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Eratóstenes y la Reflexión

El verbo reflexionar alude al acto de ‘considerar nueva o detenidamente una cosa’, de modo tal que se la sopese o estime en sí
misma, de una forma activa, y no como absorción inconsciente o semiconsciente de una información o dato. Informaciones y
datos pueden transcurrir inadvertidamente por el flujo ordinario de consciencia, lo que por sí sólo no nos lleva a ninguna
conclusión nueva, a ningún acto creativo ni menos de descubrimiento o expansión. Por el contrario, la reflexión es actividad
mental consciente y deliberada, y deriva del verbo latino ‘reflejar’ – reflecto, refflexum -, o volver hacia atrás.

Eratóstenes de Cirene nació en lo que actualmente es Libia, en el siglo III a. C., y se educó en el centro cultural que era en la
época Alejandría; también tuvo estudios en Atenas, formándose como matemático y geómetra, astrónomo y geógrafo; además
fue poeta, anticuario, orador, filósofo, y un gran atleta, razón por la que se le llamaba el Pentathlos. Se dice que fue amigo de
Arquímedes y otros grandes pensadores y creadores de su época. Sobre todo, un inquieto observador, cualidad inseparable de
la reflexión, y a quien podemos suponer por tanto con una gran necesidad de respuestas, con un gran vacío de saber. Se le
atribuyen innumerables descubrimientos e inventos, como la criba que lleva su nombre para la determinación de los números
primos, la esfera armilar, el mesolabio, el calendario juliano, un reloj solar (skaphe), etc. Tolomeo cita un libro de Eratóstenes
dedicado a las proporciones musicales, y se sabe que también escribió sobre decoración, vestuario, crítica teatral, geografía,
astronomía, moral, geografía, climatología, historia, y al parecer no hubo rama del conocimiento a la que no dedicara su
atención. En 1822 se publica el libro “Eratosthenica” que pretendía reunir todas las obras atribuidas a Eratóstenes. Y sin
embargo, se le apodaba sarcásticamente el “Beta”, por considerárselo el ‘segundo’ mejor del mundo en todas las áreas del
saber en las que incursionó. Se hizo cargo de la Biblioteca de Alejandría desde el año 236 a. C. hasta su muerte el 194 a. C.,
alrededor de los 80 años de edad. Al quedar ciego, habría tomado la determinación de dejar de alimentarse voluntariamente.

Muchas observaciones y mediciones astronómicas, geográficas y geológicas realizó el incansable e insaciable Eratóstenes:
desarrolló los conceptos de latitud y longitud terrestres ya iniciados por Dicearco, calculó la oblicuidad de la eclíptica, catalogó
las estrellas, determinó la proporción entre la distancia inter trópicos y la circunferencia terrestre, los diámetros del Sol y de la
Luna y las distancias de la Tierra a ambas luminarias - aunque no todos sus cálculos fueron correctos, como se comprobó siglos
después - Eratóstenes cartografió la Tierra y afirmó que se podía llegar a la India navegando hacia el Oeste desde España, base
de los cálculos con los que muchos siglos más tarde C. Colón lograría convencer a los Reyes Católicos de patrocinar su travesía.
Sin embargo, lejos, su mayor fama la debe a su cálculo para la determinación de la circunferencia terrestre, que asombra aún
hasta nuestros días, por su genial simplicidad y su coherencia científica.

La idea de la esfericidad de la Tierra ya existía entre los antiguos (Pitágoras, Platón, Aristóteles), particularmente considerada
como la forma perfecta de un sólido y que, por tanto, la Tierra debía tener, aunque no hay antecedentes de que alguno de ellos
lo hubiese demostrado matemáticamente como lo hizo Eratóstenes. Al parecer, en la época de Eratóstenes era de común
conocimiento que en la ciudad de Siene (actual Asuán), a orillas del Nilo y a unos 800 kmt. al sur de Alejandría, los rayos del
Sol del mediodía se reflejaban en el agua de un profundo pozo durante el solsticio de verano el 21 de Junio; por tanto, los
rayos debían ser absolutamente verticales en esa fecha. Pero Eratóstenes observó un día que en Alejandría, en la misma fecha
y hora, los objetos y columnas, como un obelisco alejandrino, sí producían cierta sombra. A la misma hora, el Sol incidía
verticalmente en una ciudad y en la otra no; la única explicación posible es que la Tierra no fuese plana, sino curva, y que a
mayor curvatura mayor diferencia debía haber entre ambas sombras. Eratóstenes calculó la diferencia angular entre ambas
sombras en 7º20’, deduciendo que ese tenía que ser el mismo ángulo existente entre ambas ciudades consideradas desde el
centro terrestre.

