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Decía Ortega que el problema de Cataluña no se podía “solucionar” tan solo “conllevar”, lo que

implica una cierta dosis de resignación ante un problema aparentemente tan irresoluble, como fue el
descubrimiento de los números irracionales por parte de los pitagóricos. También podría
perfectamente ocurrir que el problema catalán no sea más que lo que filósofos analíticos llaman un
“pseudo-problema” derivado de un uso ambigüo del lenguaje. Conceptos como “soberanía” o
“estado” surgieron en un contexto histórico-político determinado, el comienzo de la Edad Moderna,
que poco tiene que ver con el globalismo transnacional, donde son las grandes corporaciones y
ciertos grupos de poder económico los que realmente gobiernan el mundo.

Al final tanto Rajoy como Puigdemont se mueven en coordenadas más propias de Bodino que de
Mark Zuckerberg, icono de esos llamados “milenials”, generación llamada a combinar
neoliberalismo y multiculturalismo acrítico abierto sólo aciertas deas de la izquierda cultural que
no cuestionen de raíz el orden capitalista de dominación mundial. Mientras Rajoy y Puigdemont
aparentan luchar “por el poder absoluto y perpetuo”, términos en los que Jean Bodin definía la
esencia de la soberanía, los estados cada vez cuentan menos en la escena mundial. La filosofía del
“management” , del I+D+i , de la flexibilidad laboral, el libre comercio, la democracia de
pluripartidismo formal, la privatización de los servicios públicos etc... es lo que domina en todos los
estados, que se quieren llamar falsamente a si mismos como “civilizados” y “modernos”.

Hay gente que desde la izquierda, con cierta buena voluntad y no pocas dosis de ingenuidad, cree
ver en el establecimiento de una república catalana una oportunidad de configurar un estado
verdaderamente social y demócratico, capaz de iniciar una senda de transformación que se extienda
al resto de territorios del estado, como si de una especie de efecto domino se tratase. La CUP sólo
es tácticamente útil para el nacionalismo catalán. Estratégicamente la CUP es irrelevante en el
devenir de una hipotética Cataluña independiente. El “sueño húmedo” de Puigdemont y del
nacionalismo burgués catalán sería la de poder reproducir, a escala ibérica, lo que significó la
conservadora y axfisiante Croacia de principios de los años años 90s, gobernada con grandes dosis
de autoritarismo por el lider ultranacionalista Franjo Tudjman. El futuro de esa hipotética república
dominada por el PDCAT sería el neoliberalismo económico y nacionalismo excluyente en lo
cultural y lo político. No se realizaría el socialismo en un sólo país, que defendiera Stalin en su
controversia contra Trostky, más bien el nacionalismo catalanista en un sólo país. Sin embargo, no
es menos cierto que Puigdemont es perfectamente consciente de los altos costes que una
declaración unilateral de la independencia tendría para la viabilidad política y económica de
Cataluña, de ahí que toda esta escenificación nacionalista, que recuerda a los peores excesos del
nacionalismo balcánico, sólo persiga ocultar una negociación con las élites españolas que
mantienen a flote el sistema del 78.

Gatopardismo es lo que se oculta a la opinión pública, en una especie de teatro de los sueños,
calderoniano, donde nada es lo que parece. El gobierno interpreta un papel de “duro” y de
“centralista” para el consumo interno de una parte de su electorado, que es nacionalista español. Al
final cambiarán algo para que todo permanezca igual y la esencia de un sistema injusto y podrido
continuará.

Ahí es donde reside, desde mi punto de vista, el gran error estratégico de Podemos, cuyas divisiones
internas también han salido a la luz con ocasión del pseudo problema catalán. Una falsa
equidistancia que al final sólo sirve para ser meros actores secundarios de una obra teatral, en cuya
elaboración no han tomado parte, pero de cuyo éxito serán en buena medida corresponsables.

Si ninguna organización política es capaz de reclamar un proceso constituyente verdadero, que no


parta de líneas rojas, deben ser los ciudadanos los que así lo demanden, a través de movilizaciones
sociales que pidan elecciones constituyentes en todo el territorio del estado y donde el pueblo
decida sobre todas las cuestiones; políticas (república), territoriales (federalismo asimétrico,
confederación, derecho de autodeterminación, centralismo.............) económicas (alternativas al
capitalismo, socialismo democrático, economía colaborativa, decrecimiento, estado del bienestar o
neoliberalismo).

La única manera de resolver un pseudo problema, derivado de un uso oscuro e interesado del
lenguaje, es plantear el debate en los términos más claros posibles, para que sea la ciudadanía con
su voto la que se erija en arbitro de la problemática de esa España invertebrada que decía Ortega.