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4º DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO (B)

Jesús enseña y cura a la gente.


Primer impacto de la Buena Noticia de Jesús sobre la gente
Marcos 1,21-28

1. Oración inicial
Señor Jesús, envía tu Espíritu, para que Él nos ayude a leer la Biblia en el mismo
modo con el cual Tú la has leído a los discípulos en el camino de Emaús. Con la luz de
la Palabra, escrita en la Biblia, Tú les ayudaste a descubrir la presencia de Dios en los
acontecimientos dolorosos de tu condena y muerte. Así, la cruz, que parecía ser el final
de toda esperanza, apareció para ellos como fuente de vida y resurrección.
Crea en nosotros el silencio para escuchar tu voz en la Creación y en la
Escritura, en los acontecimientos y en las personas, sobre todo en los pobres y en los
que sufren. Tu palabra nos oriente a fin de que también nosotros, como los discípulos de
Emaús, podamos experimentar la fuerza de tu resurrección y testimoniar a los otros que
Tú estás vivo en medio de nosotros como fuente de fraternidad, de justicia y de paz. Te
lo pedimos a Ti, Jesús, Hijo de María, que nos has revelado al Padre y enviado tu
Espíritu. Amén.

2. Lecturas
Primera Lectura: Deuteronomio 18,15-20
Moises habló al pueblo diciendo:15: El Señor, tu Dios te suscitará un profeta
como yo, lo hará surgir de entre ustedes, de entre tus hermanos; y es a él a quién
escucharán.16: Es lo que pediste al Señor, tu Dios, en el Horeb, el día de la asamblea:
No quiero volver a escuchar la voz del Señor, mi Dios, ni quiero ver más ese terrible
incendio para no morir.17: El Señor me respondió: Tienen razón.18: Suscitaré un
profeta de entre sus hermanos, como tú. Pondré mis palabras en su boca y les dirá lo
que yo le mande.19: A quien no escuche las palabras que pronuncie en mi nombre, yo le
pediré cuentas.20: Y el profeta que tenga la arrogancia de decir en mi nombre lo que yo
no le haya mandado, o hable en nombre de dioses extranjeros, ese profeta morirá. –
Palabra de Dios

Comentario:
En este texto se nos habla de la comunicación directa con Dios y de la
transmisión de su palabra. En él se presenta a Moisés como mediador, pero anuncia un
profeta definitivo que llevará a plenitud esa comunicación con Dios. Es un texto que ha
venido a ser muy sugerente y del que se han valido casi siempre los que esperaban
mucho más de la religión del Israel. El “profeta” no está definido y se presenta como
verdadera alternativa al mismo Moisés. No está definido el profeta, porque es una
misión de mucha envergadura. Los cristianos, de una forma muy particular, lo aplicaron
a Jesús. Para muchos autores el texto de la sinagoga de Nazaret de Lc 4,16ss tiene algo
de ello, aunque sea otro texto de Is 61,1-2 el que lo sustenta realmente.

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Israel siempre suspiró por ese profeta definitivo, escatológico, pero no supo
verlo en el momento adecuado. Es un texto que debe contemplarse como la gran
alternativa a magos, adivinos, vaticinadores, etc.. El profeta no es ese tipo de hombres,
ni desempeña esa función, como muchas veces se ha interpretado erróneamente. Su
sintonía con Dios radica en saber escuchar sus palabras en lo más profundo de su ser, y
de rastrear su impronta en la historia de los hombres. Es verdad que ha habido profetas
verdaderos y profetas falsos, pero el pueblo ha sabido distinguir perfectamente entre
unos y otros. (Fray M. de Burgos N.)

Salmo Sal 94, 1-2. 6-7. 8-9 R.


R Ojalá escuchéis hoy la voz del Señor:
«No endurezcáis vuestro corazón.»

Venid, aclamemos al Señor,


demos vítores a la Roca que nos salva;
entremos a su presencia dándole gracias,
aclamándolo con cantos. R.

Entrad, postrémonos por tierra,


bendiciendo al Señor, creador nuestro.
Porque él es nuestro Dios,
y nosotros su pueblo,
el rebaño que él guía. R.

