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Coleccion: 136 - Tomo 9 - Numero 3 - Mes-Ano: 2005_

CONSECUENCIAS DE LA PROBANZA DE LA UNIÓN DE HECHOEfectos


personales y patrimoniales

CONSECUENCIAS DE LA PROBANZA DE LA UNIÓN DE HECHO. Efectos


personales y patrimoniales (
Alex F. Plácido V.
(*) [1]) SUMARIO I. Introducción. II. Los elementos integrantes de la unión de
hecho. III. El estado aparente de familia frente a terceros. IV. Los efectos
personales de la unión de hecho. V. Los efectos patrimoniales de la unión de
hecho. VI. La prueba de la existencia de la unión de hecho. VII. La extinción de la
unión de hecho. VIII. La acción de enriquecimiento sin causa en el caso de la
unión de hecho impropia.

MARCO NORMATIVO:
• Constitución de 1993: art. 5.
• Código Civil: arts. 326, 481, 482, 486, 493, 826 y 1275.
• Código Procesal Civil: arts. 220 y 229, inc. 3 .

I. INTRODUCCIÓN
El principio de amparo a las uniones de hecho, recogido inicialmente en el
artículo 9 de la Constitución de 1979 y contemplado actualmente en el artículo 5
de la Constitución de 1993, sustenta la regla de que la unión voluntariamente
realizada y mantenida por un varón y una mujer, sin impedimento matrimonial,
produce determinados efectos –personales y patrimoniales– reconocidos en la ley
y que son similares a los del matrimonio. La tesis de la apariencia al estado
matrimonial, que sigue nuestro ordenamiento jurídico, está admitida en el
artículo 326 del Código Civil cuando señala que con la unión de hecho se
persigue “alcanzar finalidades y cumplir deberes semejantes a los del
matrimonio”. Se comprueba, por lo tanto, que no hemos adoptado en el Perú la
teoría de la equiparación al estado matrimonial, según la cual la unión de hecho
produce los mismo efectos que el matrimonio .
La tesis de la apariencia al estado matrimonial no trata de amparar
directamente la unión de hecho, si no de elevarla a la categoría matrimonia
cuando asume similares condiciones exteriores, esto es, cuando puede hablarse
de un estado aparente de matrimonio, por su estabilidad y singularidad.
Con ello, no se aprueba ni fomenta la unión de hecho; pero, tampoco, se
cierran los ojos ante hechos sociales muy generalizados, que hay que procurar
causen los menores daños posibles.
Surgiendo de la unión de hecho una familia, esta merece la protección que
confiere el ordenamiento jurídico a la institución; sin desconocer que debe
promoverse al matrimonio como su base de constitución.
Siendo así, la regulación jurídica de la unión de hecho debe tener por objeto
imponerle mayores cargas legales, haciéndolo menos atractivo; lo que
virtualmente fomentará el matrimonio. Por lo tanto, se justifica que
excepcionalmente se reconozca a la unión de hecho como productora de
determinados y exclusivos efectos personales y patrimoniales.
II. LOS ELEMENTOS INTEGRANTES DE LA UNIÓN DE HECHO
El rasgo que, decididamente, distingue una unión de hecho de una mera
relación circunstancial es la cohabitación. Si los convivientes carecen de un
domicilio común, no es posible sostener la existencia de una unión de hecho para
los diversos efectos que esta puede invocarse en el ámbito jurídico. En
concordancia con lo expuesto, la norma constitucional señala que los
convivientes “forman un hogar de hecho”. Esta cohabitación implica, por lo tanto,
la comunidad de vida; la que conlleva la comunidad de lecho.
Por lo tanto, la unión de hecho consiste en una comunidad de lecho, de
habitación y de vida; la que debe ser susceptible de público conocimiento. Si no
fuera notoria, mal podría hablarse de una apariencia al estado matrimonial y la
carencia de este requisito incidirá en el plano de los efectos que interesan a
terceros.
Otro de los elementos constitutivos de la unión de hecho es la singularidad.
