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La recuperación del naufragio como forma textual:

Relato de un náufrago de García Márquez

por Gisle Selnes

Este artículo presenta un análisis de Relato de un náufrago, opúsculo híbrido


de la primera etapa de la obra de Gabriel García Márquez, en el contexto
genérico de la llamada narrativa de naufragios. Partiendo de una observación
sobre el renovado interés por la literatura de naufragios, se revisan algunos
ejemplos históricos de esta forma textual que hacen eco en la obra. A pesar de
la presencia del naufragio como tema en la literatura e historiografía hispano-
americanos, llama la atención la ausencia de un género específico para su
representación narrativa, algo que sí se da en la tradición portuguesa. Es la
tesis del presente trabajo que Relato de un náufrago representa una rein-
vención de la narrativa de naufragios para las letras hispanoamericanas,
poniéndola a la vez al tanto con el contexto político y literario del siglo XX.

Introducción
Las últimas décadas han visto la aparición de una serie de trabajos sobre
los más diversos avatares del tema del naufragio. Aunque buena parte de
las investigaciones se ha realizado en el contexto de las literaturas románi-
cas, resulta conspicua la escasez de naufragios propiamente hispanoameri-
canos entre los casos estudiados. Sintomáticamente, el único estudio
dedicado en su totalidad al tema del naufragio en las colonias hispano-
americanas –Sinking Being, de Hortensia Calvo-Stevenson (1991)– perma-
nece en su forma y formato originales de tesis doctoral. Asimismo, sólo
una de las muchas contribuciones a los dos volúmenes italianos titulados
Naufragi –el primero editado en 1992 por Laura Sannia Nowé y Maurizio
Virdis; el segundo en 1994 por Mariella Di Maio– está consagrada a la
investigación de textos oriundos de la América hispánica. La misma y baja
frecuencia hispanoamericana también se observa, en el contexto hispano-
peninsular, en la colección de conferencias editada por Miguel Á. Márquez
y otros bajo el título El retrato literario: tempestades y naufragios (2001).
A modo de contraste, las investigaciones sobre naufragios coloniales
lusitanos han sido debidamente divulgadas, últimamente por sendas publi-

© Revue Romane 40 · 2 2005 pp. 274-288


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caciones de Josiah Blackmore (2001 y 2002). Una posible explicación a


esta desproporción se podría buscar en las idiosincrasias genéricas de las
literaturas ibéricas. A pesar de su presencia ubicua, el naufragio carece de
un género propio en las letras hispanas, permaneciendo así como tema o
topos desparramado por obras historiográficas y literarias de índole desi-
gual. No hay nada comparable al corpus lusitano de naufragios «puros»,
establecido merced a la labor editorial de Gomes de Brito en el s. XVIII,
cuyo resultado fueron los dos (luego, tres) volúmenes de la História
Trágico-Marítima (HTM, 1735-36). Parece lógico suponer que la agrupa-
ción de estas obras ha favorecido el estudio de los naufragios portugueses
con miras a lo que tienen de características relacionadas con el naufragio
como fenómeno histórico y literario. De ahí también la atribución al
término portugués «naufrágio» de su valor genérico y textual, cosa que no
ocurre salvo contadas excepciones en la literatura de lengua castellana.
En una situación así, Relato de un náufrago de Gabriel García Márquez
merece un tratamiento siquiera un poco menos somero que el que ha reci-
bido por la crítica hasta la fecha. Es la hipótesis del presente trabajo que
GGM con este opúsculo logra lo que puede considerarse el primer injerto
del naufragio genérico en las letras hispánicas. El Relato no sólo hace
resucitar una forma literaria asociada con otras épocas y otros propósitos,
sino que la adapta a las necesidades políticas del momento. Se trata de una
historia supuestamente oral y verídica, presentada como si fuera un folle-
tín decimonónico, bajo un largo título seudobarroco –Relato de un náufra-
go que estuvo diez días a la deriva en una balsa sin comer ni beber, que fue
proclamado héroe de la patria, besado por las reinas de la belleza y hecho rico
por la publicidad, y luego aborrecido por el gobierno y olvidado para siempre–
y provista de un prólogo en que se admite un propósito denunciativo.
El tema que se va a desarrollar en las siguientes páginas será las implica-
ciones de esta «reactivación genérica». La llamo así –siguiendo a G. Ge-
nette (Palimpsestes cap. 39)– aún sabiendo que es altamente improbable la
influencia directa de los naufragios coloniales (por lo menos los lusitanos)
en el Relato de GGM. No obstante, resulta perfectamente legítimo suponer
que el género del naufragio se haya reactualizado debido a circunstancias
que no necesariamente incluyen la intención subjetiva del autor. Ya sabe-
mos, gracias a J.L. Borges y otros, que las formas literarias en muchos
casos –quizá sobre todo en los más notables– tienen prioridad ante la mera
voluntad del autor. De todas maneras, lo que importa no son los detalles
biográficos –pertenecientes a un paradigma historicista largamente su-
perado por la crítica literaria– sino el fenómeno en sí y sus implicaciones
al nivel literario y cultural. Esto se intentará mostrar mediante un breve
esbozo de los diferentes contextos –tanto al nivel macrohistórico como
micronarrativo– que han enmarcado al náufrago, a su relato y al texto de
GGM.
276 Gisle Selnes

