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CAPÍTULO I

lQUÉ ES LA FILOSOFÍA POLÍTICA?

1. La filosoña política y la lección


de los clásicos

iempre es difícil, cuando se trata de disciplinas filosóficas,

S ofrecer definiciones satisfactorias sobre el objeto, los te


mas y problemas y los métodos de las mismas . A diferen-
cia de lo que ocurre con las ciencias exactas o experimentales,
donde existe un consenso básico de las comunidades que las
cultivan en relación con su naturaleza básica (aun si pueden existir
diferencias importantes en los problemas de frontera), en el caso
de las tradiciones filosóficas más bien nos topamos con una plu-
ralidad de corrientes. tendencias y posiciones contradictorias e
incluso incompatibles que vuelve sumamente complicado siquie-
ra delimitar el dominio y los objetivos de esas disciplinas. Se
corre el riesgo, entonces, de proponer definiciones excluyentes,
incluso sectarias, que dejan fuera arbitrariamente obras y auto-
res que se consideran esenciales desde otros puntos de vista.
Así. por ejemplo, siguiendo a ciertos textos contemporá-
neos decimos que la filosoña política es una teoría normativa de
lo que debiera ser, racionalmente, el fundamento de la obliga-
ción política, o una teoría también puramente normativa de la
justicia, si bien es cierto reconoceríamos algunas de las cuestio-
nes que, desde siempre. han preocupado a muchos autores

15
16 LUIS SAJ..AZAR CARRION

relevantes. 1 Pero dejaríamos de lado obras. cuestiones y temas


que, para otras perspectivas, forman parte fundamental de la
filosofía política. Por eso en todo caso sería mejor decir que así
es como algunos filósofos han entendido y practicado esta disci-
plina, o que así es como creemos algunos que debiera entender-
se y practicarse.
Para evitar estas dificultades, parece preferible intentar una
aproximación más descriptiva a lo que. en realidad, han sido las
tradiciones básicas de la filosofía política y sólo después exami-
nar si esa pluralidad de tendencias y concepciones tiene algo en
común, algo que no obstante las diferencias permita seguir ha-
blando en singular de La filosofía política. Para ello parece conve-
niente comenzar con lo que Bobbio ha denominado "la lección de
los clásicos". 2 es decir, con el conjunto de autores y obras que la
mayoría de los estudiosos reconoce como miembros indiscuti-
bles de las tradiciones que configuran a la filosofía política, des-
de Platón hasta Weber, y quizá hasta Bobbio, Rawls y Habermas.
Seguramente, según los diversos puntos de vista, la lista de los
autores canónicos puede variar parcialmente. así como la im-
portancia que pueda otorgarse a cada uno de ellos. Pero como
señala John Dunn, 3 no deja de ser curioso que, a pesar de la di-
versidad de corrientes antes mencionada. exista un amplio (si
bien no total) consenso hoy en día sobre los autores que cuen-
tan, esto es. sobre aquellos que ningún estudioso serio de la fllo-
sofía política puede ignorar del todo.
Ya lo anterior. sin embargo. permite vislumbrar que, sea la
que fuere la naturaleza de la ftlosofía política, se trata de una

1 Un ejemplo de estas posiciones se encuentra en los ensayos de Anthony


Quin ton ("Introducción") y J. Plamenatz ("Utilidad de la teoría política"). en A.
Quinton (comp.). Filosofía política, México, Fondo de Cultura Económica, 1974.
2 Norberto Bobbio, "Razones de la fllosofia política". en Norberto Bobbio: el
filósofo y/apolítica. Fondo Cultura Económica. México. 1996.
3 John Dunn. "The hlstory of poli ti cal theory", en The Historyof Política/
Theory and other Essays, Cambridge Universicy Press. 1996. pp. 17-18.
PARA PENSAR LA POLITICA 17

disciplina teórica que no puede ni debe confundirse con las cien-


cias formales y experimentales, por más que puedan tener algu-
nos aspectos en común y a pesar de que no pocos filósofos hayan
pretendido justamente alcanzar, para su trabajo fllosófico, un
estatuto propiamente científico. Hoy, cuando las corrientes
positivistas y marxistas, que de una u otra manera pretendían,
no hace mucho, "superar científicamente" las tradiciones filo-
sóficas anteriores, han perdido buena parte de su atractivo, ya
no resulta complicado reconocer que, en efecto, la filosofía po-
lítica (y la filosofía en general) no es ni tiene por qué querer ser
una ciencia, en el sentido en que lo son las matemáticas, la físi-
ca, la química o la biología. Que, por ello mismo, la relación de
la fllosofía política con su historia es muy diferente a la que estas
ciencias establecen con su pasado. Un físico que trabaje en te-
mas de punta, por ejemplo, no tiene que preocuparse necesaria-
mente por el desarrollo histórico de sus teorías y mucho menos
por el pasado remoto de su disciplina. Y lo mismo se puede de-
cir del matemático, del químico o del biólogo, sin que, por su-
puesto, eso reste interés al estudio de la historia de las ciencias.
Pero ese estudio, por decirlo de otra manera, no es parte <::onsti-
tutiva de su trabé\io actual. Después de todo, las ciencias "exac-
tas" parecen ser más bien ingratas con su pasado, al que consi-
deran casi siempre como aquello que debió refutarse y superarse
para alcanzar las perspectivas teóricas contemporáneas, mismas
que buscan incansablemente superar y dejar atrás en el futuro.
Galileo Galilei_ Isaac Newton, Albert Einsten, Sthephen Hawking,
son sin duda grandes héroes de la física, pero más allá de su
interés histórico y cultural es poco probable que sus obras sean
igualmente relevantes para el físico actual.
Ahora bien, aunque, como se señaló antes, no hayan faltado
quienes quisieran que la filosofía asumiera la misma ~Ctitud res-
pecto de su pasado, el hecho es que parece haber fuertes razo-
nes para reconocer que su estudio y su desarrollo son indisociables
de un examen cuidadoso y serio de la historia de la filosofía. En
18 LUIS SAlAZAR CARRION

