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3/2/2018 Como vencer a la pereza - Reducir Estrés

06/03/2015 Luis Miguel Colado Nuevas entradas

COMO VENCER A LA PEREZA

Como vencer la pereza.


Seguro te gustaría saber como vencer a la pereza.

Realmente ahora en lugar de pereza se habla mas de otra palabra menos conocida: Procrastinación.

Y es que nos cuesta gestionar el tiempo, a veces se acumulan las tareas y nos da pereza empezar a ponernos
manos a la obra. Esa pereza se disfraza de otras actividades en las que te sumerges para evitar aquello que
más te cuesta, así llegas a “procrastinar” esas acciones.

Desde el enfoque mindfulness te ayudamos a ser mas consciente de la gestión de tu tiempo y así finalmente
evitar el estrés.

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La procrastinación no solo es una cuestión de gestionar bien el tiempo. Puede ser la punta del iceberg bajo la
que se ocultan otras cuestiones, como la baja tolerancia a la frustración, el perfeccionismo, la ansiedad, la
depresión, el pensamiento de impotencia, una excesiva autoconfianza o una inadecuada organización de
habilidades: – En ciertos casos, se trata de una excesiva autoconfianza.

Creemos que con menos tiempo tenemos suficiente para llevar a cabo la tarea, y por eso la dejamos para última
hora a ritmo de estrés. Si conseguimos, a pesar de todo, terminarlo en plazo, el mensaje que interiorizamos es
“lo he conseguido y con buen resultado”, con lo que validamos esa forma estresada de trabajar como efectiva.
Aparece entonces otro autoengaño: “trabajo mejor bajo presión”.

– En el caso de personas deprimidas, se da un estado de aletargamiento y una falta de ánimo para hacer
cualquier cosa. Por eso hasta las cuestiones importantes comienzan a ser pospuestas sistemáticamente.

– También personas muy inseguras, que no saben por dónde empezar, tienden a aplazar. Su indecisión las lleva
a posponer eternamente ciertas tareas: Es lo que se conoce como “inacción por análisis”: una y otra vez piensan
y repiensan cómo hacerlo, cuál es la mejor opción, quién puede ayudarles o por dónde empezar. Pero el hecho
es que, mientras analizan indefinidamente, se quedan paralizadas e inoperantes.

– Quienes tienen una baja tolerancia a la frustración, posponen tareas importantes por miedo a que les
desborden, lo que les resulta muy amenazador: no soportan la posibilidad de sentirse mal o fracasar.

– Las personas de perfil perfeccionista también son también presa fácil, ya que temen no lograr la perfección
deseada en sus proyectos, y esperan que se conjuren las circunstancias ideales para llevarlos a cabo ¡Y esa
situación nunca llega!

– También existe un perfil de personas muy activas y creativas, que siempre están gestando ideas, pero no
terminan de perfilarlas o ponerlas en práctica: en el proceso aparecen nuevas ideas que resultan más atrayentes
y que desvían la atención del proyecto iniciado.

– Puede deberse también a una percepción incorrecta del tiempo necesario para llevar a cabo algo: la persona
sobreestima sus capacidades o bien subestima el tiempo requerido para realizar su tarea.

Puede que hayamos comprado libros de gestión del tiempo, asistido a seminarios para optimizar el manejo de la
agenda o instalado el último programa para automatizar nuestras actividades. Pero si somos procrastinadores
profesionales, nada parece funcionar. Uno de los hallazgos de los investigadores acerca de los procrastinadores,
es que el entrenamiento en técnicas de gestión del tiempo ayuda sólo hasta cierto punto. Detengámonos en dos
aspectos fundamentales que hay por debajo, sumerjámonos para ver la parte oculta del iceberg,
fundamentalmente los relacionados con aspectos emocionales y con la existencia o no de un propósito vital:

1.- El aspecto emocional: la procrastinación es un patrón de comportamiento con raíces emocionales


profundas. A pesar de tus mejores intenciones, te autosaboteas a través de “trucos de resistencia mental” una y
otra vez. Fundamentalmente suele haber dos patrones básicos, uno ansioso y otro rebelde.

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– Ansiedad: recuerda esa sensación tensa cuando empiezas a pensar en un proyecto importante, o un desafío
que se aproxima. Lo puedes sentir en el estómago, en el cuello, en la nuca. Todos estos síntomas tienen algo en
común: son la expresión física de la ansiedad. Nos produce ansiedad el miedo a fallar, a no ser perfectos o,
aunque parezca raro, el miedo a triunfar, porque entonces sospechamos que la próxima etapa va a ser aún más
exigente. Nuestra mente, en vez de detenerse y observar, lo único que quiere es quitarse esa tensión de encima
lo más rápido posible. Y la forma más rápida es decir “lo hago más tarde”. Esta promesa además, me protege de
sentirme culpable: te prometes hacerlo mañana, no dejarlo sin hacer. El respiro que nos da prometernos hacerlo
luego es un gran alivio para nuestra mente. Aunque, por supuesto, el alivio no dura mucho: cuando llega el
momento de ocuparnos nuevamente del asunto, la ansiedad aparece de nuevo, y ¿cómo la aliviamos? ¡Pues
repitiendo la jugada!