Este concepto implica que la totalidad de los elementos que constituyen la unión
de hecho debe darse solamente entre dos sujetos: un hombre y una mujer;
singularidad que no se destruye, si uno de los convivientes mantiene una relación
sexual esporádica. Esta última cuestión es así, por la nota de permanencia que
también reviste la unión de hecho, la que no puede ser momentánea, ni
accidental; lo que se evidencia cuando en el texto constitucional se declara “la
unión estable”.
Sobre la permanencia, cabe preguntarse: ¿qué tiempo da a la unión de
hecho “carácter de estable? No cabe duda que es necesario establecer, como
pauta objetiva, un plazo mínimo; aunque adaptado a los diversos conflictos de
tiempo que a la unión de hecho se pueden vincular. Por eso, en el texto
constitucional actual, a diferencia del derogado, no se hace referencia alguna a la
fijación de un tiempo; lo que corresponde efectuar al legislador de acuerdo a cada
circunstancia. Así, por ejemplo, para los efectos patrimoniales que resultan de la
aplicación de las disposiciones del régimen de sociedad de gananciales a la
comunidad de bienes que origina la unión de hecho, la ley exige el transcurso
mínimo de dos años continuos (artículo 326 del Código Civil); para efectos de
reclamar la filiación extramatrimonial, tiene que haber habido unión de hecho
durante los primeros ciento veintiún días de los trescientos que precedieron al
nacimiento del hijo extramatrimonial (artículo 402, inciso 3, del Código Civil);
para efectos de conservar la vocación hereditaria del cónyuge supérstite en el
caso del matrimonio in extremis ; así mismo, tiene que haber habido unión de
hecho desde antes de los treinta días siguientes a la celebración de ese
matrimonio (artículo 826 del Código Civil).
El último requisito exigido es la ausencia de impedimentos matrimoniales en
los sujetos que componen la unión de hecho. Así lo exije el texto constitucional
cuando precisa que el varón y la mujer deben ser “libres de impedimento
matrimonial”. Esta situación ha determinado que se distinga entre unión de hecho
propia, aquella en la que no media impedimento matrimonial entre la pareja, y
unión de hecho impropia, aquella en la que existe impedimento matrimonial;
cuestión que es aludida expresamente en el artículo 326 del Código Civil, que
regula los efectos patrimoniales de la unión de hecho entre los
convivientes: “Tratándose de la unión de hecho que no reúna las condiciones
señaladas en este artículo, el interesado tiene expedita, en su caso, la acción de
enriquecimiento indebido”.
Sin embargo, este último requisito no debe ser apreciado como indispensable
para todos los casos. Frente a los hechos mismos, de los cuales se hacen derivar
consecuencias jurídicas, no cabe hacer incidir los impedimentos que están
destinados a evitar el surgimiento de un estado de familia, cuya trascendencia no
puede ser equiparada a las consecuencias que se siguen de determinados hechos.
Y es que los efectos jurídicos provenientes o vinculados a la unión de hecho, se
producen igualmente haya o no tales impedimentos, los que quedan determinados
por las circunstancias fácticas que rodean al hecho que nos ocupa, y entre las
cuales figura la vida en común de la pareja. Es por esto que el legislador puede
establecer ciertas excepciones –a la regla constitucional– expresas cuando
medien impedimentos matrimoniales; como ocurre, por ejemplo, cuando se define
el concubinato para efectos de la reclamación de la paternidad extramatrimonial,
en el que es intrascendente la existencia o no de impedimentos matrimoniales
entre el hombre y la mujer que la conforman (artículo 402, inciso 3 del Código
Civil); o, cuando se considera la comunidad de vida para mantener irrepetibles los
alimentos ya abonados (artículo 1275 del Código Civil).
III. EL ESTADO APARENTE DE FAMILIA FRENTE A TERCEROS
Como se sabe, el estado de familia deriva del emplazamiento de un sujeto en
una familia determinada. Se trata de un emplazamiento basado en la existencia
del título de estado. Sin embargo, es posible advertir la existencia de un estado
aparente de familia: en el caso de la posesión de un estado determinado de
familia que se da en los hechos. En este supuesto, se incluye el caso de la unión
de hecho.