este sentido, se pueden tener preferencias variadas sobre los


autores clásicos, pero muestra escasa sensibilidad filosófica quien
pretende que se puede hacer filosofía sin un conocimiento bási-
co de la historia de las cuestiones y temas que se quieren traba-
jar. Y no sólo de la historia reciente, sino de una historia que
remonta al menos hasta Platón y Aristóteles (quienes, por lo
demás, se remitían siempre a sus antecesores, los llamados
"presocráticos").
Pero si parece adecuado reconocer que la filosofía en gene-
ral y la filosofía política en particular no son, ni tienen por qué
pretender ser, ciencias en el sentido fuerte de esta expresión,
ello no tiene por qué conducir a posiciones anticientíficas o
irracionalistas. A posiciones que. en nombre de una presunta
superioridad de la "sabiduría filosófica", rechazan, ignoran o
disminuyen la importancia de las ciencias formales o empíricas,
de sus evoluciones y avances. En los hechos. las grandes filoso-
fías, desde la de Platón hasta la de Ludwig Wittgenstein, se han
sustentado casi siempre en los desarrollos científicos propiamente
dichos. Una filosofía que dé la espalda o que s e oponga a las
ciencias no puede ser así sino una filosofía irracionalista. que en
el mejor de los casos servirá para poner en evidencia los excesos
de determinadas idealizaciones de las ciencias, pero que más
comúnmente degradará la reflexión filosófica a mero ensayismo
si no es que a servidora de misticismos y fideísmos más o menos
atractivos como modas culturales pasajeras. Después de todo,
la filosofía. en sus grandes representantes, casi siempre ha im-
plicado un fuerte compromiso explícito con la razón y con la
racionalidad; y siempre ha sido un esfuerzo teórico riguroso.
capaz de distinguirse por ello mismo de los mitos. leyendas y
relatos en que se sustentan las religiones. la poesía o la literatura
en general. Lejos pues de oponerse o de despreciar a las cien-
cias, una buena filosofía, en consecuencia. es aquella capaz de
establecer relaciones positivas y productivas con las mismas.
aprendiendo de sus resultados. de sus métodos y de sus innova-
PARA PENSAR LA PoLlTICA 19

cienes. En el caso de la filosofía política, en particular, no se ve


cómo puede separarse hoy en día su labor de los conocimientos
que proporcionan las ciencias sociales o hwnanas empíricas (desde
la sociología, la ciencia política, la antropología y la psicología,
hasta la historiografía). por más que algunas de sus cuestiones,
como veremos más adelante, requieran tratamientos filosóficos
específicos, es decir, no puedan reducirse a problemas resolubles
en términos estrictamente científicos.
Acaso entonces podemos empezar afirmando que la filoso-
fía y la filosofía política pueden entenderse como grandes deba-
tes y proyectos te6ricos peculiares de la civilización occidental.
Con estos términos se pretende poner de manifiesto que se trata
del desarrollo de una serie de actividades teóricas que nacieron
o fueron inventadas por determinados fundadores en un cierto
momento histórico y que tuvieron la fortuna de ser transmitidas
y heredadas a través de los siglos. Naturalmente, como sucede
con todos estos desarrollos, a lo largo de su historia tales activi-
dades sufrieron múltiples cambios y se vieron fuertemente in-
fluidos por los diferentes contextos en que se insertaron, pero
manteniendo, algún tipo de continuidad en algunos aspectos esen-
ciales. Es en este sentido que podemos hablar de los "clásicos"
de la filosofía y de la filosofía política, esto es, de autores que
por marcar hitos relevantes en su historia resultan, por asi de-
cirlo, "insuperables", "indispensables" como puntos de referen-
cia para el ejercicio actual o futuro de las reflexiones filosóficas.
Para aclarar lo anterior vale la pena citar la definición de
Bobbio sobre lo que puede considerarse un clásico:

[...] debe ser considerado como un intérprete de la época en


que vive, tal que no pueda prescindirse de su obra para cono-
cer el 'espíritu de su tiempo'; debe ser siempre actual, en el
sentido que cada generación sienta la necesidad de releerlo, y
releyéndolo, de dar una nueva interpretación de la misma;
debe haber elaborado categorías generales de comprensión
20 Lurs SALAZAR CARRJúN

histórica. de las que no se puede prescindir para interpretar


una realidad incluso diversa de aquella de la que las ha deri-
vado y ala que las ha aplicado. 4

Seguramente esta concisa definición no dejará de provocar


cierta perplejidad: ¿cómo una obra puede ser a la vez "expresi-
va" de su tiempo y necesaria para comprender los problemas de
otros tiempos? ¿y por qué ha de verse sujeta a interpretaciones
diversas cuando no contrapuestas? Más adelante intentaré exa-
minar estas preguntas, pero por el momento baste decir que, en
efecto, las tareas de la filosofía y de la filosofía política tienen
que ver con una lectura al mismo tiempo histórica y teórica de
las obras de los clásicos y en consecuencia con el reconocimien-
to de la peculiaridad irreductible de las cuestiones y las argu-
mentaciones filosóficas.
La comprensión de la obra de un clásico de la filosofía polí-
tica pasa así. necesariamente. por el examen del contexto histó-
rico en que fue escrita. Exige reconocer que esa obra fue moti-
vada por determinadas preocupaciones del autor. suscitadas a
su vez por las dificultades y conflictos propios de su época, por
los debates ideológicos e intelectuales, y por el deseo de interve-
nir teóricamente. desde la cultura, en ese contexto específico.
Difícilmente podemos entender la filosofía política de Platón. de
Hobbes. de Hegel o incluso de Rawls. Habermas o Bobbio, sin
considerar las circunstancias epocales que los condujeron a ela-
borar sus textos, a sostener con argumentos determinadas pos-
turas y valores, a intervenir entonces de modo filosófico en la
coyuntura política de su tiempo. La crisis y las dificultades de la
democracia ateniense, pero también la trágica muerte de Sócrates
y las disputas entre y con los sofistas de la época. son elementos
indispensables para comprender los Diálogos de Platón. El sur-

4 Norberto Bobbio. "Marx, el Estado y los clásicos", en Norbeno Bobbio: el


filósofo y la polftica, op. cJe., p. 76.