Ojalá escuchéis hoy su voz:


«No endurezcáis el corazón como en Meribá,
como el día de Masá en el desierto;
cuando vuestros padres me pusieron a prueba
y me tentaron, aunque habían visto mis obras.» R

Segunda Lectura: 1 Corintios 7,32-35


Hermanos 32: Quiero que estén libres de preocupaciones, mientras el soltero se
preocupa de los asuntos del Señor y procura agradar al Señor, 33: el casado se
preocupa de los asuntos del mundo y procura agradar a su mujer, 34: y está dividido.
La mujer soltera y la virgen se preocupan de los asuntos del Señor para estar
consagradas en cuerpo y espíritu. La casada se preocupa de los asuntos del mundo y
procura agradar al marido.35: Les he dicho estas cosas para el bien de ustedes, no para
ponerles un tropiezo, sino para que su dedicación al Señor sea digna y constante, sin
distracciones. – Palabra de Dios

En Israel, como en todos los pueblos antiguos, los hombres y las mujeres que no
se casaban o no tenían hijos eran considerados como anormales o víctimas de algún
maleficio; eran despreciados porque causaban la interrupción de la vida recibida de sus
padres y debilitaban a la familia y la tribu. “Sean fecundos y multiplíquense” (Gn 1,28)
es el primer precepto que Dios ha impuesto al hombre. Los rabinos lo habían resaltado,
por esto sostenían que el deber de la procreación es tan fundamental que, si una pareja

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no tenía hijos, el marido tenía que divorciarse de la mujer y procurarse una
descendencia con otra mujer.
Escribiendo a los corintios, Pablo revoluciona esta mentalidad: elogia la vida
célibe y lo hace en términos tan apasionados que da la impresión de minusvalorar la
institución matrimonial.
Reconoce que el matrimonio es bueno y santo, sin embargo existe el peligro de
que las personas casadas se dejen absorber por las preocupaciones de este mundo, hasta
tal punto de hacer pasar a un segundo plano o incluso poner en peligro la unión con el
Señor. Quien se casa tiene el corazón dividido, se preocupa de las cosas del mundo, de
cómo agradar a la mujer, mientras que el que el célibe está completamente libre para
dedicarse al Señor (vv. 32-34).
No está afirmando que el celibato sea mejor que el matrimonio y, menos aún,
que el amor conyugal y el ejercicio de la sexualidad alejen de Dios. Dice simplemente
que el estado de las personas vírgenes no solamente es digno de estima como el de los
casados, sino que coloca aquellos que lo viven con madurez, en una condición favorable
para permanecer unidos al Señor. Quien no tiene una familia propia tiene el corazón
libre para dedicarse completamente a Dios y a los hermanos.
Es más, la condición de célibes es también un testimonio para las personas
casadas de la comunidad: es una llamada de atención sobre el hecho de que el
matrimonio pertenece a las realidades de este mundo, no es la condición última, es
transitorio y destinado a pasar. En el mundo futuro todos serán como los ángeles de
Dios: no tomarán ni mujer ni marido.
Pablo se refiere a la virginidad vivida como don, como alegre disponibilidad al
servicio del reino de Dios y de los hermanos. Es la falsa “virginidad” la que aleja de los
hombres y, por una mal entendida relación intimista con Dios, hace replegarse sobre sí
mismo, generando soledad y tristeza.
La virginidad auténtica no aleja de los hermanos, al contrario, abre de par en par
el corazón al amor sin límites, y nos empuja a acercarnos a ellos (P. Fdo Armellini)

Evangelio:
21
Llegan a Cafarnaún. Al llegar el sábado entró en la sinagoga y se puso a enseñar. 22
Y quedaban asombrados de su doctrina, porque les enseñaba como quien tiene
autoridad, y no como los escribas. 23 Había precisamente en su sinagoga un hombre
poseído por un espíritu inmundo, que se puso a gritar: 24 «¿Qué tenemos nosotros
contigo, Jesús de Nazaret? ¿Has venido a destruirnos? Sé quién eres Marcos 1,21-28
tú: el Santo de Dios.» 25 Jesús, entonces, le conminó diciendo: «Cállate y sal de él.» 26 Y
agitándole violentamente el espíritu inmundo, dio un fuerte grito y salió de él. 27 Todos
quedaron pasmados de tal manera que se preguntaban unos a otros: «¿Qué es esto?
¡Una doctrina nueva, expuesta con autoridad! Manda hasta a los espíritus inmundos y
le obedecen.» 28 Bien pronto su fama se extendió por todas partes, en toda la región de
Galilea

a) Clave de lectura:
El texto del Evangelio de este cuarto domingo del Tiempo Ordinario habla de la
admiración de la gente viendo cómo Jesús transmite su enseñanza (Mc 1,21-22),

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después presenta el primer milagro que se refiere a la expulsión de un demonio (Mc
1,23-26) y finalmente habla de nuevo de la admiración de la gente, ante la enseñanza de
Jesús y de su poder de arrojar espíritus inmundos (Mc 1,27-28).
En los años 70, época en la que escribe Marcos, las Comunidades de la Italia
tenían necesidad de orientación para saber cómo anunciar la Buena Noticia de Dios al
pueblo que vivía oprimido por el miedo de los demonios, por la imposición religiosa de
normas religiosas de parte del Imperio romano. Al describir las actividades de Jesús,
Marco indicaba cómo las comunidades debían anunciar la Buena Nueva. Los
evangelistas daban la catequesis contando con los hechos y acontecimientos de la vida
de Jesús.
El texto que ahora meditaremos indica el impacto que la Buena Nueva de Jesús
sobre el pueblo de su tiempo. Durante su lectura, tratemos de poner atención a lo que
sigue: ¿Cuál es la actividad de Jesús que causaba más admiración en la gente?