Los conocimientos de geometría de Eratóstenes le permitían saber que 7º y fracción equivalían a un poco más de un
cincuentavo de una circunferencia de 360º. Por la época se medían las distancias con un cuentapasos que determinaba los
estadios entre un punto y otro, por lo que pagó a una persona para que contara los estadios entre Siene y Alejandría. Con ese
dato (multiplicando la distancia Siene/Alejandría por 50) dedujo fácilmente tanto el perímetro como el diámetro de la Tierra,
con un margen de error ínfimo (alrededor de 400 Kmt. menos que la cifra que se maneja hoy), considerando que sus recursos
fueron sólo la observación, la reflexión y unos pocos y simples cálculos geométricos. Eso es todo lo que se requiere para llegar
a lo nuevo.

Estudios posteriores como los del matemático indio Aryabhata en el s. VI d. C., afinaron el cálculo llegando a sólo un 1% de
error, ¡más de 800 años después!

Tal como la luz reflejada, la reflexión nos lleva a una nueva valoración de los claroscuros de un concepto, un objeto o situación.
En la reflexión se encuentra implícita una necesidad, y esa necesidad crea la tensión entre el polo incógnito de una ecuación y
aquello que ya sabemos de ella; internamente podemos sentir que hay algo no esclarecido, incompleto o insatisfactorio en la
explicación o significado que hasta ahora tenemos del objeto de nuestra reflexión; una sensación de vacío de conocimiento o de
sentido que moviliza la mente atrayéndola hacia esclarecer el punto o encontrar un nuevo enfoque que nos parezca más
completo o significativo. Este vacío aparente, o velo que cubre el eslabón perdido de nuestra comprensión de un fenómeno, se
evidencia así como el núcleo de mayor magnetismo sobre la consciencia humana.

El vacío que nos mueve a develar el misterio detiene la actividad mecánica de la mente, para ‘volver atrás’ sobre aquello que
debe ser completado, resuelto, más ampliamente explicitado, o conectado con un marco de referencia más general o universal
que le aporte un sentido vital para nuestras vidas. La reflexión puede obtener su fruto en el mismo acto o bien en forma
mediata, pero su recompensa no es sólo el despeje de la incógnita de la ecuación; muchos beneficios simultáneos pueden
sobrevenir aparejados con su ejercicio. Acaso el mayor de ellos sea la detención de la mecanicidad habitual que nos lleva a dar
por conocidos y sabidos los hechos, personas, sucesos y significado de todo aquello que experimentamos diariamente, en ese
flujo continuo en el que la vida sucede y que ya tenemos ampliamente catalogado en una defensa previa contra lo nuevo,
contra cualquier cosa que nos obligue a considerar, a sopesar, a interrumpir el mecanismo. A menudo los hechos y personas
del día ya están clasificados, etiquetados y vividos a priori, sólo porque, aunque letárgico, es cómodo o tranquilizador (“sé
cómo son las cosas”). En este escenario sólo algo muy sorpresivo o sorprendente puede detener esta inercia, y ese algo tiene
por tanto que venir de afuera para dejar de ‘pensar’ en la lista de compras del supermercado o de ‘repasar’ mecánicamente la
conversación que tuve anoche por teléfono o cualquier otra cosa del pasado, del futuro, o de la imaginación.

La reflexión, por el contrario, es una detención que viene de adentro del individuo, producto de una necesidad interna de mayor
comprensión u organización de los datos ya adquiridos, o para resolver algún aspecto incógnito. Cuando cayeron las torres
gemelas de Nueva York, probablemente la mayor parte de la población del planeta se detuvo en su flujo continuo por la fuerte
impresión, sin que mediara ninguna necesidad interna de reflexionar o de buscar una respuesta satisfactoria. Qué proporción de
esa población dedicó algún tiempo a la reflexión sobre los hechos no lo sabemos; es posible que la mayoría esperara una
respuesta ‘suficiente’ entregada por las autoridades norteamericanas u otros líderes mundiales, y pronto todo siguió su curso
normal. En este sentido la población como masa funciona en forma semejante al hombre primitivo y su espanto natural frente a
lo desconocido y amenazante - el rayo, la inundación, el ataque de un tigre - haciéndolo correr en busca de refugio y
protección. Por el contrario, el desarrollo del aspecto mental del hombre lo lleva a buscar respuestas en sí mismo acerca de los
fenómenos - internos o externos - que le otorguen algún sentido a los hechos; siente en sí ese vacío, y la reflexión sobre las
áreas oscuras es una detención voluntaria sobre algún aspecto de la realidad externa o interna.