La historia de L. A. Velasco, náufrago


Relato de un náufrago narra la historia de Luis Alejandro Velasco, el único
sobreviviente de ocho tripulantes que se cayeron al agua desde el destruc-
tor colombiano Caldas. El accidente ocurrió en febrero de 1955, cuando el
destructor recién había entrado en el mar Caribe, tras una estadía de más
de ocho meses en la ciudad de Mobile, Alabama, donde había sido objeto
de reparaciones reglamentarias. Después de varios días de búsqueda in-
fructuosa, los ocho fueron declarados muertos por las fuerzas armadas. Lo
que en un comienzo no fue sino una noticia nada extraordinaria de un
naufragio a escala reducida, se convirtió en promesa del reportaje del año
con la aparición en la bahía de Urabá de un Velasco exhausto e insolado.
A pesar de ello, la Marina de Guerra mantuvo al náufrago, primero, bajo
vigilia continua durante varias semanas, y luego aparentemente regido por
un voto de silencio que le prohibió revelar datos esenciales con respecto a
lo que había pasado. Aparecía, eso sí, en las cadenas de radio censuradas
por el gobierno, en actos oficiales como héroe nacional y en una serie de
anuncios comerciales de productos relacionados con su aventura marí-
tima. Pero en cuanto al cariz técnico y político del asunto, las fuerzas
armadas se habían reservado para sí la tarea de darlo a conocer al público.
«Entonces fue evidente –recuerda GGM casi medio siglo después– que
estábamos en manos de maestros en el arte oficial de enfriar la noticia, y
por primera vez me conmocionó la idea de que estaban ocultando a la
opinión pública algo muy grave sobre la catástrofe» (Vivir p. 563).
Cuando el asunto estaba a punto de congelarse, Luis Alejandro Velasco
se presentó en la redacción de El Espectador, ofreciéndoles su historia a
precio razonable al director Guillermo Cano y sus muy pocos colabora-
dores. Aunque la primera reacción de los periodistas, tal vez vencidos por
la estrategia oficial, fue rechazar la oferta por no ver en ella más posibili-
dades que las de una noticia refrita, terminaron por aceptarla. El director
puso al náufrago en manos del periodista de planta Gabriel García Már-
quez. A lo largo de una serie de pausadas entrevistas se iba revelando lo
que había detrás de la versión oficial del naufragio. El escándalo asomó
por primera vez con la respuesta del náufrago a la pregunta sobre la tor-
menta, que según los boletines oficiales había sido la causa del accidente:
«El problema es que no hubo tormenta» (Vivir p. 566, énfasis mío). Lo que
sí hubo fue una serie de faltas graves por las que el destructor, a pesar del
cielo perfectamente despejado y la visibilidad cristalina, había escorado tan
violentamente que una ola arrastró a Velasco y a siete compañeros suyos.
Éstos se ahogaron, rodeados por cajas de ropa y utensilios domésticos; sólo
Velasco alcanzó una de las balsas salvavida dejadas en la estela del destruc-
tor. Después de diez días «a la deriva, sin comer ni beber», el náufrago
avistó tierra. Nadó el último trecho hasta la playa, donde fue atendido por
naturales de la zona. Éstos lo transportaron, en una hamaca, a San Juan de
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Urabá, desde donde un avión finalmente lo condujo al Hospital Naval de


Cartagena.

