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Los bárbaros. Ensayos sobre la mutación.

Pensad en la música, en la gran música. De Bach a Beethoven, puede decirse que trabajaron infatigablemente en
una astuta simplificación del mundo musical que habían recibido como herencia. Redujeron los sonidos, las armonías, las
formas. Y simultáneamente aceleraron por el camino de una espectacularidad que a nadie se le había pasado nunca por
la cabeza. Si escucháis un madrigal de Monteverdi y a continuación el final de la Quinta de Beethoven, de inmediato vais
a tener claro dónde está el tendero, el incívico, el bárbaro. Y esto explica cómo fue posible que, en esa época, personas
sensatas considerarán a Beethoven un compositor para público ignorante (¿os acordáis del epígrafe?). No obstante, en
esa innegable pérdida de riqueza, en esa voluntaria reducción de posibilidades, en esa genial retirada estratégica, esos
hombres encontraron la angostura por la que acceder a un mundo nuevo; que sería cualquier cosa salvo una pérdida del
alma. (Al contrario podría decirse que fueron ellos quienes inventaron el alma: o por lo menos, ese modelo prét-á-porter
que iba a entrar en todas las casas, e incluso en las vidas más simples.) O pensad en cuando, después de siglos de vírgenes,
deposiciones y anunciaciones, los artistas empezaron a imitar escenas de la vida cotidiana: alguien leyendo una carta, un
mercado, unas ocas, cosas así: qué vertiginoso salto hacia abajo. De la Virgen a los faisanes. Sin embargo, muy también
ahí, ¿qué inmenso flujo de energía, de fuerza, de alma, si os parece bien, se liberó con un movimiento tan bárbaro? ¿Y
cuando elegimos el automóvil en vez de los caballos? Siendo rigurosamente lógicos, quién nos obligó a abandonar un
medio de locomoción que se recargaba mientras uno dormía, que efectuaba evacuaciones que fertilizaban la tierra, que
cuando uno silbaba acudía corriendo y, ¡qué maravilla!, que cuando estaba viejo proveía por sí mismo a generar un nuevo
modelo, sin que supusiera gastos suplementarios. (Está bien, este ejemplo es un poco forzado; pero los otros dos no, ésos
sí que sirven.)

Eran movimientos aparentemente suicidas. Pero eran el movimiento de una pata, o la flexión de la espalda, o el
ángulo de una mirada: alrededor estaba el animal, y tenía un plan; y era el animal, el único, que iba a sobrevivir. Tal vez
me equivoque, pero me parece que es necesario ver al animal, completo, y en movimiento. En ese momento será posible
comprender algo. Es necesario conceder a los bárbaros la oportunidad de ser un animal, con su plenitud, su sentido
propios, y no trozos de nuestro cuerpo afectados por una enfermedad. Es necesario hacer el esfuerzo de suponer, a sus
espaldas, una lógica no suicida, un movimiento lúcido y un sueño verdadero. Y ésta es la razón por la que no basta con
reprobar la aleta (que es ciertamente inútil en un cuadrúpedo), sino que es necesario comprender que constituye una
unidad orgánica con las branquias, las escamas, con esa forma de respirar, esa forma de vivir. El brazo que se convirtió en
aleta tal vez no sea un cáncer, sino el principio de un pez.

Está bien, fin del sermón. Pero es que era algo que tenía ganas de decir.

FÚTBOL 1.
Vamos a ver si es posible hablar de fútbol italiano sin citar a Moggi* (ya lo he hecho, por tanto la respuesta es no).
También es ésta una aldea asediada por los bárbaros. El sentido de que está muy difundida la impresión de que también
ahí se ha perdido el verdadero espíritu del asunto, su rasgo más noble, digamos: el alma. ¿Es verdad o se trata de un
cuento? Probablemente, ambas cosas. La nostalgia por el fútbol de antaño (nunca está claro, por otra parte, a cuándo se
refiere ese antaño) es una nostalgita por cosas completamente diferentes: el partido sólo los domingos, las camisetas con
los números del 1 al 11, sin patrocinadores y siempre iguales, hombres de verdad al estilo Nereo Rocco,* caballeros como
Bagnoli («éste ya no es fútbol para él» se ha convertido en su segundo apellido; en la actualidad se dedica a la hostelería),
jugadores sin representantes y sin azafatas televisivas, entrenadores que dejaban que se manifestara la clase individual,
estadios menos vacíos y calendarios menos apretados, Copa de campeones y no Champions League, la desaparición de
los jugadores-símbolo (tan sólo quedan Maldini y Del Pier; como escribía Brera,*goles sin bufandas fascistas u hoces y
martillos, menos doping y más hambre, menos esquemas y más talento. Estoy sintetizando, pero más o menos es así. Yo
añadiría: más limpieza, moral y humana.

Es posible que tengan razón (ciñéndonos a Italia: en otras partes puede ser distinto). Para mí la imagen sintética
más fuerte es la de Baggio en el banquillo. Me explico: cuando un deporte, debido a un montón de motivos, se transforma
hasta el punto en que se vuelve sensato no hacer saltar al campo a su punto más álgido (el talento, el artista, la
excepcionalidad, lo irracional), entonces es que algo ha ocurrido. ¿Qué deporte sería un tenis en que McEnroe no estuviera
entre los cien primeros? En la tristeza de los números 10 sentados en el banquillo, el fútbol refiere tina mutación
aparentemente suicida.

Por regla general, una catástrofe de este tipo suele remontarse a un fenómeno muy preciso: la llegada de la
televisión digital y, por tanto, la ampliación radical de los mercados y, por tanto, la entrada en circulación de grandes
cantidades de dinero. En sí misma, la cosa no es errónea: pero, como he explicado, sería necesario que consiguiéramos
ver el animal completo en movimiento. Baggio en el banquillo es la cola que se mueve. El fútbol de Sky son las patas
traseras que se agitan en el aire. Pero ¿y el animal completo? ¿Podéis verlo? Intentémoslo utilizando lo que aprendimos
con el vino. Con la complicidad de una determinada innovación tecnológica, un grupo humano esencialmente alineado con
el modelo cultural del Imperio accede a un gesto que le estaba vedado, lo lleva de forma instintiva a una espectacularidad
más inmediata y a un universo lingüístico moderno, y consigue así darle un éxito comercial asombroso. Vamos a intentarlo:

1.
Alessandro Baricco.
con la invención de la televisión digital, un deporte que había sido para unos pocos ricachones y la televisión del Estado,
termina en manos privadas que, siguiendo el modelo del deporte americano, subrayan su carácter espectacular, lo ajustan
a las reglas del lenguaje moderno por excelencia, el televisivo, y de este modo consiguen abrir de par en par el mercado y
multiplicar el consumo. Resultado aparente: el fútbol pierde el -tima. ¿Qué decís al respecto? Me parece que más o menos
se sostiene. Es una buena noticia. Empezamos a tener instrumentos de lectura vagamente fiables. Empezamos a poder
enfocar con bastante rapidez al animal completo en movimiento. ¿Puedo ayudaros en esta tarea poniendo por un
momento al lado del animal una vieja foto en blanco y negro?.

Fiel al dictado de Leopardi, el domingo por la tarde, en nuestras casas de niños turineses/católicos/burgueses, era
un momento de elaborada tragedia. El acto de ponerse el pijama, anticipado a las horas del anochecer, como queriendo
cortar limpiamente cualquier discusión sobre la Posible prolongación del día de fiesta, nos sumía en una especie de liturgia
de la tristeza con la que se nos depuraba de las posibles diversiones dominicales, volviendo a encontrar esa desesperación
de fondo sin la que, era una convicción de los Saboya, no podía surgir ninguna auténtica ética del trabajo y, en
consecuencia, no podía afrontarse ningún lunes por la mañana. En ese marco feliz, muchos de nosotros, a las siete de la
tarde, encendíamos la televisión, porque había partido. Nótese el singular. Había de hecho un único partido; mejor dicho,
medio: retransmitían una parte, en diferido, antes del telediario. Nadie había sido capaz de llegar a comprender con qué
criterio lo elegían. No obstante, circulaba el rumor de que la Juve tenía un trato de favor. Y al Toro, pongamos, casi nunca
nos lo ponían. A veces seleccionaban partidos que habían acabado con un 0-0, y esto nos sugería la idea de un Poder con
una lógica inescrutable y una sabiduría fuera de nuestro alcance.

Naturalmente, el partido era en blanco y negro (algunos, en un conmovedor salto tecnológico hacia delante, tenían
una pantalla cuya parte inferior era verde y la superior, no tengo claro el porqué, violeta). Las tomas eran notariales,
documentales, soviéticas. Los comentarios eran impersonales y de carácter médico: pero no carecían de un rasgo de locura
que iba a marcarnos para siempre. Dado que el partido no era en directo, el comentarista sabía perfectamente qué estaba
pasando, pero actuaba como si n o lo supiera. Tal vez aturdidos por el creciente olor a sopita que nos llegaba desde la
cocina, dejábamos que prosiguiera, reprimiendo poco a poco lo absurdo y humillante de la situación. Y entonces, de
repente y sin previo aviso, ocurría que, llegados al final de esa parte y forzado por ese telediario que se cernía sobre él, el
comentarista, sin cambiar siquiera el tono de voz, destrozaba por completo nuestro sistema mental, soltando frases de
este tipo: «El partido finalizó 2 a 1, gracias a un gol de Anastasi,* marcado en el minuto 23 de la segunda parte.» ¡De
repente lo sabía todo! ¡Y utilizaba el tiempo pasado para hablar del futuro! Era absurdo y mortificante: pero, cada
domingo, volvíamos allí para que abusaran de nosotros. Porque éramos cerebros simples. Y aquél era todo el fútbol que
veíamos en una semana. A veces, algunos afortunados pillaban algún partido en la televisión suiza. Se contaban cosas
fantásticas sobre Capodistria,* pero no había nada seguro. Y, claro está, íbamos al estadio, pero ¿cuántas veces? Era un
mundo frugal en cuanto a emociones y experiencias. El animal fútbol nos parecía espléndido, y tal vez lo fuera de verdad.
No obstante, la verdad es que se le veía poco: y casi siempre estaba quieto, lejano, sobre una colina, hermoso, con una
belleza casi sacerdotal. Era el fútbol con el que crecimos. Por aquel entonces, crecíamos con lentitud.

Si estoy repescando mis tardes de domingo adolescentes y turinesas es porque me ayuda a enfocar otro
movimiento del animal, un movimiento que la historia del vino no me había permitido reconocer, pero que en cambio el
fútbol muestra con claridad: los bárbaros, preferentemente, van a golpear la sacralidad de los gestos que agreden,
sustituyéndola con un consumo más laico en apariencia. Diría así: desmontan el tótem y lo diseminan por el campo de la
experiencia, dispersando su sacralidad. Ejemplo típico: el partido de los domingos, que también existe ahora los lunes, los
viernes, los jueves, en directo, en diferido, sólo las jugadas importantes, por todas partes. El rito se ha multiplicado y lo
sagrado se ha diluido. (¿No ocurre lo mismo con el vino, que uno puede beber cuando le apetece sin tanto verter, mezclar,
degustar y todas esas dichosas ceremonias?) Podríamos preguntarnos incluso si cuando hablamos de pérdida del alma, lo
que estamos añorando en realidad no es sobre todo esa sacralidad perdida de los gestos: echamos de menos el tótem. Y,
pese a todo, somos una civilización bastante laica y sabemos perfectamente que cualquier paso adelante en la laicidad
pone en movimiento al mundo y desencadena energías formidables. Pero echamos de menos el tótem. Los bárbaros, no.
Ellos desmantelan lo sagrado. Será un hermoso momento el día en que nos demos cuenta de con qué lo sustituyen
(Sucederá, tened paciencia).

Por ahora, quisiera que os quedarais con esta nueva adquisición (el desmantelamiento de lo sagrado) y que me
sigáis, una entrega más, al mundo del fútbol. Todavía nos queda algo, en su interior, que tenemos que comprender. Sigue
estando relacionado con la espectacularidad.

FÚTBOL 2.
Una cosa más sobre el fútbol. Sé que ésta va a ser una entrega un poco técnica, por lo que les pido disculpas a
quienes no soportan el fútbol: si quieren, pueden saltársela. Para los demás, lo que encuentro interesante es esto: la idea
de espectacularidad que el fútbol ha elegido en estos últimos anos, más o menos desde que se percibió cierta mutación
Los bárbaros. Ensayos sobre la mutación.

bárbara. Naturalmente, buena parte de esa idea de espectacularidad guarda relación con las técnicas de narrar, con la
televisión, las tomas, el tipo de comentarios, la escritura deportiva en los periódicos, etc., etc., pero hay algo que guarda
relación también con la naturaleza misma del juego, con su técnica, con su forma de organización.

Por lo que a nosotros se refiere, la pregunta es ésta: si a los bárbaros les resulta necesaria una espectacularidad
de los gestos, ¿cómo es posible que hayan llegado al absurdo de eliminar precisamente el aspecto más espectacular de
ese juego, es decir, el talento individual, o incluso la marca del artista, esto es, el número lo? ¿Por qué golpean
precisamente el aspecto en el que ese gesto parece asumir su dimensión más elevada, más noble, más artística? No es
una pregunta únicamente futbolística, porque, como a estas alturas empezaréis a comprender, se trata de un fenómeno
que podremos encontrar en casi todas las aldeas saqueadas por los bárbaros. Se dirigen directamente a donde se
encuentra el corazón más elevado del asunto y lo destruyen. ¿Por qué? Y sobre todo: ¿qué ganan con semejante sacrificio?
¿O es violencia estúpida, pura y simplemente? En el caso del fútbol puede ser útil, de nuevo, detenerse a observar una
vieja foto en blanco y negro. Sólo un vistazo, pero ya veréis como es útil.

Cuando empecé a jugar con la pelota eran los años sesenta y todavía no existían ni Moggi ni Sky. Era el único que
no tenía botas de fútbol (no éramos pobres, pero éramos católicos de izquierdas), por lo que jugaba con las botas de
montaña atadas en el tobillo: por eso, y según una lógica imperiosa, los mayores decidieron que tenía que jugar en la
defensa. En esa época tenía yo la idea de que la vida era un deber que tenía que cumplirse, no una fiesta que había que
inventar, y por eso durante años me ceñí a esa indicación categórica, creciendo con la mentalidad de un defensor y
ascendiendo en las categorías futbolísticas llevando en la espalda el número 3. Era, en esa época, un número carente de
poesía, si bien aludía a una disciplina enérgica e imperturbable. Se correspondía más o menos con la idea, imperfecta, que
me había hecho de mí Mismo.

En ese fútbol, el defensor defendía. Era un tipo de juego en el que si uno llevaba en la espalda el número 3, podía
jugar decenas de partidos sin traspasar nunca la línea del centro del campo. No era necesario. Si el balón estaba allí, tú
esperabas aquí, y te tomabas un respiro. El asunto te proporcionaba una extraña percepción del partido. Yo, durante años,
he visto a mi equipo marcando goles le)*anos y vagamente misteriosos: era algo que ocurría allá al fondo, en una parte
del campo que no conocía y que, a mis ojos de defensa lateral, reproducía el aura legendaria de una localidad balnearia,
más allá de las montañas: mujeres y gambas. Cuando marcaban un gol, allá al fondo se abrazaban, esto lo recuerdo bien.
Durante años vi como se abrazaban, desde lejos. De vez en cuando incluso me dio por recorrer todo el campo para unirme
a ellos, y abrazarme yo también, pero la cosa no salía muy bien: uno siempre llegaba un poco tarde, cuando la parte más
desinhibida del asunto ya había terminado: y era como emborracharse cuando los demás ya están volviendo para casa.
Así que la mayor parte de las veces me quedaba en mi sitio: entre defensores, intercambiábamos alguna sobria mirada. El
portero, ése siempre estaba algo loco: él se las apañaba por su cuenta.

En esa época existía el marcaje al hombre. Esto significa que durante todo el partido jugabas pegado a un jugador
contrario. Era lo único que se te pedía: anularlo. Este imperativo comportaba una intimidad casi embarazosa. Era un fútbol
simple, por lo que yo, que llevaba el número 3, marcaba a su número 7: y los números 7 eran, en el fondo, todos iguales.
Delgaditos, piernas torcidas, rápidos, algo anárquicos, unos liantes de cuidado. Hablaban mucho, se peleaban con todo el
mundo, se ausentaban decenas de minutos, como presas de repentinas depresiones, y después te engañaban como
serpientes, escabulléndose con una imprevista vitalidad que tenía el aspecto de la convulsión de un moribundo. Después
de un cuarto de hora ya lo sabías todo sobre ellos: cómo driblaban, cómo odiaban a los delanteros centro, si tenían
problemas en la rodilla, cuál era su oficio y qué desodorante usaban (algunos Rexona que eran letales). Lo demás era una
partida de ajedrez en la que él llevaba las blancas. Él inventaba, tú destruías. Por lo que a mí respecta, el mejor resultado
era verlo marcharse expulsado por protestar, sumido ya en plena crisis nerviosa, con sus compañeros mandándolo al
infierno. Yo disfrutaba mucho cuando, al salir, anunciaba, gritando, que él no volvería a jugar nunca más con ese equipo:
ahí encontraba yo el sentido de un trabajo bien hecho.

No existían los contragolpes, los relevos, no se practicaba el fuera de juego, no se iba a las bandas para centrar,
no se hacía la diagonal.* Cuando uno cogía la pelota, buscaba al primer centrocampista disponible y se la pasaba: como el
cocinero que le pasa el plato al camarero. Que se encargara él. Sacarla desde la banda quedaba muy bien (¡te aplaudían!)
y cuando de verdad te encontrabas en dificultades se la pasabas hacia atrás al portero. Eso era todo. Me gustaba.

Después las cosas cambiaron. Empezaron a aparecer unos números 7 que no hablaban, no se deprimían; pero para
compensar se quedaban atrás, a la espera. No me quedaba claro de qué. Tal vez me esperan a mí, me dije. Y fue entonces
cuando crucé el centro del campo. Las primeras veces era algo extraño: desde el banquillo todos empezaban a gritarte: «
¡Vuelve! ¡Cubre!», pero entretanto tú ya estabas allí, respirando un aire fresco, y luego te volvías, pero como cuando
vuelve uno de la playa el domingo por la tarde, de mala gana, y cada vez te quedabas un rato más. Llegué a verle la cara

3.
Alessandro Baricco.
al portero adversario (no me había ocurrido nunca antes) y hasta me tocó recibir la pelota de nuestro número 10, un fuera
de serie muy creído al que siempre había visto jugar desde lejos: me miró precisamente a mí y me la pasó, con el aire de
un García Márquez que me tendiera su cuaderno de notas diciéndome: «Guárdamelo un momento que voy a mear.»
Menudas experiencias.

Cuando llegó el marcaje por zonas busqué la manera (le hacerme el daño suficiente como para dejarlo. No es que
no me apeteciera ese asunto de comprender, en cada una de las ocasiones, a quién me tocaba marcar, sino que había
crecido con una cabeza diferente, antigua, y toda esa infinidad de posibilidades y de distintas tareas pendientes me
parecían algo bonito, pero pensado para otros. Me fastidiaba jugar en línea, me parecía horroroso dar un paso adelante
para dejar en fuera de juego al atacante, y era un engorro hacer la diagonal para superar a alguien con quien ni siquiera
te habías cruzado antes. También echaba de menos esa hermosa sensación de ver siempre, con el rabillo del ojo, por
detrás de mí, la silueta lenta y paternal de] líbero.* Y creo que echaba mucho de menos todo aquel tiempo que había
pasado encima del número 7, mientras la pelota estaba lejos: se hablaba, se cometían pequeñas faltas para intimidar, se
arrancaba sin pelota, como caballos idiotas. De vez en cuando él se iba para la banda izquierda, buscando un poco de aire:
se notaba que aquél no era su espacio, pero lo hacía con la esperanza de sacarse de encima a su mastín personal. Me
gustaban sus ojos, cuando te veía desde ahí, seráfico e ineluctable. Entonces regresaba a la derecha, como esas personas
que montaron una tienda de alimentación en el centro, pero a los que la miseria no los abandonaba y entonces se volvían
para su pueblo.

Era esa clase de fútbol. Nunca he dejado de echarlo de menos.

¿Por qué os estoy dando la lata con mis fotos en blanco y negro? Porque si queréis saber qué ganan los bárbaros
eliminando a Baggio, tenéis que datos cuenta de con qué lo sustituyen. En el fútbol, para quien entiende del tema, esto
está escrito muy claramente. Si renuncias a Baggio es porque has creado un sistema de juego menos cerrado, en el que la
grandeza del individuo es, digamos, redistribuida entre todos, y en el que la intensidad del espectáculo se encuentra
diseminada. En los límites de un juego en equipo, el viejo fútbol vivía de muchos duelos personales y de una división
esencial de las tareas. El fútbol moderno parece haberse obstinado en romper esta parcelación de sentido, creando un
único acontecimiento en el que todos participan, constantemente. Tanto en el defensor que ataca, como en el atacante
que cubre, emerge una utopía de mundo en el que todos hacen de todo y en cualquier parte del campo. Tal vez no hay
nada que pueda explicarnos este modo de pensar mejor que la hermosa expresión acuñada por los holandeses en los años
setenta: el fútbol total. Si queréis acercaros al corazón de la lógica bárbara, aferraos a esta idea: fútbol total. Quien se
acuerde del estremecimiento de placer que, en esa época, transmitían al espectador Cruyff* y compañía (como la
liberación de un fútbol obtuso y cerrado), tal vez pueda empezar a intuir cuál es la libido que motiva la furia destructiva
de los bárbaros. En alguna parte, conservan el estremecimiento de una vida total.

Naturalmente, el fútbol total no se logra con gente como Burgnich,* ni tampoco, lamento decirlo, con gente como
Rivera o Riva. Si uno deseaba esa utopía, se requería una mutación. Si todos tienen que hacer de todo, es difícil que todos
consigan hacer de todo muy bien: y de ahí la famosa tendencia a la medianía, típica de las mutaciones bárbaras. La
medianía es deprimente por definición, pero no lo es para los bárbaros por una razón muy precisa, y comprobable desde
una perspectiva futbolística: la medianía es una estructura sin aristas en la que pueden darse un mayor número de gestos.
Zambrotta no defenderá tan bien como Burgnich, pero ¿cuántas cosas más hace? ¿Cuántas posibilidades más genera en
el seno de un juego que, en cuanto a las reglas, no ha cambiado mucho? ¿No veis el factor de multiplicación? La regresión
de una aptitud genera una multiplicación de posibilidades. Un esfuerzo más: para que estas posibilidades se hagan reales,
se requiere algo más: la velocidad. Para que suceda de todo y en cualquier parte de] campo, tienes que correr rápido,
jugar rápido, pensar rápido. La medianía es rápida. El genio es lento. En la medianía el sistema encuentra una circulación
rápida de las ideas y de, los gestos: en el genio, en la profundidad del individuo más noble, ese ritmo es fragmentario. Un
cerebro simple transmite mensajes más rápidamente, un cerebro complejo los ralentiza. Zambrotta hace circular la pelota,
Baggio la hace desaparecer. A lo mejor te encanta, seguro, pero es el sistema lo que tiene que vivir, no él.

Cuando los bárbaros piensan en la espectacularidad, piensan en un juego rápido en el que todos juegan
simultáneamente triturando un elevadísimo número de posibilidades. Si para obtener eso tienen que dejar a Baggio en el
banquillo, lo hacen, y hay en esto escrita una sentencia que encontraremos en todas las aldeas saqueadas: un sistema está
vivo cuando el sentido se encuentra presente en todas partes, y de manera dinámica: sí el sentido está localizado, e inmóvil,
el sistema muere.

¿Perdidos? No os preocupéis. El fútbol sólo sirve para olfatear las cosas, para tener una primera y confusa intuición
de ellas. Ya llegará el momento de comprenderlas mejor. Una o dos entregas sobre la civilización literaria y ya llegamos.
(Por otra parte, esto es un libro, es decir, es Burgnich; todavía juega lento, marca únicamente a un hombre y no practica
el fuera de juego.).
Los bárbaros. Ensayos sobre la mutación.

LIBROS 1.
Me produce cierta impresión, porque con esta idea de ir a ver las aldeas saqueadas por los bárbaros para entender
cómo luchan y vencen los bárbaros, he llegado hasta aquí, y aquí es la aldea de los libros. Y esta aldea es la mía. Vamos a
ver si soy capaz de hablar de ella olvidándome de que es aquí donde crecí.

La idea de que el mundo de los libros actualmente se encuentra asediado por los bárbaros está tan difundida hoy
en día que se ha vuelto casi un tópico. En su versión más extendida, yo diría que se apoya sobre dos pilares: 1) la gente ya
no lee; 2) quien hace libros sólo piensa en el beneficio y lo obtiene. Expresado así, suena paradójico: está claro que si fuera
verdadero el primero, no existiría el segundo. Por tanto, hay algo aquí que requiere ser comprendido. Para la economía
de este libro el tema resulta útil porque nos obliga a mirar por dentro la genérica palabra «comercialización»: si, como
hemos visto, un aumento de las ventas y un claro predominio de la lógica mercantil son típicas de las invasiones bárbaras,
ésta es una buena ocasión para comprender mejor en qué consiste realmente, esa sospechosa vocación por los beneficios.
Y cuáles pueden ser sus consecuencias.

Partamos de un dato cierto: es un hecho que, desde hace unas décadas, la industria editorial de Occidente
aumenta de manera constante y significativa su volumen de negocio. No me gustan los números, pero, para entendernos:
en los Estados Unidos, el número de libros producidos ha aumentado, sólo en los últimos diez años, un 60%. En Italia, la
facturación de la industria editorial, en los últimos veinte años, se ha cuadriplicado (hay que tener en cuenta que el cambio
al euro ha hecho aumentar mucho los ingresos, pero el dato sigue siendo bastante impresionante). Fin de los números, y
sintetizo: esa gente vende que es una maravilla.

Resultados como ésos no se obtienen por azar. Son el efecto de una mutación genética. Los que se muestran
contrarios lo han descrito así: donde antes había empresas casi familiares en las que la pasión se conjugaba con beneficios
modestos, hay ahora enormes grupos editoriales que como objetivo se proponen unos beneficios más propios de la
industria de la alimentación (¿pongamos sobre el 15%?); donde antes había la librería en la que el dependiente sabía y
leía, hay ahora macrotiendas de varios pisos donde uno también encuentra CD, películas y ordenadores, donde antes
estaba el editor que trabajaba en busca de belleza y de talento, hay ahora un hombre-marketing que mira con un ojo al
autor y con dos al mercado; donde antes había una distribución que funcionaba como una cinta transportadora casi
neutral, hay ahora un paso angosto por donde sólo pasan los productos más aptos para el mercado; donde antes había
páginas de reseñas, hay ahora clasificaciones y entrevistas; donde antes había la sobria comunicación de un trabajo
realizado, hay ahora una publicidad desbordante y agresiva. Sumadlo todo, y os haréis una idea de un sistema que, en
todos y cada uno de sus aspectos, ha optado por privilegiar el lado comercial que cualquier otro.

Por lo que yo conozco, un cuadro como ése describe con bastante fidelidad el estado de las cosas. Hay muchas
excepciones y cabría hacer muchas distinciones, pero en efecto la tendencia parece ser ésa. El aspecto que me interesa,
no obstante, es éste: ¿qué clase de mundo ha sido generado por una mutación de ese tipo? ¿La equivalencia entre
comercialización en auge y destrucción es real? ¿La idea de que se trata de un genocidio en el que estamos aniquilando
una civilización valiosísima es una idea inteligente o falsamente inteligente? No se trata de que me importe en particular
el destino de los libros, es que ahí se está disputando un interesante partido: ¿es verdad que el énfasis mercantil mata el
rasgo más noble y elevado de los gestos a los que se aplica? ¿Están matando a Flaubert de la misma manera que han
dejado en el banquillo a Baggio y eliminado de nuestras mesas el barbaresco? Y si es que sí, ¿por qué demonios lo están
haciendo? ¿Por codicia pura y dura?.