La significación jurídica de la apariencia de estado matrimonial que la unión
de hecho implica, es una manifestación específica de la trascendencia que se
reconoce, en ciertas circunstancias, y sobre determinados presupuestos, al
derecho aparente.
Más allá de la validez de un acto, en razón de la presencia de los elementos
que deben integrarlo, se encuentra un campo en el que los actos de los hombres
pueden alcanzar validez jurídica, aun no habiendo reunido dichos elementos, en
virtud de la apariencia que presentan, y que llevan a suponer, en términos de
buena fe, que los elementos y requisitos indispensables al acto se hallaban
reunidos. De ese modo se desarrolla la noción de derecho aparente.
Se cita en los orígenes romanos de esta noción la historia, contada por
Ulpiano, de un esclavo, Barbarius Philipus, que no solo se hizo pasar por
ciudadano libre, sino que –por el error de los demás– llegó a ser elegido pretor y
como tal, emitió decretos e intervino en distintas actuaciones oficiales. Al
descubrirse el error, se planteó la duda de si debían anularse todos los actos en
que aquel había intervenido; pero, por la seguridad jurídica, la opinión
prevaleciente fue la de mantener la validez de tales actuaciones. Así, se formuló
la máxima que “el error común hace derecho” ( error comunis facti ius ; Digesto,
Libro 1, Título 14, Ley 3); que fuera hallada por los glosadores.
De ese modo, tras una larga evolución, se ha perfilado esta teoría de la
apariencia, en virtud de la cual, cuando existe de buena fe la creencia en la
existencia de un derecho o una situación jurídica, se reconocen efectos como si
ese derecho existiera, o fuera cierta la situación jurídica aparente. El hecho es
que en el Derecho moderno, se ha extendido profusamente a la utilización de la
apariencia en interés del tráfico jurídico del rigor y de la certeza de los derechos,
lo que confiere al ordenamiento un dinamismo del que antes carecía.
La apariencia implica un error que debe haber sido común. Desde luego, no
cabe exigir que todo el mundo se hubiera engañado efectivamente: basta con que
cada cual se hubiera podido engañar, siendo imposible o en todo caso muy difícil,
no engañarse, dada la situación de hecho. Dicho de otro modo, la apariencia solo
justifica la protección de los terceros en la medida en que produce su error
excusable, considerándose inexcusable el error cuando proviene de una
negligencia culpable.
De manera que aplicando estas nociones generales concernientes al derecho
aparente a la unión de hecho, mientras esta sea notoria y estable, provoca una
apariencia de estado matrimonial que, por implicar en sí misma un valor jurídico,
incidirá, en ciertos aspectos, sobre las negociaciones de los convivientes con los
terceros, acarreando efectos similares a los que provocaría la existencia de la
situación jurídica (matrimonio) de la que solo hay apariencia .
Por cierto que el criterio expuesto no podrá ser opuesto en perjuicio de
terceros que realicen actos o celebren contratos con uno solo de los convivientes
respecto a los derechos que aparezcan registrados como suyos, en función del
principio de la buena fe registral a que se refiere el artículo 2014 del Código Civil
.
IV. LOS EFECTOS PERSONALES DE LA UNIÓN DE HECHO
Es en el aspecto personal, en donde la tesis de la apariencia al estado
matrimonial demuestra su real aplicación. Se parte de considerar que en una
unión de hecho la vida se desarrolla de modo similar a la que sucede en el
matrimonio. En tal virtud, la unión de hecho presenta en su interior una
estructura que la asemeja al contenido real de los cónyuges; lo que se funda en la
realidad de esa pareja, en su funcionamiento y en su autonomía, semejantes a la
del matrimonio, siendo ellos mismos los elementos que sirven de soporte al
fundamento ético de los deberes que surgen de ese estado familiar. Sin embargo,
y no produciendo los mismos efectos que el matrimonio, el tratamiento y las
consecuencias jurídicas de los deberes familiares emergentes de una unión de
hecho son diferentes a los de aquel.