PARA PENSAR LA PoL.lrtCA 21

gimiento del Estado moderno, los conflictos político-religiosos,


los grandes descubrimientos científicos, también fueron elemen-
tos determinantes de las obras escritas por Hobbes. Y la Filoso-
fía del derecho de Hegel sería ininteligible sin la consideración
de las secuelas de la Revolución francesa y de la Revolución in-
dustrial, así como del "atraso" alemán. Lo mismo que lo sería
ese texto tan aparentemente abstracto elaborado por Rawls, su
Una teorfa de la justicia, sin reconocer, aunque sea de manera
esquemática, el contexto político y teórico que le dio vida y sen-
tido, es decir, las discusiones sobre la política social y el Estado
de bienestar en el siglo XX.
Pero si esta lectura histórica es indispensable para una com-
prensión adecuada de los clásicos de la filosofía política, no de-
biéramos confundir - como en ocasiones'Parecen hacer algunos
autores ingleses como Burrhus Frederick Skinner, Dunn y
Pocock- la historia de las ideas políticas con la lectura filosófica
o teórica de los clásicos. Como se ha sugerido, los clásicos pue-
den expresar el "espíritu de su tiempo", pero es un error redu-
cirlos a una mera expresión del mismo. La lectura filosófica de
Platón o de Hobbes o de Hegel también debe ser una lectura
teórica, una lectura analítica y sistemática capaz de examinar y
reconocer La actualidad y vigencia de sus argumentos y de sus
razones, a pesar de que los tiempos actuales parezcan ser muy
distintos a los que esos autores vivieron. Lo que los define como
clásicos, a diferencia de tantos otros escritores e ideólogos, es
precisamente que sus obras fueron capaces de trascender, teóri-
camente a su época, de conservar en cierto sentido algún tipo de
actualidad, de ser puntos de referencia obligados para la discu-
sión renovada de temas y problemas recurrentes e insuperables.
Es todavía prematuro abordar las razones de esta extraña eter-
nidad teórica de las cuestiones y temas centrales y recurrentes
de la filosofía política. Pero es indispensable reconocerla para
entender por qué, a diferencia de lo que ocurre con las ciencias
22 LUIS SALAZAR CARRION

propiamente dichas, la lección de los clásicos es indispensable


para la labor propia de la filosofía política.

2. La fllosofia polftica como teoría general


de la polÍtica

En esta perspectiva, vale la pena señalar que esos temas y cues-


tiones recurrentes forman parte de propuestas, más o menos
desarrolladas, sistemáticas y completas, de una teor/a general
de la política. De una teoría que puede examinarse distinguien-
do cinco dimensiones o aspectos específicos, que es necesario
examinar analíticamente para comprender las obras de cada
autor. 5 La primera dimensión sería la de los presupuestos hist6-
rico-culturales de esa teoría, esto es, la referente a la lectura
histórica antes mencionada. Se trataría entonces de considerar
en esta parte el contexto y las preocupaciones que condujeron al
clásico en cuestión a elaborar su teoría. La segunda dimensión
se dedicaría al estudio de los que se puede denominar el modelo
descriptivo de esa teoría, o sea, la manera en que el autor en-
tiende y explica la realidad política de su tiempo. Hay que decir
que no siempre es sencillo separar y distinguir este modelo des-
criptivo, esa visión de la realidad objetiva, de las evaluaciones y
prescripciones, y que incluso, en algunos casos, este modelo
descriptivo aparece más como un presupuesto implícito de aque-
llas evaluaciones y prescripciones, que como una teoría
netamente elaborada, mientras que, en otros casos, lo que aparece
como presupuesto no explicitado son precisamente las evalua-
ciones y prescripciones. En todo caso, parece importante reco-
nocer que el modo en que cada autor entiende descriptivamente
la realidad va a tener fuertes consecuencias para la manera en

5 Este esquema fue propuesto por Michelangelo Bovero en un seminario


sobre Filosofía Polftica, desarrollado en el Instituto de Investigaciones FLiosófi-
cas-UNAM, en 1988.
PARA PENSAR LA PoLlTICA 23

que proponga y argumente sus evaluaciones y prescripciones.


La tercera dimensión tendrá que ver, así, con los valores defen-
didos, definidos y argumentados por el clásico en cuestión. En
buena medida, de la naturaleza de esos valores dependerá la
orientación y la focalización del modelo descriptivo, permitién-
donos la comprensión más aftnada del mismo. Más adelante ve-
remos que el universo axiológico propiamente político, de los
valores que por ende determinan lo que es la justicia para cada
autor, puede reducirse a tres valores políticos esenciales: orden,
libertad e igualdad. Naturalmente, la interpretación. definición.
justificación y jerarquía de estos valores variará y será objeto de
controversias interminables. pero es posible afirmar que la teoría
de cada autor necesariamente implicará un determinado orde-
namiento jerárquico entre los mismos. En la cuarta dimensión
habrá que considerar el modelo prescriptivo o normativo pro-
puesto por el autor, es decir, la forma en que según él tendría
que organizarse la vida política para que esta fuera justa y racio-
nal. También en este caso, no siempre será sencillo en algunos
clásicos determinar la naturaleza de este modelo en virtud de
que este ideal puede permanecer más o menos implícito como
presupuesto de sus valoraciones y descripciones. De hecho. ciertos
clásicos como Maquiavelo, Marx, o en otro sentido Rawls, son
más bien parcos al definir esta forma específica de organiza-
ción, mientras que otros, como Platón o Thomas Moro, nos ofre-
cen detalladas descripciones de su modelo ideal (de su utopía).
Finalmente, en la quinta dimensión o parte de este examen ten-
dría que estudiarse el modelo práctico, esto es, la manera en que
cada clásico pretende que se puede o debe pasar de la realidad
descrita en la segunda dimensión a la realidad deseada en la cuar-
ta. Este es quizá uno de los aspectos más apasionantes y menos
estudiados sistemáticamente de las obras de los clásicos de la
ftlosofía política. Y tampoco es sencillo, como en los casos ante-
riores, reconocer de inmediato este modelo, dado que con fre-
24 LUIS SALAZAR CARRJúN

