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El Silencio en la Oración

Lo que distingue la religión judeocristiana de todas las demás religiones es que el hombre no es
quien primeramente busca a Dios, sino es Dios quien busca al hombre. No es el hombre quien se
hace Dios, sino Dios quien se hace hombre para participarnos de su divina naturaleza. Él fue
quien nos eligió y nos amó primero.

La actitud primordial del cristiano no es la de hablarle a Dios, ni mucho menos hablar de Él, sino
ante todo escucharlo. Ciertamente a Él le gusta que le hablemos y le manifestemos todo lo que
existe en lo íntimo de nuestra vida; sin embargo Él conoce de antemano todo lo nuestro:

No está aún en mi lengua la palabra, y ya tú, YHWH, la conoces entera:


Sal 139,4.
Él, por su parte, nos dice:

Antes de que me llamen yo les responderé: Is 65,24


Escuchar al Señor es más importante que hablar con Él. Por lo tanto, el silencio es uno de los
aspectos más típicos de las reuniones de oración. Lo esencial es centrarnos en Él, escucharlo y
luego responderle. Él es quien inicia el diálogo con nosotros.

Escuchar la Palabra del Señor en lo esencial de la oración cristiana. Para ello el silencio es
fundamental. No nos referimos aquí sobre todo el silencio externo, éste se supone: Nos
referimos a las voces que a veces se convierten en gritos, de los criterios e intereses que se
oponen diametralmente al Evangelio. Quien vive de ordinario en la carne es muy difícil que
pueda reconocer la voz del Señor. Los que no son del reino de la luz no saben escuchar la voz de
Dios y si la escuchan no responden.

En toda reunión de oración debe haber momentos expresos de silencio fecundo y lleno de la
presencia del Señor. No es el silencio vacío, tímido y tenso, sino el silencio que favorece la
comunicación de Dios para con nosotros. Muchas veces nos quejamos porque Dios no nos habla
y tal vez no nos hemos dado cuenta de que somos nosotros quienes no le damos la oportunidad
de hacerlo.

Si en la Renovación Carismática hemos aprendido a hablar espontáneamente a Dios, igualmente


debemos ahora aprender a guardar silencio en su presencia. La madurez de un grupo de oración
no se mide por los carismas, sino por el silencio que nos lleva a la contemplación.

El silencio permite que los mensajes de Dios se multipliquen. Profecía, visiones y lenguas se dan
en el silencio de la oración profunda. Cuando no existen estos momentos de recogimiento, muy
difícilmente aparecen estas manifestaciones del Espíritu Santo.

Por supuesto que al terminar cada mensaje del Señor ha de seguir un silencio de meditación
sobre esa palabra del Señor; como una tierra árida que se va empapando del agua viva. El
Espíritu nos ha ido enseñando a guardar silencio después de una lectura de la Sagrada Escritura
o de profecías, cuando éstas lo piden. Al aparecer un mensaje en lenguas, invariablemente se
guarda silencio hasta que se dé la interpretación, o el discernimiento indique otra cosa.

La capacidad para poder escuchar a Dios no es algo que logramos por nosotros ni depende de
nuestro esfuerzo. Es una gracia del Señor.“Dame un corazón que escuche” pedía Salomón al
Señor (Cf. 1Re 3,9).
El autor del libro de los Hechos nos enseña que fue el Señor quien le abrió el corazón a Lidia
para que se adhiriese a las palabras de Pablo (Cf. Hech 16,14). Siendo un don de Dios el poder
escucharlo, hay que pedirlo con fe y, creyendo que ya lo tenemos, ejercitarlo.

Todos los que han perseverado más de dos años en un grupo de oración están llamados a dar un
nuevo paso en su oración personal y comunitaria: la oración contemplativa, que simplemente es
estar delante del amado, cuya presencia hace enmudecer toda palabra.

Quien no entiende el silencio de Dios jamás podrá comprender sus palabras.

Tomado del libro "Las Reuniones de Oración"


de José H. Prado Flores