Si se analiza el deber de asistencia en su ámbito material, se comprueba que
entre los cónyuges existe una obligación legal de alimentos que puede subsistir,
excepcionalmente, después de disuelto el vínculo matrimonial. En la unión de
hecho se presenta una obligación alimentaria similar a la que existe entre los
cónyuges; sin embargo, esta no es legal sino de carácter natural. Este derecho a
los alimentos entre convivientes se fundamenta en la preservación del
sentimiento familiar que los vincula y que se hace sentir de modo tan evidente en
la estructura y funcionamiento de la propia unión de hecho; demostrando, en su
naturaleza y esencia, un contenido moral derivado de ese estado de familia. El
reconocimiento de la obligación natural de alimentos entre convivientes tiene
como consecuencia principal la irrepetibilidad de lo que se ha pagado en
cumplimiento de dicha obligación, de acuerdo con el artículo 1275 del Código
Civil: “No hay repetición de lo pagado para cumplir deberes morales o de
solidaridad social (…)”. De otra parte y si la unión de hecho termina por decisión
unilateral, este deber natural se transforma en una obligación legal de prestar
alimentos a cargo del abandonante, cuando el abandonado opta por esta
pretensión.
Si se considera el deber de cohabitación, observamos que los cónyuges deben
hacer vida común en el domicilio conyugal; que de incumplirse unilateral e
injustificadamente origina una separación de hecho, susceptible de configurar la
causal de abandono de la casa conyugal para demandar el divorcio. En la unión
de hecho existe un deber natural de cohabitación semejante al legal de los
cónyuges; no obstante, el incumplimiento unilateral de este deber ocasiona la
terminación de la unión de hecho, al desaparecer la convivencia que es el
fundamento de su vigencia. Por ello y desde el punto de vista jurídico, en esta
circunstancia los ex convivientes no ingresan en un estado de separación de
hecho.
Si se analiza el deber de fidelidad, comprobamos que los cónyuges
recíprocamente deben ser fieles; que de incumplirse este deber en el aspecto
material negativo, se configura el adulterio y que junto a la homosexualidad son
causales para demandar la separación de cuerpos o el divorcio. En la unión de
hecho, por su singularidad, se presenta el deber natural de fidelidad; que de
inobservarse, en cuanto a la continencia sexual, no se configuran las causales
mencionadas; en todo caso, solo provocará la culminación de la unión de hecho
por decisión del conviviente ofendido.
La tesis de la apariencia al estado matrimonial también ha servido de sustento
para que se reconozcan otros efectos en la legislación en general, previa
acreditación de la condición del conviviente.
Así, en el Derecho Laboral, se reconoce que el conviviente supérstite tiene
derecho al 50% del monto total acumulado de la compensación por tiempo de
servicios y sus intereses, que a su solicitud le será entregado por el depositario,
sin delación, en caso de fallecimiento, del trabajador compañero (D.Leg. Nº 650,
artículo 57). De otra parte, se admite que el conviviente sea beneficiario del
seguro de vida a cargo del empleador de su compañero trabajador. (D.Leg. Nº
688, artículo 1).
Por su lado, en la legislación del Sistema Privado de Administración de Fondo
de Pensiones se establece que el conviviente tiene derecho a las pensiones de
invalidez y sobrevivencia y es potencial beneficiario de la pensión de jubilación de
su compañero. (D.S. Nº 206-92-EF, artículo 100).
Por otro lado, con la creación del Sistema Social de Salud –que otorga
cobertura a través de las prestaciones de prevención, promoción, recuperación y
subsidios para el cuidado de la salud y el bienestar social– se precisa que el
conviviente es derecho- habiente del trabajador compañero y tiene calidad de
afiliado con derecho a los beneficios (D.Leg. Nº 887, artículo 3).
En el Código Penal se califica como delito de parricidio al homicidio de un
conviviente por obra de su compañero (artículo 107); es agravante de la pena en
los delitos de favorecimiento a la prostitución (artículo 179) y de rufianismo
(artículo 180) que la víctima sea conviviente del autor. De otra parte, se señala
que no son reprensibles, sin perjuicio de la reparación civil, los hurtos,
apropiaciones, defraudaciones o daños que se causen los convivientes (artículo
208, inciso 1).
