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La definición de la calidad
educativa
Ensayo
LA DEFINICIÓN DE LA CALIDAD EDUCATIVA
ENSAYO
LA DEFINICIÓN DE LA CALIDAD EDUCATIVA

El propósito del presente ensayo consiste en examinar algunas definiciones


de calidad educativa para identificar las dificultades de su caracterización. Se hace
este análisis debido a las graves dificultades que ha representado, en la
actualidad, dar con una definición concreta del término, lo cual trae consigo graves
dificultades de índole teórica y empírica.

La tesis fundamental de este trabajo radica en destacar que la calidad


educativa, más que un término polisémico y multidimensional, es uno que no se
corresponde con las características y fines de la educación, ya que, en el ámbito
económico, de donde es oriundo, sí se desenvuelve con gran propiedad. Por eso
es que, debido a esta polisemia y ambigüedad, se generan graves dificultades
para operativizarlo en la realidad educativa, lo cual hace pensar que, en lugar de
un problema de significado, se trata de un problema de ubicación disciplinaria.

En la actualidad, se habla mucho de calidad educativa debido a un fuerte


interés de los gobiernos de las diversas naciones del mundo en el tema. Desde
finales del siglo XX se ha suscitado un gran movimiento para mejorar la educación
que brindan los centros escolares, y es una preocupación legítima, si se toma en
cuenta que cualquier persona desea una buena educación. Sin embargo, aunque
es una meta común de la sociedad, su consecución no ha resultado sencilla.

Una de las dificultades que enfrenta la calidad educativa es la definición del


propio concepto, ya que existen tantas propuestas como investigadores, y
estudiosos del tema, hay en el mundo. Cada uno de ellos ha acuñado su propio
constructo otorgándole diversos atributos. Algunos son coincidentes o similares y
otros totalmente divergentes. Pero algo en lo que todos están de acuerdo es en
que se trata de un término polisémico y multifactorial.

La calidad educativa se compone de dos vocablos, el primero, calidad, que


proviene del latín qualitas y que señala la “naturaleza, o clase de que se trata un
objeto”, es decir, se enfoca en la cualidad o cualidades que lo hacen ser lo que es
(Diccionario Etimológico español en línea, 2017a). El vocablo educación, por otra

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parte, se deriva de la raíz latina educatio que significa guiar o “desarrollar las
facultades del niño” y que se ha empleado para definir la conducción hacia el
conocimiento (Diccionario Etimológico español en línea, 2017b). De esta manera,
calidad educativa adopta el sentido de las cualidades que identifican la conducción
cognoscitiva o del aprendizaje.

Pero, tan pronto como se sale del área de la etimología, esta expresión
toma diferentes acepciones. El concepto de calidad, en general, ha sido definido,
principalmente, desde el área de la economía y la administración. La preocupación
por la calidad se remonta hasta los años treinta, luego de la Gran depresión que
marcó el fin del Estado benefactor y que provocó que los ojos del mundo se
volvieran hacia el resurgimiento del liberalismo económico, el cual adoptó el
nombre de neoliberalismo. De este modo, en los años ochenta y noventa,
aparecen los paradigmas de la excelencia, la competitividad y la globalización que
preconizan la calidad como el estandarte de la postmodernidad (Casassus, 1998,
pp. 10-12).

El concepto de calidad, en este periodo, centra su atención en el


cumplimiento de los requisitos, en hacer las cosas bien a la primera vez y en la
satisfacción del cliente. (Crosby & De León, 1987, p. 231; Juran, 1990, pp. 4-11).
En este entorno, el concepto se halla bien definido, bien establecido y articulado
con las metas de las empresas, puesto que el objetivo de éstas es poder realizar
la producción de objetos bien manufacturados y sin defectos, lo cual evita las
pérdidas y satisface las necesidades de los usuarios. Esto está bien en una
empresa porque ésa es su finalidad. Es su razón de ser.

Pero en el caso de la calidad educativa ocurre un fenómeno diferente. Los


esfuerzos por establecer una definición univoca no son alentadores. Los
investigadores y estudiosos del tema indican que la calidad educativa es un
término o expresión ambigua, multifactorial y polisémica. Además, en esos
esfuerzos, a veces se cometen redundancias e imprecisiones que complican la
comprensión. Por ejemplo, se dice que la calidad educativa consiste en las metas

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de calidad que persigue la educación (Juste, Rupérez, Ortiz & Fernández, 2000, p.
26).

Otras veces se ha definido por medio de la descripción de los componentes


de un sistema y el efecto que éstos producen en sus interacciones, de esta
manera, la atención se centra en los componentes y se deja de lado la descripción
de ese efecto; en qué consiste, qué es o como se lo delimita. También se ha
intentado conceptualizar la calidad educativa vinculándola con otros conceptos,
como la evaluación y la innovación. En este caso, se piensa que, construyendo un
modelo lógico y sistémico de un objeto a evaluar, se puede determinar la calidad
de la educación y se puede potenciar mediante un proyecto de innovación. Pero lo
que se determina aquí, en realidad, es un modelo educativo, no la calidad de la
educación, la cual sigue siendo indefinida y ambigua (De la Orden, 2012, p. 12).

De la misma manera, se ha tratado de definir la calidad educativa por medio


de un conjunto de indicadores que ofrezcan información correspondiente sobre la
misma, pero, en este caso, sucede algo similar a las situaciones descritas con
anterioridad. En primer lugar, no hay un consenso con respecto a la definición del
concepto “indicador” y, por otra parte, finalmente, si la calidad se reduce a
indicadores, aun así seguiría sin ser definida puesto que los indicadores nos dicen
qué es lo que miden y cuánto de eso miden, pero no informan acerca de en qué
consiste o qué es la calidad educativa (Martínez, 2010, pp. 5-8).