b) División del texto Evangélico para ayudarnos en la lectura:


 Marcos 1,21-22: Admirada por la enseñanza de Jesús, la gente se crea una
conciencia crítica
 Marcos 1,23-24: La reacción de un hombre poseído por el demonio delante de
Jesús en la Sinagoga
 Marcos 1,25-26: Jesús vence y arroja al demonio
 Marcos 1,27-28: De nuevo, el impacto de la Buena Noticia de Jesús entre la
gente

3. Silencio orante para que la Palabra de Dios pueda entrar en nosotros e


iluminar nuestra vida.

4. Algunas preguntas para ayudarnos en la meditación y en la oración.


a) ¿Cuál es el punto que más te ha gustado?
b) ¿Qué es lo que ha causado más la admiración de la gente en tiempo de Jesús?
c) ¿Qué es lo que obligaba a la gente a percibir la diferencia entre Jesús y los doctores
de la época?
d) El espíritu del mal no tiene ningún poder delante de Jesús. ¿Qué impacto produce
esto sobre la gente?
e) ¿La actuación de nuestra comunidad produce admiración entre la gente? ¿Cuál?

5. Para aquéllos que desean profundizar en el tema

a) Contexto de entonces y de hoy:

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En este domingo meditamos la descripción que el Evangelio de Marcos hace del
primer milagro de Jesús. No todos los evangelistas cuentan los hechos de la vida de
Jesús de la misma manera. Delante de las necesidades de las comunidades para las que
se escribía, cada uno de ellos acentuaba algunos puntos y aspectos de la vida,
actividades y enseñanzas de Jesús que más pudiesen ayudar a sus lectores. Los lectores
de Mateo vivían en el norte de la Palestina y en Siria; los de Lucas, en Grecia; los de
Juan, en Asia Menor; los de Marcos, probablemente en Italia. Un ejemplo concreto de
esta diversidad es el modo en el que cada cual presenta el primer milagro de Jesús. En el
Evangelio de Juan, el primer milagro sucede en unas Bodas en Caná de Galilea, donde
Jesús transformó el agua en vino (Jn 2,1-11). Para Lucas el primer milagro es la
tranquilidad con la que Jesús se libra de la amenaza de muerte por parte del pueblo de
Nazaret (Lc 4,29-39). Para Mateo, es la curación de un gran número de enfermos y
endemoniados (Mt 4,23), o, más específicamente, la curación de un leproso (Mt 8, 1-4).
Para Marcos, el primer milagro es la expulsión de un demonio (Mc 1,23-26)
Así, cada evangelista, en su manera de narrar las cosas revela cuáles son, según
él, los puntos más importantes en las actividades y en las enseñanzas de Jesús. Cada uno
tiene una preocupación diferente que trata de transmitir a sus lectores y a las
comunidades: hoy vivimos en un lugar y en una época bien diversas de los tiempos de
Jesús y de los evangelistas. ¿Cuál es para nosotros la mayor preocupación en relación a
lo vivido del Evangelio? Vale la pena que cada uno se pregunte: ¿Cuál es para mí la
mayor preocupación?

b) Comentario del texto:


Marcos 1,21-22: Admirada por la enseñanza de Jesús, la gente se crea una
conciencia crítica. La primera cosa que Jesús hizo al comienzo de su actividad
misionera fue llamar a cuatro personas para formar una comunidad con Él (Mc 1,16-
20). La primera cosa que la gente percibe en Jesús es su modo diverso de enseñar y
hablar del Reino de Dios. No es tanto el contenido, sino que es su modo de enseñar el
que despierta la atención. El efecto de esta enseñanza diversa era una conciencia crítica
en la gente en relación a las autoridades religiosas de la época. La gente percibía,
comparaba y decía: Él enseña con autoridad, diversa de los escribas. Los escribas
enseñaban a la gente citando doctores, las autoridades. Jesús no citaba a ningún doctor,
sino que hablaba partiendo de su experiencia de Dios y de la vida. Su autoridad nacía de
dentro. Su palabra tenía las raíces en el corazón y en el testimonio de su vida.