Por su parte, en el Código Procesal Civil se indica que nadie puede ser
obligado a declarar sobre hechos que pudieran implicar culpabilidad penal contra
su conviviente (artículo 220). Asimismo, el conviviente de alguna de las partes
está prohibido de ser testigo en un proceso civil, salvo en asuntos de derecho de
familia o que lo proponga la parte contraria (artículo 229, inciso 3). En su
momento, si una de las partes en un proceso civil es conviviente del juez, este
está impedido de dirigirlo y debe abstenerse de participar en él; de no hacerlo,
puede ser recusado por tal motivo (artículos 305 y 307).
V. LOS EFECTOS PATRIMONIALES DE LA UNIÓN DE HECHO
En el aspecto patrimonial, la unión de hecho origina una comunidad de bienes
que se sujeta a las disposiciones del régimen de sociedad de gananciales, en
cuanto le fuere aplicable. De ello se deduce, en primer lugar, que el régimen
patrimonial de las uniones de hecho es único y forzoso; en segundo término, que
ese régimen es uno de comunidad de bienes; y, por último, que a esa comunidad
de bienes se le aplican las reglas del régimen de sociedad de gananciales en lo
que fuera pertinente.
CÓDIGO CIVIL[2]
El artículo 326 del Código Civil, en concordancia con el artículo 9 de la
Constitución de 1979, condiciona la aplicación de las normas del régimen de
sociedad de gananciales a la comunidad de bienes originada de una unión de
hecho, a que esta haya durado por lo menos dos años continuos. Esto significa
que, mientras no se cumpla con este plazo, los convivientes someten sus
relaciones patrimoniales a las reglas de la comunidad de bienes, y en su caso, a
las de copropiedad, en vista de no existir regulación sobre la primera en el
Código Civil.
En tal sentido, una vez cumplido el plazo señalado, a la comunidad de bienes
existente entre los convivientes se le aplicará las reglas de sociedad de
gananciales, en cuanto fuese pertinente; lo que no importa una conversión de la
comunidad de bienes en sociedad de gananciales. Esto último es relevante
cuando se comprueba la impertinencia de la aplicación de las normas de sociedad
de gananciales; en estos casos, las disposiciones de la comunidad de bienes y, en
su caso, las de copropiedad serán las pertinentes.
La determinación de la pertinencia o no de las reglas de sociedad de
gananciales a la comunidad de bienes, formada por convivientes, se realizará
considerando la naturaleza del régimen patrimonial de las uniones de hecho. Así,
por ejemplo, es impertinente aplicar la previsión del artículo 296 según el cual los
cónyuges pueden variar un régimen patrimonial por otro; esto es, los
convivientes, durante la vigencia de la unión de hecho, no pueden modificar su
régimen de comunidad por el de separación de patrimonios. Ello es así, por
cuanto el régimen patrimonial de la unión de hecho es único y forzoso; no
pudiendo, los convivientes sustituir la comunidad de bienes, impuesta por la ley,
durante la vigencia de la vida común.
Igualmente, es impertinente la aplicación del artículo 312 que restringe el
derecho a contratar entre los cónyuges solo sobre bienes propios, por cuanto en
una comunidad de bienes se puede disponer, en cualquier momento, de la cuota
ideal respecto de los bienes comunes. Por lo demás, también se trata de un caso
de aplicación de la analogía, la cual es improcedente cuando se trata de leyes que
restringen derechos.
De idéntica forma, no es pertinente la aplicación del artículo 324 que
establece la pérdida de gananciales por el cónyuge culpable de la separación de
hecho, por cuanto esta última situación importa la extinción de la unión de hecho.
Vale decir, que en caso de separación de hecho se extingue la comunidad de
bienes entre los convivientes; cesando de producirse derechos comunitarios.