Me gustaría que intentarais plantearlo así: el énfasis comercial, antes de ser una causa, es un efecto: es la secreción
casi automática de un gesto en un campo que se ha abierto de par en par y de manera repentina. Primero hay un
hundimiento del terreno de juego; luego, la conquista de ese nuevo espacio: y el business es el motor de esa conquista.
Voy a intentar explicarme mediante los libros. Como me ha recordado un amigo al que suelo deberle una parte de mis
pensamientos, hasta mediados del siglo XVIII quienes leían libros eran, sobre todo, los que los escribían: o a lo mejor no
los escribían pero habrían podido hacerlo, o eran hermanos de alguien que los escribía; en fin, que se encontraban en esa
misma zona. Era una pequeña comunidad escrita, cuyos límites venían determinados por la posesión de la educación y
por el hecho de verse libres del apremio de un trabajo que fuera rentable. Con el triunfo de la burguesía, se crearon las
condiciones objetivas para que muchas más personas tuvieran capacidad, dinero y tiempo de leer: estaban ahí y estaban
disponibles. Al gesto con el que se les dio alcance, inventando la idea (que debía de parecer absurda) de un público de
lectores que no escribía libros, hoy lo denominamos novela. Fue un gesto genial, y lo fue, de forma simultánea, desde el
punto de vista creativo y desde el punto de vista del marketing. La novela es el producto que convirtió en real un público
que era únicamente potencial, y que existía únicamente bajo la piel del mundo. El hecho de que la novela haya producido
dinero (y mucho) se nos aparece hoy en día casi como un corolario sin interés: nos parece más significativo ese gesto de

5.
Alessandro Baricco.
civilización que reconocemos ahí: el hecho de que, en la novela, una determinada colectividad haya alcanzado una
conciencia superior y formalizada de sí misma, y una refinada idea de belleza. Sin embargo, la distancia histórica no debe
impedirnos la comprensión de las cosas reales: la novela decimonónica había sido pensada para cubrir el mercado
disponible en su totalidad, apuntaba a todos los lectores posibles y, desde Melville hasta Dumas, los alcanzaba a todos de
manera fehaciente. Si hoy nos parece un producto elitista es porque, por muy completamente abierto que estuviera, el
terreno de juego de esa industria editorial permanecía circunscrito, cerrado por los muros del analfabetismo y de las
diferencias sociales. Pero quisiera decirlo con claridad: la novela se quedó con todo el terreno disponible en una de las
operaciones comerciales más grandiosas de nuestra historia reciente. Era poco, pero la novela se quedó con todo.

Ahora, si pensáis en el sistema dieciochesco de los libros, en todos y cada uno de sus engranajes, no os resultará
muy difícil imaginaros cómo la irrupción de la novela supuso, en esa época, una violenta sacudida total , imponiendo una
nueva lógica. Seguro que aquella vieja familia ensanchada de cultos escritores-lectores miraría con desagrado un comercio
y una producción que ponía los libros en las manos de señoras sin preparación y de aprendices que apenas sabían leer. Y
de hecho la novela burguesa, en sus inicios, fue percibida como una amenaza y como un objeto esencialmente nocivo -los
médicos no por nada la prohibía: seguro que fue percibida como una degradación del rasgo noble del gesto de escribir y
leer. Seguro que fue atribuida a una ávida voluntad de éxitos y de ganancias. ¿No es éste un paisaje que os recuerda algo?-
.

Si nos desplazamos del mundo de los libros a otros limítrofes, me gustaría que intentarais pensar por lo menos un
momento que históricamente nunca ha existido una fractura entre un producto de calidad, por un lado, y un producto
comercial, por otro: todo lo que nosotros consideramos arte elevado, fuera del alcance de la corrupción mercantil, nació
para satisfacer al conjunto de su público, siendo coherente con una lógica comercial que se vio escasamente refrenada
por consideraciones artísticas. La ilusión óptica que genera en nosotros la sensación de un objeto sofisticado y elitista nace
del hecho de que esos públicos han sido, por lo menos hasta mediados del siglo XX, muy restringidos, efectivamente
elitistas: pero lo que los cerraba con respecto al resto del mundo no era tanto su propia elección selectiva de calidad como
la realidad social que limitaba su radio de acción a las capas más fuertes de la población. Mozart componía para todo el
público de entonces, pagando el precio de irse a buscar a los menos ricos a los teatros de Schlkaneder.* Y Verdi era
conocido por todos los que podían entrar en un teatro, o tener un instrumento en casa: escribía hasta para el más
ignorante, rudo e insensible de ellos. Es obvio que en el seno de cualquier trayectoria artística siempre han existido
productos más difíciles y productos más fáciles: pero se trata de una oscilación que nos dice poco cuando Rossini o Mark
Twain son lo fácil. Eran sistemas que incluso cuando se dirigían al menos preparado de todos sus espectadores
conservaban integra la nobleza del gesto. Y cuando se deslizaban hacia la chabacanería pura y simple (todo el arte que
hemos ido olvidando después), engendraban horrores que, como queda demostrado, no afectaban lo más mínimo a la
posibilidad de cultivar exuberantes plantaciones de productos dignísimos. Admitiendo que por codicia comercial de vez
en cuando se le daba a la gente lo peor, era un sistema que no impidió el nacimiento de ningún Verdi.

Si intentáis plantearlo de esta forma todavía unos minutos, podemos regresar a los libros e intentar comprender.
Fijaos en la Italia de los años cincuenta. Eran los años en que al Premio Strega se presentaba gente como Pavese, Calvino,
Gadda, Tomasi di Lampedusa, Moravia, Pasolini (también se habría presentado Fenoglio, ¡pero tuvo que dejarle su sitio a
Calvino! En la actualidad, ya no tienen esa clase de problemas). ¡Los editores se llamaban Garzanti, Einaudi, Bompiani, y
eran apellidos de personas reales! Si tenemos que pensar en una civilización que haya sido arrasada hoy por los bárbaros,
aquí la tenemos. En la calidad de los libros, en la estatura de los encargados del trabajo y hasta en las modalidades del
trabajo y de la comercialización (la pequeña librería, los reseñadores insignes, las contracubiertas escritas por Calvino),
esos años parecen representar para nosotros el paraíso perdido. Pero ¿qué Italia era aquélla? ¿Cómo era, exactamente,
el campo en que jugaban?.

No resulta fácil responder, pero voy a intentarlo. Era una Italia en la que dos tercios de la población tan sólo
hablaba en dialecto. El 13 % era analfabeta. Entre los que sabían leer y escribir, casi el 20 % carecía de certificado escolar.
Era una Italia que acababa de salir de una guerra perdida y era un país en el que había poco tiempo libre, y cuya pequeña
burguesía emergente no tenía todavía la plusvalía de beneficios con la que pudiera financiar su propio deleite y una
formación cultural propia. Era un país en el que La triología de los antepasados de Calvino, en siete años, vendió 30.000
ejemplares. Digo esto para dibujar los límites del campo, independientemente de lo que quisieran hacer, en esa época los
que vendían libros podían hacerlo en un mercado objetivamente pequeño. Hoy sabemos que ese ecosistema más bien
angosto generó dedicaciones sublimes, autores geniales y ritos nobilísimos. Pero ¿hay algo que nos autorice a pensar que
todo esto nació en virtud de cierto escrúpulo a comercializar ese mundo, privilegiando la calidad de las personas y de los
gestos? Yo creo que no. Una vez más, me parece más bien que ellos se dirigían a todo el campo posible, con un corriente
instinto comercial, y que lo que hoy reconocemos como calidad era exactamente la expresión de las necesidades de esa
reducida comunidad a la que se dirigían: incluso un espejo de sus costumbres, de sus ritos cotidianos (el librero, la tercera
página de los periódicos, las estanterías en el salón ... ). Todo el mercado existente lo abarcaban ellos y le daban a ese
mercado precisamente todo lo que pedía, ya en los productos, ya en las maneras con que los ofrecían.
Los bárbaros. Ensayos sobre la mutación.

Si tendéis a atribuirles, de todos modos, cierto escrúpulo noble contrario a forzar el mercado y a derribar los límites
conocidos con productos más fáciles, entonces tengo algo que deciros: en realidad, escrutaban cualquier mínimo
ensanchamiento del horizonte, sabían que llegaría y estaban esperándolo. Debieron de intuir algo a finales de los años
cincuenta, cuando un libro como El gatopardo (invisible para buena parte de los intelectuales de la época) llegó a vender
400.000 ejemplares en tres años. Era una señal. Decía que había un público que acababa de entrar en la sala, que todavía
se veía obligado a elegir, y compraba poco, pero que muy pronto tendría tiempo y dinero para leer. No se limitaron a
esperarlo. Salieron a buscarlo. Y ampliaron la sala. El nacimiento de los Oscar Mondadori y, por tanto, del mercado del
libro económico, del libro de bolsillo, es de 1965. Fue un éxito inmediato: Adiós a las armas* vendió 210.000 ejemplares
en una semana. Al final del primer ano, los Oscar habían vendido más de ocho millones de ejemplares. Bum. La Italia
pequeñita se había acabado, y el mundo de los libros se había convertido de repente en un campo muy abierto. ¿Pensáis
que se quedaron ahí, en los bordes, reflexionando sobre la oportunidad de ir o no a conquistarlo? Se lanzaron y punto. Y
la industria editorial se acostumbró a habitar en un campo tan abierto. A partir de ese momento, ya no volvió a detenerse:
se ha dejado invadir por cada sucesiva oleada de público nuevo. Hasta esta, letal, de los últimos veinte años.

Lo que quiero decir es que, pese a las apariencias, comparar una industria editorial de calidad del pasado con otra
industria comercial del presente es una forma inexacta de plantear los términos de la cuestión. En realidad, parecería más
plausible admitir que la industria editorial siempre ha ido hasta los límites posibles de la comercialización, con el instinto
que tiene cualquier gesto de abarcar todo el terreno disponible. Lo que podemos retener es que, en una contingencia
histórica determinada, y en un paisaje social determinado, una industria editorial forzada a las pequeñas dimensiones por
bloques sociales concretos mostró una calidad (de productos, de modos) que era la expresión exacta de las necesidades
de la microcomunidad a la que se dirigía. Pero no elegía la calidad en vez del mercado: encontraban la calidad en el
mercado.

Todo esto invitaría a pensar que, en sí misma, la comercialización en auge, como efecto del instinto de apoderarse
de todo el mercado posible, no es una causa suficiente para motivar la masacre de la calidad. Nunca lo ha sido. Por tanto,
si seguimos percibiendo un aire de apocalipsis y de invasiones bárbaras, tenemos que preguntarnos más bien dónde se
han generado realmente, prohibiéndonos esa fácil respuesta de que todo es por culpa de una pandilla de mercaderes. En
el fondo, quizá la pregunta correcta que habría que plantearse sería ésta: ¿qué tipo de calidad ha sido generada por el
mercado que hoy vemos en auge? ¿Cuál es la idea de calidad que han impuesto los bárbaros de la última oleada, los que
han venido a invadir las aldeas del libro en estos últimos diez años? ¿Qué demonios quieren leer? ¿Qué es, para ellos, un
libro? ¿Y qué nexo existe entre lo que ellos tienen en la cabeza y lo que nosotros identificamos aún como industria editorial
de calidad? En la próxima entrega veremos si es posible acercarse a una respuesta.

LIBROS 2.
¿Cuál es la idea de calidad que han impuesto los bárbaros de la última oleada, los que han venido a invadir las
aldeas del libro en estos últimos diez años, haciendo saltar por los aires la facturación? ¿Qué demonios quieren leer? ¿Qué
es, para ellos, un libro? ¿Y qué nexo existe entre lo que ellos tienen en la cabeza y lo que nosotros identificamos aún como
industria editorial de calidad? Las preguntas a las que habíamos llegado eran éstas. ¿Hay respuesta para ellas?.

Voy a intentarlo. Creo que lo primero que puedo decir es que los bárbaros no han barrido la civilización del libro
que encontraron: si alguien teme un genocidio más o menos consciente de esa tradición, es probable que identifique un
riesgo posible, pero no una realidad ya en curso. Me he limitado a preguntar por ahí qué pasa con esa literatura, por
ejemplo, que nosotros los viejos seguimos considerando de «calidad». El dictamen de los técnicos, incluso de los más
escépticos respecto a la orientación que está tomando el mercado de los libros, es que esa literatura se ha beneficiado de
la ampliación del mercado: vende un poco más, a veces mucho más, en la práctica nunca mucho menos. Ni las grandes
superficies, ni el cinismo de las editoriales y de las distribuidoras han conseguido minarla. No me extiendo, porque éste
no es un libro sobre los libros, pero las cosas son así. Hoy en día, un escritor de calidad como Tabucchi vende más de lo
que lo podría hacer, objetivamente, un Fenogllo en su época. Lo que nos lleva a pensar lo contrario es la perspectiva, el
juego de las proporciones: mientras que el Tabucchi de este contexto ha aumentado de manera discreta sus ventas, todos
los demás libros, los que a nosotros los viejos no nos parecen de calidad, han ampliado su campo de influencia
enormemente. Así que el mercado de los libros acaba pareciéndonos un enorme huevo al paletto,* en el que la yema,
más grande que en el pasado, es la industria editorial de calidad, y la clara, extendida en enormes proporciones, es todo
lo demás. En este sentido, si queremos comprender a los bárbaros, lo que deberíamos hacer es comprender la clara: es el
campo en el que se han asentado, sin molestar en exceso a la yema. ¿Nos apetece intentar comprender de qué está
hecha?.

7.
Alessandro Baricco.
Yo tengo mi propia idea. La clara está hecha de libros que no son libros. La mayoría de quienes compran libros
actualmente no son lectores. Dicho así, parece la habitual letanía del reaccionario que, moviendo la cabeza, reconviene
(en la práctica, se trata de la traducción del eslogan: «la gente ya no lee»). Pero os ruego que miréis el asunto con
inteligencia: ahí dentro se encuentra escondida una de las jugadas que construyen la genialidad de los bárbaros, su
peregrina idea de calidad. Voy a intentar explicarlo partiendo del indicio más evidente y vulgar: si observáis una
clasificación de las ventas, encontraréis un número increíble de libros que no existirían si no surgieran, digamos, de un
lugar externo al mundo de los libros: son libros de los que se ha hecho una película, novelas escritas por personajes
televisivos, relatos escritos por gente más o menos famosa; cuentan historias que ya han sido contadas en otra parte, o
explican hechos que ya sucedieron en otro momento o de otra manera. Naturalmente, esto molesta y provoca esa
difundida sensación imperante de basura: pero también es cierto que allí, en su forma más vulgar, chisporrotea un
principio que, por el contrario, no es vulgar: la idea de que el valor del libro reside en ofrecerse como un abono para una
experiencia más amplia: como segmento de una secuencia que empezó en otro lugar y que, a lo mejor, terminará en otra
parte. La hipótesis que podemos aprehender es ésta: los bárbaros utilizan el libro para completar secuencias de sentido
que se han generado en otra parte. Lo que rechazan, lo que no les interesa, es el libro que remite, por completo, a la
gramática, a la historia, al gusto de la civilización del libro: todo esto lo consideran algo pobre de sentido. No puede
insertarse en ninguna secuencia transversal, y por tanto debe de parecerles terriblemente apagado. O por lo menos, no
es ése el juego que saben hacer.

Para comprenderlo bien tenéis que pensar, no sé, pongamos, en Faulkner. Para sumergirse con Faulkner en uno
de sus libros, ¿qué se necesita? Haber leído otros muchos libros. En cierto sentido, uno necesita ser dueño de toda la
historia literaria: necesita ser dueño de la lengua literaria, estar habituado al tiempo anómalo de la lectura, ser partidario
de un determinado gusto y de una determinada idea de belleza que en su momento fueron construidos en el seno de la
tradición literaria. ¿Hay algo ajeno a la civilización de los libros que necesite uno para hacer ese viaje? Casi nada. Si no
existieran nada más que los libros, los libros de Faulkner en el fondo serían del todo comprensibles. Ahí, el bárbaro se
detiene. ¿Qué sentido tiene, debe de preguntarse, hacer un esfuerzo sobrehumano para aprender una lengua menor,
cuando existe todo el mundo por descubrir, y es un mundo que habla una lengua que yo conozco?.

¿Queréis una pequeña reglita que sintetice todo esto?.

Aquí la tenéis: los bárbaros tienden a leer únicamente los libros cuyas instrucciones de uso se hallan en lugares que
NO son libros.

Si todo se redujera a leer los libros de los cantautores en lugar de a Flaubert, o las novelas de ese escritor que te
ha parecido simpático o sexy en la televisión, la cosa sonaría más bien deprimente. Pero, repito, ése es el aspecto más
vulgar, más simple del fenómeno. Porque también tiene manifestaciones exquisitas. Para mí sigue siendo formidable, por
ejemplo, el caso de los libros vendidos junto con los periódicos. Es un fenómeno que con seguridad no os habrá pasado
desapercibido. Sin embargo, tal vez no tenéis idea de las dimensiones del asunto. Aquí las tenéis: desde que a alguien se
le ocurrió la idea de vender libros selectos, a bajo precio, junto con los periódicos, los italianos han comprado, sólo en los
dos primeros anos, más de ochenta millones de ejemplares. Creedme, son cifras sin sentido. ¿Y sabéis algo curioso? En
opinión de los expertos, una inundación de pasión literaria de ese calibre no ha desplazado ni un milímetro las ventas
tradicionales. Podría pensarse que esos mismos libros no volverían a venderse durante mucho tiempo: no ha sucedido así.
Podría pensarse que se venderían más: no ha sucedido así. Fantástico, ¿no? ¿Hay alguien que entienda algo?.

Explicaciones pueden darse muchas. Pero, para lo que a nosotros nos interesa en este libro, el hecho revelador es
uno: esa forma de vender libros daba la impresión de que dichos libros eran un segmento de una secuencia más amplia,
que la gente utilizaba con normalidad, con gran confianza y satisfacción: eran una prolongación del mundo de la
Repubblica o del Corriere della Sera o de la Gazzetta dello Sport. La promesa implícita era que leer a Flaubert sería un gesto
que podía ubicarse perfectamente tras recibir noticias, tener tales gustos culturales, compartir una determinada pasión
política o tener un mismo hobby. La promesa, aún más implícita, era que, de alguna manera, quien lea ese periódico tenía
las instrucciones de uso para poder hacer funcionar esos extraños objetos-libro. En realidad, no era así porque Faulkner
sigue siendo Faulkner, aun cuando lo ponga en vuestras manos, con gesto displicente, Eugenio Scalfari; por ello es probable
que quienes los compraron no los hayan leído después, pero fue suficiente que alguien abriera la posibilidad conceptual
de que Faulkner podría ser ubicado en una secuencia junto con otras narraciones, para hacer que los bárbaros (o el rasgo
bárbaro que hay en nosotros, incluso en los conservadores más empedernidos) respondieran con un entusiasmo instintivo.
Resultado: han comprado a Flaubert personas que nunca lo habrían comprado; y lo han comprado de nuevo personas que
ya poseían dos ejemplares de él. Hijos todos de una misma ilusión, que, de repente, la autorreferencialidad de la literatura
a sí misma como por encanto se habría hecho pedazos. Y, por otra parte, desde un punto de vista simbólico era muy fuerte
el hecho de que se pudiesen comprar libros de una manera tan simple. «Deme también éste, venga.» Pocos euros. Y
marcharnos de ahí con Faulkner dentro del periódico. Era rápido. No subestiméis esto: era rápido: era un gesto que podía
ubicarse en una rápida secuencia de otros gestos. No se trataba de ir a la librería, aparcar, charlar un rato con el librero y
Los bárbaros. Ensayos sobre la mutación.

después elegir, volver a coger el coche y al final poder dedicarse a otra cosa. Era rápido. Y, a pesar de eso, en la mano uno
llevaría a Faulkner, no a Dan Brown. ¿Intuís la letal ilusión?.

Sintetizo: si uno va a mirar la clara del huevo, se encuentra con muchas actitudes simplistas, pero también ve
asomar una idea, extraña y en modo alguno estúpida: el libro como nudo por donde pasan secuencias originadas en otras
partes y destinadas a otras partes. Una especie de transmisor nervioso que hace transitar sentido desde zonas limítrofes,
colaborando en la construcción de secuencias, de experiencias transversales. Esta idea está tan alejada de ser una
estupidez que ha empezado incluso a modificar la yema del huevo, a contagiarlo. Es algo difícil de explicar, pero voy a
intentar hacerlo.

LIBROS 3.
Más o menos lo que yo quería decir es esto: los bárbaros no destruyen la ciudadela de la calidad literaria (la yema
del huevo, la hemos llamado), pero es indudable que la han contagiado. Algo de su concepción del libro ha llegado hasta
ahí. Me ayudó a comprenderlo el hecho de haber dado, hace tiempo y por azar, con una página de Goffredo Parise.* Mirad
lo que dice. Es un artículo sobre Guido Plovene.* Y empieza así:.

«(Piovene) es el tercer gran amigo de la last generation. El primero fue Giovanni Comisso; después, Gadda. He
dicho "last generation" porque, en realidad, la generación literaria a la que pertenece Guído Piovene, junto con Comisso y
Gadda, y a la que hoy pertenecen Montale y Moravia, es realmente la última. La nuestra, la mía, la de Pasolini y la de
Calvino, es algo híbrido, después de la última: porque con ese veneno (la literatura, la poesía) fuimos alimentados en
nuestra juventud creyendo en su larga y fascinante vida.»

Era algo interesante. Parecía desplazar los términos de la cuestión hacia muy atrás: ¡Parise escribía cosas de este
tipo en 1974! ¿Y de qué iba esa historia en la que ya Calvino y Pasolini eran post? Esto es lo que decía un poco más
adelante: «(La llamo) última generación porque tuvo tiempo de disfrutar de esa belleza estilística, y de ver y vivir los frutos
creativos y destructivos de ese ánimo, vida, guerras y arte, que pertenecen hoy a la programación de los mercados
industrial y político. ».

Aquí tenemos a alguien que me dice que todo empezó hace treinta años, cuando aún no existían ni las
macrotiendas ni tampoco los libros de los cómicos. En un momento dado, dice, algo se rompió. Me habría gustado que
me dijera qué fue exactamente. Pero el artículo luego se iba por las ramas, no sin antes haber dejado, casi de paso, una
frasecita que se me grabó en la memoria:.

« Piovene, como Montale y Moravia, al contrario que nosotros, había vivido cierto número de años en los que la
palabra escrita fue expresión mucho antes que comunicación.».

Expresión mucho antes que comunicación. Ésta es la clave. La fractura. El principio del fin. Son palabras vagas
(expresión, comunicación), pero yo encontré ahí el sabor de una valiosa intuición. Probablemente la entendí mal, pero
para mí señalaba muy bien la dirección de un movimiento. No lo explicaba, pero identificaba muy bien su rumbo: un rumbo
horizontal en vez de vertical. De repente, la palabra escrita desplazaba su centro de gravedad desde la voz que la
pronunciaba hasta el oído que la escuchaba. Por decirlo de algún modo, volvía a salir a la superficie, e iba en busca del
tránsito del mundo: a costa de perder, al despedirse de sus raíces, todo su valor.

Como intuyó Parise, no se trataba de una mera variación en el estatuto de un arte: era el final del mismo. Last
generation. Lo que vino después es ya contagio bárbaro, si bien muy prudente, gradual, reformista. Lo percibimos como
un apocalipsis, porque mina de hecho los fundamentos de la civilización de la palabra escrita, y no le deja perspectivas de
supervivencia. Pero en realidad, sin llamar demasiado la atención, no destruye únicamente, sino que va en busca de otra
idea de civilización y de calidad literaria. Es una idea que hemos visto manifestarse en la basura que llena las clasificaciones
de ventas, pero que aquí la vemos en acción en un contexto más elevado, incluso en la yema del huevo. Nos llega de la
frasecita de Parise, pero va bastante más allá. Dice esto privilegiar la comunicación no quiere decir escribir cosas banales
de la manera más simple para hacerse entender, significa convertirse en teselas de experiencias más amplias, que no
nacen, ni mueren, en la lectura. Para los bárbaros, la calidad de un libro reside en la cantidad de energía que ese libro es
capaz de recibir desde las otras narraciones y de verter después en otras narraciones. Si por un libro pasan cantidades de
mundo, ése es un libro que hay que leer: sin embargo, aunque todo el mundo estuviera ahí dentro pero inmóvil, carente
de comunicación con el exterior, sería un libro inútil. Sé que produce cierta impresión, pero os pido que asumáis que éste
es, para bien o para mal, su principio. Y que entendáis las consecuencias.

Quiero decirlo sin medias tintas: ningún libro puede llegar a ser algo como lo descrito si no adopta la lengua del
mundo. Si no se alinea con la lógica, con las convenciones, con los principios de la lengua más fuerte producida por el

9.
Alessandro Baricco.
mundo. Si no es un libro cuyas instrucciones de uso se hallan en lugares que NO son únicamente libros. No resulta fácil
decir de qué lugares se trata, pero la lengua del mundo, hoy en día, sin duda alguna se gesta en la televisión, en el cine,
en la publicidad, en la música ligera, tal vez en el periodismo. Es una especie de lengua del Imperio, una especie de latín
hablado en todo Occidente. Está formada por un léxico, por una determinada idea de ritmo, por una colección de
secuencias emotivas, por algunos tabúes, por una idea concreta de velocidad,, por una geografía de caracteres. Los
bárbaros van hacia los libros, y van de buena gana, pero para ellos tienen valor únicamente los escritos en esa lengua,
porque de esta forma no son libros, sino segmentos de una secuencia más amplia, escrita con los caracteres del Imperio,
que a lo mejor se ha generado en el cine, ha pasado por una cancioncita, ha desembarcado en televisión y se ha difundido
en Internet. El libro, en sí mismo, no es un valor: el valor es la secuencia.

En un nivel mínimo, como hemos visto, todo esto crea un lector que para prolongar Porta a Porta compra los libros
de Vespa, o para hacer que Narnia continúe, compra la novela en la que se basaron. Pero en un nivel un poco más refinado
crea, por ejemplo, los lectores de los libros de género por encima de los demás, los de intriga, porque los géneros
encuentran su fundamento a menudo fuera de la tradición literaria; uno puede incluso no haber leído nunca un libro, pero
las reglas de la novela negra las conoce. Están escritos con la lengua del mundo. Están escritos en latín. Para ser más
exactos, su ADN está escrito en un código universal, en latín, luego sus rasgos somáticos incluso podrán ser hasta
particulares y peregrinos, es más, esto constituye una razón de interés. Una vez asegurada la puerta de entrada de una
lengua universal, el bárbaro puede avanzar incluso mucho más lejos en el terreno de la variante o de la exquisitez. Pensad
en Camilleri: ¿os parece la suya una lengua globalizada, estándar, mundial? Seguro que no. Y, no obstante, muchos
barbaros no tienen dificultades para apreciarla, porque, en su origen, los de Camilleri son libros escritos en latín, lo son
hasta tal punto que cuando el bárbaro, según su instinto característico, los sitúa en una secuencia más amplia y transversal,
traduciéndolos a un lenguaje televisivo, esos libros no oponen resistencia, al contrario, están muy bien traducidos. Sin
embargo, la lengua de Camilleri es fantástica, exquisita, literaria; si me lo permitís, incluso algo difícil, pero ésa no es la
cuestión. A Camilleri es más difícil traducirlo al francés que traducirlo a un lenguaje televisivo, ésta es la cuestión. En libros
como los suyos, pienso yo, se encuentran el producto de la vieja y noble civilización literaria y la convulsión de la ideología
de los bárbaros: son animales mutantes, y en esto describen bien el contagio a cuyo encuentro ha salido la yema del
huevo.

Suele ser una tontería darles una fecha concreta a las revoluciones, pero si pienso en el pequeño huertecillo de la
literatura italiana, creo que el primer libro de calidad que intuyó este cambio de rumbo, y que se puso a su cabeza, fue El
nombre de la rosa de Umberto Eco (1980, best-seller mundial). Probablemente fue entonces cuando la literatura italiana,
en su significado antiguo de civilización de la palabra escrita y de la expresión, llegó a su fin. Y algo distinto, algo bárbaro,
nació. No es por casualidad que quien escribió ese libro fuera alguien procedente de zonas limítrofes, no un escritor puro.
Ese libro era, en sí mismo, una secuencia, un traslado de una provincia a otra. No surgía del talento de un animal-escritor,
sino de la inteligencia de un teórico que, mira por dónde, había estudiado antes que los demás y mejor que los demás, las
vías de comunicación transversales del mundo. Para mí es el primer libro bien escrito del que se puede decir con serenidad
sus instrucciones de uso aparecen de forma íntegra en lugares que no son libros. Puede parecer paradójico, porque resulta
que hablaba de Aristóteles, de teología, de historia, pero lo cierto es que es así si lo pensáis bien, incluso podríais no haber
leído ni un libro con anterioridad. Es seguro que El nombre de la rosa os va a gustar. Está escrito en una lengua que habéis
aprendido en otra parte. Después de ese libro, ya no ha habido yema de huevo alguna a salvo de esa enfermedad.

Voilá. Ha sido un poco larga, pero la visita a la aldea saqueada de los libros ha terminado. ¿Qué me gustaría que
aprendierais de este viajecito? Dos cosas. La primera: los grandes mercaderes no crean necesidades, las satisfacciones. Si
se dan nuevas necesidades, éstas nacen del hecho de que nueva es la gente que ha tenido acceso al reservado campo del
deseo. La segunda: en esa aldea, los bárbaros sacrifican incluso el barrio más alto, noble y hermoso, en favor de una
dinamización del sentido, vacían el tabernáculo con tal de que corra el aire. Tienen una buena razón para hacerlo: es el
aire que ellos respiran.

Primero el vino, luego el fútbol, al final los libros. Si queríamos comprender de qué forma luchan los bárbaros,
ahora ya tenemos algunas herramientas para hacerlo. Termina la primera parte de este libro (Saqueos), y empieza la
segunda, la que va dirigida a su objetivo: hacer el retrato del mutante y la fotografía del bárbaro. Título: Respirar con las
branquias de Google. Pronto lo entenderéis.