Naufragio y narración
No cabe duda de que el interés del relato trasciende con mucho el de la
aventura y el escándalo en sí. En su artículo «The Nonfiction Novel and
García Márquez's Relato de un náufrago», George McMurray ha señalado
algunos de los recursos básicos del opúsculo, como por ejemplo las prefi-
guraciones, la tensión narrativa, las acciones paralelas y la presencia de
símbolos que hacen eco de aspectos cruciales a nivel temático y estructural
de la historia (pp. 115ss). Sin embargo, lo que no se ha comentado con la
debida insistencia son las resonancias –«intertextuales», si se quiere– de los
muchos naufragios narrados en la literatura hispana y universal. Esta
resonancia se percibe no sólo en la historia narrada, que contiene varios de
los elementos obligatorios y facultativos de estos textos, sino también en la
retórica de los tropos narrativos –los ya traídos a colación por McMurray,
y otros–.
Para comenzar, el escenario de la aventura de Relato de un náufrago –el
Golfo de México, el Mar Caribe, la bahías de Urabá y, sobre todo, la de
Mobile– abunda en alusiones geográficas a naufragios anteriores. Se trata
de topónimos íntimamente vinculados a la memoria de naufragios que
han dejado su impronta en la literatura y en la historiografía hispanoame-
ricanas. Piénsese, por ejemplo, en los naufragios e infortunios sufridos por
Cristóbal Colón y su tripulación, en el caótico cuarto viaje, por casi toda la
costa de Tierra Firme, hasta el naufragio definitivo en Jamaica; en el de
Alonso Zuazo por las misteriosas islas de los Alacranes, y en prácticamente
todos los demás naufragios narrados por Fernández de Oviedo en el libro
final de su Historia general y natural de las Indias; en el de Pedro Serrano,
quien dio nombre a la isla Serrana, «que está en el viaje de Cartagena a La
Habana» (Garcilaso el Inca p. 21); o en los naufragios de Cabeza de Vaca,
con su episodio trascendente de la matanza de los caballos y la refundición
de las armas, que tuvo lugar precisamente en la bahía de Mobile (a la que
él bautizó de la Cruz). Tal vez el eco de estos nombres debería alertar a los
lectores sobre la posible relevancia de esta tradición literaria para la com-
prensión del relato aparentemente diáfano del náufrago Luis Alejandro
Velasco.
A estas observaciones meramente empíricas cabe agregar otras de carác-
ter estructural. Primero, la secuencialidad que organiza el relato de Velas-
co corresponde claramente con la que rige la gran mayoría de las narra-
tivas de naufragios. A este nivel, las prefiguraciones, identificadas por
McMurray como expresión de una poética neoperiodística, cobran una
importancia particular. En la obra de GGM, el capítulo introductorio
ofrece –a veces de manera muy explícita– una serie de presagios y pro-
278 Gisle Selnes

lepsis. Por ejemplo: «Dijo que era la última vez que se embarcaba. Y, en
realidad, fue la última» (p. 19). En la tradición de naufragios literarios, es
casi obligatorio que la embarcación aparezca como destinada al desastre ya
desde el comienzo. Así, los Naufragios de Cabeza de Vaca empiezan con
una tormenta violenta y siniestra que prefigura, enfáticamente, las
peripecias por venir. Al final de la obra aparece la figura casi proverbial de
la mora de Hornachos, cuyas palabras proféticas –pertencientes, al nivel de
la historia, a un momento anterior al embarque– convierten a los
naufragios en una cuasi-mágica «proyección ulterior» (cf. Borges p. 231).
Sin embrago, dado que se trata aquí de elementos decisivos para la
función textual de los naufragios, los ejemplos concretos son, en última
instancia, arbitrarios. Como han podido comprobar entre otros Lawrence
O. Goedde, Hortensia Calvo-Stevenson y Pamela L. Thimmes, este topos
revela un alto grado de esquematización o «predecibilidad» a los niveles
tanto descriptivo como narrativo. La estructura básica de los episodios se
mantiene casi inalterada a lo largo de los siglos; lo que cambia son las
circunstancias, el contexto histórico, los pormenores literarios y la función
ideológica o moral del naufragio. Cabe preguntar si estas profecías no
pueden pensarse como emblemas narrativos –como signos de la irreversi-
bilidad que, según Roland Barthes y otros teóricos, rige la lógica narrativa
de los textos «legibles» o «clásicos»–. En tal caso tendríamos una posible
explicación de la perseverancia de los naufragios como forma textual.
Si esto es así, sería posible ver en las prefiguraciones un signo de la perte-
nencia genérica del texto: la embarcación está destinada a perecer; esta-
mos, en consecuencia, frente a un naufragio en el sentido literario del tér-
mino. ¿A qué sistema textual remiten tales signos genéricos? Evidente-
mente, el momento mismo del naufragio es crucial: la fractura de la nave
separa las partes principales del relato, disociando la secuencia inicial –con
sus preparativas, profecías, embarque, salida, tormenta– de la del medio:
la lucha contra las olas, la salvación, las peregrinaciones. Y, ya que tanto el
tiempo como el espacio del náufrago están dislocados, se requiere otro
naufragio –invertido, si se quiere– para que el sujeto se reinscriba en el
mundo de la civilización (cf. Pastor p. 134). En términos formales, la parte
del medio figura de esta manera como fragmento de un orden más pri-
mordial, o mítico, que interrumpe el tiempo cronológico de la historia.
Para volver al naufragio por antonomasia de la literatura hispanoameri-
cana: cuando Cabeza de Vaca se topa con el primer cristiano después de
ocho años de peregrinaciones por las regiones del sur de los actuales
EE.UU., lo primero que se le ocurre es pedir «por testimonio el año y el
mes y día que allí avía llegado» (p. 162) –en un gesto que parece abrir una
nueva secuencia cronológica en la historia.
A pesar de ello, la experiencia extra-temporal (o perteneciente a una
temporalidad más primordial) deja su impronta indeleble en el sujeto de
La recuperación del naufragio como forma textual 279

