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Abraham y la aqedáh de Isaac

(Lectio Divina sobre Gen 12 y 22)


(+ Bruno Forte, Arzobispo de Chieti y Vasto)

La fe de Abraham ha sido tan radical que Isaías dice “¡miren la roca


de la que fueron tallados, a la cavidad de pozo de la que fueron
excavados! Miren a Abraham, su padre...” Con su fe Abraham es
como la roca sobre la cual se cimienta nuestra de y de la cual toma
forma nuestra identidad espiritual. El Apóstol San Pablo, a su vez,
nos dice que “hijos de Abraham son aquellos que viven de la fe
(Gal 3,7), mostrando que la fe no es un producto de nuestro
corazón, sino un don de lo alto que se acoge como lo acogió
Abraham.

¿Quién es Abraham? ¿cuál es su historia y su camino de fe?. Dos


capítulos del Génesis el 12 la vocación y el 22 el sacrificio de Isaac,
nos ayudan a dar una respuesta.
Nos ponemos una pregunta previa: ¿en que condiciones se encuentra Abrám cuando
recibe la llamada de Dios? ¿que conocimiento del Eterno tiene al comienzo de su
experiencia? ¿cuando conoció primariamente al Señor?
Las fuentes rabínicas nos dan dos respuestas a esta pregunta: Algunos dicen que Abram
conoció a Dios cuando tenía un año de edad; otros dicen que lo conoció cuando tenía tres
años; otros que a los cuarenta y ocho años.
¿Qué significan estas tradiciones? Según la primera, Abram conoce a Dios a un año, la
edad en la que el hombre no tiene ningún instrumento conceptual e inteligente para
conocerle. Según esta tradición el conocimiento de Dios para Abram fue totalmente un
don todo venido de lo alto. La segunda tradición dice que conoció a Dios a los tres años: la
edad en la que se empieza a entender algo por influencia, sobre todo, del ambiente
familiar y de los formadores. Según estos el conocimiento de Dios en Abram es fruto de
dos elementos: por una parte el don de Dios, porque a los tres años se necesita una gracia
especial para conocerlo como él lo conoció; por otro lado hay una influencia del ambiente.
Se unen en esto dos elementos el humano y el divino. La tercera tradición es tal vez la
m’as linda: Abram conoce a Dios a los cuarenta y ocho años, o sea en la madurez de su
vida, en el momento del desencanto. Cuando se es jóvenes hay muchos sueños, muchos
proyectos. Después la vida lleva consigo algunas experiencias de desilusión, se achican los
sueños, se parvifican los proyectos: nos encontramos con nuestra realidad, a veces dura y
pesada. En este momento de la vida, en la que hay la gran tentación de vivir de añoranzas y
desilusiones, Abram, en la absoluta pobreza de su corazón, descubre la primacía absoluta
de Dios, naturalmente no sin el don de alguna luz de lo alto.
Esta tercera tradición acentúa así en la manera mas bella, por un lado el don de Dios y por
el otro el hecho de que se descubre verdaderamente a Dios cuando se ha conocido al

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hombre, cuando se ha hecho ya la experiencia del dolor del mundo: entonces se puede
entender el don de Dios. A esa edad entiendes que Dios ya no es para ti un consuelo
humano, el refugio de tus sueños, la proyección de tus deseos: entonces Dios es Dios y tu
te aferras a él perdidamente, porque sabes que ninguna fuerza humana, tampoco aquella
o aquellas en las que tanto confiabas, será capaz de darte la verdad y la paz del corazón.
De las fuentes bíblicas sabemos que Abram viene de una familia acostumbrada a servir a
otros dioses. Esta noticia nos la da el libro de Josué (24,2) hablando de él como “el Hijo de
Terach de Ur de los Caldeos, al otro lado del río”. Por sus orígenes familiares Abram no
tiene nada que lo predisponga a ser un elegido por Dios. Su familia es nómada y los
nómadas no tienen seguridades. Su techo es el cielo, su futuro es la sorpresa de cada día.
Su familia era idolátrica. Esta ausencia de una tradición familiar nos hace entender que la
fe no puede ser sólo una cuestión de herencia, no es algo natural, sino algo al que uno llega
sufriendo su propia búsqueda dolorosa, su propia aventura. Nada nos puede garantizar o
negar el acceso al conocimiento de Dios, que será siempre un encuentro de gracia y
libertad.
Además la verdadera aventura de fe de Abram inicia solo a los 75 años. Según Génesis 12 a
esa edad recibe la llamada. (Nunca es demasiado tarde para iniciar...)
Además se nos dice que Abram era una persona llena de miedos: Nuestro Padre en la fe no
aparece como un héroe, sino como uno que tiene los mismos miedos que tenemos
nosotros. Le tiene miedo sobre todo a la muerte..por eso cuando va a Egipto, para no
correr peligro, porque su esposa, a pesar de los años, sigue siendo una hermosa mujer, la
presenta como su hermana... Era pícaro y tenía aquellos miedos que todo ser humano
tiene.
Tiene además otro miedo, que al mismo tiempo era un dolor grande: la idea de morir sin
descendencia. En esos tiempos no existía la fe en la inmortalidad personal: la vida, según el
juicio común, era aquella que se vive en este mundo, encerrada entre el grito del
nacimiento y el grito de la muerte. Todo lo que un hombre podía dar o recibir, tenía que
darlo o recibirlo en los años de su existencia mortal. A Abram le parece que la única
manera de sobrevivir es tener un hijo. El que no tenga un hijo tendrá que morir dos veces.
Morirá físicamente y además no habrá quien pronuncie con afecto su nombre después de
su muerte. Tener un hijo es para él una cuestión de vida o de muerte. Al punto de dejarse
convencer a tener un hijo con Agar (Gen 16,16): este hijo será Ismael. Para muchos el
problema entre Israelíes y Árabes radica en esto; de que Ismael para unos es solo el hijo de
la esclava, mientras que para otros es el hijo de la promesa por ser el primer hijo de
Abraham. Los Israelíes se consideran los únicos herederos de Abraham por ser los
descendientes de Isaac, el hijo de la promesa porque de Abraham y de la mujer legítima.
(Hasta nuestros días llegan los efectos de los miedos de Abraham).
¿Qué le sucedió a este hombre para que le cambiara para siempre la vida? Le llegó el
llamado de parte de Dios: en verdad son dos las llamadas o vocaciones de Abraham: (Gen
12 y Gen 22).
Gen. 12 el Señor le llama a Abraham y le pide dejar su tierra y sus certezas y esto no era
fácil para él. Por eso tenemos que tomar en serio esta llamada. Dejar las propias