Marcos 1,23-26: Jesús combate el poder del mal


En Marcos, el primer milagro es la expulsión del demonio. El poder del mal
echaba raíces en las personas y las alienaba de sí mismas. La gente vivía destrozada por
el miedo de los demonios y por la acción de los espíritus impuros. Basta ver el interés
causado por el film sobre el exorcismo de los demonios, Y no solo esto. Como en los
tiempos del Imperio romano, muchas son las personas que viven alienadas de sí misma
a causa del poder de los medios de comunicación, de la propaganda del comercio. La
gente vive esclava del consumismo, oprimidas por las facturas que hay que pagar en una
fecha determinada a los acreedores. Muchos piensan que no viven como personas
dignas de respeto, si no compran lo que la propaganda anuncia en la televisión. En
Marcos, el primer gesto de Jesús es precisamente el de arrojar y combatir el poder del
mal. Jesús restituye a las personas a sí mismas. Restituye su conciencia y su libertad.

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¿Se dará que nuestra fe en Jesús consigue combatir contra estos demonios que nos
alienan de nosotros mismos, de la realidad y de Dios?

Marcos 1,27-28: La reacción de la gente: el primer impacto


Las dos primeras señales de la Buena Nueva de Dios que la gente percibe en
Jesús, son éstas. Su modo diverso de enseñar las cosas de Dios y su poder sobre los
espíritus inmundos. Jesús abre un nuevo camino de pureza para la gente. En aquel
tiempo, quien era declarado impuro, no podía ponerse delante de Dios para rezar o
recibir la bendición prometida por Dios a Abrahán. Primero debía purificarse. Por lo
que se refería a la purificación de las personas, existían muchas leyes y normas rituales
que hacían difícil la vida de la gente y apartaban a muchas gentes considerándolas
impuras. Por ejemplo, lavar el brazo hasta el codo, lavarse el rostro, lavar vasos de
metal, copas, vasijas y bandejas, etc. (cfr Mc 7, 1-5) Ahora purificadas por la fe en
Jesús, las personas impuras podían de nuevo postrarse en la presencia de Dios y no
tenían necesidad de observar todas aquellas norma rituales. La Buena Noticia del Reino,
anunciada por Jesús, habría sido para aquella gente un suspiro de alivio y un motivo de
gran alegría y tranquilidad.

Ampliando conocimientos: la expulsión de los demonios y el miedo de la gente

* La explicación mágica de los males de la vida


En el tiempo de Jesús, mucha gente hablaba de Satanás y de la expulsión de los
demonios. Había en la gente mucho miedo y también mucha gente que se aprovechaba
del miedo de los demás. El poder del mal tenía muchos nombres: demonio, diablo,
Belcebú, príncipe de los demonios, Satanás, Dragón, Dominaciones, Potestades,
Poderes, Soberanidad, etc. (cf. Mac 3,22.23; Mt 4,1; Ap 12,9; Rom 8,38; Ef 1,21)
Hoy, cuando la gente no sabe explicar un fenómeno, un problema o un dolor,
recurre, a veces, a explicaciones y remedios que vienen de las tradiciones y culturas
antiguas y dice: Es un mal de ojo: Es el castigo de Dios: Es algún mal espíritu. Y hay
personas que tratan de hacer callar estos malos espíritus mediante la magia y oraciones
en voz alta. Otros buscan un exorcista para arrojar al espíritu inmundo. Otros incluso,
llevados por la nueva y más sádica cultura de nuestro tiempo, combaten la fuerza del
mal de otro modo. Buscan de entender las causas del mal. Buscan un médico, una
medicina alternativa, se ayudan recíprocamente, hacen reuniones comunitarias,
combaten la alienación de la gente, organizan club de madres, sindicatos, partidos y
muchas otras formas de asociación para expulsar el mal y mejorar las condiciones de
vida de la gente.
En el tiempo de Jesús, el modo de explicar y resolver los males de la vida era
semejante a la explicación de nuestras antiguas tradiciones y culturas. En aquel tiempo,
como aparece en la Biblia, la palabra demonio o Satanás, indicaba muchas veces el
poder del mal que desviaba a la gente del buen camino. Por ejemplo, en los cuarenta
días en el desierto, Jesús fue tentado por Satanás que quería conducirlo por otro camino.
(1,12; cfr. Lc 4,1-13). Otras veces, la misma palabra indicaba la persona que llevaba a
otro por un camino falso. Así, cuando Pedro intentó desviar a Jesús de su camino, él fue
Satanás para Jesús: “Aléjate de mí, Satanás, porque no piensas en las cosas de Dios,
sino en las de los hombres” (8,33). Otras veces estas mismas palabras eran usadas para