Como se explicara, la sujeción a la verificación de un plazo para determinar
cuándo son o no aplicables las normas del régimen de sociedad de gananciales a
la comunidad de bienes originada de unión de hecho, responde a la previsión de
la Constitución de 1979. La consecuencia inmediata de su regulación civil
produce que, antes del cumplimiento del plazo, los convivientes deben probar su
participación en la comunidad de bienes, por cuanto el carácter común de los
bienes no se presume; mientras que, una vez alcanzado el plazo, se presume el
carácter común de los bienes, correspondiendo la probanza a aquel que alega la
calidad de bien propio. Quizás, por ello, en el artículo 5 de la Constitución de
1993 se estableció que la comunidad de bienes se sujeta al régimen de la
sociedad de gananciales en cuanto sea aplicable, sin sujetarlo a plazo o condición
alguna. Con lo cual, desde el inicio de la unión de hecho se presume el carácter
común de los bienes, salvo prueba en contrario; sin que ello impida que, para
otras circunstancias, en la ley se pueda establecer un plazo expreso y diverso.
VI. LA PRUEBA DE LA EXISTENCIA DE LA UNIÓN DE HECHO
Un problema fundamental sobre las uniones de hecho es el relativo a la
prueba de su existencia. Debe precisarse que ella no va a constar en un título de
estado de familia, como son las partidas del registro del estado civil. Esto es así,
por tratarse de un estado de familia de hecho. En tal sentido, la prueba de la
existencia de la unión de hecho se constituye en una cuestión necesaria para
reclamar los efectos legales reconocidos.
Sobre este último punto, se debe distinguir la oportunidad de su demostración
en un proceso, según que se trate de los efectos entre los convivientes o frente a
terceros. Así y respecto de los efectos personales que se reclamen entre los
convivientes, como serían requerir alimentos o una indemnización en caso
terminar la unión de hecho por decisión unilateral de uno de ellos, la prueba de la
existencia de la unión de hecho puede actuarse dentro del mismo proceso en que
se ejerciten tales pretensiones; no requiriéndose su previo reconocimiento
judicial. Esta apreciación se sustenta en la naturaleza de las pretensiones que se
reclaman, las que exigen una pronta atención. En cambio y con relación a los
efectos patrimoniales que se reclamen entre los convivientes o frente a terceros,
como son los derechos que les correspondan de conformidad con el régimen de
sociedad de gananciales, la prueba de la existencia de la unión de hecho se
requiere en forma previa al ejercicio de tales pretensiones; por lo que debe
actuarse en un proceso distinto y anterior. Este criterio también se sustenta en la
naturaleza de las pretensiones que se reclaman y por la seguridad jurídica
necesaria para evitar perjuicios a terceros.
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De otra parte, la prueba va estar dirigida a demostrar que un hombre y una
mujer sin estar casados, hacen vida de tales. En ello consiste la posesión
constante de estado de convivientes. Claro está que, además, se deberá probar el
cumplimiento de los demás elementos configurativos de la unión de hecho; que no
media impedimento matrimonial y, para los efectos patrimoniales, que haya
durado por lo menos dos años continuos.
La posesión constante de estado de convivientes puede acreditarse por
cualquier medio probatorio admitido en la ley procesal; requiriendo el Código
Civil, la concurrencia de un principio de prueba escrita. Esta última exigencia
resulta excesiva si se considera la dificultad de contar con los documentos
escritos, en una relación familiar que se caracteriza por la oralidad o por la
simple concurrencia de circunstancias de comportamiento que revelan su
existencia; siendo, precisamente, la prueba testimonial la que asume mayor
relevancia en asuntos de derecho de familia. Por ello, debería eliminarse tal
requerimiento.
VII. LA EXTINCIÓN DE LA UNIÓN DE HECHO
La unión de hecho termina por la muerte de uno de los convivientes o por su
declaración de ausencia, por mutuo acuerdo o por decisión unilateral de uno de
ellos. Producido el fenecimiento por cualquiera de estas causas, debe liquidarse
la comunidad de bienes de acuerdo a las normas del régimen de sociedad de
gananciales.
En el caso de la extinción de la unión de hecho por decisión unilateral de uno
de los convivientes, la ley contempla que el ex conviviente abandonado puede
exigir una cantidad de dinero por concepto de indemnización o una pensión de
alimentos. Lo primero tiene por objeto reparar los daños que pueda sufrir el
abandonado como consecuencia de la frustración del proyecto de vida, la aflicción
de los sentimientos, etc. Lo segundo tiene por finalidad contrarrestar las
dificultades económicas que enfrente el abandono para obtener los medios
requeridos y seguir atendiendo sus necesidades alimentarias al concluir la
convivencia, a propósito de la conducta del abandonante que demuestra la
intención manifiesta de sustraerse al cumplimiento de su obligación natural de
alimentos.
