEVO TESTAMENTO

I. El problema

N. 1. El Vaticano II ha querido «que la mesa de la palabra de Dios se prepare con


más abundancia para los fieles» y «se abran [para ellos] más ampliamente los
tesoros bíblicos»[7]. Consecuentemente ha querido el Concilio que, en las homilías,
los sacerdotes expliquen, partiendo del texto sagrado, «los misterios de la fe y las
normas de la vida cristiana»[8]. Aparece, sin embargo, una dificultad: ¿no
encontramos en un sitio u otro del Antiguo Testamento[9], e incluso del Nuevo,
juicios morales condicionados y determinados por la época en la que se
compusieron aquellos libros? ¿Nos autoriza ello a afirmar, de modo general, como
tantas veces lo oímos decir hoy, que sea preciso replantear el carácter obligatorio
de todos los juicios de valor y de todas las directrices de la Escritura, porque están
todos condicionados por el tiempo? O, por lo menos, ¿deberíamos admitir que las
enseñanzas morales referidas a cuestiones particulares no puedan pretender tener
un valor permanente, precisamente a causa de su dependencia de una época
determinada? Y entonces, ¿sería la razón humana el criterio último de evaluación
de los juicios de valor y de las directrices bíblicas? ¿No podrían los juicios de valor
y las directrices de la Sagrada Escritura pretender tener por sí mismos algún valor
permanente y, en todo caso, algún valor normativo? ¿Obligarían a los cristianos de
otra época únicamente a modo de «paradigma» o de «modelos de conducta»?

N. 2. Aunque los «libros del Antiguo Testamento» en cuanto «libros inspirados


conservan un valor imperecedero»[10], y aunque Dios haya querido en su sabiduría
que «la Nueva Alianza estuviera oculta en la Antigua y que la Antigua fuera
explicada por la Nueva»[11], nosotros, en las páginas que siguen, limitaremos
nuestro examen a los escritos del Nuevo Testamento. En efecto, los «libros del
Antiguo Testamento, íntegramente recibidos en la predicación evangélica, alcanzan
y muestran su significado completo en el Nuevo Testamento»[12]. Por consiguiente
la cuestión del carácter obligatorio de los juicios de valor y de las directrices bíblicas
se plantea, sobre todo, respecto a los escritos del Nuevo Testamento.
La cuestión de saber de qué naturaleza es la obligación que va unida a los juicios
de valor y a las prescripciones neotestamentarias corresponde a la hermenéutica
en teología moral. Nos dedicaremos en especial a estudiar este problema con
relación a los juicios de valor y a las directrices paulinas, pues esta problemática de
la moral se refleja de modo particular en el Corpus paulinum. Por otra parte, a pesar
de una diversidad sorprendente (por ejemplo, en Pablo, Juan, Mateo, Santiago etc.),
los escritos neotestamentarios presentan una singular convergencia en el dominio
de la moral.

N. 3. Por lo que se refiere a los juicios de valor y a las directrices en materia de


moral, los escritos neotestamentarios pueden reivindicar un valor especial, teniendo
en cuenta que en ellos ha cristalizado el juicio moral de la Iglesia de los comienzos.
el comportamiento y la palabra de Jesús, en cuanto criterio último de la obligación
moral, podían manifestarse de modo especialmente válido en los juicios de valor y
las directrices formuladas en el Espíritu y con autoridad por el Apóstol, lo mismo que
por los otros «espirituales» de la Iglesia de los comienzos y en la paradosis y
la parathéke de las primeras comunidades cristianas como criterios inmediatos de
acción.

II. La conducta y la palabra de Jesús como criterio último de juicio en materia


moral

N. 4. Para los autores del Nuevo Testamento, la conducta y la palabra de Jesús


valen como criterio normativo de juicio y como norma moral suprema, en calidad de
«ley de Cristo» (ennomos) (Gál6, 2; cf. 1 Cor 9, 21) «inscrita en los corazones de
los fieles» (cf. Heb 10, 16). Además para los escritores neotestamentarios, las
directrices que Jesús dio durante el período prepascual tienen un valor y una
exigencia decisivas en un contexto de imitación del ejemplo dado por el Jesús
terrestre y más aún por el Hijo de Dios preexistente.