Existen algunas otras definiciones que representan aproximaciones a las


anteriores, pero en las que se destaca una característica peculiar; se trata de
largas y complicadas descripciones de dimensiones, factores, clasificaciones,
etcétera, que lejos de explicar el concepto parece que se alejan de él. En ellas se
considera a la calidad educativa desde el punto de vista de: la excepcionalidad, la
perfección, la aptitud para un propósito, el valor para el dinero y la transformación.
(Harvey & Green, 1993, pp. 10-24). En otros casos se la considera como la
conjugación de: la relevancia, la eficacia (cobertura, permanencia, promoción y
aprendizaje real), la equidad y la eficiencia (permanencia y promoción)
(Schmelkes, 2000, pp. 125-130).

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El problema básico de estas enunciaciones radica en que “…la definición de
un concepto tampoco es la enumeración de todas sus cualidades conocidas. En
rigor, en la definición solamente se expresa una o algunas de las cualidades del
concepto, con tal que resulten suficientes para distinguirlo sin ambigüedad de los
otros conceptos” (De Gortari, 1972, p. 70).

Edwards (1991) señala que la gran dificultad de la calidad educativa


consiste en su dimensión teórica y afirma que, mientras ésta no se resuelva,
seguirán existiendo problemas en el diseño de las políticas públicas. Pero, porqué
es tan importante la definición previa de la calidad educativa. Tal vez porque el
mismo paradigma de la calidad así lo exige. En éste, tan debatido concepto, la
comisión de cero errores, la planificación, el control, la definición de los objetivos y
metas, el diagnóstico, etcétera, son elementos sine qua non es posible alcanzar la
calidad. Por ello es inaudita la puesta en marcha de un proyecto de calidad sin
saber exactamente en qué consiste ésta. Equivale a no tener un punto de partida
preciso. Es como llevar a cabo un viaje que no tiene punto de partida ni punto de
llegada. En este sentido, se corre el riesgo de perder tiempo, esfuerzo, recursos y
dinero inútilmente, lo cual no es congruente con el propósito de la calidad. Por
esta razón es que se considera vital, para cualquier organización, no sólo para la
escuela, o para un sistema educativo, definir primero qué es la calidad, no sólo
operativamente, sino también, y principalmente, en forma teórica (pp. 43-44).

Por otra parte, además de acotar algunas observaciones con respecto al


concepto de calidad educativa, es preciso hacer hincapié en algunas cuestiones
que saltan a la vista, no por lo que se dice, sino también por lo que no se dice, en
varias definiciones y explicaciones. Resulta sumamente significativo que, al
parecer, se trata de evitar o soslayar el origen del término. Solamente se describe,
muy rápidamente, su irrupción en el ámbito económico y enseguida se pasa a
incrustarlo en la educación, como si no se quisiera ahondar en el tema. También
se dice que la calidad es una demanda de la sociedad, pero se omite denotar que
sólo se trata de un sector de la sociedad: el económico.

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Pero además, si se reconoce que el concepto de calidad es de ascendencia
económica, cabe preguntarse, luego, por qué la economía tiene tanto interés en la
educación, o si es legítimo que la economía exija calidad a la educación, y
también, si es válido que la economía introduzca sus conceptos, a ultranza, en la
educación. Pareciera, entonces, que la educación y la economía mantienen una
estrecha relación de causa y efecto, como si una fuera la condición de la
existencia de la otra. Si se acepta este postulado, entonces, no queda más que
aceptar que la finalidad última de la educación es la economía; que la economía
es la razón de ser de la educación (Cassasus, 1999, p. 48).

Pero si adoptamos la postura de que la educación tiene sus propios fines,


que pueden coincidir o no con el desarrollo económico, entonces se puede
proscribir la calidad del ámbito educativo y emplear otro concepto más acorde con
sus propósitos intrínsecos. Tal vez en esto último radica la pretendida ambigüedad
de la calidad educativa. Resultaría que, quizás, no se trata de un término
polisémico y multidimensional. A lo mejor sólo se trata de un concepto de una
disciplina – economía – que no tiene nada qué hacer en otra – educación. Tal vez
sólo se trata de un pez fuera del agua, ya que en su propio elemento se
desenvuelve muy bien.

En suma, puede reiterarse que el vocablo calidad se encuentra bastante


bien definido y ubicado en el ámbito de la economía, ya que los objetivos de una
empresa, legítimos o no, consisten en obtener una ganancia monetaria mediante
una inversión de bajo costo. Sin embargo, en el ámbito de la educación, por
tratarse de una organización cuyos fines son diametralmente opuestos a la
economía, el término calidad no logra acomodarse adecuadamente. Eso ha traído
consigo un problema que se ha dado en denominar polisemia o
multidimensionalidad. Empero, tal vez el problema de la calidad educativa no sea
de significado, sino de ubicación, toda vez que cuando se lo aplica al ámbito que
lo generó se define perfectamente, mientras que, cuando se lo introduce en un
área que no le es congruente, ni teórica ni empíricamente, presenta entonces
dificultades de significación y operativización.

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REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS

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Recuperado de: http://etimologias.dechile.net/?calidad
Diccionario etimológico español en línea. (2017b). Etimología de educación.
Recuperado de: http://etimologias.dechile.net/?educacio.n
Juran, Joseph. (1990), La planificación para la calidad. Ediciones Díaz de Santos.
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De Gortari, E. (1972). Lógica General. México, D.F. Editorial Grijalbo. p. 70.
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Narcea Ediciones.
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Schmelkes, S. (2000). La calidad de la educación y gestión escolar. En Ramírez,
R. (Ed.), Primer curso nacional para directivos de educación primaria,
(pp.125-130). México, D.F.: Secretaría de Educación Pública.

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