cuencia aparece sólo sugerido más que desarrollado explícita y


teóricamente.

3. Las grandes cuestJ"ones


de la filosofía polÍtica

Ahora bien, si la obra de los clásicos puede examinarse como


propuestas más o menos desarrolladas de una "teoría general de
la política", con los aspectos o partes antes sugeridas, cabe pre-
guntarse cuáles han sido las cuestiones centrales que han dado
vida a estas elaboraciones teóricas, y hasta qué punto tales cues-
tiones difieren (o incluso se oponen) a las que plantean la ciencia
y la sociología política. Siguiendo una vez más a Bobbio, pode-
mos indicar tres cuestiones canónicas o fundamentales: 6 la cues-
tión acerca de la mejor forma de gobierno (de la óptima repú-
blica), la cuestión acerca del fundamento del poder político (o
de la obligación política) y la cuestión sobre el concepto o la
esencia de la política (generalmente asociada al tema de la rela-
ción entre ética y política). Si contrastamos estas preguntas con
Jos problemas que paralelamente se proponen los dentistas o
sociólogos políticos, de inmediato podemos mostrar hasta qué
punto divergen, convergen o incluso se traslapan.
Asumiendo que la ciencia y la sociología política tienen como
objetivo un conocimiento objetivo, "libre de valores", de los fe-
nómenos políticos, es fácil reconocer que estas disciplinas pue-
den sin duda investigar cuáles son las formas de gobierno que
históricamente han existido, e incluso qué condiciones las han
hecho posibles y qué condiciones han provocado su transforma-
ción y hasta su extinción. Pero ya no será labor propiamente
científica la de evaluarlas o juzgarlas como mejores o peores, ni
mucho menos la de establecer cuál de esas formas sería la ópti-

6 Cf. Norberto Bobbio. "Relaciones entre filosofía política y ciencia políti-


ca··. en Noberto Bobbio..., op. cit.
PARA PeNSAR LA PoLITICA 25

ma y la que debería realizarse. Naturalmente, el investigador


puede tener sus preferencias valorativas, e incluso orientar su
investigación de acuerdo con esas preferencias, por ejemplo es-
tudiando las condiciones que hacen posible la democracia y su
consolidación institucional. Sin embargo. el valor cientffico de
su trabajo nada tiene que ver con tales preferencias. sino con su
capacidad de formular y verificar empíricamente sus hipótesis,
estableciendo relaciones contrastables entre determinados fac-
tores x, y determinadas consecuencias y. De tal manera que, como
decía Max Weber, aun aquellos que no concuerden con tales pre-
ferencias valorativas puedan entender y discutir la validez cien-
tífica de las tesis sostenidas por ese investigador. En cambio, lo
que se han propuesto muchos fl.lósofos no es solamente descri-
bir las formas de gobierno, sino descubrir cuál es la mejor, la
óptima. Su labor es, en este sentido. prescriptiva o normativa, y
por ende absolutamente distinta a la del científico. Así. por ejem-
plo, cuando Platón se propone elaborar un modelo ideal de politeia
(de república), argumenta en términos normativos, e n términos
de una racionalidad que no puede ni verificarse ni falsificarse
empíricamente, que no puede entonces contrastarse con la rea-
lidad, sino sólo contrastarse con otros ideales y valores, y su
posible justificación normativa. Lo que le interesa a Platón no es
lo que es, sino lo que debe ser, no es la realidad empírica, sino
justificar un ideal.
No es casual entonces que la cuestión sobre la mejor u ópti-
ma forma de gobierno dé lugar al mayor alejamiento y tensión
entre la filosofía política y la ciencia política. Muchas de las po-
lémicas que los científicos sociales han desarrollado contra la
naturaleza "metafísica" o "idealista" de la filosofía política, y
muchos de los ataques filosóficos contra el positivismo y el nihi-
lismo de los científicos sociales, se sustentarán, como veremos,
en esta divergencia de intereses teóricos. ¿Es posible "demos-
trar" racionalmente algo así como la deseabilidad de una óptima
forma de gobierno? ¿Es posible evitar, en el análisis empírico de
26 LUlS SALAZAR CARRJON

las formas de gobierno reales, asumir una postura implícita o


explícita sobre su "preferibilidad"? Es todavía prematuro abor-
dar directamente estas preguntas. Baste por ahora con tenerlas
presentes, para en todo caso dejar claro que estamos aquí en un
punto de tensión y polémica que en mucho puede aclararse si
mantenemos la distinción entre juicios de hecho y juicios de va-
lor, evitando dos extremos igualmente estériles: el de los que
pretenden descalificar a priori la posibilidad de los primeros (y
con ello de las ciencias sociales) aduciendo que todo juicio de
hecho implica (y hasta oculta) una valoración oculta; y el de los
que niegan toda utilidad a la argumentación racional sobre idea-
les y valores. Como antes señalábamos una teoría general de la
política contempla, al menos idealmente, ambos problemas, el
de la descripción empírica y el de la elaboración normativa, lo
que nos indica al menos que esa tensión. cuando se mantienen
claras las distinciones, puede ser (y ha sido) productiva para una
comprensión adecuada de la complejidad de los fenómenos po-
líticos. 7
La segunda cuestión, la del fundamento del poder o de la
obligación política, que ha dominado sobre todo las tradiciones
anglosajonas de la filosofía política, nos remite a las razones que
existen para suponer que el poder es legitimo (o no) y que, por
consecuencia se le debe obedecer (o no). Se sustenta así e n la
distinción entre poder de hecho y poder de derecho, así como
entre obediencia forzada y obediencia debida. Tal vez el autor
que con más claridad la formuló fue Rousseau, cuando señaló la
necesidad de que el poder sustentado en la fuerza se transfor-
mara en poder sustentado en el derecho de mandar, convirtien-
do así la constricción en deber. Aquí también podemos encon-

