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Quise compartir con ustedes este bonito mensaje...

¡¡¡Que tengan un lindo día!!!

LOS DOS ESPEJOS

Un famoso médico norteamericano poseía y administraba una extensa red de


clínicas abortivas. Él mismo calcula que llegó a practicar más de 70 mil abortos.
Hasta que presenció una ecografía: ingenio tecnológico que le reveló, con
brutal evidencia, que se había convertido en asesino, a sangre fría, de
criaturas que ya tenían forma humana, vida humana, alma humana. Sólo que
eran todavía muy pequeñitas, y totalmente indefensas. A partir de ese shock,
aquel médico dejó atrás su pasado abortista y se convirtió en activo promotor
y líder del Movimiento Pro-Vida. La dinámica de este proceso lo llevó a revisar
profundamente sus convicciones éticas y religiosas, hasta hacerlo abrazar,
desde su ateísmo, la fe cristiana y católica. Allí encontró la reafirmación del
carácter sagrado de la vida humana, don de Dios que nos hace semejantes a Él
y partícipes de la naturaleza divina. Es un ejemplo contemporáneo, clamoroso
de que en todos los tiempos y para todas las personas es posible la conversión.

Tendemos a pensar que eso, la conversión, es decir el cambio radical en la


orientación valórica y en las normas de conducta, es un tema bíblico, histórico,
ajeno: atractivo material para películas e historias devocionales.
Pero no un tema mío. Los que se convierten son la Magdalena, Mateo, Zaqueo, el
"buen ladrón". ¿Pero yo? ¿Tengo yo la capacidad de transformar, en modo
radical y substancial, los valores por los que oriento mi existencia? ¿Está en mí
la posibilidad de vencer un vicio, un prejuicio, una tendencia que durante años
ha marcado negativamente mi personalidad, perjudicando mi salud y dañando mi
buena relación con los demás? No son preguntas menores. Y sus más frecuentes
respuestas van en la línea de un conformismo fatalista, de una resignación
pasiva, de un dejar actuar la ley de la inercia. Total, yo soy así, ya estoy viejo
para cambiar; cabrero, no siento en mí ni la capacidad ni la voluntad de intentar
siquiera un cambio. De manera que si soy un fumador, un alcohólico, un
drogadicto, un blasfemador y murmurador impenitente; si arrastro
enfermizamente un rencor familiar, profesional o político; si cualquier estímulo
erótico, cualquier sugerencia o invitación, cualquier oportunidad o puerta que
me abren encuentra en mí la más inmediata aceptación, sin importarme las
decencias o las lealtades que iré diseminando en el camino; si mi apetito de
conocer a Dios y de aproximarme a la intimidad con Él y a la obediencia de sus
mandatos choca con mi estudiada indiferencia y encogimiento de hombros:
total, Dios comprenderá, y por último quién asegura que Él realmente existe: si
alguna de estas descripciones calza conmigo, quiere decir que estoy mal. No
estoy honrando aquello que pertenece a lo más específico del ser humano: su
capacidad de cambio, de superación, de transformación. Eso que llamamos
conversión. La cuaresma recién iniciada, coincidente con el comienzo del año
escolar y laboral, es por antonomasia tiempo de conversión. Tomarla en serio
exige detenerse y pensar: ¿qué hay en mí que debería cambiar? ¿De qué y en
qué tengo que convertirme? Como un subsidio para ayudar a este escrutinio de
conciencia, podemos tomar dos espejos: el Manual de Carreño, y las promesas
bautismales. Dos espejos distintos, pero una misma voluntad y consecuencia: mi
imagen, mi realidad tienen que cambiar. Porque soy imagen y semejanza de Dios,
y mi realidad es ser partícipe, por el bautismo, de esa naturaleza divina.
Veamos el Manual de Carreño. ¿Cuánto tiempo dedico a escuchar a otros, en
lugar de abrumarlos con mi egocéntrica verborrea? ¿Soy capaz de escuchar con
atención total? ¿Es mi audición tan objetiva que me permite asimilar la verdad o
novedad de lo escuchado, y rectificar el juicio que ya tenía preparado o
formulado? ¿Se me tiene como persona puntual, que honra su compromiso de
estar a la hora en que se debe estar? ¿Son mis promesas confiables? ¿Devuelvo