Tesis I

La conducta de Jesús es el ejemplo


y el criterio de un amor que sirve y se da

N. 5. Ya en los sinópticos se entiende la «venida» de Jesús, su vida y su acción


como un servicio (Lc 22, 27s) que alcanza su última realización en la muerte (Mc 10,
25). En el estadio prepaulino y paulino se designa este amor, en términos
de kénosis, como un amor que se realiza en la Encarnación y en la muerte en Cruz
del Hijo (Flp 2, 6s; 2 Cor 8, 9). La conducta de Jesús se caracteriza finalmente como
el amor que sirve y se entrega «por nosotros» y que hace visible el amor de Dios
(Rom 5, 8; 8, 31s; Jn 3, 16; 1 Jn 4, 9). El conjunto del comportamiento moral de los
fieles se resume fundamentalmente en la aceptación e imitación de este amor
divino; es, por tanto, vida con Cristo y en Cristo.

a) En los escritos neotestamentarios —especialmente en Pablo y Juan—


la exigencia de amorencuentra su motivación a la vez que su carácter propio, el
radicalismo que la hace excederse a sí misma, y también quizás un contenido
especial, en la conducta por la que el Hijo se despoja a sí mismo (Pablo) o, dicho
de otra manera, «desciende» (Juan). Este amor, al entregarse a la existencia
humana y a la muerte, representa y hace visible el amor de Dios. Este rasgo es
todavía más característico de la moral neotestamentaria que su orientación
escatológica.

b) La Sequela Iesu y su imitación, la «asociación» al Hijo encarnado y crucificado,


y la vida del bautizado en Cristo determinan además, de manera específica, la
actitud moral concreta del creyente con respecto al mundo.

Tesis II

La palabra de Jesús es norma moral última

N. 6. Las palabras del Señor explicitan la actitud de amor de Jesús, aquel que ha
venido y ha sido crucificado. Deben interpretarse partiendo de su persona. Así,
estas palabras, vistas a la luz del misterio pascual y «recordadas» en el Espíritu
(Jn 14, 26), constituyen la norma última de la conducta moral de los creyentes (cf. 1
Cor 7, 10-25).

a) Ciertas palabras de Jesús, según su mismo género literario, no se presentan,


propiamente hablando, como leyes; deben entenderse como modelos de
conducta y ser consideradas como paradigmas.

b) Para Pablo, las palabras del Señor tienen una fuerza obligatoria definitiva y
permanente. Sin embargo, en dos pasajes en que cita expresamente directrices de
Jesús (cf. Lc 17, 7b y par.; Mc10, 11 y par.) puede aconsejar que se observan
siguiendo su intención profunda y asimilándose a ellas todo lo que lo permitan
situaciones que se han hecho diferentes o más difíciles (1 Cor 9, 14; 7, 12-16). Se
aparta así de una interpretación legalista al estilo del judaísmo tardío.

III. Los juicios y las directrices de los Apóstoles


y del Cristianismo primitivo están dotados de una fuerza obligatoria

N. 7. El carácter obligatorio de estas directrices consignadas en el Nuevo


Testamento se fundamenta en varios motivos: las actitudes y las palabras de Jesús,
la conducta y las enseñanzas de los apóstoles y de otros «espirituales» de los
orígenes cristianos, la manera de vivir y la tradición de las comunidades primitivas
en la medida en que la Iglesia naciente aún estaba marcada de forma particular por
el Espíritu del Señor resucitado. Dentro de este contexto, no hemos de olvidar que
el Espíritu de la verdad, especialmente en lo que se refiere al conocimiento moral,
«guiará a los discípulos a la verdad completa» (Jn 16, 13s).

N. 8. También observaremos que en relación a los diversos juicios de valor y


directrices del cristianismo primitivo, considerados ya en su forma, ya en su
contenido, la reivindicación de una autoridad obligatoria era muy diferente en cada
caso y que esas directrices, en campos bastante amplios, iban marcadas por una
finalidad práctico-pastoral.

Tesis III

Ciertos juicios de valor y ciertas directrices son permanentes


debido a sus fundamentos teológicos y escatológicos

N. 9. En los escritos neotestamentarios, el interés parenético principal y, por


consiguiente, la importancia relativa a la intensidad y frecuencia de las afirmaciones
recae sobre los juicios de valor y sobre las directrices (esencialmente formales) que
exigen, como respuesta al amor de Dios en Cristo, el abandono de amor total a
Cristo, es decir, al Padre, y una conducta conforme a la realidad actual escatológica,
es decir, a la acción salvífica de Cristo, así como al estado de bautizado.