Respirar con las branquias de Google


GOOGLE 1
Me bullían en la cabeza estos pequeños descubrimientos, realizados al ir a observar los saqueos de los bárbaros.
Era todo lo que sabía de ellos. Cómo luchaban. Los escribía para mí, en una columna, o todo seguido: invertía el orden, lo
intentaba en orden alfabético. Me parecía evidente que si, sabía leerlos en su conjunto, como un único movimiento
armónico, entonces habría visto al animal: corriendo. A lo mejor entendería adonde se dirigía, y qué clase de fuerza
Los bárbaros. Ensayos sobre la mutación.

empleaba, y por qué corría. Era como intentar unir las estrellas en la figura completa de una constelación: ése sería el
retrato de los bárbaros.

Una innovación tecnológica que rompe con los privilegios de una casta, abriendo la posibilidad de un gesto a una
población nueva.

El éxtasis comercial que va a poblar ese gigantesco ensanchamiento de los campos de juego.

El valor de la espectacularidad, como único valor intocable.

La adopción de una lengua moderna como lengua base de toda experiencia, como condición previa para todo
acontecimiento.

La simplificación, la superficialidad, la velocidad, la medianía.

El pacífico acomodo a la ideología del imperio americano.

El laicismo instintivo, que pulveriza lo sagrado en una miríada de intensidades más leves y prosaicas.

La sorprendente idea de que algo, cualquier cosa, tenga sentido e importancia únicamente si consigue enmarcarse
en una secuencia más amplia de experiencias.

Y ese sistemático, casi brutal, ataque al tabernáculo: siempre, y sea como sea, contra el rasgo más noble, culto,
espiritual de todos y cada uno de los gestos.

No tengo dudas, tengo que decirlo sinceramente: no tengo dudas de que ésa sea su forma de luchar. No tengo
dudas sobre el hecho de que todos esos movimientos los hacen de forma simultánea, y que por tanto a sus ojos
representan un único movimiento; somos nosotros los que estamos ciegos y no lo entendemos, para ellos es muy simple:
se trata del animal que corre, amén. Y nosotros no nos damos cuenta, pero en el fondo ya hemos metabolizado ese
movimiento, esa carrera la conocemos, en cierto sentido, sin querer conocerla, pero la conocemos. Hasta el punto de que
cuando no se encuentra uno de esos elementos, no nos contesta cuando pasamos lista, nosotros lo buscamos, sí señor,
vamos a buscarlo, porque nos hace falta. Como en el caso de los libros, pensadlo, donde todo eso se encuentra, salvo la
innovación tecnológica, ésa no se encuentra; y entonces, mira por dónde, uno va a buscarla, casi la implora, yendo a
preguntar a los escritores si escribir con el ordenador ha cambiado las cosas, y la respuesta es no, ¿está completamente
seguro?, sí, lástima, pues entonces quizá los blogs,* eso es, tal vez los blogs han dinamitado la literatura, incluso la han
sustituido; pero no es verdad, es tan evidente que no es verdad, que por eso tampoco nos quedamos tranquilos y
terminamos con la pregunta de las preguntas, que insoslayablemente se le hace a todos los Nobel, y que es si el libro tiene
algún futuro todavía, si un objeto tan antiguo y obsoleto puede resistir aún algunos años más; pero la respuesta también
entonces es implacable, y dicen que no se ha inventado todavía nada mejor, algo tecnológicamente más refinado y
formidable, porque ninguna pantalla es mejor que la luz reflejada de la tinta, e intentad llevaros a la cama el ordenador
portátil y leer ahí a vuestro Flaubert o a vuestro Dan Brown, intentadlo, qué asco. Por tanto, el desarrollo tecnológico no
existe. Aunque en el fondo nos disgusta. Así resultaría todo más comprensible, si la humanidad leyera ya sobre un único
soporte gomoso, sin hilos, en el que, según nuestros deseos, aparecieran los periódicos, los libros, los cómics, y los links
de todas las clases, y fotos y películas; así resultaría más sencillo entender por qué a Faulkner ya no lo lee nadie. Resultaría
más comprensible el animal, mientras que así, sin las patas traseras, parece sólo una broma grotesca, y por tanto un
apocalipsis sin causa. Porque de hecho la aldea de los libros a día de hoy es mucho más una ciudad abierta, donde conviven
dos civilizaciones, que un saqueo concluido en el que haya vencido una nueva cultura. En cuanto se invente ese objeto
gomoso sin hilos, entonces sí que vamos a ver un buen baño de sangre intelectual.)

Así que no tengo dudas, y sé que el retrato de los bárbaros está escondido ahí dentro, y está inscrito en esas pocas
líneas, en esa especie de lista de la compra. Que me gustaría que a estas alturas fuera ya una lista de la compra que lleváis
en el bolsillo vosotros también, hecha de palabras que se han vuelto vuestras, que podríais explicarle a vuestra novia, o
comentar con un hijo. Si no es así, es un desastre. Pero yo no creo en los desastres.

Así que, por el contrario, creo que lo habéis entendido, que si habéis leído, lo habéis entendido, y que por tanto
comprenderéis bien por qué en un momento dado, a base de dormir sobre esa lista de la compra, he visto un animal, oh
yes, estaba ahí e iba corriendo, y se dejaba ver. No de forma nítida, obviamente, corría por lo más espeso del bosque, se
podía ver tan sólo desde lejos, pero era justamente él, o por lo menos yo creo que era justamente él. Y donde había
estrellas, ahí la tenemos, hay ya una constelación. Es típico de mi no ser bárbaro el hecho de que todo empezara leyendo
un libro. No era Kant, tampoco era Benjamín, esta vez. Era un libro sobre Google.

11.
Alessandro Baricco.
Google es un motor de búsqueda. El más famoso, valorado y utilizado del mundo. Un motor de búsqueda es una
herramienta inventada para orientaros en el mar de los sitios web.* Vosotros escribís lo que os interesa «lasaña» y él os
da la lista de todos, he dicho de todos, los sitios en los que se habla de «lasaña» (3.360.000, para ser exactos). Hoy en
día, en el planeta Tierra, si un ser humano enciende un ordenador, en el 95% de los casos lo hace para realizar una de
estas dos operaciones: enviar, recibir correos y consultar un motor de búsqueda (así, ti margen, anoto que una de cada
cuatro veces, cuando al quien escribe una palabra en un buscador, esa palabra está relacionada con sexo y pornografía.
¡Qué traviesos!). Hay que señalar que no siempre ha sido así. Debido a esa particular forma de miopía que caracteriza la
mirada de todos los profetas que nos acechan, los primeros dueños de la web intuyeron que nos decantaríamos por el
correo electrónico, pero excluyeron que íbamos a utilizar ese cosa sin sentido que era el motor de búsqueda. Creo que
por la cabeza les pasó la famosa aguja en el pajar: no tenía sentido buscar las cosas de esa forma. Ellos en lo que creían
era en los portales:* una de las ideas que ha hecho perder más dinero en los últimos diez años. Creían, vamos, que
todos íbamos a buscarnos un proveedor de confianza y que a él se lo pediríamos todo: previsiones del tiempo, fotos de
Laetitia Casta desnuda, noticias, música, películas y, naturalmente, también la receta de la lasaña. Es decir, que
entraríamos en el inmenso océano de la red eligiendo una puerta particular, con la que nos sintiéramos identificados, y
que luego nos encaminaría. El portal, exactamente. Hoy, según parece, casi nadie piensa en hacerlo así. ¡No caímos en la
trampa! (Explicadme por qué tendría que dejar que Virgilio* me diga qué tiempo hará mañana cuando puedo ir
directamente a una página meteorológica, sin tener que tragarme toda esa otra paja: es eso más o menos lo que
pensamos.) En fin, que no se lo creían: y mientras se gastaban cantidades exorbitantes en los portales, los motores de
búsqueda languidecían, haciendo aguas por todas partes y aguardando el momento de desaparecer.

Lo que ocurrió entonces fue que un par de estudiantes de la Universidad de Stanford, cansados de utilizar
AltaVista* y de perder el tiempo, pensaron que había llegado la hora de inventar un motor de búsqueda como Dios manda.
Fueron a ver a su profesor y le dijeron que ésa iba a ser su investigación de doctorado. Muy interesante, dijo él, luego
debió de añadir algo así: y ahora, bromas aparte, decidme qué tenéis pensado hacer. No ignoraban que para programar
un motor de búsqueda era necesario, en primer lugar, descargar toda la red en un ordenador. Si no tienes una baraja de
cartas en la mano, una baraja con todas las cartas, no puedes inventar un juego de manos con el que encontrar una. En
ese caso concreto se trataba de descargar algo así como 300 millones de páginas web. Porque, de hecho, nadie sabía con
exactitud hasta dónde llegaba el gran océano, y todos sabían que cada día dibujaba nuevas playas. Al profesor tuvo que
quedarle claro que aquellos dos le estaban proponiendo dar la vuelta al mundo en una bañera. La bañera era el ordenador
ensamblado que tenían en el garaje.

Yo me lo imagino dejándose caer sobre el respaldo y, estirando las piernas, preguntando con una sonrisita de
aristócrata: ¿acaso pretendéis descargaros la red entera?

Ya lo estamos haciendo, respondieron ellos.

Aplausos.

GOOGLE 2
Los dos chicos americanos que, en contra del sentido común, estaban descargando en su garaje toda la red se
llamaban Larry Page y Sergey Brin. Por entonces tenían veintitrés años. Formaban parte de la primera generación crecida
entre ordenadores: gente que ya desde la escuela primaria vivía con una única mano, porque la otra la tenían agarrada al
ratón. Además, procedían ambos de familias de profesores o investigadores informáticos. Además, estudiaban en Silicon
Valley.* Además, tenían dos cerebros letales (quiero decir uno por cabeza, claro). Mora nos sorprendemos por el hecho
de que después, en cinco años, llegaran a ganar algo así como 20 millones de dólares: pero es importante entender que,
al principio, no era dinero lo que buscaban.

Lo que tenían en la cabeza era un objetivo tan ingenuamente desaforado como simplemente filantrópico: hacer
accesible toda la sabiduría del mundo: accesible a cualquiera, de una manera fácil, rápida y gratuita. Lo bonito es que lo
lograron. Su criatura, Google, es de hecho lo más parecido a la invención de la imprenta que nos ha tocado vivir. Ellos son
los únicos Gutenberg venidos después de Gutenberg. No cargo las tintas: es importante que os deis cuenta de que es
cierto, profundamente cierto. Hoy, utilizando Google, se necesitan un puñado de segundos y una decena de clics* para
que un ser humano con un ordenador acceda a cualquier ámbito del saber. ¿Sabéis cuántas veces los habitantes del
planeta Tierra harán esa operación hoy, precisamente hoy? Mil millones de veces. Más o menos cien mil búsquedas por
segundo. ¿Sabéis lo que eso significa? ¿No percibís el inmenso sentido de «todos libres», no oís los gritos apocalípticos de
los sacerdotes que se ven destronados y repentinamente inútiles?

Lo sé, la objeción es: lo que está en la red,* por muy grande que sea la red, no es el saber. O, por lo menos, no es
todo el saber. Por mucho que esto derive, con frecuencia, de una determinada incapacidad para utilizar Google, se trata
de una objeción sensata: pero no os hagáis demasiadas ilusiones. ¿Pensáis que no ocurrió lo mismo con la imprenta y con
Gutenberg? ¿Tenéis idea de las toneladas de cultura oral, irracional, esotérica, que ningún libro mipreso ha podido
Los bárbaros. Ensayos sobre la mutación.

contener en su interior? ¿Sabéis todo lo que se ha perdido porque no entraba en los libros? ¿O en todo lo que ha tenido
que simplificarse e incluso degradarse para poder llegar a ser escritura, y texto, y libro? Pese a todo, no hemos llorado
mucho por ello, y nos hemos acostumbrado a este principio: la imprenta, como la red, no es un inocente receptáculo que
cobija el saber, sino una forma que modifica el saber a su propia imagen. Es un embudo por donde pasan los líquidos, y
adiós muy, buenas, yo qué sé, a una pelota de tenis, a un melocotón, o a un sombrero. Nos guste o no, eso ya sucedió con
Gutenberg, volverá a suceder con Page y Brin.

Digo esto para explicar que si hablamos aquí de Google no estamos hablando únicamente de una cosita curiosa o
de una experiencia como otra, tipo el vino o el fútbol. Google no tiene diez años de vida siquiera y se encuentra ya en el
corazón de nuestra civilización: si uno lo observa, no está visitando una aldea saqueada por los bárbaros: está el] su
campamento, en su capital, en el palacio imperial. ¿Me explico? Es en este lugar donde, si existe un secreto, tino puede
hallarlo.

Por ello se vuelve algo importante comprender qué hizo, con exactitud, ese par, eso que nunca a nadie se le había
pasado antes por la cabeza. La respuesta apropiada sería: muchas cosas. Pero existe una, en particular, que para este libro
parece reveladora. Voy a intentar explicarla. Por extraño que pueda parecer, el verdadero problema, si alguien quiere
inventar un buscador perfecto, no es tanto el hecho de tener que descargar una base de datos de trece mil millones de
páginas web (son tantas, hoy en día). En el fondo, si amontonas miles de ordenadores en un hangar y eres de los que
nacieron con Windows,* con paciencia puedes conseguirlo. El verdadero problema es otro: una vez que has aislado en
medio de ese océano los 3 millones y pico de páginas web donde aparece la palabra lasaña, ¿cómo te las apañas para
ponerlas en un orden, el que sea, que facilite la búsqueda? Está claro que si las vuelcas ahí al azar, todo tu trabajo es
baldío: sería como dejar entrar a un pobrecito en una biblioteca en la que hay 3 millones de volúmenes (sobre lasaña) y
luego decirle: ya te las apañarás. Si no resuelves ese problema, el saber sigue siendo inaccesible; y los motores de
búsqueda, inútiles.

Cuando Brin y Page empezaron a buscar una solución, tenían muy clara la idea de que los demás, los que ya lo
estaban intentando, estaban lejos de haberla encontrado. Por regla general, trabajaban partiendo de un principio muy
lógico, mejor dicho, demasiado lógico, y, pensándolo bien ahora, típicamente prebárbaro y, por tanto, antiguo. En la
práctica, confiaban en las repeticiones. Cuantas más veces apareciera en una página la palabra re querida, más subía a las
primeras posiciones* esa página. Conceptualmente, se trataba de una solución que remite a una forma clásica de pensar:
el saber se encuentra donde el estudio es más profundo y articulado. Si uno ha escrito un ensayo sobre la lasaña, es
probable que el término lasaña aparezca muchas veces, y por tanto es ahí adonde es llevado el investigador. Naturalmente,
aparte de ser obsoleto, el sistema hacía aguas por todas partes. Un estúpido ensayo sobre la lasaña, de ese modo, figuraba
mucho antes que una simple pero útil receta. Además, ¿cómo podía uno defenderse de la página personal del señor Mario
Lasaña? Era un infierno. En AltaVista (el mejor motor de búsqueda de esa época) reaccionaron con una operación que dice
mucho sobre el carácter conservador de esas primeras soluciones: pensaron en poner a trabajar a algunos editors que
estudiaran los 3 millones de páginas sobre la lasaña, y que luego las pusieran en orden de relevancia. Hasta un niño se
habría dado cuenta de que aquello no podía funcionar. No obstante, lo intentaron y para nosotros esto constituye una
piedra millar: es el último intento desesperado de encomendar a la inteligencia y a la cultura un juicio sobre la relevancia
de los lugares del saber. De ahí en adelante, todo iba a ser distinto. De ahí en adelante, estaban las tierras de los bárbaros.

GOOGLE 3
Para ser exactos, era 1996. Cuanto más se movían por los motores de búsqueda existentes, más se convencían
Page y Brin de que podía hacerse mucho mejor. Una vez descubrieron a alguien que no se encontraba a sí mismo. Se
llamaba Inktomi. ¡Si uno tecleaba Inktomi, no obtenía respuesta! Era urgente hacer algo.

Como dijimos, el problema principal era la clasificación de los resultados: cómo darle un orden jerárquico a las
toneladas de páginas que aparecían si uno realizaba una búsqueda. Cuando las cosas iban bien, los motores de búsqueda
existentes ponían al principio las páginas en las que la palabra buscada aparecía más veces. Eso siempre era mejor que
nada. Por eso Page dedicaba su tiempo a ver cómo se las apañaba el mejor de esos motores de búsqueda, AltaVista. Y fue
ahí cuando empezó a notar algo que llamó su atención. Eran palabras, o frases, subrayadas: si uno clicaba ahí acababa
directamente en una página web. Se llamaban línks.* Ahora nosotros los utilizamos con toda normalidad, pero en esa
época (hace diez años, ya ves tú), estábamos aprendiendo a utilizarlos. Tanto es así que AltaVista no sabía muy bien qué
hacer con ellos: los catalogaba, y tras eso se lavaba las manos.

Para Page y Brin, en cambio, eso significó el principio de todo. Fueron de los primeros en intuir que los links no
eran únicamente una opción útil de la red: eran el sentido mismo de la red, su conquista definitiva. Sin los links, Internet*

13.
Alessandro Baricco.
se habría quedado en un mero catálogo, nuevo en su forma, pero tradicional en su esencia. Con los links se convertía en
algo que iba a cambiar la forma de pensar.

Está claro que uno puede tener intuiciones, pero el problema es creer luego en ellas. Page y Brin creyeron en ellas.
Buscaban un sistema para evaluar la utilidad de las páginas web respecto a una búsqueda determinada: lo encontraron
en un principio en apariencia elemental: son más relevantes las páginas a las que se dirigen un mayor número de links. Las
páginas que son más citadas por otras páginas.

Prestad atención. Hay una manera muy expeditiva e inútil para comprender esta intuición: y se trata de colocarla
junto al principio comercial por el que vale más lo que más se vende. En sí mismo es un principio tosco, que nos lleva hacia
un círculo vicioso: lo que se vende más tendrá más visibilidad y, en consecuencia, se venderá todavía más. Pero en realidad
Page y Brin no pensaban en eso. Lo que tenían en su cabeza era algo muy distinto. Habían crecido en familias de científicos
y especialistas, y en su cabeza tenían el modelo de las revistas científicas. Ahí podía uno calibrar el valor de una
investigación a partir del número de citas que de la misma se hacía en otras investigaciones. No era un asunto comercial,
era un asunto lógico: si algunos resultados eran convincentes, eran utilizados por otros investigadores, quienes, en
consecuencia, los citaban. Page y Brin estaban convencidos de que los link podían ser considerados las citas de un ensayo
científico, por lo que un sitio era plausible y útil en la medida en que lo citaban. Dicho así, tendréis que admitirlo, el asunto
suena ya más sutil. Aventurado, pero sutil.

Su intuición se convirtió en algo verdaderamente perturbador cuando se decidieron a dar el siguiente paso. Se
dieron cuenta de que si querían ser todavía más eficaces, tendrían que tomar en cuenta el valor del sitio del que procedía
el link. En la práctica, y volviendo al caso de las revistas científicas, si quien te cita es Einstein es una cosa, pero si quien lo
hace es tu primo, es otra. ¿Cómo establecer, en el maremágnum de la red, quién era Einstein y quién tu primo? La
respuesta que dieron era impecable: Einstein es el sitio hacia el que se dirige el mayor número de links. Por tanto, un link
que procede de Yahoo!* es más significativo que un link que procede de la página personal de Mario Rossi. No es porque
Rossi sea bobo o porque tenga un nombre menos bonito: sino porque hay miles de links que, desde todas partes, se dirigen
hacia Yahoo!: hacia Rossi, con suerte, hay tan sólo un par (su hija, su grupo de petanca).

Google nace de ahí. De la idea de que las trayectorias sugeridas por millones de links irían trazando los caminos
guía del saber. Lo que faltaba era encontrar un algoritmo de una complejidad monstruosa para encargarse de ese cálculo
vertiginoso de links que se entrecruzaban: pero de eso se encargó Page, que tenía un cerebro matemático. Hoy, cuando
buscáis «lasaña» en Google, os encontráis con una lista infinita de la que únicamente leeréis las primeras tres páginas: en
esas tres páginas están los sitios que necesitáis, y Google los ha localizado entrecruzando muchas formas de valoración:
la receta es secreta, pero todos saben que el ingrediente principal, y genial, se encuentra en esa teoría de los links.

Éste no es libro sobre los motores de búsqueda y por tanto no me interesa comprender si Page y Brin tenían o no
razón. Lo que me interesa es aislar el principio en torno al que fue construido Google, porque creo que hay ahí una especie
de trailer de la mutación en curso. Voy a daros al respecto, lo más pedestremente posible, una primera enunciación
imperfecta: en la web, el valor de una información se basa en el número de sitios que os dirigen hacia la misma: y, en
consecuencia, en la velocidad con que, quien la busque, vaya a encontrarla.

Para explicarme mejor, a Page le gustaba poner a sus inversores un ejemplo (para convencerlos, obviamente).
Intentad entrar en la web de una página cualquiera y desde allí buscad la fecha de nacimiento de Dante, utilizando
únicamente los links. El primer sitio en el que la encontrareis es, para vuestro tipo de búsqueda, el mejor. Habéis
entendido bien: no es el hecho de haceros ahorrar tiempo lo que lo hace mejor: es el hecho de que todos os han dirigido
allí. Porque en realidad lo que habéis hecho no es otra cosa que pascaros por ahí dentro y preguntar a quien os
encontrabais dónde podíais hallar la fecha de nacimiento de Dante. Y ellos os han contestado dándoos su propio juicio de
calidad. No os indicaban un atajo: os indicaban el lugar que en su opinión era mejor y donde estaría esa fecha y sería
correcta. La velocidad es generada por la calidad, no al revés. Los proverbios, decía Benjamin con una hermosa expresión,
son los jeroglíficos de un cuento: la página web que os encontráis a la cabeza de los resultados de Google es el jeroglífico
de todo un viaje, hecho de link en link, a través de toda la red.

Y, ahora, mucha atención. Lo que me sorprende de un modelo como éste es que reformula de manera radical el
concepto mismo de calidad. La idea de qué es importante y que no. No es que destruya por completo nuestro viejo modo
de ver las cosas, sino que lo sobrepasa, por decirlo de alguna manera. Voy a poneros dos ejemplos. Primero: es un principio
que procede del mundo de las ciencias, donde goza de cierta consideración la querida y vieja idea de que una información
es correcta e importante en la medida en que se corresponde con la verdad: pero si el único sitio capaz de decir la verdad
sobre la frase de Materazzi* estuviera en sánscrito, Google sin duda alguna no lo pondría entre los treinta primeros: lo
más probable es que os señalara como el mejor sitio el que dice la cosa más cercana a la verdad en una lengua
comprensible para la mayor parte de los seres humanos. ¿Qué clase de criterio de calidad es este que está dispuesto a
trocar un poco de verdad a cambio de una cuota de comunicación?
Los bárbaros. Ensayos sobre la mutación.

Segundo ejemplo. Por regla general, nosotros depositamos nuestra confianza en los expertos: si en su conjunto
los críticos literarios del mundo deciden que Proust es grande, nosotros pensamos que Proust es grande. Pero si vosotros
entráis en Google y tecleáis: «obra maestra literaria», ¿quién, con exactitud, va a empujaros con la rapidez suficiente hasta
que os topéis con la Recherche? ¿Los críticos literarios? Sólo en parte, en una mínima parte: quienes van a empujaros
hasta allí serán sitios de cocina, del tiempo, información, turismo, comics, cine, voluntariado, automóviles y, por qué no,
pornografía. Lo harán directa o indirectamente, como las bandas de un billar: vosotros sois la bola, y Proust es el agujero.
Y ahora yo me pregunto: ¿de qué clase de sabiduría se deriva el juicio que nos proporciona la red, y que nos lleva hasta
Proust? Algo de ese calibre, ¿tiene nombre?

De eso se trata: lo que hay que aprender, de Google, es ese nombre. Yo no sabría encontrarlo, pero creo intuir el
movimiento que le da un nombre. Una determinada revolución copernicana del saber según la cual el valor de una idea,
de una información, de un dato, está relaciona-do no principalmente con sus características intrínsecas, sino con su
historia. Es como si los cerebros hubieran comenzado a pensar de otro modo: para ellos, una idea no es un objeto
circunscrito, sino una trayectoria, una secuencia de pasos, una composición de materiales distintos. Es como si el Sentido,
que durante siglos estuvo unido a un ideal de permanencia, sólida y completa, se hubiera marchado a buscar un hábitat
distinto, disolviéndose en una forma que es más bien movimiento, larga estructura, viaje. Preguntarse qué es algo significa
preguntarse qué camino ha recorrido fuera de sí mismo.

Sé que la hermenéutica del siglo XX ya prefiguró, de una manera muy sofisticada, un paisaje de este tipo. Pero
ahora que lo veo convertido en algo operativo en Google, en el gesto cotidiano de cientos de millones de personas,
entiendo quizá por primera vez hasta qué punto eso, tomado en serio, comporta una auténtica mutación colectiva, no
sólo un simple reajuste del sentir común. Lo que nos enseña Google es que en la actualidad existe una parte inmensa de
seres humanos para la que, cada día, el saber que importa es el que es capaz de entrar en secuencia con todos los demás
saberes. No existe casi ningún otro criterio de calidad, e incluso de verdad, porque todos se los traga ese único principio:
la densidad del Sentido está allí por donde pasa el saber, donde el saber está en movimiento: todo el saber, sin excluir
nada. La idea de que entender y saber signifique penetrar a fondo en lo que estudiamos, hasta alcanzar su esencia, es una
hermosa idea que está muriendo: la sustituye la instintiva convicción de que la esencia de las cosas no es un punto, sino
una trayectoria, de que no está escondida en el fondo, sino dispersa en la superficie, de que no reside en las cosas, sino
que se disuelve por fuera de ellas, donde realmente comienzan, es decir, por todas partes. En un paisaje semejante, el
gesto de conocer debe de ser algo parecido a surcar rápidamente por lo inteligible humano, reconstruyendo las
trayectorias dispersas a las que llamamos ideas, o hechos, o personas. En el mundo de la red, a ese gesto le han dado un
nombre preciso: surfing (acuñado en 1993, no antes, tomándolo prestado de los que cabalgan las olas sobre una tabla).
¿No veis la levedad de ese cerebro que está en vilo sobre la espuma de las olas? Navegar en la red, así decimos los italianos.
Nunca han sido más precisos los nombres. Superficie en vez de profundidad, viajes en vez de inmersiones, juego en vez
de sufrimiento. ¿Sabéis de dónde procede vuestro querido y viejo término buscar? Pues lleva en la panza el término griego,
kípkoç, círculo: pensábamos en alguien que sigue dando vueltas en círculos porque ha perdido algo y quiere encontrarlo.
Con la cabeza agachada, mirando una porción de suelo, con mucha paciencia y un círculo bajo sus pies que se hunde poco
a poco. ¡Qué mutación, muchachos!

Quiero deciros algo. Si los libros son montañas, y si vosotros me habéis seguido hasta aquí, entonces nos
encontramos ya a un paso de la cumbre. Todavía tenemos que entender cómo un principio deducido por un software*
puede describir la vida que acaece fuera de la red. Es una pared vertical, pero también es la última. Después nos aguarda
el arte sublime del descenso.

EXPERIENCIA
¿Tenéis algún lugar tranquilo donde podáis leer esta entrega? En cierto modo, si habéis recorrido el camino hasta
aquí, os merecéis leerla en santa paz. No es nada extraordinario, pero lo cierto es que estábamos intentando ver al animal,
y aquí lo tenemos. Lo que yo puedo hacer que comprendáis de los bárbaros, aquí lo tenemos.

Yo lo aprendí merodeando en las aldeas saqueadas, pidiendo que me explicaran qué táctica emplearon los
bárbaros para ganar y para abatir muros tan altos y sólidos. Me gustó estudiar sus técnicas de invasión, porque en ellas
veía los movimientos particulares de una andadura más amplia, a la que era estúpido negarle un sentido, una lógica, y un
sueño. Al final llegué hasta Google, y parecía únicamente un ejemplo entre otros, pero no lo era, porque no era una vieja
aldea saqueada, sino un campamento construido en la nada, su campamento. Me pareció ver ahí algo que no era el
corazón del asunto, pero que sin duda parecía un latido: un principio de vida anómalo, inédito. Un modo distinto de
respirar. Branquias.

15.
Alessandro Baricco.
Ahora me pregunto si ése es un fenómeno circunscripto, relacionado con un instrumento tecnológicamente
novísimo, la red, y esencialmente relegado a ese ámbito. Y sé que la respuesta es no: con las branquias de Google a estas
alturas respira ya un montón de gente, con los ordenadores apagados, en cualquier momento de sus días. Escandalosos e
incomprensibles: animales que corren. Bárbaros. ¿Me permitís que intente dibujarlos? He venido aquí para eso.

Probablemente, lo que en Google es un movimiento que persigue el saber, en el mundo real se convierte en el
movimiento que busca la experiencia.

Los humanos viven, y para ellos el oxígeno que garantiza su no muerte viene dado por el acontecer de experiencias.
Hace mucho tiempo, Benjamin, de nuevo él, nos enseñó que adquirir experiencias es una posibilidad que puede incluso
llegar a no darse. No se nos da de forma automática, con el equipaje de la vida biológica. La experiencia es un paso fuerte
de la vida cotidiana: un lugar donde la percepción de lo real cuaja en piedra miliar, en recuerdo y en relato. Es el momento
en el que el ser humano toma posesión de su reino. Por un momento es dueño, y no siervo. Adquirir experiencia de algo
significa salvarse. No está dicho que siempre vaya a ser posible.