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seguridades cuesta siempre y cuesta mas cuando se tiene cierta edad, más amarrados a las
propias certezas y costumbres, como el perro que defiende su pequeño hueso.
Abram no hace excepción. Tener que dejar Ur de los Caldeos con su pequeño mundo
hecho de ídolos, comercios, nomadismo, inseguridades, miedos, no era cosa fácil.
¡Nosotros amamos mucho nuestra prisión!
Pero Dios le promete algo atractivo y bello: la plenitud de la bendición, una descendencia
numerosa como las estrella y la arena del mar. A uno que no tiene hijos le parece una gran
promesa. Y le promete una tierra, a él que era nómada. La promesa de estabilidad y
seguridad.
Abram responde a una llamada que podía considerarse una proyección de sus deseos mas
apremiantes. Abandonar la tierra, los afectos, la patria se hace de alguna manera aceptable
porque la contraparte es atractiva. Pero Abram no es famoso y Padre de la fe por esto no
mas. En su vida hubo algo estremecedor que lo ha acreditado como verdadero padre de
todos los creyentes. Esto es lo que sucede en Gen 22, 1-18: la segunda llamada de
Abraham, la llamada en hebreo “aqedáh” la “amarradura” de Isaac.
Hay ante todo un mandato de Dios “toma a tu hijo, tu único hijo, él que tu amas, Isaac, ve
en el territorio de Moria y ofrécelo en holocausto en el monte que yo te indicaré”. Abraham
no logra decir nada: calla y ejecuta. El Dios que lo ha llamado, prometiéndole lo que él
deseaba desde lo profundo del corazón, el Dios que le ha dado la alegría de su Isaac, el
mismo Dios ahora le pide Isaac. Hay razón para enloquecer. ¿Cómo puede ser posible que
Dios niegue las promesas de Dios? Que el mismo Dios que le ha pedido dejarlo todo para
darle todo lo que deseaba, ahora le pida que sacrifique todo, más aun, de sacrificar la única
cosa que para él vale en la vida, y que te quita lo que te había regalado: ¿cómo es posible?
Se entiende el silencio de Abraham.
Uno de los comentarios mas bellos a este texto ha sido escrito por Søren Kirkegaard: se
trata de un pequeño libro titulado “Temor y temblor”. Cuando Isaac pregunta al Padre
“aquí está el fuego y la leña, pero donde está el cordero para el holocausto”, y la respuesta
de Abraham es lapidaria - “Dios mismo proveerá el cordero para el holocausto hijo mío”
Kirkegaard pone en la mente de Abraham esta oración: “Señor del cielo, es mejor que él
crea que yo soy un monstruo, antes de que pierda la fe en ti”. Abraham entiende que si
dijera a Isaac que Dios lo quiere hacer sacrificar, el joven no podría mas creer en Dios.
Entonces, prefiere que el hijo piense que él sea un monstruo, antes que pierda la fe en el
Altísimo. Es el máximo del amor. Y Kirkegaard añade aquí una reflexión brillante: “Cada
cual se hace grande en proporción de lo que espera; uno se hace grande esperando lo
posible, otro se hace grande esperando lo eterno, pero quien esperó lo imposible, se hizo
mas grande que todos”. Abraham apuesta sobre la imposible posibilidad de Dios, sobre el
hecho que el mismo Dios, que ha dado y quitado, es un Dios del que hay que confiar. Dios
tiene siempre una reserva imposible. Abraham confía en Dios también en el tiempo del
silencio de Dios. Esta es la grandeza de Abraham: confiar en Dios no sólo cuanto todo va
bien, sino siempre, también cuando él parece quitarte el Isaac de tu corazón. Kirkegaard
añade: “Abraham dejó su inteligencia terrena y llevó consigo su fe”. Abraham no razona
más en términos de cálculo humano de un do ut des te doy esto y recibo en cambio esto
otro.. Abraham cree, se abandona perdidamente, confía...