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indicar el poder político del Imperio romano que oprimía y explotaba a la gente. Por
ejemplo, en el Apocalipsis, el Imperio romano se identifica con “el gran Dragón, la
antigua serpiente, el llamado Diablo o Satanás, seductor de toda la tierra habitada” (Ap
12,9). En el Evangelio de Marcos, este mismo Imperio romano viene recordado con el
nombre de Legión, dado al demonio que maltrataba a un hombre. (Mc 5,9). Otras veces,
la gente usaba la palabra demonio o espíritu para indicar los males y dolores. Así se
hablaba del demonio como de un espíritu mudo (Mc 9,17), de un espíritu sordo (Mc
9,25), del demonio o espíritu impuro (Mc 1,23; 3,11), etc. Y había personas exorcistas
que arrojaban a estos demonios (cfr. Mc 9,38; Mt 12,27).
Todo esto indicaba el gran miedo de la gente ante el poder del mal, que ellos
llamaban demonio o Satanás. En la época en que escribía Marcos su evangelio, este
miedo seguía aumentando. Pues, algunas religiones llegadas de Oriente, divulgaban el
culto a los espíritus, que intercedían entre Dios y la humanidad, considerados demonios,
demiurgos o semidioses. En estos cultos se enseñaban que algunos de nuestros gestos
podían irritar a estos espíritus, y ellos para vengarse de nosotros, podían impedir el
acceso a Dios y privarnos así de los beneficios divinos. Por esto, mediante ritos
mágicos, oraciones en alta voz y ceremonias complicadas, la gente se esforzaba por
invocar y calmar a estos espíritus o demonios, para que no sucediera ningún daño en la
vida humana. Esta era la forma que habían encontrado para defenderse de los influjos de
los espíritus del mal. Y este modo de vivir la relación con Dios, en vez de liberar a la
gente, alimentaba en ella el miedo y la angustia.

* La fe en la resurrección y la victoria sobre el miedo


Ahora pues, uno de los objetivos de la Buena Noticia de Jesús era el de ayudar a
la gente a liberarse de este miedo. La llegada del Reino de Dios significaba la llegada de
un poder más fuerte. Dice el evangelio de Marcos: “Ninguno puede entrar en la casa de
un hombre fuerte y saquear su ajuar, si primero no ata al fuerte y entonces saqueará la
casa” (Mc 3,27) El hombre fuerte es la imagen que indica el poder del mal que mantiene
a la gente prisionera en el miedo. Jesús es el hombre más fuerte que viene para atar a
Satanás, el poder del mal, y quitarle la humanidad prisionera del miedo. “Si yo arrojo
los demonios con el dedo de Dios, sin duda que el Reino de Dios ha llegado a vosotros.”
He aquí la insistencia de los escritos del Nuevo Testamento, sobre todo del evangelio de
Marcos, en la victoria de Jesús sobre el poder del mal, sobre el demonio, sobre Satanás,
sobre el pecado y sobre la muerte.
Como hemos visto en la lectura de este domingo, en el Evangelio de Marcos, el
primer milagro de Jesús es la expulsión de un demonio: “¡Cállate y sal de él!” (Mc 1,25)
El primer impacto que Jesús causa en la gente es producido por la expulsión de los
demonios: “¡Manda hasta a los espíritus inmundos y le obedecen! (Mc 1,27). Una de las
causas principales de la discusión de Jesús con los escribas es la expulsión de los
demonios. Ellos lo calumniaban diciendo: “¡Está poseído por Belcebú! ¡Y arroja los
demonios por medio del príncipe de los demonios! (Mc 3,22). El primer poder que los
Apóstoles reciben cuando son enviados en misión es el poder de arrojar demonios: “Les
dio poder sobre los espíritus inmundos” (Mc 6,7). La primera señal que acompaña al
anuncio de la resurrección es la expulsión de los demonios: “Las señales que
acompañarán a los que creen son éstas: en mi poder arrojarán los demonios” (Mc
16,17). Parece como si fuera un estribillo que no cesa. Hoy nosotros, en vez de usar
siempre las mismas palabras, usamos palabras diversas para transmitir el mismo
mensaje y diríamos “¡El poder del mal, el Satanás que tanto miedo da a la gente, Jesús

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lo venció, lo ató, lo dominó, lo destruyó, lo abatió, lo eliminó, lo exterminó, lo aniquiló,
lo mató! Lo que Marcos quiere decirnos es esto: “¡A los cristianos les está prohibido
tener miedo de Satanás!” ¡Por su resurrección y por su acción liberadora, presente en
medio de nosotros, Jesús ata el miedo de Satanás, hace nacer la libertad en el corazón,
firmeza en la acción y esperanza en el horizonte! ¡Debemos caminar por el Camino de
Jesús con sabor de victoria sobre el poder del mal!

6. Oración con el Salmo 46 (45)


Dios es nuestro refugio y fortaleza,
socorro en la angustia, siempre a punto.
Por eso no tememos si se altera la tierra,
si los montes vacilan en el fondo del mar,
aunque sus aguas bramen y se agiten,
y su ímpetu sacuda las montañas.
¡Un río! Sus brazos recrean la ciudad de Dios,
santifican la morada del Altísimo.
Dios está en medio de ella, no vacila,
Dios la socorre al despuntar el alba.
Braman las naciones, tiemblan los reinos,
lanza él su voz, la tierra se deshace.
¡Con nosotros Yahvé Sebaot,
nuestro baluarte el Dios de Jacob!
Venid a ver los prodigios de Yahvé,
que llena la tierra de estupor.
Detiene las guerras por todo el orbe;
quiebra el arco, rompe la lanza,
prende fuego a los escudos.
«Basta ya, sabed que soy Dios,
excelso sobre los pueblos, sobre la tierra excelso».
¡Con nosotros Yahvé Sebaot,
nuestro baluarte el Dios de Jacob!