N. 10. Deberá atribuirse un carácter de obligación permanente a estos juicios de


valor y a estas directrices así definidas, por cuanto están fundadas de manera
incondicional en la realidad escatológica de la salvación y motivadas desde el
Evangelio.

a) La exigencia central de los escritos neotestamentarios que —en cuanto precepto


«que va hasta el final»— reivindica una forma obligatoria absoluta, está constituida
por la llamada al don total de sí mismo en Cristo al Padre.

b) Numerosos pareceres e imperativos escatológicos de los escritos


neotestamentarios, que se quedan en su mayoría en el plano de la moral formal,
reivindican también un valor obligatorio incondicionado. Dichos pareceres e
imperativos llaman, por una parte, a caminar en la fe y en el amor, en conformidad
con la realidad y la situación frente al advenimiento de la salvación escatológica, a
situarse activamente en la obra redentora de Cristo, es decir, en la condición propia
de bautizado. Por otra parte, advierten que hay que dejarse condicionar en la
esperanza por la proximidad del Reino, es decir, de la parusía, en una vigilancia y
una prontitud continuas.

Tesis IV

Los juicios de valor y las directrices particulares


implican obligaciones diversas

N. 11. Junto a los juicios de valor y a las directrices ya mencionadas, los escritos
neotestamentarios enuncian igualmente juicios de valor y directrices que se refieren
a los aspectos particulares de la existencia, es decir, a conductas determinadas y
que, aunque de formas diversas, tienen también fuerza obligatoria permanente.
a) Encontramos, con frecuencia y de manera particularmente acentuada, en los
escritos neotestamentarios, directrices y deberes acerca del amor fraterno y
del amor al prójimo, referidos muchas veces a la conducta del Hijo de Dios (por
ejemplo, Flp 2, 6s; 2 Cor 8, 2-9) o que hacen alusión a las palabras del Señor. Estas
exigencias —aunque permanecen generales— toman un valor incondicionado
como «ley de Cristo» (Gál 6, 2) y como «mandamiento nuevo» (Jn13, 14; 15, 12; 1
Jn 2, 7s). En ellas «se cumple» la ley del Antiguo Testamento (Gál 5, 14; cf.Rom 13,
8s; también Mt 7, 12; 22, 40), es decir que se concentran en el mandamiento del
amor y en él finalizan. Sin embargo, cuando el mandamiento del amor se «encarna»
en directrices concretas particulares habrá que verificar si, y de qué manera, juicios
condicionados por la época o circunstancias históricas particulares matizan la
exigencia fundamental hasta el punto que se podría exigir de ella, en circunstancias
diferentes, sólo una aplicación analógica, aproximada, adaptada o intencional.

b) Junto al mandamiento del amor —pero muy a menudo en el contexto de la


exigencia del amor— presentan los escritos neotestamentarios otros juicios de valor
y directrices morales que se refieren a aspectos particulares de la existencia. El
«cumplimiento» de la ley por el amor (Gál 5, 14; cf.Rom 13, 8s) se sitúa sobre todo
a nivel de la intencionalidad, pero el amor no quita ni a las otras virtudes ni a los
comportamientos su consistencia propia. Se expresa a través de diferentes maneras
de actuar y de virtudes que no se identifican plenamente con él. Véase, por
ejemplo, 1 Cor 13, 4-7; Rom 12, 9s, la Epístola de Santiago, en especial los
catálogos de virtudes y vicios, y los temas domésticos de los escritos
neotestamentarios.

α) No hemos de olvidar que gran parte de estos juicios de valor particulares y de


estas directrices especiales presentan un carácter «espiritual» muy señalado y
como tales determinan bajo este ángulo la vida de la comunidad. Las exhortaciones
a la alegría (Flp 3, 1; Rom 12, 15), a la oración continua (cf. 1 Tes 5, 17), a la acción
de gracias (1 Tes 5, 16; Col 3, 17), a la «necedad» en oposición a la sabiduría de
este mundo (1 Cor 3, 18s), a la indiferencia (1 Cor 7, 29s), son ciertamente
preceptos cristianos permanentes que van hasta el final; dicho de otra manera,
«frutos del Espíritu» (cf. Gál 5, 22). Otros son «consejos» (1 Cor 7, 17-27s). Muchas
de estas directrices espirituales están formuladas en términos muy concretos y no
pueden hoy realizarse en el seno de las relaciones comunitarias actuales (ver sólo 1
Cor 11, 5-14; Col 3, 16; Ef 5, 19). Conservan, sin embargo, algo de su autoridad
normativa y original y requieren un «cumplimiento» adaptado o análogo.