Puede que me equivoque, pero creo que la mutación en curso que tanto nos desconcierta puede sintetizarse
completamente en esto: ha cambiado la manera de adquirir experiencias. Había unos modelos, y unas técnicas, que desde
hacía siglos acarreaban el resultado de adquirir experiencias: pero de alguna manera, y en un momento dado, han dejado
de funcionar. Para ser más exactos: en ellos no había nada estropeado, pero ya no producían resultados apreciables. Uno
tenía los pulmones sanos, pero respiraba mal. La posibilidad de adquirir experiencias se disipó.

¿Qué tenía que hacer el animal? ¿Curarse los pulmones? Es lo que hizo largo tiempo. Luego, en un momento dado
se puso unas branquias. Modelos nuevos, técnicas inéditas: y volvió a adquirir experiencias. Para entonces, no obstante,
ya era un pez.

El modelo formal del movimiento de ese pez lo hemos descubierto en Google:


trayectorias de links, que corren por la superficie. Traduzco: la experiencia, para los bárbaros, es algo que tiene la forma
de sirga, de secuencia, de trayectoria: supone un movimiento que encadena puntos diferentes en el espacio de lo real: es
la intensidad de esa chispa.

No era así, y no fue así durante siglos. La experiencia, en su sentido más elevado y salvífico, estaba relacionad,¡
con la capacidad de acercarse a las cosas, una a una, y de madurar una intimidad con ellas capaz de abrir las habitaciones
más escondidas. A menudo era un trabajo de p,,i ciencia, y hasta de erudición, de estudio. Pero también podía ocurrir en
la magia de un instante, en la intuición relámpago que llegaba hasta lo más hondo y traía a casa el icono de un sentido, de
una vivencia efectivamente acaecida, de una intensidad del vivir. En todo caso, se trataba de un asunto casi íntimo entre
el hombre y un fragmento de lo real: era un duelo circunscrito, y un viaje a fondo.

Parece que para los mutantes, por el contrario, la chispa de la experiencia salta en el movimiento veloz que traza
entre cosas distintas la línea de un dibujo. Es como si nada pudiera experimentarse ya salvo en el seno de secuencias más
largas, compuestas por diferentes «algo». Para que el dibujo sea visible, perceptible, real, la mano que traza la línea tiene
que ser un gesto único, no la vaga sucesión de gestos distintos: un único gesto completo. Por esto tiene que ser veloz; de
este modo adquirir una experiencia de las cosas se convierte en pasar por ellas justo el tiempo necesario para obtener de
ellas un impulso que sea suficiente para acabar en otro lado. Si en cada una de las cosas se detuviera el mutante con la
paciencia y las expectativas del viejo hombre con pulmones, la trayectoria se fragmentaría, el dibujo quedaría hecho
pedazos. Así que el mutante ha aprendido el tiempo, mínimo y máximo, que debe demorarse sobre las cosas. Y esto lo
mantiene inevitablemente lejos del fondo, que a estas alturas para él es una injustificada pérdida de tiempo, un inútil
impasse que destruye la fluidez del movimiento. Lo hace alegremente porque no es ahí, en el fondo, donde encuentra el
sentido: es en el dibujo. Y el dibujo o es veloz o no es nada.

¿Os acordáis de esa pelota que circula rápidamente entre los pies no tan refinados de los profetas del fútbol total,
ante la mirada de Baggio, en el banquillo? ¿Y de esos vinos «simplificados» que conservan algo de la profundidad de los
grandes vinos, pero que se prodigan a una velocidad de experiencia que permite ponerlos en secuencia con otras cosas?
¿Y os acordáis de esos libros, tan dispuestos a renunciar al privilegio de la expresión para salir al encuentro en superficie
de las corrientes de la comunicación, del lenguaje común a todos, de la gramática universal basada en el cine o en la
televisión? ¿No veis la repetición de un único instinto concreto? ¿No veis al animal corriendo siempre de la misma forma?

Por regla general, los bárbaros van donde encuentran sistemas de paso. En su búsqueda de sentido, de
experiencias, van a buscar gestos en los que sea rápido entrar y fácil salir. Privilegian los que en vez de acopiar el
movimiento lo generan. Les gusta cualquier espacio que genere una aceleración. No se mueven en dirección a una meta,
porque la meta es el movimiento. Sus trayectorias nacen por azar y se extinguen por cansancio: no buscan la experiencia,
Los bárbaros. Ensayos sobre la mutación.

lo son. Cuando pueden, los bárbaros construyen a su imagen los sistemas con los que viajar: la red, por ejemplo. Pero no
se les oculta que la mayor parte del terreno que deben recorrer está hecha de gestos que heredan del pasado y de su
naturaleza: viejas aldeas. Lo que hacen entonces es modificarlos hasta que se convierten en sistemas de paso: a esto
nosotros lo llamamos saqueo.

Será banal, pero a menudo los niños nos enseñan. Creo que he crecido en una intimidad constante con escenario
concreto: el aburrimiento. No es que fuera más desgraciado que los demás, para todos era así. El aburrimiento era un
componente natural del tiempo que pasaba. Era un hábitat, previsto y valorado. Benjamín, de nuevo él: el aburrimiento
es el pájaro encantado que incuba el huevo de la experiencia. Hermoso. Y el mundo en que crecimos pensaba exactamente
así. Mora coged a un niño de hoy y buscad, en su vida, el aburrimiento. Medid la velocidad con que la sensación de
aburrimiento se dispara en él en cuanto le ralentizáis el mundo que lo rodea. Y sobre todo: daos cuenta de lo ajena que le
es la hipótesis de que el aburrimiento incube algo distinto a una pérdida de sentido, de intensidad. Una renuncia a la
experiencia. ¿No veis al mutante en la hierba? ¿Al pececito con branquias? A su escala, es lo mismo que con la bicicleta:
si disminuye, la velocidad, uno se cae. Necesita de un movimiento constante para tener la impresión de que está
adquiriendo experiencias. De la manera más clara posible os lo hará entender en cuanto sea capaz de exhibirse en el más
espectacular surfing inventado por las nuevas generaciones: el multítasking. ¿Sabéis qué es? El nombre se lo han dado los
americanos: en su acepción más amplia define el fenómeno por el que vuestro hijo, jugando con la Game Boy, come una
tortilla, llama por teléfono a su abuela, sigue los dibujos en la televisión, acaricia al perro con un pie y silba la melodía de
Vodafone. Unos años más y se transformará en esto: hace los deberes mientras chatea en el ordenador, escucha el iPod,*
manda sms, busca en Google la dirección de una pizzería y juguetea con una pelotita de goma. Las universidades
americanas están llenas de investigadores dedicados a intentar comprender si se trata de genios o de idiotas que se están
quemando el cerebro. Todavía no han llegado a una respuesta concreta. Más simplemente, vosotros diréis: es una
neurosis. Puede que lo sea, pero las degeneraciones de un principio revelan mucho acerca de ese principio: el multitasking
encarna muy bien una idea, naciente, de experiencia. Habitar cuantas zonas sea posible con una atención bastante baja
es lo que ellos, evidentemente, entienden por experiencia. Suena mal, pero intentad comprenderlo: no es una forma de
vaciar de contenido muchos gestos que serían importantes: es un modo de hacer de ellos uno solo, muy importante. Por
extraordinario que pueda parecer, no tienen el instinto de aislar cada uno de esos gestos para realizarlos con más atención,
ni de forma que obtengan lo mejor de ellos. Se trata de un instinto que les es ajeno. Donde hay gestos, ven posibles
sistemas de paso para construir constelaciones de sentido: y por tanto de experiencia. Peces, ya sabéis lo que quiero decir.

¿Existe un nombre para semejante manera de estar en el mundo? ¿Una única palabra que podamos utilizar para
entendernos? No sé. Los nombres los dan los filósofos, no los que escriben libros en los periódicos. Por eso no voy a
intentarlo siquiera. Pero me gustaría que, a partir de esta página, por lo menos entre nosotros nos entendiéramos:
cualquier cosa que percibamos de la mutación en curso, de la invasión bárbara, es necesario que la miremos desde el
punto exacto en el que estamos ahora: y que la comprendamos como una consecuencia de la profunda transformación
que ha dictado una nueva idea de experiencia. Una nueva localización del sentido. Una nueva forma de percepción. Una
nueva técnica de supervivencia. No quisiera exagerar, pero lo cierto es que me vienen ganas de decir: una nueva
civilización.

PERDER EL ALMA
ALMA
¿Os acordáis de cuando íbamos a dar una vuelta por las aldeas saqueadas? Ahora nos hemos dado cuenta de que
todo lo que identificábamos como destrucción era en realidad una especie de reestructuración mental y arquitectónica:
cuando el bárbaro llega allí tiende a reconstruir, con el material que ha encontrado, el único hábitat que le interesa: un
sistema de paso. En la práctica, vacía, aligera, hace más veloz el gesto al que se aplica, hasta que llega a obtener una
estructura suficientemente abierta como para asegurar el tránsito de cualquier movimiento. Ahora sabemos por qué lo
hace: su idea de experiencia es una trayectoria que mantiene unidas teselas distintas de lo real.

El movimiento es el valor supremo. Por él, el bárbaro es capaz de sacrificar cualquier cosa. Incluso el alma. Esto,
suena realmente desconcertante. Lo identificábamos en cada aldea: si había un lugar, ahí, más elevado, noble y profundo,
por regla general los bárbaros acababan vaciándolo. Este instinto de la civilización bárbara, del hombre de Google, del pez,
del mutante, parece realmente incomprensible. ¿Es posible que de verdad ansíen algo parecido?

Es posible. No sólo eso, sino es justo ahí donde se encuentra el rasgo potencialmente más fascinante de 1a
mutación. Sospecho incluso que ése, de una manera consiente o no, es su principal objetivo. El bárbaro no pierde el
alma por azar, o por ligereza, o por un error de cálculo, o por una simple miseria intelectual: es que está intentan do
prescindir de ella. ¿Queréis que hablemos del tema?

17.
Alessandro Baricco.
Queda mal decirlo, pero no es una idea que haya surgido de la nada. Cuando en este libro hemos utilizado la
expresión más bien genérica de «perder el alma», ¿en qué pensábamos verdaderamente? Tal vez teníamos en la cabeza
algo que nos parece que forma parte de la esencia misma del ser humano: la idea de que el hombre tiene en sí mismo una
dimensión espiritual (no religiosa, espiritual) capaz de elevarlo por encima de su naturaleza puramente animal. Ahora
tendríamos que preguntarnos: pero esta idea ¿de dónde procede? Y sobre todo: ¿ha existido siempre o hemos pasado
también por fases de civilización en que se prescindía de ella?

Pongo un ejemplo: la Ilíada. ¿Estáis dispuestos a olvidaros de tópicos y de ejercicios escolares? Vale. Entonces ya
puedo deciros que en la Ilíada, por ejemplo, esa idea no se encuentra. Los humanos tienen una única oportunidad real de
llegar a ser más que animales astutos: morir como héroes, y así ser depositados en la memoria, convertirse en eternos,
elevarse a mitos. Por eso el heroísmo no es para ellos un destino posible de la existencia, sino el único. Era la estrecha
puerta a través de la que podían aspirar a cierta dimensión espiritual. No eran ajenos al deseo de una determinada
espiritualidad (la elaboración mítica del mundo de los dioses nos lo demuestra): pero no habían inventado todavía el alma,
por decirlo de alguna manera. Si en vez de ir a ver a Fausto, el diablo hubiera ido a ver a Aquiles para proponerle el
intercambio fatal, éste no habría sabido qué darle. No tenía nada para darle.

¿Y Dante, por ejemplo? ¿En la Divina Comedia se encuentra la idea de que el hombre tiene, en sí mismo, las armas
para encontrar, también en sí mismo, el camino hacia alguna forma de espiritualidad, y una superación de su identidad
meramente animal? Es difícil responder que sí. Todo estímulo latente de espiritualidad en el fondo no es más que el reflejo
de la luz divina, la reverberación de un proyecto trascendental en el que el hombre va a perderse. Aunque la Divina
Comedia resulte ser un maravilloso repertorio de historias humanas, en conjunto sigue siendo la descripción de un
escenario donde hay un único protagonista: y no es el hombre. Ulises está ahí, pero está en el infierno.

Durante muchísimo tiempo, en realidad, Occidente subordinó la reivindicación de una determinada espiritualidad
humana a la benevolencia de una autoridad divina. El lugar del espíritu era el campo de la religiosidad. Hemos denominado
Humanismo al momento, larguísimo, en que, heredando intuiciones que venían de muy atrás, una élite intelectual
comenzó a imaginar que el hombre llevaba en su seno un horizonte espiritual que no era atribuible, simplemente, a su fe
religiosa. Pero no fue una adquisición fácil ni firme. Antes de que fuera realmente un dominio colectivo, un sentir común,
pasaron más siglos. El esfuerzo con que la intelectualidad perfeccionó los instrumentos para que se convirtiera en real no
es nada en relación con el extrañamiento que, durante siglos, debió de sentir la gente, la gente común, respecto a una
perspectiva de esa clase. No creo estar diciendo una blasfemia si afirmo que, durante muchísimo tiempo, la idea de una
dimensión espiritual de carácter laico del ser humano siguió siendo, en Occidente, privilegio de una casta superior, ricos e
intelectuales: el resto ya tenía la religión revelada. Pero no era lo mismo. No es a lo que aludimos cuando decimos «alma»
y pensamos en el gesto de los bárbaros que la anula.

Cuando decimos alma, en lo que pensamos es en algo que en realidad ha sido inventado bastante recientemente.
Es un título de la burguesía del siglo XIX. Fueron ellos los que hicieron que llegara a convertirse en dominio común la
certeza de que el ser humano guarda, en su interior, el aliento de una reverberación espiritual, y de que custodia, también
en su interior, la lejanía de un horizonte más elevado y noble. ¿Dónde lo custodiaba? En el alma.

Lo necesitaban. Ahora hay que entender que lo necesitaban. En la práctica, eran los primeros que, desde hacía
siglos, intentaban poseer el mundo sin ostentar una aristocracia de rango sancionada de forma casi trascendente, cuando
no directamente, por decreto divino. Ellos poseían astucia, iniciativa, dinero, voluntad. Pero no estaban destinados al
dominio ni a la grandeza. Necesitaban encontrar ese destino en sí mismos: demostrar que poseían cierta grandeza sin
necesidad de que nadie se la concediera, ni hombres, ni reyes, ni Dios. Por eso aceleraron sin mesura ese camino que
venía de atrás, remontándose a los griegos del siglo v, y pasando por Descartes y por la revolución científica: lograron en
un tiempo sorprendente poner a punto esa grandeza, incluso perfeccionando los instrumentos, al alcance de todo el
mundo, para cultivarla y encontrarla en sí mismos. Al complejo de ideas, modas, obras de arte, nombres, mitos y héroes
con que hicieron que esta ambición se convirtiera en un sentir colectivo, e incluso común, nosotros lo llamamos
Romanticismo. Si queréis comprender qué fue, éste sería un buen sistema: era un mundo que podía comprender a Fausto.
Eran gente a la que el diablo podía proponerle trocar su alma por cualquier clase de delicia terrestre, y ellos habrían
entendido la petición: y habrían sabido, desde siempre, que no había elección: sin alma ninguna riqueza terrestre era
segura, ni estaba legitimada. No quisiera cargar las tintas: pero ni Aquiles ni Dante habrían entendido esa petición. El
objeto del intercambio faustiano no existía.

Es curioso: si a un bárbaro le preguntáis qué se ha hecho del alma, no comprende la pregunta.


Los bárbaros. Ensayos sobre la mutación.

Hay un modo de comprender hasta el fondo qué significó la invención de la espiritualidad para la burguesía del
siglo XIX. Y es recorrer la historia de la música clásica. No me va a ocupar más de una entrega. Se trata únicamente de un
esbozo. Pero ya veréis como os ayuda a comprender.

MÚSICA CLÁSICA
No hay nada como la música clásica para comprender qué es lo que tenían en la cabeza los románticos. Pero ¿cómo
se las apañan en los colegios para poder explicarlo todo sin dedicar ni una hora siquiera a Beethoven, o Schumann, o
Wagner?

Podemos empezar con una pregunta sólo idiota en apariencia: ¿existía la música clásica, antes de que inventaran
la idea de música clásica? Sí, naturalmente. No se llamaba así, no tenla nada que ver con el Romanticismo, no la pagaban
los burgueses, la escuchaba poquísima gente, pero existía. Una forma elitista de entretenimiento, con maneras más bien
sobrias e intelectuales. A menudo solía ir unida al placer de la danza, otras veces iba unida a los textos poéticos. Existía,
como es natural, una vertiente religiosa: música litúrgica, o composiciones dirigidas a la edificación moral del creyente: en
síntesis, el habitual, el sólido trabajo publicitario pagado por la Iglesia para promocionar su producto (a saber cuánto
tiempo tardaremos todavía en admitir que tenemos una deuda contraída, el mejor arte occidental, con esa genial intuición
de una secta religiosa que inventó la publicidad e invirtió en ello irracionales cantidades de dinero). Ahora nosotros leemos
ese mundo con los ojos del después, amaestrados por lo que ocurrió más tarde. Por eso, en general, tendemos a atribuir
a la música de los siglos XVI y XVII las mismas cualidades que hemos aprendido a reconocer en un Beethoven, o en un
Verdi. Pero se trata en realidad de un efecto óptico. Donde nosotros identificamos cierta elevación espiritual, o incluso
una expresión superior del ánimo humano, es probable que el público de la época reconociera simplemente cierta
elegancia, o una intensidad a la que no sabían qué nombre dar. Pero la idea misma de que, para ellos, esa forma de
entretenimiento guardaba relación con sentimientos y no con sensaciones resulta dudosa, como mínimo: tal y como lo
hemos heredado nosotros, el mapa de lo sentimental era, en esa época, algo que todavía estaba por inventar. Que existía
un humanismo profundo, en la parte más culta de los compositores, es indudable: pero cabe preguntarse si, una vez
eliminados esos nombres que, más tarde, de forma retrospectiva, hemos reconocido como los grandes, el resto del
consumo musical no giraba, en realidad, a un número de revoluciones bastante inferior desde una perspectiva espiritual.
Quizá en su punto de mira había poco más que un sofisticado deleite.

A base de deleitarse, en todo caso, perfeccionaron técnicas, instrumentos y lenguaje. La aristocracia de principios
del siglo XVIII heredó así una forma de entretenimiento ya madura, lista para convertirse en la expresión oficial de su
preeminencia social y de su propio lujo. Fue así como la utilizó, masivamente. El público seguía siendo muy selecto, el de
los salones de palacio y de los teatros de corte, y los músicos seguían siendo unos empleados, cuando no siervos: figuras
comparables a las de un jardinero o un cocinero. Pero sin duda comenzó a manifestarse la hipótesis de una fuerza
expresiva que parecía incluso desperdiciada en el caso de que su único objetivo fuera servil como escenografía sonora
para el aburrimiento del Ancien Régime.* Ascendiendo por la columna vertebral formada por Bach-Haydn-Mozart, fue
creciendo un lenguaje que casi se sentía incómodo permaneciendo en los alrededores de la elegancia y del mero
entretenimiento. Nosotros, hoy, y de nuevo debido a esa ilusión óptica que nos proporciona el hecho de saber cómo
terminaron las cosas, tendemos en realidad a agigantar esa forma de incomodidad, atribuyéndole ambiciones espirituales
que tal vez nunca soñó tener. Si uno conoce la Novena de Beethoven, el Don Juan de Mozart le parecerá que, en efecto,
está lleno de ecos románticos. Pero en 1787 el espectador real de Don Juan no había escuchado nunca a Beethoven, y ni
siquiera se le pasaba por la cabeza alguien como Chopin: es plausible que el Don Juan le pareciera únicamente algo insólito,
bonito para ser escuchado, y punto. Demasiadas notas, fue lo que dijo, al parecer, el emperador José II.* Era un hombre
de su tiempo.

En realidad, si queremos ser cínicamente exactos, fue con Beethoven con quien nació, de verdad, la idea de música
clásica que hemos heredado y de la que todavía nos servimos. Con su música sucedió de verdad que ese lenguaje refinado
levitara hasta el punto de ofrecerse como morada de un reflejo elevado, sentimental, e incluso espiritual, de la sensibilidad
humana. La tensión, la intensidad, la espectacularidad que traía consigo, eran casi la apertura física total de espacios que
no esperaban más que el fluir de una espiritualidad que hasta entonces había sido clandestina y nómada. Fue una
admirable coincidencia de acontecimientos: en el mismo momento en que la burguesía sentía la necesidad de su propia
elevación hasta la aristocracia del sentimiento, esa música inventaba exactamente la forma y el lugar donde hallarla. No
es casualidad que Beethoven fuera prácticamente el primero en componer de manera simultánea para la aristocracia del
siglo XVI11 y para la burguesía rica de principios del XIX: se encontraba en equilibrio sobre un confín, y tenla toda la
apariencia de ratificar el cambio de testigo del poder aristocrático al burgués. El hecho de que fuera apreciado por ambas
nos da una idea de la vertiginosa riqueza de lo que hizo: se trataba de una música capaz de emocionar a dos civilizaciones
que eran distintas y, en cierto sentido, antitéticas.

19.
Alessandro Baricco.
El gesto estratégicamente genial de los románticos fue adoptarlo como padre fundador de lo que tenían pensado.
Resulta difícil decir si a él le habría gustado, pero lo hicieron, y en esto mostraron una astucia y una inteligencia
portentosas. Beethoven fue para ellos el salvoconducto para una nueva civilización. Era un maestro intocable y, en
realidad, lo único que necesitaban era demostrar que estaba de su parte. Lo lograron. Tampoco era tan difícil: en efecto,
aquella música parecía generar y describir con exactitud lo que ellos intuían que era el aliento espiritual del hombre
romántico. De la forma más elevada, casi sintética, parecía hacerlo en una obra determinada: la Novena sinfonía. Todavía
en la época de Wagner fue adoptada como tótem supremo, lugar del origen y legitimación fundacional de todo a lo que
la música de esa época aspiraba. Y en efecto, si pensáis en ello, esa sinfonía parecía dibujar de verdad, físicamente, la
silueta de la espiritualidad romántica. Su duración exagerada aludía, de la manera más clara, a una expansión del horizonte
humano. Su dificultad (en la primera ejecución, la mitad del teatro se marchó de allí antes del final, agotada) preconizaba
ya esa idea, tan burguesa, de que el crecimiento espiritual del individuo transitaba por un selectivo camino de esfuerzo y
estudio. Y, además, quedaba la proeza final: ese Himno a la alegría. Colocado ahí, en el último movimiento, después, de
tres movimientos instrumentales, para introducir por sorpresa la voz humana y un texto poético (no por nada era de
Schiller, uno de los padres nobles del Romanticismo). Si pensáis en ello, en su exactitud era una estructura deslumbrante:
en los primeros tres movimientos se hallaban todas las conquistas lingüísticas de Beethoven, y daba cabida, casi como en
un folleto de propaganda, a toda la gama de las posibilidades espirituales del hombre burgués. En el último, el espectacular
uso de las voces y del coro, instrumento que era un privilegio de la música sacra, impulsaba el lenguaje terrenal de la
música más allá de sí mismo; de manera simultánea, el texto de Schiller convocaba explícitamente a Dios ante la presencia
de la espiritualidad del hombre. ¿No veis el acrobático gesto que entregaba a los románticos lo que estaban buscando de
verdad? Esa música le reconocía a ese camino espiritual la meta más elevada, Dios. Por otra parte, extrapolaba el horizonte
religioso de los materiales de la espiritualidad laica del hombre: lo situaba como el último peldaño de una ascensión que
era humana por completo. Fantástico, ¿no os parece?

La Novena no era música romántica: pero fundaba el campo de juego de la música romántica. Inventaba y
sancionaba para siempre la existencia de un espacio intermedio entre el animal hombre y la divinidad, entre la elegancia
material del hombre y el infinito trascendente del sentimiento religioso. Allí, precisamente allí, el hombre burgués iba a
colocarse a sí mismo. Cuando nosotros, herederos del Romanticismo, utilizamos expresiones genéricas como alma o
espiritualidad, estamos aludiendo a ese espacio. A esa tierra intermedia.

Durante siglos, la música clásica ha sido uno de los modos más precisos de habitar esa tierra. Para regenerarla en
cada ocasión, y en sí misma, contra la miseria de la vida cotidiana. Todavía hasta los años setenta del siglo XX fue, para la
burguesía de Occidente, un rito ideal para reafirmarse en su propia nobleza de espíritu. E incluso cuando entonces ya era
tan sólo, en realidad, puro deleite refinado, se vivía a priori como un gesto espiritual. Es esta concesión la que, durante
mucho tiempo, le permitió presentarse como un eficaz coagulante de la identidad burguesa. Existe un momento concreto
en el que comenzó a entrar en crisis: cuando dieron señales de vida los primeros bárbaros.

Sin lugar a dudas, la de la música clásica es una de las aldeas que ha salido peor parada de la invasión bárbara. Su
forma tan palmaria de remitirse a una civilización del pasado (algo incluso obsesivo, dada su fijación por un repertorio
fatalmente circunscrito) la ha dejado prácticamente indefensa. Los bárbaros, como hemos visto, no tienen el instinto de
destruir y basta: lo que tratan de hacer enseguida es transformar todo lo que encuentran en un sistema de paso. Pero la
música clásica opone a tal metamorfosis una resistencia que otros gestos no ostentan. Más que destruir, en consecuencia,
simplemente se han ido de ahí. De aquí no vamos a sacar nada, deben de haber pensado. Lo que no tenemos que pasar
por alto es que, desde su lógica, se trata de un gesto sensato. Precisamente porque se encuentra unida de un modo tan
fuerte a una idea de espiritualidad burguesa, esa música tiene muy poco que ofrecer a los bárbaros. Si uno intenta vivir
sin alma, ¿qué puede hacerse con Schubert?

Me impresionan un poco esas reconstrucciones de siglos de historia hechas en pocas líneas, pero debe de ser un
rasgo bárbaro que se ha apoderado ya de mí. Surfing. Toda la culpa la tienen estas branquias que han empezado a salirme.
De todas formas, el sentido de esta operación era el de haceros ver de cerca lo que entendemos con ex presiones como
«alma» o «espiritualidad». Quería inducirlos a pensar que no son rasgos constitutivos de nuestro estar en la tierra, sino
que derivan de un proceso histórico que tuvo su principio y que probablemente tendrá su fin. De la misma manera, es
importante darnos cuenta de que nosotros utilizamos esas categorías según la formulación que hizo de ellas un grupo
social determinado en un momento histórico determinado. Produce hasta risa el decirlo, pero todavía no hemos dejado
de utilizar contraseñas románticas. Y la resistencia que oponemos a la invasión bárbara a menudo se reduce a una
inconsciente defensa de principios románticos inventados hace unos siglos. No habría nada malo en sí mismo: los
principios pueden seguir siendo válidos durante milenios, no son congelados que caducan. Pero también es verdad que
una mirada dirigida a los hombres que engendraron tales principios nos ayuda a reflexionar. Mejor aún, ¿queréis que os
lo enseñe? He convocado a uno de ellos, emblemático, aquí. Comprad el periódico mañana y os lo presentaré.
Los bárbaros. Ensayos sobre la mutación.

MONSIEUR BERTEIN
(ver imagen)

Aquí lo tenéis. Monsieur Bertin. Año de 1833. Hoy diríamos: era el boss de los medios de comunicación. Dueño del
Journal des débats, voz de la burguesía de los negocios francesa. Hombre prestigioso, afamado, poderoso. La burguesía
del siglo XIX en la época de su triunfo.

Sé que, a primera vista, os vais a fijar sobre todo en esas manos que parecen garras, y en la mole satisfecha, la mirada
aparentemente cínica, sigilosamente malvada. Pero las cosas no son exactamente así. Ingres* (el formidable autor del
cuadro) estudió largo tiempo en qué pose iba a retratarlo, y a punto estaba de rendirse cuando un día lo vio, mientras
participaba, sentado en una butaca, en una discusión. Aquí lo tenemos, pensó. Y, en efecto, si ahora observáis de nuevo
el retrato y lo colocáis en esa discusión, ya veréis como lo entendéis mejor. La mirada es la de alguien que escucha
atentamente y, al mismo tiempo, ya tiene en mente lo que va a objetar, y está a punto de hacerlo, casi en los tacos de
salida para saltar con la velocidad de su inteligencia, las manos algo nerviosas, esperando el instante para volver a ponerse
en movimiento otra vez, la espalda alejada del respaldo, lista para lanzar el cuerpo hasta el corazón de la disputa dialéctica.
Parecía un ricachón sin resuello, cuando, por el contrario, se trataba de un luchador, destinado a triunfar. ¿Y la luz? Tres
manchas claras, la cabeza y las dos manos: el pensamiento y la acción: ¿se puede ser más sintético aún? La ropa elegante
y el reloj de oro certifican una riqueza que la mole del cuerpo confirma, desbordándose con arrogante falta de elegancia
por la barriga y los pantalones. Ricos sin vergüenza de serlo. ¿Y el rostro, que si pintáis una línea vertical desde la frente
hasta la barbilla, os mira por la derecha hoscamente, y por la izquierda os sonríe, el labio levantado, el ceño fruncido? Y,
para finalizar el pelo, despeinado, como de quien no tiene tiempo para semejantes melindres de aristócrata, seguro de sí
mismo y de su propio desorden: cabe preguntarse si habría sido igual si la melena leonina de Beethoven no hubiera abierto
las puertas para siempre al desaliño arrogante de quien se había liberado de las pelucas (y aquí tiene su momento de
importancia el frac verde, ¿os acordáis de él? También era importante el look, oh, qué importante era).