7. Oración final
Señor Jesús, te damos gracias por tu Palabra que nos ha hecho ver mejor la
voluntad del Padre. Haz que tu Espíritu ilumine nuestras acciones y nos comunique la
fuerza para seguir lo que Tu Palabra nos ha hecho ver. Haz que nosotros como María, tu
Madre, podamos no sólo escuchar, sino también poner en práctica la Palabra. Tú que
vives y reinas con el Padre en la unidad del Espíritu Santo por todos los siglos de los
siglos. Amén.

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LA PRESENTACIÓN DEL SEÑOR

Evangelio: Lucas 2,22-32

(2,22) Cuando llegó el día de su purificación, (2,23) de acuerdo con la ley de Moisés,
llevaron a Jesús a Jerusalén para presentárselo al Señor, como manda la ley del Señor:
Todo primogénito varón será consagrado al Señor; (2,24) además ofrecieron el
sacrificio que manda la ley del Señor: un par de tórtolas o dos pichones. (2,25) Había en
Jerusalén un hombre llamado Simeón, hombre honrado y piadoso, que esperaba la
liberación de Israel y se guiaba por el Espíritu Santo. (2,26) Le había comunicado el
Espíritu Santo que no moriría sin antes haber visto al Mesías del Señor. (2,27)
Conducido, por el mismo Espíritu, se dirigió al templo. Cuando los padres introducían
al niño Jesús para cumplir con él lo mandado en la ley, (2,28) Simeón lo tomó en brazos
y bendijo a Dios diciendo: (2,29) —Ahora, Señor, según tu palabra, puedes dejar que tu
sirviente muera en paz (2,30) porque mis ojos han visto a tu salvación, (2,31) la que has
dispuesto ante todos los pueblos (2,32) como luz para iluminar a los paganos y como
gloria de tu pueblo Israel. (2,33) El padre y la madre estaban admirados de lo que decía
acerca del niño. (2,34) Simeón los bendijo y dijo a María, la madre: Mira, este niño está
colocado de modo que todos en Israel o caigan o se levanten; será signo de
contradicción y así se manifestarán claramente los pensamientos de todos. (2,35) En
cuanto a ti, una espada te atravesará el corazón. (2,36) Estaba allí la profetisa Ana, hija
de Fanuel, de la tribu de Aser. Era de edad avanzada, casada en su juventud había
vivido con su marido siete años, (2,37) desde entonces había permanecido viuda y tenía
ochenta y cuatro años. No se apartaba del templo, sirviendo noche y día con oraciones y
ayunos. (2,38) Se presentó en aquel momento, dando gracias a Dios y hablando del niño
a cuantos esperaban la liberación de Jerusalén. (2,39) Cumplidos todos los preceptos de
la ley del Señor, se volvieron a Galilea, a su ciudad de Nazaret. (2,40) El niño crecía y
se fortalecía, llenándose de sabiduría; y el favor de Dios lo acompañaba.

– Palabra del Señor

Israel ha celosamente custodiado y meditado la profecía de Malaquías que


encontramos en la primera lectura. Por siglos ha invocado y esperado su cumplimiento,
cultivando la certeza de que, un día, Dios manifestaría su fuerza contra los
incumplidores de la ley.

En el evangelio de hoy Lucas nos narra la desconcertante respuesta del Señor a esta
esperanza. Se imaginaban, quizás, su ingreso triunfal en el santuario, entre legiones de
ángeles, cual juez severo pronto para condenar. He aquí, sin embargo, su sorprendente
ingreso en el templo: es un recién nacido, débil e indefenso, envuelto en pañales, en
brazos de una muchacha poco más que adolescente, acompañada de su joven marido.

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Es difícil reconocer en aquel niño, en todo igual a los otros, al “fuego y la lejía”
enviados desde el cielo para purificar Israel. Solamente personas muy sensibles
espiritualmente podían vislumbrar en él a la “luz que ilumina a toda la gente”.