la narración. Por eso se ha dicho que nadie regresa de un naufragio; el


sujeto que se reincorpora a la sociedad no es el mismo que el que naufragó
(cf. Blackmore Manifest). Como se ve, de esta manera se radicaliza la
transformación que en cualquier narración se produce entre la situación
inicial y la final; a veces casi aparece como una metamorfosis. Esta función
queda reflejada en las descripciones de aspectos fisiológicos del náufrago,
quien aparece como marcado, físicamente, por la experiencia de los límites
del orden familiar. Al volver de sus andanzas, Cabeza de Vaca apenas es
reconocido por sus antiguos compatriotas: «Estuvieron mirando mucho
espacio de tiempo, tan atónitos que ni me hablavan ni acertavan a pregun-
tarme nada» (p. 162). Asimismo, en la historia de Pedro Serrano, narrada
por Garcilaso el Inca, el náufrago adquiere «pellejo de animal, y no de
cualquiera, sino el de un jabalí» (p. 25); incluso después de salvado, lo
mantiene «para que fuese prueba de su naufragio y de lo que en él había
pasado» (p. 26). Los dos náufragos se aprovechan de esta «metamorfosis»
como efecto retórico y visual a la hora de desembolsar el interés de sus
aventuras, relatándolas ante la majestad imperial. Y en ambos casos la
narrativa del naufragio resulta ser un negocio lucrativo. El valor –en tér-
minos económicos tanto como sociales– es otro rasgo poco menos que
constante en la narrativa de naufragios.

La reinvención de una forma textual


Relato de un náufrago reproduce estas características textuales, aunque con
un toque levemente anacrónico. No resulta demasiado sorprendente que
la tripartición secuencial mantenga su vigencia, ya que ésta representa una
inversión muy viable de las leyes más básicas del relato en la materia
narrativa en cuestión. Consecuentemente, la parte del medio de la historia
–en la que el protagonista, totalmente incomunicado en el micromundo
de la balsa a la deriva entre el mar y un cielo infinito, pasa por una expe-
riencia limítrofe– aparece como enmarcada por dos áreas relativamente
estables: Por un lado, la de las rutinas laborales y náuticas antes del naufra-
gio, y, por el otro, la del mundo oficial de la fama después de su reintegra-
ción a la sociedad.
También resulta notable la manera en que se marca la transición entre
los dos dominios mediante una incongruencia insistente entre el tiempo
cronométrico y la duración tal como la experimenta el náufrago. En este
contexto, el reloj aparece como una figura cargada de sentído simbólico.
Asoma por primera vez en el momento mismo del naufragio:
Entonces cerré los ojos y oí perfectamente el tic-tac de mi reloj.
Escuché el reloj durante un minuto, aproximadamente. […] Calculé que
debía faltar un cuarto para las doce. Dos horas para llegar a Cartagena. El
buque pareció suspendido en el aire un segundo. Saqué la mano para mirar
la hora, pero en ese instante no vi el brazo, ni la mano, ni el reloj. No vi la
280 Gisle Selnes

ola. Sentí que la nave se iba del todo y que la carga en que me apoyaba se
estaba rodando. (pp. 30-31)