oportunamente lo que he pedido prestado? ¿Doy a tiempo aviso, o pido ser
disculpado por omisiones, ausencias o tardanzas que han molestado y dañado a
quienes confiaron en mí? ¿Agradezco como es debido, es decir siempre, toda
muestra de bondad y todo acto de servicio con que otros me distinguen? ¿Me
acuerdo y ocupo de felicitar y obsequiar a quien celebra su día? ¿Divulgo sin
necesidad infundios, rumores y chascarros que van en descrédito de terceros
ausentes? ¿Guardo con inviolable discreción el secreto que me ha sido
confiado? ¿Impongo brutalmente a otros el ruido que a mí me gusta, los olores
que a mí no me importan, el mal humor que a mí me aflige? ¿Invito y agasajo
siempre, o casi siempre, con miras a obtener un beneficio o una reciprocidad?
¿Hablo de manera inteligible y decente, cualquiera sea mi entorno? ¿Respondo,
o hago al menos un esfuerzo por responder las llamadas y cartas que se supone
merecen y esperan respuesta? ¿Pido disculpa cuando tomo conciencia de haber
dañado, con malicia o por negligencia, la honra o los derechos de otro? Miradas
una a una, son o parecen pequeñeces. Pero hay algo que las une a todas como un
hilo conductor: la caridad. La delicadeza de pensar siempre en el otro, y de
sentir al otro como un alguien que me pertenece, que es un don y una tarea para
mí. Por eso no son pequeñeces: la caridad, que es su alma, las hace grandes. La
caridad es lo más grande. Y su prueba de fuego son las cosas pequeñas. Otros
espíritus, de mayor altura de vuelo, preferirán el espejo de las promesas
bautismales. Cada una de ellas contiene la correlativa exigencia de conversión.
Quien promete renunciar al pecado, para vivir en la libertad de los hijos de
Dios, tendrá que asumir el compromiso de confiar, hasta abandonarse como
niño, en la gracia del Dios omnipotente, misericordioso y fiel. La esencia del
pecado es desconfiar de Dios. ¿En qué grado mi estilo de vida, mi actitud
fundamental están marcados por la desconfianza, y consiguientemente por mi
continuo reclamo, reproche, descontento, murmuración ante la aparente
dejación u olvido que Dios ha hecho de mí? Visto de otro modo: ¿qué lugar está
ocupando, en mi oración y reflexión cotidianas, la acción de gracias a Dios por lo
mucho y demasiado que me ha regalado, junto con la petición, humilde y
confiada, de lo poco que creo aún necesitar para sentirme feliz? Prometemos,
en el bautismo, renunciar a las tentaciones o seducciones que pueden
convertirnos en súbditos del pecado. Tal promesa se traduce en compromiso de
vigilancia y prudencia. No podemos jugar todo el tiempo con fuego ni bailar en la
cuerda floja, en una temeraria confianza de que Dios hará un milagro para
impedir nuestra combustión o caída. Un buen propósito cuaresmal sería pensar
mejor las cosas y las palabras, preparar y hacer mejor mi trabajo, prevenir a
tiempo los focos de conflicto, esforzarme más por la transparencia que disipa
los equívocos. Que mi memoria me preserve de tropezar por segunda o tercera
vez en la misma piedra. Que mi docilidad me haga humilde para preguntar a los
que saben lo que yo no sé. Finalmente, prometemos renunciar a Satanás. ¿Qué
rasgos lo caracterizan? 1) la soberbia de no querer inclinarse ante jerarquía
superior; 2) ser padre de la mentira, mentiroso desde el principio; 3) vivir
atormentado por la envidia, sin tolerar la felicidad de otros; 4) odiar al prójimo
hasta desear, instigar y consumar su eliminación violenta; 5) sembrar cizaña
para dividir y contraponer a los que Dios quiere unidos; y 6) contagiar a todos la
insuperable tristeza de haber escogido para siempre el mal. Cualquiera sea
nuestro espejo y nuestro propósito cuaresmal, deberá atenerse a tres premisas
básicas. Si debo y quiero cambiar, quiere decir que puedo. La gracia de Dios
nunca me faltará, si se la pido con humilde perseverancia. Y no hay cambio, ni
conversión ni progreso, sin cruz.. Para convertir mi mediocridad y miseria en
oro, tengo que pasar por el crisol de la disciplina y del sufrimiento. Pero no hay
que temer ni cavilar, sólo dar el primer paso.