La detención voluntaria y la concentración sobre algún particular interrumpen el automatismo aunque sea en forma temporal;
es un acto consciente y por tanto humano en su más elevada acepción. A mayor necesidad de esclarecimiento, a mayor
apremio por develar la incógnita, mayor concentración, mayor energía dirigida a un punto específico, mayor integración y
unidad mental. Cuando la concentración es total, cuando toda la energía consciente se reúne en un punto focal, es posible que
ocurra sorpresivamente la aparición de la respuesta: ¡ la comprensión instantánea ! Al agotar todos los recursos intelectuales
personales, es posible que la respuesta ingrese a la mente personal desde un nivel superior, o intuicional; el intelecto es
limitado. Este es el mismo principio que guía el ejercicio de los koan en los practicantes budistas.

Otro de los beneficios de la reflexión es que su ejercicio desarrolla el discernimiento; al considerar detenidamente, revaloramos
lo contemplado porque estamos justamente buscando algo nuevo sobre lo ya conocido, y eso nos ayuda a organizar los
elementos destacando los más valiosos sobre los menos, los claros sobre los oscuros, los medulares por sobre los secundarios,
etc. Incluso, nos revela cuáles son los aspectos no esclarecidos sobre un asunto, los que, aunque parezca obvio, no conocemos
a menos que reflexionemos sobre ellos (esto se evidencia fácilmente cuando tratamos de explicarnos o de enseñar a otros). De
este modo, no sólo aislamos las incógnitas, sino que obtenemos un panorama más amplio, una mayor perspectiva acerca del
objeto de nuestra reflexión y su relación espacial o valórica con otros elementos. La respuesta ansiada puede sobrevenir o no,
pero siempre obtendremos un paisaje más completo del asunto; a veces la respuesta surge como una simple conclusión lógica
una vez organizados y valorados los elementos que tenemos a la vista. En otras ocasiones alcanzamos solamente una hipótesis
probable que nos lleva a nuevas reflexiones o a intentar su comprobación, cuando esto es posible.

Hay temas de reflexión favoritos que insumen la vida entera, y a los que volvemos una y otra vez en busca de mayor
profundidad o aprehensión, y que nunca logramos sentir completamente abarcados o discernidos. Se mantienen como en un
segundo plano de la consciencia en forma permanente. Normalmente son temas esenciales de la vida o la consciencia humana,
como aquellos que se refieren a la verdad, la justicia, el amor, la muerte, el tiempo, el alma, el más allá, el sentido, la
evolución de los distintos reinos de la naturaleza, etc., y en los que pareciera que siempre podemos incrementar o ampliar su
comprensión, como una espiral que asciende a lo largo de las décadas. Durante el curso de estas cavilaciones, o luego de un
sostenido esfuerzo mental, además es posible que surja una verdadera comprensión, que es un acto instantáneo en el que nos
parece ver las cosas en su real dimensión, tal como son, tanto en su aspecto de entendimiento como de valoración.

La comprensión es energía auto-consciente, la más escasa y valiosa de nuestras humanas energías. Dice J. G. Bennett: “…la
comprensión es oculta, interna; más que el resultado de cambiar lo que ‘sabemos’, es el resultado de cambiarnos a nosotros
mismos y el modo en que existimos. Para entender más, hemos de ser más, hemos de transformarnos. La verdadera prueba de
nuestra comprensión no es la de que nuestros seres ordinarios tengan algo más de lo que hablar, sino que nos permita crear
estos mundos superiores dentro de nosotros mismos, entrar en los mundos superiores que, hasta entonces, deben seguir
siendo para nosotros sólo palabras. Y para hacer esta entrada, tal vez descubramos que hemos de aprender a vaciarnos de
todo lo que ordinariamente aclamamos como nuestras ‘riquezas’, toda nuestra ‘comprensión’, ‘actitudes’, ‘opiniones’, y demás
material que se ha fijado en nosotros en el curso de nuestras vidas” (1). Esto lo podemos alcanzar de dos formas, y una de
ellas, la voluntaria, es la reflexión.