Aquí lo tenéis. El hombre burgués que perfeccionara las ideas de alma y de espiritualidad romántica, esas que
nosotros todavía hoy en día defendemos. No las exhibe abiertamente porque ya no lo necesita: ya ha triunfado, y puede
dejarse retratar sin armas. Pero sólo veinte años atrás lo habríais visto mucho más preocupado por sus me dios, y con
ganas de explicarse, y temeroso de renunciar al peine. ¿Queréis verlo? Mañana, de nuevo en esta página, de nuevo
retratado por la mano del formidable Ingres.

MONSIEUR RIVIÉRE
(ver imagen)

Aquí lo tenéis. Monsieur Riviére. Año de 1805. Era un funcionario de la administración pública. El pintor de nuevo
es Ingres: pero en sus inicios, aún prudente y sobriamente didáctico. El retrato de la burguesía en su debut. Monsieur
Bertin cuando todavía tenía que triunfar. Por eso la luz es más extensa, porque tiene que iluminarlo todo, y explicarlo bien.
Ya aparece el reloj (y además un anillo valioso), certificando cierta riqueza segura. Pero el cuerpo está tenso, mostrando
al animal que todavía tiene que sostener la lucha. Y la ropa (elegante y costosa) no es el arrogante marco de un rebosante
bienestar, sino la diligente ejecución del imperativo de clase.

El rostro sonríe, seguro, escondiendo cualquier clase de pensamiento oculto: lo único que busca es inspirar
confianza. La pose es clásica, reposada, aristocrática: los tres cuartos de rigor. El pelo, peinado: todavía no había
aparecido Beethoven para abrirle las puertas al adiós al peine, y el corte remite, de una manera sutil, junto a esa mano
escondida y al mobiliario, al modelo napoleónico: bien o mal, un precedente rutilante para las aspiraciones burguesas de
dominio. Inmortalizado de esta manera, monsieur Rivière parece tener todos los papeles en regla para salir a la
conquista del mundo. Pero a su alrededor no hay blasones heráldicos, ni símbolos áulicos: era su talón de Aquiles. Era un
don nadie. Y de ahí, por tanto, la necesidad de exhibir sus armas. Él mismo, su mobiliario, su reloj, seguro; pero también
algo más: su nobleza intelectual, su superioridad espiritual. Y así vemos aparecer, sobre el escritorio, a su lado, los
certificados de su aristocracia de ánimo: algunos libros, Rousseau; una partitura, Mozart; y un cuadro, Rafael. Sólo
treinta años después, monsieur Bertin podrá permitirse dejarlos en el cajón, tal vez hasta ignorarlos. Pero en 1805 no.
Eran uno y lo mismo con el cuerpo del burgués, eran sus cuartos de nobleza, eran la aristocracia de su sangre.

Todo esto para ayudaros a entender que lo necesitaban. Esa determinada idea de alma y de espiritualidad fue, en
un contexto histórico determinado, una necesidad. Nosotros la heredamos, y la pregunta que hoy tendríamos que
hacernos es: ¿heredamos también esa necesidad? ¿O nos la hemos imaginado? No sé si vosotros tendréis una respuesta,
y la verdad es que yo tampoco sé si la tengo. Pero algo sí sé: los bárbaros, ellos, sí la tienen.

21.
Alessandro Baricco.
ESFUERZO
Nosotros, en consecuencia, aún seguimos llamándola alma, o la perseguimos dando vueltas en torno al término
espiritualidad, cuando lo que pretendemos es transmitir la idea de que el hombre es capaz de una tensión que lo empuja
más allá de la superficie del mundo y de sí mismo, a un territorio donde aún no se ha desplegado la omnipotencia divina,
sino que simplemente respira el sentido profundo y laico de las cosas, con la naturalidad con que cantan los pájaros o
fluyen los ríos, siguiendo un diseño que tal vez de verdad provenga de una bondad superior, aunque es más probable que
surja de la grandeza del ánimo humano, que con paciencia, esfuerzo, inteligencia y gusto lleva a término, por así decirlo,
el noble deber de una primera creación, que para los laicos será la única, y para los religiosos, por el contrario, será el
regazo para el encuentro final con la revelación. Aquí podéis tomaros un respiro. Releed si os parece la frase, y después
tomaros otro respiro. Estábamos intentando entender hasta qué punto todo esto es hijo de monsieur Bertin. Es el paisaje
que la burguesía del siglo XIX había elegido para sí, intuyendo que en un campo de esa clase no podría perder. Nosotros
lo heredamos con una aprobación mental tan ¡limitada que lo confundimos con un escenario perenne, eterno e intocable.
Nos cuesta un gran esfuerzo imaginarnos que el hombre pueda ser algo digno al margen de ese esquema. Pero lo que
sucede a nuestro alrededor, en esta época, nos obliga a poner de nuevo en movimiento nuestras certidumbres. Si dejáis
por un momento de considerar que los bárbaros son una degeneración patológica que llevará al vaciado del mundo, e
intentáis imaginaros que el suyo es un modo de volver a estar vivos, huyendo de la muerte, entonces la pregunta que
debéis plantearos es: ¿qué clase de camino inédito es este que busca el sentido de la vida a través de la eliminación del
alma? Y más aún: ¿qué hay, en el alma, que los asusta, que les repele, como si en vez de un lugar de vida fuera un lugar
de muerte?

Se me pasan por la cabeza dos respuestas posibles: con seguridad no explican todo el problema, pero las anoto
aquí porque pueden ayudaros a pensar que existen respuestas posibles: existen pensamientos, o incluso sólo
presentimientos, que pueden llevar a la ilógica convicción de que tenemos que librarnos del alma cuanto antes.

La primera tiene que ver con el placer. Y con la verdad. Terreno minado. Pero vamos a intentarlo. En el escenario
de monsieur Bertin existía una categoría que era la que imperaba: el esfuerzo. Voy a decirlo de la manera más simple: el
acceso al sentido profundo de las cosas presuponía esfuerzo: tiempo, erudición, paciencia, aplicación, voluntad. Se
trataba, literalmente, de ir al fondo, excavando en la superficie pétrea del mundo. En la perfumada penumbra de sus
escritorios, la burguesía propietaria reproducía, sin ensuciarse las manos, el que en aquella época era el trabajo agotador
por excelencia: el del minero. Perdonad si me sirvo otra vez de la música clásica, pero nos ayuda a comprender: pensad
en cómo, en esa música, el hecho de que sea, de alguna manera, difícil, supone la garantía de ser un viatico hacia algún
lugar noble, elevado. ¿Os acordáis de la Novena, verdadero umbral para acceder a la civilización de monsieur Bertin?
Bueno, cuando la escucharon los críticos por primera vez, quiero decir en su estreno, empezaron a decir que tal vez para
entenderla bien tendrían que volver a escucharla. Mora nos parece algo normal, pero en esa época era una excentricidad
absoluta. Al público de Vivaldi, la idea de volver a escuchar Las cuatro estaciones para entenderlas debía de parecerle
como la pretensión de volver a ver los fuegos artificiales para darse cuenta de si habían sido bonitos. Pero la Novena exigía
esto: el gesto de la mente que regresa sobre el objeto de estudio y esfuerzo, y acumula nociones, y profundiza, y al final
comprende. Hace cuatro días, a nuestros abuelos les costaba un gran esfuerzo seguir a Wagner, y volvían a escucharlo
innumerables veces, hasta que conseguían permanecer despiertos hasta el final, y comprenderlo: y, por fin, en
consecuencia, disfrutarlo. Es necesario entender que este clase de tour de force le gustaba a monsieur Bertin, era del todo
compatible con su persona, y esto puede explicarse con facilidad: la voluntad y la aplicación eran precisamente sus mejores
armas y, ya puestos, eran el defecto de una aristocracia blandengue y cansada: si acceder al sentido más noble de las cosas
era un asunto de determinación, entonces acceder al sentido de las cosas se convertía casi en un privilegio reservado a la
burguesía. Perfecto.

La aplicación a gran escala -y, en cierto modo, la degeneraciónde este principio (el esfuerzo como salvoconducto
hacia el sentido más elevado de las cosas), creó el escenario en el que nos encontramos hoy. El mapa que transmitimos
de los lugares en los que está depositado el sentido es una colección de yacimientos subterráneos que únicamente se
alcanzan mediante kilómetros de galerías agotadoras y selectivas. El mero gesto originario de detenerse a estudiar con
atención, a estas alturas se ha perfeccionado hasta llegar a convertirse en una verdadera y auténtica disciplina, ardua y
muy articulada. En 1824 uno podía pensar aún que para comprender la Novena tenía que escucharla de nuevo. Pero ¿y
en la actualidad? ¿Tenéis idea de cuántas horas de estudio y de audición son necesarias para crear lo que Adorno llamaba
un «oyente avisado, es decir, el único capaz de apreciar verdaderamente la obra de arte? ¿Y tenéis una idea de con cuánta
constancia se ha demonizado cualquier otra forma de aproximación a la gran obra de arte, a lo mejor buscando con
sencillez el chisporroteo de una vida inmediatamente perceptible, y olvidando todo lo demás? Como nos enseña la música
clásica, sin esfuerzo no hay premio, y sin profundidad no hay alma.

Las cosas estarían bien incluso así, pero el hecho es que a estas alturas la desproporción entre el nivel de
profundidad que hay que alcanzar y la cantidad de sentido que puede obtenerse se ha vuelto clamorosamente absurda.
Visto así, la mutación bárbara se dispara en ese instante de lucidez en que alguien se ha dado cuenta de ello: si decido
Los bárbaros. Ensayos sobre la mutación.

emplear en efecto todo el tiempo necesario para llegar hasta el corazón de la Novena, es difícil que me quede tiempo para
nada más: y aunque la Novena sea un inmenso yacimiento de sentido, por sí sola no produce una cantidad suficiente para
la supervivencia del individuo. Es la paradoja que podemos encontrar en muchos estudios académicos: la máxima
concentración en un único rincón del mundo consigue esclarecerlo, pero lo aísla de lo demás: en definitiva, produce un
resultado mediocre (¿de qué sirve haber entendido la Novena si uno no va al cine y no sabe qué son los videojuegos?). Es
la paradoja que denuncian las miradas extraviadas de los jóvenes en la escuela: necesitan sentido, el simple sentido de la
vida, e incluso están dispuestos a admitir que Dante, pongamos, podría proporcionárselo: pero si el camino que tienen
que hacer es tan largo, y tan cansado, y resulta tan poco acorde en relación con sus aptitudes, ¿quién les asegura que no
van a morir por el camino, sin llegar nunca a la meta, víctimas de una presunción que es nuestra, no suya? ¿Por qué no
han de buscarse un sistema para encontrar oxígeno antes y de un modo que concuerde mejor con su manera de ser?

Mirad, no se trata de un problema de esfuerzo, de miedo al esfuerzo, de comodidad. Os lo repito: para monsieur
Bertin ese esfuerzo era un placer. Necesitaba sentirse cansado, ese tour de force lo engrandecía, y le daba seguridad en sí
mismo. Pero ¿quién dice que tiene que ser igual para nosotros? Y, por otra parte, escuchar la Novena un par de veces o a
Wagner una docena es una cosa: leer a Adorno para ir al concierto, otra. Ese esfuerzo se ha convertido en un tótem y en
una mortal horca caudina por la que es necesario pasar. Pero ¿por qué? ¿En esta liturgia burguesa, no se pierde la sencilla
intuición originaria de que el acceso al corazón de las cosas era una cuestión de placer, de intensidad de vida, de emoción?
¿No sería lícito exigir que fuera así de nuevo? ¿No sería justo reivindicar un tipo de esfuerzo que fuera placentero para
nosotros, igual que ese esfuerzo era placentero para monsieur Bertin?

Así es como los bárbaros se han inventado al hombre, horizontal. Se les debe de haber pasado por la cabeza una
idea como la siguiente: ¿y si yo empleara todo ese tiempo, esa inteligencia, esa aplicación, para viajar por la superficie,
por la piel del mundo, en vez de condenarme a bajar a fondo? ¿No podría ocurrir que el sentido custodiado por la Novena
se volviera visible si lo dejáramos vagar en libertad por el sistema sanguíneo del saber? ¿No es posible que cuanto de vivo
hay ahí adentro sea lo que es capaz de viajar horizontalmente, por la superficie, y no lo que yace, inmóvil, en el fondo?
Tenían enfrente el modelo del burgués culto, inclinado sobre el libro, en la penumbra de un salón con las ventanas cerradas
y las paredes acolchadas: lo sustituyeron, de un modo instintivo, por el surfista. Una especie de sensor que persigue el
sentido allí donde se encuentre vivo sobre la superficie, y que lo sigue por todas partes de la geografía de lo existente,
temiendo la profundidad como se teme un precipicio que no llevaría a nada, salvo a la aniquilación del movimiento y, por
tanto, de la vida. ¿Opináis que algo semejante no requiere esfuerzo? Claro que lo requiere, pero es un esfuerzo para el
que los bárbaros están constituidos: para ellos es un placer. Es un esfuerzo fácil. Es el esfuerzo en el que se sienten grandes,
y seguros de sí mismos. Mister Bertin.

La idea del surfista. ¿Sabéis una cosa? Sería necesario llegar a pensar que no es un modo de conseguir eliminar la
tensión espiritual del hombre, y de aniquilar el alma. Es una forma de superar la acepción burguesa, decimonónica y
romántica de esa idea. El bárbaro busca la intensidad del mundo, del mismo modo que la perseguía Beethoven. Pero tiene
sus propios caminos, que para muchos de nosotros son inescrutables o escandalosos.

¿He sido capaz de explicarme? Bien mirado, hay una buena razón para deshacerse del alma, o por lo menos de esa
alma que hoy en día nosotros seguimos cultivando. No es un pensamiento imposible, me gustaría que esto lo
comprendierais. Y éste es el motivo por el que, en la próxima entrega, voy a intentar esbozar otra buena razón para
deshacerse de monsieur Bertin. Tiene que ver con el sufrimiento, y con la guerra.

GUERRA
Un apunte más -el último, lo jurosobre esta historia del alma, de la espiritualidad burguesa, del rito de la
profundidad. Cuando pienso en qué es lo que puede inducir a los bárbaros a dar al traste con todo esto, no consigo dejar
de pensar que también tiene que ver no sólo, pero tambiéncon la memoria de lo que sucedió en el siglo pasado. Casi como
si fuera la sedimentación de un sufrimiento ilimitado, generado por dos guerras mundiales y una guerra fría en el umbral
del holocausto nuclear. Como si hubiera pasado de padres a hijos el shock de ese largo terror, y se hubieran jurado que
eso, y de esa manera, ya no volvería a suceder. No lo tomaría yo como una nueva vocación por la paz, yo no me esperaría
tanto: pero creo, por muy desagradable que resulte decirlo, que ese largo hálito de sufrimiento suscitó,
inconscientemente, una arraigada desconfianza hacia el tipo de cultura que generó todo eso, o que cuando menos lo
permitió. Deben de haberse preguntado, de la forma más simple, y en algún oculto recodo de su mente: ¿no será que
precisamente esa idea de espiritualidad y de culto a la profundidad se encuentra en la raíz de ese desastre?

23.
Alessandro Baricco.
Preguntas como éstas son difíciles de asimilar: uno se imagina el aire impertinente con el que el último de los
llegados, ayuno de toda reflexión, tan orgulloso de su rudimentario bagaje mental propio, descarga sobre lo mejor de la
inteligencia de los siglos XIX y XX la responsabilidad de un desastre. Cuando nosotros sabemos que fue precisamente un
debilitamiento semejante del límite de la reflexión lo que permitió a las masas confundir un aparente sentido común con
una inteligencia revolucionaria, Poniendo sus cerebros en reposo al servicio de visiones delirantes. Pero, pese a todo, esa
pregunta señala una duda que de forma subterránea debe de haber ido madurando con el tiempo, hasta llegar a
convertirse en un tácito lugar común: la pregunta apunta directamente a esa desconcertante continuidad entre el sistema
de monsieur Bertin y el horror que cronológicamente le siguió: y se pregunta si se trata tan sólo de una coincidencia.

Me gustaría dedicar unas páginas a las respuestas que se han dado a esa sospecha, pero no es éste el libro
apropiado. Lo que aquí nos importa es percibir que, sea cual sea la respuesta, se trata de una pregunta legítima y que de
ninguna manera ha surgido de la nada. Pensad aunque sea sólo en esto: es lógico imaginar que esa pretensión de
espiritualidad, de nobleza de alma y de pensamiento representase para muchos burgueses un objetivo tan necesario como
dificultoso; y es lógico pensar que mucha de esa tensión espiritual, que en vano buscarían tantos individuos en su interior,
haya ido fluyendo hacia la perspectiva más cómoda de una espiritualidad colectiva, general: la idea, elevada, de nación, y
hasta incluso de raza. Lo que no se podía hacer aflorar con facilidad en la pequeñez del individuo, resultaba evidente en
el destino de un pueblo, en sus raíces míticas y en sus aspiraciones. El hecho de que una acumulación de sentido como
ésa se concentrara de forma obsesiva en un ideal circunscrito y, en el fondo, inmaduro, el de la identidad nacional, puede
ayudarnos a comprender cómo en un tiempo relativamente breve la defensa de ese perímetro mental sentimental llegó
a convertirse en una cuestión de vida o muerte. Una vez emprendido un camino casi darwiniano en el que el elemento
espiritualmente más noble maduraba el derecho al dominio, ya no era tan sencillo detenerse a la distancia justa del
desastre. La propia cultura burguesa, además, no parecía tener en sí misma el antídoto para una escalada de ese calibre.
Al matadero de las dos guerras mundiales llegaron en calidad de protagonistas culturas como la alemana, la francesa, la
inglesa, o sea, exactamente las mismas que habían concebido la civilización de la profundidad y de la espiritualidad laica:
aun sin pretender atribuirles responsabilidades concretas, no es ninguna idiotez señalar una continuidad desconcertante.
Uno puede que se olvide hasta de cómo era el entourage de Cosima Wagner,* pero no puede dejar de constatar, por lo
menos, cómo tanta inteligencia capital y tanta sublime diligencia fueron incapaces de hacer más difícil el hecho de concebir
y hacer realidad una idea como la de Auschwitz.

Que existía un talón de Aquiles en el sistema de monsieur Bertin, y que coincidía precisamente con su falta de
antídoto y, en consecuencia, con su identidad potencial de veneno incontenible, letal, era algo que, por otra parte, no se
les escapaba a los más avisados. Una forma de comprender las vanguardias consiste en darse cuenta de hasta qué punto
esos hombres, a las puertas del desastre, intentaron la acrobacia suma: implantar antídotos en la sangre de la civilización
burguesa y romántica. En términos generales, no se les pasaba por la cabeza desmantelarla, sino utilizar sus principios
fundacionales para crear un contramovimiento que la salvara de la autodestrucción. En cierto sentido, fueron el último
intento técnicamente sofisticado para salvar el alma, llevándola de nuevo a una inocencia posible. Ahora nosotros
sabemos que fue un intento tan refinado como fallido: lo que ocurrió fue que la gente -sí, la genteno adoptó esas voces
como su voz propia. Las vanguardias pronunciaban las frases que todo el mundo necesitaba, pero lo hacían en una lengua
que no llegó a ser la lengua del mundo. Hoy pueden contarse con los dedos de una mano las obras que, surgidas en el
seno de las vanguardias, se han convertido en iconos colectivos. No hay ni una sola composición de Schónberg* que haya
llegado a tanto. Y cito al más grande, en términos musicales. Esto no tendría que sonar como un juicio de valor: el valor
de esas trayectorias artísticas no es algo para discutir aquí: únicamente quería explicar que si hubo alguien que intentó
invertir esa extraña continuidad entre cultura burguesa y desastre del siglo XX, no lo hizo, pese a todo, en los modos que
le habrían permitido a la gente ir detrás de semejante contramovimiento. Eran mensajes dentro de una botella, y siguieron
siendo eso. Los numerosos monsieur Bertin que de buena gana se habrían alejado del desastre, de hecho siguieron
huérfanos de una bandera, de la que fuera.

Los bárbaros tienen escaso aprecio por la historia. Pero lo cierto es que el movimiento instintivo con que evitan el
poder salvífico del alma se parece mucho al del niño que se aleja del tubo de escape con el que se quemó Es poco menos
que un razonamiento: es un movimiento nervioso, animal. Buscan un contexto (una cultura) en el que un siglo como el XX
vuelva a ser absurdo, como tendría que habérseles aparecido incluso a quienes lo fabricaron. Y si pensáis en el surfing
mental, en el hombre horizontal, en el sentido disperso en la superficie, en la alergia a la profundidad, entonces podréis
intuir algo sobre el animal que va a buscarse un hábitat que lo proteja del desastre de sus padres. El escaso tiempo que
los bárbaros dedican a los pensamientos ¿no os parece un sistema para prohibirse ideas que puedan generar idolatrías? Y
ese modo de buscar la verdad de las cosas en la red, y que mantienen en la superficie con otras cosas, ¿no os parece una
estrategia infantil pero precisa para evitar hundirse en el abismo de una verdad absoluta y fatalmente parcial? Y el miedo
a la profundidad ¿no es tal vez, también, un reflejo condicionado del animal que ha aprendido a desconfiar de cuanto
tiene raíces demasiado profundas, tan profundas que se acercan al peligroso estatuto del mito? Y la continua degradación
de la reflexión, que va a buscarse formas vulgares y pastiches impensables, ¿no os parece hija del instinto de llevar siempre
Los bárbaros. Ensayos sobre la mutación.

consigo un antídoto contra las ideas propias, antes de que sea demasiado tarde? Si pensáis en el tema, se trata de
movimientos que podéis encontrar, todos, punto por punto, en los gestos de impaciencia de las vanguardias: lo que ocurre
es que aquí se obtienen con un movimiento natural, no con un doble salto mortal de la inteligencia. (Estaré loco, quizá,
pero de vez en cuando pienso que la barbarie es una especie de inmensa vanguardia convertida en sentido común. El
sueño de Schónberg, que el cartero silbara por la calle música dodecafónica, se ha hecho realidad de una manera perversa:
el cartero existe, no es nazi, silba, lo que ocurre es que la música es la de Vodafone. Hay algo ahí que aún tenemos que
comprender...) En fin: que tienen miedo a pensar en serio, a pensar a fondo, a pensar en lo sagrado: la memoria analfabeta
de un sufrimiento sobrellevado sin heroísmos debe de chisporrotear, en algún lado, en ellos. ¿No es una memoria que
deba respetarse? ¿O, por lo menos, comprenderse?

Era lo justo para poneros la mosca detrás de la oreja. Era una especie de entrenamiento para acostumbraros a
pensar lo lógica, lo razonable que puede ser, contra toda lógica y razón, la idea de desmantelar el alma. De ir a buscarla a
otra parte. Drásticamente, en otra parte. Si uno no da un paso de este tipo, los bárbaros siguen siendo un ente
incomprensible. Y a todo lo que no se comprende, se le tiene miedo.

A propósito de los bárbaros, aquí tenemos algo inútil: tenerles miedo.

Dado que me había impuesto la tarea de intentar dibujarlos, como un naturalista de otra época, lo único que
necesitaba era ponerme, junto con vosotros, las lentes apropiadas para verlos. Ahora que lo he hecho, puedo llevaros a la
última parte de este libro. Una serie de bocetos: dibujitos de los bárbaros. Tengo pensado volver hacia atrás para ver de
nuevo algunas de sus aparentes aberraciones e identificar ahí el perfil de una figura, a la luz de las cosas descubiertas hasta
aquí. Intentémoslo.

Retratos
ESPECTACULARIDAD
Qué placer cuando superas la cumbre de una colina y, un libro, vislumbras el descenso. Para quien escribe y para
quien lee.

No sé si os he convencido, pero pretendía explicaros que los bárbaros tienen una lógica. No son una célula
enloquecida. Son un animal que quiere sobrevivir, y que tiene sus ideas sobre cuál es el mejor hábitat donde conseguirlo.
El punto exacto en el que se dispara su diferencia es la valoración de lo que puede significar, hoy en día, adquirir
experiencia. Podríamos decir: encontrar el sentido. Es ahí donde ellos ya no se identifican con el manual de buenas maneras
de la civilización que les toca; y que, a sus ojos, ofrece únicamente retorcidas no-experiencias. Y vacíos de sentido. Es ahí
donde se dispara esa idea suya de hombre horizontal, de sentido distribuido en la superficie, de surfing de la experiencia,
de redes de sistemas de paso: la idea de que la intensidad del mundo no se da en el subsuelo de las cosas, sino en el fulgor
de una secuencia dibujada en la velocidad, en la superficie de lo existente. No sabría valorar si se trata de una idea buena
o no, y tal vez ni siquiera es lo que quiero hacer en este momento: lo que ahora me interesa, por el contrario, es recordar
cómo todos los rasgos inoportunos y escandalosos que nosotros reconocemos en el estilo bárbaro se establecen a la luz
de ese primer movimiento. A lo mejor después seguirán siendo) elecciones que no compartimos, pero es importante
comprender que son secciones de un paisaje coherente y fundamentado. Soy consciente de que desde las primeras
páginas de este libro os estoy dando la lata con esta historia de la coherencia bárbara, y de que no son una enfermedad
sin explicaciones, y de que el animal es uno solo, y de que es Inútil que os quedéis juzgando únicamente la pata izquierda,
etc., etc.; pero mirad, es la única posibilidad de rescatar la molestia y el horror hacia los bárbaros de la inutilidad de un
desahogo en el bar, y de la vergüenza de la ironía intelectual. Así que lo que voy a hacer en este bendito descenso es
apuntar una serie de síntomas de la barbarie y situarlos de nuevo en ese paisaje que es el suyo. Como decía hace algunas
entregas: unir las patas al cuerpo, y el aullido al animal, y ese correr a una única hambre inteligente. No me voy a extender
mucho. Se trata casi únicamente de principios de pensamiento. Pero me interesaba explicaros este gesto. Después, si os
apetece, seguid un poco por vuestra cuenta. ¿Preparados? Pues entonces,, empiezo, sin orden ni concierto. Lo que salga,
saldrá.

1. Espectacularidad
Cuando digo espectacularidad es por utilizar un eufemismo. En realidad, estoy hablando de todo un conjunto de
cosas inoportunas que giran alrededor de expresiones como seducción, virtuosismo, doping, y de adjetivos como fácil,
resultón, servil. Ya se trate de vinos, de maneras jugar al fútbol, de libros, o de edificios, buscad los comentarios de la
civilización respecto a las invasiones bárbaras y os encontraréis con frecuencia por lo menos con una de esas expresiones.
El malestar es auténtico, y da fe de una civilización en la que, resulta evidente, se había establecido una idea bastante

25.
Alessandro Baricco.
precisa del equilibrio que debe existir, en cualquier artefacto, entre la fuerza de la esencia y el rasgo seductor de la
superficie. Si no os parece mal, el término totémico de kitsch define bastante bien el límite de ese equilibrio: cuando el
rasgo seductor se desborda por encima de lo lícito o, peor aún, se muestra en ausencia de cualquier clase de esencia digna
de ser señalada, se dispara el kitsch. Todo muy lógico.

Agrego un matiz que a mí me parece fundamental. Tendréis que acordaros de monsieur Bertin y de uno de sus
ideales: el esfuerzo. Lo que en la espectacularidad suele suponer una molestia es su nexo con la facilidad y, por tanto, con
la mengua del esfuerzo. Se trata de un fenómeno atestiguado por la deriva léxica que a menudo nos lleva, con un
automatismo incauto, desde la palabra espectacular, o dopado, a palabras como resultón o servil. En realidad las cosas no
son tan sencillas.

Pensad en este ejemplo: ¿hay algo más espectacular y dopado que la prosa de Gadda? En la literatura, poco. Pues,
entonces, ¿cómo es posible que, como por encanto, esas expresiones no nos parezcan, en su caso, negativas? Una de las
posibles respuestas es: porque esa espectacularidad, y el uso dopado del lenguaje crean dificultades, no facilidades:
multiplican el esfuerzo y, a través del mismo, nos llevan al subsuelo. En cierto sentido, son lo mejor que la civilización
pueda llegar a desear: todo el placer de la espectacularidad, del virtuosismo, de la seducción, legitimado por un gran
esfuerzo y por un reconocible viaje a fondo.

Pero la espectacularidad de los bárbaros no implica esfuerzo. La espectacularidad, en lo que hacen, aparece
únicamente como un atajo, una simplificación, una droga. Además, a menudo parece unida de hecho a una esencia casi
casi imperceptible, pero en todo caso quebradiza, procedente de modelos suministrados por la civilización, rumiados y
erosionados. Poned ambas cosas juntas y tendréis una idea del desdén que siente el hombre civilizado cuando se
encuentra ante el bárbaro.