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Y otra vez Kirkegaard anota: “Dios es aquel que exige amor absoluto”. Tu no amas a Dios
cuando amas las consolaciones de Dios, tú amas a Dios, cuando amas lo que quiere Dios de
ti, sea lo que sea.
La tradición mística habla hasta de la resignación al infierno: si amas a Dios de a de veras,
tienes que amarlo aun cuando él quisiera para ti el infierno. Dice Santa Teresa: Dios ha de
ser amado no por las consolaciones, sino simplemente porque es Dios. Dios exige un amor
absoluto: sólo él tiene el derecho de exigirlo. Otra vez Kirkegaard dice: “Ningún sacrificio
es demasiado duro cuando Dios lo quiere”. Ningún sacrificio puede excluir el amor: no se
puede sacrificar sino aquello que se ama. Es demasiado fácil sacrificar lo que no se ama:
ofrecer a Dios el amor verdadero de nuestra vida eso sí que es difícil.
Kirkegaard nuevamente nos explica: “Abraham ama a Isaac con toda el alma y cuando Dios
se lo pide, lo ama, si fuera posible aun más y sólo así puede hacer de él un sacrificio”.
Abraham puede sacrificar a Isaac sólo porque lo ama inmensamente. A Dios no se le
ofrecen las sobras del corazón, a Dios se le ofrece el amor mas grande. La verdad es que se
entra en la vida de fe cuando se ofrece a Dios el amado del propio corazón: cada uno de
nosotros tiene un Isaac del corazón. Fe es reconocer a este Isaac y estar listos a ponerlo
sobre el altar del sacrificio-derrota el día en que Dios quiera. Ofrecer al Isaac del propio
corazón, el único, el amado, ofrecerlo a Dios, porque sólo él es digno de este ofrecimiento
y debe ser amado así: esta es la fe. Morir para nacer. Perderse para re-encontrarse...
En Génesis 22 Abraham muere a sus sueños, a sus deseos, porque está listo para dar a Dios
su Isaac, a amar a Dis más que los consuelos de Dios, a confiar perdidamente en Dios.
Entonces Dios puede decirle: “ahora se que le temes a Dios y no me has negado a tu hijo, a
tu único hijo ”. ¡Que lindo es esto y a que alturas lleva la fe!
El hombre de fe confía en Dios también en tiempos de derrota de Dios, sabe que Dios es
Dios, y que de Dios hay que fiarse sin condiciones. Es por eso que el apóstol San Pablo,
cuando querrá celebrar el amor de Dios tomará el ejemplo de la aqedáh de Gen 22: “Él que
no perdonó ni a su propio Hijo, antes bien lo entregó por todos nosotros. ¿cómo no nos
dará con él graciosamente (gratuitamente) todas las cosas?” (Rom 8,32)
En esta especie de (midrash) Abraham llega a ser figura de Dios Padre e Isaac figura de
Jesús, el Hijo: pero mientras el Isaac de Gen 22 no muere el Isaac de Rom 8,32 muere por
amor nuestro. Orígenes (Homilia in Genesim,8) comenta: “Dios compite magníficamente
con los hombres en generosidad: Abraham ha ofrecido a Dios un hijo mortal y este no
murió; Dios ha entregado a su Hijo inmortal para los hombres y este sí murió”. El Sacrificio
de Isaac se realiza en plenitud en Jesús y Abraham, figura del Padre celestial que lo
sacrifica, puede ser considerado justamente nuestro padre en la fe, él que supo creer
contra toda evidencia y esperar contra toda esperanza.
Abraham es entonces el padre en la fe para muchos pueblos, porque ha amado a Dios mas
que a las promesas de Dios.
¿Creo en Dios porque él realiza mis deseos o amo a Dios porque es Dios?
¿Estoy dispuesto a sacrificar el Isaac de mi corazón y ponerlo en el altar del sacrificio?
Tenemos que llegar a amar a Dios, mas que a las consolaciones y a las promesas que Dios
nos ha hecho...
Dios no quiere algo de mi, Dios me quiere a mi...

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