En lo que se refiere a la pensión, esta se sujeta, en lo que fuere pertinente, a
las disposiciones generales del régimen legal alimentario del Código Civil. Ello es
así, por cuanto el fundamento ético de la obligación alimentaria es el mismo para
los diversos casos contemplados en la ley. En tal sentido, resultan aplicables a la
obligación legal de prestar alimentos a favor del ex conviviente abandonado las
disposiciones sobre la fijación de los alimentos (artículo 481), el criterio para el
incremento o la reducción de la pensión alimenticia (artículo 482), los parámetros
para la exoneración del obligado a prestar los alimentos (artículo 493) y los casos
en que se extingue la obligación alimentaria (artículo 486).
Por otro lado, el juez considerará las circunstancias personales del alimentante
y del alimentista al momento de regular los alimentos. Esas circunstancias
personales podrían determinar en algunos casos, la cesación de la obligación de
prestarlos.
Con relación a los ex convivientes, las circunstancias personales que podrían
presentarse serían o que uno de ellos contraiga matrimonio o que mantenga una
nueva unión de hecho. Al respecto, si es el ex conviviente abandonado (el
alimentista) el que contrae nupcias o mantiene una nueva unión de hecho, resulta
claro que la obligación alimentaria que pesa sobre el ex conviviente abandonante
(el alimentante) debe cesar por corresponder, ahora, la prestación de alimentos al
cónyuge o al nuevo compañero, según el caso. El primero asume la obligación
legal de dar alimentos a su consorte, en atención al deber de asistencia que
señala a los cónyuges el artículo 288 del Código Civil; mientras que, el segundo
adquiere la obligación natural de prestar alimentos a su compañero, implícito en
el artículo 326, primer párrafo, del Código Civil.
En cambio, si es el ex conviviente abandonante (el alimentante) el que contrae
matrimonio o mantiene una nueva unión de hecho, es manifiesto que la obligación
legal alimentaria a favor del ex conviviente abandonado (el alimentista) debe
continuar por seguir presente el estado de necesidad que determinó la fijación de
la pensión de alimentos, presupuesto ético que es el fundamento último para su
regulación en la ley, sin que tales acontecimientos afecten tal circunstancia. Así,
si el ex conviviente abandonante (el alimentante) se casa, atenderá la obligación
alimentaria que la ley impone con los bienes de su matrimonio; por cuanto, el
artículo 316, inciso 2, del Código Civil dispone que “son de cargo de la sociedad
de gananciales: los alimentos que uno de los cónyuges esté obligado por ley a dar
a otras personas”. Si se encuentra en el régimen de separación de patrimonio, la
obligación alimentaria a favor de su ex conviviente abandonado (el alimentista) es
una deuda personal y será pagada con sus propios bienes, de acuerdo con el
artículo 328 del Código Civil. Ahora, si el ex conviviente abandonante (el
alimentante) sostiene una unión de hecho, atenderá la obligación de dar
alimentos impuesta por la ley con los bienes de dicha unión, a la que resulta
pertinente aplicar la disposición del régimen de sociedad de gananciales citada,
de acuerdo con el artículo 5 de la Constitución concordado con el artículo 326,
primer párrafo, del Código Civil.
Por último, la unión de hecho impropia –aquella que no reúne las condiciones
relativas a la diversidad de sexo, a la monogamia y a la libertad de impedimento
matrimonial– no produce los efectos contemplados en la ley. En este caso, el
interesado solo tiene expedita, en su caso, la acción de enriquecimiento indebido.
VIII. LA ACCIÓN DE ENRIQUECIMIENTO SIN CAUSA EN EL CASO
DE LA UNIÓN DE HECHO IMPROPIA
El último párrafo del artículo 326 del Código Civil, referido a los efectos
patrimoniales entre los convivientes, dispone que “tratándose de la unión de
hecho que no reúna las condiciones señaladas en este artículo, el interesado tiene
expedita, en su caso, la acción de enriquecimiento indebido”.