Una vez a salvo de las olas, el reloj se convierte en una suerte de medidor
del desfase temporal: «Para sentirme menos solo me puse a mirar el cua-
drante de mi reloj. Eran las siete menos diez. Mucho tiempo después,
como a las dos, a las tres horas, eran las siete menos cinco» (p. 44).
En el relato figuran, asimismo, otros objetos que indican la «desarticu-
lación» del mundo del náufrago, su separación radical de la comunidad y
la temporalidad de los hombres. Por un lado, están los escasos bienes
personales del náufrago, que se registran en un inventario de sus cosas y
aparecen absurdamente desplazados de su contexto normal: llaves que no
pueden abrir nada; tarjetas que terminan siendo masticadas y tragadas.
Por otro lado, se narra una serie de episodios y fenómenos que sugieren
una existencia levemente fantástica. Tales son, por ejemplo, la lucha con
un tiburón por la presa de un pescado muerto; la aparición de un
compañero muerto a bordo de la balsa; varias criaturas un tanto anómalas,
como una vieja gaviota temeraria e inocente, una tortuga monstruosa y
una raíz roja y misteriosa. Si los primeros elementos asumen el carácter de
vestigios, o citas, de un mundo a la vez moderno y remoto, éstos últimos
evocan aspectos de la realidad que están fuera del alcance en la vida
cotidiana. Es como si el universo tal como lo conocemos se hubiera reem-
plazado por otro, mítico o épico. De este modo se refuerza el contraste
entre las dos modalidades de la narración.
La recuperación final del náufrago ocurre en uno de los momentos más
dramáticos de sus aventuras. Como ya se ha indicado, Velasco, avistando
tierra, se tira al agua para nadar el último trecho, y termina exhausto en la
playa. El episodio tiene un antecedente obvio en la escena de reintegración
geográfica y temporal de Cabeza de Vaca, mencionada anteriormente. En
ambos casos, la peripecia se produce como si fuera un segundo naufragio,
en el que se repiten elementos esenciales del primero. Queda, así, imbuido
de la función de «descontinuidad» inherente al naufragio como topos
narrativo, por lo que se abre la ruptura necesaria para que la historia
encuentre el desenlace previsto para el género: la reintegración en la socie-
dad de los hombres.
Como tantos náufragos anteriores, Velasco se convierte en signo físico de
lo insólito una vez resucitado en tierra firme: «Aquello era como una feria.
Y yo, el centro y la razón de la feria, seguía tumbado en la cama, mientras
el pueblo entero desfilaba para reconocerme» (p. 133). Aunque Velasco no
lleva «pellejo de animal» a la manera de Pedro Serrano, su presencia física
in persona garantiza la autenticidad de lo que algunas personas caracteri-
zarían como «invención fantástica» (p. 141). No cabe duda de que Velas-
co, a base de sus experiencias extremas, ha adquirido una autoridad narra-
tiva extraordinaria. Es el dueño de una historia excepcional y un talento
La recuperación del naufragio como forma textual 281

prodigioso para narrarla. Estos son los fundamentos del «negocio del
cuento», el cual ha motivado tantas narrativas de naufragios: «Nunca creí
que fuera buen negocio vivir diez días de hambre y de sed en el mar. Pero
lo es: hasta ahora he recibido casi diez mil pesos» (p. 140). Velasco se
convierte de esta manera en heredero del negocio narrativo de sus precur-
sores coloniales.
Al gesto que recupera la forma textual de los naufragios se añaden varios
toques que desplazan algunos de sus rasgos esenciales. Cabe mencionar
por lo menos una modificación notable: el náufrago insiste en la absoluta
ineptitud del concepto de heroísmo para calificar su aventura. Es más, en
total desacuerdo con los antedentes, Velasco se representa a sí mismo
como prácticamente no afectado por su experiencia:
Por mí parte, yo me siento lo mismo que antes. No he cambiado ni por
dentro ni por fuera. Las quemaduras del sol han dejado de dolerme. La
herida de la rodilla se ha cicatrizado. Soy otra vez Luis Alejandro Velasco. Y
con eso me basta. (p. 135)

Aquí estamos frente a un indicio de la modernidad del relato: el grado cero


del heroísmo y de la epifanía literarios. Supongamos que este revisionismo
genérico haya sido necesario para la viabilidad de la narrativa de naufra-
gios en los tiempos postcoloniales.

Del naufragio como topos al naufragio genérico


Estas observaciones nos llevan a otro momento estructural de implica-
ciones notables, a saber, el uso de un narrador homodiegético o «perso-
nal». En primer lugar, esta estrategia nos recuerda una de las condiciones
básicas de la narrativa de naufragios, esto es, la presencia de por lo menos
un sobreviviente que pueda prestar testimonio de las adversidades sufridas
(cf. Milanesi pp. 4ss). Como no puede haber narración verosímil de un
naufragio en el que perezcan todas las víctimas, la voz narrativa se con-
vierte en un signo de salvación, como si se tratara de otra prolepsis inevi-
table. Por lo tanto, este aspecto retórico cobra mayor importancia intrín-
seca en los naufragios que en cualquier otra categoría textual. Es más, la
forma en que se presentan los infortunios de Velasco cumple un papel aun
más llamativo ya que en este caso la primera persona aparece como
«desplazada» : por lo menos a partir de la edición de 1970, cuando figura
por primera vez el nombre del autor en la portada del librito, esta
condición del sujeto narrador se vuelve transparente.
A la par se hace más perceptible la afinidad de Relato de un náufrago con
la relación de otro caribeño: los Infortunios de Alonso Ramírez (1690),
redactados por Carlos de Sigüenza y Góngora. En esta obra del barroco
novohispano, Alonso Ramírez recuerda las diferentes etapas de una expe-
dición que se iba convirtiendo, involuntariamente, en una vuelta al mun-
282 Gisle Selnes