7 Al respecto. vale la pena leer el sugerente ensayo de lsaiah Berlin "<.Existe


la teoría política?". en Concepcos y cacegodas. México. Fondo de Cultura Econó-
mica. 1985. También Giovanni Sartori hace interesantes reflexiones al respecto
en su Teoría de la democracia. Madrid. Alianza Editorial. vol. 1. caps. II y m.
PARA PENSAR LA PoLITICA 27

trar una diferencia esencial entre esta pregunta normativa, filo-


sófica, con los problemas que paralelamente examinan los cien-
tíficos políticos. Estos últimos, en efecto, se proponen a partir
de Weber una cuestión hasta cierto ptmto muy parecida cuando
investigan por qué las personas creen que deben (o no) obede-
cer a la autoridad constituida, por qué de hecho consideran que
deben (o no) obedecer. A pesar del parecido, importa destacar
que la cuestión ftlosófica es normativa, esto es, pretende averi-
guar por qué es racional (o por lo menos razonable) asumir el
deber de obediencia y del derecho de mando del poder político.
No se trata de estudiar por qué la gente obedece (o no), sino por
qué, si las personas fueran racionales -es decir, orientaran su
conducta por la razón-, deberían (o no) obedecer. El fundamen-
to que se busca no es, entonces, empírico o fáctico. sino norma-
tivo y racional. Rousseau. por ejemplo. quería descubrir no las
motivaciones empíricas. esto es. las creencias subjetivas contin-
gentes y particulares de la obediencia., sino las razones normati-
vas necesarias y universales que fundamentan la legitimidad
racional del poder y el deber racional de obediencia (o de resis-
tencia). En cambio Max Weber. clásico de la sociología y de la
ciencia política, se interesaba por descubrir los tipos de legiti-
mación históricamente existentes, y descubría su "fundamento"
no en la razón sino en la tradición, en el carisma y en la legalidad.
De esta manera, la filosofía política y la ciencia política com-
parten en cierto sentido un tema: el de la "legitirrúdad/legitima-
ción" del poder/obediencia. Pero lo abordan desde perspectivas
distintas si no es que opuestas: la primera intenta descubrir si
existe un fundamento racional, y en este sentido parte de un
supuesto contrafáctico: si los seres humanos fueran racionales,
por qué deberían obedecer (o no) . La segunda en cambio se pro-
pone investigar por qué los seres humanos. tal como son, han
creído o creen que debían obedecer (o no). También aquí descu-
brimos una tensión entonces entre la perspectiva filosófica y la
científica. Pero la propia convergencia temática parece condu-
28 LUIS SAJ..AZAR CARRIÓN

cir a un posible interés recíproco, o al menos a un acercamiento


contrastante que puede ser teóricamente productivo. No es ca-
sual, así. que Rousseau haya reconocido que la transformación
de la fuerza en derecho requiriera, históricamente, que el legis-
lador se apoyara en algo capaz de persuadir sin convencer y de
arrastrar sin coaccionar (esto es, en la apelación a motivaciones
de tipo religioso). Y que Weber. por su parte, al hablar de la legiti-
mación legal haya reconocido que este tipo de legitimación tam-
bién puede denominarse "racional legal". Una vez más. habría
que evitar los extremismos: la discusión teórica seria del proble-
ma de la legitimación será tanto más compleja e interesante si
asume la tensión, pero también la convergencia entre la dimen-
sión normativa filosófica y la dimensión empírico científica.
Finalmente, la cuestión acerca de la esencia o el concepto de
la política puede considerarse como un punto de convergencia o
encuentro entre la ciencia política y la filosoña política. aun si
también aquí pueden diferir los intereses y la forma de abordar-
la. Todo análisis empírico de los fenómenos políticos, en efecto,
presupone nociones capaces de delimitar el campo de dicho aná-
lisis, es decir, nociones sobre lo que es y lo que no es político. Y
desde siempre, la filosofía política se ha planteado, igualmente.
el problema de la especificidad de la política y del poder político,
tanto en términos descriptivos como en términos normativos.
Por e nde, ni la ciencia política ni la filosofía política pueden pres-
cindir de una concepción más o menos elaborada y explícita de
lo que es. de lo que puede ser y de lo que debería ser la política.
En este sentido, esta cuestión puede considerarse como un
terreno común en el que es posible y hasta necesario un diálogo
permanente entre la ciencia política y la filosofía política. De
hecho, como es sabido, el surgimiento y desarrollo de las cien-
cias sociales como disciplinas no filosóficas es un fenómeno re-
lativamente reciente. Un fenómeno que incluso pareció poner
en riesgo la posibilidad misma de que la filosofía política, como
disciplina diferente, siguiera teniendo algún sentido. Se llegó a
PARA PENSAR LA POLITICA 29