Como se sabe, esta acción procede cuando ha mediado empobrecimiento de un
sujeto y el correlativo enriquecimiento de otro a expensas de aquel, sin que exista
causa que lo justifique; siempre que el perjudicado no disponga de otra acción
para reclamar su resarcimiento (artículos 1954 y 1955 del Código Civil).
Esta acción se considera procedente en el caso de la unión de hecho impropia,
por cuanto no existe una relación o situación jurídica ya constituida que justifique
el provecho o beneficio. En tal supuesto, se puede reclamar la restitución en la
medida en que se haya producido el enriquecimiento, pero teniendo en cuenta
que el monto de la reclamación no puede superar el límite del efectivo
empobrecimiento del demandante. E incluso para determinar el
enriquecimiento se tendrá en cuenta el estado de las cosas existentes al tiempo
de la demanda, ya que el demandado nada deberá si los valores que el otro
incorporó a su patrimonio hubieran desaparecido por caso fortuito o fuerza
mayor.
CÓDIGO CIVIL[3]
Los ejemplos que en el ámbito de la unión de hecho impropia pueden
presentarse son variados y numerosos, ya que en la realidad, como ocurre en el
matrimonio, suele ser el varón quien se encarga de la casi totalidad de las
cuestiones económicas, y la mujer, que deposita en él su confianza mientras dura
la relación, le entrega bienes o lo ayuda con su esfuerzo en la adquisición de otros
nuevos bienes que después aparecen incorporados al patrimonio del varón; la
mujer le ayuda con aportes materiales o monetarios, o con determinados servicios
que le presta (que no llegan a constituir relación laboral), y así aumenta el haber
económico del varón o determina el engrandecimiento de su negocio o el aumento
de los beneficios que el varón obtiene de su actividad habitual. En todos estos
supuestos citados sólo a título ejemplificativo, sin duda la mujer puede ejercer la
acción de enriquecimiento sin causa, dentro de los límites explicados.

[1]Abogado con estudios de Maestría en Derecho Constitucional en la Escuela de


Graduados de la Pontificia Universidad Católica del Perú. Profesor de Derecho
Civil en las Facultades de Derecho de la Universidad Peruana de Ciencias
Aplicadas, Universidad Inca Garcilaso de la Vega y de la Academia de la
Magistratura.

[2] Artículo 326.- Uniones de hecho


La unión de hecho, voluntariamente realizada y mantenida por un varón y una
mujer, libres de impedimento matrimonial, para alcanzar finalidades y cumplir
deberes semejantes a los del matrimonio, origina una sociedad de bienes que se
sujeta al régimen de sociedad de gananciales, en cuanto le fuere aplicable,
siempre que dicha unión haya durado por lo menos dos años contínuos.
La posesión constante de estado a partir de fecha aproximada puede probarse
con cualquiera de los medios admitidos por la ley procesal, siempre que exista un
principio de prueba escrita.
La unión de hecho termina por muerte, ausencia, mutuo acuerdo o decisión
unilateral. En este último caso, el juez puede conceder, a elección del
abandonado, una cantidad de dinero por concepto de indemnización o una
pensión de alimentos, además de los derechos que le correspondan de
conformidad con el régimen de sociedad de gananciales.

[3] Artículo 1959.- Promesa de pública recompensa


Aquel que mediante anuncio público promete unilateralmente una prestación a
quien se encuentre en determinada situación o ejecute un determinado acto,
queda obligado por su promesa desde el momento en que ésta se hace pública.
Artículo 1960.- Exigibilidad de la prestación ofrecida
Cualquiera que se encuentre en la situación prevista en la promesa o haya
ejecutado el acto contemplado en ella, puede exigir la prestación ofrecida.
Si varias personas tuvieran derecho a dicha prestación, ésta corresponde a
aquélla que primero dé noticia al promitente de encontrarse en la situación o
haber ejecutado el acto.