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"Viví en las granjas hasta los 13 años. Era una niña solitaria dentro de una familia solitaria.

Mientras
mi hermana jugaba con mis primas, yo prefería cruzar los campos. (...) Con el alma atravesada por
sombríos, enigmáticos alelíes que, sin embargo, eran felices. Yo tenía una inquietud adentro que no
se me fue nunca. Algo que empezó cuando tenía 4 años. Es algo indescifrable. No lo sé explicar. Yo,
que hasta ese momento estaba integrada al mundo, quedé como sola. Y empezó a vivir en mí una
especie de ansiedad.

Mi abuelo y mi padre eran italianos. Había en Salto una gran colonia italiana. Hablaban de lobos, de la
nieve, de mundos que habían abandonado. (...) Los relatos de mi padre, donde vivían en lobo y la
nieve, se entrecruzaron y hasta diría, se fundieron con las bromelias del jardín de mi madre, hechas
con seda y brasas. Mi casa del pasado se ha vuelto eterno presente. Y hay algo visionario, espejos en
la tierra y en el cielo. Un día alcancé la libertad. Poesía son los vericuetos del alma, del jardín, del
cielo estrellado. Ello es.

(...) la vegetación de Salto me alucinaba. Así creció mi observación de los frutos, de los pájaros, la
imaginación que siempre agrega cosas, deforma, ilumina, oscurece. Había naranjales, plantaciones de
olivos. La casa me atrapaba y el entorno tan salvaje. Todo eso echó alas, echó flores, echó moras,
echó cosas monstruosas también. (...)

Mi abuelo tenía una gran biblioteca. Mi madre y mis tías eran muy sensibles. Recitaban de memoria a
Delmira, a María Eugenia, a Darío y así yo aprendí a memorizar sus poemas. (...) Mi madre fue muy
importante para mi escritura, recibía poesía y humor del más allá.
Se suceden mis libros y el mundo es el mismo. Pero se va ramificando, van surgiendo cosas. ¿Me voy a
poner a hacer sonetos? ¿Para quebrar ese mundo? Nunca me propuse ser escritora, me di cuenta de
que lo era. No se trata de un trabajo. ni siquiera de un aprendizaje. Cuando a los veinte años miré mi
niñez, apareció eso fulgurante, extraordinario, inagotable. Se desplegó de una manera infinita que yo
nunca pude detener.
(...) Soy y seré siempre 'la misma niña a la sombra de los durazneros de mi padre'.

"A veces, cuando el verano se volvía demasiado intenso, era todavía una niña, en la edad del huerto,
armábamos los lechos, fuera; entonces, todo parecía tan extraño. Mis familiares volaban un poco;
pero, luego, se adormecían; yo quedaba escudriñando el cielo; por entre las estrellas, las antiguas
naves seguían su lid. O me sobresaltaba el galope de un caballo a lo lejos, muy a lo lejos, el ladrido
de los perros, en un lugar sin nombre, su eterno canto. Y estaban la hierba salvaje, el orégano, la
violeta, la gallina blanca que pone un huevo negro, tal vez, desde allí ¿quizá? saldría un perrito, una
criatura humana; un viejo pariente podría resucitar de allí. Pero, más allá del hechizo familiar, todo
se cumplía otra vez, la noche era infinita y azul y las naves partían. A la guerra de Troya."

Marosa di Giorgio. Uruguay. 1934-2004.

Fragmentos (editados en base al tema de la infancia) de entrevistas del libro "No develarás el
misterio". Entrevistas a Marosa di Giorgio. Compilado por Nidia Di Giorgio, Selección de Edgardo Russo
y Prólogo y edición de Osvaldo Aguirre. El cuenco de plata editorial. 2010.

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