hablar, así, de "la muerte de la filosofía política", de su extinción


en beneficio de las ciencias sociales. De la misma manera en que
algunos filósofos, como reacción ante esta embestida teórica,
denunciaron a las ciencias sociales como una mera mistificación.
Sin embargo, una observación más equilibrada de esta evolu-
ción parecería conducirnos a reconocer que en lugar de estable-
cer relaciones beligerantes y excluyentes entre la filosofía políti-
ca y la ciencia política, es posible y conveniente proponer un
diálogo recíprocamente fructífero entre ambas, justamente a
partir de su convergencia teórica en el terreno abierto por la
cuestión sobre la esencia o concepto de la política. Sin un cono-
cimiento de los clásicos de la filosofía política, desde Platón has-
ta Hegel, los científicos sociales corren el riesgo de pasársela
descubriendo el Mediterráneo, esto es, de proponer como inno-
vaciones ideas y argumentos muchas veces discutidos y
rediscutidos por los filósofos. S~n un conocimiento mínimo de
los estudios empíricos, científicos, de los fenómenos políticos, a
su vez, los filósofos difícilmente pueden evitar recaer en nocio-
nes eulógicas, puramente idealizantes de la política, que necesa-
riamente conducen a propuestas utópicas sin conexión alguna
con el mundo real.
Es cierto que la especialización indispensable de los desa-
rrollos teóricos en ocasiones complica y dificulta el diálogo en-
treJas disciplinas, y que hoy resulta prácticamente imposibl~ el
tipo de síntesis filosóficas globales al estilo de Aristóteles o de
Hegel, esto es, la elaboración de teorías sistemáticas totalizado-
ras. Pero en el fondo, habría que reconocer que más que la nece-
saria especialización disciplinaria, lo que obstaculiza un diálogo
fructífero entre las disciplinas teóricas· es la más bien ridícula
pretensión de que un enfoque teórico, una metodología o un
paradigma -sistémico, individualista, dialéctico, holista, de elec-
ción racional, etc.- puede ser suficiente para abordar la infinita
complejidad de la realidad política. En este sentido, la propuesta
de entender la filosofía política como teoría general de la políti-
30 LUIS SAU.ZAR CARRJON

ca, realizada por Bobbio tiene la ventaja de evitar posturas sec-


tarias y unilaterales, estableciendo en cambio un espacio teórico
analítico en el que, en lugar de excluirse, los esfuerzos teóricos
analíticos y normativos pueden encontrarse con los esfuerzos
teóricos empíricos y descriptivos en un diálogo recíprocamente
productivo.
Como hemos visto, una teoría general de la política supone
un lugar propio para los m_o delos o teorías descriptivas, que ne-
cesariamente han de alimentarse con los estudios empíricos de-
sarrollados por las ciencias sociales. Pero también implica espa-
cios para la discusión y análisis de los valores y de los modelos
normativos, pues a fln de cuentas, como reconoce Sartori. 8 puede
haber políticos sin valores. pero no política sin valores e ideales.
Por eso, la comprensión de los fenómenos políticos no puede
desentenderse ni de las "realidades" o "estados de hecho" de los
fenómenos políticos, ni de los "valores" e "ideales" que le dan
sentido a esos fenómenos. Lo que permite entender que la polí-
tica siempre pueda ser evaluada tanto desde el punto de su efi-
cacia (es decir, de su capacidad de lograr ciertos fines mediante
la utilización de ciertos medios), como desde el punto de vista
de su justicia (esto es, de su adecuación a ciertos principios
normativos). La propuesta bobbiana permite superar, entonces.
en cierto sentido, las polarizaciones disciplinarias y sectarismos
académicos que si, en un primer momento, abrieron el camino
al desarrollo de las ciencias sociales, pronto desembocaron en
dogmatismos y doctrinarismos aberrantes. El viejo sueño de una fi-
losofía "total", de una filosofía "reina de las ciencias", o de una
filosofía capaz de convertirse en "tribunal" de la cientificidad,
es ya indefendible, lo mismo que lo es la pretensión positivista
de abolir la filosofía y sustituirla con "la ciencia". La filosofía.
después de Marx, de Nietszche, de Weber, no puede ya proponer-
se tal vez "demostrar" la validez de determinados valores, pero

8 En la obra citada m ás arriba.


PARA PENSAR lA POLITICA 31

puede y debe describirlos analíticamente, puede y debe mostrar


sus diversas interpretaciones y relaciones, y puede, en fln, plan-
tearse el espinoso problema de su "realización" u "objetivación".
La ciencia, por su parte, ha de orientarse por el ideal regulador
del conocimiento libre de valores, pero tampoco puede - al me-
nos en el caso de las ciencias sociales- desentenderse de esos
valores, de su definición e interpretación. En ambos casos pare-
ce indispensable dejar atrás las ideas grandilocuentes y
prepotentes de la filosofía y de la ciencia, si queremos ya no sólo
asumir "la lección de los clásicos" sino la lección de la historia,
y si querernos coadyuvar en el esfuerzo interminable de pensar
y entender racionalmente una historia y un mundo cuya com-
plejidad superará siempre nuestras siempre limitadas capacida-
des intelectuales, reconociendo con Sócrates que el primer paso
para aprender es saber (y saber reconocer) que no sabemos, y
con Bobbio que mientras más sabemos, más sabemos que es
mucho más lo que no sabemos.