Desde su punto de vista, indudablemente, está cargado de razones.

Pero el punto de vista del bárbaro, ¿cuál es?

De entrada, a él el esfuerzo le importa un comino. No porque sea estúpido (o no siempre, vamos), sino porque
para él, como hemos visto, éste no es un valor. O mejor dicho: al no tratarse ya de un placer, como lo era para monsieur
Bertin, no es un valor. Con un empeño que resulta admirable, el bárbaro ha dejado de creer que el camino para el sentido
pasa por el esfuerzo, y que la sangre del mundo discurre en profundidades donde tan sólo un duro trabajo de excavación
podría alcanzarla. A muchos de nosotros sigue pareciéndonos una postura arriesgadísima, pero lo cierto es que es así. En
consecuencia, el bárbaro hace desaparecer uno de los criterios para sospechar de la espectacularidad. Lo bonito es ver
cómo desintegra el otro.

Si, de hecho, vosotros creéis que el sentido aparece en forma de secuencia y con el aspecto de una trayectoria
trazada a través de puntos distintos, entonces lo que realmente apreciáis es el movimiento: la posibilidad real de moveros
de un punto a otro en el tiempo suficiente para impedir que se desvanezca la figura en su conjunto. Ahora bien: ¿qué es
lo que genera ese movimiento, qué lo mantiene vivo? Vuestra curiosidad, seguro, vuestras ganas de adquirir experiencia:
pero eso no sería suficiente, creedme. El propulsor de ese movimiento es alimentado, también, por los puntos por los que
pasa: que no consumen energía, como sucedía con monsieur Bertin (el esfuerzo), sino que la suministran. En la práctica,
el bárbaro tiene la oportunidad de construir verdaderas secuencias de experiencia únicamente si en cada estación de su
viaje recibe un impulso ulterior: no son estaciones, son sistemas de paso que generan aceleración. (Perdonadme esta jerga
de físico, pero es para entendernos. Es física de la mente, por decirlo de algún modo.) Podría afirmarse que la pesadilla
del bárbaro es quedar atrapado en los puntos por los que transita, o ser frenado por la tentación de un análisis, o incluso
ser detenido por un inesperado desvío hacia el fondo. Por eso tiende a buscar estaciones de paso que, en vez de retenerlo,
lo expelen. Busca la cresta de la ola para poder surfear de maravilla. ¿Dónde la encuentra? Donde hay eso que nosotros
llamamos espectacularidad. La espectacularidad es una mezcla de fluidez, de velocidad, de síntesis, de técnica que genera
una aceleración. Encima de la espectacularidad, uno va dando saltos. Salpica. Da energía, no la consume. Genera
movimiento, no lo absorbe. El bárbaro va donde encuentra la espectacularidad porque sabe que ahí disminuye el riesgo
de detenerse. Dicen: porque ahí disminuye el riesgo de pensar, ésa es la verdad. Sí y no. El bárbaro piensa menos, pero
piensa en redes indudablemente más extensas. Efectúa en horizontal el camino que nosotros estamos habituados a
imaginar en vertical. Piensa el sentido, igual que nosotros: pero a su manera.

Una vez leí esta frase: «Para quien trepa por la fachada de un edificio, no hay ornamento que no le parezca
utilísimo.» Tal vez fuera Kraus,* pero no pondría las manos en el fuego. En cualquier caso: es una imagen que puede
ayudarnos a comprender: lo que la civilización está habituada a considerar ornamento prescindible, para el bárbaro, que
escala fachadas y que no habita edificios, se ha convertido en esencia. Nunca conseguiréis alcanzar su manera de pensar
si no sois capaces de meteros en la cabeza que para él la espectacularidad no es una cualidad posible de lo que hace, sino
que es lo que hace. Es una condición previa de la experiencia: le es casi imposible acceder a hechos que no estén dotados
Los bárbaros. Ensayos sobre la mutación.

de esa capacidad generadora de movimiento: hechos espectaculares. Si antaño, por tanto, el equilibrio que había que
salvaguardar era el existente entre la fuerza de una esencia y la seducción de la superficie, para el bárbaro el problema se
presenta en términos completamente cambiados: porque para él la seducción es una forma de fuerza, y la superficie es el
lugar, extenso, de la esencia. Donde nosotros vemos una antítesis, o por lo menos dos elementos de distinta especie, él
ve un único fenómeno. Donde nosotros buscamos una respuesta, para él no existe la pregunta.

Así que, cuando la civilización critica, en el artefacto bárbaro, el rasgo servil, dopado, fácil, simultáneamente está
diciendo algo verdadero y algo falso. Es verdad que ese rasgo se encuentra presente, pero es falso que sea, por lo menos
desde la lógica bárbara, un defecto. Es sustancia, no accidente, como se diría en otra época. En ese rasgo el bárbaro
desintegra el tótem del esfuerzo (y toda la cultura que se derivaba del mismo) y se asegura la supervivencia del movimiento
(fundamento de su cultura). Obviamente, siguen existiendo criterios de buen gusto y de medida con los que juzgar, de vez
en cuando, el artefacto que ha quedado mejor y el que ha quedado peor. Pero creo que puedo afirmar que cuando
nosotros criticamos en el artefacto bárbaro el énfasis del rasgo espectacular, seductor, servil, nos parecemos a quien,
delante de una jirafa, moviera la cabeza señalando: patas y cuello demasiado largos, un horror. El problema es que eso no
es un caballo oblongo que ha quedado mal: es una jirafa. Un animal espléndido: hace mucho tiempo, era un regalo
especial, reservado a los reyes.

¿Queréis un ejemplo que posiblemente os lo aclarará todo? El cine.

2. Cine

Será en la próxima entrega, no obstante.

NOSTALGIA
2. Cine
Ejemplo de cómo la espectacularidad puede ser esencia en vez de atributo: el cine. La barraca de feria convertida
en arte. Toma a un lector del siglo XIX y haz que vea, pongamos, Full Metal Jacket (no digo Matrix, digo Full Metal Jaket):
antes de desmayarse, seguramente será capaz de percibir, con cierto disgusto, la espectacularidad indecorosa de ese
lenguaje expresivo: la velocidad, el montaje, los primeros planos, la música, los efectos especiales...: no hay duda de que
eso le parecerá horrorosamente fácil, dopado, servil. Según sus parámetros, lo es. Según los nuestros, no. Porque nosotros
al cine le reconocemos con prejuicio, y se lo perdonamos, una determinada esencia espectacular, necesaria para su existir.
En las películas hollywoodienses todavía nos entretenemos midiendo su rasgo espectacular, y valorando en qué medida
su presencia perjudica el sentido, la inteligencia, la profundidad. Pero, incluso ahí, se trata de un razonamiento un tanto
académico, que desentona con nuestra instintiva adopción de esas mismas películas como mitología de nuestro tiempo.
La diligencia* para un lector balzaquiano sería más bien despreciable: para nosotros es un clásico.

Y Por otra parte el cine (forma de expresión privilegiada de la cultura bárbara:


televisión, vídeo, videojuegos proceden de ahí...), y por otra parte el cine es casi un símbolo sintético, y totémico, del
proceder bárbaro: cómo restablecer en una unidad velozmente perceptible una trayectoria que pasa por puntos tan
distintos entre sí. Pensad aunque sólo sea en el punto de vista, el ángulo en que se sitúa la cámara: ¿cómo es posible
transformar en una única mirada (la tuya) ese ir y venir por puntos distintos, diseminados en el espacio? En la realidad,
nadie ve así. Pero en el cine sí vemos así. Y nos resulta más bien natural. Esa naturalidad necesita de cierto eclipse de la
Inteligencia: el rasgo espectacular del cine (en este caso, el montaje) es el doping artificial que genera esa naturalidad. La
espectacularidad permite la trayectoria que más tarde produce sentido: primero lo ofusca, luego lo ilumina.

Y, en un nivel más sofisticado, esa eterna prueba de fuerza entre el libro y la película, cuando hacen una
adaptación: llevar, no sé, una novela de Conrad* a la gran pantalla. Instintivamente, el cine abrevia, simplifica, encarrila...
La maravillosa libertad de cualquier libro es readaptada a u una espectacularidad que corre por la superficie, encadenando
escenas principales, martirizando en apariencia las profundidades insondables del texto. Pero también es cierto que, al
final, la película está ahí y es, a su manera, emocionante, y tiene una fuerza autónoma propia, y está perfectamente dotada
de sentido, e incluso modifica nuestra relación con el libro (ejemplo: Moby Dick de Houston): así que uno se pregunta si
lo que ha pasado en el fondo no será, una vez más, un clásico gesto bárbaro: han transformado el libro en un sistema de
paso. Desde su lógica, lo han salvado.

El cine como prototipo de todos los sistemas de paso. Un curso introductorio a la arquitectura de los bárbaros.

La mutación For Dummies.*

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Alessandro Baricco.
3. Nostalgia
No puede entenderse nada de los bárbaros sin comprender que la civilización de la que fueron eclipsados siguen
llevándola dentro de sí como una especie de tierra madre de la que no fueron dignos.

La nostalgia que conserva el pez de cuando vivía en tierra firme.

En serio: buscad siempre, en cada uno de los triunfo bárbaros, la nostalgia. Incluido, tal vez, el sutil complejo de
culpabilidad.

Extrañas vacilaciones, pequeños gestos, inesperadas concesiones a la profundidad, infantiles solemnidades.

La mutación es dolorosa: por tanto, imperfecta siempre, e incompleta.

4. Secuencias sintéticas
En su viajar con velocidad por la superficie del mundo buscando el perfil de una trayectoria a la que luego llama
experiencia, el bárbaro encuentra de vez en cuando estaciones intermedias de un tipo completamente particular. Yo qué
sé, Pulp Fiction, Disneylandia, Mahler,* lkea, el Louvre un centro comercial, la FNAC.* Más que estaciones de tránsito,
parecen ser, de distintas maneras, la sinopsis de otro viaje: una condensación de puntos radicalmente ajenos entre sí,
pero cuajados en una única trayectoria, concebida por alguien en nuestro lugar y que nos ha sido entregada por él. En este
sentido, le ofrecen al bárbaro una oportunidad valiosísima: multiplicar la cantidad de mundo coleccionable en su rápido
surfing. La ilusión es que si uno se detiene en esa estación, recorre en realidad todas las líneas ferroviarias que llegan hasta
allí. Si uno pasa por Pulp Fiction, pasa simultáneamente por una hermosa antología iconográfica del cine: de la misma
manera que, en tres horas en el Louvre, uno se lleva a casa una buena dosis de historia del arte. En una tienda de muebles
puedes encontrar la mesita de noche que te va bien, pero en lkea encuentras un modo de habitar, una determinada idea
coherente de belleza, tal vez incluso una manera particular de estar en el mundo (es un sitio donde la idea de devolver el
árbol de Navidad después de su uso se corresponde con una determinada idea de la habitacioncita para los niños). Todos
ellos son macroobjetos anómalos: yo los llamaría secuencias sintéticas. Nos sugieren la idea de que pueden construirse
secuencias propias eslabonando no tanto puntos concretos de realidad, sino concentrados de secuencias formalizadas por
otros. Un impresionante efecto multiplicador, hay que admitirlo. Quizá pueda afirmarse que, una vez conocidas, el bárbaro
haya escogido esas secuencias sintéticas como lugares de tránsito predilectos en su andadura: y cuando construye
estaciones de paso tiende a construirlas según ese modelo. Desde la librería-café al periódico que vende libros y discos
como suplementos, pasando por esos enormes centros comerciales donde incluso hay una iglesia, prevalece la idea
instintiva de que si uno pasa por un punto que contiene tres, o cien, puede llegar a coleccionar una impresionante cantidad
de mundo.

Por muy delirante que pueda parecer, una ambición como ésta es la única legitimación teórica para la pérdida de
sentido que dichas concentraciones de mundo generan de manera inevitable. Ejemplo: con la llegada de las gigantescas
librerías, la tan añorada relación con el librero de confianza que lo había leído todo y que lo sabía todo se ha ido a hacer
puñetas, y con ella, probablemente, también la posibilidad de que la anomalía del individuo y la libertad de las pasiones
consigan de manera fehaciente orientar el mercado con inteligencia. Pero lo que hace la gran librería, para compensar esa
pérdida, es presentarse como grandiosa síntesis de un viaje completo, poniendo a nuestra disposición pedazos de paisajes,
o encrucijadas de geografía, que en la pequeña librería eran invisibles. Al estudiar el ticket de alguien que sale de la FNAC,
se tiene una percepción física de secuencias de consumo (para los bárbaros, por tanto, de experiencia) que ninguna
pequeña tienda sería en modo alguno capaz de crear. Este tipo de fuerza, de sentido desplegado, es lo que el bárbaro
buscan: tal vez hasta intuye el precio que paga para obtenerlo: pero, en última instancia, está dispuesto a pagarlo.

Para entender hasta el fondo el problema, falta todavía una tesela. Podría objetarse que un libro de Flaubert
también era, y es, una secuencia sintética: un viaje formalizado, sintetizado, preparado para ser consumido sin moverse,
uno de casa. E indudablemente es verdad. Pues, entonces, ¿por qué él no y Disneylandia sí? ¿Qué diferencia existe?
¿Únicamente que Flaubert es inteligente y Disneylandia no, por lo que el bárbaro va más a ver a Goofy que a Madame
Bovary? Si una respuesta de esta clase es la apropiada, lo es, creo yo, en un número de casos más bien insignificante.
Existe algo más sutil. No tenéis que olvidar que el bárbaro busca tan sólo y siempre sistemas de paso: quiere estaciones
intermedias que no ahoguen su movimiento, sino que, por el contrario, lo generen de nuevo. Cuando se acerca a las
secuencias sintéticas (porciones sólidas de mundo cuajadas en un único punto) sabe que corre un riesgo: quedarse
empantanado en ellas. Esas estaciones prometen una convergencia de fragmentos de mundo tal que existe el peligro de
que se conviertan en estaciones finales: es el fantasma de la vía muerta. Por eso el bárbaro prefiere esas secuencias
sintéticas que conservan una especie de ligereza y de fluidez estructural: son capaces de hacer que el paso que las cruza
se vuelva más rápido, y que sea imposible un arraigo excesivo de la atención. A menudo, una acrobacia semejante suele
resumirse en una palabra: espectacularidad. Utilizada en un sentido amplio, pero la palabra es ésa. La espectacularidad
generadora de movimiento es el secreto de Disneylandia y, en general, de todas las secuencias sintéticas que están en
boga en la actualidad. (Aun en el caso de que Flaubert fuera capaz, no era esto lo que le interesaba: él trabajaba para
Los bárbaros. Ensayos sobre la mutación.

monsieur Bertin.) Naturalmente, en esa palabra espectacularidad hay un poco de todo lo que la civilización no bárbara
sufre: la facilidad, la superficialidad, los efectos especiales, la libido comercial, etc. Son todas ellas significativas pérdidas
de sentido, a sus ojos. Un gota a gota infernal. Pero deseaba explicaros que, en cambio, para el bárbaro son las condiciones
previas para su movimiento: son el precio que se debe pagar (para él, pueril) a la vista del premio de la experiencia.

PASADO
5. Pasado
Si hay, pues, algo que haga enfurecer a la civilización es el tipo de relación que los bárbaros mantienen con el
pasado. No tanto con la historia pasada: es con la cultural del pasado. Y éste es un asunto interesante.

Por regla general, la civilización se sigue rigiendo todavía según los preceptos de monsieur Bertin: la cultura del
pasado representa el lugar de nuestras raíces y, por tanto, es el lugar del sentido por antonomasia. Yo qué sé: Dante, la
catedral de Reims, las sinfonías de Haydn. Para acceder a todo ello es necesario hacer un gran esfuerzo, remontar la
corriente del tiempo y adueñarse de las lenguas, en las que, ahí, el sentido se encuentra referido: el minero se vuelve
arqueólogo y traductor y, con una atención infinita, trabaja para recuperar los restos antiguos, y tiene mucho cuidado en
no romperlos. Luego los limpia, cuando es necesario ensambla los fragmentos, los estudia, y los pone en un museo. Es el
tipo de rosario que a monsieur Bertin le arrebataba. En la actualidad, es el protocolo oficial de nuestra relación con el
pasado. Legiones de sacerdotes y guardias intelectuales van pasándose el testigo, cada día, para legarlo a la posteridad.
Se gastan asombrosas sumas de dinero público, sin que nadie se inmute, para asegurarse de que la gente lo respete. Yo lo
resumiría así: el pasado es uno de los lugares privilegiados del sentido: hay que comprender que nunca ha terminado, y
que revive en cada gesto que sabe rescatarlo del olvido. Saber rescatarlo del olvido es un asunto de esfuerzo, rigor, estudio
e inteligencia. Voilá.

La idea de los bárbaros, a este respecto, es radicalmente opuesta. La resumiría así: el pasado, como dice la misma
palabra, es pasado. Fin de la discusión.

Y, llegados a este punto, habría para tirarse del pelo. Pero intentemos seguir adelante.

Bien mirado, el pasado no se encuentra ausente en absoluto del imaginario colectivo de los bárbaros. Digamos
que está presente, y mucho, pero de una manera peculiar. El pasado está en la mente de los bárbaros como las cosas
viejas o antiguas están en los cómics o en las películas de ciencia ficción. Como un monóculo en el rostro de un alienígena
que está a punto de invadir la tierra. Como un arco gótico en el palacio del rey de los malos. Como la empuñadura de
madera de la pistola desintegradora. Sí, dicen, vale, pero, exactamente, ¿qué significa? Voy a intentar explicarlo. Para los
bárbaros el pasado es un vertedero de ruinas: ellos van, miran, se llevan lo que les resulta útil y lo utilizan para construirse
sus casas. Son como aquellos que erigían basílicas cristianas utilizando los escombros de un templo pagano en ruinas: y
ensamblaban pedazos de columnas para sostener techos que esas columnas nunca habrían llegado a imaginarse.
¿Empezáis a comprender? Para el modelo de monsieur Bertin, lo que uno habría tenido que hacer era erigir de nuevo el
templo pagano ¡exactamente como era! Y, en cambio, esos otros: un trozo de aquí, otro trozo de allá, y aquí tenemos ya
una hermosa basílica cristiana. ¡No había guardias que vigilaran ni existían ministerios de cultura!

También podría decirse así: los bárbaros trabajan con esquirlas del pasado transformadas en sistemas de paso.
Mientras que para nuestro modelo cultural el pasado e,,, un tesoro sepultado, y poseerlo significa excavar hasta
encontrarlo, para el bárbaro el pasado es lo que, del pasado, sale a la superficie y entra en red con esquirlas del presente.
Son como balsas supervivientes de un naufragio y llegadas hasta nosotros flotando en el corriente indescifrable sentir
colectivo. Siguen siendo esquirlas, relictos, fragmentos: nunca es la acabada solemnidad de una nave completa que escapa
a la tempestad del tiempo: sino un mascarón, un par de zapatos, la caja de un sombrero. Ismael* fue el único que se salvó,
¿os acordáis? Lo encontraron cogido a un ataúd flotante.

Ataúdes flotantes, llevados por la corriente, eso es el pasado para los bárbaros.

Un corolario fascinante para semejante posición es éste: el pasado se sitúa en una única línea, que puede definirse
como lo que ya no existe. Mientras que para la civilización precisamente el hecho de medir a cada oportunidad la distancia
con el pasado, y de colmarla, y de entenderla, es el meollo del asunto, llevado a término por la sublime pericia del
arqueólogo y del exégeta, para el bárbaro esa distancia es estándar: la columna griega, el monóculo, el colt y la reliquia
medieval están situados en una única línea, y apilados en el mismo vertedero. En cierto sentido, también son fácilmente
localizables: no hay ninguna necesidad de remontarse hacia atrás de ninguna manera: uno alarga la mano y ahí están.
Puede que la cosa nos dé asco, incluso, pero no olvidéis que una relación con el pasado como ésa no es inédita para los
seres humanos de Occidente, y que tiene sus nobles precedentes. Sé que no vais a creéroslo, pero es verdad: los héroes

29.
Alessandro Baricco.
de la Ilíada, por ejemplo, no eran la reconstrucción filológica de una determinada civilización real, sino el imaginario
maridaje de pasados estratificados y situados todos en una única línea absurda: para el público del siglo VIII a. C.,
imaginarse a Aquiles bajando al campo de batalla debía de ser como, para nosotros, imaginarnos a un superhéroe vikingo
al volante de un Ferrari sin gasolina, tirado por ocho caballos, armado con un arco de tungsteno, el ¡Pod en el bolsillo de
su túnica de caballero cruzado (en el audio: canto gregoriano y sax): cuando habla, habla en latín. Cuando canta, canta La
Marsellesa. Es un suponer: puede que os dé asco, pero ya ha ocurrido. Y los poemas homéricos se hacían con ideas
extravagantes de esa clase. Y, además, en la misma época de monsieur Bertin, ¿qué era Ivanhoé* sino un maridaje de ese
tipo? ¿Y qué os parece el antiguo Egipto de la Aída? Monsieur Bertin establecía la línea, pero luego, a la chita callando, esa
gente hacía lo que le parecía, orgullosa de una esquizofrenia que, como veremos, hemos heredado alegremente.

De manera que, resumiendo, la civilización nos enseña un descenso consciente y culto al pasado, con el objetivo
de llevarlo de nuevo a la superficie en su autenticidad. Los bárbaros construyen con los escombros, y aguardan balsas
flotantes con las que construirse la casa y decorarse el jardincito. Requiere tanto esfuerzo la primera solución, y es tan
lúdica la segunda, que a los órganos de control de la civilización (escuela, ministerios, medios de comunicación) les cuesta
mucho trabajo impedir a toda la colectividad deslizarse pendiente abajo hacia la barbarie. Por ello a estas alturas la
disciplina se fortalece hasta hacerse culto, y la vigilancia es obstinadísima. Se repite sin cesar el axioma según el cual la
utilización del pasado que hacen los bárbaros se corresponde con la que hace la civilización como una hamburguesa de
McDonald's se corresponde con un asado al barolo. La gente finge creérselo. Pero en el fondo sabe que el axioma
verdadero es otro: el pasado de los bárbaros se corresponde con el de la civilización de la misma manera que comer una
hamburguesa de McDonald's se corresponde con mirar un asado al barolo. En esta intuición, la gente constata la
convicción, típicamente bárbara, de que el pasado es útil sólo cuando y donde puede convertirse, de inmediato, en
presente. Cuando uno puede consumirlo, comerlo, transformarlo en vida. La relación con el pasado no es un principio
estético, no es forma de elegancia: es la respuesta a un hambre. El pasado no existe: es un material del presente.
Probablemente será verdad, piensa el bárbaro, eso de que el asado al barolo es más bueno que esta horrorosa
hamburguesa: pero yo tengo hambre aquí y ahora, y si tengo que ir hasta las Langas para comer esa gloria, voy a llegar
muerto allí. Sobre todo desde que el camino para las Langas se ha convertido en un viaje larguísimo, selectivo, sofisticado,
elitista y un auténtico coñazo. De manera que aquí me quedo. Y me como mi hamburguesa, escuchando en mi iPod Las
estaciones de Vivaldi, en versión rock, leyendo al mismo tiempo un manga japonés, y sobre todo invirtiendo diez minutos,
diez, así salgo de nuevo a la calle, y ya no tengo hambre, y el mundo está ahí, para ser atravesado. Es una postura discutible.
Pero es una postura: no es ninguna locura.

Tal vez la verdadera línea de resistencia al saqueo bárbaro del pasado la encontraría una civilización que, en vez
de cuestionar de manera obsesiva la legitimidad de ese gesto, se lanzara a juzgar lo que hacen los bárbaros con el botín
de sus rapiñas. Al final, lo que debería ser importante es saber qué hacen con ellos, con esos desechos. Una cosa es
construir basílicas, y otra es utilizar capiteles corintios para hacerse con ellos una barbacoa. Comoquiera que a menudo
suelen hacerse una barbacoa, sería necesario tener un amplio espacio para una crítica útil y salvífica. Sin embargo, por
regla general tengo que constatar que la civilización prefiere encastillarse en este lado de una confrontación de esa clase,
detrás de su personal Muralla china: siguiendo de manera obsesiva con su pretensión de que con esas piedras se
reconstruya el templo de Apolo, y nada más.

Es una batalla sensata, soy consciente de ello. Pero en el momento en el que uno se da cuenta de que la ha perdido,
¿sigue siendo sensato continuar librándola?

DEMOCRACIA
6. Técnica
Sistemas de paso, conocimiento como surfing, secuencias sintéticas, experiencias en forma de trayectoria: a estas
alturas tendríais ya que reconocer con facilidad las formas y la lógica del movimiento bárbaro. Así podréis comprender
una de las pocas objeciones sensatas y fundamentadas que la civilización puede alegar: es únicamente, técnica sin
contenido. Es decir: se trata de una forma de pericia, de acrobacia, de juego de prestidigitación: no obstante, no genera
ningún valor, o principio, o conocimiento. ¿Es eso verdad? Resulta difícil decirlo. Pero es verdad que, en el fondo, para el
bárbaro cualquier tesela del mundo se corresponde con cualquier otra: es su viaje, su propio surfing, su secuencia, lo que
las hace, de vez en cuando, significativas. Así, leer a Calvino, coleccionar películas de Moana Pozzi, comer comida japonesa,
ser hincha del Roma y tocar la viola da gamba se transforman en cosas que, en sí mismas, son equivalentes, que alcanzan
un significado particular únicamente gracias al gesto que las encadena a todas, poniéndolas en secuencia, y
transformándolas al final en experiencia. En la práctica, el sentido no se encuentra en las cosas: es generado por la técnica
de quien las percibe. No es una idea nueva, por supuesto, pero en el caso de los bárbaros resulta bastante inquietante:
dado que la técnica está, al fin y al cabo, al alcance de cualquier bárbaro, se hace necesario acostumbrarse a la idea de
que la secuencia elaborada por un perfecto idiota sea generadora de sentido y, por tanto, testimonio de una determinada,
e inédita, forma de inteligencia. En la práctica, acabaremos dando crédito a cualquier chorrada que se dé en forma de
Los bárbaros. Ensayos sobre la mutación.

secuencia superficial, veloz y espectacular: de la misma manera que en el pasado, por ejemplo, reconocíamos
automáticamente como arte cualquier pieza de música culta que se presentara con una forma peregrina e incomprensible.
Teniendo en cuenta que somos gente que ha llegado a exponer telas con un corte, y a estudiarlas y a pensar en ellas como
una importante encrucijada de la civilización, todos nosotros estamos en lista de espera para reverenciar al primer bárbaro
que coloque en secuencia, pongamos, a un niño con las entrañas abiertas, el juego de ajedrez y la Virgen de Fátima. El
peligro es real.

Por otra parte, quizá también sería oportuno preguntarse: ~era tan distinto en otras mutaciones históricas como,
por ejemplo, la Ilustración y el Romanticismo? ¿No eran ellas, también, unas técnicas? Y en todas las ocasiones en que
fueron utilizadas como técnica pura, virtuosismo, exhibición, ¿no produjeron ellas también cosas deplorables? ¿Y cuántos
bobos se convirtieron en héroes por el mero hecho de haber utilizado esa técnica, en el momento apropiado, y en los
países apropiados? ¿Tendría esto que inducirnos a condenar la Ilustración y el Romanticismo como mutaciones
desastrosas? ¿La música de Clayderman* nos dice algo acerca del valor de la de Chopin? ¿La existencia de seres humanos
que cuelgan en el salón de su casa puzzles enmarcados de paisajes suizos refuta la grandeza de la percepción romántica
de la Naturaleza?

Lástima que éstos sean únicamente principios de pensamientos. Aquí podríamos proseguir entrega tras entrega.
Tranquilos, no voy a hacerlo. Eso no quiere decir que no podáis hacerlo vosotros en vuestra habitación.

7. Democracia
¿Y si el advenimiento de la democracia fuera una de las primeras señales de la llegada de los bárbaros? ¡Terreno
minado! Podría detenerme aquí, pero en vez de eso continúo adelante, pese al peligro de saltar por los aires.

Queda poco por hacer: si los bárbaros son lo que yo he intentado describir aquí, la democracia tiene muchos rasgos
típicos del gesto bárbaro. Pensad en la idea de dispersar el sentido (que, en política, es el poder) sobre la superficie de
muchos puntos equivalentes (los ciudadanos) en vez de mantenerlo anclado en un único punto sagrado (el rey, el tirano).
Pensad en la idea de que el poder sea otorgado no al hombre más noble, ni tampoco al mejor o al más fuerte, sino al que
se dirigen más línks (más votado). Pensad en la convicción de que el poder no tiene ninguna legitimidad vertical (el rey era
el elegido de Dios), sino que tiene una legitimidad horizontal (el consenso de los ciudadanos): de manera que toda la
historia del poderse juega en la superficie, donde únicamente valen los hechos actuales y en nada interviene la
profundidad, donde, valdría la pertenencia a una dinastía o profesar una determinada religión. Pensad en la histórica, la
Fisiológica propensión de la democracia a hacer de la medianía un valor, optando sistemáticamente por aplicar las ideas
y las soluciones que encuentran el mayor consenso posible. Pensad en la velocidad con que la democracia pone de nuevo
en juego el poder, es decir, pensad qué son los cuatro años de las elecciones presidenciales americanas respecto a los
siglos de poder de una dinastía o a las décadas de un tirano. ¿No os resulta todo tan característicamente bárbaro? ¿Qué
significado tendrá esto? ¿No será acaso que la democracia es uno de los regazos de la civilización bárbara, uno de sus
lugares fundacionales? ¿O es tan sólo una ilusión óptica?