β) En cuanto se refiere a los juicios de valor y a las normas de conducta concretas,


se establecerá su carácter obligatorio, considerando de qué manera están
motivadas por exigencias fundamentales teológico-escatológicas o de alcance
moral universalmente obligatorio, o qué Sitz im Leben tienen en las comunidades.
Esto es válido, por ejemplo, para las parénesis bautismales (cf. Ef 4, 17-21) en que
se confronta a los catecúmenos con los vicios principales de los paganos, como la
impureza (1 Tes 4, 9s) y la deshonestidad (1 Tes 4, 6). Tales exigencias, lo mismo
que la advertencia contra la idolatría (Gál 6, 20s), son puestas muy de relieve por
su misma naturaleza.
No podemos, sin embargo, ignorar el hecho de que en el caso de muchos juicios de
valor morales concretos referidos a aspectos de vida particulares, juicios de valor y
juicios reales condicionados por la época pueden condicionar o relativizar las
perspectivas morales. Si, por ejemplo, los escritores del Nuevo Testamento
consideran a la mujer en su subordinación al hombre (cf. 1 Cor11, 2-16, 14, 33-36s)
—lo que es comprensible para la época—, nos parece, sin embargo, que sobre esta
cuestión el Espíritu Santo ha llevado a la cristiandad contemporánea, junto con el
mundo moderno, a una mejor inteligencia de las exigencias morales del mundo de
las personas. Incluso si no pudiera señalarse más que este ejemplo en los escritos
del Nuevo Testamento, bastaría para demostrar que con respecto a los juicios de
valor y a las directrices en materia de precepto particular del Nuevo Testamento no
puede eludirse la cuestión de interpretación hermenéutica.

Conclusión

N. 12. La mayor parte de los juicios de valor y de las directrices neotestamentarias


llaman a un comportamiento concreto hacia el Padre que se revela en Cristo, y
desembocan así en un horizonte teológico-escatológico. Esto ocurre en especial
con las exigencias de Cristo (I), pero también con la mayoría de las directrices
apostólicas (III, 11): exigencias y admoniciones de este tipo quieren ligar sin
condición y transcienden las diversidades históricas. Incluso los juicios de valor y
las directrices que conciernen sectores de vida particulares participan, en gran
parte, de esta perspectiva; al menos en tales casos postulan de manera más general
el amor del prójimo percibido en su unión con el amor de Dios y de Cristo [III, 4, a)].
Además este horizonte teológico-escatológico impregna y determina el amplio
ámbito de las parenesis «espirituales» del Nuevo Testamento [III, 11, b), α). Los
juicios morales y las parénesis del Nuevo Testamento deberán poder replantearse
solamente en el ámbito —relativamente limitado— de las directrices concretas y
particulares y de las normas operativas [III, 11, b), β).

Nuestra exposición no favorece, en modo alguno, la opinión según la cual todos los
juicios de valor y las directrices del Nuevo Testamento estarían condicionadas por
el tiempo. Esta «relativización» no vale, ni siquiera de modo general, para los juicios
particulares que, en su gran mayoría, no pueden ser comprendidos
hermenéuticamente como puros «modelos» o «paradigmas» de comportamiento.
Entre ellos, sólo una pequeña parte puede considerarse sometida a las condiciones
de tiempo y de ambiente. Pero los hay en todo caso, lo que significa que la
experiencia humana, el juicio de la razón y también la hermenéutica teológico-moral
tienen, frente a esos juicios de valor y esas directrices, un papel que desempeñar.

Si esta hermenéutica toma en serio el alcance moral de la Escritura, no puede actuar


ni de una manera simplemente «biblicista» ni según una perspectiva puramente
racionalista, al establecer los caracteres morales de los actos. Sólo obtendrá
resultados positivos dentro de un espíritu de «encuentro», es decir, en la
confrontación siempre renovada de los conocimientos críticos de hoy con los datos
morales de la Escritura. Sólo poniéndonos a la escucha de la Palabra de Dios —
Verbum Dei audiens[13]— podremos interpretar sin peligro los signos de los
tiempos. Este trabajo de discernimiento deberá hacerse en el seno de la comunidad
del Pueblo de Dios, en la unidad del sensus fidelium y del magisterio con ayuda de
la teología.