4. Las etapas de la fllosoffa polÍtica

En la historia de la filosofía política es posible distinguir esque-


máticamente tres grandes épocas: la de la Antigüedad grecolatina
clásica, la de la Edad Media y la de la Modernidad. Esta perio-
dización, a pesar de ser esquemática y hasta cierto punto con-
vencional, es útil no sólo para situar en su época a los autores,
s ino para comprender mejor sus obras . En efecto, estas _tres eta-
pas pueden verse como periodos caracterizados por grandes
procesos político-culturales que en buena medida determinaron
tanto el objeto de la filosofía política (esto es, las formas
institucionales de la realidad política) como los modos básicos
de reflexión y elaboración teórica.
Lo que denominamos la Antigüedad grecolatina puede ca-
racterizarse como la época del nacimiento o invención de la
política como esfera específica de acción e interpretación de la
32 LUIS SALAZAR CARRJON

convivencia humana. Esto no significa que antes del surgimiento


y evolución de las polis (ciudades-estado) griegas no existieran
ya estructuras de poder y dominación sumamente complejas en
Egipto o en las ciudades-Estado de Mesopotamia. Estructuras
que, retrospectivamente, pueden llamarse "políticas", por cuanto
se sustentaban en la fuerza, en la organización de ejércitos que a
su vez posibilitaban un orden colectivo encabezado por una au-
toridad más o menos centralizada. El imperio egipcio, por ejem-
plo, -que perduró cerca de tres milenios- es una muestra de la
complejidad y sol.idez de ese tipo de ordenamiento "político", lo
mismo que los menos duraderos imperios babilonios. asirios y
persas. Y el pueblo de Israel, liberado de su esclavitud, también
supo configurar estructuras de gobierno orientadas precisamente
a la defensa de su unidad político territorial, tanto frente a las
amenazas externas como frente a las internas.
En este horizonte, ¿por qué afirmar que la política sólo sur-
gió con el desarrollo de las polis de la Hélade? ¿No sería más
exacto decir que con ellas surgió el nombre (pues "política" vie-
ne de polis) pero no la cosa? Al respecto es conveniente señalar
que aunque pueda aceptarse que "lo político", como poder co-
activo organizado encargado de mantener la unidad de un or-
den colectivo, es muy anterior a la civilización griega, con esta
civilización apareció algo decisivo para la evolución ulterior de
la historia occidental y mundial, a saber, la relativa pero clara
separación y autonomización de la política con relación a la re-
ligión y a la familia. Mientras que en los imperios antes mencio-
nados el orden político era indisociable del orden religioso. lo
que implicaba una necesaria sacralización del poder, de la auto-
ridad y de sus titulares. en las polis helénicas se abrirá paso,
trabajosamente, la idea de que las formas de gobierno y sus fun-
ciones eran esencialmente cuestiones humanas, demasiado hu-
manas, al mismo tiempo que distintas que las propias del orden
familiar o incluso tribal. Vale la pena citar al respecto un pasaje
de la Odisea en que parece reflejarse esta tendencia:
PARA PENSAR LA POLITICA 33

iAy, ay, dice Zeus, cómo culpan los mortales a los dioses!,
pues de nosotros, dicen. proceden sus males. Pero también
ellos, por su locura, provocan esos males más allá de los que
les corresponden.

Son, pues, las acciones humanas y su desmesura (hybris) las


que generan las desgracias y los infortunios, no los designios de
los n{lmenes. De los hombres depende, entonces, al menos par-
cialmente, su destino individual y colectivo. De ellos y de su
racionalidad o irracionalidad, derivan las consecuencias que pa-
decen. De ellos y sólo de ellos depende la forma en que se orga-
nizan políticamente, el modo en que son bien o mal gobernados.
Más adelante volveremos sobre esta (relativa) seculariza-
ción y desfamiliarización de los problemas en torno al poder y al
gobierno. De momento sólo importa enfatizar que ella no sólo
hizo posible una nueva idea de libertad y de igualdad entre los
"ciudadanos" (miembros de las poliS), sino también innumerables
experimentos en las formas de organizar la autoridad política.
En una palabra, hizo posible entender la política como actividad
puramente humana, como lucha por la conquista, organización
y ejercicio de un poder que ya no se podía justificar. de manera
exclusiva. apelando a consideraciones religiosas. o a .relaciones
de parentesco, sino a necesidades, intereses y pasiones solamen-
te humanas. a intereses y pasiones extrafarniliares. Por vez pri-
mera en la historia. la política dejó de ser una expresión de una
voluntad y una naturaleza de tipo religioso o sagrado o familiar,
para transformarse en lo que Gianfranco Pasquino define con
precisión:

La política es la actividad que tiene que ver con la adquisi-


ción, la organización, la distribución y el ejercicio del. poder
en el ámbito de un Estado o entre los Estados. El poder es
político cuando sus decisiones pueden hacerse valer frente a
cada uno de los componentes de una colectividad incluso con
34 LUIS SALAZAR CARRJON

el recurso a la fuerza . En términos generales, el poder políti-


co se funda siempre sobre una combinación variable de con-
senso y de fuerza, pero cuanto más es constreñido a recurrir a
la fuerza, tanto más se desgasta. 9

Con esta definición aparece otro de los aspectos novedosos


que nos permiten hablar del nacimiento o invención de la políti-
ca por parte de los griegos: la de la necesidad de que el poder
político se apoye en la fuerza, pero nunca pueda reducirse al po-
der de la fuerza, en la medida en que esa fuerza, para no ser
mera violencia requiere de cierto grado de consenso, de acepta-
ción y, por ende, de justificación. Por un lado, esto explica que
surja la diferencia entre el jefe militar y el jefe político y con ella la
idea de que la política es una actividad que, aunque ligada a la po-
sibilidad del uso de la fuerza, no puede reducirse al arte o a la
técnica militar. Esta especialización es correlativa (y en algún
sentido opuesta) a la que distingue al gobernante del sacerdote y
del padre de familia, aunque todos busquen persuadir sin con-
vencer, aunque todos pretenden lograr aceptación y consenso.
Con la autonomización griega de la política, en efecto, aparece
el discurso propiamente político. el uso político del lenguaje,
como algo diferente a sus usos religiosos, familiares o puramente
militares. Como veremos más adelante, esta es la base de la retó-
rica, de la sofistica y, en último término, de la filosoña política.
Ahora bien, así entendida, la invención de la política es una
de las grandes aportaciones de la civilización grecolatina. Una
civilización que, por ello mismo, se va a caracterizar no sólo por
la autononúa sino por la primacía de la política: ella será activi-
dad diferenciada pero además actividad superior axiológicamente
hablando. Pero este gran hallazgo civilizatorio, que hará posi-
bles las primeras tradiciones republicanas, se verá siempre cues-