Qué útil sería tener a alguien capaz de dar una respuesta. Yo únicamente consigo entrever, a duras penas, la
pregunta. Que todavía se me hace más complicada si abandono toda clase de prudencia y me lanzo a señalar hasta qué
punto la democracia se asemeja a la barbarie especialmente en sus rasgos degradados. Los que tenemos delante de
nuestros ojos. Pongo dos ejemplos. ¿Os acordáis de la nostalgia? Algo que escribí en la entrega anterior: que no se puede
comprender nada de los bárbaros si no se comprende que su mutación siempre es imperfecta porque se ve condicionada
por una irracional nostalgia por el mundo que están destruyendo. Tal vez incluso por un sutil complejo de culpabilidad.
Eso es. ¿Qué tal os suena pensar que, probablemente, en la cúpula de las democracias occidentales, o sea, en USA, quienes
hayan ostentado el poder en los últimos años y lo ostentarán en los próximos, son y serán básicamente dos familias, Bush
y Clinton? ¿No es una forma per-versa de nostalgia por las queridas dinastías de toda la vida? Y decidir democráticamente,
como se ha hecho en Italia, dejarse gobernar simplemente por el hombre más rico del país, ¿no es una forma infantil de
autorrefutación nostálgica, de tardío replanteamiento? ¿Qué significa esta absurda forma de degradación con la que se
rehabilita, de manera enmascarada, al enemigo a quien se había derrotado? ¿No es la misma forma de nostalgia, y de
complejo de culpabilidad, que tiñe casi todos los gestos bárbaros? ¿No es el mismo tipo de imprecisión?

Y el segundo ejemplo, el último, luego ya lo dejo. Esta sensación de que la democracia a estas alturas es
únicamente una técnica que se mueve sin sentido, celebrando un único valor realmente reconocible, es decir, a sí misma.
No sé si es una perversión mía o un sentimiento compartido por muchos. Pero lo cierto es que muy a menudo existe la
duda de que hasta los principios de libertad, igualdad y solidaridad que fundaron la idea de democracia se han ido
deslizando hacia el trasfondo y que el único valor efectivo de la democracia es la democracia. Cuando se limitan las
libertades individuales en nombre de la seguridad. Cuando se debilitan los principios morales para exportar, con la guerra,

31.
Alessandro Baricco.
la democracia. Cuando se reunifica la complejidad del sentir político en la oposición de dos polos que lo cierto es que se
disputan un puñado de indecisos que han quedado ahí en medio. ¿No es el triunfo de la técnica sobre los principios? ¿Y
no se parece de manera sorprendente al mismo posible delirio bárbaro, que corre el peligro de santificar una mera técnica,
convirtiéndola en una divinidad que se apoya en un vacío de contenidos? Mirad a los ojos a la democracia y a la barbarie:
veréis la misma inclinación a convertirse en mecanismos perfectos que se disparan sistemáticamente sin producir otra
cosa que a sí mismos. Relojes que funcionan a la perfección, pero que no mueven ninguna manecilla.

AUTENTICIDAD
8. Auténtico
Una magnífica expresión que se utilizaba con fervor en tiempos de la civilización era ésta: lo auténtico. A menudo
lo poníamos en estrecha relación con otro término que nos era grato: el origen. Teníamos esta idea de que en el fondo,
en el origen de las cosas y de los gestos, se encontraba el lugar primigenio de su salida a la creación: allí, donde
comenzaban, se podía captar su auténtico perfil. Lo imaginábamos, obviamente, elevado y noble: y se medía la tensión
moral de un gesto, o de una idea, o de un comportamiento, precisamente midiendo su proximidad con respecto a la
autenticidad originaria. Era un modo más bien frágil de plantear las cosas, pero era claro, y felizmente normativo. Permitía
entrever una regla: y era una regla hermosa. Estéticamente apreciable y, por tanto, de alguna manera, fundada.

Pero ¿y ahora? Si hay algo que los bárbaros tienden a pulverizar son precisamente las nociones de auténtico y de
origen. Están convencidos de que el sentido se desarrolla tan sólo donde las cosas se ponen en movimiento, entrando en
secuencia unas con otras, por lo que la categoría de origen a ellos les suena más bien insignificante. Es casi un lugar de
soledad inalterada donde el sentido de las cosas todavía está por llegar. Donde nosotros veíamos el nido sagrado de lo
auténtico, de lo originario, ellos ven la caverna de una prehistoria en la que el mundo es poco más que una promesa.
Donde nosotros situábamos el existir por excelencia, auténtico y puro, ellos tan sólo perciben un momento inicial de
peligrosa fragilidad: para ellos, la fuerza del sentido está en otra parte. Está después.

Dicho así, produce impresión, pero traducido en algún ejemplo ya veréis como suena menos traumático. Marilyn
Monroe. ¿Cuál era la cara auténtica de esa mujer? ¿Le importa a alguien saberlo de verdad? ¿No es más importante
constatar lo que ha representado para millones de hombres, lo que fue y lo que es en el imaginario colectivo? Y si os dicen
que en realidad el sexo le resultaba molesto, ¿os va a importar mucho? Pongamos una hipótesis por un instante y
aceptemos que le resultara realmente, molesto: ¿no percibís hasta qué punto este rasgo auténtico, originario, no restaura
de ninguna de las maneras el sentido que esa mujer ha tenido para la cultura occidental? En su figura, lo que es realmente
auténtico es lo que de esa figura ha cristalizado en la percepción colectiva. Marilyn Monroe es Marilyn Monroe, no Norma
Jean Mortenson (que era su nombre auténtico y originario).

Trasladad un razonamiento como éste a cualquier acontecimiento: y tendréis el sentido, por ejemplo, de este
periódico que estáis leyendo. ¿Pensáis que en estas páginas se está intentando reconstruir la cara auténtica del mundo?
No hay ni rastro de semejante ambición. Lo que sí hay, en cambio, es un formidable talento (aquí y en todo el periodismo
contemporáneo) para cristalizar como realidad el frágil material que los hechos liberan al entrar en conexión con otros
hechos y con el público. Es como si ellos (los periodistas) fueran capaces, más que otras gentes, de seguir las trayectorias
de los hechos y de descubrir el punto exacto en el que éstas se entrecruzan con una atención colectiva, un nervio al
descubierto, una disponibilidad de ánimo: sólo ahí, en esa feliz conjunción, los hechos se convierten en realidad. ¿Cuánto
conservan de sus rasgos originales y, como decíamos, auténticos? Muy poco, por regla general. Pero esos rasgos, por
convención, se han convertido en residuos no esenciales. Algo como el nombre verdadero de Marilyn Monroe.

En este tipo de cosas el periodismo y en general los medios de comunicación representan de hecho la avanzadilla
de una barbarie triunfante. Más o menos de una manera consciente, llevan a cabo una lectura del mundo que desplaza el
baricentro de las cosas desde su origen hasta sus consecuencias. Nos guste o no, para el periodismo moderno el aspecto
importante de un hecho es la cantidad de movimiento que es capaz de generar en el tejido mental del público. A un nivel
extremo, un conflicto importante y sanguinario en un país de África para un periódico occidental sigue siendo una no-
noticia hasta el momento en el que entra en secuencia con porciones de mundo en posesión del público occidental. Sería
necesario, por ejemplo, que Bertinotti* no hablara nunca, ni siquiera tomándose un café: entonces sí podría convertirse
en noticia. Por muy absurdo que pueda parecer, es exactamente lo que esperamos de los medios de comunicación,
pagamos por tener esa clase de lectura del mundo. En eso nos alineamos, no se sabe cuán conscientemente, con una idea
de fondo, exquisitamente bárbara, que en teoría no compartimos pero que, en realidad, practicamos sin ninguna
dificultad: el sentido de las cosas no reside en un rasgo originario y auténtico propio, sino en la huella que de ellas se libera
cuando entran en conexión con otros fragmentos de mundo. Podría decirse: no son lo que son, sino aquello en lo que se
transforman. Sea como sea que se juzgue semejante modo de pensar, lo que aquí nos importa es percibir el rasgo bárbaro
del mismo: o sea, percibir que no se trata de una degradación dictada por una forma de locura, sino que es la consecuencia
de determinado modo de pensar el sentido del mundo: es el corolario de una lógica precisa. Discutible, pero precisa.
Los bárbaros. Ensayos sobre la mutación.

Por eso hoy en día se ha vuelto tan difícil remitirse i un sentido auténtico de nuestros gestos: porque nos
encontramos en equilibrio entre dos visiones del mundo \ tendemos a aplicar, simultáneamente, ambas. Por una parte,
conservamos aún templado el recuerdo de cuando el sentido de las cosas se le concedía a quien tuviera la pureza y el rigor
de remontar el curso del tiempo, y de arribar hasta el lugar de su origen. Por otra, ahora ya bien sabemos que únicamente
existe lo que se cruza con nuestras trayectorias, y a menudo existe tan sólo en ese momento: intuimos que es en el
momento de su máxima ligereza y velocidad cuando las cosas llegan a formar parte de figuras más amplias, donde nosotros
reconocemos la gravidez de una escritura, y donde hemos aprendido a leer el mundo. Así que deambulamos más bien
perdidos, añorando la época en que los gestos eran auténticos, y viviendo esta en que la autenticidad se ha convertido en
sinónimo de existencia.

No es que sea una posición particularmente cómoda.

9. Diferencia
Y ya que estamos en una entrega difícil, liquidemos también el asunto este de la diferencia. Algo que no resulta
fácil. Pero sí importante. También aquí es útil hacer referencia a la civilización prebárbara. Y sirvámonos de nuevo de la
música clásica como un ejemplo más claro que otros. ¿Cuál era el modelo de desarrollo de ese mundo? Quiero decir, ¿cuál
era su modo de crecer, de perfeccionarse, de transformarse? Por regla general, lo que determinaba el movimiento era un
paso adelante: una mejora, una superación, un progreso. Mozart lleva el sinfonismo de Haydn a nuevos cauces expresivos.
Beethoven lleva el sinfonismo de Mozart más allá del siglo XVIII. Schubert hace que salgan a la superficie las implicaciones
románticas del sinfonismo beethoveniano. Etc., etc. Toda la historia de la música resulta legible como una constante auto-
superación en la que cada paso continúa y completa el precedente. La unión de lo nuevo con lo viejo aseguraba la
autoridad; la liberación de lo nuevo respecto de lo viejo aseguraba el éxito. De este modo, el movimiento de un
determinado gesto creativo venía a parecerse a una floración progresiva que manifestara, al final, toda la riqueza de la
semilla primigenia. En los orígenes de un modelo dinámico como ése puede identificarse una convicción fuertemente
arraigada en el ADN de la civilización burguesa y romántica: la idea de que lo bello se encuentra unido indisolublemente
a una determinada forma de progreso. El gesto creador era valioso cuando producía un paso adelante, y lo nuevo era
valioso cuando llevaba lo viejo a su apogeo. Evidentemente inspirada en el culto al progreso aprendido en la cultura
científica (para esa civilización, un tótem indiscutible), una convicción de esa clase llevaba a interpretar el desarrollo de lo
humano como un ascenso casi objetivo, imparable, puesto en movimiento en cada ocasión por el genio singular de un
individuo particular.

Resulta útil comprender que, probablemente, para los bárbaros este modelo de desarrollo no significa casi nada.
No está en sintonía con su carácter. Probablemente ya no creen en el progreso tout court (aunque, ¿quién sigue creyendo
en él?). Con seguridad lo que tienen en la cabeza es otra idea de movimiento. El paso adelante es algo que no comprenden:
creen en el paso lateral. El movimiento se verifica cuando alguien es capaz de destrozar la linealidad del desarrollo y se
desplaza de lado. No acaece nada relevante salvo en la diferencia. El valor es la diferencia, entendida como una desviación
lateral del dictado del desarrollo. Fijémonos en la moda, por ejemplo. ¿Puede afirmarse que el pantalón bajo de cintura
es la superación del Levi’s 501? No lo creo. ¿O que el ombligo al aire es un paso adelante respecto a la minifalda? Absurdo.
La moda no se explica con la idea de un progreso lineal al que de, tanto en tanto diseñadores singulares le dan un genial
acelerón. Si uno va a ver el punto exacto en que el sistema cambia, lo que encuentra es poco más que un desplazamiento
lateral, la génesis de una diferencia. Vosotros diréis: vale, muy bien, pero ¿qué pinta aquí la moda? De acuerdo, pongamos
otro ejemplo y volvamos a la música. ¿Puede decirse que los Red Hot Chili Peppers o Madonna o Björk son la superación
de algo, o un paso adelante respecto a algo? Puede que también lo sean, pero éste no es el tema. Su éxito está fundado,
probablemente, más bien en la capacidad de dar un paso lateral, en su capacidad de generar una diferencia, sólida, bien
estructurada, autosuficiente. Por otra parte, ¿no es esto lo que buscan de manera obsesiva las multinacionales de la
música? Un sound diferente. No están buscando, de ninguna de las maneras, la superación de Springsteen. Buscan algo
diferente a Springsteen. Realizan un enorme esfuerzo para encontrarlo en esta época, y esto debería hacernos comprender
hasta qué punto el paso lateral no es nada fácil, al contrario, tal vez sea lo más difícil: cuando sería mucho más fácil
encontrar a un Schubert, después de un Beethoven. Pero los bárbaros no sabrían qué hacer con un Schubert. Buscan la
diferencia.

Una vez más: lo hacen porque es coherente con sus principios. Si el chisporroteo del sentido está inscrito en las
secuencias dibujadas por la gente a través de la jungla de las cosas factibles, el objetivo de cualquier forma de creatividad
no puede ser más que el de interceptar esas trayectorias y volverse una parte de las mismas: ¿no veis la necesidad de
moverse en el espacio? Con el paso lateral, toda tradición creativa va en busca del sentido donde éste se produce. En la
diferencia, y no en el progreso, es donde lo encuentra. Si os parece bien, precisamente el periodismo, que a estas alturas
ya es una forma de arte, os proporciona el ejemplo más claro: ya no cuenta el mundo, sino que produce noticias; es decir,

33.
Alessandro Baricco.
considera acontecimiento únicamente lo que se presenta como diferente respecto al día anterior. No lo que es su
desarrollo, su progreso, o, en el límite, su empeoramiento. La continuidad de la transformación será reconstruida más
tarde con cautela en los comentarios, o en los ocasionales reportajes que intentan reorganizar narraciones de mundo.
Pero la técnica de base del periodismo consiste hoy en día en una secuencia de pasos laterales que interceptan el sentido
del mundo, constatando todos los desvíos laterales. Aquí también tenemos un desarrollo horizontal, en el espacio y en la
superficie, que sustituye al camino vertical de la profundidad y de la comprensión. Aparentemente, es una ruina: pero,
entonces, ¿cómo es posible que luego, cada mañana, sea eso lo que buscamos?

EDUCACIÓN
10. Esquizofrenia
Si es verdad que nos encontramos en medio de ti¡¡ choque entre civilización y barbarie, no resultará una pérdida
de tiempo detenernos un momento para comprender de qué lado están las instituciones a las que encomendamos la tarea
de la educación. Los hornos oficiales donde se ponen a cocer nuestros cerebros. Escuela y televisión, diría yo: por ahí pasa
el grueso de la formación colectiva. Hay muchas otras cosas más, naturalmente, pero si queremos observar los dos hornos
mayores, es ahí donde tenemos que detenernos. Y preguntarnos: ¿de qué lado están? Eso es fácil: la escuela está del lado
de la civilización; la televisión, del de la barbarie. Es evidente que hay un montón de excepciones: la figura de un profesor
concreto o una determinada transmisión pueden cambiar mucho las cosas. Pero si hay que atenerse a una tendencia
general que se impone sobre las demás, entonces creo que puede afirmarse tranquilamente que en la escuela se enseñan
los principios de la civilización de monsieur Bertin y en la televisión domina la ideología de los surfistas. No tengo tiempo
para hacer todas las distinciones del asunto, ni para juzgar en qué se diferencia la escuela primaria de la escuela superior,
ni por qué Report* es diferente de los reality shows: pero creo que, en líneas generales, puede reconocerse
fehacientemente que la escuela custodia los valores de la civilización, mientras que la televisión experimenta, sin cautela
alguna, el nuevo sentir de los bárbaros. ¿Qué podemos concluir al respecto? Ante todo, que somos gente esquizofrénica,
que por la mañana razona como Hegel y después de la comida se transforma en pez, y respira con branquias. Algo que no
deja de fascinarme. En el alumno de instituto que por las mañanas estudia a Lorenzo Valla* (eso pasa) y por las tardes se
transforma en un animal de la red, despegando en su personal multitasking, se encuentra inscrita una esquizofrenia que
sería necesario comprender. ¿Cómo se explica la mansedumbre con que acepta la escuela? O, por el contrario, ¿cómo
explicar la naturalidad absoluta con que vive como pez en cuanto se encierra en su habitación? ¿Se trata de una especie
singular de anfibios mentales o acaso lo que viven por las mañanas lo viven conteniendo la respiración, en una especie de
hipnosis de la renuncia? O bien, por el contrario: ¿están vivos únicamente por las mañanas y por las tardes se dejan
exprimir por un sistema rutilante, del que son víctimas más que protagonistas?

Aunque también podría deducirse que somos una colectividad en la que los principios de la civilización siguen
siendo una especie de bocado exquisito, reservado a quienes tienen la posibilidad de formarse en las instituciones
escolares, mientras que la barbarie es una especie de ideología por defecto, que se concede gratis a todo el mundo y que
es consumida de una forma masiva por quienes no tienen acceso a otras fuentes de formación. Algo que no es inédito en
nuestra historia: la civilización como lujo y la barbarie como redención de los excluidos. Claro está, respecto al pasado
podemos estar orgullosos de una escolarización de las masas sin precedentes; y podemos creer que, en cierta manera,
hemos conseguido poner al alcance de la mayoría ese lugar protegido en el que la civilización transmite su herencia. Pero
sigue siendo sospechoso el beneplácito con que se abandona el otro pilar formativo, la televisión, entregándoselo
alegremente al enemigo. Con la televisión comercial, tiene un pase, pero ¿y con la pública? ¿Cómo ha podido suceder que
se haya convertido, ella también, en uno de los cuarteles generales de los bárbaros? Al margen de las razones de carácter
técnico o económico, ¿no apesta un poco que se le haya entregado al enemigo, casi sin lucha, precisamente el cuartel más
popular, retirándose a los cuarteles dorados del centro de la ciudad? ¿No veis un instinto maligno en reaccionar ante la
agresión dando como pasto a los peones más débiles y, mientras tanto, retirando a la parte más noble del ejército hasta
el lujo de las fortificaciones blindadas? Un error estratégico, porque si uno deja que el bárbaro llegue hasta debajo de las
murallas, éste luego las supera, o encuentra una brecha, o compra al traidor.

11. Política cultural


Y en medio, entre la televisión y la escuela, está todo ese campo abierto de la cultura y del entretenimiento. En
cierta manera, es un terreno dejado al instinto del mercado. Pero, por el contrario, está protegido por la colectividad, que
lo gestiona según criterios que luego nosotros llamamos política cultural. ¿Con qué fines? ¿Legar la civilización o
convertirse a la barbarie? Bonita pregunta. Pensando en nuestro patio, tendríamos que responder: legar la civilización.
Además, nosotros los italianos vivimos en un país que, sólo en la conservación preventiva y en la defensa de sus propios
bienes artísticos, derrocha inmensas cantidades de recursos y atenciones: lo que representa una tarea tan necesaria como
alineada con los principios y con los valores de monsieur Bertin. Es un tipo de atención orientada al pasado y a la tutela
de la tradición: es obvio que hemos quedado fuertemente marcados: a la gente que está acostumbrada a mantener en
pie monumentos que se derrumban, debe de resultarle natural que ese mismo tipo de gesto se haga con cosas menos
materiales como son las ideas, la belleza o el sentir moral. Somos conservadores casi por necesidad.
Los bárbaros. Ensayos sobre la mutación.

Comoquiera que se juzgue este asunto, podemos decir por tanto que, entre nosotros, cuando la colectividad se
mueve para encaminar el tiempo de la gente y sus escapadas culturales, lo hace con el fin de reafirmar y difundir los
principios de la civilización. Hasta hace unos años, éste podía ser un principio pacífico e inatacable. Pero ¿y ahora? ¿Qué
sentido profundo puede tener dilapidar recursos significativos para legar a tantos y tantos bárbaros un bagaje mental del
que ellos, desde hace tiempo, han decidido prescindir? ¿No sería bastante sensato utilizar esos mismos recursos para
acompañar la formación de esa extraña, de esa nueva civilización, obligándola tal vez a conectarse con la sabiduría y el
saber que ella tiende a liquidar de una manera expeditiva como anacronismo inútil?

La parte más fácil e inmediata de semejante duda ha empezado a subir a la superficie en el mundo de las políticas
culturales de estos últimos años. Y la forma de la duda se ha convertido en ésta: ¿no será que deberíamos salir al encuentro
de esos bárbaros y buscar un modo de presentarles las cosas con un poco más de atractivo? Naturalmente, como progreso
es más bien limitado, por no decir ridículo, pero siempre es mejor que nada. De este modo se ha llegado a plantear el
problema de cómo legar la civilización. Por ejemplo, no sé: se ha llegado a la obvia intuición de que la estructura
decimonónica de los museos no era precisamente lo mejor para un chico de catorce años hijo de Internet. O bien: nos
hemos dado cuenta de que, si echamos las mismas cosas que siempre se han hecho en el contenedor de un festival o de
un gran acontecimiento, se imita así esa estructura de sistema de paso y de secuencia sintética que los bárbaros prefieren
sobre cualquier otra. O bien: nos hemos ido a buscar un rasgo espectacular, incluso en los gestos más ponderados y
rigurosos, para encontrar esa velocidad y esa producción de movimiento sin las que esos gestos quedan al margen de las
costumbre, de los bárbaros. En resumen, nos hemos esmerado bastante. En principio, el tipo de inteligencia no ha
cambiado mucho, ni tampoco las personas, ni la edad de esas personas: pero una ráfaga de modernidad sin complejos ha
empezado a desordenar las habitaciones, putrescentes, de la tradición.

A este propósito, sólo tengo una cosa que decir. No se puede convertir a un nómada en agricultor sedentario
haciéndole casas en forma de tienda y cultivándole tú el campo.

Traduzco: si se trata tan sólo de una cuestión de maquillaje, entonces es una falsa solución y, mejor dicho, es una rendición
que únicamente servirá para prolongar l.¡ agonía.

Mientras que, por el contrario, una inmensa tarea histórica de una política cultural seria que quienes la idean se
dieran cuenta de que no es la astuta salvación del pasado, sino, en todo caso, la noble realización del presente lo que hay
que hacer para asegurar a las inteligencias una mínima protección ante el azar del mercado puro y simple.

HÉLICES

12. Hamburguesa
Escuchad ésta. El periódico que estáis leyendo en este momento vive porque ingresa dinero de tres maneras
distintas: vendiendo el periódico, vendiendo espacios publicitarios en el periódico y vendiendo otras cosas que van unidas
al periódico (libros, discos, DVD…). Según vuestra opinión ¿con qué ingresa más? La publicidad, es comprensible. (Aunque
en el fondo no sea tan lógico: un libro gana por lo que es, no por algo que lo acompaña y que nada tiene que ver con él.)
Bueno. ¿Y, en segundo lugar, qué tenemos? Uno diría que el periódico. Pues no. En 2005 se verificó el histórico enlace: los
suplementos proporcionaron más o menos los mismos beneficios que el periódico. Quizá sea una casualidad, una
coyuntura histórica particular: sin embargo, ha pasado, y este asunto debería hacernos reflexionar.

Siempre es útil saber cómo se mueve el dinero. Mirad la geografía de este caso: hay un centro, el periódico, y
también hay una periferia, representada por lo que no es el periódico, pero que es puesta en movimiento por el periódico:
publicidad y suplementos. ¿Adónde va el dinero?

A la periferia. Ante esta situación, no es difícil que el periódico acabe costando menos, o incluso nada: en ese
momento todo el dinero estaría en la periferia. Qué curioso. Tened en cuenta que de todas maneras nada de todo esto
existiría si no estuviera, en el centro, el periódico. Es éste el que produce el combustible para llegar a los suplementos. Así
que el corazón de ese sistema se nos aparece como una gran fuente de energía donde se genera prestigio, una firma que
después expele hacia los lados el movimiento del dinero. No tengo datos actualizados, pero recuerdo con claridad haber
leído cómo en Las Vegas, hace algunos años, ocurrió algo análogo: los restaurantes, los hoteles, los night clubs, los teatros,
habían superado, en cuanto a ingresos, a los casinos. Lo que en un principio había sido durante años el equipamiento
adicional de amenidad, estudiado para arrastrar al desgraciado a vaciar sus bolsillos en un casino, ahora se ha convertido,
hablando desde una perspectiva económica, en la sustancia de Las Vegas. La gente sigue yendo allí porque se trata de Las
Vegas, la capital del juego: pero luego hace otras cosas.

35.
Alessandro Baricco.
Es verdad que el asunto, en sí mismo, recuerda determinados apocalipsis poéticos de principios del siglo XX: ¿os
acordáis del palco vacío del emperador? El mundo sin centro, tan cantado por los artistas de Europa central. Pero entonces
se trataba, precisamente, de apocalipsis: o sea, de una forma elegante y sofisticada de pérdida del sentido. En cambio, los
modelos que tenemos ahora delante de nuestras narices parece más bien que produzcan sentido, no que lo quemen. Lo
multiplican. No parecen el fin de un mundo, sino el principio. El principio del mundo bárbaro.

Quizá uno de los recursos existenciales de los bárbaros es precisamente este esquema:
un centro fundacional que motiva el sistema y una periferia que magnetiza el sentido. ¿Puedo poner un ejemplo plebeyo?
La hamburguesa. En su acepción bárbaramente más elevada y perfecta: la hamburguesa de McDonald's. El centro es la
carne picada. ¿Alguien recuerda qué sabor tiene? En la práctica, casi no tiene. El sentido de esa cosa para comer está en
el resto. De hecho ella, la carne picada, en la práctica es única e inamovible: el movimiento se libera cuando uno elige qué
quiere ponerle encima, y alrededor, y detrás. A estas alturas ya estamos acostumbrados: pero tenéis que admitir que el
asunto es un poco raro. En teoría, y según los principios de monsieur Bertin, si lo que uno quiere es comer carne picada
tendría que poder elegir entre muchos tipos de carne picada, y éste sería el sentido del asunto: elegir buey argentino en
vez de ternera danesa. Pero no es así: a nadie le importa un comino la carne picada. Es el resto lo que supone la diferencia.

Es un esquema mental, admitidlo. Una migración del sentido hacia las regiones periféricas de lo accesorio. El
sentido nómada que sustituye al sentido sedentario. Bárbaros.

Así que vamos a enormes multisalas a ver películas que suelen ser la previsible carne picada, a menudo, de alegres
paseos familiares en que se consume de todo. O compramos cualquier cosa que produzca Armani, incluso los
salvamanteles, pese a que ni siquiera se nos pase por la cabeza vestirnos de Armani. O votamos a partidos cuyo programa
no hemos leído nunca. O vemos el fútbol en la tele y abandonamos los estadios. O vamos a Las Vegas para comer. O
compramos la Repubblica para llevarnos a casa un curso de inglés para niños.

En cierta manera, si uno quiere encontrar a los bárbaros, lo que puede hacer es ir a los Estados Unidos, entrar en
un supermercado y decidirse a comprar un pollo al horno, simplemente un pollo al horno. De eso existen, como mínimo,
cuatro. Uno con curry, uno con limón, uno con romero y uno con ajo. Las dimensiones siempre son idénticas, la cocción
también, la procedencia, me imagino, también. Puedo añadir además que el pollo, en sí mismo, no sabe casi a nada. No
sé qué dieta harán esos pobres animales, pero se diría que se alimentan con poliestireno. El pollo con sabor a pollo no
existe. En compensación, donde nosotros tenemos una única opción («deme un pollo al horno») ellos tienen, como
mínimo, cuatro. Que pueden ser muchas más: basta con que nos adentremos en la vorágine de las salsas.

Sentido nómada.

12. Hélice
Venga, éste es el último pensamiento. El último retratito de los bárbaros. La última página del cuaderno. Qué
satisfacción. Dedico el último esbozo a la hélice. Es una imagen que me ayuda a comprender: hasta qué punto puede
pensarse, hoy en día, con cierto grado de razón, que Thomas Mann es un escritor inútil y sobrevalorado. ¿Son accesos de
locura? No. Es la hélice. Me explico.