En la primera parte del relato (vv. 22-24) se narra el episodio de la presentación de


Jesús en el templo.
La ley judía mandaba que todos los primogénitos, tanto de hombres como de
animales, fueran consagrados al Señor (cf. Ex 13,1-16). Como los niños no podían ser
sacrificados, se los rescataban con la oferta de un animal puro que venía inmolado en
lugar de ellos. Los padres pudientes ofrecían a los sacerdotes un cordero, los pobres un
par de palomas o de tórtolas.
María y José han cumplido esta prescripción de la Torá y Lucas no pierde la
ocasión para indicar que la familia de Nazaret pertenecía a la categoría de los pobres: no
podía ofrecer un cordero.
El amor de Dios por los pobres, los pecadores, las personas impuras es un tema
preferido del evangelista. Con un matiz del lenguaje casi imperceptible Lucas, desde el
principio de su evangelio, coloca a la familia de Jesús no solo entre los pobres sino
también entre los impuros.
Según la ley de Israel (cf. Lv 12) solo la parturienta debía someterse al rito de la
purificación. Lucas, sin embargo, habla de “su (en plural) purificación” (v. 22), como si,
en solidaridad con la humanidad pecadora, toda la familia hubiera ido al templo en
busca de purificación.
Un segundo tema que interesa al evangelista: la observancia escrupulosa, por
parte de la sagrada familia, de las prescripciones de la ley del Señor. Con casi pedante
insistencia se repite el estribillo: “Según la ley de Moisés” (v. 22); “como está escrito en
la ley del Señor” (v. 23); “como prescribe la ley del Señor” (v. 24); “para cumplir la
ley” (v. 27); “según la ley del Señor” (v. 39).
Lucas quiere presentar Jesús a sus comunidades como modelo de adhesión a la
voluntad del Padre desde los primeros momentos de su vida. Esta sintonía con los
designios de Dios es solo posible para aquellos que, como los miembros de la Sagrada
Familia, han escogido como guía de sus pasos la palabra de la Sagrada Escritura.
María y José saben que el niño que llevan en brazos no es suyo: les ha sido
confiado por Dios para que cuiden de él, pero pertenece a Dios. Lo cuidarán con toda
premura y amor hasta el día en que comenzará la extraordinaria misión para la que ha
sido destinado, misión que a ellos no les ha sido revelada y que todavía permanece
totalmente envuelta en el misterio.
Lo llevan al templo y lo consagran al Señor pues reconocen que es suyo. No se
apropiarán de él, sino que lo prepararán para entregarlo como un don al mundo en el
tiempo establecido por Dios.
María y José son un modelo para todos los padres a quienes Dios confía sus
hijos. Estos no son criaturas en que replegarse con amor posesivo: los hijos son regalos
del cielo para donarlos al mundo. Los padres son llamados a consagrar sus hijos al
Señor: para así descubrir la misión a la que el Padre los ha destinado y, por tanto,
prepararlos para el cumplimiento de dicha misión.

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La segunda parte del pasaje (vv. 25-35) constituye el centro del evangelio de
hoy. La escena se desarrolla en el templo.
La inmensa explanada que Herodes el Grande, apenas había terminado de
construir, hervía de peregrinos que venían al lugar santo para orar, para recibir las
instrucciones de los rabinos sentados bajo el pórtico de Salomón, o para ofrecer
holocaustos. Son personas religiosas y devotas que parecen poseer la condición
espiritual ideal para acoger al enviado del Señor.
Sin embargo, cuando perdidos en medio del gentío, José y María entran en el
templo llevando al hijo en brazos, ninguno se da cuenta del acontecimiento
extraordinario que está sucediendo, ninguno intuye que aquel recién nacido es “la luz
del mundo”.
Solo Simeón, cuando los ve, se ve invadido de un repentino temblor, de una
emoción incontenible. Se abre paso entre la gente y, dirigiéndose a ellos, toma al niño
en sus brazos, lo levanta al cielo conmovido y exclama: “Ahora Señor, según tu palabra
puedes dejar que tu siervo muera en paz porque mis ojos han visto tu salvación” (vv.
29-30).
¿Cómo ha podido Simeón, hombre piadoso que ha pasado tantos años de su vida
en el templo del Señor meditando las Escrituras, reconocer en aquel recién nacido a “la
luz del mundo”? ¿Qué había de diverso en aquel niño respecto a los demás israelitas
presentes en el templo?
Simeón no era un anciano, como suele ser representado. Lucas lo caracteriza así:
“era justo, devoto y esperaba la consolación de Israel” (v. 25) y más adelante añade: era
un hombre “movido por el Espíritu” (v. 27). Son estas las disposiciones interiores que
caracterizan a los contemplativos, a aquellos que saben percibir la verdadera realidad
más allá de las apariencias de este mundo.
No basta ser personas religiosas y devotas para ver a los hombres y al mundo
con los ojos de Dios. Simeón es un hombre ejemplar. Durante toda su vida ha escogido
como confidente al Espíritu del Señor, ha mantenido viva la certeza de que Dios es fiel
a sus promesas y ha vivido a la luz de las Sagradas Escrituras y, por tanto, es un hombre
sereno y feliz. Su mirada va más allá de los estrechos horizontes del tiempo presente,
contempla su destino lejano y pide al Señor de acogerlo en su paz.
Hay personas que a medida que avanzan en años se entristecen y a veces se
convierten en intratables. Su insatisfacción depende frecuentemente de la enfermedad,
del declinar de las fuerzas, pero otras veces nace del no haber gastado la vida por
ideales elevados o por el miedo a la muerte. En un último intento de permanecer
agarrados a este mundo, se repliegan más sobre sí mismos, se lamentan si no ocupan el
centro de atención, si todos los demás no satisfacen inmediatamente sus necesidades.
No es así Simeón; no piensa en sí mismo sino en los demás, en la entera
humanidad, en la alegría que embargará a los hombres con la instauración del reino de
Dios.
No lamenta el pasado y, aunque sí se da cuenta de que el mal que existe en el
mundo es grande, no cultiva una visión pesimista del presente ni del futuro. Dialoga con
Dios y mira hacia adelante. Sabe que nada cambiará a corto plazo, pero es igualmente
feliz porque ha tenido la fortuna de contemplar la aurora de la salvación. Se alegra como
el campesino que, al término de una jornada de siembra, sueña ya con las grandes
lluvias y la abundancia de la cosecha.