Rebelión: no todo está relacionado con la ansiedad. Algunas veces simplemente no tengo ganas de esforzarme.
Son momentos en donde aparece el “niño travieso” que todos llevamos dentro. Es caprichoso y odia que le digan
qué hacer y qué no hacer. Ponerse a trabajar requiere esfuerzo, y mi “niño travieso” no se siente con ganas. No
se va a revelar abiertamente, lo haría parecer muy inmaduro frente a mi parte adulta y responsable, y por lo
tanto me da buenas razones de por qué no debo empezar en este momento “hay mucho ruido, no me puedo
concentrar… Quizás empiece cuando todos se vayan a dormir”, “no tengo las herramientas adecuadas; cuando
las obtenga empiezo”, “mejor me informo un poco más antes de ponerlo por escrito”… Todas estas razones
suenan lógicas, pero en realidad son sólo excusas. Es simplemente que no quiero hacerlo.

2.- Visión global y propósito vital.

Saber por qué estamos en este mundo, cuáles son nuestros objetivos más altos, nuestros proyectos personales
y laborales a medio plazo, y las actividades a corto plazo para conseguirlos, es clave. Cada mañana al
levantarnos, tenemos que recordarnos esta visión global, este proyecto vital, y mantenerlo fresco durante el día.
Eso da sentido a nuestras vidas. Es así como podremos vencer nuestros miedos y neutralizar a nuestro niño
travieso: simplemente existen objetivos superiores que queremos alcanzar.

En el fondo, lo que estamos haciendo es desviar nuestra atención de algo que no nos atrae y poniéndola en
cuestiones más placenteras: posponemos lo importante y nos dedicamos a cosas menos importantes pero más
placenteras. Nos decimos interiormente que “lo haremos mejor en otro momento”. Esto tiene que ver con la
autorregulación y ésta, a su vez, con nuestra atención: la procrastinación tiene un efecto distractor de emociones
desagradables asociadas a ciertas tareas.

La práctica de la Atención Plena previene las reacciones inconscientes de evitación y escape, y aumenta
nuestra capacidad de permanecer en situaciones de estrés o emocionalmente difíciles sin sentirnos
sobrepasados. En este sentido, existen estudios que demuestran cómo el entrenamiento en
Mindfulness predice bajos niveles de procrastinación.

La Atención Plena mejora la autorregulación emocional y la capacidad de permanecer sin escapar con
emociones desagradables. Además, aceptar las cosas tal y como son, pero a la vez permanecer centrados para
escucharnos y comprender “hacia dónde queremos ir”, permite ajustar mejor las acciones para conseguirlo, sin
que dependa de lo placentero que pueda ser. Al ser conscientes, podemos comprender dónde estamos en
relación con los objetivos propuestos. Es lo que se llama “conciencia de la discrepancia”, es decir: sé dónde
estoy, hacia dónde voy y lo que me queda para alcanzarlo. Saber dónde me encuentro en relación al objetivo, es
el primer paso para regular la conducta hacia su consecución.

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“Saber donde me encuentro” es en realidad la consciencia sin juicios de las percepciones, sensaciones,
pensamientos y emociones que experimento aquí y ahora. Aceptar sin juicio la discrepancia, observándola
simplemente, resta tensión y motiva a actuar, de forma que pueda reducirse de forma gradual.

Estar en el momento presente nos permite “estar haciendo lo que estoy haciendo”, con lo que las
estrategias para evitar o distraernos aparecen menos. El darnos cuenta de nuestras emociones sin juzgarlas, y
la aceptación de sentimientos como la ansiedad o la frustración, hace innecesario que tengamos que utilizar la
procrastinación para sentirnos mejor.

Cuando permanecemos atentos para detectar nuestra tendencia a procrastinar, aprendemos enseguida a
detectar ciertas señales: – Si nos escuchamos con atención, sentiremos una sensación especial justo antes de
decidir a posponer algo que nos incomoda: puede ser languidez, un diálogo interno, una postura determinada,
un nudo en el estómago o un leve dolor de cabeza. Identificar esta sensación particular para cada uno, es
crucial. Hacer el ejercicio de ver exactamente que “molestia” nos quiere evitar, e ir un poco más allá, para ver
qué beneficios nos reportará soportar esta molestia, nos ayudará. Cuando sintamos esta sensación especial
previa, será útil preguntarnos: ¿Qué voy a conseguir si hago esta tarea? ¿Qué va a ocurrir si no la hago? ¿Soy
la persona que debe hacerla?