do. Al igual que García Márquez, Sigüenza y Góngora prestó su pluma al


relato de un náufrago. Coinciden, asimismo, en la difusión de historias
que desacreditan a las autoridades supremas de sus respectivas épocas. La
narración de Ramírez revela la debilidad del Rey y toda la burocracia im-
perial, incapaces de controlar los márgenes de su propio imperio. Abun-
dan los piratas y corsarios extranjeros tanto en las Filipinas como en las
islas caribeñas; mientras que por la zona de Tierra Firme, en Yucatán,
reina la corrupción, la avaricia y el engaño, además del tráfico de mercan-
cías dejadas en las playas por barcos naufragados.
Estos «escándalos» se insinúan tanto mejor debido a la perspectiva doble
del relato. El protagonista provee una visión cuasi-picaresca (desde dentro,
desde abajo) de su itinerario por tierra y por mar, mientras que la nada
inocente presencia del escribano culto y sedentario añade un toque acadé-
mico y respetable a la relación. De un modo ligeramente monstruoso, el
sujeto de la relación llega así a representar una considerable porción de la
sociedad criolla novohispana, tanto social como geográficamente: desde
las capas más bajas –Alonso, el isleño adolescente, prófugo de la ocupación
familiar–, por las medias –Ramírez, el marinero que con los años se va
convirtiendo en padre espiritual de sus compañeros–, hasta alcanzar el
ápice de la pirámide: la corte virreinal. Allí, Ramírez llega a besarle la
mano a Su Excelencia, el Virrey, quien lo manda visitar a Sigüenza y
Góngora y narrarle el naufragio. Las peripecias de la «peregrinación lasti-
mosa» de Alonso Ramírez desembocan, así, en la enunciación misma del
relato.
¿No es acaso algo muy similar lo que ocurre con la historia de Velasco?
La recuperación, o reenunciación, del naufragio empuja al náufrago el
último trecho hasta la otra orilla, donde llega a consumarse el potencial
–tanto literario como político– de su historia. Esta transformación no sólo
se debe a la tensión narrativa que adquiere la historia una vez narrada en
su totalidad por el protagonista, ni tampoco a la maestría técnica de un
futuro premio Nobel. Influye, de una manera tal vez más esencial, el
desplazamiento en sí, el cambio de ethos. El encuentro entre el náufrago
Velasco y el periodista GGM representa la posibilidad de escapar, o por lo
menos distanciarse, del aprieto en que se encontraban tanto el (ex) náu-
frago como su relato. Ambos regresan, con la publicación de las andanzas,
finalmente a la «civilización», a salvo de la pomposidad bárbara de los
discursos oficiales y de «las porquerías de publicidad» (p. 11).
En este respecto, tanto el Relato de GGM como los Infortunios de Si-
güenza y Góngora se aproximan a los naufragios «genéricos» portugueses
de la tradición de la História Trágico-Marítima. En su perspicaz estudio de
esta tradición, Manifest Perdition, Josiah Blackmore insiste en una diferen-
cia fundamental entre la forma discursiva de los naufragios portugueses y
la de los españoles, haciéndola coincidir hasta cierto punto con la distin-
La recuperación del naufragio como forma textual 283

ción genérica entre relaciones y relaçãos (p. 57). Según Blackmore, lo que
define a los textos pertenecientes al corpus de la HTM es su carácter sub-
versivo, o sea, la manera en que desenmascaran la ideología expansionista
tal como se manifiesta en las crónicas oficiales. Más específicamente, el
naufragio respresenta
on a first symbolic level the breaking apart of the ship of state as an economic
entity and as the agent of imperialism and colonization. But, more distur-
bingly and significantly, the shipwreck narratives are evidence of the disrup-
tion of what might be termed an order of empire, both as a praxis and as a
flow of hegemonic and authoritative texts produced by the official historians
and writers of the realm. (p. 44)

Por un lado, este trastorno o separación concierne al contenido temático


que se registra en estos escritos, a saber, los episodios menos gloriosos de
la historia imperial. Estos respresentan momentos de fracaso, de desastre,
que contradicen elocuentemente la retórica entre épica y apologética de
los cronistas reales. Por otro lado, la manera en que circulan estas obritas
las diferencia de las crónicas oficiales. Debido a que se vendían como
literatura de cordel –folletos pregonados en los mercados populares a un
público extenso y «vulgar»– los naufragios se sustraían del circuito hege-
mónico. Buscando otras rutas alternativas (casi como si imitaran las flotas
dispersas y las peregrinaciones laberínticas de los náufragos) estas publica-
ciones se desviaban del dominio controlado por la ideología imperial.
A manera de constraste, Blackmore cita a José Rabasa para fundamentar
la hipótesis de que los naufragios hispánicos, tal como los narrados por
Cabeza de Vaca, cumplen una función no subversiva sino apologética; en
ellos, el fracaso se va transformando, ideológicamente, en éxito mediante
su uso de un registro narrativo semi-hagiográfico, si no proto-etnográfico
(Blackmore Manifest p. 56; Rabasa p. 52). A pesar de esta distinción, sin
duda válida para muchos casos coloniales, con Relato de un náufrago se
produce un cambio de cierta trascendencia histórico-literaria. La obra
gira, en su totalidad, alrededor de las aventuras increíbles del náufrago, de
la primera a la última página; representa, además, una crítica sofisticada
del sistema político responsable de tales desastres, tan torpemente disimu-
lados. Quizás no sería demasiado aventurado sugerir que el relato de GGM
representa un injerto tardío de los naufragios lusitanos en la literatura de
lengua hispana.
Recordemos otra vez que la eficacia de la historia residía en gran medida
en su carácter de noticia escandalosa, por la que el régimen del general
Gustavo Rojas Pinilla quedó expuesto como canallesco y embustero.
Como señaló el náufrago, no había tormenta, tal como afirmaban los
portavoces del gobierno, sino una serie de irregularidades que terminaron
por provocar el accidente. Las más graves fueron las siguientes: en la
284 Gisle Selnes