La reflexión ejercita la voluntad, la concentración, la unidad interna, el discernimiento, y permite nuevas comprensiones. La
comprensión es, como dice Bennett, auto consciencia, pues me reubica con respecto a la realidad descubierta; en la
comprensión quedo incorporado en lo comprendido, y de este modo todo adquiere un nuevo sentido. Al formar parte
inseparable de lo comprendido, me veo compelido a actuar de una forma también nueva, coherente con la nueva comprensión,
y esa es su gran diferencia con el simple entendimiento, que es la inteligencia simple de la información, pero que no me mueve
a cambiar de conducta porque no ha modificado un ápice mi consciencia, sólo le ha ingresado unos nuevos datos sin
involucrarme; el entendimiento no me transforma. Pero en la comprensión es mi existencia la que queda integrada en la nueva
visión, y eso me obliga a un ‘deber ser’ y un ‘deber actuar’ con respecto a ella. Todos entendemos que es perjudicial echar
bolsas plásticas al mar, por ejemplo, pero sólo hasta que ‘comprendo’ profundamente las consecuencias de ese actuar respecto
del entorno, de la vida y de mi propia vida, es que modifico mi conducta. En la comprensión hay una experiencia que religa la
‘existencia personal aparte de los hechos’, permitiendo al mismo tiempo que aquellos formen parte de mi vida como que ésta
se incorpore a los hechos, objetos, personas o circunstancias del entorno en un continuo interconectado.

Cuando obtengo una comprensión de este tipo obtengo al mismo tiempo una auto consciencia incrementada que me insta, por
ese mismo acto, a ser responsable del contenido de mi comprensión. Ya no tengo que responder por mi conducta a la
autoridad, a los padres, a los maestros, a la ley o a lo aprendido o impuesto por otros, porque ya no puedo actuar de acuerdo a
preceptos externos con respecto a esa situación, sino subordinado mi propia consciencia. Esta nueva posición no disminuye en
nada las exigencias éticas, sino por el contrario, las vuelve imperativas. Como la comprensión es “oculta, interna”, es íntima, y
sólo yo sé si estoy actuando conforme a ella. Ahora debo responder ante mí mismo, íntimamente también, en ese espacio
interior donde sólo yo sé si estoy siendo fiel a lo que he comprendido como el bien o la verdad, ‘lo que debe ser’. Esta
responsabilidad es la manifestación del crecimiento de la consciencia, de su evolución producto de la maduración de los
conceptos aprendidos y luego reflexionados hasta la obtención de una verdad personal cuya vigencia se pone a prueba, para mí
mismo también, en cada acto de la vida cotidiana. Por el contrario, el estancamiento o retroceso en mi crecimiento evolutivo es
producto de actuar ignorando o contraviniendo aquello que mi consciencia ya había comprendido: me separo así de mi verdad.
La evolución de la consciencia es necesariamente un progreso moral, en su más amplio sentido, es decir, debe conducir a más
verdad, a más bien, en un sentido evolutivo, es decir, espiritual. El diccionario apunta: Consciente (del lat. conscire, saber
perfectamente): Que siente, piensa, quiere y obra con cabal conocimiento y plena posesión de sí mismo. (2)

Mi verdadero ser profundo no exige de mí que actúe de acuerdo a hipotéticas verdades absolutas a las que acaso nunca he
tenido acceso; lo que espera es que actúe de acuerdo al mejor nivel de comprensión que he alcanzado. Cuando eso no ocurre,
comienzan los remordimientos, los sufrimientos que pudieron evitarse, y el crujir y rechinar de dientes citados en los
evangelios. Es la historia de la parábola del siervo (Mt. 25, 14:30) que esconde su único talento bajo la tierra para no perderlo
(no aplica su comprensión en su vida), y tampoco intenta hacer nada para incrementarlo (aumentar su comprensión). Sólo yo
soy responsable por mi evolución, que avanza de comprensión en comprensión, hasta alcanzar en mí mismo un nivel de
‘autoridad’, esto es, la capacidad de ser autor y responsable por los propios actos más allá de las leyes comunes a todos. ¿Qué
es, en definitiva, la iluminación, el satori, sino la gran comprensión, la comprensión total?