– En el momento de encarar una actividad que me genera ansiedad, puedo observar mis sensaciones:

¿Estoy tenso? Puedo emplear la respiración consciente para soltar la tensión. Me escucho con atención: ¿qué
pienso de este proyecto o actividad? ¿Estoy dando excusas al posponerlo o es una decisión elegida libremente?
Si decido comenzar, me pongo un tiempo inicial sensato de tolerar la sensación molesta o desagradable, y me
comprometo conmigo mismo a cumplirlo; probablemente después de él, la sensación haya disminuido y me
cueste menos proseguir. Recuerda que en la procrastinación no se trata de “qué” hacemos, sino de “qué
pensamos y sentimos” cuando consideremos hacerlo. Los perfeccionistas pueden decirse a sí mismos “esto no
tiene porque ser perfecto, puedo hacerlo muy bien aunque no sea perfecto”. Quienes tienen un exceso de
autoconfianza, pueden decirse “no hago mi mejor trabajo bajo presión. Puedo hacerlo mejor si empiezo antes”.
Se trata más de cambiar nuestro pensamiento saboteador por un pensamiento útil, que de aplicar técnicas de
gestión, aunque esto también ayude.

Tenemos que definir nuestros objetivos en la vida, el propósito que le da sentido. Es este propósito vital claro y
decidido, el que nos va a permitir hacer frente a nuestras debilidades y cortar el círculo vicioso de la
procrastinación. Es esta visión clara y global la que nos ayudará a asociar nuestras actividades diarias con lo
que queremos conseguir. Significa, a nivel práctico, contar con un potente factor de motivación capaz de
desbloquear nuestra parálisis.

SOMOS LA GENERACIÓN MULTITAREA.

Las nuevas tecnologías posibilitan grandes oportunidades y ventajas. Gracias a ellas, son más efectivos y
rápidos ciertos desempeños, eso es indudable. Pero, paradójicamente, a pesar de contar con herramientas que
supuestamente facilitan y hacen más rápido el trabajo, el tiempo nos alcanza cada día menos y nuestros niveles
de estrés aumentan. Y es que, al desarrollarse estas herramientas facilitadoras, hemos ampliado
exponencialmente la cantidad de tareas simultáneas en las que nos enfrascamos.

Nos hemos convertido en la generación “multitarea”, a la que le es difícil concentrarse en una sola actividad.
Mientras hacemos cualquier cosa, tendemos a dejar que otras muchas nos interrumpan constantemente: nos
envían mensajes por WhatsApp, nuestro buscapersonas vibra, la bandeja del mail nos avisa que entró uno
nuevo… Tenemos mil frentes abiertos a la vez, y nos engañamos diciendo que “podemos con todos”.

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La Universidad de Stanford ha publicado un estudio que, originalmente, pretendía descubrir las portentosas
capacidades de las personas “multitarea”. Lejos de descubrirlas, la investigación revela que estas personas, no
sólo no tienen cualidades superiores, sino que son menos eficaces y presentan una considerable reducción de
su capacidad mental: no logran concentrarse en una sola actividad y se distraen con interrupciones irrelevantes.

Los “multitarea” no pueden centrarse en una sola cuestión, la que en ese momento es prioritaria, porque el
caudal de información total, hace “ruido” en su interior. Cuando están en situaciones en las que hay múltiples
fuentes de información exterior, o emergiendo en su memoria, no logran filtrar lo que es irrelevante en ese
instante concreto. Esa incapacidad de “filtrar”, hace que sean más lentos y menos eficaces debido a
interrupciones irrelevantes.

Nuestro cerebro, mitos aparte, es incapaz de realizar varias actividades al mismo tiempo: cuando se ve
forzado a estar en varias cosas a la vez, reduce su capacidad y efectividad, pierde concentración y
tiempo, y termina haciendo las cosas a medias.

Este equipo investigador propone algunas estrategias si no queremos


caer en el engaño de la multitarea:

• Es altamente productivo apagar todos los dispositivos electrónicos durante una reunión para poder
concentrarse en el objetivo principal.

• Es hora de volver a las listas de “cosas para hacer” en las que se ordenan las tareas y se establecen
prioridades. • Una opción es establecer tiempos concretos para cuestiones como revisar el correo electrónico,
realizar llamadas o comprobar que nadie nos busca.

• Es saludable “desconectarse” del teléfono y el correo electrónico sobre todo en el horario no laboral. Estar de
guardia las veinticuatro horas del día genera estrés y, a medio plazo, desmotivación para el trabajo.

• Es esencial establecer una buena distribución de funciones y tareas, como también una fácil accesibilidad a los
instrumentos o medios materiales necesarios para cada puesto.

• Es importante motivar y reconocer el trabajo de quienes cumplen los plazos acordados para en su trabajo.

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