9 Gianfranco Pasquino, "Política", en Alfa ricerca del/a politica ( Vociper un


d izionario). 1\lrín, Bolla ti Boringhie ri. p. 266.
PARA PENSAR lA PoUTICA 35

tionada por tendencias imperiales, esto es, por tendencias orien-


tadas no sólo a crear grandes imperios territoriales sustentados
en conquistas militares y guerras permanentes (lo que derivará
en la hegemonía de grandes jefes militares -desde Alejandro
Magno hasta los Césares romanos- sino, lo que será más grave,
a la resacralización y hasta divinización, cuando no "pater-
nalización", de la autoridad política.
La segunda etapa, la Edad Media, se abre con el hundimien-
to del Imperio Romano de Occidente a fmales del siglo IV d. C.
Esta fase puede caracterizarse genéricamente como aquella en
que la autononúa de la política se ve eclipsada por la hegemonía
"cosmopolita" del cristianismo católico. La dispersión feudal de
los territorios y de los ejércitos, el predominio de los guerreros
y los sacerdotes, la casi extinción de las ciudades y el correlativo
dominio de las actividades y la vida rurales, dan cuenta de este
relativo eclipse de la política como actividad diferenciada, y de
su sumisión como instrumento de salvación religiosa. Igualmen-
te, da cuenta de la prevalencia de estructuras monárquicas de
corte dinástico patriarcal, que prácticamente anulan las tradi-
ciones propiamente republicanas: el modelo de la familia, que
para Aristóteles era la forma pre y sub política de organización
social, se convierte así en el modelo para pensar las relaciones
de poder legítimo: los reyes y emperadores, lo mismo que los pa-
pas y los obispos, son entendidos como padres, como poderes
patriarcales que pueden y deben tratar a sus súbditos como me-
nores de edad necesitados de tutela.
La propia fllosofía, y la filosofía política con ella, también se
ve subsumida a mero instrumento de la fe y de los intereses
dinástico-patriarcales: la luz natural (la razón) habrá de subor-
dinarse a la luz revelada (los textos sagrados). No obstante, aun
eclipsada, aun sometida, los arreglos medievales y el cristianis-
mo hegemónico no supondrán la liquidación global de la heren-
cia grecolatina. Esta sobrevivirá, transmutada, no sólo en las
nostalgias romanas del llamado Sacro Imperio Romano Germá-
LUIS SAI.AZAR CARRION

nico, sino también en las grandes obras teológicas de San Agustín


y Santo Tomás de Aquino, así como en los debates entre Jos
poderes feudales terrenales y el poder espiritual de la Iglesia Uni-
versal. Platón, Aristóteles, lo mismo que las tradiciones estoi-
cas, epicúreas, cínicas y escépticas, seguirán alimentando
culturalmente el orden medieval, haciendo posible así que las
grandes cuestiones y los grandes temas de la ftlosofía política se
sigan planteando y discutiendo, aunque fuera dentro y bajo los
marcos teológico-políticos del Feudalismo medieval.
La tercera etapa, la Modernidad, puede caracterizarse por la
emergencia y evolución del Estado moderno. Seguramente tam-
bién existen antecedentes, "Estados", en la Antigüedad y en el
medioevo, pero el Estado moderno supone una serie de rasgos
distintivos que permiten verlo como el mayor invento político
de la Modernidad misma. Su surgimiento implica, entre otras
cosas, su separación institucional y legal del ámbito religioso y
dinástico, y su afirmación como poder supremo o soberano en
un territorio relativamente amplio (sobre todo en comparación
con el territorio de las polis o ciudades-Estado antiguas). Esta
afirmación de soberanía a su vez conlleva una reformulación
radical de la política que aunque recupera los temas y proble-
mas de la política antigua, les otorga un sentido y una dimensión
radicalmente nuevas. En su evolución, el Estado nacional moder-
no conoce, en Europa, cambios profundos y radicales: pasa de
ser absolutista a ser liberal y después constitucional, y de ser
liberal a ser democrático y social.
Es posible distinguir, dentro de la época moderna, dos
subperiodos: el primero, signado por la lucha entre el poder
político (el Estado moderno) y los poderes religiosos; el segun-
do, marcado por la autonomización de la esfera y de los poderes
económicos, y por el conflicto entre la moderna economía capita-
lista de mercado y los poderes político estatales. Como veremos,
estos dos tipos de conflicto tendrán mucho que ver en las moda-
lidades que asumirá la filosofía política moderna.
PARA PENSAR .LA PoLITICA 37

Con la Modernidad irrumpe igualmente la filosofía moder-


na: una filosofía que se opondrá y criticará, tajantemente, a bue-
na parte de los supuestos metafísicos, metodológicos y
antropológicos de las filosofías antiguas y medievales, pero que,
en algún sentido importante, sólo podrá establecerse precisa-
mente por su contraste y por su discusión con aquel1as filoso-
fías . En buena medida, la filosofía moderna será precisamente
un esfuerzo teórico por comprender y criticar a la Modernidad
misma, por reconocer sus dificultades y contradicciones y por
pensar sus fundamentos (o su carencia de fundamentos) . Moti-
vada por. e inspirada en, los grandes descubrimientos científi-
cos y geográficos, esta filosofía se verá forzada, como veremos,
a abandonar y discutir no sólo las viejas ideas de la Razón, de la
Naturaleza, del Hombre y de la Poder, sino tambié~ los temas y
cuestiones sobre el origen y el fundamento del poder, sobre las
formas de gobierno, sobre la justicia, sobre la política. Pero, en
lo esencial, mantendrá la vigencia del proyecto fundacional de
la filosofía política, esto es, del proyecto de racionalización de la
política.
Pasemos ahora a considerar cóm~ nació la filosofía política.

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