cubierta de A.R.C. Caldas, un buque de guerra, se había colocado una gran


cantidad de artículos eléctricos sin orden ni autorización; se trataba, evi-
dentemente, de mercancía de contrabando, comprada en dólares, para uso
personal de los tripulantes y de regalos a amigos y familiares. Este hecho
implicaba una triple transgresión –sobrepeso, en un buque no autorizado
para transporte, de mercancía ilegal– de la que la marina militar era el
único responsable.
En tal sentido, el relato del náufrago colombiano repite lo que era un
topos casi obligatorio en los naufragios lusitanos de la carreira da India.
Manuel Rodrigues Lapa lo expresa así: «Se formos a examinar as causas de
todos esses naufrágios, encontramos quase sempre na raiz de todos eles a
ignorância, a incúria, a vaidade, a teimosia e o desenfreado amor do lucro»
(p. 10). Asimismo, C. R. Boxer, en el ya clásico prólogo a su edición ingle-
sa de la HTM, insiste largamente en las cargas excesivas como causa prin-
cipal de los naufragios, a veces en combinación con partidas tardías y la
incompetencia general de los oficiales. Las bodegas, escribe Boxer,
were filled to capacity with the spices and salpetre, while crates and packages
of the other commodities were piled so high on the decks that a man could
only make his way from the prow to the poop by clambering over mounds of
baggage and merchandise. (pp. 17-18)

En el campo de la literatura se abre así un espacio para la conexión narra-


tiva entre la transgresión –política y moral– de los principios del buen
gobierno, por un lado, y los desastres marítimos, por el otro. Es como si el
naufragio fuera el castigo de un mal imperdonable, si no el síntoma de
alguna enfermedad muy grave. Las narraticiones ponen en escena tanto
este mal du siècle de la época colonial como sus consecuencias fatales.
Desembolsan, así, el gran potencial metafórico que había adquirido el
naufragio en la tradición literaria, a la vez que desplazan el foco
denunciativo del ámbito religioso e individual al de la política imperial.
Como ya ha señalado la crítica, de esta manera se cimienta el modelo del
realismo moderno (e.g., Blackmore «A Shipwrecks Legacy» x-xi). Siglos
más tarde, el Relato del futuro premio Nobel colombiano reactualizará
esta forma textual en una denuncia sofisticada del sistema político y
militar responsable de los infortunios referidos.
Agreguemos otra circunstancia más: la manera en que se publicó el
relato del náufrago. Hay una historia anterior a la del libro, de cómo
circulaban las aventuras del náufrago, por entregas, bajo condiciones muy
precarias, ya que la prensa «estaba censurada, y el problema diario de los
periódicos de oposición era encontrar asuntos sin gérmenes políticos a los
lectores» (Relato p. 10). En una situación así, el naufragio se presenta
como arma eficaz para una crítica disimulada y mortal del totalitarismo
ideológico. Sobre todo en su versión original, el relato del náufrago sirvió
La recuperación del naufragio como forma textual 285

el propósito de socavar las bases de la versión oficial del accidente; y eso de


manera muy implícita, ya que la narración sin ambages de las circunstan-
cias que causaron el desastre bastaba de sobra para este fin. Además, a
semejanza de la literatura de cordel, el relato de GGM circulaba práctica-
mente fuera del ámbito de control de las autoridades. En un comienzo,
recuerda GGM, el gobierno «celebró la consagración literaria de su héroe»
(p. 12). Pero cuando la publicación llegó al «nudo explosivo» (Vivir 566)
con la tercera entrega, cambió la actitud de los censores. A pesar de ello,
como «la circulación del periódico estaba a punto de doblarse» (p. 568),
hubiera sido imposible prohibir la publicación de los capítulos restantes.
El gobierno, no obstante, siguió insistiendo en su versión del naufragio,
incluso declarándola en un comunicado formal. La respuesta del autor y
sus colegas fue una pequeña obra maestra de periodismo experimental:
Una semana después de publicado en episodios, apareció el relato completo
en un suplemento especial, ilustrado con las fotos compradas a los mari-
neros. Al fondo de los grupos de amigos en alta mar, se veía, sin la menor
posibilidad de equívoco, inclusive con sus marcas de fábrica, las cajas de
mercancía de contrabando. (Relato p. 13)