Algo para lo que hay que estar preparados es que, cuando ocurre una mutación, en ese momento las jerarquías
del juicio se van a hacer puñetas. No resulta agradable, pero es así. Lo digo de la manera más simple: en la historia de los
mamíferos, el delfín es un excéntrico. En la de los peces, un padre fundador. Al margen de cualquier matiz de gusto, de
comprensión, de juicio, lo que queda es el hecho de que cualquier civilización juzga a sus predecesores por la relevancia
que han tenido al crear el habitar mental en que esa civilización vive. Si una generación de mutantes traslada al mundo a
vivir debajo del agua, estimulando el nacimiento de branquias detrás de las orejas, es evidente que para ese mundo, desde
ese momento en adelante, la jirafa ya no volverá a ser ese gran punto de referencia. El cocodrilo tendrá cierto interés. La
ballena seria Dios. Si por alguna anomalía del destino histórico el Ancien Régime hubiera seguido dominando el mundo,
Boccherini* sería hoy uno de los grandes, y Beethoven, un excéntrico. Pero en el mundo que nos ha tocado vivir a nosotros,
Beethoven es, indiscutiblemente, un padre fundador. Hasta el más oscuro de los artistas se merece algún reconocimiento,
a los ojos de una civilización, si ha contribuido a anticipar en una pequeña parte el medio mental donde esa civilización
acabará residiendo más tarde. Esto tiene que incitarnos a darnos cuenta de hasta qué punto también es posible lo
contrario: cualquier grande puede acabar siendo un inútil comparsa si una mutación cambia el punto de vista y hace difícil
contarlo entre los profetas del nuevo mundo (Bach, nada menos, fue casi invisible durante un montón de tiempo antes de
que una mutación mental volviera perceptible para los radares su inconmensurable presencia).

Es como la pala de una hélice. Dependiendo de dónde uno se sitúe, puede verla desaparecer detrás de la afilada
línea de su hoja o ensancharse, muy amplia, ante sus ojos. No se trata tanto de una cuestión de fuerza de determinada
obra o de determinado autor: es la perspectiva la que dicta la regla: después, y sólo después, interviene esa fuerza,
orientando los juicios.
Los bárbaros. Ensayos sobre la mutación.

Así que nosotros vemos, de manera retrospectiva, únicamente el paisaje que puede observarse desde aquí, y de
esta forma reconocemos las cimas más altas, y medimos su grandeza.

Ahora pensad en los bárbaros. Pensad en dónde se han ido a vivir, en su nomadismo mental. Pensad en el paisaje
que se abriría ante sus ojos en el caso de que intentaran darse la vuelta hacia atrás. Y observad si, elevada e inmutable,
brilla con todo su esplendor la cima de Thomas Mann. No sé. Tal vez. Pero yo no lo daría por descontado.

Porque es verdad que existen cimas que prácticamente ninguna mutación ha borrado del paisaje de los seres vivos.
Las llamamos los clásicos. Homero. Shakespeare. Leonardo. Cada vez que nos hemos desplazado, han seguido ahí,
increíblemente. Por razones secretas, o por una forma de vertiginosa capacidad profética que sabía imaginar no ya un
nuevo mundo, sino todos los mundos posibles: en ellos estaba inscrita cualquier clase de mutación. Pero Thomas Mann:
¿estamos seguros de que está a esa altura? ¿O se trata más bien de la cima de un paisaje concreto, uno de tantos, tal vez
ni siquiera de entre los más arraigados y difundidos, casi el paisaje privado de una civilización local, breve y ya
desaparecida?

Digo esto para aclarar que si se acepta la idea de una mutación, y alegremente nos inclinamos a dejarla pasar, es
necesario que estemos preparados para la pérdida brusca de cualquier clase de jerarquía preexistente, para el derrumbe
de toda nuestra galería de monumentos. Algo quedará en pie, sin duda alguna. Pero nadie puede decir, hoy en día, qué
será. Temblará la tierra, y sólo después, cuando todo se haya parado de nuevo en la plena permanencia de una nueva
civilización, miraremos a nuestro alrededor: y será sorprendente ver qué es lo que, de los paisajes de nuestra memoria,
todavía sigue ahí.

Que podría ser incluso la última línea de este libro, pero no lo es, porque lo cierto es que ya se han terminado las
páginas del cuaderno, pero es necesario un epílogo, y lo habrá. Nada más que una entrega. Pero que tenga el sabor de lo
que, antaño, llamábamos fin.

En definitiva, un epílogo. Como prometí, desde la Gran Muralla china.

EPILOGO
LA GRAN MURALLA
Simataí (Pekín). Ya os dije que escribiría el final sobre la Gran Muralla. Parece un rito idiota, y tal vez lo sea, pero
lo cierto es que no consigo explicar de verdad lo que tengo en la cabeza sin hablar sobre esta gran serpiente de piedra y
de locura. Para mí, es una especie de imagen-guía. Así que me he dicho: a saber cómo será eso de pensar en una imagen
mientras uno va caminando sobre la misma. Algo tipo Gulliver: hacer trekking por dentro de un pensamiento propio.

¿Podía resistirme?

Parece una serpiente borracha, pero la verdad es que hay una lógica, cuyo principio parece ser éste: construyes
una torre encima de una colina, luego miras hacia el oeste y buscas el punto más elevado que haya en un radio de unos
sesenta metros, digamos la distancia desde la que resulta visible un fanal en la noche. En ese punto construyes otra torre.
Al final, unes las dos torres con un adarve que tenga unos metros de altura, y dotado de antepechos. Si para hacer eso
tienes que descender por un barranco y luego volver a subir por otro, lo haces sin turbarte, y con serena paciencia. Si
tienes que escalar una cresta escarpadísima, lo haces sin blasfemar y con firme determinación. Repites esta operación
durante dos siglos y obtienes la Gran Muralla.

Es importante, durante el recorrido, no cambiar de idea nunca.

Conozco gente que vive de ese modo.

Tengo que llegar a la conclusión de que caminar durante siete horas sobre la Gran Muralla es la forma más exacta
de caminar durante siete horas permaneciendo en el mismo punto. No existe casi devenir y te acompaña un único gesto
arquitectónico, inmutable, durante kilómetros, que te propone de una manera constante el mismo corte de las piedras,
el mismo color de los antepechos, la misma idea de escalón, durante kilómetros. Cada torre es la misma torre, y tan sólo
la cambiante perspectiva de subidas y bajadas te certifica que, a pesar de todas las apariencias, te estás moviendo. El
campo, alrededor, es idéntico. Cuando has avanzado suficientemente hacia allá, hasta el punto de que ya no te topas con
nadie, te resulta sorprendente el poder hipnótico de ese caminar surrealista, y los pasos empiezan realmente a sugerirte
un descenso dentro de sí mismos, donde ese destello de un movimiento horizontal que todavía percibes tiende a
difuminarse en una aún más clara sensación de un descenso vertical, casi una caída, lenta y rítmica, hacia un punto ciego,
a tus pies. Así que mientras tomas el cansancio por alguna forma de ascesis meditativa, el mundo se apaga de hecho en el

37.
Alessandro Baricco.
dibujo de la Muralla, y la Muralla se apaga en tus pasos, y tus pasos se apagan en los movimientos de tu mente, y al final
lo único que queda es el duro meollo de un pensamiento, dentro de este límpido aire de la mente por el que, para llegar
a alcanzarlo, he hecho miles de kilómetros. Monsieur Bertin, pienso. La vieja y estimada técnica de monsieur Bertin.
Paciencia, esfuerzo, silencio, tiempo y profundidad. Como recompensa: el pensamiento. La proximidad con el sentido de
las cosas.

Así que me detengo, y por un instante tengo la absoluta y errónea certeza de la indiscutible superioridad del
modelo de monsieur Bertin. El único modo posible de pensar, pienso. Qué distinto a los bárbaros.

Naturalmente, sé que no es verdad, pero aquí arriba no hay nadie vigilando, y nadie se dará cuenta si, por un
instante, hago trampas.

Así que con claridad, al final, y de una forma penosamente antigua, se me despliega delante de mis ojos todo lo
que he aprendido gracias a este libro, y todo lo que he comprendido.

En general, suele creerse que la Gran Muralla es algo antiquísimo, una especie de monumento extremo que hunde
sus raíces en la noche de los tiempos. En realidad, de la manera que la conocemos, con esa serpiente de murallas que
encadena torreones uno tras otro, siguiendo de una forma pasiva el perfil del paisaje, la Gran Muralla es una construcción
relativamente reciente: un par de siglos de trabajo, entre 1400 y 1600. Fue el parto de una única dinastía, los Ming: su
espectacular obsesión. En apariencia, la idea era la de defenderse de las incursiones de los nómadas del norte erigiendo
una muralla que corriera desde el mar hasta las profundas regiones occidentales. En realidad, el asunto era bastante más
complicado. Donde nosotros tendemos a ver un dispositivo militar se escondía, en cambio, una manera de pensar.

En el norte, en la estepa, estaban los bárbaros. Eran tribus nómadas que no cultivaban la tierra, practicaban el
saqueo y la guerra como forma de subsistencia, y eran espléndidamente ajenas al refinamiento de la civilización china.
Cuando la necesidad los obligaba, presionaban en las fronteras del imperio, y proponían intercambios comerciales. Si se
les rechazaba, atacaban. Generalmente, una vez saqueado el territorio, se marchaban de allí por donde habían llegado.
Pero no faltó quien se aventurara a conquistar el imperio en su totalidad: Kublai Khan era mongol, y el último emperador
chino, el depuesto en 1912, era manchú: bárbaros ambos, que subieron al trono. Impensable, pero verdad.

Durante siglos, las distintas dinastías que se alternaron en el poder se plantearon el problema de cómo hacer
frente a esa variable enloquecida que turbaba la tranquilidad del imperio. La de la muralla era una opción, pero no la
única. Existían por lo menos otras dos soluciones posibles. La primera era invadir a los bárbaros y someterlos: para un
imperio, era bastante lógica, pero difícil de llevar a cabo. Los nómadas eran formidables guerreros, y para derrotarlos era
necesario aceptar en cierto modo su forma de combatir e imitarla. Además, y aun admitiendo que se consiguiera
derrotarlos, quedaba todavía por decidir qué hacer con aquellas estepas inhóspitas y qué hacer después para custodiarlas.
La segunda opción era la de someterse a comerciar con ellos. Digo someterse porque la idea de intercambiar mercancías
con los bárbaros era considerada una debilidad en los límites de lo impensable. ¿Podéis imaginaros al Celeste Emperador
sentándose a la mesa con un bárbaro y sometiéndose al chantaje, ofreciendo valioso trigo a cambio de inútiles caballos?
Dios no hace tratos con los salvajes. No acepta sus presentes, no recibe a sus embajadores, y ni siquiera se le pasa por la
cabeza leer sus mensajes. Para él, no existen.

A pesar de todo, el hecho es que esa gente existía y de qué manera. Así que, durante siglos, el establishment
militar e intelectual chino se ejercitó dándole vueltas a ese dilema de las tres posibilidades: ¿atacar, comerciar o erigir una
muralla? El asunto sonaba como un problema de estrategia militar, pero ellos hicieron de él un problema casi filosófico,
intuyendo que tomar una decisión equivalía a elegir una determinada idea de sí mismos, una determinada definición de
qué eran el imperio y China. Sabían que atacar y comerciar eran gestos que de alguna manera obligaban al imperio a salir
de su guarida, y a la identidad china a medirse con la existencia de gente distinta. La muralla, en cambio, parecía sancionar
en sí misma la consumada perfección del imperio, era la certificación física de su ser el mundo entero. De manera que
fingían interpelar a los generales, mientras que era de los filósofos de quienes esperaban una respuesta. Enseñándonos,
para siempre, que en su propia relación con los bárbaros toda civilización lleva inscrita la idea que tiene de sí misma. Y
que cuando lucha con los bárbaros, toda civilización acaba eligiendo no la mejor estrategia para vencer, sino la más
apropiada para confirmarse en su propia identidad. Porque la pesadilla de la civilización no es ser conquistada por los
bárbaros, sino ser contagiada por ellos: no es capaz de pensar que pueda perder contra esos andrajosos, pero tiene miedo
de que luchando pueda salir modificada, corrompida. Tiene miedo a tocarlos. Así que tarde o temprano a alguien se le
ocurre la idea: lo ideal sería poner una buena muralla entre nosotros y ellos. A los chinos eso se les ocurrió un montón de
veces en el transcurso de los siglos. Era el único sistema de luchar sin ensuciarse las manos ni arriesgarse al contagio. Era
el único sistema para aniquilar algo cuya existencia no estaban dispuestos a admitir. Desde un punto de vista filosófico,
era genial.
Los bárbaros. Ensayos sobre la mutación.

Desde el punto de vista militar, hay que decirlo, la cosa nunca funcionó. Ninguna muralla, ni la que vemos en la
actualidad, ni las otras, más modestas, que la habían precedido, sirvió para nada. Los bárbaros llegaban hasta ella,
blasfemaban un poco, luego le daban la vuelta al caballo (decenas de miles de caballos), y empezaban a galopar a lo largo
de la muralla. Cuando ésta se acababa, daban la vuelta alrededor e invadían China. Lo hicieron varias veces. Eran nómadas
y habían nacido a caballo: desplazarse unos miles de kilómetros no les alteraba la vida gran cosa. Algunas pocas veces, tal
vez sorprendidos por una humana impaciencia, atacaban un punto de la muralla, no dejaban piedra sobre piedra y se
marchaban más lejos. Por eso no hay ninguna duda: construir, mantener y custodiar esa muralla tenía unos costes
desproporcionados en relación con su utilidad militar. Sólo a un general idiota se le habría podido ocurrir un plan de esa
clase. 0 a un filósofo genial, como ya empezáis a comprender.

Así que esto es lo único que estamos autorizados a pensar sobre la Gran Muralla: no se trataba tanto de un
movimiento militar como mental. Parece la fortificación de una frontera, pero en realidad es la invención de una frontera.
Es una abstracción conceptual fijada con tal firmeza e irrevocabilidad que llega a convertirse en un monumento físico e
inmenso.

Es una idea escrita con piedra.

La idea era que el imperio era la civilización, y todo lo demás, barbarie, y por tanto noexistencia; la idea de que no
existían seres humanos, sino chinos de un lado y bárbaros del otro; la idea de que ahí en medio había un confín: y si el
bárbaro, que era nómada, no lo veía, ahora iba a verlo: y si el chino, que estaba atemorizado, se olvidaba del mismo, ahora
se acordaría de él. La Gran Muralla no defendía de los bárbaros: los inventaba. No protegía la civilización: la definía. Por
eso nosotros nos la imaginamos ahí desde siempre: porque es antiquísima la idea, china, de ser la civilización y el mundo
entero. Incluso cuando esa muralla era tan sólo una cadena de terraplenes que asomaban aquí y allá, para nosotros ya se
llamaba Gran Muralla, porque era sólida y monumental y, ya en aquel entonces, la idea de que ese confín existía. Durante
siglos fue poco más que una imagen mental: realísima, pero físicamente poco vistosa. Así que cuando Marco Polo fue
hasta allá y contó todo lo que vio, no dijo ni una sola palabra acerca de la Muralla. ¿Es eso posible? No sólo es posible,
sino hasta lógico: Kublai Khan era un mongol, el imperio que Marco Polo vio era el de los bárbaros vencedores que habían
ido bajando desde el norte y se habían apoderado de China. ¿Existía en su mente esa idea de frontera? No. Y, desaparecida
de la mente, la Gran Muralla era poco más que una singular fortificación perdida en el norte: para cualquier Marco Polo,
era invisible.

Así que nosotros, en la actualidad, podemos leer en la Gran Muralla la más monumental y hermosa enunciación
de un principio: la división del mundo entre civilización y barbarie. Por este motivo me he venido hasta aquí. Quería
caminar sobre la idea a la que habla dedicado un libro. Y comprender aquí lo que habla aprendido.

Quiero decirlo de la forma más sencilla. Sea lo que sea lo que ocurra, cuando empezamos a notar la china en el
zapato de alguna rapiña, el movimiento que elegimos realizar es erigir una Gran Muralla. En apariencia, la erigimos para
defendernos. Y de buena fe aún estamos convencidos de que es para eso. Y celebramos el doméstico heroísmo de quien
la defiende cada día, y de quien la construye, toscamente, durante miles de kilómetros. Ni siquiera la fácil constatación de
que esa muralla no ha disminuido lo más mínimo los saqueos nos hace cambiar de idea. Seguimos perdiendo tramos y, a
pesar de todo, ese grotesco espectáculo de elegantes ingenieros esforzándose en la construcción de la muralla sigue
pareciéndonos loable. Pero la verdad es que no estamos defendiendo una frontera: la estamos inventando. Necesitamos
esa muralla, pero no para mantener alejado lo que nos da miedo: es para darle un nombre. Ahí donde se encuentra esa
muralla, tenemos nosotros una geografía que conocemos, la única: nosotros de este lado, y del otro, los bárbaros. Ésta es
una situación que conocemos. Es una batalla que sabemos librar. Podremos perderla, en última instancia, pero sabemos
que luchamos del lado correcto. Podremos perderla, en última instancia, pero no perdernos. Pues adelante, entonces, con
esa Gran Muralla.

Y, en cambio, se trata de una mutación. De algo que nos concierne a todos, nadie está excluido. Incluso los
ingenieros, allá, en los torreones de la muralla, tienen ya los rasgos somáticos de los nómadas contra los que, en teoría,
están luchando: y tienen en el bolsillo dinero bárbaro, y polvo de la estepa en sus cuellos almidonados. Se trata de una
mutación. No de un ligero cambio, ni de una degeneración inexplicable, ni de una enfermedad misteriosa: es una mutación
llevada a cabo para sobrevivir. La elección colectiva de un hábitat mental distinto y salvífico. ¿Sabemos, siquiera
vagamente, qué ha podido generarla? Se me vienen a la cabeza algunas innovaciones tecnológicas, sin lugar a dudas
decisivas: las que han comprimido espacio y tiempo, comprimiendo el mundo. Pero probablemente no habrían sido
suficiente si no hubieran coincidido con un acontecimiento que abrió de par en par las puertas del escenario social: la
caída de barreras que hasta entonces habían mantenido alejada a una buena parte de los seres humanos de la praxis del
deseo y del consumo. A estos homines novi, admitidos por primera vez en el reino de los privilegios, les debemos con

39.
Alessandro Baricco.
probabilidad la energía cinética indispensable para llevar a cabo una auténtica mutación: no tanto los contenidos de esa
mutación, que todavía parecen el resultado de algunas élites informadas, sino sin duda la fuerza necesaria para hacerla
realidad. Y la necesidad: esto es importante: la necesidad. Probablemente de ellos procede la convicción de que sin
mutación estaríamos aniquilados. Dinosaurios en extinción.

En cuanto al hecho de comprender, exactamente, en qué consiste esta mutación, lo que puedo decir es que me
parece que se sustenta en dos pilares fundamentales: una idea distinta respecto a qué es la experiencia, y un
emplazamiento distinto del sentido en el tejido de la existencia. El corazón del asunto está ahí: el resto es únicamente una
colección de consecuencias: la superficie en vez de la profundidad, la velocidad en vez de la reflexión, las secuencias en
vez del análisis, el surf en vez de la profundización, la comunicación en vez de la expresión, el multitasking en vez de la
especialización, el placer en vez del esfuerzo. Un desmantelamiento sistemático de todas las herramientas mentales que
heredamos de la cultura decimonónica, romántica y burguesa. Hasta el punto más escandaloso: la brusca laicización de
cualquier clase de gesto, el ataque frontal a la sacralidad del alma, sea lo que sea lo que ésta signifique.

Es esto lo que está sucediendo a nuestro alrededor. Hay una manera fácil de definirlo:
la invasión de los bárbaros. Y cada vez que alguien se levanta para denunciar la miseria de cada transformación en
concreto, dispensándose del deber de comprenderla, la muralla se yergue, y nuestra ceguera se multiplica con la idolatría
de una frontera que no existe, pero que nosotros nos jactamos de defender. No hay fronteras, creedme, no hay civilización
de un lado y del otro bárbaros: existe únicamente el borde de la mutación que va avanzando, y que corre por dentro de
nosotros. Somos mutantes, todos, algunos más evolucionados, otros menos: hay quien está un poco retrasado, hay quien
no se ha dado cuenta de nada, quien todo lo hace por instinto y quien es consciente, quien hace como que no lo sabe y
quien nunca lo va a comprender, quien clava los pies en el suelo y quien corre alocadamente hacia delante. Pero ya
estamos ahí, todos nosotros, a punto de emigrar hacia el agua. Durante un tiempo pensé que era una condición que iba
unida a determinada generación, los que tienen entre treinta y cincuenta años: los veía ahí, en medio del vado, con la
mente de este lado y el corazón del otro, mitad mamíferos, mitad peces, partidos en dos por una mutación que había
llegado demasiado tarde o demasiado pronto: pequeños y penosos monsieur Bertin sobre una tabla de surf Pero al escribir
este libro me ha quedado cada vez más claro que esa condición es de todos, que el destino incierto y la esquizofrenia
irrevocable de los primeros mutantes es el mandato, jovial, que nos aguarda. «Contemplando los hocicos de los caballos y
las caras de la gente, toda esta viva corriente sin orillas levantada por mi voluntad y que corre precipitadamente hacia la
nada en la estepa purpúrea del ocaso, a menudo pienso: ¿dónde estoy Yo en esta corriente?» (Gengis Khan). Si existe una
respuesta a esta pregunta (Gengis Kan nunca se la hizo, pero se la ha atribuido Víktor Pelevin,* en El meñique de Buda), si
existe una respuesta a esa pregunta que todos podríamos plantearnos, entonces yo no me la imagino distinta a ésta: cada
uno de nosotros está donde está todo el mundo, en el único lugar que existe, dentro de la corriente de la mutación, donde
a lo que nos es conocido lo llamamos civilización y a todo lo que aún no tiene nombre barbarie. A diferencia de otros,
pienso que se trata de un magnífico lugar.

La pequeña pensión a los pies de la muralla tiene lámparas rojas y carpintería de aluminio anodizado.* No hay
agua caliente, pero si tiene tele, donde veo a uno que toca la flauta travesera con la nariz. Después también veo un
telefilme donde sale un niño que vomita espaguetis. Todo es perfecto. En esta noche de neón puedo escribir lo último que
me queda por decir.

No hay mutación que no sea gobernable. Abandonar el paradigma del choque de civilizaciones y aceptar la idea
de una mutación en curso no significa que deba aceptarse cuanto sucede tal y como es, sin dejar la huella de nuestros
pasos. Lo que llegaremos a ser sigue siendo hijo de lo que quisiéramos llegar a ser. Así que se vuelve importante el cuidado
cotidiano, la atención, la vigilancia. Tan inútil y grotesco es el permanecer erguido por tantas murallas arremolinadas en
una frontera que no existe, como útil sería más bien una inteligente navegación en la corriente, todavía capaz de un rumbo,
y de sabiduría marinera. No se trata de hundirse como sacos de patatas. Navegar, ésa sería la tarea. Dicho en términos
elementales, creo que se trata de ser capaces de decidir qué hay, en el mundo antiguo, que queramos llevarnos hasta el
mundo nuevo. Qué queremos que se mantenga intacto incluso en la incertidumbre de un viaje oscuro. Los lazos que no
queremos romper, las raíces que no queremos perder, las que queremos seguir pronunciando y las ideas que no queremos
dejar de pensar. Es un trabajo refinado. Un tratamiento. En la gran corriente, poner a salvo todo lo que apreciamos. Es un
gesto difícil, porque no significa, en ningún caso, ponerlo a salvo de la mutación, sino, en todo caso, dentro de la mutación.
Porque todo lo que se salve no será de ninguna manera lo que mantuvimos a salvo del tiempo, sino lo que dejamos que
mutara, para que se transformara él mismo en un tiempo nuevo.

Y ahora no quedarla nada mal un buen párrafo para explicar lo que, en mi opinión, sería necesario poner a salvo
en la mutación. Pero el hecho es que no tengo las ideas muy claras en relación con este tema. Sé que con toda seguridad
existe algo, pero de qué se trata es difícil decirlo, ahora, con exactitud. Difícil. Lo único que se me viene a la cabeza es, una
vez más, una página de Cormac McCarthy. Está precisamente al final de ese libro que ya os cité en los epígrafes, ¿os
acordáis de él? La historia del sheriff y del killer. « ¿Qué le dices a un hombre que reconoce no tener alma?» ¿Os acordáis
Los bárbaros. Ensayos sobre la mutación.

de él? Vale. Es éste un libro realmente sin esperanza, parece una rendición incondicional ante una mutación ruinosa, no
hay ninguna esperanza, no hay ninguna salida. Pero en un momento dado el sheriff pasa cerca de algo raro, una especie
de abrevadero excavado en la dura roca a golpes de uñeta. Está exactamente en la última página. Ve el abrevadero y se
detiene. Y lo mira. Tiene casi dos metros de largo y medio de ancho, y la misma profundidad. En la piedra se ven todavía
las señales de la uñeta. Ha estado ahí desde hace cien, doscientos años, dice el sheriff. De manera que, dice, se me ocurrió
pensar en el hombre que lo había hecho. Se había colocado allí con un martillo y una uñeta y había labrado un abrevadero
que podría durar diez mil años. Pero ¿por qué? ¿En qué creía ese tipo?

Tenéis que pensar que a esas alturas el sheriff está verdaderamente cansado, ya no cree en nada, y está a punto
de guardar su estrella en un cajón para siempre. Tenéis qtic imaginároslo así. Mientras se pregunta por qué demonios se
puso alguien a labrar un abrevadero de piedra con la idea de hacer algo que iba a durar diez mil años. ¿En qué es necesario
creer para tener una idea de esa clase?

¿En qué creemos para seguir teniendo este ciego instinto de poner algo a salvo?

McCarthy lo ha escrito así: «De modo que pienso en él allí sentado con su martillo y su uñeta, quizá una o dos
horas después de cenar, no sé. Y debo decir que lo único que se me ocurre pensar es que su corazón albergaba una especie
de promesa. Y no es que tenga ninguna intención de labrar un abrevadero. Pero sí me gustaría ser capaz de formular esa
clase de promesa. Creo que eso es lo que más me gustaría. »

Aplauden mucho, en la tele, porque el tipo que tocaba la flauta travesera con la nariz ahora lo hace mientras
mantiene en equilibrio una cantidad impresionante de platos y de vasos sobre la cabeza. En otro canal está el Milan. Estéril
posesión de la pelota. Fuera, en la oscuridad, la Gran Muralla. Pero amasada con el negro sin historia de una noche china.

41.
Alessandro Baricco.

Contenido
INICIO .......................................................................................... Error! Bookmark not defined.
Epígrafes ..................................................................................... Error! Bookmark not defined.
EPÍGRAFES 1 ................................................................................ Error! Bookmark not defined.
EPÍGRAFES 2 ................................................................................ Error! Bookmark not defined.
EPÍGRAFES 3 ................................................................................ Error! Bookmark not defined.
Saqueos....................................................................................... Error! Bookmark not defined.
VINO 1 ......................................................................................... Error! Bookmark not defined.
VINO 2 ......................................................................................... Error! Bookmark not defined.
EL ANIMAL .................................................................................. Error! Bookmark not defined.
FÚTBOL 1 ................................................................................................................................... 1
FÚTBOL 2 ................................................................................................................................... 2
LIBROS 1 ..................................................................................................................................... 5
LIBROS 2 ..................................................................................................................................... 7
LIBROS 3 ..................................................................................................................................... 9
Respirar con las branquias de Google ..................................................................................... 10
GOOGLE 1............................................................................................................................. 10
GOOGLE 2............................................................................................................................. 12
GOOGLE 3............................................................................................................................. 13
EXPERIENCIA ............................................................................................................................ 15
PERDER EL ALMA ..................................................................................................................... 17
ALMA .................................................................................................................................... 17
MÚSICA CLÁSICA ...................................................................................................................... 19
MONSIEUR BERTEIN ................................................................................................................ 21
MONSIEUR RIVIÉRE .................................................................................................................. 21
ESFUERZO ................................................................................................................................ 22
GUERRA.................................................................................................................................... 23
Retratos ................................................................................................................................... 25
ESPECTACULARIDAD ................................................................................................................ 25
1. Espectacularidad .............................................................................................................. 25
NOSTALGIA .............................................................................................................................. 27
2. Cine .................................................................................................................................. 27
3. Nostalgia .............................................................................................................................. 28
4. Secuencias sintéticas ........................................................................................................... 28
PASADO.................................................................................................................................... 29
5. Pasado .................................................................................................................................. 29
DEMOCRACIA ........................................................................................................................... 30
6. Técnica ................................................................................................................................. 30
7. Democracia .......................................................................................................................... 31
AUTENTICIDAD......................................................................................................................... 32
8. Auténtico ............................................................................................................................. 32
9. Diferencia ............................................................................................................................. 33
Los bárbaros. Ensayos sobre la mutación.

EDUCACIÓN ............................................................................................................................. 34
10. Esquizofrenia ..................................................................................................................... 34
11. Política cultural .................................................................................................................. 34
HÉLICES .................................................................................................................................... 35
12. Hamburguesa ..................................................................................................................... 35
12. Hélice ................................................................................................................................. 36
EPILOGO ................................................................................................................................... 37
LA GRAN MURALLA .................................................................................................................. 37

43.