Hasta qué punto la ‘comprensión’ es un asunto personal sería tema de especulación y reflexión (palabras éstas sinónimas).
Podemos constatar vivencialmente cómo cada comprensión parece facilitar las subsiguientes; en este contexto, resulta
sugerente imaginar la comprensión como un espacio de sinapsis en la que dos elementos se conectan a través de un medio no-
físico produciendo un efecto eléctrico – luz - que finalmente se puede manifestar en el plano físico o psicológico: un acto, por
ejemplo, o una nueva actitud. La red neuronal de nuestro sistema nervioso es igualmente plástica y en la actualidad se sabe
que puede establecer nuevos caminos y conexiones en cualquier período de la vida. La comprensión es un acto simultáneo de
entendimiento mental y de valoración emocional, con lo cual se la puede inscribir como el principio más básico de re-ligazón, y
por tanto, de toda religión o camino de crecimiento verdaderos. Se asimila de este modo al origen del símbolo. De algún modo
la comprensión parece religar lo puramente humano con algo que está más allá de ello, y esto lo podemos experimentar cada
vez que sentimos que una nueva comprensión nos amplía, nos libera de una contracción previa, expande nuestros límites
conocidos y nos obliga a reorganizar todos los conceptos previos en torno a la nueva luz. No hacerlo, o no actuar conforme a lo
comprendido, es nuestro único problema real. En Oriente se dice que el único pecado es la ignorancia, pero la ignorancia tiene
dos aplicaciones: el ignorar por no-saber-o-no-haber-nunca-conocido, y el ignorar por no hacer caso o uso de aquello que ya
sabemos. Sólo somos responsables por el segundo sentido.

Por último, la reflexión desarrolla la creatividad y crea nuevas realidades a través de nuevas conexiones entre lo
aparentemente disímil, incompatible o inimaginable. Es a través de la reflexión que un mero dato o información – como la
sombra de un palito en Siene y otro en Alejandría - se vuelve significativo para nuestras vidas, o para la humanidad en su
conjunto. A través de la reflexión encontramos respuestas, nuevas soluciones a los viejos problemas, o nuevas interrogantes;
pero siempre empieza por la observación de una necesidad, ya sea práctica, como en los inventos que resuelven asuntos
concretos - domésticos, industriales, etc. - o por un vacío de sentido que llama a volverlo plenitud. ¡No huyamos del vacío!

Eratóstenes, revalorado en la modernidad, permanece inmortalizado como un maestro en la reflexión, la deducción y la


capacidad de extraer algo nuevo y universal de aquello que está siempre ahí, frente a nosotros, sin ser comprendido en sus
alcances, en su realidad en el contexto de nuestra experiencia interna. Miles de sus contemporáneos veían las mismas
sombras, pero eso no le dio luz a ninguno de ellos acerca de un significado o un sentido más allá del objeto; nadie extrajo una
conclusión o comprensión de ello, y eso es lo que nos sucede cada vez que no estamos ahí, y toda vez que no detenemos el
flujo continuo y automático de nuestra consciencia mecánica que da todo por sentado y fijo, y que impide experimentar cada
momento, cada observación, como nueva y única y como un núcleo de comprensión y/o creatividad potencial. La consciencia
global de la humanidad es un lento gusano que se mueve por un túnel, o por el fondo de la caverna de Platón, apenas
percibiendo, cada tantos siglos, algunos destellos de luz; y sin embargo, no es suficiente. El trabajo de Eratóstenes quedó
sepultado por siglos predominando la noción de que la Tierra era plana. Otro sabio, algunos siglos antes que Eratóstenes, ya
había dicho:

Sin salir por la puerta


Se puede conocer el mundo.
Sin mirar por la ventana
Se puede conocer el camino del Cielo.
Cuanto más lejos se va
Tanto menos se aprende.
Por eso el sabio
Sabe sin desplazarse
Entiende sin ver
Realiza sin hacer.
Lao Tsé, s. VI a. C. (3)

Isabel de Veer

Referencias:

(1) Bennett, J. G.- La Profundidad del Hombre.-Editorial Sirio


(2) Diccionario Etimológico.-Ed. Espasa-Calpe S.A..
(3) Lao Tsé.- Tao Te King.-Editorial Cuatro Vientos.