Desgraciadamente, estas ilustraciones han desparecido de las ediciones


posteriores del relato. Queda, no obstante, la anécdota en memoria del
poder de un motivo inherente al género del naufragio –presumiblemente
muerto pero resucitado, siglos después, en un periódico bogotano–.

Conclusión
No es una exageración afirmar que Relato de un náufrago se ha mantenido
al margen de la obra canonizada del premio Nobel. Cuando no optan por
el silencio, preferencia no infrecuente en monografías y antologías sobre el
autor (como p.ej. las de Peter G. Earle; Ana María Hernández de López;
Bernard McGuirk y Richard Cardwell; Robert W. Fiddian), los críticos se
han contentado con recordar algunos detalles anecdóticos de la historia
del náufrago (p.ej., Stephen Minta y Kathleen McNerney). Sólo excepcio-
nalmente se han interesado por los recursos narrativos y periodísticos en
la configuración textual del naufragio, como en los casos de Raymond L.
Williams y George McMurray. Incluso la publicación reciente del libro
Shipwreck and Deliverance, en cuyo subtítulo figura el nombre de GGM,
opta por marginar Relato de un náufrago, dedicándole nada más que una
página de observaciones procedentes de fuentes secundarias (Lutes pp.
149s).
A mi modo de ver, los estudios anteriores que sí dedican algunos co-
mentarios a esta obra, no captan las características verdaderamente nove-
dosas de su acercamiento al naufragio como topos literario. Gabriel García
Márquez, deliberadamente o no, ha reanimado la narrativa de naufragios,
286 Gisle Selnes

poniéndola al tanto con el contexto político y literario del siglo XX. Resul-
tan significativas las circunstancias de su publicación original –por entre-
gas, en el diario El Espectador de Bogotá– ya que el modus existendi li-
terario del naufragio en la época contemporánea ha sido precisamente
bajo la forma de la noticia. El relato del náufrago asume este modo existen-
cial, a la vez que lo trasciende mediante la recuperación de elementos
constituyentes de la forma textual de los naufragios luso-hispánicos.
Un género literario es, básicamente, un modelo para la adaptación de un
material a un contexto específico aunque repetible. Resulta evidente que el
modelo genérico puede comunicarse sin que haya una influencia directa
de un texto particular a otro (no es imperativo el conocimiento de Tucí-
dides, o de Jacques Benigne Bossuet, para pronunciar un discurso fúnebre;
basta con una formación cívica muy general). También cabe suponer que
un ambiente lingüístico –una cultura, una literatura– pueda reproducir las
condiciones que hizo factible en otra época un modelo genérico particular.
En una situación así, el Relato de GGM ha reactualizado el modelo para el
uso del naufragio como material literario.
Como enseñaron los ya antiguos formalistas rusos –eminentes teóricos
de la historicidad de los géneros literarios– la literatura nunca representa
un fenómeno extra-literario sin pasar por uno o varios modelos
mediatorios (cf. Todorov 1970). Así, resulta impensable que la forma
textual en que aparece la historia de Luis Alejandro Velasco haya sido
dictada por las aventuras del protagonista. Ni la descripción de la escena
dramática del naufragio propiamente dicho ni la insistencia en la
extratemporalidad existencial del náufrago, son rasgos que se puedan
inferir directamente de los hechos en sí. Resulta igualmente improbable
que la narración haya sido mediada simplemente por un vago paradigma
periodístico. Esto no explicaría el escueto marco narrativo de la historia ni
la perspectiva homodiegética del narrador; tampoco daría cuenta de las
prolepsis tan características, en las que reverbera la retórica de los
naufragios textuales.
Aunque para el Relato de GGM habrá una extensa serie de mediadores,
lo cierto es que el texto comparte tanto la estructura como la función
básicas con los naufragios coloniales. El fenómeno en sí me parece digno
de interés, tanto ad usum academicum como para aumentar el placer y el
poder del texto. ¿Por qué? Por la simple razón que el contexto genérico
nos ayuda a explicar la eficacia del texto –desde la función del naufragio
como motivo hasta los más inocentes detalles circunstanciales– de una
manera que también pueda reactualizar la potencialidad subversiva de Re-
lato de un náufrago para los lectores del s. XXI.
Gisle Selnes
Universidad de Bergen
gisle.selnes@roman.uib.no
La recuperación del naufragio como forma textual 287

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