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Es el símbolo del resto del Israel fiel que por tantos siglos ha esperado al Mesías.
No se contenta con tomar a Jesús en sus brazos, sino que lo toma para donarlo al
mundo, para presentarlo a todos como “la luz”. Ha comprendido que el Mesías no
pertenece solo a su pueblo, sino que ha sido enviado para llevar la salvación a toda la
gente, para ser la luz de todas las naciones (vv. 30-32).
Simeón pronuncia otra profecía, esta vez dirigida a María: Jesús se convertirá en
signo de contradicción (vv. 34-35).
La imagen de la espada que le traspasará el alma, ha sido interpretada a veces
como el anuncio del dolor que embargará a María a los pies de la cruz. No es así. La
madre de Jesús es entendida aquí como símbolo de todo el pueblo. En la Biblia el
pueblo de Israel es imaginado como la mujer-madre que dará el Salvador al mundo.
¿Quién mejor que María podía prefigurar esta madre-Israel? Es, pues, a Israel al
que Simeón, intuyendo el drama que le espera, se dirige. Anuncia el surgir de una
profunda e inevitable laceración al interior del pueblo. Frente al Mesías enviado del
cielo, habrá israelitas que abran la mente y el corazón a la salvación; muchos otros, sin
embargo, se encerrarán en el rechazo, decretando así su ruina.

En la tercera parte (vv. 36-38), Lucas introduce a Ana, la anciana profetisa que
descubre al Señor en el niño considerado por todos como un recién nacido más. ¿Quién
le ha dado esta sensibilidad espiritual? ¿Cómo ha llegado a tener una mirada tan
penetrante?
Ana, explica el evangelista, era una mujer profundamente unida a Dios. En toda
su vida no ha pensado más que en él: “No se alejaba nunca del templo, sirviendo a Dios
noche y día con ayunos y oraciones” (v. 37). Tenía 84 años y este número (que equivale
a 7×12) tiene un significado simbólico: el 7 indica la perfección, 12 el pueblo de Israel.
Ana representa al pueblo santo que, conseguida la plena madurez, entrega al mundo al
tan esperado Salvador.
Ana pertenecía a la tribu de Aser, la más pequeña e insignificante de las tribus
de Israel. Lucas pone de relieve este detalle, quizás sin importancia para los demás, pero
no para Lucas, el evangelista de los pobres, de los últimos y que quiere que los
cristianos de su comunidad se convenzan que los pequeños y los humildes están mejor
dispuestos a reconocer en Jesús al Salvador.
Ana había permanecido fiel al marido hasta el punto de no volver a casarse. Su
decisión, tiene para el evangelista, un significado teológico. Como Simeón, Ana
representa al Israel fiel. La esposa-Israel ha tenido en su vida un solo amor, después ha
vivido en el luto de la viudez hasta el día en que, en Jesús, ha reconocido a “su esposo”,
el Señor. Entonces, ha comenzado a ser feliz como la esposa que recupera su único
amor.
Ana no se aleja del templo porque era la casa de “su esposo”. No tienen
necesidad de otros dioses, pues no buscan amantes los que viven en la intimidad con el
Señor y, como Ana y todos los enamorados, solo hablan de la persona amada.
El episodio concluye (vv. 39-40) con el regreso de la sagrada familia a Nazaret y
con una referencia al crecimiento de Jesús. En nada se diferenciaba de los niños de su
aldea, a excepción de que “crecía y se fortalecía, llenándose de sabiduría; y el favor de
Dios lo acompañaba”.

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